FEDERICO ENGELS
LA SITUACIÓN DE LA CLASE
OBRERA EN INGLATERRA
Según las observaciones del
Autor y fuentes autorizadas (0)
1845
A LAS CLASES OBRERAS DE GRAN BRETAÑA*(1)
Trabajadores!
A vosotros dedico una obra en la que he intentado describir a mis compatriotas
alemanes un cuadro fiel de vuestras condiciones de vida, de vuestras penas y de
vuestras luchas, de vuestras esperanzas y de vuestras perspectivas. He vivido
bastante tiempo entre vosotros, de modo que estoy bien informado de vuestras
condiciones de vida; he prestado la mayor atención a fin de conocerlas bien; he
estudiado los diferentes documentos, oficiales y no oficiales, que me ha sido
posible obtener; este procedimiento no me ha satisfecho enteramente; no es
solamente un conocimiento abstracto de mi asunto lo que me importaba, yo quería
veros en vuestros hogares, observaros en vuestra existencia cotidiana, hablaros
de vuestras condiciones de vida y de vuestros sufrimientos, ser testigo de
vuestras luchas contra el poder social y político de vuestros opresores. He
aquí cómo he procedido: he renunciado a la sociedad y a los banquetes, al vino
y al champán de la clase media, he consagrado mis horas de ocio casi
exclusivamente al trato con simples obreros; me siento a la vez contento y
orgulloso de haber obrado de esa manera. Contento, porque de ese modo he vivido
muchas horas alegres, mientras al mismo tiempo conocía vuestra verdadera
existencia -muchas horas que de otra manera hubieran sido derrochadas en
charlas convencionales y en ceremonias reguladas por una fastidiosa etiqueta;
orgulloso, porque así he tenido la ocasión de hacer justicia a una clase
oprimida y calumniada a la cual, pese a todas sus faltas y todas las
desventajas de su situación, sólo alguien que tuviera el alma de un mercachifle
inglés podría rehusar su estima; orgulloso asimismo porque de ese modo he
estado en el caso de ahorrar al pueblo inglés el desprecio creciente que ha
sido, en el continente, la consecuencia ineluctable de la política brutalmente
egoísta de vuestra clase media actualmente en el poder, y, muy simplemente, de
la entrada en escena de esta clase.
* Salvo las notas
seguidas de las iniciales F. E., que son de Federico Engels, todas las demás notas
son de los editores alemanes. Si la nota de Engels es de 1892, se indica esta
fecha entre paréntesis.
Gracias a las amplias oportunidades que he tenido de observar al mismo
tiempo a la clase media, vuestra adversaria, he llegado muy pronto a la
conclusión de que tenéis razón, toda la razón, de no esperar de ella ninguna ayuda.
Sus intereses y los vuestros son
diametralmente opuestos, aunque trate sin cesar de afirmar lo contrario y
quiera haceros creer que siente por vuestra suerte la mayor simpatía. Sus actos
desmienten sus palabras. Yo espero haber aportado suficientes pruebas de que la
clase media -pese a todo lo que se complace en afirmar- no persigue otro fin en
realidad que el de enriquecerse por vuestro trabajo, mientras pueda vender el
producto del mismo, y de dejaros morir de hambre, desde el momento en que ya no
pueda sacar más provecho de este comercio indirecto de carne humana. ¿Qué han
hecho ellos para demostrar que os desean el bien, como ellos dicen? ¿Han
prestado jamás la menor atención a vuestros sufrimientos? ¿Jamás
han hecho otra cosa que consentir en los gastos que implican media docena de
comisiones de investigación cuyos voluminosos informes son condenados a dormir
eternamente debajo de montones de expedientes olvidados en los anaqueles del
Home Office1. ¿Jamás han revelado sus modernos Libros Azules las
verdaderas condiciones de vida de los "libres ciudadanos británicos"?
En absoluto. Estas son cosas de las cuales prefieren no hablar. Ellos han dejado
a un extranjero la tarea de informar al mundo civilizado sobre la situación
deshonrosa en que sois obligados a vivir.
1 Ministerio del Interior.
Extranjero para ellos, pero yo espero que no para vosotros. Puede ser
que mi inglés no sea puro; pero abrigo la esperanza de que, a pesar de todo,
resulte un inglés claro.
Ningún obrero en Inglaterra -ni tampoco en Francia, dicho sea de paso- jamás
me ha considerado extranjero. Siento la mayor satisfacción al ver que estáis
exentos de esa funesta maldición que es la estrechez nacional y la suficiencia
nacional y que no es otra cosa a fin de cuentas que un egoísmo en gran escala;
he notado vuestra simpatía por cualquiera que consagre honradamente sus fuerzas
al progreso humano, ya se trate de un inglés o no -vuestra admiración por todo
lo que es noble y bueno, ya sea producto de vuestro suelo natal o no; he
hallado que sois mucho más que miembros de una nación aislada, que sólo
desearían ser ingleses; he comprobado que sois hombres, miembros de la gran
familia internacional de la humanidad, que habéis reconocido que vuestros
intereses y aquellos de todo el género humano son idénticos; y es a este título
de miembros de la familia "una e indivisible" que constituye la
humanidad, a este título "de seres humanos" en el sentido más pleno
del término, que yo saludo -yo y muchos otros en el continente- vuestro
progreso en todos los campos y os deseamos un éxito rápido. ¡Y ante todo por el
camino que habéis elegido! Muchas pruebas os esperan aún; manteneos firme, no
os desalentéis, vuestro éxito es seguro y cada paso adelante, por la vía que
tenéis que recorrer, servirá nuestra causa común, ¡la causa de la humanidad!
Federico Engels
Barmen (Prusia renana), 15 de marzo de 1845.
PRÓLOGO
Las páginas que siguen tratan de un asunto que inicialmente yo quería
presentar simplemente en forma de capítulo, en un trabajo más amplio acerca de
la historia social de Inglaterra; pero su importancia me obligó pronto a
consagrarle un estudio particular.
La situación de la clase obrera es la base real de donde han surgido los
movimientos sociales actuales, ya que es al mismo tiempo el punto extremo y la
manifestación más visible de la desdichada situación social presente. Su
resultado directo es el comunismo obrero tanto francés como alemán; y el
resultado indirecto es el fourierismo, el socialismo inglés, así como el
comunismo de la burguesía alemana culta. El conocimiento de las condiciones de
vida del proletariado es de una necesidad absoluta si se quiere asegurar un
fundamento sólido para las teorías socialistas, así como para los juicios sobre
su legitimidad, y poner término a todas las divagaciones y moralejas
fantásticas pro et contra.2 Pero las condiciones de vida del
proletariado sólo existen en su forma clásica, en su perfección, en el imperio
británico, y más particularmente en Inglaterra propiamente dicha; y, al mismo
tiempo, sólo en Inglaterra se hallan reunidos los materiales necesarios de una
manera tan completa y verificados por encuestas oficiales, como lo exige todo
estudio serio del asunto.
Durante veintiún meses, he tenido la ocasión de ir conociendo al
proletariado inglés, he visto de cerca sus esfuerzos, sus penas y sus alegrías,
lo he tratado personalmente, a la vez que he completado estas observaciones
utilizando las fuentes autorizadas indispensables. Lo que he visto, oído y
leído lo he utilizado en la presente obra. Espero que se me ataque de muchos
lados, no solamente mi punto de vista, sino también por los hechos citados,
sobre todo si mi libro cae en manos de lectores ingleses. Sé igualmente que se
podrá señalar aquí y allá alguna inexactitud insignificante (que un inglés mismo,
dada la amplitud del tema y todo lo que implica, no hubiera podido evitar)
tanto más fácilmente cuanto que no existe, incluso en Inglaterra, ninguna obra
que trate como la mía de todos los trabajadores; pero no vacilo un instante en
retar a la burguesía inglesa a que me demuestre la inexactitud de un solo hecho
de cierta importancia para el punto de vista general, que lo demuestre con la
ayuda de documentos tan auténticos como los que yo mismo he producido.
2 En pro y en contra.
Singularmente para Alemania, la exposición de las condiciones de vida
clásicas del proletariado del imperio británico -y en particular en el momento
presente- reviste una gran importancia. El socialismo y el comunismo alemanes,
más que cualesquiera otros, han surgido de hipótesis teóricas; nosotros,
teóricos alemanes, todavía conocemos demasiado poco el mundo real para que sean
las condiciones sociales reales lo que nos haya podido incitar inmediatamente a
transformar esta "mala realidad". Partidarios declarados de estas
reformas por lo menos, casi ninguno hemos llegado al comunismo sino por la
filosofía de Feuerbach que ha hecho añicos la especulación hegeliana. Las
verdaderas condiciones de vida del proletariado son tan poco conocidas entre
nosotros, que incluso las filantrópicas "Asociaciones para la elevación de
la clase trabajadora" en el seno de las cuales nuestra burguesía actual
maltrata la cuestión social, toman continuamente por puntos de partida las
opiniones más ridículas y más insípidas sobre la situación de los obreros.
Sobre todo para nosotros los alemanes; el conocimiento de los hechos, en este
problema, es de imperiosa necesidad. Y, si las condiciones de vida del
proletariado en Alemania no han alcanzado el grado de clasicismo que ellas
conocen en Inglaterra, tenemos que habérnosla en realidad con el mismo orden
social que desembocará necesariamente, tarde o temprano, en el punto crítico
alcanzado del otro lado de la Mancha -en caso que la perspicacia de la nación
no permitiera tomar medidas a tiempo que den al conjunto del sistema social una
base nueva. Las causas fundamentales que han provocado en Inglaterra la miseria
y la opresión del proletariado existen igualmente en Alemania, y deben
necesariamente a la larga provocar los mismos resultados. Pero, mientras tanto,
la miseria inglesa debidamente comprobada nos dará la ocasión de comprobar
igualmente nuestra miseria alemana y nos proporcionará un criterio para evaluar
la importancia del peligro que se ha manifestado en los disturbios de Bohemia y
de Silesia(3), y que, de este lado, amenaza la
tranquilidad inmediata de Alemania.
Para terminar, haré todavía dos observaciones. En primer lugar, he
utilizado constantemente la expresión clase media en el sentido del inglés
middle class (o bien como se dice casi siempre, middle classes); esta expresión
designa, como la palabra francesa burguesía, la clase poseedora y muy
particularmente la clase poseedora distinta de la llamada aristocracia clase
que en -Francia y en Inglaterra detenta el poder político directamente y en Alemania
indirectamente bajo el manto de la "opinión pública". Asimismo, he
utilizado constantemente como sinónimas las expresiones: "obreros"
(working men) y proletarios, clase obrera, clase indigente y proletariado. En
segundo lugar, en la mayoría de las citas he indicado el partido al cual
pertenecen aquellos cuya afirmación utilizo porque, casi siempre, los liberales
buscan subrayar la miseria de los distritos agrícolas, negando aquella de los
distritos industriales, mientras que, a la inversa, los conservadores reconocen
la penuria de los distritos industriales pero quieren ignorar aquella de las
regiones agrícolas. Por este motivo es que, a falta de documentos oficiales,
cuando he querido describir la situación de los obreros de fábricas siempre he
preferido un documento liberal, a fin de golpear a la burguesía liberal con sus
propias declaraciones, para no valerme de los tories o de los cartistas sino
cuando conocía la exactitud de la cuestión por haberla verificado yo mismo, o
bien cuando la personalidad o el valor literario de mis autoridades podía
convencerme de la certeza de sus afirmaciones.
Federico Engels
Barmen, 15 de marzo de 1845.
FRAGMENTO DEL APÉNDICE DE ENGELS A LA
EDICIÓN NORTEAMERICANA DE 1886
Dos circunstancias impidieron durante largo tiempo que salieran a la luz
las consecuencias ineluctables del sistema capitalista en América. Éstas fueron
el tránsito a la posesión de tierras baratas y a la afluencia de inmigrantes, y
posibilitaron durante muchos años que las grandes masas de población americana
autóctona "se retrajeran" a la primera edad adulta del trabajo
asalariado, convirtiéndose en granjeros, artesanos o igualmente contratistas,
en tanto que el duro destino del trabajo asalariado, la posición perpetua de
proletario, recaía mayormente en el inmigrante. Pero América salió de este
estado primario, los ilimitados bosques vírgenes desaparecieron y las aún
ilimitadas praderas pasaron cada vez más rápidamente de las manos de la nación
y de los estados a propietarios privados. La gran válvula de seguridad contra
el surgimiento de una clase proletaria permanente ha dejado, prácticamente, de
surtir efecto. Hoy existe en América una clase proletaria permanente y al mismo
tiempo heredable. Una nación de 60 millones que lucha tenazmente, con todas las
perspectivas de éxito, por llegar a ser la principal nación industrializada del
mundo, semejante nación no puede importar perdurablemente su propia clase de
trabajadores asalariados, ni aun cuando cada año llega a su país millón y medio
de inmigrantes.
La tendencia del sistema capitalista es la de dividir, finalmente, la
sociedad en dos clases: unos pocos millonarios de un lado y, del otro, una gran
masa de simples trabajadores asalariados. Esta tendencia, cuando se entrecruza
y encauza continuamente con otras fuerzas, no actúa en ningún lugar con mayor
fuerza que en América, y el resultado ha sido el surgimiento de una clase de
trabajadores asalariados autóctona, los cuales constituyen, ciertamente, la
aristocracia de la clase obrera asalariada en relación con los inmigrantes.
Pero cada día, su solidaridad con los últimos se hace más consciente y su
actual condena al trabajo asalariado perpetuo se hace sentir más agudamente, ya
que ellos siempre tienen en la memoria los días ya pasados en que era relativamente
fácil ascender a un escaño social más elevado.
Con arreglo a eso, el movimiento obrero en América se ha puesto en
marcha con una genuina energía americana y, como del otro lado del Océano
Atlántico como en Europa las cosas marchan con menos del doble de celeridad,
podríamos llegar a ver cómo América toma la dirección en este sentido.
EL MOVIMIENTO OBRERO EN AMERICA (EE.UU)
(PRÓLOGO A LA EDICIÓN NORTEAMERICANA
DE 1887)3
Han transcurrido diez meses desde que, para corresponder al deseo del
traductor, escribí el "Apéndice" de este libro; y durante esos diez
meses se ha llevado a cabo en la sociedad norteamericana una revolución que
hubiera requerido por lo menos diez años en cualquier otro país. En febrero de
1885, la opinión pública norteamericana era casi unánime sobre este punto: que
en Estados Unidos no existía clase obrera, en el sentido europeo de la palabra;
que, por consecuencia, no había ninguna lucha de clases entre trabajadores y
capitalistas, como la que desgarra a la sociedad europea, ni era posible en la
república norteamericana; y que el socialismo era por tanto un acontecimiento
de importación extranjera, incapaz de echar raíces en el país.
Sin embargo, en ese mismo momento, la lucha de clases en marcha
proyectaba ante ella su sombra gigantesca en las huelgas de mineros de
Pennsylvania y de otros sectores obreros, y sobre todo en la elaboración por
todo el país del gran movimiento de las ocho horas que debía estallar y estalló
en mayo siguiente. Y lo que muestra el "Apéndice" es que entonces
aprecié exactamente esos síntomas y predije el movimiento obrero que se produjo
en el marco nacional.
Pero nadie podía prever que en tan poco tiempo el movimiento estallaría con una fuerza
tan irresistible; que se propagara con la rapidez de un incendio en la pradera
y que sacudiría a la sociedad norteamericana hasta sus cimientos.
3
Publicado bajo el título "El movimiento obrero en Estados Unidos", el
10 y el 17 de junio de 1887, por el Semanario Der Sozialdemokrat en los Nos. 24
y 25.
Ahí está el hecho, patente e indiscutible. En cuanto al terror que ha
embargado a las clases dirigentes de Estados Unidos, para mi gran regodeo he
podido darme cuenta del mismo por los periodistas norteamericanos que me
honraron con su visita la primavera pasada. Esa "nueva arrancada" las
había sumido en un estado de angustia y perplejidad desesperadas. Por entonces,
sin embargo, el movimiento sólo estaba todavía en sus comienzos. No había sino
una serie de explosiones confusas y sin vínculo aparente, de la clase que, por
la supresión de la esclavitud de los negros y el rápido desarrollo de las
manufacturas, ha llegado a ser la última capa de la sociedad norteamericana.
Pero no había terminado el año cuando esas convulsiones sociales desordenadas
comenzaron a tomar una dirección muy definida. Los movimientos espontáneos e
instintivos de esas grandes masas del pueblo trabajador en una vasta extensión
de territorio, la explosión simultánea de su descontento común contra una
miserable situación social por todas partes y debida a las mismas causas, todo
dio a esas masas la conciencia de que ellas formaban una nueva clase y una
clase distinta dentro de la sociedad norteamericana, una clase -hablando con propiedad-
de asalariados más o menos hereditarios, de proletarios. Y, con verdadero
instinto norteamericano, esa conciencia los condujo inmediatamente al primer
paso hacia su emancipación; dicho de otro modo, a la formación de un partido
político obrero con programa propio y, por finalidad, la conquista del
Capitolio y de la Casa Blanca. En mayo, la lucha por la jornada de ocho horas,
las perturbaciones de Chicago, Milwaukee, etc., los intentos de la clase
dominante por aplastar el naciente movimiento de los trabajadores por la fuerza
bruta y una brutal justicia de clase. En noviembre, el nuevo partido del
trabajo ya organizado en todos los grandes centros, y las elecciones
socialistas de Nueva York, de Chicago y de Milwaukee. Mayo y noviembre sólo habían
recordado a la burguesía norteamericana el pago de los cupones de la deuda
pública de Estados Unidos; pero en el futuro, mayo y noviembre le recordarán
además otros cupones, los que el proletariado norteamericano le ha presentado
en pago.
En los países europeos la clase obrera necesitaba años y años hasta que
comprendió cabalmente que formaba una clase especial y, que bajo las
circunstancias existentes, una clase permanente de la sociedad moderna. Y
además necesitaba años hasta que esta conciencia de clase llevaba a unirse en
un partido político especial, un partido contrario independiente y adversario
que se opone a todos los viejos partidos formados por diferentes grupos de las
clases dominantes. En la tierra más privilegiada de América donde no hay
rezagos feudales cerrando el paso, donde la historia empieza con los elementos
de la sociedad moderna burguesa, elaborados en el siglo XVII, la clase obrera
ha recorrido estas dos etapas de su desarrollo en sólo 10 meses.
Sin embargo, todo esto sólo es el comienzo. Que las masas trabajadoras
sienten la causa común de sus miserias e intereses, su solidaridad como clase
frente a todas las otras clases, que ellos para dar expresión y eficacia a este
sentimiento ponen en movimiento la maquinaria política que está disponible en
cada país libre -esto siempre es el primer paso. El próximo paso consiste en
encontrar el remedio común para estos padecimientos comunes y en expresarlos en
el Programa del nuevo partido proletario. Y este paso -el más importante y más
difícil de todo el movimiento- que aún queda por hacer en América.
Mientras no se haya elaborado tal programa, o sólo exista en forma
rudimentaria, el nuevo partido no tendrá sino una existencia rudimentaria;
puede existir localmente, pero no nacionalmente; podrá convertirse en un
partido; todavía no lo es.
Dicho programa, cualquiera que fuere su primera forma inicial, debe desarrollarse
en una dirección que puede determinarse de antemano. Las causas que han cavado
el abismo entre la clase trabajadora y la clase capitalista son las mismas en
Estados Unidos y en Europa; los medios de llenar ese abismo son los mismos en
todas partes. Consecuentemente, el programa del proletariado norteamericano
deberá coincidir a la larga, en cuanto al supremo objetivo a alcanzar, con
aquel que ha llegado a ser luego de 60 años de disensiones y debates el
programa adoptado por la gran masa del proletariado militante de Europa. Deberá
proclamar, como fin supremo, la conquista del poder político por la clase
obrera, a fin de efectuar la apropiación directa de todos los medios de
producción suelo, ferrocarriles, minas, máquinas, etc.-, por toda la sociedad y
su realización por todos, y para beneficio de todos.
Pero si el nuevo partido norteamericano, como todos los partidos
políticos de todas partes, aspira por el simple hecho de su formación a la
conquista del poder político, todavía está lejos de comprender qué hacer con
dicho poder una vez conquistado.
En Nueva York, y en otras grandes ciudades del este, la organización de
la clase obrera se ha hecho sobre la línea de los sindicatos, que forman en
cada ciudad una poderosa unión de trabajadores. En Nueva York, en noviembre
último, la Unión Central de Trabajadores eligió como abanderado a Henry George
y, como consecuencia, su programa electoral provisional se ha impregnado
fuertemente de los principios de este último. En las grandes ciudades del
noroeste, la batalla electoral se ha comprometido en un programa obrero más
indeterminado todavía, en el cual la influencia de las teorías de Henry George
era nula o apenas visible. Y mientras que en esos grandes centros de población
e industriales el nueva movimiento de clase tenía una
finalidad política, vemos desarrollarse por todo el país dos organizaciones obreras:
Los Caballeros del Trabajo y el Partido Socialista del Trabajo, poseyendo
solamente este último un programa en armonía con el moderno punto de vista
europeo resumido anteriormente.
De esas tres formas más o menos definidas bajo las que se nos presenta
el movimiento obrero norteamericano, la primera el movimiento que personifica
Henry George en Nueva York tiene por el momento una importancia solamente
local. Desde luego, Nueva York es con mucho la ciudad más importante de Estados
Unidos, pero Nueva York no es París y Estados Unidos no es Francia. Y me parece
que el programa de Henry George, en su contenido actual, es demasiado estrecho
para servir de base a otra cosa que a un movimiento local, o, a lo sumo, para
una fase muy limitada del movimiento general. Para Henry George la gran y
universal causa de la división de la humanidad en ricos y pobres consiste en
que la masa del pueblo es expropiada del suelo. Ahora bien, históricamente, eso
no es exacto. En la antigüedad asiática y clásica, la forma de opresión de
clase era la esclavitud, o sea no tanto la expropiación del suelo a las masas
como la apropiación de sus personas. Cuando, en la decadencia de la república
romana, los campesinos italianos libres fueron expropiados de sus tierras,
ellos formaron una clase de "blancos pobres" parecida a la de los
negros de los estados esclavistas del sur antes de 1861; y entre los esclavos y
los blancos pobres, dos clases igualmente incapaces de emanciparse por sí
mismas, el mundo antiguo se hizo pedazos. En la Edad Media, la fuente de la
opresión feudal no era la expropiación del suelo, sino por el contrario la apropiación
al suelo de las masas. El campesino conservaba su parcela de tierra, pero no
estaba atado a la misma como siervo o villano y obligado a pagar al señor un
tributo en trabajo o en productos. No fue sino en la aurora de los nuevos
tiempos, hacia los finales del siglo XV, que la expropiación de los campesinos,
llevada a cabo en gran escala, echó los primeros cimientos de la clase moderna
de los trabajadores asalariados, que no poseen nada aparte de su fuerza de
trabajo y que sólo pueden vivir mediante la venta de la misma. Pero si bien la
expropiación del suelo dio nacimiento a esa clase, fue el desarrollo de la
producción capitalista, de la moderna industria y de la agricultura en gran
escala lo que la perpetuó, la acrecentó y la transformó en una clase distinta
con intereses distintas y una misión histórica
distinta. Todo ello ha sido plenamente
expuesto por Marx (El capital, libro primero, sección VII; la llamada
acumulación originaria). Según Marx, la causa del antagonismo actual de las
clases y de la degradación social de la clase trabajadora, reside en su
expropiación de todos los medios de producción, en los cuales se halla
naturalmente incluido el suelo.
Al declarar que la monopolización del suelo es la única causa de la
pobreza y de la miseria, Henry George, desde luego, halla el remedio en la
reconquista del suelo por toda la sociedad. Ahora bien, los socialistas de la
doctrina de Marx también exigen esa reconquista del suelo por la sociedad, pero
no la limitan al suelo, la extienden a todos los medios de producción sean
cuales fueren. Al margen de esto, existe otra diferencia. ¿Qué se debe hacer
con el suelo? Los socialistas modernos, representados por Marx, demandan que
sea conservado y trabajado en común para el beneficio común; exigen lo mismo en
cuanto a los demás medios de producción social, minas, ferrocarriles, fábricas,
etcétera. Henry George se conformaría con arrendarlo individualmente como se hace
hoy día, regulando su distribución y vendiéndolo para servicios públicos en vez
de, como en el presente, para fines privados.
Lo que demandan los socialistas implica una revolución total de todo el
sistema de producción social. Lo que demanda Henry George deja intacto el
presente modo de producción social y ha sido preconizado, por otra parte, hace
años, por los más avanzados economistas burgueses de la escuela ricardiana, los
cuales también exigían la confiscación de la renta territorial por el estado.
Evidentemente, sería injusto suponer que Henry George ha dicho, de una
vez por todas, su última palabra. Pero me veo obligado a interpretar su teoría tal
como la encuentro.
Los Caballeros del Trabajo forman la segunda gran sección del movimiento
norteamericano y esta sección parece ser la más típica del estado actual del
movimiento, a la vez que es, sin duda alguna, la más fuerte de todas. El
espectáculo que los Caballeros del Trabajo presentan al observador europeo es
el de una inmensa asociación esparcida en una inmensa extensión de territorio en
innumerables Asambleas, representando todos los matices de opinión individual y
local de la clase obrera; todos los miembros reunidos bajo el techado de un
programa de indeterminación correspondiente; y mantenidos juntos, mucho menos
por su impracticable constitución como por el sentimiento instintivo de que el
simple hecho de su unión para una aspiración común hace de ellos una gran
fuerza dentro del país; una paradoja muy norteamericana que reviste las
tendencias más modernas con las momerías más medievales y que oculta el
espíritu más democrático e incluso más insurreccional detrás de un despotismo
aparente, pero impotente en realidad. Pero si no nos dejamos arredrar por
simples extravagancias externas, podemos ver ciertamente, en esa inmensa
aglomeración, una suma enorme de energía latente, que se convierte lenta pero
seguramente en una fuerza real. Los Caballeros del Trabajo son la primera
organización nacional creada por el conjunto de la clase obrera norteamericana.
Poco importa su origen y su historia, sus defectos y sus pequeños absurdos, su
programa y su constitución; ellos son la obra prácticamente de toda la clase de
los asalariados norteamericanos, el único vínculo nacional que los une, que les
hace sentir su poderío a la vez que lo hace sentir a su enemigo y los llena de
una gran esperanza en la victoria futura. No sería exacto decir que los
Caballeros del Trabajo son susceptibles de desarrollo. Ellos se hallan constantemente
en plena vía de desarrollo y de revolución; se trata de una masa de material
plástico en fermentación en busca de la forma apropiada a su propia naturaleza.
Y esa forma será alcanzada con tanta certeza como el hecho de que el desarrollo
histórico, al igual que la evolución natural, tiene sus propias leyes
inmanentes. Tiene poca importancia que los Caballeros del Trabajo conserven o
no su nombre actual; pero para un espectador parece evidente que ese es el
primer elemento de donde habrá de brotar el futuro del movimiento obrero
norteamericano y, por consecuencia, el futuro de la sociedad norteamericana en
general.
La tercera sección la constituye el Partido Socialista del Trabajo. Es
un partido que sólo existe de nombre, porque en ninguna parte de Estados Unidos
ha estado en posición de afirmarse como partido político. Además, hasta cierto
punto resulta extranjero para Estados Unidos, ya que hasta muy recientemente estaba
formado casi exclusivamente por inmigrantes alemanes, que usan su propio idioma
y, en su mayoría, se hallan poco familiarizadas con el inglés. Pero si bien es
de cepa extranjera, llega al propio tiempo armado de toda la experiencia
adquirida en largos años de lucha de clases en Europa, y con una noción de las
condiciones generales de la emancipación de la clase de los trabajadores muy
superior a la que poseen los trabajadores norteamericanos. Es una fortuna para
el proletariado norteamericano que de ese modo puede absorber y utilizar el
conocimiento intelectual y moral de cuarenta años de lucha de sus compañeros de
clase en Europa, y acelerar así su propia victoria. Porque, como he dicho, no
puede haber duda alguna al respecto. El programa supremo de la clase obrera
norteamericana debe ser y será fundamentalmente el mismo que ha sido aceptado
actualmente por todo el proletariado militante de Europa, el mismo del Partido
Socialista del Trabajo germano-norteamericano. Por tanto este partido está
llamado a jugar un papel muy importante dentro del movimiento. Pero, para ello,
necesitará despojarse de todo vestigio de su indumentaria extranjera. Tendrá
que llegar a ser norteamericano hasta la médula. No puede pedir que los
norteamericanos vayan a él: a él, minoría -y minoría inmigrada- corresponde ir
a los norteamericanos, que son a la vez la inmensa mayoría -y mayoría
autóctona. Y, a ese efecto, debe ante todo aprender el inglés.
La obra de fusión de esos diferentes elementos de la inmensa masa en
movimiento -elementos que no son realmente discordantes, sino que se hallan
mutuamente aislados por la diversidad de su punto de partida- tomará cierto
tiempo y no se logrará sin muchos choques sobre diferentes puntos que ya son visibles.
Los Caballeros del Trabajo, por ejemplo, se hallan aquí y allá, en las ciudades
del este, localmente en guerra con los sindicatos. Pero ese mismo choque existe
en el seno de los Caballeros del Trabajo, entre los cuales la paz y la armonía
están lejos de reinar. Sin embargo, no se trata de síntomas de disolución de
los cuales pudieran regocijarse los capitalistas. Son sencillamente indicios de
que los innumerables ejércitos de trabajadores, por primera vez puestos en
marcha en una dirección común, no han hallado hasta ahora ni una expresión
adecuada a sus intereses comunes, ni la forma de organización mejor adaptada a
la lucha, ni la disciplina requerida para asegurar la victoria. Todavía no son
más que las primeras levas en masa4 de la gran guerra revolucionaria,
reclutadas y equipadas localmente e independientes las unas de las otras
tendiendo todas a la formación de un ejército común, pero todavía sin
organización regular y sin plan común de campaña. Las columnas convergentes
chocan aquí y allá; de ello resulta confusión, disputas violentas, incluso
amenazas de conflicto. Pero la comunidad del objetivo supremo termina por
superar esas dificultades; dentro de poco los batallones esparcidos y
tumultuosos se formarán en una larga línea de batalla, presentando al enemigo
un frente bien ordenado, silencioso bajo el fragor de sus armas, defendidos por
osados tiradores y apoyados en reservas inagotables.
Para llegar a ese resultado, el primer gran paso que hay que dar en Estados
Unidos es la unificación de los diversos sindicatos independientes en un solo
ejército nacional del trabajo con un programa común -prescindiendo de lo
provisional que sea dicho programa, salvo solamente que sea un verdadero
programa de la clase trabajadora. A este efecto, y a fin de hacer el programa
digno de la causa, el Partido Socialista del Trabajo puede ser de gran ayuda si
obra solamente como obraron los socialistas europeos en la época en que todavía
no eran más que una pequeña minoría de la clase obrera. Esta línea de acción fue
expuesta por primera vez en 1847 en el Manifiesto del partido comunista en los
términos siguientes:
4 en masse: en francés en el
original
Los comunistas -este es el nombre que entonces habíamos adoptado y que
todavía hoy día estamos muy lejos de repudiar- los comunistas no forman un
partido distinto, opuesto a los demás partidos obreros.
Ellos no tienen intereses
separados y distintos de los intereses del conjunto del proletariado.
Ellos no proclaman principios
especiales, a las cuales tendría que amoldarse el movimiento proletario.
Los comunistas sólo se
distinguen de los demás partidos obreros en dos puntos: 1º en las luchas
nacionales de los proletarios de diferentes países, proclaman y ponen en primer
plano los intereses comunes de todo el proletariado, independientemente de toda
nacionalidad; 2º en las diferentes fases de desarrollo por las cuales tiene que
pasar la lucha de la clase obrera contra la clase capitalista, siempre y por
todas partes representan los intereses del movimiento en su conjunto.
Prácticamente, los comunistas
son, pues, el sector más avanzado y resuelto de los partidos obreros de todos
los países; teóricamente, de otra parte, tienen sobre la gran masa de los
proletarios la ventaja de tener una visión clara de las condiciones, de la
marcha y del resultado final del movimiento proletario.
Los comunistas luchan por
alcanzar los objetivos inmediatos, por la vindicación de los intereses
presentes de la clase obrera; pero, dentro del movimiento actual, representa y
defienden el porvenir del movimiento.5
Esa es la línea de acción seguida durante más de cuarenta años por el
gran fundador del socialismo moderno, Carlos Marx, y por mí mismo, así como por
los socialistas de todas las naciones que trabajan de común acuerdo con nosotros.
Con el resultado de que nos ha conducido a la victoria en todas partes; gracias
a ella es que actualmente la masa de los socialistas europeos en Alemania y en
Francia, en Bélgica, Holanda y Suiza, en Dinamarca y en Suecia, en España y
Portugal, en lucha como un solo y común ejército bajo una sola y misma bandera.
Londres, 26 de enero de 1887.
Federico Engels
5 El manifiesto comunista. La cita es extraída de los
capítulos II y IV.
PRÓLOGO A LA EDICION ALEMANA DE 1892
Este libro, que volvemos a ofrecer a la atención
de los lectores alemanes, fue publicado por vez primera en el verano de 1845.
En sus aciertos, lo mismo que en sus desaciertos, lleva claramente el sello de
la juventud de su autor. En aquella época tenía yo 24 años. Ahora mi edad se ha
triplicado, pero al releer esta obra de mis años juveniles no hallo nada que me
obligue a sonrojarme. Por eso no tengo la menor intención de borrar de ella ese
sello de juventud, y vuelvo a ofrecerla a los lectores sin modificaciones. Lo
único que he hecho ha sido redactar con más precisión algunos párrafos que no
estaban muy claros, añadiendo aquí y allá pequeñas notas que se publican al pie
de la página con la fecha del año en curso (1892).
Respecto a los destinos de este libro diré
únicamente que en 1885 fue publicada en Nueva York una traducción en inglés
(hecha por la señora Florence Kelley-Wischnewetsky), reeditada en 1892 en
Londres por Swan Sonnenschein and Cía. El prefacio de la edición americana
sirvió de base para el de la edición inglesa, y éste, a su vez, para el de la
presente edición alemana. La gran industria moderna nivela hasta tal punto las
condiciones económicas en todos los países donde hace su aparición, que dudo de
tener que dirigirme al lector alemán en forma distinta a como me he dirigido al
lector norteamericano o inglés.
El estado de cosas descrito en este libro -por lo
menos en lo que a Inglaterra se refiere- pertenece hoy día en gran parte al
pasado. Aunque los libros de texto al uso no lo digan expresamente, una de las
leyes de la Economía política moderna establece que cuanto más
desarrollada está la producción capitalista, menos puede recurrir a aquellas
trampas mezquinas y pequeñas raterías que distinguen el período inicial de su
desarrollo. Las pequeñas trapacerías del judío polaco, las artimañas de ese
representante de la etapa más primitiva del comercio europeo y que tan buenos
servicios le prestan en su patria, donde son de uso corriente, le hacen
traición en cuanto se traslada a Hamburgo o a Berlín. Y de la misma manera -por
lo menos hasta hace poco-, el comisionista, judío o cristiano, que llegaba a la
Bolsa de Manchester procedente de Berlín o Hamburgo, se convencía
inmediatamente de que para comprar a bajo precio hilados o tejidos tenía que
renunciar primero a sus tretas y astucias que, si bien ya no eran tan burdas,
seguían siendo aún muy mezquinas, aunque en su patria se las considerase como
la máxima expresión de la habilidad comercial. Por lo demás, parece que con el
desarrollo de la gran industria también ha habido grandes cambios en Alemania;
particularmente después del "Jena industrial" sufrido por los
alemanes en Filadelfia(4), perdió todo su prestigio
incluso aquella honorable regla alemana de los viejos tiempos, según la cual a
la gente más bien le agrada cuando a las muestras de buena calidad sigue el
envío de artículos malos. En efecto, esos trucos ya no valen para los grandes
mercados, donde el tiempo es oro y donde el establecimiento de un determinado
nivel de honorabilidad comercial no obedece a cierto fanatismo ético, sino
simplemente a la necesidad de no perder inútilmente tiempo y trabajo. Y los
mismos cambios han ocurrido en Inglaterra en las relaciones entre los
fabricantes y sus obreros.
La reanimación de los negocios que siguió a la
crisis de 1847 marcó el comienzo de una nueva época industrial. La abolición de
las leyes cerealistas(5) y las subsiguientes reformas
financieras proporcionaron la holgura necesaria para la expansión de la
industria y el comercio de la Gran Bretaña. Vino a continuación el descubrimiento
de los yacimientos de oro en California y Australia. Los mercados coloniales
fueron desarrollando rápidamente su capacidad de absorber artículos
manufacturados ingleses. El telar mecánico de Lancaster arruinó de golpe a millones de
tejedores de la India. China se abría cada vez más al comercio. A la cabeza
marchaban los Estados Unidos, que se desarrollaban con una rapidez que
resultaba asombrosa hasta en un país de tan gigantesco ritmo de
desenvolvimiento como éste. Pero, tengámoslo bien presente, los Estados Unidos
no eran a la sazón más que un mercado colonial, el más grande mercado colonial
del mundo, es decir, un país que exportaba materias primas e importaba los
productos de la industria, en este caso de la industria inglesa.
Por añadidura, los nuevos medios de comunicación
que habían aparecido a finales del período precedente -los ferrocarriles y los
transatlánticos- fueron aplicados ahora en escala internacional y convirtieron
en realidad lo que hasta entonces solo había existido en germen: el mercado
internacional. Formaban por el momento este mercado internacional unos cuantos
países, fundamental o exclusivamente agrícolas, que se agrupaban en torno a un
gran centro industrial -Inglaterra-, que consumía la mayor parte de los
excedentes de materias primas de estos países, suministrándoles a cambio casi
todos los artículos manufacturados que necesitaban. Nada tiene, pues, de
extraño que el progreso industrial de Inglaterra fuese tan gigantesco e
insólito, ni que el nivel de 1844 nos parezca ahora relativamente
insignificante y casi primitivo.
Y a medida que se producía este progreso, la gran
industria adquiría una apariencia que estaba más de acuerdo con los
requerimientos de la moralidad. La competencia entre industriales con ayuda de
pequeñas raterías cometidas contra los obreros y a no resultaba provechosa. Las
proporciones de los negocios habían retasado ya el marco de estos
procedimientos mezquinos de hacer dinero; el industrial millonario tenía
asuntos más importantes, para dedicarse a perder el tiempo en estas pequeñas
triquiñuelas, válidas aún para la gente menuda sin dinero, obligada a recoger
cada céntimo con tal de poder mantenerse a flote en la lucha con los
competidores. De este modo, desapareció de los distritos industriales el llamado
truck-system * y fueron aprobadas en el parlamento la ley de la jornada de diez
horas(6) La ley de la jornada de trabajo de diez
horas, que sólo regía para los adolescentes y las mujeres, fue aprobada por el
Parlamento inglés el 8 de junio de 1847.- y varias pequeñas reformas. Todo esto
hallábase en abierta contradicción con el espíritu del libre cambio y de la
competencia desenfrenada, pero daba al gran capitalista ventajas aún mayores
para poder competir con sus colegas situados en condiciones menos favorables.
Prosigamos. Cuanto mayor era la empresa industrial
y cuantos más obreros ocupaba, tanto mayores eran los
perjuicios que experimentaba y las dificultades comerciales con que tropezaba
ante cualquier conflicto con los obreros. Por eso, con el transcurso del
tiempo, apareció entre los industriales, sobre todo entre los grandes
fabricantes, una nueva tendencia. Aprendieron a evitar los conflictos
innecesarios y a reconocer la existencia y la fuerza de los sindicatos; por
último, llegaron incluso a descubrir que las huelgas constituyen -en un momento
oportuno- un excelente instrumento para sus propios fines. Así, resultó que los
grandes fabricantes, que antes habían sido los instigadores de la lucha contra
la clase obrera, eran ahora los primeros en predicar la paz y la armonía.
Tenían para ello razones muy poderosas.
Todas estas concesiones a la justicia y al amor al
prójimo no eran en realidad más que un medio para acelerar la concentración del
capital en manos de unos pocos y aplastar a los pequeños competidores, que no
podían subsistir sin estas ganancias adicionales. Las mezquinas extorsiones
indirectas de los años anteriores no sólo habían perdido ya todo valor para
aquellos pocos, sino que incluso se habían convertido en un estorbo para las empresas
montadas en grande. De este modo -por lo menos en lo tocante a las ramas más
importantes de la industria, pues en las ramas de menor importancia no era éste
el caso- el desarrollo mismo de la producción capitalista se había encargado de
eliminar las pequeñas cargas que en años anteriores habían empeorado la suerte
del obrero. Así, aparecía cada vez más en primer plano el hecho capital de que
la causa de la miserable situación de la clase obrera no debía buscarse en
ciertas deficiencias aisladas sino en el propio sistema capitalista. El obrero
cede su fuerza de trabajo al capitalista a cambio de un jornal. Después de unas
cuantas horas de trabajo, el obrero ha reproducido el valor del jornal. Pero,
según el contrato de trabajo, el obrero aún debe trabajar unas cuantas horas
más hasta completar su jornada. El valor creado por el obrero durante estas
horas de plustrabajo constituye la plusvalía, que no cuesta ni un céntimo al
capitalista, pero que éste se embolsa. Tal es la base del sistema que va dividiendo
más y más a la sociedad civilizada en dos partes: de un lado, un puñado de
Rothschilds y Vanderbilts, propietarios de todos los medios de producción y
consumo, y de otro, la enorme masa de obreros asalariados, cuya única propiedad
es su fuerza de trabajo. Y que la causa de todo esto no reside en tal o cual
deficiencia de tipo secundario, sino únicamente en el sistema mismo, lo ha
demostrado hoy con toda evidencia el desarrollo del capitalismo en Inglaterra.
*
Truck-system. Sistema de pago del salario a los obreros con mercancías de
tiendas de fábricas pertenecientes a los propios empresarios. En lugar de pagar
los salarios en efectivo, los patronos obligan a los obreros a adquirir en
tales tiendas mercancías de mala calidad y a precios abusivos. (N. de la Edit.)
Prosigamos. Las repetidas epidemias de cólera,
tifus, viruela y otras enfermedades mostraron al burgués británico la urgente
necesidad de proceder al saneamiento de sus ciudades, para no ser, él y su
familia, víctimas de esas epidemias. Por eso, los defectos más escandalosos que
se señalan en este libro, o bien han desaparecido ya o no saltan tanto a la
vista. Se han hecho obras de canalización o se ha mejorado las ya existentes;
anchas avenidas cruzan ahora muchos de los barrios más sórdidos; ha desaparecido
la "Pequeña Irlanda" y ahora le toca el turno a Seven Dials(7). Pero, ¿qué puede importar todo esto? Distritos enteros
que en 1844 yo hubiera podido describir en una forma casi idílica, ahora, con el
crecimiento de las ciudades, se encuentran en el mismo estado de decadencia,
abandono y miseria. Ciertamente, ahora ya no se toleran en las calles los
cerdos ni los montones de basura. La burguesía ha seguido progresando en el
arte de ocultar la miseria de la clase obrera. Y que no se ha hecho ningún
progreso sustancial en cuanto a las condiciones de vivienda de los obreros lo
demuestra ampliamente el informe de la comisión real on the Housing of the
Poor, redactado en 1885. Lo mismo ocurre en todos los demás aspectos. Llueven
las disposiciones policíacas como si salieran de una cornucopia, pero lo único
que pueden hacer es aislar la miseria de los obreros; no pueden acabar con
ella.
Pero mientras Inglaterra ha rebasado ya esta edad
juvenil de la explotación capitalista, que describo en mi libro, otros países
acaban de llegar a ella. Francia, Alemania y sobre todo los Estados Unidos son
los terribles competidores que -como lo había previsto yo en 1844- están
destruyendo cada vez más el monopolio industrial de Inglaterra. Comparada con
la industria inglesa, la de estos países es una industria joven, pero crece con
mucha mayor rapidez que aquélla y ha alcanzado hoy día casi el mismo grado de
desarrollo que la industria inglesa en 1844. La comparación es mucho más
sorprendente por lo que respecta a los Estados Unidos. Las condiciones
ambientales en que vive la clase obrera norteamericana son, ciertamente, muy
distintas de las condiciones de vida del obrero inglés; pero como en uno y otro
sitio rigen las mismas leyes económicas, los resultados, aunque no sean
idénticos en todos los aspectos, tienen que ser del mismo orden. De aquí que en
los Estados Unidos nos encontremos con la misma lucha por la reducción de la
jornada de trabajo, por una limitación legal de la misma, sobre todo para las
mujeres y los niños que trabajan en las fábricas; pleno florecimiento del
truck-system y del sistema de cottages en las zonas rurales(8),
utilizado por los patronos (bosses) y sus agentes como medio de dominar a los
obreros. Cuando leí en 1886 las noticias publicadas en los periódicos
norteamericanos acerca de la gran huelga de los mineros del distrito de Connellsville(9), en Pensilvania, me pareció leer mi propia
descripción de la huelga declarada en 1844 por los mineros del Norte de
Inglaterra. El mismo engaño de los obreros con pesas y medidas falsas, el mismo
sistema de pago en productos, los mismos intentos de quebrantar la resistencia
de los mineros poniendo en juego el último y más demoledor de los recursos
utilizados por los capitalistas: desahucio de los obreros de las viviendas que
ocupan en las casas de las compañías.
En esta edición, lo mismo que en las ediciones
inglesas, no he tratado de poner el libro al día, enumerando todos los cambios
ocurridos desde 1844. Y no lo he hecho por dos razones. En primer lugar, porque
hubiera tenido que hacer un libro dos voces más voluminoso, y en segundo lugar,
porque me habría visto obligado a repetir lo dicho ya por Marx, pues el primer
tomo de "El Capital" ofrece una exposición detallada de la situación
de la clase obrera británica por el año 1865, es decir, la época en que la
prosperidad industrial de Inglaterra había llegado a su apogeo.
No creo que haya necesidad de indicar que el punto
de vista teórico general de este libro, lo mismo en el aspecto filosófico que
en el económico y en el político, no coincide plenamente, ni mucho menos, con
mi actual punto de vista. En 1844 no existía aún el moderno socialismo
internacional, convertido desde entonces en una ciencia gracias sobre todo y
casi exclusivamente a los esfuerzos de Marx. Mi libro no representa más que una
de las fases de su desarrollo embrionario; y lo mismo que el embrión humano
reproduce todavía, en las fases iniciales de su desarrollo los arcos
branquiales de nuestros antepasados acuáticos, a lo largo de todo este libro
pueden hallarse las huellas de la filosofía clásica alemana, uno de los
antepasados del socialismo moderno. Así, sobre todo al final del libro, se
recalca que el comunismo no es una mera doctrina del partido de la clase
obrera, sino una teoría cuyo objetivo final es conseguir que toda la sociedad,
incluyendo a los capitalistas, pueda liberarse del estrecho marco de las
condiciones actuales. En abstracto, esta afirmación es acertada, pero en la
práctica es totalmente inútil e incluso algo peor. Por cuanto las clases
poseedoras, lejos de experimentar la más mínima necesidad de emancipación, se
oponen además por todos los medios a que la clase obrera se libere ella misma,
la revolución social tendrá que ser preparada y realizada por la clase obrera
sola. El burgués francés de 1789 decía también que la emancipación de la
burguesía era la emancipación de toda la humanidad; pero la nobleza y el clero
no quisieron aceptar esta tesis, que degeneró rápidamente -a pesar de ser, por
lo que respecta al feudalismo, una verdad histórica abstracta indiscutible- en
una frase puramente sentimental y se volatilizó totalmente en el fuego de la
lucha revolucionaria. Tampoco faltan ahora quienes desde el alto pedestal de su
imparcialidad predican a los obreros un socialismo situado por encima de todos
los antagonismos y luchas de clase. Pero, o bien estos señores son unos
neófitos a los que falta mucho aún por aprender, o bien se trata de los peores
enemigos de la clase obrera, de unos lobos disfrazados de corderos.
El libro estima en cinco años el ciclo de las
grandes crisis industriales. Esta conclusión derivaba del curso de los
acontecimientos entre 1825 y 1842. Pero la historia industrial de 1842 a 1868
vino a demostrar que, en realidad, la duración de dichos ciclos debe ser
estimada en 10 años, pues las crisis intermedias son de carácter secundario y
desde 1842 aparecen cada vez con menos frecuencia. A partir de 1868 la
situación vuelve a cambiar; pero de ello hablaremos más adelante.
He puesto cuidado en no tachar del texto muchas
profecías -entre ellas la de la inminente revolución social en Inglaterra-,
inspiradas por mi ardor juvenil. No tengo la menor intención de presentar mi
libro ni de presentarme a mí mismo como mejores de lo que entonces éramos. Lo
admirable no es que muchas de estas profecías hayan fallado, sino el que tantas
hayan resultado acertadas, y que la situación crítica de la industria inglesa a
consecuencia de la competencia continental, y sobre todo de la norteamericana,
situación predicha por mí en aquel entonces -aunque para un período demasiado
próximo, ciertamente-, sea actualmente una realidad. En este punto me veo
precisado a poner el libro al día, para lo cual reproduciré un artículo*
publicado por mí en inglés en la revista londinense "Commonweal"(10)
del 1 de marzo de 1885, y cuya versión en alemán apareció en el Nº 6 de
"Neue Zeit"(11), correspondiente al mes de junio del mismo año.
*
F. Engels, "Inglaterra en 1845 y 1885".
"Hace cuarenta años, Inglaterra se enfrentó
con una crisis que, según todas las apariencias, sólo podía ser resuelta por la
violencia. El inmenso y rápido desarrollo de la industria se habían
adelantado a la ampliación de los mercados exteriores y al crecimiento de la
demanda. Cada diez años, la marcha de la industria era violentamente
interrumpida por una crisis general del comercio, seguida, tras un largo
período de depresión crónica, por unos pocos años de prosperidad, que
terminaban siempre en una febril superproducción y, finalmente, en un nuevo
crac. La clase capitalista clamaba por el libre cambio en el comercio de
cereales, y amenazaba con lograrlo haciendo que los hambrientos habitantes de
las ciudades volviesen a los distritos rurales de donde habían salido, para
invadirlos, como decía John Bright, 'no como pobres que mendigan pan, sino como
un ejército que acampa en territorio enemigo'. Las masas obreras de las
ciudades exigían la Carta del Pueblo(12), con la que
reivindicaban su parte en el poder político. Eran apoyadas en esta demanda por
la mayor parte de la pequeña burguesía. El camino a seguir para lograr la Carta
-el de la violencia o el legal- era la únicca diferencia que los separaba.
Entretanto, llegaron la crisis comercial de 1847 y el hambre en Irlanda, y con
ellas la perspectiva de la revolución.
"La revolución francesa de 1848 salvó a la
burguesía inglesa. Las consignas socialistas de los obreros franceses
victoriosos asustaron a la pequeña burguesía inglesa y desorganizaron el
movimiento de los obreros ingleses, que corría por cauces más estrechos, pero
que tenía un carácter más práctico. En el preciso momento en que tenía que
desplegar todas sus fuerzas, e incluso antes de experimentar la patente derrota
del 10 de abril de 1848(13), el cartismo sufrió un colapso interno. La
actividad política de la clase obrera fue relegada a segundo plano. La clase
capitalista había triunfado en toda la línea.
"La reforma parlamentaria de 1831(14) había
sido la victoria de toda la clase capitalista sobre la aristocracia
terrateniente. La abolición de las leyes cerealistas fue la victoria de los
capitalistas industriales no sólo sobre los grandes terratenientes, sino
también sobre los sectores capitalistas -bolsistas, banqueros, rentistas,
etc.-, cuyos intereses eran más o menos idénticos o estaban más o menos ligados
a los intereses de los terratenientes. El libre cambio significaba la
reorganización, en el interior y en el exterior, de toda la política financiera
y comercial de Inglaterra de acuerdo con los intereses de los capitalistas
industriales, que constituían desde ese momento la clase representativa de la
nación. Y esta clase puso manos a la obra con toda energía. Cualquier obstáculo
que se opusiese a la producción industrial era barrido implacablemente. Las
tarifas aduaneras y todo el sistema fiscal fueron transformados radicalmente.
Todo quedó supeditado a un objetivo único, pero a un objetivo que tenía la
máxima importancia para los capitalistas industriales: abaratar todas las
materias primas, y principalmente, todos los medios de subsistencia de la clase
obrera, reducir el precio de coste de las materias primas y mantener los
salarios a un bajo nivel, cuando no reducirlos aún más. Inglaterra tenía que
convertirse en «el taller industrial del mundo»; todos los demás países tenían
que ser para Inglaterra lo que ya era Irlanda: mercados para su producción
industrial y fuentes de materias primas y de artículos alimenticios.
¡Inglaterra, gran centro manufacturero de un mundo agrícola, con un número
siempre creciente de satélites productores de trigo y algodón girando en torno
al sol industrial! ¡Qué magnífica perspectiva!
"Los capitalistas industriales se lanzaron a
la conquista de este gran objetivo con aquel poderoso sentido común y aquel
desprecio por los principios tradicionales que siempre los han distinguido de
sus competidores continentales más contaminados por el filisteísmo. El cartismo
agonizaba. La nueva prosperidad industrial, lógica y casi natural después de la
terminación de la crisis de 1847, fue atribuida exclusivamente al influjo del
libre cambio. En virtud de estos dos hechos, la clase obrera inglesa se
convirtió políticamente en la cola del 'gran' Partido Liberal, que dirigían los
fabricantes. Una vez conseguida esta posición ventajosa, había que perpetuarla.
La violenta oposición de los cartistas, no contra el libre cambio, sino contra
el que se le convirtiese en la única cuestión vital del país, hizo comprender a
los fabricantes -y cada día que pasaba se lo hacía comprender mejor- que sin la
ayuda de la clase obrera la burguesía no logrará jamás establecer plenamente su
dominio social y político sobre la nación. De esta manera, fueron cambiando
poco a poco las relaciones entre las dos clases. Las leyes fabriles que en
tiempos habían sido un espantajo para todos los fabricantes, ahora no sólo eran
observadas voluntariamente por ellos, sino que se extendían más o menos a todas
las ramas de la industria. Los sindicatos, considerados hasta hacía poco obra
del diablo, eran mimados y protegidos por los industriales como instituciones
perfectamente legítimas y como medio eficaz para difundir entre los obreros
sanas doctrinas económicas. Incluso se llegó a la conclusión de que las
huelgas, reprimidas hasta 1848, podían ser en ciertas ocasiones muy útiles,
sobre todo cuando eran provocadas por los señores fabricantes en el momento que
ellos consideraban oportuno. Aunque no desaparecieron todas las leyes que
colocaban al obrero en una situación de inferioridad con respecto a su patrono,
al menos las más escandalosas fueron abolidas. Y la Carta del Pueblo, antes tan
execrable, se convirtió en el principal programa político de esos mismos
fabricantes que hasta hacía poco la habían combatido. Fueron convertidos en ley
la abolición del requisito de propiedad y el voto secreto. Las reformas
parlamentarias de 1867(15) y 1884(16) se acercan ya considerablemente al
sufragio universal, por lo menos tal como existe hoy día en Alemania; el nuevo
proyecto de ley sobre las circunscripciones electorales que se está discutiendo
ahora en el parlamento
crea circunscripciones iguales, que en
conjunto no son menos iguales que las existentes hoy día en Francia o en
Alemania. Ya se perfilan como indudables conquistas de un futuro próximo las
dietas parlamentarias y la reducción del período de vigencia de las actas,
aunque no se llegue todavía a los parlamentos elegidos cada año. Y después de
todo esto aún hay gente que se atreve a decir que el cartismo ha muerto.
"La revolución de 1848, al igual que otras
muchas anteriores a ella, ha tenido un destino bien extraño. Los mismos que las
habían aplastado se convirtieron, como solía decir Marx, en sus albaceas
testamentarios*. Luis Napoleón se vio obligado a crear la Italia una e
independiente. Bismarck tuvo que revolucionar Alemania a su manera y devolver a
Hungría cierta independencia; y a los fabricantes ingleses no les quedaba por
hacer nada mejor que dar fuerza de ley a la Carta del Pueblo.
"Las consecuencias que tuvo en Inglaterra
este predominio de los capitalistas industriales fueron en un principio
asombrosas. Los negocios, que habían resucitado, se extendieron en proporciones
sorprendentes hasta para Inglaterra, cuna de la industria moderna. Los éxitos
logrados anteriormente, gracias a la aplicación del vapor y de la maquinaria,
palidecían en comparación con el poderoso auge alcanzado por la producción en
los veinte años comprendidos entre 1850 y 1870, con sus abrumadoras cifras de
exportación e importación, con las riquezas fantásticas que acumulan los
capitalistas y con la enorme masa de mano de obra que se concentra en ciudades
gigantescas. Ciertamente, este progreso seguía interrumpiéndose como antes por
crisis que se repetían cada diez años y que hicieron su aparición en 1857 y en
1866. Pero estas recaídas eran consideradas ahora como fenómenos naturales e
inevitables, a los que había que someterse y tras los cuales todo volvía de
nuevo a su cauce normal.
"¿Cuál era la situación de la clase obrera durante este período? A veces se producía un
mejoramiento temporal, que se extendía incluso a las grandes masas. Pero este
mejoramiento era reducido cada vez a su antiguo nivel por el aflujo de una gran
masa de obreros procedentes de la reserva de desocupados, por la introducción
de nuevas máquinas, que desalojaban a un número cada vez mayor de obreros, y
por la inmigración de obreros agrícolas, desalojados ahora también en
proporciones crecientes por las máquinas.
*
Véase C. Marx, "El espíritu de Erfurt en 1859".
"Sólo en dos sectores 'protegidos' de la
clase obrera hallamos un mejoramiento permanente. El primer sector lo integran
los obreros fabriles. La legislación que establece límites relativamente
razonables para la jornada de trabajo les ha permitido restaurar hasta cierto
punto sus fuerzas físicas y les ha proporcionado una superioridad moral,
acrecentada por su concentración local. La situación de estos obreros es
indudablemente mejor que antes de 1848. La mejor prueba de ello nos la ofrece
el hecho de que de cada diez huelgas, nueve son provocadas por los mismos
fabricantes, en su propio interés y como único medio de reducir la producción.
Jamás lograréis persuadir a los fabricantes de que acepten la reducción de la
jornada de trabajo, ni siquiera en el caso de que no encuentren ninguna salida
para sus mercancías; pero si hacéis que los obreros se declaren en huelga, los
capitalistas cerrarán sus fábricas como un solo hombre.
"El segundo sector de obreros 'protegidos' lo
integran las grandes tradeuniones. Son éstas organizaciones de ramas de la
producción en las que trabajan única o predominantemente hombres adultos. Ni la
competencia del trabajo de las mujeres y de los niños ni la de las máquinas han podido debilitar hasta ahora su fuerza organizada. Los
metalúrgicos, los carpinteros y los ebanistas y los albañiles constituyen otras
tantas organizaciones, cada una de las cuales es tan fuerte que puede, como ha
ocurrido con los obreros de la construcción, oponerse con éxito a la
introducción de la maquinaria. No cabe duda de que la situación de estos
obreros ha mejorado considerablemente desde 1848; la mejor prueba de ello nos
la ofrece el que desde hace más de 15 años no sólo los patronos están muy
satisfechos de ellos, sino también ellos de sus patronos. Constituyen la
aristocracia de la clase obrera, han logrado una posición relativamente
desahogada y la consideran definitiva. Son los obreros modelo de los señores
Leone Levi y Giffen (y también del honorable Lujo Brentano). Se trata, en
efecto, de personas muy agradables y complacientes, tanto, en particular, para
cualquier capitalista sensato, como, en general, para toda la clase capitalista.
"En cuanto a las grandes masas obreras, el
estado de miseria e inseguridad en que viven ahora es tan malo como siempre o
incluso peor. El East End de Londres es un pantano cada vez más extenso de
miseria y desesperación irremediables, de hambre en las épocas de paro y de
degradación física y moral en las épocas de trabajo. Y si exceptuamos a la
minoría de obreros privilegiados, la situación es la misma en las demás grandes
ciudades, así como en las pequeñas y en los distritos rurales. La ley que
reduce el valor de la fuerza de trabajo al precio de los medios de subsistencia
necesarios, y la otra ley que, por regla general, reduce su precio medio a la
cantidad mínima de esos medios de subsistencia, actúan con el rigor inexorable
de una máquina automática cuyos engranajes van aplastando a los obreros.
"Tal era, pues, la situación creada por la
política de libre cambio establecida en 1847 y por los veinte años de
dominación de los capitalistas industriales. Pero luego se produjo un viraje.
La crisis de 1866 fue seguida de una débil reanimación que tuvo lugar por 1873
y fue de poca duración. Bien es verdad que no se produjo la crisis total que,
según era de esperar, debía haberse producido en 1877 o en 1878; pero, a partir
de 1876, todas las ramas principales de la industria se suman en un
estancamiento crónico. No llega la crisis total ni sobreviene el tan esperado
período de florecimiento que debía haberse producido antes o después de ella.
Un estancamiento letárgico, una saturación crónica en todos los mercados de
todas las ramas industriales: tal es la situación en que vivimos desde hace
casi diez años. ¿Cuál es la causa?
"La teoría del libre cambio tenía por única
base el supuesto de que Inglaterra habría de ser el único gran centro
industrial de un mundo agrícola. Pero los hechos han dado un mentís a dicha
suposición. Las condiciones precisas para la industria moderna -la fuerza del
vapor y la maquinaria- pueden ser creadas en cualquier lugar donde haya
combustible, y sobre todo carbón. Pero Inglaterra no es el único país que posee
carbón, también lo tienen Francia, Bélgica, Alemania, Norteamérica e incluso
Rusia. Y los habitantes de esos países no encontraban ninguna ventaja en verse
reducidos a la condición de hambrientos colonos irlandeses, para mayor gloria y
riqueza de los capitalistas ingleses. Por eso construyeron fábricas y empezaron
a producir no sólo para su propio consumo, sino también para todo el mundo. Y
la consecuencia ha sido que el monopolio industrial, detentado por Inglaterra
durante casi un siglo, quedó definitivamente roto.
"Pero el monopolio industrial es la piedra
angular del presente régimen social de Inglaterra. Incluso en la época en que
subsistía dicho monopolio, los mercados no alcanzaban a seguir la creciente
productividad de la industria inglesa. El resultado eran las crisis que se
producían cada diez años. Y ahora los mercados nuevos son cada vez más escasos,
hasta el punto de que incluso a los negros del Congo se les impone la
civilización bajo la forma de géneros de Manchester, vasijas de barro del
condado de Stafford y quincalla de Birmingham. ¿Qué ocurrirá cuando las
mercancías continentales, y, sobre todo, las norteamericanas afluyan en
proporciones cada vez mayores y vaya reduciéndose de año en año la parte del
león que aún corresponde a los industriales ingleses en el aprovisionamiento de
los mercados mundiales? ¡Responda a esto el libre cambio, panacea universal!
"No soy el primero en señalar este hecho. En
1883, en la asamblea celebrada en Southport por la Asociación Británica(17), el señor Inglis Palgrave, presidente de la
Sección Económica, indicó ya que para Inglaterra habían pasado los días de las
grandes ganancias y que el desarrollo de varias importantes ramas de la
industria se había detenido. Casi se podía afirmar que Inglaterra pasaba a un
estado en el que ya no había progreso.
"Pero, ¿cómo va a terminar todo esto? La
producción capitalista no puede detenerse en un punto; tiene que crecer y
extenderse o morir. Ya ahora, la mera reducción de la parte del león que
corresponde a Inglaterra en el aprovisionamiento de los mercados mundiales
significa estancamiento, miseria, exceso de capital por una parte y exceso de
obreros desocupados por otra. ¿Qué va a ocurrir cuando el aumento anual de la
producción cese por completo? Este es el punto vulnerable, el talón de Aquiles
de la producción capitalista. La extensión continua es la condición de su vida;
pero ahora esta extensión continua es imposible. La producción capitalista se
encuentra en un callejón sin salida. Cada año es más aguda la forma en que se
le plantea a Inglaterra esta cuestión: ¿quién ha de sucumbir, la nación o la
producción capitalista? ¿Cuál de las dos es la condenada a desaparecer?
"¿Y la clase obrera? Si incluso durante el
auge sin precedentes alcanzado por el comercio y la industria entre 1848 y 1868
tuvo que vivir en la situación de miseria que hemos señalado, si incluso
entonces la inmensa mayoría de los obreros experimentó, en el mejor de los
casos, un alivio pasajero, mientras que sólo una pequeña minoría, privilegiada
y protegida, obtuvo beneficios duraderos, ¿qué no ocurrirá cuando este
deslumbrante período termine definitivamente, cuando no sólo se agrave el
actual estado depresivo, sino cuando esta agravada situación de estancamiento
letárgico se convierta en crónica y adquiera el carácter de estado normal de la
industria inglesa?
"He aquí la verdad: mientras duró el
monopolio industrial de Inglaterra, la clase obrera inglesa participó hasta
cierto punto en los beneficios de dicho monopolio. Estos beneficios se
distribuían dentro de la misma clase obrera de una manera muy desigual: la
mayor parte correspondía a su minoría privilegiada, aunque también a la gran
masa le tocaba algo de vez en cuando. Por eso, desde la muerte del owenismo no
ha habido socialismo en Inglaterra. Cuando se derrumbe el monopolio, la clase
obrera inglesa perderá su situación privilegiada. Y llegará un día en que toda
ella, sin exceptuar la minoría privilegiada y dirigente, se encuentre en el
mismo nivel que los obreros de los demás países. Por eso, volverá a haber
socialismo en Inglaterra".
Así termina el artículo de 1885. El prólogo
escrito el 11 de enero de 1892, para la edición inglesa, continuaba así:
"Poco me queda que añadir a esta descripción
del estado de cosas, tal como lo veía yo en 1885. No creo que sea necesario
decir que hoy 'vuelve a haber socialismo en Inglaterra'. Lo hay en masa y de
todos los matices: socialismo consciente e inconsciente, socialismo en prosa y
en verso, socialismo de la clase obrera y socialismo de la burguesía. En
efecto, el socialismo, horror de los horrores, no sólo se ha vuelto muy
respetable, sino que incluso viste frac y se deja caer negligentemente en los
divanes de los salones mundanos. Esto demuestra de nuevo la incorregible veleidad
de la opinión pública burguesa, ese terrible déspota de la 'buena sociedad';
con lo que queda justificado una vez más el desprecio con que nosotros, los
socialistas de la pasada generación, la hemos tratado siempre. Por lo demás, no
tenemos ningún motivo para quejarnos de este nuevo síntoma.
"Pero lo que a mi entender importa mucho más
que esta moda pasajera de hacer alarde de un socialismo acuoso en los círculos
burgueses, e incluso más que los éxitos logrados en general por el socialismo
en Inglaterra, es el despertar del East End londinense. Este valle de infinita
miseria ha dejado de ser la pocilga de agua estancada que era hace seis años. El
East End se ha sacudido la apatía de la desesperación; ha vuelto a la vida y se
ha convertido en la patria del 'nuevo tradeunionismo' es decir, la organización
de la gran masa de obreros 'no calificados'. Aunque esta organización ha
revestido en muchos aspectos la forma de los viejos sindicatos de obreros
'calificados', tiene sin embargo, un carácter esencialmente distinto. Los
viejos sindicatos guardan las tradiciones correspondientes a la época de su
surgimiento; para ellos el sistema del salariado es algo definitivo y
establecido de una vez para siempre, algo que, en el mejor de los casos, sólo
pueden suavizar en interés de sus afiliados. Los nuevos sindicatos, por el
contrario, fueron organizados cuando ya la fe en la eternidad del salariado se
había debilitado considerablemente. Sus fundadores y sus dirigentes eran
hombres de conciencia socialista o de sentimientos socialistas; las masas que
afluyeron a ellos y que constituyen su fuerza estaban integradas por hombres
toscos e ignorantes, a los que la aristocracia de la clase obrera miraba por
encima del hombro. Pero tienen la enorme ventaja de que su mentalidad es
todavía un terreno virgen, absolutamente libre de los 'respetables' prejuicios
burgueses heredados que trastornan las cabezas de los 'viejos tradeunionistas',
mejor situados que ellos. Y ahora vemos cómo esos nuevos sindicatos asumen la
dirección general del movimiento obrero y cómo las 'viejas' tradeuniones, ricas
y orgullosas, marchan cada vez más a remolque suyo.
"Los hombres del East End han cometido -de
ello no cabe duda- errores colosales. Pero también los cometieron sus
predecesores y también siguen cometiéndolos los socialistas doctrinarios, que
los miran por encima del hombro. Para una gran clase, lo mismo que para una
gran nación, no hay nada que enseñe mejor y más de prisa que las consecuencias
de sus propios errores. Y a pesar de todos los errores del pasado, del presente
o del futuro, el despertar del East End londinense sigue siendo uno de los
acontecimientos más grandes y más fecundos de este fin de siècle*. Me alegro y me
enorgullezco de haber podido asistir a él".
*
Fin de siglo.
Las líneas precedentes fueron escritas hace seis
meses. En este tiempo el movimiento obrero inglés ha dado otro gran paso. Las
elecciones parlamentarias, celebradas hace pocos días, fueron un aviso en forma
a los dos partidos oficiales, a los conservadores y a los liberales, de que
desde ahora tendrán que contar con un tercer partido, con el partido obrero.
Este se halla aún en período de formación. Sus elementos aún tienen que
sacudirse toda clase de prejuicios tradicionales -burgueses, del viejo
tradeunionismo, y ya incluso del socialismo doctrinario- antes de poder unirse,
por fin, en el terreno que les es común a todos ellos. Sin embargo, el instinto
que los une ahora es ya tan fuerte que les ha permitido obtener en las
elecciones parlamentarias unos resultados que no tienen precedente en
Inglaterra. En Londres se presentaron como candidatos dos obreros *,
que además declararon abiertamente su condición de socialistas. Los liberales
no se atrevieron a oponerles ningún candidato, y los dos socialistas fueron
elegidos por una mayoría tan aplastante como inesperada. En Middlesbrough se
presentó un candidato obrero ** contra uno liberal y otro
conservador y derrotó a los dos. Por otra parte, los nuevos candidatos obreros
que se aliaron a los liberales fueron, a excepción de uno, irremisiblemente
derrotados. De los llamados representantes obreros de viejo cuño, hombres a
quienes se perdona su origen porque ellos mismos están dispuestos a diluir su
calidad de obreros en el océano de su liberalismo, Henry Broadhurst, el más
destacado representante del viejo tradeunionismo, sufrió una aplastante derrota
por oponerse a la jornada de ocho horas. En dos distritos electorales de
Glasgow, en uno de Salford y en otros muchos, a los candidatos de los dos
viejos partidos se enfrentaron candidatos obreros independientes. Y aunque
fueron derrotados, también lo fueron los candidatos liberales. En una palabra:
en varios distritos electorales de las grandes ciudades y de los centros industriales
los obreros renunciaron resueltamente a todo pacto con los dos viejos partidos,
obteniendo así, directa o indirectamente, éxitos jamás vistos en ninguna de las
elecciones anteriores. La alegría que esto ha producido entre los obreros es
indescriptible. Por vez primera han visto y sentido lo que pueden conseguir
haciendo uso del sufragio en interés de su clase. Ha quedado destruida la fe
supersticiosa que durante cerca de cuarenta años han tenido los obreros
ingleses en el "gran Partido Liberal". Los obreros han visto a través
de elocuentes ejemplos que ellos constituyen en Inglaterra la fuerza decisiva,
siempre y cuando quieran y sepan lo que quieren; las elecciones de 1892 señalan
el comienzo de ese querer y de ese saber. El resto corre a cuenta del
movimiento obrero del continente; los alemanes y los franceses, que ya tienen
una representación muy importante en los parlamentos y en los consejos
municipales, mantendrán vivo con sus nuevos éxitos el espíritu de emulación de
los ingleses. Y cuando se descubra, en un futuro no muy lejano, que el nuevo parlamento
no puede hacer nada con el señor Gladstone, ni tampoco el señor Gladstone con
este parlamento, el partido obrero inglés estará ya lo suficientemente
organizado para acabar de una vez con el columpio de los dos viejos partidos,
que se van turnando en el poder a fin de perpetuar el dominio de la burguesía.
F. Engels
Londres, 21 de
julio de 1892
* J. K. Hardie
y J. Burns.
** J. H. Wilson
Publicado
en el libro: "Die Lage der Arbeitenden Klasse in England" Zweite
Auflage, Stuttgart, 1892.
INTRODUCClÓN
La historia de la clase obrera en Inglaterra comienza en la segunda
mitad del siglo pasado, con la invención de la máquina de vapor y las máquinas
destinadas a trabajar el algodón. Es sabido que estas invenciones desencadenaron
una revolución industrial que, simultáneamente, transformó la sociedad burguesa
en su conjunto y cuya importancia en la historia del mundo apenas ahora
comienza a comprenderse.
Inglaterra es el terreno clásico de esta revolución que fue tanto más
poderosa cuanto que se hizo más silenciosamente. Por eso Inglaterra es también,
el clásico país donde se desarrolla su resultado esencialísimo, el
proletariado. Solamente en Inglaterra es que puede estudiarse el proletariado
en todas sus relaciones y desde todos los ángulos.
Por el momento pasaremos por alto la historia de esta revolución, de su
inmensa importancia para el presente y el futuro. Este estudio hay que
reservarlo para un trabajo posterior más amplio. Provisionalmente, debemos
limitarnos a los varios datos necesarios para comprender los hechos que
expondremos, para comprender la situación actual de los proletarios ingleses.
Antes de la introducción del maquinismo,
el hilado y el tejido de las materias primas se efectuaban en la propia casa
del obrero. Mujeres y niñas hilaban el hilo, que el hombre tejía o que ellas
vendían, cuando el padre de familia no lo trabajaba él mismo. Estas familias de
tejedores vivían mayormente en el campo, cerca de las ciudades, y lo que ellas
ganaban aseguraba perfectamente su existencia, ya que el mercado interior
constituía todavía el factor decisivo de la demanda de telas -incluso era el
único mercado-, y que la fuerza aplastante de la competencia que habría de
aparecer más tarde con la conquista de mercados extranjeros y con la expansión del
comercio, no pesaba aún sensiblemente sobre el salario. A esto se añadía un
incremento constante de la demanda en el mercado interno, paralelamente al
lento crecimiento de la población, que permitía ocupar la totalidad de los
obreros; hay que mencionar además la imposibilidad de una competencia feroz
entre las obreros, debido a la dispersión de la vivienda rural: En términos
generales, el tejedor hasta podía tener ahorros y arrendar una parcela de
tierra que cultivaba en sus horas de ocio. Él las determinaba a su antojo
porque podía tejer cuando y por el tiempo que lo deseara. Desde luego, no se
trataba de un verdadero campesino porque se dedicaba a la agricultura con
cierta negligencia y sin sacar de ella un beneficio real; pero al menos no era
un proletario, y -como dicen los ingleses- había plantado una estaca en el
suelo de su patria, tenía un techo y en la escala social se hallaba en un
peldaño por encima del obrero inglés de hoy día.
Así los obreros vivían una existencia
enteramente soportable y llevaban una vida honesta y tranquila en toda piedad y
honorabilidad; su situación material era mucho mejor que aquella de sus
sucesores; ellos no tenían necesidad alguna de matarse en el trabajo, no hacían
más de lo que deseaban, y sin embargo ganaban lo suficiente para cubrir sus
necesidades, tenían tiempo para un trabajo sano en su jardín o su parcela,
trabajo que era para ellos una distracción, y podían además participar en las
diversiones y juegos de sus vecinos; y todos estos juegos: bolos, balón, etc.,
contribuían al mantenimiento de su salud y a su desarrollo físico.
Se trataba en su mayor parte de gente
vigorosa y bien dispuesta cuya constitución física apenas se diferenciaba o no
se diferenciaba del todo de aquella de los campesinos, sus vecinos. Los niños
crecían respirando el aire puro del campo, y si llegaban a ayudar a sus padres
en el trabajo, era sólo de vez en cuando, y no era cuestión de una jornada de
trabajo de 8 ó 12 horas. El carácter moral e intelectual de esta clase se
adivina fácilmente. Estos trabajadores nunca visitaban las ciudades porque el
hilo y el tejido eran recogidos en sus domicilios por viajantes contra pago del
salario, y así vivían aislados en el campo hasta el momento en que el
maquinismo los despojó de su sostén y fueron obligados a buscar trabajo en la
ciudad. Su nivel de vida intelectual y
moral era de la gente del campo, con la cual frecuentemente se hallaban ligados
por los cultivos en pequeña escala. Ellos consideraban a su Squire -el
terrateniente más importante de la región- como su superior natural; le pedían
consejo, sometían a su arbitraje sus pequeñas querellas y le rendían todos los
honores que comprendían estas relaciones patriarcales. Eran personas
"respetables" y buenos padres de familia; vivían de acuerdo con la
moral, porque no tenían ocasión alguna de vivir en la inmoralidad, ningún
cabaret ni casa de mala fama se hallaban en su vecindad, y el mesonero en cuyo
establecimiento ellos apagaban de vez en cuando su sed, era igualmente un
hombre respetable, las más de las veces, un gran arrendatario que tenía en
mucho la buena cerveza, el buen orden y no le gustaba trasnochar. Ellos
retenían a sus hijos todo el día en la casa y les inculcaban la obediencia y el
temor de Dios; estas relaciones patriarcales subsistían mientras los hijos
permanecían solteros; los jóvenes crecían con sus compañeros de juego en una
intimidad y una simplicidad idílicas hasta su matrimonio, e incluso si bien las
relaciones sexuales antes del matrimonio eran cosa casi corriente, ellas sólo se
establecían cuando la obligación moral del matrimonio era reconocida de ambas
partes, y las nupcias que sobrevenían pronto ponían todo en orden. En suma, los
obreros industriales ingleses de esta época vivían y pensaban lo mismo que se
hace todavía en ciertos lugares de Alemania, replegados sobre sí mismos,
separadamente, sin actividad intelectual y llevando una existencia tranquila.
Raramente sabían leer y todavía menos escribir, iban regularmente a la iglesia,
no participaban en la política, no conspiraban, no pensaban, les gustaban los ejercicios físicos,
escuchaban la lectura de la Biblia con un recogimiento tradicional, y convivían
muy bien, humildes y sin necesidades, con las clases sociales en posición más
elevada. Pero, en cambio, estaban intelectualmente muertos; sólo vivían para
sus intereses privados, mezquinos, para su telar y su jardín e ignoraban todo
lo del movimiento poderoso que, en el exterior, sacudía a la humanidad. Ellos
se sentían cómodos en su apacible existencia vegetativa y, sin la revolución
industrial, jamás hubieran abandonado esta existencia de un romanticismo
patriarcal, pero, a pesar de todo, indigna de un ser humano.
Lo cierto es que no eran hombres sino
simples máquinas, trabajando para algunos aristócratas que hasta entonces
habían dirigido la historia; la revolución industrial no ha hecho otra cosa que
sacar la consecuencia de esta situación reduciendo enteramente a los obreros al
papel de simples máquinas y arrebatándoles los últimos vestigios de actividad
independiente, pero, precisamente por esta razón, incitándolos a pensar y a
exigir el desempeño de su papel de hombres. Si, en Francia, ello se debió a la
política, en Inglaterra fue la industria -y de una manera general la evolución
de la sociedad burguesa- lo que arrastró en el torbellino de la historia las
últimas clases sumidas en la apatía con respecto a los problemas humanos de
interés general.
La primera invención que transformó
profundamente la situación de los obreros ingleses de entonces, fue la Jenny(3) del tejedor James Hargreaves, de Standhill, cerca
de Blackburn en el Lancashire del Norte (1764). Esta máquina era la antecesora
rudimentaria de la Mule que habría de sucederla más tarde; funcionaba a mano,
pero en lugar de un huso -como en el torno ordinario para hilar a mano- poseía
16 ó 18, movidos por un solo obrero. De este modo fue posible proveer mucho más
hilo que antes; mientras que anteriormente un tejedor, que empleaba
constantemente tres hiladores, nunca tenía suficiente hilo y con frecuencia
tenía que esperar, ahora había allí más hilo del que podían tejer los obreros
existentes. La demanda de productos textiles que, por otra parte, estaba en
aumento, se incrementó de nuevo debido a los precios más bajos de estos
productos, como consecuencia de la reducción de gastos de producción por el
empleo de la nueva máquina. Como resultado, hubo necesidad de emplear a más
tejedores y el salario de éstos se elevó. Y, como desde entonces el tejedor
podía ganar más consagrándose a su oficio, abandonó lentamente sus ocupaciones
agrícolas y se dedicó enteramente a la industria textil. En esa época una
familia estaba compuesta de cuatro adultos y dos niños, que estaban limitados
al trabajo de encanillado, llegaba a ganar, por 10 horas de trabajo diario, 4
libras esterlinas por semana -28 táleros al cambio prusiano actual- y a menudo
más cuando los negocios marchaban bien y el trabajo urgía. No era raro que un
solo tejedor ganara en su oficio 2 libras esterlinas por semana. Así es cómo la
clase de los tejedores agrícolas desapareció poco a poco completamente,
fundiéndose en la nueva clase de aquellos que eran exclusivamente tejedores,
que vivían únicamente de su salario, no poseían propiedad, ni siquiera la
ilusión de la propiedad que confiere el arriendo de tierras. Se convirtieron
por tanto en proletarios (working men). A esto se añade asimismo la supresión
de las relaciones entre hilador y tejedor. Hasta entonces, en la medida de lo
posible, el hilo era torcido y tejido bajo un mismo techo. Como ahora la Jenny,
al igual que el telar, exigía una mano vigorosa, los hombres también se
dedicaron al hilado y familias enteras vivían de ello; en tanto que otras,
forzadas a abandonar el torno para hilar, arcaico y obsoleto, cuando carecían
de los medios para comprar una Jenny, tenían que vivir únicamente del oficio de
tejedor del padre de familia. Así es cómo comenzó la división del trabajo entre
tejido e hilado, que por consecuencia habría de ser llevada tan lejos en la
industria.
Mientras que el proletariado industrial
se desarrollaba así con esta primera máquina, por cierto muy imperfecta, ésta
dio igualmente nacimiento a un proletariado agrícola. Hasta entonces, había
existido un gran número de pequeños campesinos propietarios, llamados yeomen,
que habían vegetado en la misma tranquilidad y la misma nada intelectual que
sus vecinos, los tejedores-agricultores. Ellos cultivaban su pequeña parcela de
tierra con exactamente la misma negligencia que lo habían hecho sus padres, y
se oponían a toda innovación con la obstinación particular de estos seres,
esclavos de la costumbre, que no cambian en absoluto durante generaciones.
Entre ellos había también muchos pequeños arrendatarios, no en el sentido
actual del término, sino personas que habían recibido de sus padres y abuelos
su pequeña parcela de tierra, ya sea a título de un arrendamiento hereditario,
ya sea en virtud de una antigua costumbre, y que se habían establecido tan
sólidamente como si la tierra les perteneciera en propiedad. Ahora bien, como
los trabajadores industriales abandonaban la agricultura, un gran número de
terrenos se hallaban vacantes, y allí se instaló la nueva clase de los
hacendados (grossen Pächter), arrendando de un sólo golpe 50, 100, 200
arapendes y hasta más. Eran tenants-at-will, es decir, arrendatarios cuyo
contrato podía ser rescindido cada año, y supieron aumentar el producto de las
tierras por mejores métodos agrícolas y una explotación en escala más grande.
Ellos podían vender sus productos más baratos que el pequeño yeomen, y éste no
tenía otra solución porque su parcela ya no lo sustentaba sino vender su tierra
y hacerse de una Jenny o un telar, o emplearse como jornalero, proletario
agrícola, con un gran arrendatario. Su indolencia hereditaria y la manera
negligente de explotar la tierra, defectos que había heredado de sus
antepasados y que no había podido superar, no le dejaban otra solución, cuando
fue obligado a entrar en competencia con personas que cultivaban su finca de
acuerdo con principios más racionales y con todas las ventajas que confieren el
cultivo en grande y la inversión de capitales con vistas a la mejora del suelo.
Sin embargo, la evolución de la
industria no quedó ahí. Algunos capitalistas comenzaron a instalar Jennys en
grandes edificaciones movidas por medio de la fuerza hidráulica, lo que les
permitió reducir el número de los obreros y vender su hilo más barato que el de
los hilanderos aislados que movían su máquina simplemente a mano. La Jenny fue
mejorada constantemente, con el resultado de que a cada instante una máquina se
hallaba superada y debía ser transformada, incluso desechada; y si bien el
capitalista podía subsistir gracias a la utilización de la fuerza hidráulica,
incluso con máquinas bastante viejas, a la larga el hilandero aislado no podía
hacerlo.
Estos hechos marcaban ya el advenimiento
del sistema de manufacturas; conoció una nueva extensión gracias al Spinning
Throstle (telar continuo), inventado por Richard Arkwhigt, un barbero de
Preston, en el Lancashire septentrional, en 1767. Esta máquina que se llama comúnmente
en alemán Kettenstuhl (telar de cadena) es, con la máquina de vapor, la
invención mecánica más importante del siglo XVIII. Ella es concebida a priori
para ser accionada mecánicamente y fundada en principios enteramente nuevos. Al
asociar las particularidades de la Jenny y del telar continuo, Samuel Crompton,
de Firwood (Lancashire)1785, creó la mule, y como
Arkwright inventó por la misma época las máquinas de cardar y de atar, la
manufactura devino el único sistema existente para el hilado del algodón. Poco
se logró que estas máquinas fuesen utilizables para el hilado de la lana y más
tarde del lino (en la primera década de ese siglo), luego de varias
modificaciones poco importantes, y por esta razón se pudo reducir el trabajo
manual también en estos sectores. Pero ahí no paró la cosa. En los últimos años
del siglo pasado, el Dr. Cartwright, pastor protestante, había inventado el
telar mecánico, y hacia 1804 lo había perfeccionado a tal punto que el mismo
podía competir exitosamente con los tejedores manuales; y la importancia de
todas estas máquinas se duplicó gracias a la máquina de vapor de James Watt,
inventada en 1764 y empleada para mover máquinas de hilar a partir de 1785.
Estos inventos, que después fueron
mejorados todos los años, decidieron la victoria del trabajo mecánico sobre el
trabajo manual en los principales sectores de la industria inglesa, y toda la
historia reciente de ésta nos muestra cómo los trabajadores manuales han sido
desplazados de sus posiciones por las máquinas. Las consecuencias de ello
fueron, de una parte, una rápida caída de los precios de todos los productos
manufacturados, el desarrollo del comercio y de la industria, la conquista de
casi todos los mercados extranjeros no protegidos, el crecimiento acelerado de
los capitales y de la riqueza nacional; y, de otra parte, el incremento aún más
rápido del proletariado, destrucción de toda propiedad, de toda seguridad de
sostén para la clase obrera, desmoralización, agitación política, y todos esos
hechos que repugnan tanto a los ingleses acomodados y que vamos a examinar en
las páginas que siguen. Hemos vistos anteriormente qué trastorno provocó en las
relaciones sociales de las clases inferiores una sola máquina tan torpe como la
Jenny: desde entonces ya no es para asombrarse de lo que ha podido hacer un
sistema de maquinaria automática complejo y perfeccionado que recibe de
nosotros la materia prima y la transforma en tejidos perfectos.
Sin embargo, examinemos más
detenidamente el desarrollo6 de la industria inglesa*(18), y
comencemos por una rama principal: la industria del algodón. De 1771 a 1775, se
importaba por término medio menos de 5 millones de libras de algodón por año;
en 1841, 528 millones, y la importación de 1844 llegó por lo menos a 600
millones. En 1834, Inglaterra exportó 556 millones de yardas de tejidos de
algodón, 761/2 millones de libras de hilo de algodón, y artículos de géneros de
punto de algodón por un valor de 1.200.000 libras esterlinas.
Ese mismo año la industria textil
contaba con más de 8 millones de husos, 110000 telares mecánicos y 250000
manuales, sin incluir los husos de los telares continuos, y, según los cálculos
de MacCulloch; este sector industrial directa o indirectamente constituía el
sustento de cerca de un millón y medio de seres humanos en los tres reinos, de
los cuales solamente 220000 trabajaban en las fábricas. La fuerza utilizada por
estas fábricas se calculaba en 33000 caballos de fuerza motriz, producida por
el vapor, y 11000 caballos de fuerza hidráulica. Actualmente estas cifras son
muy superiores, pudiendo darse por seguro que en 1845 la potencia y el número
de las máquinas, así como el número de obreros, es superior en 50% a aquellas
de 1834. El centro principal de esta industria es el Lancashire, región donde
nació; la misma ha revolucionado completamente a este condado, transformando
las tierras sombrías y mal cultivadas en una comarca animada y laboriosa, ha
decuplicado su población en 80 años y ha hecho brotar del suelo como por
encantamiento ciudades gigantescas como Liverpool y Manchester que cuentan
juntas 700000 habitantes, y sus vecinas Bolton (60000 h.), Rochdale (75000 h.),
Oldham (50000 h.), Preston (60000 h.), Ashton y Stalybridge (40000 h.), así
como toda una multitud de ciudades industriales.
6 En el original alemán
(1845): Verwicklung (imbricación); en la edición de 1892; Entwicklung
(desarrollo).
* Según Porter: The Progress of the
Nation, Londres, 1836, vol. I, 1838, vol. II, 1843, vol. III. (De acuerdo con
indicaciones oficiales) y otras fuentes, en su mayoría igualmente oficiales
(1892). El anterior esbozo histórico de la revolución industrial es inexacto en
algunos detalles, pero en 1843-1844, no había mejores fuentes que las que he
utilizado (F.E.).(77)
La historia del Lancashire meridional
conoció los más grandes milagros de los tiempos modernos, pero nadie ha hablado
de ello, y todos estos milagros los realizó la industria textil. Por otra
parte, Glasgow constituye un segundo centro para el distrito textil de Escocia,
el Lanarkshire y el Refrewshire, y allí también la población de la ciudad
central ha pasado de 30000 a 300000 habitantes desde la instalación de esta
industria. En Nottingham y Derby, la calcetería recibió igualmente un nuevo
impulso debido a la baja del precio del hilo y un segundo impulso debido a la
mejora de la máquina de hacer medias, que permitía fabricar al mismo tiempo dos
de ellas con un solo telar. Desde 1777, fecha de la invención de la máquina de
hacer el punto enlazado, la fabricación de encajes ha devenido una rama
industrial importante; poco después; Lindley inventó la máquina de point-net y,
en 1809, Heathcote la máquina bobbin-net, que simplificaron infinitamente la
fabricación de encajes y aumentaron paralelamente el consumo en igual
proporción como consecuencia del nivel moderado de los de los precios.
Actualmente, por lo menos 200000 personas viven de esta actividad, la cual se
desarrolla principalmente en Nottingham, Leicester y en el oeste de Inglaterra
(Wiltshire, Devonshire, etc.).
Las ramas que dependen de la industria
algodonera han conocido una expansión análoga: el blanqueo, el teñido y el
estampado. El blanqueo por la utilización del cloro en lugar del oxígeno en el
blanqueo químico, la tintorería debido al rápido desarrollo de la química, y el
estampado gracias a una serie de invenciones mecánicas sumamente brillantes,
conocieron un desarrollo que -además de la expansión de estas ramas debido al
crecimiento de la industria del algodón- les aseguró una prosperidad
desconocida hasta entonces.
La misma actividad se manifestó en el
beneficio de la lana. Ésta era ya la rama principal de la industria inglesa,
pero las cantidades producidas durante esos años no son nada en comparación con
las que se producen actualmente. En 1782, toda la cosecha lanera de los tres
años precedentes permanecía en estado bruto por falta de obreros, y así hubiera
permanecido necesariamente de no haber sido por las nuevas invenciones
mecánicas para el hilado de la lana. La adaptación de estas máquinas al hilado
de la lana se logró con el mayor éxito. El desarrollo rápido que hemos visto en
los distritos algodoneros afectó en lo adelante a los distritos laneros. En
1738, en el West-Riding, Yorkshire, se fabricaban 75000 piezas de paño; en
1817: 490000, y la expansión de la industria lanera fue tal que, en 1834, se
exportaban 450000 piezas de paño más que en 1825. En 1801, se procesaba 101
millones de libras de lana (de las cuales 7 millones eran importadas);
en 1835, 180 millones de libras (de las cuales 42 millones eran importadas). El
distrito principal de esta industria es el West-Riding, Yorkshire; la lana
inglesa de fibra larga se transforma en estambre en Bradford, y en las ciudades
de Leeds, Halifax, Huddersfield, etc., la lana de fibra corta se transforma en
hilos torcidos y es utilizada para el tejido; en tanto que en la región de
Rochdale, Lancashire, además de manufacturas de algodón se fabrica mucha
franela, y en el oeste de Inglaterra se fabrican las telas más finas. También
en ese distrito el crecimiento de la población es notable, y, desde 1831, debe
haber crecido aún más, en 20-25% por lo menos.
Cifras de población
1801 1831
Halifax 63000 110000
Huddersfield 15000 34000
Leeds 53000 123000
Conjunto
En 1835, en los tres reinos, el hilado
de la lana se hacía en 1313 fábricas con 71300 obreros, los cuales
representaban una pequeña parte de la masa que vive directa o indirectamente de
la industria lanera, con la exclusión de la casi totalidad de los tejedores.
Los progresos de la industria lanera
fueron más tardíos, ya que la naturaleza de la materia prima hacía muy difícil
la utilización de la máquina de hilar. Es cierto que hacia el final del siglo
anterior ya se habían hecho ensayos en este sentido en Escocia, pero no fue
sino en 1810 que el francés Girard ideó un método práctico de hilada del lino,
si bien a estas máquinas no se le dio la importancia que tenían hasta que les
fueron introducidas mejoras en Inglaterra y se emplearon7 allí en
gran escala en Leeds, Dundee y Belfast. Entonces la industria lanera inglesa
experimentó un rápido desarrollo. En 1814, Dundee recibió 3000 toneladas* de
lino, en 1835 unas 19000 toneladas de lino y 3400 toneladas de cáñamo. La
exportación de tela irlandesa hacia la Gran Bretaña pasó de 32 millones de
yardas en 1800 a 53 millones en 1825, gran parte de la cual fue reexportada; la
exportación de tela inglesa y escocesa pasó de 24 millones de yardas en 1820 a
51 millones en 1833. En 1835, el número de hilanderías de lino era de 347, con
33000 obreros, de las cuales la mitad se hallaba en Escocia meridional, más de
60 en el West-Riding, Yorkshire (Leeds y sus alrededores), 25 en Belfast,
Irlanda, y el resto en Dorsetshire y Lancashire. La tejedura se hace en Escocia
meridional, en diversos puntos de Inglaterra, y sobre todo en Irlanda. Los
ingleses emprendieron con el mismo éxito el beneficio de la seda. Ellos
recibían de Europa meridional y de Asia la materia prima ya hilada, y el
trabajo esencial consistía en torcer la seda cruda (tramaje).
* La ton, o tonelada inglesa
corresponde a 2 240 libras inglesas (1892). Es decir, cerca de 1000 kilos. (F. E.).
7 (1892) und durch
ihre (1845) und ihre
Hasta 1824, los derechos de aduana que,
gravaban pesadamente la importación de seda en bruto (4 chelines por libra)
afectaban seriamente a la industria inglesa de la seda y ella disponía
solamente, debido a los derechos protectores, del mercado inglés y el de sus
colonias. En ese año los derechos de importación fueron reducidos a un penique
e inmediatamente el número de fábricas se incrementó notablemente; en un año el
número de máquinas de reunir pasó de780000 a 1180000; y si bien la crisis
económica de 1825 paralizó momentáneamente esta rama industrial, en 1827 ya se
fabricaba más que nunca, pues los talentos mecánicos y la experiencia de los ingleses
aseguraban a sus máquinas de urdir la ventaja sobre las instalaciones
inferiores de sus competidores. En 1835, el imperio británico poseía 263
fábricas de urdir con 30000 obreros, ubicadas en su mayoría en Cheshire
(Macclesfield, Coglenton y los alrededores), en Manchester y Somerstshire. Por
otra parte, todavía existen muchas fábricas para el tratamiento de los
desperdicios de los capullos de seda, que sirve para hacer un artículo
particular (spunsilk -hilados de seda) que los ingleses suministran a
hilanderías de París y de Lyon. El tejido de seda así urdida e hilada se
efectúa sobre todo en Escocia (Paisley, etc.) y en Londres (Spitalfields), pero
igualmente en Manchester y otras partes.
Sin embargo, el desarrollo gigantesco
alcanzado por la industria inglesa desde 1760 no se limita a la fabricación de
telas de vestido. El impulso, una vez iniciado, se comunicó a todas las ramas
de la actividad industrial y una multitud de invenciones, que no tenían
relación alguna con aquellas que hemos citado, duplicaron su importancia debido
a que surgieron en medio del movimiento general. Pero al mismo tiempo, luego
que se demostró la importancia incalculable del empleo de la fuerza mecánica en
la industria, se hicieron todos los esfuerzos para extender la utilización de
esta fuerza a todos los campos y para explotarla8 a beneficio de los
diversos inventores e industriales; además, la demanda de máquinas,
combustibles, material de transformación redobló la actividad de una multitud
de obreros y de oficios. Sólo con el empleo de la máquina de vapor es que se
empezó a dar importancia a los inmensos yacimientos carboníferos de Inglaterra.
La fabricación de máquinas data solamente de ese momento, así como el nuevo
interés que se dio a las minas de hierro, que suministraban la materia prima
para las máquinas. El incremento del consumo de lana desarrolló la cría de
ovejas, y el aumento de la importación de lana, de lino y de seda tuvo por
efecto un crecimiento de la marina mercante inglesa. Fue sobre todo la
producción de hierro la que se incrementó. Las montañas inglesas, ricas en
hierro, habían sido poco explotadas hasta entonces; siempre se había fundido el
mineral de hierro con carbón de madera, el cual -debido a la mejora de los
cultivos y al desmonte de tierras- resultaba cada vez más caro y escaso. Sólo
en el siglo anterior es que se comenzó a utilizar para este propósito la hulla
sulfurada (coke) y, a partir de 1780, se descubrió un nuevo método para
transformar el hierro fundido con coke, hasta entonces utilizable solamente bajo
la forma de arrabio, en hierro utilizable igualmente para la forja. A este
método, que consiste en extraer el carbono mezclado con el hierro en el proceso
de fusión, los ingleses dan el nombre de puddling, y gracias al mismo se abrió
un nuevo campo para la producción siderúrgica inglesa. Se construyeron altos hornos
cincuenta veces mayores que antes, se
simplificó la fusión del mineral con la ayuda de insufladores de aire caliente
y se pudo así producir acero a un precio tan ventajoso que en lo adelante se
fabricó una multitud de objetos que antes se hacían de madera o de piedra. En
1788, Thomas Payne, el célebre demócrata, construyó en el condado Yorkshire el
primer puente de acero que fue seguido de un gran número de otros puentes,
aunque actualmente casi todas los puentes, en particular sobre las vías
férreas, son de hierro fundido e incluso en Londres existe uno sobre el
Támesis, el puente Southwalk, fabricado de este material. Asimismo, son de uso
corriente las columnas de acero y las armazones para máquinas de igual
material; y, desde la puesta en servicio del alumbrado de gas y los
ferrocarriles, se abren nuevos campos para la producción siderúrgica en
Inglaterra. Los clavos y los tornillos fueron poco a poco igualmente fabricados
por máquinas. Huntsman, de Sheffield, descubrió en 1760 un modo para fundir el
acero que hizo superflua una buena cantidad de trabajo y facilitó la
fabricación de artículos baratos; y es entonces solamente gracias a la mayor
pureza de los materiales disponibles, gracias asimismo al perfeccionamiento de
las herramientas, a las nuevas máquinas, y a una división más minuciosa del
trabajo, que la fabricación de productos metalúrgicos devino importante en
Inglaterra. La población de Birmingham creció de 73000 h. en 1801 a 200000 en
1844, la de Sheffield de 46000 en 1801 a 110000 en 1844,y
el consumo de carbón de solamente esta última ciudad alcanzó la cifra de 515000
toneladas en 1836. En 1805, se exportó 4300 toneladas de productos siderúrgicos
y 4600 toneladas de hierro en lingotes; en 1834, 16200 toneladas de productos
metalúrgicos y 107000 toneladas de hierro en lingotes; y la extracción de
mineral de hierro que en 1740 fue de sólo 17000 toneladas llegó a casi 700000
toneladas en 1834. Solamente la fusión del hierro en lingotes consume más de 3
millones de toneladas de carbón por año, y no se podría imaginar la importancia
que han adquirido en términos generales las minas de carbón en los últimos
sesenta años. Todos los yacimientos carboníferos de Inglaterra y de Escocia son
actualmente explotados, y las minas de Northumberland y de Durham producen
ellas solas más de 5 millones de toneladas anualmente para la exportación, y
dan ocupación a 40 ó 50 mil obreros. Según el Durham Chronicle,(19) había en actividad en esos dos condados 14 minas de
carbón en 1753, 40 en 1800, 76 en 1836, y 130 en 1843. Por lo demás, todas las
minas son actualmente explotadas mucho más activamente que antes. Asimismo, se
explotan más activamente las minas de estaño, de cobre y de plomo, y paralelamente
a la expansión de la fabricación de vidrio se creó una nueva rama industrial
con la fabricación de objetos de barro que hacia 1763 adquirió importancia
gracias a Josiah Wedgwood. Este redujo toda la fabricación de la vajilla de
barro vidriado a principios científicos, mejoró el gusto del público y fundó
las alfarerías del Staffordshire del norte, región de ocho leguas cuadradas
inglesas, que antes era un desierto estéril, y ahora se halla sembrada de
fábricas y viviendas, y más de 60000 personas viven de esta industria.
8 (1892) zu benutzen:
"utilizarla" (1845) auszubeuten
Todo fue arrastrado por este movimiento,
este torbellino universal. La agricultura fue igualmente transformada. Y, como
hemos visto, no sólo las tierras pasaron a manos de otros poseedores y
cultivadores, sino que además fueron afectadas de otra manera. Los grandes
cultivadores emplearon su capital en la mejora del suelo, derribaron las
inútiles cercas de separación, utilizaron mejores instrumentos e introdujeron
una alternación sistemática en los cultivos (cropping by rotation). Ellos
también se beneficiaron del progreso de las ciencias. Sir Humphrey Davy aplicó
con éxito la química a la agricultura, y el desarrollo de la mecánica le
produjo gran número de ventajas. Por otra parte, el crecimiento de la población
provocó tal alza en la demanda de productos agrícolas que, de 1760 a 1834, se
desmontaron 6840540 arpendes ingleses de tierras estériles, y, a pesar de todo,
Inglaterra, de país exportador de trigo se convirtió en importador.
Igual actividad en el establecimiento de
vías de comunicación9. De 1818 a 1929, se construyó en Inglaterra y
en el país de Gales mil leguas inglesas de carreteras, de un ancho legal de 60
pies, y casi todas las carreteras antiguas fueron renovadas según el principio
de Mac Adam. En Escocia, los servicios de obras públicas construyeron, a partir
de 1803 poco más o menos, 900 leguas de carreteras y más de 1000 puentes, lo
cual permitió a las poblaciones de las montañas ponerse súbitamente en contacto
con la civilización. Hasta entonces la mayoría de los montañeses habían sido
cazadores furtivos y contrabandistas; en lo adelante se convirtieron en
agricultores y artesanos laboriosas y, aunque se han creado escuelas galesas a
fin de conservar la lengua, las costumbres y la lengua galo-célticas están en
vías de una rápida desaparición ante el progreso de la civilización inglesa. Lo
mismo ocurre en Irlanda. Entre los condados de Cork, Limerick y Kerry se
extendía antes una región desértica, sin caminos transitables, que debido a su
inaccesibilidad era el refugio de todos los criminales y el principal bastión
de la nacionalidad celta-irlandesa en el sur de la isla: Se la surcó de
carreteras y se permite así a la civilización penetrar incluso en este país salvaje.
9 (1892)
Kommuikationen (1845) Kommunikation
El conjunto del imperio británico, pero
sobre todo Inglaterra, que hace sesenta años poseía tan malos caminos como los
de Francia y Alemania en esa época, está cubierto hoy de una red de magníficas
carreteras; y éstas se deben, como casi todo en Inglaterra, a la industria
privada, porque el estado ha hecho muy poco o nada en este campo.
Antes de 1755, Inglaterra poseía muy
pocos canales. En 1755, en Lancashire, se construyó el canal de Sankey Brook en
St. Helens; y en 1759 James Brindley construyó el primer canal importante, el
de duque de Bridgewater que va de Manchester y las minas de esta región a la
desembocadura del Mersey y que, en Barton, pasa mediante un encañado por encima
del río Irwell. Desde entonces es que data la red de canales ingleses a la cual
Brindley fue el primero en darle importancia; se trazaron canales en todas
direcciones, y se hicieron navegables los ríos. En Inglaterra solamente hay 2200
leguas de canales y 1800 leguas de ríos navegables; en Escocia se construyó el
canal caledonio que atraviesa el país de parte a parte, y en Irlanda también
diferentes canales. Estas instalaciones, como los ferrocarriles y las
carreteras, se deben casi todas a la iniciativa particular y a las compañías
privadas.
La construcción de ferrocarriles es de
fecha reciente. La primera vía importante fue la de Liverpool a Manchester
(inaugurada en 1830); desde entonces, todas las grandes ciudades han sido
unidas por vías férreas. Por ejemplo, el ferrocarril de Londres a Southampton,
Brighton, Dover, Colchester, Cambridge, Exeter (vía Bristol) y Birmingham; de
Birmingham a Gloucester, Liverpool, Lancaster (vía Newton y Wigan y vía
Manchester y Bolton), además a Leeds (vía Manchester y Halifax y vía Leicester,
Dervy y Sheffield); de Leeds a Hull y Newcastle (vía York...). Añadamos a ello
las numerosas vías menos importantes, en construcción o en proyecto, que pronto
permitirán ir de Edimburgo a Londres en un solo día.
Del mismo modo que el vapor había revolucionado
las comunicaciones en tierra, dio también a la navegación un nuevo prestigio.
El primer barco de vapor navegó en 1807 por el Hudson en la América del Norte;
en el imperio británico el primero fue lanzado al agua en el Clyde. Desde esa
fecha, se han construido más de 600 en Inglaterra y en 1836 más de 500 se
hallaban activos en los puertos británicos.
Tal es, en suma, la historia de la
industria inglesa en los últimos sesenta años, una historia que no tiene igual
en los anales de la humanidad. Hace sesenta u ochenta años, Inglaterra era un
país como todos las demás, con pequeñas ciudades, una industria poco importante
y elemental, una población esparcida, pero relativamente importante; y ahora es
un país sin par, con una capital de 2 millones y medio de habitantes, ciudades
industriales colosales, una industria que abastece al mundo entero, y que
fabrica casi todo con la ayuda de las máquinas más complejas, una población
densa, laboriosa e inteligente, cuyas dos terceras partes son empleadas por la
industria10, y que se compone de clases muy diferentes de aquellas
de antaño, que incluso constituye enteramente otra nación, con otras costumbres
y otras necesidades distintas a las de antes. La revolución industrial tiene
para Inglaterra ya significación que tuvo para Francia la revolución política y
la revolución filosófica para Alemania, y la diferencia existente entre
Inglaterra de 1760 y aquella de 1844 es por la menos tan grande como aquella
que diferencia la Francia del antiguo régimen11 de aquella de la
revolución de julio. Sin embargo, el fruto más importante de esta revolución
industrial es el proletariado inglés.
Ya hemos visto que el proletariado nació
de la introducción del maquinismo. La rápida expansión de la industria exigía
brazos; el salario aumentó por consecuencia, y grupos compactos de trabajadores
procedentes de las regiones agrícolas emigraron hacia las ciudades. La
población creció a un ritmo acelerado, y casi todo el incremento se debió a la
clase de los proletarios.
Por otra parte, no fue sino hasta el
comienzo del siglo XVIII que reinó cierto orden en Irlanda; allí también la
población, más que diezmada por la barbarie inglesa durante las perturbaciones
anteriores, se incrementó rápidamente, sobre todo después que el desarrollo industrial
comenzó a atraer hacia Inglaterra una ola de irlandeses. Así es cómo nacieron
las grandes ciudades industriales y comerciantes y de contactos artesanos. Del
mismo modo tres cuartas partes de la población forma parte de la clase obrera,
y donde la pequeña burguesía se compone de comerciantes y de contactos
artesanos. Del mismo modo que la nueva industria no adquirió importancia sino desde
el día en que transformó las herramientas en máquinas, los talleres en
fábricas, y por ende la clase trabajadora mediana en proletariado obrero, los
negociantes de antes en industriales; del mismo modo, en efecto, la pequeña
clase media fue aplastada y la población reducida a la simple oposición entre
capitalistas y obreros; es lo mismo que ha ocurrido fuera del sector industrial
en el sentido estricto de la palabra entre los artesanos e incluso en el
comercio. Así, a los maestros y oficiales de antes han sucedido los grandes
capitalistas y los obreros que jamás tenían la perspectiva de elevarse por
encima de su clase; el artesanado se industrializó, la división del trabajo se
efectúo con rigor, y los pequeños artesanos que no ahora que los maestros son
despojados por los industriales, que la puesta en marcha de un negocio autónomo
requiere grandes capitales, podían competir con los grandes establecimientos
fueron lanzados a las filas de la clase proletaria. Pero, al mismo tiempo, la
eliminación de ese artesanado, el exterminio de la pequeña burguesía, quitaron
al obrero toda posibilidad de convertirse él mismo en burgués. Hasta entonces
siempre había tenido la perspectiva de poder establecerse como maestro en
alguna parte, y tal vez contratar a oficiales más tarde; pero es cuando el
proletariado ha devenido realmente una clase estable de la población, en tanto
que antes se hallaba con frecuencia en un estado de transición para el acceso a
la burguesía. En lo adelante, quien naciera obrero no tenía otra perspectiva
que la de ser un proletario toda su vida. Por tanto en lo adelante -por primera
vez- el proletariado era capaz de emprender acciones autónomas.
10 En las ediciones
inglesas de 1887 y 1892... trade and commerce
(industria y comercio).
11 En francés en el texto
alemán. "Ancien régime" (antes de la revolución francesa 1789-1794)
De esta manera es cómo se reunió la
inmensa masa de obreros que ocupa actualmente todo el imperio británico, y cuya
situación social llama cada día más la atención del mundo civilizado.
La situación de la clase obrera, es
decir, la situación de la inmensa mayoría del pueblo, o también la cuestión
siguiente: ¿cuál debe ser la suerte de esos millones de seres que no poseen
nada, que consumen hoy lo que ganaron ayer, cuyos descubrimientos y el trabajo
han labrado la grandeza de Inglaterra, que diariamente se hacen más conscientes
de su fuerza, y exigen cada día más imperiosamente su parte de las ventajas que
procuran las instituciones sociales? -desde la "ley de reforma"(20),
ésta se ha convertido en la cuestión nacional. Ella es el común denominador de
todos los debates parlamentarios de alguna importancia, y aunque la clase media
inglesa no quiera admitirlo todavía, aunque trate de eludir esta importante
cuestión y haga pasar sus intereses particulares por los verdaderos intereses
de la nación, esos expedientes no le servirán de nada. Cada período de sesiones
del Parlamento ve la clase obrera ganar terreno y los intereses de la clase
media perder importancia, y aunque la clase media sea la principal e incluso la
única fuerza en el Parlamento, la última sesión de Cámara de los Comunes, ha sido
el héroe de esta sesión, en tanto 1844 no ha sido más que un largo debate sobre
las condiciones de vida de los obreros (ley de los pobres, ley de fábricas, ley
sobre las relaciones entre poderosos y subordinados)(21), y Thomas Duncombe,
representante de la clase obrera en la que la clase media liberal con su moción
sobre la supresión de las leyes sobre granos, y la clase media radical con su
proposición de rehusar los impuestos han jugado un papel lamentable. Incluso
las discusiones sobre Irlanda no fueron en realidad más que debates sobre la
situación del proletariado irlandés y sobre los medios de mejorarla. Pero ya es
hora que la clase media inglesa haga concesiones a los obreros, que ya no
suplican, sino que amenazan y exigen, porque antes de mucho podría ser
demasiado tarde.
Pero la clase media inglesa y, en
particular, la clase industrial que se enriquece directamente de la miseria de
los trabajadores, no quiere saber nada de esta miseria. Ella que se siente
fuerte, representativa de la nación, se avergüenza de mostrar a los ojos del
mundo esta llaga en el flanco de Inglaterra; ella no quiere admitir que los
obreros se hallan en la miseria, porque es ella, la clase industrial poseedora,
quien tendría que asumir la responsabilidad moral de esta miseria. De ahí que
la actitud burlona que adoptan los ingleses cultos -y ellos son los únicos, es
decir la clase media, a quien se conoce en el continente- cuando se ponen a
hablar de la situación de los obreros; de ahí la ignorancia total, de toda la
clase media, respecto a todo lo que afecta a los obreros; de ahí las torpezas
ridículas que esta clase comete en el Parlamento y fuera del mismo cuando se
discuten las condiciones de vida del proletariado; de ahí la indiferencia
risueña, a la cual ella se abandona, en un suelo que se hallaba minado bajo sus
pies y puede hundirse de un día para otro, y cuyo hundimiento cercano tiene la
ineluctabilidad de una ley matemática o mecánica; de ahí este milagro: los
ingleses todavía no poseen información completa sobre la situación de sus
obreros; mientras se hacen investigaciones y se abusa de los rodeos en torno a
este problema desde hace quien sabe cuántos años. Pero es esto asimismo lo que
explica la profunda cólera de toda la clase obrera, desde Glasgow hasta
Londres, contra los ricos que los explotan sistemáticamente y los abandonan
después sin piedad a su suerte, cólera que en muy poco tiempo -casi se puede
calcularlo- estallará en una revolución, comparada con la cual la primera
revolución francesa y el año 1794 serán un juego de niños.
EL PROLETARIADO INDUSTRIAL
El orden en el cual examinaremos las
diferentes categorías del proletariado emana directamente de la historia de su
génesis, que acabamos de esbozar. Los primeros proletarios pertenecían a la industria y fueron
directamente engendrados por ella; los obreros industriales, aquellos que se
ocupan de trabajar las materias primas, serán objeto en primer lugar de nuestra
atención.
La producción del material, de las
materias primas y de los combustibles no devino verdaderamente importante sino
después de la revolución industrial y pudo así dar nacimiento a un nuevo
proletariado industrial: los obreros de las minas de carbón y de las minas
metalíferas. En tercer lugar, la industria ejerció una influencia sobre la agricultura,
y en cuarto lugar sobre Irlanda, y de acuerdo con este orden hay que asignar su
lugar respectivo a las diversas fracciones del proletariado. Descubriremos
igualmente que, con la excepción tal vez de los irlandeses, el nivel de cultura
de los diferentes trabajadores está en relación directa con su conexión con la
industria y que, por consecuencia, los obreros industriales son los más
conscientes de sus propios intereses, aquellos de las minas lo son ya menos y
los de la agricultura apenas lo están. Incluso entre los obreros industriales,
hallaremos este orden y veremos cómo los obreros de las fábricas, estos hijos
mayores de la revolución industrial, han sido desde el principio hasta nuestros
días el alma del movimiento obrero y cómo los demás se han incorporado al mismo
en la medida en que su oficio ha sido arrastrado en el torbellino de la
industria. Así por el ejemplo de Inglaterra, viendo cómo el movimiento obrero
ha marcado el paso con el movimiento industrial, comprenderemos la importancia histórica
de la industria. Mas como actualmente poco más o menos todo el proletariado
industrial participa en este movimiento y como la situación de las diversas
categorías de obreros presenta muchos puntos comunes -precisamente porque todos
ellos dependen de la industria- tendremos primero que estudiar estos puntos, a
fin de poder examinar con tanto más rigor cada ramificación en su
particularidad.
Ya hemos indicado anteriormente cómo la
industria centraliza la propiedad en muy pocas manos. Ella exige grandes
capitales con los cuales construye establecimientos gigantescos -arruinando así
a la pequeña burguesía artesanal- y con cuya ayuda ella pone a su servicio las
fuerzas de la naturaleza, a fin de expulsar del mercado al trabajador manual
individual. La división del trabajo, la utilización de la fuerza hidráulica y
sobre todo de la fuerza del vapor, el maquinismo: he aquí las tres grandes
palancas por las cuales la industria desde mediados del siglo pasado se emplea
para levantar al mundo de sus cimientos. La pequeña industria da nacimiento a
la clase media, la gran industria a la clase obrera, y ella lleva al trono a
unos cuantos elegidos de la clase media, pero únicamente para derribarlos un
día más seguramente. Mientras tanto, es un hecho innegable y fácilmente
explicable que la numerosa pequeña burguesía de los "buenos viejos
tiempos" ha sido destruida por la industria y descompuesta en ricos
capitalistas de una parte, y pobres obreros de la otra.*
Mas la tendencia centralizada de la
industria no termina ahí. La población es igualmente tan centralizada como el
capital; nada más natural, pues en la industria el hombre, el trabajador, es considerado
sólo como una fracción del capital, al cual el industrial paga un interés -que
se llama salario- a cambio del hecho de que éste se entrega a él para ser
utilizado. El gran establecimiento industrial exige numerosos obreros que
trabajan en común en un edificio; ellos deben vivir en común: para una fábrica
mediana ellos constituyen ya una aldea. Ellos tienen necesidades y, para la
satisfacción de las mismas, dependen de otras personas; los artesanos: sastres,
zapateros, panaderos, albañiles y carpinteros acuden en gran número. Los
habitantes de la aldea, sobre todo los jóvenes, se habitúan al trabajo de
fábrica, se familiarizan con él, y cuando la primera fábrica, como se la
concibe, no puede emplearlos a todos, el salario baja y la consecuencia es que
nuevos industriales se establecen allí. Mientras tanto la aldea se convierte en
una pequeña ciudad y ésta en una ciudad grande. Mientras más grande es la
ciudad, mayores son las ventajas de la aglomeración. Se construyen vías
férreas, canales y carreteras; la selección entre obreros experimentados
resulta cada vez mayor; debido a la competencia que se hacen entre sí los
constructores de edificios y también los fabricantes de máquinas, que se hallan
inmediatamente disponibles, se pueden crear nuevos establecimientos más
económicamente que en una región alejada, a donde habría que transportar
primeramente la madera de construcción, las máquinas, los obreros que levantan
el edificio y los obreros industriales. Además, existe un mercado, una Bolsa
donde se apiñan los compradores, hay relaciones directas con los mercados que
suministran la materia prima o reciben los productos acabados. De ahí el
desarrollo sorprendentemente rápido de las grandes ciudades industriales. Desde
luego, el campo tiene en cambio la ventaja de que allí generalmente el salario
es más bajo; las regiones rurales y la ciudad industrial permanecen así en competencia
continua, y si hoy la ventaja se halla del lado de la ciudad, mañana el salario
bajará a tal punto en la región que la circunda que la creación de nuevos
establecimientos en el campo será ventajosa. Pero, a pesar de todo, la
tendencia centralizadora sigue siendo sumamente fuerte y cada nueva industria
creada en el campo lleva en sí el germen de una ciudad industrial. Si fuese
posible que esta loca actividad de la industria durara un siglo todavía cada
distrito industrial de Inglaterra no sería más que una sola ciudad industrial,
y Manchester y Liverpool se encontrarían en Warrington o Newton. Esta
centralización de la población ejerce su efecto igualmente sobre el comercio,
enteramente de la misma manera, y por eso es que algunos grandes puertos -Liverpool,
Bristol, Hull y Londres- monopolizan casi todo el comercio marítimo del imperio
británico.
* Cf. al respecto mi "Esbozo de una crítica de la
economía política" en los Anales francoalemanes.(22)
En ese trabajo el punto de partida es "la libre competencia"; pero la
industria no es sino la práctica de la libre competencia y esta solamente el
principio de la industria. (F.E.)
Es en las grandes ciudades donde la
industria y el comercio se desarrollan más perfectamente, por tanto es allí
igualmente donde aparecen más claramente y más manifiestamente las
consecuencias que ellos tienen para el proletariado. Allí es donde la
centralización de bienes ha alcanzado su grado más elevado, allí es donde las
condiciones de vida de los buenos viejos tiempos son destruidas más
radicalmente; allí es donde se ha llegado a un punto en que la expresión Old
merry England12 ya no tiene ningún sentido, porque esta vieja
Inglaterra sólo se conoce por el recuerdo y los relatos de los abuelos. Por eso
es que no existe allí más que una clase rica y una clase pobre; pues la pequeña
burguesía desaparece cada día más: Ella, que antaño era la clase más estable,
se ha convertido ahora en la más inestable; ya sólo se compone de algunos
vestigios de una época concluida y de cierto número de personas, que muy bien
quisieran hacer fortuna, caballeros de industria y especuladores perfectos, de
los cuales uno de cada cien se enriquece, mientras que los noventa y nueve
restantes fracasan, y de éstos más de la mitad sólo viven de las quiebras.
Pero la inmensa mayoría de estas
ciudades está compuesta de proletarios, y ahora el objeto de nuestro estudio va
a ser el de saber cómo ellos viven, y qué influencia ejerce sobre ellos la gran
ciudad.
12 La vieja y placentera
Inglaterra.
LAS GRANDES CIUDADES
Una ciudad como Londres, donde se puede
caminar durante horas sin siquiera entrever el comienzo del fin, sin descubrir
el menor indicio que señale la proximidad del campo, es algo verdaderamente muy
particular.
Esta enorme centralización, este
amontonamiento de 3,5 millones de seres humanos en un solo lugar ha
centuplicado el poderío de estos 3,5 millones de hombres. La misma ha elevada a
Londres al rango de capital comercial del mundo, creado los muelles gigantescos
y reunido los millares de naves que cubren continuamente el Támesis. No conozco
nada que sea más importante que el espectáculo que ofrece el Támesis, cuando se
remonta el río desde el mar hasta el London Bridge. La masa de edificios, los
astilleros de cada lado, sobre todo en la vecindad de Woolwich, los
innumerables barcos alineados a lo largo de ambas riberas, que se aprietan cada
vez más estrechamente los unos contra los otros y no dejan finalmente en medio
del río más que un canal estrecho, por el cual se cruzan a plena velocidad un
centenar de barcos de vapor -todo esto es tan grandioso, tan enorme, que uno se
aturde y se queda estupefacto de la grandeza de Inglaterra aún antes de poner
el pie en su suelo.13
13 (1892). Eso era hace
cerca de 50 años, en la época de los pintorescos veleros Éstos -ocurre todavía
en Londres- se hallan actualmente atracados a los muelles, el Támesis está
lleno de horribles vapores, ennegrecidos de hollín. (F.E.)
Por lo que toca a los sacrificios que
todo ello ha costado, no se les descubre sino más tarde. Cuando uno ha andado
durante algunos días por las calles principales, cuando se ha abierto paso
penosamente a través de la muchedumbre, las filas interminables de vehículos,
cuando se ha visitado los "barrios malos" de esta metrópoli, es
entonces solamente cuando se empieza a notar que estos londinenses han debido
sacrificar la mejor parte de su cualidad de hombres para lograr todos los
milagros de la civilización de los cuales rebosa la ciudad, que cien fuerzas,
que dormitaban en ellos, han permanecido inactivas y han sido ahogadas a fin de
que sólo algunas puedan desarrollarse más ampliamente y ser multiplicadas
uniéndose con aquellas de las demás. La muchedumbre de las calles tiene ya, por
sí misma, algo de repugnante, que subleva la naturaleza humana. Estos
centenares de millares de personas, de todas las condiciones y clases, que se
comprimen y se atropellan, ¿no son todos hombres que poseen las mismas
cualidades y capacidades y el mismo interés en la búsqueda de la felicidad? ¿Y
no deben esas personas finalmente buscar la felicidad por los mismos medios y
procedimientos? Y, sin embargo, esas personas se cruzan corriendo, como si no
tuviesen nada en común, nada que hacer juntas; la única relación entre ellas es
el acuerdo tácito de mantener cada quien su derecha cuando va por la acera, a
fin de que las dos corrientes de la multitud que se cruzan no se obstaculicen
mutuamente; a nadie se le ocurre siquiera fijarse en otra persona. Esta
indiferencia brutal, este aislamiento insensible de cada individuo en el seno
de sus intereses particulares, son tanto más repugnantes e hirientes cuanto que
el número de los individuos confinados en este espacio reducido es mayor. Y aún
cuando sabemos que este aislamiento del individuo, este egoísmo cerrado son por
todas partes el principio fundamental de la sociedad actual, en ninguna parte
se manifiestan con una impudencia, una seguridad tan totales como aquí,
precisamente, en la muchedumbre de la gran ciudad. La disgregación de la
humanidad en mónadas, cada una de las cuales tiene un principio de vida
particular, y un fin particular, esta atomización del mundo es llevada aquí al
extremo.
De ello resulta asimismo que la guerra
social, la guerra de todos contra todos, aquí es abiertamente declarada. Como
el amigo Stirner, las personas no se consideran recíprocamente sino como
sujetos utilizables; cada quien explota al prójimo, y el resultado es que el
fuerte pisotea al débil y que el pequeño número de fuertes, es decir los
capitalistas, se apropian todo, mientras que sólo queda al gran número de
débiles, a los pobres, su vida apenas.
Y lo que es cierto en cuanto a Londres,
lo es igualmente respecto de Manchester, Birmingham, Leeds y todas las grandes
ciudades. Indiferencia bárbara por todas partes, dureza egoísta de un lado y
miseria indecible del otro lado, la guerra social por todas partes, el hogar de
cada uno en estado de sitio, por todas partes pillaje recíproco bajo el manto
de la ley, y todo con un cinismo, una franqueza tales que uno se horroriza de:
las consecuencias de nuestro estado social. tales como
aparecen aquí en su desnudez y ya no se asombra uno de nada, si no que todo
este mundo loco no se haya desmembrado todavía.
En esta guerra social, el capital, la
propiedad directa o indirecta de las subsistencias y de los medios de
producción es el arma con la cual se lucha; asimismo está claro como el día,
que el pobre sufre todas las desventajas de semejante estado: Nadie se preocupa
de él; lanzado en este torbellino caótico, tiene que defenderse como pueda. Si
tiene la suerte de encontrar trabajo, es decir; si la burguesía le concede la
gracia de enriquecerse a su costa; obtiene un salario que apenas es suficiente
para sobrevivir; si no encuentra trabajo, puede robar, si no teme a la policía,
o bien morir de hambre y aquí también la policía cuidará que muera de hambre de
manera tranquila, sin causar daño alguno a la burguesía.
Durante mi estancia en Inglaterra, la
causa directa del fallecimiento de 20 ó 30 personas fue el hambre, en las
condiciones más indignantes, y en el momento de la investigación
correspondiente, raramente se halló un jurado que tuviera el valor de hacerlo
saber claramente. Las declaraciones de los testigos tenían que ser muy
sencillas y claras, desprovistas de todo equívoco, y la burguesía -entre la
cual se había seleccionado el jurado- siempre hallaba una salida que le
permitía escapar a este terrible veredicto; muerte por hambre. La burguesía, en
este caso, no tiene el derecho de decir la verdad, pues sería en efecto
condenarse a sí misma. Pero, indirectamente también, muchas personas mueren de
hambre -aun mucho más que directamente- porque la falta continua de productos
alimenticios ha provocado enfermedades mortales que causan víctimas. Esas
personas se han hallado tan débiles que ciertos casos; que en otras
circunstancias hubieran evolucionado favorablemente, implican necesariamente
graves enfermedades y la muerte. Los obreros ingleses llaman a esto el crimen
social, y acusan a toda la sociedad de cometerlo continuamente. ¿Tienen razón?
Desde luego, sólo mueren de hambre
individuos aislados, pero, ¿en qué garantías el trabajador puede fundarse para
esperar que no le sucederá lo mismo mañana? ¿Quién le asegura su empleo? ¿Quién
le garantiza que, si mañana es despedido por su patrón por cualquier buena o
mala razón, podrá salir bien del apuro, él y su familia, hasta que encuentre
otro empleo que le "asegure el pan"? ¿Quién certifica al trabajador
que la voluntad de trabajar es suficiente para obtener empleo, que la probidad,
el celo, el ahorro y las numerosas virtudes que le recomienda la sabia
burguesía son para él realmente el camino de la felicidad? Nadie. Él sabe que
hoy tiene una cosa y que no depende de él el tenerla mañana todavía; él sabe
que el menor soplo, el menor capricho del patrón, la menor coyuntura económica
desfavorable, lo lanzará en el torbellino desencadenado al cual ha escapado
temporalmente, y donde es difícil, con frecuencia imposible, el mantenerse en
la superficie. Él sabe que si bien puede vivir hoy, no está seguro que pueda
hacerlo mañana.
Sin embargo, pasemos ahora a un examen
más detallado del estado en que la guerra social sume a la clase que no posee
nada. Veamos qué salario la sociedad paga al trabajador a cambio de su trabajo,
bajo forma de vivienda, de vestido y de alimentación, qué existencia asegura a
aquellos que contribuyen más a la existencia de la sociedad. Consideremos
primeramente la vivienda.
Toda gran ciudad tiene uno o varios
"barrios malos", donde se concentra la clase obrera. Desde luego, es
frecuente que la pobreza resida en callejuelas recónditas muy cerca de los
palacios de los ricos; pero, en general, se le ha asignado un campo aparte
donde, escondida de la mirada de las clases más afortunadas, tiene que
arreglárselas sola como pueda. En Inglaterra, estos "barrios malos"
están organizados por todas partes más o menos de la misma manera, hallándose
ubicadas las peores viviendas en la parte más fea de la ciudad. Casi siempre se
trata de edificios de dos o una planta, de ladrillos, alineados en largas
filas, si es posible con sótanos habitados y por lo general construidos
irregularmente. Estas pequeñas casas de tres o cuatro piezas y una cocina se
llaman cottages y constituyen comúnmente en toda Inglaterra, salvo en algunos
barrios de Londres, la vivienda de la clase obrera. Las calles mismas no son
habitualmente ni planas ni pavimentadas; son sucias, llenas de detritos
vegetales y animales, sin cloacas ni cunetas, pero en cambio sembradas de
charcas estancadas y fétidas. Además, la ventilación se hace difícil por la
mala y confusa construcción de todo el barrio, y como muchas personas viven en
un pequeño espacio, es fácil imaginar qué aire se respira en esos barrios
obreros. Por otra parte, las calles sirven de secaderos, cuando hace buen
tiempo; se amarran cuerdas de una casa a la de enfrente, y se cuelga la ropa
mojada a secar.
Examinemos algunos de estos barrios
malos. Tenemos primeramente Londres*, y en Londres el célebre "nido de cuervos"
(rookery), St. Giles, a donde se va meramente a dar salida a algunas anchas
calles y que debe así ser destruido. St. Giles se halla situado en la parte más
poblada de la ciudad, rodeado de calles anchas y luminosas, donde bulle el mundo
elegante londinense, muy cerca de Oxford Street, de Regent Street, de Trafalgar
Square y del Strand. Es una masa de casas de tres o cuatro plantas, construidas
sin plan, con calles estrechas, tortuosas y sucias donde reina una animación
tan intensa como en las calles principales que atraviesan la ciudad, excepto
que en St. Giles sólo se ve gente de la clase obrera. Las calles sirven de
mercado: cestas de legumbres y de frutas, naturalmente todas de mala calidad y
apenas comestibles, dificultan mucho más el tránsito, y de ellas emana, como de
las carnicerías, un olor nauseabundo. Las casas están habitadas desde el sótano
hasta el techo, tan sucias en el exterior como en interior, y tienen un aspecto
tal que nadie tendría deseos de vivir en ellas. Pero eso no es nada comparado
con los alojamientos en los patios y las callejuelas transversales a donde; se
llega por pasajes cubiertos, y donde la inmundicia y el deterioro por vejez
exceden la imaginación. No se ve, por decirlo así, un solo vidrio intacto, los
muros están destrozados, las guarniciones de las puertas y los marcos de las ventanas
están rotos o desempotrados, las puertas -si hay- hechas de viejas planchas
clavadas juntas; aquí, incluso en este barrio de ladrones las puertas son
inútiles porque no hay nada que robar. Por todas partes los montones de
detritos y de cenizas y las aguas usadas vertidas delante de las puertas
terminan por formar charcas nauseabundas. Aquí es donde viven los más pobres de
los pobres, los trabajadores peor pagados, con los ladrones, los estafadores y
las víctimas de la prostitución, todos mezclados: La mayoría son irlandeses o
descendientes de irlandeses, y aquellos que aún no han naufragado en el
torbellino de esta degradación moral que los circunda, se hunden cada día más,
pierden cada día un poco más la fuerza de resistir a las influencias desmoralizadoras
de la miseria, de la suciedad y del medio ambiente.
* Desde que redacté esta descripción, he leído un artículo
sobre los barrios obreros de Londres, en el Illuminated Magazine (octubre 1844)
que concuerda en muchos pasajes, casi literalmente, con la que escribí: Se
titula "The Dwellings of the Poor, from a notebook of a M, D." (La
vivienda de los pobres, según observaciones de un médico). (F.E.)
Pero St. Giles no es el único "barrio
malo" de Londres. En este gigantesco laberinto de calles hay centenares y
millares de vías estrechas y de callejuelas, cuyas casas son demasiado
miserables para quienquiera que todavía pueda dedicar cierta suma a una
habitación humana, y con frecuencia es muy cerca de las lujosas casas de los
ricos que se hallan estos refugios de la miseria más atroz. Así es cómo
recientemente, en el curso de una comprobación mortuoria, se calificó a un
barrio muy cercano a Portman Square, plaza pública muy idónea, de vecindario
"de una muchedumbre de irlandeses desmoralizados por la suciedad y la
pobreza". Así como se descubre en calles como Long Acre, etc., que, sin
ser "chic" son a pesar de todo convenientes, un gran número de
alojamientos en los sótanos, de donde surgen las siluetas de niños enfermizos y
de mujeres en harapos medio muertos de hambre. En las inmediaciones del teatro
Drury Lane -el segundo de Londres- se hallan algunas de las peores calles de
toda la ciudad (las calles Charles, King y Parker) cuyas casas también son
habitadas desde el sótano hasta el techo sólo por familias pobres. En las
parroquias14 de St. John y de St. Margaret. En Westminster, vivían
en 1840, según el órgano de la Sociedad de Estadísticas, 5366 familias de
obreros en 5294 "viviendas" -si se les puede dar este nombre-,
hombres, mujeres y niños, mezclados sin atención a la edad o el sexo, en total
26830 personas, y las tres cuartas partes del número de familias citadas sólo
disponían de una pieza. En la parroquia aristocrática de St. George, Hanover
Square, vivían; según la misma fuente, 1465 familias obreras; en total unas
6000 personas, en las mismas condiciones; y allí también más de dos tercios de
las familias apiñadas cada una en una sola pieza. ¡Y de qué manera las clases
poseedoras explotan legalmente la miseria de estos infelices, en cuyas casas los
propios ladrones no esperan hallar nada! Por las horribles viviendas cerca de
Drury Lane, que acabamos de mencionar, se paga los alquileres siguientes: dos
alojamientos en el sótano; 3 chelines (1 tálero); un cuarto en la planta baja,
4 chelines; en el primer piso, 4.5 chelines; en el segundo piso, 4 chelines;
buhardillas, 3 chelines por semana. De modo que los vecinos famélicos de
Charles Street pagan a los propietarios de inmuebles un tributo anual de 2000
libras esterlinas (14000 táleros), y las 5366 familias de Westminster ya citadas
un alquiler total de 40000 libras esterlinas por año (o sea 270000 táleros).
14 (1892) Pfarreien (1845) Pfarren
El barrio obrero más grande, sin
embargo, se halla al este de la Torre de Londres, en Whitechapel y Bethnal
Green, donde está concentrada la gran masa de obreros de la ciudad. Veamos lo
que dice M.G. Alston, predicador de St. Philip, en Bethnal Green, del estado de
su parroquia:
"La misma cuenta con 1400 casas
habitadas por 2795 familias, o sea unas 12000 personas. El espacio donde habita
esta importante población no llega a 400 yardas cuadradas (1200 pies), y en tal
apiñamiento no es raro hallar un hombre, su mujer, 4 ó 5 niños y a veces
también el abuelo y la abuela en una sola habitación de 10 a 12 pies cuadrados,
donde trabajan, comen y duermen. Yo creo que antes de que el obispo de Londres
llamara la atención del público sobre esta parroquia tan miserable, la misma
era tan poco conocida en el extremo oeste de la ciudad como los salvajes de
Australia o las islas de los mares del sur. Y si quisiéramos conocer
personalmente los sufrimientos de estos desventurados, si los observamos cuando
se disponen a comer sus escasos alimentos y los vemos encorvados por la
enfermedad y el desempleo, descubriremos entonces tanta penuria y miseria que
una nación coma la nuestra debiera avergonzarse de que esto pueda ocurrir. Yo
he sido pastor cerca de Huddersfield durante los tres años de crisis, en el
peor momento de marasmo de las fábricas, pero desde entonces jamás he visto a
los pobres en una aflicción tan profunda como en Bethnal Green. Ni un solo
padre de familia de cada diez en todo el vecindario tiene otra ropa que la de
trabajo, y ésta de lo más andrajosa; asimismo, muchos no tienen más que estos
harapos para cubrirse por la noche, y su cama es un saco lleno de paja y
viruta."(23)
Esta descripción nos muestra ya a qué se
parecen de ordinario esas viviendas. Citaremos, además, informes de las
autoridades inglesas sobre viviendas proletarias que a veces tienen ocasión de
visitar.
En la oportunidad de una descripción
practicada por Mr. Carter, coraner de Surrey, sobre la causa de la muerte de
Ann Galway, de 45 años de edad, el 16 de noviembre de 1843, los periódicos
describieron la vivienda de la difunta en estos términos: ella vivía en el núm.
3 de White Lion Court, Bermondsey Street, Londres, con su marido y su hijo de
19 años, en una pequeña habitación donde no había ni cama, ni sábanas ni mueble
alguno. Ella yacía muerta al lado de su hijo sobre un montón de plumas, esparcidas
sobre su cuerpo casi desnudo, pues no había allí ni frazada ni sábanas. Las
plumas se pegaban de tal modo a su cuerpo, que hubo que limpiar el cadáver para
que el médico pudiera examinarlo; él lo halló totalmente descarnado y lleno de
parásitos. En el piso de la pieza había un hoyo que servía de retrete a la
familia.
El lunes 15 de enero de 1844, dos
muchachos fueran presentados ante el tribunal de policía de Worship Street, en
Londres, porque acicateados por el hambre habían hurtado en una tienda un trozo
de carne medio cocida y lo habían devorado instantáneamente. El juez de policía
ahondó en el asunto y pronto obtuvo de los policías las aclaraciones
siguientes: la madre de estos muchachos era la viuda de un exsoldado que más
tarde fue agente de la policía y ella había sufrido miserias con sus nueve
hijos desde la muerte de su marido.
Ella vivía en la mayor miseria, en el
número 2 de Pools' Place, Quaker Street, en Spitalfields. Cuando el agente de
policía fue a su casa, la halló con seis de sus hijas, literalmente apiñados en
una pequeña habitación al fondo de la casa, sin otros muebles que dos viejas
sillas de mimbre desfondadas, una mesa pequeña con dos patas rotas, una taza
rota, y un plato pequeño... El fogón medio apagado, y en un rincón tantos
trapos como los que pudiera necesitar una mujer para un delantal, pero que
servían de cama a toda la familia. Ellos no tenían otras cobijas que sus
propias ropas raídas. La pobre mujer contó que había tenida que vender su cama
el año anterior, para obtener alimentos; había empeñado las sábanas al tendero
por algunos víveres, y había tenido que vender todo sencillamente para comprar
pan. El juez de policía concedió a esta mujer una suma bastante importante con
cargo al Fondo de Pobres.
En febrero de 1844, una viuda de 60
años, Theresa Bishop, fue confiada, con su hija enferma de 26 años de edad, a
la benevolencia del juez de policía de Malborough Street. Ella vivía en el número
5 de Brown Street, Grosvenor Square, en una pequeña habitación que daba al patio,
no más grande que un armario de pared, donde no había ni un solo mueble. En un
rincón había unos trapos donde ambas dormían, una caja servía a la vez de mesa
y de silla. La madre ganaba algunos centavos haciendo la limpieza de casas; el
propietario dijo que ellas habían vivido en ese estado desde mayo de 1843, poco
a poco habían vendido o empeñado todo lo que poseían, y sin embargo nunca
habían pagado el alquiler. El juez de policía les concedió una libra esterlina
con cargo al Fondo de Pobres.
Yo no pretendo en modo alguno que todos
los trabajadores londinenses viven en la misma miseria que las tres familia citadas; yo sé bien que por un hombre que es
aplastado sin compasión por la sociedad, diez viven mejor que él. Pero yo
afirmo que millares de buenas y laboriosas familia mucho más buenas; mucho más
honorables que todos los ricos de Londres se hallan en esta situación indigna,
y que todo proletario, sin excepción alguna, sin que sea culpa suya y a pesar
de todos sus esfuerzos, puede correr la misma suerte.
Más, después de todo, aquellos que
poseen un techo, cualquiera que sea, son todavía afortunados en comparación con
aquellos que no tienen ninguno. En Londres, 50000 personas se levantan cada
mañana sin saber dónde reposarán la cabeza la noche siguiente. Los más
afortunado son aquellos que logran disponer de un penique o dos cuando llega la
noche y van a lo que se llama una "casa-dormitorio" (lodging house)
que se hallan en gran número en las grandes ciudades y donde se les da asilo a
cambio de su dinero. ¡Pero qué asilo! La casa está llena de camas de arriba a
abajo; 4. 5, 6 camas en una pieza, tantos como puedan caber. En cada cama se
apilan 4, 5, 6 personas, igualmente tantas como quepan, enfermos y sanos,
viejos y jóvenes; hombres y mujeres, borrachos y no borrachos; como sea, todos
mezclados. Hay discusiones, riñas, y lesionados, y cuando los compañeros de
cama se soportan es todavía peor: planean robos o se entregan a prácticas cuya
bestialidad nuestra lengua, que es civilizada, rehuye describir. ¿Y aquellos
que no pueden pagar tal albergue? Pues bien, esos duermen donde pueden, en los
pasillos, en los portales, en un rincón cualquiera, donde la policía o los
propietarios los dejan dormir tranquilos; algunos de ellos la pasan mejor en
los asilos construidos aquí y allá por instituciones privadas de beneficencia,
otros duermen en los bancos de los parques, exactamente debajo de las ventanas
de la reina Victoria. Veamos lo que dice el Times(24)
de octubre de 1843.
"Resalta de nuestra información de
policía de ayer, que por término medio cincuenta personas duermen todas las
noches en los parques, sin otra protección contra la intemperie que los árboles
y algunas excavaciones en los muros. La mayoría son muchachas jóvenes: que;
seducidas por soldados, han sido llevadas a la capital y abandonadas en ese
inmenso mundo, lanzadas a la soledad de la miseria en una ciudad extraña,
víctimas inconscientes y precoces del vicio.
Esto es en verdad horroroso. Por otra
parte, no dejará de haber gente pobre. La necesidad llegará a abrirse paso por
todas partes y a instalarse con todos sus horrores en el corazón de una gran
ciudad floreciente: En los millares de callejones y callejuelas de una
metrópoli populosa, siempre habrá necesariamente -nos tememos- mucha miseria
que hiere la vista, y mucha que permanece oculta.
Pero lo que sorprende es que en el
círculo que han trazado la riqueza, el placer y el lujo, que muy cerca de la
real grandeza de St. James, en los bordes del palacio reluciente de Bayswater,
donde se encuentran el antiguo barrio aristocrático y el nuevo, en una parte de
la ciudad donde el refinamiento de la arquitectura moderna se ha cuidado de
construir la menor cabaña para la pobreza, en un barrio que parece estar
consagrado exclusivamente a los disfrutes de la
riqueza, ¡qué allí precisamente vengan a
instalarse la miseria y el hambre, la enfermedad y el vicio con todo su cortejo
de horrores, consumiendo cuerpo tras cuerpo, alma tras alma!
Este es realmente un estado de cosas
monstruoso. Las más grandes satisfacciones que pueden proporcionar la salud
física; la euforia intelectual y los placeres relativamente inocentes de los
sentidos, ¡flanqueando directamente a la más cruel miseria! ¡La riqueza, riendo
desde lo alto de sus salones relucientes, riendo con una indiferencia brutal
muy cerca de las heridas ignoradas de la indigencia! ¡El placer, escarneciendo inconsciente
pero cruelmente el sufrimiento que gime allá abajo! La lucha de todos los
contrastes, todas las oposiciones; salvo una: el vicio que lleva a la tentación
se une a aquel que se deja tentar... Pero que todos los hombres reflexionen: en
el barrio más brillante de la ciudad más rica del mundo, noche tras noche,
invierno tras invierno, hay mujeres -jóvenes por la edad, viejas por los
pecados y los sufrimientos- proscritas de la sociedad, encenegadas por el
hambre, la indecencia y la enfermedad. Que ellos piensen y aprendan, no a
formular teorías, sino a obrar. Dios sabe que aquí hay por hacer
actualmente."
Me referí anteriormente a los asilos
para los que carecen de hogar; dos ejemplos nos mostrarán cuán congestionados
se hallan. Un Refuge of the Hauseless15 construido recientemente en
la Upper Ogle Street, con capacidad para albergar 300 personas cada noche,
desde su apertura el 27 de enero, hasta el 17 de marzo de 1844, acogió a 2740
personas por una o varias noches; y aunque el invierno se hizo menos riguroso,
el número de solicitudes se incrementó considerablemente tanto en éste como en
los asilos de White Cross Street y de Wapping, y cada noche hubo que rechazar a
una multitud por falta de espacio. En el asilo central de Playhouse Yard, que
cuenta por término medio con 460 camas cada noche, se dio albergue a 6681
personas en total en los tres primeros meses de 1814, y se distribuyeron 96141
raciones de pan. Sin embargo, la junta directiva declara que este
establecimiento no bastó para acomodar a todos los indigentes sino cuando abrió
igualmente sus puertas el asilo del este para acoger a los desamparados.
15 Obdachlosenssyl: Asilo
para los sin vivienda(techo)
Dejemos Londres para recorrer algunas de
las otras grandes ciudades de los tres reinos. Tomemos primeramente Dublín,
ciudad cuyo arribo por mar es tan encantador como imponente es el de Londres;
la bahía de Dublín es la más bella de todas las de las islas británicas y los
irlandeses tienen afición a compararla con la de Nápoles. La ciudad misma posee
grandes bellezas16, y sus barrios aristocráticos han sido
construidos mejor y con más gusto que aquellos de cualquier otra ciudad
británica. Pero en cambio, los distritos más pobres de Dublín se cuentan entre
los más repugnantes y más feos que se puedan ver. Desde luego, el carácter
nacional de los irlandeses, que, en ciertas circunstancias, no se sienten
cómodos sino en la suciedad, juega allí un papel, pero como hallamos también en
todas las grandes ciudades de Inglaterra y de Escocia a millares de irlandeses
y que toda población pobre termina necesariamente por naufragar en la misma
suciedad, la miseria de Dublín no tiene absolutamente ya nada de específica,
propia de la ciudad irlandesa, y es por el contrario un rasgo común de todas
las grandes ciudades del mundo entero. Los distritos pobres de Dublín son
extremadamente extensos y la suciedad, la inhabitabilidad de las casas, el
abandono en que se hallan las calles, superan la imaginación. Puede tenerse una
idea de la manera en que son apiñados los pobres, cuando se sabe que en 1817,
según el informe de los inspectores de las casas de misericordia*, 1318
personas vivían en la Barrack Street en 52 casas con 390 habitaciones, y 1997
personas en la Church Street y los alrededores, repartidas en 71 casas con 393
habitaciones; que
"en este distrito y en el distrito
contiguo, hay una multitud de callejuelas y de patios con un olor nauseabundo
(foul), que muchos sótanos no reciben la luz del día sino por la puerta y que
en varios de ellos la gente duerme en el suelo pelado, aunque la mayoría de
ellos tengan al menos armaduras de camas, mientras que por ejemplo Nicholson's
Court contiene 151 personas que viven en 28 pequeñas piezas miserables, en la
mayor penuria, a tal punto que en todo el edificio sólo se pudo encontrar dos
armaduras de cama y dos coberturas".
La pobreza es tan grande en Dublín que
una sola organización de beneficencia, la Mendicity Association17
atiende a 2500 personas diariamente, o sea, el uno por ciento de la población
total, les da alimentos por el día y las despide por la noche.
16 (1892), Schönheit. (La
ciudad es de una gran belleza). (1845) Schönheiten
17 Bettler (fürsorge)-Verainnigung:
Asociación de ayuda a los mendigos.
* Citado en Dr W P. Alison F. R. S.
E., Fellow and late President of the Royal College of Physicians" etc.:
Observations on the Management of the Poor in Scotland and its Effects no he
Health of Great Towns. [Observaciones sobre la
administración de los pobres en Escocia y sus efectos sobre la higiene de las
grandes ciudades] Edimburgo, 1840. El autor es un piadoso tory y hermano del
historiador Arch(ibald) Alison. (F.E.)
Es en términos análogos que el Dr.
Alison habla de Edimburgo, después de todo una ciudad cuya situación espléndida
le ha valido el nombre de Atenas moderna, y cuyo lujoso barrio aristocrático de
la ciudad nueva contrasta brutalmente con la miseria crasa de los pobres de la
ciudad antigua. Alison
afirma que este inmenso barrio es tan sucio y horrible como los peores distritos de Dublín y que la
Mendicity Association tendría que socorrer a una proporción tan grande de
menesterosos en Edimburgo como en la capital irlandesa; él dice incluso que los
pobres en Escocia, sobre todo en Edimburgo y en Glasgow, llevan una vida más
dura que en cualquier otra región del imperio británico y que los más
miserables no son irlandeses sino escoceses. El predicador de la vieja iglesia
de Edimburgo, el Dr. Lee, declaró en 1836 ante la Comission of Religious
Instruction18 que "jamás había visto en ninguna parte una
miseria como la de su parroquia. La gente no tenía muebles, vivían sin nada;
frecuentemente dos parejas vivían en una habitación. En un día había visitado
siete casas diferentes, donde no había cama -en algunas de ellas ni siquiera
paja- octogenarios dormían en el suelo, casi todos sin desvestirse. En un
sótano había hallado dos familias del campo; poco después de su arribo a la
ciudad, dos niños habían muerto, y el tercero estaba en la agonía en el momento
de su visita. Para cada familia había un montón de paja sucia en un rincón, y
además, el sótano era tan oscuro que apenas se podía distinguir un ser humano
en pleno día, servía de establo a un asno. Por duro que fuese un corazón,
sangraría a la vista de tal miseria en un país como Escocia.
El Dr. Hennen informa de hechos análogos
en el Edinburg Medical and Surgical Journal. Un informe parlamentario* muestra
que desaseo -como es de esperarse en tales condiciones- reina en las casas de
los pobres de Edimburgo. Las gallinas usan los largueros de las camas para
dormir, los perros y hasta caballos duermen con los hombres en una sola y misma
pieza, y la consecuencia natural es que una suciedad y un hedor espantosos
colman esas viviendas, así como un ejército de parásitos de toda especie. La
forma en que está construida Edimburgo favorece en el más alto grado este
horroroso estado de cosas: La vieja ciudad está construida en las dos
vertientes de una colina, sobre cuya cima se halla la
Calle Alta (High Street). De ésta parten, de ambos lados, una multitud de
callejuelas estrechas y tortuosas, llamadas wynds debido a sus numerosas
sinuosidades, que descienden de la colina y constituyen el barrio proletario.
Las casas de las ciudades escocesas tienen una altura de 5 ó 6 pisos como en
París y -contrariamente a las de Inglaterra donde en la medida de lo posible
cada quien posee su casa particular- son habitadas por un gran número de
familias diferentes; la concentración de numerosas personas en una superficie
reducida sigue acrecentándose allí.
18 Kommission für
religiöse Unterweisung: Comisión para la instrucción religiosa.
* Report to the Home Secretary from
the Poor Law Commissioners on an Inquiry into the Sanitary Condition of the
Labouring Classes of Great Britam. With Appendices. Presented to both Houses of Parliament in July 1842. (Informe de los comisionados de la Ley de Pobres presentado
al ministro del Interior, respecto a una investigación sobre la situación
sanitaria de la clase obrera de Gran Bretaña. Con apéndices. Presentado a ambas
cámaras del Parlamento en julio de 1842)
"Estas calles", dice un diario
inglés en un artículo sobre el estado sanitario de los obreros de las
ciudades,*
"estas calles son por lo general
tan estrechas que se puede pasar de la ventana de una casa a aquella de la de
enfrente, y estos inmuebles presentan además tal acumulación de pisos que la
luz apenas puede penetrar en el patio o en el callejón que los separa. En esa parte de la ciudad, no hay ni cloacas
ni retretes o lugares de desahogo dentro de las casas, y. por eso todas las inmundicias,
detritos o excrementos de por lo menos 50000 personas son lanzados cada noche
en las cunetas y, pese al barrido de las calles, hay una masa de
3 vols. in folio reunido y clasificado
según los informes médicos, por Edwin Chadwich, secretario de la Comisión de la
ley de pobres. (F. E.) excrementos secos de
emanaciones nauseabundas, que no solamente ofenden la vista y el olfato, sino
que presenta además un gran peligro para la salud de la población. ¿Es
sorprendente que en tales localidades se descuide prestar la menor atención a
la salud, a las buenas costumbres e incluso a las reglas más elementales de la
decencia? Al contrario, todos aquellos que conocen bien la situación de los
habitantes, atestiguarán del alto grado que han alcanzado aquí las
enfermedades, la miseria y la ausencia de moral. En estas regiones la sociedad
ha caído a un nivel indescriptiblemente bajo y miserable. Las viviendas de la
clase pobre son en general muy sucias y al parecer jamás se limpian en
absoluto. En la mayoría de los casos tienen una sola pieza -donde, aunque la
ventilación sea de lo peor, siempre hace frío a causa de las ventanas rotas o
mal adaptadas- que a veces es húmeda y a veces está en el subsuelo, siempre mal
amueblada, y enteramente inhabitable, hasta el punto que con frecuencia un
montón de paja sirve de cama a una familia entera, cama donde duermen en una
confusión repugnante, hombres y mujeres, jóvenes y viejos. El agua sólo puede
obtenerse en las bombas públicas, y la dificultad de ir a buscarla favorece
naturalmente todas las asquerosidades posibles."
* The Artizan, 1843, número de octubre. Revista mensual.
(F.E.)
Las otras grandes ciudades marítimas
apenas son mejores. Liverpool, pese a su tráfico, su lujo y su riqueza, trata
sin embargo a sus trabajadores con la misma barbarie. Una quinta parte de la población, o sea más de
45000 personas, viven en sótanos exiguos, oscuros, húmedos y mal ventilados,
que suman 7882 en la ciudad. A ello hay que añadir también 2270 patios
(courts), o sea pequeños lugares cerrados por los cuatro lados cuya entrada y
salida se hace por un pasillo estrecho, las más de las veces abovedado, y por
consiguiente no permite la menor ventilación, casi siempre muy sucios y
habitados casi exclusivamente por proletarios. Nos referiremos de nuevo a esos
patios cuando hablemos de Manchester. En Bristol, se han visitado 2800 familias
de obreros de las cuales el 46% no tenía más que una sola habitación.
Y hallamos exactamente la misma
situación en las ciudades industriales. En Nottingham hay en total 11000 casas
de las cuales 7 u 8 mil se hallan pegadas las unas a las otras, de suerte que
no es posible ninguna ventilación completa; además, casi siempre hay un solo
lugar de desahogo común para varias casas. Una inspección reciente reveló que
varias hileras de casas estaban construidas sobre canales de desagüe poco
profundos que estaban cubiertos sólo por traviesas de piso.
En Leicester, Derby, y Sheffield, ocurre
lo mismo. En cuanto a Birmingham, el artículo del Artizan citado anteriormente
informa lo siguiente:
"En los viejas barrios de la
ciudad, hay lugares malos, sucios y faltos de reparación, llenos de charcas
estancadas y de montones de inmundicias. En Birmingham, los patios son muy
numerosos, hay más de 2000, y en ellos vive la mayoría de la clase obrera. Casi
siempre son exiguos, mal terminados, mal ventilados, con desagües defectuosos,
consisten de 8 a 20 inmuebles que en su mayoría no pueden recibir el aire sino
de un lado porque el muro del fondo es medianero, y al fondo del patio hay casi
siempre un hoyo para las cenizas o algo por el estilo, cuya inmundicia es
indescriptible. Hay que observar sin embargo que los patios modernos han sido
construidos más inteligentemente y son conservados más convenientemente. En
estos últimos las viviendas son menos agrupadas que en Manchester y Liverpool,
lo cual explica que, cuando han ocurrido epidemias, haya habido menos casos mortales
en Birmingham que, por ejemplo, en Wolverhampton, Dudley y Bilston, que están a
sólo unas leguas de allí. Asimismo, en Birmingham no hay viviendas bajo tierra,
si bien algunos sótanos sirven impropiamente de talleres. Las casas
-dormitorios para obreros son un poco más nnumerosas (más de 400),
principalmente en los patios del centro de la ciudad; casi todas ellas son de
una suciedad repugnante, mal ventiladas, verdaderos refugios para mendigos,
vagabundos trampers (volveremos sobre la significación de esta palabra); ladrones
y prostitutas, que sin ninguna consideración por las conveniencias o la
comodidad comen, beben; fuman y duermen en una atmósfera que únicamente estos
seres degradados pueden soportar."
Glasgow se parece a Edimburgo en muchos
aspectos: los mismos wynds; las mismas altas casas. El Artizan observa a
propósito de esta ciudad:
"Aquí la clase obrera constituye
alrededor del 78% de la población total: (de unos 300000), y vive en barrios
que superan en miseria y horror los antros más viles de St. Giles y
Whitechapel, las Liberties de Dublín, los wynds de Edimburgo. Hay numerosos
lugares parecidos en el corazón de la ciudad, al sur de Trongate, al oeste del
mercado de sal, en el Calton; al lado de la Calle Alta, etc., laberintos
interminables de callejuelas estrechas o wynds, y donde desembocan casi a cada
paso patios o callejones sin salida; constituidos por viejas casas mal
ventiladas, muy altas, sin agua y decrépitas: Esas casas rebosan literalmente
de inquilinos; en cada piso hay tres o cuatro familias -tal vez 20 personas- y
a veces cada piso es alquilado como dormitorio por la noche, de suerte que 15 ó
20 personas son apiñadas -no osamos decir albergadas- en una sola pieza. Esos
barrios albergan los miembros más pobres, más depravados; menos valiosas de la
población y hay que ver en ello el origen de terribles epidemias de fiebre que,
partiendo de allí, asuelan a Glasgow todo entero."
Veamos la descripción que hace de estos
barrios J. C. Symans, comisionado del gobierno para la investigación de la
situación de los tejedores manuales*:
* Arts and Artisan at home and Abroad
(Oficios y artesanos en nuestro país y en el extranjero), por J. C. Symons,
Edimburgo, 1839. El autor, que parece ser escocés, es un liberal, y por tanto
fanáticamente opuesto a todo movimiento obrero autónomo. Los (...) pasajes
citados se hallan en pp. 116 y ss. (F.E.)
"yo he visto la miseria en algunos
de sus peores aspectos tanto aquí como en el continente; pero antes de visitar
los wynds de Glasgow, no creía que pudieran existir tantos crímenes, miserias y
enfermedades en un país civilizado. En los albergues de categoría inferior
duermen en el suelo diez, doce, incluso a veces veinte personas de ambos sexos
y de todas las edades en una desnudez más o menos total. Esos albergues están
habitualmente (generally) tan sucios, tan húmedos y tan destartalados que nadie
alojaría en ellas su caballo."
Y él escribe en otra parte:
"Los wynds de Glasgow albergan una
población que fluctúa entre 15000 y 30000 personas. Este barrio se compone
únicamente de callejuelas estrechas y de patios rectangulares, en medio de las
cuales se levanta regularmente un montón de basura. No obstante lo repugnante
del aspecto exterior de esos lugares, yo estaba sin embargo poco preparado para
enfrentarme a la suciedad y la miseria que reinan en el interior. En algunos de
esos dormitorios, que nosotros (el superintendente de policía, Miller y Symons)
hemos visitado de noche, hallamos una capa ininterrumpida de seres humanos
tendidos en el suelo, a menudo de 15 a 20, unos vestidos, otros desnudas,
hombres y mujeres juntos. Su cama estaba hecha de paja mohosa mezclada con
algunos trapos. Había pocos muebles o
ninguno, y la única cosa que daba a esos cuchitriles un aspecto de habitación
era un fuego en la chimenea. El robo y la prostitución representan la principal
fuente de ingresos de esta población. Nadie parecía tomarse el trabajo de
limpiar esos establos de Augías, esa olla de grillos, ese conglomerado de
crímenes, de suciedad y de pestilencia en el corazón de la segunda ciudad del
imperio. Una amplia inspección de los peores barrios de otras ciudades, jamás
me hizo ver nada que por la intensidad de la infección moral y física ni la
densidad relativa de la población llegara a la mitad de este horror. La mayoría
de las casas de este barrio están clasificadas por el Court of Guild como
ruinosas e inhabitables, pero son precisamente éstas las que son más habitadas,
porque la ley prohibe que se cobre alquiler por ellas."
La gran región industrial en el centro
de la isla británica, la zona populosa del Yorkshire occidental y del
Lancashire meridional no le cede en nada, con sus numerosas ciudades
industriales, a las otras grandes ciudades. La región lanera del Riding
occidental, Yorkshire, es un país encantador, un bello país de colinas
reverdecientes, cuyas alturas devienen cada vez más abruptas hacia el oeste
hasta culminar en la cima escarpada de Blackston Edge -línea divisoria de las
aguas entre el Mar de Irlanda y el Mar del Norte. Los valles del Aire, en el
que está situada Leeds, y del Calder, que sigue la vía férrea Manchester-Leeds,
se cuentan entre los más placenteros de Inglaterra y están sembrados por todas
partes de fábricas, de aldeas y de ciudades. Las casas grises de sillería
tienen un aspecto tan elegante y limpio en comparación con los edificios de
ladrillo, negros de hollín, del Lancashire, que son un placer. Pero cuando se
entra en las ciudades propiamente, se hallan pocas cosas regocijantes. La
situación de Leeds es en efecto la que describe el Artizan (revista ya citada)
y que he podido ver yo mismo,
"en una pendiente suave que
desciende en el valle del Aire. Este río serpentea a través de la ciudad en una
longitud de alrededor de milla y media* y está sujeto, durante el período de
deshielo o luego de precipitaciones violentas, a fuertes crecidas. Los barrios
del oeste, situados más alto, son limpios, para una ciudad tan grande, pero los
barrios bajos junto al río y los arroyuelos (becks) que en él desembocan son
sucios, angostos y suficientes ya, en suma, para abreviar la vida de los
habitantes, en particular de los niños. A ello hay que añadir el estado repugnante
en que se hallan los barrios obreros alrededor de Kirkgate, March Lane, Cross
Street y Richmond Road, que se destacan particularmente por las calles mal
pavimentadas y sin cunetas, una arquitectura irregular, de numerosos patios y
callejones sin salida y la ausencia total de los medios más ordinarios de
limpieza. Todo ello tomado en conjunto nos proporciona muchas razones para explicar
la mortalidad excesiva en esos desdichados feudos de la más sórdida miseria.
Debido a las crecidas del Aire (que, hay que añadir, como todos los ríos
utilizables por la industria, entra en la ciudad claro, transparente, para
salir de ella pegajoso, negro y hediondo con todas las inmundicias
imaginables), las viviendas y los sótanos se inundan frecuentemente de agua
hasta el punto que hay que bombearla para la calle; en tales ocasiones el agua,
incluso donde hay cloacas, se introduce en los sótanos*, provocando emanaciones
miasmáticas, de muy fuerte proporción de hidrógeno sulfuroso y dejando un
sedimento nauseabundo sumamente perjudicial para la salud. Cuando las
inundaciones de la primavera del año 1839, los efectos de semejante tupición de
las cloacas fueron tan nocivos que, según el informe del funcionario del
registro civil de ese barrio, hubo en el trimestre tres decesos por cada dos
nacimientos, en tanto que, en el mismo período, todos los demás barrios
registraron tres nacimientos por cada dos decesos."
* Por todas partes donde se hace mención de milla sin otra
precisión, se trata de la medida inglesa; el grado del ecuador computa 691/2 de
ella y, por consecuencia, la legua alemana alrededor de 5. (F.E.).
* Hay que tener
presente que estos "sótanos" no son cuartos de desahogo sino
viviendas donde viven seres humanos. (F.E.)
Otros barrios con una fuerte densidad de
población, están desprovistos de toda alcantarilla, o son tan inadecuadas que
resultan inútiles. En ciertas hileras de casas los sótanos raramente están
secos; en otros barrios, varias calles están cubiertas de un fango blando donde
se hunde uno hasta los tobillos. De cuando en cuando los vecinos han tratado de
reparar esas calles, echando paletadas de cenizas; sin embargo, las aguas de
albañal se estancan frente a las casas hasta que el viento y el sol las seca
(cf. informe del Consejo Municipal en la Statistical Journal, vol. 2 p. 404). Una
vivienda ordinaria en Leeds no ocupa una superficie superior a 5 yardas
cuadradas y se compone generalmente de sótano, sala común y una habitación de
dormir. Estas viviendas exiguas, llenas noche y día de seres humanos
representan además un peligro tanto para las costumbres como para la salud de
los habitantes. Y hasta qué punto la gente se apiña en ellas, nos lo dice el
informe citado anteriormente sobre el estado sanitario de la clase obrera:
"En Leeds, hallamos hermanos y
hermanas y huéspedes de ambos sexos, compartiendo la habitación de los padres;
el sentimiento humano se estremece al considerar las consecuencias que resultan
de ello."
Lo mismo ocurre en Bradford, que se
halla a sólo 7 leguas de Leeds, en la confluencia de varios valles, junto a un
pequeño río de aguas negras y nauseabundas. Desde lo alto de las colinas que la
rodean, la ciudad ofrece en un domingo apacible -porque durante la semana se
halla envuelta en una nube gris de humo de carbón- un magnífico panorama, pero
en su interior existe la misma suciedad y la misma inconveniencia que en Leeds.
Los viejos barrios, en las vertientes empinadas, son apretados y construidos
irregularmente; en las callejuelas, callejones sin salida y patios, se
amontonan basuras e inmundicias; las casas se hallan en estado ruinoso, sucias,
incómodas y muy cerca del río al fondo mismo del valle, hallé varias con la
planta baja medio hundida en el flanco de la colina y eran enteramente
inhabitables. De modo general, los barrios del fondo del valle, donde las
viviendas obreras se hallan comprimidas entre las grandes fábricas, son los
peor construidos y los más sucios de toda la ciudad. En los barrios más nuevos
de esta ciudad, como en aquellos de cualquiera otra ciudad industrial, las
viviendas se hallan alineadas más regularmente, pero tienen los mismos
inconvenientes que corren parejos con la manera tradicional de alojar a los
obreros y de lo cual volveremos a hablar con más detalles a propósito de
Manchester. Igual ocurre en las otras ciudades del West Riding, especialmente
en cuanto a Barnsley, Halifax y Huddersfield. Esta última, por su ubicación
admirable y su arquitectura moderna, con mucho la más bella de todas las
ciudades industriales del Yorkshire y del Lancashire, tiene sin embargo sus
malos barrios. Así, un comité designado por una reunión de ciudadanos para
inspeccionar la ciudad, informó el 5 de agosto de 1844:
"Es notorio que en Huddersfield
calles enteras y numerosas callejuelas y patios no están pavimentados, ni
poseen alcantarillas u otros desagües; en esos lugares se amontonan los
detritos, las inmundicias y las suciedades de todo género, que se fermentan y
pudren y casi por todas partes el agua estancada se acumula en charcas; en
consecuencia, las viviendas entretanto son necesariamente malsanas y sucias, de
modo que surgen enfermedades que amenazan la salubridad de toda la
ciudad."(25)
Si franqueamos la cima de Blackstone
Edge a pie, o si tomamos el ferrocarril que la atraviesa, arribamos a la
clásica tierra donde la industria inglesa ha lograda su obra maestra y de donde
parten todos los movimientos obreros, en el Lancashire meridional con su gran
centro, Manchester. Aquí también, encontramos un bonito país de colinas que
descienden en pendiente muy suave hacia el oeste, desde la línea divisoria de
las aguas hasta el Mar de Irlanda, con los encantadores valles reverdecieres
del Ribble, del Irwell, y del Mersey y de sus afluentes: Esta región, que
todavía hace un siglo en su mayor parte no era más que un pantano apenas
habitada, ahora cubierta de ciudades y pueblos, es la zona más poblada de
Inglaterra. En el Lancashire, y particularmente en Manchester, es donde la
industria británica tiene su punto de partida y su centro. La Bolsa de
Manchester es el termómetro de todas las fluctuaciones de la actividad
industrial, y las técnicas modernas de fabricación han alcanzado en Manchester
su perfección. En la industria textil del Lancashire meridional, la utilización
de las fuerzas de la naturaleza, la sustitución del trabajo manual por las
máquinas (en particular, con el telar mecánico y la Self-actor Mule) y la
división del trabajo parecen estar en su apogeo; y si hemos reconocido en estos
tres elementos las características de la industria moderna, tenemos que admitir
que, también en este punto, la industria de transformación del algodón ha
conservado sobre las demás ramas industriales la ventaja que había adquirido
desde el comienzo. Pero es aquí también que, simultáneamente, las consecuencias
de la industria moderna habrían de desarrollarse del modo más completo y bajo
la forma más pura, y el proletariado industrial manifestarse de la manera más clásica.
La humillación en que la utilización del vapor, las máquinas y la división del
trabajo sumen al trabajador, y los esfuerzos del proletariado por escapar a
esta situación degradante, habrían de ser necesariamente, aquí también,
llevados al extremo y donde habría de tomarse conciencia más clara de ello. Es
por estas razones, porque Manchester es el tipo clásico de la ciudad industrial
moderna y también porqué yo la conozco como a mi ciudad natal -y mejor que la
mayoría de sus habitantes- es que nos detendremos en ella un poco más
extensamente.
Las ciudades que circundan a Manchester
difieren poco de la ciudad central en lo que concierne a los barrios obreros19,
a no ser que en esas ciudades los obreros representan, si ello es posible, una
fracción más importante todavía de la población. Estas aglomeraciones son en
efecto únicamente industriales y dejan a Manchester el cuidado de ocuparse de
todas las cuestiones comerciales; ellas dependen totalmente de Manchester, y
por consiguiente son habitadas sólo por trabajadores, industriales y
comerciantes de segundo orden; mientras que Manchester posee una población
comercial muy importante, sobre todo de firmas comerciales y de ventas al
detalle de mucha reputación. Por eso Bolton, Preston, Wigan, Bury, Rochdale,
Middleton, Heywood, Oldham, Ashton, Stalybridge, Stockport, etc., aunque todas
sean ciudades de 30, 50, 70 y hasta de 90 mil habitantes, apenas no son más que
grandes barrios obreros, interrumpidos solamente por fábricas y grandes
arterias flanqueadas de tiendas, y contando con algunas avenidas pavimentadas,
a lo largo de las cuales se hallan los jardines y las casas de los fabricantes
que parecen villas. Las ciudades en sí son mal e irregularmente construidas,
con patios sucios, vías estrechas y callejuelas traseras llenas de humo de
carbón. El empleo del ladrillo, primitivamente rojo vivo pero ennegrecido por
el humo, que aquí es material habitual de construcción, les da un aspecto
particular poco agradable. Las habitaciones bajo tierra son aquí la regla general;
por todas partes donde es posible se instalan esos cubiles y en ellos vive una
parte muy importante de la población.
19 (1845) Arbeitsbezirke
(barrios donde se trabaja). (1892) Arbeiterbezirke (barrios obreros, donde
viven los obreros).
Entre las más feas de estas ciudades,
hay que incluir con Preston y Oldham, a Bolton, situada a once leguas al
noroeste de Manchester. Esta ciudad posee, según he podido observar
personalmente, sólo una calle principal, y para eso bastante sucia, Deansgate,
que sirve al mismo tiempo de mercado, y que, incluso cuando hace buen tiempo,
no es más que un pasadizo estrecho oscuro y miserable, si bien aparte de las
fábricas sólo hay allí casas bajas de una o dos plantas. Como por todas partes,
la parte antigua de la ciudad es particularmente vetusta e incómoda. Una
corriente de agua negra -de la cual no puede definirse si es un riachuelo o
larga serie de charcas pestilentes- la atraviesa y contribuye a corromper
completamente un aire que no tiene nada de puro.
Más lejos se halla Stockport que, aunque
situada junto al Mersey y perteneciente al condado de Cheshire, forma parte,
sin embargo, del distrito industrial de Manchester. Ella se extiende en un
valle paralelamente al Meres, de suerte que de un lado la calle desciende
perpendicularmente para remontar del otro lado en pendiente igualmente
pronunciada, y la vía férrea de Manchester a Birmingham atraviesa el valle más
arriba de la ciudad por un gran viaducto. Stockport tiene fama en toda la
región de ser una de las pequeñas localidades más sombrías y más ennegrecidas
por el humo y ofrece efectivamente -sobre todo vista desde el viaducto- un
aspecto sumamente poco atractivo. Pero el que ofrece las hileras de casitas y
cubiles que habitan los proletarios en toda la ciudad, desde el fondo del valle
hasta las cimas de las colinas, lo es todavía mucho menos. No recuerdo haber
visto en ninguna ciudad de esa región semejante proporción de sótanos
habitados.
A unas millas apenas al nordeste de
Stockport se halla Ashton-under-Lyne, uno de los centros industriales más
recientes de la región. Esta localidad, situada en la vertiente de una colina
al pie de la cual: fluyen el canal y el río Tame, está construida, en general,
según un plan moderno y más regular. Cinco o seis grandes calles paralelas
atraviesan toda la colina y son cortadas en ángulo derecho por otras arterias
que descienden hacia el valle. Gracias a esta disposición, las fábricas son
relegadas: fuera de la ciudad propiamente dicha; y es de suponer que la
proximidad del agua y de la vía fluvial las haya atraído al fondo del valle,
donde se concentran y amontonan, echando por chimeneas un humo espeso. Esto
hace que Ashton tenga un aspecto mucho más agradable que la mayoría de las
demás ciudades industriales; las calles son anchas y limpias, los cottages de
un rojo brillante parecen nuevos y muy habitables. Pero el nuevo sistema que
consiste en construir cottages para los trabajadores, tiene asimismo su lado
malo; cada calle posee una callejuela trasera, oculta, a donde lleva un
estrecho pasaje lateral y que, en cambio, es tanto más sucio. E incluso en
Ashton -aunque yo no haya visto edificios, sino algunos a la entrada de la
ciudad que tengan más de cincuenta años hay calles donde los cottages son feos
y vetustos y cuyos ladrillos se deterioran, donde los muros se agrietan, cuya
capa de cal se desmorona y cae al interior; calles cuyo aspecto sórdido y de
color sombrío no le cede en nada al de las otras ciudades de la región, a no
ser que Ashton es la excepción y no la regla.
Una milla más al este, se halla
Stalybridge; igualmente a orillas del Tame. Cuando viniendo de Ashton se
atraviesa la montaña; se descubre en la cima, a la derecha y a la izquierda,
bellos y grandes jardines que circundan magníficas casas, género de villas casi
siempre en el estilo "isabelino", que es con respecto a lo gótico, lo
que es la religión protestante anglicana con respecto a la religión católica
apostólica y romana. Cien pasos más adelante, y Stalybridge es lo que aparece
en el valle, pero ¡qué contraste sorprendente con estas magníficas propiedades,
e incluso con los modestos cottages de Ashton! Stalybridge está situada en una
garganta estrecha y tortuosa, mucho más estrecha todavía que el valle de
Stockport, y cuyas dos vertientes están cubiertas de una extraordinaria maraña
de cottages, casas y fábricas. Desde que se entra allí, las primeros cottages
son exiguos, ennegrecidos por el hollín, vetustos y deteriorados, y así, por el
estilo, en el resto de la ciudad. Hay pocas calles en el fondo estrecho del
valle; la mayoría se cruzan y entrecruzan, suben y descienden. En casi todas
las casas; la planta baja, debido a esta disposición en pendiente, se halla
medio hundida en el suelo; esta construcción sin plan da lugar a una multitud
de patios, de callejones escondidos y de recodos aislados; esto puede verse
desde las montañas, desde donde se descubre la ciudad debajo de uno; como si la
sobrevolara. Añádase a ello una suciedad increíble, y se comprende la impresión
repugnante que hace Stalybridge pese a sus encantadores alrededores.
Hasta aquí es suficiente sobre
pequeñas ciudades: Todas ellas tienen su sello particular, pero a fin de
cuentas allí los: trabajadores viven exactamente como en Manchester: Sólo me he
fijado en: el aspecto particular de su construcción, y me limito a señalar que
todas las observaciones generales sobre el estado de las viviendas obreras en
Manchester; se aplican igualmente en su totalidad a las ciudades circundantes.
Pasemos ahora a este mismo gran centro.
Manchester se extiende al pie de la
vertiente de una cadena de colinas que, partiendo de Oldham, atraviesa los
valles del Irwell y del Medlock y cuya última cima, el Kesall-Moor, es al mismo
tiempo el hipódromo y el monssacer20(26) de Manchester, La ciudad
propiamente dicha está situada en la ribera izquierda del Irwell, entre esta
corriente de agua y otras dos más pequeñas, el Irk y: el Medlock, que
desembocan en este lugar en el Irwell: En la orilla derecha de éste, encerrada
en una gran cueva del río, se extiende Salford, más al oeste Pendleton; al
norte del Irwell se hallan Higher y Lower Borughton, al norte del Irk, Cheetham
Hill; al sur del Medlock, se halla Hulme, más al este Chorlton-on-Medlock, más
lejos aún, poco más o menos al este de Manchester, Ardwick. Todo este conjunto
se llama corrientemente Manchester y cuenta por lo menos con 400000 habitantes,
sino más. La ciudad misma está construida de una manera tan particular que se
puede vivir allí durante años, entrar y salir de ella diariamente sin divisar
jamás un barrio obrero, ni encontrarse con obreros, si uno se limita a
dedicarse a sus asuntos o a pasear. Pero ello se debe principalmente a que los
barrios obreros -por un acuerdo inconsciente y táctico, así como por intención
consciente y declarada- son separados con el mayor rigor de las partes de la
ciudad reservadas para la clase media, o bien, cuando esto es imposible,
disfrazados con el manto de la caridad. En su centro, Manchester abriga un
barrio comercial bastante extenso, alrededor de media milla de largo y ancho,
compuesto casi únicamente de oficinas y almacenes de depósito (warehouses).
Casi todo este barrio está inhabitado, y aparece desierto y vacío durante la
noche; únicamente las patrullas de policía con sus linternas circulan por sus
calles estrechas y sombrías.
20 heilige Berg: Monte
Sagrado
Esta parte está surcada por grandes
arterias de mucho tráfico y la planta baja de los edificios se hallan ocupadas por tiendas elegantes. En estas calles, aquí
y allá se hallan pisos habitados, y hasta tarde en la noche reina una gran
animación. Con la excepción de este barrio comercial, toda la ciudad de
Manchester propiamente dicha, todo Salford y Hulme, una importante parte de
Pendletan y Chorlton, dos tercios de Ardwick y algunos barrios de Cheetham Hill
y Brougton, no son sino un distrito obrero que circunda el barrio comercial
como un cinturón cuya anchura promedio es de una milla y media. Más allá de
este cinturón, viven la burguesía mediana y la alta burguesía -la mediana
burguesía en calles regulares, cercanas al barrio obrero, en particular en
Chorlton y en las regiones de Cheetham Hill situadas más abajo, la alta
burguesía en las casas con jardín, del tipo de villa, más alejadas, en Chorlton
y Ardwick, o bien en las alturas de Cheetham Hill, Brougton y Pendleton- en el
ambiente saludable de la campiña, en viviendas espléndidas y cómodas, servidas
cada media hora o cada un cuarto de hora por ómnibus que conducen a la ciudad.
Y lo más bonita es que los ricos aristócratas de las finanzas pueden, al
atravesar todos los barrios obreros por el camino más corto, trasladarse a sus
oficinas en el centro de la ciudad sin fijarse siquiera que flanquean la más
sórdida miseria a derecha e izquierda.
En efecto, las grandes arterias que,
partiendo de la Bolsa, conducen fuera de la ciudad en todas las direcciones,
están flanqueadas a ambos lados de una fila casi interminable de tiendas y así
se hallan a la mano de la pequeña y mediana burguesía que, aunque sólo sea por
interés propio, tienen mucho cierto decoro y propiedad, y poseen los medios
para ello. Desde luego, esas tiendas tienen sin embargo cierto parecido con los
barrios que se hallan detrás de ellas, y son por consiguiente más elegantes en
el distrito de negocios y cerca de los barrios burgueses que allí donde ocultan
los cottages obreros desaseados.
Pero en todo caso son suficientes para
disimular a los ojos de los ricos, señores y señoras de estómago robusto y de
nervios débiles, la miseria y la suciedad, complemento de su riqueza de su
lujo. Así sucede, por ejemplo, con Deansgate que, de la vieja iglesia, conduce
rectamente hacia el sur, bordeada al comienzo por almacenes y fábricas, luego
por tiendas de segundo orden y algunos bares; más al sur, donde termina el
distrito comercial, por tiendas menos relucientes que, a medida que se avanza,
devienen más sucias y cada vez son más numerosos los cabarets y tabernas, hasta
que en el extremo sur el aspecto de los establecimientos no deja lugar a dudas
de la calidad de los clientes: son obreros únicamente. Lo mismo sucede con
Market Street, que parte de la Bolsa en dirección del sudeste. Hay primeramente
brillantes tiendas de primer orden, y en los pisos superiores oficinas y
almacenes; más lejos, a medida que se avanza (Piccadilly), gigantescos hoteles
y almacenes de depósito; más lejos aún (London Road) en la región del Medlock,
fábricas, bares, tiendas para la pequeña burguesía y los obreros; después,
cerca de Ardwick Green, viviendas reservadas para la alta y mediana burguesía,
y a partir de allí, grandes jardines y grandes casas de campo para los más
ricos industriales y comerciantes. De esa manera, si se conoce a Manchester, se
puede deducir del aspecto de las calles principales, el aspecto de los barrios
contiguos; pero, desde esas calles es
difícil descubrir realmente los barrios obreros. Yo sé muy bien que esa
disposición hipócrita de las construcciones es más o menos común de todas las
grandes ciudades; yo sé igualmente que los comerciantes al por menor deben, a
causa de la naturaleza misma de su comercio, monopolizar las grandes arterias;
sé que por todas partes se ve, en las calles de ese género, más casas bellas
que feas, y que el valor del terreno que las circunda es más elevado que en los
barrios apartados. Pero en ninguna otra parte como en Manchester he comprobado
el aislamiento tan sistemático de la clase obrera, mantenida apartada de las
grandes vías, un arte además delicado de disfrazar todo lo que pudiera ofender
la vista o los nervios de la burguesía. Y sin embargo, la construcción de
Manchester, precisamente, responde menos que aquélla de toda otra ciudad a un
plan preciso, o a reglamentos de policía; más que toda otra ciudad, su
disposición se debe al azar; y cuando pienso entonces en la clase media, que
declara con prontitud que los obreros se conducen lo mejor del mundo, me da la
impresión de que los industriales liberales, los big whigs de Manchester, no
son enteramente inocentes de esa púdica disposición de los barrios.
Mencionaré asimismo que casi todas las
industrias se establecen junto a las tres corrientes de agua o de los
diferentes canales que se ramifican a través de la ciudad, y describiré ahora los
barrios obreros propiamente dichos. Tenemos en primer lugar la ciudad de
Manchester, entre el límite norte del distrito comercial y el Irk. Allí las
calles, incluso las mejores, son estrechas y tortuosas -Todd Street, Long
Millgate, Withy Grove, y Shudehill por ejemplo- las casas son sucias, vetustas,
deterioradas, y las calles adyacentes enteramente horribles. Cuando, viniendo
de la vieja iglesia, se entra en Long Millgate, vemos inmediatamente a la
derecha una hilera de casas de estilo antiguo, donde ni una sola fachada ha
permanecido vertical; son los vestigios de la vieja Manchester de la época
preindustrial, cuyos antiguos habitantes han emigrado con sus descendientes
hacia barrios mejor construidos, abandonando las casas que hallaban demasiado
inconvenientes para una raza de obreros fuertemente cruzada con sangre
irlandesa. Nos hallamos aquí realmente en un barrio obrero apenas camuflado, pues
ni las tiendas ni las tabernas de la calle se toman el trabajo de parecer
limpias. Pero esto no es nada en comparación con las callejuelas y patios
traseros, a donde se llega por pasadizos estrechos y cubiertos por los que
apenas pueden cruzarse dos personas.
Es imposible de imaginar la aglomeración
desordenada de las casas literalmente hacinadas las unas sobre las otras, verdadero desafío a toda arquitectura racional.
Y, a este respecto, no se trata solamente de construcciones que datan de la
antigua Manchester. Es en nuestra época cuando la confusión ha sido llevada al
colmo, pues por todas partes donde el urbanismo de la época anterior dejaba
todavía un pequeño espacio libre, se ha construido y reparado chapuceramente
hasta que al fin ya no queda entre las casas ni una pulgada libre donde sea
posible construir. Como prueba reproduzco aquí un pequeñito fragmento del plano
de Manchester: por cierto que los hay peores, y el mismo no representa la
décima parte de la antigua ciudad.
Este croquis bastará para caracterizar
la arquitectura insensata de todo el barrio, en particular cerca del Irk. La
orilla sur del Irk aquí es muy abrupta y de una altura de 15 a 30 pies; sobre
esta pared inclinada, todavía se construyen casi siempre tres hileras de casas,
de las cuales la más baja emerge directamente del río, en tanto que la fachada
de la más alta se halla al nivel de la cima de las colinas de Long Millgate. En
los espacios intermedios hay, además, fábricas junto a las corrientes de agua.
En suma, la disposición de las casas es aquí tan apretada y desordenada como en
la parte baja de Long Millgate. A la derecha y a la izquierda, una multitud de
pasajes cubiertos conducen de la calle principal a los numerosos patios y,
cuando se penetra allí, encontramos una suciedad y una insalubridad
nauseabundas sin igual, en particular en los patios que descienden hacia el Irk
y donde se hallan verdaderamente las más horribles viviendas que yo haya podido
ver hasta el presente. En uno de esos patios hay justamente a la entrada, al
extremo del corredor cubierto, retretes sucios y tan inmundos que los vecinos
no pueden entrar o salir del patio sino atravesando un mar de orina pestilente
y de excrementos que circundan los retretes; es el primer patio a la orilla del
Irk río arriba de Ducie Bridge en caso de que alguien deseara ir allí para
comprobarlo. Abajo, a orillas del río, hay varias tenerías que llenan toda la
zona de la hediondez resultante de la descomposición de materias orgánicas.
En los patios río abajo de Ducie Bridge,
hay que descender casi siempre por escaleras estrechas y sucias para llegar a
las casas y atravesar los cúmulos de detritos e inmundicias. El primer patio
río abajo de Ducie Bridge se llama Allen's Court; cuando la epidemia de cólera
(1832), se hallaba en tal estado que las autoridades sanitarias lo hicieron
evacuar, limpiar y desinfectar con cloro; el Dr. Kay da en un folleto* una
descripción horrorosa del estado de este patio en esa época. Desde entonces,
parece haber sido demolido por algunos lugares y reconstruido; en todo caso,
desde lo alto del Ducie Bridge se perciben todavía varios pedazos de paredes en
ruinas y grandes montones de escombros, junto a casas de construcción más
reciente. El panorama que se observa desde este puente -delicadamente oculto a
los mortales de pequeña estatura por un parapeto de piedra a la altura de un
hombre- es por otra parte característico de todo el barrio. Abajo fluye, o más
bien se estanca el Irk, riachuelo oscuro como la pez y
de olor nauseabundo, lleno de inmundicias y detritos que deposita sobre la
orilla derecha que es más baja. En tiempo de seca, subsiste en este río toda
una serie de parches fangosos, fétidos, de un verde negruzco, desde el fondo de
los cuales suben burbujas de gas mefítico que despide un tufo que, incluso
desde lo alto del puente, a 40 ó 50 pies sobre el agua, todavía es
insoportable. El propio río, además es retenido casi a cada paso por grandes
obstáculos detrás de los cuales se depositan en masa el fango y los
desperdicios que allí se descomponen. Río arriba desde el puente, se levantan
grandes tenerías más allá tintorerías, fábricas de carbón de huesos y fábricas
de gas, cuyas aguas usadas y desperdicios terminan todos en el Irk que recibe
además el contenido de las cloacas y retretes que allí desaguan. Río abajo,
desde el puente, se ve por encima de los montones de basura, las inmundicias,
la suciedad y el deterioro de los patios, situados sobre la escarpada orilla
izquierda: Las casas están apiñadas las unas contra las otras y la pendiente del
río permite percibir sólo una fracción de ellas, todas ennegrecidas de hollín,
decrépitas, vetustas, con sus ventanas de cristales rotos. Al fondo se hallan
antiguas fábricas que parecen cuarteles. En la orilla derecha muy llana, se
levanta una larga fila de casas y fábricas. La segunda casa está en ruinas, sin
techo, llena de escombros, y la planta baja no tiene puertas ni ventanas y por
tanto es inhabitable. Al fondo, de este lado, se hallan el cementerio de
pobres, las estaciones del ferrocarril de Liverpool y de Leeds y detrás, el
asilo de pobres, "la bastilla de la ley de pobres" de Manchester que,
parecida a una ciudadela, mira desde lo alto de una colina, al abrigo de altas
murallas y de almenas amenazadoras, el barrio obrero que se extiende enfrente.
* The Moral and Physical Condition of the Working Classes,
employed in the Cotton Manufacture in Manchester, [Estado moral y físico de las
clases trabajadoras empleadas en la industria del algodón en Manchester) por
James Ph. Kay D. M., 2da. ed. 1832. Confunde la clase obrera en general con la
clase de los trabajadores industriales; por lo demás, excelente. (F.E.)
Río arriba del Ducie Bridge, la orilla
izquierda baja y la derecha en cambio se hace más abrupta; pero el estado de las
casas a ambos lados del Irk tienden más bien a
empeorar. Si uno abandona la calle principal -Long Millgate- y dobla a la
derecha, se pierde; pasa de un patio a otro; todos son cantones, callejones
estrechos sin salida y pasadizos asquerosos, y al cabo de unos minutos está completamente
desorientado y no sabe ya del todo a dónde dirigir sus pasos. Por todas partes,
edificios casi o completamente en ruinas -algunos de ellos están realmente
inhabitados, y aquí esto quiere decir mucho-, casas sin piso, ventanas y
puertas rotas, mal ajustadas, ¡y que suciedad! Hay montones de escombros, de
detritos y de inmundicias por todas partes; charcas estancadas en vez de
alcantarillas, y un hedor que por sí solo no permitiría a nadie, por poco
civilizado que fuese, vivir en semejante barrio. La extensión, recientemente
terminada, del ferrocarril de Leeds, que atraviesa el Irk aquí, ha hecho
desaparecer una parte de esos patios y callejuelas, pero en cambio ha expuesto
otros a la vista. Así, precisamente junto al puente del ferrocarril hay un
patio que supera con mucho a todos los demás en suciedad y en horror,
justamente porque hasta ahora había estado tan apartado, tan retirado que sólo
se podía llegar a él con gran trabajo; yo mismo no lo hubiera descubierto sin
la abertura hecha por el ferrocarril, aunque yo creía conocer muy bien ese
rincón. Pasando por una orilla desigual, entre estacas y tendederas, es como se
entra en ese caos de pequeñas casuchas de una planta y una pieza, casi siempre
sin piso, y que sirve a la vez de cocina, sala común y habitación para dormir.
En uno de esos cuchitriles que apenas miden seis pies de largo por cinco de
ancho, yo he visto dos camas ¡y qué camas y qué ropa de cama! que, con una
escalera y un fogón, llenaban toda la pieza. En varios otros, no vi absolutamente
nada, aunque la puerta estaba abierta de par en par y los moradores recostados
a ella. Delante de las puertas, por todas partes escombros y basuras; no se
podía ver si el suelo estaba pavimentado, sólo se podía pisar en firme en
algunos lugares. Toda esta multitud de establos, habitados por seres humanos,
estaban limitados en dos lados por casas y una fábrica, en el tercero por el
río y, aparte del pequeño sendero de la orilla, sólo se salía de allí por una angosta puerta cochera que daba a otro laberinto de casas, casi
tan mal construidas y conservadas como éstas. Estos ejemplos son
suficientes.
Así es como está construida toda la
ribera del Irk, caos de casas plantadas confusamente, más o menos inhabitables
y cuyo interior se haya en perfecta armonía con la suciedad de los alrededores.
Por eso, ¡cómo quiere usted que las personas sean limpias! Ni siquiera hay
facilidades para las necesidades más naturales y cotidianas. Aquí los retretes
son tan raros que, o bien se llenan cada día, o bien se hallan demasiado lejos
para la mayoría de la gente. ¿Cómo quiere usted que se lave la gente, si sólo dispone
de las aguas sucias del Irk, y las canalizaciones y las bombas no existen sino en
los barrios decentes? Verdaderamente no se puede hacer reproche a esos ilotas
de la sociedad moderna, si sus viviendas no son más limpias que las pocilgas
que se encuentran aquí y allá en medio de ellos. Los propietarios no se
avergüenzan de alquilar viviendas como los seis o siete sótanos que dan a la
calle situada a la orilla del río, inmediatamente río abajo del Scotland
Bridge, y cuyo suelo está por lo menos dos pies por debajo del nivel de las
aguas -cuando están bajas- del Irk que fluye a menos de seis pies de distancia;
o bien como el piso superior de la casa de esquina, en la otra orilla, antes
del puente, cuya planta baja es inhabitable, sin nada para tapar los huecos de
las ventanas y de la puerta. Este es un caso que no es raro en esa zona; y esa
planta baja abierta sirve comúnmente de lugar de desahogo para todo el vecindario
por falta de locales apropiados.
Si dejamos el Irk para entrar del otro
lado de Long Millgate, en el corazón de las viviendas obreras, arribamos a un barrio
poco más reciente que se extiende desde la iglesia St. Michel hasta Withy Grove
y Shudehill. Aquí por lo menos hay un poco más de orden. En lugar de una
arquitectura anárquica, hallamos al menos anchas callejuelas y callejones
rectilíneos sin salida, o bien patios rectangulares que no son debidos al azar;
pero si, anteriormente, era cada casa en particular, aquí son las callejuelas y
los patios las que son construidos arbitrariamente,
sin ningún cuidado de la disposición de los demás. Ora una callejuela va en una
dirección, ora va en otra, se desemboca a cada paso en un callejón sin salida o
en una rinconera que lo conduce a uno al punto de partida -quien no haya vivida
en ese laberinto cierto tiempo, se pierde allí fácilmente. La ventilación de
las calles -si se me permite usar esta palabra a propósito de ese barrio- y de
los patios es tan imperfecta como a orillas del Irk; y si, no obstante, se
debiera reconocer a este barrio cierta superioridad sobre el valle del Irk -es
cierto que las casas son más recientes, y las calles tienen alcantarillas por
trechos- posee igualmente en cambio, en casi cada casa, una vivienda
subterránea, la cual existe sólo raramente en el valle del Irk, precisamente
debido a la vetustez y el modo de construcción menos cuidadoso. Por lo demás,
los montones de escombros y de cenizas, los charcos en las calles existen en ambos
barrios y, en el distrito de que hablamos en este momento, comprobamos además
otro hecho muy desventajoso para el aseo de los vecinos: el gran número de
cerdos sueltos por las callejuelas escarbando en la basura o encerrados en los
patios en pequeñas cochiqueras. Los criadores de cerdos alquilan aquí los
patios, como en la mayoría de los barrios obreros de Manchester, e instalan
cochiqueras. En casi todos los patios hay uno o más rincones separados del
resto, donde los vecinos del lugar arrojan toda la basura y los detritos. Los
cerdos se engordan en ellos, y la atmósfera de esos patios, ya cerrados por
todos lados, es infestada debido a la putrefacción de las materias animales y
vegetales. Se ha abierto una calle ancha y bastante conveniente a través de ese
barrio -Miller Street- y disimulado el fondo con bastante éxito, pero si se
deja uno arrastrar por la curiosidad en uno de los numerosos pasajes que
conducen a los patios, podrá comprobar cada veinte pasos esta cochinada, en el
sentido exacto del término.
Tal es la antigua ciudad de Manchester:
y al releer mi descripción, debo reconocer que lejos de ser exagerada me han
faltado palabras adecuadas para exponer la realidad de la suciedad, la vetustez
y la incomodidad que hay allí, ni hasta qué punto la construcción de ese
barrio, donde viven entre 20 y 30 mil personas por lo menos, es un desafío a
todas las reglas de la salubridad, la ventilación y la higiene. Y semejante
barrio existe en el corazón de la segunda ciudad de Inglaterra, de la primera
ciudad industrial del mundo. Si se quiere ver qué espacio reducido necesita el
hombre para moverse; cuán poco aire -¡y qué aire! le es necesario en última
instancia para respirar, a qué grado inferior de civilización puede subsistir,
no hay más que visitar esos lugares. Desde luego, se trata de la antigua ciudad
-es la excusa de la gente de aquí cuando see habla del estado espantoso de ese
infierno sobre la tierra- pero, ¿qué decir? Todo lo que suscita aquí nuestro
mayor horror y nuestra indignación es reciente y data de la época industrial.
Los varios centenares de casas pertenecientes a la antigua Manchester han sido abandonadas
desde hace tiempo por sus primeros moradores. No hay como la industria para
haberlas atestado de las huestes de obreros que albergan actualmente, no hay
como la industria para haber hecho construir sobre cada parcela que separaba
esas viejas casas, a fin de tener alojamiento para las masas que hacían venir
del campo y de Irlanda; no hay como la industria para permitir a los
propietarios de esos establos el alquilarlos a precios de viviendas para seres
humanos, explotar la miseria de los obreros, minar la salud de millares de
personas únicamente en su provecho; no hay como la industria para haber hecho
que el trabajador apenas liberado de la servidumbre, haya podido ser utilizado
de nuevo como simple material, como una cosa, hasta el punto en que lo hiciera
dejarse encerrar en una vivienda demasiado mala para cualquiera otro y que él
tiene el derecho de dejar caer completamente en ruinas a cambio de su buen
dinero. Sólo la industria ha hecho esto, ella no hubiera podido existir sin
esos obreros, sin la miseria y el avasallamiento de esos obreros. Es cierto, la
disposición inicial de ese barrio era mala, no se podía sacar gran utilidad de
ella; pero, ¿han hecho algo los propietarios de casas y la administración para
mejorarla cuando se han puesto a construir allí? Al contrario; donde todavía
había una parcela libre se construyó una casa, donde quedaba una abertura
superflua se la cercó; el aumento en el valor de los bienes raíces ha corrido
parejo con el desarrollo industrial y, mientras más se elevaba, más
frenéticamente se fabricaba, sin consideración alguna por la higiene o la
comodidad de los inquilinos, según el principio: Por inconveniente que sea una
casucha, siempre habrá un pobre que no pueda pagar una mejor, siendo la única
preocupación la de obtener la mayor ganancia posible. Pero, ¿qué quiere usted?
es la antigua ciudad, y can este argumento se tranquiliza la burguesía. Veamos,
pues cuál es el aspecto de la ciudad nueva (the new town).
La ciudad nueva, llamada también la
ciudad irlandesa (the Irish town), se extiende más allá de la antigua ciudad en
la falda de una colina arcillosa entre el Irk y St. George's Road. Aquí
desaparece todo aspecto urbano. Hileras aisladas de casas, o formando un
conjunto de calles, se elevan por trechos como pequeñas aldeas, sobre el suelo
de arcilla desnudo, donde ni el césped crece. Las casas, o más bien los
cottages, se hallan en mal estado, jamás reparadas, sucias, con viviendas en el
sótano, húmedas y desaseadas; las calles no están pavimentadas ni tienen
alcantarilla; en cambio contienen numerosas manadas de cerdos, encerrados en
pequeños patios o cochiqueras o bien deambulan con toda libertad por la
pendiente. Aquí las calles son tan fangosas que es necesario que el tiempo esté
sumamente seco para poder esperar salir sin hundirse a cada paso hasta los
tobillos. Cerca de St. George's Road, los diferentes islotes se encuentran, hay
una fila interminable de callejuelas, callejones sin salida, calles traseras y
patios cuya densidad y desorden se incrementan según se acerca uno al centro de
la ciudad. En cambio, es cierto que muchas de esas vías se hallan pavimentadas
o, por lo menos, provistas de aceras para los peatones y de alcantarillas; pero
la suciedad, el mal estado de las casas, y sobre todo los sótanos, siguen
siendo los mismos.
Cabe hacer aquí algunas observaciones
generales sobre la manera por la cual se construyen habitualmente los barrios
obreros21 en Manchester. Hemos visto que en la antigua ciudad, casi
siempre el azar era lo que presidía el agrupamiento de casas. Cada casa se
construye sin tener en cuenta las demás, y los espacios de forma irregular
entre las viviendas se llaman, por falta de otro término, patios (courts). En
las partes un poco más recientes de ese mismo barrio, y en otros barrios
obreros21 que datan de los primeros tiempos del desarrollo
industrial, se nota un esbozo de plan. El espacio que separa dos calles es
dividido en patios más regulares, casi siempre cuadrangulares, poco más o menos
del modo siguiente:
21 (1845) "barrios
donde se trabaja": Arbeitsviertel. (1892) "barrios obreros":
Arbeitervierteln.
Estos patios fueron dispuestos así desde
el comienzo; las calles comunican con ellos por pasadizos cubiertos. Si ese
modo de construcción desordenado era ya muy perjudicial para la salud de los
vecinos, por cuanto impedía la ventilación, esta manera de encerrar a los
obreros en patios enclaustrados, lo es todavía mucho más. Aquí, el aire no
puede rigurosamente escaparse; las chimeneas de las casas -mientras no esté
encendido el fuego- son las únicas salidas posibles para el aire aprisionado en
la trampa del patio.*
* Y, sin embargo, un sabio liberal inglés afirma en el Childrens'
Empl(oyment) Comm(ission) Report, ¡qué esos patios o
patios son la obra maestra de la arquitectura urbana, porque ellos mejoran como
un gran número de pequeños lugares públicos, la ventilación y la renovación del
aire! ¡Ah, si cada patio tuviera dos o cuatro accesos unos frente a otros,
anchos y descubiertos, por donde el aire pudiera circular! Pero jamás tienen
dos de ellos, muy raramente uno solo descubierto, y casi todos no tienen más
que dos entradas estrechas y cubiertas (F.E.).
A ello hay que añadir que las viviendas
en derredor de esos patios casi siempre se construyen en pares, siendo la pared
del fondo mediana, y esto es suficiente para impedir toda ventilación
satisfactoria y completa. Y como el policía de posta no se preocupa del estado
de los patios (o patios), como todo lo que en ellos se arroja permanece allí
tranquilamente, no hay que asombrarse de la suciedad y de los montones de
cenizas y basuras que se acumulan. Yo he visitado patios -cerca de Millers
Street- que se hallaban por lo menos medio pie por debajo del nivel de la calle
principal, y que no tenía el menor conducto de desagüe para el agua de lluvia
que se acumula en ellos.
Más tarde, se comenzó a adoptar otro
estilo de construcción que ahora es más corriente. No se construyen cottages
obreros aisladamente, sino por docenas, incluso por gruesas: un solo empresario
construye de un golpe en una o varias calles. Las construcciones se hacen del
modo siguiente: una de las fachadas (cf. el croquis) comprende cottages de primer orden que tienen
la suerte de poseer una puerta trasera y un pequeño patio, y producen el
alquiler más alto. Detrás de los muros del patio de este cottage hay una calle
angosta, la calle trasera (back street), cerrada en los extremos, y a donde se
llega lateralmente ya sea por un sendero estrecho, ya sea por un pasadizo
cubierto. Los cottages que dan a esta callejuela pagan el alquiler más bajo, y
son además, los más descuidados. El muro trasero es mediano con la tercera fila
de cottages que dan del lado opuesto a la calle, y producen un alquiler menos
elevado que la primera fila, pero más elevado que la segunda. La disposición de
las calles es por tanto poco más o menos ésta:
Este modo de construcción asegura una
ventilación bastante buena a la primera fila de cottages y aquella de la
tercera fila no es peor que aquella de la fila correspondiente en la
disposición anterior; en cambio, la fila del medio es por lo menos tan mal
ventilada como las viviendas de los patios, y las callejuelas traseras se
hallan en el mismo estado de suciedad y de apariencia tan andrajosa como los
patios. Los empresarios prefieren este tipo de construcción, porque aprovechan
espacio y les da la ocasión de explotar más fácilmente a los trabajadores mejor
pagados al exigirles alquileres más elevados por los cottages de la primera y
tercera filas. Estos tres tipos de construcción de cottages se hallan en toda
Manchester -e incluso en todo el Lancashire y el Yorkshire, a menudo
confundidos, pero casi siempre suficientemente distintos para que pueda
deducirse la edad relativa de los diferentes barrios de la ciudad. El tercer
sistema, el de las "callejuelas traseras", predomina claramente en el
gran barrio obrero, al este de St. George's Road, a ambos lados de Oldham y
Great Ancoats St., también es muy frecuente en los demás distritos obreros de
Manchester y en los suburbios.
En el gran barrio que acabamos de citar
y que se designa con el nombre de Ancoats, es donde se hallan los canales, la
mayoría de las fábricas y las más importantes -edificios gigantescos de seis o
siete pisos, que con sus chimeneas esbeltas dominan de muy alto los bajos
cottages obreros. La población del barrio se compone por tanto, principalmente,
de obreros industriales y en las calles peores de tejedores manuales. Las calles
situadas en la proximidad inmediata del centro de la ciudad son las más
antiguas, por ende las más malas, si bien están pavimentadas y tienen
alcantarillado. Incluso en ellas las calles paralelas más cercanas: Oldham Road
y Great Ancoats Street. Más al norte, hay muchas calles de construcción
reciente; en ellas los cottages son de aspecto agradable y
limpios; las puertas y ventanas son nuevas y recientemente pintadas, los
interiores blanqueados propiamente; las calles mismas san más ventiladas, los
espacios no construidos entre ellas más grandes y más numerosos, pero esto sólo
se aplica a la minoría de las viviendas. Además, existen viviendas en los
sótanos de casi todos los cottages, muchas de las calles no están pavimentadas
y no tienen alcantarillado y sobre todo el aspecto agradable que no es más que
una apariencia que desaparece al cabo de diez años. En efecto, el modo de
construcción de los diferentes cottages no es menos condenable que la
disposición de las calles. Esos cottages parecen a primera vista bonitos y de
buena calidad, las paredes de ladrillos cautivan al transeúnte, y cuando se
recorre una calle obrera de construcción reciente, sin fijarse en las
callejuelas traseras y en el modo en que son construidas las propias viviendas,
se es de la misma opinión de los industriales liberales quienes afirman que en
ninguna parte los obreros se hallan tan bien alojados como en Inglaterra. Pero
cuando uno se fija más detenidamente, descubre que las paredes de los cottages
no pueden ser más delgadas. Las paredes exteriores, que soportan el sótano, la
planta baja y el techo tienen, a lo sumo, el espesor de un ladrillo, así en
cada capa horizontal, los ladrillos son colocados unos al lado de otros, en el
sentido de la longitud, pero yo he visto muchos cottages de la misma altura
-algunos incluso en construcción- donde lass paredes exteriores no tenían más
que medio ladrillo de grueso y donde éstos, por consiguiente, no estaban
colocados en el sentido de la longitud, sino en el de la anchura:
Ellos estaban colocados por el lado
estrecho. Esto, en parte a fin de economizar materiales, y en parte porque los
empresarios nunca son los propietarios del terreno: ellos no hacen más que
arrendarlo, según la costumbre inglesa, por 20, 30, 40, 50 ó 90 años después de
lo cual vuelve a la posesión, con todo lo que allí se halla, de su primer
propietario, sin que éste tenga que entregar nada como indemnización de lo que
se haya construido. El arrendatario del terreno calcula por tanto esas
instalaciones de suerte que las mismas tengan el menor valor posible a la
expiración del contrato; y como los cottages de ese género son construidos 20 ó
30 años antes de dicho término, es fácilmente concebible que los empresarios no
deseen hacer gastos demasiado elevados en ellos. Hay que añadir que estos
empresarios, casi siempre albañiles y carpinteros o industriales, sólo hacen
pocas reparaciones o no hacen ninguna, en parte porque se acerca la expiración
del arrendamiento del terreno construido, y que debido a las crisis económicas
y a la penuria que sobreviene calles enteras, a menudo, permanecen desiertas;
como consecuencia, los cottages se deterioran rápidamente y devienen
inhabitables. En efecto, se calcula generalmente que las viviendas de los
obreros sólo son habitables durante cuarenta años por término medio; ello puede
parecer extraño, cuando se ven las bellas paredes macizas de cottages nuevos
que al parecer deben durar algunos siglos, pero es así. La tacañería que
preside la construcción, la falta sistemática de reparación, la inocupación
frecuente de las viviendas, el constante y perpetuo cambio de inquilinos y,
además, el vandalismo que ellos cometen (la mayoría son irlandeses) durante los últimos diez años en
que el cottage es habitable: con frecuencia arrancan la madera
de construcción para hacer fuego; todo lo cual hace que al cabo de cuarenta
años, los cottages no son más que ruinas. Por esta razón es que el distrito de
Ancoats, cuyas casas datan solamente del desarrollo industrial, e incluso en
gran parte solamente de este siglo, posee a pesar de todo muchos cottages
vetustos y deteriorados, y que la mayoría de ellos ya ha alcanzado la última
etapa de la habitabilidad. No quiero hablar aquí de la cantidad de capitales
que han sido derrochados de ese modo, ni de como una inversión inicial un poco
más elevada y pequeñas reparaciones después hubieran bastado para que todo ese
barrio pudiera ser mantenido durante largos años limpio, decoroso y habitable. Lo
único que me interesa es la situación de las casas y sus moradores y hay que
decir muy claro que, para alojar a los obreros, no existe sistema más nefasto y
desmoralizador que ése. El obrero es obligado a vivir en esos cottages en mal
estado porque no puede pagar el alquiler de los mejores cottages, o bien porque
no hay mejores en la vecindad de la fábrica, o tal vez porque los mismos
pertenecen al industrial, y éste solamente contrata a aquellos que acepten
ocupar una de esas viviendas. Desde luego, no hay que tomar al pie de la letra
la duración de cuarenta años, porque si las viviendas se hallan situadas en un
barrio de gran densidad de inmuebles y si por consiguiente, pese al alquiler
más elevado, siempre hay oportunidades de encontrar arrendatarios, los
empresarios hacen algún esfuerzo para asegurar la habitabilidad relativa de las
viviendas más allá de los cuarenta años; pero incluso en este caso, ellos no
superan el mínimo estricto y las viviendas reparadas son entonces precisamente
las peores. De vez en cuando, cuando existe el peligro de epidemias, la conciencia
de las autoridades sanitarias, ordinariamente muy soñolienta, se alarma un
poco; entonces emprenden expediciones a los barrios obreros, clausuran toda una
serie de sótanos y cottages, como fue el caso en varias callejuelas en la
vecindad de Oldham Road. Pero esto apenas dura, las viviendas condenadas pronto
encuentran nuevos inquilinos y por eso los propietarios no tienen dificultad en
hallar arrendatarios; además, !es sabido que los
inspectores de sanidad no volverán pronto!
La zona este y nordeste de Manchester es
la única donde la burguesía no se ha instalado, por la buena razón de que el
viento dominante que sopla diez u once meses del año del oeste y del sudoeste
trae de ese lado el humo de todas las fábricas -y ya esta es bastante decir.
Los obreros pueden muy bien respirar ese humo sin dificultad.
Al sur de Great Ancoats Street se
extiende un gran barrio obrero semiconstruido, una zona de colinas, pelada, con
hileras o manzanas de casas aisladas, dispuestas sin orden. Entre ellas,
espacios vacíos, desiguales, arcillosos, sin césped y por tanto difícilmente
transitables en tiempo de lluvias. Todos los cottages son sucios y vetustos, se
hallan situados a menudo en hoyos profundos y recuerdan la ciudad nueva. El
distrito que atraviesa la vía férrea de Birmingham es donde las casas son más
numerosas, y por tanto el peor.
En ese lugar, innumerables meandros del
Medlock recorren un valle que es por trechos enteramente análogo al del Irk. A
ambos lados del río de aguas estancadas y nauseabundas, tan ennegrecidas como la pez se extiende -desde su entrada en la ciudad hasta su
confluencia con el Irwell- un ancho cinturón de fábricas y de viviendas de
obreros, estas últimas en estado muy deplorable. La orilla es casi toda
escarpada y las construcciones descienden hasta el río, al igual que en el caso
del Irk; y las casas son igualmente mal construidas, ya estén del lado de
Manchester o de Ardwick, Chorlton o Hulme. El rincón más horrible -si yo
quisiera hablar en detalle de todos los bloques de inmuebles separadamente no
tendría para cuando acabar- se halla del lado de Manchester, directamente al
sudoeste de Oxford Road y se llama la "pequeña Irlanda" (Little
Ireland). En una hondonada bastante profunda, bordeada en semicírculo por el
Medlock, y por los cuatro lados por grandes fábricas, altas orillas cubiertas
de casas o de terraplenes, hay unos 200 cottages repartidos en dos grupos,
siendo la pared del fondo casi siempre mediana; allí viven unas 4000 personas,
casi todos irlandeses. Los cottages son viejos, sucios y del tipo más pequeño: las
calles desiguales llenas de baches, en parte sin pavimentar y sin
alcantarillado; por todas partes una cantidad considerable de inmundicias, de
detritos y de fango nauseabundo entre las charcas estancadas; la atmósfera es irrespirable
por las emanaciones, ensombrecida y pesada por el humo de una docena de
chimeneas de fábricas; una multitud de niños y mujeres en harapos rondan por
esos lugares, tan sucios coma los cerdos que se arrellanan en los montones de
cenizas y en las charcas. En suma, todo este rincón ofrece un espectáculo tan
repugnante como los peores patios de las orillas del Irk. La población que vive
en esos cottages deteriorados, detrás de ventanas rotas sobre las que se ha
pegado papel engrasado, y las puertas hendidas con marcos podridos, incluso en
los sótanos húmedos y sombríos, en medio de semejante suciedad y hedor
infinitos, en esa atmósfera que parece intencionalmente reducida, esta
población debe realmente situarse en la escala más baja de la humanidad. Tal es
la impresión y la conclusión que impone al visitante el aspecto de este barrio
visto desde el exterior. Mas, ¿qué decir cuando se conoce* que, en cada una de
ésas pequeñas casas, que tienen a lo sumo dos piezas y una buhardilla, a veces
un sótano, viven veinte personas, que en todo ese barrio no hay más que un
retrete -casi siempre inabordable desde luego- para unas 120 personas, y que
pese a todos los sermones de los médicos, pese a la emoción que se apoderó de
las autoridades sanitarias durante la epidemia de cólera, cuando descubrieron
el estado de la "Pequeña Irlanda", todo está hoy, en el año de gracia
de 1844, casi en el mismo estado que en 1831? El Dr. Kay relata que, no son
solamente los sótanos, sino también la planta baja de las casas las que son
húmedas; él explica que hace tiempo cierto número de sótanos fueron rellenados
de tierra, pero poco a poco ésta se ha extraído y ahora son habitados por
irlandeses. En un sótano con el piso por debajo del nivel del río -el agua
brotaba continuamente de un hueco de desagüe tupido con arcilla, hasta el punto
en que el inquilino, un tejedor manual, tenía que vaciar el sótano cada mañana
y echar el agua a la calle.
* Dr. Kay: op. cit. (F.E.)
Río abajo, se halla Hulme, en la orilla
izquierda del Medlock, ciudad que, hablando con propiedad, no es más que un
gran barrio obrero, y cuyo estado es parecido, casi en
todo, al del barrio de Ancoats. Los barrios de población más densa se hallan
casi siempre en estado lastimoso y casi en ruinas; los barrios de población
menos densa y de construcción bastante reciente son más ventilados pero casi
siempre enterrados en el fango. En general, los cottages son húmedos, tienen
una callejuela trasera y viviendas en sótanos. En la otra orilla del Medlock,
en Manchester propiamente dicha, existe un segundo gran distrito obrero, que se
extiende a ambos lados de Deansgate hasta el barrio comercial y que por trechos
no le cede en nada a la antigua ciudad. En particular, cerca del barrio
comercial, entre Bridge Street y Quay Street, Princess Street y Peter Street,
la aglomeración de inmuebles supera en algunos lugares a aquella de los más
angostos patios de la ciudad antigua. Allí hay largos callejones estrechos,
entre los cuales se hallan rincones y recodos, y pasadizos cuyas entradas y
salidas están dispuestas con tan poco método que, en semejante laberinto, a
cada paso se mete uno en un callejón sin salida o va a parar a donde no es,
cuando no conoce a fondo cada pasadizo y cada patio. Según el Dr. Kay, en esos
lugares exiguos, deteriorados y sucios es donde vive la clase más amoral de
todo Manchester, cuya profesión es el robo o la prostitución, y según todas las
apariencias todavía hoy tiene razón. Cuando los inspectores de sanidad
descendieron allí en 1831, descubrieron una insalubridad tan gran de como en
las orillas del Irk o en la "Pequeña Irlanda" -puedo atestiguar que
actualmente la situación apenas ha cambiado- y entre otras cosas, un solo
retrete para 380 personas en Parliament Street, y uno solo para 30 casas de
gran densidad de población en Parliament Passage.
Si atravesando el Irwell vamos a
Salford, encontramos, en una pequeña isla formada por este río, una ciudad de
80000 habitantes y, a decir verdad, no es más que un gran distrito obrero
atravesado por una sola y ancha calle. Salford, antiguamente más importante que
Manchester, era en esa época el centro principal del distrito circundante que
todavía lleva su nombre: Salford Hundred. Por eso aquí hay también un barrio
bastante viejo y por consiguiente muy malsano, sucio y deteriorado, frente a la
vieja iglesia de Manchester y que se halla en tan mal estado como la ciudad
antigua, en la otra orilla del Irwell. Un poco más allá del río se extiende un
distrito más reciente, pero que data igualmente de más de cuarenta años y se
halla, por esta razón, pasablemente decrépito. Toda Salford está construida de
patios o de callejuelas tan estrechas, que me recuerdan los callejones más
angostos que jamás haya visto como aquellos de Génova. A este respecto, la
forma en que está construida Salford es aún significativamente peor que aquella
de Manchester, y lo mismo ocurre en cuanto a la limpieza. Si en Manchester las
autoridades sanitarias al menos de vez en cuando -una vez cada seis o diez
años- han visitado los barrios obreros y han clausurado las viviendas en peor
estado y limpiado los rincones más sucios de esos establos de Augías, no
parecen haber hecho nada en Salford. Las estrechas callejuelas transversales y
los patios de Chapel Street, Greengate y Gravel Lane, ciertamente jamás han
sido limpiados desde su construcción; actualmente la vía férrea de Liverpool
atraviesa esos barrios por un alto viaducto, y ha hecho desaparecer muchos
rincones entre los más sucios, pero ¿qué se gana con ello? Al pasar por este
viaducto se puede ver desde lo alto mucha suciedad y miseria todavía, y si se
torna uno el trabajo de recorrer esas callejuelas, echar un vistazo por las
puertas y ventanas abiertas, en los sótanos y las casas, puede convencerse a
cada instante que los obreros de Salford ocupan viviendas donde toda limpieza y
toda comodidad son imposibles. La misma situación existe en los distritos más
distantes de Salford, en Islington, cerca de Regent Road y detrás del
ferrocarril de Bolton. Las viviendas obreras entre Oldfield Road y Cross Lane,
donde, de punta a cabo de Hope Street, se hallan una multitud de patios y de
callejuelas en un estado sumamente deplorable, rivalizan en suciedad y en
densidad de población con la antigua ciudad de Manchester. En esa región
encontré un hombre que parecía tener unos 60 años de edad y vivía en un
establo; había construido en un hueco cuadrado sin ventanas, ni piso
pavimentado, una especie de chimenea, había instalado un camastro y allí vivía,
y como el techo estaba deteriorado se mojaba cuando llovía. El hombre,
demasiado viejo y débil para poder tener un empleo regular, se ganaba el
sustento transportando estiércol y otras cosas en su carretilla; un lagunajo de
agua de estiércol llegaba casi hasta su establo.
He ahí los diferentes barrios obreros de
Manchester, tal como he tenido la ocasión de observarlos yo mismo durante
veinte meses. Para resumir nuestros paseos a través de esas localidades,
diremos que la casi totalidad de los 350000 obreros de Manchester y sus
alrededores viven en cottages en mal estado de conservación, húmedos y sucios;
que las calles que ellos transitan se hallan casi siempre en el más deplorable
estado y sumamente sucias, y que han sido construidas sin la menor atención a
la ventilación, con la única preocupación de la mayor ganancia posible para el
constructor. En una palabra, que en las viviendas obreras de Manchester no hay
limpieza, ni comodidad, y por tanto ni vida posible de familia; que sólo una
raza deshumanizada, reducida a un nivel bestial, tanto desde el punto de vista intelectual
como desde el punto de vista moral, físicamente mórbida, puede sentirse cómoda
allí y como en su casa. Y yo no soy el único que lo afirma; hemos visto que el
Dr. Kay ofrece una descripción enteramente análoga, y, lo que es más, voy a
citar también las palabras de un liberal, de un hombre cuya autoridad es
reconocida y apreciada por los industriales, adversario fanático de todo
movimiento obrero independiente, Mr. Senior*:
* Nassau W. Senior: Letters on the
Factory Act to the Rt. Hon. President of the
Board of Trade [Cartas sobre la ley fabril dirigidas al muy honorable
Presidente de la Junta de Comercio], Chas. Poulet Thomson, Esq., Londres, 1837,
p. 24. (F.E.)
"Cuando visité las viviendas de los
obreros industriales en la ciudad irlandesa, en Ancoats y en la "Pequeña
Irlanda", mi única sorpresa fue que sea posible el conservar un mínimo de
salud en tales alojamientos. Esas ciudades -pues son ciudades por su extensión
y su población- han sido construidas en el desprecio más total de todos los principios,
excepto la ganancia inmediata de los especuladores encargados de la
construcción. Un carpintero y un albañil se asocian para comprar (es decir,
arrendar por cierto número de años) una serie de terrenos para construir, y
cubrirlos de supuestas casas. En un lugar hallamos toda una calle que seguía el
curso de una zanja, para tener sótanos más profundos sin gastos de excavación,
sótanos destinados, no a cuartos de desahogo o de depósito, sino a viviendas
para seres humanos. Ni una sola de esas casas escapó al cólera. Y, en general,
las calles de esos barrios no están pavimentadas, tienen una pila de estiércol
o una pequeña laguna en su medio, las casas están pegadas las unas a las otras
sin ventilación ni desagüe, y familias enteras se ven reducidas a vivir en el
rincón de un sótano o de una buhardilla."
Ya he citado anteriormente la actividad
desacostumbrada que desplegaron las autoridades sanitarias cuando la epidemia
de cólera en Manchester. En efecto, cuando la epidemia amenazó, un pavor
general se apoderó de la burguesía de la ciudad; de pronto se acordó de las viviendas
insalubres de los pobres y tembló ante la certidumbre de que cada uno de esos
malos barrios iba a constituir un foco de epidemia, desde los cuales extendería
sus estragos en todo sentido a las residencias de la clase poseedora.
Inmediatamente se designó una comisión sanitaria para investigar en esos
barrios y rendir un informe completo de su situación al Consejo Municipal. El
Dr. Kay, el mismo miembro de la comisión, que visitó especialmente cada
distrito, con la excepción del onceno, ofrece algunos extractos de su informe.
Fueron inspeccionadas 6951 casas en total -naturalmente en el propio
Manchester, con la exclusión de Salford y otros suburbios- de las cuales 2565 tenían
necesidad urgente de pintura interior, a 960 no se les habían hecho las
reparaciones necesarias (were out of repair), 939 carecían de desagüe
satisfactorio, 452 mal ventiladas, 2221 desprovistas de retrete. De las 687
calles inspeccionadas, 248 no estaban pavimentadas, 53 lo estaban sólo
parcialmente, 112 mal ventiladas, 352 contenían charcas estancadas, montones de
basuras, de detritos y otros desperdicios. Es evidente que limpiar esos
establos de Augías antes de la llegada del cólera era prácticamente imposible;
por eso se limitaron a limpiar unos cuantos de los peores rincones y se dejó el
resto tal como estaba. Huelga decir que los lugares limpiados estaban unos
pocos meses más tarde en el mismo estado de mugre, por ejemplo la "Pequeña
Irlanda". En cuanto al interior de las viviendas, la misma comisión dijo
poco más o menos lo que ya sabemos de Londres, Edimburgo y otras ciudades.
"Frecuentemente, todos los miembros
de una familia irlandesa se amontonan en una sola cama; a menudo un montón de
paja sucia y de cobertura hechas de sacos viejos los tapa a todos, en una
aglomeración confusa de seres humanos, que la necesidad, el embrutecimiento y
la licencia rebajan igualmente. Con frecuencia los inspectores han hallado dos
familias en una casa de dos piezas; una de las piezas servía de habitación de
dormir para todos, la otra era la cocina y comedor comunes; y a menudo más de una
familia vivía en un sótano húmedo o de 12 a 16 personas estaban apiñadas en una
atmósfera pestilente; a esta fuente de enfermedad y a otras, se añadía el hecho
de que se criaban cerdos allí y que se encontraban otros motivos de aversión de
la más repugnante especie."*
* Kay: op. cit., p. 32. (F.E.)
Debemos añadir que numerosas familias,
que no tienen ellas mismas más que una pieza, alquilan espacio para dormir por
la noche, que además, a menudo huéspedes de ambos sexos duermen en la misma
cama con la pareja, y que por ejemplo, el caso del hombre, de su mujer y de una
cuñada adulta durmiendo en la misma cama fue comprobado seis veces por lo menos
en Manchester, según el Informe sobre el estado sanitario de la clase obrera. Las
casas-dormitorio son muy numerosas aquí también; el Dr. Kay fija su número en
267 en Manchester, en 1831, y desde entonces ha debido incrementarse
sensiblemente. Cada una alberga de 20 a 30 personas, o sea un total de 5 a 6
mil personas cada noche; el carácter de esas casas y de sus clientes es el
mismo que en otras ciudades. En cada habitación, sin camas, se tienden 6 ó 7
colchones en el piso, y se acomodan tantas personas como haya, todas en
confusión. No tengo necesidad de decir qué ambiente físico y moral reina en
esas guaridas del vicio. Cada una de esas casas es un foco de crimen y el
teatro de actos que repugnan al género humano y jamás pudieran perpetrarse sin
esa centralización impuesta de inmoralidad. El número de personas que viven en
sótanos es, según Gaskell*, de 20000 en cuanto a Manchester. El Weekly Dispatch
indica '"según informes oficiales" la cifra del 12% de la clase
obrera, que parece corresponder a esta cifra: siendo el número de trabajadores
unos 175000, el 12% es 21000. Las viviendas en sótanos en los suburbios son por
lo menos tan numerosas y así
* P. Gaskell: The
Manufacturing Population of England, its Moral, Social and Physical Condition,
and the Changes which have Arisen from the Use of
Steam Machinery; with an Examination of Infant Labour "Fiat
Justitia". (Los
obreros fabriles de Inglaterra, su estado moral, social y físico, y los cambios
ocasionados por la utilización de máquinas de vapor, con una investigación
sobre el trabajo infantil. "Que se haga justicia") 1833. Describe
principalmente la situación de los obreros en Lancashire. El autor es un
liberal, pero escribía en una época en que el liberalismo no implicaba todavía
hacer alarde de la "felicidad" de los obreros Por eso no está aún prevenido y tiene todavía
el derecho de ver los males del régimen existente, en particular aquellos del
sistema industrial. En cambio, escribe asimismo antes de la creación de la
Factories inquiry Commission (Comisión investigadora de fábricas) y toma de
fuentes dudosas muchas afirmaciones ulteriormente refutadas por la Comisión. La
obra, aunque buena en su conjunto, debe en consecuencia -y también porque él confunde, como Kay, la
clase obrera en general con la clase obrera de las fábricas- ser utilizada con
precaución en los detalles. La historia de la evolución del proletariado que se
halla en la introducción es, en gran parte, tomada de dicha obra. (F. E.) el número de personas que viven en la aglomeración de
trabajadores unos 175000, el 12% es 21000. Las viviendas en sótanos en los
suburbios son por lo menos tan numerosas y así el número de personas que viven
en la aglomeración de Manchester en sótanos, se eleva por lo menos a 40000 ó
50000. Esto es lo que se puede decir de las viviendas obreras en las grandes
ciudades. La manera por la cual se satisface la necesidad de alojamiento es un
criterio para el modo por el cual se satisfacen todas las demás necesidades. Es
fácil concluir que únicamente una población andrajosa, mal alimentada puede
vivir en esos cubiles sucios. Y ello es realmente así. En la inmensa mayoría de
los casos la ropa de los obreros se halla en muy mal estado. Los tejidos que se
utilizan para su confección ya no son los más apropiados; el lienzo y la lana
casi han desaparecido del ajuar de ambos sexos, y el algodón los ha sustituido.
Las camisas son de calicó, blanco o de color; asimismo, las ropas de las
mujeres son de indiana y raramente se ve ropa interior de lana en las
tendedoras. Los hombres usan casi siempre pantalones de pana o de cualquier
otro tejido grueso de algodón y chaqueta de la misma clase. Incluso la pana
(fustian) ha devenido el vestido proverbial de los obreros; fustian-jackets es
como se llaman a sí mismo los obreros, por oposición a los señores vestidos de paño
(broad-cloth), expresión que se utiliza también para designar a la clase media.
Cuando Feargus O'Connor, jefe de los Cartistas, visitó Manchester durante la
insurrección de 1842(27), se presentó vestido de pana, y los obreros lo
aplaudieron fuertemente. En Inglaterra se acostumbra usar sombrero, incluso por
los obreros; son de formas muy diversas, redondas, cónicos, o cilíndricos, de
alas anchas, estrechas o sin ala. Sólo los jóvenes usan gorra en las ciudades
industriales. Quien no tiene sombrero, se hace con papel una gorra baja y
cuadrada. Toda la ropa de los obreros -aún suponiendo que se halle en buen
estado- es muy poco adaptada al clima. El aire húmedo de Inglaterra que, más
que cualquier otro, debido a los cambios bruscos del tiempo provoca resfriados,
obliga a casi toda la clase media a abrigarse el pecho con franela e incluso
con piel: pañuelos de seda para el cuello, chaquetas y ceñidores de franela son
de uso casi general. La clase obrera no sólo conoce estas precauciones, sino
que casi nunca está en situación de poder adquirir el menor hilo de lana para
vestirse.
Ahora bien, las pesadas telas de
algodón, más espesas, más rígidas, y más gruesas que las telas de lana,
protegen sin embarga mucho menos del frío y de la humedad. El espesor y la
naturaleza del tejido hacen que conserven más tiempo la humedad y, en suma, no
tienen la impermeabilidad de la lana enfurtida. Y, cuando un día el obrero
puede adquirir un traje de paño para los domingos, tiene que hacerlo en
"tiendas de gangas" donde le dan un tejido malo llamado devil's dust22,
que "sólo se fabrica para ser vendido y no para ser portado", y que
se desgarra o se rompe al cabo de quince días; o bien tiene que comprar al
ropavejero un traje usado medio raído y que sólo puede darle servicio por unas
semanas. Además del mal estado de la ropa de la mayoría de los obreros, de vez
en cuando se ven en la necesidad de empeñar sus mejores efectos. Sin embargo,
entre un número muy grande de ellos, especialmente aquellos de descendencia
irlandesa, las ropas son verdaderos andrajos, que muy a menudo no se pueden
remendar, y tanto se han zurcido que es imposible reconocer el color original:
Los ingleses o los angloirlandeses, las remiendan, sin embargo todavía y son verdaderos
maestros en ese arte; poco importa que sea tela de lana o tela de saco, pana o
viceversa. Por lo que toca a los inmigrantes auténticos, ellos no zurcen casi
nunca, salvo en el caso extremo cuando la ropa amenace caerse en jirones; es
común ver los faldones de la camisa pasar a través de roturas de la ropa o del
pantalón; ellos portan, como dice Thomas Carlyle*:
22 "polvo del
diablo": paño a base de desechos de lana de mala calidad.
* Thomas Carlyle: Chartism, Londres,
1840, p. 28. Sobre Thomas Carlyle,
véase más adelante. (F. E.)
"Una indumentaria de harapos:
ponérsela y quitársela representa una de las operaciones más delicadas a la
cual no se procede sino en los días de fiesta y en momentos particularmente
favorables".
Los irlandeses han importado igualmente
la costumbre, antes desconocida de los ingleses, de andar descalzos.
Actualmente se ve en todas las ciudades industriales una multitud de personas,
sobre todo de niños y de mujeres, que andan con los pies desnudos y poco a poco
los ingleses pobres adoptan este hábito.
Lo que decimos del vestido, se aplica
igualmente a la alimentación: A los trabajadores toca en suerte lo que la clase
poseedora encuentra demasiado malo. En las grandes ciudades inglesas, se puede
obtener de todo y de la mejor calidad, pero cuesta muy caro;
el trabajador que debe hacer milagros con poco dinero, no puede gastar tanto.
Además, en la mayoría de los casos sólo cobra el sábado en la tarde; se ha
comenzado a pagar el miércoles, pero esta excelente iniciativa no se ha generalizado
todavía, de modo que cuando va al mercado son las cuatro o las cinco o las seis
de la tarde del sábado, mientras que la clase media va allí desde por la mañana
y escoge lo mejor que hay. Por la mañana el mercado rebosa de las mejores
cosas, pero cuando llegan los obreros lo mejor se ha acabado, pero si hubiera
todavía realmente no podrían comprarlo. Las papas que los obreros compran son
casi siempre de mala calidad, las legumbres marchitas, el queso viejo y
mediocre, la manteca rancia, la carne mala, atrasada, correosa, proveniente con
frecuencia de animales enfermos o destripados, a menudo medio podrida. Muy
frecuentemente los vendedores son pequeños detallistas que compran mercancías
de mala calidad a granel y la revenden tan barata precisamente a causa de la
mala calidad. Los más pobres de los trabajadores deben arreglárselas de otro
modo para poder bandearse con su poco dinero aun cuando los artículos que
compran son de la peor calidad. En efecto, como todas las tiendas deben cerrar
a la media noche del sábado, y no se puede vender nada el domingo, los
artículos de primera necesidad que se dañarían si hubiera que esperar hasta el
lunes por la mañana son liquidados a precios irrisorios entre las diez y la
media noche. Pero el 90 por ciento de lo que no se ha vendido a las diez de la
noche ya no es comible el domingo por la mañana, y esos son precisamente los
artículos que constituyen el menú dominical de la clase más pobre. La carne que
se vende a los obreros muy a menudo es incomible -pero como la han comprado,
tienen que comerla.
El 6 de enero de 1844 (si no me
equivoco), hubo una sesión del Tribunal de comercio en Manchester, en el curso
de la cual once carniceros fueron condenados por haber vendido carne impropia
para el consumo. Cada uno de ellos tenía todavía o una res entera o un cerdo
entero o varios carneros o también 50 ó 60 libras de carne que fue decomisada,
todo en ese estado. En una de las carnicerías se confiscaron 64 gansos de
navidad rellenos que, no habiendo podido ser vendidos en Liverpool, habían sido
transportados a Manchester a donde llegaron averiados al mercado y olían mal.
Esta noticia apareció en el Manchester Guardian(28) con los nombres y el monto de las multas.
Durante las seis semanas entre primero de julio y el 14 de agosto, el mismo
periódico reporta tres casos parecidos; según el número del 3 de julio, fue
confiscado en Heywood un cerdo de 200 libras muerto y averiado que había sido
descuartizado en una carnicería y puesto a la venta; según el del 31, de julio
dos carniceros de Wigan, uno de los cuales ya con anterioridad había sido
declarado culpable del mismo delito, fueron condenados a dos y cuatro libras
esterlinas de multa, por haber puesto a la venta carne impropia para el
consumo, y según el número del 10 de agosto, se confiscó en una tienda de
Bolton 26 jamones no comestibles que fueron quemados públicamente, y el
comerciante fue condenado a una multa de 20 chelines. Pero esto no da cuenta de
todos los casos, ni siquiera un promedio por seis semanas según el cual se
pudiera establecer el porcentaje anual. Ocurre frecuentemente que cada número
del Guardian, que aparece dos veces por semana, relata un hecho análogo en Manchester
o en un distrito industrial circundante.
Cuando se piensa en el número de casos
que deben producirse en los inmensos mercados que bordean las largas arterias y
que deben escapar a las raras visitas de los inspectores de mercados, ¿cómo se
podría explicar de otra manera la impudencia con la cual son puestos a la venta
cuartos enteros de res? Cuando se piensa cuán grande debe ser la tentación,
dado el monto incomprensiblemente bajo de las multas, cuando se piensa en qué
estado debe hallarse un trozo de carne para ser declarado completamente
impropio para el consumo y confiscado por los inspectores, entonces es
imposible creer que los obreros puedan comprar en general una carne sana y
alimenticia. Sin embargo, también son estafadores de otro modo por la codicia
de la clase media. Los tenderos y los fabricantes adulteran todos los productos
alimenticios de una manera verdaderamente insoportable, con desprecio total de
la salud de aquéllos que los deben consumir. Anteriormente citamos
informaciones del Manchester Guardian, veamos ahora lo que nos dice otro
periódico de la clase media -me gusta tomar a mis adversarios por testigos- el
Liverpool Mercury:
"Se vende mantequilla salada por
mantequilla fresca, ya sea cubriéndola con una capa de esta última, ya sea
colocando una libra de mantequilla fresca en el mostrador para que el cliente
la pruebe y que se venda por esa muestra las libras de mantequilla salada, ya
sea quitándole la sal por el lavado y vendiéndose después como fresca. Se
mezcla arroz pulverizado con el azúcar u otros artículos baratos y se vende a
mayor precio. Los residuos de jabonerías se mezclan igualmente con otras
mercancías y se venden por azúcar. El café molido se mezcla con achicoria u
otros productos baratos, hasta se llega a mezclar el café en grano, dándole a
la mezcla la forma de granos de café. Muy frecuentemente, se mezcla el cacao
con tierra parda fina rociada con grasa de cordero y se mezcla así más
fácilmente con el cacao verdadero. El té es mezclado con hojas de endrino y
otros residuos; o también se ponen a secar las hojas de té ya usadas sobre planchas candentes de cobre, para que
recuperen el color y venderlas por té fresco. La pimienta se falsifica por
medio de vainas en polvo, etc.; el vino de Oporto es literalmente fabricado (a
base de colorantes, alcohol, etc.), porque es notorio que en Inglaterra se bebe
más ese vino que el que se produce en todo Portugal; el tabaco se mezcla con
materias nauseabundas de todo género, bajo cualquier forma que este producto se
ponga a la venta."
(Puedo añadir que debido a la
falsificación general del tabaco, varios estanquilleros de Manchester, entre
ellos los de mejor reputación, declararon el verano último que ninguna
tabaquería podría subsistir sin esas adulteraciones y que ningún cigarro cuyo
precio sea inferior a tres peniques contiene tabaco puro.) Desde luego, los fraudes
no se limitan a los productos alimenticios y yo podría citar una docena de
ellos -entre otros, la práctica infame que consiste en mezclar yeso o tiza con
la harina porque se cometen fraudes con todos los artículos: se estira la
franela, las medias, etc., para hacerlas aparecer más largas y se encogen con
la primera lavada; un retazo de tela estrecha se vende por un retazo de una
pulgada y media o tres pulgadas más ancho, la vajilla de barro vidriado está
cubierta de un esmalte tan delgado; que no está prácticamente esmaltada y se
desconcha inmediatamente; y cientos de otras ignominias. Tout comme chez nous23
(Igualmente entre nosotros), pero aquellos que sufren más las consecuencias de
esos engaños, son los trabajadores. El rico no es engañado porque puede pagar
los precios elevados de las grandes tiendas que deben velar por su buen nombre
y se harían daño a sí mismas si vendieran mercancías de mala calidad; el rico,
aficionado a la buena mesa, nota más fácilmente el fraude gracias a la agudeza
de su paladar. Pero el pobre, el obrero, para quien unos centavos representan
una suma, que debe adquirir muchas mercancías por poco dinero, que no tiene el
derecho ni la posibilidad de prestar mucha atención a la calidad, porque nunca
tuvo oportunidad de refinar su gusto, todos los artículos de primera necesidad adulterados,
incluso emponzoñados, son para él.
23 En francés en el texto
alemán. Ganz wie bei uns
Tiene que acudir a los pequeños
tenderos, tal vez hasta comprar al crédito; y esos tenderos que no pueden
vender con igual calidad ni tan barato como los detallistas más importantes,
debido a su poco capital y gastos generales bastante grandes, se ven obligadas
a ofrecer, conscientemente o no, artículos de primera necesidad adulterados, a
causa de los precios bastante bajos que se les exige y de la competencia de los
demás. Por otra parte, si para un comerciante al por mayor, que tiene
invertidos grandes capitales en su negocio, el descubrimiento de un fraude
significa la ruina porque le hace perder todo crédito, ¿qué importa que un
mercachifle que aprovisiona una sola calle, sea convicto de fraudes? Si ya no
se le tiene confianza en Ancoats, se muda para Chorlton o para Hulme, donde
nadie lo conoce, y comienza de nuevo sus trapacerías; y las penas legales previstas
sólo rigen para un número limitado de falsificaciones, a menos que vayan
acompañadas de fraude al fisco. Pero no es solamente en cuanto a la calidad
sino también en cuanto a la cantidad que el trabajador inglés es engañado; casi
siempre los pequeños tenderos usan pesos y medidas falsos, y diariamente se
puede leer sobre el número increíble de contravenciones por delitos de ese
género en los informes de policía. Algunos extractos del Manchester Guardian van
a mostrarnos hasta qué punto se ha generalizado este tipo de fraude en los
distritos obreros; los mismos conciernen sólo a un corto período e incluso para
el mismo no tengo todos los números a mano:
Guardian del 16 de junio de 1844. Sesiones
del tribunal de Rochdale: 4 tenderos son multados de 5 a 10 chelines por robar
en el peso.
Sesiones de Stockport: 2 tenderos
condenados a una multa de 1 chelín por tener las pesas arregladas para estafar;
ambos ya habían sido amonestados con anterioridad.
Guardian, 19 de junio. Sesiones de
Rochdale: 1 tendero condenado a una multa de 5 chelines, y 2 campesinos a una
multa de 10 chelines.
Guardian, 22 de junio. Juez de Paz de
Manchester: 19 tenderos son castigados con multas de 21/2 chelines a 2 libras.
Guardian, 26 de junio. Breve sesión del
tribunal de Ashton: 14 tenderos y campesinos castigados con multas de 21/2
chelines a una libra esterlina.
Hyde, breve sesión: 9 campesinos y
tenderos condenados a pagar los gastos y a 5 chelines de multa.
Guardian, 6 de julio. Manchester: 16
tenderos condenados a pagar las costas y las multas de hasta 10 chelines.
Guardian, 13 de julio. Manchester: 9
tenderos castigados a multas de 21/2 a 20 chelines.
Guardian, 24 de julio. Rochdale: 4
tenderos multados de 10 a 20 chelines.
Guardian, 27 de julio. Bolton: 12
tenderos y hoteleros condenados a pagar las costas.
Guardian, 3 de agosto. Bolton: 3 de la
misma condición, condenados a multas de 21/2 a 5 chelines.
Guardian, 10 de agosto. Bolton: 1 de la
misma condición, condenado a 5 chelines de multa.
Y las razones que hacían sufrir en
primer lugar a los obreros el fraude sobre la calidad, son los mismos que los
hacen sufrir el fraude sobre la cantidad.
La alimentación habitual del trabajador
industrial difiere evidentemente según su salario. Los mejor pagados, en
particular aquellos obreros fabriles con familiares que pueden emplearse y
ganar algo, tienen mientras esto dure una buena alimentación; carne todos los
días, y tocino y queso por la noche. Pero en las familias donde se gana menos, se
come carne sólo los domingos o dos o tres veces por semana, y en cambio, más
papas y pan; si descendemos la escala poco a poco, hallamos que la alimentación
de origen animal se reduce a unos trozos de tocino cocido con papas; más bajo
aún, este tocino desaparece no queda más que queso, pan, papilla de harina de
avena (porridge) y papas; hasta el último grado, entre los irlandeses, donde
las papas constituyen el único alimento. Se bebe en general, con esos manjares,
un té ligero, mezclado a veces con un poco de azúcar, de leche, o de aguardiente.
El té es en Inglaterra e incluso en Irlanda, una bebida tan necesaria e
indispensable como el café entre nosotros, y en los hogares donde ya no se bebe
té, reina la miseria más negra. Pero esto es cierto en el supuesto de que el
trabajador tenga empleo; si no lo tiene, se ve totalmente reducido a la
desgracia y come lo que se le da, lo que mendiga o lo que roba; si no tiene
nada, muere sencillamente de hambre, como lo hemos visto anteriormente. Es
fácil comprender que tanto la cantidad de alimentos como la calidad dependen
del salario, y que la hambruna reina entre los trabajadores peor pagados -sobre
todo si tienen además pesadas cargas de familia-, incluso en períodos de
ocupación plena; ahora bien, el número de trabajadores mal pagados es muy grande.
Especialmente en Londres, donde la competencia entre obreros crece en
proporción directa con la población, esa clase es muy numerosa, pero la
hallamos igualmente en todas las demás ciudades. Asimismo, se recurre a todos
los expedientes: se consume, a falta de otro alimento, cáscaras de papas,
desperdicios de legumbres, vegetales averiados*, y se recoge ávidamente todo lo
que pueda contener aunque sea un átomo de producto comestible. Y, cuando el
salario semanal ya se ha consumido antes del próximo pago, ocurre
frecuentemente que la familia, durante los últimos días, ya no tiene nada o le
queda justamente lo suficiente para comer y no morirse de hambre. Es evidente que
tal modo de vida sólo puede engendrar una serie de enfermedades, y cuando éstas
sobrevienen, cuando el hombre, de cuyo trabajo vive esencialmente la familia y
cuya actividad penosa exige más alimentación -y que por consecuencia es el
primero, en sucumbir-, cuando ese hombre24 cae enteramente enfermo,
sólo entonces comienza la gran miseria, es entonces que se manifiesta, de modo
verdaderamente estallante, la brutalidad con la cual la sociedad abandona a sus
miembros, precisamente en el momento en que tienen más necesidad de su ayuda.
* Weekly Dispatch, abril o mayo de 1844, según un informe
del Dr. Southwood Smith acerca de la situación de los indigentes en Londres.
(F.E.)
24
(1892) wenn vollends dieser (1845) wenn dieser vollends.
Resumamos una vez más, para concluir,
los hechos citados: las grandes ciudades son pobladas principalmente por
obreros, ya que, en el mejor de los casos, hay un burgués por cada dos, a
menudo tres y hasta cuatro obreros. Esos obreros no poseen ellos mismos nada, y
viven del salario que casi siempre sólo permite vivir al día; la sociedad individualizada
al extremo no se preocupa por ellos, y les deja la tarea de subvenir a sus necesidades
y a las de su familia; sin embargo, no les proporciona los medios de hacerlo de
modo eficaz y duradero. Todo obrero, incluso el mejor, se halla por tanto,
constantemente expuesto a la miseria, o sea, a morir de hambre, y buen número
de ellos sucumben. Las viviendas de los trabajadores son, por regla general,
mal agrupadas, mal construidas, mal conservadas, mal ventiladas, húmedas e
insalubres. En ellas, los ocupantes son confinados al espacio mínimo, y en la
mayoría de los casos, duerme en una pieza por lo menos una familia; el moblaje
de las viviendas es miserable, en diferentes escalas, hasta la ausencia total
incluso de los muebles más indispensables. El vestido de los trabajadores es
igualmente mediocre (mísero) por término medio, y un gran número de ellos viste
andrajos. La alimentación es generalmente mala, con frecuencia casi impropia
para el consumo, y en muchos casos, al menos en ciertos períodos, insuficiente,
si bien en los casos extremos hay gente que muere de hambre. La clase obrera de
las grandes ciudades nos presenta así una serie de modos de existencia
diferentes; en el mejor de los casos, una existencia temporalmente soportable:
por un trabajo esforzado, buen salario, buen alojamiento y alimentación no
precisamente mala -evidentemente, desde el punto de vista del obrero todo ello
es bueno y soportable-; en el caso peor, una miseria cruel que puede ir hasta
carecer de techo y morir de hambre. De ambos casos, el que prevalece por
término medio es el peor. Y no vayamos a creer que esta gama de obreros
comprende simplemente clases fijas que nos permitirían decir: esta fracción de
la clase obrera vive bien, aquella mal, siempre es y
ha sido así. Muy al contrario, si bien ese es el caso todavía, si ciertos
sectores aislados aún disfrutan de alguna ventaja sobre los de más, la
situación de los obreros en cada rama es tan inestable, que cualquier
trabajador puede ser llevado a recorrer todos los grados de la escala, desde la
comodidad relativa hasta la necesidad extrema, incluso hasta estar en peligro
de morir de hambre; y, por otra parte, casi no hay proletario inglés que no
tenga mucho que decir sobre sus numerosos reveses de fortuna. Ahora
examinaremos más detenidamente las causas de esa situación.
LA COMPETENCIA
Hemos visto, en la introducción, cómo
desde los comienzos de la evolución industrial la competencia dio nacimiento al
proletariado, al hacer subir el salario del tejedor, como consecuencia del
crecimiento de la demanda de telas, lo que incitaba a los campesinos-tejedores
a abandonar el cultivo de sus parcelas de tierra para ganar más en los telares.
Hemos visto cómo la introducción del cultivo en grande suplantó a los pequeños agricultores,
los redujo al estado de proletarios, y después hizo que emigraran en parte a
las ciudades; cómo, además, arruinó a la mayoría de los pequeños burgueses y
los hizo descender asimismo al rango de proletarios; cómo centralizó el capital
en manos de un pequeño número de personas y reunió la población en las grandes
ciudades. Esas son las diferentes vías y los diferentes medios por los cuales
la competencia -luego de haberse manifestado plenamente en la industria moderna
y luego de haberse desarrollado libremente con todas sus consecuencias-, dio
nacimiento al proletariado y lo ha desarrollado. Ahora examinaremos su
influencia sobre el proletariado ya existente; y en primer lugar tenemos que
estudiar y explicar la competencia de los trabajadores entre sí y sus
consecuencias.
La competencia es la expresión más
perfecta de la guerra de todos contra todos, que hace estragos en la sociedad
burguesa moderna. Esa guerra, guerra por la vida, por la existencia, por todo,
y que llegado el caso puede ser una guerra a muerte, hace que anden a la greña
no solamente las diferentes clases de la sociedad, sino también los diferentes
miembros de esas clases; cada uno le cierra el camino al otro, y por eso es que
cada uno trata de despojar a todos aquellos que se alzan en su camino para
tomar su lugar. Los trabajadores se hacen la competencia lo mismo que los
burgueses. El tejedor que trabaja en un telar entra en liza contra el tejedor
manual, el tejedor manual, que está mal pagado o desempleado, contra aquel que
tiene empleo y es mejor pagado, y trata de apartarlo de su camino. Ahora bien,
esa competencia de los trabajadores entre sí es para el trabajador la peor
parte de las relaciones actuales, el arma más acerada de la burguesía en su
lucha contra el proletariado. De ahí los esfuerzos de los trabajadores por
suprimir esa competencia al asociarse; de ahí la rabia de la burguesía contra
esas asociaciones y sus gritos de triunfo por cada derrota que les ocasiona.
El proletario está desprovisto de todo;
no puede vivir un solo día para sí. La burguesía se ha arrogado el monopolio de
todos los medios de existencia en el sentido más amplio del término. Lo que el
proletario necesita, sólo lo puede obtener de esa burguesía cuyo monopolio es
protegido por el poder del estado. El proletario es, por tanto, de hecho como
de derecho, el esclavo de la burguesía; ella puede disponer de su vida y de su
muerte. Le ofrece los medios de vida pero solamente a cambio de un
"equivalente", a cambio de su trabajo; llega hasta concederle la
ilusión de que obra por voluntad propia, que establece contrato con ella
libremente, sin coacción, como persona mayor. Linda libertad, que no deja al
trabajador otra elección que la de someterse a las condiciones que le impone la
burguesía, o morir de hambre, de frío, de acostarse enteramente desnudo para
dormir como las bestias del bosque. ¡Lindo "equivalente", cuyo monto
es dejado a la arbitrariedad de la burguesía! Y si el proletario es lo bastante
loco para preferir morir de hambre, en vez de someterse a las
"equitativas" proposiciones de los burgueses, sus "superiores naturales"*,
¡pues bien! muy pronto se hallará otro que acepte, ya que hay suficientes
proletarios par el mundo, y todos no son tan insensatos como para preferir la
muerte a la vida.
* Expresión favorita de los industriales ingleses. (F. E)
He ahí cuál es la competencia entre los
proletarios. Si todos los proletarios afirmaran su voluntad de morir de hambre
más bien que trabajar para la burguesía, ésta se vería obligada a abandonar su
monopolio. Pero ese no es el caso; se trata incluso de una eventualidad casi
imposible, y por eso la burguesía sigue mostrándose contenta. No hay más que un
solo límite a esa competencia entre los trabajadores: ninguno de ellos aceptará
trabajar por un salario inferior al necesario para su propia existencia. Si un
día debe morir de hambre, preferirá morir sin hacer nada que trabajando. Desde
luego, ese límite es muy relativo: unos tienen más necesidades que otros; unos
están habituadas a más comodidades que otros: el inglés que es todavía un poco civilizado,
tiene más exigencias que el irlandés que anda en harapos, come papas y duerme
en una cochiquera. Pero ello no impide que el irlandés entre en competencia con
el inglés y reduzca poco a poco el salario -y por ende el grado de
civilización- del obrero inglés a su propio nivel. Algunos trabajos requieren
cierto grado de civilización, como es el caso de casi todos los empleos
industriales; por eso es que el salario entonces debe ser, en el propio interés
de la burguesía bastante elevado para permitir al obrero mantenerse en esa
esfera. El irlandés recién llegado, que se aloja en el primer establo que
encuentra, y que, incluso si halla una vivienda conveniente es lanzado a la
calle cada semana porque gasta todo el dinero en beber y no paga el alquiler, haría
verdaderamente un mal obrero de fábrica. Por eso hay que dar al obrero
industrial un salario suficiente a fin de que pueda inculcar a sus hijos el
hábito de un trabajo regular -pero no más de lo necesario para que pueda
prescindir del salario de sus hijos- y hacer de ellos otra cosa que simples
obreros. Y aquí también -el límite el salario mínimo- es relativo; en una
familia donde todos trabajan, cada miembro necesita menos para mantenerse, y la
burguesía ha aprovechado la ocasión que le ofrecía el trabajo mecánico, para
emplear y explotar a las mujeres y los niños, con vistas a reducir el salario. Desde
luego, puede ser que en una familia todos sus miembros no sean aptos para el
trabajo, y a una familia de ese tipo le sería difícil mantenerse si quisiera
trabajar según la tasa de salario mínimo calculado para una familia donde cada
uno es apto para el trabajo. Por eso es que en este caso se establece un
salario promedio, en virtud del cual una familia donde sus miembros trabajan
vive bastante bien, mientras que aquella donde trabajan menos, vive bastante
mal. Pero en el peor de los casos, todo trabajador preferirá sacrificar el poco
de lujo y de civilización, a que se había habituado, para poder simplemente
subsistir; preferirá vivir en una cochiquera que a la intemperie, vestir
harapos más bien que no tener nada en absoluto que ponerse, comer papas
únicamente antes que morir de hambre. Preferirá en espera de días mejores,
conformarse con un salario a medias que sentarse en silencio en la calle y
morir ante todo el mundo, como lo ha hecho más de un indigente. Ese poco, ese
algo mejor que nada, es pues, el salario mínimo. Y cuando hay más trabajadores
que los que la burguesía juzga oportuno emplear, cuando por consecuencia del
término de la lucha de los que compiten entre sí queda todavía cierto número
sin trabajo, éstos son precisamente los que deberán morir de hambre, porque el
burgués probablemente no les dará trabajo si no puede vender con provecho los
productos de su trabajo.
Estas indicaciones nos muestran lo que
es el salario mínimo. El máximo es fijado por la competencia entre los
burgueses, pues hemos visto que ellos también compiten entre sí. El burgués no
puede incrementar su capital sino por el comercio o la industria, y para esas
dos actividades necesita obreros. Incluso si coloca su capital a interés tiene
necesidad de ellos indirectamente, porque sin comercio ni industria, nadie le
pagaría intereses por su dinero, nadie podría utilizarlo. Así, pues, el burgués
tiene verdadera necesidad del proletario, no para su existencia inmediata él
podría vivir de su capital, sino como se tiene necesidad de un artículo de
comercio o de una bestia de carga: para enriquecerse. El proletario fabrica, por cuenta del burgués, mercancías que éste vende
con ganancia. Si por tanto se incrementa la demanda de esas mercancías hasta el
punto en que los trabajadores que compiten por empleos se hallen todos ocupados
y que por falta de trabajadores cese la competencia entre ellos, entonces son
los burgueses quienes se hacen la competencia. El capitalista en busca de
trabajadores sabe muy bien que el aumento de los precios debido al crecimiento
de la demanda le produce un beneficio mayor y prefiere pagar un salario un poco
más elevado que dejar escapar toda esa ganancia; él arriesga la jamonada por el
jamón, y si obtiene el jamón, está presto a dejar la jamonada al proletario.
Así es cómo los capitalistas le arrebatan a los proletarios y el salario se
eleva. Pero no más alto de lo que lo permite el aumento de la demanda. Si el
capitalista, que estaba presto a sacrificar una parte de su ganancia extra,
tuviera igualmente que sacrificar una fracción de su beneficio normal, o sea de
su beneficio promedio, se cuidaría mucho de pagar un salario: superior al
salario promedio.
Gracias a estos datos es que podemos
definir el salario promedio. En las condiciones de vida regulares, es decir,
cuando ni capitalistas ni trabajadores tienen respectivamente motivos para
competir entre sí, cuando el número de obreros es exactamente aquel que se
puede emplear para fabricar las mercancías demandadas, el salario será un poco
superior al mínimo. Las necesidades promedio y el grado de civilización de los
trabajadores, determinará en qué medida será superado. Si los trabajadores
están habituados a consumir carne varias veces a la semana, los capitalistas
tendrán, en efecto; que adaptarse a pagar a los trabajadores un salario
suficiente para que puedan procurarse tal alimento. Ellos no podrán pagar
menos, porque los trabajadores no se hacen la competencia, y por ende no tienen
motivos para conformarse con menos. No pagarán más, porque la falta de
competencia entre capitalistas no los incita en modo alguno a atraer hacia
ellos a trabajadores por ventajas excepcionales.
Esta determinación de las necesidades y
de la civilización promedio de los trabajadores resulta, debido a la
complejidad actual de la situación de la industria inglesa, una cosa muy
difícil y que, además, varía mucho con las diferente
categorías de obreros como ya hemos indicado anteriormente. Sin embargo,
la mayoría de los trabajos industriales exigen cierta habilidad y cierta
regularidad, y como éstas a su vez exigen cierto grado de civilización, el
salario promedio debe ser bastante elevado para estimular a los obreros a que
adquieran esa habilidad y plegarse a esa regularidad en el trabajo. Por eso el
salario de los obreros industriales es por término medio más elevado que aquel
de los simples descargadores, jornaleros, etc., más elevado en particular que
aquél de los trabajadores agrícolas, lo que se debe naturalmente en buena parte
a la carestía de los productos alimenticios en la ciudad.
Hablando en plata25: el
trabajador es, de hecho y de derecho, el esclavo de la clase poseedora, de la
burguesía; es su esclavo hasta el punto de ser vendido como una mercancía, y su
precio sube y baja lo mismo que el de una mercancía. Si la demanda de
trabajadores aumenta, su precio sube; si disminuye, su precio baja. Si
disminuye hasta el punto en que cierto número de trabajadores no son ya vendibles
y "quedan en reserva", y como ello no les produce nada, mueren de
hambre. Porque, hablando la jerga de los economistas, las sumas gastadas para
su mantenimiento no serían "reproducidas", se trataría de dinero
lanzado por la ventana, y nadie derrocha su capital de ese modo. Y, hasta ese
punto, la teoría de Malthus sobre la población26 es perfectamente
correcta. Toda la diferencia con respecto a la esclavitud antigua practicada
abiertamente, es que el trabajador actual parece ser libre, porque no es
vendido en una sola pieza, sino poco a poco, por día, por semana, por año, y
porque no es un propietario quien lo vende a otro, sino él mismo es quien se ve
obligado a venderse así, pues no es el esclavo de un particular, sino de toda
la clase poseedora. Para él, la cosa en realidad no ha cambiado nada. Y si bien
esa apariencia de libertad le da necesariamente de una parte cierta libertad
real, la misma tiene el inconveniente de que nadie le garantiza su subsistencia
y puede ser despedido en cualquier momento por su amo, la burguesía, y ser
condenado a morir de hambre desde que la burguesía ya no tenga interés en
emplearlo, en hacerlo vivir.
25 oder Deutsch gesprochen
(o, hablando en alemán)
26 Populationtheorie:
Bevölkerungtheorie
Por el contrario, la burguesía se halla
mucho más desahogada en ese sistema que en el caso de la esclavitud antigua;
puede despedir a sus trabajadores cuando lo deseé, sin perder por eso un
capital invertido, y además ella obtiene fuerza de trabajo con mucha más
ventaja de la que se puede obtener de esclavos, como se lo demuestra Adam
Smith* para consolarla.
* "Se ha dicho que el costo del desgaste de un esclavo
lo financia su amo, mientras que el costo del desgaste de un trabajador libre
va por cuenta de éste mismo. Pero el
desgaste del trabajador libre también es financiado por su patrono. El salario
pagado a los jornaleros, servidores, etc., de toda clase, debe en efecto ser lo
suficientemente elevado para permitir a la casta de los jornaleros y servidores
que se reproduzca según la demanda creciente, estacionaria o decreciente de
personas de este género que formula la sociedad. Pero aunque el desgaste de un
trabajador libre sea igualmente financiado por el patrono, el mismo le cuesta
por regla general mucho menos que el de un esclavo. Los fondos destinados a
reparar o remplazar el desgaste de un esclavo son habitualmente administrados
por un amo negligente o por un jefe desatento, etc." A Smith: Wealth of
Nations (La riqueza de las naciones), I, 8, p. 133 de la edición MacCulloch en 4
vols (F.E.)
Se sigue igualmente que Adam Smith tiene
toda la razón al plantear el principio (Op. cit., p. 133):
"Al igual que cualquier otro
artículo, la demanda de trabajadores, la cantidad de seres humanos traídos al
mundo, acelerando esa producción cuando es demasiado lenta, moderándola cuando
es demasiado rápida".
Exactamente como para cualquier otro
artículo comercial, si la oferta de ellos es escasa, los precios suben, o sea
en este caso el salario; los trabajadores viven mejor; se hacen más numerosos
los matrimonios, se traen al mundo más seres humanos, crece un mayor número de niños
hasta que se ha producido un número suficiente de trabajadores. Si la oferta es
excesiva, los precios bajan, sobreviene el paro forzoso, con la miseria, la
penuria y por consiguiente las epidemias que barren el "excedente de
población". Y Malthus, quien desarrolla la fórmula de Smith citada
anteriormente, tiene también razón a su manera cuando pretende que hay siempre
una población excedente, siempre demasiadas individuos
sobre la tierra. Se equivoca simplemente al afirmar que hay constantemente más
personas sobre la tierra de los que pueden alimentar las subsistencias
disponibles. La población excedente es por el contrario engendrada por la
competencia que se hacen los trabajadores entre sí y que obliga a cada uno de
ellos a trabajar tanto como se lo permitan sus fuerzas. Si un industrial puede
emplear diez obreros nueve horas diarias, también puede si los obreros trabajan
diez horas, emplear nueve y despedir al décimo. Y si, en un momento en que la
demanda de obreros no es muy fuerte, el industrial puede obligar bajo amenaza
de despido a los nueve obreros a trabajar una hora extra cada día por el mismo
salario, entonces despedirá al décimo y economizará su salario. Lo que ocurre
aquí en pequeña escala, ocurre en una nación en gran escala. El rendimiento de
cada obrero llevado al máximo por la competencia entre los obreros, la división
del trabajo, la introducción del maquinismo, la utilización de las fuerzas
naturales, todo ello obliga a multitud de obreros al paro forzoso. Pero esos parados
se pierden para el mercado; ya ellos no pueden comprar y, por consiguiente, la
cantidad de mercancías que consumían ya no encuentran comprador, por tanto no
hay necesidad de producirlas. Los obreros anteriormente ocupados en fabricarlas
son, despedidos a su vez; ellos también desaparecen del mercado y así
sucesivamente, siempre según el mismo ciclo; o, más bien, sería así si no
intervinieran otros factores. La puesta en servicio de los medios industriales
citados anteriormente y que permiten incrementar la producción, implica en
efecto a la larga una disminución de los precios y por ende un mayor consumo,
de suerte que un número importante de trabajadores desempleados halla al fin empleo
en nuevas ramas laborales, si bien después de un largo período de sufrimientos.
Si a ello se añade, como fue el caso de Inglaterra en los últimos sesenta años,
la conquista de mercados extranjeros, que provoca un aumento continuo
y rápido de la demanda de productos manufacturados; entonces la demanda de fuerza de trabajo -y con ella la
población- crece en las mismas proporciones. Así, en vez de disminuir, la
población del imperio británico se ha incrementado con una rapidez
considerable, se incrementa todavía constantemente y aunque la industria no
cesa de desarrollarse y, en suma, la demanda de trabajadores no cesa de crecer,
Inglaterra experimenta sin embargo, según lo confiesan todos los partidos
oficiales (o sea los tories, los whigs y los radicales), un exceso, un
excedente de población. Y a pesar de todo, la competencia entre los
trabajadores sigue siendo más importante que aquella de los patronos para
procurarse fuerza de trabajo (ist dennoch fortwährend im ganzen die Konkurrenz
unter den Arbeitern größer als die Konkurrenz um Arbeiter).
¿De dónde viene esa contradicción? De la
naturaleza misma de la industria y de la competencia, así como de las crisis
económicas que de ellas resultan. Dada la anarquía de la producción actual y de
la repartición de los bienes de consumo, que no tienen por finalidad la
satisfacción inmediata de las necesidades sino por el contrario la ganancia;
dado el sistema en que cada quien trabaja y se enriquece sin preocuparse de los
demás, es inevitable que en cualquier momento la producción resulte excesiva.
Inglaterra, por ejemplo, suministra todo género de mercancías a muchos países. Aun
cuando el industrial sepa qué cantidad de artículos y de qué clase cada país
consume anualmente, ignora, sin embargo la cantidad que poseen en reserva y, es
más, ignora qué cantidad de artículos ellos compran a sus competidores. Todo lo
que él puede hacer es calcular muy aproximadamente el estado de las existencias
y las necesidades, y de los precios que varían constantemente; por tanto debe
enviar sus mercancías necesariamente a lo que salga. Todo funciona a ciegas, en
la mayor incertidumbre, y siempre más o menos bajo el signo del azar. A la
menor noticia favorable, cada uno exporta todo lo que puede, y pronto un
mercado de ese género se abarrota de mercancías, la venta se paraliza, los
capitales no se recuperan, los precios caen, y la industria inglesa ya no tiene
más trabajo para sus obreros. En los comienzos del desarrollo industrial, esos
atascamientos se limitan a algunos sectores industriales y a algunos mercados;
pero a causa del efecto centralizador de la competencia que empuja a los
trabajadores de cierto sector, en paro forzoso, hacia los sectores donde el
trabajo es más fácil de aprender, y que vierte sobre los otros mercados las mercancías
que ya no es posible vender en un mercado determinado, aproximan así poco a
poco las diferentes pequeñas crisis, fundiéndose éstas en una sola serie de
crisis que sobrevienen periódicamente. Una crisis de ese género sobreviene
ordinariamente cada cinco años, luego de un breve período de prosperidad y de
bienestar general. El mercado interior, así como todos los mercados exteriores,
rebosa de productos ingleses, que ellos pueden consumir sólo muy lentamente; el
desarrollo industrial se paraliza en casi todos los sectores; los pequeños
industriales y comerciantes que no pueden sobrevivir al retraso prolongado de
la recuperación de sus capitales, quiebran; los más importantes dejan de hacer
negocio mientras dura el período desfavorable, paralizan sus máquinas, o las
ponen a trabajar sólo "Parte del tiempo", o sea, alrededor de media
jornada diaria; el salario disminuye como consecuencia de la competencia entre
obreros desempleados, la reducción del tiempo de trabajo y la falta de ventas
lucrativas; reina la miseria genera27 entre los trabajadores; los
pocos ahorros eventuales de los particulares se agotan rápidamente; las
instituciones de beneficencia no dan abasto; el impuesto para beneficio de los
pobres se duplica, triplica y sigue siendo no obstante insuficiente; el número
de menesterosos se incrementa, y súbitamente toda la masa de población
"excedente" aparece en cantidades horrorosas. Esto dura cierto
tiempo; los "excedentes"28 se las arreglan como pueden o
sucumben; la caridad y la ley de pobres ayudan a un gran número a vegetar
penosamente; otros hallan aquí y allá, en las ramas menos afectadas por la
competencia y tienen una relación más distante con la industria, la manera de
subsistir precariamente; ¡y que el hombre necesite tan poca cosa para subsistir
cierto tiempo! Poco a poco, la situación mejora; las existencias acumuladas son
consumidas; el abatimiento general que reina entre los industriales y los
comerciantes impide que los vacíos sean llenados demasiado rápidamente; hasta
que, en fin, el alza de los precios y las noticias favorables que vienen de
todos lados restablecen la actividad.
27 (1892) Rückflüsse
(entradas). (1845) Kapitalien.
28 (1892)
Überchüssigen. (1845) Überflüssigen,
(superfluos).
Casi siempre los mercados se hallan distantes.
Antes que arriben a ellos las primeras importaciones, la demanda no cesa de
crecer y los precios con ella. Se arrebatan las primeras mercancías que llegan,
las primeras ventas animan aún más las transacciones, los pedidos esperados
prometen precios todavía más elevados. En la espera de un aumento ulterior, se
comienza a proceder a compras especulativas y a sustraer del consumo los
artículos destinados al mismo en el momento en que son más necesarios; la
especulación hace subir aún más los precios al alentar a otras personas a
comprar, y anticipándose a futuras importaciones. Todas esas noticias son
trasmitidas a Inglaterra, los industriales comienzan a trabajar de nuevo
animosamente, se construyen nuevas fábricas y se recurre a todos los medios para
explotar el momento favorable. Aquí también aparece la especulación con el
mismo efecto que en los mercados extranjeros, haciendo subir los precios,
sustrayendo los artículos al consumo, llevando así la producción industrial a
una tensión. Luego sobrevienen los especuladores "insolventes" que
trabajan con capitales ficticios, viven del crédito, fracasan si no pueden
vender inmediatamente, se lanzan con ímpetu a esta carrera general y
desordenada, a esta caza del beneficio, aumentando la confusión y la precipitación
por su propio ardor desenfrenado que hace subir los precios y la producción
hasta el delirio. Se trata de una carrera loca que arrastra a los hombres más
serenos y experimentados; se forja, se hila, se teje como si hubiera que
equipar de nuevo a la humanidad entera, como si se hubiera descubierto en la luna
a unos millares de nuevos consumidores. Súbitamente, los especuladores "insolventes" de
ultramar, a quienes falta absolutamente el dinero, comienzan a vender, a un
precio inferior al del mercado, desde luego, porque la situación es apremiante.
Las ventas se multiplican, los precios fluctúan; alarmados, los especuladores
lanzan sus mercancías al mercado, el mercado es perturbado, el crédito se
suspende, una firma tras otra detiene sus pagos, las quiebras se suceden, y se
descubre que hay en el mercado tres veces más mercancías que las que exigiría
el consumo. Esas noticias llegan a Inglaterra donde, mientras tanto, se
continúa produciendo a plena capacidad, y allí también cunde el pánico; las
quiebras de ultramar implican otras en Inglaterra, la paralización de las
ventas arruina además a un gran número de firmas; allí también el temor hace
lanzar inmediatamente al mercado todas las existencias, lo que exagera todavía
más el pánico. Se trata del comienzo de la crisis, que sigue exactamente el
mismo curso que la anterior y es seguida más tarde de un período de
prosperidad. Y así sucesivamente, prosperidad, crisis, prosperidad, crisis, ese
ciclo eterno en el cual se mueve la industria inglesa se cumple ordinariamente,
como hemos dicho, cada cinco o seis años.
De ello resulta que en todas las épocas,
salvo en los cortos períodos de mayor prosperidad, la industria inglesa tiene
necesidad de una reserva de trabajadores desocupados, a fin de poder producir
las masas de mercancías que el mercado reclama precisamente durante los meses
en que es mayor su actividad. Esa reserva es más o menos importante según las
condiciones del mercado, permitan o no dar ocupación a una parte de la misma.
Y, si bien las regiones agrícolas -Irlanda y los sectores menos afectados por
el desarrollo-, pueden, al menos por un tiempo, cuando la prosperidad del
mercado se halla en su apogeo proveer cierto número de obreros, éstos
constituyen, por un lado una minoría, y por otro lado forman igualmente parte
de la reserva; con la única diferencia de que sólo cada período de auge
económico es lo que prueba que ellos forman parte de la misma. Cuando ellos se
van a trabajar en los sectores de mayor actividad, hay contracción en su región
de origen para que se sienta menos el vacío que causa su partida; se trabaja
más tiempo, se emplean las mujeres y la gente joven, y cuando al comienzo de la
crisis son despedidos, y regresan, resulta que su puesto se halla ocupado y
ellos son superfluos, por lo menos la mayoría. Esa reserva, de la cual forma
parte una muchedumbre enorme de personas durante las crisis, e incluso durante
períodos que se pueden definir como a medio camino entre prosperidad y crisis,
un buen número de trabajadores, constituye la población "excedente"
de Inglaterra que vegeta penosamente, mendigando y robando, barriendo las
calles y recogiendo la basura, haciendo pequeños acarreos con carretillas o
asnos, vendiendo en las esquinas de las calles, o realizando algunos pequeños trabajos
ocasionales. En todas las grandes ciudades puede verse una multitud de esas
personas que "mantienen el cuerpo y el alma juntos", como dicen los
ingleses, gracias a lo que pueden conseguir ocasionalmente. Es asombroso ver a
qué ocupaciones recurre esa "población superflua". Los barrenderos de
calles de Londres (cross sweps29) son universalmente conocidos; pero
hasta el presente no eran solamente esas plazas, sino, en otras grandes
ciudades, igualmente las calles principales eran barridas por parados
contratados para ese fin por el servicio de pobres, o los servicios de
vialidad; ahora se utiliza una máquina que recorre con gran ruido las calles, y
hace perder a los parados esa fuente de ingreso. En las grandes carreteras que
conducen a las ciudades y donde reina un tráfico importante, se ve cantidad de
personas con pequeñas carretillas, que recogen el estiércol recién depositado
entre los coches y los ómnibus, con riesgo de ser aplastadas, a fin de
venderlo, y para ello con frecuencia deben entregar algunos chelines a los
servicios de vialidad. Ahora bien, en muchos lugares esa recogida está
estrictamente prohibida, porque la administración de calles no podría vender
como abono todo el estiércol de la ciudad, pues ya éste no contiene la
proporción congruente de estiércol de caballo. Dichosos aquellos que, entre los
"superfluos", pueden hacerse de una carretilla y pueden así efectuar
algunos acarreos, y más dichosos aún aquellos que logran reunir suficiente
dinero para comprar un asno con su carro; el asno debe buscar por sí mismo su
alimento o bien recibir por pitanza algunas sobras rebuscadas aquí y allá, y a
pesar de todo puede reportar algún dinero.
29 (1892) Crossing sweeps.
(1845) cross sweeps.
La gran mayoría de los
"superfluos" se dedican a la buhonería. Sobre todo los sábados,
cuando la población obrera anda en la calle, es que se ve cuanta gente vive por
allí. Lazos de cuero, tirantes de pantalones, cintas para adornar, naranjas,
pasteles, en suma, todos los artículos imaginables son ofrecidos por hombres,
mujeres y niños, y los demás días también se ve en todo momento a esos
vendedores ambulantes detenerse en las calles con esos artículos, así como
Ginger beer o Nettle Beer* o circular un poco más lejos. Fósforos y otras cosas
de ese género, lacre, aparatos patentados para encender fuego, etc.,
constituyen igualmente artículos de venta de todas esas personas. Aún otros
-llamados jobbers- circulan por las calles tratando de hallar algún trabajo de
ocasión; algunos de ellos logran realizar una jornada de trabajo; pero muchos
no son tan dichosos.
* Dos bebidas espumosas y refrescantes, preparada la una a
base de agua, azúcar y un poco de jengibre la otra de agua, azúcar y ortigas, y
muy gustadas por los trabajadores, sobre todo entre los abstemios. (F.E.)
"A la entrada de todos los muelles
de Londres -informa W. Champneys, predicador en el distrito Este de Londres- se
presentan cada mañana en invierno, antes del amanecer, centenares de pobres que
esperan a que abran las puertas con la esperanza de obtener una jornada de
trabajo, y cuando los más jóvenes y más fuertes así como los más conocidos han
sido contratados, centenares regresan a sus miserables viviendas, desesperados
por haber perdido sus ilusiones."(29)
¿Qué otro recurso le queda a esas personas
cuando no hallan trabajo y no quieren rebelarse contra la sociedad, sino
mendigar? No es para asombrarse el ver esa muchedumbre de mendigos que la
policía ordena circular constantemente y que en su mayoría son hombres aptos
para el trabajo. Pero la mendicidad de esos hombres tiene un carácter
particular. Ellos deambulan de ordinario en compañía de su familia, cantan en
las calles algún romance popular, o bien apelan a la caridad de los transeúntes
con un pequeño discurso. Y es notable cómo se encuentran esos mendigos
únicamente en los barrios obreros y el hecho de que sólo viven gracias a las
dádivas que reciben casi exclusivamente de los obreros. O también, toda la
familia se instala silenciosamente al borde de una calle animada y deja -sin
decir palabra- que el solo aspecto de su indigencia surta su efecto. En este
caso también, ellos no cuentan sino con la benevolencia de los obreros que
saben, por experiencia propia, lo que es el hambre y que en cualquier momento
pueden hallarse en la misma situación. Tan es así que esa súplica silenciosa, y
por consecuencia tan conmovedora, se manifiesta sólo en las calles frecuentadas
por los obreros y en las horas en que ellos las transitan. Pero es sobre todo
en la noche del sábado, cuando los distritos obreros revelan sus
"misterios" en las calles principales, y la clase media se aparta lo
más posible de esos barrios de apestados. Y si uno de esos hombres
"sobrantes" tiene suficiente valor y pasión para entrar en conflicto
abierto con la sociedad, para responder a la guerra solapada que le hace la
burguesía, a través de una guerra abierta, entonces se dedica a robar, pillar y
asesinar.
Según los informes de los comisionados
de la Ley de Pobres, hay por término medio 1 millón y medio de esos miembros de
la "población excedente" en Inglaterra y en el país de Gales; en
Escocia su número no es conocido con exactitud, debido a que no rige allí la
Ley de Pobres; en cuanto a Irlanda, hablaremos de ello especialmente. Por lo
demás, en el millón y medio no se hallan comprendidos sino aquellos que
solicitan realmente la ayuda de la asistencia oficial; esa cifra no incluye la
gran masa de los que se las arreglan sin acudir a ese socorro de última
instancia, del cual sienten gran temor. En cambio, una parte importante de ese millón
y medio toca a las regiones agrícolas, y por ende no se tiene en cuenta aquí.
Es evidente que esta30 cifra aumenta sensiblemente en tiempos de
crisis, y entonces la miseria alcanza su máximo. Consideremos, por ejemplo, la
crisis de 1842, que es la más reciente. Fue asimismo la más violenta, ya que la
intensidad de las crisis aumenta a medida que se reproducen, y la próxima que
probablemente tendrá lugar a más tardar en 1847*, será según todas las
apariencias más violenta aún y más larga. Durante esa crisis, la imposición
fiscal para constituir fondos de socorro para los pobres en todas las ciudades
alcanzó un alto nivel hasta entonces desconocido. En Stockport, entre otras
localidades, se estableció, para el fondo de pobres, una contribución de 8 chelines
por cada libra esterlina de alquiler, de modo que este impuesto representaba,
por sí solo, el 40% del producto total de los alquileres de la ciudad entera; y
sin embargo, calles enteras estaban desiertas, de modo que por lo bajo había
20000 habitantes menos que de ordinario, y en las puertas de las casas vacías
se encontraba escrito: Stockport tolet (se alquila Stockport). En Bolton, donde
en años normales el monto de los alquileres sujetos al impuesto para socorrer a
los pobres llegaba a 86000 libras esterlinas por termino medio, cayó a 36000;
en cambio, el número de indigentes a socorrer se elevó a 14000, o sea más del
20% de la población total. En Leeds, la asistencia pública tenía un fondo de reserva
de 10000 libras esterlinas; este fondo, más el producto de una colecta de 7000
libras esterlinas, fue agotado incluso antes de que la crisis alcanzara su
apogeo. Lo mismo ocurrió por todas partes. Un informe del Comité de la Liga
contra la Ley de Granos, de enero de 1843, sobre la situación de las regiones
industriales en 1842, expone que el impuesto para los pobres era entonces, por
término medio, dos veces más elevado que en 1839, y que el número de
necesitados se había triplicado, incluso quintuplicado desde esa fecha; que un
gran número de beneficiarios pertenecía a una clase que, hasta entonces, jamás
había solicitado ayuda y que la cantidad de víveres de que podía disponer la
clase obrera era inferior en dos tercios por lo menos a aquella de la cual
disponía en 1834-1836; que el consumo de carne había disminuido mucho: en
ciertos lugares en 20 %, y en otros hasta el 60%; que incluso los artesanos
trabajaban en oficios corrientes, tales como herreros, albañiles, etc.; que
antaño, en períodos de depresión económica, trabajando completo, ellos también
habían sufrido mucho por la falta de trabajo y la reducción de los salarios, y
que incluso aún actualmente, en enero de 1843, los salarios continuaban
bajando. ¡Y todo esto dicho por industriales!
30 (1892) die (la) en
lugar de diese (esta).
* Nota de la edición de 1887: And it came in 1847 (Y ocurrió
en 1847).
Por las calles se encontraban bandas de
obreros sin trabajo, pues las fábricas habían cerrado sus puertas, y sus dueños
ya no podían ofrecerles empleo. En esa situación, se ponían a mendigar, solos o
en grupo, y pedían limosna a los transeúntes; pero no humildemente, como lo
hacen los mendigos ordinarios; por el contrario, con aire amenazante que
subrayaba su número, sus gestos y sus palabras. Tal era el aspecto de todas las
regiones industriales, de Leicester a Leeds y de Manchester a Birmingham. Hubo
disturbios aislados; por ejemplo, en julio en las alfarerías del
Nord-Staffordshire; reinaba entre los trabajadores la más terrible
efervescencia, hasta que hizo explosión en la insurrección general de los
distritos industriales. Cuando hacia el final de noviembre de 1842 llegué a
Manchester, todavía podía ver multitud de hombres sin trabajo en las esquinas
de las calles, y muchas fábricas todavía se hallaban cerradas. Durante los
meses siguientes, hasta mediados de 1843, esos grupos fueron desapareciendo
poco a poco y las fábricas reabrieron sus puertas.
Desde luego no tengo necesidad de
relatar qué miseria y qué penuria acosan a los parados durante una crisis de
ese género. El impuesto para socorrer a los pobres no es suficiente en
absoluto, la caridad de los ricos es un golpe en el agua cuyo efecto desaparece
al instante; la mendicidad es poco eficaz dado el número de mendigos. Si los
pequeños comerciantes -en la medida en que pueden hacerlo- no extendieran
crédito a los trabajadores durante esas crisis (naturalmente ellos se hacen
resarcir ampliamente más tarde) y si los trabajadores no se ayudan mutuamente en
la medida de sus fuerzas, cada crisis barrería sin duda a parte de la población
"excedente" que moriría de hambre. Pero como el período más grande de
la depresión económica es a pesar de todo muy breve -un año, a lo sumo 2 años ó
2 años y medio-, la mayoría de ellos salva el pellejo a costa de graves
privaciones. Veremos que indirectamente cada crisis hace una multitud de
víctimas, debido a enfermedades, etc. Mientras tanto, examinemos otra causa del
abatimiento en que se hallan los trabajadores ingleses, una causa que
contribuye a reducir todavía sin cesar el nivel de vida de esa clase social.
LA INMlGRACIÓN IRLANDESA
En muchas ocasiones ya hemos tenido
oportunidad de mencionar la existencia de los irlandeses que han venido a
instalarse en Inglaterra; ahora examinaremos más detenidamente las causas y los
efectos de esa inmigración.
El rápido desarrollo de la industria
inglesa no hubiera sido posible si Inglaterra no hubiera dispuesto de una
reserva: la población numerosa y miserable de Irlanda. Entre ellos, los
irlandeses no tenían nada que perder, en tanto que en Inglaterra tenían mucho
que ganar; y desde que se supo en Irlanda que en la orilla oriental del canal
de St. George todo hombre robusto podía hallar trabajo
asegurado y buenos salarias, bandas de irlandeses lo han atravesado cada
año. Se estima que alrededor de un millón de irlandeses han emigrado así a
Inglaterra, y que todavía actualmente hay unos 50000 inmigrantes por año. Casi
todos invaden las regiones industriales y en particular las grandes ciudades,
constituyendo en ellas la clase más inferior de la población. Hay 120000
irlandeses pobres en Londres, 40000 en Manchester, 34000 en Liverpool, 24000 en
Bristol, 40000 en Glasgow y 29000 en Edimburgo*. Esas personas, que han crecido
casi sin conocer las ventajas de la civilización, habituadas desde temprana
edad a las privaciones de todo género, rudas, bebedoras, despreocupadas del
porvenir, arriban así, aportando sus costumbres brutales en una clase de la
población inglesa que, a decir verdad, tiene poca inclinación por la cultura y
la moralidad. Demos la palabra a Thomas Carlyle**:
"Se puede ver en todas las calles
principales y secundarias, los huraños rostros "milesianos"*** que
respiran la malicia hipócrita, la maldad, el desatino, la miseria y el
escarnio. El cochero inglés que pasa en su vehículo lanza al milesiano un
latigazo; éste lo maldice, tiende su sombrero y mendiga. Él representa el peor
mal que este país tenga que combatir. Con sus harapos y su risa irónica de
salvaje, siempre se halla presto a realizar cualquier trabajo que no requiera
más que brazos vigorosas y lomos sólidos; y eso por un
salario que le permita comprar papas. Por condimento, le basta la sal; él
duerme muy feliz en la primera pocilga o madriguera que encuentra, y su ropa
son harapos que el quitárselos y ponérselos constituye una de las operaciones
más delicadas posibles y a la cual no se procede sino en los días de fiesta o
en ocasiones particularmente favorables. El sajón que sea incapaz de trabajar
en tales condiciones, está condenado al paro forzoso. El irlandés, ignorante de
toda civilización, desplaza al sajón nativo, no por su fuerza, sino por lo
contrario, y se apodera de su puesto. Así vive en su mugre y su
despreocupación, en su falsedad y su brutalidad de borracho, verdadero fermento
de degradación y desorden. Cualquiera que se esfuerce por subsistir, por
mantenerse en la superficie, puede ver aquí el ejemplo de que el hombre puede
existir, no nadando, sino viviendo en el fondo del agua... ¿Quién no ve que la
situación de las capas inferiores de la masa de los trabajadores ingleses se
asemeja cada vez más a aquella de los irlandeses que les hacen la competencia
en todos los tratos, todo trabajo que sólo exige fuerza física y poca habilidad
no es pagado según la tarifa inglesa sino a un precio que se aproxima al
salario irlandés, es decir, apenas 'lo necesario para no morir totalmente de
hambre 30 semanas en el año comiendo papas de la peor calidad', apenas... pero
esa diferencia disminuye con el arribo de cada nuevo vapor que viene de
Irlanda?"
* Archibal Alison, High Sheriff of Lancashire: The Principles
of Population and their Connection with Human Happiness (Las leyes
fundamentales de la población y su relación con la felicidad humana), 2 vol.,
1840. Este Alison es el historiador de la Revolución francesa y como su
hermano, el Dr. W. P. Alison, es un tory religioso. (F.E.)
** Chartism, pp. 28, 31 y ss. (F.E.)
*** Miles es el nombre de los antiguos reyes celtas de
Irlanda. (F.E.)
Aquí Carlyle tiene toda la razón, si se
exceptúa la condenación exagerada y parcial del carácter nacional irlandés.
Esos trabajadores irlandeses que, por 4 peniques (31/3 groschen de plata),
hacen la travesía hacinados como ganado y se instalan por todas partes. Las
peores viviendas son suficientemente buenas para ellos; la ropa es harapienta;
ignoran el uso del calzado; su alimentación consiste únicamente de papas, lo
que ganan extra se lo gastan en bebida. ¿Qué necesidad tienen tales seres de un
buen salario? Los peores distritos de todas las grandes ciudades están poblados
de irlandeses; por todas partes en que un distrito se señala particularmente
por la suciedad y su deterioro, puede esperarse ver que los rostros célticos
son mayoría, que al primer vistazo se distinguen de las fisonomías sajonas, y
puede escucharse el acento irlandés cantante y aspirado que el irlandés auténtico
no pierde jamás. He tenido ocasión de oír hablar el celtoirlandés en los
barrios más populosos de Manchester. La mayoría de las familias que viven en
sótanos son casi por todas partes de origen irlandés. En suma, como dice el
doctor Kay, los irlandeses han descubierto en qué consiste el mínimo de las
necesidades vitales y ahora se lo enseñan a los trabajadores ingleses. Ese
desaseo que entre ellos, en el campo, donde la población no se aglomera, no
tiene consecuencias demasiado graves, desaseo que resulta una segunda
naturaleza para ellos, es verdaderamente una tara horrorosa y peligrosa en las
grandes ciudades debido a la concentración urbana. Del mismo modo que
acostumbraba hacerlo en su país, el milesiano arroja toda la basura e
inmundicias frente a su casa, provocando así la formación de charcas y montones
de cieno que enmugresen los barrios obreros y corrompen la atmósfera. Tal como
lo hace en su país, construye su porqueriza junto a su vivienda; y si ello no
es posible, el cerdo duerme en la propia habitación. Esta nueva y anormal
especie de cría de animales practicada en las grandes ciudades es puramente de
origen irlandés. El irlandés es apegado a su cochino como el árabe a su
caballo, si es que no lo vende, cuando está cebado para ser matado; por lo
demás, come con él, duerme con él, sus hijos juegan con él montan sobre su lomo
y retozan con él en el fango, de todo lo cual se pueden ver mil ejemplos en
todas las grandes ciudades de Inglaterra. Y en cuanto a la suciedad a la
incomodidad de las casas, es imposible hacerse una idea. El irlandés no está
acostumbrado a los muebles; un montón de paja, algunos trapos absolutamente
inservibles como vestido, y esa es su cama. Un trozo de madera, una silla rota,
una vieja caja a guisa de mesa, y no necesita nada más; una tetera, unas ollas
y escudillas de barro eso le basta para su cocina que sirve a la vez de
habitación para dormir y sala. Y cuando carece de combustible echa mano a todo
lo que puede arder: sillas, marcos de puertas, molduras, tablas del piso,
suponiendo que las tenga, todo va a parar a la chimenea. Y, además, ¿para qué
necesita espacio? En su país, en su cabaña de argamasa y paja, una sola pieza
era suficiente para todos los menesteres domésticos; en Inglaterra, la familia
tampoco tiene necesidad de más de una pieza. Ese apiñamiento de varias personas
en una sola habitación, actualmente tan extendido, ha sido introducido
principalmente por la inmigración irlandesa. Y como es muy necesario que ese
pobre diablo tenga al menos un placer, ya que la sociedad lo excluye de todos
los demás, se va a la taberna a beber aguardiente. El aguardiente es para el
irlandés la única cosa que le da sentido a su vida, el aguardiente y desde
luego también su temperamento despreocupado y jovial: he ahí por qué se entrega
al aguardiente hasta la embriaguez más brutal. El carácter meridional, frívolo,
del irlandés, su rudeza que lo sitúa a un nivel apenas superior al del salvaje,
su menosprecio de todos los placeres más humanos, que es incapaz de disfrutar
debido precisamente a su rudeza, su desaseo y su pobreza, son otras tantas
razones que favorecen el alcoholismo; la tentación es demasiado fuerte él no
puede resistir, y todo el dinero que gana pasa por su gaznate. ¿Cómo podría ser
de otro modo? ¿Cómo puede la sociedad qué lo pone en una situación tal que se
convertirá casi necesariamente en un bebedor, que lo deja embrutecerse y no se
preocupa en absoluto de él, acusarlo cuando después se convierte efectivamente
en un borracho? Contra un competidor de ese género es que debe luchar el
trabajador ingles, contra un competidor que ocupa el peldaño más bajo de la
escala que pueda existir en un país civilizado y que, precisamente por esa
razón, se conforma con un salario inferior al de cualquier otro trabajador. Por
eso es que el salario del trabajador inglés, en todos los sectores donde el
irlandés puede hacerle la competencia, no hace más que bajar constantemente, y
no podría ser de otro modo, como dice Carlyle. Ahora bien, esos sectores son
muy numerosos. Todos aquellos empleos que requieren poca o ninguna habilidad se
ofrecen a los irlandeses. Desde luego, para los trabajos que exige un larga aprendizaje o una actividad duradera y regular, el
irlandés disoluto, versátil y bebedor no sirve. Para convertirse en obrero mecánico
(en Inglaterra todo trabajador ocupado en la fabricación de máquinas es un
mecánico), para convertirse en obrero de fábrica, tendría primero que adoptar
la civilización y las costumbres inglesas, en una palabra, convertirse en
primer lugar en objetivamente inglés.
Mas cuando se trata de un trabajo
simple, menos preciso, que requiere más vigor que destreza, el irlandés es tan
bueno como el inglés. Y por eso tales oficios son invadidos por los irlandeses;
los tejedores a mano, los ayudantes de albañil, cargadores, "jobbers"
(obrero que trabaja a destajo), etc., forman legión entre los irlandeses; y la
invasión de esta nación ha contribuido, con mucho, en esas ocupaciones, a
disminuir el salario y con él a la propia clase obrera. Y aun cuando los irlandeses
que han invadido otros sectores laborales han debido civilizarse, todavía les
quedan suficientes vestigios de su antiguo modo de vida como para ejercer una
influencia degradante sobre sus compañeros de trabajo ingleses, para no hablar
de la influencia del medio ambiente irlandés mismo. Porque si se considera que
en cada gran ciudad, una cuarta o quinta parte de los obreros son irlandeses o
descendientes de ellos, criados en la suciedad irlandesa, no es de asombrar que
en la existencia de toda la clase obrera, en sus costumbres, su nivel
intelectual y moral, sus caracteres generales, se halle una buena parte de lo
que constituye el fondo de la naturaleza irlandesa, y se concebirá que la
situación repugnante de los trabajadores ingleses, resultado de la industria
moderna y sus consecuencias, haya podido ser después de todo envilecida31.
31 (1845) ...indignierende Lage der
englischen Arbeiter auf eine hohe Stufe der Entwürdigung gesteigert werden
konnte. (...ser llevada a un grado tan alto de envilecimiento) (1892) ...indignierende Lage der englischen Arbeiter noch
entwürdigender gemacht werden konnte (...haya podido ser después de todo
envilecida).
LOS RESULTADOS
Después de examinar con bastante detalle
las condiciones en las cuales vive la clase obrera urbana, es oportuno sacar de
esos hechos otras conclusiones, y compararlas a su vez con la realidad. Veamos,
pues, en lo que se han convertido los trabajadores en esas condiciones, con qué
género de hombres tenemos que habérnosla, y cuál es su situación física,
intelectual y moral.
Cuando un individuo hace a otro
individuo un perjuicio tal que le causa la muerte, decimos que es un homicidio;
si el autor obra premeditadamente, consideramos su acto como un crimen. Pero
cuando la sociedad* pone a centenares de proletarios en una situación tal que
son necesariamente expuestos a una muerte prematura y anormal, a una muerte tan
violenta como la muerte por la espada o por la bala; cuando quita a millares de
seres humanos los medios de existencia indispensables, imponiéndoles otras
condiciones de vida, de modo que les resulta imposible subsistir; cuando ella
los obliga por el brazo poderoso de la ley a permanecer en esa situación hasta
que sobrevenga la muerte, que es la consecuencia inevitable de ello; cuando ella
sabe, cuando ella sabe demasiado bien que esos millares de seres humanos serán
víctimas de esas condiciones de existencia, y sin embargo permite que
subsistan, entonces lo que se comete es un crimen, muy parecido al cometido por
un individuo, salvo que en este caso es más disimulado, más pérfido, un crimen
contra el cual nadie puede defenderse, que no parece un crimen porque no se ve
al asesino, porque el asesino es todo el mundo y nadie a la vez, porque la
muerte de la víctima parece natural, y que es pecar menos por comisión que por
omisión. Pero no por ello es menos un crimen. Ahora pasaré a demostrar que la
sociedad en Inglaterra comete cada día y a cada hora lo que los periódicos
obreros ingleses tienen toda razón en llamar crimen social; que ella ha
colocado a los trabajadores en una situación tal que no pueden conservar la
salud ni vivir mucho tiempo; que ella mina poco a poco la existencia de esos
obreros, y que los conduce así a la tumba antes de tiempo; demostraré, además,
que la sociedad sabe hasta qué punto semejante situación daña la salud y la
existencia de los trabajadores, y sin embargo no hace nada para mejorarla: En
cuanto al hecho de que ella conoce las consecuencias de sus instituciones y que
ella sabe que sus actuaciones no constituyen por tanto un simple homicidio,
sino un asesinato, puedo demostrarlo citando documentos oficiales, informes
parlamentarios o administrativos que establecen la materialidad del crimen.
* Cuando hablo de la sociedad, aquí y en otras partes, como
colectividad responsable que tiene sus obligaciones y derechos, huelga decir
que me refiero al poder de la sociedad, es decir, de la clase que posee
actualmente el poder político y social, y por tanto es responsable también de
la situación de aquellos que no participan en el poder. Esa clase dominante es,
tanto en Inglaterra como en los demás países civilizados, la burguesía Pero que
la sociedad y particularmente la burguesía tenga el deber de proteger a cada
miembro de la sociedad por lo menos en su simple existencia, de velar por que
nadie muera de hambre por ejemplo, no tengo necesidad de demostrarlo a mis
lectores alemanes. Si yo escribiera para la burguesía inglesa, la cuestión
sería muy distinta. (1887)
And so it is now in Germany Our German Capitalists are fully up to the English
level, in this at least, in the year of grace 1886. (Así es ahora en Alemania. Nuestros capitalistas alemanes se
hallan enteramente al nivel de los ingleses, al menos en este respecto, en el
año de gracia de 1886). (1892) ¡Cómo ha cambiado todo desde hace 50 años! Hoy
hay burgueses ingleses que admiten que la sociedad tiene deberes hacia cada
miembro de la misma; pero, ¿hay alemanes que piensen de igual modo? (F.E.)
En primer lugar, huelga decir que una
clase social que vive en las condiciones descritas anteriormente y tan mal
provista de todo lo que es adecuado para satisfacer las necesidades vitales más
elementales, no podría tener buena salud ni alcanzar una edad avanzada. Sin
embargo, examinemos una vez más esas diferentes condiciones bajo la relación
más particular del estado sanitario en que viven los trabajadores.
La concentración de la población en las
grandes ciudades ejerce ya de por sí una influencia muy desfavorable; la
atmósfera de Londres no podría ser tan pura, tan rica en oxígeno como aquella
de una región rural; dos millones y medio de pulmones y doscientos cincuenta
mil hogares hacinados en una superficie de tres o cuatro millas cuadradas,
consumen una cantidad considerable de oxígeno que no se renueva sino muy
difícilmente, ya que la manera en que son construidas las ciudades hace difícil
la ventilación. El gas carbónico producido por la respiración y la combustión
permanece en las calles, debido a su densidad y a que la corriente principal de
los vientos pasa por encima de los techos de las casas. Los pulmones de los
habitantes no reciben su plena ración de oxígeno: la consecuencia de ello es un
entumecimiento físico e intelectual y una disminución de la energía vital. Por
eso es que los habitantes de las grandes ciudades se hallan, es cierto, menos
expuestos a las enfermedades agudas, en particular de tipo inflamatorio, que
los del campo que viven en una atmósfera libre y normal; en cambio, ellos
sufren mucho más de enfermedades crónicas. Y si la vida en las grandes ciudades
ya no es de por sí un factor de buena salud, es de suponer el efecto nocivo de
esa atmósfera anormal en los distritos obreros, donde, como hemos visto, todo
se reúne para emponzoñar la atmósfera. En el campo, puede que sea relativamente
poco perjudicial que haya una charca de agua contaminada muy cerca de la casa,
porque allí no hay problema de ventilación; pero en el centro de una gran
ciudad, entre calles y callejones que impiden toda corriente de aire, la cosa
es distinta. Toda materia animal y vegetal que se descompone produce gases
indudablemente perjudiciales para la salud, y si esos gases no tienen salida
libre contaminan necesariamente la atmósfera. Las basuras y las charcas que
existen en los barrios obreros de las grandes ciudades representan por ende un
grave peligro para la salud pública, porque ellas producen precisamente esos
gases patógenos. Lo mismo ocurre en cuanto a las emanaciones de las corrientes
de agua contaminadas. Pero eso no es todo. La sociedad actual trata a la gran
masa de pobres de una manera verdaderamente repugnante. Se les trae a las
grandes ciudades donde respiran una atmósfera mucho peor que en su campiña
natal. Se les asigna barrios cuya construcción hace que la ventilación sea
mucho más difícil que en cualquier otra parte. Se les quita todos los medios de
mantenerse limpios, se les priva de agua al no instalárseles agua corriente
sino mediante pago, y contaminando de tal modo las corrientes de agua, que no
podrían lavarse en ellas; se les obliga a arrojar todos los detritos y basuras,
todas las aguas sucias; a menudo incluso todas las inmundicias y excremento
nauseabundos en la calle, al privárseles de todo medio de desembarazarse de
ellos de otro modo; y se les obliga así a contaminar sus propios barrios. Pero
eso no es todo. Se acumulan sobre ellos todos los males posibles e imaginables.
Si la, población de la ciudad ya es demasiado densa en general, es a ellos
sobre todo a quienes se fuerza a concentrarse en un pequeño espacio. No
conformes de haber contaminado la atmósfera de la calle, se les encierra por
docenas en una sola pieza, de modo que el aire que respiran por la noche es
verdaderamente asfixiante. Se les dan viviendas húmedas, sótanos, cuyos pisos
rezuman, o buhardillas con techos que dejan pasar el agua: Se les construye
casas de donde no puede escaparse el aire viciado. Se les da ropa mala o casi
harapienta, alimentos adulterados o indigestos. Se les expone a las emociones
más vivas, a las más violentas alternativas de miedo y de esperanza; se les
acosa como a animales, y nunca se les da reposo, ni se les deja disfrutar
tranquilamente de la existencia. Se les priva de todo placer, a excepción del
placer sexual y la bebida, pero en cambio se les hace trabajar cada día hasta
el agotamiento total de sus fuerzas físicas y morales, empujándolos de ese modo
a los peores excesos en los dos únicos placeres que les quedan. Y si ello no es
suficiente, si resisten todo eso, son víctimas de una crisis que hace que
pierdan el empleo, y le quitan lo poco que se les había dejado hasta entonces.
En esas condiciones, ¿cómo es posible
que la clase pobre pueda disfrutar de buena salud y vivir mucho tiempo? ¿Qué
otra cosa puede esperarse sino una enorme mortalidad, epidemias permanentes, y
un debilitamiento progresivo e ineluctable de la generación de los
trabajadores? Veamos un poco los hechos.
De todas partes afluyen los testimonios
que demuestran que las viviendas de los trabajadores en los barrios malos de
las ciudades y las condiciones de vida habituales de esa clase social son causa
de numerosas enfermedades. El artículo del Artizan citado anteriormente, afirma
con razón que las enfermedades pulmonares son la consecuencia inevitable de
esas condiciones de alojamiento y son32 en efecto
32 (1892): vorkommen
(indicativo) (1845) vorkämen (subjuntivo)
Particularmente frecuentes entre los
obreros. El aspecto demacrado de muchas personas que uno encuentra en la calle
muestra claramente que esa nociva atmósfera de Londres, en particular en los
distritos obreros, favorece en el más alto grado el desarrollo de la tisis.
Cuando uno se pasea por la mañana temprano, en el momento en que todo el mundo
va hacia su trabajo, se queda estupefacto por el número de personas que parecen
casi o totalmente tísicas. Incluso en Manchester la gente no tiene esa cara;
esos espectros lívidos, larguiruchos y flacos de pecho estrecho, y ojos
cavernosos, con quienes uno se cruza a cada momento, esos rostros insulsos,
desmedrados, incapaces de la menor energía, no es sino en Londres donde me ha
sorprendido su gran número -si bien la tisis hace igualmente grandes estragos
todos los años en las ciudades industriales del norte del país. La gran rival
de la tisis, si se exceptúan otras enfermedades pulmonares y la escarlatina, es
la enfermedad que provoca los más horrorosos estragos en las filas de los
trabajadores: el tifus. De acuerdo con los informes oficiales sobre la higiene
de la clase obrera, la causa directa de ese azote universal es el estado de las
viviendas: mala ventilación; humedad y desaseo. Ese informe que, tengamos
presente, ha sido redactado por los principales médicos de Inglaterra según las
indicaciones de otros médicos, ese informe afirma que un solo patio mal
ventilado, un solo callejón sin albañal; sobre todo si hay mucha aglomeración
de vecinos, y si en las cercanías se descomponen materias orgánicas, puede
provocar la fiebre, y la provoca casi siempre. Casi por todas partes esa fiebre
tiene el mismo carácter y evoluciona en casi todos los casos finalmente hacia
un tifus evolucionado. Ella hace su aparición en los barrios obreros de todas
las grandes ciudades e incluso en algunas calles mal construidas y mal
conservadas de localidades menos importantes, y es en los peores barrios donde
ella hace los estragos más grandes, aunque desde luego también hace algunas
víctimas en barrios no tan malos. En Londres, ella hace estragos desde hace ya
bastante tiempo. La violencia desacostumbrada con que se manifestó en 1837 es
lo que dio lugar al informe oficial a que nos referimos aquí. Según el informe
oficial del Dr. Southwood Smith acerca del hospital londinense donde se
trataron los casos de tifus, su número llegó a 1462 en 1843, o sea 418 casos
más que los registrados en los años anteriores. Esa enfermedad había hecho
estragos particularmente en los barrios sucios y húmedos del este, del norte y
del sur de Londres. Un gran número de enfermos eran trabajadores provenientes
de la provincia que habían sufrido durante el viaje y después de su arribo las
más duras privaciones, durmiendo medio desnudos y medio muertos de hambre en
las calles, no hallando trabajo, y de ese modo se habían enfermado. Esas
personas fueron transportadas al hospital en tal estado de debilidad, que fue
necesario administrarles una cantidad considerable de vino, de coñac, de
preparaciones amoniacales y de otros estimulantes. El 16 y medio por ciento del
conjunto de enfermos murió. Esta fiebre maligna también hizo estragos en
Manchester, en los barrios obreros más sórdidos de la antigua ciudad, Ancoats,
Little Ireland, etc.; de allí no desaparecía casi nunca, sin llegar a alcanzar sin embargo, como en el resto de las ciudades inglesas, la extensión que era de
esperar. En cambio, en Escocia y en Irlanda el tifus hizo estragos con una
violencia difícil de imaginar; en Edimburgo y en Glasgow, hizo una aparición
muy violenta en 1817, luego del alza de los precios, en 1826 y 1837 después de
las crisis económicas y disminuyó durante cierto tiempo luego de cada uno de
esas acometidas, cuya duración era de unos tres años.
En Edimburgo durante la epidemia de
1817, fueron afectadas unas 6000 personas; durante aquella de 1837, unas 10000,
y no solamente el número de enfermos sino que además la violencia de la
enfermedad y la proporción de los decesos aumentaron con cada retorno de la
epidemia*. Mas la violencia de la enfermedad en la oportunidad de sus
diferentes apariciones pareció un juego de niños comparada con aquella que
siguió a la crisis de 1842. La sexta parte del número total de pobres en toda
Escocia fue víctima de esa fiebre y el mal fue trasmitido con una rapidez
vertiginosa de una localidad a otra por mendigos errantes el mismo alcanzó
hasta a las capas media y superior de la sociedad. En dos meses, el tifus hizo
más víctimas que durante los doce años anteriores. En Glasgow en 1843, el 12%
de la población (o sea unas 32000 personas) contrajo esa enfermedad y el 32 %
de los enfermos murió en tanto que la mortalidad en Manchester y Liverpool no
pasó generalmente del 8%. La enfermedad provocaba crisis a los siete y a los
quince días; ese día el paciente se ponía generalmente amarillo: nuestra
autoridad cree poder concluir de ello que la causa del mal puede buscarse
asimismo en una violenta emoción y un violento pavor**. Esas fiebres epidémicas
hicieron estragos igualmente en Irlanda. Durante 21 meses de los años 1817-1818,
se trataron 39000 casos en el hospital de Dublín, y en el curso de un año
ulterior, según el sheriff A. Alison (t. 2 de sus Principles of Population), su
número se elevó hasta 60000. En Cork, el hospital para los atacados por la
fiebre atendió, en 1817-1818, a la séptima parte de la población; y la cuarta
de ésta en Limerick y el 95%% de los habitantes del barrio malo de Waterford
fueron víctimas de esa fiebre***.
* Dr. Alison: Management of (the)
Poor in
** El Dr (W.P.) Alison en un artículo, leído ante la British
Association for the Advancement of Science (Sociedad británica para el progreso
de las ciencias) en York en octubre de 1844 (F.E.)
*** Dr. Alison: Manag(ement)
of (the) Poor in
Si se recuerdan las condiciones de vida
de los trabajadores, si se piensa hasta qué punto sus viviendas se hallan
amontonadas y cada rincón literalmente abarrotado de gente, si se tiene
presente que los enfermos y los sanos duermen en una sola y misma pieza, en una
sola y misma cama, resulta sorprendente que una enfermedad tan contagiosa como
esa fiebre no se propague más aún. Y si se piensa en los pocos recursos médicos
de que se dispone para atender a los enfermos, en el número de personas sin
ninguna atención médica y que desconocen las reglas más elementales de la
dietética33, la mortalidad puede todavía parecer relativamente baja.
El Dr. Alison, que conoce bien esa enfermedad, atribuye directamente su causa a
la miseria y a la penuria de los indigentes, lo mismo que el informe que he
citado, él afirma que las privaciones y la no satisfacción relativa de las
necesidades vitales hacen que el organismo sea receptivo al contagio y que, de
manera general, ellas son responsables en primer lugar de la gravedad de la
epidemia y de su rápida propagación. Él demuestra que cada aparición de la
epidemia de tifus, tanto en Escocia como en Irlanda, tiene por causa un período
de privaciones -crisis económica o mala cosecha- y que es casi exclusivamente
la clase trabajadora quien soporta la violencia del azote. Es notable que,
según sus manifestaciones, la mayoría de los individuos que sucumben al tifus
sean padres de familia, es decir, precisamente aquellos más indispensables a
los suyos; él cita a varios médicos irlandeses cuyas opiniones concuerdan con
las suyas.
33 (1892):
diätetischen (1845) diätarischen.
Hay otra serie de enfermedades cuya
causa directa no es tanto la vivienda como la alimentación de los trabajadores.
El alimento indigesto de los obreros es enteramente impropio para la
sustentación de los niños; y, sin embargo, el trabajador no tiene ni el tiempo
ni los medios de dar a sus hijos un sustento más adecuado. A ello hay que
añadir la costumbre todavía muy extendida que consiste en dar a los niños aguardiente,
y hasta opio. Todo esto ayuda -junto con el efecto nocivo de las condiciones de
vida sobre el desarrollo físico- a engendrar las enfermedades más diversas de
los órganos digestivos que dejan sus huellas para el resto de la existencia.
Casi todos los trabajadores tienen el estómago más o menos deteriorado y se
hallan sin embargo obligados a continuar con el régimen que es precisamente la
causa de sus males. Además, ¿cómo podrían ellos saber las consecuencias de ese
régimen? Y, aun cuando las conocieran, ¿cómo podrían observar un régimen más
conveniente, mientras no se les dé otras condiciones de vida, mientras no se
les dé otra educación?
Por otra parte, esa mala digestión
engendra desde la infancia otros males. Las escrófulas son casi una regla
general entre los trabajadores, y los padres escrofulosos tienen hijos
escrofulosos son, sobre todo si la causa principal de la enfermedad obra a su
vez sobre niños que la herencia predispone a ese mal. Una segunda consecuencia
de esa insuficiencia alimenticia durante la formación es el raquitismo
(enfermedad inglesa, excrecencias nudosas que aparecen en las articulaciones),
muy extendido asimismo entre los niños de los trabajadores. La osificación es
retardada, todo el desarrollo del esqueleto retrasado, y además de las
afecciones raquíticas habituales, se comprueba con bastante frecuencia la
deformación de las piernas y la escoliosis de la columna vertebral. Desde
luego, no tengo necesidad de decir hasta qué punto todos esos males son
agravados por las vicisitudes a las cuales las fluctuaciones del comercio, el
paro forzoso, el escaso salario de los períodos de crisis exponen a los obreros.
La ausencia temporal de una alimentación suficiente, que cada trabajador
experimenta por lo menos una vez en su vida, no hace más que contribuir a
agravar las consecuencias que entraña una mala nutrición desde luego, pero que
al menos era suficiente. Los niños que en el momento preciso en que les es más
necesaria la alimentación pueden matar el hambre solamente a medias (y sabe
Dios cuántos de ellos hay en cada crisis, e incluso durante los períodos
económicos más florecientes), llegarán a ser fatalmente en gran proporción,
niños débiles, escrofulosos y raquíticas. Y es un hecho que eso es lo que les
toca en suerte. El estado de abandono a que es condenada la gran mayoría de los
hijos de trabajadores deja sus huellas indelebles, y tiene por consecuencia el
debilitamiento de toda la generación de trabajadores. A lo cual se añade el
vestido inapropiado34 de esa clase social, y la dificultad incluso
la imposibilidad, de protegerse contra los resfriados además de la necesidad de
trabajar, mientras lo permita la mala condición física, la agravación de la
miseria en el seno de la familia afectada por la enfermedad, la ausencia
demasiado común de toda asistencia35 médica; se podrá entonces tener
una idea aproximada del estado de salud de los obreros ingleses. Y ni siquiera
deseo mencionar aquí los efectos nocivos particulares de ciertas ramas de la
industria, debido a las condiciones de trabajo actuales.
34 (1892) ...noch gerechnet die
ungeeignete... (1845) ...noch die ungeeigenete...
35. (1892) ...Beistands-so... (1845) ...Beistandes
gerechnet...
Hay también otras causas que debilitan
la salud de un gran número de trabajadores. En primer lugar, la bebida. Todas
las seducciones, todas las tentaciones posibles se unen para arrastrar a los
trabajadores al alcoholismo. Para ellos, el aguardiente es casi la única fuente
de alegría, y todo contribuye a ponérselo al alcance de la mano. El trabajador regresa
a su casa fatigado y agotado por su labor; halla una vivienda sin la menor
comodidad, húmeda, inhospitalaria y sucia; tiene necesidad urgente de
distracción, necesita alguna cosa que haga que su trabajo valga la pena; que le
haga soportable la perspectiva del amargo mañana; está abrumado, se siente mal,
es llevado a la hipocondría: esta disposición de ánimo debido esencialmente a
su mala salud, sobre todo a su mala digestión, es exacerbada hasta el punto de
ser intolerable por la inseguridad de su existencia, su dependencia del menor
azar, y su incapacidad para hacer lo que fuere a fin de tener una vida menos
precaria; su cuerpo, debilitado por la atmósfera contaminada y la mala
alimentación, exige imperiosamente un estímulo externo; su necesidad de
compañía sólo puede ser satisfecha en la taberna, no hay otro lugar donde
encontrar a sus amigos. ¿Cómo podrá el trabajador no ser tentado al extremo por
la bebida? ¿Cómo podría resistir la atracción del alcohol? Muy al contrario,
una necesidad física y moral hace que, en esas condiciones, una parte muy
grande de los trabajadores deba necesariamente sucumbir al alcoholismo. Y sin
hablar de las condiciones físicas que incitan al trabajador a beber, el ejemplo
de la mayoría, la educación descuidada, la imposibilidad de proteger a la gente
joven contra esa tentación, muy frecuentemente la influencia directa de padres
alcohólicos, que dan ellos mismos aguardiente a sus hijos, la certidumbre de
olvidar en la embriaguez, al menos por algunas horas, la miseria y la carga de
la vida y cien factores más, tienen un efecto tan poderoso; es que no se podría
verdaderamente reprochar a los trabajadores su predilección por el aguardiente.
En ese caso, el alcoholismo deja de ser un vicio del cual puede hacerse
responsable a quien a él se entrega; se convierte en un fenómeno natural, la
consecuencia necesaria e ineluctable de condiciones dadas que obran sobre un
objeto que -al menos en cuanto a dichas condiciones- no posee voluntad. Hay que
endosar la responsabilidad de ello a los que han hecho del trabajador un simple
objeto. Sin embargo; la misma necesidad que conduce a la mayoría de los
trabajadores al alcoholismo, hace que la bebida haga a su vez sus estragos en
el ánimo y el cuerpo de sus víctimas. La predisposición a las enfermedades
resultante de las condiciones de vida de los trabajadores, es favorecida por la
bebida, muy particularmente la evolución de las afecciones pulmonares e
intestinales, sin olvidar el brote y la propagación del tifus.
Otra causa de los males físicos es la
imposibilidad, para la clase obrera, de procurarse en caso de enfermedad la
asistencia de médicos competentes. Es cierto que un gran número de
establecimientos de asistencia tratan de mitigar esa carencia; por ejemplo, el
hospital de Manchester atiende a unos 22000 enfermos cada año o les da consejo
y medicamentos; pero, ¿qué representa eso en una ciudad donde, según los
estimados de Gaskell*, tres de cada cuatro habitantes requieren de asistencia
médica anualmente? Los médicos ingleses exigen honorarios elevados y los
trabajadores no se hallan en situación de pagarlos. Por consecuencia, ellos no
pueden hacer nada, o bien son obligados a recurrir a curanderos o a remedios
caseros baratos, que a la larga les resultan nocivos. Un gran número de
curanderos opera en todas las ciudades inglesas y se forma una clientela en las
clases más pobres por medio de anuncios, afiches y otros trucos del mismo
género. Pero además, se vende una multitud de medicamentos llamados patentes
(patent medicines) contra todos los males posibles e imposibles, píldoras de
Morrison, píldoras vitales Parr, píldoras del Dr. Mainwaring y mil otras
píldoras, esencias y bálsamos que tienen todos la propiedad de curar todas las
enfermedades del mundo. Es cierto que esos medicamentos raramente contienen
productos verdaderamente tóxicos, pero en numerosos casos ejercen un efecto
nocivo sobre el organismo cuando son tomados en dosis importantes y repetidas;
no es para asombrarse que los trabajadores ignorantes consuman grandes cantidades
de ellos para todo propósito y fuera de propósito. Es cosa muy corriente que el
fabricante de las píldoras vitales Parr venda de 20 a 25 mil frascos por semana
de esas píldoras curativas, alguno la toma como remedio contra el
estreñimiento, otro contra la diarrea, contra la fiebre, la anemia y todos los
males posibles. Del mismo modo que nuestros campesinos alemanes se hacían
aplicar ventosas o hacer una sangría en ciertas estaciones del año, los obreros
ingleses toman ahora sus medicinas patentadas, perjudicándose ellos mismos
mientras que los fabricantes se benefician con su dinero. Entre esos remedios,
uno de los más peligrosos es un brebaje a base de opiados, en particular de
láudano, vendido bajo el nombre de "Cordial de Godfrey". Algunas
mujeres que trabajan a domicilio, que cuidan sus niños o los de otras personas,
les administran ese brebaje para mantenerlos tranquilos y fortificados, al
menos muchos así lo piensan. Desde el nacimiento de los niños, ellas comienzan
a usar esos remedios, sin conocer los efectos de ese "fortificante"
hasta que los niños mueren debido al mismo. Mientras más se acostumbra el
organismo a los efectos del opio, más se aumenta las cantidades administradas.
Cuando ya el "Cordial" no hace efecto, también se da algunas veces
láudano puro, de 15 a 20 gotas de una vez. El coraner de Nottingham atestiguó
ante una comisión gubernamental**, que un solo boticario había utilizado, según
confesión propia, 13 quintales de jarabe36 para preparar
"Cordial de Godfrey". Puede imaginarse fácilmente las consecuencias
de semejantes tratamientos para los niños. Se vuelven pálidos, apagados,
débiles y la mayoría mueren antes de cumplir dos años de edad. El uso de esa medicina se halla muy extendido en todas las grandes
ciudades y regiones industriales del reino.
* (The) Manufacturing Population of
** Report of Commission of Inquiry
into the Employment of Children and Young Persons in Mines and Collieries and
in Manufactures in which Numbers of them work together, not being included
under the terms of the Factories' Regulation Act. First and Second Reports (Informe de la comisión
investigadora sobre empleo de niños y jóvenes en las minas así como en talleres
y manufacturas donde gran número de ellos trabajan juntos, pero que no están
sujetos a las disposiciones de la Ley de Regulación que fábricas Informes
primero y segundo). Grainger's
Rept., second Rept. Citado habitualmente bajo la referencia de "Children's
Employment Commission's Rept. "uno de los mejores
informes oficiales, contienen una multitud de datos valiosos, pero horribles.
El primer informe apareció en 1841, el segundo dos años después. (F.E.)
36 En la edición
norteamericana de 1887: thirteen hundredweight of laudanum
... (trece quintales de láudano.
La consecuencia de todos esos factores
es un debilitamiento general del organismo de los trabajadores. Entre ellos hay
pocos hombres vigorosos, bien formados y saludables al menos entre los obreros
industriales que trabajan la mayor parte del tiempo en locales cerrados y de
los cuales se trata aquí exclusivamente. Casi todos son débiles, poseen una
osamenta angulosa pero poco robusta, son flacos, pálidos y su cuerpo, excepto
los músculos que requieren su trabajo, es enervado por la fiebre. Casi todos
sufren de mala digestión y, por consiguiente, son más o menos hipocondríacos y
de humor sombrío y desagradable. Su organismo debilitado no está en condiciones
de resistir a la enfermedad y a la menor ocasión son víctimas de ella. Por eso
envejecen prematuramente y mueren jóvenes. Las estadísticas de mortalidad al
respecto ofrecen una prueba irrefutable.
Según el informe del registrador general
G. Graham, la mortalidad anual en toda Inglaterra y el país de Gales es
ligeramente inferior al 21/4 por ciento, es decir, que anualmente muere un
hombre de cada 45*. Por lo menos, ese era el promedio de los años 1839-1840. El
año siguiente la mortalidad bajó un poco y fue sólo de uno cada 46. Pero en
cuanto a las grandes ciudades el informe es enteramente distinto. Tengo ante mí
estadísticas oficiales (Manchester Guardian del 31 de julio de 1844) que
indican para la mortalidad en algunas grandes ciudades las cifras siguientes:
en Manchester, incluyendo Salford y Chorlton, 1 de cada 32,72; y excluyendo
Salford y Chorlton, 1 de cada 30,75; en Liverpool, incluyendo West Derby (suburbio):
1 de cada 31,90 y sin West Derby, 29,90; mientras que para todos los distritos
mencionados: Cheshire, Lancashire y Yorkshire que comprenden una multitud de distritos rurales o semirurales, además de numerosas localidades pequeñas, o sea una
población de 2172506 personas -la cifra promedio de mortalidad es de 1 deceso
por cada 39,80 habitantes. Hasta qué punto los trabajadores son desfavorecidos
en las ciudades, nos lo muestra el porcentaje de mortalidad en Prescott, en
Lancashire, distrito habitado por mineros del carbón y que, puesto que el
trabajo de las minas está lejos de ser sano, se sitúa muy por debajo de las
zonas rurales por lo que toca a la higiene. Pero los obreros residen en el
campo y la mortalidad se cifra en 1 por 47,54 habitantes, o sea menos elevada
que el promedio de toda Inglaterra (siendo la diferencia de casi 21/2 puntos: 1
deceso por 45 personas en Inglaterra).
* Fifth Annual Report of the
Registrar General of Births, Deaths and Marriages (V Informe anual
Todas estas indicaciones se fundan en
las cifras de mortalidad para 1843. La tasa de mortalidad es aún más elevada en
las ciudades de Escocia; en Edimburgo, en 1839-1840 fue de 1 de cada 29,
incluso en 1831 solamente en la ciudad antigua, 1 de cada 22; en Glasgow, según
el Dr. Cowan (Vital Statistics of Glasgow)(30), 1 de
cada 30 por término medio desde 1830; en ciertos años de 1 de cada 22 a 1 de
cada 24. Por todas partes se comprueba que esa reducción considerable del
promedio de duración de la vida afecta principalmente a la clase obrera, y de
igual modo, que el promedio para todas las clases se eleva por la débil
mortalidad de las clases superior y media. Uno de los testimonios más recientes
es el del Dr. P.H. Holland, de Manchester, quien llevó a cabo una encuesta* oficialmente
en el suburbio de Manchester, Chorlton-on-Medlock. Él clasificó los inmuebles y
las calles en tres categorías y halló las diferencias de mortalidad siguientes:
Mortalidad
Calles de primera clase: inmuebles lra.
Clase 1 por 51
2da. "
1 " 45
3ra. "
1 " 36
Calles de segunda clase: inmuebles lra. "
1 " 55
2da. " 1 " 38
3ra. "
1 " 35
Calles de tercera clase: inmuebles lra.
(No hay datos)
2da. " 1 por 35
3ra. "
1 " 25
* Cf. Report
of Commission of Inquiry into the State of large Towns and Populous Districts,
first Report, 1844. Appendix. (Informe de la comisión investigadora sobre el
estado de las grandes ciudades y los distritos de gran población. Primer
informe, 1844, Apéndice). (F.E.)
De muchos otros datos proporcionados por
Holland resalta que la mortalidad en las calles de segunda clase es 18% más
elevada; y en las de tercera categoría el 68% más elevada que en las calles de
primera clase; que la mortalidad en los inmuebles de segunda clase es de 31%, y
en los de tercera clase el 78 % mayor que en los de la primera categoría; que
la mortalidad en las calles malas que han sido mejoradas ha disminuido en 25%.
Concluye haciendo una observación muy franca para un burgués inglés:
"Cuando vemos que en algunas calles
la mortalidad es cuatro veces más elevada que en otras, y qué en categorías de
calles enteras es dos veces más elevada que en otras; cuando vemos además qué
es poco más o menos baja en las calles bien cuidadas, no nos queda más remedio
que llegar a la conclusión de que una muchedumbre de nuestros semejantes, que
centenares de nuestros vecinos más cercanos son matados (destroyed) cada año
por falta de las precauciones más elementales."
El informe sobre el estado de salud de
la clase trabajadora contiene una indicación que confirma ese mismo hecho. En
Liverpool, en 1840, el promedio de vida era de 35 años para las clases
superiores (gentry, professional men, etc.), de 22 años para los hombres de
negocios y los artesanos acomodados, y de 15 años solamente para los jornaleros
y domésticos, en general. Los informes parlamentarios abundan en detalles
análogos.
La espantosa mortalidad infantil en la
clase obrera es lo que alarga las listas de mortalidad. El organismo frágil de
un niño es el que ofrece la resistencia más débil a los efectos desfavorables
de un modo de vida miserable. El estado de abandono al cual es con frecuencia
expuesto cuando sus padres trabajan, o cuando uno de ellos falta, no tarda en
hacerse sentir cruelmente. Por tanto no hay que asombrarse si en Manchester por
ejemplo, según el informe que acabamos de citar, más del 57% de los hijos de
obreros mueren antes de haber cumplido la edad de 5 años, mientras que entre
los niños de las clases burguesas la proporción de los decesos no es más que del
20%, y que el promedio para todas las clases en las regiones rurales no llega
al 32%*.
* Factories Inquiry Commission's Report, vol. 3, Report of
Dr. Hawhins on Lancashire, donde el Dr. Roberton, "la más alta autoridad
de Manchester en materia de estadística", es citado como garantía. (F.E.)
El artículo del Artizan, que hemos
citado con frecuencia, nos proporciona al respecto datos más precisos,
comparando los porcentajes de decesos de ciertas enfermedades infantiles entre
los niños de las ciudades y los del campo. Demuestra de ese modo que, en
general, las epidemias son tres veces más mortíferas en Manchester y Liverpool
que en las regiones rurales; que las enfermedades del sistema nervioso son
multiplicadas por 5 y los males del estómago por 2, mientras que los decesos
debidos a enfermedades pulmonares son dos veces y media más numerosos en las
ciudades que en el campo; los decesos infantiles debidos a la viruela, al
sarampión, a la tos ferina y a la escarlatina son cuatro veces más numerosos en
la ciudad; los decesos debidos a la hidrocefalia son tres veces más numerosos y
los debidos a las convulsiones, diez veces más numerosos. Para citar otra autoridad
reconocida, aquí un cuadro presentado por el Dr. Wade en su History of the
Middle and Working Classes, Londres, 1833, 3a. ed., según el informe del comité
parlamentario sobre fábricas, de 1832.
Además de esas diferentes enfermedades,
consecuencia necesaria del estado de abandono y de opresión en que se halla
actualmente la clase pobre, hay también factores que contribuyen al crecimiento
de la mortalidad infantil. En muchas familias, tanto el hombre como la mujer trabaja fuera del hogar, de lo que se sigue que los niños se
ven privados de toda atención, estando o encerrados o al cuidado de otras
personas. Por tanto no es sorprendente que centenares de esos niños pierdan la
vida en los más diversos accidentes. En ninguna parte tantos niños son
aplastados por vehículos o caballos, sufren caídas mortales, se ahogan o se
queman, como en las grandes ciudades inglesas; son particularmente frecuentes
los decesos por quemaduras graves o resultantes de la manipulación de un recipiente
de agua hirviendo, casi uno por semana en Manchester durante los meses de
invierno. En Londres también son frecuentes; sin embargo, es raro que los
periódicos se hagan eco de ello. Actualmente sólo tengo una información a la
mano, del Weekly Dispatch del 15 de diciembre de 1844, según la cual se
produjeron seis casos de ese género en la semana del primero al siete de
diciembre: Esos pobres niños, que pierden la vida de manera tan espantosa, son
verdaderamente las víctimas de nuestro desorden social y de las clases que
tienen interés en ese desorden. Y, sin embargo, cabe preguntarse si esa muerte
dolorosa y horrible no es un beneficio para esos niños evitándoles una vida larga
y cargada de penas y miserias, rica en sufrimientos y pobre en alegrías. Esa es
la situación en Inglaterra y la burguesía, que puede leer esas noticias todos las días en los periódicos, no siente preocupación alguna
por ello. Pero ella tampoco podrá quejarse si, fundándome en los testimonios
oficiales y no oficiales que he citado -que ella debe sin duda alguna conocer-,
yo la acuso resueltamente de asesinato social. Una de dos: que ella tome todas
las medidas necesarias para remediar esa situación espantosa, o que dejé a la
clase trabajadora la tarea de cuidar los intereses de todos: Pero esta última
solución apenas la tienta, y por lo que toca a la primera, le falta el vigor
necesario -en tanto sigue siendo burguesía y prisionera de prejuicios
burgueses. Porque si bien ahora, mientras caen centenares de millares de
víctimas, ella se decide al fin a tomar algunas nimias medidas de precaución
para el futuro, a promulgar una Metropolitan Buildings Act,(31)
que regulará la concentración escandalosa de viviendas; si se vanagloria de
medidas que lejos de ir a la raíz del mal no responden siquiera á las
prescripciones más elementales de los servicios municipales de higiene, a pesar
de todo ello no podría escapar a mi acusación. La burguesía inglesa no tiene
más que una alternativa, o bien continuar su reinado -cargando sobre sus hombros
el peso de la acusación irrefutable de asesinar, mal que le pese esa
acusación-, o bien abdicar en favor de la clase obrera. Hasta ahora ella ha
preferido la primera solución.
|
De cada 10000 perso-
Menores
De 5 a De 20 a
De 40 a De 60 a De 70 a
De 80 a De 90 a 100
y + sonas, mueren en
de 5
años 19 afios
39 años 59 años
69 años 79 años 89años 99años
años |
|
El condado de Rutland: distrito agrícola saludable 2865 891
1275 1299
1189 1428
938 112
3 |
|
El condado de Essex: distrito agrícola pantanoso 3159 1110 1526
1413 963 1019
630 77* 3 |
|
La ciudad de Carlisle: 1779‑1787 antes de la aparición de las fábricas
4408 911** 1006
1201 940
826 533 153
22 |
|
La ciudad de Carlisle: después de la instalación de fábricas 4738
930 1261 1134
677 27
452 80 1 |
|
La ciudad de Preston: ciudad industrial 4947 1136 1379
1114 553
532 298
38 3 |
|
La ciudad de Leeds: ciudad industrial 5286
927 1228
1198 593
512 225
29 2 |
* (1845 y 1892): por error 177. ** (1845 y 1892):por error 921.
Pasemos ahora de la situación material a
la condición moral de los trabajadores. Si la burguesía sólo les deja de la
vida lo estrictamente necesario, no hay que asombrarse al comprobar que ella
les dispensa justamente tanta cultura como lo exige su propio interés. Y esto
no es verdaderamente mucho. Comparados con las cifras de población, los medios
de instrucción son increíblemente reducidos. Los pocos cursos que se dan
semanalmente, a la disposición de la clase trabajadora, sólo pueden ser tomados
por un número extremadamente mínimo de oyentes y por añadidura no valen nada; los
maestros -obreros retirados, y otras personas no aptas para el trabajo que se
hacen maestros solamente para poder vivir-, carecen mayormente de los
conocimientos más rudimentarios, se hallan desprovistos de la formación moral
tan necesaria al maestro y no existe control público de esos cursos. Aquí
también impera la libre competencia y, como siempre, los ricos tienen la
ventaja, mientras que los pobres, para quienes la competencia no es
precisamente libre y que no poseen los conocimientos necesarios para poder
hacer un juicio, no tienen más que los inconvenientes. En ninguna parte existe
la asistencia escolar obligatoria; en las propias fábricas no significa nada,
como lo veremos más adelante, y cuando en la sesión de 1843 el gobierno quiso
poner en vigor esa apariencia de obligación escolar, la burguesía industrial se
opuso a ello con todas sus fuerzas aunque los trabajadores se habían
pronunciado categóricamente por esa medida. Por otra parte, un gran número de
niños trabajan toda la semana en fábricas o a domicilio y no pueden por tanto
asistir a la escuela. Y las escuelas nocturnas, a donde deben ir aquellos que
trabajan por el día, apenas tienen alumnos y éstos no se benefician con ellas
en absoluto. En realidad, sería demasiado exigir a jóvenes obreros, que son
abrumados durante doce horas, que asistan a la escuela de 8 a 10 de la noche. Los
que así lo hacen se duermen la mayor parte del tiempo, tal como lo confirman
centenares de testimonios del Children's Employment Report. Desde luego, se han
organizado cursos dominicales, pero faltan maestros y no pueden ser útiles sino
a aquellos que ya han concurrido a la escuela diaria. El intervalo que separa
un domingo del siguiente es demasiado largo para que un niño que comienza en la
escuela no olvide a la segunda lección lo que había aprendido ocho días antes
durante la primera. En el informe de la Children's Employment Commission
millares de pruebas atestiguan -y la propia comisión abunda en ese sentido- que
ni los cursos diarios ni los dominicales responden en absoluto a las
necesidades de la nación. Ese informe ofrece pruebas de la ignorancia que reina
entre la clase trabajadora inglesa y que no se esperaría ni en países como
España o Italia. Pero ello no podría ser de otro modo; la burguesía tiene poco
que esperar, pero mucho que temer de la formación intelectual del obrero. En su
presupuesto colosal de 55 millones de libras esterlinas, el gobierno ha
asignado la ínfima suma de 40000 libras esterlinas para la instrucción pública;
y, de no ser por el fanatismo de las sectas religiosas, cuyas fechorías son tan
importantes como las mejoras que aporta aquí y allá, los medios de instrucción
serían todavía más miserables.
En efecto, la iglesia anglicana funda
sus National Schools37, y cada secta sus escuelas, con la única
intención de conservar en su seno a los niños de sus fieles, y si es posible
raptar de vez en cuando una pobre alma infantil a otras sectas. La consecuencia
de ello no es sino la religión, y precisamente el aspecto más estéril de la religión:
la polémica es elevada a la dignidad de disciplina por excelencia, y la memoria
de los niños es atiborrada con dogmas incomprensibles y con distinciones
teológicas; lo antes posible se estimula en el niño el odio sectario y la
santurronería fanática, mientras que toda formación racional, intelectual y
moral es vergonzosamente descuidada. Repetidas veces los obreros han exigido
del parlamento una instrucción pública puramente laica, dejando la religión a
los curas de las diferentes sectas, pero todavía ningún gobierno les ha
concedido tal cosa. ¡Es normal! El ministro es el criado obediente de la
burguesía, y ésta se divide en una infinidad de sectas; pero cada secta no
consiente dar al trabajador esa educación, que de lo contrario resultaría,
peligrosa, sino cuando es obligado a tomar, por añadidura, el antídoto que
constituyen los dogmas particulares a esa secta. Y todavía actualmente esas
sectas se disputan la supremacía, en tanto que la clase obrera sigue inculta. Desde
luego, los industriales se jactan de haber enseñado a leer a la mayoría del
pueblo, pero "leer" se dice rápido -como lo muestra el informe de la
Children's Employment Commission. Cualquiera que conoce el alfabeto dice que
sabe leer, y el industrial se satisface de esa piadosa afirmación. Y cuando se
piensa en la complejidad de la ortografía inglesa, que hace de la lectura un
verdadero arte que no puede ser practicado sino luego de un largo estudio, esa
ignorancia resulta comprensible.
37 Volksschulen: Escuelas
populares.
Muy pocos obreros saben escribir
correctamente; y, por lo que toca a la ortografía, un número muy grande de
personas "cultas" no la conocen. No se enseña la escritura en los
cursos dominicales de la iglesia anglicana, ni de los cuáqueros, y yo creo que
tampoco en las de varias otras sectas, "porque esa es una ocupación
demasiado profana para un domingo". Varios ejemplos mostrarán qué género
de instrucción se ofrece a los obreros. Los mismos son extraídos del informe de
la Children's Employment Commission que, desafortunadamente, no engloba la
industria propiamente dicha.
"En Birmingham, dice el comisionado
Grainger, los niños que interrogué se hallan totalmente desprovistos de lo que
muy remotamente podría merecer el nombre de instrucción provechosa. Aunque en casi
todas las escuelas no se enseña sino la religión, ellos dieron muestras en
general de la más crasa ignorancia igualmente en ese campo. En Wolverhampton,
informa el comisionado Horne, hallé entre otros los ejemplos siguientes: una
niña de once años de edad había asistido a la escuela diaria y a la escuela
dominical, y nunca había oído hablar de otro mundo, del cielo, o de otra vida.
Un muchachón de 17 años, no sabía cuántos son dos por dos, cuántos farthings
(1/4 penique) hay en dos peniques, ni siquiera poniéndole las piezas en la
mano. Algunos muchachos jamás habían oído hablar de Londres o incluso de
Willenhall, aunque esta ciudad se halla a sólo una hora de sus domicilios y en
comunicación constante con Wolverhampton. Otros muchachos jamás habían oído el
nombre de la reina, o nombres como Nelson, Wellington, Bonaparte. Pero es
notable que aquellos que nunca habían oído hablar de San Pablo, de Moisés o de
Salomón, estaban muy al corriente de la vida, los
hechos y el carácter de Dick Turpin el salteador de caminos, y singularmente de
Jack Shepard, ese ladrón especialista de la evasión. Un joven de 16 años no
sabía cuántos son dos por dos ni cuánto hacen cuatro farthings; otro declaró
que diez farthings hacían diez medios peniques y un tercero, de 16 años,
respondió brevemente a algunas preguntas muy sencillas: "No sé nada de
nada" (he was ne judge o' nothin)." (Horne: Rept., App. Part. II, Q.
18, No. 216, 217, 226, 233, etc.).
Esos muchachos, a quienes durante cuatro
o cinco años se aporrea con dogmas religiosos, al final saben tanto como antes:
Un muchacho "ha asistido
regularmente durante cinco años a la escuela dominical; él ignora quién fue
Jesucristo, pero ha oído ese nombre; jamás ha oído hablar de los doce
apóstoles, de Sansón, de Moisés, de Aaron, etc." (ibid. Evid. p. 9. 39, I.
33). Otro "ha asistido regularmente seis años a los cursos dominicales. Él
sabe quién fue Jesucristo que murió en la cruz para verter su sangre a fin de
salvar a nuestro Salvador; jamás ha oído hablar de San Pedro ni de San
Pablo" (ibid. p. 9. 36, I. 46). Un tercero "ha asistido a diferentes
escuelas dominicales durante siete años, sólo puede leer en libros sencillos,
palabras fáciles de una sola sílaba; ha oído hablar de los apóstoles, no sabe
si San Pedro o San Juan era uno de ellos, si es cierto que se trata sin duda de
San Juan Wesley (fundador de la secta Metodista) etc." (ibid. p. 9. 34, I.
58); a la pregunta: ¿quién fue Jesús?, Horne obtuvo también las respuestas
siguientes: "Fue Adán"; "'Fue un Apóstol"; "Era hijo
del señor del Salvador (he was the Saviour's Lord's Son), y de los labios de un
joven de 16 años: "Fue un rey de Londres, hace mucho, mucho tiempo."
En Sheffield, el comisionado Symons hizo
leer a alumnos de escuelas dominicales; no eran capaces de repetir lo que
habían leído, ni decir quiénes eran los apóstoles de que hablaba el texto que
ellos acababan de leer. Luego de preguntar a todos, uno tras otro, sobre los
apóstoles, sin lograr una respuesta correcta, oyó a un muchacho que parecía
astuto exclamar con seguridad:
"Yo sé, señor, eran los
leprosos". (Symons: Rept, App. Part. I, pp. E22 spp.)
Datos por el estilo se encuentran en los
informes acerca de las regiones de las alfarerías y de Lancashire.
Se ve lo que hace la burguesía y el
estado por la educación y la instrucción de la clase trabajadora.
Afortunadamente, las condiciones en que esa clase vive le dan una cultura
práctica, que no solamente sustituye el fárrago escolar, sino que anula los
efectos perniciosos de las ideas religiosas confusas de que está compuesto, y
que incluso sitúa a los trabajadores a la cabeza del movimiento nacional en
Inglaterra. La miseria enseña al hombre a defenderse, y lo que es más
importante, a pensar y a obrar. El trabajador inglés que sabe apenas leer y
todavía menos escribir, sabe muy bien sin embargo cuál es su propio interés y
el de toda la nación; sabe asimismo cuál es el interés muy particular de la
burguesía, y lo que tiene derecho a esperar de esa burguesía. Si no sabe
escribir, sabe hablar, y hablar en público; si no sabe contar, sabe lo bastante
sin embargo para hacer, sobre la base de nociones de economía política, los
cálculos necesarios para atravesar de parte a parte y refutar a un burgués
partidario de la abolición de la ley de granos; si a pesar del trabajo que se toman los curas,
las cuestiones celestes siguen siendo para él muy oscuras, le resultan muy
claras las cuestiones terrestres, políticas y sociales. Volveremos sobre ello;
abordemos ahora el retrato moral de los trabajadores.
Está bastante claro que la instrucción
moral que es por completo semejante en todas las escuelas inglesas con la
instrucción religiosa, no podría ser más eficaz que ésta. Los principios
elementales que para el ser humano regulan las relaciones de hombre a hombre ya
están envueltos en la más terrible de las confusiones, aun cuando sólo fuese
por el hecho de la situación social, de la guerra de todos contra todos; ellos
deben necesariamente seguir siendo totalmente oscuros y extraños para el obrero
inculto, cuando se les expone mezclados con dogmas religiosos incomprensiblesy
bajo la forma religiosa de un mandamiento arbitrario y sin fundamento. Según
confesión de todas las autoridades; en particular de la Children's Employment
Commission, las escuelas no contribuyen casi nada a la moralidad de la clase
trabajadora. La burguesía inglesa se halla tan desprovista de escrúpulos, es
tan estúpida y limitada en su egoísmo, que no se toma el trabajo de inculcar a
los trabajadores la moral actual, ¡una moral que la burguesía sin embargo se ha
fabricado en su propio interés y para su propia defensa! Hasta ese cuidado de
sí misma daría demasiado trabajo a esa burguesía perezosa y cada vez más floja;
hasta eso le parece superfluo. Desde luego, llegará un momento en que le pesará
-demasiado tarde-, su negligencia. Pero ellla no tiene razón de quejarse si los
trabajadores ignoran esa moral y no la observan.
Así es cómo los obreros son apartados y
descuidados por la clase en el poder, tanto en el plano moral como física e
intelectualmente. El único interés que se les permite todavía se manifiesta por
la ley, que se aferra a ellos desde el momento en que se acercan demasiado a la
burguesía; del mismo modo que hacia los animales desprovistos de razón, no se
utiliza sino un solo medio de educación: se emplea el látigo, la fuerza bruta
que no convence sino que se limita a intimidar. Por tanto no es de sorprender
que los trabajadores que se trata como a bestias, se conviertan verdaderamente
en bestias, o bien que sólo tengan, para salvaguardar su conciencia de hombres
y el sentimiento de que son seres humanos, el odio más feroz, una rebelión
interior permanente, contra la burguesía en el poder. No son hombres sino en la
medida en que sienten la cólera contra la clase dominante; se convierten en
bestias desde el momento en que se acomodan pacientemente a su yugo, no
buscando sin hacer agradable su vida bajo el yugo, sin tratar de romperlo.
Eso es todo lo que la burguesía ha hecho
por la educación de la clase trabajadora; y cuando hayamos apreciado las demás
condiciones en las cuales esta última vive, no podremos culparla totalmente del
rencor que siente hacia la clase dominante. La educación moral que no le es
impartida al trabajador en la escuela, tampoco le es ofrecida en los otros
momentos de su existencia, al menos, no esa educación moral que posee cierto
valor a los ojos de la burguesía. En su posición social y su medio, el obrero
encuentra las incitaciones más fuertes a la inmoralidad. Es pobre, la vida
notiene atractivos para él, casi todos los placeres le
son negados, los castigos previstos por la ley ya no tienen nada de temibles
para él, ¿por qué entonces refrenar sus apetencias? ¿Por qué dejar que el rico
disfrute de sus bienes en lugar de apropiarse de una parte de ellos? ¿ Qué motivos tiene, pues, el proletario para no robar? Está
muy bien decir que "la propiedad es sagrada" y eso suena muy bien a
los oídos de los burgueses, pero para quien no posee propiedades, ese carácter
sagrado desaparece por sí mismo. El dinero es el dios de ese mundo. La
burguesía toma el dinero del proletariado, y hace de él prácticamente un ateo.
Por consiguiente, no hay que asombrarse si el proletario pone en práctica su
ateísmo no respetando ya la santidad ni el poderío del dios terrenal. Y cuando
la pobreza del proletario se incrementa hasta el punto de privarlo del estricto
mínimo vital, desembocando en una miseria total, la tendencia al desprecio de
todo el orden social crece más todavía. Eso lo sabe una buena parte de los propios burgueses. Symons* hace la observación de que la miseria tiene
sobre el ánimo el mismo efecto devastador que el alcoholismo sobre el
organismo, y el sheriff Alison** explica en detalle a los poseedores que estas
son las consecuencias inevitables de la opresión social para los obreros. La
miseria no deja al obrero otras alternativas que estas: morir de hambre poco a
poco, darse la muerte rápidamente, o tomar lo que necesite allí donde lo
encuentre, hablando en plata: robar. Y no tenemos por qué asombrarnos de que la
mayoría prefìera el robo a la muerte por hambruna o al suicidio. Desde luego,
hay igualmente entre los trabajadores cierto número de personas que son lo
bastante morales para no robar, incluso cuando son reducidos al peor extremo, y
esos mueren de hambre o se suicidan. El suicidio, antaño el privilegio más
envidiado de las clases superiores, está en lo adelante de moda en Inglaterra,
incluso entre los proletarios, y una multitud de pobres despreciadas se matan
para escapar a la miseria, de la cual no saben cómo salir de otro modo.
* Arts and Artizans.* (F. E.)
** Principles of Population, voII,
pp. 196-199. (F. E.)
Pero lo que ejerce sobre los
trabajadores ingleses una influencia mucho más desmoralizadora todavía es la
inseguridad de su posición social, la necesidad de vivir al día, en una
palabra, lo que hace de ellos proletarios. Nuestros pequeños agricultores en
Alemania son también es su mayoría pobres y necesitados, pero dependen menos
del azar y poseen al menos algo sólido. Pero el proletario que no posee más que
sus dos brazos, que come hoy lo que ganó ayer, que depende del menor azar, que
no tiene la menor garantía de que poseerá la capacidad de adquirir los
artículos más indispensables -cada crisis, el menor capricho de su patrón puede
hacer de él un parado- es colocado en la situación más inhumana que nadie puede
imaginarse. La existencia del esclavo es al menos asegurada por el interés de
su amo, el siervo tiene por lo menos una parcela de tierra para procurarse el
sustento, ambos tienen al menos la garantía de poder subsistir, pero el proletario
es reducido a sí mismo e inutilizado para usar sus fuerzas de manera que pueda
contar con ellas. Todo lo que puede intentar el proletario para mejorar su
situación es una gota de agua en el mar comparado con las vicisitudes a las
cuales es expuesto y contra las que no puede hacer absolutamente nada. Es el
juguete pasivo de todas las combinaciones posibles de las circunstancias y
puede estimarse dichoso de salvar el pellejo, aun cuando solo fuese por un
tiempo. Y como se le concibe, su carácter y su género de vida llevan a su vez
el sello de esas condiciones de existencia. O bien él trata -en ese torbellino-
de mantenerse en la superficie, de salvar lo que hay de humano en él, y no
puede hacerlo sino rebelándose* contra la clase que lo explota tan
despiadadamente y lo abandona luego a su suerte, que intenta obligarlo a
permanecer en esa situación indigna de un hombre, es decir, contra la
burguesía; o bien renuncia a la lucha contra esa situación estéril, y trata de
aprovecharse lo más posible de los momentos favorables. Economizar no le sirve
de nada, porque a lo sumo sólo puede reunir suficiente dinero para sustentarse
un par de semanas, y si se queda sin trabajo, entonces no es solamente cuestión
de algunas semanas. Le es imposible adquirir de manera durable una propiedad, y
si pudiera hacerlo, dejaría entonces de ser obrero y otro ocuparía su lugar.
Por tanto, si recibe un buen salario, ¿qué mejor puede hacer que vivir bien del
mismo? El burgués inglés se asombra y escandaliza sobremanera de la vida
desahogada que llevan los trabajadores durante los períodos de altos salarios;
y sin embargo, ello no es solamente natural, sino también enteramente razonable
por parte de esas personas disfrutar de la existencia, cuando pueden hacerlo,
en lugar de amasar tesoros que no les sirven de nada y que la polilla y la
herrumbre, o sea los burgueses, terminarán de todos modos por roer. Pero
semejante existencia es más desmoralizadora que toda otra. Lo que Carlyle dice
de los hiladores de algodón, se aplica a todos los obreros de fábrica ingleses:
* Veremos más adelante cómo la rebelión del proletariado
contra la burguesía recibió en Inglaterra, legitimación legal por el derecho de
libre asociación. (F.E.)
"Hoy, los negocios son florecientes
entre ellos, mañana se desmoronan -es un perpetuo juego de azar y así viven
ellos como jugadores; hoy en el lujo, mañana en la miseria. Un sombrío
descontento de sublevados los consume: el sentimiento más miserable que pueda
agitar el corazón de un hombre. El comercio inglés, con sus convulsiones y
fluctuaciones, que sacuden el mundo entero, con su inmenso Proteo de vapor ha
hecho inseguros todos los caminos que podrían seguir, como si un maleficio pesara
sobre ellos; la sobriedad, la firmeza, la tranquilidad prolongada, beneficios
supremos para el hombre, les son extraños ... Ese mundo no es para ellos una
morada hospitalaria, sino una presión con aire malsano, donde todo no es más
que tormento espantoso y estéril, rebelión, rencor y resentimiento tanto hacia
sí mismo como hacia los demás. ¿Es un mundo reverdeciente y florido, creado y
gobernado por un Dios, o es un sombrío e hirviente infierno lleno de vapores de
vitriolo, de polvaderas de algodón, de batahola de borrachos, de cóleras y de
horrores del trabajo, creado y gobernado por un demonio?"*
* Chartism, p. 34 ss. (F.E.)
Y se lee más adelante, p. 40:
Si la injusticia, la infidelidad a la
verdad, a la realidad y al ordenamiento de la naturaleza son el único mal bajo
el sol, y si el sentimiento de la injusticia y de la iniquidad es la única pena
intolerable, nuestra pregunta principal con respecto a la situación de los
trabajadores sería: "¿Es justo?" y en primer lugar: ¿qué piensan
ellos mismos de la equidad de ese estado de cosas? Las palabras que ellos
profieren son ya una respuesta, sus actos, mucho más. . . Indignación,
tendencia súbita a la venganza y arranques de rebelión contra las clases
superiores, respeto decreciente de las órdenes de sus superiores temporales,
disminución de su fe en las enseñanzas de sus superiores espirituales, tal es
el estado de ánimo general que gana cada día más a las clases inferiores. Ese
estado de ánimo puede deplorarse, o puede defenderse,pero
debe reconocerse que es una realidad, debe saberse que todo eso es muy triste,
y que si no se cambia nada, producirá una catástrofe."
Carlyle tiene enteramente razón en
cuanto a los hechos, sólo que comete el error de reprochar a los trabajadores
la pasión feroz que los anima contra las clases superiores. Esa pasión, esa
cólera, son por el contrario la prueba de que los trabajadores se resienten por
el carácter inhumano de su situación, que ellos no quieren dejarse rebajar al
nivel de la bestia, y que ellos se liberarán un día del yugo de la burguesía.
Nosotros lo vemos bien en el ejemplo de aquellos que no participan de esa
cólera: bien se someten humildemente a su suerte, viviendo como particulares
honorables, medianamente, despreocupándose de la marcha del mundo, ayudando a
la burguesía a forjar39 más sólidamente las cadenas de los obreros y
se hallan intelectualmente en el punto muerto del período preindustrial; o bien
se dejan llevar por el destino, juegan con él, pierden todo sostén interior, en
tanto que ya han perdido todo sostén exterior, viven al día, beben cerveza y
andan tras las faldas; en ambos casos, se trata de bestias. Esta categoría es
la que más contribuye "al rápido progreso del vicio" del cual se
escandaliza tanta la burguesía, mientras que ella misma ha desencadenado las
causas del mismo.
39 (1892)... fester schmieden
(1845) ...fester zu schmieden
Otra fuente de desmoralización entre los
trabajadores es la condena al trabajo. Si la actividad productiva libre es el
placer más grande que conocemos, el trabajo forzado es la tortura más cruel,
más degradante. Nada es más terrible que tener que hacer de la mañana a la
noche algo que nos repugna. Y mientras más sentimientos humanos tiene un obrero, más debe detestar su trabajo, porque siente
la obligación que el mismo implica y la inutilidad que esa labor representa
para sí mismo. ¿Para qué, pues, trabaja? ¿Por el placer de crear algo? ¿Por
instinto natural? De ningún modo. Él trabaja por dinero, por una cosa que no
tiene nada que ver con el trabajo en sí, trabaja porque es forzado a ello; y,
además, el trabajo dura tanto tiempo y es tan monótono que ya por esa simple
razón su trabajo no puede ser para él, desde las primeras semanas, sino un
verdadero suplicio, si tiene todavía algunos sentimientos humanos. La división
del trabajo, por lo demás también ha multiplicado los efectos embrutecedores
del trabajo obligatorio. En la mayor parte de las ramas la actividad del obrero
se reduce a un gesto acortado, puramente mecánico, que se repite minuto tras
minuto y sigue siendo, un año tras otro, eternamente el mismo.* Quienquiera que
haya trabajado desde su más tierna juventud doce horas por día y más,
fabricando cabezas de alfileres o limando ruedas dentadas, y ha vivido además
en las condiciones de vida de un obrero inglés, ¿cuántas facultades y
sentimientos humanos ha podido conservar en treinta años? Igual ocurre con la
introducción del vapor y las máquinas. Ello facilita la actividad del obrero,
le ahorra esfuerzo muscular, y el trabajo mismo resulta insignificante pero
supremamente monótono. Este no le ofrece ninguna posibilidad de actividad
intelectual, y sin embargo acapara su atención hasta el punto en que para
cumplir bien su tarea, el obrero no debe pensar en ninguna otra cosa. Y el ser
condenado a semejante trabajo, un trabajo que acapara todo el tiempo disponible
del obrero, dejándole apenas tiempo para comer y dormir, no permitiéndole
siquiera mover su cuerpo al aire libre, disfrutar de la naturaleza, para no
hablar de la actividad intelectual, ¿no podría eso reducir al hombre al nivel
del animal? Una vez más el trabajador sólo tiene esta alternativa: resignarse a
su suerte, convertirse en un "`buen obrero", servir
"fielmente" los intereses de la burguesía y en ese caso, cae con toda
certeza al nivel de la bestia, o entonces resistir, luchar tanto como pueda por
su dignidad de hombre, y eso no les es posible sino luchando contra la
burguesía.
* Si yo dejara hablar a la burguesía en mi lugar, sólo
escogería una obra que cada quien puede leer: Wealth of Nations de Adam Smith
(ed. citada), vol. 3, lib. V, cap. 8, p. 297. (F.E.)
Y cuando todas esas causas han provocado
una inmensa desmoralización en la clase trabajadora, otra más interviene para
propagar dicha desmoralización y llevarla al extremo: la concentración de la
población. Los escritores burgueses ingleses lanzan el anatema contra los
efectos desmoralizadores de las grandes ciudades -esos
Jeremías a contrapelo se lamentan y lloran, no por la destrucción de esas
ciudades, sino por su florecimiento. El sheriff Alison hace a ese elemento
responsable de casi todos los males, y el Dr. Vaughan; quien ha escrito The Age
of Great Cities40 todavía mucho más. Es normal. Dentro de los otros
factores que ejercen una acción funesta sobre el cuerpo y el espíritu de los
obreros, el interés de la clase poseedora está demasiada directamente en juego.
Si ellos dicen que la miseria, la inseguridad, los trastornos resultantes del
exceso de trabajo, y el trabajo obligatorio son las causas esenciales, todo el
mundo responde, y ellos mismos serían forzados a responder: ¡Pues bien!, demos
a los pobres la propiedad, garanticemos su existencia, promulguemos leyes
contra el exceso de trabajo; y eso es lo que la burguesía no puede aprobar.
Pero las grandes ciudades se han desarrollado por sí mismas, la gente se ha
instalado en ellas libremente; concluir que únicamente la industria y la clase
media que se beneficia de ella han dado nacimiento a esas grandes ciudades,
carece tanto de sentido, que ha debido ser fácil a la clase dominante llegar a
atribuir todos las males a esa causa en apariencia inevitable -mientras que las
grandes ciudades no pueden hacer otra cosa que desarrollar más rápidamente y
más totalmente un mal que existe al menos ya en germen. Alison tiene por lo
menos todavía suficiente humanidad para reconocerlo, no se trata de un burgués
industrial y liberal enteramente evolucionado, sino un tory burgués
semievolucionado y es por eso que él ve aquí y allá cosas delante de las cuales
los verdaderos burgueses son completamente ciegos. Veamos lo que dice:
40 La era de las grandes
ciudades.
"En las grandes ciudades es donde
el vicio despliega sus tentaciones, y la lujuria sus redes, el delito es
alentado por la esperanza de la impunidad y la pereza se nutre de múltiples ejemplos.
Es allí, en esos grandes centros de corrupción humana, donde los malos y los
depravados escapan de la simplicidad de la vida rústica, es allí donde hallan
víctimas para sus malos instintos, y obtienen ganancias como recompensa por los
peligros que afrontan. La virtud es relegada a la sombra y oprimida, el vicio
florece al calor de las dificultades que obstaculizan su descubrimiento, los
desenfrenos son recompensados por un goce inmediato. Cualquiera que recorra St.
Gilles por la noche, o las estrechas callejuelas de Dublín, los barrios pobres
de Glasgow confirmará todo esto, y lo que le asombrará no es que haya tantos
crímenes, sino por el contrario que se descubran tan pocos. La causa principal
de la corrupción de las grandes ciudades es la naturaleza contagiosa del mal
ejemplo, y la dificultad de escapar a la seducción del vicio cuando se hallan
en contacto estrecho y cotidiano con la joven generación. Los ricos, eo ipso41
no son mejores; ellos tampoco podrían resistir si se hallaran en esa situación,
expuestos a las mismas tentaciones; la desdicha particular de las pobres es que
se ven obligados a rozar por todas partes las formas seductoras del vicio y las
tentaciones de los placeres prohibidos . . . La causa
de la desmoralización es la imposibilidad demostrada de disimular al sector
joven de los pobres en las grandes ciudades los encantos del vicio.
41 Evidentemente.
Luego de una larga descripción de las
costumbres, nuestro autor prosigue:
"Todo esto no proviene de una
depravación extraordinaria del carácter, sino de la naturaleza casi
irresistible de las tentaciones a las cuales los pobres se hallan expuestos.
Los ricos que culpan la conducta de los pobres, cederían también muy
rápidamente a la influencia de causas idénticas. Existe un grado de miseria,
una manera que tiene el pecado de imponerse, a los cuales la virtud sólo puede
resistir raramente, y la juventud casi nunca. En esas condiciones, el progreso
del vicio es casi igualmente seguro, y con frecuencia es tan rápido como el
progreso del contagio físico."
Y en otra parte:
"Cuando las clases superiores, en
interés propio, han concentrado a los pobres en grandes números en unespacio
limitado, el contagio del vicio se propaga con una rapidez aterradora y llega a
ser inevitable. A las clases inferiores, dada su situación desde el punto de
vista de la enseñanza moral y religiosa, con frecuencia apenas se las puede
culpar de ceder a las tentaciones que las asaltan como el hecho de sucumbir al
tifo."*
¡Basta con eso! El semiburgués Alison
nos releva, si bien en términos poco claros, las consecuencias funestas de las
grandes ciudades sobre el desarrollo moral de los trabajadores. Otro burgués,
pero que lo es totalmente, un hombre conforme a la voluntad de la Liga por la
abolición de las leyes de granos, el Dr. Andrew Ure,**
nos descubre el otro aspecto de la cuestión. Expone que la vida en las grandes
ciudades facilita las coaliciones entre obreros, y hace al populacho poderoso.
Si los trabajadores no estuviesen educados (es decir, educados en la obediencia
a la burguesía), verían las cosas desde un punto de vista unilateral, desde un
punto de vista siniestramente egoísta; ellos se dejarían seducir fácilmente por
demagogos astutos -es más, serían muy capaces de mirar celosa y hostilmente a
su mejor benefactor, el capitalista comedido y emprendedor. El único recurso en
este caso es la buena educación, a falta de la cual sobrevendría una quiebra
nacional y otros horrores, porque entonces sería ineluctable una revolución de
los obreros. Y los temores de nuestros burgueses son bien
fundados. Si bien la concentración de la población tiene un efecto estimulante
y favorable sobre la clase poseedora, la misma hace progresar también mucho más
rápidamente la evolución de la clase trabajadora. Los obreros comienzan a
estimar que ellos constituyen una clase en su totalidad, toman conciencia de
que, débiles aisladamente, representan todos juntos una fuerza. Se fomenta la
separación con respecto a la burguesía, la elaboración de concepciones e ideas
adecuadas a los trabajadores y a su situación la conciencia que tienen de ser
oprimidos se impone a ellos, y los trabajadores adquieren una importancia
social y política. Las grandes ciudades son las cunas del movimiento obrero; en
ellas los obreros han comenzado a reflexionar sobre su situación y a luchar; en
ellas es donde se manifiesta primeramente la oposición entre proletariado y
burguesía; de ellas brotan las asociaciones obreras, el cartismo y el
socialismo. Las grandes ciudades han transformado la enfermedad del organismo
social que se manifiesta en el campo en forma crónica, en una afección aguda;
así ellas han revelado claramente su verdadera naturaleza y simultáneamente el
verdadero medio de curarla. Sin las grandes ciudades y su influencia favorable
sobre el desarrollo de la inteligencia pública, los obreros no serían largo
tiempo lo que son ahora. Además, ellas han destruido los últimos vestigios de
las relaciones paternalistas entre obreros y patronos, y a ello ha contribuido
la gran industria, al multiplicar el número de obreros que dependen de un solo
burgués. Desde luego, la burguesía se lamenta de ello, y con razón, ya que
mientras duraran las relaciones patriarcales, el burgués estaba poco más o
menos al abrigo de una rebelión de los trabajadores. Podía explotarlos y
dominarlos a su gusto, y ese pueblo de gentes sencillas le ofrecía por
añadidura su obediencia, su gratitud y su afecto, cuando además del salario él
lo gratificaba con algunas amabilidades que no le costaban nada y tal vez
algunas pequeñas ventajas, dando la apariencia de que hacía todo eso sin ser
obligado, por pura bondad de alma, por gusto al sacrificio, cuando en realidad no
era ni la décima parte de lo que debiera hacer. Como burgués particular,
colocado en condiciones que él mismo no había creado, ha hecho desde luego, en
parte al menos, lo que debería hacer; pero como miembro de la clase dirigente,
que por la simple razón de gobernar es responsable de la situación del país
entero y a quien incumbe defender el interés general, no solamente no ha hecho
nada de lo que hubiera debido asumir, sino que por añadidura ha explotado a
toda la nación en beneficio personal. La relación patriarcal, que disimulaba
hipócritamente la esclavitud de los obreros, hacía que el obrero debiera por
necesidad permanecer intelectualmente muerto, ignorante de sus propios
intereses, simple particular. Solamente cuando escapó a su patrón y le resultó
un extraño, cuando se vio claramente que el único vínculo entre ellos era el
interés particular, la ganancia; solamente cuando desapareció el afecto
aparente, que no resistió la primera prueba, es que el obrero comenzó a
comprender su posición y sus intereses y a desarrollarse de manera autónoma;
solamente entonces es cuando dejó de ser en sus concepciones, sus sentimientos
y su voluntad, el esclavo de la burguesía. Y es principalmente la industria y
las grandes ciudades lo que ha contribuido de modo determinante a esta
evolución.
* (The) Princ(iples)
of Population, vol. II, p.76, ss., p.135.(F.E.)
** Philosophy of Manufactures,
Londres, 1835, pp. 406 ss. Nos referiremos de nuevo
a esta magnífica obra; los pasajes citados aquí se hallan en la p. 406 y
siguientes. (F.E.)
Otro factor que ha ejercido una
influencia importante sobre el carácter de los obreros ingleses, es la
inmigración irlandesa, de la cual ya hemos tratado en igual sentido. Es cierto
que la misma, como vemos42, de una parte ha degradado a los
trabajadores ingleses, privándolos de los beneficios de la civilización y
agravando su situación, pero por otra parte ha contribuido a ensanchar la
brecha entre trabajadores y burguesía, y acelerar así el acercamiento de la
crisis. Porque la evolución de la enfermedad social de la cual sufre Inglaterra
es igual que la de una enfermedad física; evoluciona según ciertas leyes y
tiene sus crisis, de las cuales la última y más violenta decide la suerte del
paciente. Y como es imposible que la nación inglesa sucumba a esta última crisis,
y como debe necesariamente salir de ella
renovada y regenerada, hay motivos para alegrarse de todo lo que
conduce la enfermedad a su paroxismo. Y la inmigración irlandesa contribuye a
ello además por ese carácter vivo apasionado, que ella aclimata en Inglaterra y
que aporta a su clase obrera. Por muchos razones, las
relaciones entre irlandeses e ingleses son las mismas que aquellas entre
franceses y alemanes; la mezcla del temperamento irlandés, más informal, más
emotivo, más caluroso, con el carácter inglés, calmado, perseverante,
reflexivo, no puede ser a la larga sino beneficiosa para ambas partes. El
egoísmo brutal de la burguesía inglesa hubiera permanecido mucho más arraigado
en la clase trabajadora si el carácter irlandés, generoso hasta el derroche,
esencialmente dominado por el sentimiento, no hubiera venido a unirse al mismo,
de una parte, gracias al cruzamiento entre razas y, de otra parte, gracias a
las relaciones habituales, para suavizar lo que el carácter inglés tenía de
frío y demasiado racional. Por tanto, ya no nos asombraremos más de saber que
la clase trabajadora se ha convertido poco a poco en un pueblo muy diferente a
la burguesía inglesa. La burguesía tiene más afinidades con todas las naciones
de la tierra que con los obreros que viven a su lado. Los obreros hablan un
idioma diferente, tienen otras ideas y concepciones, otras costumbres y otros
principios morales, una religión y una política diferente a aquellas de la
burguesía. Se trata de dos pueblos distintos, tan distintos como si fuesen de
otra raza, y hasta aquí, conocemos una sola de ellas en el continente, la
burguesía. Y sin embargo, es precisamente el segundo, el pueblo de los
proletarios, el que es con mucho el más importante para el futuro de Inglaterra.*
42 (1892) sahen (como
hemos visto) (1845) sehen (vemos).
* (1892) Como es sabido, la idea de que la gran industria ha
dividido a Inglaterra en dos naciones diferentes fue expresada más o menos por
la misma época por Disraeli, en su novela Sybil, or the two Nations (Sybil, o
las dos naciones). (F.E.)
También tendremos que hablar del
carácter público de los trabajadores ingleses tal como se manifiesta en las
asociaciones o los principios políticos; aquí sólo queremos mencionar los resultados
de las causas que acabamos de enumerar en la medida en que ellas obran sobre el
carácter privado de los obreros. En la vida cotidiana, el obrero es mucho más
humano que el burgués. Ya he señalado anteriormente que los mendigos
acostumbran apelar únicamente a los obreros, y que, de manera general, los trabajadores
hacen más por los pobres que la burguesía. Este hecho -que por otra parte se
puede verificar diariamente-, es confirmado por Mr. Parkinson, canónigo de
Manchester, entre otros:
"Los pobres se dan mutuamente más
de lo que los ricos dan a los pobres. Yo puedo apoyar mi afirmación por el
testimonio de uno de nuestros médicos de más edad, más hábiles, más
observadores y más humanos, el Dr. Bardsley. Él ha declarado públicamente que
la suma total que los pobres se donan mutuamente cada año supera a aquella que
los ricos proveen en el mismo lapso para fines de asistencia."*
* On the present condition of the
Labouring Poor in
Es una cosa regocijante ver la humanidad
de los obreros manifestarse igualmente por todas partes en otros campos. Ellos
mismos han soportado una vida penosa y son por tanto capaces de experimentar
simpatía por los necesitados; para ellos, todo hombre es un ser humano,
mientras que para el burgués, el obrero es menos que un hombre; por eso es que
ellos son más fáciles al trato, más amables, y aunque sienten más la necesidad
de dinero que los poseedores, están menos a la espera de dinero porque a su
juicio éste sólo tiene valor en consideración a lo que les permite comprar,
mientras que para los burgueses posee un valor particular, intrínseco, el valor
de un dios, lo que hace del burgués un "hombre de dinero" vulgar y
repugnante. El obrero, que ignora esa veneración del dinero, es por
consecuencia menos codicioso que el burgués cuyo único fin es ganar dinero, y
que ve en la acumulación de sacos de oro el fin supremo de la vida. Por eso el
obrero tiene igualmente muchas menos prevenciones; es mucho más abierto a la
realidad y no ve todo a través del prisma del interés. La insuficiencia de su
educación lo preserva de prejuicios religiosos; no comprende de ello ni pizca y
no se atormenta en absoluto por eso, ignora el fanatismo de que es prisionera
la burguesía y si por casualidad tiene alguna religión, ésta no es sino formal,
ni siquiera teórica; prácticamente sólo vive para este mundo y busca tener
ciudadanía en el mismo. Todos los escritores de la burguesía están de acuerdo
en que los obreros no tienen religión y no van a la iglesia. A lo sumo hay que
exceptuar a los irlandeses, algunas personas ancianas, y además los
semiburgueses: supervisores, capataces y militantes. Pero en la masa, casi por
todas partes se encuentra sólo indiferencia total con respecto a la religión, a
lo sumo; un vago deísmo, demasiado poco elaborado43 para servir de
otra cosa que hacer algunas frases o suscitar un poco más que un vago temor
ante expresiones tales como infiel (incrédulo), atheist (ateo). Los eclesiásticos
de todas las sectas son muy mal vistos por los obreros, aunque sólo
recientemente es que han perdido su influencia sobre éstos; pero hoy día una simple
interjección como he is a parson! (es un cura) con frecuencia es suficiente
para excluir a un pastor de la tribuna en actos públicos. Y al igual que las condiciones
de existencia, la falta de educación religiosa y de otro tipo contribuye a
hacer que los trabajadores sean menos prevenidos, menos prisioneros que los
burgueses de principios tradicionales y bien establecidos y de opiniones
preconcebidas. El burgués está hundido hasta el cuello en sus prejuicios de
clase, en los principios que le han machacado desde su juventud; nada puede
esperarse, es -aun cuan do se presente bajo el aspecto liberal- profundamente
conservador, su interés está ligado indisolublemente al estado de cosas
existente, está radicalmente cerrado a todo movimiento. Abandona su puesto a la
cabeza del desarrollo histórico, los obreros lo reemplazan en el mismo,
primeramente de derecho, después, un día, también de hecho.
43 (1892)
...Deismus, zu unentwickelt, um (1845) ...Deismus, das zu unentwickelt
ist, um
Esos, así como la actividad pública de
los obreros que de ello resulta y que estudiaremos más adelante, son los dos
aspectos favorables del carácter de esa clase; los aspectos desfavorables
pueden resumirse también brevemente y emanan además naturalmente de causas
idénticas: embriaguez, desenfreno en las relaciones sexuales, grosería y falta
de respeto por la propiedad, son los principales reproches que les dirige la
burguesía. No hay que asombrarse porque los trabajadores beban mucho. El
sheriff Alison afirma que cada sábado por la noche en Glasgow, unos 30000
obreros se emborrachan y seguramente ese cálculo no es inferior a la realidad;
él afirma asimismo que en esa ciudad, en 1830, había una taberna por cada doce
inmuebles y en 1840 una por cada diez casas; que en Escocia se pagaron derechos
sobre el alcohol por 2300000 galones de aguardiente en 1823 y por 6620000
galones en 1837, y en Inglaterra en 1823 por 1976000 galones y por 7875000
galones en 1837.* Las leyes de 1830 sobre la cerveza, que facilitaron la
apertura de bares que se llamaban los Jerry Shops y cuyos propietarios tenían
el derecho de vender cerveza to be drunk on the premises (para consumir en el
mismo lugar), esas leyes favorecieron igualmente la extensión del alcoholismo
abriendo un bar, por decirlo así, a la puerta de cada quien. En casi todas las
calles se encuentran establecimientos de ese género, y por todas partes, en el
campo, donde hay una aglomeración de dos o tres casas, se puede estar seguro de
hablar un Jerry Shop. Además, existen los Hush Shops es decir, bares
clandestinos, sin licencia -en gran número, y otras tantas destilerías, en el
corazón de las grandes ciudades; en los barrios retirados que la policía visita
raramente, que producen grandes cantidades de aguardiente. Gaskell (obra
citada) estima el número de estas últimas en más de 100 en Manchester solamente
y su producción anual en 156000 galones por lo menos. En Manchester hay más de
mil bares; por lo tanto, proporcionalmente al número de inmuebles, al menos
tantos como en Glasgow. En todas las otras grandes ciudades ocurre lo mismo. Y
cuando se piensa que además de las consecuencias habituales del alcoholismo,
hombres y mujeres de todas las edades, incluso niños, a menudo madres con su
criatura en brazos se reúnen en esas tabernas con las víctimas más depravadas
del régimen burgués; ladrones, estafadores, prostitutas, cuando se piensa que
más de una madre da alcohol al crío que lleva en sus brazos, se reconocerá
ciertamente que la frecuentación de esos lugares contribuye a la desmoralización.
Sobre todo el sábado por la noche, cuando se ha recibido la paga y terminado de
trabajar más temprano que de ordinario, cuando toda la clase obrera sale de sus
malos barrios y anda por las calles principales, es que se puede comprobar la embriaguez
en toda su brutalidad. En tales noches, raramente he salido de Manchester sin
encontrar una multitud de hombres borrachos, titubeantes o yaciendo en las
cunetas. El domingo en la noche se renueva la misma escena, aunque un poco más moderada. Y cuando se acaba el dinero, los
bebedores acuden a la primera casa de empeños que encuentran, de las cuales hay
gran número en todas las ciudades importantes: más de 60 en Manchester y 10 ó
12 en una sala calle de Salford (Chapel Street), y empeñan todo lo que les
queda. Muebles, ropas de domingo -cuando tienen- vajilla, son retirados en masa
cada sábado de las casas de empeños para volver a ellas casi siempre antes del
miércoles siguiente, hasta que un contratiempo hace imposible un nuevo retiro y
uno a uno de esos objetos llega a ser la presa del usurero, a menos que éste
último ya no quiera adelantar un centavo(ni medio)
sobre mercancías gastadas y usadas. Cuando se ha visto con los propios ojos la
extensión del alcoholismo entre los obreros en Inglaterra, se cree fácilmente a
Lord Ashley** cuando afirma que esa clase gasta en bebidas espirituosas
alrededor de 25 millones de libras esterlinas anualmente, y puede uno
imaginarse qué agravación de la situación material, qué terrible peligro
familiar pueden resultar de ello. Es cierto que las sociedades de temperancia
han hecho mucho, pero, ¿qué influencia pueden ejercer algunos millares de
Teetotallers44 frente a millares de obreros? Cuando el padre Mathew,
apóstol irlandés de la temperancia, recorre las ciudades inglesas, con
frecuencia de 30 a 60 mil trabajadores hacen el pledge (el voto), pero cuatro
semanas más tarde la mayoría ya lo ha olvidado. Por ejemplo, si hace la cuenta
de las personas de Manchester que en los últimas tres
o cuatro años han jurado no beber más, el resultado sería un número mayor de
personas de las que hay en esa ciudad; lo cierto es que no hay disminución del
alcoholismo.
* (The)Princ(iples)
of Population, pássim. (F.E.)
** Sesión de la Cámara de los Comunes del 28 de febrero de
1843. (F.E.)
44 Abstemios.
Junto a ese consumo sin freno de bebidas
alcohólicas; el desenfreno de las relaciones sexuales constituye uno de los
vicios principales de numerosos obreros ingleses. Esta es igualmente una
consecuencia inevitable, ineluctable de las condiciones de vida de una clase
abandonada a sí misma; pero desprovista de los medios de hacer uso de esa
libertad. La burguesía sólo le ha dejado esos dos placeres en tanto que la ha
colmado de penas y sufrimientos; la consecuencia de ello es que los
trabajadores, para disfrutar al menos un poco de la vida concentran toda su
pasión en esos dos placeres, y se entregan a ellos con exceso y de la manera
más desenfrenada. Cuando se encuentran personas en una situación que solamente
pueden cuadrar al animal, sólo les queda sublevarse o naufragar en la
bestialidad. Y cuando, por añadidura, la burguesía misma participa en buena
parte en el desarrollo de la prostitución de las 40000 prostitutas que
deambulan cada noche por las calles de Londres*, ¿a cuántas de ellas sustenta
la virtuosa burguesía? ¿Cuántas de ellas deben a un burgués que las ha seducido
la obligación en que se hallan de vender sus cuerpos a
los visitantes para poder vivir? Ella tiene verdaderamente menos que cualquiera
el derecho de reprochar a los trabajadores su brutalidad sexual.
* Sheriff Alison: (The)Princ(iples). of Population., vol
II (F.E.)
En suma, los defectos de los obreros se
reducen al desenfreno en la búsqueda del placer, a la falta de previsión y a la
negativa de someterse al orden social y, de una manera general, a la incapacidad
de sacrificar el placer del momento por una ventaja más lejana. Pero, ¿qué
tiene ella de sorprendente? Una clase que por su ardua labor sólo puede
procurarse pocas cosas y los placeres más materiales, ¿no tiene que
precipitarse ciegamente, sin reflexionar sobre esos placeres? Una clase que
nadie se ocupa de formar sujeta a todos los azares, que ignora toda seguridad
de la existencia, ¿qué motivos, qué interés tiene de ser previsora, de llevar
una vida "sólida" y en lugar de aprovechar el favor del momento
pensar en un placer distante que todavía es muy incierto, sobre todo para ella
en su situación cuya estabilidad es siempre precaria y que puede cambiar
totalmente? ¿Se exige de una clase que debe soportar todos los inconvenientes
del orden social, sin poder beneficiarse de sus ventajas de una clase a quien
ese orden social no puede aparecer sino hostil, se exige de ella que lo
respete? Es, verdaderamente, exigir demasiado. Pero la clase obrera no podría
escapar a ese orden social mientras existiera; y si el obrero individual se
levanta contra el mismo, él es quien sufre el daño más grande. De ese modo el
orden social hace al trabajador la vida de familia casi imposible. Una casa
inhabitable, sucia, apenas suficiente para servir de abrigo nocturno, raramente
con calefacción, mal amueblada, y donde con frecuencia la lluvia penetra, una
atmósfera asfixiante en una pieza con muchas personas, no permiten la menor
vida de familia. El marido trabaja todo el día, así como la mujer y tal vez los
hijos mayores, todos en lugares diferentes, y sólo se ven por la mañana y por
la noche y hay además la tentación continua del aguardiente; ¿dónde habría
lugar para la vida de familia? Y sin embargo, el obrero no puede escapar a la
familia, él debe vivir en familia; de ello resultan querellas y desacuerdos
familiares perpetuos, cuyo efecto es extremadamente desmoralizador, tanto para
los esposos como para los niños. La negligencia de todos los deberes
familiares, los niños dejados al abandono, es sólo frecuente entre los trabajadores
ingleses y las instituciones sociales actuales son en gran medida la causa de
ello. ¿Y se quisiera que niños criados como salvajes en ese medio ambiente
donde mayor es la inmoralidad y donde con frecuencia los padres participan en esa
inmoralidad, se quisiera que estuviesen dotados sin embargo de delicadas
conciencias morales?
Las exigencias que el burgués satisfecho
formula al obrero son verdaderamente demasiado ingenuas.
El menosprecio del orden social se
manifiesta más claramente en su extremo, la delincuencia. Si las causas que
hacen al obrero inmoral operan de manera más poderosa, más intensa que
habitualmente, éste se convierte en un delincuente, tan seguramente como el
agua calentada a 80 grados Reaumur (100 grados centígrados) pasa del estado
líquido al estado gaseoso. Bajo la acción brutal y embrutecedora de la
burguesía, el obrero se convierte precisamente en una cosa tan desprovista de
voluntad como el agua; está sujeto exactamente con la misma necesidad a las
leyes de la naturaleza para él, hasta cierto punto, toda la libertad cesa. Por
eso es que, paralelamente al desarrollo del proletariado, la criminalidad se ha
incrementado en Inglaterra; y la nación británica se ha convertido en la más
criminal del mundo. Resalta de los "Cuadros de Criminalidad"
publicados anualmente por el Ministerio del Interior, que en Inglaterra el
incremento de la criminalidad se ha efectuado con una rapidez inconcebible. El
número de arrestos por hechos calificados como delitos ascendía en Inglaterra y
el país de Gales solamente a:
En 1805 4605 En 1830 18107
En 1810 5140 En 1835 20731
En 1815 781845 En 1840 27187
En 1820 13710 En 1841 27760
En 1825 14437 En 1842 31309
45 (1845) y (1892) indican
por error 7898.
Por tanto, en 37 años el número de
arrestos ha aumentado en seis veces. En 1842, 4497 de esos arrestos, o sea más
del 14%, se efectuaron en Lancashire, y 4094, o sea más del 13%, en Middlesex
(incluyendo Londres). Vemos, pues, que dos distritos, que comprenden grandes
ciudades con numeroso proletariado, representan por sí solos 1/4 de la
criminalidad aunque su población esté muy lejos de constituir 1/4 de aquella de
todo el país. Las estadísticas sobre delincuencia proporcionan asimismo la
prueba directa de que casi todos los delitos han sido cometidos por el
proletariado; pues en 1842, el 32.35% de los delincuentes, por término medio,
no sabían ni leer ni escribir, el 58.32% no sabía sino imperfectamente leer y
escribir, el 6.77% sabía leer y escribir bien, el 0.22% había recibido una
instrucción superior, y para el 2.34% había sido imposible indicar el grado de
instrucción. En Escocia, la criminalidad ha aumentado también mucho más
rápidamente. En 1819, se había procedido a 89 arrestos solamente por delitos,
en 1837 su número era ya de 3126 y en 1842 de 4189. En el condado de
Lancashire, donde el sheriff Alison mismo es quien redactó el informe oficial,
la población se ha duplicado en 30 años, pero la criminalidad cada cinco años y
medio, aumentando por tanto seis veces más rápidamente que la población. En
cuanto a la naturaleza de los delitos, son como en todos los países
civilizados, en su gran mayoría, delitos contra la propiedad, teniendo por tanto
como causa la falta de una cosa o de otra, porque lo que se posee no se roba.
La proporción de delitos cometidos contra la propiedad con relación a la
población, que es en los Países Bajos de 1/7140, en Francia de 1/1804, era en
Inglaterra, en la época en que Gaskell escribía, de 1/799; los delitos contra
personas representaban can relación a la población en los Países Bajos, una
proporción de 1/28904, en Francia de 1/17573, y en Inglaterra de 1/23395. De
manera general, la relación del número de delitos, con la cifra de la población
era en los distritos agrícolas de 1/1043, en los distritos industriales de
1/840*; en toda Inglaterra esa relación se establece ahora en 1/660** apenas, !y hace justamente diez años que apareció el libro
de Gaskell!
* (The) Manuf(acturing)
Popul(ation). of Engl(and). cap.
10. (F.E.)
** Se ha dividido la cifra de la población (unos 15
millones) por la de los individuos convictos de delitos (22733). (F.E.)
Estos hechos son más que suficientes
para hacer meditar y reflexionar a cualquiera, incluso a un burgués, sobre las
consecuencias de semejante situación. Si la inmoralidad y la criminalidad se incrementa de nuevo en esa proporción durante veinte años -y
si la industria inglesa es menos próspera durante esos veinte años que
anteriormente, la progresión de la criminalidad va a acelerarse de nuevo- ¿cuál
será el resultado? Comprábamos ya que la sociedad está en plena descomposición,
es imposible abrir un periódico sin leer, en los hechos más sorprendentes, la
prueba del relajamiento de todos los vínculos sociales. Yo saco al azar entre
el montón de periódicos ingleses amontonados delante de mí; ese es un
Manchester Guardian (30 de octubre de 1844) que da las noticias de tres días;
no se toma el trabajo de proporcionar noticias precisas sobre Manchester, y
reporta simplemente los casos más interesantes: por ejemplo, en una fábrica,
los trabajadores han cesado el trabajo para obtener un aumento de salario y han
sido obligados por el juez de paz a proseguirlo; en Salford algunos muchachos
han cometido robos y un negociante en quiebra ha intentado estafar a sus
acreedores. Las noticias provenientes de los alrededores son más detalladas; en
Ashton, dos robos, un desvalijamiento, un suicidio; en Bury, un robo; en
Bolton, dos robos, un fraude al fisco; en Leigh, un robo; en Oldham,
paralización del trabajo a causa de los salarios, un robo, una riña entre irlandeses,
un sombrerero que no pertenece al gremio zurrado por los miembros del mismo,
una madre golpeada por su hijo; en Rochdale, una serie de riñas, un atentado
contra la policía, un robo en una iglesia; en Stockport, descontento de los
obreros a causa de los salarios, un robo, una estafa, una riña, un hombre que
maltrata a su mujer; en Warrington, un robo y una riña; en Wigan, un robo y un
pillaje de iglesia. Las crónicas de los periódicos londinenses son todavía
mucho peores; estafa, robos, asaltos a mano armada, querellas familiares se
acumulan allí; tengo precisamente ante mi un número del Times (12 de septiembre
de 1844) que sólo reporta los acontecimientos de un día: se trata de un robo,
un atentado contra la policía, una sentencia condenando al padre de un hijo
ilegítimo a pagar pensión alimenticia; el abandono de un niño por sus padres y
el envenenamiento de un hombre por su mujer. Se hallan otros tantos casos en
los periódicos ingleses. En este país, la guerra social ha estallado; cada uno
se defiende y lucha para sí mismo contra todos; en cuanto a saber si él hará
daño o no a todos los demás, que son sus enemigos declarados, eso depende
únicamente de un cálculo egoísta para determinar lo que es más beneficioso para
él. A nadie se le ocurre entenderse amigablemente con su prójimo; todas las
diferencias se zanjan por las amenazas, recurriendo a los tribunales, a menos que
no se haga justicia por sí mismo. En suma cada quien ve en otro a un enemigo
que es necesario apartar de su camino, o por lo menos un medio que es necesario
explotar para sus propios fines. Y esa guerra, como lo demuestran las
estadísticas de criminalidad, deviene de año en año más violenta, más
apasionada, más implacable; los enemigos se dividen poco a poco en dos grandes
campos, hostiles el uno al otro; aquí la burguesía y allí el proletariado. Esa
guerra de todos contra todos y del proletariado contra la burguesía no debe
sorprendernos, porque ella no es más que la aplicación consecuente del
principio que encierra ya la libre competencia. Pero lo que sí es de asombrar
es que la burguesía, encima de la cual se amontonan cada día las nuevas nubes
de una tormenta amenazadora, sigue a pesar de todo tan calmada y tranquila con
la lectura de todo lo que relatan cotidianamente los periódicos sin sentir, no
digo indignación ante esa situación social, sino solamente temor ante sus
consecuencias, ante una explosión general de lo que se manifiesta de una manera
esporádica por la criminalidad. Pero después de todo es cierto que ella es la
burguesía y, desde su punto de vista, no es siquiera capaz de darse cuenta de
los hechos con mayor razón ella ignora sus consecuencias. Hay sólo una cosa
sorprendente: y es que los prejuicios de clase, las opiniones preconcebidas y
machacadas, puedan afectar a toda una clase de hombres con una obcecación tan
cabal, yo debería decir tan insensata. El desarrollo de la nación sigue no
obstante su camino, tengan o no los burgueses ojos para verlo, y una buena
mañana esa evolución dará a la clase poseedora una sorpresa de cuya certeza no
puede hacerse la menor idea, ni en sueños.
LAS DIFERENTES RAMAS INDUSTRIALES
LOS OBREROS FABRILES PROPIAMIENTE DICHOS
Si ahora queremos examinar más
detenidamente cada uno de los sectores más importantes del proletariado inglés,
conforme al principio establecido anteriormente, tendremos que comenzar por los
obreros fabriles, es decir, aquellos comprendidos en las disposiciones de la
ley de fábricas. Esta ley reglamenta la duración del trabajo en las fábricas
donde se hila o teje la lana, la seda, el algodón y el lino utilizando la
fuerza hidráulica o la máquina de vapor y abarca por consiguiente las ramas más
importantes de la industria inglesa. La categoría de obreros que vive de esos
trabajos es la más numerosa, la más antigua, la más inteligente, y la más
enérgica; pero por esa razón también, la más revoltosa y la más odiada de la
burguesía; ella está en particular los obreros que trabajan el algodón a la
cabeza del movimiento obrero, del mismo modo que sus patrones, los
industriales, están, sobre todo en Lancashire, al frente de la agitación burguesa.
Ya hemos visto, en la introducción, que
la población que trabaja en los sectores mencionados anteriormente había sido
arrancada de sus condiciones de vida precedentes por la aparición de nuevas
máquinas. Por tanto no debemos sorprendernos de que los progresos de los
descubrimientos mecánicos la hayan afectado, más tarde también, de manera más
sensible y duradera. La historia de la industria del algodón tal como se puede
leer en las obras de Ure* y Baines** entre otros autores, está llena de ejemplos
de nuevas mejoras; y la mayoría ha sido introducida también en las demás ramas
industriales a que nos hemos referido. Casi por todas partes, el trabajo
mecánico ha sustituido el trabajo manual, casi todas las operaciones se
efectúan con ayuda de la energía hidráulica o de la fuerza del vapor, y cada
año aporta nuevos perfeccionamientos.
* The Cotton Manufacture of
** History of the Cotton Manufacture
of Great Britain (Historia de la industria del algodón en Gran Bretaña) by E.
Baines, Esq., 1835 (F.E.)
Si reinara la armonía en la sociedad,
uno no podría menos que regocijarse de tales mejoras; pero en la guerra de
todos contra todos, algunos individuos se apoderan de las ventajas que de ello
resultan, quitando de ese modo a la mayoría los medios de vida. Todo
perfeccionamiento mecánico lanza obreros a la calle, y, mientras más importante
es la mejora, más numerosa es la categoría reducida al paro forzoso; cada una tiene
por tanto sobre cierto número de trabajadores el efecto de una crisis
económica, engendrando miseria, penuria y delincuencia. Citemos algunos
ejemplos. Dado que ya la primera máquina inventada, la Jenny (cf. más arriba),
era manejada por un solo obrero, y producía en igual tiempo seis veces más que
un torno para hilar, cada nueva Jenny desplazó a cinco obreros. La Throstle
que, a su vez, producía mucho más que la Jenny y sólo exigía también únicamente
un obrero, ocasionó aún más desplazamientos. La Mule, que con respecto a su
producción reclamaba46 todavía menos obreros, tuvo el mismo efecto,
y cada perfeccionamiento de la Mule, es decir, cada aumento del número de sus
husos, redujo a su vez el número de obreros necesarios. Este aumento del número
de husos es tan importante que, a causa del mismo, muchedumbres de obreros han
quedado sin trabajo; porque si antes un "hilandero" ayudado de
algunos niños (piecers) podía accionar 600 husos, en lo adelante pudo atender
de 1400 a 2 000 de ellos en dos Mules, con el resultado de que dos hilanderos
adultos, y cierto número de piecers que ellos empleaban, quedaron sin trabajo.
Y desde que, en un número importante de hilanderías Mules, se han introducido
las self-actors, el papel del hilandero ha desaparecido completamente y es la
máquina quien trabaja. Tengo ante mí un libro* del cual es autor el jefe
reconocido de los cartistas de Manchester, James Leach. Este hombre ha
trabajado durante años en diversas ramas industriales y en minas de carbón, y
yo lo conozco personalmente: es un hombre valiente, digno de confianza y capaz.
Debido a su posición en el partido, él tenía a su disposición los datos más
exactos sobre diferentes fábricas, recogidos por los propios trabajadores, y él
publica en su libro cuadros de donde resalta que, en 1829, había en 35 fábricas
.1083 hilanderos de la Mule más que en 1841, mientras que el número de husos en
esas 35 fábricas había aumentado en 99429. Menciona 5 fábricas donde ya no hay
ni un solo hilandero, ya que las mismas utilizan self-actors. Mientras que el
número de husos aumentaba en l0%, el de hilanderos disminuía en 60%. Y, añade
Leach, se han logrado tantos perfeccionamientos desde 1841 por la duplicación
de filas de husos (double decking) y otros procedimientos, que en las fábricas
de que hablamos la mitad de los hilanderos han sido a su vez despedidos; en una
fábrica donde había recientemente todavía 80 hilanderos, no quedan más que 20,
los demás han sido despedidos o bien han sido empleados en trabajos de niños
por un salario de niño. Leach cita casos análogos en cuanto a Stockport, donde
en 1835, 800 hilanderos estaban empleados y solamente 140 en 1843, pese al
desarrollo sensible de la industria de Stockport en los últimos 8 ó 9 años. Se han hecho perfeccionamientos análogos en las
máquinas de cardar, lo cual ha dejado a la mitad de los obreros sin trabajo. En
una fábrica, se han puesto en servicio máquinas de torcer que han dejado sin
trabajo a 4 obreros de cada 8 y, además, el industrial ha rebajado el salario
de las otros cuatro, de 8 a 7 chelines. Lo mismo ha ocurrido en cuanto al
tejido. El telar mecánico ha conquistado sucesivamente todos los sectores del
tejido manual y como produce mucho más que el telar de mano y un solo obrero
puede atender dos telares mecánicos, aquí también numerosos trabajadores han
quedado parados. Y en todas las industrias, en el hilado del lino y de la lana,
en el tramado de la seda, es la misma cosa; el telar mecánico comienza incluso
a conquistar algunos sectores del tejido de la lana y del lino; solamente en
Rochdale hay más telares mecánicos que manuales en el tejido de la franela y
otros paños. La respuesta habitual de la burguesía es que los
perfeccionamientos introducidos en las máquinas, al reducir los gastos de
producción, hacen que sean más baratos los productos acabados, y que gracias a
la baja del precio aumenta el consumo de modo que los trabajadores parados
pronto hallan empleo en las fábricas que se crean. Desde luego, la burguesía
tiene razón al afirmar que, en ciertas condiciones favorables al desarrollo
industrial, toda baja del precio de una mercancía, cuya materia prima cuesta
poco, incrementa mucho el consumo y hace que se creen nuevas fábricas; pero
aparte de esto, todas las demás palabras en esa afirmación son patrañas.
46 (1892) notig machte (1845) notig hatte.
* Stubborn Facts from the Factories,
by a
No tiene en cuenta que hay que esperar
años hasta que las consecuencias de la baja del precio se hagan sentir, hasta,
que las nuevas fábricas sean construidas; nos oculta que todos los
perfeccionamientos lanzan cada vez más sobre la máquina el verdadero trabajo,
el trabajo agotador, transformando así el trabajo de los adultos en una simple
vigilancia que puede muy bien realizar una débil mujer, incluso un niño, lo
cual hacen efectivamente por un tercio o la mitad del salario del obrero; que,
por consecuencia, los hombres adultos son cada vez más apartados de la
industria y ya no son empleados de nuevo en esa producción incrementada; nos
oculta que ramas enteras desaparecen así, o son de tal modo transformadas, que
requieren un nuevo aprendizaje; y se cuida mucho de confesar aquí aquello de lo
cual se jacta habitualmente, cuando se habla de prohibir el trabajo de menores;
a saber, que el trabajo fabril para ser aprendido como conviene, debe serlo
desde la más temprana juventud y antes de la edad de diez años (cf. por ej.
Numerosos pasajes del Factories Inq. Comm. Rept.); no dice que el
perfeccionamiento de las máquinas se prosigue continuamente y que desde el
instante en que el obrero se aclimata en un nuevo sector de trabajo, suponiendo
que ello sea posible, le arrebata ese trabajo, quitándole así el poco de
seguridad en su posición que le quedaba todavía. Pero ella, la burguesía, sí
obtiene beneficio de los perfeccionamientos mecánicos; durante los primeros
años en que muchas máquinas anticuadas trabajan todavía y en que el
perfeccionamiento no se ha generalizado, tiene la mejor ocasión de amasar
dinero; sería demasiado pedir que ella tenga también ojos para los
inconvenientes de las máquinas así perfeccionadas.
La burguesía también ha negado
acaloradamente que las máquinas perfeccionadas rebajan
los salarios, mientras que los obreros no han cesado de afirmarlo. Ella
sostiene que pese a la baja del salario por piezas debido al hecho de que la
producción ha devenido más fácil, el salario semanal en conjunto ha aumentado
más bien que disminuido y que la situación del obrero lejos de empeorar más
bien ha mejorado. Es difícil ver qué es lo que hay en ello realmente, porque
los obreros se refieren casi siempre a la baja del salario por piezas; sin
embargo, lo cierto es que incluso el semanal en ciertas ramas ha sido reducido
por la introducción de máquinas. Los obreros conocidos por "hilanderos
finos" (aquellos que hacen el hilado fino en la Mule) perciben, desde
luego, un salario elevado, de 30 a 40 chelines por semana, porque ellos poseen una
asociación poderosa que lucha por mantener el salario de los hilanderos y su
oficio exige un penoso aprendizaje pero los hilanderos de hilo grueso tienen
que competir con las máquinas automáticas (self-actors), -inutilizables para el hilo fino- y cuyo sindicato ha sido
debilitado por la introducción de esas máquinas, reciben en cambio un salario
muy bajo. Un hilador de telar mecánico (Mule) me ha dicho que él no ganaba más
de 14 chelines par semana y eso corrobora las afirmaciones de Leach. Este
sostiene que en varias fábricas los hiladores de hilo grueso ganan menos de
161/2 chelines por semana, y que un hilador que hace tres años ganaba 30
chelines, recibe apenas 121/2 actualmente; que, el año pasado, él no había
ganado efectivamente más por término medio. Puede ser que el salario de las
mujeres y los niños haya bajado menos, pero por la sencilla razón de que no era
muy elevado desde el principio. Yo conozco varias mujeres que son viudas,
tienen niños y ganan penosamente 8 ó 9 chelines por semana; quienquiera que
conozca en Inglaterra el precio de los artículos de primera necesidad estará de
acuerdo conmigo en que ellas no pueden vivir así decentemente, ellas y su
familia. En todo caso, la afirmación unánime de los obreros es que los
perfeccionamientos mecánicos han hecho generalmente bajar los salarios; y en
todas las reuniones de obreros de los distritos industriales, se puede oír
decir claramente que la afirmación de la burguesía industrial, según la cual la
situación de la clase trabajadora ha mejorado gracias a la fabricación mecánica
es considerada por esa propia clase como pura mentira. Pero aun cuando fuese
cierto que únicamente el salario relativo, el salario por piezas, ha bajado, en
tanto que la suma de ingresos semanales no ha variado, ¿Cuál es la conclusión?
Que los trabajadores han tenido que contemplar tranquilamente cómo esos
señores, los industriales, llenan su bolsa y sacan provecho de todas los
perfeccionamientos, y no comparten con ellos la más mínima parte; en su lucha
contra los trabajadores, la burguesía olvida hasta los principios más comunes
de su propia economía política: Ella que no jura sino por Malthus, implica a
los trabajadores en su propio miedo: los millones Ellos son los peor pagados y,
aun en el caso de ocupación de Inglaterra, ¿dónde, pues, habrían hallado
trabajo sin las máquinas?*
* Tal es la cuestión que plantea, por ejemplo, Mr. Symons en
Arts and Artizans. (F.E.)
¡Necedad! Como si la propia burguesía no
supiera muy bien que sin las máquinas y el desarrollo industrial que ellas han
generado, ¡esos "millones" no hubieran venido al mundo ni crecido! La
única utilidad que las máquinas, han tenido para los trabajadores es que les
han mostrado la necesidad de una reforma social que haga trabajar a las
máquinas, no contra los obreros, sino para los obreros. Esos sabios burgueses
sólo tienen que preguntar lo que hacían antes a las personas que, en Manchester
y en otras partes, barren las calles (es cierto que ya eso ha pasado a la
historia, porque se han inventado para ese trabajo también máquinas y se han
puesto en servicio) o que venden en las calles sal, fósforos, naranjas y
baratijas, o también que son reducidos a la mendicidad; y muchos responderán:
obrero de fábrica reducido al paro forzoso por las máquinas. Las consecuencias
del perfeccionamiento técnico no son, en el régimen social actual, sino
desfavorables al obrero y con frecuencia agobiantes; cada nueva máquina provoca
desocupación, miseria y angustia, y en un país como Inglaterra donde, sin eso,
existe casi siempre "una población excedente", el desempleo es en la
mayoría de los casos, lo peor que puede suceder a un obrero. Fuera de eso, ¡qué
efecto agotador, enervante, debe tener sobre los obreros, cuya posición ya no
es sólida, esa inseguridad de la existencia que resulta de los progresos
ininterrumpidos del maquinismo y del paro forzoso que ellos conllevan! Aquí
también el obrero no tiene más que dos salidas para escapar a la desesperación:
la rebelión interna y externa contra la burguesía, o bien la bebida, el vicio.
Y a esas dos soluciones los obreros pueden recurrir. La historia del proletariado
inglés cuenta por centenares los motines contra las máquinas y la burguesía en
general; en cuanto al vicio, ya hemos hablado de ello. Él mismo sólo es en
realidad otro aspecto de la desesperación.
Aquellos que llevan la vida más dura son
los obreros que deben luchar contra una máquina a punto de imponerse. El precio
de los artículos que ellos confeccionan se alinea con aquel de los artículos
que fabrica la máquina y como ella trabaja más económicamente, el obrero que
tiene que rivalizar con ella es el peor pagado. Esa situación es la de todo
obrero que trabaja con una máquina anticuada en competencia con una máquina más
reciente y perfeccionada. Eso es natural. ¿Quién, pues, sino él, debe soportar
el daño? El industrial no quiere desprenderse de su máquina, tampoco quiere
soportar los inconvenientes de ella. Contra su máquina, que no es más que
materia muerta, él no puede nada; por consiguiente, la toma con el trabajador
que es un ser viviente, ese cabeza de turco de la sociedad. Entre los obreros a
quienes las máquinas hacen competencia, los peor tratados son los tejedores
manuales de la industria del algodón. Ellos son los peor pagados y, aun en el
caso de ocupación plena les es imposible ganar más de 10 chelines por semana.
Un lienzo tras otro le es disputado por el telar mecánico, y además, el tejido
manual es el último refugio de todos los trabajadores de las demás ramas que se
han visto desplazados, de modo que ese sector se halla constantemente
superpoblado. Por eso el tejedor manual se considera dichoso, durante los
períodos regulares, cuando puede ganar 6 ó 7 chelines por semana, e incluso
para ganar esa suma tiene que trabajar de 14 a 18 horas diarias. La mayoría de las
telas, por otra parte, exige un local húmedo, a fin de que el hilo de trama no
se rompa a cada instante, y tanto por esa razón como a causa de la pobreza del
obrero, que no puede pagar una vivienda mejor, los talleres de tejedores
manuales casi siempre no tienen ni piso ni embaldosado. Yo he visitado
numerosas viviendas de tejedores manuales, en siniestros atrios y callejuelas
retiradas, habitualmente en sótanos. No era raro que media docena de esos tejedores
manuales, algunos de ellos casados, viviesen juntos en un solo cottage, que
únicamente tenía una o dos salas de trabajo y una alcoba grande para todos. Su
alimentación consiste casi solamente en papas, algunas veces un poco de papilla
de avena, raramente leche, casi nunca carne; un gran número de ellos son
irlandeses o de origen irlandés. ¡Y esos pobres tejedores manuales que cada
crisis económica afecta con mayor intensidad deben servir de arma a la
burguesía, a fin de que ésta pueda resistir los ataques dirigidos contra el
sistema industrial! ¡Miren, exclama ella triunfalmente, miren cómo esos pobres
tejedores manuales son reducidos a carecer de todo, mientras los obreros de
fábrica viven muy bien, y ahora juzguen el sistema industrial!* Como si no
fuese precisamente el sistema industrial y el maquinismo -uno de sus elementos-
los que han reducido a los tejedores manuales a un nivel tan bajo de vida.
¡Cómo si la burguesía no lo supiera tan bien como nosotros! Pero en ello está
el interés de la burguesía y en tal caso es natural que recurra a algunas
mentiras e hipocresías.
Examinemos más detenidamente el hecho de
que las máquinas suplantan cada vez más al obrero adulto masculino. El trabajo
en las máquinas consiste principalmente tanto en el hilado como en el tejido
-en volver a atar los hilos que se rompen, ya que la máquina hace todo lo
demás; ese trabajo no exige ningún esfuerzo físico, sino dedos ágiles. Por
tanto, no solamente los hombres no son indispensables en el mismo, sino que
además el mayor desarrollo de los músculos y de los huesos de sus manos los
hace menos aptos para ese trabajo que las mujeres y los niños; por ende, ellos
son de forma muy natural casi totalmente suplantados en esa labor. Más los
gestos de los brazos, los esfuerzos musculares son, por la utilización de
máquinas, realizados por la energía hidráulica o la fuerza del vapor, y menos necesidad
se tiene de hombres; y como las mujeres y los niños resultan por otra parte más
baratos y son más hábiles que los hombres en ese género de trabajo, son ellos a
quienes se emplea. En las hilanderías no se encuentran en las Throstles sino
mujeres y niñas, un hilador en las mules, un hombre adulto (que incluso
desaparece si hay self-actors) y varios piecers encargados de atar de nuevo los
hilos que se rompen; casi siempre se trata de niños o mujeres, a veces jóvenes
de 18 a 20 años, y de vez en cuando un hilandero de edad que ha perdido
supuesto.**
* Por ejemplo, el Dr. Ure en Philosophy of Manufactures.
(F.E.)
** "La situación, en lo que concierne a los salarios,
es actualmente muy irregular en algunos sectores de la fabricación de hilados
de algodón en Lancashire; hay centenares de jóvenes, entre 20 y 30 años,
empleados como piercers o en otra ocupación y no ganan más de 8 ó 9 chelines a
la semana, mientras que en el mismo lugar, muchachos de 13 años ganan 5
chelines a la semana y muchachas de 16 a 20 años que ganan 10 ó 12 chelines a
la semana." (Informe del inspector de fábrica. L. Horner, octubre 1844.)
(F.E.)
Casi siempre son mujeres de 15 a 20 años
y más, las que trabajan en el telar mecánico; también hay algunos hombres, pero
raramente conservan ese empleo después de los 21 años de edad. En las máquinas
de prehilar, no se encuentran sino mujeres, a lo sumo algunos hombres para
afilar y limpiar las máquinas de cardar. Además, las fábricas emplean a un gran
número de niños para quitar y poner bobinas (doffers) y algunos hombres adultos
como capataces en los talleres, un mecánico y un obrero especializado para la
máquina de vapor, así como carpinteros, un portero, etc. Pero el trabajo
propiamente dicho es realizado por las mujeres y los niños. Eso también lo
niegan los industriales, y el año pasado publicaron estadísticas importantes,
tendientes a demostrar que las máquinas no suplantan a los hombres. Los datos
publicados muestran que más de la mitad (52%) del conjunto de obreros fabriles
son del sexo femenino y alrededor del 48% del sexo masculino, y que más de la
mitad de ese personal es de más de 18 años de edad. Hasta ahí, es perfecto.
Pero esos señores industriales se han cuidado mucho decirnos cuál es, entre los
adultos, la proporción de hombres y mujeres. Ahora bien, ahí es donde está
precisamente la cuestión. Además, ellos manifiestamente cuentan asimismo los
mecánicos, carpinteros, y todos los hombres adultos que, de alguna manera,
tenían que ver con sus fábricas, incluyendo tal vez hasta los secretarios,
etc., pero no tienen el valor de decir toda la verdad objetiva. Por lo demás,
sus informaciones abundan en errores, en interpretaciones falsas o interesadas,
en cálculos de promedios, que demuestran mucho al profano pero nada al que está
al corriente de la situación, en silencio precisamente sobre los puntos
esenciales: ellos no hacen más que demostrar la ceguedad egoísta y la ruindad
de esos industriales. Citaremos del discurso en el cual Lord Ashley presentó su
moción sobre la jornada de 10 horas, pronunciado en la Cámara de los Comunes el
15 de marzo de 1844, algunos datos que no han sido refutados por los
industriales sobre la edad de los obreros y la proporción de hombres y mujeres.
Por otra parte, los mismos sólo se refieren a una parte de la industria
inglesa. De los 41959047 obreros fabriles del imperio británico (en
1839) 192887 (o sea casi la mitad) eran de menos de 18 años de edad y 242996
eran del sexo femenino, de las cuales 112192 menores de 18 años. Según esas
cifras, 80695 obreros del sexo masculino tienen menos de 18 años de edad, y
9659948 son adultos, o sea el 23%, por tanto ni siquiera la cuarta
parte del total. En las hilanderías de algodón, 561/4% del conjunto del
personal estaba compuesto de mujeres, en la rama de la lana el 691/2%, en la de
la seda el 701/2 %, y en las de lino el 701/2%. Estas cifras son suficientes
para demostrar que los trabajadores adultos del sexo masculino son suplantados,
y no tiene uno más que entrar en la primera hilandería que encuentre para ver
la cosa efectivamente confirmada. El resultado inevitable es el trastorno del
orden social existente, que precisamente porque es impuesto, tiene para los
obreros las consecuencias más funestas.
47 (1845 y 1892). Cifra
rectificada: 419560
48 (1845 y 1892). Cifra
rectificada: 96569
El trabajo de las mujeres disgrega completamente
la familia; porque cuando la mujer pasa diariamente 12 ó 13 horas en la fábrica
y el marido trabaja también allí o en otra parte, ¿qué será de los niños? Ellos
crecen libremente como la mala hierba, o se dan a cuidar fuera por 1 ó 11/2
chelines a la semana, y uno se imagina cómo son tratados. Por eso en los
distritos industriales se multiplican de una manera horrorosa los accidentes de
los cuales los niños son víctimas por falta de vigilancia. Las listas
establecidas por los funcionarios de Manchester encargados de la comprobación
auténtica de los decesos, indican (según el informe del Fact. Inq. Camm. del Dr. Hawkins, p. 3): en 9 meses, 69 fallecimientos por quemaduras,
56 por ahogamiento, 23 a consecuencia de caídas, 6749 por diversas
causas, por tanto, en total 21550 accidentes fatales*, mientras que
en Liverpool, que no es una ciudad manufacturera, solo había que deplorar, en
12 meses, 146 accidentes fatales. Los accidentes en las minas de carbón no se
hallan incluidos para esas dos ciudades; hay que observar que el coroner51
de Manchester no tiene a Salford bajo su jurisdicción si bien la población de
ambos distritos es poco más o menos la misma. El Manchester Guardian, relata en
todos o casi todos sus números uno o varios casos de quemadura. Es natural que
la mortalidad general de todos los niños pequeños aumente52
igualmente debido a que las madres trabajan, y los hechos lo confirman
de manera concluyente. Con frecuencia las mujeres regresan a la fábrica tres o
cuatro días después de dar a luz, dejando desde luego la criatura en la casa;
durante las horas de descanso ellas corren deprisa a sus casas para amamantar
al niño y comer ellas mismas un poco. ¡Es fácil de imaginar en qué condiciones
tiene lugar ese amamantamiento! Lord Ashley cita las declaraciones de algunas
obreras:
"M.H., de 20 años de edad, tiene
dos niñas, el más pequeño es un niño de pecho que es cuidado en la casa por el
otro de más edad; ella parte para la fábrica poco después de las 5 de la mañana
y regresa a su casa a las 8 de la noche; durante el día, la leche le fluye de
los senos hasta el punto de empapar su ropa. H.W. tiene tres niños, deja su
casa el lunes a las 5 de la mañana y no regresa hasta el sábado a las 7 de la
noche. Ella entonces tiene tantas cosas que hacer para sus hijos que no se
acuesta hasta las 3 de la madrugada. Con frecuencia es calada hasta los huesos
por la lluvia y por trabajar en ese estado: 'Mis senos me han hecho sufrir
horriblemente; me he encontrado inundada de leche'".
* En 1843, de 189 accidentados atendidos en el hospital de
Manchester, 189 lo fueron por quemaduras; no sé cuántos casos fueron mortales.
(F.E.)
49 (1845 y 1892). Cifra
rectificada: 77
50 (1845 y 1892). Cifra
rectificada: 225
51 Funcionario encargado
de investigar el fallecimiento, en caso de muerte violenta o súbita. ( Ojo p 368 en
alemán)
52 (1892) gesteigert.
(1845) gehoben
El empleo de narcóticos para
tranquilizar a los niños es más que favorecido por ese infame sistema y ahora
se halla verdaderamente muy extendido en los distritos industriales. El Dr.
Johns, inspector en jefe del distrito de Manchester, opina que esa costumbre es
una de las causas esenciales de las frecuentes convulsiones mortales. El
trabajo de la mujer en la fábrica desorganiza inevitablemente a la familia y
esa desorganización tiene, en el estado actual de la sociedad, que descansa en
la familia, las consecuencias más desmoralizadoras, tanto para los esposos como
para los niños. Una madre que no tiene el tiempo de ocuparse de su criatura, de
prodigarle durante sus primeros años los cuidados y la ternura más normales,
una madre que apenas puede ver a su hijo no puede ser una madre para él, ella
deviene fatalmente indiferente, lo trata sin amor, sin solicitud, como a un
niño extraño. Y los niños que crecen en esas condiciones más tarde se pierden
enteramente para la familia, son incapaces de sentirse en su casa en el hogar
que ellos mismos fundan, porque solamente han conocido una existencia aislada;
ellos contribuyen necesariamente a la destrucción, por otra parte general, de
la familia entre los obreros. El trabajo de los niños implica una
desorganización análoga de la familia. Cuando llegan a ganar más de lo que les
cuesta a sus padres el mantenerlos, ellos comienzan aentregar a los padres
cierta suma por hospedaje y gastan el resto para ellos. Y esto ocurre a menudo
desde que tienen 14 ó 15 años (Power: Rept. on Leed, passim; Tufnell: Rept. on
Manchester, p. 17, etc. en el informe de fábricas). En una palabra, los hijos
se emancipan y consideran la casa paterna como una casa de huéspedes: no es
raro que la abandonen por otra, si no les place.
En muchos casos, la familia no es
enteramente disgregada por el trabajo de la mujer pero allí todo anda al revés.
La mujer es quien mantiene a la familia, el hombre se queda en la casa, cuida
los niños, hace la limpieza y cocina. Este caso es muy frecuente; en Manchester
solamente, se podrían nombrar algunos centenares de hombres, condenados a los
quehaceres domésticos. Se puede imaginar fácilmente qué legítima indignación
esa castración de hecho suscita entre los obreros, y que trastorno de toda la
vida de familia resulta de ello, en tanto que las demás condiciones sociales
siguen siendo las mismas. Tengo ante mí la carta de un obrero inglés, Robert
Pounder, Baron's Building, Woodhouse Moor Side, en Leeds (la burguesía puede ir
a buscarla allí, para ello es que indico la dirección exacta) que éste le
dirigió a Oastler, la cual sólo puedo transcribir más o menos sin adornos; se
puede en rigor imitar su ortografía, pero el dialecto de Yorkshire es
intraducible. En ella cuenta cómo otro obrero conocido suyo, que había partido
en busca de trabajo tropezó con un viejo amigo en St. Helen, Lancashire.
"Pues bien, señor, él lo encontró,
y cuando llegó a su barraca, que es lo que era, imagínese, pues un sótano bajo
y húmedo; la descripción que dio de los muebles es la siguiente: 2 sillas
viejas, una mesa redonda de tres patas, un cajón, ninguna cama sino una montón
de paja vieja en un rincón con un pal de sávanas sucia encima, y 2 tapa de caja
en la chimenea y cuando mi povre amigo entró estaba sentado en el cajón celca
del fuego, y ¿que usté que hasia? estaba allí y sursía las medias de su mujel
con la aguja de sursir y cuando vio a su viejo amigo en el unbral, izo, como
para esconder las medias, pero Joe, que era así el nombre de mi amigo vio bien
la cosa, y dijo: Jack, Dios mio, ¿qué hases tu, dónde es que está tu mujel? ¿qué es ese trabajo que hases tu? El povre Jack tubo vergüensa. i dijo, no, yo sé
bien, ese no es mi travajo, pero mi povre mujel esta en la fábrica, entra a las
5 y media de la mañana y travaja hasta las 8 de la noche y está tan aplastada
que no puede haser nada cuando llega a la casa, yo tengo que hacer por ella todo
lo que puedo, polque no tengo travajo ni e tenido desde hase tres años ni más
nunca encontraré y los ojos se le llenaron de lágrimas. Oh amigo Joe dijo, hay
sufisiente travajo para las mujeres y los chiquillos en la región pero no para
los hombres; es más fácil encontrar cien libras en la calle que travajo pero no
había creído que tu ni nadie me viera sursiendo las medias de mi mujel polque
ese no es travajo de hombre, pero ya casi se le caen a pedasos de las piernas y
tengo miedo que ella se enferme por completo y yo se qué pasaría polque hase
tiempo que ella a sido el hombre en la casa; y yo soy el que hase de mujel; ese
no es travajo, Joe, y el se puso a llorar y dijo, pero esa no a sido siempre
así; no Jack, dijo Joe, y no se como te la arreglaba pa vivir sin travajo; yo
te lo voy a decir Joe, iba tirando pero la cosa salio mal, tu sabe cuando
estaba casado tenía travajo, y tu sube que jamás e sido vago; pues no, tu nunca
as sido vago; y teniamos una buena casa amueblada y Mary no tenia necesidad de
travajar, yo podia travajar por los do, y ahora es el mundo al revé; Mary tiene
que trabajar y yo me quedo aqui pa cuidal los niños y limpiar y labar y
cosinar, y sursir, polque cuando la povre mujel viene por la noche está
fatigada asta reventar; tu sabes Joe es duro cuando uno está abituado a otra
cosa, Joe dijo: si mi viejo, es duro, y Jack empesó a llorar otra ves y desía
que ojalá nunca se ubiera casado ni nunca nacido, pero que nunca crelló cuando
se casó con Mary que todo eso iva a pasar. Como he llorado a causa de todo eso,
dijo Jack, y bueno señor, cuando Joe oyó todo eso, el me dise que maldició y
mando a todos los diables las fábricas y los industriales y el govierno con todos
los ajos que había aprendido desde su jubentud en las fábricas."
¿Puede imaginarse una situación más
absurda, más insensata, que la que describe esa carta? Y sin embargo, esa
situación que quita al hombre su carácter viril y a la mujer su femineidad sin
poder dar al hambre una verdadera femineidad y a la mujer una verdadera
virilidad, esa situación que degrada de manera más escandalosa a ambos sexos y
lo que hay de humano en ellos, ¡es la última consecuencia de nuestra
civilización tan alabada, el último resultado de todos los esfuerzos logrados
por centenas de generaciones para mejorar su vida y la de sus descendientes!
Tenemos que, o bien perder toda la esperanza en la humanidad, en su voluntad y
en su marcha adelante, al ver los resultados de nuestro esfuerzo y de nuestro
trabajo convertirse así en escarnio; o entonces tenemos que admitir que la
sociedad humana ha errado el camino hasta aquí en su búsqueda de la felicidad;
tenemos que reconocer que un trastorno tan completo de la situación social de
ambos sexos sólo puede provenir del hecho de que sus relaciones han sido
falseadas desde el comienzo. Si la dominación de la mujer sobre el hombre, que
el sistema industrial ha engendrado fatalmente, es inhumana, la dominación del
hombre sobre la mujer tal como existía antes es necesariamente inhumana
también. Si la mujer puede ahora como antes el hombre, fundar su dominación en
el hecho de que ella aporta más, e incluso todo, al fondo común de la familia,
se sigue necesariamente que esa comunidad familiar no es ni verdadera, ni
racional porque un miembro de la familia puede todavía jactarse de que aporta
la mayor parte de ese fondo. Si la familia de la sociedad actual se disgrega,
esa disgregación muestra precisamente que, en realidad, no era el amor familiar
lo que constituía el vínculo de la familia, sino el interés privado conservado
en esa falsa comunidad de bienes.* Las mismas relaciones deben también existir
igualmente entre los hijos y sus padres cuando éstos no tienen trabajo y ellos
los mantienen, a menos que les paguen hospedaje, como hemos visto
anteriormente. El Dr. Hawkins manifiesta en su informe sobre fábricas que esa
situación se encuentra con bastante frecuencia y es públicamente notoria en Manchester.
Al igual que anteriormente la mujer, aquí son los hijos los que mandan en la
casa, de lo cual Lord Ashley cita un ejemplo en su discurso (sesión de la
Cámara de los Comunes del 15 de marzo de 1844). Un hombre había reprendido
seriamente a sus dos hijas porque ellas habían estado en una taberna, y éstas
manifestaron que estaban cansadas de ser gobernadas: "Damn you, we have
you to keep"53 y por otra parte ellas querían disfrutar un poco
del dinero ganado en el trabajo; ellas dejaron la casa paterna abandonando a
padre y madre a su suerte.
* Informaciones suministradas por los propios industriales
indican cuán numerosas son las mujeres que trabajan en fábricas. Hay 10721 de
ellas en 412 fábricas de Lancashire; entre sus maridos, solamente 5314
trabajaban igualmente en fabricas, 3929 tenían otro
empleo, 821 estaban desocupados, y sobre 329 no existían datos. Por tanto, en
cada fábrica hay por término medio 2, y a veces 3 hombres, que viven del
trabajo de su mujer. (F.E.)
53 ¡Vete al diablo,
nosotros tenemos que mantenerte!
Las mujeres solteras que han crecido en
las fábricas no son más afortunadas que las mujeres casadas. Es natural que la
muchacha que ha trabajado en fábricas desde la edad de nueve años no ha tenido la posibilidad de familiarizarse con las labores
domésticas; de ahí que las obreras de fábrica sean en ese campo enteramente
inexpertas y totalmente ineptas para ser buenas amas de casa. Ellas no saben ni
coser, ni tejer, ni cocinar o lavar; los quehaceres más ordinarias de una ama de casa les son desconocidos, y ellas ignoran
totalmente cómo hay que componérselas con los niños de brazos. El informe de
Fact. Inq. Comm. cita docenas de ejemplos de ello, y
el Dr. Hawkins, comisionado para Lancashire, expresa así su opinión (p. 4 del
informe):
"Las muchachas se casan jóvenes sin
pensar que no poseen ni los medios ni el tiempo ni la ocasión de aprender las
tareas ordinarias de la vida doméstica, e incluso si las conocen no tendrían el
tiempo, una vez casadas, de ocuparse en esas tareas. La madre se separa de su
criatura durante más de doce horas al día; se paga a una joven o a una anciana
para que cuide la criatura; por añadidura, la vivienda de los obreros
industriales sólo muy raramente es un hogar agradable (home), con frecuencia es
un sótano que no tiene ni utensilios de cocina, ni nada para lavar, para coser
o zurcir, donde falta todo lo que podría hacer la existencia agradable y
civilizada, todo lo que podría hacer el hogar atractivo. Por estas razones y
otras más, en particular para que las criaturas tengan más oportunidades de
sobrevivir, sólo puedo desear y esperar que un día vendrá en que las mujeres
serán excluidas de las fábricas."
Para los ejemplos aislados y los
testimonios, cf. Fact. Inq: Comm. Report, Cowell evid..: pp. 37; 38, 39, 72,
77, 50; Tufnell evid.: pp. 9, 15, 45, 54, etc.
Pero todo eso no es nada. Las
consecuencias morales del trabajo de las mujeres en las fábricas son mucho
peores aún. La reunión de personas de ambos sexos y de todas las edades en un
mismo taller, la inevitable promiscuidad que resulta de ello, el apiñamiento en
un espacio reducido de personas que no han tenido ni formación intelectual ni
formación moral, no están precisamente hechas para tener un efecto favorable
sobre el desarrollo del carácter femenino. El industrial, aun cuando esté
vigilante, no puede intervenir sino cuando el escándalo es flagrante; él no
podría estar al corriente de la influencia permanente, menos evidente, que
ejercen los caracteres disolutos sobre aquellos más morales y en particular
sobre los más jóvenes y por consecuencia, él no puede prevenirla. Ahora bien,
esa influencia es precisamente la más nefasta. El lenguaje empleado en las
fábricas se ha informado a las inspectores fabriles en 1833 de diversas
fuentes, es "indecente", "malo", "sucio", etc.
(Cowell. evid.: pp. 35, 37 y en muchos otros pasajes). La situación es en
pequeño aquella que hemos confirmado en gran escala en las grandes ciudades. La
concentración de la población tiene el mismo efecto sobre las mismas personas,
ya sea en una ciudad grande o en una fábrica relativamente pequeña. Si la
fábrica es pequeña, la promiscuidad es mayor y las relaciones inevitables. Las
consecuencias no se hacen esperar. Un testigo de Leicester dijo que prefería
ver a su hija mendigar que dejarla ir a la fábrica, que la fábrica es un
verdadero infierno, que la mayoría de las rameras de la ciudad deben su estado
a su frecuentación de la fábrica (Power evid.: p. 8); otro en Manchester,
"no tiene ningún escrúpulo en afirmar que las tres cuartas partes de las jóvenes
obreras fabriles de 14 a 20 años de edad ya no son vírgenes", (Cowell
evid.: p. 57) El inspector Cowell emite la opinión de que la moralidad de los
obreros fabriles se sitúa un poco por debajo del promedio de la clase
trabajadora (p. 82) y el Dr. Hawkins dice (Rept. p. 4):
"Es difícil dar un estimado en
cifras de la moralidad sexual, pero según mis propias observaciones, la opinión
general de aquellos a quienes he hablado de ello, así como el tenor de los
testimonios que me han proporcionado, la influencia de la vida fabril sobre la
moralidad de la juventud femenina parece justificar un punto de vista
enteramente pesimista."
Huelga decir que la esclavitud de la
fábrica, como toda otra y hasta más que toda otra, confiere al patrón el Jus
primae noctis.54 A este respecto también el industrial es el amo del
cuerpo y de los encantos de sus obreras. El despido es una sanción suficiente
para vencer en nueve casos de cada diez, si no en el 99% de los casos, toda
resistencia de parte de muchachas que, además, no tienen disposiciones
particulares a la castidad. Si el industrial es lo bastante infame (y el
informe de la comisión cita varios casos de ese género), su fábrica es al
propio tiempo su harén; el que todos los industriales no hagan uso de su
derecho no cambia en nada la situación de las muchachas. En los comienzos de la
industria manufacturera, en la época en que los industriales eran unos
advenedizos sin educación que no respetaban las reglas de la hipocresía social,
ellos no se dejaban detener por nada en el ejercicio de su derecho "bien
adquirido".
54 El derecho a la primera
noche.
A fin de juzgar bien los efectos del
trabajo fabril sobre el estado físico de las mujeres, será necesario examinar
primeramente el trabajo de los niños y la naturaleza misma de la labor.
Desde el comienzo de la nueva industria
se han empleado niños; al principio, debido a las pequeñas dimensiones de las
máquinas (que más tarde resultaron mucho más importantes), se daba ocupación
casi exclusivamente a niños; se buscaban en las casas de asistencia y se
tomaban como "aprendices" por bandas enteras durante largos años
entre los industriales. Eran alojados y vestidos colectivamente y devenían,
desde luego, enteramente esclavos de sus patrones que los trataban con una brutalidad
y una barbarie extremas. Desde 1796, la opinión pública manifestó tan
enérgicamente su disgusto por boca del Dr. Percival y de Sir R. Peel (padre del
ministro actual y él mismo fabricante de telas) que el Parlamento votó en 1802
una Apprentice Bill(32) (ley sobre aprendices) que
puso término a los abusos más escandalosos. Poco a poco, la competencia de los
trabajadores libres se hizo sentir, y todo el sistema de
"aprendizaje" desapareció progresivamente. Poco a poco se
construyeron las fábricas sobre todo en las ciudades, se aumentó el tamaño de
las máquinas, se construyeron locales mejor ventilados y más sanos; hubo más
empleo para los adultos y personas jóvenes; proporcionalmente, el número de
niños empleados disminuyó un poco mientras que se elevaba un tanto la edad
promedio a la cual se comenzaba a trabajar. Se dio empleo entonces a sólo pocos
niños de menos de ocho o nueve años de edad. Más tarde, el poder legislativo
intervino varias veces, como veremos más adelante, para proteger a los niños contra
la rapacidad de la burguesía.
La mortalidad elevada que hacía estragos
entre los hijos de los obreros, particularmente de los obreros fabriles, es una
prueba suficiente de la insalubridad a la cual se hallan expuestos durante, sus
primeros años. Esas causas obran igualmente sobre los niños que sobreviven,
pero evidentemente sus efectos son entonces un poco más atenuados que sobre
aquellos que son víctima de las mismas. En el caso más benigno, implican una
predisposición a la enfermedad o un retraso en el desarrollo y, por
consiguiente, un vigor físico inferior al normal. El hijo de nueve años de un
obrero, que crece en la miseria, las privaciones y las vicisitudes de la
existencia, en la humedad, el frío y la falta de vestido, está lejos de poseer
la capacidad de trabajo de un niño criado en buenas condiciones de higiene. A
los nueve años se le envía a la fábrica, allí trabaja seis horas y media
diariamente (antaño ocho horas, y antes, de doce a catorce horas, incluso
dieciséis horas) hasta la edad de trece años; a partir de ese momento, trabaja
doce horas; a los factores de debilitamiento que persisten, viene a añadirse la
labor.
Desde luego, no se podría negar que un
niño de nueve años, incluso el de un obrero, pueda soportar un trabajo diario
de seis horas y media sin que resulten para su desarrollo efectos nefastos
visibles, y de lo cual ese trabajo sería la causa evidente; pero se admitirá
que la estancia en la atmósfera de la fábrica, asfixiante, húmeda y con
frecuencia de un calor húmedo, no podría en ningún caso mejorar su salud. De
todos modos, es prueba de irresponsabilidad el sacrificar a la avaricia de la
burguesía insensible los años de los niños que deberían estar consagrados
exclusivamente a su desarrollo físico e intelectual, el privar a los niños de
la escuela y el aire libre, para explotarlos en beneficio de los señores
industriales. Por supuesto, la burguesía nos dice: "Si no empleamos a los
niños en las fábricas, ellos permanecerán en condiciones de vida desfavorables
para su desarrollo", y en términos generales eso es cierto, -pero qué
significa ese argumento, reducido a su justo valor,- sino que la burguesía
coloca primeramente a los niños de los obreros en esas malas condiciones en
beneficio propio; ella invoca un hecho del cual es tan culpable como el sistema
industrial, justifica la falta que comete hoy por aquella que cometió ayer. Si
la ley de fábricas no los atara un poco las manos, veríamos cómo esos burgueses
"benevolentes" y "humanos", que en realidad han construido
sus fábricas solamente por el bien de los trabajadores, veríamos cómo ellos
asumirían la defensa de los intereses de los trabajadores. Veamos un poco cómo
ellos han obrado, antes de tener sobre sus talones a los inspectores de
fábricas; su propio testimonio, el informe de la comisión de fábricas de 1833,
debe confundirlos.
El informe de la comisión central
comprueba que los fabricantes raramente emplean a niños de cinco años de edad,
frecuentemente de seis años, muy a menudo de siete años, en la mayoría de los
casos de ocho o nueve años; que la duración del trabajo es con frecuencia de 14
a 16 horas diarias (excluyendo el tiempo de las comidas), que los industriales
toleraban que los supervisores golpearan y maltrataran a los niños, y que ellos
mismas frecuentemente obraban del mismo modo; se informa incluso del caso de un
industrial escocés que persiguió a caballo a un obrero de 16 años que había
huido, forzándolo a correr delante de él al trote de su caballo y golpeándolo
continuamente con un largo látigo. (Stuart evid.: p. 35). En las grandes
ciudades, donde los obreros resisten más, es cierto que tales casos eran menos
frecuentes. Sin embargo, incluso esa larga jornada de trabajo no bastaba a la
voracidad de los capitalistas. Había que obrar por todos los medios de suerte
que el capital invertido en edificios y máquinas fuese rentable, había que
hacerlo trabajar lo más posible. Por eso es que los industriales introdujeron
el escandaloso sistema del trabajo nocturno; entre algunos de ellas, había dos equipos
de obreros, cada uno lo bastante fuerte para hacer funcionar toda la fábrica;
uno trabajaba 12 horas de día, otro 12 horas de noche.
Se puede uno imaginar fácilmente las consecuencias que deberían tener
fatalmente sobre el estado físico de los niños sobre todo pequeños y grandes e
incluso de los adultos, esa privación permanente del reposo nocturno que ningún
sueño diurno podría sustituir. La sobreexcitación de todo el sistema nervioso,
unida a un debilitamiento y a un agotamiento de todo el cuerpo, tales eran los
resultados inevitables. A ello hay que añadir el estímulo y la excitación al
alcoholismo, al desenfreno sexual; un industrial declara (Tufnell: evid.: p.
91) que durante los dos años que él mantuvo el trabajo nocturno nació el doble
de niños ilegítimos y que la desmoralización se agravó hasta el punto en que
tuvo que renunciar al trabajo de noche. Otros industriales usaban un
procedimiento más bárbaro todavía; ellos hacían trabajar a numerosos obreros de
30 a 40 horas de un tirón, varias veces por semana, poniendo en pie equipos de
sustitución incompletos que no tenían otra finalidad que reemplazar cada vez a
una parte solamente de los obreros para permitirles dormir algunas horas. Los
informes de la comisión sobre esos actos de barbarie y sus consecuencias
superan todo lo que me ha sido dable conocer en ese campo. Horrores tales como
las que se relatan en los mismos no se hallan en ninguna parte, y veremos cómo
la burguesía no cesa de invocar el testimonio de la comisión en su favor. Las
consecuencias de semejantes fechorías no se hicieron esperar: los inspectores
informaran que ellos han estado entrevistando a una multitud de achacosos cuyos
males provenían indudablemente de las largas horas de trabajo. Los achaques
consisten casi siempre en una desviación de la columna vertebral y una
deformación de las piernas y se describen en esos términos por Francis Sharp,
M.R.C.S. (miembro del Real Colegio de Cirugía).
"Jamás había yo comprobado la
deformación de la extremidad inferior del fémur antes de venir a Leeds. Creía
primeramente que se trataba de raquitismo, pero el gran número de enfermos que
se presentaban en el hospital y la aparición de esa enfermedad a una edad (de 8
a 14 años) en que los niños habitualmente ya no están sujetos al raquitismo,
así como el hecho de que ese mal había comenzado solamente desde que los niños
trabajaban en la fábrica, me indujeron pronto a modificar mi opinión. Hasta el
presente he atendido alrededor de un centenar de casos de ese género, y puedo
afirmar de la manera más categórica que se trata de las consecuencias del
exceso de trabajo físico; hasta donde yo sepa se trataba únicamente de niños
que trabajaban en las fábricas, y ellos mismos veían en ese hecho el origen de
su mal. El número de casos de desviación de la columna vertebral consecuencia
manifiesta de permanecer de pie demasiado que he comprobado no debe ser
inferior a 300" (Dr. Loudon evid.: pp. 12, 13).
El Dr. Hey, de Leeds, médico del
hospital durante 18 años se expresa igualmente:
"Las deformaciones de la columna
vertebral son muy frecuentes entre los obreros. Algunas de ellas, como
consecuencia de exceso de trabajo físico, otras como consecuencia de un trabajo
prolongado sobre una constitución originariamente débil o debilitada por una
mala alimentación. Los estropeados parecían ser más frecuentes que estas
enfermedades; las rodillas estaban torcidas hacia adentro, los tendones de los
tobillos muy frecuentemente aflojados y distendidos y los huesos largos de las
piernas, torcidos. Eran sobre todo los extremos de esos huesos largos los que
se hallaban deformados e hipertrofiados, y esos pacientes provenían de fábricas
donde con frecuencia se trabajaba prolongadamente" (Dr. Loudon evid.: p.
16).
Los cirujanos Beaumont y Sharp, de
Bradford, se expresan en el mismo sentido. Los informes de los inspectores
Drinkwater, Power, y del Dr. Loudon contienen un sinnúmero de ejemplos
parecidos de tales deformaciones, los de Tufnell y el Dr. Sir David Barry que
se interesan menos en esos casos particulares, contienen algunos (Drinkwater
evid.: p. 69; dos hermanos: pp. 72, 80; 146, 148, 150; dos hermanos: pp. 155 y
muchos otros; Power evid. . . pp. 63, 66, 67; dos ejemplos; p. 68; tres
ejemplos: p. 69; dos ejemplos en Leeds: pp. 29, 31, 40, 43, 53 ss.; Dr. Loudon
evid.: pp. 4, 7, cuatro ejemplos; p. 8 varios ejemplos, etc.; Sir D. Barry: pp.
6, 8, 13, 21, 22, 44, 55, tres ejemplos; Tufnell: pp. 5, 16, etc.). Los
inspectores para Lancashire, Cowell, Tufnell y el Dr. Hawkins han descuidado
casi completamente ese aspecto de las consecuencias médicas del sistema
industrial, aunque ese distrito puede rivalizar perfectamente con el de
Yorkshire en cuanto al número de sus pacientes. Raramente he andado por
Manchester sin toparme con tres o cuatro inválidos que sufren precisamente de
la deformación de la columna vertebral y de las piernas que acaba de ser
descrita y es un detalle que a menudo he observado y he tenido la ocasión de
observar. Conozco personalmente a un lisiado que responde exactamente a la
descripción hecha anteriormente por el Dr. Hey y que se lisió en la fábrica del
señor Douglas, en Pendleton, quien disfruta todavía entre los trabajadores de
una tremenda reputación por haber exigido antes un trabajo que se prolongaba
durante noches enteras en el aspecto de esa categoría de impedidos, se ve
inmediatamente de dónde provienen sus deformaciones, todos tienen la misma
silueta, las rodillas dobladas hacia adentro y hacia atrás, los pies virados
hacia adentro, las articulaciones deformadas y gruesas, y con frecuencia la
columna vertebral desviada hacia adelante o de lado. Mas son esos buenos
industriales filántropos del distrito de Macclesfield, donde se trabaja la
seda, los que parecen haberse excedido, lo cual se debe también al hecho de que
niños muy tiernos, de cinco o seis años, trabajan en esas fábricas. Entre los
testimonios anexos del inspector Tufnell hallamos la deposición de un jefe de
taller, Wright (p. 26), cuyas dos hermanas habían sido lisiadas de la manera
más vergonzosa, y que un día había contado el número de lisiadas en varias
calles, algunos de las más limpias y atractivas de Macclesfield: encontró 10 en
Townley Street, 5 en George's Street, 4 en Charlotte Street, 15 en Watercots, 3
en Bank Top, 7 en Lord Street y 12 en Mills Lane, 2 en Great Georges Street, 2
en el hospicio de los pobres, 1 en Park Green y en Pickford Street dos lisiados
cuyas familias declararon unánimemente que las deformaciones eran el resultado
de un trabajo excesivo en las fábricas de tramar la seda. En la p. 27 se cita
el caso de un niño que se hallaba tan lisiado que no podía trepar una escalera,
y se mencionan casos de muchachas que presentan deformaciones de la espalda y
las caderas.
Ese trabajo excesivo provoca igualmente
otras deformaciones, en particular los pies planos, afección muy a menudo
comprobada por Sir D. Barry (por ej. pp. 21 ss; dos veces) y que los médicos y
cirujanos de Leeds (Loudon, pp. 13, 16, etc.) consideran igualmente como muy
frecuente. En los casos en que una constitución más robusta, una mejor
alimentación y otros factores han permitido al joven obrero resistir semejantes
efectos de una explotación bárbara, comprobamos por lo menos dolores de
espalda, en las caderas y piernas, tobillos hinchados, várices, ó bien extensas
úlceras persistentes en los muslos y en las pantorrillas. Estos males son casi
comunes entre los obreros; los informes de Stuart, Mackintosh, y Sir D. Barry
contienen centenares de ejemplos, e incluso ellos no conocen, por decirlo así,
a ningún obrero que no sufra de alguna de esas afecciones y, en los demás
informes, la presencia de las mismas consecuencias es comprobada al menos por
varios médicos. Los informes concernientes a Escocia, establecen de manera
indudable, gracias a numerosos ejemplos, que un trabajo de trece horas provoca
incluso entre los obreros de uno y otro sexos de 18 a 20 años de edad, por lo
menos esos mismos efectos, tanto en las hilanderías de lino de Dundee y de
Dunfermline como en las fábricas de telas de algodón de Glasgow y de Lanark.
Todos esos males se explican fácilmente
por la naturaleza del trabajo fabril, que es, desde luego, según la palabra de
los industriales, muy "fácil", pero que es precisamente por su
facilidad, más agotador que cualquier otro. Los obreros tienen pocas cosas que
hacer, pero son obligados a permanecer constantemente de pie sin poder
sentarse. Cualquiera que se siente en el reborde de una ventana o en una cesta
es castigado; esa permanencia perpetua de pie en un sitio, la presión mecánica
permanente de la parte superior del cuerpo sobre la columna vertebral, sobre
las caderas y las piernas produce obligatoriamente los efectos que citamos
anteriormente: Sin embargo, esa permanencia en un sitio de pie no es
indispensable al trabajo, y por lo demás se han instalado asientos, al menos en
los talleres de Nottingham (lo que tiene por consecuencia la ausencia de esos
males, y por consiguiente los obreros se hallan dispuestos a laborar
prolongadamente), pero en una fábrica donde el obrero sólo trabaja para el
burgués y tiene poco interés en hacer bien su trabajo él ciertamente no se
sentirá estimulado a hacer nada que sea agradable y ventajoso para el
industrial; los obreros deben por tanto sacrificar la salud de sus miembros a
fin de que sea estropeada un poco menos la materia prima del burgués.* Esa larga
y permanente posición de pie provoca, añadiéndose a la atmósfera generalmente
rarificada de las fábricas, un agotamiento considerable de toda la energía
física y por ende todo género de males menos localizados que generalizados. La
atmósfera de las fábricas es habitualmente a la vez caliente y húmeda, más bien
más caliente de lo necesario y si la ventilación no es muy buena, la atmósfera
es muy impura, asfixiante, pobre en oxígeno, plena de polvos y de vapores del
aceite de las máquinas que mancha casi por todas partes el suelo; los
trabajadores visten poca ropa debido al calor, y se resfriarían automáticamente
si cambiara la temperatura de la pieza; pero en ese calor, la menor corriente
de aire les parece desagradable, el debilitamiento progresivo que se va
apoderando progresivamente de todas las funciones físicas disminuye el calor
animal que debe ser entonces mantenido desde el exterior; y por eso el obrero
prefiere permanecer en esa atmósfera calurosa de la fábrica, con todas las
ventanas cerradas. A ello viene a añadirse el efecto del cambio brusco de
temperatura cuando el obrero deja la atmósfera muy calurosa de la fábrica y
tropieza con el aire glacial o muy frío y húmedo de puertas afuera, la
imposibilidad para el obrero de protegerse bien de la lluvia y de cambiar de
ropas cuando éstas se mojan; esos son factores que constantemente provocan
resfriados. Y cuando se piensa que, a pesar de todo, ese trabajo no exige ni
hace realmente trabajar casi ningún músculo del cuerpo, a no ser tal vez los de
las piernas que nada contrarresta el efecto debilitante y agotador de los
factores enumerados anteriormente, sino que al contrario falta todo ejercicio
que pueda dar vigor a los músculos, elasticidad y firmeza a los tejidos, que
desde su juventud el obrero nunca ha tenido tiempo de hacer el menor ejercicio
al aire libre, no se asombrará ya de la casi unanimidad con la cual los médicos
declaran en el informe sobre las fábricas, que ellos han comprobado
particularmente entre los obreros fabriles una falta de resistencia
considerable a las enfermedades, un estado depresivo general que afecta todas las
actividades vitales, un disminución persistente de las fuerzas intelectuales y
físicas. Veamos primeramente lo que dice Sir D. Barry:
* En los talleres de hilados de una fábrica de Leeds,
también se han instalado asientos, Drinkwater, evid,:
p. 85. (F.E.)
"Las influencias desfavorables del
trabajo fabril sobre los obreros son las siguientes: 1) la necesidad absoluta de
sincronizar sus esfuerzos físicos e intelectuales con los movimientos de
máquinas movidas por una fuerza regular e infatigable; 2) la posición de pie
que hay que soportar durante períodos anormalmente largos y demasiado próximos
unos de otros; 3) la privación de sueño (debido a un trabajo prolongado, o a
dolor en las piernas y enfermedades físicas generalizadas). Hay que añadir
además el efecto de los talleres con frecuencia de techo bajo, exiguos,
polvorientos, o húmedos, un aire malsano, una atmósfera recalentada una
transpiración continua. Por eso los niños en
particular, salvo raras excepciones, pierden muy pronto las mejillas rosadas de
la infancia, y devienen más pálidos y más enclenques que otros niños. Incluso
el aprendiz de tejedor manual que permanece descalzo en el piso de tierra del
taller, conserva mejor semblante, porque de vez en cuando sale al aire libre.
Pero el niño que trabaja en una fábrica no tiene un momento de ocio, a no ser
para comer, y no sale nunca al aire libre sino para comer. Todos los hiladores
adultos son pálidos y flacos, sufren de un apetito caprichoso y de malas
digestiones; y como todos ellos han crecido en la fábrica desde su juventud y
como entre ellos hay pocos o ningún hombre de alta talla y de constitución
atlética, uno tiene que llegar a la conclusión de que su trabajo es muy
desfavorable para el desarrollo de la constitución masculina. Las mujeres
soportan mucho mejor ese tipo de trabajo" (Completamente natural, pero
veremos que ellas también tienen sus enfermedades.). (General Report by Sir D.
Barry.)
Asimismo Power:
"Puedo realmente afirmar que el
sistema manufacturero ha provocado en Bradford una multitud de lisiados... y
que los efectos físicos de una labor muy prolongada no se manifiestan solamente
bajo el aspecto de deformaciones verdaderas, sino de manera mucho más general,
por la paralización del crecimiento, el debilitamiento de los músculos
y la endeblez" (Power, Report, p. 74.)
He aquí de nuevo al cirujano (Wundarzt)*
F. Sharp, de Leeds, que ya hemos citado:
"Cuando abandoné Scarborough para
instalarme en Leeds, me sorprendió inmediatamente el hecho de que aquí los
niños generalmente tienen el semblante mucho más pálido y que sus tejidos son
mucho menos firmes que aquellos de Scarborough y sus alrededores. He hallado
igualmente que muchos niños son excepcionalmente pequeños para su edad... He
comprobado innumerables casos de escrófulas, de afecciones pulmonares,
mesentéricas y casos de mala digestión, que en mi opinión como médico, son provocados
sin duda alguna por el trabajo fabril. Creo que el trabajo prolongado debilita
la energía nerviosa del cuerpo y prepara el terreno para numerosas
enfermedades; sin la afluencia constante de gente del campo, la raza de los
obreros fabriles degeneraría pronto completamente."
* Aquellos a quienes se llama cirujanos (surgeons) son
médicos graduados, lo mismo que los médicos diplomados (physicians) y por eso
practican generalmente tanto la medicina como la cirugía. Se les prefiere
incluso generalmente a los "physicians" por diferentes razones.
(F.E.)
Beaumont, cirujano de Bradford, se
expresa en los mismos términos:
"En mi opinión, el sistema de
trabajo fabril en vigor aquí, provoca una atonía característica de todo el
organismo y hace a los niños extremadamente vulnerables a las epidemias así
como a las enfermedades accidentales... Considero que la ausencia de toda
reglamentación apropiada de la ventilación y de la limpieza de las fábricas es
realmente una de las causas principales de esa morbidez particular o de esa receptividad
a las afecciones patológicas que he comprobado tan frecuentemente en mi
práctica."
Asimismo, he aquí el testimonio de
William Sharp, Jr.55:
"1) he tenido la ocasión de
observar, en las condiciones más favorables, los efectos del régimen de trabajo
en las fábricas sobre la salud de los niños (en la fábrica de Wood, en
Bradford, la mejor atendida del lugar, donde él era médico agregado a la
fábrica); 2) esos efectos son incontestablemente dañinos en alto grado, incluso
en las condiciones favorables de la fábrica en que yo estaba; 3) en 1832,
atendí a las tres quintas partes de todos los menores que trabajan en la
fábrica de Wood; 4) el efecto más nefasto no es el predominio de lisiados, sino
de constituciones débiles y enfermizas; 5) se logró una mejora muy sensible
desde que la duración del trabajo de los menores de Wood se redujo a 10 horas.
55 (1845) erróneamente dice Dr. Kay
(cf Factories Inquiry Commission, Second Report, 1833, col. 3, p. 23).
El propio comisionado, Dr. Loudon, que
cita estos testimonios dice:
Yo creo que acaba de demostrarse
bastante claramente, que los niños han sido obligados a proveer un trabajo de
una duración irracional y cruel e incluso los adultos han tenido que asumir un
trabajo que supera las fuerzas de cualquier ser humano. La consecuencia es que
un gran número muere prematuramente, que otros sufren para toda la vida de una
constitución de ficiente, y que, fisiológicamente hablando, los temores de ver
nacer generaciones debilitadas por las taras de los supervivientes parecen
estar muy bien fundados."
Y en fin el Dr. Hawkins a propósito de Manchester:
"Yo creo que la mayoría de los
viajeros se asombran de la pequeña talla, el aspecto desmedrado(insignificante)
y la palidez de innumerables personas que se ven en Manchester y sobre todo los
obreros fabriles. Nunca he visto ciudad en Gran Bretaña o en Europa donde la
diferencia con relación a lo normal del conjunto de la nación sea tan clara en
lo que concierne a la talla y la tez. Uno se sorprende de ver que las mujeres
casadas están desprovistas de todas las características de la mujer inglesa,
etc. Debo confesar que los niños y niñas que trabajan en las fábricas de
Manchester que me han presentado tenían todos el aspecto
deprimido y la tez pálida; nada de lo que constituye habitualmente la
movilidad, la vivacidad y la petulancia de la juventud se traslucían en la
expresión de su rostro. Un gran número de ellos declararon que no sentían el
menor deseo de ir a retozar en pleno aire, el sábado por la noche y el domingo,
y que preferían quedarse tranquilos en la casa."
Insertemos aquí, inmediatamente, otro
pasaje del informe de Hawkins, que bien viene al caso sólo a medias, por eso
precisamente lo mismo cabe aquí que en otra parte.
"La intemperancia, los excesos, y
la falta de previsión son los principales defectos de la población obrera y es
fácil ver que las causas de ello son las costumbres nacidas del sistema actual
y que emanan casi ineluctablemente del mismo. Se reconoce generalmente que la
mala digestión, la hipocondría y la debilidad general afectan a esta clase en
proporciones considerables; luego de doce horas de trabajo monótono, es muy
natural que se busque un excitante cualquiera; pero cuando además se padecen
esos estados mórbidos de que acabamos de hablar, pronto se recurre
repetidamente al alcohol."
El propio informe provee centenares de
pruebas en apoyo de los testimonios de los médicos y comisionados. Contiene
cientos de hechos que demuestran que el crecimiento de los jóvenes obreros es
obstaculizado por el trabajo; entre otras cosas, Cowell indica el peso de 46
muchachos, todos de 17 años y asistiendo a una escuela dominical, de los
cuales, 26 que trabajaban en fábricas, pesaban por término medio 104,5 libras
inglesas, y los 20 restantes que no trabajaban en fábricas, pero pertenecían a
la clase obrera, tenían un peso promedio de 117,7 libras. Uno de los
industriales más importantes en Manchester, líder de la oposición patronal a
los obreros -Robert Hyde Greg, yo creo- llegó hasta decir un día que si eso
continuaba, los obreros fabriles de Lancashire pronto se convertirían en una
raza de pigmeos.* Un teniente reclutador, declaró en su testimonio, (Tufnell,
p. 59), que los obreros fabriles son poco aptos para el servicio militar;
tienen aspecto enfermizo y desmedrado y con frecuencia son licenciados por los
médicos por inútiles. En Manchester, cuesta trabajo hallar hombres de 5 pies 8
pulgadas, casi todos sólo tienen 5 pies y 6 ó 7 pulgadas, mientras que en los
distritos agrícolas la mayoría de los reclutas llegan a las 8 pulgadas. (La
diferencia entre las medidas inglesas y las prusianas es de unas 2 pulgadas por
5 pies, siendo la medida inglesa la más corta.)
* Estas declaraciones no han sido extraídas del informe de
fábricas.(F.E.)
A causa de los efectos debilitantes del
trabajo fabril, los hombres son desgastados muy temprano. A los 40 años, la
mayoría se hallan incapacitados para trabajar. Algunos se mantienen hasta los
45; casi ninguno llega a los 50 años sin verse obligado a dejar de trabajar. La
causa de ello es, aparte de un debilitamiento físico general, una debilidad de
la vista como consecuencia del hilado en la mule, durante el cual el obrero
debe mantener la vista fija sobre una larga serie de hilos finos y paralelos
fatigando así considerablemente sus ojos. De los 1600 obreros empleados en
varias fábricas de Harpur y Lanark, solamente 10 tenían más de 45 años de edad;
de los 22094 obreros de diferentes fábricas de Stockport y de Manchester,
solamente 143 pasaban de los 45 años; asimismo entre estos 143, 16 eran
mantenidos por favor especial, y 1 realizaba el trabajo de un niño. En una
lista de 131 hiladores sólo había 7 de más de 45 años y, sin embargo, los 131
fueron todos rechazados por el industrial a quien ellos pedían empleo, por
tener "'demasiada edad". De 50 hiladores echados a un lado, en
Bolton, dos solamente eran de más de 50 años, los demás no llegaban ni siquiera
a 40 por término medio, ¡y todos carecían de empleo a causa de su avanzada
edad! Mr. Ashworth, un importante industrial, reconoce él mismo en una carta a
Lord Ashley, que hacia la edad de 40 años, los hiladores ya no son capaces de
producir una cantidad suficiente de hilados y que por esa razón "a
veces" son despedidos; ¡él califica como "viejos" a los obreros
de 40 años!* Del mismo modo, el comisionado Mackintosh dice en el informe de
1833 (A 2 p. 96):
"Aunque yo estuviese ya preparado
por el modo en que son empleados los niños, me costó trabajo sin embargo creer
a los obreros de cierta edad cuando me indicaban su edad, por lo temprano que
envejecen."
* Todo esto es extraído del discurso de Lord Ashley (sesión
del 15 de marzo de 1844 en los Comunes). (F.E.)
El cirujano Smellie, de Glasgow, que
atiende principalmente a obreros fabriles, dice también que para ellos 40 años
es una edad avanzada56 (old age) (Stuart evid.: p. 101). Hallamos en
Tufnell, evid.: pp. 3, 9, 15; Hawkins Rept: p.4, evid.: p.14 etc., testimonios
parecidos. En Manchester, ese envejecimiento prematuro de los obreros es tan
común que todo cuadragenario parece 10 ó 15 años mayor, mientras que las
personas de la clase acomodada hombres y mujeres conservan muy buen aspecto, a
condición de que no beban mucho.
56 (1892) schon hohes Alter. (1845)
schon ein hohes Alter
Los efectos del trabajo fabril sobre el
organismo femenino son también completamente de otra índole. Las deformaciones
físicas, como consecuencia de un trabajo prolongado, son todavía mucho más
graves entre las mujeres; deforma ciones de la pelvis debidas
por una parte a una mala posición de los huesos de la misma y a su crecimiento
defectuoso o a una desviación de la parte inferior de la columna vertebral, son
frecuentemente las enojosas consecuencias.
"Aunque yo no he encontrado -declara
el Dr. Loudon en su informe- ningún caso de deformación de la pelvis ni algunas
otras afecciones, estos son males que todo médico debe considerar como una
consecuencia probable del trabajo prolongado impuesto a los niños; y ello es
por otra parte asegurado por los médicos más dignos de crédito."
El hecho de que las obreras fabriles
tienen partos más difíciles que las demás mujeres es atestiguado por varias
comadronas y parteros, así como que ellas abortan más frecuentemente (por ej.,
por el Dr. Hawkins, evid.: pp. 11 y 13). Hay que añadir que las mujeres sufren
de la debilidad común al conjunto de los obreros fabriles y que, encinta,
trabajan en la fábrica hasta la hora del parto; evidentemente, si ellas cesan
el trabajo demasiado temprano, pueden temer el verse sustituidas y despedidas
y, además, pierden su salario. Ocurre muy a menudo que las mujeres que trabajan
todavía hasta la víspera del parto, dan a luz el día siguiente por la mañana, e
incluso no es raro que el alumbramiento tenga lugar en la fábrica, en medio de
las máquinas. Y si los señores burgueses no ven nada de extraordinario en ello,
tal vez sus mujeres convendrán conmigo en que el obligar indirectamente a una
mujer encinta a trabajar de pie, a agacharse frecuentemente doce o trece horas
(antes todavía más) hasta el día del parto, es de una crueldad sin nombre, de
una infame barbarie. Pero eso no es todo. Cuando las mujeres, luego del
alumbramiento, pueden permanecer sin trabajar durante 15 días, se sienten
felices y consideran que es un largo descanso. Muchas de ellas regresan a la
fábrica luego de ocho días de reposo, incluso después de tres o cuatro días
para hacer su tiempo completo de trabajo. Un día oí a un industrial preguntar a
un capataz: ¿No ha regresado fulana? -No.- ¿Cuándo dio a luz? -Hace ocho días-.
La verdad es que hace rato que pudo haber regresado. Aquella, allá arriba, casi
siempre se queda nada más que tres días en la casa. Desde luego, el temor de
ser despedidas, el temor a la desocupación, pese a su debilidad, pese a sus
sufrimientos, la hace regresar a la fábrica; el interés de los industriales no
podría soportar que los obreros permanezcan en la casa por causa de enfermedad;
ellos no tienen derecho de enfermarse; las obreras no deben permitirse el dar a
luz, sino el industrial tendría que paralizar sus máquinas o fatigar sus nobles
meninges para proceder a un cambio temporal; y antes de que ello ocurra, él
despide a sus trabajadores que se dan el lujo de no tener buena salud.
Escuchad, pues (Cowell, evid.: p. 77):
"Una joven se siente muy mal y
apenas puede hacer su trabajo. -¿Por qué, le pregunto, no pide permiso para
regresar a su casa? -Ah señor, el patrón es muy estricto en estas cuestiones,
si faltamos un cuarto de jornada, arriesgamos ser despedidas."
O este otro caso (Sir David Barry,
evid.: p. 44) Thomas Mac Durt, un obrero, con un poco de fiebre:
"No puede quedarse en casa, al
menos no más de cuatro horas, de lo contrario arriesga perder su empleo."
Y lo mismo ocurre en casi todas las
fábricas. El trabajo al cual son obligadas las jovencitas provoca durante su
período de crecimiento un sinnúmero de otros males. En algunas de ellas, el
calor muy fuerte que reina en las fábricas activa el desarrollo físico, en
particular entre las mejor alimentadas, de modo que algunas niñas de 12 a 14
años se hallan completamente formadas. Robertson, el partero ya citado y que el
informe de fábrica califica de "eminente" relata en el North of
England Medical and Surgical Journal, que reconoció a una niña de 11 años, y no
solamente era una mujer completamente formada, sino que además estaba encinta,
y que no era raro en Manchester que jovencitas de 15 años se convirtieran en
madres. En tales casos, el calor de las fábricas obra como el calor de los
climas tropicales y, como bajo esos climas, el desarrollo demasiado precoz se
paga con un envejecimiento y un debilitamiento prematuros. Sin embargo, hay
frecuentes ejemplos de retraso en el desarrollo sexual femenino: los senos se
forman tarde o no del todo (Cowell cita algunos de estos casos, p. 35); en muchos
casos la menstruación no aparece sino a los 17 ó 18 años, algunas veces a los
20 años y con frecuencia falta completamente (Dr. Hawkins, evid. p. 11; Dr.
Loudon, p. 14, etc.; Sir David Barry, p. 5, etc). Las menstruaciones
irregulares acompañadas de dolores y de males de todo género, en particular de
anemia, son muy frecuentes; en esto, los informes de los médicos son unánimes.
Los niños que esas mujeres traen al mundo, sobre todo cuando han tenido que
trabajar durante el embarazo, no pueden ser robustos. Al contrario, en el
informe se consideran muy desmedrados, sobre todo los de Manchester; únicamente
Barry afirma que lo pasan bien, pero dice también que en Escocia, donde hizo su
encuesta, casi no hay mujeres casadas entre las trabajadoras; además, la
mayoría de las fábricas se hallan ubicadas en el campo, excepto las de Glasgow,
y ese es un factor que contribuye mucho a la robustez de los niños. Los hijos
de obreros en los alrededores de Manchester son todos lozanos y rosados,
mientras que los de la ciudad son cloróticos y escrofulosos; pero a los 9 años
sus bellos colores desaparecen de un golpe, porque se envían entonces a la
fábrica y pronto no pueden distinguirse de los niños de la ciudad.
Hay además otras ramas del trabajo
industrial cuyos efectos son particularmente nefastos. En numerosos talleres de
hilado de algodón y lino flotan polvos de fibras, suspendidos en el aire, que
provocan, especialmente en los talleres de cardar y rastrillar, afecciones
pulmonares. Ciertas constituciones pueden soportarlas, otras no. Pero el obrero
se halla sin alternativa alguna: tiene que aceptar el taller donde encuentra
trabajo, sin importar que sus pulmones estén buenos o malos. Las consecuencias
más habituales de la entrada de ese polvo en los pulmones son el escupir
sangre, una respiración penosa y silbante, dolores en el pecho, tos, insomnio,
en una palabra, todo los síntomas del asma que, en los casos extremos, degenera
en tisis (cf. Stuart: pp. 13, 70, 101; Mackintosh: p. 24, etc.; Power: Rept. on
Nottingham, on Leeds; Cowell: p. 33, etc.; Barry: p. 12 -cinco en una sola
fábrica-, 17, 44, 52, 60, etc; la misma cosa en su informe; Loudon: p. 13,
etc.). El hilado húmedo del lino, practicado por niñas y niños es particularmente
malsano. El agua que brota de los husos los salpica, de modo que sus ropas
están constantemente mojadas por delante hasta la piel y siempre hay charcos de
agua en el suelo. Lo mismo ocurre en los talleres de las fábricas donde se
procesa el algodón, pero en un grado menor, lo cual implica catarros crónicos y
afecciones pulmonares. Todos los obreros fabriles tienen la misma voz tomada y
ronca, pero especialmente los hiladores húmedos y los dobladores. Stuart,
Mackintosh y Sir D. Barry subrayan con extrema energía el carácter malsano de
ese trabajo y la despreocupación de la mayoría de los industriales en cuanto a
la salud de las jovencitas que realizan esas tareas. Otro efecto molesto del
hilado del lino se manifiesta bajo el aspecto de deformaciones características
de la espalda, en particular que el omóplato derecho sobresale, como resultado
de la naturaleza del trabajo. Esta manera de hilar, lo mismo que el hilado del
algodón en la Throstle, provoca además afecciones de la rótula, de la cual el obrero
se sirve para parar los husos mientras ata los hilos rotos. Las numerosas
flexiones del busto que exige el trabajo en estas dos últimas ramas y el hecho
de que las máquinas son bajas tienen por consecuencia deficiencias del
crecimiento. Yo no recuerdo haber visto en el taller de las Throstle de la
hilandería de algodón donde yo estaba empleado, en Manchester, a una sola joven
que fuese esbelta y bien proporcionada; todas eran pequeñas, contrahechas y de
estatura comprimida característica, realmente feas de formas. Además de todas
esas enfermedades y padecimientos, los obreros sufren también otra especie de
daños físicos que afectan sus miembros. El trabajo en medio de las máquinas
ocasiona un número considerable de accidentes más o menos graves que tienen
además por consecuencia una incapacidad parcial o total para el trabajo. El
caso más frecuente es que la falange de un dedo sea aplastada; más raramente
ocurre que el dedo entero, la mitad de la mano o la mano entera, un brazo, etc.
sean cogidos en un engranaje y triturados. Muy frecuentemente esos accidentes,
incluso los más benignos, provocan la aparición del tétanos, lo cual implica la
muerte. En Manchester, se puede ver, aparte de numerosos lisiados, un gran
número de mutilados; uno ha perdido todo el brazo o el antebrazo, otro un pie,
aun otro la mitad de la pierna; tal parece que se halla uno en medio de un
ejército que regresa de una campaña. Las partes más peligrosas de las
instalaciones son las correas que trasmiten la energía del eje a las diferentes
máquinas, sobre todo cuando tienen curvas lo cual es, cierto, cada vez más
raro; quienquiera que sea atrapado por esas correas es arrastrado por la fuerza
motriz con la rapidez del relámpago, su cuerpo es lanzado contra el techo
después contra el suelo con una violencia tal que raramente le queda un hueso
intacto y la muerte es instantánea.
Entre el 12 de junio y el 3 de agosto de
184457, el Manchester Guardian relata los casos siguientes de
accidentes graves -no menciona los casos leves: el 12 de junio en Manchester
murió de tétanos un niño cuya mano había sido aplastada por un engranaje; el 15
de junio58, un joven de Saddleworth atrapado y arrastrado por una
rueda muere completamente aplastado; el 29 de junio, un hombre joven de
Greenacres Moor, cerca de Manchester, trabajando en una fábrica de máquinas,
fue arrastrado bajo una rueda de molino que le fracturó dos costillas y lo
despedazó; el 24 de julio, una jovencita de Oldham murió arrastrada por una
correa que la hizo dar 50 vueltas, no dejándole un hueso sano: el 27 de julio,
una jovencita cayó en el Blower (la primera máquina que recibe el algodón en
rama) y murió a consecuencia de las lesiones recibidas; el 3 de agosto, en
Dukinfield, un tornero de bobinas murió arrastrado por una correa; todas sus
costillas fueron hundidas. El hospital de Manchester, atendió, solamente
durante el año 1843, 962 casos de lesiones y mutilaciones causadas por
máquinas, mientras que el número total de accidentes de todo género llegó a la
cifra de 2426, lo que hace que dos accidentes de cada cinco se debieran a las
máquinas. Los accidentes ocurridos en Salford no están comprendidos en esas
estadísticas, ni tampoco los que fueron atendidos por médicos particulares. En
caso de accidentes de ese género, que implican o no incapacidad para el
trabajo, los industriales pagan a lo sumo los honorarios del médico, y en los
casos excepcionalmente graves, pagan el salario durante el tratamiento, pero
les importa un bledo la suerte ulterior del obrero si ya no puede trabajar más.
57 (1845) y (1892): por
error 1843.
58 (1845) y (l892): 16 de
junio.
El informe de fábrica dice al respecto:
en todos los casos el industrial tiene que ser responsable, pues los niños no
pueden tomar precauciones; en cuanto a los adultos, ellos, toman precaución en
interés propio. Pero los burgueses son los que redactan el informe, y por eso
tienen que contradecirse y lanzarse después a todo género de habladurías sobre;
"la temeridad culpable" (culpable temerity) de los obreros. Poco importa.
La cosa está clara: si los niños son incapaces de tomar precauciones, entonces
hay que prohibir el trabajo de los niños. Si los adultos no toman precauciones
como corresponde, es necesariamente, o bien porque sean niños, y no tengan un
grado de educación que les permita medir con precisión la dimensión del
peligro, -¿y de quién es la culpa, si no de la burguesía que los mantiene en
una situación en que ellos no pueden educarse?-, o bien porque las máquinas
estén mal instaladas y tengan que ser rodeadas de barandillas de protección
adecuada, precaución que incumbe también al burgués; o bien, asimismo, que el
obrero tenga serios motivos, más importantes para él que la amenaza del peligro
-necesita trabajar rápido, para ganar dinerro, no tiene tiempo de tomar
precauciones, etc.-, y aquí también la culpa es del burgués.
Numerosos accidentes sobrevienen, por
ejemplo, cuando los obreros quieren limpiar las máquinas cuando ellas están
funcionando. ¿Por qué? Porque el burgués obliga a los obreros a limpiar las
máquinas durante las pausas, cuando están paradas, y el obrero naturalmente no
tiene deseos de ver reducidas su tiempo libre. Para él, cada hora de libertad
es tan preciosa que prefiere afrontar dos veces par semana un peligro mortal,
que sacrificar esas horas en beneficio del burgués. Si el industrial, dentro de
la jornada de trabajo, dedicara el tiempo necesario para la limpieza de las
máquinas, a ningún obrero jamás se le ocurriría limpiarlas cuando están en
marcha. En suma, en todos los casos la culpa en última instancia es del
burgués, a quien se debería exigir por lo menos que socorriera durante toda su
vida al obrero incapacitado definitivamente para trabajar, o a su familia en
caso de accidente mortal. En los comienzos de la era industrial, los accidentes
eran relativamente mucho más numerosos que actualmente porque las máquinas eran
deficientes, más pequeñas, más amontonadas las unas contra las otras y casi
siempre sin revestimiento de protección. Pero como lo prueban los datos
anteriores, el número de accidentes es todavía suficientemente importante como
para que se formulen las más serias objeciones a un estado de cosas que permite
tantas mutilaciones y lesiones, provocadas en beneficio de una sola clase, y
que lanza a muchos obreros industriosos a la miseria y el hambre luego de un
accidente sufrido en el trabajo y por culpa de la burguesía.
¡He aquí, pues una buena lista de
enfermedades, debidas únicamente a la odiosa codicia de la burguesía! Mujeres
incapacitadas para la procreación, niños lisiados, hombres debilitados,
miembros aplastados, generaciones enteras estropeadas; condenadas a la
debilidad y la tisis, y todo ello, ¡únicamente para llenar la bolsa de la
burguesía! Y eso no es nada comparado con los actos individuales de barbarie que
pueden leerse: niños sacados desnudos de la cama por supervisores que las
arrastran para la fábrica, con sus ropas bajo el brazo, a puñetazos y puntapiés
(por ejemplo, Stuart: p. 39, etc.), se les golpea para despertarlos, y a pesar
de todo se duermen en su trabajo. Leemos que un pobre niño todavía dormido
después de la paralización de las máquinas saltaba al llamado brutal del
supervisor y, con los ojos cerrados, realizaba los gestos mecánicos de su
trabajo; leemos que los niños demasiado fatigados para poder regresar a sus
casas, se escondían debajo de la lana en el taller de secado, para dormir allí
y que sólo se les podía ahuyentar de la fábrica a golpes de vergajo, que
centenares de niños regresaban cada noche tan agotados a sus casas que el sueño
y la falta de apetito les impedía tragar la comida, que los padres los hallaban
arrodillados junto a la cama, porque se habían dormido mientras oraban. Cuando
leemos todo eso y cien otras infamias y horrores en ese solo informe, todos
atestiguados bajo juramento, confirmados por varios testigos, expuestos por
personas que los inspectores califican ellos mismos de dignas de fe, cuando
pensamos que se trata de un informe "liberal", un informe de la
burguesía59 destinado a batir en ruina el informe precedente de los
Tories y a establecer la pureza de corazón de los industriales, cuando pensamos
que los propios inspectores están del lado de la burguesía, y no relatan todos
esos hechos sino de malgrado, ¿cómo no indignarnos, rabiar contra esa clase que
presume de filantrópica y desinteresada, mientras que lo único que le importa
es llenar su bolsa à toux prix60? Escuchemos sin embargo lo que nos
dice la burguesía por boca del criado que ha elegido, el Dr. Ure:
Se ha dicho a los obreros, cuenta éste
en la p. 277 y siguientes de su Philosophy of Manufactures, que sus salarios no
corresponden en modo alguno a sus sacrificios y así es como se ha destruido el
buen entendimiento entre patronos y obreros. En vez de eso, los obreros
debieran ganar méritos por su celo y aplicación, y disfrutar del beneficio
obtenido por sus patronos, convirtiéndose entonces ellos mismos en capataces,
directores y hasta en socios y de ese modo (oh, sabiduría, tú hablas con la
suavidad de la paloma) "¡incrementaría la demanda de mano de obra en el
mercado!" "Si no reinara tanta agitación entre los obreros, el
sistema industrial se desarrollaría de manera aun más beneficiosa."
59 (1892): un informe de
burgués. (ein Bourgeoisbericht)
60 A todo precio. En
francés en el original alemán.
Sigue una larga jeremiada acerca de los
numerosos actos de insubordinación de los obreros; a propósito de una
paralización del trabajo de los obreros mejor pagados, los hiladores de hilos finos,
continúan con esta afirmación ingenua:
"Sí, es su salario elevado lo que
les permite crear un comité de personas asalariadas y llegar a un estado de
tensión nerviosa extremo por un régimen alimenticio demasiado bueno y demasiado
excitante para su trabajo" (p.298)
Veamos ahora cómo describe el burgués el
trabajo de los niños:
"He visitado muchas fábricas, en
Manchester y sus alrededores, y jamás he visto niños maltratados y a quienes se
hubiera infligido castigos corporales, o incluso que estuviesen simplemente
tristes. Ellos parecían todos alegres (cheerful) y alertas, complaciéndose
(taking pleasure) en poner en juego sus músculos sin fatiga, disfrutando a
plenitud de la vivacidad natural de su edad. El espectáculo que me ofrecía la
industria, lejos de hacer nacer en mí emociones tristes, fue siempre para mí
motivo de grata satisfacción. Era delicioso (delightful) observar la agilidad
con la que ellos ataban los hilos rotas a cada retroceso del carro de la mule,
y verlos divertirse a su gusto en todas las posiciones imaginables, luego de
algunos segundos de actividad de sus dedos finos, hasta que se terminaran el
retiro y el enrollado. El trabajo de esos vivarachos (lively) parecía un juego
en el que su largo adiestramiento les permitía una encantadora destreza.
Conscientes de su habilidad, les gustaba mostrarla a todo visitante. Ni la
menor huella de agotamiento; pues a la salida de la fábrica se ponían a retozar
enseguida con el ardor de niños que salen de la escuela." (p. 301)
¡Claro, como si la puesta en acción de
todos los músculos no fuese una necesidad inmediata para sus cuerpos a la vez
entumecidos y enervadas! Pero hubiera sido necesario esperar, para ver si esa
excitación momentánea no desaparecía al cabo de algunos minutos. Además, ¡Ure
no podía observar ese fenómeno sino al mediodía después de cinco o seis horas
de trabajo, pero no por la noche! En lo que concierne a la salud de los
obreros, este burgués tiene el descaro sin límites de citar, como testimonio de
la excelente salud de los obreros, el informe de 1833 que acabamos precisamente
de utilizar y de citar mil pasajes, y tiene la desfachatez de querer probar con
la ayuda de algunas citas separadas del contexto que entre los obreros no hay
vestigios de escrófulas y lo cual es cierto que el régimen del trabajo fabril
los libera de todas las enfermedades agudas (pero él oculta naturalmente que
ellos en cambio son atacados por todas las afecciones crónicas). Es necesario
saber que el informe comprende tres gruesos volúmenes infolio, que a ningún
burgués inglés bien nutrido se le ocurrirá estudiar a fondo para comprender con
que descaro nuestro amigo Ure quiere hacer creer al público inglés las más
burdas mentiras. Veamos lo que dice de la ley de 183361 sobre las
fábricas, votada por la burguesía liberal y que sólo impone a la industria las
limitaciones más elementales, como veremos. Esta ley, en particular la
obligación escolar, es, según él, una medida absurda y despótica tomada contra
los industriales. A causa de ella, dice él, todos los niños menores de doce
años han sido privados de trabajo, ¿y cuál ha sido la consecuencia de ello? Los
niños privados así de su trabajo útil y fácil, no reciben ya en lo sucesivo la
menor educación; expulsados de su taller de hilado muy cálido al mundo glacial,
sólo subsisten por la mendicidad y el robo. Existencia que hace un triste
contraste con la situación constantemente mejorada que tenían en la fábrica y
en la escuela dominical. Esta ley, dice él asimismo, agrava, bajo la máscara de
la filantropía, los sufrimientos de los pobres y no sólo puede entorpecer al
extremo sino paralizar completamente al industrial concienzudo en su trabajo
(pp. 405, 406 y siguientes).
61 En Engels, aquí y más
adelante, por error "ley de 1834".
Los efectos destructores del sistema
industrial comenzaron a llamar pronto la atención general. Ya hemos hablado de
la ley de 1802 sobre los aprendices. Más tarde, hacia 1817, el futuro fundador
del socialismo inglés, por entonces industrial de New Lanark, Escocia, Robert
Owen, gestionó ante el gobierno, mediante peticiones y memorias, la necesidad
de garantías legales para la salud de los obreros, especialmente de los niños.
El difunto Sir Robert Peel, así como otros filántropos, se unieron a él e
hicieron tanto que obtuvieron sucesivamente la aprobación de las leyes fabriles
de 181962, 1825 y 1831, de las cuales sólo la última fue
parcialmente cumplida, y las dos primeras absolutamente ignoradas(33). Esta ley
de 1831, basada en un proyecto de Sir John Cam Hobhouse, estipulaba que en
ninguna fábrica de telas podrían trabajar de noche las personas de menos de 21
años de edad, o sea entre las 71/2 de la noche y las 51/2 de la mañana, y que
en todas las fábricas las personas menores de 18 años deberían trabajar un
máximo de 12 horas diarias y 9 horas el sábado. Pero como los obreros no podían
atestiguar contra su patrón sin ser despedidos inmediatamente, esta ley fue
poco útil. En las grandes ciudades donde los obreros se agitaban más, los
industriales más importantes convinieron todos a lo sumo en plegarse a la ley;
pero en esto hubo de todo, como los industriales de la campiña, que no le
hicieron caso. Sin embargo, los obreros habían comenzado a exigir una ley de 10
horas, es decir, una ley prohibiendo trabajar a más de 10 horas a toda persona
menor de 18 años. Las campañas de las asociaciones obreras lograron que ese
deseo fuese unánime entre la población obrera, y la fracción humanitaria del
partido Tory, dirigida en aquella época por Michael Sadler, se apoderó de ese
plan y lo presentó al Parlamento. Sadler obtuvo la creación de un comité
parlamentario para investigar el régimen fabril, el cual presentó su informe en
el período de sesiones de 1832. Este informe, decididamente parcial, fue
redactado únicamente por adversarios del sistema industrial y tenía una
finalidad política. Llevado por su noble pasión, Sadler se dejó arrastrar por
los alegatos más erróneos, por las afirmaciones más inexactas; sólo por el modo
de hacer las preguntas, él arrancaba a los testigos respuestas que, desde
luego, contenían una parte de verdad, pero eran mal presentadas y falsas. Horrorizados
por un informe que hacía de ellos monstruos, los industriales demandaron
entonces a su vez una investigación oficial; ellos sabían que un informe exacto
no podía -en ese momento- sino serles útil, sabían que quienes tenían el timón
eran los whigs, auténticos burgueses con quienes ellos se entendían bien, y que
por principio eran hostiles a una limitación de la industria. Obtuvieron en
efecto la creación de una comisión compuesta únicamente por burgueses liberales
cuyo informe fue precisamente el que he citado tan frecuentemente hasta aquí.
Este informe es un poco más cercano a la verdad que el del comité Sadler, pero
se aparta del mismo en el sentido contrario. Cada página refleja su simpatía
por los industriales, su desprecio hacia el informe de Sadler, su aversión por
los obreros independientes y por los partidarios del proyecto de ley de las 10
horas. En ninguna parte reconoce a los obreros el derecho a una existencia humana,
a una actividad propia, a opiniones personales; les reprocha el no pensar
solamente en los niños al reclamar la ley de l0 horas, sino también en ellos
mismos, trata de demagogos, de gente mala, etc., a los obreros que exigen lo
suyo; en suma, está de parte de la burguesía y, a pesar de todo, le es
imposible disculpar a los industriales. A pesar de todo, hay por confesión
propia tal cantidad de infamias por parte de los industriales que también
después de ese informe la agitación por la ley de 10 horas, el odio de los
obreros hacia las industriales y las acusaciones más graves que formula el
comité contra ellos, están enteramente justificadas. La única diferencia es
que, mientras el informe de Sadler reprochaba a las industriales en la mayoría
de los casos una brutalidad abierta, sin velos, aparece ahora que esta
brutalidad se ejerce casi siempre bajo la máscara de la civilización y la
filantropía. El Dr. Hawkins, comisionado médico para Lancashire, ¿no se
declara, desde la primera página de su informe, resueltamente en favor de la
ley de 10 horas? Y el propio comisionado Mackintosh declara que su informe no
refleja sino una parte de la verdad, pues fue muy difícil hacer que los obreros
se pronunciaran contra sus patronos y porque los industriales por otra parte
obligados por la agitación reinante entre los obreros a ceder casi siempre a sus
reivindicaciones muy frecuentemente se hallaban preparados para la visita de la
comisión63, haciendo barrer las fábricas, reduciendo la velocidad de
rotación de las máquinas, etc. En Lancashire especialmente, recurrieron al
truco que consistía en presentar a la comisión los capataces de talleres como
"obreros" para hacerles testimoniar los sentimientos humanitarios de
los industriales, el excelente efecto del trabajo sobre la salud y la
indiferencia, incluso la hostilidad, de los obreros respecto de la ley de 10
horas. Pero esos capataces ya no son verdaderos obreros, son desertores de su
clase que, por un salario más elevado, se pasan al servicio de la burguesía y luchan
contra los obreros para defender los intereses de los capitalistas. Su interés
es el de la burguesía, y por eso los obreros les odian casi más que a los
propios industriales. Y sin embargo, sirvió ampliamente para revelar en toda su
inhumanidad el escandaloso cinismo de la burguesía industrial hacia sus obreros
y toda la infamia del sistema industrial de explotación. Nada es más repugnante
que ver en una página de ese informe, las largas listas de enfermedades y
padecimientos causados por el exceso de trabajo, y en otra página, enfrente,
las frías consideraciones de economía política del industrial, por las cuales
éste trata de demostrar, con el apoyo de cifras, que sería arruinado e
Inglaterra con él, si no se le siguiera permitiendo hacer que cada año resulten
lisiados un número determinado de niños únicamente el lenguaje descarado del
señor Ure, que acabo de citar, podría ser más repugnante, si no fuese demasiado
ridículo.
62 En Engels, por error:
1818.
63 (1845), por error:
"Visita de los industriales".
Ese informe tuvo por consecuencia la ley
fabril de 1833 que prohibió el trabajo de los niños menores de 9 años (excepto
en las sederías), limitó la duración del trabajo infantil, entre 9 y 13 años de
edad, a 48 horas por semana o al máximo de 9 horas diarias, la del trabajo de
aquellos entre 14 y 18 años, a 69 horas por semana o a lo sumo 12 horas
diarias, fijó un mínimo de una hora y media para la comida y prohibió una vez
más el trabajo nocturno para todos los menores de 18 años. Al mismo tiempo,
cese la ley instituyó la asistencia escolar obligatoria de 2 horas diarias para
todos los menores de 14 años, y todo industrial que empleara niños y no tuviere
ni el certificado médico de edad expedido por el médico de fábrica, ni el
certificado de escolaridad expedido por el maestro de escuela, incurría en las
penas previstas por la ley. En cambio, estaba autorizado a retener cada semana
un penique del salario del niño para el maestro de escuela. Además, se
nombraron médicos e inspectores de fábrica que tenían acceso a las fábricas en
todo momento, podían recibir declaraciones de los obreros en las mismas bajo
juramento, y tenían por misión el velar por el cumplimiento de la ley y, de ser
necesario, presentar quejas ante el juez de paz. ¡Tal es la ley que hace rabiar
al Dr. Ure de modo indescriptible!
La ley, y en particular el nombramiento
de inspectores, tuvieron por efecto que la duración del trabajo se redujera a
12 ó 13 horas diarias por término medio, y que, en la medida de lo posible, los
niños fueran sustituidos. Así desaparecieron casi completamente algunos de los
males más escandalosos; únicamente los organismos más débiles estuvieron en lo
adelante sujetos a los padecimientos; los efectos nefastos del trabajo se
revelaron de modo menos evidente. Sin embargo, hallamos en el informe sobre las
fábricas muchos testimonios que prueban que los males relativamente menos
serios, tales como la hinchazón de los tobillos, debilidad y dolor en las
piernas, en las caderas y la columna vertebral, várices, ulceraciones de las
extremidades inferiores, debilidad general y en particular debilitamiento de
los tejidos del bajo vientre, tendencia a vomitar, falta de apetito alternando
con un hambre devoradora, mala digestión, hipocondría, así como las afecciones
pulmonares debidas al polvo y a la atmósfera malsana de las fábricas, etc.,
etc., sobrevivieron incluso en las fábricas y entre los individuos que
trabajaban en las condiciones previstas por la ley de Sir John Cam Hobhouse, o
sea de 12 a 13 horas al máximo. Sobre todo en cuanto a este punto es que hay
que comparar los informes de Glasgow y Manchester. Esos males han continuado
haciendo estragos incluso después de la ley de 1833, y todavía hoy día
continúan minando la salud de la clase trabajadora. Se ha tenido cuidado de dar
a la codicia brutal de la burguesía un aspecto hipócrita y civilizado, se ha
velado por que los industriales, a los cuales el brazo de la justicia prohibe
villanías demasiado llamativas, no tengan sino más razones aparentes de
ostentar complacientemente su pretendida humanidad; eso es todo. Si una nueva
comisión investigara la situación actual, comprobaría que casi nada ha
cambiado. En lo que concierne a la obligación escolar improvisada, puede
decirse que sigue sin efecto porque el gobierno no se ha preocupado de abrir
buenas escuelas. Los industriales dieron empleo a obreros retirados a los
cuales enviaban los niños dos horas diarias, satisfaciendo así la letra de la
ley, pero los niños no aprendieron nada. Incluso los informes de los
inspectores fabriles que se limitaban a desempeñar su cargo, o sea velaban por
la aplicación de la ley de fábricas proporcionan suficiente información para
que se pueda acabar con la fatal persistencia de los males ya mencionados. Los
inspectores Horner y Saunders, en sus informes de octubre y diciembre de 1843,
relatan que un número muy grande de industriales hacen trabajar 14 ó 16 horas y
más incluso en las ramas en que se puede prescindir del trabajo de los niños, o
bien sustituirlo por adultos desocupados. Y añaden que entre ellos hay muchas
personas jóvenes que acaban precisamente de superar la edad límite prescrita
por la ley. Otros violan deliberadamente la ley, reducen las horas de descanso,
haciendo trabajar a los niños mayor tiempo del permitido, y aceptando de buena
gana el comparecer ante la justicia, porque la multa eventual es muy ligera en
comparación con el beneficio que sacan de la infracción de la ley. Ahora sobre
todo que los negocios marchan notablemente bien, la tentación es para ellos
demasiado grande.
Sin embargo, entre los trabajadores, la
agitación por las diez horas no cesaba en absoluto; en 1839, estaba de nuevo en
plena actividad y fue Lord Ashley, en compañía de Richard Oastler, quien en la
cámara baja reemplazó a Sadler. Ambos eran tories. Oastler en particular, quien
llevó continuamente la agitación a los distritos obreros y había ya comenzado
en la época de Sadler, era el favorito de los trabajadores. Ellos nunca lo
llamaban sino su "buen viejo rey", el "rey de los niños de
fábricas", y en todos los distritos industriales no hay un niño que no lo
conozca y lo venere, y van a su encuentro en procesión con otros niños, por
poco que él esté en la ciudad. Oastler se opuso enérgicamente a la nueva ley
sobre los pobres, y eso es lo que le valió el ser encarcelado por deudas a
petición de un tal Thornhill, un whig, sobre tierras que él administraba y a
quien debía dinero. Los whigs le ofrecieron muchas veces pagar su deuda,
favorecer por otra parte su carrera, si él consentía en poner término a su campaña
contra la ley sobre los pobres. En vano. Él siguió en prisión y desde allí
publicó sus Fleet Papers(34) contra el sistema
industrial y la ley sobre los pobres.
El gobierno tory de 1841 se interesó de
nuevo por las leyes fabriles. El ministro del Interior, Sir James Graham,
propuso en 1843 un proyecto de ley tendiente a limitar la duración del trabajo
de los niños a seis horas y media, y a hacer más estricta la obligación
escolar; pero lo esencial de ello era la creación de mejores escuelas. Este
proyecto de ley fracasó debido a los celos de los Dissenters64
aunque la obligación escolar no comprendía en absoluto a los niños de los
Dissenters, en cuanto a la enseñanza religiosa. Sin embargo, la escuela en su
conjunto estaba colocada bajo la autoridad de la iglesia del estado, y como la
Biblia era el libro común de lectura, la religión debería por consiguiente
constituir la base de toda la enseñanza, por lo cual los Dissenters se
sintieron amenazados. Los industriales y, en general, los liberales se unieron
a ellos; los obreros estaban divididos sobre la cuestión religiosa y
permanecieron por tanto inactivos. La oposición a pesar de todo logró reunir
unos 2000000 de firmas en sus listas de petición contra el proyecto de ley,
aunque fue derrotada en las grandes ciudades industriales, en Salford y
Stockport por ejemplo, y que en otras como Manchester, sólo pudo atacar algunos
artículos del proyecto, por temor a los obreros; y Graham se dejó intimidar
hasta el punto de retirar el conjunto del mismo. El año siguiente, él dejó de
lado las disposiciones relativas a la escuela y propuso simplemente, para
reemplazar los reglamentos hasta entonces en vigor, que el trabajo de los niños
de 8 a 13 años fuese fijado en seis horas y media diarias, dejándoles o bien
toda la mañana o bien toda la tarde libre; además, que el trabajo de los
jóvenes de 13 a 18 años y de las mujeres en general se limitara a 12 horas; y
propuso por último algunas medidas que restringían las posibilidades hasta
entonces frecuentes de eludir la ley. Apenas lanzó esas proposiciones, se
reanudó intensamente la agitación por la jornada de diez horas. Oastler fue
puesto en libertad -un gran número de amigos y una colecta habían pagado sus
deudas- y se lanzó con todas sus fuerzas a la batalla. Los partidarios del
proyecto de ley sobre la jornada de diez horas habían reforzado sus filas en la
Cámara de los Comunes; la masa de peticiones que afluyó de todos lados en favor
de dicho proyecto de ley les allegó (einkamen - führten) nuevos apoyos, y el 19
de marzo de 1844, Lord Ashley hizo aprobar, por una mayoría de 179 votos contra
170, la disposición de que el término de "noche" en la ley de
fábricas debería significar el intervalo comprendido entre las seis de la tarde
y las seis de la mañana, lo cual, en caso de prohibición de trabajar de noche,
fijaba la duración del trabajo en doce horas incluyendo las horas de descanso,
y de hecho en diez horas excluyendo el descanso. Pero el ministerio no es tuvo
de acuerdo. Sir James Graham dejó entrever la amenaza de una dimisión del
gabinete, y en la votación siguiente, sobre un párrafo del proyecto de ley, ¡la
Cámara rechazó por débiles mayorías tanto las diez horas como las doce horas!
Graham y Peel declararon entonces que iban a presentar un nuevo proyecto de
ley, y que en caso de rechazo del mismo, dimitirían. Este nuevo proyecto era
exactamente el mismo de la antigua ley de las doce horas, excepto algunas
modificaciones de forma, y la misma Cámara baja que en marzo había rechazado
las principales disposiciones de este proyecto lo aceptó en mayo sin cambiar
una coma. La explicación es que la mayoría de los partidarios del proyecto de las
diez horas eran tories, que preferirían abandonar su proyecto antes que dejar
caer el ministerio, pero cualesquiera que hubieran podido ser los motivos, la
Cámara de los Comunes se granjeó por esas votaciones, que revocaba la una a la
otra, el mayor desprecio de los obreros y ha demostrado del modo más evidente
la necesidad de la reforma del Parlamento, que reclaman los cartistas. Tres de
sus miembros que antes habían votado contra el ministerio han votado después
por él y lo han salvado. En todas las votaciones, la masa de la oposición ha
votado por el Gabinete, y la masa de los diputados de la mayoría gubernamental
contra el Gabinete*. Las proposiciones de Graham citadas anteriormente,
concernientes a la duración del trabajo fijada en seis horas y media y doce
horas para cada una de las dos categorías de obreros, tienen ahora por tanto
fuerza de ley y gracias a ellas, gracias asimismo a las restricciones impuestas
a la práctica de la recuperación de las horas perdidas (en caso de averías de
máquinas o de baja de la energía hidráulica debido al frío o a la sequedad) y
otras restricciones menores, ha resultado casi imposible el hacer trabajar más
de doce horas diarias. Sin embargo, no hay duda alguna de que el proyecto de
ley de las diez horas será aprobado en un futuro muy próximo. Los industriales,
evidentemente, están casi todos contra el mismo, pues tal vez no hay diez de
ellos que lo acepten; ellos han puesto en práctica todos los métodos legales e
ilegales contra este proyecto aborrecido, pero eso no les sirve de nada, sino
para atizar cada vez más el odio de los obreros hacia ellos. El proyecto será
aprobado, lo que quieren los obreros pueden lograrlo, y en la primavera pasada
demostraron muy bien que quieren la ley de las diez horas. Los argumentos de
orden económico nacional de los industriales, tendientes a demostrar que la ley
de las diez horas incrementaría los gastos de producción, que por consecuencia
haría que la industria inglesa fuese incapaz de luchar contra la competencia: extranjera,
que el salario debería bajar obligatoriamente, etc., son desde luego una verdad
a medias, pero ello no prueban nada, como no sea que la grandeza industrial de
Inglaterra no puede ser mantenida sino mediante un tratamiento bárbaro a los
obreros, mediante la destrucción de la salud y el abandono social, físico y
moral de generaciones enteras. Desde luego, si el proyecto de las diez horas
fuera una medida definitiva, Inglaterra sería arruinada; pero como implica
necesariamente otras medidas que llevarán a Inglaterra por un camino muy
diferente del que ha seguido hasta aquí; esta ley constituirá un progreso.
64 "No
ortodoxos": protestantes que no pertenecen a la Iglesia anglicana.
* Se sabe que durante la misma sesión, la Cámara de los
Comunes se ridiculizó una vez más de la misma manera sobre la cuestión del
azúcar, a propósito de la cual votó primeramente en contra después por los
ministros, cuando el gabinete hizo uso del "látigo gubernamental". (F.E.)
Examinemos ahora otro aspecto del
sistema industrial que es más difícil eliminar por disposiciones de leyes que
las enfermedades que el mismo ha provocado. Ya hemos hablado en general del
modo de trabajo y hemos examinado suficientemente en detalle este punto para
sacar nuevas conclusiones de lo que hemos adelantado. Vigilar las máquinas,
atar los hilos rotos, no son actividades que exigen del obrero un esfuerzo de
pensamiento, pero por otra parte, le impiden ocupar su mente en otros
pensamientos. Hemos visto igualmente que este trabajo no deja tampoco ningún
lugar para la actividad física, para el juego de los músculos. Así, no se trata
aquí, hablando con propiedad, de un trabajo sino de un aburrimiento absoluto,
el aburrimiento más paralizador, más deprimente que existe el obrero fabril
está condenado a dejar morir todas sus fuerzas físicas y morales en ese
aburrimiento, su oficio consiste en aburrirse toda la jornada desde la edad de
ocho años. Y con eso, él no podría ausentarse un solo instante la máquina de
vapor funciona durante toda la jornada, los engranajes, las correas y los husos
zumban y resuenan sin cesar en sus orejas, y si él quiere descansar no sería
más que un instante, ya que el capataz aparece enseguida con la libreta de
multas en la mano. El obrero, en efecto, considera que la tortura más penosa
que existe es esa condena a ser sepultado vivo en la fábrica, a vigilar sin
cesar a la infatigable máquina. Ella ejerce por otra parte un efecto
extremadamente embrutecedor, tanto sobre el organismo como sobre las facultades
mentales del obrero. No es posible imaginar mejor método de embrutecimiento que
el trabajo fabril, y si a pesar de todo, los obreros no solamente han salvado
su inteligencia, sino que además la han desarrollado y agudizado más que los
demás, ello no ha sido posible sino por la rebelión contra su suerte y contra
la burguesía: esta rebelión es el único pensamiento y el único sentimiento que
les permite su trabajo. Y si esa indignación contra la burguesía no llega a ser
el sentimiento predominante entre los trabajadores, ellos se convierten
necesariamente en la presa del alcoholismo y de todo lo que habitualmente se
llama desmoralización. Solamente el agotamiento físico y las enfermedades que
el sistema industrial ha generalizado eran para el comisionado oficial Hawkins
razón suficiente para demostrar el carácter inevitable de esa desmoralización,
¡pero qué decir cuando a ello se añade el agotamiento intelectual y cuando las
circunstancias estudiadas anteriormente se hacen además sentir! Por
consecuencia, no nos hemos asombrado al saber que el alcoholismo y los
desenfrenos sexuales han alcanzado, sobre todo en las ciudades industriales, la
amplitud que he descrito en un capítulo anterior.*
* Veamos también lo que dice un juez competente: "Si
consideramos el ejemplo que dan los irlandeses, en relación con la labor
incesante de toda la clase obrera de la industria algodonera, nos asombraremos
menos de esa horrible desmoralización. Un trabajo perpetuo y agotador día tras
día, año tras año, no conduce al desarrollo de las facultades intelectuales y
morales del hombre. La sombría rutina de una labor cansona y sin fin
(drudgery), en que se repite continuamente la misma operación mecánica, se
parece al suplicio de Sísifo; el peso del trabajo, como la piedra, vuelve a
caer siempre sobre el obrero cansado. El espíritu no adquiere ni conocimiento,
ni movilidad en ese trabajo eterno que realizan los mismos músculos; la
inteligencia dormita en una pereza estúpida; pero la parte más vulgar de
nuestra naturaleza experimenta un desarrollo próspero Condenar al hombre a
semejante trabajo es cultivar en él las tendencias bestiales. Deviene
indiferente, desprecia las inclinaciones y las costumbres que distinguen a su
especie. Descuida la comodidad y las alegrías más refinadas de la existencia,
vive en una miseria sucia, conformándose con una alimentación pobre y
derrochando el resto de su ingreso en excesos de intemperancia." (Dr. J.P.
Kay: op. cit., pp.7-8) (F.E.)
Prosigamos. La esclavitud en que la
burguesía ha encadenado al proletariado no se revela en ninguna parte de una
manera tan evidente como en el sistema industrial. Es el fin de toda libertad,
de hecho y de derecho. El obrero debe estar en la fábrica a las seis y media de
la mañana; si llega con algunos minutos de retraso, no tiene derecho a entrar
hasta la hora del desayuno y pierde así la cuarta parte de una jornada de
salario (aunque haya estado ausente sólo dos horas y media, de doce horas de
trabajo). Él come, bebe y duerme cuando se le ordena. Para la satisfacción de
las necesidades más urgentes se le concede sólo el tiempo estrictamente
necesario. El industrial no se preocupa de saber si su vivienda se halla a
media hora o a una hora entera de la fábrica. La campana tiránica lo saca de la
cama, lo arranca de su desayuno y de su almuerzo.
¡Y en la fábrica! Aquí, el industrial es
el legislador absoluto. Promulga los reglamentas válidos para la fábrica según
le plazca; modifica su código, decreta aditamentos a voluntad, y si introduce
los reglamentos más insensatos, los tribunales dicen al obrero: "Pero
usted es dueño de su persona, a pesar de todo usted no tiene necesidad de
firmar semejante contrato si no tiene el menor deseo de hacerlo; pero ahora que
ha suscrito libremente ese contrato, debe cumplirlo."
El obrero debe sufrir por añadidura las
burlas del juez de paz, que es un burgués, y de la ley, que ha sido hecha por
la burguesía. Casos como el siguiente no son raros. En octubre de 1844, los
obreros de un industrial llamado Kennedy, en Manchester, cesaron el trabajo.
Kennedy se querelló invocando un reglamento publicado por carteles en la
fábrica, ¡estipulando que estaba prohibido a más de dos obreros por taller
abandonar el trabajo juntos! Y el tribunal le dio la razón e hizo a los obreros
la refutación que citamos anteriormente (Manchester Guardian, 30 de octubre).
¡Reglamentos parecidos no son la excepción! Veamos:
1. Las puertas de la fábrica se cerrarán
diez minutos después del comienzo del trabajo y nadie podrá entrar antes de la hora
del desayuno. El trabajador que se ausente durante este lapso de tiempo será
multado en tres peniques por telar;
2. Todo tejedor mecánico cuya ausencia se
compruebe en cualquier momento en que funciona la máquina, será multado en tres
peniques por hora y por cada telar que tiene la obligación de vigilar. El que
durante el trabajo abandone el taller sin autorización del supervisor será
multado igualmente en tres peniques.
3. Los tejedores que no tengan tijeras
con ellos, serán multados en un penique diario.
4. Toda lanzadera, cepillo, alcuza,
rueda, ventana que sean deteriorados deberán ser pagados por el tejedor.
5. Ningún tejedor tiene el derecho de
abandonar definitivamente su puesto sin un aviso previo de por lo menos una
semana. El industrial puede, sin aviso previo, despedir a cualquier obrero por
trabajo malo o conducta incorrecta.
6. *Todo obrero que sea sorprendido hablando
con otro, cantando o silbando pagará una multa de seis peniques. Quien abandone
su puesto durante el trabajo pagará asimismo seis peniques.
Tengo a la vista otro reglamento fabril,
según el cual se efectúa un descuento de salario equivalente a veinte minutos
por un retraso de tres minutos y un descuento de un cuarto de jornada por un
retraso de veinte minutos. El que no se presente a trabajar antes del almuerzo
debe pagar un chelín el lunes, y seis peniques los demás días, etc., etc.
* Stubborn Facts, pp. 9 ss.
Este es un extracto del reglamento de
las Phoenix Works, Jersel Street, en Manchester. Se me dirá que tales reglas son
necesarias para asegurar, en una gran fábrica bien organizada, la coordinación
necesaria entre las diferentes operaciones; se dirá que una disciplina tan
severa es tan necesaria como en el ejército bien, puede ser; pero, ¿qué régimen
social es ese que no podría existir sin esa vergonzosa tiranía? O bien el fin
justifica los medios, o bien se tiene el derecho de llegar a la conclusión de
que, siendo malos los medios, el fin también lo es. Quien haya sido soldado
sabe lo que significa el estar sometido -aun por poco tiempo- a la disciplina
militar; pero esos obreros son condenados a vivir desde los nueve años de edad
hasta su muerte bajo la férula moral y física; son más esclavos que los negros
de América, porque son vigilados más severamente, ¡y todavía se les pide que
vivan, piensen y sientan como hombres! Sí, ciertamente, ¡ellos no pueden
reanimarse sino en el odio más ardiente hacia sus opresores y el orden de cosas
que los ha colocado en semejante situación, que los rebaja al nivel de
máquinas! Pero todavía es más escandaloso ver, según las declaraciones unánimes
de los obreros, que numerosos industriales se embolsan con el más despiadado
rigor, las multas impuestas a los obreros, a fin de incrementar su ganancia
gracias al dinero robado a esos proletarios desheredados. Leach también afirma
que, al llegar por la mañana al trabajo con frecuencia los obreros hallan el
reloj de la fábrica adelantado un cuarto de hora y por tanto la puerta cerrada,
mientras que el oficial recorre los talleres, libreta de multas en mano,
anotando los nombres de los ausentes. Según el propio Leach, un día contó hasta
95 obreros delante de las puertas cerradas de una fábrica, cuyo reloj retardaba
la noche en un cuarto de hora y avanzaba la mañana en un cuarto de hora sobre
los relojes públicos de la ciudad. El informe sobre las fábricas relata hechos
análogos. En una fábrica se atrasaba el reloj durante el trabajo, de modo que
la duración del mismo se prolongaba indebidamente sin que el obrero recibiera
un mayor salario; en otra fábrica, se llegaba hasta hacer trabajar un cuarto de
hora de más; en una tercera, había un reloj normal y un reloj mecánico que indicaba
el número de rotaciones del eje principal; cuando las máquinas marchaban
lentamente, la duración del trabajo era fijada por el reloj mecánico hasta que se
lograba el número de rotaciones correspondiente a doce horas de trabajo; si el
trabajo marchaba bien y de modo que se alcanzaba el número indicado antes del
límite normal de las doce horas, se obligaba a pesar de todo a los obreros a
proseguir su trabajo hasta la duodécima hora. El testigo añade que ha conocido
a algunas jóvenes que, teniendo un buen trabajo y haciendo horas
suplementarias, han preferido sin embargo dedicarse a la prostitución antes que
soportar esa tiranía (Drinkwater, evid.: p. 80). Leach relata, para volver a
las multas, que varias veces ha visto a mujeres en estado avanzado de embarazo
ser castigadas con multas de seis peniques por sentarse un instante durante su
trabajo, a fin de descansar. Las multas por trabajo imperfecto son impuestas de
modo enteramente arbitrario; la mercancía es examinada en el almacén y el
encargado de hacerlo anota las multas en una lista, sin siquiera llamar a los
obreros; éstos no saben que han sido multados sino cuando el capataz les paga:
en ese momento la mercancía tal vez está vendida y en todo caso ordenada. Leach
posee una lista de ese género cuyas hojas, de punta a cabo, miden diez pies de
largo y las multas suman un total de 35 libras esterlinas, 17 chelines y 10
peniques. Él cuenta que en la fábrica donde se hizo dicha lista, un nuevo jefe
de almacén había sido despedido porque no castigaba lo suficiente y privaba así
al industrial de un beneficio de 5 libras (34 táleros) por semana. (Stubborn
Facts, pp. 13-17). Y yo repito que conozco a Leach y lo considero digno de
confianza e incapaz de mentir.
Pero el obrero es igualmente el esclavo
de su patrono en otros respectos. Si la mujer o la hija del obrero gustan al
rico patrón, éste no tiene más que decidir, hacer una seña y es necesario que
ella le sacrifique sus encantos. Si el industrial quiere cubrir de firmas una
petición para la defensa de los intereses de la burguesía, no tiene más que
hacerla circular en su fábrica. ¿Qué quiere decidir una elección al Parlamento?
Envía, en filas, a sus obreros que son electores a votar, de grado o por
fuerza, a que lo hagan por el burgués. Si en una reunión pública necesita una
mayoría, él los suelta media hora más temprano que de costumbre, y les procura
lugares muy cerca de la tribuna, desde donde puede vigilarlos fácilmente.
Hay que mencionar asimismo dos
instituciones que contribuyen muy particularmente a colocar a los obreros bajo
la dependencia del industrial: lo que se llama el Trucksystem y el sistema de
cottages. La palabra truck, entre los obreros, sirve para designar el pago del
salario en especie, y esta forma de pago era antes general en Inglaterra. Para
comodidad del obrero y para protegerlo contra los precios elevados cargados por
los tenderos, el industrial abría una tienda en la que vendía por su cuenta
toda suerte de artículos; y a fin de que el obrero no fuera a comprar en otras tiendas,
donde podría adquirir esos artículos a mejor precio pues los artículos Truck
del Tommy Shop se vendían habitualmente del 25 al 30% más caros que en otras
partes -en lugar de dinero se le daba un bono para la tienda, equivalente al
monto de su salario. El descontento general suscitado por este sistema infame
resultó en la promulgación del Truck Act de 1831, que declaró nulo e ilegal,
bajo pena de multa, el pago en especie65 para la mayoría de los
obreros; sin embargo, esta ley como la mayoría de las leyes inglesas, no entró
realmente en vigor en todas partes. En las ciudades, desde luego, es poco más o
menos aplicada; pero en el campo, el Truck system es lo que directa o
indirectamente predomina todavía. El mismo es practicado muy frecuentemente
incluso en Leicester. Tengo a la mano una docena de condenas por ese delito,
pronunciadas entre noviembre de 1843 y junio de 1844, de las que da cuenta el
Manchester Guardian y el Northern Star(35). Desde
luego, ese sistema ya no se practica tan abiertamente en la actualidad; el
obrero es pagado en dinero casi siempre, pero al industrial no le faltan medios
para obligarlo a hacer sus compras en su propia tienda y no en otra parte. Por
eso no es fácil descubrir a los industriales que practican ese sistema, ya que
pueden hacer sus artimañas bajo el manto de la ley, por poco que ellos hayan
pagado realmente al obrero su salario en dinero. El Northen Star del 27 de
abril de 1844 publica la carta de un obrero de Holmfirth, cerca de
Huddersfield, en Yorkshire, cuya ortografía quisiera reproducir en la medida de
lo posible, y que concierne a un industrial de apellido Bowers.
65 (1845) erróneamente
dice pago "en salario".
"Es casi asonbroso pensal que ese
condenao sistema exista en semejante proporcion como en Holmfirth y que no se
encuentre a naide que tenga el balor de haser algo pa acabarlo. Aquí hay un
montón de tegedores manuales honrrados que sufren ese sistema del diablo. Aquí
está una muestra de la numeroza y noble camariya del libre-canbio*. Hay un industrial
que es maldesido en toda la rejión a causa de su conducta escandalosa para sus
povres tegedores; cuando ellos hasen, labor que paga 34 ó 26 chelines, él les
da 20 chelines en efectivo y el resto en cosas, y pa esa 40 al 50% mas caro que otros comersiantes y cuantas
veses las mercansias son ademas basura pero como dise el Mercur** del
Libre-Canbio, ellos no son obligados a cojerlas. Eso es como ellos quieran.
¡Seguro! pero el problema es que tienen que cojerla o se mueren de hanbre.
Cuando quieren más de 20 chelines en efectivo, ellos pueden esperar una semana
a dos una cadena de trabajar. Pero si cojen los 20 chelines y las mercansias
siempre hay una cadena para ellos. Eso es el libre-cambio; Lord Brohom
(Brougham) dice: que se debería guardar algo cuando uno es joben para no tener
que pedir al Fondo de los povres cuando es viejo. ¿Tanbien quiere que se guarde
la basura que se nos da? Si eso no viniera de un lord se podría decir que su
cerebro está tan mal hecho como las mercansias conque se nos paga. Cuando los
diarios no timbrados comensaron a aparecer había montones de gente para
denunsiarlos a la polisía de Holmfirth. Habia los Blyths, los Estwood, etc.,
etc. ¿Pero donde están ahora? Eso es harina de otro costal. Nuestro industrial
forma parte del piadoso libre cambio, el va dos veces el domingo a la iglesia y
informa piadosamente al cura que no se a hecho las cosas que se debia hacer y
que se han hecho las que no se debian hacer y que no hay nada bueno en nosotros
y que el Buen Dios tenga piedad de nosotros (texto de letanía anglicana) y sí
que ese Buen Dios tenga piedad de nosotros, hasta mañana, y se volverá a pagar
a nosotros los pobres tejedores en mercancía de mala calidad averiada."
* Partidarios de la Liga contra la Ley de Granos. (F.E.)
** El Leeds Mercury, periódico burgués de izquierda. (radikales) (F.E.)
El sistema de cottages parece mucho más
inocente, y por otra parte su creación ha sido igualmente mucho más inocente
aunque implica para el obrero la misma servidumbre. En la proximidad de las
fábricas construidas en el campo con frecuencia faltan viviendas para los
obreros. El industrial a menudo se ve obligado a construir viviendas de ese
género y lo hace de buena gana, pues obtiene una copiosa ganancia del capital
así invertido. Si los propietarios de cottages obreros sacan anualmente
alrededor del 6% de su capital, puede calcularse que los cottages producen el
doble a los industriales, ya que mientras su fábrica funcione, hay inquilinos e
inquilinos que pagan siempre. Por tanto él está exento de los dos principales
inconvenientes que experimentan los demás propietarios: nunca hay un cottage
vacío y no corre ningún riesgo. Ahora bien, el alquiler de un cottage se
calcula de manera que cubra esos perjuicios eventuales, y al exigir el mismo
alquiler que los demás, el industrial hace, con el 12 ó 14% de interés, un
brillante negocio a expensas de los obreros. Porque es manifiestamente injusto
obtener del arrendamiento un beneficio mayor, incluso el doble, que el que
obtienen sus competidores y quitarles al mismo tiempo la posibilidad de
competir con él. Pero es doblemente injusto que el industrial extraiga ese
beneficio del bolsillo de la clase desposeída que tiene que contar cada
pfenning -al fin y al cabo están acostumbrados a eso- y a cuya costa él ha
adquirido toda su riqueza. Pero la injusticia deviene una infamia cuando el
industrial, como sucede con mucha frecuencia, obliga a los obreros -que so pena
de ser despedidos son forzados a residir en esas viviendas- a pagar un alquiler
anormalmente elevado, ¡o incluso a pagar el alquiler de una vivienda que no
ocupan! El Halifax Guardian, citado por el periódico liberal Sun, afirma que
centenares de obreros de Ashton-under-Lyne, Oldham y Rochdale, etc., son
obligados a pagar el alquiler de las viviendas, vivan en ellas o no.* La
práctica del sistema de cottages es general en los distritos industriales
rurales; ha dado lugar a verdaderas aglomeraciones y casi siempre nadie, o muy
pocos, compiten con el industrial en el arrendamiento de apartamentos, de modo
que no tiene necesidad alguna de regular sus arrendamientos según las
exigencias de los demás, sino que puede, por el contrario, fijarlos a voluntad.
¡Y qué poderío confiere al industrial el sistema de cottages cuando surgen discordias
entre él y sus obreros! ¿Que ellos paran el trabajo? Le basta ponerlos a la
puerta de su vivienda y el aviso previa no pasa de una semana; transcurre este
plazo, y los obreros no solamente se hallan sin trabajo, sino sin techo, se
convierten en vagabundos, cayendo bajo el golpe de la ley que los envía sin
piedad un mes a la cárcel (tretmühle).
* The Sun (diario londinense) de fines de noviembre de 1844.
(F.E.)
Tal es el sistema industrial, descrito
tan minuciosamente como lo permite el espacio de que dispongo y tan
objetivamente como lo permiten las grandes hazañas de la burguesía en su lucha
contra los obreros sin defensa, hazañas ante las cuales no se podría permanecer
indiferente, porque la indiferencia aquí sería un crimen. Comparemos, pues, la
situación del inglés libre de 1845 con la del siervo sajón bajo el látigo del
barón normando de 1145. El siervo estaba glebae adscriptus, atado a la gleba;
el obrero libre lo está también -por el sistema de cottages; el siervo debía a
su amo el jus primae noctis, el derecho de la primera noche, -el obrero libre
no sólo debe ese derecho sino también el de cualquier noche. El siervo no tenía
el derecho de adquirir el menor bien, todo lo que adquiría, el señor podía
quitárselo y el obrero libre tampoco posee nada, la competencia le prohibe
tener la menor propiedad, y lo que el propio normando no hacía, lo hace el industrial:
por el sistema de trueque se arroga cotidianamente la administración de lo que
constituye la base indispensable de la existencia del obrero. Las relaciones
entre siervo y señor se regían por leyes que eran observadas, porque
correspondían a las costumbres, y se regían asimismo por las costumbres. Las
relaciones del obrero libre con su patrón se rigen por las leyes que no son
observadas porque no corresponden ni a las costumbres ni al interés del patrón.
El señor feudal no tenía el derecho de arrancar al siervo de su gleba, no podía
venderlo sin ésta, y como casi por todas partes imperaba el régimen del
mayorazgo y no había allí capital, le era absolutamente imposible venderlo; la
burguesía moderna obliga al obrero a venderse a sí mismo. El siervo era esclavo
de la parcela de tierra en que había nacido; el obrero es esclavo de las
necesidades vitales más elementales y del dinero con el cual le es necesario
satisfacerlas. Ambos son esclavos de la cosa. El siervo tiene su existencia
garantizada dentro del orden social feudal, donde cada quien tiene su lugar; el
obrero libre no tiene ninguna garantía porque no tiene un puesto en la sociedad
sino cuando la burguesía tiene necesidad de él, si no es ignorado, considerado
como inexistente. El siervo se sacrifica por su señor en tiempos de guerra, el
obrero en tiempos de paz. El amo del siervo era un bárbaro, consideraba a su
criado como ganado; el amo del obrero es civilizado, lo considera como una
máquina. En suma, en casi todas las cosas hay equivalencia entre ellos, y si
uno de los dos está en desventaja es el obrero libre. Ambos son esclavos, salvo
que la esclavitud del uno es confesada, pública, honesta, en tanto que la del
otro es hipócrita, socarrona, disimulada a sus ojos y a los del otro,
servidumbre teológica peor que la antigua. Los tories humanitarios tenían razón
de dar a los obreros fabriles el nombre de white Slaves: esclavos blancos. Pero
la servidumbre hipócrita, que no osa decir su nombre, reconoce, al menos en
apariencia, el derecho a la libertad; se somete a la opinión pública amante de
la libertad, y el progreso histórico realizado sobre la antigua esclavitud
reside justamente en el hecho de que al menos el principio de libertad se ha
impuesto y los oprimidos procurarán que este principio sea aplicado.
En conclusión, he aquí algunas estrofas
de un poema que expresa la opinión de los propios obreros sobre el sistema industrial.
Fue escrito por Edward P. Mead, de Birmingham, y traduce bien los sentimientos
de los obreros.(36)
Un rey es él, un príncipe despiadado,
No la imagen soñada de los poetas
Sino un tirano cruel, muy conocido de
los
esclavos blancos.
Ese rey despiadado es el vapor.
Un brazo tiene, un brazo de hierro,
Y aunque no tenga más que uno,
En ese brazo reside una fuerza mágica
Que la pérdida de millones de hombres ha
causado.
Como el cruel Moloc es él, su antepasado
Que antes se erguía en el valle de Ammon,
Sus entrañas son de fuego vivo
Y niños son los que él devora.
Un cortejo de sacerdotes, inhumanos,
Sedientos de sangre, de orgullo y de
rabia,
Conducen, oh vergüenza, su mano
gigantesca
Y en oro cambian de los humanos la
sangre.
Ellos pisotean todos los derechos
naturales
Por el amor del oro vil, su dios,
Y se ríen ellos del dolor de las mujeres
Y se mofan ellos de las lágrimas de los
hombres.
A sus oídos, los suspiros y los gritos
de agonía
De los hijos del trabajo son dulce
melodía,
Esqueletos de doncellas y de niños
Llenan los infiernos del Rey Vapor.
¡El infierno en la Tierra! Ellos
extienden la desesperación
Desde que nació el Rey Vapor.
Porque el espíritu humano hecho para el
Paraíso
Con el cuerpo es asesinado.
Abajo, pues, el Rey Vapor, ese Moloc
despiadado,
Vosotros, los millares de trabajadores,
vosotros todos,
Atadle las manos, o nuestra nación
Está destinada a perecer por él.
Y sus sátrapas aborrecidos, los
orgullosos
barones industriales,
Ralea saciada de oro y de sangre,
La cólera del pueblo debe aniquilarlos
Como aniquilará a su dios monstruoso.*
* No tengo el tiempo ni el espacio para extenderme mucho
sobre las respuestas de los industriales a las acusaciones hechas contra ellos
desde hace doce años. Es imposible convencer a esas personas, porque lo que
consideran como su interés las ciega. Como, por otra parte, cierto número de
sus objeciones ya han sido refutadas oportunamente en lo que precede, sólo me
resta hacer las observaciones siguientes:
Usted viene a Manchester, usted desea conocer las
condiciones de vida inglesas. Se halla provisto de buenas recomendaciones de
personas "respetables", desde luego. Usted hace algunas
consideraciones sobre la situación de los obreros. Usted es presentado a
algunos de los primeros industriales liberales, por ejemplo Robert Hyde Greg,
Edmond Ashworth, Ashton, u otros. Usted les da a conocer sus intenciones1.
El industrial lo comprende, él sabe lo que tiene que hacer. Lo lleva a su
fábrica situada en la campiña. Mr. Greg, en Quarry Bank (Cheshire); Mr.
Ashworth, en Turton, cerca de Bolton; Mr. Ashton, en Hyde. Él lo conduce a
través de un edificio magnífico, bien instalado, tal vez provisto de
ventiladores, él llama su atención sobre los espaciosos salones bien
ventilados, las magníficas máquinas, de vez en cuando sobre el buen semblante de
los obreros. Le ofrece un buen desayuno, y usted propone visitar las viviendas
de los obreros; él lo conduce a los cottages que tienen aspecto de ser nuevos,
limpios, agradables, y entra con usted en uno de ellos. Desde luego, únicamente
la vivienda de capataces, mecánicos, etc., a fin de que "usted pueda ver
familias que sólo viven de la fábrica". Lo que ocurre es que en las demás
viviendas usted podría descubrir que únicamente la mujer y los niños trabajan y
el hombre zurce las medias. La presencia del industrial le impide hacer
preguntas indiscretas; usted halla que son todos bien pagados, disfrutan de
comodidades, gozan relativamente de buena salud, gracias al aire de la campiña,
y usted comienza a mudar de parecer en cuanto a sus ideas exageradas de miseria
y de hambruna. Pero usted no se entera que el sistema de cottages esclaviza a
los obreros, que tal vez muy cerca hay una "tienda de trueque", nadie
expresa odio hacia el industrial, porque él está allí. Puede ser incluso que él
haya establecido una escuela, una iglesia, una sala de lectura, etc. Pero usted
no sabrá en absoluto que él utiliza la escuela para habituar a los niños a la
subordinación, que solamente permite en la sala de lectura obras que defienden
los intereses de la burguesía que despide a las personas que leen periódicos y
libros cartistas y socialistas. Usted está en presencia de buenas relaciones
patriarcales, usted ve la vida de los superintendentes, usted ve lo que la
burguesía promete a los obreros, si ellos quieren devenir igualmente sus
esclavos en el plano intelectual. Esas "fábricas rurales" son, desde
hace mucho tiempo, el caballo de batalla de los industriales porque los
inconvenientes del sistema industrial, en particular en el campo de la higiene,
allí son suprimidos en parte por el aire libre y el medio geográfico, y porque
la esclavitud patriarcal del obrero subsiste por más tiempo. El Dr. Ure les dedica
alabanzas. Pero, ¡cuidado! Si los obreros de pronto se ponen a pensar por sí
mismos y a hacerse cartistas, entonces es el fin brutal del afecto paternal que
testimoniaba el industrial. Por lo demás, si por casualidad usted quiere que lo
conduzcan a través del barrio obrero de Manchester, si usted quiere ver el
pleno desarrollo del sistema industrial en una ciudad industrial, pues bien,
¡entonces puede esperar sentado a que esos ricos burgueses lo ayuden! Esos
señores no saben lo que quieren los obreros y en qué situación se hallan, no
quieren saberlo, no pueden saberlo, porque temen enterarse de cosas que los
preocuparían o los forzarían a obrar contrariamente a sus intereses. A fin de
cuentas eso no tiene ninguna importancia, lo que los obreros tienen que hacer
lo harán enteramente solos. (F.E.)
1 (1845) Man erzält ihm von seinem...
(1892) Ihr erzält ihm von euren...
LAS DEMAS RAMAS INDUSTRIALES
Si bien hemos debido describir bastante
extensamente el sistema manufacturero porque es una creación enteramente nueva
de la era industrial, podremos ser tanto más concisos en el estudio de la
suerte de los obreros de otros sectores, ya que a ellos se aplica lo ya dicho
acerca de los proletarios industriales en general, o lo expuesto sobre el
sistema manufacturero en particular. Por tanto, sólo tendremos que indicar en
qué medida el sistema industrial ha sabido invadir las diversas ramas
industriales y lo que, por otra parte, hay allí todavía de característico.
Las cuatro ramas industriales a las
cuales se aplican las leyes fabriles son las de la confección de telas para el
vestido. Será mejor comenzar inmediatamente por los obreros a quienes esas
fábricas suministran la materia prima, primeramente los fabricantes de
calcetería de Nottingham, Derby y Leicester. El Children's Employment Report
observa respecto de esos obreros, que la duración particularmente larga de su
trabajo (impuesta por los bajos salarios) añadida a la obligación de permanecer
sentados, y la fatiga ocular provocada por la naturaleza misma de su trabajo,
debilita en general su organismo y en particular su vista. Por la noche no
pueden trabajar sin un alumbrado potente, y por eso los tejedores utilizan
habitualmente bolas de vidrio para concentrar la luz, lo que es muy perjudicial
para los ojos. A los cuarenta años casi todos tienen que usar espejuelos. Los
niños que se emplean para el encanillado y la costura (de los dobladillos)
sufren de ordinario de graves daños a su salud y a su constitución. Trabajan
desde la edad de seis, siete u ocho años, de 10 a 12 horas diarias en pequeñas
habitaciones con aire viciado. Muchos tienen vahídos durante el trabajo,
devienen demasiado débiles para ocuparse en las labores domésticas más
sencillas, y tan miopes que deben usar espejuelos desde la infancia. Los
comisionados han comprobado en un gran número de ellos, los síntomas de
escrófulas, y los industriales con frecuencia rehusan dar trabajo en la
fábrica, debido a su decaimiento, a muchachas que han realizado ese género de
trabajo. El estado de esos niños es "una mancha infamante para un país
cristiano", y se expresa el deseo de que intervenga una protección legal
(Grainger Rept. App., Pt. I, p. F. 16, pp. 132 a 142). El informe sobre las
fábricas añade que los obreros calceteros son los peor pagados de Leicester;
ganan seis chelines y, a costa de esfuerzos agotadores, siete chelines por
semana, trabajando de 16 a 18 horas diarias. Antes ganaban 20 ó 21 chelines,
pero la introducción de telares mayores ha arruinado su oficio; la gran mayoría
trabaja todavía en telares antiguos y primitivos, y sólo puede luchar
penosamente con el progreso de las herramientas. Por consecuencia, también en
esa rama, ¡todo progreso es una regresión para el obrero! Pero a pesar de todo,
dice el comisionado Power, los obreros calceteros están orgullosos de ser
libres y de no tener campana de fábrica que les mida el tiempo de comer, de
dormir y de trabajar. En lo que concierne al salario, la situación de esta
clase obrera no es mejor que en 1833, fecha en la cual la comisión de fábricas
hizo las indicaciones anteriores; la competencia de los calceteros sajones
-quienes ellos mismos apenas tienen qué commer- se encarga de ello. La
competencia derrota a los ingleses en casi todos los mercados extranjeros y, en
cuanto a las calidades inferiores, en el propio mercado inglés. El calcetero alemán
patriota, ¿no debe regocijarse de que su propia hambruna reduzca al calcetero
inglés al paro forzoso, y no continuará ayunando orgullosa y gozosamente puesto
que el honor de Alemania exige que su plato esté lleno sólo a medias? ¡Ah,
linda cosa la competencia y la "emulación de los pueblos"! En el Morning
Chronicle, también un periódico liberal, el diario de la burguesía "por
excelencia"66, se hallan, en diciembre de 1843,algunas cartas de un calcetero de Hinckley sobre la
situación de sus compañeros de trabajo. Entre otras cosas, él habla de 50
familias, 321 personas en total, que viven de 109 telares mecánicos; cada telar
producía por término medio 5 1/6 chelines, cada familia ganaba un promedio de
11 chelines 4 peniques por semana. De esta suma había que deducir para el
alquiler el arrendamiento del telar, el carbón, la luz, el jabón, las agujas,
en total 5 chelines 10 peniques, de modo que quedaba por persona y por día para
la alimentación 11/2 peniques, o sea, 15 pfennigs prusianos y estrictamente
nada para el vestido. Dice el calcetero:
66 Par excellence: en
francés en el texto alemán.
"Ninguna mirada ha vislumbrado,
ningún oído ha escuchado, y ningún corazón ha podido experimentar, ni siquiera
la mitad de los males padecidos por esas pobres personas."
Se carecía completamente de camas, o
sólo había una donde hacían falta dos; los niños corrían en harapos y
descalzos; con lágrimas en los ojos, los hombres decían: "Hace mucho,
mucho tiempo que no comemos carne, y casi hemos olvidado qué gusto tiene";
y algunos terminaban por trabajar el domingo, aunque ésa fuese la última cosa
que perdonara la opinión pública, y aunque la batahola del telar se oía en toda
la vecindad.
"Pero, decía uno de ellos,
contemple, pues, a mis hijos y no pregunte más. La miseria es lo que obliga a
ello; yo no puedo y no quiero oír eternamente a mis hijos pedir pan, sin tratar
el último recurso por obtenerlo honestamente. El lunes pasado, me levanté a las
dos de la mañana y trabajé hasta cerca de la medianoche; los otros días de seis
de la mañana hasta las once o doce de la noche. Ya no puedo más, no quiero
dejarme morir. Ahora, termino el trabajo cada noche a las diez y recupero el
tiempo perdido el domingo."
Respecto a 1833, el salario no ha
aumentado ni en Leicester ni en Derby ni en Nottingham, y lo peor es que, como
ya hemos dicho, el sistema de pago en especie se ha extendido mucho en Leicester.
Por tanto no es de asombrar tampoco que los obreros calceteros de esta región
hayan participado muy activamente en los movimientos obreros de manera tanto
más vigorosa y eficaz cuanto que se trata de los hombres que la mayor parte del
tiempo hacen funcionar los telares ellos mismos.
En la misma región donde viven los
obreros calceteros, se halla igualmente el gran centro de fabricación de
encajes. En los tres condados que hemos citado, hay 2760 máquinas de fabricar
encajes, mientras que sólo hay 787 de ellas en todo el resto de Inglaterra. La
fabricación de encajes ha llegado a ser muy compleja, debido a una rigurosa
división del trabajo, y cuenta con un gran número de ramas. En primer lugar,
hay que enrollar el hilo en carretes, y este trabajo lo realizan jovencitas de
14 años y más (winders); después los carretes son colocados en la máquina por
muchachos de ocho años y más (threaders), que deslizan después el hilo en
pequeños huecos (cada máquina tiene unos 1800 de ellos) y lo dirigen según su
aplicación. Luego el obrero confecciona los encajes que salen de la máquina en
forma de una ancha pieza, que niños pequeñitos, al levantar los hilos que los
unen, dividen en varias cintas de encaje. Esta operación se llama running o
drawing lace y los niños se llaman los lace-runners. Por último, los encajes
son preparados para la venta. Las winders, al igual que los threaders, no
tienen tiempo de trabajo fijo, ya que se exige su presencia desde que son
devanados los carretes de una máquina; y como los obreros trabajan de noche
también, pueden ser llamados a cualquier hora a la fábrica o al taller del
tejedor. La irregularidad de este empleo, el frecuente trabajo nocturno, la
existencia desordenada que de ello resulta, provocan un gran número de
padecimientos físicos y morales, en particular relaciones sexuales precoces y
licenciosas, punto sobre el cual todos los testigos están de acuerdo. El
trabajo propiamente dicho es muy perjudicial para la vista; aunque de manera
general no causa un daño permanente para los threaders, provoca sin embargo
inflamaciones oculares e incluso -durante la operación de enhebrar- dolores, lagrimeo,
baja momentánea de la acuidad visual, etc. Pero en cuanto a las winders, se ha
confirmado que su trabajo afecta gravemente a los ojos, y que aparte de
inflamaciones frecuentes de la córnea, con frecuencia provoca la catarata gris
y negra. El trabajo de los propios encajeros es muy fatigoso, porque con el
tiempo las dimensiones de las máquinas han llegado a ser cada vez más grandes,
de modo que actualmente no hay prácticamente otras que aquellas que son
operadas por tres hombres, turnándose cada cuatro horas; de ese modo ellos
trabajan en total las 24 horas y cada uno 8 horas diarias. Se ve así claramente
por qué las winders y los threaders tienen que trabajar frecuentemente de
noche, a fin de que la máquina no esté parada mucho tiempo. Por otra parte,
enhebrar el hilo de los carretes en las 1800 aberturas ocupa en efecto a tres
niños durante dos horas. Varias máquinas son igualmente movidas por el vapor y
así los hombres pierden su empleo, y como el Children's Employment Report no
habla constantemente sino de "fábricas de encajes", donde se emplean
niños, parece que se puede concluir de ello que recientemente, o bien el
trabajo de los encajeros ha sido concentrado en los grandes talleres, o bien la
utilización de telares de vapor es ahora bastante general. En ambos casos:
progreso del sistema industrial. Sin embargo, el trabajo más malsano es el de
los runners, que son en su mayoría niños de siete años, incluso de cinco o
cuatro años. El comisionado Grainger halló hasta un niño de dos años utilizado
en ese trabajo. Seguir con la vista un solo y mismo hilo, que se saca después
con la ayuda de una aguja de una trama artificialmente entremezclada, es un
trabajo muy fatigoso para los ojos, en particular cuando hay que hacerlo, como
es costumbre, durante 14 a 16 horas diarias. En el mejor de los casos, la
consecuencia es una miopía aguda; en el peor, sobreviene una ceguera incurable
debida a la catarata negra. Pero además, el hecho de estar constantemente
sentado en una posición abarquillada, resulta para los niños en un estado de
debilidad, la estrechez de la caja torácica y, como consecuencia de una mala
digestión, las escrófulas. En casi todas las muchachas se descubren problemas
en el funcionamiento del útero, así como una desviación de la columna vertebral,
de moda "que puede reconocerse a todas las runners por su modo de
andar". El bordado de los encajes implica las mismas consecuencias penosas
para la vista y para el organismo en general. Todos los testimonios médicos
están de acuerdo en subrayar que la salud de todos los niños empleados en la
confección de encajes sufren por ello
considerablemente, que esos niños son pálidos, desmedrados, enclenques,
demasiado pequeños para su edad y también mucho menos capaces que otros niños
de resistir las enfermedades. Sus padecimientos más comunes son: debilidad
general, vahídos frecuentes, dolores de cabeza, en los costados, en la espalda,
en las caderas, palpitaciones del corazón, náuseas, vómitos, y falta de
apetito, desviación de la columna vertebral, escrófulas y tisis. Sobre todo la
salud del organismo femenino es continua y profundamente minada: se quejan
generalmente de anemia, de partos difíciles y de abortos (Grainger, Informe, de
punta a cabo). Además, el propio empleado subalterno de la Children's Employment
Commission informa que a menudo los niños se hallan mal vestidos o en harapos y
que se les da una alimentación muy insuficiente, casi siempre nada más que pan
y té, y con frecuencia no comen carne durante meses. En lo que concierne a su
moralidad, él relata los hechos siguientes:
"Todos los habitantes de
Nottingham, la policía, el clero, los industriales, los obreros y los propios
padres de los niños afirman unánimemente que el sistema actual de trabajo es un
factor muy importante de inmoralidad. Los threaders, en su mayoría muchachos jóvenes,
y las winders, en su mayoría muchachas son llamados a la misma hora a la
fábrica, con frecuencia en medio de la noche, y como sus padres no pueden saber
cuánto tiempo son necesarios en la fábrica, tienen la mejor ocasión de
establecer relaciones poco convenientes y de vagabundear juntos después del
trabajo. Lo que ha contribuido no poco a la inmoralidad que, según la opinión
de todos, hace estragos en Nottingham en proporciones asombrosas. Por otra
parte, la calma y la tranquilidad familiar en que viven esos niños y jóvenes
son totalmente sacrificadas debido a ese estado de cosas enteramente
antinatural."
Otra rama de la fabricación de encajes,
trabajar el bolillo, se lleva a cabo en los condados, por otra parte agrícolas
de Northampton, Oxford, Bedford y Buckingham, casi siempre por niños y personas
jóvenes, que se quejan todos de la mala alimentación y raramente pueden comer
carne. El trabajo en sí es muy malsano. Los niños trabajan en pequeños talleres
mal ventilados y confinados, continuamente sentados y encorvados sobre su cojín
de encaje. Para mantener su cuerpo en esa posición, las muchachas usan un corsé
con ballenas de madera que, dada la gran juventud de la mayoría de ellas, y por
ende sus huesos todavía tiernos, unido a la posición encorvada, deforma
enteramente el esternón y las costillas, provocando un estrechamiento general
de la caja torácica. La mayoría muere de tisis, luego de haber sufrido cierto
tiempo, a causa de ese trabajo sentadas, y de la atmósfera viciada, de los
efectos más dolorosos (severest) de la mala digestión. Ellas no han recibido
casi ninguna información, sobre todo de ningún modo moral, son coquetas, y por
esas dos razones su moralidad es muy deplorable: la prostitución hace estragos
entre ellas casi en forma epidémica. (Children's Employment Commission, Burns
Report.)
Tal es el precio que paga la sociedad
para comprar a las bellas damas de la burguesía el placer de usar encajes, y,
¿no es un precio muy barato? Simplemente algunos millares de obreros ciegos,
simplemente algunas hijas de proletarios tísicas, simplemente una generación
raquítica de ese populacho, que trasmitirá sus padecimientos a sus hijos y
también a sus nietos. ¿Qué es todo eso? Nada, absolutamente nada, nuestra
burguesía inglesa guardará con indiferencia el informe de la comisión
gubernamental, y continuará adornando de encajes a sus esposas y a sus hijas.
¡Qué gran cosa es la serenidad de alma de un burgués inglés!
Un gran número de obreros es utilizado
en la fabricación de tejidos estampados en Lancashire, Derbyshire, y el
occidente de Escocia. En ningún sector de la industria inglesa el maquinismo ha
alcanzado tan brillantes resultados, pero en ningún otro tampoco ha oprimido
tanto al obrero. La utilización de cilindros grabados, accionados por el vapor,
el descubrimiento del procedimiento que permite estampar con la ayuda de esos
cilindros cuatro o seis colores a la vez, ha suplantado el trabajo manual tan
perfectamente como las máquinas lo han hecho en el hilado y el tejido del
algodón; y esas nuevas instalaciones han eliminado de las industrias de
estampado todavía más obreros que en la fabricación de telas. Un solo hombre,
ayudado por un niño, hace con la máquina el trabajo que 200 obreros hacían
antes a mano; una sola máquina produce cada minuto 28 yardas (80 pies) de
tejido estampado. Por eso la situación de los obreros estampadores de tejidos
es muy grave. Los condados de Lancaster, de Derby, y de Chester producían
(según la petición de los obreros estampadores presentada a la Cámara de los
Comunes) en 1842, 11 millones de piezas de tela estampada; 100000 habían sido
estampadas a mano, 900000 en parte por máquinas, con la ayuda de estampadores
manuales, y 10 millones por máquinas solamente, que estampaban telas de uno a
seis calores. Como las máquinas son en su mayoría de construcción reciente, y
se perfeccionan constantemente, el número de los estampadores manuales es
demasiado elevado para la cantidad de trabajo disponible y está claro que una
importante fracción -la petición habla de la cuarta parte del número total- se
halla en paro forzoso completo, mientras que los demás por término medio sólo
trabajan uno o dos días, o a lo sumo tres días por semana. Leach afirma que, en
una fábrica de tejidos estampados (Deeply Dale cerca de Bury, en Lancashire),
los estampadores manuales no ganan más de cinco chelines por semana (Stubb.
Facts, p. 47), mientras que él sabe, es cierto, que los obreros que trabajan en
las máquinas son bastante bien pagados. Por consecuencia, las fábricas de
estampado de tejidos se hallan integradas completamente en el sistema
manufacturero pero sin estar sujetas a las limitaciones legales que les son
impuestas. Ellas fabrican un artículo de moda y no tienen por tanto una duración
de trabajo regular. Si tienen pocos pedidos sólo trabajan medio tiempo; si uno de sus modelos tiene éxito y los negocios marchan
bien, se trabaja diez, doce horas, incluso toda la noche. Muy cerca de mi
domicilio, inmediato a Manchester, había una fábrica de estampado que muchas
veces estaba todavía alumbrada tarde en la noche cuando yo regresaba a casa, y
con frecuencia oí decir que allí los niños trabajaban tanto tiempo que trataban
de aprovechar a escondidas algunos instantes de descanso y de sueño en las
escaleras de piedra o en algún rincón de la entrada. Yo no sé con certeza
jurídica si eso es cierto; de lo contrario daría el nombre de la firma. El
informe de la Children's Employment Commission es aquí muy evasivo; se contenta
con señalar que en Inglaterra al menos, los niños se hallan bastante bien
vestidos y alimentados (eso es muy relativo y depende del salario de los
padres), que no tienen ninguna instrucción y que moralmente no vale mucho. Nos
basta pensar que esos niños se hallan sujetos al régimen de las fábricas y,
remitiéndonos a lo que ya hemos dicho al respecto, podemos proseguir.
Nos resta poco que decir de los demás
obreros empleados en la fabricación de tejidos para vestidos; los blanqueadores
tienen un trabajo muy malsano que los obliga a respirar constantemente cloro,
producto sumamente peligroso para los pulmones; el trabajo de los tintoreros ya
es más salubre, en muchos casos hasta muy sano, pues requiere la actividad del
conjunto del cuerpo. Existe poca información sobre la manera en que estas
clases son pagadas, y esa es razón suficiente para llegar a la conclusión de
que su salario no es inferior a la media, pues si no ellos se quejarían. Los
cortadores de terciopelo, bastante numerosos debido al gran consumo de terciopelo
de algodón y cuyo número se eleva a 3000 ó 4000, han sufrido mucho
indirectamente la influencia del sistema manufacturero. Las mercancías que
antes se fabricaban con telares manuales no una trama muy regular y exigían una
mano experimentada para cortar las diferentes hileras de hilos; desde que son
fabricadas por telares mecánicos, las hileras son perfectamente regulares,
todos los hilos de la trama son rigurosamente paralelos y ya la cortadura no
constituye una operación delicada. Los obreros dejados sin trabajo por las
máquinas se precipitan sobre el corte de los paños y su competencia hace bajar
los salarios. Los industriales han descubierto que pueden emplear a las mujeres
y a los niños para cortar el terciopelo, y el salario se ha alineado al nivel
del de las mujeres y los niños, en tanto que centenares de hombres han sido
eliminados del oficio. Los industriales descubrieron asimismo que podían hacer
el trabajo más económicamente en su fábrica que en el taller del obrero, cuyo
alquiler a fin de cuentas ellos pagaban indirectamente; desde entonces, los
pisos superiores, de techo bajo, de varios cottages convertidos en taller de
corte del terciopelo se hallan vacíos o alquilados como viviendas, en tanto que
el obrero ha perdido la libertad de elegir sus horas de trabajo y ha devenido
esclavo de la campana de la fábrica. Un cortador de terciopelo, de 45 años, me
ha dicho que recordaba los tiempos cuando se le pagaba 8 peniques la yarda por
el mismo trabajo que ahora le pagan a un penique la yarda; desde luego, ahora
podía tundir un tejido más regular más rápidamente, pero ni con mucho lograba
hacer en una hora el doble de lo que hacía en el mismo espacio de tiempo
antaño, de modo que su salario semanal ha caído a menos de la cuarta parte de
lo que era. Leach da una lista de los salarios (Stubb. F. p. 35) que se pagaban
en 1827 y en 1843 para diferentes paños, de la cual resalta que los artículos
por los cuales se le pagaba, en 1827, 4 d., 21/4 d., 23/4 d., 1 d. la yarda, en
1843 sólo se le pagaba 11/2 d., 3/4 d., 1 d., y 3/8 d., la yarda. Leach hace la
siguiente comparación de salarios semanales promedio: en 1827, libras
esterlinas 1-6-6 d.; libras esterlinas 1-2-6 d.; libras esterlinas 1; libras
esterlinas 1-6-6 d., y para los mismos artículos en 1843: libras esterlinas
0-10-0 d.; libras esterlinas 0-7-6 d.; libras esterlinas 0-6-8 d.; libras
esterlinas 0-10, y pueden contarse por centenares los obreros que ni siquiera
obtienen estos últimos salarios. Ya hemos hablado de los tejedores manuales de la
industria de telas de algodón; los demás paños son fabricados casi
exclusivamente por tejedores manuales que, en su mayoría, han sufrido al igual
que los cortadores de terciopelo, la afluencia de obreros que perdieron su
empleo por la introducción de máquinas y que, como los obreros fabriles, se
hallan sujetos a una ley penal rigurosa en caso de fraude. Examinemos el caso
de los tejedores de seda. El fabricante de sederías Brocklehurst, uno de los
más importantes de Inglaterra, ha presentado ante una comisión parlamentaria
listas de sus libros, de donde resulta que, por los mismos artículos que en
1821 él pagaba 30 chelines, 14 chelines, 31/2 chelines, 3/4 de chelín, 11/2
chelines, 10 chelines, en 1831 no pagaba más que 9 chelines, 71/2 chelines 21/4
chelines, 1/3 de chelín, 1/2 chelín, 6 1/4 chelines respectivamente, si bien
aquí no se ha hecho ningún perfeccionamiento a las máquinas. Ahora bien, lo que
hace Mr. Brocklehurst puede considerarse como un criterio válido para toda
Inglaterra. Resulta de esos mismos datos, que el salario semanal promedio de
sus tejedores, luego de todas las deducciones, se elevaba en 1821 a 161/2
chelines y solamente a 6 chelines en 1831. Desde entonces, el salario ha bajado
aún más. Los paños que en 1831 producían un salario de 1/3 de chelín o de 4
peniques la yarda, en 1843 sólo producían 21/2 peniques (se trata de los single
sarnets67) y un gran número de tejedores rurales no pueden obtener
trabajo sino aceptando la confección de esos tejidos por 11/2 ó 2 peniques. Hay
que citar además las deducciones Arbitrarias68 o salario. Todo
tejedor que viene a buscar estambre urdido recibe al mismo tiempo una tarjeta
donde de ordinario se lee: que se acepta el trabajo a tales o cuales horas de
la jornada, que un tejedor que no puede trabajar por causa de enfermedad debe
avisarlo a la oficina dentro de tres días, si no la enfermedad no será aceptada
como excusa; que no se aceptará como excusa el que un tejedor diga que ha
tenido que esperar por hilo para su trama, que los descuentos no serán
inferiores a la mitad del salario por ciertos errores de fabricación (por
ejemplo, si en cierta longitud del tejido aparecen más hilas de urdimbre que
los estipulados, etc.) y que, si el tejido no está listo dentro de las demoras
fijadas, se descontará un penique por yarda que falte. Las reducciones de
salarios previstas por esas tarjetas son tan importantes que, por ejemplo, un hombre
que vaya dos veces por semana a Leigh, en Lancashire, para recoger69
sus tramas, produce cada vez a su patrón por lo menos 15 libras esterlinas
(unos 100 táleros prusianas) de multa. Así dice él mismo, y pasa por ser uno de
los más tolerantes. Antaño estos asuntos eran resueltos por un árbitro
designado al efecto, pero como casi siempre los obreros eran despedidos cuando
insistían en recurrir al mismo, esta práctica se ha perdido completamente y el
industrial obra a su antojo; él es demandante, testigo, juez, legislador y
ejecutor de la sentencia, todo a la vez. Y si el obrero va donde el árbitro
oficial, entonces se le dice: "Al aceptar la tarjeta, usted ha celebrado
un contrato y ahora tiene que respetarlo". Es exactamente la misma cosa en
cuanto a los obreros fabriles. Por otra parte, cada vez el industrial hace
firmar al obrero un documento donde éste declara "aceptar los descuentos
efectuados", y si él rehusa, todos los industriales de la ciudad saben
inmediatamente que se trata de un hombre, como dice Leach,
67 Tejido de tafetán
ligero.
68 (1892) las más
arbitrarias: Willkürlichste (1845) willkürliche: arbitrarias
69 (1892) retirar: Abzunehmen
(1845) anzunehmen: recoger
"es recalcitrante a la legislación
y al buen orden garantizado por las tarjetas, y que tiene la impudencia de
poner en duda la sabiduría de aquellos que, como él debería saberlo, son
después de todo sus superiores en la sociedad" (Stubb. Facts, pp. 37-40).
Desde luego, los tejedores son
perfectamente libres, el industrial no los obliga a aceptar el material de
trabajo y la tarjeta; pero les dice, como lo traduce Leach en buen inglés:
"Si usted no
quiere freírse en mi sartén, puede saltar al fuego" (if you don't like to
be frizzled in my fringpan, you can take a walk into the fire).
Los tejedores de seda de Londres,
particularmente en Spitalfields, desde hace tiempo han vivido periódicamente en
la más terrible miseria; todavía hoy día apenas tienen razones para sentirse
satisfechos de su suerte. Eso es lo que puede concluirse de su participación
muy activa en todos los movimientos obreros ingleses y en particular en los de
Londres. La miseria que reinaba entre ellas fue la causa de la fiebre que
estalló en los barrios del este de Londres e incitó a la comisión a investigar
las condiciones de higiene en que vivía la clase obrera. Sin embargo,
comprobamos que el último informe del hospital londinense que cura esa fiebre,
que la misma todavía hace estragos.
Después de los tejidos para vestido, los
productos metalúrgicos representan la categoría más importante de los artículos
fabricados por la industria inglesa.
La producción de dichos artículos tiene
su centro principal en Birmingham, en Sheffield, centro principal de la
cuchillería, y en el condado de Staffordshire, particularmente en Wolverhapton
donde se fabrican los artículos más ordinarios: cerraduras, clavos, etc. Vamos
a comenzar por Birmingham, para describir la situación de los obreros empleados
en esas ramas industriales. La organización del trabajo ha conservado en
Birmingham, como en el resto de casi todos los centros donde se trabajan los
metales, algo del antiguo carácter artesanal; siguen existiendo los pequeños
patronos y trabajan con sus aprendices ya sea en sus casas, en su taller, ya
sea, cuando utilizan la energía del vapor, en las grandes fábricas que son
divididas en varios talleres pequeños, arrendados a los diferentes patronos
pequeños y provistos en todas las salas de un eje accionado por una máquina de
vapor que puede a su vez accionar otras máquinas. León Faucher (autor de una
serie de artículos en La Revue des Deux-Mondes(37), donde muestra al menos que
ha estudiado seriamente la cuestión, artículos en todo caso mejores que los que
han escrito los ingleses y los alemanes al respecto) califica esas condiciones
de trabajo, por oposición a la fabricación en gran escala de Lancashire y
Yorkshire, con el nombre de "democracia industrial"70 y
hace la observación de que la misma no tiene resultados muy favorables ni sobre
la situación de los maestros artesanos ni sobre la de los oficiales. Esta observación
es enteramente correcta, porque esos numerosos pequeños patronos, entre los
cuales se reparte el beneficio determinado por la competencia y que se embolsa
por otra parte un solo gran industrial no podría vivir
del mismo adecuadamente. La tendencia centralizadora del capital los aplasta;
por uno que se enriquece, diez son arruinados, y un centenar ve su suerte
agravada por la presión de un sólo rico que puede vender más barato que ellos.
Y en el caso en que tengan que competir desde el principio con grandes
capitalistas, huelga decir que sólo pueden luchar penosamente contra semejante
competencia. La suerte de los aprendices no es en absoluto mejor entre los
pequeños patronos que entre los industriales, como veremos más adelante, con la
única diferencia de que más tarde se convertirán a su vez en patronos y podrán
obtener así cierta independencia; es decir, serán menos explotados directamente
por la burguesía que en las fábricas. Así, esos pequeños patronos no son ni
verdaderos proletarios, ya que viven en parte del trabajo de sus aprendices y
que no venden su trabajo(38), sino el producto
acabado; ni verdaderos burgueses, porque viven esencialmente de su propio
trabajo. Debido a esta situación particular, intermediaria, los obreros de
Birmingham muy raramente se han unido francamente y en su totalidad a los
movimientos obreros ingleses. Birmingham es una ciudad políticamente radical,
pero de ningún modo resueltamente cartista. Sin embargo, también se halla allí
un gran número de fábricas bastante importantes que trabajan por cuenta de
capitalistas, y aquí es donde reina absoluto el sistema manufacturero; la
división del trabajo, que es llevada al extremo (por ejemplo, en la fabricación
de agujas), así como la energía de la máquina de vapor, permiten emplear a un
gran número de mujeres y niños, y hallamos aquí (en el Children's Employment
Report) exactamente las mismas características que nos había proporcionado el
informe sobre las fábricas: trabajo de mujeres hasta el momento del parto,
imposibilidad de ocuparse del hogar, estado de abandono del mismo y de los niños,
indiferencia, incluso aversión con respecta a la vida familiar y
desmoralización -además, desposeimiento de los hombres de su empleo, progreso
constante de las máquinas, emancipación precoz de los niños, maridos mantenidos
por su mujer y sus hijos, etc., etc. Se describe a los niños como medio muertos
de hambre y en harapos -la mitad de ellos, se dice, no sabe lo que es llenarse
el estómago, muchos viven todo el día del pan que se puede comprar por un
penique (10 pfennigs prusianos), o bien no comen nada antes del almuerzo;
incluso se citan casos en que los niños no comen desde las ocho de la mañana
hasta las siete de la noche. La ropa que visten con frecuencia es apenas
suficiente para cubrir su desnudez; muchos andan descalzos, incluso en
invierno. Y es por eso que son pequeños, desmedrados, para su edad y devienen
muy raramente un poco vigorosos; y cuando se piensa que un largo y duro trabajo
en espacio cerrado se añade a los pocos medios que se les da para reconstituir
sus fuerzas físicas, no es de asombrar que pocas personas en Birmingham son
aptas para el servicio militar. Dice un médico encargado de examinar a los
reclutas:
70 Démocratie
industrielle: en francés en el texto alemán.
"Los obreros son pequeños, débiles
y físicamente poco sólidos; muchos de ellos, además, presentan deformaciones de
la caja torácica o de la columna vertebral."
Según un suboficial reclutador, los
habitantes de Birmingham son más pequeños que en cualquier otra parte, la
mayoría tiene una talla de 5 pies 4 ó 5 pulgadas, y de 613 jóvenes citados para
el reclutamiento, solamente 238 fueron declarados aptos. En lo que concierne a
su instrucción, hemos mencionado anteriormente (Cf. pp. 158-159) una serie de
deposiciones y de ejemplos tomados en los distritos metalúrgicos, a los cuales
remitimos al lector. Por otra parte, resalta del Children's Employment Report
que en Birmingham más de la mitad de los niños de 5 a 15 años no asisten a
ningún tipo de escuela, que aquellos que van a la escuela con frecuencia
cambian de establecimiento, de modo que es imposible impartirles una educación
sólida, y que los niños son retirados muy temprano de la escuela para ser
puestos a trabajar. De acuerdo con el informe, también puede tenerse una idea
de la calidad de las maestras que se emplean; cuando a una de ellas se le
preguntó si enseñaba también la moral, respondió: "No, por 3 peniques por
semana y por alumno, no podría exigírseme esa tarea"; otras ni siquiera
comprendieron esta pregunta, y otras consideraron que ello no les incumbía en
absoluto. Una sola maestra dijo que ella no impartía clases de moral, pero que
se esforzaba por inculcar en los niños buenos principios; pero, al decir esto,
hizo un craso lapsus linguae (einen derben Sprachsnitzer). En las propias
escuelas, el comisionado comprobó un alboroto y un desorden continuos. Esa es
una de las razones por las cuales la moralidad de los niños es sumamente
deplorable: la mitad de los delincuentes son de menos de 15 años de edad; y en
un sólo año se ha condenado a no menos de 90 delincuentes de 10 años de edad,
de los cuales 44 por delitos graves. La licenciosidad de las relaciones
sexuales parece ser, según la opinión del comisionado Grainger, la regla y a
una edad muy precoz. (Grainger: Rept. y evid.)
En el distrito metalúrgico de
Staffordshire, la situación es peor todavía. Dada la calidad tosca de los
productos metalúrgicos de la región, no hay allí ni división del trabajo (salvo
algunas excepciones), ni utilización del vapor o del maquinismo. En esa región -Wolverhampton,
Willenhall, Bilston, Sedgeley, Wednesfield, Darlaston, Dudley, Walsall,
Wednesbury, etc.- hay por
consecuencia pocas fábricas, pero tantas más pequeñas herrerías donde trabajan
separadamente pequeños patronos con uno o varios aprendices que les sirven
hasta la edad de 21 años. Los pequeños patronos se hallan poco más o menos en
la misma situación que aquellos de Birmingham, pero los aprendices son mucho
menos favorecidos. Se les da casi únicamente la carne de animales enfermos,
accidentados, o carne echada a perder y pescado en mal estado, igualmente
terneros nacidos antes de tiempo o cerdos muertos por asfixia en los vagones. Y
esto no lo hacen solamente los pequeños patronos sino también industriales más
importantes que tienen 30 ó 40 aprendices. Eso parece realmente general en
Wolverhampton. Las consecuencias naturales de ello son frecuentes enfermedades
intestinales y otros padecimientos. Además, no se da de comer adecuadamente a
los niños y raramente tienen otra ropa que la de trabajo, lo cual es razón
suficiente para no asistir a la escuela dominical. Las viviendas son malas y
sucias, de modo que favorecen frecuentemente la aparición de enfermedades, y
aunque su trabajo sea casi siempre salubre, los niños son por esa razón
pequeños, contrahechos, débiles y en muchos casos sufren graves padecimientos.
En Willenhall, por ejemplo, hay una multitud de personas que, a causa de su
eterno trabajo de limadura en el tornillo de banco, son gibosas y tienen una
pierna torcida -"la pierna trasera" (hind-leg), como la llaman- de
suerte que las dos piernas tienen la forma de una K; se dice además, que por lo
menos la tercera parte sufre de hernia. Aquí, al igual que en Wolverhampton, se
descubrieron innumerables casos de retraso de la pubertad, tanto entre las
niñas -¡ellas también trabajan en las forjas!- como entre los muchachos, a
veces hasta los 19 años. En Sedgley y en los alrededores, donde no se fabrica
casi más nada que clavos, la gente vive y trabaja en cabañas miserables
parecidas a establos, que en cuanto a suciedad desafían toda competencia. Las muchachas
y los muchachos manejan el martillo desde la edad de 10 ó 12 años y no son
verdaderamente considerados como obreros consumados sino cuando producen 1000
clavos diariamente. Para 1200 clavos, el salario se eleva a 53/4 peniques, o
sea no enteramente 5 groschen de plata. Para cada clavo se requieren 12 golpes,
y como el martillo pesa 11/4 lb, el obrero debe levantar 18000 libras para
ganar ese miserable salario. Con un trabajo tan penoso y una alimentación
insuficiente, el organismo de los niños es necesariamente subdesarrollado,
enclenques, débiles, además, confirmado por los comisionados. En cuanto al
nivel de la instrucción, igualmente en ese distrito, ya hemos dado referencias
precisas anteriormente. En esa región, el grado de instrucción es
increíblemente bajo, la mitad de los niños no asisten ni siquiera a la escuela
dominical, y la otra mitad va a la escuela sólo irregularmente; en comparación
con otros distritos, muy pocos de ellos saben leer, y en cuanto a la escritura
es todavía peor. Nada más natural, ya que es entre el séptimo y el décimo año
cuando se pone a los niños a trabajar, precisamente en el momento en que serían
justamente capaces de asistir a la escuela con provecho, y los maestros de
escuelas dominicales -herreros a mineros- saben frecuentemente apenas leer y no
son ni siquiera capaces de escribir su propio nombre. La moralidad responde
plenamente a esos medios de instrucción. En Willenhall, afirma el comisionado
Horne, al ofrecer sólidas pruebas al respecto, no existe ningún sentimiento
moral entre los obreros. De una manera general, él ha descubierto que los niños
no tenían noción de los deberes respecto a los padres ni sentían afecto por
ellos. Ellos eran tan poco capaces de reflexionar sobre lo que manifestaban,
estaban tan embrutecidos, eran tan estúpidos que con frecuencia afirmaban que
eran bien tratados, que vivían bien, mientras tenían que trabajar de 12 hasta
14 horas diarias, vestían harapos, no comían lo suficiente y recibían golpes
tan rudos que días después todavía se sentían adoloridos. Ellos ignoraban todo
otro modo de vida, fuera de aquel que consistía en derrengarse (abzuplagen)
desde la mañana a la noche, hasta que se le permitiera parar, y ni siquiera comprendían
el sentido de esta pregunta, para ellos inaudita... "¿Se siente
fatigado?" (Horne, Rept. and evid.)
En Sheffield, el salario es mejor y por
consecuencia mejores también las condiciones de vida de los obreros. En cambio,
hay que notar algunos géneros de trabajos, cuyo efecto es sumamente nefasto
para la salud. Ciertas operaciones requieren del obrero que mantenga
herramientas constantemente apretadas contra su pecho, lo cual provoca la
tisis, otras, por ejemplo la picadura de las limas, entorpecen el desarrollo
completo del cuerpo y provocan padecimientos abdominales; el corte de los
huesos (para hacer cabos de cuchillos) provoca dolores de cabeza, padecimientos
biliares y entre las jovencitas, muy numerosas en esos oficios, la anemia. Pero
el trabajo más malsano de todos es el afilado de hojas y de tenedores, el cual
implica invariablemente, sobre todo si se efectúa en piedras secas, una muerte
precoz. La insalubridad de ese trabajo reside en parte en la posición encorvada
que comprime el pecho y el estómago, pero sobre todo en la cantidad de polvos
metálicos de aristas cortantes, que saltan durante el afilado, saturando la
atmósfera y que se respira necesariamente. Los afiladores en seco alcanzan
apenas la edad de 35 años por término medio, los afiladores en piedras húmedas,
pasan raramente de los 45 años. El Dr. Knight, de Sheffield, declara:
"Sólo puedo representar con cierta
claridad el carácter nocivo de ese oficio afirmando que para mí, entre esos
afiladores se hallan los más fuertes bebedores que viven más tiempo, porque son
los que más se ausentan del trabajo. Hay en total 2500 afiladores en Sheffield.
Unos 150 (80 hombres y 70 muchachos) son afiladores de tenedores. Éstos mueren
entre los 28 y 32 años de edad; los afiladores de navajas, que trabajan tanto
en la piedra seca como en la húmeda, mueren entre los 40 y 45 años, y los
afiladores de cuchillos de mesa que trabajan en la piedra húmeda mueren entre
los 40 y 50 años de edad."
El mismo médico describe la evolución de
esa enfermedad, que se llama "asma de afiladores", del modo
siguiente:
"Habitualmente ellos comienzan su
oficio a la edad de 14 años, y si gozan de buena constitución es raro que
sufran muchas enfermedades antes de los 20 años. Entonces es cuando se
manifiestan los síntomas de su enfermedad específica; pierden el resuello al
menor esfuerzo, al subir una escalera o una cuesta, ellos alzan los hombros
para aliviar esa sofocación continua y creciente, se encorvan hacia adelante y
parecen por otra parte sentirse más cómodos en la posición comprimida que es la
de su oficio, el color de su tez se torna amarillo terroso, sus rasgos expresan
la angustia, se quejan de tener el pecho oprimido; su voz deviene ronca y ruda;
tienen una tos ruidosa, como si el aire fuese expulsado por un tubo de madera.
De vez en cuando expectoran cantidades importantes de polvo, ya sea mezclado con
las mucosidades o bien en masas esféricas o cilíndricas, recubiertas de una
delgada capa de mucosidad. La hemoptisis, la incapacidad de permanecer
estirados, los sudores nocturnos, diarreas con cólicos, un enflaquecimiento
anormal acompañado de todos los síntomas habituales de la tuberculosis acaba
por destruirlos, luego de haber estado enfermos durante meses y años,
imposibilitados de mantenerse71 ellos mismos y a los suyos por su
trabajo. Debo añadir que todos los intentos que se han hecho hasta ahora para
prevenir o curar el asma de los afiladores han sido totalmente infructuosos.
71 (1845), error de
impresión: erniedrigen (humillar) (1892) ernähren (alimentar).
Eso es lo que escribió Knight hace diez
años, desde entonces, el número de los afiladores y la violencia de la
enfermedad han aumentado, pero igualmente se ha intentado prevenir dicha
enfermedad cubriendo las piedras de afilar y extrayendo el polvo por una
corriente de aire. Estos intentos han tenido éxito al menos parcialmente, pero
los propios afiladores no quieren que se pongan en práctica; y en ciertos
lugares han llegado hasta a romper esos dispositivos de protección -porque
estiman que ello atraerá otros obreros a su especialidad, lo cual haría bajar
sus salarios; ellos son partidarios de una vida "corta pero buena".
El Dr. Knight con frecuencia ha dicho a los afiladores que se han consultado
con él a los primeros síntomas de esa asma: "Usted va al encuentro de la
muerte, si vuelve a trabajar en ese oficio". Pero siempre fue en vano;
quien se hubiere convertido en afilador se hallaba perdido, como si se hubiese
vendido al diablo. El nivel de la instrucción en Sheffield es muy bajo; un
eclesiástico, que se había ocupado mucho de las estadísticas sobre la
escolaridad opinaba que de los 16500 niños de la clase obrera, en edad de
asistir a la escuela, apenas 6500 sabían leer. Pero esto se debe al hecho de
que los niños son retirados de la escuela desde la edad de siete años, y cuando
más tarde a los 12, y a que los maestros no valen nada (¡uno de ellos era un
hombre convicto de robo, que al cumplir la condena no había hallado otro medio
de existencia que la enseñanza!) La inmoralidad parece ser mayor entre la
juventud de Sheffield que en cualquier otra parte (la verdad es que no se sabe
cuál ciudad se lleva el premio, y si uno lee los informes, está tentado a creer
que cada una lo merece). Los jóvenes se pasan todo el domingo en la calle,
jugando a las monedas(39) o bien excitando a los
perros a pelear; frecuentan asiduamente los cafetines donde permanecen con su
amiguita hasta que, tarde en la noche, van por parejas a dar un paseíto cada
quien por su lado. En una taberna que visitó el comisionado, halló 40 ó 50
jóvenes de uno y otro sexos, casi todos menores de 17 años, cada joven sentado
junto a su chica. Unos jugaban a las cartas, otros cantaban o bailaban, todos
bebían. En medio de ellos había rameras profesionales. No es de asombrar, pues,
que la licenciosidad y la precocidad de las relaciones sexuales, la
prostitución juvenil sean, como lo afirman todos los
testigos, incluso entre individuos de 14 ó 15 años, sumamente frecuentes en
Sheffield. Los crímenes de carácter salvaje y loco son cosa corriente; un año
antes del arribo del comisionado, fue arrestada una banda, constituida sobre
todo de gente joven, en el momento en que se preparaba a incendiar la ciudad
entera; ellos poseían un equipo completo de lanzas y de materias incendiarias.
Veremos más adelante que el movimiento obrero de Sheffield muestra el mismo
carácter brutal (Symons, Rept, and evid).
Aparte de los centros principales donde
se concentra la metalurgia, hay igualmente fábricas de alfileres en Warrington
(Lancashire), donde reina también entre los obreros y sobre todo los niños, una
gran miseria, una gran inmoralidad e ignorancia; en la región de Wigan
(Lancashire) y en el este de Escocia hay cierto número de fábricas de agujas.
Los informes relativos a estos distritos concuerdan casi todos con aquellos del
condado de Staffordshire. Solamente nos queda una rama de esta industria: la
fabricación de máquinas, que tiene lugar especialmente en los distritos
industriales, y sobre todo en el condado de Lancashire. El carácter singular de
esta producción es la fabricación de máquinas por máquinas, lo cual arrebata a
los obreros despedidos por todas partes, su último refugio, es decir, el empleo
en la fabricación de las máquinas que los han dejado sin trabajo. Las máquinas
de pulir y de perforar, las máquinas que fabrican ruedas, tornillos y tuercas,
etc., los tornos mecánicos, también han dejado sin trabajo a una multitud de
obreros que antes trabajaban regularmente por un buen salario, y quien lo
desee, puede ver a un gran número de ellos en las calles de Manchester.
Al norte de esta región siderúrgica de
Staffordshire, se extiende un distrito industrial que ahora vamos a examinar:
el de las alfarerías (potteries) , cuyo centro
principal es el distrito de Stoke que engloba las localidades de Hanley,
Bunslem, Lane End, Lane Delph, Etruria, Coleridge, Langport, Tunstall y
Goldenhill con 60000 habitantes en total. El Children's Employment Report, dice
al respecto: en algunas ramas de esta industria -la de vajilla de barro vidriado-
los niños tienen un trabajo fácil en talleres con buena calefacción y
ventilados; en otras ramas, en cambio, se exige de ellos una labor dura y
fatigosa, y no tienen suficiente alimentación ni buena ropa. Numerosos niños se
quejan: "No tengo suficiente que comer, mayormente me dan papas y sal,
nunca carne ni pan, no voy a la escuela, no tengo ropa." "No comí
nada en casa al mediodía, me dan mayormente papas y sal, algunas veces
pan." "Esta es toda la ropa
que tengo, en casa no tengo ropa para el domingo." Entre los niños cuyo
trabajo es particularmente malsano, hay que señalar a los mould-runners, que
deben llevar en su molde los objetos de barro que se acaban de vaciar hasta la
cámara de secado, luego, cuando dichos objetos se han secado convenientemente,
recoger el molde vacío. Así deben ir y venir toda la jornada con una carga
demasiado pesada para su edad y la temperatura elevada que reina en la fábrica
incrementa aún más su fatiga. Casi sin excepción, los niños son enclenques,
pálidos, débiles, pequeños y deformados; sufren casi todos de padecimientos
gástricos, vómitos, falta de apetito, y un gran número muere de tuberculosis. Los
muchachos llamados jiggers son casi todos desmedrados; toman su nombre de la
rueda (jigger) que ellos hacen girar. Pero el trabajo que con mucho es el más malsano
es el de los obreros que tienen que sumergir los objetos de barro terminados en
un líquido que contiene fuertes cantidades de plomo y frecuentemente también
mucho arsénico, o tiene que coger con la mano los objetos que acaban de ser
sumergidos en esa solución. Las manos y la ropa de esos obreros -hombres y
niños- siempre están impregnadas de ese líquido, la piel se reblandece y sufre
descamación al agarrar continuamente objetos muy ásperos, de modo que sus dedos
sangran con frecuencia y se hallan constantemente en un estado eminentemente
favorable para la absorción de esos productos peligrosos. De ellos resultan
dolores violentos, graves afecciones gástricas e intestinales, estreñimiento
rebelde, cólicos, a veces la tuberculosis y casi siempre ataques de epilepsia
entre los niños. En cuanto a los hombres, habitualmente sobreviene una
parálisis parcial de los músculos de la mano, la colica pictorum y la parálisis
de miembros enteros. Un entrevistado cuenta que dos niños que trabajaban con él
murieron de convulsiones durante el trabajo; otro, que ha trabajado dos años en
la inmersión de objetos de barro, dice que cuando era niño sentía al comienzo
violentos dolores abdominales, que luego tuvo un acceso de convulsiones que lo
obligó a permanecer dos meses en cama, que desde entonces ha tenido accesos de
ese género cada vez más frecuentes, actualmente cotidianos, dándole con
frecuencia de diez a veinte ataques de epilepsia por día. Su costado derecho
está paralizado, y según la opinión de los médicos, jamás recuperará el uso de
sus miembros. En el taller de inmersión de una fábrica, hay cuatro hombres que
son epilépticos y sufren de violentos cólicos, y once muchachos entre los
cuales algunos ya son epilépticos. En suma, esa terrible enfermedad es casi
siempre una consecuencia de ese trabajo, y ello también, para el mayor provecho
financiero de la burguesía. En los talleres donde se pulen los objetos de
barro, la atmósfera está saturada de un polvo muy fino de sílice que es tan
dañino como el polvo de acero respirado por los afiladores de herramientas de
Sheffield. Esos obreros pierden el resuello, ya no pueden permanecer
tranquilamente estirados, sufren de llagas en la garganta, tosen violentamente,
y su voz llega a ser tan débil que apenas se les oye. Todos ellos también
mueren de tuberculosis.
En los distritos de las alfarerías, se
asegura que hay un número relativamente importante de escuelas que permiten a
los niños instruirse, pero como se envía muy temprano a esos niños a la fábrica
y tienen que trabajar allí demasiado tiempo (casi siempre doce horas o más), se
ven imposibilitados de sacar provecho de esas escuelas; por eso las tres
cuartas partes de los niños entrevistados por el comisionado, no sabían ni leer
ni escribir; en todo el distrito reinaba el mayor analfabetismo. Los niños que
habían asistido a escuelas dominicales durante años, no podían identificar las
letras del alfabeto, y en todo el distrito, no solamente la formación
intelectual, sino también la formación moral y religiosa, se hallaban a un
nivel muy bajo (Scriven, Rept. and evid.).
También en la fabricación del vidrio,
hay trabajos que si bien no parecen afectar a los hombres, no pueden sin
embargo ser soportados por los niños. Una tarea penosa, la irregularidad de la
duración del trabajo, el frecuente trabajo nocturno y sobre todo la temperatura
elevada de los talleres (de 100 a 130 grados Fahrenheit72) provocan
en los niños una debilidad y morbidez generales, un crecimiento defectuoso y
particularmente afecciones oculares, enfermedades abdominales, enfermedades de
los bronquios y reumatismo. Numerosos niños están pálidos, tienen los ojos
enrojecidos y permanecen ciegos durante semanas, sufren náuseas frecuentes,
vómitos, tos, resfriados y reumatismo. Cuando tienen que sacar las piezas del
horno, con frecuencia los niños tienen que penetrar en una zona donde el calor
es tal que las tablas sobre las cuales andan se inflaman bajo sus pies. Los
sopladores de vidrio mueren casi siempre de debilidad y de enfermedades del
pecho (Leifchild, Rept. App. Pt. II, p. L 2 ss., 11, 12; Franks, Rept. App. Pt. II, p. K 7, p. 48; Tancred, Evid. App. Pt. II, p. i 76 etcétera, todos en el
Children's Employment Report).
72 (1845) y (1892), por
error: "300° a 330° Fahrenheit." Corresponde a 40º - 55° centígrados.
En general, el mismo informe atestigua la
invasión, lenta pero segura, de todos los sectores de la industria por el
sistema manufacturero, lo que se manifiesta sobre todo por el empleo de las
mujeres y los niños. No he creído necesario seguir más en detalle, por todas
partes, los progresos del maquinismo y el desalojo de hombres adultos. Por poco
que cualquiera conozca de la industria, podrá completar fácilmente él mismo
estos datos, ya que me falta espacio aquí para desarrollar en todos sus
detalles ese aspecto del actual sistema de producción cuyos resultados hemos
expuesto cuando estudiamos el sistema industrial. Por todas partes se utilizan
máquinas y se destruyen así los últimos vestigios de independencia del obrero.
Por todas partes la familia es disgregada por el trabajo de la mujer y de los
niños, y es puesta al revés cuando el hombre se queda sin trabajo; por todas
partes el advenimiento ineluctable del maquinismo pone a la industria y, con
ella, al obrero en manos del capitalista. La centralización de la propiedad
progresa irresistiblemente, la división de la sociedad en grandes capitalistas
y en obreros desposeídos resulta cada día más clara; el desarrollo industrial
de la nación avanza a pasos de gigante hacia una crisis inevitable.
Ya he observado anteriormente que en el
artesanado, el poderío del capital, y a veces también la división del trabajo
han conducido a los mismos resultados, eliminando a la pequeña burguesía y
poniendo en su lugar a grandes capitalistas y obreros desposeídos. En realidad
hay poco que decir sobre esos artesanos, ya que hemos tratado antes todo lo
concerniente a ellos cuando hablamos del proletariado industrial en general;
por otra parte, pocas cosas han cambiado en esa rama desde el comienzo del
movimiento industrial en la naturaleza del trabajo y en su influencia sobre la
salud de los obreros. Pero los contactos con los obreros fabriles propiamente
dichos, la presión de los grandes capitalistas que se ha hecho mucho más
sensible que la de los pequeños patronos con los cuales el oficial tenía a
pesar de todo relaciones personales, la influencia de la vida de las grandes
ciudades y las reducciones de salario, han hecho de casi todos los artesanos
miembros activos de los movimientos obreros. Pronto trataremos de ellos, y
mientras tanto examinaremos una categoría de la población trabajadora de
Londres que merece una atención muy particular debido a la barbarie
extraordinaria con la que la burguesía, por codicia, la explota. Me refiero a
las modistas y costureras.
Es verdaderamente significativo,
precisamente, que la confección de artículos que sirven para el adorno de las
damas de la burguesía, tenga las consecuencias más tristes para la salud de los
obreros ocupados en este trabajo. Ya lo hemos visto en el caso de la confección
de encajes, y ahora tenemos, como nueva prueba de ello, las tiendas de modistos
de Londres. Esos establecimientos dan ocupación a un gran número de muchachas
jóvenes -unas 15 mil en total- que viven y comen en la misma casa donde
trabajan, la mayoría procede del campo y de este modo son completamente
esclavas de sus patronos. Durante la estación fashionable (de moda), que se
extiende unos cuatro meses del año, la duración del trabajo, incluso en los
mejores establecimientos, llega a 15 horas diarias, y cuando el trabajo urge,
18 horas. Sin embargo, en la mayoría de las tiendas se trabaja durante ese
período sin que sea claramente fijada la duración del trabajo, de modo que las muchachas
en el día sólo disponen de 6 horas a lo sumo, a menudo solamente 3 ó 4, a veces
incluso 2 horas de 24 para dormir y descansar, cuando no son obligadas a
trabajar toda la noche, ¡cosa que ocurre con frecuencia! El único límite a su
trabajo es la incapacidad física absoluta de manejar la aguja un minuto más. Ha
ocurrido que una de esas criaturas indefensas, permanezca nueve horas seguidas
sin desvestirse y no pueda descansar sino unos instantes, si llega el caso, en
un colchón donde se le sirve comida cortada en pequeños bocados, a fin de que
pueda tragar el alimento lo más rápidamente posible. En una palabra, esas
desdichadas muchachas son mantenidas como esclavas por un látigo moral -la
amenaza de despido- en un trabajo tan continuo y tan incesante que ningún
hombre robusto -y con mayor razón delicadas jovencitas de 14 a 20 años- no
podría soportar. Además, el aire asfixiante de los talleres y también de los
dormitorios, la posición encorvada hacia adelante, la alimentación con frecuencia
mala e indigesta, todo ello, pero sobre todo el trabajo prolongado y la falta
de aire puro, producen los más trágicos resultados para la salud de esas
muchachas. Abatimiento y agotamiento, debilidad, pérdida del apetito, dolores
en la espalda, los hombros y las caderas, pero sobre todo dolores de cabeza,
hacen pronto su aparición; después tenemos las desviaciones de la columna
vertebral, hombros demasiado altos y deformados, enflaquecimiento, los ojos
hinchados, lacrimosos y dolorosos pronto son afectados por la miopía, la tos,
un desarrollo insuficiente de la caja torácica, respiración corta, así como
todas las enfermedades femeninas de la formación. Con frecuencia los ojos se
enferman tanto que sobreviene una ceguera incurable, un desarreglo total de las
funciones oculares, y cuando la vista permanece lo bastante buena para permitir
la continuación del trabajo, es generalmente la tuberculosis lo que termina la
breve y triste existencia de esas costureras. Incluso entre aquellas que dejan
bastante temprano esa ocupación, la salud física está destruida para siempre,
el vigor del organismo roto; continuamente, sobre todo una vez casadas, son
enfermizas y débiles y traen al mundo hijos enclenques. Todos los médicos
interrogados por el comisionado (de la Children's Employment Commission) han
sido unánimes en declarar que no podría imaginarse un modo de vida que tienda
más que ése a arruinar la salud y a causar una muerte prematura.
Con la misma crueldad, pero de una
manera un poco menos directa, las costureras son en general explotadas en
Londres. Las muchachas que son empleadas en la confección de corsés, realizan
una labor dura, penosa, que fatiga la vista y, ¿qué salario perciben? Lo
ignoro, pero sí sé que el empresario que suministra la materia prima y
distribuye el trabajo entre sus costureras, percibe 11/2 peniques (o sea 15
pfennigs prusianos) por pieza. Hay que deducir su beneficio, que se eleva a 1/2
penique por lo menos. Por tanto lo que percibe la pobre muchacha es a lo sumo
un penique. Las muchachas que cosen corbatas tienen que comprometerse a
trabajar 16 horas diarias y perciben a la semana 41/2 chelines, o sea 11/2
táleros prusianos, suma con la cual pueden comprar poco más o menos tantas
mercancías como por 20 groschen de plata en la ciudad más cara de Alemania.* Pero
la peor situación es la de las jovencitas que hacen camisas. Por una camisa
ordinaria, perciben 11/2 peniques; anteriormente percibían 2 ó 3 peniques, pero
desde que la casa de pobres de St. Pancras, administrada por una dirección compuesta
de burgueses radicales73, aceptó percibir 11/2 peniques, esas
desdichadas mujeres tuvieron que hacer otro tanto. Por camisas finas bordadas,
que pueden hacerse en un día pero a condición de trabajar 18 horas se les paga
6 peniques, o sea 5 groschen de plata. El salario de las costureras se eleva
por tanto, según diversos testimonias de empresarios74 y obreros, a
21/2 chelines por semana, y eso, ¡por un trabajo encarnizado, prolongado hasta
tarde en la noche! Y el colmo de esa escandalosa barbarie es que las costureras
deben entregar en depósito una parte del costo de la materia prima que se les
confía; no podrían hacerlo los -propietarios lo saben bien- sin empeñar una
parte de la misma. Una de dos, o bien ellas la desempeñan con pérdida, o bien,
si no pueden desempeñar las piezas; empeñadas, son forzadas a comparecer ante
el juez de paz, como le sucedió a una costurera en noviembre de 1843. Una pobre
muchacha, que se hallaba en ese caso y no sabía qué hacer, se lanzó en agosto
de 1844 a un canal y se ahogó. Las costureras viven de ordinario en pequeñas. buhardillas, en la mayor miseria, apiñándose lo más posible
en una sola pieza donde, en invierno, el calor del cuerpo es la mayor parte del
tiempo la única calefacción. Sentadas, encorvadas sobre su trabajo, cosen desde
las 4 ó 5 de la mañana hasta la medianoche, arruinando su salud en unos años, y
apresurando la hora de su muerte sin siquiera. poder
procurarse los artículos más indispensables**, mientras que ruedan a sus pies
las carrozas relucientes de la burguesía y mientras que tal vez a diez pasos de
allí un miserable señorito pierde en el juego de naipes más dinero que el que
ellas pueden ganar en un año entero.
* Cf. Weekly Dispatch del 17 de marzo de 1844.
** Th. Hood, el mejor de los humoristas ingleses de hoy día
y, como todos los humoristas, pleno de sentimientos humanitarios, pero sin
ninguna energía moral, publicó un bello poema a comienzos de 1844, cuando la miseria
de las costureras llenaban las columnas de todos los diarios, The Song of the Shirt
(La canción de la camisa), que arrancó a las muchachas de la burguesía muchas lágrimas
de piedad pero inútiles. Me falta espacio para citarla aquí; apareció primeramente
en Punch, después recorrió los diarios. Como la situación de las costureras fue
discutida oportunamente en todos los periódicos, las citas particulares son
superfluas. (F.E.)
73 (1892) bourgeois-radikalen
(1845) bourgeoisie-radikalen
74 (1892) Unternehmen (offenbar
Druckfehler) (1845) Übernehmern.
Tal es la situación del proletariado
industrial inglés. Donde quiera que fijamos la mirada,
hallamos una miseria permanente o temporal, enfermedades provocadas por las
condiciones de vida o el trabajo, la desmoralización, por todas partes el
aniquilamiento, la destrucción lenta pero seguro de la naturaleza humana tanto
desde el punto de vista físico como moral. ¿Puede durar esa situación?
Esa situación no puede durar ni durará.
Los obreros, la gran mayoría del pueblo, no lo desean. Veamos lo que ellos
dicen de su situación.
MOVIMIENTOS OBREROS
Se convendrá conmigo, aun cuando no lo
hubiera demostrado repetidamente con lujo de detalles, en que los obreros
ingleses no pueden sentirse felices en semejante situación; que su situación no
es de aquellas en las que un hombre, incluso una clase entera, se halle75
en disposición de pensar, de sentir y de vivir humanamente. Los obreros deben
por tanto esforzarse por hallar una salida a una situación que los reduce al
nivel de la bestia, para crearse una existencia mejor, más humana; y no pueden
hacerlo sino emprendiendo la lucha contra los intereses de la burguesía como
tal, intereses que residen precisamente en la explotación de los obreros. Pero
la burguesía defiende sus intereses con todas las fuerzas que es capaz de
emplear, gracias a la propiedad y al poder del estado de que dispone. Desde el
momento en que el obrero quiere escapar al estado de cosas actual, el burgués
se convierte en su enemigo declarado.
75 (1892) kann (1845)
können
Pero el obrero puede observar, además, que
el burgués, en todo momento, lo trata como a una cosa, como su propiedad, y es
por esta razón que se manifiesta como enemigo de la burguesía. Anteriormente he
demostrado con la ayuda de cien ejemplos -y hubiera podido citar centenares
más- que, en las condiciones actuales, el obrero no puede salvar su calidad de
hombre sino por el odio y la rebelión contra la burguesía. Y es gracias a su
educación, o más bien a su falta de ella, así como al calor de la sangre
irlandesa que ha pasado en gran proporción a las venas de la clase obrera
inglesa, que él es capaz de protestar con la mayor pasión contra la tiranía de
los poseedores. El obrero inglés ya no es un inglés, no es como su rico vecino,
un hombre de dinero calculador; tiene sentimientos plenamente desarrollados, su
flema nórdica innata se compensa por la libertad con que sus pasiones han
podido desarrollarse y adquirir sobre él un dominio total. La formación
racional que ha desarrollado tan considerablemente las disposiciones egoístas
del burgués inglés, que ha hecho del egoísmo su pasión dominante, y concentrado
todo su poder afectivo únicamente sobre la codicia, esa formación no la tiene
el obrero; en cambio, sus pasiones son tan fuertes y poderosas como las de los
extranjeros. La nacionalidad inglesa ha sido borrada en el obrero. Si, como
hemos visto, el obrero ya no puede sacar provecho de sus cualidades humanas
sino oponiéndose al conjunto de sus condiciones de vida, es natural que sea
precisamente en esa oposición que los obreros se muestren más benevolentes, más
nobles, más humanos. Veremos que todas las fuerzas, todas las actividades de
los obreros se orientan hacia ese único fin y que incluso los esfuerzos que
hacen por adquirir además una formación humana se hallan todos en relación
directa con él misma. Desde luego, tendremos que relatar ciertos casos de
violencias individuales e incluso de brutalidad, pero no hay que perder de
vista que Inglaterra está en guerra social abierta, y que si la burguesía tiene
interés en dirigir esa guerra hipócritamente, bajo las apariencias de la paz y
hasta de la filantropía, no puede sino favorecer al obrero el poner al desnudo
sus verdaderas condiciones de vida, el atacar violentamente esa hipocresía. Por
consecuencia, los actos de hostilidad más violentos cometidas
por los obreros contra la burguesía y sus criados no son más que la expresión
abierta, y no disfrazada, de lo que la burguesía aplica oculta y pérfidamente a
los obreros.
La rebelión de los obreros contra la
burguesía comenzó poco después de los comienzos del desarrollo de la industria
y a través de varias fases. Este no es el lugar de exponer en detalle la
importancia histórica de esas diversas fases para la evolución del pueblo
inglés; trataré esas cuestiones en un estudio ulterior y me limitaré, mientras
tanto, a los simples hechos, en la medida en que puedan servir para
caracterizar la situación del proletariado inglés.
La primera forma, la más brutal y la más
estéril, que revistió esa rebelión fue el crimen. El obrero vivía en la miseria
y la indigencia y veía que otros tenían mejor suerte. Su razón no llegaba a
comprender por qué, precisamente él, debía sufrir en esas condiciones, mientras
que hacía mucho más por la sociedad que el rico ocioso. La necesidad venció
además el respeto innato hacia la propiedad -se puso a robar. Hemos visto que
el número de delitos seincrementó con la expansión de la industria y que el
número anual de arrestos se halla en relación con el de las balas de algodón
vendidas en el mercado.
Pero pronto los obreros se convencieron
de la inutilidad de ese método. Por sus robos, los delincuentes no podían
protestar contra la sociedad sino aisladamente, individualmente; todo el
poderío de la sociedad caía sobre cada individuo y lo aplastaba con su enorme
superioridad. Además, el robo era la forma menos desarrollada, menos consciente
de la protesta y por esa simple razón jamás fue la expresión general del sentir
de los obreros, aunque ellos hayan podido aprobarla tácitamente. La clase obrera
no comenzó a oponerse a la burguesía sino cuando resistió violentamente la
introducción de las máquinas, como fue el caso muy al principio del movimiento
industrial. Los primeros inventores, Arkwright, etc., fueron primeramente
perseguidos de esa manera y sus máquinas destrozadas; más tarde tuvieron lugar
numerosas rebeliones contra las máquinas, y éstas se desarrollaron casi
exactamente como los motines de los impresores de Bohemia en junio de 1844; las
fábricas fueron demolidas junto con las máquinas.
También esta forma de oposición no era
sino aislada, y no apuntaba más que a un solo aspecto del régimen actual. Una
vez logrado el fin inmediato, el poderío de la sociedad se descargaba con toda
su violencia sobre los delincuentes sin defensa y los castigaba a su antojo,
mientras que a pesar de todo se introducían las máquinas. Era necesaria hallar
una nueva forma de oposición.
En este punto es cuando una ley aprobada
por el antiguo y oligárquico parlamento tory, antes de su reforma, resultó de
gran ayuda. Esa ley jamás hubiera sido aprobada por la Cámara de los Comunes
cuando, más tarde, la oposición entre la burguesía y el proletariado fue
legalmente sancionada por la ley de reforma, convirtiéndose de ese modo la
burguesía en la clase dominante. Dicha ley, votada en 1824, anuló todas las
legislaciones mediante las cuales se prohibía hasta entonces a los obreros
asociarse para la defensa de sus intereses. Obtuvieron así un derecho que hasta
entonces, sólo pertenecía a la aristocracia y a la burguesía: el derecho de
libre asociación. Desde luego, entre ellos siempre habían existido asociaciones
secretas, pero nunca lograron grandes resultados. En Escocia, entre otros casos,
hubo desde 1812 -según Symons en Arts and Artizans, pp. 137 ss:-, una suspensión
general del trabajo, organizada por una asociación secreta. Otra tuvo lugar en
1822, y en esa ocasión, a dos obreros que habían rehusado formar parte de la
asociación y por consecuencia habían sido declarados traidores a la asociación,
se les arrojó vitriolo a la cara y perdieron así la vista. Del mismo modo, en
1818, la asociación de los mineros de Escocia fue lo bastante poderosa como
para imponer una suspensión general del trabajo. Esas asociaciones hacían
prestar a sus miembros un juramento de fidelidad y de obrar en secreto, tenían
al día listas, fondos, una contabilidad, y ramificaciones locales. Pero la
clandestinidad con que rodeaba sus actos, paralizaba su desarrollo. En cambio,
cuando en 1824 los obreros obtuvieron el derecho de libre asociación, esas
uniones se extendieron rápidamente por toda Inglaterra y se hicieron poderosas.
En todas las ramas industriales se constituyeron asociaciones parecidas (trade-unions)
con la intención manifiesta de proteger al obrero aislado contra la tiranía y la
incuria de la burguesía. Sus fines eran los de fijar el salario, y negociar en
"masa"76, como fuerza, con los patronos, regular el
salario en función del beneficio77 del patrono, obtener aumento cuando
el momento era propicio, y mantenerlo al mismo nivel por todas partes para cada
tipo de oficio. Dichas uniones obreras negociaran con los capitalistas la
creación de una escala de salarios que sería observada en todas partes, y
rehusaban trabajar para un patrono que no la aceptara. Además, su propósito era
el de mantener siempre activa la demanda de obreros, limitando la contratación
de aprendices, lo que impedía que se redujeran los salarios; luchar lo más
posible contra las solapadas reducciones de salarios que intentaban los
industriales mediante la introducción de nuevas máquinas, herramientas, etc.; y
por último, ayudar a los obreros sin trabajo mediante asignaciones en efectivo.
La ayuda se efectúa ya sea directamente con los fondos de la asociación, o por
medio de una carta donde figuran las señas de identidad necesarias, y con ella
el obrero va de una localidad a otra, es asistido por sus compañeros de trabajo
y se le informa sobre la mejor manera de obtener trabajo. Esa peregrinación,
los obreros la llaman the tramp y el que la hace se llama por tanto un tramper
(vagabundo). Para alcanzar esos objetivos, la unión elige un presidente y un
secretario, a quienes paga un sueldo -pues hay que esperar que ningún
industrial quiera contratar a tales personas-, así como a un comité que percibe
las cuotas semanales y vela por la utilización de los fondos para los fines de
la asociación. Cuando era posible y provechoso, los compañeros de oficio de
diferentes distritos se unían en federación y organizaban en fechas fijas
reuniones de delegados. En ciertos casos se ha intentado unir a los asociados
de toda una rama laboral a escala nacional en una sola gran asociación, y en
muchas ocasiones -la primera vez en 1830- fundar una asociación general de
obreros de todo el reino, que incluiría una organización particular para cada
oficio. Sin embargo, esas asociaciones nunca subsistieron por mucho tiempo y
sólo raramente llegaron a constituirse, porque solamente una agitación general
excepcional es capaz de hacer posible y eficaz tal asociación.
76 en masse: En francés en
el original alemán.
77 (1845) Nutzen (1892)
Profit.
Los medios que esas asociaciones han
acostumbrado emplear para alcanzar sus fines, son los siguientes. Si uno de los
patronos (o varios de ellos) rehusa pagar el salario señalado por la asociación,
se le envía una delegación o se le remite una petición (se ve que los obreros
saben reconocer el poder absoluto del dueño de fábrica en su pequeño estado);
si ello no fuere suficiente, la asociación ordena la paralización del trabajo y
todos los obreros regresan a sus casas. Esta suspensión de trabajo (turn-out o
strike) es parcial cuando es uno solo o varios patronos los que rehusan pagar
el salario propuesto por la asociación, y es general cuando se trata de todos
los patronos de la rama interesada. Esos son los medios legales empleados por
la asociación en el caso en que la suspensión de trabajo se produce luego de
aviso previo, lo que no ocurre siempre. Pero dichos medios legales son
precisamente muy débiles mientras haya obreros que no formen parte de la
asociación, o que se dejen separar de ellas por ventajas efímeras ofrecidas por
el burgués. En particular, cuando se trata de suspensiones parciales de
trabajo, el industrial puede reclutar suficientes hombres entre esas ovejas
negras (a quienes se llama knobsticks78) y hace fracasar así los
esfuerzos de los obreros miembros de la asociación. Habitualmente, los
knobsticks son entonces objeto de amenazas, de injurias, de golpes u otros
malos tratos de parte de los miembros de la asociación, en una palabra, de
medidas de intimidación de todo género; ellos presentan querella contra la
asociación, y como la burguesía, tan prendada de la legalidad, dispone todavía
del poder, el resultado es que la fuerza de la asociación es rota casi siempre
por el primer acto que infringe la ley, por la primera demanda judicial
presentada contra sus miembros.
78
"Rompehuelgas" propiamente dichos, o también obreros que aceptan
trabajar por debajo de la tarifa.
La historia de esas asociaciones es una
larga serie de derrotas obreras, interrumpida por algunas raras victorias. Es
normal que todos esos esfuerzos no puedan cambiar las leyes de la economía, que
el salario se rija79 por la relación entre la oferta y la demanda en
el mercado del trabajo. Por eso dichas asociaciones nada pueden contra las grandes
causas que obran sobre esas relaciones. En caso de crisis económica, la
asociación se ve obligada a reducir ella misma el salario, o disolverse
completamente; y en el caso de una alza importante de la demanda de fuerza de
trabajo, no puede fijar el salario a un nivel más elevado que el que de
terminaría por sí misma la competencia entre capitalistas. Sin embargo, en lo
que concierne a las causas de menor importancia, y cuyo efecto no es
generalizado, ellas pueden hacer mucho. Si el industrial no se enfrentara a una
oposición concentrada, masiva, de parte de sus obreros, poco a poco disminuiría
cada vez más los salarios para acrecentar su ganancia; la lucha que él tiene
que sostener con sus competidores, los demás industriales, lo obligaría a ello
y el salario caería pronto a su nivel mínimo. Pero la competencia de los
industriales entre sí es, en las condiciones normales medias, frenada por la
oposición de los obreros. Todo indus trial sabe bien que una reducción de
salario no justificada por las circunstancias a las cuales se hallan sujetos
igualmente sus competidores, tendría por consecuencia una huelga que le
causaría un perjuicio seguro, porque durante dicha huelga su capital estaría
inactivo, y sus máquinas se oxidarían. Mientras en tal caso no está seguro en
absoluto de poder imponer una reducción de salarios, en cambio sí está seguro
-si logra imponerla- de que sus competidorees lo imitarán y bajarán los precios
del producto fabricado, lo que le arrebataría todo el beneficio de la
operación. Además, luego de una crisis, las asociaciones imponen frecuentemente
de hecho un aumento de salarios, más rápidamente del que tendría lugar sin su
intervención; porque el industrial tiene interés en no aumentar los salarios
antes que la competencia de otros industriales lo obligue a ello, mientras que
ahora son los propios obreros quienes exigen un salario más elevado cuando el
mercado mejora y, en esas condiciones, pueden obligar al industrial a conceder
dicho aumento mediante la suspensión del trabajo en momentos en que existe
escasez de mano de obra. Pero, como hemos dicho, contra causas más importantes
que modifican el mercado del trabajo, la acción de las asociaciones es nula. En
ese caso, el hambre empuja poco a poco a los obreros a volver al trabajo en
cualquier condición; y, desde que algunos así lo hacen, la asociación pierde su
fuerza, porque los knobsticks, más las existencias de mercancías que no se han
vendido, permiten a la burguesía conjurar las consecuencias más graves del
trastorno causado por la huelga. Los fondos de la asociación pronto se agotan
debido al gran número de aquellos que hay que auxiliar; a la larga, los
comerciantes rehusan el crédito que concedían a intereses elevados, y la
necesidad fuerza a los obreros a someterse de nuevo al yugo de la burguesía.
Pero, como los industriales deben evitar en su propio interés -que, es cierto,
sólo se ha convertido en su interés por el hecho de la oposición de los
obreros- toda reducción de salarios que no sea indispensable, mientras que los
obreros reciben toda baja de salarios provocada por las condiciones económicas
como una agravación de su situación, que es necesario mitigar en la medida de
lo posible, la mayoría de las turn-outs terminan en desventaja de los obreros.
Entonces cabe preguntar, ¿por qué los obreros van a la huelga si es evidente la
ineficacia de la medida? Pues, sencillamente, porque deben protestar contra la
reducción de salarios e incluso contra la necesidad de la reducción, porque
deben explicar que ellos, como hombres, no tienen que plegarse a las
circunstancias, sino que muy al contrario, las circunstancias deben plegarse a
ellos, que son seres humanos; porque su silencio equivaldría a una aceptación
de esas condiciones de vida, una aceptación del derecho de la burguesía a
explotarlos durante los períodos económicos favorables, y a dejarlos morir de
hambre en los períodos malos. En este caso los obreros tienen que protestar
mientras no hayan perdido todo sentimiento humano, y si protestan de esa manera
y no de otra, es porque son ingleses, es decir, personas prácticas que apoyan
su protesta por un acto, y no hacen como los teóricos alemanes que se van
tranquilamente a dormir una vez que su protesta es debidamente registrada y
depositada ad acta, para dormir ella también el mismo sueño tranquilo de los
que protestan. En cambio, la protesta concreta del inglés hace su efecto,
mantiene la codicia de la burguesía dentro de ciertos límites y mantiene
constantemente despierta la oposición de los obreros contra la omnipotencia
social y política de la clase poseedora, mientras tienen que admitir, es
cierto, que las asociaciones obreras y los turn-outs no son suficientes para
romper la dominación de la burguesía. Pero lo que da a esas asociaciones y a
las huelgas que ellas organizan su verdadera importancia, es que son el primer
intento de los obreros para abolir la competencia. Ellas suponen muy correcta
la idea de que la dominación de la burguesía no está fundada sino sobre la
competencia de los obreros entre sí, o sea sobre la división infinita del
proletariado, sobre la posibilidad de oponer entre ellas las diversas
categorías de obreros. Y precisamente porque ellas acusan -aunque de manera
unilateral y bastante limitada- a la competencia, ese nervio vital del orden
social actual, es que constituyen tal peligro para dicho orden social. El
obrero no podría hallar mejor punto débil donde golpear a la burguesía y con
ella al conjunto del régimen social existente. Que se suprima la competencia
entre los obreros, que todos los obreros estén resueltos a no dejarse explotar
más por la burguesía y termina el reinado de la propiedad. Es evidente que el
salario no está en función de la relación entre la oferta y la demanda sino
porque, hasta el presente, los obreros se han dejado tratar como una cosa que
se compra y se vende. Que en lo adelante los obreros decidan no dejarse comprar
ni vender; que se afirmen como seres humanos para determinar lo que constituye
realmente el valor del trabajo, que además de su fuerza de trabajo tengan
también voluntad, así ocurre hoy con toda la economía política, y las leyes que
rigen el salario. A la larga, desde luego, las leyes que rigen el salario se impondrían
de nuevo, si los obreros se limitaran a la abolición de la competencia entre
ellos; pero eso no lo pueden hacer sin renunciar a todo lo que hasta ahora ha
sido su movimiento, sin hacer renacer esa competencia mutua de los obreros, lo
cual significa que ello le es enteramente imposible. La necesidad los obliga a
no abolir solamente una parte de la competencia, sino la competencia en
general, y eso es lo que harán. Desde ahora los obreros ven cada día más
claramente de qué les sirve la competencia; ellos comprenden mejor que los
burgueses, que incluso la competencia de los poseedores entre sí, al provocar
las crisis económicas, pesa onerosamente sobre el obrero y que hay que abolir
esa competencia también. Pronto ellos verán claramente cómo deben
componérselas.
79 (1845) Sich richtet
(1892) bestimmt (fijado, determinado).
No es necesario subrayar que esas
asociaciones contribuyen en gran parte a cebar el odio y la exasperación de los
obreros contra la clase poseedora. En estos tiempos afiebrados, dichas
asociaciones son la causa -sabiéndolo o no sus dirigentes- de las acciones
individuales que no puedan explicarse sino por un odio exacerbado hasta la
desesperación, una pasión salvaje que rompe todas las barreras. De ahí los
casos citados anteriormente de cegar con vitriolo y una serie de hechos como los
siguientes. En 1831, en el momento de una violenta agitación obrera, el joven
Ashton, industrial de Hyde, cerca de Manchester, fue abatido de un balazo
cuando atravesaba un campo, y no se pudo hallar al autor. Fue sin duda alguna,
un acto de venganza por parte de los obreros. Se observan intentos muy
frecuentes de dar fuego a las fábricas o de hacerlas estallar. El miércoles 29
de septiembre de 1843, dos desconocidos trataron de dinamitar el taller de un
fabricante de sierras de apellido Padgin, de Howard Street, en Sheffield. Para
ello utilizaron un tubo de hierro lleno de pólvora y cerrado en ambos extremos.
Los daños fueron considerables. El día siguiente, 30 de septiembre, un intento
parecido tuvo lugar en la fábrica de cuchillos y de limas de Ibbetson, en
Shales Moor, cerca de Sheffield. Mr. Ibbetson había provocado el odio de los
obreros por su participación activa en los movimientos burgueses, por su
política de bajos salarios, la contratación exclusiva de knobsticks y la
explotación en provecho propio de la ley de pobres. (En 1842, en efecto, obligó
a los obreros a aceptar un salario muy bajo denunciando especialmente a la
asistencia pública a aquellos que rehusaban, como personas que podían trabajar
pero se negaban a ello y por tanto no merecían ayuda.). La explosión causó
algunos daños, y todos los obreros que comprobaron el resultado de la misma se
lamentaban solamente que "no hubiera volado todo el taller".
El miércoles 6 de octubre de 1843, un
intento de incendio en la fábrica de Ainsworth y Grompton, en Bolton, no causó
ningún daño; era el tercer o cuarto intento en la misma fábrica en un lapso muy
corto. En una sesión del consejero municipal de Sheffield, el miércoles 10 de
enero de 1844, el comisionado de policía presentó un instrumento explosivo de
hierro, de fabricación especial, cargado con cuatro libras de pólvora y
provisto de una mecha que había comenzado a arder pero se apagó, y que había
sido hallado en la fábrica de Mr. Kitchen, Earl St., en Sheffield. El domingo
20 de enero de 1844, se produjo una explosión en la fábrica de sierras de
Bentley y White, en Bury (Lancashire), provocada por dos paquetes de pólvora
que se habían colocado allí y causaron daños importantes. El jueves primero de
febrero de 1844, los Soho Wheel Works, de Sheffield, fueron incendiados y
resultaron pasto de las llamas. He ahí, pues, seis casos de ese género en
cuatro meses cuya causa profunda no es más que la exasperación de los obreros
contra los patronos. No tengo necesidad de decir cuál debe ser la situación
social, sólo para que tales cosas sean posible. Esos
hechos son pruebas suficientes de que en Inglaterra, incluso durante los
períodos de prosperidad econó mica, como a finales de 1843, la guerra social es
declarada y abierta, ¡y a pesar de todo, la burguesía inglesa no quiere
reflexionar sobre lo que todo eso significa! Pero el caso más ruidoso es el de
los Thugs de Glasgow*, cuyo juicio se celebró en la audiencia de esa ciudad del
3 al 11 de enero de 1838. El proceso puso en evidencia que la asociación de
hiladores de algodón que existía en dicha ciudad desde 1836, poseía una fuerza
y una organización excepcionales. Sus miembros, mediante juramento, estaban
obligados a aceptar las decisiones de la mayoría, y durante cada huelga existía
un comité secreto, desconocido de la mayor parte de los miembros, que disponía
de fondos libremente. El comité ponía precio a la cabeza de ciertos knobsticks
(rompehuelgas), de ciertos industriales detestados, y fijaba las recompensas
por los incendios de fábricas. Así fue incendiada una fábrica en la que mujeres
rompehuelgas aseguraban el hilado en lugar de los hombres; una tal Mrs. Mac
Pherson, madre de una de esas muchachas, fue asesinada y se hizo pasar a los
dos asesinos a Estados Unidos por cuenta de la asociación. Ya en 1820, un
desconocido había disparado contra un knobstick de apellido Mac Quarry
hiriéndolo, lo que le valió una recompensa de 15 libras esterlinas de parte de
la asociación. Más tarde, alguien disparó contra un tal Graham; el autor
percibió £ 20, pero fue descubierto y deportado de por vida; por último, en
1837, en ocasión de una huelga en las fábricas de Oakbank y de Mile End,
ocurrieron disturbios en el curso de los cuales una docena de knobsticks fueron
severamente apaleados; en julio del mismo año, continuaban los disturbios y un
knobstick, de apellido Smith, fue tan maltratado que murió. Entonces el comité
fue arrestado; se abrió una investigación y como consecuencia de la misma el
presidente, así como los principales miembros, fueron
declarados culpables del delito de participación en asociaciones ilícitas; de
maltrato de obra contra knobsticks y de actos incendiarios en la fábrica de
James y Francis Wood; fueron conde nados a siete años de destierro. ¿Qué dicen
nuestros buenos alemanes de toda esta historia?**
* Se llamó a estos obreros thugs, por analogía con los
miembros de la muy conocida tribu de las Indias orientales, cuya única
ocupación era la de asesinar a todos los extranjeros que caían en sus manos.
(F.E.)
** ¡Qué "feroz justicia" (wild justice) ha debido
arder en el fondo del corazón de esos hombres, para empujarlos, reunidos en
cónclave y luego de fría reflexión, a juzgar a su hermano de trabajo, desertor
de su clase y de la causa de su clase, a condenarlo a morir la muerte de un desertor
y de un traidor, a hacerlo ejecutar por un verdugo clandestino, ya que el juez
y el verdugo públicos no lo hacen, parecido en ello al antiguo tribunal de la
Ste. Vehme y al tribunal secreto de la caballería, súbitamente resucitados y
manifestándose muchas veces ante los ojos estupefactos de la multitud, no
vestidos con la cota de mallas, sino con la chaqueta de terciopelo, no reunidos
en la selva de Westfalia, sino en los enlosados de la Gallowgate de Glasgow!...
Tales sentimientos deben hallarse muy extendidos y fuertemente arraigados en la
masa, aun cuando no puedan revestir tal forma sino en su paroxismo y entre
algunos solamente. (Carlyle: Chartism, p. 41.) (F.E.)
La clase poseedora, y especialmente el
sector industrial de esa clase en contacto directo con los obreros, lucha con
extrema violencia contra las asociaciones y trata constantemente de demostrar a
los obreros su inutilidad con la ayuda de argumentos que, desde el punto de
vista económico son enteramente correctos, pero por eso mismo son en parte
falsos, y no tienen absolutamente ningún efecto sobre una mentalidad obrera. El
ardor mismo que despliega la burguesía demuestra que ella es parte interesada
en este asunto; y, sin hablar del perjuicio directo que causa una huelga, las
cosas resultan de tal suerte que lo que entra en los bolsillos del: industrial
sale necesariamente de los del obrero. Y aun cuando los obreros saben
sobradamente que sus asociaciones no pueden hacer mucho para frustrar a los
patronos en su deseo y pasión de reducir los salarios, ellos sin embargo las
mantienen porque de ese modo tienen en jaque a sus adversarios, los
industriales. En la guerra, lo que pone obstáculos a un bando, beneficia al
otro, y como los obreros están en pie de guerra frente a sus patronos, todo
ocurre exactamente corno cuando grandes potentados se calientan las orejas
mutuamente. Aventajando con mucho a todos los burgueses, tenemos al amigo Dr.
Ure, quien es el adversario más encarnizado de todas las asociaciones obreras:
Los "tribunales secretos" de los hiladores de algodón, la más
poderosa de las secciones obreras, los hacen rabiar de ira; esos tribunales que
se jactan de poder paralizar a todo industrial indócil y de "arruinar así
al hombre que durante años les ha asegurado la existencia". Él habla de
una época en que la cabeza inventiva y el corazón animador de la industria han
sido los esclavos de los miembros inferiores demasiado turbulentos -¡que lástima
que los trabajadores ingleses no se dejen apaciguar tan fácilmente por tus
fábulas como los plebeyos romanos, oh, nuevo Menenius Agrippa!(40)-
y él cuenta por último esta flamante historia: los hiladores de hilo grueso en
la mule habían abusado de su fuerza hasta un punto intolerable. Los salarios
elevados, en vez de inclinarlos al reconocimiento hacia el industrial, y una
formación intelectual (en las ciencias inofensivas, o incluso beneficiosas para
la burguesía, desde luego), se habían envanecido en muchos casos y
suministraron fondos para mantener el espíritu de rebelión durante las huelgas
de que los indústriales habían sido víctimas de manera enteramente arbitraria
una tras otra. Durante uno de esos desdichados períodos de dificultades, los
industriales de la región de Hyde, Dukinfield y las localidades vecinas que
temían verse expulsados del mercado por los franceses, los belgas y los
norteamericanos, se dirigieron a la fábrica de máquinas de Sharp, Roberts &
Co., pidiéndoles que orientaran el talento inventivo de Mr. Sharp hacia la
construcción de un telar automático "a fin de salvar esta industria de la
esclavitud que la emponzoñaba y de la ruina que la amenazaba":
"En pocos meses se construyó una
máquina, dotada al parecer del cerebro, de los sentimientos y del tacto de un
obrero experimentado. Así es cómo el hombre de hierro, según la llaman los
obreros, brotó de las manos del moderno Prometeo por orden de Minerva, criatura
destinada a restablecer el orden en las clases industriales y asegurar a los
ingleses la supremacía en el terreno industrial. La noticia de esta nueva obra
de Hércules, extendió el terror en las asociaciones obreras, e incluso antes;
por decirlo así, de haber abandonado su cuna, ella estranguló la Hidra de la
Anarquía."
Así es como Ure demuestra, además,* que
la invención de la máquina que permite la impresión en cuatro o cinco colores a
la vez, fue una consecuencia de los desórdenes que estallaron entre los
estampadores de telas, y que los actos de insubordinación de los tejedores en
las fábricas de tejido mecánico tuvieran por consecuencia la aparición de una nueva
máquina de tejer más perfeccionada, y cita también otros. El mismo Ure se
atormenta, un poco antes, en decenas y decenas de páginas, ¡para demostrar que
el maquinismo es ventajoso para el obrero! Ure no es por otra parte el único;
en el informe sobre las fábricas, el industrial Mr. Ashworth y muchos más, no
dejan escapar la ocasión de dar rienda suelta a su cólera contra las
asociaciones obreras. Esos sabios burgueses obran exactamente como ciertos
gobiernos y ven en la base de esos movimientos, que ellos no comprenden, la
influencia de agitadores malintencionados, gente mala, demagogos, vocingleros y
jovenzuelos. Ellos afirman que los agentes nombrados por esas asociaciones
tienen interés en la agitación, porque viven de ella. ¡Cómo si la burguesía no
hiciera necesarios esos nombramientos, puesto que no quiere emplear a esas
personas!
* Ure: Philosophy of Manufactures,
pp. 366 y ss. (F.E.)
La frecuencia inaudita de las
paralizaciones del trabajo es la mejor prueba de la extensión alcanzada por la
guerra social en Inglaterra. No pasa una semana, ni casi un día, sin que se
declare una huelga en alguna parte, ora contra una reducción de salarios, ora a
propósito de una negativa de aumento; ora porque se ha empleado a knobsticks; o
bien porque el patrón ha rehusado poner fin a abusos o a mejorar las
instalaciones defectuosas ora porque se han introducido nuevas máquinas, o por
muchos otros motivos. Es cierto que esas huelgas no son más que escaramuzas de
avanzadas, a veces también combates más importantes; no arreglan nada
definitivamente, pero son la prueba más segura de que se aproxima la batalla
decisiva entre proletariado y burguesía. Son la escuela de guerra de los
obreros, donde se preparan para el gran combate en lo sucesivo ineluctable; son
los pronunciamientos de diferentes ramas del trabajo, consagrando su adhesión
al gran movimiento obrero. Y si se comparan de un año a otro los números del
Northern Star, el único periódico que informa sobre todos los movimientos del proletariado,
se comprobará que todos los obreros de la ciudad y de la industria rural se han
agrupado en asociaciones y han protestado una u otra vez contra la dominación
de la burguesía por una paralización general del trabajo. Y, como escuelas de guerra,
son de una eficacia sin igual. En ellas se desarrolla la valentía propia del
inglés. Se dice en el continente que los ingleses, y sobre todo los obreros,
son apocados, que son incapaces de hacer una revolución, porque no arman
motines todos los días como los franceses, porque soportan con tanta
tranquilidad aparente el régimen burgués. Eso es absolutamente falso. Los
obreros ingleses no le ceden en coraje a ninguna nación; ellos son tan poco
apacibles como los franceses, pero combaten de otra manera. Los franceses, que
son esencialmente políticos, combaten los males sociales también sobre el
terreno político; los ingleses, para quienes la política sólo existe con miras
a los intereses burgueses, a la sociedad burguesa, en lugar de luchar contra el
gobierno luchan directamente contra la burguesía; y esa lucha por el momento,
no puede ser eficaz sino por medios pacíficos. El marasmo económico y la
miseria que lo siguió tuvieron por efecto en Lyon, en 1834, la insurrección por
la República, en 1842 en Manchester el turnout general por la Carta del Pueblo
y los altos salarios. Pero que sea menester para un turnout además de coraje y
a veces un coraje mucho más grande, mucho más elevado, un espíritu de decisión
mucho más osado, mucho más firme que para un motín, no hay ni que decirlo. No
es realmente poca cosa para un obrero que sabe por experiencia lo que es la
miseria, el ir al encuentro de la misma con su mujer y sus hijos, sufrir hambre
y necesidades durante meses, y sin embargo permanecer firme e inquebrantable. ¿Qué
es la muerte, qué son las prisiones que esperan al revolucionario francés,
comparadas con la hambruna lenta, comparadas con el espectáculo cotidiano de
una familia hambreada, con la certidumbre de que la burguesía se vengará un
día, que el obrero inglés escoge sin embargo antes que someterse al yugo de la
clase poseedora? Más adelante daremos un
ejemplo de ese coraje obstinado, inflexible, del obrero inglés, que no cede
ante la fuerza sino cuando toda resis tencia resulta inútil e insensata. Y es
precisamente en esa tranquila paciencia, en esa larga firmeza que debe vencer
cien pruebas cada día, donde el obrero inglés muestra el aspecto de su carácter
que inspira el mayor respeto. Seres que sufren tanto a fin de hacer plegar a un
sólo burgués serán capaces también de romper la fuerza de la burguesía en su
conjunto. Pero aparte de este caso, el obrero inglés ha dado pruebas de su
coraje más de una vez. Si el turnout de 1842 no tuvo otros resultados es
porque, de una parte, los obreros habían sido empujados por los burgueses y, de
otra parte, no veían claramente el objetivo y todos no estaban de acuerdo al
respecto. Por el contrario, con frecuencia han dado pruebas de su coraje cuando
se ha tratado de fines sociales claramente definidos. Sin hablar de la
insurrección galesa80 de 1839, una verdadera batalla campal estalló
en Manchester, en mayo de 1843, durante mi estancia en esa ciudad. Una fábrica
de tejas (Pauling & Henfrey) había, en efecto, agrandado las dimensiones de
las tejas sin aumentar los salarios y evidentemente vendían esas tejas más
grandes a mayor precio. Los obreros, a quienes se había negado un aumento,
abandonaron la fábrica y la asociación de obreros tejeros puso a dicha firma en
la lista negra: Con gran trabajo, la firma logró sin embargo encontrar obreros
en los alrededores, recurriendo a los knobsticks contra los cuales la
asociación comenzó por emplear la intimidación. La fábrica apostó doce hombres
para vigilar los terrenos, todos antiguos soldados o policías, y los armó con
fusiles. Pero cuando la intimidación resultó ineficaz, una banda de obreros
tejeros asaltó los terrenos una noche, a las diez, avanzando en formación de
combate, las primeras filas armados con fusiles, mientras que a 400 pasos había
un cuartel de infantería.* Los obreros penetraron en el patio, y desde que
divisaron a los guardianes hicieron fuego en su dirección, pisotearon las tejas
húmedas que estaban colocadas en el piso, desbarataron los montones de tejas ya
secas, demolieron todo lo que se hallaba a su paso y penetraron en el edificio
donde rompieron los muebles y maltrataron a la mujer del capataz que vivía
allí. Mientras tanto los guardianes se habían apostado detrás de un cercado
desde donde podían tirar con precisión y sin ser molestados; los asaltantes se
hallaban delante de un horno de tejas encendido que proyectaba sobre ellos un
vivo resplandor, de modo que cada bala de sus adversarios hacía estragos,
mientras que cada disparo de ellos no alcanzaba su objetivo. Sin embargo, el
escopeteo duró más de media hora hasta que se agotaron las municiones y hasta
que se alcanzara el objetivo de la visita, o sea la destrucción de todo lo que
se podía destruir en el patio. Luego llegó la tropa y los
obreras tejeros se retiraron en dirección de Eccles (a 3 millas de Manchester).
Un poco antes de Eccles se pasó lista: cada hombre fue llamado por el número
que tenía en su sección, después todos se dispersaron para caer naturalmente
con toda seguridad en manos de la policía que acudió de todas partes. El número
de heridos debió ser muy importante, pero únicamente se conocieron los que
fueron arrestados. Uno de ellos había recibido tres balazos, uno en el muslo,
otro en la pantorrilla y otro en el hombro, y se había arrastrado así más de
cuatro millas. Creo que hay muchas personas que han demostrado que también
tienen coraje revolucionario y no temen a una lluvia de balas; pero cuando
masas desarmadas, que no saben exactamente lo que quieren, son tenidas a raya
en plazas de mercado rodeadas por algunos dragones y policías que ocupan las
salidas, como fue el caso en 1842, no se trata de una falta de valentía: la muchedumbre
no se hubiera movido más si los servidores de la fuerza pública, es decir, de
la burguesía, no hubieran estado allí. Cuando el pueblo tiene algún objetivo
preciso, muestra suficiente valor; por ejemplo, cuando el ataque a la fábrica
de Birley, que tuvo que ser protegida ulteriormente por refuerzos de
artillería.
80 Engels escribe walschen (welche),
por walisischen (galés).
* En el ángulo de Cross Lane y Regent Road, cf. el plano de
Manchester.
A propósito, unas palabras en cuanto al
respeto sacrosanto que se tiene a la ley en Inglaterra. Desde luego, para el
burgués la ley es sagrada, ya que es obra suya aprobada con su consentimiento,
para su protección y ventaja. Él sabe que aun cuando tal o cual ley lo
perjudique en particular, el conjunto de la legislación protege sus intereses,
y que, ante todo, el carácter sagrado de la ley, el carácter intocable del
orden social consagrado por la expresión acti va de la voluntad de una fracción
de la sociedad y la pasividad
del otro sector, representa el apoyo más poderoso de su
posición social. Como el burgués inglés se conduce ante la ley como si se
hallara ante su dios, él la considera sagrada; y por eso la cachiporra del
policía -que en realidad es su propia cachiporra- es para él un calmante de
efecto maravilloso. Pero en modo alguno para el obrero. El obrero sabe
demasiado bien y con mucha frecuencia ha sabido por experiencia que la ley es
para él un látigo confeccionado propósito por la burguesía, y cuando no es
obligado, no respeta la ley. Es ridículo afirmar que el obrero inglés teme a la
policía, mientras que en Manchester la policía sufre cada semana buenos
castigos e incluso el año pasado se intentó tomar por asalto un comisariado
protegido por puertas de acero y pesadas contraventanas. La fuerza de la
policía en la huelga de 1842 residió únicamente, como hemos dicho, en la
irresolución de los propios obreros.
Dado que los obreros no respetan la ley,
se conforman por el contrario con dejar que ejerza su fuerza cuando ellos
mismos no tienen el poder de cambiarla; es enteramente natural que propongan81
al menos modificaciones a la ley, que quieran reemplazar la ley burguesa por
una ley proletaria. La ley propuesta por el proletariado es la Carta del Pueblo
(People's Charter) que en su forma es puramente política y exige para la Cámara
de las Comunes una base democrática. El cartismo es la forma condensada de la
oposición a la burguesía. En los sindicatos y turnouts, esta oposición siempre
permanecía aislada, eran los obreros individuales o secciones de obreros que,
luchaban contra burgueses individuales; si el combate se hacía general, esa era
apenas82 la intención de los obreros y cuando había intención, el
cartismo era lo que se hallaba en la base de esa generalización. Pero en el
cartismo es toda la clase obrera la que se levanta contra la burguesía
-particularmente contra su poder político- y la que asalta la muralla legal de
la cual se ha rodeado. El cartismo nació del partido democrático que se
desarrolló de los años 80 a 90 del siglo pasado, a la vez con y dentro del
proletariado, se reforzó, durante la revolución francesa, y se manifestó desde
la paz como partido radical, teniendo por entonces su feudo principal en
Birmingham y Manchester, como lo tuvo antes en Londres. Al aliarse con la
burguesía liberal, logró arrancar a la oligarquía del antiguo Parlamento la ley
de Reforma, y desde entonces ha consolidado constantemente sus posiciones de
partido obrero frente a la burguesía. En 183882A, un comité de la
Asociación de Trabajadores de Londres (Working Men's Association), que dirigía
William Lovett, definió la Carta del Pueblo cuyos "seis puntos" son
los siguientes: 1. Sufragio universal para todo varón adulto mentalmente sano y
sin antecedentes penales; 2. Renovación anual del Parlamento; 3. Fijación de
una indemnización parlamentaria a fin de que los candidatos sin recursos puedan
igualmente aceptar un mandato; 4. Elecciones por escrutinio, a fin de evitar la
corrupción y la intimidación por parte de la burguesía; 5. Circunscripciones
electorales iguales para asegurar representación equitativa; y 6. Abolición de
la disposición -por otra parte ilusoria- que reserva la elegibilidad
exclusivamente para los poseedores de propiedad territorial valorada en £ 300
por lo menos de modo que en lo sucesivo todo elector sea elegible. Estos seis
puntos que se limitan a la organización de la Cámara de los Comunes, por
anodinos que puedan parecer, están sin embargo destinados a hacer añicos la
Constitución inglesa incluyendo el reino y la Cámara Alta. Lo que se llama el
lado monárquico y aristocrático de la Constitución sólo puede subsistir porque
la burguesía tiene interés en su mantenimiento aparente; tanto lo uno como lo
otro ya no tienen más que una existencia ficticia. Pero si toda la opinión
pública se alineara junto a la Cámara de los Comunes, si ésta expresara no
solamente la voluntad de la burguesía, sino la de toda la nación, concentraría
tan perfectamente la totalidad del poder, que desaparecería la última aureola
que ciñe la cabeza del monarca y de la aristocracia. El obrero inglés no respeta
ni a los lores ni a la reina, mientras que los burgueses -aunque no se les pide
su opinión sobre cosas fundamentales- endiosan sus personas. El cartista inglés
es políticamente republicano aun que nunca emplea, o sólo muy raramente, ese
término; simpatiza por otra parte con los partidos republicanos de todos los
países, pero prefiere llamarse "demócrata": Sin embargo, no es
simplemente republicano; su democracia no se limita al plano político.
81 (1845) haben (1892) machen
82 (1845) Wenig (poco) (1892) selten (raramente).
82A (1845) y
(1892): 1835, por error. La Carta fue publicada por primera vez el 8 de mayo de
1838.
El cartismo fue desde sus comienzos en
1835 un movimiento esencialmente obrero, pero todavía no estaba claramente
separado de la pequeña burguesía radical. El radicalismo obrero marchaba de la
mano con el radicalismo burgués; la Carta era su Schibboleth (santo y seña,
consigna) común, todos las años celebraban sus "convenciones
nacionales" juntos; ellos parecían constituir un partido. Por entonces la
pequeña burguesía parecía dotada de una combatividad particular, ella pedía
sangre debido a la decepción que había sufrido ante los resultados de la ley de
Reforma, y a causa de los años de crisis económica de 1837 a 1839; por tanto la
violencia de la agitación cartista estaba lejos de contrariarla. En Alemania
difícilmente se hacen una idea de esta violencia. El pueblo fue invitado a
armarse, también con frecuencia fue llamado abiertamente a rebelarse; se
fabricaron picas como poco antes de la revolución francesa, y en 1838 el
movimiento contaba entre otros con un tal Stephens, pastor metodista, quien
declaró al pueblo de Manchester reunido:
"Nada tenéis que temer de la fuerza
del gobierno, de los soldados, de las bayonetas y de los cañones de qué
disponen vuestros opresores; tenéis un medio más poderoso que todo ello, un
arma contra la cual las bayonetas y los cañones nada pueden; un niño de 10 años
puede manejar esa arma no tenéis más que coger unos fósforos y un puñado de
paja empapada en pez, y ya quisiera ver lo que el gobierno y sus centenares de
miles de soldados pueden hacer contra esta arma, si se la utiliza
decididamente."*
* Hemos visto cómo los obreros han tomado a pecho estas
recomendaciones. (F.E.)
Pero es por esa misma época que apareció
el carácter específico, social del cartismo obrero. El propio Stephens declaró
en una reunión de 200000 personas en el Kersal Moor, el Mons sacer de
Manchester que ya hemos citado:
"El cartismo, mis amigos, no es una
cuestión política, en que se trata de haceros obtener el derecho al voto o algo
por el estilo; no, el cartismo es una cuestión de tenedor y cuchillo, la carta
significa buen alojamiento, comer y beber bien, buenos salarios y una jornada
de trabajo corta."
Asimismo, desde esa época, los
movimientos dirigidos contra la nueva ley de pobres y reclamando la jornada de
10 horas estaban en estrecha unión con el cartismo: Puede verse al tory Oastler
participar en todos los mítines de ese período, y además de la petición
nacional adoptada en Birmingham en favor de la Carta del Pueblo, fueron adoptadas
centenares de peticiones en pro del mejoramiento social de la situación de los
obreros. En 1839, la agitación prosiguió con la misma intensidad, y cuando
comenzó a debilitarse hacia los finales del año, Bussey, Taylor y Frost se
apresuraron a desencadenar al mismo tiempo un motín en el norte de Inglaterra,
en la región de Yorkshire y en el país de Gales. Frost se vio forzado a actuar
prematuramente, pues su causa fue delatada y fracasó; los del norte se
enteraron a tiempo de esta desventura y dieron marcha atrás. Dos meses más
tarde, en enero de 1840; estallaron varios motines llamados
"policiacos" (Spy-outbreaks)(41), en
Yorkshire, por ejemplo en Sheffield y Bradford; luego la agitación se calmó
poco a poco. Mientras tanto, la burguesía emprendió proyectos más prácticos,
más ventajosos para ella, en particular en cuanto a ley de granos; la
asociación contra la ley de granos fue creada en Manchester y tuvo por
consecuencia un aflojamiento de los vínculos entre la burguesía radical y el
proletariado. Los obreros no tardaron en comprender que la abolición de la ley
de granos no sería para ellos de gran beneficio, mientras que por el contrario
favorecía mucho a la burguesía; y por eso fue imposible ganar su apoyo al
respecto. Estalló la crisis de 1842. La agitación se reanudó con tanta
violencia como en 1839. Pero esta vez, participó en ella la rica burguesía
industrial que tenía mucho que perder en esta crisis. La Liga contra la Ley de
Granos, como se llamaba ahora la asociación fundada por los industriales de
Manchester, manifestó una tendencia al extremismo y la violencia. Sus
periódicos y sus propagandistas empleaban un lenguaje abiertamente
revolucionario, que se explicaba en parte también porque el partido conservador
estaba en el poder desde 1841. Tal como lo habían hecho antes los cartistas,
ellos incitaban ahora sin rodeos a la rebelión. Por lo que toca a los obreros,
que serían los más perjudicados por la crisis, no permanecieron inactivos, como
lo demuestra la petición nacional de ese año, con sus tres millones y medio de
firmas. En suma, se aliaron de nuevo los dos partidos radicales que se habían
alejado un poco. El 15 de febrero de 1842, luego de una reunión de liberales y
cartistas en Manchester, se redactó una petición reclamando tanto la abolición
de la ley de granos como la puesta en vigor de la carta, la cual fue adoptada
por ambos partidos el día siguiente. La primavera y el verano pasaron en una
agitación muy viva, en tanto que la miseria se agravaba. La burguesía estaba
decidida a imponer la abrogación de las leyes de granos aprovechándose de la
crisis, de la miseria que siguió83 y de la excitación general. Esta
vez, cuando84 los tories estaban en el poder, ella hasta abolió a
medias su propia legalidad; quería hacer la revolución, pero con los obreros.
Ella quería que los obreros le sacara las castañas del fuego y se quemaran los
dedos, para el mayor provecho de la burguesía. Ya circulaba de diversos lados
la idea lanzada otrora por los cartistas (en 1839) de un "mes santo",
de un paro general del trabajo por todas los obreros. Pero
esta vez no eran los obreros quienes querían parar el trabajo: eran los
industriales que querían cerrar sus fábricas, enviar a los obreros a las
localidades rurales, a las propiedades de la aristocracia, para obligar así al
Parlamento tory y al gobierno a abrogar los derechos de aduana sobre los
granos. Naturalmente, el resultado de ello sería una rebelión, pero la
burguesía se quedaba segura en posición secundaria y podía esperar los
resultados sin comprometerse, en caso de fracaso. Hacia fines del mes de julio,
la situación económica comenzó a mejorar; ya era hora, y para no dejar escapar
la ocasión, tres fábricas de Stalybridge redujeron entonces los salarios en un
período de alza de la coyuntura económica (cf. los informes comerciales de
Manchester y de Leeds, de finales de julio y comienzos de agosto) obrando por
su cuenta, o de acuerdo con otros industriales y principalmente con la Liga -no
puedo precisar este punto. Sin embargo,
dos de las fábricas reconsideraron la medida; la tercera, la firma William
Bayley & Bros., se mantuvo firme y respondió a las protestas de los obreros
que, si no estaban conformes, tal vez harían mejor en irse a jugar por un
tiempo. Los obreros acogieron esas palabras irónicas con vítores, abandonaron
la fábrica y recorrieron la localidad invitando a todos los obreros a abandonar
el trabajo. En unas cuantas horas, todas las fábricas estaban paralizadas, y
los obreros se dirigieron en comitiva a Mottram Moor para celebrar allí un
mitin. Era el 5 de agosto. El día 8, una columna de 5000 hombres se dirigió
hacia Ashton y Hyde, allí pararon todas las fábricas y las minas y celebraron
mítines, donde se trató, no de la abolición de la ley de granos, como lo
esperaba la burguesía, sino "del salario cotidiano equitativo por un trabajo
cotidiano equitativo" (a fair day's wages for a fair day's work). El 9 de
agosto, se trasladaron a Manchester, donde las autoridades, que eran todas
liberales, les permitieron entrar y ellos pararon las fábricas; el 11 estaban
en Stockport, y sólo aquí fue donde hallaron cierta resistencia cuando tomaron
por asalto la casa de pobres, esa institución preferida de la burguesía. El
mismo día, Bolton era teatro de una huelga general y de disturbios a los cuales
tampoco se opusieron las autoridades; pronto la rebelión se extendió a todos
los distritos industriales y toda actividad cesó, salvo el suministro de
productos agrícolas y la preparación de productos alimenticios. Sin embargo,
los obreros en rebelión no cometieron excesos. Ellos habían sido empujados a la insurrección sin quererlo realmente;
los industriales, enteramente contra su costumbre, no se habían opuesto a la
paralización del trabajo, excepto uno solo: el tory Birley, de Manchester; la
cosa había comenzado sin que los obreros tuviesen un objetivo preciso. Por eso
todos estaban ciertamente de acuerdo en no hacerse matar para provecho de sus
patronos, partidarios de la abolición de la ley de granos. Pero por otra parte,
unos querían imponer la Carta del Pueblo, mientras que otros, considerando prematuro
este propósito, buscaban simplemente arrancar los baremos de salarios de 1840.
Esta fue la causa del fracaso de toda la insurrección. Si desde el principio
hubiera sido una insurrección obrera consciente, intencional, hubiera realmente
triunfado; pero esas muchedumbres lanzadas a la calle por sus patronos, sin
haberlo deseado, sin objetivo preciso, no podían hacer nada. Mientras tanto, la
burguesía, que no había movido un dedo para poner en vigor la alianza del 15 de
febrero, pronto comprendió que los obreros se negaban a convertirse en su
instrumento, y que la inconsecuencia con la cual se había apartado de su punto
de vista "legal" la ponía ahora a ella misma en peligro. Por tanto
volvió a la legalidad de antaño y se puso junto al gobierno contra los obreros
que ella misma había incitado a la rebelión y empujado después a
insurreccionarse. Los burgueses y sus fieles servidores prestaron juramento en
calidad de agentes de policía especiales hasta los negociantes alemanes de
Manchester tomaron parte en esa mascarada y desfilaron sin ton ni son por la
ciudad, garrote en mano y fumando tabaco, la burguesía hizo disparar contra el
pueblo en Preston, y así es cómo esa rebelión popular, sin objetivos, chocó de
golpe no solamente con las fuerzas militares del gobierno sino además con toda
la clase poseedora. Los obreros, que por otra parte no tenían ningún fin, se
separaron y la insurrección se extinguió poco a poco sin consecuencias graves. Por
tanto, la burguesía continuó cometiendo infamia sobre infamia, buscó excusarse
aparentando, respeto de la violenta intervención popular, un horror que no
concordaba con el lenguaje revolucionario que había empleado en la primavera;
lanzó la responsabilidad de la insurrección sobre los "instigadores"
cartistas, etc., mientras que había hecho mucho más que ellos para promoverla,
y adoptó su antiguo punto de vista, el respeto sacrosanto de la legalidad, con
un descaro sin igual. Los cartistas, que apenas habían participado en la
rebelión, y no habían hecho lo que la burguesía también había tenido la
intención de hacer85, es decir, aprovecharse de la ocasión, fueron
juzgados y condenados en tanto que la burguesía salió del apuro sin daño,
vendiendo ventajosamente sus acciones durante la huelga.
83 (1892) "de la
crisis de la miseria, y de . . .(...mit Hülfe der
Krisis, der Not und...) (1845) ...mit
Hülfe der Krisis, der ihr folgenden Not und...
84 (1892) da (dado que).(1845) als (cuando)
85 (1845) tun (1892) taten
Se consumó la separación total entre la
burguesía y el proletariado, y ese fue el fruto de la rebelión. Hasta ese
momento, los cartistas no habían ocultado su intención de hacer pasar su carta
por todos los medios, incluyendo la revolución. La burguesía, que ahora
comprendía súbitamente qué peligro encerraba toda subversión violenta para su
situación no quería oír hablar más de "fuerza física" y pretendía
alcanzar sus designios únicamente con la "fuerza moral", como si ésta
fuese otra cosa que una amenaza directa o indirecta de recurrir a la fuerza
física. Esa fue la primera cuestión en litigio, separada sin embargo en cuanto
al fondo por la afirmación ulterior de los cartistas -que son igualmente tan
dignos de fe como la burguesía liberal- declarando no desear recurrir más a la
fuerza física: Pero el segundo punto en litigio, el más importante, el que
hacía aparecer al cartismo en toda su pureza, fue la cuestión de la ley de
granos. La burguesía liberal estaba interesada en ella, pero no el
proletariado. El partido cartista se dividió entonces en dos bandas, cuyos
principios políticos declarados concordaban perfectamente, pero que sin embargo
son enteramente diferentes e irreconciliables. Cuando la Convención nacional de
Birmingham, en enero de 1843, Sturge, el representante de la burguesía radical,
propuso que se suprimiera la palabra "Carta" de los estatutos de la
Asociación cartista, so pretexto de que a causa de la insurrección dicho nombre
estaría ligado a recuerdos revolucionarios violentos -vínculos que, por lo
demás, databan de largos años y a los cuales Mr. Sturge hasta entonces no había
tenido nada que objetar. Los obreros no quisieron abandonar dicho nombre y
cuando Sturge fue derrotado por mayoría de votos, ese cuáquero convertido de
golpe en súbdito leal, abandonó la sala en compañía de la minoría y fundó una
Complete Suffrage Association formada de burgueses radicales. Los recuerdos se
habían hecho tan odiosos a este burgués, jacobino hasta hace poco, que llegó
hasta transformar la expresión sufragio universal (universal suffrage), en esta
locución ridícula: "sufragio completo" (complete suffrage). Los
obreros se rieron de él y prosiguieron su camino.
A partir de ese momento, el cartismo
devino una causa puramente obrera, liberada de todos los elementos burgueses,
etc. Los periódicos "completos" -Weekly Dispatch, Weekly Chronicle,
Examiner, etc.- apagaron la voz poco a poco en el estilo soporífico de otros
periódicos liberales defendieron la causa de la libertad de comercio, atacaron
el proyecto de la ley de las diez horas y todas las mociones exclusivamente
obreras, haciendo en suma aparecer muy poco su radicalismo. La burguesía
radical hizo causa común con los liberales en todos los conflictos contra los
cartistas y, de manera general, hizo de la ley de granos -que es para los
ingleses, la cuestión de la libre competencia- su preocupación principal. Cayó
así bajo el yugo de la burguesía liberal y juega actualmente un papel en
extremo lamentable.
Los obreros cartistas, en cambio, tomaron
parte con ardor redoblado en todos los combates del proletariado contra la
burguesía. La libre competencia ha hecho tanto mal a los obreros como para ser
ahora objeto de odio para ellos; sus representantes, los burgueses, son sus
enemigos declarados. El obrero sólo puede esperar desventajas de una liberación
total de la competencia. Las reivindicaciones que ha formulado hasta el
presente: ley de diez horas, protección del obrero contra el capitalista, buen
salario, empleo garantizado, abrogación de la nueva ley de pobres, cosas todas
que son elementos del cartismo al menos tan esenciales como los "seis
puntos", van directamente al encuentro de la libre competencia y de la
libertad de comercio. Por tanto no es de sorprender -y eso es lo que toda la
burguesía inglesa no puede comprender- que los obreros no quieran oír hablar en
absoluto de libre competencia, de libertad de comercio y de abrogación de la
ley de granos, y que muestren con respecto a esta última a lo sumo
indiferencia, pero en cambio, por lo que toca a sus defensores, sienten la más
viva animosidad. Esta cuestión es precisamente el punto donde el proletariado
se separa de la burguesía, el cartismo del radicalismo; y un burgués no podría
comprenderlo porque no puede comprender al proletariado.
Pero en eso también es que reside la
diferencia entre la democracia cartista y todo lo que fue hasta aquí la
democracia política burguesa. La naturaleza del cartismo es esencialmente
social. Los "seis puntos" que son a los ojos del burgués el alfa y
omega, debiendo a lo sumo implicar también algunas modificaciones de la
constitución, no son para el proletario más que un medio. "Nuestro medio:
el poder político, nuestro objetivo: el bienestar social". Tal es la
consigna electoral, claramente formulada, de los cartistas. La "cuestión
de tenedor y cuchillo" del predicador Stephens no representaba una verdad
sino a los ojos de una fracción de los cartistas de 1838; en 1845, es la verdad
para todos. Entre los cartistas ya no hay un solo hombre que sea únicamente
político. Y, aunque su socialismo se halle aún poco desarrollado, aunque el
principal medio de lucha contra la miseria sea hasta el presente la división de
la propiedad territorial (allotment system) ya superada por la industria (cf.
Introducción), aunque, en una palabra, la mayoría de sus proyectos prácticos (protección
de los obreros, etc.) sean en apariencia de índole reaccionaria, esas medidas
implican, de una parte, la necesidad de volver a caer bajo el yugo de la
competencia y crear de nuevo el estado de cosas existente, o llevar a cabo
ellos mismas la abolición de la competencia; y, de otra parte, la imprecisión
actual del cartismo, la escisión que lo ha separado del partido puramente
político, exige que continúen desarrollándose, precisamente, las
características destructivas del cartismo, que residen en su orientación
social. La disposición a la unión con el socialismo es inevitable, sobre todo
si la próxima crisis que sucederá necesariamente a la prosperidad actual de la
industria y el comercio a más tardar en 1847*, pero posiblemente desde el año
próximo; crisis que superará con mucho en violencia e intensidad a todas las
anteriores orienta a los obreros, como consecuencia de su miseria, cada vez más
hacia los medios sociales en vez de los medios políticos. Los obreros impondrán
su carta: es lo normal; pero de aquí a allá se darán cuenta claramente de
muchas cosas que ellos pueden imponer con la ayuda de su carta y que ellos
ignoran todavía actualmente en gran parte.
* (1892): Ha tenido lugar exactamente en la fecha prevista.
(F.E.)
Mientras tanto, también progresa la
agitación social. No consideraremos aquí el socialismo inglés sino en la medida
en que ejerza una influencia sobre la clase obrera. Los socialistas ingleses
reclaman la instauración progresiva de la comunidad de bienes en las
"colonias"(42) de 2000 a 3000 personas -que practican la industria y
la agricultura y disfrutan de los mismos derechos y de la misma educación- y
preconizan la simplificación de las formalidades del divorcio y la institución
de un gobierno racional, que garantice la libertad total de palabra y la
abolición de las penas por delitos que serían reemplazadas por un tratamiento
racional de los delincuentes. Tales son sus proposiciones prácticas. Sus
principios teóricos no nos interesan aquí. A la cabeza del socialismo hay un
industrial, Owen, y por eso -aunque en realidad él supera la oposición
proletariado-burguesía- en su forma da muestras sin embargo de una gran
indulgencia hacia la burguesía y de una gran injusticia hacia el proletariado.
Los socialistas son enteramente bondadosos y pacíficos; ellos justifican el
estado de cosas actual, por deplorable que sea, en la medida en que condenan
toda otra vía que no sea la de la persuasión del gran público; y al mismo
tiempo son tan abstractos, que la forma actual de sus principios jamás podría
permitirles convencer a la opinión pública. Además, ellos no cesan de
lamentarse de la desmoralización de las clases inferiores no ven absolutamente ningún
elemento de progreso que detenga esa disgregación del orden social, y no
piensan por un instante que la desmoralización provocada por el interés privado
y la hipocresía es mucho peor en las clases poseedoras. Ellos no admiten la
evolución histórica, y por eso quieren precipitar a la nación hacia el estado
comunista, sin esperar, sin proseguir la política actual hasta el punto en que
se disuelva ella misma86. Desde luego, ellos comprenden por qué los
obreros se levantan contra los burgueses, pero consideran que esa cólera, que
es no obstante el único medio de hacer progresar a los obreros, es infecunda y
ellos predican una filantropía y un amor universal aún más estéril para la
situación presente en Inglaterra. Ellos no admiten sino la evolución
sicológica, la evolución del hombre abstracto, sin ningún vínculo con el
pasado, mientras que el mundo entero descansa en ese
pasado y el hombre también. Por eso es que son demasiado eruditos, demasiada
metafísicos, y no logran gran cosa. Ellos proceden en parte de la clase obrera,
de la cual han atraído muy pocos elementos: los cerebros más cultos, y los
caracteres más firmes, es cierto. En su forma actual, el socialismo jamás podrá
convertirse en patrimonio de toda la clase obrera; tendrá incluso que rebajarse
a volverse atrás algún tiempo para situarse en el punto de vista cartista. Pero
el socialismo auténticamente proletario, que será tolerado por el cartismo,
depurado de sus elementos burgueses, tal como ya se desarrolla actualmente
entre numerosos socialistas, y entre numerosos dirïgentes cartistas, que son
casi todos socialistas*, asumirá ciertamente, dentro de poco, un papel
importante en la historia del desarrollo del pueblo inglés. El socialismo
inglés que, por lo que toca a su base, supera con mucho al comunismo francés, pero
que en su desarrollo87 está muy a la zaga del mismo, deberá
retroceder algún tiempo al punto de vista francés, para superarlo después. De
aquí a allá, los franceses también harán sin duda progresos por su lado. El
socialismo es al mismo tiempo la expresión más categórica de la irreligiosidad
imperante entre los obreros, y tan categórica incluso que los obreros que son
irreligiosos inconscientemente, simplemente en la vida práctica, vacilan con
frecuencia ante el carácter cortante de esta expresión. Pero sobre este punto
igualmente la necesidad obligará a los obreros a abandonar una fe respecto a la
cual comprenden cada vez más que sólo sirve para hacer de ellos seres débiles y
sumisos, dóciles y fieles a la clase poseedora que los esquilma.
86 En las ediciones
inglesas de 1887 y de 1892, se lee: up to point at which this transition
becomes possible and necessary (...hasta el punto en que esta transición deviene
posible y necesaria...)
87 (1887 y 1892): Theoretical
development (desarrollo teórico).
* (1892): socialistas naturalmente
en el sentido general, y no en el sentido oweniano de la palabra. (F.E.)
Vemos, pues, que el movimiento obrero
está dividido en dos bandos: los cartistas y los socialistas. Los cartistas son
los más atrasados, los que menos han evolucionado, pero en cambio, auténtica,
físicamente proletarios, representantes valiosos del proletariado. Los
socialistas ven más lejos, proponen medidas prácticas contra la miseria, pero
tienen su origen en la burguesía, de ahí su incapacidad de amalgamarse con la
clase obrera. La fusión del socialismo con el cartismo, la reproducción del
comunismo francés a la manera inglesa, será la próxima etapa y la misma ha
comenzado en parte. Solamente cuando se haya logrado, es que la clase obrera
será la verdadera dueña de Inglaterra; la evolución social y política
proseguirá mientras tanto, favoreciendo el nacimiento de ese nuevo partido, ese
progreso del cartismo.
Las diferentes fracciones de obreros,
que a menudo unen sus esfuerzos u obran separadamente -miembros de las
asociaciones, cartistas y socialistas- han creado por sus propios medios un gran número de escuelas y de salas de lecturas
para elevar el nivel intelectual del pueblo. Cada institución socialista y casi
cada institución cartista posee un establecimiento de ese género, y numerosos
sindicatos siguen igualmente ese ejemplo. Se imparte a los niños una educación
verdaderamente proletaria, exenta de todas las influencias burguesas, y en las
salas de lectura se hallan casi exclusivamente periódicos y libros proletarios.
Esos establecimientos representan un peligro muy grave para la burguesía, que
ha logrado sustraer cierto número de institutos de ese género -los Mechanics Institutions(43)- a la influencia del proletariado y transformarlos
en instrumentos destinados a extender entre los obreros los conocimientos
útiles a la burguesía. En ellos se estudian las ciencias de la naturaleza que
distraen a los obreros de su lucha contra la burguesía, y pueden
proporcionarles los medios de hacer descubrimientos que producirán dinero a los
burgueses -mientras que el conocimiento de la naturaleza en realidad no tiene
actualmente ninguna utilidad para el obrero, porque con frecuencia ni siquiera
tiene ocasión de ver la naturaleza en la gran ciudad donde vive, ya que es
esclavo de su trabajo. Se predica asimismo la economía política, cuyo ídolo es
la libre competencia, de donde resulta solamente que, para el obrero, no hay
nada más razonable que dejarse morir de hambre con tranquila resignación. Toda
la educación que se imparte tiende a hacerlo dócil, flexible, servil con
respecto a la política y a la religión reinantes, de modo que para el obrero no
es más que una continua exhortación a la obediencia tranquila, a la pasividad y
a la sumisión a su destino. Naturalmente, la masa de los obreros no quiere
saber nada de esos institutos, y se dirige a las salas de lectura proletarias;
ella se orienta hacia la discusión de las relaciones sociales, que le interesa
directamente; mientras que la burguesía, en su suficiencia, pronuncia su dixi
et salvavi88, y se aparta con desprecio de una clase que en vez de
una educación seria, "prefiere los estrépitos violentos y apasionados de
demagogos malintencionados". Por lo demás, las numerosas conferencias sobre
temas científicos estéticas y económicos que se
organizan muy a menudo en todos los institutos proletarios, sobre todo los
institutos sociales, y son muy estimadas, demuestran suficientemente que los
obreros también tienen el gusto de una "educación seria", cuando ésta
no es mezclada con los conceptos interesados de la burguesía. Con frecuencia he
oído a trabajadores harapientos hablar de geología, de astronomía y de otras
cosas con más conocimiento de esas materias que muchos burgueses alemanes
cultos. Y lo que muestra hasta qué punto el proletariado ha sabido adquirir una
cultura propia, es que las obras modernas que hacen época en filosofía, en
política y en poesía son leídas casi únicamente por obreros. El burgués, criado
servil del régimen social existente y de los prejuicios que el mismo implica,
se asusta y se persigna ante todo lo que es susceptible de constituir un
progreso. El proletario mantiene los ojos abiertos ante esos progresos y los
estudia con placer y éxito. A este respecto, los socialistas sobre todo han
aportado una contribución inconmensurable a la cultura del proletariado; ellos
han traducido las obras de los materialistas franceses: Helvetius, Holbach,
Diderot, etc., y las han difundido en ediciones económicas al lado de las
mejores obras inglesas. La Vida de Jesús, de Strauss, y La Propiedad, de
Proudhon, se han divulgado igualmente sólo entre el proletariado. Shelley, el
genial y profético Shelley, y Byron, con su ardor sensual y su sátira amarga de
la sociedad existente, cuentan entre los obreros su público más numeroso; los
burgueses no poseen sino ediciones castradas, las family editions, que se han
adaptado al gusto de la moral hipócrita del día. Los dos más grandes filósofos
prácticos de los últimos tiempos, Bentham y Godwin, son asimismo, sobre todo
este último, la propiedad casi exclusiva del proletariado; aunque Bentham
también ha hecho escuela entre la burguesía radical, únicamente el proletariado
y los socialistas han logrado derivar una enseñanza progresista de su doctrina.
Sobre esas bases el proletariado se ha formado una literatura propia, compuesta
sobre todo de folletos y de periódicos cuyo valor supera con mucho a toda la
literatura burguesa. En otra parte hablaremos de nuevo al respecto.
88 He hablado y me he
salvado
Todavía hay que hacer una observación:
los obreros industriales, sobre todo aquellos de los distritos textiles,
constituyen el centro motor de los movimientos obreros: El condado de
Lancashire, particularmente Manchester, es la sede de las asociaciones obreras
más poderosas, el centro del cartismo; la región que cuenta con más socialistas.
Mientras más invade una rama el sistema industrial y más participan los obreros
en el movimiento, más se agudiza el antagonismo entre obreros y capitalistas,
más se desarrolla y aviva la conciencia proletaria del obrero. Si bien los
pequeños patronos de Birmingham también son víctimas de las crisis, ellos se
hallan en una posición falsa, a medio camino entre el cartismo del proletario y
el radicalismo del tendero. Pero en general todos los obreros industriales se
han captado para una de las dos formas de rebelión contra el capital y la
burguesía; ellos piensan unánimemente que constituyen, como Working men título
del cual se sienten orgullosos y apóstrofe por el cual comienzan habitualmente
las reuniones cartistas -una clase particular que posee intereses y principios
propios y concepciones particulares frente a todos los poseedores y, al mismo
tiempo, que en ellos reside la fuerza y la facultad de desarrollo de la nación.
EL PROLETARIADO MINERO
El suministro de materias primas y
combustibles a una industria tan colosal como la inglesa, requiere una mano de
obra considerable. En lo que concierne a las materias indispensables para la
industria, Inglaterra sólo produce -aparte de la lana, que resulta de la
producción de los distritos Agrícolas- los minerales, metales y hulla. Mientras
que Cornwall posee ricas minas de cobre, de estaño, de zinc y de plomo, la
región de Staffordshire, el país de Gales del norte y otros distritos
suministran grandes cantidades de hierro, y casi todo el norte y el oeste de
Inglaterra, la parte central de Escocia y algunos distritos de Irlanda son
extremadamente ricos en hulla.89
89 Según el censo de 1841,
el número de obreros empleados en las minas en Gran Bretaña (excluida Irlanda)
es el siguiente:
Hombres
Mujeres
Total
+ de 20 - de
20 +
de 20 - de 20
años años años años
Minas de carbón 83408 32475 1185 1165 118233
Minas de cobre 9866 3428 913 1200 15407
Minas de plomo 9427 1932 40 20 11419
Minas de hierro 7773 2679 424 73 10949
Minas de estaño 4602 1349
68 82 6101
Minas diversas o para las
cuales el mineral extraído
no es precisado 24162 6591
472 491 31716
Total 139238 48454
3102
3031 183825
Como las minas de carbón y de hierro con frecuencia son
explotadas por los mismos empresarios, hay que añadir al número de obreros que
trabajan en las minas de hierro una parte de los que trabajan en las de carbón
y, además, una gran parte de los obreros incluidos en el último rubro (minas
diversas). (F.E.)
En la explotación de la hulla de Cornwall
trabajan, bajo tierra o en la superficie, unos 19000 hombres y 11000 mujeres y
niños. Pero en las minas propiamente dichas casi no hay más que hombres y niños
mayores de 12 años. Según el Children's Employment Report, la situación
material de esos obreros parece ser bastante soportable, y los ingleses se
jactan de sus jóvenes mineros de Cornwall resueltos y vigorosos que exploran
las vetas de mineral hasta debajo del fondo del mar. Sin embargo, el Children's
Employment Report expresa otro juicio sobre la robustez de esas personas. El
mismo demuestra, en el inteligente informe del Dr. Barham, que la inspiración
del aire pobre en oxígeno, saturado de polvo y humo producidos por los
explosivos; que se hallan en el fondo de las minas, afecta gravemente los pulmones,
provoca perturbaciones en las funciones cardíacas, y afloja el aparato
digestivo; demuestra que el trabajo es muy fatigoso, y en particular el hecho
de subir y bajar por las escalas -lo cual, en ciertas minas, toma incluso a
jóvenes vigorosos por lo menos una hora cada día antes y después del trabajo-
contribuye en gran parte al desarrollo de esos padecimientos, y que por esa
razón, los hombres que en su juventud comienzan a trabajar en las minas están
lejos de adquirir el desarrollo físico correspondiente al de las mujeres que
trabajan en la superficie. Demuestra asimismo que muchos mueren jóvenes de
tisis galopante y la mayoría en sus mejores años, de tuberculosis de evolución
lenta; que envejecen prematuramente y devienen inaptos para el trabajó entre
los 35 y 45 años, y, que muchos pasan casi sin transición del aire caliente del
pozo (luego de haber sudado en abundancia subiendo penosamente la escala) al
aire frío de la superficie, contraen inflamaciones agudas de las vías respiratorias ya enfermas,
que muy frecuentemente tienen consecuencias mortales. El trabajo en la
superficie, la trituración y la cribadura de los minerales, es practicado por
jovencitas y niños y se le describe como muy sano porque se efectúa al aire
libre.
En el norte de Inglaterra, en los
límites de los condados de Northumberland y de Durham, se hallan las muy
importantes minas de plomo de Alston Moor. Los informes provenientes de esa
región -igualmente en el Children's Employment Report, informe del comisionado
Mitchell- concuerdan con aquellos de Cornwall. Allí también hay quejas sobre la
falta de oxígeno, exceso de polvo, de humo de pólvora, de ácido carbónico y de
gas sulfuroso en las galerías. Por esa razón los mineros, como los de Cornwall,
son de pequeña estatura y, desde la edad de 30 años, sufren casi todos de
afecciones pulmonares que terminan por degenerar en verdadera tuberculosis,
sobre todo si continúan trabajando -lo cual es casi siempre el caso, y de ahí
una disminución muy clara del promedio de vida de esas personas. Si los jóvenes
mineros de esta región viven un poco más de tiempo que los de Cornwall, se debe
al hecho de que no comienzan a descender al fondo sino a los 18 años, en tanto
que en Cornwall, como hemos visto, se comienza a los 12 años. Sin embargo, aquí
también, la mayoría de los mineros mueren entre los 40 y los 50 años. De 79
mineros cuyo deceso estaba consignado en el registro público del distrito, y
que habían muerto por término medio a los 45 años, 37 murieron de tuberculosis
y 6 de asma. En las localidades de los alrededores -Allendale, Stanhope, y
Mliddleton- la longevidad alcanzó respectivamente 49, 48 y 47 años por término
medio, y los decesos debidos a las afecciones pulmonares representaron
respectivamente el 48; 54 y 56% del total. Hay que tener presente que todos
estos datos estadísticos conciernen exclusivamente a mineros que no comenzaron
a trabajar antes de la edad de 19 años. Comparemos esas cifras con lo que se llama
las estadísticas suecas -estadísticas detalladas de la mortalidad89 para
todos los habitantes de Suecia- que son consideradas en Inglaterra como el
criterio más exacto hasta el presente de la longevidad promedio de la clase
obrera inglesa. Según ellas, los individuos del sexo masculino que han cumplido
18 años llegan por término medio a la edad de 571/2 años, por lo que llegamos a
la conclusión de que la existencia de los mineros del norte de Inglaterra sufren por término media una reducción de 10 años debido a
su trabajo. Sin embargo, las estadísticas suecas se emplean para el criterio de
longevidad de obreros, y presentan por tanto un cuadro de las posibilidades de
supervivencia en las condiciones en que vive el proletariado, que son de todos
modos desfavorables; ellas indican por consiguiente una longevidad ya inferior
a la normal. En esas regiones hallamos los albergues y asilos nocturnos que ya
hemos hallado en las grandes ciudades, y se hallan por lo menos en el mismo
estado de suciedad nauseabunda y el apiñamiento es el mismo. Mitchell visitó
uno de esos albergues que medía 18 pies de largo por 15 de ancho, con capacidad
para 42 hombres y 14 muchachos, o sea 56 personas en 14 camas, la mitad de las
cuales estaban dispuestas como en un barco, las unas encima de las otras. No
había abertura para la extracción del aire viciado; aunque hacía tres noches
que nadie había dormido allí, el olor y la atmósfera eran tales que Mitchell ni
siquiera pudo soportarlos un corto instante. ¡Cómo será en una calurosa noche
de verano con 56 personas! Y no se trata del entrepuente de un barco americano
de esclavos, sino de la vivienda "de británicos nacidos libres".
89 (1845) Mortalitätstabellen
(1892) Sterblickkeitstabellen
Pasemos ahora a las ramas más importantes
de la industria minera inglesa, las minas de hierro y las minas de carbón que
el Children's Employment Report describe conjuntamente con todos los detalles
que el asunto requiere. La primera parte de este informe está consagrada casi
enteramente a la situación de los obreros empleados en las minas. Sin embargo,
después de la descripción detallada que he hecho de la situación de los obreros
industriales, me será posible ser más conciso, como lo requiere
los límites de esta obra.
En las minas de carbón y de hierro,
donde el método de explotación es poco más o menos el mismo, trabajan niños de
4, 5 y 7 años. La mayoría, sin embargo, tiene más de 8 años. Se les emplea para
transportar el mineral del lugar de excavación al pozo principal, o bien para
abrir y cerrar las puertas giratorias que separan los diferentes
compartimientos de la mina, antes y después del paso de los obreros y del
material. Casi siempre son los niños más pequeños los encargados de esta tarea;
deben permanecer sentados doce horas diarias en la oscuridad, solo en un
corredor estrecho y, en la mayoría de los casos, húmedo, sin tener el poco de
trabajo que necesitarían para estar al abrigo del aburrimiento embrutecedor
atontador, que engendra la inacción total. En cambio, el transporte del carbón
y del mineral de hierro es una labor muy penosa, ya que hay que acarrear dichos
materiales en artesillas bastante grandes sin ruedas, sobre el suelo desigual
de la galería, o sobre la arcilla húmeda, o incluso el agua, izarlas a veces a
lo largo de pendientes abruptas y a través de corredores tan estrechos en
algunos lugares, que los obreros tienen que andar en cuatro patas. Por eso se
utiliza para ese trabajo fatigoso a niños mayorcitos y a adolescentes. Según el
caso hay un obrero por artesilla o dos jóvenes, uno de los cuales tira y el
otro empuja. El trabajo de perforación, efectuado por hombres adultos o por jóvenes
vigorosos, de 16 años o más, es igualmente una tarea muy fatigosa. La duración
habitual de la jornada de trabajo es de 11 ó 12 horas, a veces más. En Escocia,
llega hasta las 14 horas, y con frecuencia se duplica la jornada, de suerte que
todos los obreros son obligados a trabajar 24 horas, a veces incluso 36 horas
de un tirón. Casi siempre no hay hora fija para las comidas, de modo que los
obreros comen cuando tienen hambre y tiempo para ello.
La situación exterior de los mineros es
considerada en general como bastante buena, y se dice que su salario es elevado
en comparación con el de los jornaleros agrícolas de los alrededores (quienes,
es cierto, mueren de hambre), con la excepción de algunas regiones de Escocia y
del distrito carbonero de Irlanda, donde reina una gran miseria. Tendremos
ocasión de volver sobre estos datos (todos relativos por otra parte), concernientes
a la clase más miserable de toda Inglaterra. Mientras tanto, vamos a considerar
los males que implica la explotación actual de las minas, y entonces el lector
podrá decidir si un salario, cualquiera que fuere, puede resarcir al obrero de
semejantes sufrimientos.
Los niños y los jóvenes que acarrean el
carbón y el mineral de hierro, se quejan todos de una gran fatiga. Aun en los
establecimientos industriales donde la explotación es más brutal, no se ve un
estado de agotamiento tan generalizado y tan continuado. Cada página del
informe ofrece una larga serie de ejemplos. Se comprueba con frecuencia que
apenas los niños regresan a la casa, se acuestan en el piso ante la chimenea y
se duermen instantáneamente, sin poder tragar el más mínimo alimento, y
entonces sus padres se ven obligados a lavarles la cara enteramente dormidos y
ponerlos en la cama. Incluso es frecuente que se acuesten agotados en el
camino, y cuando los padres van a buscarlos, tarde en la noche, los hallan a
punto de dormir. Parece que de ordinario esos niños pasan la mayor parte del
domingo en la cama, para reponerse un poco de las fatigas de la semana. Un
número muy pequeño asiste a la iglesia y a la escuela, y los maestros se quejan
de su somnolencia y de su embotamiento a pesar de su deseo de instruirse. Se
les obliga de la manera más brutal a rendirse de cansancio. Igual ocurre en
cuanto a los adolescentes de más edad y las mujeres. Esa fatiga, intensificada
hasta llegar a ser dolorosa, no deja de tener repercusiones penosas sobre el
organisrno. El efecto más inmediato es que toda la energía vital se utiliza
para un desarrollo unilateral de la musculatura; prueba de ello es que son
sobre todo los músculos de los brazos y las piernas, de la espalda, de los
hombros y del tórax, incluso los utilizados principalmente en el esfuerzo de
tirar y empujar, los que se benefician de un desarrollo excepcional, mientras
que todo el resto del cuerpo sufre de una falta de nutrición y se atrofia.
Sobre todo la talla es lo que permanece pequeña y comprimida;
casi todos los mineros son de estatura corta, salvo aquellos de las regiones de
Warwickshire y Leicestershire, que trabajan en condiciones particularmente
favorables. Hay que notar además el retraso de la pubertad, tanto entre los
niños como las niñas; entre los primeros, a veces hasta los 18 años. El
comisionado Symons examinó a un joven de 19 años, quien, con excepción de los
dientes, tenía el desarrollo de un muchacho de 11 ó 12 años. Esta prolongación
del período infantil en realidad no es otra cosa que la prueba de un desarrollo
retrasado que no dejará de tener sus consecuencias a una edad más avanzada. En
semejantes condiciones, y debido asimismo a la debilidad de esos organismos,
tenemos piernas torcidas, rodillas arqueadas, pies virados hacia afuera,
desviación de la columna vertebral y otras deformaciones. La aparición de esos
males es favorecida grandemente como consecuencia de la posición casi siempre
defectuosa impuesta al cuerpo; por lo demás, son tan frecuentes que muchas personas
y hasta médicos afirman que, tanto en las regiones de Yorkshire y Lancashire
como en las de Northumberland y Durham, puede reconocerse a un minero entre
cien personas únicamente por su cuerpo. Las mujeres sobre todo son las que
parecen sufrir mucho a causa de ese trabajo, y sólo raramente -incluso nunca-
se mantienen tan derechas como las demás mujeres. Se comprueba igualmente que el trabajo de las mujeres en
las minas provoca asimismo deformaciones de la pelvis que tienen como
consecuencia partos difíciles y hasta mortales. Además de esas deformaciones
locales, los mineros del carbón sufren también de todo género de enfermedades
específicas, que padecen con frecuencia los demás mineros y se explican
fácilmente por la naturaleza de su trabajo. Sobre todo el abdomen es afectado.
El apetito desaparece, después vienen, en la mayoría de los casos, los dolores
de estómago, náuseas y vómitos, además una sed ardiente que no puede apagarse
sino bebiendo agua sucia y frecuentemente tibia de la mina; las funciones
digestivas se detienen, lo cual favorece el brote de otras enfermedades. Se
indica igualmente, de diferentes fuentes, que las enfermedades del corazón,
sobre todo la hipertrofia cardíaca, la inflamación del pericardio, los espasmos
de los orificios aurículoventriculares y de la entrada de la aorta, son
padecimientos frecuentes entre los mineros y se explican fácilmente por el
trabajo excesivo. Igual ocurre en cuanto a las hernias, que son también la
consecuencia directa de esfuerzos musculares excesivos. En parte por las mismas
razones, en parte a causa de la atmósfera viciada y polvorienta de las minas,
del aire cargado de gas carbónico y de hidrógeno carburado y sin embargo esto
sería tan fácil de evitarse manifiestan numerosas enfermedades pulmonares
dolorosas y peligrosas, sobre todo el asma, que aparece en ciertos distritos a
la edad de 40 años, en otros a la edad, de 30 entre la mayoría de los mineros y
pronto los hace inaptas para el trabajo. Entre aquellos que tienen que trabajar
en galerías húmedas, la opresión del pecho sobreviene todavía más rápidamente;
en algunas regiones de Escocia, es entre los 20 y 30 años, período durante el
cual los pulmones así atacados son además muy vulnerables a las inflamaciones y
a las afecciones febriles. Una enfermedad específica de esta categoría de
obreros es la de la expectoración negra (black spittle) debido al hecho de que
todo el tejido pulmonar se impregna de un fino polvo de carbón; sus síntomas
son los de un debilitamiento general, dolores de cabeza, intensa molestia
respiratoria, y expectoraciones espesas de color negro. En ciertas regiones
este padecimiento aparece en forma benigna, en otra es lo contrario, y parece
enteramente incurable, sobre todo en Escocia. En este país, además de una agravación
de los síntomas descritos anteriormente, hay que añadir una respiración corta y
silbante, un pulso acelerado (más de 100 pulsaciones por minuto), tos seca, se
van acentuando el enflaquecimiento y el debilitamiento y pronto el paciente no
se halla en condiciones de trabajar. En todos los casos, este padecimiento es
mortal. El Dr. Mackellar, de Pencaitland, East Lothian, declara que esta
enfermedad no se manifiesta en las minas bien ventiladas, mientras que los
obreros que pasan de estas últimas a otras mal ventiladas son víctimas de la
misma. La codicia de los propietarios de minas que no instalan conductos de
ventilación, es por ende responsable de la existencia de esa enfermedad. El
reuma es igualmente, salvo en Warwickshire y en Leicestershire, un mal común de
todos los obreros de la mina, que
resulta sobre todo de la humedad que reina frecuentemente en el lugar de
trabaja. El resultado de todas esas enfermedades es que en todos los distritos
sin excepción, los obreros envejecen prematuramente y que a los 40 años el
límite exacto varía con los distintos distritos resultan rápidamente inaptos
para el trabajo. Es extremadamente raro que un minero pueda continuar
trabajando más allá de los 45 años o a fortiori de los 50. A los cuarenta años
-se indica generalmente- un obrero de ese ttipo entra en la vejez. Esto se
aplica a aquellos que excavan el carbón; los cargadores que tienen que levantar
constantemente pesados bloques de carbón y echarlos en las vagonetas, envejecen
desde los 28 ó 30 años, y prueba de ello es que un proverbio de las regiones
carboníferas reza así: "Los cargadores ya son viejos antes de haber sido
jóvenes". De más está decir que este envejecimiento prematuro implica una
muerte precoz, y un sexagenario entre ellos es una verdadera rareza; incluso en
el sur de Staffordshire, donde las minas son relativamente sanas, muy pocos
obreros llegan a los 51 años de edad. Como los obreros envejecen tan
precozmente, se puede comprobar, como hemos visto en cuanto a las fábricas, que
frecuentemente los padres no tienen trabajo y son mantenidos por sus hijos muy
jóvenes todavía. Resumiendo los resultados del trabajo en las minas, podemos
decir con uno de los comisionados, el Dr. Southwood Smith, que el período de la
existencia en que el hombre se halla en plena posesión de sus facultades, la
edad del hombre, es considerablemente reducida a causa de la prolongación del
período infantil de una parte, y por el envejecimiento prematuro de otra parte,
y que la duración de la vida es abreviada por una muerte precoz. ¡Hay que
cargar esto igualmente al debe de la burguesía!
Todas estas afirmaciones son válidas en
cuanto a las minas inglesas en general. Pero hay muchas de ellas en las que la
situación es mucho peor, en particular aquellas donde se explota las vetas
delgadas de carbón. El precio de costo del carbón sería demasiado elevado si se
quisiera, además del carbón, separar las capas de arena y de arcilla
adyacentes; por eso los propietarios se conforman con extraer la capa de
carbón, y los corredores que ordinariamente miden 5 ó 6 pies de alto en este
caso son tan bajos que resulta de todo punto imposible mantenerse en ellos de
pie. El obrero se acuesta de lado y separa el carbón con la ayuda de su pico,
utilizando los codos como puntos de apoyo. De ello resulta una inflamación de
esas articulaciones, y en el caso en que esté obligado a permanecer de
rodillas, lo mismo ocurre con la articulación de la pierna. Las mujeres y los
niños que transportan el carbón marchan en cuatro patas, enganchados a la
artesilla por un arnés y una cadena que en muchos casos pasa entre Las piernas
a lo largo de las galerías bajas, mientras que otro empuja por detrás con la
cabeza y las manos. La presión ejercida por la cabeza provoca una irritación
local, hinchazones dolorosas y abscesos. Muy a menudo dichas galerías son tan
húmedas, que los obreros tienen que arrastrarse por charcos de agua de varias
pulgadas de profundidad; esta agua sucia o salina, provoca igualmente una
irritación de la piel. Puede uno imaginarse fácilmente cómo un trabajo de
esclavo tan odioso debe favorecer el brote de las enfermedades características
de los mineros.
Todavía no hemos enumerado todos los
males que acosan a los mineros. En todo el imperio británico, no hay otro tipo
de trabajo donde los riesgos de accidentes mortales sean tan diversos. La mina
es teatro de un sinnúmero de accidentes horribles, los cuales deben atribuirse
directamente al egoísmo de la burguesía. El hidrógeno carburado, que allí se
desprende tan frecuentemente, al mezclarse con el aire atmosférico forma un
compuesto gaseoso explosivo90 que se inflama fácilmente al contacto
de una llama y mata a cualquiera que se halle cerca. Explosiones de ese género
sobrevienen casi diariamente aquí y allá. El 28 de septiembre de 1844, hubo una
de ellas en Haswell Colliery (Durham) que causó la muerte de 96 persanas. El
óxido de carbono que también se desprende en grandes cantidades, se deposita en
las partes profundas de la mina en una capa que a veces supera la estatura de
un hombre, y asfixia a quien penetre allí. Las puertas que separan los
diferentes compartimentos de la mina deben, en principio, evitar la propagación
de explosiones y el movimiento de los gases, pero ésta es una medida de
seguridad ilusoria, porque se confía la vigilancia de dichas puertas a los
niños pequeños que con frecuencia se duermen u olvidan cerrarlas. Podrían
evitarse perfectamente los efectos funestos de ambos gases siempre y cuando se
asegure una buena ventilación de las minas por medio de pozos para ello, pero
el burgués no quiere gastarse el dinero y prefiere ordenar a sus obreros que
usen simplemente la lámpara de seguridad; a menudo ésta es enteramente inútil
debido al pálido fulgor que irradia, y por eso ellos prefieren sustituirla por
una simple vela. Si entonces se produce una explosión se debe a la negligencia
de los obreros, mientras que si el burgués hubiera instalado una buena
ventilación, toda explosión habría sido casi imposible. Además, a cada instante
se hunde una porción de galería o una galería entera, sepultando o aplastando a
los obreros; la burguesía tiene interés en que las vetas de carbón sean
explotadas al máximo, de ahí ese género de accidentes. Después tenemos los
cables que permiten a los obreros descender a los pozos, cables que con
frecuencia se hallan en mal estado y se rompen, precipitando a los desdichados
al fondo donde se aplastan. Según el Mining Journal(44),
todos esos accidentes -carezco de espacio para citar ejemplos detallados-
cuestan unas 1400 vidas humanas al año. El Manchester Guardian. Informa por lo
menos de 2 ó 3 de ellos cada semana, únicamente para la región de Lancashire.
En casi todos los casos, los miembros del jurado encargado de determinar la
causa del deceso están bajo la férula de los propietarios de minas, y cuando
ello no es así, la fuerza de la costumbre hace que el veredicto sea:
"Muerte por accidente". Por otra parte, el jurado se preocupa muy
paco del estado de las minas por que no entiende nada de ello. Pero el
Children's Employment Report no vacila en hacer responsables de la gran mayoría
de esos accidentes a los propietarios de las minas.
90 (1845) explosible (1892) explosive
En lo que concierne a la instrucción y
la moralidad de la población minera, según el Children's Employment Report son
bastante buenas en Cornwall e incluso excelentes en Alston Moor; en cambio, se
hallan a un nivel muy bajo en los distritos carboníferos. Esas personas viven
en el campo en regiones dejadas al abandono, y cuando terminan su duro trabajo,
nadie, a no ser la policía, se ocupa de ellas. Por esta razón y también porque
se envía a los niños a trabajar desde la más tierna edad, su formación
intelectual es totalmente descuidada. Ellos no pueden asistir a las escuelas
regulares; las escuelas nocturnas y dominicales son ilusorias, los maestros no
valen nada. Por tanto sólo hay un pequeño número de mineros que saben leer, y
menos todavía que saben escribir. Según las declaraciones de los comisionados,
la única cosa que ellos han visto claramente es que el salario de los obreros
es demasiado bajo para el trabajo penoso y peligroso que tienen que efectuar.
Ellos nunca o casi nunca van a la iglesia; todos los eclesiásticos se quejan de
una irreligiosidad sin igual. Efectivamente, hay entre ellos ignorancia de las cosas
religiosas y profanas, comparada con la cual la ignorancia de numerosos obreros
fabriles, ilustrada anteriormente por ejemplos, parece ser todavía muy
relativa. Ellos no tienen conocimiento de las nociones religiosas sino por las
palabras groseras. El trabajo solamente se encarga por sí mismo de destruir su moralidad.
Es evidente que el trabajo excesivo de todos los mineros debe fatalmente
engendrar el alcoholismo. En cuanto a las relaciones sexuales, observemos que
en las minas, debido al calor reinante, hombres, mujeres y niños con frecuencia
trabajan enteramente desnudos y en la mayoría de los casos casi desnudos, y
cada quien puede imaginar cuáles son las consecuencias de ello en la soledad y
oscuridad de la mina. El número de hijos naturales, anormalmente elevado en
esas regiones, atestigua lo que ocurre en el fondo de la mina entre esa
población semisalvaje, pero demuestra asimismo que las relaciones ilegítimas
entre los sexos no han zozobrado, como en las ciudades, en la prostitución. El trabajo
de las mujeres tiene las mismas consecuencias que en las fábricas; el mismo
disuelve la familia y hace a las madres totalmente incapaces de atender sus
ocupaciones domésticas.
Cuando el Children's Employment Report
fue presentado al Parlamento, Lord Ashley se apresuró a proponer un proyecto de
ley estipulando la prohibición absoluta en lo sucesivo del trabajo femenino en
las minas y restringiendo considerablemente el de los niños. La ley fue aprobada(45), pero resultó letra muerta en la mayoría de las
regiones, ya que no se tuvo el cuidado de nombrar inspectores de minas
encargados de velar por su ejecución. La no observancia de esta ley es por otra
parte facilitada por la situación de las minas en los distritos rurales; por
tanto no nos asombremos de saber que el año pasado la asociación de mineros
presentó al ministerio una queja oficial en la cual señalaba que más de 60
mujeres trabajaban en las minas del duque de Hamilton, en Escocia, o también
que el Manchester Guardian informó un día que, cerca de Wigan, si no me
equivoco, una jovencita resultó muerta por una explosión en una mina sin que
nadie se alarmara de ver así revelada una ilegalidad. Es posible que en ciertos
casos aislados se haya puesto fin a esos abusos, pero en general el régimen ha seguido
siendo el mismo que en el pasado.
Sin embargo, todavía nos queda algo por
decir sobre los males que acosan a los mineros. La burguesía, no conforme con,
arruinar su salud, con poner a cada instante su vida en peligro con quitarles
toda oportunidad de instruirse, los explota además de la manera más
desvergonzarla. El sistema de pago en especie no es aquí una excepción, es la
regla general, y se practica de la manera más descarada, más directa. El
sistema de cottages se halla asimismo generalizado y representa en este caso
casi una necesidad; pero se utiliza para explotar mejor a los obreros. A ello
hay que añadir todo género de estafas. Mientras que el carbón se vende por el
peso, se paga al obrero por medida, y cuando su artesilla no está enteramente
llena, no se le paga en absoluto, pero no recibe un centavo(Heller)
por una artesilla demasiado llena. Si en su vagoneta la cantidad de hulla
menuda pasa de cierta proporción lo cual depende más de la naturaleza de la
veta de carbón que del obrero no solamente no recibe nada, sino que debe pagar
también una multa. Por lo demás, el sistema de multas se ha desarrollado a tal
punto en las minas que a veces un pobre diablo que ha trabajado toda la semana
y va a cobrar su salario se entera por boca del capataz -pues éste aplica las
sanciones a su antojo sin notificar al obrero- que no solamente no debe
esperar, salario, ¡sino que debe además pagar cierta cantidad de multa! De
manera general, el capataz tiene poder absoluto sobre el monto del salario; él
es quien lleva la cuenta del trabajo realizado y puede pagar al obrero lo que
quiera, y éste se ve forzado a aceptar lo que sea. En algunas minas se paga por
peso, se utilizan básculas decimales falseadas cuyos pesos no requieren ser
controlados por la autoridad pública. En una de esas minas se llegó hasta
instituir la regla de que todo obrero que quisiera quejarse del mal
funcionamiento de la balanza tenía que notificarlo al capataz con tres semanas
por adelantado. En muchas regiones, especialmente en el norte de Inglaterra, se
acostumbra contratar a los obreros por un año; ellos se comprometen a no
trabajar para ninguna otra persona durante ese período, pero el propio patrón
no se compromete en modo alguno a darle trabajo, de modo que a menudo permanecen
meses sin trabajar y si buscan trabajo en otra parte se les envía a la cárcel
durante seis semanas por abandono del puesto.
En otros contratos, se les asegura
trabajo hasta la cantidad de 26 chelines cada 15 días, pero no se les da nada;
en otros distritos, los patronos adelantan a los obreros pequeñas sumas que
deben pagar después en trabajo, lo cual es una manera de encadenarlos. En el
norte, se acostumbra retener siempre el salario de una semana a fin de atar a
los obreros de esa manera a la mina. Y para completar la esclavitud de esos
obreros avasallados, casi todos los jueces de paz de los distritos carboníferos
son ellos mismos propietarios de minas, o parientes o amigos de los
propietarios, y ejercen un poder casi discrecional en esas regiones pobres y
atrasadas donde hay pocos periódicos -estando éstos, por lo demás, al servicio
de la clase poseedora. Difícilmente se puede tener una idea de la manera en que
esos pobres mineros son presionados y tiranizados por los jueces de paz,
quienes son a la vez jueces y partes.
Las cosas fueron así durante mucho
tiempo. Todo lo que los obreros sabían era que vivían para que les sacaran
hasta la sangre. Pero poco a poco se manifestó entre ellos un espíritu de
oposición a la opresión escandalosa de los "reyes del carbón",
particularmente en los distritos industriales donde el contacto que hicieron
con los obreros fabriles más inteligentes no dejó de tener una influencia
favorable. Se pusieron a crear asociaciones y a dejar el trabajo de vez en
cuando. En las regiones más desarrolladas, se unieron en cuerpo y alma al
cartismo. El gran distrito carbonífero del norte de Inglaterra, cortado de toda
industria, se había quedado a la zaga, hasta que al fin también en esa región
se despertó en 1843, luego de muchos intentos y esfuerzos tanto de parte de los
cartistas como de los mineros más inteligentes, un espíritu de resistencia que
se apoderó de todos. Fue tanta la agitación entre los obreros de Northumberland
y de Dirham, que organizaron una asociación general de mineros de todo el
imperio y nombraron a un cartista, el abogado W. P. Roberts, de Bristol, -que
ya se había distinguido en los procesos anteriores de los cartistas- su
"procurador general". La "Unión" se extendió rápidamente a
la gran mayoría de los distritos; por todas partes se nombraron delegados, que
organizaban reuniones y reclutaban nuevos miembros. Cuando se celebró la
primera conferencia de delegados en Manchester, en enero de 1844, la Unión
tenía 60000 miembros, en la segunda, seis meses más tarde en Glasgow, ya había
más de 100000. Allí se discutió todo lo que concernía a los mineros y se
tomaron decisiones en cuanto a los paros importantes del trabajo. Se fundaron
varios periódicos, particularmente la revista mensual The Miner's Advocate en
Newcastle-upon-Tyne, que defendía los derechos de los mineros.
El 31 de marzo de 1844, expiraban todos
los contratos de trabajo de los mineros de Northumberland y de Durham. Los
mineros, representados por Roberts, exigieron un nuevo contrato en los términos
siguientes: 1. el pago por peso y no por medida; 2. la determinación del peso
por medio de básculas y de pesas corrientes, verificado por inspectores
oficiales; 3. un contrato por seis meses; 4. la abolición del sistema de multas
y el pago del trabajo real; 5. el compromiso del patrón de emplear por lo menos
4 días por semana al obrero que estuviese exclusivamente a su servicio, o bien
garantizarle el salario de 4 jornadas. Este contrato fue presentado a los reyes
del carbón y se nombró una comisión encargada de negociar con ellos; pero los
patronos respondieron que para ellos, la "Unión" no existía, que sólo
tratarían con los obreros individualmente, y que jamás reconocerían a la
asociación. A su vez, propusieron otro con trato que ignoraba los puntos citados
anteriormente, el cual desde luego fue rechazado por los obreros. Era la
declaración de guerra. El 31 de marzo de 1844, 40000 mineros fueron a la huelga
en ambos condados. Los fondos de la asociación eran tan importantes que se
podía asegurar a cada familia una asignación de 21/2 chelines por semana
durante varios meses. Mientras los obreros ponían de ese modo a prueba la
paciencia de los patronos, Roberts organizó la huelga y la agitación con un
ardor infatigable e incomparable; celebró reuniones, recorrió Inglaterra
recolectando fondos para los parados, predicando la calma y la legalidad, y
realizando al mismo tiempo, contra los jueces de paz despóticos y los señores
del Truck, una campaña como Inglaterra jamás había conocido. Él había comenzado
esto desde principios del año. Cuando un minero era condenado por los jueces de
paz, él obtenía del tribunal de Queen's Bench(46) un
habeas corpus(47), hacía comparecer a su cliente a Londres y obtenía siempre
del tribunal su absolución. Así es como el juez Williams, del Queen's Bench,
absolvió el 13 de enero a tres mineros condenados por jueces de paz de Bilston
(Staffordshire del Sur); ¡el delito de esos obreros era el de haberse negado a
trabajar en un sitio donde amenazaba un derrumbamiento, que efectivamente tuvo
lugar antes de que ellos regresaran! Anteriormente el juez Patteson había
absuelto a 6 obreros, de modo que el nombre de Roberts comenzó a inspirar
terror a los jueces de paz propietarios de minas. En Preston igualmente, cuatro
de sus clientes estaban en prisión; se dirigió allí a
principios de febrero a fin de examinar el asunto sobre el terreno, pero a su
arribo supo que los condenados habían sido puestos en libertad antes de haber
extinguido la pena enteramente. En Manchester había siete de ellos en la
cárcel; Roberts obtuvo el beneficio del habeas corpus y el juez Wightman los
absolvió. En Prescott, nueve mineros que habían sido declarados culpables de
haber alterado el orden público en St. Helens (Lancashire) estaban encarcelados
y esperaban la celebración del juicio; cuando Roberts arribó fueron puestos en
libertad inmediatamente. Todo esto sucedió durante la primera quincena de
febrero. En abril, Roberts sacó de la misma manera a un minero de la prisión de
Derby, después cuatro en la de Wakefield (Yorkshire) y otras cuatro de la de
Leicester. Y así continuó hasta que esos Dogberries -para usar el nombre dado a
esos jueces de paz según el personaje muy conocido de la comedia de
Shakespeare: Mucho ruido y pocas nueces tuviesen para él algún respeto. Igual
ocurrió con el sistema de pago en especie. Roberts llevó a esos propietarios de
minas sin vergüenza, uno tras otro, ante el tribunal y obligó a los jueces de
paz a condenarlos de grado o por fuerza; y entre ellos cundió tal miedo a este procurador
general, rápido como el viento, que parecía dotado de ubicuidad que, por
ejemplo en Belper, cerca de Derby, una firma especializada en el pago en
especie fijó a su arribo el aviso siguiente:
"Mina de Carbón de Pentrich"
"Aviso"
"Los señores Haslam estiman
necesario hacer saber (a fin de evitar cualquier error) que todas las personas
empleadas en sus minas reciben la totalidad de su salario en efectivo y pueden
gastarlo dónde y cómo mejor les plazca. Si compran sus mercancías en la tienda
de los señores Haslam, las obtendrán como en el pasado, a precios al por mayor,
pero la dirección no espera que compren allí, y cualquiera que sea la tienda
que elijan, les ofrecerán el mismo trabajo y el mismo salario."
Estas victorias llenaron de regocijo a
toda la clase obrera y valieran a la Unión una multitud de nuevos miembros.
Mientras tanto, la huelga proseguía en el norte. Nadie movía ni un dedo y
Newcastle, el principal puerto exportador de carbón, se vio tan desprovisto del
mismo, que fue necesario importarlo de la costa de Escocia, aunque en inglés to
carry coal to Newcastle91 tiene el mismo significado que entre los
griegos "llevar lechuzas a Atenas", es decir, hacer algo enteramente superfluo. Al
principio, todo iba bien mientras la Unión contaba con fondos, pero con la
aproximación del verano la lucha se hizo más dura para los obreros. Sufrieron
una miseria terrible; no tenían dinero, pues las contribuciones de los obreros
de todas las ramas de trabajo no representaban gran cosa respecto al gran número
de obreros parados; se endeudaron grandemente con los tenderos; toda la prensa,
salvo algunos periódicos proletarios, estaba contra ellos; la burguesía,
incluso la pequeña fracción de esa clase que hubiera tenido bastante sentido de
equidad para apoyarlos, sólo oía mentiras sobre su situación, al leer los
periódicos venales liberales y conservadores. Una delegación de doce mineros
partió para Londres y allí logró recolectar cierta suma entre el proletariado
de la ciudad, pero también este dinero fue poca cosa debido a la cantidad de
personas a socorrer; a pesar de todo, los mineros se mantuvieran firmes en sus
posiciones y, lo que es más, permanecieron tranquilos y pacíficos pese a los
actos de hostilidad y provocaciones de todo género de parte de los propietarios
de minas y sus fieles servidores. No hubo ni un solo acta de venganza, ningún
renegado a la causa obrera fue maltratado, no se cometió ni un robo. La huelga
duraba desde hacía unos cuatro meses y los patronos no parecían tener
perspectiva de llevar la ventaja. Les quedaba abierta una vía.
91 Llevar carbón a
Newcastle.
Se acordaron del sistema de cottages;
reflexionaron de pronto que las viviendas de los recalcitrantes eran de su
propiedad. En julio despidieron a los obreros, y en una semana los 40 mil
parados fueron lanzados a la calle. Esta medida fue aplicada con un salvajismo
repugnante. Enfermos e inválidos, ancianos y criaturas de pecho -incluso las
mujeres parturientas- fueron arrancados brutalmente de su cama y lanzados a la
calle. Un agente se dio hasta el gusto de sacar de la cama por los cabellos a
una mujer a punto de dar a luz y arrastrarla hasta la calle. Soldados y
policías asistieron en masa a la operación, prestos a intervenir al menor
indicio de resistencia o la menor señal de los jueces de paz que dirigían este
salvaje procedimiento. Pero los obreros superaron también esta nueva prueba sin
chistar. Se había esperado que hicieran uso de la violencia, se les incitó a la
resistencia por todos los medios, a fin de tener al menos un pretexto para
poner término a la huelga, haciendo que interviniera la tropa. Los obreros sin
hogar, obedeciendo las exhortaciones de su procurador, permanecieron firmes,
transportando sus muebles en silencio por tierras pantanosas o campos de
rastrojos y se mantuvieron en sus trece. Algunos, que no habían hallado otro
lugar, acamparon en las zanjas del camino, otros en tierras ajenas, por lo que
fueron llevados ante la justicia y, so pretexto de que habían causado
"daños que sumaban 1/2 penique", fueron condenados a pagar una libra
esterlina, cosa que evidentemente no podían hacer y por tanto fueron
encarcelados. Así permanecieron durante ocho semanas y hasta más, hacia los
finales del húmedo verano del año pasado (1844) a cielo descubierto con sus
familias, sin otro techo para ellos y sus hijos que los trapos de sus camas y
sin otros recursos que las modestas asignaciones de la Unión y el crédito
limitado de los tenderos. Entonces Lord Londonderry quien posee importantes
minas en Durham, amenazó colérico a los comerciantes de "su ciudad"
(Seham) si continuaban concediendo crédito a "sus" obreros rebeldes.
Este noble Lord fue por otra parte el bufón de todo el turnout debido a sus
"ukases" ridículos y enfáticos, redactados en un estilo deplorable,
que él dirigía de vez en cuando a los obreros, siempre sin otro resultado de
provocar la risa de la nación.* Cuando todo esto resultó ineficaz, los
propietarios reclutaron obreros a gran costo, en Irlanda y en las regiones
atrasadas del país de Gales para trabajar en las minas, y cuando de ese modo se
restableció la competencia entre los trabajadores, fracasó la huelga. Los
propietarios de minas los obligaron a dejar la Unión, a abandonar a Roberts y
aceptar las condiciones que ellos les dictaron. Así terminó, a principios de
septiembre, el gran combate de cinco meses que los mineros sostuvieron con los
propietarios de minas -combate sostenido del lado de los oprimidos, con una
tenacidad, una valentía y una sangre fría que causan admiración. ¡Qué grado de
cultura realmente humana, de entusiasmo y de fuerza de carácter supone tal
combate entre esa muchedumbre de 40 mil hombres que, como hemos vista, todavía
en 1840 eran descritos, en el Children's Employment Report, como enteramente
rudos y depravados! ¡Pero cuán brutal debió ser la opresión para empujar a esos
40 mil hombres a levantarse como un solo hombre y como un ejército no solamente
disciplinado sino también entusiasta, cuya voluntad unánime es la de proseguir
la lucha con la mayor sangre fría y la mayor calma, hasta el momento en que una
resistencia más prolongada no hubiera tenido sentido! ¡Y qué lucha, no contra
los enemigos visibles, mortales, sino contra el hambre y la necesidad, la
miseria y la falta de techo, contra sus propias pasiones exasperadas hasta la
demencia por el salvajismo de los ricos! Si ellos se hubieran rebelado usando
la violencia, ellos que carecían de armas, hubieran sido masacrados
inmediatamente, y sólo hubieran bastado unos días para que triunfaran los
patronos. Ese respeto a la legalidad, no era el temor inspirado por las
cachiporras de los constables (Konstablerstocke), era la actitud calculada, la
mejor prueba de la inteligencia y del dominio de sí mismos de los obreros.
* (1892): nada nuevo bajo el sol,
al menos en Alemania. Nuestro "König Stumm" no son otra cosa que
pálidas réplicas de estos modelos ingleses, caducos desde hace tiempo, y hoy
día imposibles en su patria. (F.E.)
Así, esta vez también los obreros
sucumbieron pese a su resistencia excepcional ante el poderío de los
capitalistas. Pero su lucha no fue en vano. Ante todo, ese turnout de 19
semanas arrancó a todos los mineros del norte de Inglaterra de la muerte
intelectual en que se hallaban; ya no se duermen, defienden sus intereses y se
unen al movimiento de la civilización, particularmente al movimiento obrero. Esa
huelga, que por primera vez reveló plenamente la barbarie que usan los patronos
contra ellos, ha dado a la oposición obrera en esa rama bases sólidas, y ha
convertido al cartismo a por lo menos las tres cuartas partes de ellos; el
apoyo que representa para los cartistas treinta mil hombres tan enérgicos y tan
probados es verdaderamente precioso. Además, la tenacidad y el respeto a la ley
que caracterizaron toda la huelga, junto a la agitación activa que la acompañó,
han fijado a pesar de todo la atención del público sobre los mineros. Cuando se
debatió la cuestión de los derechos sobre el carbón exportado, T'homas
Duncombe, el único cartista convencido miembro de la Cámara de los Comunes,
expuso la situación de los mineros ante el Parlamento, hizo que se diera
lectura a su petición y, por su exposición, obligó a los periódicos de la
burguesía a informar al público de modo objetivo sobre el debate parlamentario
al respecto. Apenas terminada la huelga se produjo la explosión de Haswell;
Roberts partió para Londres, obtuvo de Peel una audiencia, insistió como
representante de los obreros en que se hiciera una investigación a fondo y
logró obtener que los más grandes especialistas en geología y en química de
Inglaterra, las profesores Lyell y Faraday, visitaran
el lugar. Como poco después se produjeron otras explosiones y los documentos de
Roberts fueron presentados de nuevo al primer ministro, éste prometió proponer,
de ser posible en el siguiente período de sesiones del Parlamento (el de 1845),
las medidas necesarias para la protección de los obreros. Jamás se hubiera
logrado tal resultado, si en el turnout esos hombres no hubieran dado pruebas
de su amor por la libertad, si no hubieran ganado respeto y si no se hubieran
asegurado la cooperación de Roberts.
Apenas conocida la noticia de que los
mineros del norte habían sido forzados a renunciar a la Unión y despedir a
Roberts, los mineros de la región de Lancashire se reunieron en una Unión de
unos 10000 obreros y garantizaron a su procurador general un sueldo de 1200
libras esterlinas al año. Durante el otoño del año anterior recolectaron más de
700 libras al mes, utilizando más de 200 para los sueldos, gastos judiciales,
etc., y el resto para asignaciones de obreros parados, unos se hallaban sin
trabajo, y otros habían dejado de trabajar debido a desacuerdos con su patrón.
Así los obreros comprenden cada vez más, que unidos ellos también constituyen
una fuerza respetable y son, en caso necesario, capaces de hacer frente a la
fuerza de la burguesía. Tanto la "Unión" como la huelga de 1844, es
lo que ha permitido a todos los mineros de Inglaterra el llegar a esa toma de
conciencia, que es el fruto de todos los movimientos obreros. Dentro de poco la
diferencia de inteligencia y de energía que existe todavía actualmente a favor
de los industriales habrá desaparecido, y los mineros del reino podrán
compararse con ellos en todos los respectos. Poco a poco, un fragmento tras
otro, el suelo es minado bajo los pies de la burguesía y en cierto tiempo todo
el edificio del estado y de la sociedad se derrumbará y se hundirán los
cimientos que le sirven de base.
Pero la burguesía quiere ignorar esas
advertencias. La insurrección de los mineros la exasperó aún más; en lugar de
ver en ello un progreso del movimiento obrero en general, en lugar de ser
llevada a reflexionar, la clase poseedora no ha visto más que una ocasión de
hacer estallar su cólera contra una clase de hombres lo suficientemente
estúpidos para ya no mostrarse satisfechos del tratamiento que habían sufrido
hasta entonces. Ella sólo vio en las justas reivindicaciones de los proletarios
un menosprecio imprudente, una rebelión insensata contra "el orden divino
y humano" y, en el mejor de los casos, un resultado, que tenía que
reprimir con todas sus fuerzas, de la acción de los demagogos malintencionados,
que viven de la agitación y son demasiado perezosos para trabajar. Ella ha
intentado -naturalmente sin éxito- hacer aparecer a los ojos de los obreros a
hombres como Roberts y como los agentes de la asociación, asalariados por ésta,
como astutos estafadores, deseosos de extraerles a los pobres obreros hasta el
último centavo. Si tal es la locura de la clase poseedora, si la ventaja que
tiene actualmente la ciega hasta el punto en que es incapaz de ver las señales
más evidentes de los tiempos, tenemos verdaderamente que renunciar a toda
esperanza de una solución pacífica del problema social en Inglaterra. La única
solución posible es una revolución violenta que, es enteramente seguro, no
tardará.
EL PROLETARIADO AGRÍCOLA
Ya hemos visto, en la introducción, que
el pequeño campesinado fue arruinado al mismo tiempo que la pequeña burguesía y
que desapareció el bienestar que habían disfrutado los obreros hasta ese
momento; es que en efecto fue rota la conjunción anterior del trabajo
industrial y del trabajo agrícola, las tierras no cultivadas fueron agrupadas
en grandes dominios y los pequeños agricultores fueron suplantados por la
competencia aplastante de las grandes explotaciones rurales. En lugar de ser
ellos mismos propietarios territoriales o cultivadores, como había sido el caso
hasta entonces, fueron obligados a abandonar sus explotaciones, se vieron obligados
a abandonar sus tierras y colocarse de criados entre los grandes cultivadores o
propietarios de un dominio. Durante cierto tiempo, esa situación, aunque no tan
buena como la anterior, fue para ellos soportable. La expansión de la industria
equilibró el crecimiento de la población hasta que, finalmente, el progreso
industrial comenzó a moderarse y los perfeccionamientos continuos introducidos
en el maquinismo incapacitaron a la industria para absorber todo el excedente
de fuerza de trabajo originaria de las regiones agrícolas. A partir de ese
momento la miseria, que sólo había hecho estragos en los distritos industriales
y solamente por períodos, hizo su aparición igualmente en las regiones
agrícolas. Además, poco más o menos por la misma época, llegó a su fin la
guerra con Francia que había durado 25 años; la reducción de la producción en
los teatros de operaciones, el bloqueo de las importaciones y la necesidad de
abastecer al ejército inglés en España, habían dado a la agricultura un
desarrollo artificial, y sustrajo al trabajo una gran cantidad de mano de obra.
El cese de las importaciones, la necesidad de exportar y la escasez de
obrerosterminaron súbitamente y la necesaria consecuencia de ello fue lo que
los ingleses llamaron the agricultural distress, la miseria agrícola. Los
agricultores tuvieron que vender el trigo a bajo precio y sólo podían pagar
bajos salarios. Para mantener los precios del trigo a un nivel elevado, se
promulgaron en 1815 las leyes de granos que prohibían la importación de trigo
mientras su precio fuere inferior a 80 chelines el quarter92. Estas
leyes, que evidentemente resultaron inoperantes, fueron modificadas
ulteriormente varias veces, sin poder atenuar la miseria que reinaba en los
distritos agrícolas. Todo lo que pudieron hacer fue hacer crónica la enfermedad
que hubiera resultado aguda y habría tenido sus crisis, de haber podido operar
la libre competencia de los países extranjeros, y hacer que la situación
ejerciera una presión uniforme, pero siempre penosa, sobre los obreros
agrícolas.
92 Medida inglesa
equivalente a unos 2,91 hl.
En el período que siguió inmediatamente
al nacimiento del proletariado agrícola, se asistió en esas regiones al
desarrollo de relaciones patriarcales, que al mismo tiempo fueron destruidas
por la industria -se trata de las relaciones que existen aún hoy día casi por
todas partes en Alemania entre el campesino y sus mozos de labranza. Mientras
existieron, la miseria fue menor y más rara entre los trabajadores; los
mancebos compartían la suerte de los agricultores y no eran despedidos sino en
casos de miseria extrema. Pero es distinto hoy día. Esas personas son casi todas jornaleros empleados por los cultivadores cuando estos
tienen necesidad de ellos, y por consecuencia a menudo no tienen trabajo
durante semanas, sobre todo en invierno. En los tiempos en que existían las
relaciones patriarcales, los mozos de labranza y su familia vivían en la finca
y allí crecían sus hijos; por tanto es natural que el cultivador diera trabajo
en su finca a la nueva generación; en este caso, los jornaleros eran la
excepción y no la regla, y en cada finca había más trabajadores de los que
realmente hacían falta, si analizamos las cosas objetivamente.
Por eso el cultivador tenía interés en
abolir esas relaciones, despedir al mozo de labranza de su finca y
transformarlo en jornalero. Este fue un fenómeno casi general hacia finales de
los años 20 de ese siglo y la consecuencia de ello fue, para emplear el
lenguaje de la física, que el excedente de población hasta entonces
"latente" fue liberado, se redujeron los salarios y el impuesto para
socorrer a los pobres fue aumentado en enormes proporciones. A partir de ese
momento los distritos agrícolas devinieron en centro principal del pauperismo
permanente, del mismo modo que los distritos industriales eran los del
pauperismo intermitente; y la transformación completa de la ley de pobres fue
la primera medida que los poderes públicos tuvieron que tomar contra el
empobrecimiento de las comunas rurales que aumentaba de día en día. Además, la
extensión constante del sistema de cultivos en gran escala, la utilización de
trilladoras y otras máquinas agrícolas y la generalización del empleo de
mujeres y niños en la labranza de las tierras -tan importante que recientemente
una comisión oficial especial ha investigado sus consecuencias- han reducido al
desempleo en este caso a un gran número de obreros. Vemos, pues, que también en
este campo el sistema de la producción industrial logra imponerse por la
explotación en gran escala, la supresión de las relaciones patriarcales cuya
importancia aquí es extrema y el empleo de máquinas, la utilización de la
energía producida por el vapor y el trabajo de las mujeres y los niños,
arrastrando al movimiento revolucionario a la última fracción de la clase
trabajadora que permanecía estable. Pero ahora la carga cae tanto más
pesadamente sobre los hombros del obrero, y la desorganización de la antigua
estructura social ha sido tanto más violenta cuanto que la agricultura había
conservado durante más tiempo su estabilidad. "El excedente de
población" se hace realidad bruscamente, y no fue posible absorberlo
aumentando la producción, como fue el caso en las regiones industriales.
Siempre se podía crear nuevas fábricas si había demanda para sus productos,
pero no era posible crear nuevas tierras. El cultivo de tierras comunales
inexplotadas era una especulación demasiado arriesgada para que se invirtieran en
ellas muchos capitales desde el advenimiento de la paz. Se seguía fatalmente que
la competencia entre los obreros se llevara a su punto culminante, y que el
salario cayera a su nivel mínimo. Mientras estuvo en vigor la antigua ley de
pobres, las cajas de beneficencia entregaban a los obreros una cantidad
complementaria. Esa medida, evidentemente, hizo bajar aún más el salario porque
los cultivadores buscaban que las cajas pagaran la mayor parte posible del
salario. El restablecimiento del impuesto en favor de los pobres que imponía el
excedente de población fue ampliado aún más, y la nueva ley de pobres, sobre la
cual volveremos, se hizo una necesidad. Pero no fue para arreglar las cosas. El
salario no fue aumentado, y resultaba imposible hacer desaparecer la población
excedente, y la crueldad de la nueva ley no hizo más que exasperar al pueblo en
el más alto grado. El impuesto para los pobres que había bajado al comienzo,
alcanzó unos años más tarde su nivel de antaño. El único resultado fue que si
antes había de 3 a 4 millones de semindigentes, ahora había un millón que lo
era enteramente, mientras que los demás, que seguían siendo medio indigentes,
ahora ya no recibían el menor socorro. La miseria de las regiones agrícolas no
ha hecho más que crecer de año en año. La gente vive en la peor miseria,
familias enteras tienen que arreglárselas con 6, 7 u 8 chelines a la semana, y
a veces no tienen ni un centavo. Veamos la descripción que ha hecho un miembro
del Parlamento93 de la situación de esa población desde 1830:
93 (1845) Parlamentsglied (1892) Parlamentsmitglied
"Campesino inglés (es decir,
jornalero agrícola) y pobre, son expresiones sinónimas. Su padre era pobre y la
leche materna no tenía ningún valor nutritivo. Desde su infancia, sólo ha
tenido mala alimentación y siempre se ha quedado con hambre; ahora todavía, siente
casi siempre, salvo cuando duerme, la tortura de un hambre jamás aplacada. Está
medio desnudo, ya no tiene lumbre para cocinar sus escasas comidas y, pasado el
verano, el frío y la humedad reinan en su hogar hasta que mejora el estado del
tiempo. Está casado, pero no conoce las alegrías del padre y esposo; su mujer y
sus hijos, hambrientos, raramente abrigados, con frecuencia enfermos y sin
recursos, casi siempre preocupados como él, son naturalmente codiciosos,
egoístas e irritantes, y para emplear sus propias palabras, "él odia su aspecto"
(hates the sight of them), y no regresa a su choza sino porque ésta le ofrece
una protección más eficaz contra el viento y la lluvia. Tiene que dar de comer
a su familia, le es imposible hacerlo, lo que implica la mendicidad, oscuros
expedientes de todo género, y acaba por desarrollar en él una astucia perfecta.
Si lo deseara, no tendría el valor de convertirse en un cazador furtivo o en un
contrabandista de envergadura como hombres de su clase más enérgicos; pero, dadas
las circunstancias, roba y enseña a sus hijos a robar y a mentir. Su
comportamiento obsequioso y servil con respecto a sus vecinos ricos, muestra
que ellos lo tratan con dureza y sospecha. Esa es la razón por la cual él los
teme y los odia, pero jamás empleará la violencia para causarles algún
perjuicio. Es totalmente depravado, y ha sido demasiado humillado para tener
todavía la energía del despecho. Su miserable existencia es breve, el
reumatismo y el asma lo conducen al hospicio donde exhalará el último suspiro
sin tener el menor recuerdo agradable, cediendo el lugar a otro desdichado que
vivirá y morirá exactamente como él."
Nuestro autor añade que además de esta
clase de jornaleros agrícolas hay otra, un poco más enérgica y mejor dotada
física, intelectual y moralmente; se trata de aquellos que llevan desde luego
la misma existencia, pero que no han nacido en esa miseria. Según él, atienden
mejor a su familia, pero se han convertido en contrabandistas y ladrones, que a
menudo entran en conflicto sangriento con guardabosques y aduaneros de la
costa. Las veces que han estado en la cárcel (que a menudo ha sido su
domicilio) les han enseñado a odiar todavía más a la sociedad y en su odio a
los poseedores son enteramente parecidos a los de la primera categoría. Y
concluye:
"Y es por cortesía (by courtesy)
que se designa a esta clase en su conjunto como 'el intrépido campesino de
Inglaterra'* (bold peasantry of England,. . expresión
de Shakespeare)."
Hasta la fecha, esa descripción es
todavía válida para la mayoría de los jornaleros de las regiones agrícolas. En
junio de 1844, el Times envió a un corresponsal a esas regiones encargado de
relatar las condiciones de vida de esa clase, y su informe concuerda
enteramente con el que precede. En esas regiones, el salario semanal no pasaba
de 6 chelines, por consecuencia, tampoco el de numerosas regiones de Alemania,
mientras que los precios de los artículos de primera necesidad son por lo menos
dos veces más elevados en Inglaterra. Puede uno imaginar la vida que lleva esa
gente. Alimentación mala y escasa, la ropa en harapos, casas exiguas y
miserables -una pequeña choza de una pobreza extrema, sin la menor comodidad- y
para la gente joven, albergues donde hombres y mujeres son apenas separados, lo
cual incita a las relaciones ilícitas.
* E. G. Wakefield, M. P.* Swing unmasked, or the Causes of
Rural Incendiarism (Swing desenmascarado (cf. p. 337-338); o las causas de los
incendios intencionales en el campo). Londres 1831. Folleto. Las citas
anteriores se hallan en las paginas 9 a 13, y los
pasajes que en el texto original se refieren a la antigua Ley de Pobres
-todavía en vigor por entonces-, han sido oobviados en la traducción. (F.E.)
Dos o tres días sin trabajar por mes
deben necesariamente sumir a esas personas en la más profunda miseria. Además,
no pueden asociarse para mantener el salario a un nivel elevado, porque viven
dispersos, y si uno de ellos rehusa trabajar por un salario insuficiente, hay
docenas de desempleados y de pensionados de Casas de Pobres que se alegrarían
del salario que les ofrecieran, mientras que la administración de la Asistencia
pública niega al obrero descontento, considerado como un holgazán perezoso y
desvergonzado, toda ayuda del hospicio que él detesta; pues entre los
administradores de la Asistencia hay cultivadores, y únicamente de ellos o de
sus vecinos él puede obtener trabajo. Y no es solamente de uno o dos distritos
agrícolas ingleses que nosotros recibimos informes de ese género; al contrario,
la miseria es tan grande en el sur como en el este, en el norte y el oeste. La
situación de los trabajadores de Suffolk y de Norfolk es exactamente la misma
que la de los trabajadores de Devonshire, de Hampshire y de Sussex; el salario
es tan bajo en Dorsetshire y Oxfordshire como en Kent, Surrey, la región de
Buckingham y Cambridge.
Existe en Inglaterra una disposición
legal particularmente bárbara que se aplica al proletariado agrícola: son las
leyes de caza, más rigurosas en Inglaterra que en cualquier otra parte, mientras
que al mismo tiempo la abundancia de caza supera la imaginación. El campesino
inglés, quien según hábitos y costumbres antiguos no ve en la caza sino una
expresión muy natural y noble de valor y de audacia, se siente por ello aún más
incitado por el contraste entre su propia miseria y el "pues tal es
nuestro buen placer"94 del Lord quien mantiene millares de
liebres y aves para su placer personal. El campesino pone trampas para aves,
llegado el caso las mata con escopeta en realidad no causa ningún perjuicio al
Lord, que no sabe qué hacer con ellas; pero, para él, trabajador representa un
asado para su familia hambrienta. Si lo cogen, va a la cárcel; en caso de
reincidencia es desterrado por lo menos siete años. El rigor de esas penas
suscita frecuentemente conflictos sangrientos con los guardabosques, de ahí que
cada año haya una serie de muertes. El oficio de guardabosques no sólo ha
llegado a ser peligroso, sino también desacreditado y deshonroso. El año
pasado, dos guardabosques prefirieron darse un tiro en la cabeza antes que
continuar ejerciendo su oficio. A ese precio vil la aristocracia terrateniente
disfruta los nobles placeres de la caza, ¿Pero qué les importa a los nobles
lords of the soil?95 Ellos no se preocupan de que hayan algunas
"superfluos" más o menos, y si la mitad de esos
"superfluos" fuese suprimida como consecuencia de las leyes de caza, la
mitad restante no dejará de portarse mejor, tal es el razonamiento filantrópico
de los propietarios ingleses.
94 car
tel est notre plaisir: en francés en el original.
95 Señores de la tierra.
Pero aunque las condiciones de vida rurales, la dispersión de la vivienda, la estabilidad
del medio, del modo de trabajo, y por ende de las ideas, constituyen otros
tantos factores desfavorables a toda evolución; la pobreza y la miseria
producen también sus frutos. Los obreros industriales y los mineros superaron
rápidamente la primera fase de la oposición al régimen social, traduciéndose la
rebelión inmediata, del individuo por el crimen; pero todavía hoy día los
campesinos se hallan en esa primera etapa. Su método preferido en la guerra
social es el incendio intencional. Durante el invierno de 1830-1831, que siguió
a la revolución de julio, dichos incendios se generalizaron por primera vez,
luego de los disturbios que estallaron desde principios de octubre en Sussex y
los condados vecinos debido al esfuerzo de la policía costera (lo cual hacía el
contrabando más difícil y "arruinó la costa" para usar la expresión
de un arrendatario), y debido asimismo a innovaciones introducidas en la
administración de la asistencia, los bajos salarios y la introducción de
máquinas que habían provocado una intensa emoción en toda la región. Durante el
invierno, los cultivadores vieron arder sus pilas de trigo y de heno en los
campos, y hasta los establos y las granjas fueron incendiados. Casi cada noche
estallaban dos o tres de esos incendios, extendiéndose el terror entre los
cultivadores y los terratenientes. Los autores de ellos casi nunca fueron
descubiertos y el pueblo los atribuyó a un personaje mítico a quien dio el
nombre de Swing. La gente se devanaba los sesos pensando quién era Swing, lo
que podía muy bien causar la cólera de los pobres en los distritos agrícolas;
pocos fueron los que pensaron en esa gran fuerza motriz, la miseria, la
opresión; seguramente nadie pensó en ello en los propios distritos agrícolas.
Desde ese año, los incendios se suceden cada invierno, que es un período de
paro forzoso para los jornaleros. Durante el invierno de 1843-1844, fueron de
nuevo excepcionalmente frecuentes. Tengo a la vista una serie de números del
Northern Star de ese período, cada uno de los cuales informa de varios
incendios con indicación de la fuente. Me faltan los números de ese periódico
semanal que no aparecen en la lista siguiente, pero seguramente relatan un gran
número de casos parecidos. Por lo demás, una publicación de esa clase no puede
señalarlos todos. Northern Star del 25 de noviembre de 1843: dos casos, y se
habla de varias más ocurridos con anterioridad; 16 de diciembre: en el condado
de Bedforshire, después de 15 días, conmoción general debido a frecuentes
incendios, se producen varios cada noche. Durante esos últimos días, dos
grandes fincas fueron quemadas completamente. En Cambridgeshire, cuatro grandes
fincas; en Hertfordshire una y además, quince incendios en diferentes zonas. El
30 de diciembre, en Norfolk uno; en Suffolk dos; en Essex dos; en Herts tres;
en Cheshire uno; en Lancashire uno; en Derby, Lincoln y el sur doce incendios.
6 de enero de 1844: diez en total; 13 de enero: siete; 20 de enero: cuatro
incendios. A partir de esa fecha el periódico describe cada semana tres o
cuatro incendios por término medio, y no solamente hasta la primavera como
ocurría antes, sino hasta julio y agosto, y los periódicos ingleses que he
recibido desde entonces, así como los relatos de periódicos alemanes, prueban
que ese género de delito va en aumento según se aproxima el invierno de
1844-1845. ¿Qué dicen mis lectores de semejante situación en los tranquilos e
idílicos distritos rurales de Inglaterra? ¿Se trata o no de la guerra social? ¿Es
ese un estado de cosas natural, susceptible de prolongarse? Y sin embargo, los
cultivadores y los terratenientes son tan estúpidos y testarudos, tan ciegos a
todo lo que no haga deslizarse dinero contante y sonante en sus bolsillos, como
lo son los patronos de las regiones industriales y los burgueses en general. Si
estos prometen a sus obreros el oro y el moro de la abrogación de las leyes de
granos, los terratenientes y un gran número de cultivadores prometen a los
suyos el paraíso del mantenimiento en vigor de esas leyes. Pera en ambos casos,
los propietarios no logran engañar a los obreros. Al igual que los obreros
fabriles, los jornaleros agrícolas se burlan perdidamente de la abrogación o
del mantenimiento de las leyes de granos. Sin embargo, la cuestión es
importante para ambas categorías. Si se abrogan las leyes de granos, la libre
competencia, régimen económico de la sociedad actual, será en efecto llevada al
extremo; toda evolución ulterior dentro del marco de las relaciones existentes
en la actualidad será entonces paralizada, y la única posibilidad de progreso
residirá entonces en un trastorno radical de la estructura social. Para los
jornaleros agrícolas la cuestión presenta igualmente la importancia siguiente:
la liberación de las importaciones de trigo determina -no puedo describir aquí
por qué mecanismo- la emancipación de los cultivadores frente a los
terratenientes, es decir, la transformación de los cultivadores tories en
cultivadores liberales. La Liga contra las Leyes de Granos -y ese es su único
mérito- ha preparado notablemente el camino para esta evolución. Pero si los
cultivadores devienen liberales, o sea burgueses conscientes, los jornaleros se
convertirán necesariamente en cartistas y socialistas, es decir, proletarios
conscientes. Lo una no va sin lo otro. El hecho de que un movimiento nuevo ha
comenzado ya a manifestarse dentro del proletariado agrícola, lo demuestra una
reunión organizada por el conde Radnor, terrateniente liberal, en octubre de
1844 cerca de Highworth donde se halla su dominio, para aprobar decisiones
contra las leyes de granos y en la que los obreros, completamente indiferentes
a la cuestión de esas leyes, reclamaron algo muy distinto, especialmente el
cultivo a bajo precio de parcelas por ellos mismos, diciéndole además al Conde
Radnor amargas verdades en la cara. Se ve que el movimiento de la clase
trabajadora gana igualmente las regiones agrícolas retiradas, estables,
intelectualmente muertas, y dada la miseria que reina en ellas, se implantará
pronto con tanta solidez y resolución como en los distritos industriales.
Por lo que toca al grado de religiosidad
de los jornaleros agrícolas, son ciertamente más creyentes que los obreros
fabriles, pero ellos viven en muy malos términos con la iglesia; pues en esas
regiones casi todos los fieles pertenecen a la iglesia anglicana. Un
corresponsal del Morning Chronicle, que ha publicado artículos bajo el título
"Un hombre que ha respirado con fatiga detrás del arado"96
sobre las regiones agrícolas que él había recorrido relata, entre otras, la
conversación que tuvo con algunos jornaleros al salir de la iglesia.
"Pregunté a una de esas personas si
el predicador del día era su propio pastor. "Yes, blast him,97 sí, desde luego, es nuestro cura, no para de
mendigar, siempre ha mendigado desde que lo conozco." (Él acababa, en
efecto, de predicar en favor de una misión para convertir a los paganos.) "Y
desde que yo lo conozco, también, añadió otro, jamás he conocido a ningún cura
que no haya mendigado por un motivo u otro. Sí, dijo una mujer que salía en ese
momento de la iglesia, y vea cómo los salarios bajan, y vea a los ricos
holgazanes con los cuales los curas van a comer, beber y cazar. Además, Dios es
testigo, pero estamos prestos a ir al hospicio y a morir de hambre antes que
dar un centavo para los curas misioneros. ¿Y por qué, dijo otro, por qué no
envían allá a los sacerdotes que chillan todos los días en la catedral de
Salisbury a nadie más que las paredes? ¿Por qué ellos no van de misioneros
entre los paganos? Ellos no van, dijo el viejo que yo había interrogado
primeramente, porque son ricos, tienen más tierras de las que necesitan; ellos
quieren dinero para deshacerse de los pastores pobres; yo sé bien lo que ellos
quieren, hace mucho tiempo que lo sé. Pero veamos, mis buenos amigos, les dije,
seguramente ustedes no abandonan siempre la iglesia con pensamientos tan
amargos respecto a su predicador, ¿no? Nos vemos obligados, respondió la mujer,
a asistir a la iglesia si no queremos perderlo todo, el trabajo y todo, eso nos
obliga." Comprobé más tarde que ellos obtenían algunas ventajas pequeñas
respecto al derecho de cortar leña y, mediante pago, una parcela de tierra
donde cultivar papas, a condición de ir a la iglesia."
96 Seudónimo de Alejandro
Somerville (1811-1885)
97 ¡Sí, maldito sea!
Luego de haber descrito su pobreza y su
ignorancia, el corresponsal concluye:
"Y ahora yo afirmo resueltamente
que la situación de esas personas, su pobreza, su odio a la iglesia, su
docilidad aparente y su profunda amargura constituyen la regla en todos los
distritos rurales de Inglaterra, y que lo contrario no es sino la
excepción."
Si bien el campesinado de la Inglaterra
propiamente dicho nos muestra las consecuencias que tiene, sobre las
condiciones de vida en los distritos rurales la existencia de un numeroso
proletariado agrícola al lado de grandes propiedades, en el país de Gales
comprobamos la presencia de pequeños cultivadores. Si los distritos rurales
ingleses son una imagen fiel del antagonismo entre proletarios y grandes
capitalistas, la situación de los campesinos galeses98 corresponde a
la decadencia cada vez más marcada de la pequeña burguesía citadina. En el país
de Gales, no hay, por decirlo así, sino pequeños cultivadores que no pueden
vender con igual ganancia sus productos a precios tan bajos como los grandes
cultivadores, que son sus competidores en el mercado. Además, la naturaleza del
país en muchos lugares sólo permite la cría de ganado, que es una actividad
menos remuneradora; y los galeses aunque sólo sea con motivo de su
particularismo nacional que les tan querido -son mucho menos inclinados a todo
cambio que los cultivadores ingleses. Pero sobre todo, la competencia que se
hacen entre ellos y la que hacen a sus vecinos ingleses y el aumento de la
renta territorial que resulta de ello, los hace caer tan bajo que apenas pueden
subsistir; y al no comprender la verdadera causa de su triste situación, la
buscan en todo género de factores secundarios, tasas elevadas de peaje, etc.,
que desde luego obstaculizan el desarrollo de la agricultura y del tráfico,
pero del cual tiene en cuenta en sus cálculos todo el que firme un
arrendamiento, y que por consiguiente son pagados, hablando con propiedad, por
el terrateniente. Además, la nueva ley de pobres ha devenido un objeto de odio
sólido para los cultivadores también, porque ellos mismos siempre corren el
riesgo de que se les aplique. En febrero de 1843, el descontento de los
campesinos galeses se manifestó en los célebres "disturbios de
Rebecca", hombres vestidos de mujeres y rostros ennegrecidos, asaltaron en
bandas numerosas y armadas las puertas que en Inglaterra hacen de barreras de
peaje, las rompieron en medio de gritos de alegría y de disparos, demolieron
igualmente las taquillas de los cobradores, escribieron amenazas firmadas con
el nombre imaginario de "Rebecca" y llegaron hasta asaltar el hospicio
de Carmarthen. Cuando más tarde se llamó a los soldados y la policía fue
reforzada, ellos condujeron con suma habilidad operaciones de distracción, y
mientras destruían en un lugar los soldados marchaban en dirección opuesta
engañados por alarmas falsas, finalmente hubo incendios individuales y hasta
tentativas de asesinato. Como siempre, esos delitos más graves hicieron
fracasar el movimiento. Muchos le retiraron su apoyo por desaprobación, otros
por miedo, y la calma se restableció por sí misma. El gobierno envió una
comisión para investigar la cuestión y sus orígenes y todo terminó. Sin
embargo, la pobreza de los campesinos sigue siendo la misma, y como en las
condiciones actuales no puede disminuir sino agravarse, llegado el caso dará
lugar a hechos más graves que la mascarada humorística que significó
"Rebecca".
98 Engels, emplea welsch
en lugar de walisisch.
Si en Inglaterra hemos podido observar
los resultados del cultivo en gran escala, y en el país de Gales los del
sistema de la pequeña finca arrendada, en Irlanda vemos las con secuencias de
la parcelación de las tierras. La gran mayoría de la población irlandesa se
compone de pequeños agricultores que han arrendado una miserable cabaña de
argamasa de barro y paja sin ningún tabique interior y un pequeño sembrado de
papas que es estrictamente lo justo para procurarles el mínimo de alimentación
para el invierno. Dada la competencia feroz entre esos pequeños agricultores,
el precio del arrendamiento ha alcanzado un nivel inaudito: el doble, el
triple, el cuádruplo del vigente en Inglaterra. Porque todo jornalero
busca convertirse en arrendatario, y aunque la división de las tierras
ya es muy considerable, todavía hay un gran número de jornaleros que quieren
arrendar. Si bien en Gran Bretaña la superficie cultivada es de 32 millones de
arapendes ingleses, y en Irlanda de 14 millones solamente, y la Gran Bretaña
cosecha anualmente productos agrícolas valorados en 150 millones de libras
esterlinas e Irlanda por un valor de 36 millones solamente, hay en Irlanda
75000 jornaleros agrícolas más que en la isla vecina99. Esta
desproporción excepcional muestra claramente con qué ferocidad debe
desarrollarse la lucha por la tierra en Irlanda, sobre todo si se tiene
presente que los jornaleros ingleses viven ya en una extrema miseria. Las consecuencias
de esa competencia son naturalmente un nivel de precios de arrendamiento tan
elevado que los arrendatarios apenas pueden vivir mejor que los jornaleros.
Así, el pueblo irlandés es mantenido en una miseria agobiante cuyas condiciones
sociales no le permiten evadirse. La gente vive en establos de argamasa de
barro apenas suficientes para albergar el ganado, casi no tienen qué comer
durante el invierno o, según el informe citado, tienen durante treinta semanas
suficientes papas para comer a medias, y absolutamente nada para las veintidós semanas
restantes. Cuando en la primavera llega el momento en que la reserva se agota o
resulta no apta para el consumo humano, porque las papas comienzan a germinar,
la mujer sale con sus hijos a mendigar por toda la región, caldero en mano,
mientras que el marido, una vez terminada la siembra, busca trabajo en el
propio país o en Inglaterra y vuelve a su familia en la época de la cosecha. Así
es como vive el 90% de la población rural irlandesa. Son pobres como ratones de
iglesia, visten los harapos más miserables y su nivel intelectual es lo más
bajo que se puede imaginar en un país semicivilizado. De acuerdo con el informe
citado, para una población de 8500000 habitantes, 585000 padres de familia viven
en la indigencia más completa (destitution),
y según otras fuentes citadas por el sheriff Alison100, en Irlanda
hay 2300000 personas que no pueden vivir sin asignaciones públicas o privadas;
por consecuencia, ¡el 27% de los habitantes son indigentes!
99 Informe sobre Irlanda
de la Comisión de la Ley de Pobres. Período de sesiones parlamentarias de 1837.
100 Principles of Population, vol. II.
La causa de esa pobreza reside en las condiciones
sociales existentes, particularmente en la competencia, que reviste simplemente
aquí una forma diferente, la de la división de las tierras. Uno se ve obligado
a hallar otras causas; se afirma que la causa de ello es la situación del
arrendatario frente al terrateniente, quien da en arrendamiento sus dominios
divididos en grandes parcelas a cultivadores que tienen ellos mismos sus
subarrendatarios y sus subarrendatarios, de modo que a menudo hay hasta 10
intermediarios entre el terrateniente y el que cultiva la tierra propiamente
dicho; se ha aseverado que responsable de esa miseria era la ley,
verdaderamente escandalosa, que da al terrateniente, si su arrendatario más
inmediato no paga, el derecho de desalojar al que realmente cultiva la tierra,
aun cuando este último haya pagado la renta a su propio arrendador. Pero esa
ley, en realidad, no determina sino la forma bajo la cual se manifiesta la
miseria. Transforme usted a los pequeños arrendatarios en terratenientes,
¿cuáles serán las consecuencias de ello? La mayoría no podrá vivir de su
parcela, aun cuando ya no tenga que pagar arrendamiento, y las varias mejoras
eventuales serán de nuevo en algunos años compensadas por el crecimiento rápido
y constante de la población. Aquellos cuyas condiciones de vida sean mejores,
verán a sus hijos crecer, en tanto que actualmente mueren desde la más tierna
edad debido a la miseria y la penuria. Se ha afirmado, por otra parte, que la
vergonzosa opresión ejercida sobre el pueblo por los ingleses era la causa de
la miseria. Desde luego, Inglaterra es responsable de que la pobreza haya
aparecido un poco más temprano, pero no de su aparición propiamente dicha. O
bien, se acusa a la iglesia oficial protestante impuesta a esa nación católica;
repártanse sus deducciones entre todos los irlandeses y no se llegará siquiera
a dos táleros percápita. Por otra parte, el diezmo es un impuesto sobre la
propiedad raíz, no sobre el cultivador aunque éste lo haya pagado antes; ahora
-luego de la ley de Conmutación101 de 1838- es el propietario quien
lo paga directamente y él lo recarga al monto del arrendamiento, de modo que el
arrendatario no sale mejor librado. Y así por el estilo: se citan muchas otras
causas difíciles de probar. La pobreza es una consecuencia necesaria de las
instituciones sociales existentes y fuera de ellas no se pueden buscar causas
sino por la manera en que se manifiesta la pobreza, pero no por la pobreza en
sí. Ahora bien, el carácter nacional del pueblo y su evolución histórica es lo
que hace que las causas de la pobreza en Irlanda se manifiesten de esa forma y
no de otra. Los irlandeses son un pueblo cuyo101 carácter se asemeja
al de las naciones latinas, los franceses y sobre todo los italianos. Ya hemos
visto cómo Carlyle describe los defectos de su carácter nacional; veamos ahora
lo que dice un irlandés que al menos se halla un poco más cerca de la verdad
que nuestro germanófilo
101 (1892):
"Ley de Conmutación."
102 (1892)
dem (1845) seinem
* The State of Ireland (El estado de Irlanda), Londres, 1807,
2da. ed. 1821.- Pamphet (F.E.)
Carlyle :
"Ellos muestran agitación excesiva
y sin embargo son indolentes (indolent); son despiertos e indiscretos,
impetuosos, impacientes, y carecen de previsión; valerosos por instinto, generosos,
sin mucha reflexión; prontos a vengar en un santiamén una afrenta o a
perdonarla, a sellar o a romper una amistad; la naturaleza les ha prodigado el
genio, pero ha sido mezquina en cuanto al juicio."*
Entre los irlandeses, es claramente el
sentimiento, la pasión lo que predomina: la razón debe plegarse a ello. Su
carácter sensual, excitable no deja lugar a una reflexión madura, a una
actividad tranquila y de larga duración un pueblo de esa índole no vale nada
para la industria tal como se la practica actualmente. Por eso se han quedado
en la agricultura y, para eso, al nivel más bajo en esa actividad. La
existencia de pequeñas parcelas que no son, como en Francia o en Renania, el
resultado de la división artificial de los grandes dominios,* sino que han
existido siempre en Irlanda, no permitía mejorar el suelo mediante la inversión
de capitales; por eso, según Alison, se necesitaría £ 120 millones para que la
tierra de Irlanda alcanzara el nivel de productividad -con todo no muy elevado-
logrado por el suelo inglés. Los inmigrantes ingleses que hubieran podido
elevar el nivel intelectual del pueblo irlandés, se han limitado a explotarlo
de la manera más brutal; y mientras que la inmigración irlandesa ha aportado a
la nación inglesa un fermento que producirá sus frutos más tarde, Irlanda tiene
muy poco que agradecer a la inmigración inglesa.
* (1892): Error. La pequeña explotación agrícola había sido
el modo de explotación predominante después de la Edad Media Por consiguiente,
las pequeñas fincas ya existían antes de la revolución. Lo que ésta modificó
fue simplemente la propiedad de dichas fincas; se la quitó a los señores
feudales y la transfirió, directa o indirectamente, a los campesinos. (F.E.)
Los intentos de la nación irlandesa para
escapar a su decadencia actual se traducen, de una parte, en la actividad
criminal que impera en los distritos rurales, y consiste mayormente en el
asesinato de los enemigos más directos: apoderados de terratenientes, o sus
dóciles servidores, protestantes intrusos, hacendados, cuyos dominios se
componen de las tierras de sembrar papas de un centenar de familias
desalojadas, etc., asesinatos que son frecuentes sobre todo en el sur y el
oeste; de otra parte, por la Repeal-Agitation(48). Según lo que hemos dicho
anteriormente, está claro que los irlandeses incultos ven fatalmente en los
ingleses sus enemigos más inmediatos y que para ellos su primer paso debe ser
la conquista de la independencia nacional. Pero está igualmente claro que
ningún Repeal podría suprimir de golpe la miseria, y todo lo que puede
demostrar es que las causas de la miseria irlandesa, que actualmente todavía
parecen exteriores al país, deben buscarse dentro del mismo. Dejo pendiente la
cuestión de saber si la realización del Repeal es necesaria para ayudar a los
irlandeses a esa toma de conciencia. Hasta el presente, ni el cartismo ni el
socialismo han tenido mucho éxito en Irlanda.
Termino aquí mis consideraciones sobre
Irlanda tanto más rápidamente cuanto que la agitación de 1843 por el Repeal y
el proceso O'Connell han dado la oportunidad a
Alemania de conocer cada vez más la miseria irlandesa.
Hemos analizado el proletariado de las
islas británicas en todos los sectores de actividad y hemos descubierto por
todas partes la miseria y la necesidad, por todas partes hemos descubierto
condiciones de vida absolutamente inhumanas. Hemos visto cómo el descontento ha
nacido, ha crecido y se ha desarrollado y organizado con el proletariado, hemos
asistido a luchas abiertas, sangrientas o no, entre el proletariado y la
burguesía. Hemos examinado los principios que determinan el destino, las
esperanzas y los temores de los proletarios, y hemos descubierto que no hay
ninguna perspectiva de mejora de su situación. Hemos tenido la ocasión de
observar aquí y allá el comportamiento de la burguesía con respecto al
proletariado y hemos comprobado que sólo se preocupa de ella misma y no busca
más que su propio interés. Sin embargo, a fin de no caer en la injusticia,
ahora vamos a examinar más detenidamente su manera de obrar.
LA POSICIÓN DE LA BURGUESÍA
FRENTE AL PROLETARIADO
Cuando hablo aquí de la burguesía,
incluyo en ella al propio tiempo lo que se llama la aristocracia, pues ésta no
es aristocracia, no tiene privilegios sino respecto a la burguesía, pero no
respecto al proletariado. El proletario sólo ve en esas dos categorías de
personas al poseedor, es decir, al burgués. Al lado del privilegio de la
propiedad, todos los demás privilegios se borran. La única diferencia es que el
burgués propiamente dicho se opone al obrero de las fábricas y en parte al de
las minas, y, como hacendado (Pächter), al jornalero agrícola igualmente, en
tanto que aquel que se llama aristócrata sólo tiene contacto con los
proletarios agrícolas y sólo con una parte de los proletarios de las minas.
Jamás he visto una clase tan
profundamente desmoralizada, tan irremediablemente podrida e interiormente
roída de egoísmo, tan incapaz del menor progreso, como la burguesía inglesa, y
entiendo por ello sobre todo la burguesía propiamente dicha, particularmente la
burguesía liberal, que quiere abrogar las leyes de granos. Para ella no existe
nada en el mundo que no sea por el dinero, sin la excepción de ella misma, pues
sólo vive para ganar dinero y nada más, no conoce otra felicidad que la de
hacer una rápida fortuna, ningún otro sufrimiento que el de perder dinero*. Con
semejante rapacidad y semejante codicia es imposible que exista un sentimiento,
una idea humana que no sean mancillados. Desde luego, los burgueses ingleses
son buenos esposos y buenos padres de familia, poseen asimismo todo género de
"virtudes privadas" como se dice, y, en las relaciones de la vida
corriente parecen tan respetables y correctos como todos los demás burgueses;
incluso en los negocios, se puede tratar mejor con ellos que con los alemanes;
ellos no regatean ni discuten tanto como nuestros tenderos, ¿pero qué importa
todo eso? En última instancia, el único factor decisivo sigue siendo el interés
particular y especialmente el deseo de ganar dinero. Un día yo entraba en
Manchester con uno de esos burgueses y discutía con él la construcción
deplorable; insalubre; el estado espantoso de los barrios obreros y le
manifestaba que jamás había visto una ciudad tan mal planeada. El hombre me
escuchó tranquilamente, y al despedirnos en la esquina de una calle me dijo: "And
yet, there is a great deal of money made here." (Y a pesar de todo, aquí
se gana muchisimo dinero) "¡Adiós, señor!" Al burgués le importa un
bledo si sus obreros se mueren de hambre o no, con tal que él gane dinero.
Todas las condiciones de vida son evaluadas según el criterio del beneficio, y
todo lo que no procure dinero es idiota, irrealizable, utópico. Por eso la
economía política, ciencia que estudia los medios de ganar dinero; es la
ciencia preferida de esos judíos usureros. Todos son economistas. La relación
entre el industrial y el obrero no es una relación humana, sino una relación
puramente económica. El industrial es el "capital", el obrero es el
"trabajo". Si el obrero se niega a dejarse encerrar en esa
abstracción, si afirma que él no es "trabajo" sino un hombre que, es
cierto, posee entre otras facultades la de trabajar; si a él se le ocurre que
no debería dejarse vender y comprar como "trabajo", como mercancía en
el mercado, entonces el burgués se queda estupefacto. Es incapaz de comprender
que él puede tener con los obreros otras relaciones que las de compra y venta,
y no ve en ellos hombres sino manos (hands), pues ese es él nombre que él les
lanza constantemente a la cara; y, como dice Carlyle, él no reconoce otra
relación entre un hombre y otro hombre; que la del pago al contado. Incluso los
vínculos entre él y su mujer no son en el 99% de los casos más que un
"pago al contado". La esclavitud miserable en la cual el dinero
mantiene al burgués se nota hasta en el lenguaje, debido a la dominación de la
burguesía; el dinero hace el valor del hombre; este hombre vale 10000 libras
esterlinas (he is worth ten thousands pounds), es decir, él posee esa suma.
Quien tiene dinero es "respetable", pertenece a "la mejor
categoría de personas" (the better sort of people); es
"influyente" (influential) y lo que logra hace época en su medio. El
sórdido espíritu mercantil impregna todo el idioma, todas las relaciones
humanas se traducen en fórmulas comerciales explicadas bajo la forma de categorías
económicas. Pedido y suministro, demanda y oferta, supply and demand, tales son
las fórmulas con la ayuda de las cuales la lógica del inglés juzga toda la vida
humana. He ahí lo que explica la libre competencia por todas partes, he ahí lo
que explica el régimen del "laissez faire" y del "laissez
aller"(50) en la administración, en la medicina, la educación y pronto. también en la religión donde la dominación de la iglesia del
estado se hunde cada vez más. La libre competencia no quiere límites, ni
control del estado; todo el estado le pesa, su mayor deseo sería el de estar
dentro de un régimen enteramente desprovisto de estado, donde cada quien podría
explotar al prójimo a su gusto como en la "sociedad" del amigo
Stirner, por ejemplo. Pero como la burguesía no puede prescindir del estado,
aun cuando sólo sea para mantener a raya al proletariado que le es tan
necesario, ella utiliza al primero contra el segundo y busca mantener al estado
a la mayor distancia posible en lo que le concierne.
* Carlyle ofrece en su Past and Present (Pasado y presente),
Londres, 1843, una admirable descripción de la burguesía ingles y de su
repulsiva codicia; yo la he traducido en parte en los Anales francoalemanes y
ruego al lector que se remita a ellos.(49) (F.E.)
No hay que creer, sin embargó, que el
inglés "culto" muestre abiertamente ese egoísmo. Al contrario, él lo
disimula Con la mayor hipocresía. ¿Cómo así? ¿Usted dice que los ingleses
ricos, que han creado establecimientos de beneficencia como no se ven en ningún
otro país, no piensan en los pobres? Sí por cierto, ¡establecimientos de
beneficencia! ¡Como si fuese ayudar al proletario el comenzar por explotarlo
hasta sangrar para luego poder desagraviarlo con complacencia y farisaísmo con
vuestro prurito de caridad y presentaros ante el mundo como grandes
benefactores de la humanidad, mientras devolvéis a ese desdichado que habéis
exprimido hasta la médula, la centésima parte de lo que le corresponde!
¡Beneficencia que degrada aun más a aquel que la practica que a aquel que la
recibe; beneficencia que hunde todavía más en el polvo al desafortunado que se
ha pisoteado, que implica que el paria deshumanizado, excluido de la sociedad,
renuncia en primer lugar a la última cosa que le queda, a su aspiración a la
cualidad de hombre, y mendiga primeramente su benevolencia al lado de la
burguesía, antes que ella le haga el favor de estamparle en la frente, al darle
la limosna, el sello de la deshumanización! Más, ¿para qué estas reflexiones?
Escuchemos a la propia burguesía inglesa. No hace un año, leí en el Manchester
Guardian la carta que transcribo a continuación, dirigida al jefe de redacción,
quien la publicó sin otro comentario, como una cosa muy natural y razonable:
Señor jefe de redacción:
Desde hace algún tiempo circula por las
calles principales de nuestra ciudad una muchedumbre de mendigos que, ora por
sus harapos y su aspecto enfermizo, ora por la exhibición de llagas abiertas y
dolencias repugnantes, buscan despertar la piedad de los transeúntes de manera
con frecuencia muy imprudente y muy ofensiva. Me inclino a creer que cuando se
paga no solamente el impuesto para socorrer a los pobres, sino que se aporta
además una contribución generosa para el mantenimiento de establecimientos de
beneficencia, uno ha hecho lo suficiente para tener el derecho de estar al fin
al abrigo de importunidades tan desagradables y cínicas; y, ¿para qué sirve,
pues, el impuesto tan oneroso que pagamos para el mantenimiento de la policía
municipal, si la protección que nos da no nos permite andar tranquilamente por
la ciudad?
Muy atentamente,
Una
dama.
¡Está claro! La burguesía inglesa
practica la caridad por interés, no da nada gratis, considera sus donaciones
como un negocio, trata con los pobres un asunto y dice: "¡Si yo dedico una
suma para fines filantrópicos, compro así el derecho de que no se me importune
más, y os comprometéis a cambio a permanecer en vuestros antros oscuros y no
irritar mis nervios sensibles por la exhibición pública de vuestra miseria!
¡Podéis perder la esperanza, pero hacedlo en silencio, yo lo estipulo en el
contrato, yo me he comprado ese derecho al entregar mi contribución de £ 20
para el hospital!" ¡Oh, la infame filantropía de un burgués cristiano! Y
lo que escribe "una dama", sí, lo habéis leído, una dama, hace bien
en firmar con ese nombre; afortunadamente, ¡ella no tiene ya el valor de
llamarse mujer! Pero si las damas son así, ¿cómo serán los "señores"?
Se dirá que se trata de un caso aislado. En absoluto; la carta que hemos
reproducido expresa muy bien los sentimientos de la gran mayoría de la
burguesía inglesa, si no el redactor no la hubiera aceptado, si no, hubiera
sido seguida de una respuesta cualquiera que vanamente he buscado en números
posteriores. Y en cuanto a la eficacia de dicha beneficencia, el propio
canónigo Parkinson afirma que a los pobres se les ayuda mucho más por sus
semejantes que por la burguesía; y una ayuda de ese género, proveniente de un
espléndido proletario que sabe él mismo lo que es el hambre, para quien
compartir su escasa comida representa un sacrificio, pero que lo hace con
alegría, tal ayuda tiene un eco muy distinto al de la limosna lanzada al pobre
por el burgués harto.
Pero incluso en los demás campos, la
burguesía simula un humanitarismo sin límites -más solamente cuando lo exige su
propio interés. Así ocurre en su política y en su economía. Hace ya cinco años
que se esfuerza por demostrar a los obreros que es únicamente en interés de los
proletarios que ella desea la abrogación de las leyes de granos. Pero el meollo
de la cuestión es que las leyes de granos mantienen el precio del pan a un
nivel más elevado que en los demás países, lo cual no permite al industrial
competir tan fácilmente con otros países donde el precio del pan -y por
consecuencia el salario- es más bajo. Si se abrogan las leyes de granos, bajará
el precio del pan, y los salarios se aproximarán a aquellos de los demás países
civilizados de Europa; dados los principios desarrollados anteriormente, que
regulan las variaciones de los salarios, cada quien puede comprenderlo
claramente. Por tanto el industrial podrá hacer frente más fácilmente a la
competencia, crecerá la demanda de mercancías inglesas y, con ella, la demanda
de fuerza de trabajo. Como consecuencia de este incremento de la demanda, los
salarios aumentarán un poco, es cierto, y los obreros desocupados encontrarán
trabajo; pero, ¿por cuánto tiempo? "La población excedente" de
Inglaterra, y particularmente la de Irlanda, es ampliamente suficiente para
suministrar a la industria, incluso si se duplicara, la fuerza de trabajo
necesaria. En algunos años se reduciría a la nada la escasa ventaja lograda con
la abrogación de las leyes de granos, sobrevendría una nueva crisis; y
estaríamos en el mismo punto que antes, mientras que el primer impulso dado a
la industria aceleraría igualmente el crecimiento de la población. Todo esto lo
saben perfectamente los proletarios, y se lo han dicho repetidamente a los
burgueses; pero a pesar de todo, la raza de los industriales que no tiene en
mira más que la ventaja inmediata que sacaría de la abrogación de las leyes de
granos, esa raza es lo suficientemente obtusa para no ver que tampoco podría
resultar para ella ninguna ganancia duradera de dicha medida, porque la
competencia que se hacen los industriales pronto llevaría la ganancia
individual a su nivel anterior. Esa raza trata de convencer a los obreros de
que obra de ese modo únicamente en beneficio de ellos, que es únicamente para
beneficiar a millones de seres hambreados que los ricos del partido liberal
contribuyen con centenares y millares de libras esterlinas para la "Liga
contra las leyes de granos", mientras que todo el mundo sabe que si dan un
centavo es para sacar diez y que esperan recuperar todos sus desembolsos diez a
cien veces desde los primeros años que sigan a la abrogación de las leyes de
granos. Pero sobre todo desde la insurrección de 1842 los obreros ya no se
dejan inducir a error por la burguesía. Ellos exigen que quien pretenda
sacrificarse por su bien se declare partidario de la Carta del Pueblo; ellos
han hecho de ésta la piedra de toque de la sinceridad de sus intenciones, y por
eso protestan contra toda ayuda extraña, porque en la Carta ellos no reclaman
sino el poder de ayudarse a sí mismos. Y a quien rehuse hacerlo, ellos le
declaran la guerra, ya se trate de un enemigo declarado o de un falso amigo.
Por lo demás, la Liga ha utilizado con respecto a los obreros las mentiras y
las estratagemas más despreciables para ganarlos a su causa. Ella ha querido
hacerles creer que el precio del trabajo era inversamente proporcional al
precio del trigo, que el salario era elevado cuando el precio del trigo era
bajo, y viceversa tesis que ha intentado demostrar con la ayuda de los
argumentos más ridículos, más ridícula en sí misma que toda afirmación jamás
hecha por un economista. Ante el fracaso de ese empeño, se ha prometido el oro
y el moro a los obreros debido al crecimiento de la demanda de fuerza de
trabajo no se ha tenido empacho en exhibir por las calles dos modelos de
hogazas de pan donde se podía leer (en el más grande): "Pan norteamericano
de 8 pfennigs, salario: 4 chelines diarios", y en el otro, mucho más
pequeño: 'Pan inglés de 8 pfennigs, salario 2 chelines diarios". Pero los
obreros no se han dejado embaucar por ello; conocen demasiado a sus patronos.
Si queremos ver bajo su verdadera
aspecto la hipocresía de tales promesas galanas, examinemos lo que representan
en la práctica. En el curso de nuestro estudio hemos comprobado que la
burguesía explota al proletariado en provecho propio de todas las maneras
posibles. Sin embargo, hasta ahora sólo hemos visto maltratar al proletariado
por algunos burgueses aislados obrando por sí mismos. Examinemos ahora las
condiciones en las cuales la burguesía se opone al proletariado, como partido,
e incluso bajo la forma del poder del estado. En primer lugar, cae de suyo que
toda la legislación tiene como finalidad proteger al propietario contra él
desposeído. Únicamente porque hay desposeídos es qué las leyes son una
necesidad, e incluso si ello no se expresa directamente sino sólo en algunas
leyes, por ejemplo las referentes a la vagancia y a la falta de domicilio fijo,
en las cuales el proletariado es declarado ilegal como tal, la hostilidad
contra el proletariado sirve de tal manera de fundamento a la ley, que los
jueces, sobre todo los jueces de paz, burgueses ellos mismos, con quienes el
proletariado entra más frecuentemente en contacto, interpretan sin vacilar en
ese sentido los términos de la ley. Si un rico es presentado al juez, o más
bien citado para estrados, el juez le expresa su pena por ocasionarle tanta
molestia, interpreta el asunto a su favor en la medida de lo posible y si se ve
obligado a condenarlo, se muestra absolutamente pesaroso por ello, etc.; por lo
que toca al resultado, le impone una ínfima multa que el burgués paga arrojando
el dinero sobre la mesa con condescendencia antes de abandonar el lugar. Pero
si es un pobre diablo quien está en el caso de comparecer ante el juez de paz,
debe casi siempre pasar la noche en la cárcel con una multitud de otros
acusados, es a priori considerado como culpable e interpelado enérgicamente, su
defensa es barrida con despectivo: "¡Oh! conocemos esas flamantes
excusas" -y se le impone una multa que no puede pagar y por tanto tiene
que pasar uno o varios días encerrado. Y cuando no se puede probar su
culpabilidad, se le condena de todos modos a trabajos forzados por bribón y
vagabundo (a rogue and a bagabond) -los dos términos van casi siempre juntos.
La parcialidad de los jueces de paz, sobre todo en el campo, supera
verdaderamente todo lo imaginable, y es cosa tan corriente, que los periódicos
relatan muy tranquilamente y sin otro comentario todos los casos que no son
demasiado chocantes. Pero, ¿puede esperarse otra cosa? De una parte, esos
dogberries no hacen más que interpretar la ley en el sentido que encierra; y,
de otra parte, ellos mismos son burgueses que ante todo ven en el interés de su
clase el fundamento de todo orden social digno de ese nombre. Y la policía se
comporta como los jueces de paz. El burgués puede hacer lo que le plazca, el
policía siempre será cortés con él y se atendrá rigurosamente a la letra de la
ley, pero el proletario es el blanco de tratamientos brutales y groseros; su
pobreza lo hace a priori sospechoso de todos los delitos imaginables, al mismo
tiempo que no le permite obtener los medios jurídicos de defenderse contra la
arbitrariedad de los poseedores del poder. Para él pues, no existe el lado
protector de la ley; la policía entra en su casa sin mandamiento judicial, lo
arresta, lo maltrata y solamente cuando una asociación de obreros, como la de
los mineros, se hace103 de un defensor como Roberts, es cuando uno
se da cuenta verdaderamente de lo poco que la ley protege prácticamente al obrero,
y de cuántas veces éste debe soportar el peso de la ley sin disfrutar de uno
solo de los beneficios que la misma ofrece.
103 (1845) engagieren
(1892) engagiert
Hasta el momento presente, la clase
poseedora lucha en el parlamento contra los buenos sentimientos de aquellos que
todavía no son enteramente presas del egoísmo, a fin de agravar aún más la
esclavitud del obrero. Las tierras comunales se ponen en manos de las
autoridades y se cultivan, lo que permite desde luego desarrollar la
agricultura, pero causa un perjuicio considerable al proletario. En esas
tierrascomunales el pobre podía tener un asno, un puerco o algunos gansos; los
niños y los adolescentes tenían un lugar de recreación; todo eso tiende a
desaparecer cada vez más; el beneficio del pobre disminuye, y la juventud que
ha perdido sus lugares de expansión va a la taberna como lugar de recreación.
En cada período de sesiones del parlamento se aprueban numerosas disposiciones
sobre la puesta en cultivo de las tierras comunales. Cuando el gobierno se
decidió, en el período de sesiones de 1844, a obligar a las compañías de
ferrocarriles, que monopolizan todo el tráfico, a permitir a los obreros viajar
por un precio correspondiente a sus medios (1 penique la milla, es decir, unos
5 groschen de plata la milla alemana) y propuso para ello poner en servicio un
tren diario de tercera clase en cada línea, el "Reverendo Padre de
Dios", obispo de Londres, propuso que dicha obligación no se ejecutara los
domingos, el único día de la semana en que los obreros tienen precisamente la posibilidad
de viajar, permitiéndose así viajar en domingo solamente a los ricos y no a los
pobres. Pero semejante proposición era demasiado directa, demasiado poco
disfrazada para poder ser aprobada, y se la rechazó. Me falta espacio para
enumerar la cantidad de ataques hipócritas lanzados contra el proletariado, aun
cuando sólo sea en un período de sesiones. En ese mismo de 1844, un oscuro
miembro del parlamento104, un tal Mr. Miles, presentó una
proposición de ley tendiente a reglamentar las relaciones entre señores y
servidores, que parecía bastante anodina. El gobierno aceptó la proposición, y
fue remitida a una comisión. Mientras tanto estalló la huelga de los mineros
del norte, y Roberts recorrió triunfalmente Inglaterra con sus mineros
absueltos. Y cuando la comisión devolvió el proyecto de ley, se habían
insertado en el mismo algunos artículos extremadamente despóticos. Uno de ellos
en particular autorizaba al patrón a llevar delante del juez a (any) todo
obrero que, habiéndose comprometido con él, oralmente o por escrito, a realizar
cualquier trabajo -aunque sólo se tratara de dar una mano ocasionalmente-
resultara culpable de negación de servicio o de cualquier otra falta
(misbehaviour). El patrón podía hacer que se le condenara a pena de prisión o
de trabajos forzados (hasta dos meses) por simple declaración jurada de él
mismo, de uno de sus agentes o capataces; es decir, mediante simple declaración
baja juramento del demandante. Dicho proyecto de ley enfureció a los obreros en
extremo, tanto más cuanto que en ese momento se había presentado al parlamento
el proyecto de ley sobre la jornada de diez horas y había provocado una
agitación considerable. Tuvieron lugar centenares de reuniones, se enviaron
centenares de peticiones obreras a Londres, al defensor del proletariado en el
parlamento, Thomas Duncombe. Este último era, con el "joven inglés"
Ferrand, el único opositor enérgico, pero cuando los otros radicales se dieron
cuenta de que el pueblo se pronunciaba contra el proyecto de ley, salieron de
sus huecos y se alinearon unos tras otros junto a Duncombe, y como ante la
conmoción de los obreros la burguesía liberal no tuvo el valor de pronunciarse
en favor del proyecto, como nadie frente al pueblo lo defendió decididamente,
resultó un fiasco estrepitoso.
104 (1892)
Parlamentsmitglied (1845) Plamentsglied
Sin embargo, la más brutal declaración
de guerra de la burguesía al proletariado es la Teoría multhusiana de la
población y la nueva ley de pobres que se inspira en ella directamente. Ya nos
hemos referido varias veces a la teoría de Malthus. Resumamos una vez más su
conclusión esencial: la tierra se halla constantemente superpoblada, y por
consecuencia es funesto que reinen la miseria, la penuria, la pobreza y la
inmoralidad. El sino perpetuo de la humanidad es existir en número demasiado
grande y hallarse por consiguiente dividida en diferentes clases; unas según
él, son más o menos ricas, formadas y morales y otras más o menos pobres,
miserables, ignorantes e inmorales. De donde se sigue, desde el punto de vista
práctico -y estas conclusiones es el propio Malthus quien las saca-, que la
beneficencia y los fondos de ayuda no son sino contrasentidos puesto que sólo
sirven para hacer que sobreviva y se multiplique la población sobrante cuya
competencia pesa sobre el salario de la otra fracción de la población, que es
asimismo absurdo de parte de la administración de la Asistencia el dar empleo a
los pobres -ya que sólo puede consumirse una cantidad determinada de productos
fabricados- porque esa política de la industria de la Asistencia Pública
provoca la desocupación en la industria privada. Por tanto, la cuestión no es
alimentar a la población excedente, sino limitarla tanto como sea posible de
una manera o de otra. En algunas fórmulas secas Malthus declara que el derecho
a la existencia, hasta entonces reconocido a cada hombre en el mundo, es un
absurdo. Él cita las palabras de un poeta: el pobre viene a la mesa de la
Naturaleza preparado para el festín y no halla ningún cubierto para él -y añade-
y la Naturaleza le ordena irse (she bids him to be gone) "pues él no
preguntó a la sociedad, antes de nacer, si ella lo deseaba." Esta teoría
ahora es la preferida de todo burgués inglés auténtico y es muy natural, porqué
representa para él el recostadero más agradable y también porque contiene mucho
de cierto en las condiciones actuales: Si por tanto no se trata ya de explotar
a la "población supernumeraria", de transformarla en población
utilizable, sino simplemente dejar que la gente se muera de hambre lo más
apaciblemente posible y de impedir al mismo tiempo que traiga demasiados niños
al mundo; es una bagatela natural -suponiendo que la población excedente tome
conciencia de su propia superfluidad y halle cierto gusto en morir de hambre.
Pero a pesar de los esfuerzos más tenaces de la burguesía humanitaria por
inculcar esas verdades a los obreros, no parece que actualmente tenga
posibilidad alguna de éxito. Los proletarios se han puesto por el contrario a
la cabeza; ellos, con sus manos laboriosas, son precisamente los
indispensables, y los ricos señores capitalistas, que no hacen nada, son los
verdaderamente superfluos.
Pero como los ricos poseen todavía el
poder, los proletarios tienen que admitir por fuerza que la ley los declara a
ellos realmente superfluos -aun cuando no quieran admitirlo con agrado. Eso es
lo que se ha producido en la nueva ley de pobres. La antigua ley, basada en una
disposición del año 1601 (43rd of Elisabeth)105
partía también ingenuamente del principio de que es obligación de la comunidad
velar por la subsistencia de los pobres. Quien se hallaba sin trabajo era
socorrido, y a la larga el pobre consideró justo que la comunidad tuviera la
obligación de protegerlo contra el hambre. Él exigía su asignación semanal como
un derecho y no como un favor, y la burguesía terminó por estimar eso un poco
excesivo. En 1833, en el preciso momento en que ascendió al poder gracias a la
ley de Reforma y en que simultáneamente el pauperismo de los distritos rurales
había alcanzado su mayor extensión, ella emprendió inmediatamente la
modificación de la ley de pobres desde su propio punto de vista. Se nombró una
comisión que investigó la administración de los fondos de la ley de pobres y
descubrió un sinnúmero de abusos. Se comprobó que toda la clase obrera de la
región plana era muy pobre y dependía entera o parcialmente del Fondo de
pobres, porque cuando el salario caía muy bajo, el Fondo entregaba a los pobres
una suma adicional; se comprobó que este sistema que socorría al desocupado,
sostenía al obrero y padre de familia numerosa, obligaba al padre de hijos
naturales a pagar una pensión alimenticia y reconocía de manera general que la
pobreza tenía necesidad de protección, que dicho sistema por tanto arruinaba al
país,
"que era un obstáculo a la
industria, una recompensa a los matrimonios desatinados, una incitación al
crecimiento de la población, y que impedía que un aumento de población ejerciera
su influencia sobre los salarios; que en tal caso se trataba de una institución
nacional tendiente a desalentar a los obreros valiosos y honestos y a proteger
a los perezosos, los viciosos y los informales, que destruía los vínculos
familiares, ponía sistemáticamente obstáculos a la acumulación de capitales;
destruía el capital existente y arruinaba a los contribuyentes; además, la
cláusula de las pensiones alimenticias ofrecía un incentivo para procrear hijos
naturales." (Términos del informe de los comisionados de la ley de
pobres).*
105
Cuadragesimotercer año del reinado de Isabel.
* "Extracts from Information received by the Poor-Law Commissioners
(Extractos de información recibida por los comisionados de la Ley de Pobres.)
Published by Authonty, Londres, 1833. (F.E.)
Desde luego, esta descripción de los
efectos de la antigua ley de pobres es, en conjunto, exacta; las asignaciones
favorecen la pereza y el incremento de la población "superflua". En
las condiciones sociales actuales, está claro que el pobre se ve obligado a ser
egoísta y que, cuando puede elegir y vive tan bien de una manera como de otra,
prefiere no hacer nada en vez de trabajar. Pero la única conclusión que se
puede sacar de ello es que las condiciones sociales no valen nada y no que
-como han estimado los comisionados malthussianos- hay que tratar la pobreza
como un delito, según la teoría de la intimidación.
Pero esos sabios malthusianos estaban de
tal manera convencidos de la infabilidad de su teoría, que no vacilaron un solo
instante en lanzar a los pobres sobre el lecho de Procusto de sus ideas y
tratarlos, según éstas, con la más repugnante dureza. Convencidos, como Malthus
y los demás partidarios de la libre competencia, de que lo mejor sería dejar
que cada quien se ocupe de sus asuntos, que se aplicara el laissez faire (dejad
hacer) naturalmente, ellos hubieran preferido abrogar enteramente la ley de
pobres. Pero como no tenían ni el valor ni la autoridad necesaria para ello,
propusieron una ley lo más malthusiana posible, todavía más bárbara que el
laissez faire, porque ella obra activamente, mientras que éste permanece
pasivo. Hemos visto que Malthus hace de la pobreza, o más exactamente de la
falta de trabajo, bajo el nombre de "superfluo", un delito que la
sociedad debe castigar con la muerte por hambre. Pero los comisionados no
fueron enteramente tan bárbaros; morir de hambre, brutal y directamente
resulta, incluso para un comisionado de la ley de pobres, algo demasiado
horrible. Bueno, dicen ellos, ustedes los pobres tienen el derecho de existir,
pero solamente de existir; no tienen el de multiplicarse ni el de vivir
humanamente. Ustedes son una plaga nacional, y si no podemos eliminarlos
inmediatamente como a cualquier azote nacional, es preciso que sepan a pesar de
todo que son un azote, que deben ser mantenidos a raya e incapacitados para
producir otros "'superfluas", ya sea directamente, ya sea
induciéndolos a la pereza y la desocupación. Van a vivir, pero únicamente para
servir de ejemplo destinado a poner en guardia a todos aquellos que pudieran
tener alguna ocasión de convertirse igualmente en superfluos.
Entonces ellos propusieron la nueva ley de
pobres, que fue aprobada por el Parlamento en 1834, y ha estado en vigor hasta
hoy. Se suprimió toda ayuda en efectivo o en especie; la única asistencia
acordada fue el acogimiento en los hospicios que se construyeron por todas
partes sin demora. Pero la organización de esos hospicios (workhouses) o, como
los llama el pueblo, esas Bastillas de la ley de pobres (Poor-Law Bastilles) es
tan terrible que asustaría a quien todavía pudiera salir de apuros sin el
socorro de ese género de caridad pública. A fin de que el Fondo de pobres
atienda sólo los casos más urgentes y que el individuo utilice sus esfuerzos
personales al máximo antes de acudir al Fondo, se ha hecho de los hospicios la
institución más repugnante que puede concebir el talento refinado de un
malthusiano. La alimentación es peor que la de los obreros más miserablemente
pagados, en tanto que el trabajo en ellos es más penoso; de lo contrario, éstos
preferirían el hospicio en vez de la existencia miserable fuera del mismo. Sólo
raramente se sirve carne, sobre todo carne fresca; la mayoría de las veces lo
que se sirve es papas, pan de la peor calidad, potaje, y poca o ninguna
cerveza. Incluso el régimen de las prisiones es medianamente mejor, de modo que
los pensionados de esos establecimientos se confiesan voluntariamente culpables
de cualquier delito a fin de que se les envíe a la prisión. Porque el hospicio
es igualmente una prisión, quien no cumpla la norma de trabajo asignada se
queda sin comer; quien desee salir debe solicitar permiso de antemano, y puede
negársele según su conducta, o según la opinión del inspector; está prohi bido
fumar, así como la aceptación de regalos provenientes de familiares y amigos;
los pobres visten el uniforme del hospicio y se hallan enteramente bajo la
férula del inspector. A fin de que su trabajo no pueda competir con la
industria privada, la mayor parte del tiempo se les da ocupaciones más bien
inútiles; los hombres pican piedras, "tantas como un hombre vigoroso pueda
picar en un día y hasta donde resista", las mujeres, los niños y los
ancianos deshilachan viejas sogas de embarcaciones, yo no sé ni siquiera conque
finalidad insignificante. Para que los "superfluos" no se
multipliquen o para que los padres "desmoralizados" no influyan en
sus hijos, se separan las familias; se envía al hombre a un ala del edificio,
la mujer a otra, los niños a una tercera y no tienen derecho a volverse a ver
sino en ciertos momentos muy espaciados y solamente si el funcionario del
establecimiento ha juzgado buena su conducta. Y para aislar totalmente del
mundo exterior a los gérmenes contagiosos del pauperismo encerrados en esas
bastillas, sus pensionados no pueden recibir visitas en el locutorio sino con
la autorización de los funcionarios y, más generalmente, no pueden recibir
visitantes sino bajo su vigilancia y su permiso.
A pesar de todo, se considera que la
alimentación es sana y el tratamiento humano. Pero el espíritu de la ley se
transparenta muy claramente para que este punto pueda ser aplicado en alguna
forma. Los encargados de la aplicación de la ley de pobres y la burguesía
entera se equivocan si imaginan que es posible aplicar un principio
independientemente de las consecuencias que el mismo implica. El tratamiento
que la letra de esta nueva ley recomienda se halla en contradicción con el
propio sentido de la misma; si, en realidad, la ley decreta que los pobres son
delincuentes, que los hospicios son casas de corrección, que los recluidos en
ellos se hallan fuera de la ley, son objeto de asco y de repulsión, que se
sitúan fuera de la humanidad, por mucho que ordene lo contrario: será inútil.
En la práctica, es por otra parte el espíritu de la ley y no la letra lo que se
sigue en el tratamiento que se da a los pobres. He aquí algunos ejemplos
singulares:
En el hospicio de Greenwich, durante el
verano de 1843, un niño de cinco años fue castigado y encerrado tres noches
seguidas en el depósito de cadáveres donde tuvo que dormir sobre las tapas de
los féretros. En el hospicio de Herne, igual castigo fue inflingido a una niña
que se orinaba en la cama por la noche; de manera general, este género de
castigo parece tener gran aceptación. Este hospicio, ubicado en una de las regiones
más agradables del condado de Kent, se distingue por el hecho de que todas las
ventanas dan a un patio interior, y solamente dos, abiertas recientemente,
permiten a los allí recluidos echar un vistazo al mundo exterior. El reportero
que relata estos hechos en el Illuminated Magazine concluye su descripción del
modo siguiente:
"Si Dios castiga las faltas de los
hombres, como el hombre castiga al hombre por su pobreza, entonces ¡ay de los
hijos de Adán!"
En noviembre de 1843, murió en Leicester
un hombre que había sido despedido del hospicio de Coventry dos días antes. Los
detalles sobre el trato dado a los acogidos en ese establecimiento son
repugnantes. Un tal George Robson sufría de una llaga en el hombro que se había
descuidado de curar; se le instaló en la bomba que debía hacer funcionar con su
brazo sano; ahora bien, sólo se le daba la alimentación habitual del hospicio y
se hallaba tan débil debido a la llaga dejada de atender, que no podía digerir
la comida; se debilitó fatalmente aún más y mientras más se quejaba con más
brutalidad se le trataba. Cuando su mujer, igualmente recluida en el hospicio,
quiso darle su escasa ración de cerveza, fue injuriada y forzada a beberla en
presencia de la celadora. Él cayó enfermo, pero ni así fue mejor tratado.
Finalmente, a petición suya abandonó el hospicio, así como su mujer, y ambos
fueron recompensados con los epítetos más injuriosos. Dos días más tarde, él
moría en Leicester y su deceso, según la declaración del médico forense, se
debió a la herida desatendida y a los alimentos imposibles de digerir
adecuadamente en su estado. Luego de abandonar el hospicio, se le remitieron
cartas que contenían dinero para él, ¡pero las mis mas habían sido retenidas
durante seis semanas y abiertas por el director en virtud del reglamento del
establecimiento!
En el hospicio de Birmingham, ocurrían
cosas tan escandalosas que finalmente en diciembre de 1843, se envió allí a un
funcionario para hacer una investigación. Comprobó que cuatro trampers
(anteriormente dimos una explicación de este término) habían sido encerrados
desnudos en un hueco oscuro (black hole) debajo de la escalera y habían sido
mantenidos allí ocho o diez días en ese estado, a menudo hambrientos, sin
recibir alimentos antes del medio día, y eso durante la estación más rigurosa.
Un jovencito había pasado por todas las salas de castigo del establecimiento,
primeramente en un cuarto de desahogo húmedo y exiguo, de techo abovedado,
luego dos veces en el hueco debajo de la escalera, la segunda vez durante tres
días con sus noches, después por el mismo período en la antigua celda que
estaba aún peor, luego en el cuarto de tramps, un reducto hediondo, cubierto de
mugre, exiguo, con tablas por camas, donde el funcionario investigador todavía
descubrió a dos muchachos en harapos que el frío hacía encoger y que estaban
encerrados allí desde hacía cuatro días. En el calabozo, se encerraba a menudo
hasta siete trampers, y en el cuarto de los trampers se ponía hasta veinte de
ellos, apiñados los unos sobre los otros. Incluso las mujeres eran metidas en
ese reducto, como castigo por no ir a la iglesia; y una de ellas hasta había
sido encerrada en el cuarto de los trampers donde ella encontró Dios sabe qué
compañía, y encima de eso, ¡estaba enferma y tenía que tomar medicinas! Otra
mujer había sido recluida como castigo en el asilo de locos, aunque no padecía
ninguna enfermedad mental. En el hospicio de Bacton (Suffolk), se llevó a cabo
una investigación análoga en enero de 1844, y se descubrió que allí trabajaba
una retrasada mental como enfermera, quien hacía todo al revés en cuanto a la
atención de los enfermos; que los enfermos que a menudo se agitaban o se
levantaban de noche eran atados a sus camas con cuerdas a fin de evitar a las
enfermeras las fatigas de la vigilia nocturna; un día apareció106
muerto uno de los enfermos atados. En el hospicio de San Pancras (Londres),
donde se confeccionan camisas baratas, un epiléptico se asfixió durante un
ataque que sufrió en su cama sin que nadie fuera en su ayuda. En el mismo establecimiento,
se hace dormir juntos, seis, y hasta ocho niños en la misma cama. En el
hospicio de Shoreditch (Londres), una noche
se obligó a un hombre a dormir en la cama de un enfermo devorado por la fiebre
y, por añadidura, la cama estaba llena de piojos.
106 (1845) gefunden
(1892) aufgefunden
En el hospicio central de Bethnal Green,
en Londres, una mujer encinta de seis meses fue encerrada en la sala de
recepción con su niño que no tenía dos años, desde el 28 de febrero hasta el 19
de marzo de 1844, sin ser admitida en el establecimiento propiamente dicho (en
dicha sala ningún vestigio de cama ni de instalaciones destinadas a satisfacer
las necesidades más naturales). Su marido fue llevado al hospicio y cuando
pidió que se tuviera la bondad de liberar a su mujer de esa prisión, fue puesto
a pan y agua durante 24 horas por esa insolencia.
En el hospicio de Slough, cerca de
Windsor, en septiembre de 1844 un hombre estaba en la agonía, su mujer se
trasladó a ese lugar arribando a la medianoche, corrió al hospicio y no se le
permitió la entrada; a la mañana siguiente fue cuando recibió autorización para
verlo durante media hora solamente, en presencia de la vigilante que, a cada
nueva visita, importunaba a la pobre mujer y le decía cada vez al cabo de media
hora que debía partir. En el hospicio de Middleton (Lancashire), había doce, a
veces 18 indigentes de ambos sexos que dormían en la misma sala. Este
establecimiento no se rige por la nueva ley de pobres sino por una ley anterior
y excepcional (Gilbert's Act.). Allí el inspector había instalado una taberna
por cuenta propia. En Stockport, el 31 de julio de 1844, un anciano de 72 años
fue sacado del hospicio y presentado ante el juez de paz porque se negaba a
picar piedras y decía que no podía hacer ese trabajo debido a su edad y una
rodilla rígida. En vano se ofreció a realizar cualquier trabajo mejor adaptado
a sus condiciones físicas; fue condenado a catorce días de trabajos forzados en
el penal. En el hospicio de Basford, un inspector oficial descubrió en febrero
de 1844, que no se habían cambiado las sábanas en tres semanas, las camisas en
cuatro semanas, los calcetines de dos a diez meses; de modo que de 45 muchachos
no había más que tres que aún tenían calcetines y todas las camisas estaban en
harapos. Las camas bullían de chinches y las escudillas eran lavadas en los
cubos higiénicos. En el hospicio de Londres-Oeste, había un conserje sifilítico
que había contaminado a cuatro jovencitas, sin que por ello se le despidiera;
otro portero había sacado a una joven sordomuda de una de las salas, la había
escondido cuatro días en su cama y se había acostado con ella. Este tampoco fue
despedido.
Tal vida, tal muerte. Los pobres son
enterrados sin la menor atención, como animales muertos. El cementerio de
pobres de Saint Brides, en Londres, es un lodazal sin árboles, utilizado como
cementerio desde la época de Carlos II, lleno de montones de osamentas. Todos
los miércoles se lanza a los pobres fallecidos en un hueco de catorce pies de
profundidad, el cura despacha lo más pronto posible su letanía, el hueco es tapado
rápidamente, y el miércoles siguiente se cava de nuevo y se llena de cadáveres
hasta que no quepa uno más. El olor putrefacto que emana de allí se siente en
todos los alrededores. En Manchester, el cementerio de pobres está situado
frente a la ciudad antigua, cerca del Irk; es también un terreno indeterminado
de suelo desigual. Hace unos dos años se hizo pasar por allí una línea de
ferrocarril. Si se hubiera tratado de un cementerio respetable, ¡qué gritos
hubieran lanzado la burguesía y el clero ante esa profanación! Pero era un
cementerio de pobres, el lugar de descanso de los indigentes y de los
superfluos, y nadie se ha molestado en absoluto. Ni siquiera se han tomado el
trabajo de transferir los cadáveres que todavía se hallaban enteramente
descompuestos en la otra parte del cementerio. Se ha cavado donde lo requería
la línea, y se han puesto estacas en tumbas recientes, de modo que el agua del
suelo cenagoso saturada de materias putrefactas brota a la superficie,
esparciendo por los alrededores los gases más nauseabundos y nocivos. No quiero
describir en absoluto en sus detalles la barbarie repugnante que impera aquí.
En esas condiciones, ¿es de asombrar
todavía que los pobres rehusen aceptar la ayuda de la asistencia pública? ¿Qué
prefieran morir de hambre antes que ingresar en esas bastillas? Tengo a la
vista la exposición de cinco casos, en los que la gente ha preferido real y
verdaderamente morir de hambre y regresar a su miseria antes que entrar en ese
infierno, cuando unos días antes de su muerte la Administración de ayuda a los
pobres negó todo socorro fuera del hospicio. En este sentido, los comisionados
de la ley de pobres han logrado perfectamente sus fines. Pero al mismo tiempo,
los hospicios han tenido el efecto de aumentar, más que toda otra medida del
partido gobernante, la exasperación de la clase trabajadora con respecto a la
clase poseedora, que en su mayoría sólo tiene elogios para la ley de pobres. Desde
Newcastle hasta Dover, sólo se oye un solo grito de rebelión de los obreros
contra la nueva ley. A este respecto, la burguesía ha expresado sus propios
puntos de vista sobre sus obligaciones hacia el proletariado con tanta claridad
que incluso los más ignorantes los han comprendido. Jamás se había afirmado tan
claramente, tan francamente que los proletarios sólo existen para ser
explotados por los poseedores y para morir de hambre cuando éstos no puedan
utilizarlos. Mas por eso igualmente la nueva ley de pobres ha contribuido de
manera tan decisiva a la aceleración del movimiento obrero y especialmente a la
propagación del cartismo; y como esa ley se ha aplicado principalmente en el
campo, ha facilitado por ende el desarrollo del movimiento proletario que es
inminente en los distritos rurales.
Añadamos asimismo que en Irlanda también
existe, desde 1838, una ley de pobres análoga, que ofrece los mismos asilos a
80000 indigentes. También allí ha suscitado el odio, y este odio hubiera sido
más violento si la ley hubiera alcanzado la importancia que ha tenido en
Inglaterra. Pero, ¿qué son los malos tratos infligidos a 80000 proletarios en
un país donde hay dos millones y medio de ellos? En Escocia, aparte de algunas
excepciones locales, no existe ley de pobres en absoluto.
Luego de esta descripción de la nueva
ley de pobres y sus efectos, espero que no se hallará ningún calificativo
demasiado severo entre los que he utilizado con respecto a la burguesía
inglesa. En esta medida oficial, donde ella se manifiesta in corpore107,
como poder, expresa claramente lo que desea realmente y cuáles son sus
intenciones hacia el proletariado en todos sus actos de menor envergadura, que
en apariencia no son sino culpa de algunos individuos. Y los debates
parlamentarios de 1844 nos demuestran que esa medida no emanó solamente de una
fracción de la burguesía, sino por el contrario que toda la clase burguesa la
ha aplaudido. El partido liberal es el que había promulgado la nueva ley de
pobres; el partido conservador, con el ministro Peel a la cabeza, la defiende y
sólo modifica algunas zarandejas en el Poor Law Amendment Bill108 de
1844. Una mayoría liberal hizo esta ley, una mayoría conservadora la ha
ratificado y los nobles Lords darán cada vez su Content109. Así se
ha proclamado la exclusión del proletariado del estado y de la sociedad. De ese
modo se ha declarado abiertamente que los proletarios no son hombres y no
merecen ser tratados como hombres. Dejemos tranquilamente a los proletarios del
imperio británico la tarea de reconquistar sus derechos de hombre.*
107 Como
cuerpo constituido. (geschlossen)
108 Proyecto
de enmienda de la ley de pobres.
109
Conformidad Einverständnis
* A fin de evitar toda equivocación y las objeciones
resultantes deseo aclarar una vez mas que hablo de la burguesía como una clase
y que todos los hechos reportados y concernientes a individuos aislados sólo me
sirven para determinar el modo de pensar y de obrar de esa clase. Por eso no he
podido entrar en el detalle de las diferentes fracciones y partidos de la
burguesía que solamente tienen un interés histórico y teórico; y por eso
asimismo sólo puedo mencionar accesoriamente a algunos miembros de la burguesía
que se distinguen como excepciones dignas de respeto. De una parte, se trata de
los radicales más decididos, que son casi cartistas, tales como los miembros de
la Cámara baja y los industriales Hindley, de Ashton, y Fielden, de Todrnorden (Lancashire);
de otra parte, los tories humanitarios que fundaron recientemente la
"Joven Inglaterra", entre los que se cuentan los parlamentarios
Disraeli, Borthwick, Ferrand, Lord John Maners, etc., también Lord Ashley se
aproxima a ellos. La "Joven Inglaterra" se propone hacer revivir a la
"merry England"** de antaño con su pompa y su feudalidad romántica; este
propósito es evidentemente irrealizable y hasta ridículo, es un desafío a toda
evolución histórica, pero la buena intención, la valentía de levantarse contra el
mundo existente y los prejuicios existentes, así como reconocer la abyección
del estado de cosas actual, no dejan de tener valor. Enteramente apartado,
tenemos al germano-inglés Thomas Carlyle que, tory de origen, va más lejos que
los anteriores. Él es quien, de todos los burgueses, ingleses, va más al fondo
del problema del desorden social y exige la organización del trabajo. Espero
que Carlyle, quien ha hallado la vía correcta, pueda seguirla hasta el final. ¡Mis
mejores votos y los de numerosos alemanes lo acompañan! -(1892) Pero la
revolución de febrero ha hecho de él un reaccionario consumado; su justa cólera
contra los filisteos se ha convertido en mal humor de filisteo agriado contra
la ola histórica que lo ha lanzado sobre la arena de la costa. (F.E.)
** Alegre Inglaterra.
Fröhlichen Englands
Esa es, pues, la situación de la clase
obrera inglesa, tal como he llegado a conocerla con mis propios ojos y con la
ayuda de informes oficiales y de otras relaciones auténticas durante 21 meses.
Y si yo considero creo haberlo dicho suficientemente a lo largo de las páginas
precedentes que esa situación es sencillamente intolerable, no soy el único en
afirmarlo. Gaskell mismo declara desde 1833 que ya no espera una solución
pacífica y que será difícil evitar una revolución. Carlyle explica, en 1838, el
cartismo y la agitación revolucionaria de los obreros por la miseria en que
viven y lo que le sorprende solamente es que éstos hayan permanecido
tranquilamente sentados a la mesa del Barmecidas(51)
durante ocho años, donde fueron alimentados con las promesas vacías de la
burguesía liberal; y en 1844 declara que es indispensable iniciar sin demora la
organización del trabajo:
"si se quiere que Europa, o por lo
menos Inglaterra, sea habitable durante mucho tiempo todavía."
Y el Times, "el primer periódico de
Europa", dice libremente en junio de 1844:
"¡Guerra a
los palacios, paz a las chozas, es el grito de guerra del terror que podría una
vez más resonar a través de nuestro país. Que los ricos se cuiden
!
Examinemos una vez más, sin embargo, las
probabilidades de la burguesía inglesa. En el peor de los casos, la industria
extranjera, sobre todo la norteamericana, llegará a medirse con la competencia
inglesa, incluso después de la abrogación de las leyes de granos, que será
necesaria dentro de unos pocos años. La industria alemana hace actualmente
grandes esfuerzos, la industria norteamericana se ha desarrollado a pasos
agigantados. Estadas Unidos, gracias a sus recursos inagotables, a sus inmensos
yacimientos de carbón y de hierro, a su riqueza incomparable en energía
hidráulica y en ríos navegables, pero sobre todo gracias a su población enérgica
y activa, al lado de la cual los ingleses no son más que marmotas indolentes,
Estados Unidos ha creado en menos de diez años una industria que, en el campo
de las telas de algodón ordinarias (producción principal de la industria
inglesa) ya compite hoy con los ingleses, los ha despojado del mercado norte y
sudamericano, y vende en el mercado chino, al lado de los ingleses. Lo mismo
ocurre en las demás ramas industriales. Si un país parte ganando la carrera del
monopolio industrial, es en efecto Estados Unidos. Si la industria inglesa es
vencida de esa manera, como debe ciertamente ocurrir de aquí a veinte años si
subsisten las actuales condiciones sociales, la mayoría del proletariado
resultará definitivamente "superfluo", y ya no habrá otra alternativa
que morir de hambre o hacer la revolución. ¿Piensa la burguesía inglesa en esta
eventualidad? Muy al contrario. Mac Culloch, su economista preferido, la
aconseja desde el fondo de su gabinete de trabajo: es increíble que un país tan
nuevo como es Estados Unidos; que ni siquiera está poblado normalmente todavía,
pueda industrializarse con éxito o incluso competir con una vieja nación
industrial como Inglaterra. Sería una locura de parte de los norteamericanos
intentarlo, pues en la competencia no pueden sino perder dinero; déjeseles por
tanto ocuparse amablemente en la agricultura; y cuando hayan puesto a todo el
país bajo cultivo, entonces será sin duda el momento para ellos de lanzarse con
provecho a la industria. Eso es lo que dice este sabio economista, y toda la
burguesía corea esa letanía, ¡mientras que los norteamericanos arrebatan a los
ingleses un mercado tras otro, mientras que un audaz especulador norteamericano
despachaba recientemente un lote de mercancías norteamericanas con destino a
Inglaterra donde fueron revendidas para ser exportadas de nuevo!
Pero aun en el caso de que Inglaterra
conservara el monopolio industrial, en que el número de sus fábricas creciera
constantemente, ¿cuáles serían las consecuencias de ello? Siempre habrían crisis económicas y serían cada vez más violentas,
cada vez más horrorosas a medida que la industria se desarrollara y el
proletariado se multiplicara. El proletariado, debido a la decadencia acelerada
de la pequeña burguesía y de la concentración, que progresa a pasos de gigante,
del capital en manos de unos pocos, vería el número de sus miembros crecer en
proporción geométrica, y pronto constituiría el conjunto de la nación, con
excepción de algunos escasos millonarios. Pero en el curso de ese proceso, se
llegará a una etapa en que el proletariado verá cuán fácil le sería derribar el
poder social existente, y ello será entonces la revolución.
Sin embargo, ninguna de esas dos
eventualidades se presentará. Las crisis económicas, la palanca más poderosa de
toda revolución autónoma del proletariado, abreviarán ese proceso, en
correlación con la competencia extranjera y la ruina acelerada de la clase
media. Yo no creo que el pueblo acepte soportar una crisis más. Es posible que
la próxima crisis, que sobrevendrá en 1846 ó 1847, implicará
la abrogación de las leyes de granos e impondrá la Carta. Sólo el futuro dirá
qué género de movimientos revolucionarios provocará la Carta. Pero hasta la
crisis siguiente, que, a juzgar por las anteriores deberá producirse en 1852 ó
1853, pero que puede ser acelerada por otros factores -competencia extranjera,
etc-, hasta esa crisis, el pueblo inglés se cansará sin duda de ser explotado
en provecho de los capitalistas, y de morir de hambre cuando éste ya no lo
necesite. Si, de aquí a allá, la burguesía inglesa no quiere reflexionar -y
según todas las apariencias no hará absolutamente nada
al respecto- seguirá una revolución, con la cual no podría compararse ninguna
de las anteriores. Los proletarios reducidos a la desesperación, empuñarán las
teas de igualmente retardada por la abrogación de las leyes de granos o que les
había hablado Stephens en sus sermones; la venganza popular se ejercerá con un
furor que no puede compararse con lo ocurrido en 1793. La guerra de los pobres
contra los ricos será la más sangrienta que jamás haya tenido lugar. Incluso el
paso de un sector de la burguesía al partido del proletariado, incluso una
mejora general de la burguesía no servirá de nada. El cambio de opinión general
de la burguesía no podría por otra parte superar un débil "justo
medio"; aquellos que se unieran más resueltamente a los obreros,
constituirían una nueva Gironda y naufragarían por ende a ese título en el
desarrollo violento de los acontecimientos. No se abandonan los prejuicios de
toda una clase como se desecha una vieja vestimenta -sobre todo cuando se trata
de la burguesía inglesa rutinaria, de espíritu estrecho y egoísta. Esas son las
conclusiones que pueden sacarse con el mayor rigor, y cuyas premisas son los
hechos indiscutibles extraídos, de una parte, de la evolución histórica y, de
otra parte, de la naturaleza humana. En ninguna parte es más fácil hacer
profecías que en Inglaterra, porque en este país el desarrollo de la sociedad
es muy claro y bien definido. La revolución debe obligatoriamente venir, ahora
es demasiado tarde para hallar una solución pacífica al conflicto; pero es
cierto que puede ser menos violenta de lo que hemos profetizado anteriormente.
Sin embargo, ello dependerá menos de la evolución de la burguesía que de la del
proletariado. En efecto, la importancia de los derramamientos de sangre, de los
actos de represalia y de furor ciego que marcarán la revolución disminuirá en
la proporción exacta en que los elementos socialistas y comunistas sean
acogidos en las filas del proletariado. En principio, el comunismo se sitúa por
encima del antagonismo entre burguesía y proletariado; lo reconoce en su
significación histórica para el presente, pero no lo considera justificado para
el futuro; el comunismo quiere precisamente abolir ese antagonismo. En
consecuencia, mientras exista esa división, reconoce desde luego como necesaria
la cólera del proletariado contra sus opresores, ve en ella la palanca más
poderosa del movimiento obrero en sus comienzos; pero deja atrás esa cólera,
porque representa la causa de la humanidad toda entera y no solamente la de los
obreros. Por otra parte, a ningún comunista se le ocurre la idea de la venganza
personal o de creer en términos generales que, en las condiciones actuales, el
burgués puede obrar individualmente de un modo distinto al que lo hace. El
socialismo inglés (es decir, el comunismo) descansa precisamente en el
principio de la no responsabilidad del individuo. Mientras más ideas socialistas
adquieran los obreros ingleses, más superflua resultará su exasperación actual,
que no conduciría a nada si permaneciera tan violenta como lo es ahora, y más
perderán en salvajismo y brutalidad sus empeños contra la burguesía. En
conclusión, si fuese posible hacer comunista al conjunto del proletariado antes
que estalle la lucha, la misma se desarrollaría muy tranquilamente; pero ya esa
no es posible, ya es demasiado tarde. Yo creo, sin embargo, que mientras no
estalle enteramente, abierta y directamente, la guerra de los pobres contra los
ricos -que en lo sucesivo es ineluctable en Inglaterra- se hará suficiente luz
sobre la cuestión social dentro del proletariado; a fin de que con la ayuda de
los acontecimientos el partido comunista gane terreno a la larga a los
elementos brutales de la revolución y pueda evitar un 9 Termidor.(52) Por lo
demás, la experiencia de los franceses no habrá sido en vano y, además, la
mayoría de los dirigentes cartistas son desde ahora comunistas. Y como el
comunismo se sitúa por encima del antagonismo entre proletariado y burguesía,
será igualmente más fácil a la mejor fracción de la burguesía
-desafortunadamente se halla terriblemente reducida y no puede esperar engrosar
sus filas sino dentro de la joven generación- incorporarse al comunismo que al
cartismo, exclusivamente proletario.
Si las conclusiones a que hemos llegado
en esta obra parecieran insuficientemente fundadas, sin duda habrá ocasión de
demostrar en otra parte que se trata de los resultados necesarios de la
evolución histórica de Inglaterra. Pero yo sostengo: la guerra de los pobres
contra los ricos que se Si las conclusiones a que hemos llegado en esta obra parecieran
insuficientemente fundadas, sin duda habrá ocasión de demostrar en otra parte
que se trata de los resultados necesarios de la evolución histórica de
Inglaterra. Pero yo sostengo: la guerra de los pobres contra los ricos que se
desenvuelve actualmente de una manera esporádica e indirecta, se desarrollará
de modo general, total y directa en toda Inglaterra.
Es demasiado tarde para una solución pacífica. El abismo que separa las clases
se ahonda cada vez más, el espíritu de resistencia penetra cada día más en el animo de los obreros, la exasperación deviene más intensa;
las escaramuzas aisladas de la guerrilla se concentran para convertirse en
combates y manifestaciones más importantes, y pronto bastará un ligero choque
para desencadenar la avalancha. Entonces el grito de guerra resonará por todo
el país: "¡Guerra a los palacios, paz a las chozas!" pero entonces
será demasiado tarde para que los ricos puedan ponerse a salvo.
ANEXO
LA SITUACION DE LAS CLASES OBRERAS EN
INGLATERRA
UNA HUELGA INGLESA
En mi libro sobre la situación de la
clase trabajadora en Inglaterra, no me fue posible ofrecer datos en apoyo de
cada uno de los puntos abordados. Además, a fin de que no fuese demasiado
voluminoso y confuso, he considerada mis afirmaciones suficientemente
demostradas cuando las he apoyado en citas sacadas de documentos oficiales, en
escritores imparciales o en textos provenientes de los partidos cuyos intereses
atacaba. Ello era suficiente para protegerme contra el riesgo de ser
contradicho, en los casos en que no podía hablar de lo que yo mismo había
visto, puesto que describía en detalle situaciones y vidas precisas. Pero ello
no bastaba para hacer nacer en el lector cierta certidumbre irrefutable que
únicamente dan los hechos palpables, indiscutibles, y que no podrían producir
simples razonamientos, cualquiera que fuese el valor de las autoridades que los
formularan, sobre todo en un siglo que la infinita "sabiduría de los
antepasados" obliga al escepticismo. Los he chos son aún más de una absoluta
necesidad, cuando se trata de resultados de envergadura, de hechos agrupados
para deducir de ellos principios, cuando se quiere describir, no la situación
de pequeñas grupos aislados de la población, sino la posición recíproca de
clases enteras. Por las razones expuestas, no siempre he podido presentarlos en
mi libro. Aquí voy a llenar esa laguna inevitable ofreciendo de vez en cuando
los hechos que pueda, de las fuentes de que dispongo. Para demostrar al mismo
tiempo que todavía hoy mi descripción es exacta, sólo me referiré a
acontecimientos que han tenido lugar desde mi partida de Inglaterra el año
pasado, y que han llegado a mi conocimiento luego de la publicación del libro.
Mis lectores recordarán sin duda; que lo
que me importaba principalmente era describir la posición recíproca de la
burguesía y del proletariado y la necesidad de la lucha entre ambas clases; se
trataba, especialmente para mí; de probar que el proletariado tenía perfecta
razón de librar el combate y de descartar las flamantes fórmulas de la
burguesía inglesa sustituyéndolas por sus actos odiosos. Desde la primera hasta
la última página, yo redactaba el acta de acusación contra la burguesía
inglesa. Ahora voy a presentar algunas buenas piezas de convicción. Por lo
demás, me he apasionado lo suficiente respecto a la burguesía inglesa; no tengo
la más mínima intención de acalorarme de nuevo a propósito de ella y me
esforzaré lo mejor que pueda por conservar mi buen humor.
El primer buen ciudadano y buen padre de
familia de quien trataremos, es un antiguo conocido. Para ser exacto, son dos.
Los señores Pauling y Henfrey ya estaban en conflicto con sus obreros en 1843,
y Dios sabe cuántas veces antes; ninguna buena razón pudo convencer a los
obreros de que abandonaran su demanda: trabajando más, ellos querían más
salario y cesaron de trabajar. Los señores Pauling y Henfrey, quienes son
empresarios importantes y dan ocupación a numerosos ladrilleros, carpinteros,
etc., contrataron a otros obreros; esto provocó un conflicto y, para terminar,
condujo a una batalla sangrienta a garrotazos y tiros de fusil en la fábrica de
ladrillos de Pauling y Henfrey, lucha que se terminó con la deportación a Van
Diemens Land(53) de media docena de obreros, como se
ha podido leer largo y tendido en la obra precitada110. Pero los señores
Pauling y Henfrey tenían necesidad de disputarse con sus obreros, sin lo cual
parece faltarles algo para ser felices; por eso, en octubre de 1844, fabricaron
nuevas historias. Esta vez eran los carpinteros, cuyo bien se proponían hacer
los filantrópicos empresarios. Desde tiempos inmemoriales, reinaba entre los
carpinteros de Manchester y sus alrededores la costumbre siguiente: Desde la
Candelaria (2 de febrero) hasta el l7 de noviembre, "no se encendía la
luz", es decir, cuando los días eran largos se trabajaba de seis de la
mañana a seis de la tarde, y durante los días cortos se comenzaba cuando
amanecía hasta la caída de la noche. A partir del 17 de noviembre, se encendía
la luz y se trabajaba tiempo completo. Pauling y Henfrey, que desde hacia
tiempo estaban cansados de esa costumbre "bárbara", resolvieron
acabar con ese vestigio de "oscurantismo" recurriendo al alumbrado de
gas. Una tarde, como ya no había claridad para trabajar hasta las seis, los
carpinteros dejaron las herramientas y cogieron sus abrigos, pero el jefe del
taller alumbró el gas y dijo que había que trabajar hasta las seis. Esto no
convenía a los carpinteros, y convocaron a una asamblea general de obreros del
oficio. Muy asombrado, el Sr. Pauling preguntó a sus obreros si no estaban
contentos, ya que habían convocado a una asamblea. Algunos dijeron que no eran
ellos directamente, sino que el sindicato había citado para la reunión a lo
cual el Sr. Pauling replicó que a él no le importaba un bledo el sindicato,
pero que de todos modos quería hacerles una proposición: si ellos aceptaban que
se encendiera la luz por la noche, les daría a cambio tres horas de libertad el
sábado y -¡qué generosidad!- les permitiría trabajar cada día un cuarto de hora
extra, ¡qué les sería pagado aparte! Por otra parte, es cierto que cuando todos
los otros talleres comenzaran a encender la luz, ellos deberían trabajar media
hora más! Los obreros estudiaron la proposición y
calcularon que por ese medio, durante el período de los días cortos, los
señores Pauling y Henfrey ganarían cada día una hora entera; en total, cada
obrero tendría que trabajar 92 horas, o sea nueve días y un cuarto de más, sin
percibir un pfennig; dado el número de obreros empleados por la empresa, esos
señores economizarían de hecho en los meses de invierno £ 400 (2100 táleros) en
salarios. Los obreros celebraron su reunión, explicaron a sus compañeros que si
una empresa imponía tal horario de trabajo, todas las demás seguirían su
ejemplo, lo cual provocaría indirectamente una reducción general de los
salarios, que despojaría a los carpinteros de la región de unas £ 4000 anuales.
Se decidió, pues, que el lunes siguiente todos los carpinteros de Pauling y
Henfrey darían a éstos un plazo de tres meses para satisfacer su demanda, y que
si no lo hacían así, irían a la huelga a la expiración de dicho término. En
este caso, el sindicato les prometió ayudarlos con una contribución de todos
los demás carpinteros durante el tiempo en que, eventualmente, no tuvieran
trabajo.
110 Cf.
supra, pp. 337-338.
El lunes 21 de octubre los obreros
notificaron a sus patronos el cese del trabajo; se les respondió que podían
irse inmediatamente, lo cual, naturalmente, ellos hicieron. La misma noche se
celebró otra reunión de todos los obreros de la fábrica, donde todas las ramas
de la construcción prometieron su apoya a los obreros sin trabajo. El miércoles
y jueves siguientes, todos los carpinteros que trabajaban en la región para
Pauling y Henfrey, fueron también al paro así la huelga se hallaba
perfectamente en camino.
Los empresarios, dejados plantados
bruscamente de ese modo, enviaron inmediatamente emisarios en todas las
direcciones, incluso a Escocia, para contratar obreros, pues en los alrededores
no había bicho viviente que quisiera trabajar para ellos. En algunos días se
presentaron sólo trece personas de la región de Staffordshire. Pero desde el
momento en que los huelguistas tuvieron ocasión de hablar con ellos,
explicándoles que habían parado el trabajo como consecuencia de desacuerdos y
exponiéndoles las razones de la huelga, varios de los recién llegados rehusaron
continuar trabajando. Mientras tanto, los patronos habían hallado un medio
práctico: hicieron citar a los recalcitrantes, con el instigador, ante el juez
de paz, Daniel Maude, esquire. Antes de seguirlos ante el tribunal, tenemos
primeramente que presentar en su verdadero aspecto las virtudes de Daniel
Maude, Esquire.
Daniel Maude, Esquire, es el stipendiary
magistrate, el juez de paz asalariado de Manchester. De ordinario, los jueces
de paz ingleses son burgueses ricos o terratenientes, a veces también
eclesiásticos que el ministerio nombra para el puesto. Pero como esos
Dogberries no entienden nada de la ley, cometen las más graves infracciones,
avergüenzan y perjudican a la burguesía: en efecto, incluso ante un obrero, si
es defendido por un abogado astuto, a menudo no saben qué hacer; o lo condenan
descuidando las formas legales, lo que implica una apelación que el obrero
gana, o incluso son inducidos a pronunciar una absolución. Además, los ricos
fabricantes de las grandes ciudades y de los distritos industriales, carecen de
tiempo para molestarse concurriendo al tribunal día tras día y prefieren
nombrar a un sustituto111 en su lugar. En esas ciudades, por
consecuencia, casi siempre se nombran, a petición de las propias
municipalidades, jueces de paz asalariados, juristas de profesión, capacitados
para beneficiar a la burguesía con todas las astucias y las sutilezas del
derecho inglés, ampliado y corregido en caso de necesidad. El ejemplo que sigue
nos mostrará cómo obran esos jueces.
111
Remplaçant: en francés en el original.
Daniel Maude, Esquire, es uno de esos
jueces liberales que fueron nombrados en masa durante el gobierno de los whigs.
Citaremos solamente dos de sus hazañas en la arena de Borough Court de
Manchester y fuera de ella. Cuando en 1842 los industriales lograron empujar a
los obreros del sur de Lancashire a una insurrección, que estalló a principios
de agosto en Stalybridge, y el 9 de agosto en Ashtan, unos 10000 obreros
marcharon desde esas ciudades hacia Manchester con el cartista Richard Pilling
a la cabeza "para negociar con los industriales en la Bolsa de Manchester,
y también para ver cómo se hacían las transacciones en el mercado". A la
entrada de la ciudad los recibió Daniel Maude, Esquire, rodeado de la buena y valiente
policía en su totalidad, de un destacamento de caballería y de una compañía de
cazadores a pie. Pero este despliegue sólo era cuestión de forma: los
industriales y los liberales tenían en efecto interés en que la insurrección se
extendiera y lograra la abolición de las leyes de granos. Daniel Maude,
Esquire, estaba perfectamente de acuerdo con sus dignos colegas sobre ese
punto: comenzó por capitular ante los obreros y los dejó entrar en la ciudad
bajo la promesa de que "respetarían el orden público" y seguirían un
itinerario determinado. Él sabía muy bien que los insurgentes no lo harían y él
tampoco lo deseaba al dar muestra de cierta energía él hubiera podido, en
efecto, sofocar en su inicio la insurrección deliberadamente provocada, pero
entonces no hubiera obrado en interés de sus amigos partidarios de la abolición
de las leyes de granos, sino en el de Mr. Peel. Por tanto hizo retirar la tropa
y dejó que los obreros penetraran en la ciudad, donde paralizaron
inmediatamente todas las fábricas. Pero cuando la insurrección se orientó
resueltamente contra la burguesía liberal, ignorando totalmente las
"satánicas leyes de granos", Daniel Maude, Esquire, asumió de nuevo
su dignidad de juez, hizo arrestar a los obreros por docenas y los envió a la
prisión sin piedad, por "haber perturbado la paz pública" en suma,
era él quien comenzaba por perturbar la paz y después los sancionaba. He aquí otro
rasgo característico de la carrera de este Salomón de Manchester. La "Liga
contra las leyes de Granos" celebra en Manchester después que sus
partidarios son apaleados repetidamente en público reuniones secretas, donde no
se entra sino mediante la presentación de tarjetas, pero cuyas resoluciones y
peticiones deben darse a conocer al gran público, a fin de que se manifieste la
"opinión pública" de Manchester. Para poner término a esas mentiras
presuntuosas de los industriales liberales, tres o cuatro cartistas, entre
ellos mi amigo James Leach, se hicieron de tarjetas y asistieron a una de esas
reuniones. Cuando Mr. Cobden se levantó para hablar, James Leach preguntó al
presidente si la reunión era pública. A guisa de respuesta, ¡Cobden llamó a la
policía e hizo arrestar a Leach sin más ceremonia! Un segundo cartista hizo la
misma pregunta, después un tercero, un cuarto: uno tras otro fueron detenidos
por los "ungesottenen Krebsen" (la policía), que se hallaban en gran
número a la puerta del salón, y enviados al calabozo municipal. Al día
siguiente por la mañana, comparecieron ante Daniel Maude, Esquire, quien ya
estaba al corriente de todo. Fueron acusados de haber perturbado una reunión,
apenas pudieron hablar y después tuvieron que oír un sermón solemne de Daniel
Maude, Esquire donde les decía que los conocía bien, que ellos eran vagabundos
políticos que no sabían más que escandalizar en todas las reuniones, sembrar el
desorden entre las personas ponderadas y serenas, y había que acabar con esas
maneras de obrar. Por eso es que -Daniel Maude, Esquire, sabía bien que no
podía imponerles ningún castigo- quería condenarlos esta vez a las costas.
Es, pues, ante este Daniel Maude,
Esquire, cuyas virtudes de burgués acabamos de describir, ante quien fueron
llevados los obreros recalcitrantes de la firma Pauling y Henfrey. Mas por prudencia, ellos habían llevado un abogado.
Primeramente compareció el obrero que acababa de arribar de Staffordshire y
rehusaba continuar trabajando en una empresa donde otros obreros, para
defenderse, habían cesado el trabajo. Los señores Pauling y Henfrey tenían en
mano un compromiso escrito* de los obreros procedentes de Staffordshire, que
sometieron entonces al juez de paz. El defensor de los obreros objetó que dicho
acuerdo no era válido por haber sido suscrito un domingo. Daniel Maude,
Esquire, reconoció con mucha dignidad que las "transacciones de
negocios" realizadas en domingo no eran válidas; ¡pero que él no podía
creer que los señores Pauling y Henfrey consideraran dicho acuerdo como una
"transacción de negocios"! Por tanto manifestó al pobre diablo, sin
preguntarle detenidamente, si "consideraba" el documento como una
"transacción de negocios", que tenía que volver a su trabajo o ir a
divertirse tres meses a la prisión. ¡Oh, Salomón de Manchester! Una vez
liquidado el caso, los señores Pauling y Henfrey presentaron el del segundo
acusado. Este se apellidaba Salmon; era uno de los antiguos obreros de la empresa
que habían ido a la huelga. Se le acusaba de haber intimidado a los nuevos
obreros, a fin de que se unieran a la huelga también. El testigo -uno de esos
obreros- declaró que Salmon lo había tomado por el brazo y había discutido con
él. Daniel Maude, Esquire, preguntó sí el acusado, casualmente, no había
proferido amenazas, o si lo había golpeado. -No, respondió el testigo. Daniel
Maude, Esquire, muy contento de hacer brillar su imparcialidad, luego de haber
cumplido al instante sus deberes hacia la burguesía, declaró que no se podía
imputar al acusado ningún delito. Que tenía absoluto derecho de transitar por
la vía pública y hablar con otras personas, mientras no cometiera actos o
pronunciara palabras de intimidación; en consecuencia él lo absolvía. Sin
embargo, los señores Pauling y Henfrey habían tenido al menos la satisfacción,
a cambio de las costas del juicio, de hacer pasar al tal Salmon una noche en
cárcel (Violine) -y ya eso es algo. Además, la alegría de Salmon no duró mucho
tiempo. Libertado el jueves 31 de octubre, el martes 5 de noviembre comparecía
ya de nuevo ante Daniel Maude, Esquire, bajo la acusación de haber atacado en
la calle a los señores Pauling y Henfrey. El mismo jueves en que Salmon había
sido absuelto, llegó a Manchester cierto número de escoceses, atraídos bajo
pretextos falsos en el sentido de que el conflicto había terminado y que
Pauling y Henfrey no podían hallar suficientes obreros en la región para
realizar los importantes trabajos que ellos habían contratado. El miércoles varios escoceses que trabajaban desde hacía
bastante tiempo en Manchester, les explicaron a sus compatriotas las causas de
la cesación del trabajo. Sus compañeros se reunieron en gran número -unos 400-
en torno al albergue donde se alojaban los escoceses; éstos fueron retenidos en
el mismo como prisioneros, y se apostó a un capataz de centinela ante la
puerta. Al cabo de algún tiempo arribaron las señores Pauling
y Henfrey para acompañar en persona a sus nuevos obreros a la fábrica. Cuando
el grupo salió del albergue, los obreros reunidos interpelaron a los escoceses,
invitándolos a no violar las normas de trabajo en vigor en Manchester y a no
avergonzar a sus coterráneos. En efecto, dos de los escoceses se quedaron un
poco atrás y el señor Pauling mismo corrió tras ellos para hacer que siguieran
con él. La muchedumbre estaba tranquila, impidiendo que el grupo avanzara muy
rápidamente, diciendo a los obreros que no se metieran en los asuntos de los
demás, que regresaran a Escocia, etc.; finalmente, Mr. Henfrey se molestó, vio
a varios de sus antiguos obreros y entre ellos a Salmon, lo agarró por un brazo
y Mr. Pauling por el otro y ambos llamaron a la policía con todas sus fuerzas.
Acudió el agente de policía y preguntó de qué acusaban al hombre, lo cual puso
en gran apuro a los dos socios; pero, dijeron, "nosotros conocemos a este
hombre". ¡Oh! dijo el agente, con eso basta, podemos dejar que se vaya por
el momento. Forzados a acusar de algo a Salmon, los señores Pauling y Henfrey
reflexionaron varios días hasta que al fin, aconsejados por su abogado,
hicieron la acusación citada anteriormente. Cuando hubieron declarado todos los
testigos contra Salmon, se adelantó súbitamente como defensor del acusado, W.
P. Roberts, el "`abogado general de los mineros", terror de todos los
jueces de paz, quien preguntó si todavía tenía que presentar sus testigos,
porque no se había establecido ningún cargo contra Salmon. Daniel Maude,
Esquire, le permitió citar sus testigos, quienes declararon que Salmon se había
conducido tranquilamente hasta el momento en que Mr. Henfrey lo había agarrado
por el brazo. Luego de escuchar a las partes, Daniel Maude, Esquire, declaró
que dictaría sentencia el sábado. Evidentemente, la presencia del abogado
Roberts hacía que pensara dos veces antes de hablar.
* Este era el tenor del contrato: el obrero se comprometía a
trabajar seis meses para Pauling & Henfrey y a declararse satisfecho del
salario que ellos le pagarían; pero Pauling & Henfrey no estaban obligados
a contratarlo por seis meses, sino que podían despedirlo en cualquier momento con
aviso anticipado de una semana; y si Pauling & Henfrey habían pagado sus
gastos de viaje desde la región de Staffordshire hasta Manchester, ¡ellos los descontarían
del salario a razón de 2 chelines (20 groschen de plata) por semana! ¿Qué le parece
este magnífico modelo de contrato? (F.E.)
El sábado, Pauling y Henfrey presentaron
una nueva acusación por el delito de complot e intimidación contra tres de sus
antiguos obreros: Salmon, Scott y Mellor. De ese modo querían dar un golpe
mortal al sindicato, y para asegurarse contra Roberts, a quien temían, hicieron
venir de Londres a un jurista renombrado, Mr. Monk. Mr. Monk presentó primeramente
como testigo a uno de los escoceses recién contratados, Gibson, quien ya había
servido de testigo contra Salmon el martes anterior. Él declaró que el viernes
primero de noviembre, cuando salía con sus compañeros del albergue, una
muchedumbre lo había rodeado, empujado y molestado, y que los tres acusados
formaban parte de la misma. En ese momento, Roberts comenzó a interrogar al
testigo, lo careó con otro obrero y preguntó si él, Gibson, no había dicho ayer
a ese obrero que, cuando declaraba el martes anterior, no sabía que lo hacía
bajo juramento y, más generalmente, que no sabía qué hacer ni qué decir al
tribunal. Gibson respondió que no conocía a ese hombre; que la noche anterior
se había encontrado con dos personas, pero no había mucha luz y no podía decir
si se trataba del mismo hombre; que es posible que hubiera dicho algo por el
estilo, pues el modo de prestar juramento no era el mismo en Escocia y en
Inglaterra; que no recordaba bien. En ese momento Mr. Monk se levantó,
pretendiendo que Mr. Roberts no tenía derecho de hacer preguntas de ese género;
Mr. Roberts le replicó que esas objeciones eran enteramente corrientes cuando
se defendía una mala causa, pero que él tenía derecho de hacer las preguntas
que quisiera y no solamente dónde nació el testigo, sino también dónde había
estado día tras día desde ese momento, y lo que había comido en cada comida.
Daniel Maude, Esquire, confirmó que Mr. Roberts tenía completamente ese
derecho, dándole simplemente el consejo paternal de atenerse lo más posible al
objeto del debate. Después Mr. Roberts obtuvo del testigo la declaración de que
no había comenzado a trabajar realmente para Pauling y Henfrey sino el día
siguiente del incidente sobre el cual se fundaba la acusación, o sea el 2 de
noviembre, y lo dejó retirarse. Entonces declararon los testigos; el propio Mr.
Henfrey repitió lo que había dicho Gibson sobre el incidente. Por lo cual, Mr.
Roberts le preguntó lo siguiente: "¿No busca usted una ventaja ilegítima
para asegurarse contra sus competidores?" De nuevo Mr. Monk hizo
objeciones contra esa pregunta. "Bien", dijo Roberts, "voy a
hacerla más claramente. ¿Sabe usted, señor Henfrey, que el horario de trabajo
de los carpinteros es determinado en Manchester por ciertas reglas?"
MR. HENFREY: Yo no tengo nada que ver
con esas reglas. Tengo derecho de establecer mis propias normas.
Mr. ROBERTS: Muy cabal. Señor Henfrey,
bajo la fidelidad del juramento, ¿no exige usted de sus obreros una duración de
trabajo más larga que los demás empresarios de la construcción o los demás
patronos carpinteros?
Mr. HENFREY: Sí.
Mr. ROBERTS: ¿Cuántas horas
aproximadamente?
Mr. Henfrey no sabía exactamente, sacó
su libreta de apuntes para hacer el cálculo.
DANIEL MAUDE, Esquire: Usted no tiene
necesidad de hacer muchos cálculos; basta que nos diga cuántas horas poco más o
menos.
MR. HENFREY: ¡Pues bien! poco más o
menos una hora en la mañana y una hora en la noche durante las seis semanas que
preceden la época en que de ordinario se encienden las luces y otro tanto
durante las seis semanas después del día en que de costumbre se deja de
encender la luz.
DANIEL MAUDE, Esquire: Entonces son 72 horas
antes de encenderse la luz y 72 horas después, o sea, 144 horas en 12 semanas
que cada uno de sus obreros debe trabajar extra.
Mr. HENFREY: Sí.
Esta declaración fue acogida con
muestras de desaprobación por el público; Mr. Monk lanzó miradas furiosas a Mr.
Henfrey, y éste una mirada confusa a su abogado, mientras Mr. Pauling tiraba de
la levita de Mr. Henfrey, pero era demasiado tarde. Daniel Maude, Esquire, que
evidentemente ese día debía hacerse el imparcial, escuchó la confesión y la
hizo pública. Luego de la declaración de dos testigos sin importancia, Mr. Monk
manifestó que había terminado con sus pruebas contra los acusados.
Daniel Maude, Esquire, dijo entonces que
el demandante no había justificado una investigación criminal contra los
acusados, puesto que no se había probado que los escoceses amenazados estaban
al servicio de Pauling y Henfrey antes del primero de noviembre; no se había
establecido que existía un contrato de trabajo, o que los interesados hubieren
estado empleados antes del 2 de noviembre, en tanto que la acusación se había
hecho el día primero; por tanto ese día los obreros no se hallaban aún al
servicio de Pauling y Henfrey y los acusados tenían el derecho de desistir de
manera legal de entrar al servicio de estos patronos. Mr. Monk objetó que los
demandantes habían estado bajo contrato desde el momento en que embarcaron en
Escocia. Daniel Maude, Esquire, señaló que si bien se había probado la
existencia de tal contrato, el mismo no formaba parte de los autos. Mr. Monk
respondió que el contrato se hallaba en Escocia y rogó a Mr. Maude que se
suspendiera la vista hasta que lo recibiera de allí. Entonces intervino Mr.
Roberts: Ahora la cosa cambia. Se había declarado que se habían acompañado las
pruebas en apoyo de la demanda, y ahora resulta que el demandante pedía que se
aplazara el asunto a fin de aportar nuevas pruebas. Insistió en que se
continuara el juicio. Daniel Maude, Esquire, decidió que no procedía el
aplazamiento por cuanto la demanda era infundada -y los acusados fueron puestos
en libertad.
Mientras tanto, los obreros no habían
estado inactivos: semana tras semana, celebraban reuniones en el local de los
carpinteros o en el de los socialistas, apelaban a los diferentes sindicatos
obreros, recolectaban fondos, que fluían en abundancia, daban a conocer en
todas partes los procedimientos de Pauling y Henfrey, y por último enviaron
delegaciones a toda la región para explicar a sus compañeros de trabajo,
dondequiera que Pauling y Henfrey contrataban a obreros, el motivo de dicha
contratación, era impedir de ese modo que los carpinteros trabajaran para esa
firma.
Apenas unas semanas después del comienzo
de la huelga, siete delegados viajaban por el país y en todas las grandes
ciudades se distribuyeron avisos poniendo en guardia a los carpinteros sin
trabajo contra Pauling y Henfrey. El 9 de noviembre, algunos de los delegados
estaban de regreso y dieron cuenta de su misión. Uno de ellos, de apellido
Johnson, que había viajado a Escocia, contó que el agente de Pauling y Henfrey
había contratado a 30 obreros en Edimburgo, pero en cuanto supieron cuál era la
verdadera situación, declararon que preferían morir de hambre que ir a
Manchester en esas condiciones. Otro de ellos, que había estado en Liverpool,
había verificado los barcos que arribaban, pero como no llegó ni un solo
hombre, nada tuvo que hacer. Un tercero había recorrido la región de Cheshire,
pero por dondequiera que pasaba no había nada que hacer, pues el Northern Star,
el periódico de los obreros, había difundido por todas partes el verdadero
estado de cosas, haciendo que nadie tuviera deseos de viajar a Manchester; ya
en una ciudad en Macclesfield, los carpinteros ya habían hecho una colecta para
ayudar a los huelguistas, y prometieron que, de ser necesario, entregarían un
chelín por cabeza. En otras localidades, los trabajadores cooperaron de igual
modo.
A fin de dar a los señores Pauling y
Henfrey una oportunidad más de llegar a un acuerdo con los obreros, el lunes 18
de noviembre los sindicatos del sector de la construcción se reunieron en el
local de los carpinteros, designaron una delegación encargada de entregar un
mensaje a los dos empresarios y desfilaron en manifestación, con banderas y
emblemas, en dirección de las oficinas de Pauling y Henfrey. A la cabeza
marchaba la delegación, seguida del comité organizador de la huelga; después
venían los carpinteros, los moldeadores de ladrillos, los horneros, los peones
de albañil, los albañiles, los aserradores, los vidrieros, los estuquistas, los
pintores, una banda de música, los canteros, los ebanistas. Ellos pasaron
frente al hotel de su abogado general, Roberts, y lo saludaron con vítores. Una
vez ante las oficinas, la delegación avanzó hacia ellas, mientras que los
obreros continuaron desfilando hasta la plaza
Stevetson donde tendría lugar un mitin. La delegación fue recibida por la
policía, que preguntó los nombres y direcciones de los delegados antes de
dejarlos pasar. En las oficinas, los socios Sharps y Pauling declararon que se
negaban a recibir un mensaje escrito proveniente de una muchedumbre que se
había reunido sólo con fines de intimidación. La delegación negó tal cosa,
puesto que el desfile no se había detenido, sino que había seguido su camino
inmediatamente. Mientras la manifestación de cinco mil personas continuaba
desfilando, la delegación terminó por ser recibida y conducida a presencia de
jefes de la policía, un oficial y tres periodistas. El señor Sharps, socio de
Pauling y Henfrey, habló autoritariamente a la delegación advirtiéndole que
tuviera cuidado con lo que manifestara: se iba a levantar un acta y sus
declaraciones podrían eventualmente ser utilizadas contra ella judicialmente. Se
comenzó entonces por preguntarles de qué se quejaban, etc., se declaró que se
quería dar trabajo a la gente según las normas prevalecientes en Manchester.
Los delegados preguntaron si los obreros importados de Staffordshire y Escocia
trabajaban en las condiciones de Manchester para cada oficio. -No, fue la
respuesta, con ellos tenemos un acuerdo especial. -¿Entonces sus obreros
tendrían trabajo de nuevo en las condiciones habituales? -¡Oh! nosotros no
queremos discutir con una delegación; dejen que los obreros vengan a nosotros y
ellos sabrán en qué condiciones queremos darles trabajo. Mr. Sharps añadió que
todas las empresas donde figuraba su nombre siempre habían tratado bien a sus
obreros y pagaban el salario más elevado. La delegación replicó que si, como
había oído decir, él era accionista de la empresa Pauling, Henfrey & Co.,
ésta se había opuesto violentamente a los intereses de los obreros. Se preguntó
a un obrero ladrillero, miembro de la delegación, de qué tenían que quejarse
los de su oficio. Este respondió: ¡Oh! actualmente de nada, pero hemos tenido
bastantes cosas de qué quejarnos. -Ah, ¿de veras? replicó Mr. Pauling sonriendo
irónicamente. ¿Han tenido bastantes cosas, bastantes cosas? y aprovechó la
ocasión para hacer una larga exposición sobre los sindicatos obreros, las
huelgas, etc., y sobre la miseria que acarrean a los obreros. A lo cual un
miembro de la delegación respondió que no tenían ninguna intención de dejarse
robar sus derechos a retazos, y que no querían, por ejemplo, como se les exigía
al presente, trabajar 144 horas anuales gratis. Mr. Scharps señaló que había
que calcular también lo que perdían los manifestantes al no trabajar ese día,
así como los gastos de la huelga, la pérdida de salario para los huelguistas,
etc. Un delegado dijo: eso no le importa a nadie más que a nosotros y no les
exigiremos ni un centavo a ustedes. Luego de estas palabras, la delegación se
retiró, dio cuenta de la entrevista a los obreros reunidos en el local de los
carpinteros, y durante el mitin se supo que habían asistido, no solamente todos
los obreros que trabajaban para Pauling y Henfrey en la región (y que no eran
carpinteros, por tanto no estaban en huelga), para tomar parte en el desfile,
sino también varios de los escoceses importados recientemente que dejaron el
trabajo para ello. Además, un pintor dijo que Pauling y Henfrey exigían las
mismas condiciones ilegítimas tanto de los pintores como de los ebanistas, y
que también los pintores estaban resueltos a resistir. Se decidió, para
simplificar las cosas y abreviar la lucha, que todos los obreros de la
construcción que trabajaban para Pauling y Henfrey irían a la huelga. Así se
hizo. El sábado siguiente los pintores, y el lunes los vidrieros, dejaron de
trabajar, y en la obra en construcción del nuevo teatro, cuya adjudicación habían
obtenido Pauling y Henfrey, al cabo de unos días solamente trabajaban dos
albañiles y cuatro peones en lugar de 200 personas. Varios de los recién
llegados también se sumaron a la huelga.
Pauling, Henfrey & Co. estaban
furiosos. Cuando tres más de los recién llegados se sumaron a la huelga, el viernes
22 de noviembre fueron acusados ante Daniel Maude, Esquire. No habían bastado
las afrentas anteriores. Primeramente compareció un tal Read, acusado de
incumplimiento de contrato; se acompañó un contrato que el acusado había
firmado en Derby. Roberts, que estaba de nuevo en su puesto, señaló que no existía
la menor relación entre el contrato y el punto capital a considerar: eran dos cosas enteramente
diferentes. Daniel Maude, Esquire, lo comprendió inmediatamente, porque el
terrible Roberts lo había dicho, pero tuvo que hacer muchos esfuerzos para
tratar de hacérselo comprender al representante de la parte contraria.
Finalmente, éste pidió permiso para modificar el punto capital a considerar y
volvió al cabo de un rato con una querella peor aún que la primera. Cuando vio
que tampoco resultaba, pidió un nuevo aplazamiento, y Daniel Maude, Esquire, se
lo concedió hasta el viernes 30 de noviembre; toda una semana para pensar. No
encuentro indicación alguna de su éxito o de su fracaso, pues en la serie de
ejemplares del periódico, me falta precisamente el que debe contener la
decisión. Roberts, sin embargo, pasó entonces a la ofensiva e hizo citar a
varios de los obreros recién contratados, así como a un capataz de Pauling y
Henfrey por haber penetrado en el domicilio de un huelguista y maltratado a su
mujer; en dos casos más, algunos huelguistas fueron víctimas de agresiones. Muy
a su pesar, Daniel Maude, Esquire, tuvo que condenar a todos los acusados, pero
los trató con la mayor indulgencia posible y solamente les hizo depositar una
suma como garantía de buena conducta futura.
Por último, a fines de diciembre,
Pauling, Henfrey & Co. lograron que se condenara a dos de sus adversarios,
también por maltrato de obra a uno de sus obreros. Pero esta vez el tribunal no
fue tan indulgente: fueron condenados sin titubear a un mes de prisión y al
depósito de una fianza para garantizar su buena conducta a la expiración de la
pena.
A partir de ese momento, escasearon las
informaciones sobre la huelga. El 18 de enero, continuaba plenamente. No he
sabido cuál fue el resultado final; probablemente terminó como la mayoría de
las demás. Seguramente Pauling, Henfrey & Co., a la larga lograron
contratar suficientes obreros en regiones distantes, donde siempre hay tránsfugas
de la parte contraria. La masa de los obreros en huelga habrá hallado ocupación
en otra parte después de una paralización más o menos prolongada del trabajo,
con toda la miseria que ello implica. Al menos ellos tienen el consuelo de no haber
ido a la huelga en vano, y de haber mantenido el nivel del salario de sus
compañeros de trabajo. Y por lo que toca a los puntos en litigio, Pauling,
Henfrey & Co. habrán descubierto que ellos no podían imponer estrictamente
sus puntos de vista iniciales, dado que la huelga resultó para ellos también en
grandes pérdidas; y a los demás empresarios no se les ocurrirá, luego de una
lucha tan violenta, modificar muy pronto las antiguas normas del oficio de
carpintero.
Bruselas
FEDERICO ENGELS.
Publicado en 1846.
NOTAS
(0) Esta obra fue escrita por Engels en noviembre de 1844 -
marzo de 1845. Cuando estuvo en Inglaterra en 1842-1844, estudió las
condiciones de vida del proletariado inglés
(1) Engels escribió esta dedicatoria "A las clases
obreras de Gran Bretaña" en inglés. En una carta a Marx del 19 de
noviembre de 1844, Engels explica que desea "publicarla aparte y dirigirla
a los jefes de los partidos políticos, a los literatos y a los miembros del Parlamento".
Esta dedicatoria figura, en inglés, en las ediciones alemanas de 1845 y 1892,
pero no aparece en las ediciones norteamericana e inglesa de 1887 y 1892.
(2) Engels se refiere a las insurrecciones de tejedores en 1844. En
Schlesien (Silesia) el ejército intervino, específicamente en Langenbielau y
Peterswalde, y ahogó la revuelta en sangre. En Böhmen (Bohemia), el mismo año,
en los distritos de Leitmeritz y de Praga, los obreros tomaron por asalto las
fábricas textiles y destruyeron las máquinas.
(3) Nombre de la primera máquina de
hilar algodón. A partir de 1738, en Inglaterra se había hecho varias
invenciones importantes en ese campo. La Jenny de Hargreaves fue perfeccionada
en 1769-1771 por Richard Arkwright cuya máquina fue llamada Throstle. En 1779,
Samuel Crompton perfeccionó su mule. Por último, en 1825, fue reemplazada por
la máquina automática de Richard Robert, llamada self-acting-mule o self-actor.
4 El 10 de mayo de 1876 se inauguró en
Filadelfia (Estados Unidos) la sexta exposición industrial mundial. Entre los
cuarenta países representados figuraba también Alemania. La exposición mostró
que la industria alemana quedaba muy a la zaga de la industria de otros países
y se regía por el principio "barato y podrido". Calificando de Jena
industrial el atraso de la industria alemana, Engels alude a la derrota del
ejército prusiano en la batalla de Jena, en octubre de 1806, durante la guerra
contra la Francia de Napoleón.
(5) El bill de abolición de las leyes
cerealistas fue aprobado en junio de 1846. Las llamadas leyes cerealistas,
aprobadas con vistas a restringir o prohibir la importación de trigo del
extranjero, fueron promulgadas en Inglaterra en beneficio de los grandes
terratenientes (landlords). La aprobación del bill de 1846 fue un triunfo de la
burguesía industrial, que luchaba contra las leyes cerealistas bajo la consigna
de libertad de comercio.
(6) La ley que prohibía el pago del
trabajo con mercancías fue aprobada en 1831; sin embargo, muchos fabricantes la
infringían.
(7) La «Pequeña Irlanda» («Little
Ireland»): uno de los barrios obreros más miserables en el arrabal sur de
Manchester. «Siete cuadrantes» («Seven Dials»): barrio obrero del centro de
Londres.
(8) El sistema de cottages:
otorgamiento de la vivienda al obrero por el industrial en condiciones
leoninas, descontándose del salario el importe del alquiler.
(9) Trátase de la huelga de más de 10
mil mineros en el Estado de Pensilvania (EE.UU.) que ocurrió desde el 22 de
enero hasta el 26 de febrero de 1886. En el curso de la huelga, los obreros de
los altos hornos y de los hornos de coquificación, que reivindicaban elevación
del salario y mejora de sus condiciones de trabajo, alcanzaron una mejora
parcial de estas últimas.
(10) "The Commonweal" («El
bien común»): semanario inglés que aparecía en Londres de 1885 a 1891 y de 1893
a 1894, órgano de la Liga Socialista; en 1885 y 1886 Engels insertó en la
revista unos cuantos artículos.
(11) "Die Neue Zeit"
(«Tiempos nuevos»); revista teórica de la socialdemocracia alemana, aparecía en
Stuttgart de 1883 a 1923. De 1885 a 1894 publicó varios artículos de F. Engels.
(12) La Carta del Pueblo, que contenía
las exigencias de los cartistas, fue publicada el 8 de mayo de 1838 como
proyecto de ley a ser presentado en el Parlamento; la integraban seis puntos:
derecho electoral universal (para los varones desde los 21 años de edad),
elecciones anuales al Parlamento, votación secreta, igualdad de las
circunscripciones electorales, abolición del requisito de propiedad para los
candidatos a diputado al Parlamento, remuneración de los diputados. Las tres
peticiones de los cartistas con la exigencia de aprobación de la Carta del
Pueblo, entregadas al Parlamento, fueron rechazadas por éste en 1839, 1842 y
1849.
(13) La manifestación de masas que los
cartistas anunciaron para el 10 de abril de 1848 en Londres, con el fin de
entregar al Parlamento la petición sobre la aprobación de la Carta popular,
fracasó debido a la indecisión y las vacilaciones de sus organizadores. El fracaso
de la manifestación fue utilizado por las fuerzas de la reacción para arreciar
la ofensiva contra los obreros y las represalias contra los cartistas.
(14) En 1824, el Parlamento inglés,
presionado por el movimiento obrero de masas, tuvo que promulgar un acto
aboliendo la prohibición de las uniones obreras (las tradeuniones).
(15) En 1867, en Inglaterra, bajo la
influencia del movimiento obrero de masas, se llevó a cabo la segunda reforma
parlamentaria. El Consejo General de la I Internacional tomó parte activa en el
movimiento que reivindicaba esta reforma. Como resultado de ella, el número de electores
en Inglaterra aumentó en más del doble y cierta parte de obreros calificados conquistó
el derecho a votar.
(16) En 1884, en Inglaterra, bajo la
presión del movimiento de masas de las zonas rurales se efectuó la tercera
reforma parlamentaria haciéndose extensivas a las circunscripciones rurales las
condiciones de obtención del derecho de voto establecidas en 1867 para la
población de las circunscripciones urbanas. Después de esta reforma quedaban
aún sin derecho de voto importantes sectores de la población de Inglaterra: el
proletariado rural y los pobres de la ciudad, así como todas las mujeres.
(17) La "Asociación Británica de
Concurso al Fomento de la Ciencia" fue fundada en 1831 y existe en
Inglaterra hasta hoy; los materiales de las reuniones anuales se publican como
informes.
(18) Actualmente, podemos precisar algunos de los hechos que
mencionó Engels. Arkwright no fue el inventor del telar mecánico; él solamente lo
perfeccionó. De otra parte, Engels desconocía algunos descubrimientos e
invenciones que se hicieron en otros países; así, por ejemplo, que cuando James
Watt patentó su máquina de vapor en el año 1769, ésta ya había sido inventada en
Francia, Alemania y Rusia.
(19) "Durham Chronicle" Semanario que aparecía en
Durham (Inglaterra) desde 1820. En los años 40, era de tendencia burguesa
liberal.
(20) La "Reformbill“ (Ley
sobre la reforma electoral) fue promulgada el 7 de julio 1832 por el rey inglés
Wilhelm IV. Esta ley, se dirigía contra el monopolio político de la
aristocracia terrateniente y financiera. Elimino los peores residuos feudales
en el derecho electoral inglés y proporcionó el acceso al parlamento a los
representantes de la burguesía industrial Después se les quitó el derecho de
mandar representantes a la Cámara de los Comunes a 56 localidades con menos de 2000
habitantes. Los terratenientes y propietarios de casas que pagaban al año por lo
menos 10 libras esterlinas de impuestos recibieron el derecho electoral (por
eso censo de 10 libras. El proletariado y la pequeña burguesía, protagonistas
de la lucha por la reforma, fueron engañados por la burguesía liberal y no
recibieron ningún beneficio electoral.
(21) Proyectos de ley discutidos repetidamente en el período
de sesiones de 1844.
(22) Cf. al respecto mi "Esbozo de una crítica de la
economía política" en los Anales francoalemanes.* En ese trabajo el punto
de partida es "la libre competencia"; pero la industria no es sino la
práctica de la libre competencia y esta solamente el principio de la industria.
(F. E.)
*Obras de C. Marx y F. Engels, Berlín, 1957, t. I. pp.
499-524.
(23) Engels cita aquí el informe del predicador G.Altston
que fue publicado primero en el órgano burgués radical "The Weekly
Dispatch" y después en el periódico cartista "The Northern
Star", No 338, del 4 de mayo 1844.
(24) "The Times". Gran diario conservador fundado
el 1 de enero de 1785 bajo el nombre de Daily Universal Register. El 1 de enero
de 1988 tomó el nombre actual.
(25) El informe citado por Engels, proveniente de un comité
elegido por los ciudadanos de Huddersfilds el 19 de junio de 1844 encargado de
investigar la situación sanitaria de la ciudad, apareció el 10 de agosto de 1844
en el No. 352 del "The Northern Star".
(26) Engels utiliza la expresión latina. Según la tradición hacia
el 494 (a n. e.) los plebeyos sublevados contra los patricios se retiraron al
Monte Sagrado, cercano a Roma. Del mismo modo, las reuniones de obreros tenían
lugar en el Kersall-Moor, colina cercana a Manchester.
(27) En agosto de 1842, los obreros ingleses trataron de
realizar una huelga general en varios distritos industriales (Lancashire,
Yorkshire y otros). Durante la huelga, en algunas ciudades, se produjeron
enfrentamientos armados entre huelguistas y tropas y fuerzas de policía.
(28) The Manchester Guardian, periódico burgués inglés que
aparece en Manchester desde 1821, fue primero el órgano de los librecambistas
(Free-Traders), más tarde se convirtió en el órgano del Partido Liberal.
(29) El informe del pastor W. Champneys (1807-1875): rector
de St. Mary's Whitechapel (1837-1860) sobre la situación de los obreros del
puerto de Londres, citado por Engels, apareció primero en el semanario
"The Weekly Dispatch" y luego reproducido en "The Northern
Star" el 4 de mayo de 1844, No 338 Champneys fue uno de los primeros en
crear "escuelas harapientas", o escuelas de pobres, y una sociedad de
previsión obrera.
(30) "Vital Statistics of Glasgow, Illustrating the
Sanitary Condition of the Population" (Estadística de nacimientos y
decesos en Glasgow, como ilustración de la situación sanitaria de la
población). El artículo del Dr. Cowan apareció en el Journal of the Statistical
Society of London (Diario de la Asociación Estadística de Londres) en octubre
de 1840, vol. 3, p. 265.
(31) Ley especial de la construcción en Londres, que fue
aprobada por el parlamento inglés en 1844
(32) La ley de 1802 prohibió el trabajo nocturno para los
niños y limitaba a 12 horas la jornada de trabajo de los aprendices. Pero sólo
se aplicaba a la industria del algodón y de la lana. Como la ley no establecía
ningún control a través de la inspección de fábricas, y por lo tanto estas
disposiciones no fueron cumplidas por los fabricantes.
(33) La ley de 1819 prohibía el empleo de niños de menores
de 9años en las fábricas de hilados y telas. Se prohibía todo trabajo nocturno
a los niños y adolescentes de 9 a 16 años de edad y la jornada de trabajo se
limitaba a 12 horas sin pausas, pero se extendía en realidad a las 14 horas y
más. La ley de 1825 disponía que la paralización del trabajo para comer no debía pasar de 1 hora y media, a fin de que la jornada de trabajo
no fuese superior a 131/2 horas Pero estas leyes no preveían ningún control a
través de los inspectores de fábricas; por eso no fueron cumplidas por los
industriales.
(34) Lettres de prison. The Fleet Papers era una publicación
semanal que Richard Oastler editó como panfletos abajo la forma de cartas escritas
desde la prisión (que se hallaba en la Fleet St de Londres) donde estuvo
recluido por deudas de 1841 a 1844.
(35) Publicación semanal inglesa, órgano central de los
cartistas que se publicó de 1838 a 1852, primero en Leeds y después en Londres
a partir de noviembre de 1844. Feargus Edward O'Connor fue el fundador y
redactor en jefe de la misma. En los años 40, el director fue George Julian
Harney. Engels colaboró en ella desde septiembre de 1845 hasta marzo de 1848.
(36) Este poema que se publicó el 11 de febrero de 1843 en
el Northern Star (No. 274), fue traducido al alemán por F. Engels. El poema se
titula "El rey vapor" y contiene dos estrofas más.
(37) "Revue de deux mondes (Revista de los dos mundos).
Publicación burguesa de cada 15 días que apareció desde 1829 en París para historia,
política, literatura y arte.
38) Engels (al igual que Marx en sus primeros escritos)
habla todavía de la venta del trabajo. Más tarde, Marx demostró que el obrero
no vende su trabajo, sino su fuerza de trabajo. Vea para eso la introducción de
Engels a edición de la obra de Marx ("Trabajo asalariado y capital",
de 1891 (C. Marx - F. Engels, Obras Escogidas en 3 tomos, Editorial Progreso
1973, Tomo I, pp.145-152).
(39) Juego de azar: "Juegan a lanzar dinero al
aire"; a cara o cruz; en inglés: tossing coins.
(40) En 494 antes de nuestra era, el patricio romano M.
Agrippa apaciguó a los plebeyos insurreccionados, que se habían desplazado al
Monte Santo, cortándoles el apólogo de los miembros y el estómago.
(41) Se llamaba "motines policiacos" a los
enfrentamientos causados por provocadores entre cartistas y la policía, en
Sheffield, Bradford y otras partes. La consecuencia de estos enfrentamientos
fueron las numerosas detenciones de los líderes y miembros del movimiento
obrero.
(42) Home colonies Colonias de Patria (que Engels traduce
por Heimatskolonien); así llamaba Robert Owen a sus comunidades modelo.
(43) Escuelas nocturnas donde se daba a los obreros una
formación general y a veces técnica en Inglaterra. Las primeras fueron fundadas
en Glasgow (1823) y Londres (1824). Al comienzo de los años 40, había en Inglaterra
más de 200 escuelas de ese tipo, principalmente en las ciudades industriales de
los condados de Lancashire y Yorkshire. Naturalmente, la burguesía se
aprovechaba es estas escuelas para formar los obreros calificados que necesita
e influenciarlos en un sentido favorable a sus intereses.
(44) The Mining Journal, semanario para la industria minera,
los transportes y el comercio, fundado en Londres en 1835.
(45) Esta ley, aprobada por el parlamento el 10 de agosto de
1842, prohibía el trabajo de explotación subterránea en las minas de todas las
mujeres y de los niños menores de 10 años
(46) Court of Queen's Bench (tribunal de la Reina), uno de los
tribunales más antiguos de Inglaterra, que hacía (hasta 1873) de tribunal
superior autónomo que controlaba asuntos penales y civiles y tenía el derecho
de revisar las sentencias de los tribunales de primera instancia.
(47) El Writ of Habeas Corpus regulado por la ley de 1679
permite a todo acusado apelar su encarcelamiento, es el derecho que tiene el
detenido al examen de la legalidad de su detención. El acusado puede entonces
ser libertado, enviado de nuevo a prisión, o puesto en libertad bajo fianza. La
Ley puede ser suspendida temporalmente por decisión del parlamento; en las
acusaciones por alta traición no será empleado.
(48) Revocación (Repeal) y de la unión entre Inglaterra e
Irlanda: fue la reivindicación de los patriotas irlandeses, por la suspensión
de la unión de Irlanda y Gran Bretaña Esta unión había sido impuesta a Irlanda
luego del aplastamiento de la insurrección de 1798 y entró en vigor en 1801. La
misma borraba todos los vestigios de autonomía irlandesa. La lucha contra esta
medida no cesó de extenderse. En 1840 se fundó la Repeal Association que
agrupaba a todos los adversarios de la Unión de Inglaterra e Irlanda. Su jefe, O'Connell,
fue arrestado en 1843, y condenado en enero de 1844 a un año de prisión y £ 2000
de multa. Este veredicto fue anulado por la Cámara Alta en septiembre de 1844.
(49) Carlyle ofrece en su Past and Present (Pasado y
presente), Londres, 1843, una admirable descripción de la burguesía ingles y de
su repulsiva codicia; yo la he traducido en parte en los Anales francoalemanes
y ruego al lector que se remita a ellos.* (F.E.)
* Obras de Marx y Engels, Dietz Verlag, Berlín, 1978, t. I,
pp. 525-549.
(50) Dejad hacer, dejad pasar: en francés en el original
(consigna de los partidarios del librecambio).
(51) Festín de Barmecidas en "Historia del sexto hermano
del barbero", de Las Mil y Una Noches. El rico Barmecidas se burla de su
padre, simulando un festín, pero ofreciendo al hambriento sólo palabras y
gestos a guisa de alimentos.
(52) Como es sabido, el 9 de Termidor (27 de julio de 1794)
Robespierre fue derrocado y ese día inaugura un período de reacción que
desemboca en el Primer Imperio.
(53) Van
Diemens Land, colonia penitenciaria inglesa del Pacífico que en 1853 recibió el
nombre actual de Tasmania.
BIBLIOGRAFÍA CITADA POR ENGELS
LIBROS Y FOLLETOS
Alison, Sir Archibald:
The principles of Population. (2 vols., Edimburgo, 1840). Alison era "sheriff mayor" de
Lancashire y Engels lo cita en general bajo el nombre de "sheriff
Alison".
Alison, William
Pulteney: Observations on the Management of the Poor in
Baines, Jr.,
Edward: History of the Cotton Manufacture in
Carlyle, Thomas: Chartism
(Londres, 1839); Past and Present (Londres, 1835).
Crocker, J. W.: A
Sketch of the State of Ireland, Past and Present (2da. ed., Londres, 1808)
publicada anónimamente.
Disraeli, Benjamin: Sybil (Londres,
1845).
Faucher, León: Études sur l'Angleterre C2
vol., París, 1845); Engels utilizó sus artículos de La Revue des Deux-Mondes
que forman la base de la obra de Faucher.
Gaskell, Peter:
The Manufacturing Population of
Kay, J. P. (más
tarde Kay-Shuttleworth) : The Moral and Physical
Conditions of the Working Classes employed in the Cotton Manufacture in
Leach, James:
Stubborn Facts from the Factories by a
McCulloch, J. ft.:
A Statistical Account of the
Malthus, T. R.: An
Essay on the Principles of Population (Londres, 2da. ed., 1803).
Oastler, Richard:
The Fleet Papers (4 vol., Londres, 1841-1844).
Parkinson, R.: On.
the Present Condition of the Lubouring Poor in
Porter, G. R.: The
Progress of the Nation (3 vol., Londres, 1836- 1843).
Senior,
Smith, Adam: An.
Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations (editada por J. R. McCulloch,
4 vol. 1828).
Stirner, Max: Der
Einzige und sein Eigenthum (
Strauss, D. F.: Vie de Jésus (ed.
alemana, 1835-1836).
Symons, J. C. : Arts and Artizans at Home and Abroad Edimburgo y Londres,
1839).
Ure, Andrew: The
Cotton Munufacture of Greut
Vaughan, Robert:
The Age of Great Cities (Londres, 1842).
Wade, John:
History of the M£ddle anù Working Clusses (3ra. ed., Londres, 1835 ) .
Periódicos y revistas
Artizan.
Durhnm Chronicle.
lluminated Magazine.
Journal
of the Statistical Society of
Miner's
Advocate (
Mining
Journal.
Morning
Chronicle.
Northern Star (
North
of
The
Sun.
The
Times.
Weekly
Dispatch.
Publicaciones
oficiales
1831-1832.
Report of Select Committee on Factory Children's Labour.
1833. Factories
Inquiry Commission.; Report of the Central Board of Her Majesty's Commissioner appointed
to collect Information in the Manufacturing Districts as to the Employment of Children
in factories. First Report, June 1833; second Report, July 1833.
1833. Extracts
from the Information received by His Majesty's Commissioners, as to the
Administrution. And Operation of the Poor-Laws (1833).
1836. Third Report
of the Commissioners appointed "to Inquiry into the condition of the
poorer classes in
1842. Report to
Her Majesty's Principal Secretary of Stute for the Home Department from the
Poor-Law Commissioners on an Inquiry into the Sanitary Condition of the Labouring
Populatian of Great Britain (by Edwin Chadwick) .
1842-1843.
Report of Commission Inquiry into the Employment of Children and Young Persons
in Mines and Collieries and in Trades and Manufactures in which numbers of them
work together. First Report, 1842; second Report,
1843.
1843. Report of
Special Assistant Poor Law Cormmissioners on the Employrment of Wonen. and Children in agriculture.
1844. Report of
the Commissioners for Inquiring into the state of Large Towns. Firts Report (2
vol., 1844).
1844. Report of
the Inspectors of Factories... for the Half Year ending
RELACIÓN DE NOMBRES CITADOS
Ainsworth & Crompton, fabricantes de
textiles en Bolton.
Alison, Sir Archibald (1792-1867), historiador
y economista inglés, tory.
Alison, Dr. William Pulteney
(1790-1859), hermano del anterior, profesor de medicina en la Universidad de
Edimburgo, tory.
Alston,
G., predicador de St. Phillips, Bethnal Green, en Londres.
Ashley, Anthony. Cf. Shaftesbury.
Ashton, Thomas, fabricante de Hyde,
cerca de Manchester.
Ashton, Thomas, hijo del anterior,
muerto durante un disturbio.
Ashworth, Edmund (1801-1881), fabricante
de Lancashire, combatió activamente las leyes de granos y las asociaciones de
obreros.
Baines, Sir Edward (1800-1890),
economista inglés, liberal, editor del Leeds Mercury.
Bardley, Samuel Argent (1764-1861),
médico del hospital de Manchester de 1790 a 1823.
Bayley,
William, fabricante de Staleybridge.
Brougham, Henry Peter, jurista y hombre
de Estado inglés, whig.
Burns, miembro de la comisión
investigadora del trabajo infantil.
Bussey, Peter, hotelero en Bradford,
cartista; delegado al congreso cartista de 1839 donde defendió la tesis del
empleo de la "fuerza física".
Byron, George-NoëlGordon, Lord
(1788-1824), poeta romántico representante de la tendencia revolucionaria.
Carlyle, Thomas (1795-1874), escritor
inglés, historiador y filósofo idealista. Sus concepciones se asemejan al
socialismo feudal de los años de 1840 en Alemania. Después de 1848, enemigo
declarado del movimiento obrero.
Carter, forense de Surrey (barrio del
sur de Londres).
Cart Wright, Edmund (1743-1823),
inventor del telar mecánico.
Champneys, William Weldon (1807-1875),
predicador inglés, filántropo burgués.
Cobden, Richard (1804-1865), fabricante
inglés, liberal, partidario de la libertad de comercio, uno de los fundadores
de la Liga contra la Ley de Granos.
Cowan, Robert, médico, autor de las
Vital Statistics of Glasgaw.
Cowell, S. W., miembro, en 1853, de la
comisión investigadora del trabajo en las fábricas.
Crompton, Samuel (1753-1829), inventor
de una máquina de hilar.
Disraeli, Benjamin, conde de
Beaconsfield (1804-1881), escritor y político inglés. En los años 40, se unió
al grupo de la "Joven Inglaterra", más tarde dirigente del Partido
Conservador. Primer Ministro.
Duncombe, Thomas Slignsby (I796-1861),
político inglés, radical, en los años 40 tomó parte en el movimiento cartista.
Faucher, Léon (1803-1854), publicista
francés, liberal moderado, enemigo encarnizado del movimiento obrero.
Ferrand, William
Bushfield, terrateniente inglés, tory.
Fielden, John (1784-1849), fabricante
inglés, filántropo.
Frost, John (1784-1877), radical, se
unió al movimiento cartista en 1838.
Galway, Ann, obrera londinense, murió de
hambre en 1843.
Gaskell, Peter, médico de Manchester,
publicista liberal.
Gibson, campesino escocés.
Gilbert, Thomas (1720-1798), político
inglés, miembro del Parlamento, reformador de la Ley de Pobres.
Girard, Philippe-Henri de, (1775-1845),
ingeniero francés inventor de la máquina de hilar cáñamo.
Grainger, Riehard Dugard (1801-1865),
anatomista y fisiólogo, inspector, en 1841, de hospitales infantiles, miembro
de la comisión investigadora del trabajo infantil.
Greg, Robert Hyde (1795-1875),
fabricante, liberal, presidente de la Cámara de Comercio de Manchester.
Hamilton, Alexander, duque de
(1769-1852), propietario de minas de carbón en Escocia, miembro del Parlamento,
whig.
Hargreaves, James (murió en 1778),
inventor de la "Jenny", máquina de hilar.
Haslam, Sres., propietarios de las minas
de carbón de Pentrich.
Heathcoat, John (1783-1861), inventó en
1809 la máquina de "bobbin-net".
Helvétius, Claude-Adrien (1715-1771),
filósofo francés, representante del materialismo mecanista, ateo, ideólogo de
la burguesía francesa revolucionaria.
Henne, John (1779-1828), médico militar
inglés.
Hey, William (1772-1844), médico de
Leeds, juez de la comisión investigadora en las fábricas en 1833.
Hindley, Charles, fabricante de Ashton,
radical, apoyó la legislación fabril.
Hobhouse, John Cam, barón Broughton de
Gyfford (1786-1869), político inglés, fiberal.
Hood, Thomas (1779-1845), poeta y
escritor realista inglés. En 1841, miembro de la comisión investigadora del
trabajo infantil.
Horner, Leonard (1785-1864), geólogo
inglés, inspector oficial de fábricas, miembro de la comisión investigadora del
trabajo fabril en 1833 y del trabajo infantil en 1841.
Johns, William, médico, inspector del
distrito de Manchester.
Jonhson, obrero de Pauling &
Henfrey.
Kay, Shuttlewerth James Philips
(1804-1877), médico inglés en el barrio de pobres de Manchester.
Kennedy, John (1769-1855), fabricante de
textiles de Manchester.
Kitchen, fabricante de Sheffield.
Knight, médico de Sheffield.
Leach, James, tejedor, líder cartista
durante los años 40.
Lee, John (1999-1859), predicador, desde
1840 rector de la Universidad de Edimburgo.
Lindley, inventor de la máquina de
"point-net" para la fabricación de encajes.
Loudon, Charles (1801-1844), médico
inglés socialista y escritor político; en 1833, miembro de la comisión
investigadora de trabajo fabril.
Lovett, William (1800-1877), radícal
inglés, tomó parte en el movimiento cartista; partidario del empleo de la
"fuerza moral" y de la colaboración con la burguesía.
MacAdam, John Loudon (1756-1836),
ingeniero de puentes y caminos.
MacCCulloch, John ftamsay (1789-1864),
economista inglés, apologista del capitalismo, vulgarizador de la doctrina de
Ricardo.
MacDurt, Thomas, obrero.
Mackintosh, Robert, miembro de la
comisión investigadora del trabajo fabril.
MacPherson, madre de una rompehuelga,
murió asesinada.
MacQuarry, rompehuelga.
MacKellar, médico de Pencaitland.
Malthus, Thomas Robert (1766-1834),
clérigo y economista inglés, autor de la teoría del exceso de población que
tiende a justificar la miseria del proletariado.
Mathew, Theobald (1790-1856), sacerdote
católico irlandés, apóstol de la temperancia.
Maude, Daniel, juez de paz de
Manchester.
Mead, Edward P., obrero inglés que
publicó poesías en el Northern Star.
Mellor, viejo obrero en la fábrica de
Pauling & Henfrey.
Miles, William (1797-1878), banquero
inglés, miembro del Parlamento "enteramente oscuro" (Engels).
Miller, capitán; jefe de la policía de
Glasgow.
Mitchell, James (hacia 1786-1844),
publicó una serie de trabajos de vulgarización científica; en 1841, rniembro de
la comisión investigadora del trabajo infantil.
Monk, jurista.
Nelson, Horatio (1758-1805), almirante
inglés.
Oastler, Richard (1789-1861), político,
reformador social.
O'Connell, Daniel (1775-1847), político
y abogado irlandés, dirigente del ala derecha del movimiento de liberación
nacional.
O'Connor, Feargus Edward (1734-1865),
uno de los dirigentes del ala izquierda del movimiento cartista, fundador y
redactor del Northern Star; después de 1848, reformista.
Owen, Robert (1771-1881) fabricante y
socialista utópico inglés.
Padgin, fabricante de sierras de
Sheffield.
Painne, Thomas (1737-1809), publicista
anglo-norteamericano, republicano, paladín de la independencia de la América
del Norte y defensor de la revolución de 1789.
Parkinson, Richard (1797-1858), canónigo
de Manchester publicista y filántropo.
Patteson, Sir John (1790-1861), jurista
inglés de la Court of Queen's Bench.
Pauling & Henfrey, empresarios
constructores de Manchester.
Peel, Sir Robert (1750-1830), fabricante
de textiles, miembro del Parlamento, tory.
Peel, Sir Robert (1788-1850), estadista
inglés, tory moderado; Primer Ministro de 1841 a 1846, se dio su nombre a la
Ley de Bancos de 1844; hizo abolir en 1846, con la ayuda de los liberales, la legislación
sobre granos.
Percival, Thomas (1740-1804), médico
inglés; uno de los primeros en preconizar una legislación especial para los
niños empleados en las manufacturas.
Pilling, Richard (n. en 1800), cartista;
obrero en una manufaetura de algodón, uno de los jefes de la huelga de 1842 en
Ashton y Stalybridge.
Proudhon, Pierre-Joseph (1809-1885),
socialista pequeño-burgués francés, uno de los fundadores teóricos del
anarquismo. Publicó en 1840 ¿Qué es la propiedad? y en 1846 El sistema de
contradicciones económicas o filosofía de la miseria, a la cual Marx respondió
con Miseria de la filosofía.
Radnor, cf.
Bouverie
Rasleigh, William,
miembro del Parlamento inglés, editor de Stubborn
Facts from. the Factories.
Read, obrero de la fábrica Pauling &
Henfrey.
Robertson, John (1797-1876), médico de
la casa de maternidad de Manchester.
Roberts, William Prowting (1806-1871),
jurista inglés, portavoz de los cartistas y abogado general de los sindicatos.
Robson, George, recluso del hospicio de
Coventry, murió en 1843.
Sadler, Michael Thomas (1780-1835),
político y publicista inglés; tory.
Salmon, viejo obrero de la fábrica
Pauling & Henfrey.
Saunders, Robert John, inspector de
fábricas inglés hacia 1840.
Scott, viejo obrero de la fábrica
Pauling & Henfrey.
Scriven, Samuel S., miembro de la
comisión investigadora del trabajo infantil.
Shaftesbury, Antony Ashley Cooper, conde
de (1801-1885), político inglés, uno de los jefes del movimiento filantrópico
aristocrático en favor de la Ley de las Diez Horas.
Sharp, Francis, cirujano de Leeds.
Sharp,
Jr., William (1805-1896), cirujano de Bradford.
Sharp, Roberts & Co., fabricante de
maquinarias.
Sharps, socio de la casa Pauling &
Henfrey.
Smellie, James, cirujano de Glasgow.
Smith, rompehuelgas muerto en 1837.
Smith, Adam (1723-1790), economista
inglés; el representante más célebre de la economía política clásica.
Smith, Thomas Southwood (1788-1861),
médico de Londres; en 1841, miembro de la comisión investigadora del trabajo
infantil
Somerville, Alexander (seudónimo:
"Un hombre que ha respirado con fatiga detrás de su arado")
(1811-1885), periodista inglés de izquierda, colaboró especialmente en el
Morning Chranicle.
Stephens, Joseph ftaynor (1805-1879),
eclesiástico inglés partidario de reformas sociales. De 1837 a 1839, miembro
activo del movimiento cartista en Lancashire.
Stirner, Max (seudónimo de Johann Gaspar
Schmidt) (1806-1856), filósofo y escritor alemán; uno de los ideólogos del
individualismo burgués y del anarquismo. Su obra más conocida es L' Unique et
sa proprieté.
Strauss, David Friedrich (1808-1874),
filósofo y publicista alemán autor de la Vie de Jésus. Joven-hegeliano; después
de 1866, nacional-liberal.
Stuart, James (1775-1849), médico y
publicista; whig; en 1833, inspector de fábricas.
Sturge, Joseph (1793-1859), político
inglés, radical partidario del librecambio; se unió a los cartistas, pero con
el propósito de mantener a la clase obrera bajo lo influencia de la burguesía.
Symons,
Jelinger Cookson (1809-1860); publicista liberal inglés. Comisionado gubernamental en las
investigaciones sobre la situación de los tejedores a mano y los obreros
menores de edad; en 1841, miembro de la comisión investigadora del trabajo
infantil.
Tancred, Thomas, miembro de la comisión
investigadora del trabajo infantil.
Taylor, John (1804-1841), médico inglés
perteneciente al ala izquierda del movimiento cartista.
Thornhill, Thomas, terrateniente, whig.
Tufnell, miembro de la comisión
investigadora del trabajo fabril.
Turpin, Richard (Dick) (1706-1739),
salteador de caminos, ahorcado en 1739.
Ure, Andrew (1778-1857), químico inglés,
economista, partidario del librecambio.
Vaughan, ftobert (1795-1868),
eclesiástico inglés, historiador y publicista.
Wade, John (1788-1895), economista e
historiador inglés.
Wakefield, Edward Gibbon (1796-1862),
economista inglés, especialista en cuestiones coloniales.
Watt, James (1736-1819), ingeniero
inglés que contribuyó en gran parte a la invención de la máquina de vapor.
Wedgwood, Josiah (1730-1795), industrial
inglés que perfeccionó la industria de la cerámica en Inglaterra.
Wellington, Arthur Wellesley, duque de
(1769-1852), general y estadista inglés tory, Primer Ministro de 1828 a 1830,
apoyó a Peel en la abolición de los derechos sobre el trigo.
Wesley, John (1703-1791), uno de los
fundadores de la religión metodista.
Wightman, Sir William (1784-1863),
jurista inglés, desde 1841 juez en la Court of Queen's Bench.
Williams, Sir John, (1777-1846), jurista
inglés, de 1834 juez en la Court of Queen's Bench.
Wood James y Francis, fabricantes de
Bradford.
Wright, capataz en una fábrica de
Macclesfield.