El primer acto del drama revolucionario
desplegado en el continente europeo ha terminado. Los «poderes que fueron» antes
del huracán de 1848 han recuperado su estado de «poderes que son», y los
gobernantes más o menos populares por un día, los gobernadores provisionales,
los triunviros y los dictadores con toda la caterva de diputados, apoderados
civiles, delegados militares, prefectos, jueces, generales, jefes, oficiales y
soldados han sido arrojados a la otra orilla, «exilados allende el mar», a
Inglaterra o América para formar allí nuevos gobiernos «in partibus infidelium» [2], comités europeos, comités centrales, comités nacionales y
anunciar su advenimiento con edictos tan solemnes como las de cualesquiera
potentados menos imaginarios.
No es posible figurarse una derrota tan
grande como la sufrida por el partido revolucionario, mejor dicho, por los
partidos revolucionarios del continente en todos los puntos de la línea de
batalla. ¿Y qué? ¿No duraron cuarenta y ocho años la lucha de las clases medias
inglesas y cuarenta años las batallas sin par de las clases medias francesas
por la supremacía social y política? ¿Y no tuvieron el triunfo más cerca que en
ninguna otra ocasión en el preciso momento en que la monarquía restaurada se
creía más sólida que nunca? Han pasado hace ya mucho los tiempos de la
superstición que atribuía las revoluciones a la malevolencia de un puñado de
agitadores. En nuestros días todo el mundo sabe que dondequiera que hay una
conmoción revolucionaria, tiene que estar motivada por alguna demanda social
que las instituciones caducas impiden satisfacer. Esta demanda puede no dejarse
aún sentir con tanta fuerza ni ser tan general como para asegurar el éxito
inmediato; pero cada conato de represión violenta no hace sino acrecentarla y
robustecerla hasta que rompe sus cadenas. Por tanto, si hemos sido derrotados,
no podemos hacer nada más que volver a empezar desde el comienzo. Y, por
fortuna, la tregua, probablemente muy breve, que tenemos concedida entre el fin
del primer acto y el principio del segundo acto del movimiento, nos brinda el
tiempo preciso para realizar una labor de imperiosa necesidad: estudiar las
causas que hicieron ineludibles tanto el reciente estallido revolucionario como
la derrota de la revolución, causas que no deben buscarse ni en los móviles
accidentales, ni en los méritos, ni en las faltas, ni en los errores o
traiciones de algunos dirigentes, sino en todo el régimen social y en las
condiciones de existencia de cada país afectado por la conmoción. Que los
movimientos imprevistos de febrero y marzo de 1848 no fueron promovidos por
individuos sueltos, sino manifestaciones espontáneas e incontenibles de las
demandas y necesidades nacionales, entendidas con mayor o menor claridad, pero
vivamente sentidas por numerosas clases en cada país, es un hecho reconocido en
todas partes. Pero cuando se indagan las causas de los éxitos de la contrarrevolución,
se ve por doquier la respuesta preparada de que fue por la «traición» del señor
Fulano de Tal o del ciudadano Mengano de Cual al pueblo. Respuesta que, según
las circunstancias, puede estar o no muy en lo cierto, pero en modo alguno explica
nada, ni tan siquiera muestra cómo pudo ocurrir que el «pueblo» sa dejara traicionar de esa manera. Por lo demás, es muy
pobre el porvenir de un partido político pertrechado con el conocimiento del
solo hecho de que el ciudadano Fulano de Tal no es merecedor de confianza.
El análisis y la exposición de las causas
tanto de la conmoción revolucionaria como de la derrota de la revolución
revisten, además, una importancia excepcional desde el punto de vista de la
historia. Todas esas pequeñas discordias y recriminaciones personales, todos
esos asertos contradictorios de que fue Marrast, o Ledru-Rollin, o Luis Blanc, o cualquier otro miembro del Gobierno Provisional, o
el gabinete entero quien llevó la revolución hacia los escollos que la hicieron
naufragar ¿qué interés pueden tener ni qué luz pueden proyectar para los
americanos o los ingleses que han observado todos esos movimientos desde una
distancia demasiado grande para poder distinguir algún detalle de las
operaciones? Nadie que esté en sus cabales creerá jamás que once personas [*], en su mayoría de capacidad más que mediocre tanto para hacer
el bien como el mal, hayan podido hundir en tres meses a una nación de treinta
y seis millones de habitantes, a menos que estos treinta y seis millones
conocieran tan mal como estas once personas el rumbo que debían seguir. Pero de
lo que precisamente se trata es de cómo podo ocurrir que estos treinta y seis
millones fueran llamados de pronto a decidir qué rumbo tomar, pese a que, en
parte, avanzaban a tientas en las tinieblas, y de cómo ellos se perdieron luego
y permitieron a sus viejos líderes volver por algún tiempo a los puestos de
dirección.
Así pues, si bien intentamos explicar a
los lectores de "The Tribune"
[3] las causas que no sólo hicieron necesaria la revolución
alemana de 1848, sino también inevitable su derrota temporal en 1849 y 1850, no
se espere de nosotros una descripción completa de los sucesos tal y como
sobrevinieron en el país. Los acontecimientos posteriores y el fallo de las
generaciones venideras decidirán qué hechos de ese confuso cúmulo,
aparentemente casuales, incoherentes e incongruentes, entrarán en la historia
universal. Aún no ha llegado el momento de resolver este problema. Debemos
constreñirnos a los límites de lo posible y sentirnos satisfechos si podemos
encontrar las causas racionales basadas en hechos innegables que expliquen las
vicisitudes principales de ese movimiento y nos den la clave de la dirección
que el próximo y quizás no muy lejano estallido imprimirá al pueblo alemán.
Pues bien, ante todo, ¿qué situación
había en Alemania cuando estalló la revolución?
La composición de las diferentes clases
del pueblo que constituyen la base de toda organización política era en
Alemania más complicada que en cualquier otro país. Mientras que en Inglaterra
y en Francia el feudalismo había sido totalmente destruido o, al menos,
reducido, como en Inglaterra, a unos pocos vestigios insignificantes, por la
poderosa y rica clase media, concentrada en grandes ciudades, sobre todo en la
capital, la nobleza feudal de Alemania conservaba gran parte de sus viejos
privilegios. El sistema feudal de posesión de la tierra era el que prevalecía
casi por doquier. Los terratenientes seguían conservando incluso la
jurisdicción sobre sus arrendatarios. Privados de sus privilegios políticos,
del derecho de exigir cuentas a los soberanos, conservaban casi íntegra su
potestad medieval sobre los campesinos de sus tierras solariegas, así como su
exención del pago de las contribuciones. El feudalismo prosperaba más en unos
lugares que en otros, pero en ninguno fue destruido por entero excepto en la
orilla izquierda del Rin. Esta nobleza feudal, numerosísima y, en parte,
riquísima, estaba considerada oficialmente el primer «estamento» del país.
Nutría de altos funcionarios el Gobierno y casi totalmente de jefes y oficiales
el ejército.
La burguesía de Alemania estaba muy lejos
de ser tan rica y estar tan concentrada como la de Francia o Inglaterra. Las
viejas manufacturas de Alemania fueron destruidas por el empleo del vapor y por
la supremacía, en rápida expansión, de las manufacturas inglesas; las otras
manufacturas, más modernas, fundadas bajo el sistema continental de Napoleón [4] en otras regiones del país, no compensaban la pérdida de las
viejas ni eran suficientes para proporcionar a la industria una influencia tan
poderosa que forzase a los gobiernos a satisfacer sus demandas, con tanto mayor
motivo que estos gobiernos miraban con recelo todo aumento de la riqueza y el
poder de los que no procedían de la nobleza. Si bien es cierto que Francia
había mantenido venturosamente sus manufacturas sederas
a través de cincuenta años de revoluciones y guerras, no lo es menos que
Alemania, en el mismo período, perdió todas sus viejas tejedurías de lino.
Además, los distritos manufactureros eran pocos y estaban alejados unos de
otros. Situados en el interior del país, utilizaban en la mayoría de los casos
para su exportación e importación puertos extranjeros, holandeses o belgas, de
manera que tenían pocos o ningunos intereses comunes con las grandes ciudades
portuarias del mar del Norte o Báltico; eran sobre todo, incapaces de
constituir grandes centros industriales y comerciales como París, Lyón, Londres
y Manchester. Las causas de ese atraso de las manufacturas alemanas eran muchas,
pero basta con mencionar dos para explicarlo: la desventajosa situación
geográfica del país, alejado del Atlántico, que se había convertido en la gran
ruta del comercio mundial, y las continuas guerras en que Alemania se veía
envuelta y han tenido por teatro su territorio desde el siglo XVI hasta
nuestros días. La escasez numérica y, particularmente, la falta de
concentración alguna es lo que ha impedido a las clases medias alemanas
alcanzar la supremacía política que la burguesía inglesa viene gozando desde
1688 y que la francesa conquistó en 1789. No obstante, la riqueza, y con ella
la importancia política de la clase media de Alemania, ha venido aumentando
constantemente a partir de 1815. Los gobiernos, si bien muy a pesar suyo, se
han visto obligados a tener en cuenta los intereses materiales, al menos los
más inmediatos, de la burguesía. Se puede incluso afirmar a ciencia cierta que
cada partícula de influencia politica otorgada a la
burguesía por las constituciones de los pequeños Estados luego arrebatada
durante los dos períodos de reacción política que mediaron entre 1815 y 1830 y
entre 1832 y 1840 era compensada con la concesión de alguna ventaja más
práctica. Cada derrota política de la clase media reportaba luego una victoria
en el campo de la legislación comercial. Y, por cierto, la tarifa
proteccionista prusiana de 1818 [5] y la formación de la Zollverein [6] dieron mucho más a los
comerciantes y manufactureros de Alemania que el dudoso derecho de expresar en
las cámaras de algún diminuto ducado su desconfianza de los ministros que se
reían de sus votos. Así, pues, con el aumento de la riqueza y la extensión del
comercio, la burguesía alcanzó pronto el nivel en que el desarrollo de sus
intereses más importantes se veía frenado por el régimen político del país, por
su división casual entre treinta y seis príncipcs con
apetencias y caprichos opuestos; por las trabas feudales que atenazaban la
agricultura y el comercio relacionado con ella; y por la fastidiosa supervisión
a que la burocracia, ignorante y presuntuosa, sometía todas las transacciones.
Al propio tiempo, la extensión y consolidación de la Zollverein,
la introducción general del transporte a vapor y el aumento de la competencia
en el comercio interior unieron más a las clases comerciantes de los distintos
Estados y provincias, igualaron sus intereses y centralizaron su fuerza. La
consecuencia natural fue el paso en masa de todos ellos al campo de la
oposición liberal y la victoria en la primera batalla seria de la clase media
alemana por el poder político. Este cambio puede datarse desde 1840, cuando la
burguesía de Prusia asumió la dirección del movimiento de la clase media
alemana. En adelante volveremos a tratar de este movimiento de la oposición
liberal de 1840-1847.
Las grandes masas de la nación, que no
pertenecían ni a la nobleza ni a la burguesía, constaban, en las ciudades, de
la clase de los pequeños artesanos y comerciantes, y de los obreros, y en el
campo, de los campesinos.
La clase de los pequeños artesanos y
comerciantes es numerosísima en Alemania debido al escaso desarrollo que los
grandes capitalistas e industriales han tenido como clase en este país. En las
mayores ciudades constituye casi la mayoría de la población, y en las pequeñas
predomina totalmente debido a la ausencia de competidores ricos que se disputen
la influencia. Esta clase, una de las más importantes en todo organismo
político moderno y en toda moderna revolución, es más importante aún en
Alemania, donde ha desempeñado generalmente la parte decisiva en las recientes
luchas. Su posición intermedia entre la clase de los capitalistas, comerciantes
e industriales, más grandes, y el proletariado, u obreros fabriles, es la que
determina su carácter. Aspira a alcanzar la posición de la primera, pero el
mínimo cambio desfavorable de la fortuna hace descender a los de esta clase a
las filas de la última. En los países monárquicos y feudales, la clase de los
pequeños artesanos y comerciantes necesita para su existencia los pedidos de la
corte y la aristocracia; la pérdida de estos pedidos puede arruinarlos en gran
parte. En las ciudades pequeñas son la guarnición militar, la diputación
provincial y la Audiencia con la caterva que arrastran los que forman muy a
menudo la base de su prosperidad; si se retira todo esto, los tenderos, los
sastres, los zapateros y los carpinteros vendrán a menos. Así pues, están
siempre oscilando entre la esperanza de entrar en las filas de la clase más
rica y el miedo de verse reducidos al estado de proletarios o incluso de
mendigos; entre la esperanza de asegurar sus intereses, conquistando una
participación en los asuntos públicos, y el temor de provocar con su inoportuna
oposición la ira del gobierno, del que depende su propia existencia, ya que
está en la mano de él quitarle sus mejores clientes; posee muy pocos medios, y
la inseguridad de su posesión es inversamente proporcional a la magnitud de los
mismos; por todo lo dicho, esta clase vacila mucho en sus opiniones. Humilde y
lacayuna ante los poderosos señores feudales o el gobierno monárquico, se pasa
al lado del liberalismo cuando la clase media está en ascenso; tiene accesos de
virulenta democracia tan pronto como la clase media se ha asegurado su propia
supremacía, pero cae en la más abyecta cobardía tan pronto como la clase que está
por debajo de ésta, la de los proletarios, intenta un movimiento independiente.
A lo largo de nuestra exposición veremos cómo en Alemania esta clase ha pasado
alternativamente de uno de estos estados a otro.
La clase obrera de Alemania ha quedado
atrasada en su desarrollo social y político con respecto la clase obrera de
Inglaterra y Francia en la misma medida en que la burguesía alemana se ha
quedado rezagada de la burguesía de estos países. El criado es como el amo. La
evolución en las condiciones de existencia de una clase proletaria numerosa,
fuerte, concentrada e inteligente va de la mano del desarrollo de las
condiciones de existencia de una clase media numerosa, rica, concentrada y
poderosa. E1 movimiento obrero por sí mismo jamás es independiente, jamás lo es
de un carácter exclusivamente proletario a menos que todas las fracciones
diferentes de la clase media y, particularmente, su fracción más progresiva, la
de los grandes fabricantes, haya conquistado el poder político y rehecho el
Estado según sus demandas. Entonces se hace inevitable el conflicto entre el
patrono y el obrero y ya no es posible aplazarlo más; entonces no se puede
seguir entreteniendo a los obreros con esperanzas ilusorias y promesas que
jamás se han de cumplir; el gran problema del siglo XIX, la abolición del
proletariado, es al fin planteado con toda claridad. Ahora, en Alemania,
la mayoría de la clase obrera tiene trabajo, pero no en las fábricas de los
magnates de tipo contemporáneo, representados en Gran Bretaña por especies tan
espléndidas, sino por pequeños artesanos que tienen por todo sistema de
producción meros vestigios de la Edad Media. Y lo mismo que existe una gran
diferencia entre el gran señor del algodón, por una parte, y el pequeño
zapatero o sastre, por otra, hay la misma distancia entre el obrero fabril
despierto e inteligente de las modernas Babilonias industriales y el corto
oficial de sastre o ebanista de una pequeña ciudad provincial en la que las
condiciones de vida y el carácter del trabajo han sufrido sólo un ligero cambio
en comparación con lo que eran cinco siglos antes para la gente de esta
categoría. Esta ausencia general de condiciones modernas de vida y de modernos
tipos de producción industrial iba acompañada naturalmente por una ausencia
casi tan general de ideas contemporáneas; por eso no tiene nada de extraño que,
al comienzo de la revolución, gran parte de los obreros reclamara
inmediatamente el restablecimiento de los gremios y de las privilegiadas
industrias de oficios medievales. Y aun así, merced a la influencia de los
distritos manufactureros, en los que predominaba el moderno sistema de
producción y, en consecuencia, de las facilidades de intercomunicación y
desarrollo mental brindadas por la vida errante de gran número de obreros,
entre ellos se formó un gran núcleo cuyas ideas sobre la liberación de su clase
se distinguían por una claridad incomparablemente mayor y más acorde con los
hechos existentes y necesidades históricas; pero eran sólo una minoría. Si el
movimiento activo de la clase media puede datarse desde 1840, el de la clase
obrera comienza por las insurrecciones de los obreros fabriles de Silesia y
Bohemia en 1844 [7] y no tardaremos en tener ocasión de pasar
revista a las diferentes fases por las que ha pasado este movimiento.
Por último, estaba la gran clase de los
pequeños arrendatarios, de los campesinos, que constituyen con su apéndice, los
jornaleros agrícolas, una mayoría considerable de toda la nación. Pero esta
clase se subdivide a su vez en diversos grupos. Vemos, primero a los campesinos
más acomodados, llamados en Alemania Gross- y Mittelbauern [**], propietarios de
tierras más o menos extensas, y cada uno de ellos utiliza los servicios de
varios obreros agrícolas. Esta clase, colocada entre los grandes propietarios
feudales de la tierra, eximida del pago de contribuciones, y los pequeños
campesinos y obreros agrícolas, por razones obvias, se encontraron en alianza
con la burguesía urbana antifeudul. Segundo, vemos a
los pequeños campesinos propietarios que predominan en la provincia del Rin,
donde el feudalismo sucumbió bajo los poderosos golpes de la Gran Revolución
Francesa. Pequeños campesinos propietarios e independientes similares existían
asimismo en algunas partes de otras provincias, donde habían logrado redimir las
cargas feudales que vinculaban sus tierras. No obstante, esta clase era de
propietarios libres sólo nominalmente, pues su propiedad había sido, por lo
común, hipotecada y, además, en condiciones tan onerosas que no era el
campesino, sino el usurero que había prestado el dinero el propietario real de
la tierra. Tercero, los campesinos adscritos a la gleba, que no podían ser
desahuciados con facilidad de sus parcelas, pero que estaban obligados a pagar
al terrateniente una renta constante o ejecutar a perpetuidad un trabajo para
el señor. Por último, existían obreros agrícolas cuyas condiciones, en muchas
grandes haciendas, eran exactamente iguales que las de la misma clase en
Inglaterra y que, en todo caso, vivían y morían pobres, mal
alimentados y esclavos de sus amos. Antes de la revolución, estas tres
últimas clases de la población rural: los pequeños propietarios libres, los
campesinos adscritos a la gleba y los obreros agrícolas jamás se calentaban la
cabeza con la política, pero, sin duda, este acontecimiento tenía que abrirles
un nuevo sendero, lleno de brillantes perspectivas. La revolución ofrecía
ventajas a cada uno de ellos, y era de esperar que el movimiento, una vez
comenzado y desplegado, los incorporase a su vez a todos ellos. Pero, al mismo
tiempo, es completamente evidente, e igualmente confirmado por la historia de
todos los países modernos, que la población agrícola, debido a su dispersión en
gran extensión y a la dificultad de que llegue a ponerse de acuerdo una porción
considerable de ella, jamás puede emprender ningún movimiento independiente con
éxito; requiere el impulso inicial de la población más concentrada, más
ilustrada y de más movimiento de las ciudades.
El breve esbozo precedente de las clases
más importantes que, en conjunto, formaban la nación alemana en el momento del
estallido de los recientes movimientos, será suficiente para explicar una gran
parte de la incoherencia, la incongruencia y la contradicción aparente que
predominaban en este movimiento. Cuando intereses tan dispares, tan
contradictorios y tan extrañamente encontradizos entran en violenta colisión;
cuando estos intereses en pugna de cada distrito o provincia se mezclan en
distintas proporciones; cuando, sobre todo, en el país no hay ningún centro
importante, un Londres o un París, cuyas decisiones pudieran, por su peso,
eximir al pueblo de la necesidad de ventilar cada vez de nuevo el mismo
conflicto mediante la lucha en cada localidad, ¿qué otra cosa se puede esperar
sino la dispersión de la lucha en un sinfín de combates desligados en los que
se derrama una enormidad de sangre y se gastan infinitas energías y capital sin
ningún resultado decisivo?
El desmembramiento político de Alemania
en tres docenas de principados más o menos importantes se explica igualmente por
la confusión y multiplicidad de los elementos que constituyen la nación y,
encima, son distintos en cada localidad. Donde no hay intereses comunes, no
puede haber unidad de objetivos y menos aún de acción. La Confederación alemana
[8], es cierto, fue declarada indisoluble por los siglos de los
siglos; no obstante, la Confederación y su órgano, la Dieta [9],
jamás han representado la unidad alemana. El grado supremo a que llegó la
centralización en Alemania fue la Zollverein;
esta Liga obligó a los Estados del Mar del Norte a formar su propia Liga
arancelaria [10], en tanto que Austria seguía protegiéndose con
sus aranceles prohibitivos. Así pues, Alemania estaba satisfecha de su
división, para todo objetivo práctico, sólo en tres poderes independientes en
lugar de treinta y seis. Naturalmente, la supremacía decisiva del zar ruso [***], establecida en 1814, no sufrió por ello cambio alguno.
Tras de exponer estas conclusiones
previas, sacadas de nuestras premisas, veremos en el siguiente artículo cómo
las diversas clases antemencionadas del pueblo alemán se pusieron en
movimiento, una tras otra, y el carácter que este movimiento adquirió al
estallar la revolución francesa de 1848.
Londres, septiembre de 1851
[*] Los miembros
del Gobierno Provisional francés. (N. de la Edit.)
[**] Campesinos ricos y
medios. (N. de la Edit.)
[***] Alejandro I. (N. de la
Edit.)
[1] La serie de
artículos "Revolución y contrarrevolución en Alemania" se imprimió en
el "New York Daily Tribune" de 1851 a
1852 y fue escrita por Engels a petición de Marx, ocupado por entonces en hacer
investigaciones económicas. Se publicó en el "Tribune"
con la firma de Marx, que era el colaborador oficial del periódico. Hasta 1913,
y eso con motivo de la publicación de la correspondencia entre Marx y Engels,
no se supo que este trabajo lo había escrito Engels.
[2] In partibus infidelium (literalmente: «en el país de los
infieles»): adición al título de los obispos católicos destinados a cargos
puramente nominales en países no cristianos. Esta expresión la empleaban a
menudo Marx y Engels, aplicada a diversos gobiernos emigrados que se habían
formado en el extranjero sin tener en cuenta alguna la situación real del país.
[3] "The Tribune": título
abreviado del periódico progresista burgués "The
New York Daily Tribune"
("Tribuna diaria de Nueva York"), que apareció de 1841 a 1924. Marx y
Engels colaboraron en él desde agosto de 1851 hasta marzo de 1862.
[4] El sistema continental, o bloqueo
continental: prohibición, declarada en 1806 por Napoleón I para los países del
continente europeo de comerciar con Inglaterra. El bloqueo continental cayó
después de la derrota de Napoleón en Rusia.
[5] La tarifa proteccionista de 1818:
abolición de los aranceles internos en el territorio de Prusia.
[6] Zollverein
(La Liga aduanera), fundada en 1834 bajo los auspicios de Prusia, agrupaba a
casi todos los Estados alemanes; una vez establecida una frontera aduanera
común, contribuyó en lo sucesivo a la unión política de Alemania.
[7] La insurrección de
los tejedores de Silesia, del 4
al 6 de junio de 1844, primera gran lucha de clase del proletariado y la
burguesía de Alemania, y la insurrección de los obreros checos en la segunda mitad de junio de 1844 fueron aplastadas
sin piedad por las tropas gubernamentales.
[8] La Confederación Alemana, fundada el 8
de junio de 1815 en el Congreso de Viena, era una unión de los Estados
absolutistas feudales de Alemania y consolidaba el fraccionamiento político y
económico de Alemania.
[9] La Dieta de la Unión: órgano central
de la Unión Alemana con sede en Francfort del Meno; fue un instrumento de la
política reaccionaria de los gobiernos alemanes.
[10] La denominada Liga arancelaria (Steuerverein) se formó en mayo
de 1834, integrada por los Estados alemanes de Hannover,
Braunschweig, Oldemburgo y Schaumburgo-Lippe, interesados en
el comercio con Inglaterra. Para 1854, esta alianza separada se deshizo, y sus
participantes se adhirieron a la Liga aduanera (véase la nota 6).
El movimiento político de la clase media,
o de la burguesía, en Alemania, puede datarse desde 1840. Fue precedido por
síntomas que muestran que la clase adinerada e industrial de este país maduró
hasta el punto de no poder mantenerse por más tiempo apática
y pasiva a la presión de la monarquía semifeudal
y semiburocrática. Los príncipes de menos importancia
de Alemania fueron concediendo uno tras otro constituciones de carácter más o
menos liberal, en parte para asegurarse mayor independencia frente a la
supremacía de Austria y Prusia o frente a la influencia de la nobleza en sus
propios Estados, en parte con el fin de consolidar en un todo las provincias
dispersas que había unido bajo su gobernación el Congreso de Viena [11].
Y podían hacerlo sin el menor peligro para sí mismos; pues si la Dieta de la
Confederación, mero títere de Austria y Prusia, hubiese atentado contra su
independencia como soberanos, sabían que contaban con el apoyo de la opinión
pública y de las Cámaras para oponerse a los dictados de aquélla; y si, por el
contrario, las Cámaras resultaban demasiado fuertes, los príncipes podían
aprovechar el poder de la Dieta para romper toda oposición. Las instituciones
constitucionales de Baviera, Würtemberg, Baden o Hannover no podían, en esas
circunstancias, dar un impulso a ninguna lucha seria por el poder político y,
por eso, la gran mayoría de la clase media alemana se mantuvo en general al
margen de las pequeñas discordias que surgían en las asambleas legislativas de
los pequeños Estados, dándose perfecta cuenta de que sin un cambio cardinal de
la política y de la estructura de los dos grandes poderes de Alemania, todos
los esfuerzos y victorias secundarias no tendrían el menor resultado. Pero, al
mismo tiempo, de esas pequeñas asambleas surgió toda una grey
de abogados liberales, representantes profesionales de la oposición; los Rotteck, los Welcker, los Roemer, los Jordan, los Stüve, los Eisenmann, todos esos
grandes «hombres populares» (Volksmänner) que,
después de una oposición más o menos ruidosa, pero siempre desafortunada, de
veinte años, fueron elevados a la cumbre del poder por la oleada revolucionaria
de 1848, y luego, cuando mostraron su total ineptitud e insignificancia, fueron
destituidos en un instante. Ellos fueron los primeros modelos de políticos y
oposicionistas profesionales en Alemania; con sus discursos y escritos habían
familiarizado el oído alemán con el lenguaje del constitucionalismo y, con
ello, vaticinaban la llegada de un tiempo en que la burguesía caería en la cuenta
y devolvería el auténtico sentido a las frases políticas que esos parlanchines
abogados y catedráticos tenían la costumbre de emplear sin entender gran cosa
su verdadero significado.
La literatura alemana ha sentido también
la influencia de la agitación política en que los acontecimientos de 1830 [12] lanzaron a toda Europa. Casi todos los escritores de ese
período predicaban un constitucionalismo inmaduro o un republicanismo más
inmaduro aún. Fueron adquiriendo más y más la costumbre, sobre todo los escritorcillos
de menos categoría, de llenar la falta de talento en sus obras con alusiones
políticas capaces de llamar la atención del público. Las poesías, las novelas,las reseñas, los dramas,
en suma, todos los géneros de creación literaria rebosaban de lo que se dio en
llamar «tendencia», es decir, exposiciones más o menos tímidas de espíritu
antigubernamental. Para completar la confusión de ideas que reinaba en Alemania
después de 1830, estos elementos de oposición política se entremezclaron con
recuerdos universitarios mal asimilados de filosofía alemana y fragmentos mal
entendidos de socialismo francés, particularmente de sansimonismo; y la
pandilla de escritores que propagaba este conglomerado heterogéneo de ideas se
denominó presuntuosamente a sí misma «Joven Alemania» o «Moderna Escuela» [13]. Posteriormente se arrepintieron de sus pecados juveniles, mas sin mejorar su estilo literario.
Por último, la filosofía alemana, que es
el exponente más complicado, pero, a la vez, más seguro del desarrollo del
pensamiento alemán, se puso de parte de la clase media cuando Hegel declaró en
su "Filosofía del Derecho" que la monarquía constitucional es la
forma final y más perfecta de gobierno. Dicho con otras palabras, Hegel anunció
que se aproximaba el advenimiento de la clase media del país al poder político.
Muerto Hegel, su escuela no se detuvo ahí. Mientras la parte más avanzada de
sus adeptos, por un lado, sometió toda creencia religiosa a la prueba de una
crítica rigurosa y conmovió hasta los cimientos el vetusto edificio del
cristianismo, planteó al mismo tiempo principios políticos más audaces en
comparación con los que hasta entonces eran del dominio del oído alemán e
intentó restablecer la gloriosa memoria de los héroes de la primera revolución
francesa. El oscuro lenguaje filosófico en que iban envueltas esas ideas
ofuscaba el entendimiento tanto del literato como del lector, en cambio cegaba
por completo al censor, y por eso los «Jóvenes Hegelianos» gozaban de una
libertad de prensa desconocida en cualquier otra rama de la literatura.
Así, era evidente que en la opinión
pública de Alemania se estaba operando un gran cambio. La inmensa mayoría de
las clases cuya educación o posición en la vida les permitía, bajo la monarquía
absoluta, adquirir alguna información política y formarse algo así como una
opinión política independiente, se aunó paulatinamente en un poderoso sector de
oposición al sistema existente. Al emitir su juicio sobre la lentitud del
desarrollo político en Alemania, nadie podía perder de vista cuán difícil era
tener una información certera sobre cualquier problema en un país en el que
todas las fuentes de noticias estaban intervenidas por el gobierno y donde, en
ninguna esfera, desde las escuelas para los pobres y las escuelas dominicales hasta
los periódicos y las universidades, nada se decía, nada se enseñaba, nada se
imprimía o publicaba que no hubiera sido aprobado previamente. Tomemos, por
ejemplo, a Viena. Los habitantes de esta capital, que no se quedan detrás, en
cuanto a aptitud para el trabajo y la producción industrial, de nadie de
Alemania, y por la viveza de inteligencia, coraje y energía revolucionaria han
demostrado estar muy por encima de todos, han resultado ser más ignorantes de
la comprensión de sus verdaderos intereses y han cometido durante la revolución
más errores que los demás. Y eso ha sido debido en gran parte a la ignorancia
casi absoluta de los problemas políticos más simples en que el Gobierno de Metternich ha logrado tenerlos.
No hacen falta más explicaciones del por
qué, bajo ese sistema, la información política era casi un monopolio exclusivo
de esas clases de la sociedad que podían pagar el paso de esta información de
contrabando a su país, sobre todo de esos cuyos intereses eran más dañados por
el estado existente de las cosas, a saber, de las clases industriales y
comerciales. Por eso fueron los primeros en unir sus fuerzas contra la
continuación del absolutismo más o menos disfrazado, y el tiempo de su paso a
las filas de la oposición debe datarse por el comienzo del movimiento
revolucionario real en Alemania.
El pronunciamiento de la oposición de la
burguesía alemana debe fecharse en 1840, año de la defunción del rey anterior
de Prusia [*], el último fundador superviviente de la Santa
Alianza [14]. Del nuevo rey se sabía que no era partidario de
la monarquía predominantemente burocrática y militar de su padre. La burguesía
alemana esperaba, en cierta medida, obtener de Federico Guillermo IV de Prusia
lo que la clase media francesa había esperado de la coronación de Luis XVI.
Todos convenían en que el viejo sistema estaba podrido, había fracasado y debía
ser demolido; y lo que se había soportado en silencio bajo el viejo rey, ahora
se declaraba intolerable en voz alta.
Pero si Luis XVI, «Louis le Désiré», era un simplón ordinario sin pretensiones,
consciente a medias de su nulidad, una persona sin ideas determinadas que se
regía principalmente por las costumbres contraídas durante su educación,
«Federico Guillermo el Deseado» era totalmente distinto. Era, por cierto, más
débil de carácter que su original francés, pero tenía pretensiones y opiniones
propias. Había aprendido por sí mismo, como aficionado, los rudimentos de la
mayoría de las ciencias, y por eso se creía lo suficiente instruido para
considerar que su juicio era definitivo en todos los casos. Estaba convencido
de que era un orador de primera clase, y, por cierto, en Berlín no había ni un
viajante de comercio que pudiera aventajarle en prolijidad de presunto ingenio
y torrente de elocuencia. Pero lo que tiene más importancia es que poseía
opiniones propias. Odiaba y desdeñaba el elemento burocrático de la monarquía
prusiana, mas sólo porque todas sus simpatías estaban del lado del elemento
feudal. Uno de los fundadores y figuras principales del "Berliner politisches Wochenblatt" [15], de la denominada
Escuela Histórica [16] (escuela que se nutría de las
ideas de Bonald, De Maistre
y otros escritores de la primera generación de legitimistas franceses [17]) aspiraba a la restauración más completa posible de la
situación predominante de la nobleza en la sociedad. El rey, que es el primer
noble de su reino, está rodeado, ante todo, de una corte brillante, de vasallos
poderosos, príncipes, duques y condes, y luego de una nobleza inferior numerosa
y rica; reina a su propio albedrío sobre sus ciudadanos y campesinos, siendo
así él mismo el cabeza de una jerarquía acabada de categorías o castas
sociales, cada una de las cuales debe gozar de sus privilegios particulares y
estar separada de los demás por una barrera casi insorteable
de nacimiento o posición social sólida e inalterable; con la particularidad de
que la fuerza e influencia de todas estas castas o «estamentos del reino»
debían contrarrestarse al propio tiempo de manera que el rey tuviese completa
libertad de acción: ése era el beau idéal [**] que Federico Guillermo IV se
propuso realizar y está procurando hacerlo hasta el momento presente.
Se necesitó cierto tiempo para que la
burguesía prusiana, no muy versada en cuestiones teóricas, viese el verdadero
alcance de los propósitos del rey. Pero notó muy pronto su propensión: lo
diametralmente opuesto de lo que ella quería. Tan pronto como la muerte del rey
padre «desató la lengua» al nuevo rey, éste comenzó a proclamar sus intenciones
en innumerables discursos. Y cada discurso, cada acto suyo, le iba restando más
y más las simpatías de la clase media. Esto no le hubiera importado mucho de no
haber existido varios hechos inexorables y alarmantes que le interrumpían los
sueños poéticos. Desgraciadamente, este romanticismo está reñido con las
cuentas, y el feudalismo, desde los tiempos aún de Don Quijote, ¡siempre las ha
hecho sin el amo! Federico Guillermo IV aprendió demasiado bien el desdén por
la moneda contante y sonante que fue desde antiguo el
rasgo hereditario más noble de los descendientes de los cruzarlos. Cuando subió
al trono encontró un sistema gubernamental organizado con economía si bien
caro, y un tesoro estatal moderadamente lleno. En dos años se gastó hasta el
último centavo de los excedentes en festejos de la corte, viajes reales,
regalos, subvenciones a los nobles necesitados, arruinados y codiciosos, etc.,
y las contribuciones ordinarias ya no bastaban para cubrir las demandas ni de
la corte ni del gobierno. Así, Su Majestad se vio muy pronto atenazado entre el
déficit evidente, por un lado, y la ley de 1820, por el otro, según la cual
toda emisión injustificada de un nuevo empréstito o todo aumento de los
impuestos existentes era ilegal sin el asenso de la «futura representación del
pueblo». Esta representación no existía; el nuevo rey estaba aún menos
inclinado que su padre a crearla; y si lo hubiera estado, sabía que la opinión
pública había cambiado asombrosamente desde su entronización.
Efectivamente, la clase media, que, en
parte, esperaba que el nuevo rey promulgase inmediatamente la Constitución y
proclamase la libertad de prensa, el ejercicio de la justicia por tribunales de
jurados, etc., etc., que proclamaría, en suma, él mismo la revolución pacífica
que necesitaba la burguesía para alcanzar el poder político, las clases medias
habían visto su error y se volvían ferozmente contra el rey. En la provincia
del Rin y, más o menos generalmente, en toda Prusia, estaban tan desesperadas
que, al experimentar en su propio medio falta de gentes capaces de
representarlas en la prensa, fueron incluso a una alianza con la dirección
filosófica extrema de que ya hemos hablado antes. El fruto de esta alianza era
la "Rheinische Zeitung"
[18], que se publicaba en Colonia. Si bien la clausuraron a los
quince meses de su fundación, puédese considerar, sin
embargo, que este diario fue el que dio comienzo a la prensa periódica en
Alemania. Esto fue en 1842.
El pobre rey, cuyas dificultades
monetarias eran la sátira más rabiosa de sus propensiones medievales, no tardó
en ver que no podía seguir gobernando sin hacer algunas pequeñas concesiones a
la exigencia general de «Representación del Pueblo» que, como último remanente
de las promesas, hacía tiempo olvidadas, de 1813 y 1815, figuraban en la ley de
1820. El rey estimaba que el modo menos desagradable de cumplir los preceptos
de esta incómoda ley era convocar comités permanentes de las Dietas
provinciales. Las Dietas provinciales fueron instituidas en 1823. Estaban
compuestas en cada una de las ocho provincias del reino por: 1) la nobleza
superior de las familias que fueron soberanas en el Imperio alemán, cuyos
cabezas habían sido miembros de la Dieta estamental por derecho de nacimiento;
2) representantes de los caballeros o nobleza inferior; 3) representantes de
las ciudades; y 4) diputados de los campesinos o de la clase de los pequeños
labriegos. Todo estaba arreglado de manera que, en cada provincia, las dos
secciones de la nobleza tuvieran siempre mayoría en la Dieta. Cada una de estas
ocho Dietas provinciales elegía un comité, y estos ocho comités eran llamados
ahora a Berlín para formar una asamblea representativa que debía votar el
empréstito tan deseado. Se declaró que el Tesoro estaba lleno, y que el
empréstito no se necesitaba para cubrir las demandas corrientes, sino para
construir un ferrocarril estatal. Pero los Comités unidos [19]
dieron al rey una negativa rotunda, declarándose incompetentes para obrar como
representantes del pueblo y reclamaron de Su Majestad que cumpliese la promesa
de promulgar la Constitución representativa que había dado su padre cuando
solicitó la ayuda del pueblo contra Napoleón.
La sesión de los Comités unidos mostró
que el espíritu de oposición ya no afectaba sólo a la burguesía. A ésta se
había adherido una parte de los campesinos, y muchos nobles, que eran a la vez
grandes agricultores en sus propiedades, trataban con cereales, lana, alcohol y
lino, y, por lo mismo, necesitaban las mismas garantías contra el absolutismo,
la burocracia y la restauración feudal, se habían pronunciado igualmente contra
el gobierno en pro de una Constitución representativa. El plan del rey fracasó
por completo; el rey no recibió ni un céntimo y acrecentó la fuerza de la
oposición. Las sesiones siguientes de las Dietas provinciales fueron aún más
desfavorables para el rey. Todas reclamaron reformas, el cumplimiento de las
promesas de 1813 y 1815, la Constitución y la libertad de prensa; a este
efecto, las resoluciones respectivas de algunas de ellas fueron redactadas en
términos bastante irrespetuosos; las respuestas airadas del rey exasperado
empeoraron más aún la situación.
Entretanto, las dificultades financieras
del gobierno fueron en aumento. La reducción de las asignaciones con destino a
diversos servicios públicos, las transacciones fraudulentas relacionadas con el
«Seehandlung» [20],
establecimiento comercial que especulaba y traficaba a cuenta y riesgo del
Estado y funcionaba hacía ya tiempo como agente financiero suyo, había bastado
para guardar las apariencias de solvencia; el aumento de la emisión de papel
moneda había proporcionado algunos recursos; y el secreto de la situación
financiera, en general, había sido bien guardado. Pero las posibilidades para
todos estos subterfugios se agotaron pronto. Entonces se intentó otro plan: abrir
un banco con capital facilitado en parte por el Estado y, en parte, por
accionistas privados; la dirección principal debía pertenecer al Estado, es
decir, debía estar organizada de manera que el gobierno pudiera tomar de los
fondos de este banco grandes sumas y, de esa manera, repetir las operaciones
fraudulentas que ya no podía hacer con el «Seehandlung».
Mas, por supuesto, no había capitalistas que desearan
entregar su dinero en esas condiciones. Hubo que rehacer los estatutos del
banco y garantizar la propiedad de los accionistas contra los atentados del
fisco antes de que se abriera la suscripción a las acciones. Cuando, de esa
manera, fracasó también ese plan, no quedó otro recurso que intentar obtener un
empréstito, claro que en el caso de que se encontrasen capitalistas que
prestasen su dinero sin exigir el acuerdo y la garantía de esta misteriosa
«futura representación del pueblo». Se apeló a Rothschild,
pero éste declaró que si el empréstito estaba garantizado por la
«representación del pueblo», lo daría en el acto; en caso contrario, no
podría hacer nada por la transacción.
Así se desvaneció toda esperanza de
obtener dinero, y no había posibilidad de eludir la fatal «representación del
pueblo». La negativa de Rothschild se conoció en el
otoño de 1846, y en febrero del año siguiente el rey convocó a las ocho Dietas
provinciales en Berlín para hacer de ellas una «Dieta Unida» [21].
La tarea de esta Dieta consistía en cumplir los preceptos de la ley de 1820 en
caso de necesidad, a saber: votar los empréstitos y los nuevos impuestos, pero
sin ningún otro derecho. Su voz en cuanto a las cuestiones de la legislación
general debía ser puramente consultiva; no debía convocarse en períodos fijos,
sino siempre y cuando le placiese al rey: podía tratar sólo las cuestiones que
se le ocurriese plantear al gobierno. Los diputados de la Dieta, por supuesto,
estaban muy insatisfechos del papel que se les concedía. Reiteraron sus deseos,
que ya habían expresado en las asambleas de las provincias; las relaciones entre
ellos y el gobierno no tardaron en enconarse, y cuando se les volvió a pedir el
empréstito para construir el ferrocarril, se negaron de nuevo a darlo.
Esta votación dio en seguida lugar a la
clausura de la asamblea. El rey, cuya exasperación subía de punto, disolvió la
Dieta, expresando a los diputados su descontento, pero se quedó, no obstante,
sin dinero. Y en efecto, tenía razón de sobra para alarmarse de su situación,
al ver que la Liga Liberal, encabezada por las clases medias, a las que se habían
adherido gran parte de la nobleza inferior y elementos descontentos de todo
género, agrupados en diversos sectores de los estamentos bajos, estaba
dispuesta a conseguir lo que se proponía. En vano el rey había declarado en el
discurso inaugural que jamás otorgaría una Constitución en el moderno sentido
de la palabra. La Liga Liberal insistía en que se promulgase esa Constitución
representativa, moderna y antifeudal, con todas sus
consecuencias: la libertad de prensa, los tribunales de jurados, etc., dando a
entender que, hasta que no la recibiese, no accedería a prestar ni un céntimo.
Una cosa estaba clara: que las cosas no podían ir más allá de esa manera y que
una de las partes debía ceder o la cosa llegaría a una ruptura, a una lucha
sangrienta. Y las clases medias sabían que se encontraban en el umbral de la
revolución y se preparaban para ella. Querían asegurarse por todos los medios a
su alcance el apoyo de la clase obrera de las ciudades y de los campesinos en
las zonas rurales, y es bien sabido que a fines de 1847 entre la burguesía
apenas podía encontrarse una figura política eminente que no se proclamase a sí
misma «socialista» para ganarse las simpatías de la clase proletaria. No
tardaremos en ver a estos «socialistas» actuando.
Esta celosa propensión de la burguesía
dirigente a imprimir a su movimiento, al menos, una apariencia de
socialismo, fue debida al gran cambio que se había operado en la clase obrera
de Alemania. A partir de 1840, una parte de los obreros alemanes que habían
estado en Francia y Suiza, se había familiarizado más o menos con las nociones
rudimentarias del socialismo y el comunismo extendidas entre los obreros
franceses. El creciente interés que se tenía desde 1840 por esas ideas en
Francia, puso también de moda el socialismo y el comunismo en Alemania, y ya
desde 1843 en todos los periódicos se discutían cuestiones sociales. Poco
después, en Alemania se formó una escuela socialista cuyas ideas se distinguían
más por la oscuridad que por la novedad; sus esfuerzos principales consistían
en traducir del francés a la embrollada lengua de la filosofía alemana [22] el fourierismo, el sansimonismo y
otras doctrinas. Aproximadamente por este tiempo se formó la escuela comunista
alemana, que se distingue radicalmente de esa secta.
En 1844 estalló la insurrección de los
tejedores de Silesia, seguida de la de los estampadores textiles de Praga.
Estas insurrecciones, que fueron reprimidas con saña y no iban contra el
gobierno, sino contra los patronos, produjeron honda impresión y dieron nuevo
estímulo a la propaganda socialista y comunista entre los obreros. El mismo
efecto tuvieron los motines del pan durante el año de hambre de 1847. En suma,
lo mismo que la oposición constitucional agrupó en torno a su bandera al grueso
de las clases propietarias (a excepción de los grandes terratenientes
feudales), la clase obrera de las grandes ciudades vio el medio para su
emancipación en las doctrinas socialistas y comunistas, si bien, bajo las leyes
de prensa existentes, sólo podía ponerlas en conocimiento suyo en muy pequeño
grado. No podía esperarse que los obreros tuvieran ideas muy claras de lo que
querían: lo único que sabían era que el programa de la burguesía constitucional
no contenía todo lo que ellos deseaban y que sus demandas no encajaban del todo
en el marco de las ideas del constitucionalismo.
En Alemania no existía a la sazón un
partido republicano aparte. La gente era o monárquica constitucional, o
socialista y comunista más o menos claramente definida.
Con tales elementos, la menor colisión
debía provocar una gran revolución. En tanto la alta nobleza, los altos
funcionarios y los jefes militares eran el único apoyo seguro del sistema
existente; en tanto la nobleza inferior, las clases medias comerciales e
industriales, las universidades, los maestros de escuela de todas las
categorías e incluso parte de las filas inferiores de la burocracia y de la
oficialidad del ejército se habían unido contra el gobierno, en tanto además,
se contaban las masas descontentas de campesinos y proletarios de las grandes
ciudades, masas que por entonces aún apoyaban a la oposición liberal, pero que
ya hablaban de extraña manera de sus intenciones de tomar las cosas en
sus manos; en tanto la burguesía estaba dispuesta a derrocar el gobierno, y los
proletarios se estaban preparando para derrocar a la burguesía en su hora, el
gobierno persistía tenaz en el rumbo que debía llevar a la colisión. Alemania
se encontraba, a comienzos de 1848, ante el umbral de la revolución, y esta
revolución habría estallado indudablemente incluso en el caso de que no la
hubiese acelerado la revolución de febrero en Francia.
En el artículo siguiente veremos los
efectos que la revolución de París causó en Alemania.
Londres, septiembre de 1851
[*] Federico
Guillermo III. (N. de la Edit.)
[**] Bello ideal. (N. de la
Edit.)
[11] En el Congreso de
Viena de 1814-1815, Austria, Inglaterra y la Rusia zarista, que encabezaban a
la reacción europea, recortaron el mapa de Europa con el fin de restaurar las
monarquías legítimas en contra de los intereses de unión nacional e
independencia de los pueblos.
[12] En julio de 1830 se
produjo en Francia una revolución burguesa que fue seguida de insurrecciones en
una serie de países europeos: Bélgica, Polonia, Alemania e Italia.
[13] La Joven Alemania: grupo literario que apareció en los años 30;
reflejaba en sus obras artísticas y periodísticas los estados de ánimo
oposicionistas de la pequeña burguesía y propugnaba la defensa de la libertad
de conciencia y de prensa.
[14] La Santa Alianza: agrupación
reaccionaria de los monarcas europeos, fundada en 1815 por la Rusia zarista,
Austria y Prusia para aplastar los movimientos revolucionarios de algunos
países y conservar en ellos los regímenes monárquico-feudales.
[15] "Berliner politisches Wochenblatt" ("Semanario Político
Berlinés"): órgano extremadamente reaccionario que se editaba desde 1831
hasta 1841 con la participación de varios representantes de la escuela
histórica del derecho.
[16] Escuela histórica del derecho: corriente reaccionaria en las
ciencias históricas y jurídicas que apareció en Alemania a fines del siglo
XVIII.
[17] Legitimistas: partidarios de la
dinastía «legítima» de los Borbones, derrocada en
1830, que representaba los intereses de la gran propiedad territorial. En la
lucha contra la dinastía reinante de los Orleáns (1830-1848), que se apoyaba en
la aristocracia financiera y en la gran burguesía, una parte de los
legitimistas recurría a menudo a la demagogia social, haciéndose pasar por
defensores de los trabajadores contra los explotadores burgueses.
[18] "Rheinische Zeitung für Politik, Handel
und Gewerbe"
("Periódico del Rin sobre política, comercio e industria"): diario
que aparecía en Colonia desde el 1 de enero de 1842 hasta el 31 de marzo de 1843.
A partir de abril de 1842 colaboró en este periódico Marx, y desde octubre del
mismo año fue uno de sus redactores.
[19] Comités unidos: órganos estamentales
consultivos de Prusia que se elegían por las Dietas provinciales entre sus
componentes.
[20] Seehandlung
("El comercio marítimo"):
sociedad de comercio y crédito fundada en 1772 en Prusia. Gozaba de una serie
de importantes privilegios estatales y concedía grandes préstamos al gobierno.
[21] Dieta Unida: Asamblea unida de las dietas
estamentales de las provincias, convocada en Berlín en abril de 1847 para
garantizar al rey un empréstito exterior. Por la renuncia del rey a satisfacer
las exigencias políticas más modestas de la mayoría burguesa de la Dieta, esta
última se negó a garantizar el empréstito, por lo que en junio del mismo año el
rey la disolvió.
[22] Alusión a las
obras de los representantes del socialismo alemán o «verdadero», corriente
reaccionaria que se extendió en Alemania en los años 40 del siglo XIX
principalmente entre la intelectualidad pequeñoburguesa.
En nuestro artículo anterior nos
limitamos casi exclusivamente al Estado que, entre 1840 y 1848, fue casi el más
importante del movimiento en Alemania: el de Prusia. Lancemos, no obstante, una
rápida ojeada a otros Estados de Alemania en este mismo período.
Por lo que se refiere a los Estados
pequeños, han pasado, desde el movimiento revolucionario de 1830, por la
dictadura completa de la Dieta Unida, es decir, de Austria y Prusia. Por
ilusorias que fuesen las diversas constituciones adoptadas como medio de
defensa contra la arbitrariedad de Estados más grandes, para asegurar
popularidad a sus autores coronados y la unidad a las asambleas heterogéneas de
las provincias, formadas sin ningún principio rector por el Congreso de Viena,
resultaron sin embargo, peligrosas en el tumultuoso período de 1830-1831 para
el poder de los pequeños monarcas. Fueron derogadas casi totalmente. Lo que
quedó de ellas era menos que una sombra y se requería la locuaz complacencia de
un Welcker, un Rotteck o un
Dahlmann para imaginar que se podía obtener algún
resultado de esa sumisa oposición, mezclada con el vil reptilismo
que se les permitía mostrar en las impotentes cámaras de esos pequeños Estados.
La parte más enérgica de la clase media
de esos pequeños Estados abandonó, poco después de 1840, todas las esperanzas
que ellas cifraran en el desarrollo del gobierno parlamentario de esas
dependencias de Austria y Prusia. Y tan pronto como la burguesía prusiana y las
clases aliadas a ella mostraron su seria resolución de luchar por el gobierno
parlamentario de Prusia, se les permitió asumir la dirección del movimiento
constitucional sobre toda la Alemania no austriaca. Es un hecho incontestable
ahora que el núcleo de los constitucionalistas de Alemania Central que luego se
salió de la Asamblea Nacional de Francfort y que, por el lugar de sus reuniones
separadas, recibió el nombre de Partido de Gotha [23], discutió mucho antes de 1848 un plan que, con pequeñas
modificaciones, propuso en 1849 a los representantes de toda Alemania. Aspiraba
a la exclusión completa de Austria de la Confederación Alemana y al
establecimiento de una nueva Confederación con una nueva ley fundamental y un
Parlamento federal bajo la protección de Prusia y la incorporación de los
Estados más pequeños a otros mayores. Todo eso debía llevarse a cabo en el
momento en que Prusia ingresara en las filas de la monarquía constitucional,
diese la libertad de prensa y aplicase una política independiente de Rusia y
Austria, concediendo así a los constitucionalistas de los Estados pequeños la
posibilidad de obtener un control real sobre sus gobiernos respectivos. El
inventor de este esquema fue el catedrático Gervinus,
de Heidelberg (Baden). Así,
la emancipación de la burguesía prusiana debía ser la señal para la
emancipación de las clases medias de Alemania en general y para la conclusión
de una alianza, ofensiva y defensiva, tanto contra Rusia como contra Austria;
pues Austria, como veremos ahora mismo, era tenida por un país enteramente
bárbaro del que se sabía muy poco, y lo poco que se sabía no hacía honor a su
población; Austria, pues, no era considerada parte esencial de Alemania.
Por cuanto a las otras clases de la
sociedad de los Estados pequeños, seguían, con más o menos rapidez, los pasos
de sus cofrades de Prusia. Los pequeños comerciantes estaban más descontentos
cada día de sus respectivos gobiernos por el aumento de los impuestos, las
restricciones de sus exiguos derechos políticos, de los que estaban tan ufanos
de compararse con los «esclavos del despotismo» de Austria y Prusia. Pero, en
su oposición, aún no se descubría nada lo suficiente determinado que pudiera
destacarlos como partido independiente distinto del partido constitucionalista
de la gran burguesía. El descontento entre los campesinos también aumentaba,
pero era bien sabido que en tiempos tranquilos y pacíficos jamás propugnarían
sus intereses ni adoptarían su posición como clase independiente, excepto los
países donde estaba establecido el sufragio universal. La clase obrera, en los
oficios y las industrias de las ciudades, comenzaba a contaminarse con la
«ponzoña» del socialismo y el comunismo, pero eran pocas, fuera de Prusia, las
ciudades de alguna importancia y aún menos los distritos industriales, por lo
que el movimiento de los obreros, debido a la falta de centros de actividad y
propaganda, se desarrollaba con mucha lentitud en los Estados pequeños.
Tanto en Prusia como en los Estados
pequeños, la dificultad que existía para que se manifestase la oposición
política promovió una original oposición religiosa que se expresaba en
movimientos paralelos del catolicismo alemán y del Congregacionalismo
Libre [24]. La historia nos brinda numerosos ejemplos de cómo
en los países que gozan los bienes de una Iglesia Estatal y en que la discusión
política está muy obstaculizada, la oposición profana y peligrosa contra el
poder seglar se oculta tras una lucha más santificada y aparentemente más
desinteresada contra el despotismo espiritual. Muchos gobiernos que no toleran
la discusión de ninguno de sus actos lo pensarán bien antes de crear mártires y
excitar el fanatismo religioso de las masas. Así pues, en 1845, se conceptuaba
la religión parte inseparable del régimen de cada Estado de Alemania, ya se
profesase la católica romana como la protestante o ambas a la vez. Y en cada
uno de estos Estados, el clero de una de estas religiones o de las dos
constituía una parte esencial del sistema burocrático del gobierno. Atacar la
ortodoxia protestante o católica o al clero era tanto como atacar al propio
gobierno. En cuanto a los católicos alemanes, su misma existencia era un ataque
a los gobiernos católicos de Alemania, sobre todo de Austria y Baviera; y así
lo entendían estos gobiernos. Los Congregacionalistas
Libres, los disidentes protestantes, que tenían cierto parecido con los
unitarios ingleses y norteamericanos [25], declaraban
explícitamente su oposición a la tendencia ortodoxa clerical y rígida del rey
de Prusia y de su ministro favorito del Departamento de Educación y Culto,
señor Eichhorn. Las dos nuevas sectas, que se
extendieron rápidamente durante cierto tiempo, la primera en las tierras
católicas y la segunda en las protestantes, se distinguían únicamente por su
diferencia de origen; en cuanto a sus doctrinas, coincidían exactamente en el
importante punto de que todos los dogmas definidos carecían de consistencia.
Esa falta de toda definición era su esencia genuina; decían que estaban
erigiendo el gran templo bajo cuyas bóvedas se unirían todos los alemanes. Por
tanto, en el aspecto religioso expresaban la segunda idea política del día, la
idea de la unidad de Alemania; sin embargo, no podían ponerse de acuerdo entre
ellos mismos.
La idea de la unidad de Alemania que las
antemencionadas sectas procuraban llevar a cabo al menas en el terreno de la
religión, inventando una religión común para todos los alemanes, amoldada
especialmente a sus demandas, costumbres y gustos, esta idea se extendió
efectivamente mucho, sobre todo en los Estados pequeños. Después de la
disolución del Imperio alemán por Napoleón [26] el llamamiento
a la unión de todos los disjecta membra [*] del cuerpo alemán fue la
expresión general del descontento por el orden establecido de las cosas, máxime
en los Estados pequeños, donde los gastos de la corte, de la
administración y del ejército, en suma, el peso muerto de los impuestos,
crecían en razón directa a la pequeñez y debilidad del Estado. Mas en el punto
de lo que debía ser esa unidad de Alemania, cuando se llevase a efecto, eran
dispares las opiniones de los partidos. La burguesía, que no quería grandes
convulsiones revolucionarias, se satisfacía can lo que ya hemos visto que
consideraba «viable», a saber, la unión de toda Alemania, excluida Austria,
bajo la supremacía del gobierno constitucional de Prusia: y es seguro que por
entonces no se podía hacer nada más sin provocar peligrosas tempestades. Los
pequeños comerciantes, los artesanos y los campesinos, en la medida que el
problema preocupaba a estos últimos, jamás llegaron a definirse con respecto a
la unidad de Alemania, que reclamaron luego con tal griterío; unos cuantos
soñadores, en su mayoría reaccionarios feudales, cifraban sus esperanzas en el
restablecimiento del Imperio alemán; algunos ignorantes, los soi-disant [**] radicales, admiradores de las instituciones suizas, que aún
no habían conocido en la práctica y que, les decepcionó de manera tan ridícula,
se pronunciaban por una república federal; había un solo partido extremo que,
por entonces, se atrevía a propugnar la República Alemana [27],
una e indivisible. Así pues, la unidad de Alemania era en sí un gran problema
de desunión, de discordia y, en caso de ciertas eventualidades, incluso de
guerra civil.
Resumiendo, la situación en Prusia y en
los Estados pequeños de Alemania a fines de 1847 era la siguiente. La burguesía
sentía su fuerza y se resolvió a no tolerar más tiempo las trabas con que el
despotismo feudal y burocrático encadenaba sus transacciones comerciales, su
productividad industrial y sus acciones comunes como clase; una parte de la
nobleza rural se había convertido hasta tal punto en productora de artículos
destinados exclusivamente al mercado que tenía los mismos intereses de la
burguesía e hizo causa común con ella; la clase de los pequeños artesanos y
comerciantes estaba descontenta por los impuestos y las barreras interpuestas
en su negocio, pero aún no tenía ningún plan definido para esas reformas que
pudieran asegurar su posición en la sociedad y en el Estado; los campesinos,
oprimidos en algunos sitios por las exacciones feudales, y en otros por los
prestamistas, los usureros y los leguleyos; los obreros de las ciudades habían
sufrido el impacto del descontento general y odiaban tanto al gobierno como a
los grandes capitalistas industriales y se dejaban contagiar por las ideas
socialistas y comunistas. En suma, existía una masa heterogénea de elementos
oposicionistas movidos por diversos intereses, pero más o menos dirigidos por
la burguesía, a cuyas primeras filas marchaba de nuevo la burguesía de
Prusia y, particularmente, de la provincia del Rin. Por otro lado, los
gobiernos, que discrepaban en muchas cuestiones y desconfiaban los unos de los
otros, particularmente del de Prusia, con cuya protección debían contar; en
Prusia, rechazado el gobierno por la opinión pública y aun por parte de la
nobleza, apoyado por el ejército y la burocracia, que cada día se contagiaba
más de las ideas de la burguesía oposicionista y caía bajo el influjo de ésta,
el gobierno que, encima de lo dicho, no tenía un céntimo en el más estricto
sentido de la palabra y que no podía conseguir ni un céntimo para cubrir su
creciente déficit sin entregarse a la discreción de la burguesía, a la cual
tenía en contra. ¿Habrá tenido alguna vez la burguesía de cualquier otro país
mejor situación en su lucha contra el gobierno establecido?
Londres, septiembre de 1851
[*] Disjecta membra:
miembros dispersos. (N. de la Edit.)
[**] Soi-disant: así llamados. (N. de la
Edit.)
[23] Partido de Gotha:
se fundó en junio de 1849 por representantes de la gran burguesía
contrarrevolucionaria y de los liberales de derecha; se proponía agrupar a toda
Alemania, excepción hecha de Austria, bajo los auspicios de la Prusia de los Hohenzollern.
[24] «Catolicismo alemán»: movimiento
religioso que surgió en 1844 y abarcó a grandes sectores de la burguesía media
y pequeña; estaba encauzado contra las manifestaciones extremas de misticismo y
gazmoñería en la Iglesia católica. Al rechazar la primacía del papa de Roma y
de numerosos dogmas y ritos de la Iglesia católica, los «católicos alemanes»
pretendían adaptar el catolicismo a los menesteres de la burguesía alemana.
«Congregacionalismo Libre»: se separó de la Iglesia
protestante oficial en 1846. Esta oposición religiosa fue una de las formas de
manifestación del descontento de la burguesía alemana en los años 40 del siglo
XIX por el régimen reaccionario de Alemania. En 1859, el «Congregacionalismo
Libre» se fundió con el de «católicos alemanes».
[25] . Unitarios o
antitrinitarios: representantes de la corriente religiosa que surgió en el
siglo XVI en Alemania y reflejaba la lucha de las masas populares y de la parte
radical de la burguesía contra el régimen y la Iglesia feudales. En Inglaterra
y América, el unitarismo penetró a raíz del siglo XVII. La doctrina del
unitarismo colocaba en el siglo XIX en primer plano los momentos ético-morales
de la religión, pronunciándose contra su aspecto exterior, ritual.
[26] Hasta agosto de
1806 Alemania entraba en el denominado Sacro Imperio Romano de la nación
alemana, fundado en el siglo X; era una unión de principados feudales y
ciudades libres que reconocían el poder supremo del emperador.
[27] La consigna de una
República Alemana única e indivisible fue lanzada ya en vísperas de la
revolución por Marx y Engels.
Veamos ahora a Austria, país que en marzo
de 1848 estaba casi tan oculto de la vista de las naciones extranjeras como
China antes de la última guerra con Inglaterra [28].
Por supuesto, aquí podemos examinar sólo
la parte alemana de Austria. Los asuntos de la población polaca, húngara e
italiana de Austria quedan fuera de nuestro tema, pero habremos de tratarlos
luego en la medida en que influyeron desde 1848 en los destinos de los alemanes
austriacos.
El Gobierno del príncipe Metternich se ha regido por dos principios: primero, tener
sujeta a cada una de las diferentes naciones sometidas a la dominación
austriaca mediante las otras naciones que se encuentran en la misma situación;
segundo, y éste ha sido siempre el principio fundamental de las monarquías
absolutas, apoyarse en dos clases, en los terratenientes feudales y en los
grandes capitalistas de la bolsa, contrarrestando al mismo tiempo la influencia
y el poder de cada una de estas clases con la influencia y el poder de la otra
para dejar completa libertad de acción al gobierno. La nobleza terrateniente,
cuyos ingresos integros provenían de gabelas feudales
de toda clase, no podía menos de apoyar el gobierno que había demostrado ser el
único que la protegía contra la clase oprimida de los campesinos siervos, a
costa de cuya expoliación vivía; y si la parte menos acaudalada de esta nobleza
se decidió a pasar a la oposición al gobierno, como ocurrió en 1846 en la
Galicia rutena, Metternich lanzaba inmediatamente
contra ellos a esos mismos siervos que no perdían ocasión de vengarse
atrozmente de sus opresores inmediatos [29]. Por otra parte,
los grandes capitalistas de la bolsa estaban ligados con el Gobierno de Metternich por las grandes sumas que habían invertido en
valores del Estado. Austria, que recuperó todo su poder en 1815, que hizo
resurgir y apoyó desde 1820 la monarquía absoluta de Italia y que fue eximida
de parte de sus deudas por la quiebra de 1810, no tardó, una vez concertada la
paz, en recuperar su crédito en los grandes mercados monetarios de Europa, y en
la misma proporción que aumentaba su crédito, lo aprovechaba a más y mejor.
Así, todos los magnates financieros de Europa habían invertido gran parte de su
capital en títulos de la deuda austriaca. Todos ellos estaban interesados en
apoyar el crédito público de Austria, y como ésta necesitaba constantemente
nuevos empréstitos, ellos se veían obligados a desembolsar de tiempo en tiempo
nuevos capitales para mantener en alto el crédito, ofrecer seguridades por los
préstamos que ya habían hecho. La larga paz que siguió después de 1815 y la
aparente imposibilidad de hundimiento de un viejo imperio milenario, como el de
Austria, acrecentaron el crédito del Gobierno de Metternich
en asombroso grado, haciéndolo incluso independiente de los buenos deseos de
los banqueros y corredores de bolsa vieneses; en tanto que Metternich
podía obtener suficiente dinero de Francfort y Amsterdam,
tenía, naturalmente, la satisfacción de ver a los capitalistas austriacos a sus
pies. Por lo demás, éstos se encontraban en todos los otros aspectos a su
merced; los grandes beneficios que dichos banqueros, capitalistas de la bolsa y
contratistas gubernamentales saben sacar siempre de la monarquía absoluta, eran
compensados por el poder casi ilimitado que el gobierno poseía sobre sus
personas y fortunas; por lo tanto, no podía esperarse el menor asomo de
oposición por parte de ellos. Así, pues, Metternich
estaba seguro del apoyo de las dos clases más poderosas e influyentes del
imperio y poseía, además, un ejército y una burocracia de lo mejor constituidas
para todos los propósitos del absolutismo. Los funcionarios y los militares al
servicio de Austria formaban una casta singular; sus padres habían prestado
servicio al Kaiser, y lo mismo harían los
hijos; éstos no pertenecían a ninguna de las múltiples nacionalidades
congregadas bajo el ala del águila bicéfala; eran trasladados, y siempre lo
habían sido, de uno al otro confín del imperio, de Italia a Polonia, de
Alemania a Transilvania; los húngaros, los polacos,
los alemanes, los rumanos, los italianos, los croatas, todo aquel que no
llevara la impronta de la autoridad «imperial y real», etc., y mostrara los
rasgos de su idiosincrasia nacional era igualmente desdeñado por ellos, que no
tenían nacionalidad o, mejor dicho, sólo ellos constituían la verdadera nación
austriaca. Es evidente qué arma tan dócil y, al mismo tiempo, tan poderosa
debía ser esa jerarquía civil y militar en manos de un gobernante inteligente y
enérgico.
Por cuanto a las otras clases de la
población, Metternich, totalmente en el espíritu del
hombre de Estado del ancien régime [*], se preocupaba poco por
tener su apoyo. Con relación a ellos, conocía una sola política: sacarles la
mayor cantidad posible de dinero en forma de impuestos y, a la vez, mantener la
tranquilidad entre ellos. La burguesía industrial y comercial se desarrollaba
en Austria con mucha lentitud. El comercio por el Danubio
era relativamente insignificante; el país no poseía más que un puerto, el de Trieste, y el comercio por él era muy limitado. En cuanto a
los industriales, gozaban de gran protección, llegando incluso en la mayoría de
los casos a la completa exclusión de toda competencia extranjera; pero esta
ventaja se les había concedido principalmente con vistas a aumentar su
posibilidad de pagar impuestos y era en gran medida reducida a la nada por las
restricciones internas de la industria, los privilegios de los gremios y otras
corporaciones feudales que se respetaban escrupulosamente en tanto no
entorpecían los propósitos e intenciones del gobierno. Los pequeños artesanos
estaban constreñidos a los estrechos límites de estos gremios feudales que
mantenían entre los diversos oficios una perpetua guerra por los privilegios de
unos sobre los otros y, al propio tiempo, daban al conjunto de todas estas
agrupaciones involuntarias una especie de carácter hereditario permanente,
privando a la clase obrera de casi toda posibilidad de subir por la escala
social. Por último, los campesinos y los obreros eran tenidos por simples
objetos de exacción de impuestos: la única atención que se les concedía era
mantenerlos el mayor tiempo posible en las mismas condiciones de vida en que
existían ellos y en que habían existido sus padres. Con ese fin, toda vieja
autoridad hereditaria, sólidamente establecida, se conservaba en la misma
medida que la del Estado. El gobierno mantenía rigurosamente por doquier la
potestad de los terratenientes sobre los pequeños campesinos en dependencia
feudal, la del fabricante sobre los obreros fabriles, la del pequeño maestro
artesano sobre los oficiales y aprendices, la del padre sobre el hijo, y
cualquier manifestación de desobediencia era castigada como una infracción de
la ley mediante el instrumento universal de la justicia austriaca: el palo.
Finalmente, para agrupar en un vasto
sistema todas estas tentativas de crear una estabilidad artificial, se
seleccionaba con la mayor precaución el sustento espiritual permitido para el
pueblo y se administraba con la mayor escasez posible. La educación estaba en
todas partes en manos del clero católico, cuyas jerarquías se hallaban, igual
que los grandes propietarios feudales de tierra, profundamente interesadas en
el mantenimiento del sistema existente. Las universidades estaban organizadas
de manera que no pudieran salir de ellas sino personas especializadas y capaces
de alcanzar, en el mejor de los casos, más o menos provecho en ramas
particulares del saber, pero no daban, en absoluto, esa libre enseñanza
universal que se espera de otras universidades. La prensa periódica brillaba
por su ausencia, a excepción de Hungría, y los periódicos húngaros estaban
prohibidos en las otras partes de la monarquía. En cuanto a la literatura, en
general, en un siglo no se había extendido nada; después de la muerte de José
II, había vuelto incluso a reducirse. Y a lo largo de todas las fronteras de
territorio austriaco con algún país civilizado se implantó un cordón de censura
literaria ligado con el cordón de los oficiales de aduanas que impedían el paso
de cualquier libro o periódico extranjero a Austria antes de haber sido
revisado minuciosamente dos y tres veces su contenido y haberse aclarado que
estaba libre del menor germen contaminoso del
perverso espíritu de la época.
Aproximadamente treinta años después de
1815, este sistema funcionaba con asombrosa precisión. De Austria casi no se
sabía nada en Europa, y lo que de Europa se sabía en Austria era igualmente tan
poco. Ni la posición social de cada clase ni la misma población como un todo
parecían haber sufrido el menor cambio. Por fuerte que fuese la hostilidad
existente entre las clases, y la existencia de esta hostilidad era, para Metternich, la principal condición de gobierno, y aun la
estimulaba para hacer a las clases superiores instrumento de todas las
exacciones gubernamentales y dirigir así el odio del pueblo contra ellas, y por
mucho que el pueblo odiase a los funcionarios subalternos de la Administración,
casi no se registraba en general o no se registraba en absoluto descontento del
gobierno central. El emperador era adorado, y los hechos parecían dar la razón
al viejo Francisco I, quien, al dudar una vez de que este sistema pudiera durar
mucho, agregó plácidamente: «Así y todo, durará mientras vivamos yo y Metternich».
No obstante, por el país se iba
propagando un lento movimiento de fondo, que no afloraba a la superficie y
reducía a la nada todos los esfuerzos de Metternich.
La riqueza y la influencia de la burguesía industrial y comercial iban
aumentando. El empleo de máquinas y de la fuerza del vapor en la industria
produjo en Austria, lo mismo que en todas partes, una revolución en todas las
relaciones y condiciones anteriores de vida de clases enteras de la sociedad;
hizo libres a los siervos, y obreros fabriles a los pequeños agricultores; minó
las viejas corporaciones feudales de los artesanos y destruyó los medios de
existencia de muchas de ellas. La nueva población comercial e industrial entró
por doquier en colisión con las viejas instituciones feudales. Las clases
medias, más o menos inducidas por sus ocupaciones a viajar al extranjero,
introdujeron algunos conocimientos míticos de los países civilizados que
estaban al otro lado de la línea aduanera imperial; la introducción de los
ferrocarriles terminó por acelerar el movimiento industrial e intelectual.
Había asimismo en el edificio estatal austriaco una parte peligrosa, a saber:
la Constitución feudal húngara, con sus debates parlamentarios y las luchas de
las masas oposicionistas de los nobles venidos a menos contra el gobierno y los
magnates, aliados de éste. Presburgo [**],
sede de la Dieta, se encontraba ante las puertas de Viena. Todos estos
elementos contribuían a crear entre las clases medias de las ciudades un
espíritu que no era exactamente de oposición, pues la oposición aún era por
entonces imposible, pero sí de descontento, y un deseo general de reformas, más
de naturaleza administrativa que constitucional. Y, lo mismo que en Prusia, una
parte de la burocracia se adhirió aquí también a la burguesía. Las tradiciones de
José II no habían sido olvidadas en esta casta hereditaria de funcionarios de
la Administración, los más instruidos de los cuales soñaban a veces con
posibles reformas, pero preferían mucho más el despotismo progresivo e
intelectual de este emperador al despotismo «paternal» de Metternich.
Una parte de la nobleza más pobre estaba igualmente al lado de las clases
medias, y en cuanto a las clases inferiores de la población, que siempre habían
encontrado motivos de sobra para quejarse de las superiores, si no directamente
del gobierno, en la mayoría de los casos no podían dejar de adherirse a los
anhelos reformadores de la burguesía.
Fue poco más o menos por entonces, entre
1843 y 1844, cuando se puso comienzo en Alemania a un tipo singular de
literatura acorde con estos cambios. Algunos escritores, novelistas, críticos
literarios y malos poetas austriacos, todos, sin excepción, de talento muy
mediocre, pero dotados de la peculiar habilidad propia de la raza semita, se
establecieron en Leipzig y otras ciudades alemanas,
fuera de Austria, y allí, lejos del alcance de Metternich,
publicaron una serie de libros y folletos sobre asuntos austriacos. Tanto ellos
como sus editores llevaron «un animado comercio» con esta mercancía. Toda
Alemania ansiaba enterarse de los secretos de la política de la China europea;
y la curiosidad de los propios austriacos, que recibían estas publicaciones de
contrabando al por mayor a través de la frontera de Bohemia, era mayor
aún. Naturalmente, los secretos revelados en estas publicaciones no
tenían gran importancia, y los planes de reformas ideados por sus
bienintencionados autores llevaban la impronta de un candor rayano casi en la
virginidad política. La Constitución y la libertad de prensa eran tenidas aquí
por inalcanzables; las reformas administrativas, la ampliación de los derechos
de las dietas provinciales, el permiso de entrada para los libros y periódicos
extranjeros y una censura menos severa eran lo más que pedían estos buenos
austriacos.
En todo caso, la creciente imposibilidad
de impedir la comunicación Iiteraria de Austria con
el resto de Alemania, y a través de Alemania, con todo el mundo, contribuyó en
gran medida a formar una opinión pública antigubernamental y puso, al menos,
alguna información política al alcance de parte de la población austriaca. Así,
para fines de 1847, Austria sufrió los efectos, si bien en menor grado, de la
agitación política y político-religiosa que entonces sacudía a toda Alemania; y
si su progreso en Austria se notó menos, no por eso dejó de encontrar
suficientes elementos revolucionarios para influir en ellos: eran los
campesinos, siervos o dependientes de los señores feudales, aplastados por el
peso de las exacciones de los terratenientes y el gobierno; luego, los obreros
fabriles, obligados por la porra del policía a trabajar en las condiciones que
al fabricante se le antojase ponerles; luego, los menestrales, desprovistos por
las reglas gremiales de toda oportunidad de alcanzar la independencia en su
trabajo; luego, los comerciantes, que topaban a cada paso en sus asuntos con
absurdas reglamentaciones; después, los fabricantes, en conflicto
ininterrumpido con los gremios de las industrias de oficios, celosos de sus
privilegios, o con los funcionarios molestos y codiciosos; por último, los maestros
de escuela, los savants [***],
los funcionarios más instruidos, que pugnaban en vano contra el clero ignorante
y presuntuoso o contra los superiores estúpidos y déspotas. En suma, no había
ni una sola clase contenta, ya que las pequeñas concesiones que el gobierno se
veía obligado a hacer de cuando en cuando, no las hacía a su propia costa, pues
el Tesoro no podía afrontarlo, sino a expensas de la alta aristocracia y el
clero; y por lo que se refiere a los banqueros y poseedores de títulos de la deuda
pública, los últimos sucesos de Italia, la oposición creciente de la Dieta
húngara, el extraordinario espíritu de descontento y la demanda de reformas que
se manifestaban por sí solos en todo el imperio no eran de una naturaleza que
pudieran fortalecer su fe en la solidez y solvencia del Imperio austriaco.
Así pues, Austria iba marchando también
lenta, pero segura, hacia un gran cambio, cuando ocurrieron de pronto en
Francia los sucesos que hicieron estallar de golpe la tempestad que se
avecinaba y desmintieron el aserto del viejo Francisco de que el edificio se
mantendría en pie mientras vivieran él y Metternich.
Londres, septiembre de 1851
[*] Viejo
régimen. (N. de la Edit.)
[**] La denominación eslovaca
es Bratislava. (N. de la Edit.)
[***] Eruditos. (N. de la
Edit.)
[28] Se trata de la
denominada primera guerra del opio
(1839-1842): guerra de rapiña de Inglaterra contra China que puso comienzo a la
conversión de China en un país semicolonial.
[29] En febrero-marzo de
1846 estalló simultáneamente con la insurrección de liberación nacional en
Cracovia una gran sublevación campesina en la Galicia rutena que las
autoridades austriacas utilizaron para aplastar el movimiento insurreccional de
la nobleza inferior. Luego de sofocar la insurrección de Cracovia, el Gobierno
austriaco aplastó asimismo la insurrección campesina en la Galicia rutena.
El 24 de febrero de 1848 Luis Felipe fue
expulsado de París y se proclamó la República Francesa. El 13 de marzo
siguiente, el pueblo de Viena dio al traste con el poder del príncipe Metternich, a quien puso en vergonzosa fuga del país. El 18
de marzo, el pueblo de Berlín se alzó en armas y, tras obstinada lucha de
dieciocho horas, tuvo la satisfacción de ver al Rey entregarse a sus manos.
Hubo estallidos simultáneos de naturaleza más o menos violenta, pero todos con
el mismo éxito, en las capitales de los Estados más pequeños de Alemania. El
pueblo alemán, si bien es verdad que no llevó hasta el fin su primera
revolución, emprendió al menos abiertamente el camino revolucionario.
Aquí no podemos entrar en detalles de los
incidentes de todas estas insurrecciones: pero lo que sí debemos explicar es su
carácter y la posición que las diferentes clases de la población adoptaron ante
ellas.
Puede afirmarse que la revolución de
Viena la hizo la población casi por unanimidad. La burguesía, excepto los
banqueros y los capitalistas de la bolsa, se alzó como un solo hombre con los
pequeños artesanos y comerciantes y el pueblo trabajador contra el gobierno que
todos detestaban, contra el gobierno tan odiado por todos, que la pequeña
minoría de nobles y acaudalados que lo apoyaban se agazapó al primer ataque.
Las clases medias habían estado mantenidas en tal grado de ignorancia política
por Metternich que no pudieron comprender en absoluto
las noticias que les llegaron de París sobre el reino de la Anarquía, el
Socialismo y el Terror y sobre la lucha que se avecinaba entre la clase de los
capitalistas y la clase de los obreros. En su candor político, o no concedía
importancia a estas noticias o las tenía por una diabólica invención de Metternich para intimidarlas y someterlas a su obediencia.
Además, no habían visto nunca a los obreros actuar como clase o defender sus
intereses propios, particulares, de clase. Por su vieja experiencia, no podían
imaginarse la posibilidad de que surgieran repentinamente contradicciones
algunas entre esas mismas clases que habían derrocado con unidad tan
enternecedora un gobierno odiado por todos. Habían visto que los obreros
estaban de acuerdo con ellas en todos los puntos: en el de la Constitución, en
el del tribunal de jurados, en el de la libertad de prensa, etcétera. Así, al
menos en marzo de 1848, estaban en cuerpo y alma con el movimiento, y el
movimiento, por otra parte, las había hecho a ellas desde el mismo comienzo
(por lo menos en teoría) las clases dominantes del Estado.
Pero todas las revoluciones tienen por
destino que la unión de las diferentes clases, que siempre es en cierto grado
una condición necesaria de toda revolución, no puede subsistir mucho tiempo.
Tan pronto como se conquista la victoria contra el enemigo común, los vencedoras se dividen, forman distintas bandas, y
vuelven las armas los unos contra los otros. Precisamente este rápido y
pasional desarrollo del antagonismo entre las clases en los viejos y
complicados organismos sociales hace que la revolución sea un agente tan
poderoso del progreso social y político; y precisamente ese continuo y rápido
crecer de los nuevos partidos, que se suceden en el poder durante esas
conmociones violentas, hace a la nación que recorra en cinco años más camino
que recorrería en un siglo en circunstancias ordinarias.
La revolución de Viena hizo a la clase
media la clase predominante en el aspecto teórico; es decir, las concesiones
que se arrancaron al gobierno eran tales que habrían asegurado inevitablemente
la supremacía de la clase media si se hubieran puesto en práctica y se hubieran
mantenido algún tiempo. Pero, en realidad, el dominio de esta clase estuvo
lejos de establecerse. Es verdad que con la fundación de la Guardia Nacional,
que dio armas a las clases medias, éstas cobraron fuerza e importancia; también
es verdad que con la instauración del «Comité de Seguridad», especie de gobierno
revolucionario que no respondía ante nadie y en el que predominaba la
burguesía, ésta se encumbró en el poder. Pero, al mismo tiempo, parte de los
obreros también estaban armados; ellos y los estudiantes cargaban con todo el
peso de la lucha siempre que había que apelar a las armas; los estudiantes,
unos cuatro mil en total, bien pertrechados y mucho más disciplinados que la
Guardia Nacional, formaban el núcleo, la fuerza real del ejército
revolucionario, y no estaban dispuestos a actuar como simple instrumento en
manos del Comité de Seguridad. Y aunque los estudiantes lo reconocían y eran
sus defensores más entusiastas, no por eso dejaban de constituir una especie de
cuerpo independiente y bastante turbulento que celebraba por su cuenta
reuniones en el «Aula» y mantenía una posición intermedia entre la burguesía y
los obreros, impidiendo, con su agitación constante, que todo volviese a la
tranquilidad cotidiana e imponiendo a menudo sus resoluciones al Comité de
Seguridad. Por otra parte, los obreros, que habían sido despedidos del trabajo
casi todos, hubieron de ser empleados en obras públicas a expensas del Estado y
el dinero para pagarles había que sacarlo, naturalmente, de los bolsillos de
los contribuyentes o de la caja de la ciudad de Viena. Todo esto no pudo menos
de ser muy desagradable para los comerciantes y artesanos de Viena. Las
manufacturas de la ciudad, destinadas a satisfacer el consumo de las casas
ricas y aristocráticas de un vasto país, quedaron totalmente paralizadas, como
se puede suponer, por la revolución, debido a la huida de los aristócratas y de
la corte; el comercio decayó, y la agitación y ebullición continuas que partían
de los estudiantes y los obreros no eran, por cierto, la mejor manera de
«restablecer la confianza», como entonces se decía. Por eso no tardó en
producirse cierto enfriamiento entre las clases medias, por un lado, y los
turbulentos estudiantes y obreros, por el otro; y si, durante mucho tiempo,
este enfriamiento no se transformó en hostilidad abierta, fue debido a que el
Ministerio y, particularmente, la Corte, con su impaciencia por restablecer el
viejo orden de las cosas daban constante pie a las sospechas y la actividad
turbulenta de los partidos más revolucionarios y hacían aparecer sin cesar,
incluso ante los ojos de las clases medias, el espectro del viejo despotismo de
Metternich. Así, el 15 de mayo, y de nuevo el 26 del
mismo, hubo en Viena más levantamientos de todas las clases debidos a que el
gobierno había intentado restringir o anular totalmente algunas de las
libertades recién conquistadas, y en cada ocasión, la alianza entre la Guardia
Nacional o la burguesía armada, los estudiantes y los obreros se volvía a
cimentar por cierto tiempo.
En cuanto a las otras clases de la
población, la aristocracia y los magnates acaudalados habían desaparecido, y
los campesinos estaban demasiado ocupados por todas partes en destruir el
feudalismo hasta los últimos vestigios. Gracias a la guerra de Italia [30] y a las preocupaciones que Viena y Hungría daban a la Corte,
los campesinos gozaban de completa libertad de acción, y en Austria
consiguieron en la obra de su emancipación más que en cualquier otra parte de
Alemania. La Dieta austriaca sólo tuvo que refrendar muy poco después los pasos
dados en la práctica por los campesinos, y por mucho que el Gobierno de Schwarzenberg pueda restaurar, jamás podrá restablecer la
servidumbre feudal de los campesinos. Y si en el momento presente Austria está
de nuevo relativamente tranquila y hasta es fuerte, eso se debe principalmente
a que la gran mayoría del pueblo, los campesinos, ha sacado verdaderas ventajas
de la revolución y a que, atente el gobierno restaurado contra lo que quiera,
estas ventajas materiales sensibles, conquistadas por los campesinos, siguen
intactas hasta hoy.
Londres, octubre de 1851
[30] Se
trata de la guerra de liberación nacional del pueblo italiano contra la
dominación austriaca en 1848 y 1849. La traicionera conducta de las clases
dominantes italianas, que temían la unión de Italia por vía revolucionaria,
condujo a la derrota en la lucha contra Austria.
El segundo centro de la acción
revolucionaria fue Berlín. Después de lo dicho en los artículos anteriores,
puede adivinarse que esta acción estuvo allí lejos de contar con el apoyo
unánime de casi todas las clases que la apoyaron en Viena. En Prusia, la
burguesía se había enzarzado ya en verdaderas batallas con el gobierno; el
resultado de la «Dieta Unida» fue una ruptura; se avecinaba la revolución
burguesa, y esta revolución pudo haber sido, en su primer estallido, tan
unánime como la de Viena, de no haber estallado la revolución de febrero en
París. Este acontecimiento lo precipitó todo, mientras que, al propio tiempo,
se hizo bajo una bandera completamente distinta que la enarbolada por la
burguesía prusiana para preparar la campaña contra su gobierno. La revolución
de febrero derribó en Francia el mismo tipo de gobierno que la burguesía
prusiana se proponía establecer en su propio país. La revolución de febrero se
dio a conocer como una revolución de la clase obrera contra las clases medias;
proclamó la caída del gobierno de la clase media y la emancipación de los
obreros. Ahora, la burguesía prusiana había tenido poco antes suficientes
agitaciones de la clase obrera en su propio país. Pasado el primer susto que le
dio la insurrección de Silesia, intentó incluso encauzar estas agitaciones en
su provecho; pero siempre había tenido un horror espantoso al socialismo y al
comunismo revolucionarios: por eso, cuando vio al frente del Gobierno de París
a hombres que ella tenía por los más peligrosos enemigos de la propiedad
privada, del orden, la religión, la familia y los otros sagrarios de la moderna
burguesía, sintió al punto enfriarse considerablemente su propio ardor revolucionario.
Sabía que debía aprovechar la ocasión y que, sin la ayuda de las masas obreras,
sería derrotada; y aun con todo, le faltó coraje. Por eso, a los primeros
estallidos aislados en las provincias, se adhirió al gobierno e intentó
mantener en calma al pueblo de Berlín que se reunía en multitudes durante los
primeros cinco días ante el palacio real para discutir las noticias y exigir
cambios en el gobierno; y cuando, al fin, después de la noticia de la caída de Metternich, el Rey [*] hizo algunas concesiones
de poca monta, la burguesía consideró que la revolución había terminado y fue a
dar las gracias a Su Majestad por haber satisfecho todos los anhelos de su
pueblo. Pero siguieron el ataque de las tropas a la muchedumbre, las
barricadas, la lucha y la derrota de la monarquía. Entonces cambiaron todas las
cosas. Aquella misma clase obrera que la burguesía procuraba mantener en último
plano, salió a primer plano, luchó y triunfó, y todos se percataron de pronto
de su fuerza. Las restricciones del sufragio, de la libertad de prensa, del
derecho a ser jurado y del derecho de reunión, restricciones que habrían sido
muy del agrado de la burguesía debido a que atañían sólo a las clases que
estaban por debajo de ella, ya no eran posibles. El peligro de que se repitiesen
las escenas parisienses de «anarquía» era inminente. Ante este peligro,
desaparecieron todas las discordias anteriores. Los amigos y enemigos de muchos
años se unieron contra el obrero victorioso, pese a que este aún no había
manifestado ninguna reivindicación particular para sí mismo, y la alianza entre
la burguesía y los defensores del régimen derrocado se concertó en las
mismísimas barricadas de Berlín. Hubo de hacerse las concesiones necesarias,
pero no más de las ineludibles; hubo de formar gobierno una minoría de los
líderes de la oposición de la Dieta Unida, y, en recompensa por sus servicios
para salvar la Corona, le prestaron su apoyo todos los puntales del viejo
régimen: la aristocracia feudal, la burocracia y el ejército. Estas fueron las
condiciones en las que los señores Camphausen y Hansemann aceptaron formar gabinete.
El pánico de los nuevos ministros a las
masas excitadas era tan grande que cualquier medio era bueno para ellos con tal
de reforzar los estremecidos cimientos de la autoridad. Estos hombres,
despreciables e ilusos, creyeron que ya había pasado el peligro de restauración
del viejo sistema; por eso echaron mano de todo el viejo mecanismo del Estado
para restablecer el «orden». No fue destituido ni un solo funcionario de la burocracia
ni oficial del ejército ni se introdujo el menor cambio en el viejo sistema
burocrático de administración. Estos ministros constitucionales y responsables
de valía hasta restituyeron en sus cargos a los funcionarios que el pueblo, en
su primer arrebato de fogosidad revolucionaria, había expulsado por sus
anteriores abusos de poder. Nada cambió en Prusia sino las personas que
desempeñaban las carteras ministeriales; no se tocó ni siquiera al personal de
los diversos departamentos de los ministerios, y todos los arribistas
constitucionales, que habían formado corro en torno a los gobernantes de nuevo
cuño y esperaban su parte de poder y jerarquía, recibieron por respuesta que
esperasen hasta que la estabilidad restablecida permitiera hacer cambios en el
personal burocrático, pues, por el momento, eso era peligroso.
El Rey, que se había amilanado en el
mayor grado después de la insurrección del 18 de marzo, no tardó en ver que
hacía tanta falta a estos ministros «liberales» como ellos le hacían a él. El
trono había sido respetado por la insurrección; el trono era el último
obstáculo existente para la «anarquía»; y las clases medias liberales y sus
líderes, hoy en el gobierno, estaban por eso muy interesados en tener las
mejores relaciones con la Corona. El Rey y la camarilla reaccionaria que lo
rodeaba no tardaron en comprenderlo y se aprovecharon de ello para impedir que
el gobierno llevase a cabo hasta las pequeñas reformas que intentaba realizar
de cuando en cuando.
La primera preocupación del gobierno fue
dar cierta apariencia de legalidad a los recientes cambios violentos. La Dieta
Unida fue convocada, a despecho de la oposición del pueblo, para votar, como
órgano legal y constitucional del pueblo, una nueva ley electoral para elegir
una asamblea que llegase a un acuerdo con la Corona sobre la nueva
Constitución. Las elecciones tenían que ser indirectas, las masas de votantes
elegirían a un número determinado de mandatarios que luego elegirían a los
diputados. Pese a toda la oposición, este sistema de elecciones dobles fue
aprobado. Luego se pidió a la Dieta Unida la sanción para solicitar un préstamo
de veinticinco millones de dólares; el partido del pueblo se opuso, pero la
Dieta lo aprobó.
Estos actos del gobierno contribuyeron a
que el partido del pueblo, o democrático, como se llamaba ya a sí mismo, se
desarrollara con la mayor rapidez. Este partido, encabezado por los pequeños
artesanos y comerciantes, que agrupaba bajo sus banderas, al comienzo de la
revolución, a la gran mayoría de los obreros, pedía el sufragio directo y
universal, lo mismo que el implantado en Francia, una sola Asamblea legislativa
y el reconocimiento completo y explícito de la revolución del 18 de marzo como
la base del nuevo sistema gubernamental. La fracción más moderada quedaría
satisfecha con una monarquía «democratizada» de esa manera, y los más avanzados
exigían que se proclamase en última instancia la República. Ambas fracciones se
pusieron de acuerdo en reconocer la Asamblea Nacional Alemana de Francfort como
la autoridad suprema del país, en tanto que la soberanía de esta institución
infundía verdadero pánico a los constitucionalistas y reaccionarios, pues la
tenían por extraordinariamente revolucionaria.
El movimiento independiente de la clase
obrera fue interrumpido temporalmente por la revolución. Las necesidades y
circunstancias inmediatas del movimiento no permitían colocar en primer plano
ninguna reivindicación particular del partido proletario. Efectivamente,
mientras no se había desbrozado el terreno para la acción independiente de los
obreros, mientras no se había establecido el sufragio directo y universal y
mientras los treinta y seis Estados grandes y pequeños seguían desgarrando a
Alemania en numerosos jirones, ¿qué otra cosa podía hacer el partido proletario
sino estar al tanto del movimiento de París, importantísimo para él, y luchar
al lado de los pequeños artesanos y comerciantes para alcanzar los
derechos que luego le permitieran batirse por su propia causa?
Por entonces, el partido proletario sólo
se distinguía en su acción política del de los pequeños artesanos y
comerciantes, o partido propiamente llamado democrático, en tres puntos:
primero, en que juzgaban de distinto modo el movimiento francés, impugnando los
demócratas el partido extremo de París y defendiéndolo los proletarios
revolucionarios; segundo, en que los proletarios expresaban la necesidad de
proclamar la República Alemana, una e indivisible, mientras que los más
extremistas de los demócratas sólo se atrevían a hacer objeto de sus anhelos
una república federal; tercero, en que el partido proletario mostraba en cada
ocasión esa valentía y disposición a actuar que siempre falta a cualquier
partido encabezado y compuesto principalmente por pequeños burgueses.
El partido proletario, o verdaderamente
revolucionario, pudo ir sacando sólo muy poco a poco a las masas obreras de la
influencia de los demócratas, a cuya zaga iban al comienzo de la revolución.
Pero en el momento debido, la indecisión, la debilidad y la cobardía de los
líderes democráticos hicieron el resto, y ahora puede decirse que uno de los
resultados principales de las convulsiones de los últimos años es que
dondequiera que la clase obrera está concentrada en algo así como masas
considerables, se encuentra completamente libre de la influencia de los
demócratas, que la condujeron en 1848 y 1849 a una serie interminable de
errores y reveses. Mas no nos adelantemos; los acontecimientos de estos dos
años nos brindarán multitud de oportunidades para mostrar a los señores
demócratas en acción.
Los campesinos de Prusia, lo mismo que
los de Austria, si bien con menos energía, pues el feudalismo, en general, no
los oprimía tanto como en ésta, aprovecharon la revolución para emanciparse de golpe
de todas las trabas feudales. Pero la burguesía prusiana, por las razones antes
expuestas, se puso en el acto en contra de ellos, sus aliados más viejos e
indispensables; los demócratas, tan asustados como la burguesía por lo que se
dio en llamar ataques a la propiedad privada, tampoco les ayudaron; y así,
transcurridos tres meses de emancipación, luego de sangrientas luchas y
ejecuciones militares, sobre todo en Silesia, el feudalismo fue restaurado por
mano de la burguesía que había sido antifeudal hasta
el día de ayer. No hay otro hecho más bochornoso que éste contra ella. Jamás
cometió semejante traición contra sus mejores aliados, contra sí mismo, ningún
otro partido en la historia, y cualesquiera que sean la humillación y el
castigo que tenga deparados este partido de la clase media, los tiene bien
merecidos en virtud de este solo hecho.
Londres, octubre de 1851
[*] Federico
Guillermo IV. (N. de la Edit.)
El lector quizás recuerde que en los seis
artículos precedentes hemos analizado el movimiento revolucionario de Alemania
hasta las dos grandes victorias del pueblo del 13 de marzo en Viena y del 18
del mismo en Berlín. Hemos visto que tanto en Austria como en Prusia se
formaron gobiernos constitucionales y se proclamaron los principios liberales,
o de la clase media, como reglas rectoras de la futura política; y la única
diferencia notable entre los dos grandes centros de acción fue que, en Prusia,
la burguesía liberal, personificada en dos ricos comerciantes, los señores Camphausen y Hansemann, empuñó
directamente las riendas del poder; en tanto que en Austria, donde la burguesía
estaba mucho menos preparada en el aspecto político, subió al poder la
burocracia liberal, declarando abiertamente que gobernaba por mandato de la
burguesía. Hemos visto, además, que los partidos y clases sociales que, hasta
entonces, estaban unidos en su oposición al viejo gobierno, se dividieron
después de la victoria o incluso durante la lucha; y que esa misma burguesía
liberal, la única que sacó provecho de la victoria, se volvió en el acto contra
sus aliados de ayer, adoptó una actitud hostil contra toda clase o partido de
carácter más avanzado y concertó una alianza con los elementos feudales y
burocráticos vencidos. Era en realidad evidente, incluso desde el comienzo del
drama revolucionario, que la burguesía liberal no podía sostenerse contra los
partidos feudal y burocrático vencidos, mas no destruidos, sino recabando la
ayuda de los partidos populares y más avanzados; y que ello requería asimismo,
contra el torrente de estas masas más avanzadas, el apoyo de la nobleza feudal
y de la burocracia. Así, estaba claro de sobra que la burguesía de Austria y
Prusia no poseía fuerza suficiente para mantener su poder y adaptar las instituciones
del país a sus propias demandas e ideales. El gobierno liberal burgués no era
más que un lugar de tránsito del que el país, según el giro que tomaran las
cosas, debía o bien pasar a un grado más alto, llegando a constituir una
república unitaria, o bien volver de nuevo al viejo régimen clerical-feudal y
burocrático. En todo caso, la lucha real y decisiva aún estaba por delante; los
sucesos de marzo no eran sino el comienzo de la lucha.
Como Austria y Prusia eran los dos
Estados dirigentes de Alemania, cada victoria decisiva de la revolución en
Viena o Berlín habría sido también decisiva para toda Alemania. En efecto, tal
y como se desarrollaron los acontecimientos de marzo de 1848 en estas dos
ciudades, determinaron el sesgo de los asuntos alemanes. Por eso huelga
recurrir a los movimientos que hubo en los Estados más pequeños; y podríamos
realmente constreñirnos a examinar exclusivamente los asuntos de Austria y
Prusia si la existencia de estos Estados pequeños no hubiese traído a la vida
una institución que, por el mero hecho de existir, era la prueba más
contundente de la situación anormal de Alemania y de que la última revolución
no se había llevado hasta el fin; esta institución era tan anormal y absurda
por su misma posición y estaba, además, tan pagada de su propia importancia
que, probablemente, la historia jamás volverá a dar nada parecido. Esta
institución era la denominada Asamblea Nacional Alemana de Francfort del
Meno.
Después de la victoria del pueblo en
Viena y Berlín era natural que se plantease la convocación de una Asamblea
Representativa de toda Alemania. Esta institución fue elegido
y se reunió en Francfort al lado de la vieja Dieta Federativa. El pueblo
esperaba de la Asamblea Nacional Alemana que resolviese todas las cuestiones en
litigio y actuase como autoridad legislativa suprema para toda la confederación
alemana. Pero, al mismo tiempo, la Dieta que la hubo convocado no fijó en modo
alguno sus atribuciones. Nadie sabía si sus decretos habrían de tener fuerza de
ley o ser sometidos a la sanción de la Dieta Federativa o de cada gobierno por
separado. Ante situación tan compleja, la Asamblea, si hubiese tenido el mínimo
de energía, habría disuelto inmediatamente la Dieta, que era el organismo
corporativo más impopular de Alemania, y la habría sustituido con un Gobierno
federal elegido entre sus propios miembros. Debiera haberse declarado a sí
misma única expresión legal de la voluntad soberana del pueblo alemán y, por lo
mismo, dar fuerza de ley a todos sus decretos. Ante todo, debiera haberse
asegurado a sí misma, organizando y armando en el país una fuerza suficiente
para vencer toda oposición de los gobiernos. Eso era fácil, muy fácil de hacer
en aquel período temprano de la revolución. Mas eso habría sido esperar
demasiado de una Asamblea compuesta en su mayoría por abogados liberales y
catedráticos doctrinarios, y la Asamblea, que mientras pretendía personificar
la propia esencia de la mentalidad y la ciencia alemanas, no era en realidad
sino la tribuna donde las viejas personalidades políticas, pasadas de moda,
exhibían ante los ojos de toda Alemania su ridiculez involuntaria y su
incapacidad para pensar y actuar. Esta asamblea de viejas momias tuvo desde el
primer día de su existencia más miedo al menor movimiento popular que a todas
las confabulaciones reaccionarias de todos los gobiernos alemanes juntos. Se
reunía bajo la vigilancia de la Dieta Federativa, y, por si esto fuera poco,
casi imploraba a ésta que aprobase sus decretos, ya que las primeras
resoluciones de la Asamblea habían de ser promulgadas por este odioso cuerpo.
En vez de afianzar su propia soberanía, eludió con empeño la discusión de
problema tan peligroso. En vez de rodearse de la fuerza armada del pueblo, pasó
a tratar las cuestiones ordinarias, haciendo la vista gorda ante los actos de
violencia de los gobiernos; en Maguncia se declaró
delante de sus narices el estado de sitio, el pueblo fue desarmado, y la
Asamblea Nacional no movió un dedo. Más tarde eligió al archiduque Juan de
Austria Regente de Alemania y declaró que todas sus resoluciones tenían fuerza
de ley; pero el archiduque Juan no fue elevado a su nuevo cargo hasta que se
hubo obtenido el asenso de todos los gobiernos y el nombramiento no lo recibió
de la Asamblea, sino de la Dieta; por cuanto a la fuerza legal de los decretos
de la Asamblea, jamás la reconocieron los gobiernos de los Estados grandes, y
la propia Asamblea no insistió en ello; por eso quedó pendiente esta cuestión.
Así, presenciamos el extraño espectáculo de una Asamblea que pretendía ser la
única representante legal de una nación grande y soberana sin poseer nunca ni
la voluntad ni la fuerza para hacer que se reconocieran sus exigencias. Los
debates de esta institución no dieron ningún resultado práctico ni tuvieron
siquiera valor teórico alguno, ya que no hacían sino repetir los tópicos más
manidos de escuelas filosóficas y jurídicas anticuadas; cada sentencia
expresada, mejor dicho, balbuceada en esta Asamblea había sido impresa ya mil
veces, y mil veces mejor, mucho antes.
Así, la pretendida nueva autoridad
central de Alemania dejó todas las cosas tal y como las había encontrado. Lejos
de llevar a cabo la unidad tan esperada de Alemania, no depuso ni al más
insignificante de los príncipes que gobernaban en ella; no estrechó más los
lazos de unión entre las provincias separadas; jamás dio un solo paso para
romper las barreras aduaneras que separaban a Hannover
de Prusia y a Prusia de Austria; no hizo siquiera la menor tentativa de abolir
los aborrecibles impuestos que obstruían en Prusia por doquier la navegación
fluvial. Y cuanto menos hacía la Asamblea, tanto más baladroneaba. Creó, pero
en el papel, la Flota alemana; se anexó Polonia y Schleswig;
permitió a la Austria alemana que hiciese la guerra a Italia, pero prohibió a
los italianos que persiguieran a las tropas austriacas en territorio alemán,
refugio seguro para éstas; dio tres hurras y un hurra más por la República Francesa y daba recepción a las
embajadas húngaras, que regresaban a su país con ideas mucho más confusas, por
cierto, de Alemania que antes de venir.
Esta Asamblea había sido al comienzo de
la revolución el espantajo de todos los gobiernos alemanes, que esperaban de
ella acciones muy dictatoriales y revolucionarias en virtud de lo indeterminado
en que se creyó necesario dejar su competencia. Para debilitar la influencia de
esta temible institución, estos gobiernos tendieron una extensísima red
de intrigas. Pero tuvieron más suerte que sagacidad, ya que la Asamblea
ejecutaba la labor de los gobiernos mejor que pudieran haberlo hecho ellos
mismos. El rasgo principal de las intrigas de los gobiernos era la convocación
de asambleas legislativas locales y, en consecuencia, convocaban estas
asambleas no sólo los Estados pequeños, sino que también Prusia y Austria convocaron
sus Asambleas Constituyentes. En estas asambleas, lo mismo que en la Cámara de
Representantes de Francfort, la mayoría pertenecía a la burguesía liberal o sus
aliados, los abogados y funcionarios liberales; y en todas ellas el sesgo que
tomaron los acontecimientos fue aproximadamente el mismo. La única diferencia
consistía en que la Asamblea Nacional Alemana era el parlamento de un país
imaginario, ya que declinó la misión de formar lo que había sido la primera
condición de su existencia: una Alemania unida; que discutía medidas
imaginarias, que jamás se llevarían a cabo, de un gobierno imaginario que ella
misma había formado y que adoptaba resoluciones imaginarias que a todos tenían
sin cuidado; mientras que en Austria y Prusia las Asambleas Constituyentes
eran, al menos, parlamentos reales que quitaban y ponían gobiernos reales e
imponían, aunque fuese temporalmente, sus resoluciones a los príncipes con los
que tenían que enfrentarse. Eran también cobardes y les faltaba amplia
comprensión de las medidas revolucionarias; traicionaron también al pueblo y
devolvieron el poder al despotismo feudal, burocrático y militar. Pero se veían
al menos obligadas a discutir las cuestiones prácticas de interés inmediato y
vivir en esta tierra entre la demás gente, mientras que los charlatanes de
Francfort jamás habían sido más dichosos que cuando pudieron remontarse «al
reino etéreo de los sueños», im Luftreich des Traums [*]. Así, los debates de las Asambleas Constituyentes de Berlín y
Viena formaron una parte importante de la historia revolucionaria de Alemania,
en tanto que las lucubraciones de la bufonada colectiva de Francfort podían
interesar únicamente a algún anticuario o coleccionista de curiosidades
literarias.
El pueblo de Alemania, al sentir
profundamente la necesidad de poner fin al odioso fraccionamiento territorial,
que diseminaba y reducía a la nada la fuerza colectiva de la nación, esperó
algún tiempo que la Asamblea Nacional de Francfort pusiera al menos comienzo a
una nueva era. Pero la infantil conducta de esta congregación de omnisapientes
varones enfrió rápidamente el entusiasmo nacional. Su vergonzoso modo de obrar
en ocasión del armisticio de Malmoe (septiembre de 1848) [31]
promovió un estallido de indignación del pueblo contra esta Asamblea, de la
que se esperaba diese a la nación campo libre para actuar y, en lugar de
eso, dominada por una cobardía sin igual, sólo restableció la anterior solidez
de los cimientos sobre los que se ha elevado el presente sistema
contrarrevolucionario.
Londres, enero de 1852
NOTAS
[*] Heine.
"Alemania. Un cuento de invierno", cap.
VII. (N. de la Edit.)
[31] El 26 de agosto de
1848 se concertó en Malmoe el armisticio entre Dinamarca y Prusia que, bajo la
presión de las masas populares, se vio obligada a tomar parte en la guerra al
lado de los insurrectos de Schleswig y Holstein, que luchaban por la unión con Alemania contra la
dominación danesa. Al llevar una guerra aparente contra Dinamarca, Prusia
concluyó con ella un vergonzoso armisticio por siete meses que, en septiembre,
fue ratificado por la Asamblea Nacional de Francfort. La guerra se reanudó en
marzo de 1849. Sin embargo, en julio de 1850 Prusia concluyó un tratado
pacífico con Dinamarca, lo que permitió a la última derrotar a los sublevados.
Por lo que se ha expuesto ya en los
artículos anteriores, resulta evidente que, si no seguía otra revolución a la
de marzo de 1848, en Alemania las cosas volverían inevitablemente al estado de antes
de este acontecimiento. Pero es tal la complicada naturaleza del tema histórico
que tratamos de aclarar, que los subsiguientes sucesos no podrán ser entendidos
claramente sin tener en cuenta lo que podrían llamarse relaciones exteriores de
la revolución alemana. Y estas relaciones exteriores eran de la misma
intrincada naturaleza que los asuntos interiores.
Toda la mitad oriental de Alemania hasta
el Elba, el Saale y el
Bosque de Bohemia fue reconquistada, como es bien sabido, durante el último
milenio a los invasores de origen eslavo. La mayor parte de estos territorios
ha sido germanizada durante los últimos siglos hasta la extinción total de la
nacionalidad y la lengua eslavas. Y si exceptuamos unos pequeños restos, que
suman en total menos de cien mil almas (kassubianos
en Pomerania, wends o sorbianos en Lusacia), sus
habitantes son alemanes en todos los aspectos. Pero el caso es diferente a lo
largo de la frontera de la vieja Polonia y en los territorios de lengua checa:
Bohemia y Moravia. Aquí las dos nacionalidades están
mezcladas en todos los distritos: las ciudades son, por lo general, más o menos
alemanas, en tanto que el elemento eslavo prevalece en las aldeas, donde, sin
embargo, va siendo desintegrado y desplazado gradualmente por el aumento continuo de la influencia alemana.
La razón de tal estado de cosas estriba
en lo siguiente. Desde los tiempos de Carlomagno, los germanos han venido
haciendo los esfuerzos más pertinaces y constantes para conquistar, colonizar
o, al menos, civilizar el Este de Europa. Las conquistas de la nobleza feudal
entre el Elba y el Oder,
así como las colonias feudales de las órdenes militares de caballeros en Prusia
y Livonia sólo prepararon el terreno para un sistema de germanización más
extensa y eficaz mediante la burguesía comercial y manufacturera cuya
importancia social y política venía aumentando en Alemania, como en el resto de
Europa Oriental, desde el siglo XV. Los eslavos, particularmente los
occidentales (polacos y checos), son esencialmente agricultores; el comercio y
la manufactura jamás gozaron de gran favor entre ellos. La consecuencia fue
que, con el crecimiento de la población y el surgimiento de las ciudades, en
estas regiones la producción de artículos manufactureros cayó en las manos de
los inmigrados alemanes, y el intercambio de estas mercancías por productos de
la agricultura se hizo monopolio exclusivo de los hebreos quienes, si
pertenecen a alguna nacionalidad, son indudablemente en estos países más
alemanes que eslavos. Lo mismo ha ocurrido, aunque en menor grado, en todo el
Este de Europa. El artesano, el pequeño comerciante y el pequeño fabricante de
San Petersburgo, Pest, Jassy
e incluso Constantinopla es alemán hasta hoy día; pero el prestamista, el
tabernero y el quincallero, figuras muy importantes en estos países de pequeña
densidad de población, es generalmente hebreo, cuya lengua natal es el alemán
horriblemente estropeado. La importancia del elemento alemán en las zonas
limítrofes eslavas, que fue aumentando siempre con el crecimiento de las
ciudades, del comercio y de la industria, aumentó más aún cuando se creyó
necesario importar de Alemania casi todos los elementos de la cultura
espiritual; tras el mercader y el artesano alemán, se establecieron en tierras
eslavas el clérigo alemán, el maestro de escuela alemán y el savant alemán. Y, por último, el paso de hierro de los
ejércitos conquistadores o las apropiaciones cautelosas y bien meditadas de la
diplomacia no sólo siguió, sino que en mucho casos
precedió al avance lento, pero seguro, de la desnacionalización que operaba el
desarrollo social. Así, grandes partes de Prusia Occidental y de Posnania fueron germanizadas desde la primera división de
Polonia por las ventas y donaciones de tierras del dominio público a colonos
alemanes, por los estímulos concedidos a los capitalistas alemanes para montar
fábricas, etc., en estas zonas limítrofes y, muy a menudo también, por las
medidas excesivamente despóticas contra los habitantes polacos del país.
De esa manera, en los últimos setenta años
ha cambiado totalmente la línea de demarcación entre las nacionalidades alemana
y polaca. La revolución de 1848 promovió de golpe la reivindicación de todas
las naciones oprimidas, de una existencia independiente y del derecho a decidir
por sí mismas sus propios asuntos; por eso era completamente natural que los
polacos exigieran inmediatamente la reconstitución de su país en las fronteras
de la vieja República Polaca que existió hasta 1772 [32]. Ahora
bien, estas fronteras habían quedado ya anticuadas incluso para entonces, si se
toman como delimitación de las nacionalidades alemana y polaca; y cada año que
pasaba se quedaban más anticuadas aún a medida que progresaba la germanización;
pero como los alemanes propugnaban con tanto entusiasmo la reconstitución de
Polonia, debían esperar que les pidiesen, como primera prueba de la sinceridad
de sus simpatías, que renunciasen a su parte del botín despojado. Por
otro lado, ¿es que habían de ser cedidas regiones enteras, pobladas
principalmente por alemanes, y grandes ciudades, enteramente alemanas, a un
pueblo que aún no había dado ninguna prueba de su capacidad de progreso que le
permitiese salir del estado de feudalismo basado en la servidumbre de la
población agrícola? La cuestión era bastante complicada. La única solución
posible estaba en la guerra contra Rusia; entonces, el problema de la
delimitación entre las diferentes naciones revolucionarias pasaría a un plano
secundario en comparación con el principal de levantar una frontera segura
contra el enemigo común; los polacos, tras de recibir extensos territorios en
el Este, se harían más tratables y razonables en el Oeste; después de todo, Riga y Mitau [*]
serían para ellos no menos importantes que Danzig y Elbing [**]. Así, el partido avanzado de
Alemania, que estimaba necesaria la guerra contra Rusia para ayudar al
movimiento en el continente y consideraba que el restablecimiento nacional
incluso de una parte de Polonia llevaría inevitablemente a esa guerra, apoyaba
a los polacos; en tanto que el Partido Liberal de la clase media gobernante
preveía su caída en una guerra nacional contra Rusia, que pondría en el poder a
hombres más activos y enérgicos; por eso, fingiendo entusiasmo por la extensión
de la nacionalidad alemana, declaró a Polonia prusa,
foco principal de la agitación revolucionaria polaca, parte inseparable del
futuro gran Imperio alemán. Las promesas dadas a los polacos durante los
primeros días de agitación quedaron vergonzosamente sin cumplir; los
destacamentos armados polacos, organizados con el consentimiento del gobierno,
fueron dispersados y cañoneados por la artillería prusiana, y ya en abril de
1848, seis semanas después de la revolución de Berlín, el movimiento polaco fue
aplastado, resucitando la vieja hostilidad nacional entre polacos y alemanes.
Este servicio inmenso e incalculable lo prestaron al autócrata ruso los
ministros Camphausen y Hansemann,
comerciantes liberales. Debe agregarse que esta campaña polaca fue el primer
medio de reorganizar e infundir moral a ese mismo ejército prusiano que luego
derrocó al Partido Liberal y aplastó el movimiento que los señores Camphausen y Hansemann habían
levantado con tantos esfuerzos. «En el pecado va la penitencia». Ese ha sido
siempre el sino de todos los advenedizos de 1848 y 1849, desde Ledru-Rollin hasta Changarnier y desde Camphausen
hasta Haynau.
El problema de la nacionalidad motivó
también otra lucha en Bohemia. Este país, poblado por dos millones de alemanes
y tres millones de eslavos de lengua checa, tenía grandes recuerdos históricos,
casi todos relacionados con la anterior supremacía de los checos. Pero la
fuerza de esta rama de la familia eslava quedó quebrantada desde la guerra de
los husitas en el siglo quince [33];
las provincias de habla checa fueron divididas, y una parte formó el reino de
Bohemia, otra el principado de Moravia, y la tercera,
el montañoso territorio carpático de los eslovacos,
fue incluido en Hungría. Los moravos y los eslovacos habían perdido desde hacía
tiempo todo vestigio de sentimiento y vitalidad nacional, si bien conservaban
en gran parte su lenguaje. Bohemia estaba rodeada de países enteramente
alemanes por tres lados. El elemento alemán había hecho grandes progresos en su
propio territorio; incluso en la capital, Praga, las dos nacionalidades eran
casi iguales en número; y el capital, el comercio, la industria y la cultura
espiritual estaban por doquier en manos de los alemanes. El profesor Palacky, paladín de la nacionalidad checa, no es otra cosa
que un erudito alemán trastornado que ni aun hoy puede hablar correctamente el
checo sin acento extranjero. Mas, como suele suceder a menudo, la feneciente nacionalidad checa, feneciente
según todos los hechos conocidos en la historia de los cuatro siglos últimos,
hizo en 1848 un último esfuerzo para recuperar su anterior vitalidad, y el
fracaso de este esfuerzo, independientemente de todas las consideraciones
revolucionarias, había de probar que Bohemia podía existir en adelante sólo
como parte de Alemania, aunque una porción de sus habitantes pudiera seguir hablando
en una lengua no germánica durante varios siglos más [34].
Londres, febrero de 1852
[*] El nombre
letón es Jelgava. (N. de la Edit.)
[**] Los nombres polacos son
Gdansk y Elblong. (N. de la Edit.)
[32] Se refiere a las fronteras entre Polonia hasta la primera
división de 1772, cuando una gran parte de su territorio quedó dividido entre
Rusia, Prusia y Austria-Hungría.
[33] Guerras de los husitas: guerras de liberación nacional del pueblo checo
entre 1419 y 1437 contra los señores feudales alemanes y la Iglesia católica;
deben su denominación al dirigente de la Reforma checa Jan
Hus (1369-1415).
[34] En el presente artículo
Engels trata del movimiento nacional de los pueblos que integraban por entonces
el Imperio austriaco (checos, eslovacos, croatas y otros). Marx y Engels, que
trataron siempre la cuestión nacional desde el punto de vista de los intereses
de la revolución, simpatizaron ardientemente con su lucha, cuando en ella eran
fuertes las tendencias democrático-revolucionarias. Cuando en este movimiento
prevalecieron los elementos burgueses-terratenientes de derecha y el movimiento
nacional de estos pueblos lograron utilizarlo las fuerzas monárquicas
reaccionarias contra la revolución alemana y húngara, Marx y Engels cambiaron
de actitud con él. «Por eso y sólo por eso Marx y Engels estaban en contra del
movimiento nacional de los checos y los eslavos del sur»— escribió Lenin.
A
la par con la apreciación adecuada del papel objetivo de los movimientos
nacionales de los pueblos eslavos de Austria, en las condiciones concretas de
1848-1849, en el trabajo de Engels hay también varias afirmaciones erróneas
respecto a los destinos históricos de estos pueblos. Engels despliega la idea
de que estos pueblos ya no son capaces de existencia nacional independiente y
que serán ineludiblemente absorbidos por el vecino más fuerte. Esta deducción
de Engels se explica principalmente por la opinión general que tenía por
entonces de los destinos históricos de los pueblos pequeños. Engels creía que
el curso de la historia, cuya tendencia fundamental en el capitalismo es la
centralización y la constitución de grandes Estados, llevaría a la absorción de
los pueblos pequeños por naciones mayores. Al señalar acertadamente la
tendencia, propia del capitalismo, a la centralización y a la formación de
grandes Estados, Engels no tuvo en cuenta otra tendencia: la lucha de los
pueblos pequeños contra la opresión nacional, por su independencia, y la
aspiración de los mismos a organizar su propio Estado. A medida que se iban
incorporando las grandes masas populares a la lucha de liberación nacional,
conforme iba aumentando su grado de conciencia y organización, los movimientos
de liberación nacional de los pueblos pequeños, incluidos los eslavos de
Austria, adquirían un carácter más y más democrático y progresivo y llevaban a
ampliar el frente de la lucha revolucionaria. Como ha mostrado la historia, los
pueblos eslavos pequeños que antes integraban el Imperio austriaco no sólo
mostraron su capacidad de desarrollo nacional independiente, así como de crear
su propio Estado, sino que salieron a las filas de los constructores del
régimen social más avanzado.
Bohemia y Croacia (otro miembro desgajado
de la familia eslava que ha estado sometida a la misma influencia de los
húngaros que Bohemia de los alemanes) han sido la patria de lo que se ha dado
en llamar «paneslavismo» en el continente europeo. Ni la una ni la otra han
tenido la fuerza suficiente para existir como naciones independientes. Sus
respectivas nacionalidades, minadas paulatinamente por la acción de causas
históricas que dieron lugar a su inevitable absorción por otros pueblos más
enérgicos, no podían esperar sino la recuperación de algo parecido a independencia
mediante una alianza con otras naciones eslavas. Habiendo veintidós millones de
polacos, cuarenta y cinco millones de rusos, ocho millones de servios y
búlgaros ¿por qué no formar una poderosa confederación de los ochenta millones
de eslavos y expulsar de la santa tierra eslava o exterminar a los intrusos: a
los turcos, a los húngaros y, sobre todo, a los odiados pero ineludibles niemetz, los alemanes? Así, en los estudios de unos
cuantos dilettanti eslavos de la historia
surgió este movimiento ridículo y antihistórico que no se proponía ni más ni
menos que someter el Oeste civilizado al Este bárbaro, la ciudad al campo, el
comercio, la industria y la cultura espiritual a la agricultura primitiva de los
siervos eslavos. Pero tras esta absurda teoría se alzaba la terrible realidad
del Imperio ruso, este imperio que descubre en cada paso que da la
pretensión de tener a toda Europa por dominio del género eslavo y especialmente
de su única parte enérgica, los rusos; este imperio que, con dos capitales como
San Petersburgo y Moscú, aún no ha encontrado su centro de gravedad en tanto
que la «Ciudad del Zar» (Constantinopla, denominada en ruso Tsargrad, ciudad del zar), conceptuada por todos los
campesinos rusos de verdadera metrópoli de su religión y su nación, no sea en
realidad la residencia de su emperador; este imperio que, durante los últimos
ciento cincuenta años, jamás ha perdido, y sí ha ganado siempre, territorio en
todas las guerras que ha comenzado. Y son harto conocidas en Europa Central las
intrigas con que la política rusa ha sustentado la teoría paneslavista de nueva
hornada, teoría cuyo invento viene como anillo al dedo a los fines de esta
política. Así, los paneslavistas bohemios y croatas, unos intencionadamente y
otros sin darse cuenta, han obrado directamente a favor de Rusia; han
traicionado la causa revolucionaria en aras de la sombra de una nacionalidad
que, en el mejor de los casos, correría la misma suerte que la nacionalidad
polaca bajo la dominación rusa. Debe decirse, no obstante, en honor de los
polacos, que ellos jamás han caído seriamente en esta ratonera paneslava; y si bien es verdad que algunos aristócratas se
hicieron paneslavistas recalcitrantes, no lo es menos que a sabiendas de que
con el sojuzgamiento ruso perdían menos que con una
revuelta de sus propios campesinos siervos.
Los bohemios y croatas convocaron un
congreso general eslavo en Praga para preparar la alianza universal de los
eslavos [35]. Este congreso hubiera fracasado de todas las
maneras incluso sin la intervención de las tropas austriacas. Las distintas
lenguas eslavas se diferencian tanto como el inglés, el alemán y el sueco, y
cuando se inauguraron los debates, se vio que no había ninguna lengua eslava
común mediante la cual pudieran hacerse entender los oradores. Se probó hablar
en francés, pero tampoco lo entendía la mayoría, y los pobres entusiastas
eslavos, cuyo único sentimiento común era el odio común a los alemanes, se
vieron por último obligados a expresarse ellos mismos en la odiada lengua
alemana, ¡ya que era la única que conocían todos! Pero justamente entonces se
reunía otro congreso eslavo en Praga, representado por los lanceros de la
Galicia rutena, los granaderos croatas y eslovacos y los artilleros y coraceros
checos; y este congreso eslavo auténtico y armado, bajo el mando de Windischgrätz, en menos de veinticuatro horas desalojó de
la ciudad y dispersó por los cuatro costados a los fundadores de esa imaginaria
supremacía eslava.
Los diputados bohemios, moldavos y
dálmatas y parte de los diputados polacos (de la aristocracia) a la Dieta
Constituyente Austriaca hicieron de esta Asamblea una guerra constante al
elemento alemán. Los alemanes y parte de los polacos (la nobleza arruinada)
fueron en esta asamblea el apoyo principal del progreso revolucionario. El
grueso de los diputados eslavos que se oponía a ellos no se contentaba con esa
manifestación abierta de las tendencias reaccionarias de todo su movimiento,
pero cayeron tan bajo que empezaron a urdir intrigas y conspirar con el
mismísimo Gobierno austriaco que disolvió su congreso en Praga. Y recibieron el
pago merecido por su infame conducta. Después de haber apoyado al gobierno
durante la insurrección de octubre de 1848, con lo que éste les aseguró la
mayoría en la Dieta, esta Dieta, ahora casi exclusivamente eslava, fue disuelta
por las tropas austriacas, lo mismo que el congreso de Praga, y los
paneslavistas fueron amenazados con la cárcel si volvían a moverse. Y lo único
que han conseguido es que la nacionalidad eslava esté siendo minada en todas
partes por la centralización austriaca, resultado al que deben su propio
fanatismo y su ceguera.
Si las fronteras de Hungría y Alemania dejaran
lugar a alguna duda, se desencadenaría ciertamente otra lucha aquí. Mas, por
fortuna, no hubo pretexto para ello, y como ambas naciones tenían intereses
íntimamente relacionados, peleaban contra los mismos enemigos, o sea, contra el
Gobierno austriaco y el fanatismo paneslavista. El buen entendimiento no fue
alterado aquí ni un momento. Pero la revolución italiana enzarzó a una parte,
al menos, de Alemania, en una guerra intestina; y aquí debemos consignar, como
prueba de lo mucho que el sistema de Metternich había
logrado frenar el desarrollo de la opinión pública, que durante los primeros
seis meses de 1848 los mismos hombres que en Viena levantaran las barricadas
fueron, llenos de entusiasmo, a adherirse al ejército que combatió a los
patriotas italianos. Esta deplorable confusión de ideas no duró, sin embargo,
mucho.
Por último, estaba la guerra con
Dinamarca por Schleswig y Holstein.
Estas dos comarcas, indiscutiblemente germanas por la nacionalidad, la lengua y
las predilecciones de la población, son asimismo necesarias a Alemania por
razones militares, navales y comerciales. Sus habitantes han luchado con
tenacidad durante los tres últimos siglos contra la intrusión danesa. Tenían de
su parte, además, el derecho de los tratados. La revolución de marzo los colocó
en colisión manifiesta con los daneses, y Alemania los apoyó. Pero, mientras en
Polonia, Italia, Bohemia y, posteriormente, en Hungría, las operaciones
militares se llevaban con la mayor energía, en esta guerra, la única popular,
la única, al menos parcialmente, revolucionaria, se adoptó un sistema de
marchas y contramarchas inútiles y se admitió incluso la mediación de la
diplomacia extranjera, lo que condujo, tras multitud de heroicas batallas, al
fin más miserable. Los gobiernos alemanes traicionaban durante esta guerra,
siempre que se presentaba la ocasión, al ejército revolucionario de Schleswig Holstein y permitían
intencionadamente a los daneses que lo aniquilaran cuando quedaba disperso o
dividido. El cuerpo alemán de voluntarios fue tratado de igual manera.
Pero mientras el nombre alemán no se
granjeaba así nada más que el odio en todas partes, los gobiernos
constitucionales y liberales se frotaban las manos de alegría. Lograron
aplastar los movimientos polaco y bohemio. Despertaron por doquier la vieja
animosidad nacional que impidiera hasta el día todo entendimiento o acción
mancomunada de los alemanes, los polacos y los italianos. Habían acostumbrado
al pueblo a escenas de guerra civil y represiones por parte de las tropas. El ejército
prusiano había recuperado la seguridad en sus fuerzas en Polonia, y el
austriaco en Praga. Y mientras el rebosante patriotismo (die
patriotische Überkraft,
según la expresión de Heine [*]) de
la juventud revolucionaria, pero miope, fue encauzado a Schleswig
y Lombardia para que allí sirviera ésta de blanco de
la metralla del enemigo, el ejército regular, instrumento real para la acción
tanto en Prusia como en Austria, obtuvo la oportunidad de recuperar la simpatía
de la gente con sus victorias sobre los extranjeros. Pero repetimos: tan pronto
como estos ejércitos reforzados por los liberales para emplearlos contra el
partido más radical, recuperaron la seguridad en sus fuerzas y la disciplina en
cierto grado, volvieron las armas contra los liberales y restauraron el poder
de los hombres del viejo régimen. Cuando Radetzky
recibió en su campamento a orillas del río Adige las
primeras órdenes de los "ministros responsables" de Viena,
exclamó: «¿Quiénes son estos ministros? ¡Ellos no son
el Gobierno de Austria! Austria no existe ahora más que en mi campamento; mi
ejército y yo somos Austria; ¡y cuando hayamos derrotado a los italianos,
reconquistaremos el Imperio para el Emperador!» El viejo Radetzky
tenía razón. Pero los imbéciles ministros «responsables» de Viena no detuvieron
la atención en él.
Londres, febrero de 1852
[*] Heine. "Bei des Nachtwächters Ankunft zu Paris" ("Sobre la llegada del sereno a París)
(del ciclo "Zeitgedichte": Poemas
modernos). (N. de la Edit.)
[35] El Congreso
eslavo, que se reunió en Praga el 2 de junio de 1848, mostró la presencia de
dos tendencias en el movimiento nacional de los pueblos eslavos, oprimidos por
el Imperio de los Habsburgo. No pudo llegar a un
punto de vista único sobre la solución del problema nacional. Parte de los
delegados del Congreso, que pertenecían al ala radical y habían participado
activamente en la insurrección de Praga de 1848, fue sometida a crueles
represiones. Los representantes del ala liberal moderada que habían quedado en
Praga declararon el 16 de junio que las sesiones del Congreso se aplazaban por
tiempo indefinido.
Ya a comienzos de abril de 1848, el
torrente revolucionario quedó detenido en todo el continente europeo mediante
la alianza que las clases de la sociedad que habían sacado provecho de la
primera victoria concertaron inmediatamente con los vencidos. En Francia, los
pequeños comerciantes y artesanos y la fracción republicana de la burguesía se
unieron a la burguesía monárquica contra los proletarios; en Alemania e Italia,
la burguesía vencedora buscó con ansiedad el apoyo de la nobleza feudal, de la
burocracia oficial y del ejército contra las masas populares y los pequeños
comerciantes y artesanos. Los partidos conservadores y contrarrevolucionarios
unidos no tardaron en recuperar su predominio. En Inglaterra, la manifestación
del pueblo (10 de abril), inoportuna y mal preparada,
se convirtió en una derrota completa y decisiva del partido del movimiento [36]. En Francia, dos manifestaciones similares (del 16 de abril [37] y del 15 de mayo [38]) fueron igualmente
derrotadas. En Italia, el Rey Bomba[*] recuperó su autoridad de un solo golpe el 15
de mayo [39]. En Alemania, los nuevos gobiernos burgueses de
los distintos Estados y sus respectivas Asambleas Constituyentes se
consolidaron, y aunque la jornada del 15 de mayo, rica en acontecimientos, de
Viena hubiese acabado en una victoria del pueblo, este acontecimiento habría
sido de importancia secundaria nada más y podría ser tenido por el último
estallido con éxito de la energía del pueblo. En Hungría, el movimiento pareció
entrar en un manso cauce de perfecta legalidad, y el movimiento polaco, como ya
hemos dicho en uno de nuestros artículos anteriores, fue aplastado en germen
por las bayonetas prusianas. Sin embargo, todo esto aún no decidía nada en
cuanto al sesgo que tomarían las cosas, y cada pulgada de terreno perdido por
los partidos revolucionarios en los distintos Estados tendía sólo a unir más y
más sus filas para acciones decisivas.
Estas acciones decisivas se aproximaban.
Podían desplegarse sólo en Francia; pues en tanto Inglaterra no tomase parte en
la lucha revolucionaria, o Alemania siguiera dividida, Francia era, merced a su
independencia nacional, su civilización y su centralización, el único país que
podría dar a los países circundantes el impulso para una poderosa conmoción.
Por eso, cuando el 23 de junio de 1848 [40] comenzó la lucha
sangrienta en París, cuando cada noticia recibida por telégrafo o por correo exponía
con mayor claridad el hecho ante los ojos de Europa que esta lucha estaba
empeñada entre las masas del pueblo trabajador, por un lado, y todas las demás
clases de la población parisiense con el apoyo del ejército, por el otro lado,
cuando los combates se prolongaron varios días con saña inaudita en la historia
de las modernas guerras civiles, pero sin ninguna ventaja visible para ninguno
de los dos bandos, se hizo evidente para todos que ésta era la gran batalla
decisiva que envolvería, si la insurrección triunfaba, a todo el continente en
una nueva oleada de revoluciones o, si fracasaba, traería, al menos por el
momento, la restauración del régimen contrarrevolucionario.
Los proletarios de París fueron
derrotados, diezmados y aplastados hasta el punto de que ni aun hoy se han
repuesto del golpe. E inmediatamente, los nuevos y los viejos conservadores y
contrarrevolucionarios levantaron la cabeza en toda Europa con tanta insolencia
que mostraron lo bien que entendían la importancia del acontecimiento. La
prensa fue atacada por todas partes, los derechos de reunión y asociación
fueron restringidos, cada pequeño suceso en cada pequeña ciudad de provincia
fue aprovechado para desarmar al pueblo, declarar el estado de sitio y
adiestrar a las tropas en las nuevas maniobras y tretas que Cavaiguac
les había enseñado. Además, por primera vez desde febrero, se había demostrado
que la invencibilidad de la insurrección popular en
una gran ciudad era una ilusión; el honor de los ejércitos quedó restablecido;
las tropas, que hasta ahora habían sido derrotadas siempre en las batallas de
alguna importancia reñidas en las calles, recobraron la confianza en sus
fuerzas incluso en este tipo de pelea.
Los primeros pasos positivos y planes
definidos del viejo partido feudal-burocrático de Alemania, encaminados a
deshacerse incluso de las clases medias, sus aliadas temporales, y restablecer
en Alemania la situación que existía antes de los sucesos de marzo, pueden
datarse desde los tiempos de esta derrota de los ouvriers
de París. El ejército volvió a ser el poder decisivo en el Estado, y no
pertenecía a las clases medias, sino a dicho partido. Incluso en Prusia, donde
se habían observado desde antes de 1848 grandes simpatías al Gobierno
constitucional por parte de los oficiales de graduación inferior, el desorden
introducido en el ejército por la revolución volvió a estos jóvenes, propensos
a pensar, a la fidelidad a su deber militar; tan pronto como los soldados rasos
se tomaron algunas libertades con los oficiales, la necesidad de la disciplina
y la obediencia a raja tabla quedó de pronto más que clara para ellos. Los
nobles y los burócratas vencidos comenzaron a ver lo que debían hacer; no
restaba sino mantener en pequeños conflictos con el pueblo al ejército, más
unido que nunca, animado por las victorias sobre las pequeñas insurrecciones y
en la guerra en el extranjero y celoso de los laureles recién conquistados por
la soldadesca francesa; y, cuando llegase el momento decisivo, podría de un
solo golpe demoledor aplastar a los revolucionarios y poner fin a la presunción
de los parlamentarios burgueses. El momento propicio para ese golpe decisivo
llegó muy pronto.
Pasamos por alto los debates
parlamentarios y los conflictos locales, a veces curiosos, pero aburridos en la
mayoría de los casos, que absorbieron durante el verano a los distintos
partidos de Alemania. Baste decir que la mayoría de los defensores de los
intereses burgueses, pese a los numerosos triunfos parlamentarios, ninguno de
los cuales tuvo resultado práctico, sintió, en general, que su situación entre
los partidos extremos era más insostenible cada día; por eso se vieron
obligados a buscar la alianza de los reaccionarios y, al día siguiente, ganarse
el favor de los partidos más populares. Esta vacilación constante les dio el
golpe final en la opinión pública y, de acuerdo con el sesgo que iban tomando
los acontecimientos, ese desdén que despertaron fue aprovechado principalmente
en ese momento por los burócratas y la nobleza feudal.
Para el comienzo del otoño, las
relaciones entre los diversos partidos empeoraron lo suficiente para hacer
inevitable la batalla decisiva. El primer choque en esta guerra desencadenada
entre las masas democráticas y revolucionarias, por un lado, y el ejército, por
el otro, tuvo lugar en Francfort. Aunque este choque era secundario, fue el
primero en el que las tropas sacaron ventaja a los insurrectos y tuvo un gran
efecto moral. Prusia, por causas muy comprensibles, permitió al ilusorio
gobierno formado por la Asamblea Nacional de Francfort concluir, por razones
obvias, un armisticio con Dinamarca que no sólo entregó a los alemanes de Schleswig a la venganza danesa, sino que fue también la
negación completa de los principios más o menos revolucionarios, en que se
basaba, según la convicción general, la guerra danesa. La Asamblea de Francfort
rechazó, por una mayoría de dos o tres votos, este armisticio. La votación fue
seguida de una comedia de crisis ministerial; sin embargo, a los tres días la
Asamblea revisó la votación y fue inducida a anularla de hecho y reconocer el
armisticio. Este acto vergonzoso provocó la indignación del pueblo. Se levantar
barricadas, pero en Francfort se habían concentrado suficientes tropas y, tras
un combate de seis horas, la insurrección fue aplastada. Movimientos similares,
si bien menos importantes, relacionados con este acontecimiento, hubo en otras
partes de Alemania (Baden, Colonia), pero fueron
igualmente derrotados.
Este choque previo dio al partido
contrarrevolucionario la gran ventaja de que ahora el único gobierno surgido
enteramente, al menos en apariencia, de unas elecciones populares, el Gobierno
imperial de Francfort, así como la Asamblea Nacional se habían
desprestigiado a los ojos del pueblo. Este gobierno y esta Asamblea se habían
visto obligados a apelar a las bayonetas del ejército contra la manifestación
de la voluntad del pueblo. Estaban comprometidos, y por pocos que fueran los
derechos a ser respetados que hubiesen merecido hasta la fecha, el repudio a su
origen y su dependencia de los antipopulares gobiernos y sus tropas
convirtieron desde este momento al Regente del Imperio, a sus ministros y
diputados en completas nulidades. No tardaremos en ver con qué desprecio
recibieron primero Austria, luego Prusia y últimamente los pequeños Estados
también, toda disposición, toda petición y toda diputación procedentes de esta
institución de impotentes soñadores.
Llegamos ahora a la inmensa repercusión
que tuvo en Alemania la batalla de junio en Francia, acontecimiento que fue tan
decisivo para Alemania como la lucha proletaria de París había sido para
Francia; nos referimos a la revolución y al subsiguiente asalto de Viena en
octubre de 1848. Pero la importancia de esta batalla es tal que la explicación
de las diferentes circunstancias que contribuyeron más directamente a su
desenlace requeriría tanto lugar en las columnas de "The
Tribune" que nos es forzoso dedicar un artículo
especial a este tema.
Londres, febrero de 1852
[*] Fernando
II. (N. de la Edit.)
[36] La manifestación masiva
que los cartistas convocaron para el 10 de abril de 1848 en Londres a fin de
entregar al Parlamento una petición de que se aprobase la Carta del Pueblo
fracasó debido a la indecisión y las vacilaciones de sus organizadores. El
fracaso de la manifestación fue utilizado por las fuerzas de la reacción para
emprender la ofensiva contra los obreros y reprimir a los cartistas.-
[37] El 16 de abril de 1848 la Guardia
Nacional burguesa, movilizada especialmente con este fin, detuvo en París una
manifestación pacífica de obreros que iban a presentar al Gobierno Provisional
una petición sobre la «organización del trabajo» y la «abolición de la
explotación del hombre por el hombre».
[38] El 15 de mayo de 1848, durante una
manifestación popular, los obreros y artesanos parisienses penetraron en la
sala de sesiones de la Asamblea Constituyente, la declararon disuelta y
formaron un Gobierno revolucionario. Los manifestantes, sin embargo, no
tardaron en ser desalojados por la Guardia Nacional y las tropas. Los dirigentes
de los obreros (Blanqui, Barbès,
Albert, Raspail, Sobrier y otros) fueron detenidos.
[39] El 15 de mayo de 1848, el rey
napolitano Fernando II aplastó la insurrección popular, disolvió la guardia
nacional, dispersó el Parlamento y anuló las reformas introducidas bajo la
presión de las masas populares en febrero de 1848.
[40] La insurrección de junio: heroica
insurrección de los obreros de París entre el 23 y el 26 de junio de 1848,
aplastada con excepcional crueldad por la burguesía francesa. Fue la primera
gran guerra civil de la historia entre el proletariado y la burguesía.
Llegamos ahora al acontecimiento decisivo
que constituyó la contrapartida de la reacción de Alemania a la insurrección
parisiense de junio y que, de un solo golpe, inclinó la balanza del lado del
partido contrarrevolucionario: la insurrección de octubre de 1848 en Viena.
Hemos visto cuál era la posición de las
distintas clases en Viena después de la victoria del 13 de marzo. Hemos visto
también que el movimiento de la Austria alemana se había entrelazado con los
sucesos de las provincias no alemanas de Austria, que lo frenaron. No nos
queda, pues, sino exponer brevemente las causas que condujeron a esta última y
la más temible insurrección de la Austria alemana.
La alta aristocracia y la burguesía
bursátil, que habían constituido el principal apoyo extraoficial del Gobierno
de Metternich, pudieron, incluso después de los
sucesos de marzo, conservar la influencia decisiva en el gobierno, utilizando
no sólo la Corte, el ejército y la burocracia, sino aún más el miedo a la
«anarquía», que se extendió rápidamente entre las clases medias. No tardaron en
aventurarse a lanzar varios globos sonda en forma de ley de la prensa [41], una estrambótica Constitución aristocrática [42]
y una Ley electoral basada en la vieja división en estamentos [43].
El llamado ministerio constitucional, compuesto de burócratas medio liberales,
tímidos e incapaces, del 14 de mayo, incluso aventuró un ataque directo contra
las organizaciones revolucionarias de las masas, disolviendo el Comité Central
de los Delegados de la Guardia Nacional y de la Legión Académica [44],
cuerpo, formado ex profeso para controlar al gobierno y, en caso de necesidad,
alzar contra él a las fuerzas populares. Pero este acto no hizo sino provocar
la insurrección del 15 de mayo, por la que el gobierno se vio forzado a
reconocer el Comité, anular la Constitución y la Ley electoral y dar
atribuciones para redactar una nueva ley fundamental a la Dieta Constitucional,
que se eligiese por sufragio universal. Todo esto fue confirmado al día
siguiente en una proclama imperial. Pero el partido reaccionario, que también
tenía a sus representantes en el gobierno, no tardó en compeler a sus colegas
«liberales» a atentar de nuevo a las conquistas del pueblo. La Legión
Académica, baluarte del partido del movimiento y centro de la continua
agitación, se hizo por lo mismo odiosa a los ciudadanos más moderados de Viena;
el 26 del mismo, un decreto del gobierno la disolvió. Tal vez este golpe
hubiese tenido éxito de haberse encomendado el cumplimiento de la orden sólo a
parte de la Guardia Nacional; pero el gobierno, que tampoco tenía confianza en
esta guardia, puso en juego a las tropas, y la Guardia Nacional dio la vuelta en
el acto y se unió con la Legión Académica, desbaratando así los planes del
gobierno.
Entretanto, el Emperador [*]
y su Corte habían abandonado el 16 de mayo a Viena y huido a Innsbruck, donde,
rodeado de tiroleses fanáticos cuya lealtad se despertó con nueva fuerza debido
al peligro de que el ejército sardo-lombardo, apoyado por las tropas de Radetzky, que estaban en Innsbruck a tiro de cañón,
invadiese el país, encontró asilo el partido contrarrevolucionario, y desde
allí, incontrolado, inobservado y seguro, pudo reunir sus fuerzas dispersas,
urdir y extender por todo el país una red de intrigas. Se restablecieron las
relaciones con Radetzky, Jellachich
y Windischgrätz, así como con los hombres de
confianza de la jerarquía administrativa de las diferentes provincias; se
tramaron también intrigas con los jefes eslavos; y así se formó una fuerza real
a disposición de la camarilla contrarrevolucionaria, mientras que se dejó a los
impotentes ministros de Viena malversar su breve y débil popularidad en
continuos choques con las masas revolucionarias y en los debates de la Dieta
Constituyente, que se convocó luego. Así, la política consistente en dejar que
el movimiento en la capital siguiese su propia marcha durante algún tiempo,
política que en un país centralizado y homogéneo, como Francia, debía haber
hecho omnipotente al partido del movimiento, en Austria, heterogéneo
conglomerado político, fue uno de los medios más seguros de reorganizar las
fuerzas de la reacción.
En Viena, la clase media, persuadida de
que luego de tres derrotas sucesivas y, ante la faz de la Dieta Constituyente,
basada en el sufragio universal, el partido de la Corte ya no era un enemigo
tan temible, fue cayendo más y más en ese cansancio, esa apatía y esa eterna
aspiración al orden y la tranquilidad que siempre invaden a esta clase después
de las conmociones violentas y de la desorganización consiguiente de la vida
económica. Los fabricantes de la capital austriaca se limitan casi
exclusivamente a producir artículos de lujo cuya demanda ha disminuido mucho,
como es natural, desde el estallido de la revolución y la huida de la Corte.
Los llamamientos a volver al sistema regular de gobierno y al retorno de la
Corte, con lo que se esperaba reanimar la prosperidad comercial, se
generalizaron entre las clases medias. La apertura de la Dieta Constituyente en
julio fue aplaudida con entusiasmo como si implicase el fin de la era
revolucionaria; de igual manera se aplaudió el retorno de la Corte que, después
de las victorias de Radetzky en Italia y del
advenimiento del Gobierno reaccionario de Doblhoff,
se creyó lo suficiente fuerte para no temer el empuje del pueblo y que, al
mismo tiempo, consideraba necesaria su presencia en Viena para llevar hasta el
fin sus intrigas con la mayoría eslava de la Dieta. Mientras la Dieta
Constituyente discutía las leyes sobre la emancipación de los campesinos de las
trabas feudales y del trabajo forzado para la nobleza, la Corte realizó con
éxito una hábil maniobra. Se propuso al Emperador pasar revista a la Guardia Nacional
el 19 de agosto; la familia imperial, los cortesanos y los generales
rivalizaban en adular a los ciudadanos armados que ya de por sí se ufanaban de
verse públicamente reconocidos como uno de los cuerpos importantes del Estado;
e inmediatamente después se publicó una orden firmada por el señor Schwarzer, el único ministro popular del gabinete, según la
cual el gobierno suprimía los subsidios que venía concediendo a los obreros sin
trabajo. La añagaza salió bien; los obreros hicieron una manifestación; los
guardias nacionales burgueses se pronunciaron a favor del decreto de su
ministro; fueron lanzados contra los «anarquistas», y el 23 de agosto ellos se
arrojaron como tigres contra los obreros inermes, que no se les ofrecieron
resistencia, y los ametrallaron a mansalva. Así, la unidad de la fuerza
revolucionaria fue rota; la lucha de clase entre la burguesía y los proletarios
también llegó en Viena a un estallido sangriento, y la camarilla
contrarrevolucionaria vio que se aproximaba el día en que podría dar su gran
golpe.
Los asuntos húngaros no tardaron en dar
la oportunidad de proclamar abiertamente los principios por los que la
camarilla contrarrevolucionaria intentaba actuar. El 5 de octubre, un decreto
imperial publicado en la "Wiener Zeitung"[45], gaceta oficial, decreto
que no llevaba la firma de ningún ministro responsable de Hungría, declaraba
disuelta la Dieta Húngara y nombraba Gobernador civil y militar de este país a Jelacic, ban de Croacia, líder de
la reacción eslava del sur que llevaba una guerra declarada contra las
autoridades legales de Hungría. Al mismo tiempo, las tropas dislocadas en Viena
recibieron la orden de ponerse en marcha y formar parte del ejército que había
de reforzar la autoridad de Jelacic. Pero eso
significaba enseñar demasiado la oreja; cada habitante de Viena sintió que la
guerra contra Hungría era una guerra contra el principio de gobierno
constitucional, principio que en el mismo decreto era vulnerado por la
tentativa del Emperador de promulgar decretos con vigor legal sin la firma del
ministro responsable. El 6 de octubre, el pueblo, la Legión Académica y la
Guardia Nacional de Viena se sublevaron en masa y se opusieron al envío de
tropas. Algunos granaderos se pasaron al lado del pueblo; hubo una breve
escaramuza entre las fuerzas populares y las tropas; el ministro de la Guerra, Latour, recibió muerte de mano del pueblo, y por la tarde
éste obtuvo la victoria. Mientras tanto, el ban Jelacic, derrotado en Stuhlweissenburg[**] por Perczel, se refugió cerca de
Viena en territorio austriaco; las tropas vienesas, que debían ponerse en
marcha para ayudarlas, adoptaron ahora una posición ostentativa de hostilidad y
defensa contra él; y el Emperador y la Corte huyeron de nuevo a Olmültz[***], territorio semieslavo.
Pero en Olmütz,
la Corte se encontró en circunstancias muy distintas de las que había habido en
Innsbruck. Ahora tenía la posibilidad de empezar inmediatamente la campaña
contra la revolución. Fue rodeado por los diputados eslavos de la
Constituyente, que volaron en masa a Olmültz, y por
los entusiastas eslavos de todas partes de la monarquía. La campaña debía ser,
a ojos suyos, una guerra por el restablecimiento del eslavismo y de exterminio
de los dos invasores de lo que se tenía por suelo eslavo, contra los alemanes y
los húngaros. Windischgrätz, el conquistador de
Praga, ahora jefe del ejército concentrado alrededor de Viena, se convirtió de
pronto en el héroe de la nacionalidad eslava. Y su ejército vino a concentrarse
rápidamente desde todas partes. Desde Bohemia, Moravia,
Estiria, Austria superior e Italia salieron
regimiento tras regimiento por las carreteras que convergían en Viena para
adherirse a las tropas de Jelacic y de la ex
guarnición de la capital. Más de sesenta mil hombres se unieron así hacia fines
de octubre y no tardaron en comenzar a golpear la ciudad imperial por todos los
lados hasta que, el 30 de octubre, avanzaron lo suficiente para aventurarse al
ataque decisivo.
Entretanto, la confusión y el desamparo
se adueñaron de Viena. Tan pronto como se consiguió la victoria, la clase media
volvió a desconfiar como antes de los obreros «anárquicos»; los obreros que
recordaban perfectamente el trato que les había dado sesis
semanas antes la burguesía armada y la política inconsecuente, llena de
vacilaciones, de las clases medias en su totalidad, no les querían confiar la
defensa de la ciudad y exigieron armas y la organización militar para ellos
mismos. La Legión Académica, impaciente por combatir el despotismo imperial,
era totalmente incapaz de comprender la naturaleza del extrañamiento de las dos
clases y, en general, no podía comprender las necesidades de la situación.
Cundió la confusión entre la gente y los medios dirigentes. Los restos de la
Dieta, diputados alemanes y varios eslavos, que, salvo raros diputados
revolucionarios polacos, hicieron de espías para los amigos de Olmültz, se reunieron en sesión permanente, pero, en vez de
obrar con resolución, perdieron el tiempo en debates vanos sobre la posibilidad
de resistir al ejército imperial sin rebasar los límites de lo tolerable por la
Constitución. El comité de Seguridad, compuesto de diputados de casi todas las
instituciones populares de Viena, si bien estaba resuelto a resistir, se
encontraba dominado por una mayoría de ciudadanos y pequeña burguesía que jamás
permitieron seguir ninguna línea de acción decidida y enérgica. El consejo de
la Legión Académica adoptó resoluciones heroicas, pero no era capaz en absoluto
de asumir la dirección. Los obreros, rodeados de la desconfianza, desarmados y
desorganizados, que apenas habían salido de la esclavitud espiritual en que los
tenía el viejo régimen, aún no lo suficiente despiertos para comprender, pero
sí ya para sentir instintivamente su posición social y la línea política de
acción que les convenía, podían hacerse oír sólo en estruendosas
manifestaciones; no se podía esperar que vencieran todas las dificultades del
momento. Pero, lo mismo que por doquier en Alemania durante la revolución,
estaban preparados para luchar hasta el fin en cuanto obtuvieran armas.
Tal era el estado de las cosas en Viena.
Fuera de la ciudad, el ejército austriaco reorganizado, que cobró ánimos con
las victorias de Radetzky en Italia; sesenta o
setenta mil hombres bien armados, bien organizados y, si no bien mandados, al
menos con jefes. Dentro, confusión, contradicciones de clase y desorganización;
una Guardia Nacional con una parte que había decidido no luchar en general,
otra parte que estaba indecisa y sólo una pequeña parte dispuesta a actuar; una
masa proletaria poderosa en número pero sin dirigentes ni preparación política
alguna, igualmente presa del pánico que de los arrebatos casi inmotivados de
furia, propensa a creer cualquier bulo, ansiosa de entrar en combate, pero sin
armas, al menos al principio, y sólo mal armada y organizada de cualquier
manera cuando, al fin, fue conducida a la batalla; una Dieta desvalida que
seguía enzarzada en disputas sobre sutilidades teóricas cuando el techo que
cubría a los diputados estaba ya casi envuelto en llamas; un Comité dirigente
sin ánimos ni energía. Todo había cambiado desde las jornadas de marzo y mayo
cuando, en el campo contrarrevolucionario, todo era confusión y cuando la única
fuerza reorganizada era la creada por la revolución. Apenas si podía caber duda
de cuál sería el desenlace de la lucha, y si había alguna, la disiparon los
acontecimientos del 30 y 31 de octubre y del 1 de noviembre.
Londres, marzo de 1852
[*] Fernando I
(N. de la Edit.)
[**] La denominación húngara
es Székesfehérvar. (N. de la Edit.)
[***] La denominación checa es
Olomouc. (N. de la Edit.)
[41] Las reglas provisionales
de la prensa, publicadas por el Gobierno austriaco el 1 de abril de 1848,
exigían depositar una considerable suma como garantía para obtener el derecho a
publicar periódicos.
[42] La Constitución del 25
de abril de 1848 fijaba una alta cuota de propiedad y largo período de
residencia en el lugar dado para las elecciones a la Dieta, instituía dos
cámaras: la inferior y el senado, conservaba las instituciones estamentales
representativas y concedía al emperador el derecho a derogar las leyes
aprobadas por las cámaras.
[43] La Ley electoral del 8
de mayo de 1848 privaba del derecho electoral a los obreros, jornaleros y
criados. Parte de los senadores era designada por el Emperador, y la otra parte
se elegía mediante votaciones de dos etapas entre los mayores contribuyentes.
Las elecciones a la Cámara inferior eran también de dos etapas.
[44] Legión Académica:
organización civil militarizada compuesta de estudiantes de opiniones radicales
de la Universidad de Viena.
[45] "Wiener Zeitung": título
abreviado del periódico oficial del gobierno "Oesterreischische
Kaiserische Wiener Zeitung" (Periódico Imperial Austriaco de Viena";
con este título salía desde 1790.
Cuando, concentrado al fin, el ejército
de Windischgrätz comenzó el ataque a Viena, las
fuerzas que se pudieron movilizar para defender la capital fueron completamente
insuficientes. Sólo a cierta parte de la Guardia Nacional se pudo enviar a las
trincheras. Bien es verdad que, en última instancia, se organizó presurosamente
una Guardia Proletaria, pero como quiera que la tentativa de utilizar de esa
manera esta valiente, enérgica y más numerosa parte de la población fue
demasiado tardía, hubo poco tiempo para instruirla en el manejo de las armas y
los rudimentos más elementales de la disciplina para que ofreciera venturosa
resistencia. Así, la Legión Académica, cuyos efectivos eran de tres a cuatro
mil hombres bien adiestrados y hasta cierto punto disciplinados,
valientes y llenos de entusiasmo, fue, hablando en términos militares,
la única fuerza en condiciones de cumplir airosamente su cometido. Mas ¿qué
eran ellos, con los pocos Guardias Nacionales seguros y con la masa desordenada
de proletarios armados frente a las fuerzas regulares mucho más numerosas de Windischgrätz, sin hablar ya de las hordas rufianescas de Jelacic, hordas que eran, por la propia naturaleza de sus
costumbres, muy útiles para una guerra en la que había que tomar casa por casa
y callejón por callejón? ¿Y qué otra cosa, sino varios cañones viejos y
desgastados, con malas cureñas y malos servidores, podían oponer los sublevados
a la numerosa y perfectamente equipada artillería que Windischgrätz
empleó con tan pocos escrúpulos?
Cuanto más cerca estaba el peligro, tanto
más aumentaba la confusión en Viena. La Dieta no se atrevió hasta el último
momento a pedir la ayuda del ejército húngaro de Perczel,
acampado a pocas leguas de la capital. El Comité de Seguridad [*] adoptó resoluciones contradictorias
que reflejaban, lo mismo que las masas populares armadas, los flujos y reflujos
de la marea de rumores de lo más dispares. Todos estaban de acuerdo sólo en un
punto: en el respeto a la propiedad, respeto tan imponente que, en las
circunstancias dadas, parecía casi cómico. Se hizo muy poco para elaborar hasta
el fin el plan de la defensa. Bem, el único que podía
salvar a Viena, si es que había por entonces en la capital alguien capaz de
hacerlo, como era un extranjero casi desconocido, de origen eslavo, renunció a
la tarea bajo el peso de la desconfianza general. Si hubiera insistido, pudo
haber sido linchado como traidor. Messenhauser, el
jefe de las fuerzas sublevadas, que valía más como novelista que como oficial
incluso de graduación inferior, no servía en absoluto para su papel; no
obstante, ocho meses después de luchas revolucionarias, el partido popular no
produjo ni adquirió a ningún militar más diestro que él. Así comenzó la
batalla. Los vieneses, de tomar en consideración sus medios de defensa,
totalmente insuficientes, y la ausencia absoluta de preparación y organización
militar, opusieron una resistencia de lo más heroica. En muchos lugares, la
orden que dio Bem, cuando asumía el mando, de
«defender esta posición hasta el último hombre» fue cumplida a rajatabla. Pero
pudo más la fuerza. La artillería imperial fue barriendo barricada tras
barricada en las largas y anchas avenidas que forman las calles principales de
los suburbios; y a la tarde del segundo día de lucha, los croatas ocuparon la
fila de casas situadas frente a la explanada de la Vieja Ciudad. Un ataque
débil y desordenado del ejército húngaro acabó en un fracaso completo; y
mientras algunas unidades dislocadas en la Ciudad Vieja capitulaban, otras
vacilaban y sembraban la confusión, y los restos de la Legión Académica hacían
nuevas fortificaciones, las tropas imperiales irrumpieron en la Ciudad Vieja y,
aprovechando la confusión general, la tomaron por asalto.
Las consecuencias inmediatas de esta
victoria, las brutalidades y ejecuciones llevadas a efecto por la ley marcial y
las inauditas crueldades e infamias que las desenfrenadas hordas eslavas
cometieron contra Viena son harto conocidas para entrar aquí en detalles. Las
consecuencias ulteriores y el nuevo giro que la derrota de la revolución en
Viena dio enteramente a los asuntos alemanes serán expuestos más adelante.
Quedan por examinar dos puntos en relación con el asalto a Viena. El pueblo de
esta capital tenía dos aliados: los húngaros y el pueblo alemán. ¿Dónde estaban
a la hora de la prueba?
Hemos visto que los vieneses, con toda la
generosidad de un pueblo recién liberado, se alzaron por una causa que, si bien
era en última instancia privativa de ellos, lo era también, en primer orden y
sobre todo, de los húngaros. Y prefirieron recibir ellos el golpe primero y más
terrible antes que permitir la marcha de las tropas austriacas contra Hungría.
Y mientras ellos acudieron así, notablemente, en apoyo de sus aliados, los
húngaros, actuando con éxito contra Jelacic, lo
repelieron hacia Viena y, con su victoria, acrecentaron la fuerza que iba a
atacar a esta ciudad. En estas circunstancias, Hungría tenía el indudable deber
de apoyar sin demora y con todas las fuerzas disponibles, no a la Dieta de
Viena y no al Comité de Seguridad u otra institución cualquiera de esta
capital, sino a la revolución vienesa.
Y si los húngaros olvidaron incluso que Viena había dado la primera batalla por
Hungría, no debieron haber olvidado, en beneficio de su propia seguridad, que Viena
era el único puesto avanzado de la independencia húngara y que si ella caía,
nada podría detener el avance de las tropas imperiales contra Hungría. Ahora
sabemos muy bien todo lo que los húngaros pudieron argüir en defensa de su
inactividad durante el sitio y el asalto de Viena: el estado insatisfactorio de
sus propias fuerzas, la renuncia de la Dieta y de las otras instituciones
oficiales de Viena a llamarlos en su ayuda, la necesidad de mantenerse dentro
del terreno constitucional y de eludir las complicaciones con el poder central
de Alemania. Pero el hecho es, en cuanto al estado insatisfactorio del ejército
húngaro, que durante los primeros días siguientes de la revolución de Viena y a
la llegada de Jellachich, no había ninguna necesidad
de emplear las tropas regulares, ya que las austriacas aún estaban muy lejos de
concentrarse, y el desarrollo enérgico e incesante del éxito después de la
primera victoria sobre Jelacic, incluso con las solas
fuerzas del Landsturm[**] que combatía cerca de Stuhlweissenburg,
habría sobrado para entrar en contacto con los vieneses y demorar medio año
toda concentración del ejército austriaco. En la guerra, sobre todo en la
guerra revolucionaria, la rapidez de acción, en tanto no se alcance algún éxito
decisivo, es una regla fundamental; y afirmamos, sin dejar lugar a ninguna
duda, que Perczel, por
razones puramente militares, no debió haber parado hasta unirse con
los vieneses. Es verdad que se corría cierto riesgo, pero ¿quién ha ganado
alguna vez una batalla sin arriesgar algo? ¿Y no arriesgaba nada el pueblo de
Viena, con una población de cuatrocientos mil habitantes, al atraer contra sí
las fuerzas que se habían puesto en marcha para someter a doce millones de
húngaros? La falta cometida al aguardar que los austriacos reunieran fuerzas y
al hacer luego una débil manifestación en Schwechat
que acabó, como era de esperar, en una derrota sin gloria, fue un error militar
que entrañaba sin duda más riesgo que una marcha decidida hacia Viena contra
las desbandadas hordas de Jelacic.
Pero se dice que ese avance de los
húngaros, en tanto no fuese autorizado por alguna institución oficial, habría
sido una violación del territorio alemán, habría dado lugar a complicaciones
con el poder central de Francfort y habría sido, sobre todo, un abandono de la
política constitucional legal que daba fuerza a la causa húngara. ¡Pues las
instituciones oficiales de Viena eran unas nulidades! ¿Se habían alzado en
defensa de Hungría la Dieta y los comités populares o había sido el pueblo de Viena,
y nadie más que él, quien empuñara las armas para dar la primera batalla por la
independencia de Hungría? No era ni este ni el otro cuerpo oficial de Viena el
que importaba apoyar: todas estas instituciones podían ser derrocadas, y lo
habrían sido sin tardanza durante el desarrollo de la revolución, mas fue el
auge del movimiento revolucionario y el avance ininterrumpido de las propias
acciones del pueblo lo único que se planteaba y lo único que podía salvar a
Hungría de la invasión. Las formas que este movimiento revolucionario pudiera
adoptar posteriormente atañían a los vieneses, y no a los húngaros, puesto que
Viena y la Austria alemana en general seguían siendo aliadas de los húngaros
contra el enemigo común. Pero cabe preguntar si en este vehemente deseo del
Gobierno húngaro de lograr alguna autorización casi legal no se debe ver el
primer síntoma [364] claro de la pretensión a una legalidad bastante dudosa
que, si no salvó a Hungría, sí produjo al menos muy buena impresión, algo más
tarde, en el público burgués de Inglaterra.
En cuanto al pretexto de posibles
conflictos con el poder central de Alemania en Francfort, no tenía ningún
fundamento. Las autoridades de Francfort habían sido derrocadas de facto por la
victoria de la contrarrevolución en Viena; y hubieran sido derrocadas
igualmente incluso en el caso de que la revolución hubiese contado allí con
apoyo suficiente para derrotar a sus enemigos. Por último, el gran argumento de
que Hungría no debía abandonar el terreno legal y constitucional, podía ser muy
del agrado de los librecambistas británicos, pero la historia jamás lo
reconocerá satisfactorio. Supongamos que el 13 de marzo y el 6 de octubre los
vieneses se hubieran atenido a los medios «legales y constitucionales». ¿Cuál
habría sido el destino de ese movimiento «legal y constitucional» y de todas
las gloriosas batallas que dieron a conocer por primera vez a Hungría al mundo
civilizado? Ese mismo terreno legal y constitucional sobre el que, se asegura,
pisaban los húngaros en 1848 y 1849, fue conquistado para ellos el 13 de marzo
por la sublevación en alto grado ilegal y anticonstitucional del pueblo de
Viena. No nos proponemos aquí examinar la historia de la revolución de Hungría,
pero nos parece oportuno señalar que es totalmente inadecuado aplicar sólo
medios legales de resistencia contra un enemigo que se mofa de esos escrúpulos;
y si agregamos que, de no haber sido por esa eterna pretensión de legalidad que
Görgey aprovechó y volvió contra el gobierno, la
devoción del ejército de Görgey a su general y la
vergonzosa catástrofe de Vilagos habrían sido
imposibles [46]. Y cuando, en las últimas fechas de octubre de
1848 los húngaros cruzaron al fin el Leitha para
salvar el honor del Imperio, ¿acaso no era eso ilegal en la misma medida que lo
hubiera sido cualquier ataque inmediato y resuelto?
Se sabe que no abrigamos sentimientos de
enemistad a Hungría. Estuvimos a su lado durante la lucha; podemos decir con
pleno derecho que nuestro periódico, la "Neue Rheinische
Zeitung", contribuyó más que ningún otro a hacer
que la causa de los húngaros fuese popular en Alemania, explicando la
naturaleza de la lucha entre los magiares y los eslavos y escribiendo de la
guerra húngara en una serie de artículos que han tenido el mérito de ser
plagiados en casi todos los libros escritos posteriormente sobre este tema, sin
exceptuar ni los trabajos de los propios húngaros ni de los «testigos
oculares». Incluso hoy vemos en Hungría a una aliada indispensable y natural de
Alemania en cualquier futura convulsión que se produzca en el continente. Pero
hemos sido lo suficiente severos con relación a nuestros propios compatriotas
para tener el derecho a expresar libremente la opinión que nos merecen nuestros
vecinos; además, hemos registrado aquí los hechos con la imparcialidad del
historiador y debemos decir que, en este caso particular, la generosa valentía
del pueblo de Viena ha sido no sólo mucho más noble, sino también mucho más
perspicaz que la cautelosa circunspección del Gobierno húngaro. Y, como
alemanes que somos, podemos permitirnos declarar que no habríamos trocado el
alzamiento espontáneo y aislado y la heroica resistencia del pueblo de Viena,
compatriotas nuestros que dieron a los húngaros tiempo para organizar el
ejército que pudo realizar tan grandes proezas, por ninguna de las ostentosas
victorias y gloriosas batallas de la campaña húngara.
El segundo aliado de Viena era el pueblo
alemán. Pero estaba enzarzado en todas partes en la misma lucha que los
vieneses. Francfort, Baden y Colonia acababan de ser
derrotadas y desarmadas. En Berlín y Breslau[***] el pueblo y las tropas estaban de punta y
se esperaba el choque de un día para otro. Lo mismo sucedía en todos los
centros locales del movimiento. Por doquier había cuestiones pendientes que
podían ventilarse únicamente mediante la fuerza de las armas; y ahí fue donde
se dejaron sentir con fuerza por primera vez las consecuencias desastrosas de
la continuación del viejo desmembramiento y descentralización de Alemania. Las
diversas cuestiones de cada Estado, de cada provincia y de cada ciudad eran las
mismas en lo fundamental; pero se presentaron en todo lugar de manera diferente
y en distintas circunstancias, y su grado de madurez era distinto en cada
lugar. Por eso, ocurrió que mientras en cada localidad se sentía la gravedad
decisiva de los sucesos de Viena, aún no se podía dar ningún golpe importante
con alguna esperanza de que fuese una ayuda para los vieneses o emprender una
operación de diversión a favor suyo; nada quedaba en su ayuda más que el
Parlamento y el poder central de Francfort; y esa ayuda se recabó desde todas
partes; ¿pero qué hicieron ellos?
El Parlamento de Francfort y el hijo
bastardo que dio a luz del incestuoso ayuntamiento con la vieja Dieta alemana,
el así denominado poder central, aprovecharon el movimiento de Viena para
mostrar su completa nulidad. Esta despreciable Asamblea, como ya hemos visto,
había perdido mucho antes su virginidad y, pese a su juventud, ya se iba
cubriendo de canas y adquiriendo experiencia en todos los artificios y
prácticas de la prostitución seudodiplomática. De
todos los sueños e ilusiones de poderío, de regeneración y unidad de Alemania,
que se adueñaron de ella en un principio, no quedaba nada más que un cúmulo de
estrepitosas frases teutónicas que se repetían en cada ocasión y una fe firme
de cada miembro individual en su propia importancia y en la credulidad del
público. La ingenuidad original quedó descartada; los representantes del pueblo
alemán se habían convertido en hombres prácticos, es decir, habían sacado en
limpio que cuanto menos hiciesen y más charlasen tanto más segura
sería su posición de regidores de los destinos de Alemania. Eso no implica que
estimasen superfluas sus sesiones; todo lo contrario; pero descubrieron que
todas las cuestiones realmente grandes eran terreno vedado para ellos, y mejor
harían si se mantuviesen lejos de ellos. Pues bien, lo mismo que en el concilio
de los sabios bizantinos de los tiempos de la decadencia del Imperio, discutían
con un empaque y una asiduidad, dignos del sino que a la larga les tocó en
suerte, dogmas teóricos hacía tiempo dilucidados en todas las partes del mundo
civilizado o ínfimas cuestiones prácticas que jamás condujeron a ningún
resultado práctico. Así, siendo la Asamblea una especie de Escuela de Lancaster [47], en la que los diputados se
dedicaban a instruirse mutuamente y siendo, por tanto, muy importante para
ellos mismos, estaban persuadidos de que hacían más aún de lo que el pueblo
alemán podía esperar y consideraban traidor a la patria a todo aquel que
tuviese la impudicia de pedirles que llegasen a algún resultado.
Cuando estalló la insurrección en Viena,
hubo motivo para hacer un montón de interpelaciones, debates, propuestas y
enmiendas que, por supuesto, no condujeron a nada. El poder central hubo de
interceder. Envió a dos comisarios, los señores Welcker,
ex liberal, y Mosle, a Viena. Las andanzas de Don
Quijote y Sancho Panza son una verdadera Odisea en comparación con los heroicos
descalabros y maravillosas aventuras de los dos caballeros andantes de la
unidad de Alemania. No se atrevieron a ponerse en marcha hacia Viena. Windischgrätz les cantó las cuarenta, el imbécil del Emperador[****]
los recibió extrañado, y el ministro Stadion los
engañó con la mayor de las desvergüenzas. Sus despachos y cuentas rendidas son
quizás la única parte de los trámites que tendrán cierto lugar en la literatura
alemana; constituyen una novela satírica excelente, escrita según todas las
reglas del género, y son un eterno monumento erigido a la ignominia de la Asamblea
y del Gobierno de Francfort.
El ala izquierda de la Asamblea Nacional
también envió a Viena a dos comisarios, los señores Fröbel
y Roberto Blum, para apoyar allí su autoridad. Cuando
se acercaba el peligro, Blum juzgó lleno de razón,
que allí se empeñaría la batalla general de la revolución alemana y decidió,
sin titubear, jugarse el todo por el todo. Fröbel,
por el contrario, era de la opinión de que estaba obligado a conservar su
persona para ejercer las importantes funciones de su puesto en Francfort. Blum era tenido por uno de los hombres más elocuentes de la
Asamblea de Francfort; y, por cierto, era el más popular. Su elocuencia no
satisfaría los requisitos de cualquier parlamento algo experimentado, pues le
agradaban demasiado las declamaciones del tipo de los predicadores alemanes
disidentes, y sus argumentos estaban faltos de agudeza filosófica y de
conocimiento del lado práctico del asunto. En política, pertenecía a la
«democracia moderada», tendencia muy indeterminada que tenía éxito precisamente
merced a la falta de determinación de los principios. Mas, así y todo, Roberto Blum era, por naturaleza, un verdadero plebeyo, si bien
algo pulido, y, en los momentos decisivos, su instinto plebeyo y su energía
plebeya prevalecían sobre sus convicciones y opiniones políticas indecisas. En
esos momentos se elevaba muy por encima de su capacidad ordinaria.
Así, del primer vistazo en Viena se
percató de que el destino de su país se decidía allí, y no en los debates pseudoelegantes de Francfort. Hizo en el acto la elección,
abandonó toda idea de retroceso, asumió un puesto de mando en el ejército
revolucionario y mostró extraordinaria serenidad y firmeza. El fue quien demoró
durante bastante tiempo la caída de la ciudad y mantuvo uno de sus flancos a
cubierto de los ataques, incendiando el puente de Tabor sobre el Danubio. Todos saben que después de la toma de Viena por
asalto, fue detenido, entregado a los tribunales militares y
fusilado. Murió como un héroe. Y la Asamblea de Francfort, aunque llena
de miedo, recibió con aparente tranquilidad el sangriento agravio. Adoptó una
resolución que, por la suavidad y el comedimiento diplomático de su lenguaje,
era más un ultraje a la tumba del mártir asesinado que una condena de deshonor
contra Austria. Mas no se podía esperar que esta
despreciable Asamblea se resintiera por el asesinato de uno de sus miembros,
máxime tratándose de un líder de la izquierda.
Londres, marzo de 1852
[*] Véase el
presente tomo, pág. 335 (N. de la Edit.)
[**] Milicia popular (N. de la
Edit.)
[***] El nombre polaco es
Wroclaw. (N. de la Edit.)
[****] Fernando I. (N. de la
Edit.)
[46] Junto a Vilagos, el ejército húngaro, mandado por Görhey, se rindió el 13 de agosto de 1849 a las tropas
zaristas enviadas para aplastar la insurrección húngara.
[47] Escuelas de Lancaster: escuelas primarias para hijos de padres pobres,
en las que se aplicaba el sistema de enseñanza mutua; llevaban el nombre del
pedagogo inglés José Lancaster (1778-1831).
Viena cayó el 1 de noviembre, y el 9 del
mismo mes, la disolución de la Asamblea Constituyente en Berlín mostró cuanto
había levantado de golpe este acontecimiento la moral del partido
contrarrevolucionario y le había dado fuerza en toda Alemania.
Los sucesos del verano de 1848 en Prusia
se cuentan en muy poco tiempo. La Asamblea Constituyente, o mejor dicho, «la
Asamblea elegido con el fin de llegar a un acuerdo con la Corona sobre la
Constitución», y su mayoría compuesta de representantes de los intereses de las
clases medias, hacía mucho tiempo que habían perdido la estima del público, ya
que, por miedo a los elementos más enérgicos de la población, se complicaba en
todas las intrigas de la Corte. Confirmó o, mejor dicho, restableció los odiosos
privilegios del feudalismo, traicionando así la libertad y los intereses de los
campesinos. No fue capaz de redactar una Constitución ni de enmendar en modo
alguno la legislación general. Se ocupó casi exclusivamente de dar bonitas
definiciones teóricas, de meras formalidades y problemas de etiqueta
constitucional. La Asamblea era, en efecto, más bien una escuela de savoir vivre [*] parlamentario para sus miembros que una institución de algún
interés para el pueblo. Además, en la Asamblea no había ninguna mayoría estable
y casi siempre decidían los problemas las vacilaciones del «centro» que, inclinándose con sus
titubeos tan pronto a la derecha como a la izquierda dio al traste primero con
el Gabinete de Camphausen y luego con el de Auerswald y Hansemann. Pero
mientras los liberales, aquí lo mismo que en todos los demás sitios, dejaron
perder la ocasión, la Corte reorganizó a sus elementos de fuerza entre la
nobleza y la parte más atrasada de la población rural, así como entre el
ejército y la burocracia. Después de la caída de Hansemann
se formó un gobierno de burócratas y militares, todos reaccionarios
recalcitrantes, que, sin embargo, daba a entender que estaba dispuesto a tomar
en consideración las reivindicaciones del Parlamento. Y la Asamblea, que se
atenía al cómodo principio de que importaban las «medidas, y no los hombres»,
toleró que la engañasen tan llanamente que llegó a aplaudir a este Gabinete, en
tanto que ella, naturalmente, no dedicaba la menor atención a que este mismo
Gabinete iba concentrando y organizando abiertamente las fuerzas
contrarrevolucionarias. Por último, cuando la caída de Viena dio la señal, el
Rey [**] entregó la dimisión a sus ministros y los sustituyó
con «hombres de acción» dirigidos por el actual primer ministro, señor Manteuffel. Entonces la dormida Asamblea sintió de pronto
el peligro; emitió un voto de desconfianza al gobierno, el cual respondió al
punto con un decreto que mandaba desplazar la Asamblea de Berlín, donde podía,
en caso de conflicto, contar con el apoyo de las masas, a Brandenburgo,
pequeña ciudad provincial dependiente enteramente del gobierno. La Asamblea, no
obstante, declaró que sin su consentimiento no se podía ni aplazar sus
sesiones, ni ser trasladada a otro lugar, ni disuelta. Mientras tanto, el general
Wrangel entró en Berlín al frente de unos cuarenta
mil soldados. Una reunión de los síndicos municipales y de los oficiales de la
Guardia Nacional acordó no ofrecer ninguna resistencia. Y luego que la Asamblea
y la burguesía liberal, que la apoyaba, dejaron al partido reaccionario unido
que ocupara todas las posiciones importantes y les quitara de las manos casi
todos los medios de defensa, comenzó la gran comedia de «resistencia pasiva y
legal» que, a juicio de ellos, debía ser una gloriosa imitación del ejemplo de Hampden y de los primeros esfuerzos de los norteamericanos
en la guerra de la Independencia [48]. En Berlín se declaró el
estado de sitio y se mantuvo la calma; la Guardia Nacional fue disuelta por el
gobierno, y entregó las armas con la mayor puntualidad. La Asamblea fue acosada
y trasladó sus sesiones de un lugar a otro durante dos semanas, y en todas
partes la disolvían los militares; y los diputados de la Asamblea rogaban a los
ciudadanos que mantuviesen la tranquilidad. Por último, cuando el gobierno
declaró disuelta la Asamblea, ésta adoptó una resolución declarando ilegales
las exacciones de los impuestos, y sus miembros fueron por el país para
organizar la negativa al pago de los impuestos. Pero vieron que se habían
equivocado desastrosamente en la elección de medios. Tras unas semanas de
agitación, seguidas de severas medidas del gobierno contra la oposición, todos
abandonaron la idea de negarse al pago de los impuestos para complacer a esta
difunta Asamblea que no había tenido siquiera la valentía de defenderse.
El que las primeras fechas de noviembre
de 1848 fuese ya demasiado tarde para intentar oponer resistencia armada o el
que una parte del ejército, al encontrar seria oposición, se hubiese pasado al
lado de la Asamblea, decidiendo así el litigio a su favor, es una cuestión que
jamás se podrá resolver. Pero en la revolución, lo mismo que en la guerra, es
siempre necesario presentar un frente robusto, y el que ataca lleva ventaja. Y
en la revolución, lo mismo que en la guerra, es de la mayor necesidad ponerlo
todo a una carta en el momento decisivo, cualquiera que sea la oportunidad. No
hay una sola revolución triunfante en la historia que no pruebe la verdad de
este axioma. Y aquí, el momento decisivo para la revolución prusiana había
llegado en noviembre de 1848; la Asamblea, oficialmente a la cabeza de todos
los intereses revolucionarios, no mostró ni un frente robusto, ya que
retrocedía ante cada avance del enemigo; y aún menos atacó, ya que optó por no
defenderse siquiera; y cuando llegó el momento decisivo, cuando Wrangel, al frente de cuarenta mil hombres, llamó a las
puertas de Berlín, en vez de encontrar, como lo esperaban él y sus oficiales,
todas las calles obstruidas con barricadas y cada ventana convertida en
una aspillera, halló las puertas abiertas de par en par y las calles obstruidas
únicamente por los pacíficos berlineses disfrutando de la broma que les habían
gastado por entregarse atados de pies y manos a los soldados, perplejos. Bien
es verdad que la Asamblea y el pueblo, de haber resistido, pudieron haber sido
derrotados; Berlín pudo haber sido bombardeado, y muchos millares pudieron
haber perecido sin evitar la victoria definitiva del partido realista. Pero ésa
no era la razón por la cual hubieran de entregar las armas en el acto. Una
derrota después de un tenaz combate es un hecho de mucha mayor importancia
revolucionaria que una victoria ganada fácilmente. Las derrotas de París en
junio de 1848 y de Viena en octubre del mismo año revolucionaron efectivamente más
las mentes del pueblo de estas dos ciudades que las victorias de febrero y
marzo. La Asamblea y el pueblo de Berlín habrían compartido probablemente el
destino de las dos antemencionadas ciudades: pero habrían caído con gloria y
dejado en pos de sí, en las mentes de los supervivientes, un deseo de venganza
que, en tiempos de revolución, es uno de los más altos incentivos para la
acción enérgica y apasionada. No cabe la menor duda de que, en toda batalla, el
que levanta el guante corre el riesgo de ser derrotado; mas ¿es acaso ésta una
razón para que se confiese derrotado y se someta al yugo sin haber desenvainado
la espada?
En una revolución, el que manda una
posición decisiva y la rinde, en vez de obligar al enemigo a que pruebe sus
fuerzas en el asalto, merece siempre el trato de traidor.
El propio decreto del Rey de Prusia para
disolver la Asamblea Constituyente proclamaba también una nueva Constitución
fundada en el proyecto que había redactado un comité de esta Asamblea,
ampliando en algunos puntos los poderes de la Corona y poniendo en tela de
juicio, en otros, los del Parlamento. La Constitución estatuía dos cámaras que
debían reunirse en breve con el fin de examinarla y aprobarla.
No vale la pena preguntar dónde estaba la
Asamblea Nacional Alemana durante la lucha «legal y pacífica» de los
constitucionalistas prusianos. Estaba, como de costumbre, en Francfort,
dedicada a aprobar resoluciones muy tímidas contra los procedimientos del
Gobierno prusiano y admirar el «imponente espectáculo de la resistencia pasiva,
legal y unánime de todo un pueblo contra la fuerza bruta». El Gobierno central
envió a comisarios a Berlín para interceder entre el Gobierno y la Asamblea;
pero corrieron la misma suerte que sus predecesores en Olmütz
y fueron puestos cortésmente de patitas en la calle. La izquierda de la
Asamblea Naeional, es decir, el denominado Partido
Radical, envió también a comisarios; pero luego de convencerse sobradamente de
la complata invalidez de la Asamblea de Berlín y
confesar su propio desamparo igual, volvieron a Francfort a dar cuenta del
éxito obtenido y testimonio de la admirable conducta pacífica de la población
de Berlín. Y por si eso fuera poco, cuando el señor Bassermann,
uno de los comisarios del Gobierno central, informó que las últimas medidas
restrictivas de los ministros prusianos no carecían de fundamento, ya que
durante el último tiempo se veían deambular por las calles de Berlín tipos de
feroz planta como los que siempre aparecen en la víspera de los movimientos
anarquistas (y que desde entonces son denominados siempre «tipos de Bassermann»), estos dignos diputados de la izquierda y
enérgicos representantes del interés revolucionario se alzaron de sus escaños
en el acto para atestiguar, bajo juramento, ¡que no había ocurrido nada de eso!
Así, al cabo de dos meses, la total impotencia de la Asamblea de Francfort fue
demostrada con toda evidencia. No se podrían imaginar pruebas más fehacientes
de que esta institución no servía en absoluto para cumplir sus funciones; más
aún, de que no había tenido ni la idea más remota de cuál era su misión. El
hecho de que tanto en Viena como en Berlín se decidiera el destino de la
revolución, de que en ambas capitales las cuestiones más importantes y vitales
se resolvían como si la Asamblea de Francfort no existiera en absoluto, este
solo hecho es suficiente para dilucidar que la institución tratada no era más
que un club de discusión compuesto por una sarta de simplones que permitían al
gobierno manejarlos como títeres parlamentarios que eran exhibidos para
entretener a los tenderos y artesanos de los pequeños Estados y de las
minúsculas ciudades en tanto se tenía por conveniente distraer la atención de
estos partidos. No tardaremos en ver el tiempo que se creyó conveniente. Pero
es un hecho merecedor de atención el que entre todas las «eminencias» de dicha
Asamblea no hubiese ninguna que tuviera el menor escrúpulo por el papel que
debían representar y que incluso hasta el día de hoy los ex miembros del Club de Francfort conservan los órganos de percepción histórica
peculiares de ellos nada más.
Londres, marzo de 1852
[*] Savoir vivre: cortesía, tacto, conocimiento del trato social. (N. de la
Edit.)
[**] Federico Guillermo IV.
(N. de la Edit.)
[48] En 1636, John Hampden, luego uno de los dirigentes destacados de la
revolución burguesa del siglo XVII en Inglaterra, se negó a pagar el «impuesto
naval», no aprobado por la Cámara de los Comunes. El juicio incoado contra él
contribuyó a que aumentase la oposición contra el absolutismo en la sociedad
inglesa.
La
negativa de los norteamericanos, en 1766, a pagar el impuesto del timbre,
introducido por el Gobierno inglés, y la táctica de boicotear las mercancías inglesas
a comienzos de los años 70 del siglo XVIII fue el prólogo de la guerra de la
independencia de las colonias norteamericanas contra Inglaterra (1775-1783).
Los primeros meses de 1849 fueron empleados
por los gobiernos austriaco y prusiano para aprovechar las ventajas obtenidas
en octubre y noviembre de 1848. La Dieta austriaca venía arrastrando desde la
toma de Viena, una mera existencia nominal en una pequeña ciudad provinciana de
Moravia, denominada Kremsier[*], donde los diputados eslavos, que contribuyeron poderosamente
con sus electores a sacar al Gobierno austriaco de su postración, recibieron
singular castigo por su traición a la revolución europea; tan pronto como el
gobierno hubo recuperado su fuerza, trató a la Dieta y a su mayoría eslava con
el mayor de los desprecios, y cuando los primeros éxitos de las armas
imperiales anunciaron la rápida terminación de la guerra húngara, la Dieta fue
disuelta el 14 de marzo, y los diputados desalojados por la fuerza militar.
Entonces los eslavos vieron al fin que los habían engañado y clamaron: ¡Vamos a
Francfort a seguir allí la oposición que no podemos hacer aquí! Pero era ya
demasiado tarde, y el propio hecho de que no tenían otra alternativa que seguir
manteniéndose en calma o adherirse a la impotente Asamblea de Francfort fue
suficiente para mostrar su extremo desamparo.
Así acabaron, por el momento, y, más
probablemente, para siempre, las tentativas de los eslavos de Alemania de
recuperar su existencia nacional independiente. Los restos dispersos de los
numerosos pueblos cuya nacionalidad y vitalidad política se habían extinguido
hacía tiempo y que, en consecuencia, se habían visto obligados a seguir durante
casi mil años en pos de una nación más poderosa, que los había conquistado, lo
mismo que los galeses en Inglaterra, los vascos en España, los bajos bretones
en Francia y, en un período más reciente, los criollos españoles y franceses en
las regiones de Norteamérica, ocupadas luego por angloamericanos, estas
nacionalidades fenecientes de bohemios, carintios, dálmatas y otros habían procurado aprovechar la
confusión general de 1848 para recuperar el statu
quo político que existió en el año 800 de nuestra era. La historia
milenaria debió haberles enseñado que semejante regresión era imposible; que si
todo el territorio al Este del Elba y el Saale hubo estado ocupado en tiempos por eslavos de
familias afines, este hecho no probaba sino la mera tendencia histórica y, al
mismo tiempo, el poder físico e intelectual de la nación alemana de someter,
absorber y asimilar a sus viejos vecinos orientales; que esta tendencia de
absorción de parte de los alemanes ha sido siempre y sigue siendo uno de los
medios más poderosos de propagar la civilización de Europa Occidental al Este
del continente; que podía detenerse únicamente en el caso de que el proceso de
germanización alcanzase la frontera de naciones grandes, compactas y unidas,
capaces de una vida nacional independiente, como son los húngaros y, en cierto
grado, los polacos; por eso, el destino natural e inevitable de estas naciones fenecientes era permitir el progreso de su disolución y
absorción por sus vecinos más fuertes para llevarlo hasta el fin. Por cierto,
ésta no es una perspectiva muy halagüeña para la ambición nacional de los
soñadores paneslavistas que han alcanzado algunos éxitos agitando a una porción
de bohemios y eslavos meridionales; pero ¿pueden esperar ellos que la historia
retroceda mil años para complacer a unos cuantos cuerpos enfermizos de personas
que en todas partes del territorio que ocupan están mezclados con alemanes y
rodeados de alemanes que, desde tiempos casi inmemoriales, no han tenido por
todo medio de civilización otra lengua que la alemana y que han carecido de las
primerísimas condiciones de existencia nacional, como
son una población considerable y comunidad de territorio? Así, el auge del
paneslavismo que, por doquier, en los territorios eslavos de Alemania y
Hungría, ha sido el velo para el restablecimiento de la independencia de todas
estas pequeñas naciones sin número, ha chocado en todas partes con el
movimiento revolucionario europeo, y los eslavos, aun pretendiendo luchar por
la libertad, han caído invariablemente (excluidos los demócratas polacos) en el
bando del despotismo y la reacción. Así ha ocurrido en Alemania, en Hungría e
incluso en muchas partes de Turquía. Los traidores a la causa del pueblo, los
defensores y puntales principales de las intrigas del Gobierno austriaco se han
colocado ellos mismos fuera de la ley ante los ojos de todas las naciones
revolucionarias. Y aunque la masa de la población eslava no ha tomado parte en
ningún sitio en las pequeñas querellas sobre la nacionalidad promovidas por los
líderes del paneslavismo, por el mero hecho de que son demasiado ignorantes,
jamás se olvidará que en Praga, una ciudad medio alemana, multitudes de
fanáticos eslavos aclamaron y corearon el grito: «¡Más
vale el látigo ruso que la libertad alemana!» Después de su fracasada tentativa
de 1848 y de la lección que el Gobierno austriaco les dio, no es probable que
intenten aprovechar luego ninguna otra oportunidad. Pero si intentasen de
nuevo, bajo pretextos similares, aliarse con las fuerzas
contrarrevolucionarias, el deber de Alemania es claro. Ningún país que se
encuentre en estado de revolución y guerra exterior puede tolerar una Vendée [49] en su propio corazón.
Por cuanto a la Constitución que proclamó
el Emperador[**] al mismo tiempo que disolvía la Dieta, no hay necesidad de
volver a hablar de ella, pues jamás tuvo ninguna existencia práctica y hoy está
abolida por completo. El absolutismo fue restaurado en Austria por entero y en
todos los aspectos desde el 4 de marzo de 1849.
En Prusia, las cámaras se reunieron en
febrero para ratificar y revisar la nueva Constitución proclamada por el Rey.
Se reunieron durante casi seis semanas y mostraron ante el gobierno bastante
cortedad y sumisión, si bien no estuvieron lo suficiente preparadas para ir tan
lejos como lo deseaban el Rey y sus ministros. Por eso fueron disueltas tan
pronto como se presentó la ocasión propicia.
Así, Austria y Prusia se deshicieron por
cierto tiempo de las trabas del control parlamentario. Ahora los Gobiernos
concentraron todo el poder en sus manos y podían aplicarlo allí donde lo
creyeran conveniente: Austria, contra Hungría e Italia; Prusia, contra
Alemania, ya que Prusia se estaba preparando también para una campaña de
restablecimiento del «orden» en los Estados pequeños.
Ahora, cuando en Viena y Berlín, los dos
grandes centros del movimiento en Alemania, había triunfado la
contrarrevolución, la lucha quedaba sin decidir sólo en los pequeños Estados,
si bien la balanza iba inclinándose allí también más y más en contra de los
intereses de la revolución. Estos pequeños Estados, hemos dicho, hallaron un
centro común en la Asamblea Nacional de Francfort. Ahora, la denominada
Asamblea Nacional, aunque su espíritu reaccionario había sido evidente desde
mucho antes, tanto que el propio pueblo de Francfort se había alzado en armas
contra ella, su origen era de una naturaleza más o menos revolucionaria; ocupó
una posición revolucionaria anormal en enero; jamás había tenido determinada su
competencia y había llegado por últiino a la decisión
de que, sin embargo, no había sido reconocida nunca por los Estados grandes,
que sus resoluciones tuviesen fuerza de ley. Bajo estas circunstancias, y
cuando el partido monárquico constitucionalista veía sus posiciones
conquistadas por los absolutistas, que se habían sobrepuesto, no es de extrañar
que la burguesía liberal y monárquica de casi toda Alemania cifrara sus últimas
esperanzas en la mayoría de esta Asamblea, lo mismo que los pequeños
comerciantes y artesanos, núcleo del partido democrático, bajo la presión de
los crecientes reveses, se unieron en torno a su minoría que constituía
realmente la última agrupación parlamentaria compacta de la democracia. Por
otra parte, los gobiernos de los Estados grandes, particularmente el de Prusia,
veía más y más la incompatibilidad de ese cuerpo electivo irregular con el sistema
monárquico restaurado de Alemania y si no forzaron de golpe la disolución fue
sólo porque aún no había llegado el momento y porque Prusia esperaba primero
echar mano de él para conseguir sus propios fines ambiciosos.
Entretanto, la pobre Asamblea fue cayendo
por sí sola en mayor confusión cada día. Sus diputados y comisarios eran
tratados con el mayor de los desprecios tanto en Viena como en Berlín; uno de
sus miembros [***], pese a su inviolabilidad parlamentaria,
había sido ejecutado en Viena como un rebelde común. Sus decretos no eran
obedecidos por nadie. Y si los Estados grandes los mencionaban en general, era
sólo en notas de protesta en las que se disputaba el derecho de la Asamblea a
aprobar leyes y disposiciones obligatorias para todos sus gobiernos. El poder
ejecutivo central, representante de la Asamblea, estaba enzarzado en querellas
diplomáticas con casi todos los gabinetes de Alemania y, a despecho de sus
esfuerzos, ni la Asamblea ni el Gobierno central pudieron hacer que Austria o
Prusia declarasen cuáles eran, en última instancia, sus propósitos, planes y
demandas. La Asamblea comenzó a ver claramente, al menos, que había dejado
escapar el poder de sus manos, que se hallaba a la merced de Austria y Prusia y
que, si intentaba dar a Alemania una Constitución federal para toda ella, tenía
que emprender inmediatamente y con toda seriedad la obra. Muchos de los
diputados vacilantes vieron claramente asimismo que los gobiernos los engañaban
como querían. Mas ¿qué podían hacer ahora, en su impotente posición? El único
paso que aún podía salvarlos habría sido pasarse inmediata y resueltamente al
campo del pueblo; pero el éxito, incluso de este paso, era más que dudoso; pero
¿podía haber entre este desamparado, indeciso y miope gentío de seres engreídos
que veían bajo el ruido constante de rumores contradictorios y notas
diplomáticas su único consuelo y apoyo en las aseveraciones eternamente
repetidas de que eran los mejores, los más grandes y sabios del país y que sólo
ellos podían salvar a Alemania? ¿Dónde estaban, volvemos a preguntar, entre
estas pobres criaturas atontadas por completo en un solo año de vida
parlamentaria, los hombres capaces de tomar una resolución rápida y decisiva,
sin hablar ya de acciones enérgicas y consecuentes?
El Gobierno austriaco se quitó al fin la
careta. En su Constitución del 4 de marzo proclamó a Austria monarquía
indivisible con una hacienda común, un sistema aduanero y una organización
militar únicos, borrando con ello todas las barreras y diferencias entre las provincias
alemanas y no alemanas. Esta declaración fue hecha en contra de las
resoluciones y artículos de la proyectada Constitución federal que ya había
sido aprobada por la Asamblea de Francfort. Era un desafío de Austria, y la
pobre Asamblea no tenía otra opción que recogerlo. Lo hizo con mucha
fanfarronería, a lo que Austria, consciente de su fuerza y de la nulidad de la
Asamblea, podía tranquilamente no prestar la menor atención. Y para vengarse de
Austria por ese insulto, la honorable representación del pueblo alemán, como se
denominaba a sí mismo, no vio nada mejor que postrarse ella misma, atada de
pies y manos, a las plantas del Gobierno de Prusia. Por increíble que pueda
parecer, se hincó de rodillos ante los mismos ministros que había condenado como
anticonstitucionales y antipopulares y cuya dimisión reclamara en vano. Los
pormenores de esta desgraciada transacción y los tragicómicos sucesos que le
sucedieron serán tema de nuestro próximo artículo.
Londres, abril de 1852
[*] El nombre
checo es Kromeríz (N. de la Edit.)
[**] Francisco-José I. (N. de
la Edit.)
[***] Roberto Blum. (N. de la Edit.)
[49] Alusión al motín
contrarrevolucionario de la Vendée (provincia
occidental de Francia), levantado en 1793 por los realistas franceses que
utilizaron a los campesinos atrasados de esta provincia para luchar contra la
revolución francesa.
Llegamos al último capítulo de la
historia de la revolución alemana: el conflicto de la Asamblea Nacional con los
gobiernos de los diferentes Estados, especialmente el de Prusia, la
insurrección de Alemania del Sur y del Oeste y su aplastamiento final por
Prusia.
Ya hemos visto la Asamblea Nacional de
Francfort en acción. La hemos visto pateada por Austria, insultada por Prusia,
desobedecida por los Estados pequeños, engañada por su propio «Gobierno»
central, impotente y a su vez engañado por todos los príncipes del país. Mas, por último, las cosas comenzaron a tomar un giro
amenazador para esta débil, vacilante e insignificante institución legislativa.
Se vio forzada a llegar a la conclusión de que «llevar a efecto la idea sublime
de la Alemania Unida es un peligro», el cual significaba, ni más ni menos, que
cuanto la Asamblea había hecho y estaba en vías de hacer parecía que acabaría
en humo. Así se puso a funcionar con ahínco para llevar hasta el fin lo antes
posible su gran obra: la «Constitución imperial».
Hubo, sin embargo, una dificultad. ¿Qué
debía ser el poder ejecutivo? ¿Un Consejo Ejecutivo? Pues no: según el sabio
parecer de la Asamblea, eso significaría hacer de Alemania una república.
¿Elegir un «presidente»? Eso vendría a ser lo mismo. Así, lo que se debía hacer
era restaurar el viejo título imperial. Pero como, naturalmente, el Emperador
debía ser un príncipe, ¿por quién se optaría? Ciertamente, por ninguno de los dii minorum gentium[*], empezando por Reuss-Schleiz-Greiz-Lobenstein-Ebersdorf[**] y acabando por el rey de
Baviera[***]; no lo habrían consentido ni Austria ni Prusia.
Podía ser sólo el de uno de estos dos Estados. Mas
¿cuál de ellos? No cabe ninguna duda de que, en otras circunstancias
favorables, esta augusta Asamblea seguiría reunida hasta el presente,
discutiendo el importantísimo dilema, sin poder llegar a ninguna conclusión de
no haber cortado el Gobierno austriaco el nudo gordiano y quitado a la Asamblea
los quebraderos de cabeza.
Austria comprendía perfectamente que
desde el momento en que pudiera aparecer de nuevo, con todas sus provincias
sometidas, ante Europa como una gran potencia europea, la propia ley de la
gravitación política atraería a su órbita el resto de Alemania sin la ayuda de
ninguna autoridad que pudiera darle una corona imperial concedida por la
Asamblea de Francfort. Austria se había hecho mucho más fuerte y había cobrado mucha
mayor libertad de movimiento desde que arrojó la impotente corona del Imperio
alemán, que trababa su propia política independiente sin agregarle ni un ápice
de fuerza ni dentro ni fuera de Alemania. Y en el caso de que Austria no
pudiera mantener sus posiciones en Italia e Hungría, también perdería su fuerza
en Alemania y jamás podría pretender ya a la corona que se le había escapado de
las manos cuando estaba en plena posesión de sus fuerzas. Por eso Austria se
pronunció inmediatamente contra todo género de resurrección del poder imperial
y reclamó explícitamente la restauración de la Dieta alemana, el único Gobierno
central de Alemania conocido y reconocido por los tratados de 1815; y el 4 de
marzo de 1849 promulgó una Constitución que no tenía otro sentido que declarar
a Austria monarquía indivisible, centralizada e independiente, distinta incluso
de la Alemania que la Asamblea de Francfort debía reorganizar.
Esta explícita declaración de guerra no
dejó, verdaderamente, a los sabihondos de Francfort otra opción que excluir a
Austria de Alemania y crear con los restos de ese país una especie de Imperio
Romano Oriental [50], una «Pequeña Alemania» [51]
cuyo manto imperial, bastante raído, debía colgar de los hombros de Su Majestad
de Prusia. Debe recordarse que esto era el resurgir de un viejo proyecto
concebido hacía ya seis u ocho años antes por el partido de los doctrinarios
liberales de Alemania Meridional y Central que estimaban una providencia divina
las humillantes circunstancias que habían vuelto a poner en primer plano su
viejo proyecto como última «baza» para salvar el país.
De acuerdo con eso, en febrero y marzo de
1849, la Asamblea dio fin a los debates de la Constitución imperial junto con
la Declaración de los Derechos y de la Ley electoral del Imperio; mas no sin
haberse visto obligada a hacer, en muchos puntos importantes, las concesiones
más contradictorias, unas veces al partido conservador o, mejor dicho,
reaccionario, y otras a las minorías avanzadas de la Asamblea. En efecto, era
evidente que el liderazgo de la Asamblea, que había pertenecido antes a la
derecha y al centro derecha (conservadores y reaccionarios), fue pasando poco a
poco, si bien con lentitud, a la izquierda o a la parte democrática de esta
Asamblea. La postura bastante ambigua de los diputados austriacos en la
Asamblea, que había excluido a su país de Alemania, y a la que aún eran
convocados a asistir y votar, propició la ruptura del equilibrio en la
Asamblea; y así, a fines de febrero, el centro izquierda y la izquierda se
vieron ya, con la ayuda de los votos austriacos, muy a menudo en mayoría, si
bien durante algunas ocasiones la minoría conservadora de los austriacos,
totalmente de improviso y para hacer gracia, votaba con la derecha, inclinando
de nuevo la balanza hacia el otro lado. Con esos soubresauts[****] repentinos, intentaban despertar el
desprecio a la Asamblea, de lo que, por otra parte, no había ninguna necesidad,
ya que las masas populares se habían convencido desde hacía tiempo de la total
vacuidad e inutilidad de todo lo que partía de Francfort. No es difícil
imaginarse qué clase de Constitución se redactó entretanto con todos esos
bandazos de uno a otro lado.
La izquierda de la Asamblea, que se creía
ser la flor y nata, el orgullo de la Alemania revolucionaria, estaba totalmente
embriagada con los escasos y deplorables éxitos obtenidos por la buena o, mejor
dicho, mala voluntad de un puñado de políticos austriacos que obraban
instigados por el despotismo austriaco y en beneficio de éste. Tan pronto como la
mínima aproximación a sus propios principios, no muy bien definidos, recibía,
diluida en dosis homeopáticas, una especie de sanción de la Asamblea de
Francfort, estos demócratas clamaban que habían salvado el país y el pueblo.
Esta pobre gente, corta de entendimiento, ha estado tan poco acostumbrada a lo
largo de su vida, nada interesante por lo general, a algo parecido a éxitos que
ha creído realmente que sus míseras enmiendas, aprobadas por una mayoría de dos
o tres votos, cambiarían la faz de Europa. Desde el mismo comienzo de su
carrera legislativa ha estado más contagiada que cualquier otra minoría de la
Asamblea de la incurable enfermedad denominada cretinismo parlamentario, afección que imbuye a sus
desgraciadas víctimas la solemne convicción de que todo el mundo, toda su
historia, todo su porvenir se rige y determina por una mayoría de votos
emitidos en esa singular institución representativa que tiene el honor de
contarlos entre sus miembros y que cuanto sucede extramuros de su sede: las
guerras, las revoluciones, la construcción de ferrocarriles, la colonización de
continentes enteros, los descubrimientos de oro en California, los canales de
América Central, los ejércitos rusos y cualquier otra cosa más que pueda
pretender a influir algo en los destinos de la humanidad no es nada en
comparación con los inconmensurables sucesos que dependen de la solución de
cada problema importante, cualquiera que sea, de los que ocupa justamente en
esos momentos la atención de su honorable Cámara. De esa manera ha sido cómo el
partido democrático de la Asamblea, sólo por haber logrado introducir de
contrabando en la «Constitución imperial» algunas de sus recetas, se creyó en
primer orden obligada a apoyarla, si bien esta Constitución contradecía
flagrantemente en cada punto esencial sus propios principios proclamados tan a
menudo; y cuando, al fin, los autores principales de este aborto lo abandonaron
a su suerte, dejándoselo en herencia al partido democrático, éste aceptó y
defendió dicha Constitución monárquica
incluso en oposición a cuantos propugnaban por
entonces los propios principios republicanos
de este partido.
Pero se debe confesar que la
contradicción que se manifestaba en ella era sólo aparente. El carácter
indeterminado, autocontradictorio e inmaduro de la
Constitución imperial era la mismísima imagen de las políticas inmaduras,
confusas y contradictorias de estos señores democráticos. Y si sus propios
dichos y escritos, en la medida que ellos podían escribir, no eran una prueba
suficiente de ello, sus obras lo serían de sobra: pues entre la gente sensata
es algo natural juzgar a una persona no por sus palabras, sino por sus obras;
no por quien se quiere hacer pasar, sino por lo que hace y lo que es en
realidad; y los hechos de estos héroes de la democracia alemana, como veremos
más adelante, hablan con bastante elocuencia por sí mismos. Como quiera que
sea, la Constitución imperial, con todos sus apéndices y galas, fue aprobada
definitivamente y el 28 de marzo el Rey de Prusia fue elegido Emperador de Alemania,
excluida Austria, por 290 votos con 248 abstenciones y unas 200 ausencias. La
ironía de la historia fue completa; la farsa imperial representada en las
calles del estupefacto Berlín tres días después de la revolución del 18 de
marzo de 1848 por Federico Guillermo IV[52] en un estado en que en cualquier otro sitio
le habría sido aplicada la ley del Estado de Meine
contra las bebidas alcohólicas, esta repugnante farsa fue sancionada un año
exactamente después por la ficticia Asamblea Representativa de toda Alemania.
¡Tal fue, entonces, el resultado de la revolución alemana!
Londres, julio de 1852
[*]
Literalmente, dioses menores; en sentido figurado, personajes secundarios. (N.
de la Edit.)
[**] Enrique LXXII. (N. de la
Edit.)
[***] Se alude a Maximiliano
II, rey de Baviera. (N. de la Edit.)
[****] Saltos súbitos. (N. de
la Edit.)
[50] Imperio Romano de Oriente, Estado que se separó en el año 395 del Imperio romano
esclavista con centro en Constantinopla; posteriormente se denominó Bizancio;
existió hasta 1453, en que fue conquistado por Turquía.
[51] Como consecuencia de la
victoria sobre Francia durante la guerra franco-prusiana (1870-1871) surgió el
Imperio alemán del que, no obstante, quedó excluida Austria, de donde procede
la denominación de «Pequeño Imperio
alemán». La derrota de Napoleón III fue un
impulso para la revolución en Francia, que derrocó a Luis Bonaparte y dio lugar
el 4 de setiembre de 1870 a la proclamación de la república.
[52] El 21 de marzo de 1848,
a iniciativa de los ministros burgueses de Prusia, se organizó en Berlín un
solemne cortejo real acompañado de manifestaciones en pro de la unificación de
Alemania. Federico Guillermo IV pasó por las calles de Berlín con un brazalete
negro, rojo y dorado, símbolo de la Alemania unida, y pronunció discursos pseudopatrióticos.
La Asamblea Nacional de Francfort, tras
de haber elegido Emperador de Alemania (sin Austria) al rey de Prusia, envió
una diputación a Berlín a ofrecerle la corona, y luego aplazó sus sesiones. El
3 de abril de 1848, Federico Guillermo recibió a los diputados. Les dijo que si
bien aceptaba el derecho de supremacía sobre todos los otros príncipes de
Alemania que la votación de los representantes del pueblo le concedía, no podía
aceptar la corona imperial mientras no tuviera la seguridad de que los
restantes príncipes reconocerían su supremacía y la Constitución del Imperio
que le otorgaba esos derechos. Agregó que era cosa de los gobiernos alemanes
estudiar si la Constitución era tal que ellos pudieran ratificarla. En todo
caso, dijo para terminar, ciñese la corona imperial o no, estaría siempre
dispuesto a desenvainar la espada contra cualquier enemigo exterior o interior.
No tardaremos en ver cómo cumplió su promesa de manera bastante inesperada para
la Asamblea Nacional.
Luego de una profunda indagación
diplomática, los sabihondos de Francfort llegaron finalmente a la conclusión de
que esa respuesta era tanto como renunciar a la corona. Entonces (el 12 de
abril) resolvieron que la Constitución imperial era la ley del país y debía ser
sostenida, y como no sabían cómo obrar en adelante, eligieron el Comité de los
treinta para que propusiera modos de cumplimiento de esta Constitución.
Esta resolución fue la señal para el conflicto
que se declaró entonces entre la Asamblea de Francfort y los gobiernos
alemanes.
Las clases medias, especialmente los
pequeños comerciantes y los artesanos, se pronunciaron inmediatamente en pro de
la nueva Constitución de Francfort. No podían aguardar más el momento que debía
ser «la cumbre de la revolución». En Austria y Prusia la revolución había
acabado, por el momento, mediante la intervención de las fuerzas armadas; las
clases mencionadas habrían preferido un modo menos violento de llevar a cabo
esta operación, pero les faltó la oportunidad; la cosa estaba hecha, y
había que resignarse a ello: esa era la resolución que adoptaron en seguida y
cumplían de la manera más heroica. En los Estados pequeños, donde las cosas
habían ido transcurriendo con suavidad relativa, las clases medias hacía mucho
que se limitaban a la agitación parlamentaria, tan adecuada a su espíritu,
vistosa pero ineficaz por no estar respaldada con fuerza alguna. Los diversos
Estados de Alemania, cada uno por separado, parecían haber adquirido así esa
forma nueva y definitiva que se suponía les permitiría emprender desde ese
momento la vía del desarrollo pacífico y constitucional. Sólo quedaba una
cuestión pendiente, y era la de la nueva organización política de la Confederación
alemana. Y esta cuestión, la única que aún parecía entrañar peligros, se creía
necesario resolverla de golpe. De ahí, la presión ejercida sobre la Asamblea de
Francfort por las clases medias para inducirla a que tuviese preparada la
Constitución lo antes posible; de ahí la resolución entre la gran burguesía y
la pequeña burguesía a aceptar y apoyar esta Constitución, comoquiera que
fuese, con tal de crear sin demora un orden estable de las cosas. Así, desde el
mismo comienzo, la agitación en pro de la Constitución imperial dimanaba de un
sentimiento reaccionario y partió de las clases que hacía ya mucho estaban
cansadas de la revolución.
Pero había otro aspecto más de la
cuestión. Los principios primeros y fundamentales de la futura Constitución
alemana habían sido votados durante la primavera y el verano de 1848, meses en
que la agitación popular aún estaba en ascenso. Las resoluciones aprobadas
entonces, si bien eran completamente reaccionarias para aquel tiempo, luego de los actos arbitrarios de los gobiernos austriaco y prusiano, parecieron
extraordinariamente liberales y hasta democráticos. Había cambiado la medida de
comparación. La Asamblea de Francfort no podía, sin suicidarse moralmente,
borrar de la cuenta estas resoluciones ya votadas y rehacer la Constitución
imperial a imagen de las que los antemencionados gobiernos habían dictado
espada en mano. Además, como ya hemos visto, la mayoría de esta Asamblea había
cambiado a favor de los partidos liberal y democrático, cuya influencia iba en
aumento. Así, la Constitución imperial no sólo se distinguió por su origen,
exclusivamente popular en apariencia, sino que, al mismo tiempo, aun estando
llena de contradicciones, era la Constitución más liberal de Alemania. Su mayor
falta estribaba en que no era más que una hoja de papel sin poder efectivo
alguno para su aplicación en la vida.
En esas circunstancias era natural que el
denominado partido democrático, es decir, la masa de los pequeños comerciantes
y artesanos, se aferrara a la Constitución imperial. Esta clase había ido
siempre en sus reivindicaciones más allá que la burguesía liberal
monárquico-constitucional; había actuado con la mayor intrepidez, había
amenazado muy a menudo con oponer resistencia armada y no había escatimado
promesas de dar su sangre y su vida en la lucha por la libertad; pero ya había
dado multitud de pruebas de que, en el momento de peligro, no se la veía por
ninguna parte y de que jamás se había sentido tan bien como al siguiente día de
la derrota decisiva, cuando todo estaba ya perdido y le quedaba al menos el
consuelo de saber que, de una manera u otra, el asunto ya estaba arreglado. Por eso, mientras la
adhesión de los grandes banqueros, fabricantes y comerciantes era de carácter
más reservado, más como una simple demostración a favor de la Constitución de
Francfort, la clase social que se encontraba justamente por debajo de ellos,
nuestros valientes tenderos democráticos dieron un paso adelante con gran
ostentación y, como tenían por costumbre, proclamaron que antes derramarían
hasta la última gota de sangre que dejarían tirar por los suelos la
Constitución imperial.
Apoyado por estos dos partidos, el de la
burguesía partidaria de la monarquía constitucional y el de los pequeños
comerciantes más o menos democráticos, el movimiento en pro de la inmediata
puesta en vigor de la constitución imperial ganó terreno con rapidez y encontró
su expresión más poderosa en los parlamentos de varios Estados. Las cámaras de
Prusia, Hannover, Sajonia, Baden
y Württemberg se pronunciaron a favor de ella. La
lucha entre los gobiernos y la Asamblea de Francfort adquirió carácter
alarmante.
No obstante, los gobiernos obraron con
rapidez. Las cámaras de Prusia fueron disueltas de manera anticonstitucional,
pues aún tenían que estudiar y aprobar la Constitución; en Berlín hubo
desórdenes provocados intencionadamente por el gobierno; y al día siguiente, el
28 de abril, el Gobierno prusiano hizo pública una circular en la que se
conceptuaba la Constitución imperial de documento de lo más anárquico y revolucionario
que los gobiernos de Alemania debían revisar y depurar. Así, Prusia rechazó de
plano el soberano poder constitutivo que los sabihondos de Francfort habían
pregonado a bombo y platillos pero nunca implantado. Se convocó un congreso de príncipes[53],
y la vieja Dieta Federal fue renovada para discutir la Constitución que ya
había sido promulgada con fuerza de ley. Simultáneamente, Prusia concentró
tropas en Kreuznach, a tres días de camino desde Francfort, y exhortó a los
pequeños Estados a que siguieran su ejemplo, disolviendo también sus cámaras
tan pronto como se adhirieran a la Asamblea de Francfort. Este ejemplo fue
seguido en el acto por Hannover y Sajonia.
Era evidente que no se podía eludir el
desenlace de la lucha por la fuerza de las armas. La hostilidad de los
gobiernos y la agitación entre el pueblo se iban mostrando cada día con colores
más subidos. Los ciudadanos democráticos procuraban convencer en todas partes a
los militares, y en el Sur de Alemania lo hicieron con gran éxito. Por doquier
se celebraban grandes reuniones de masas que aprobaban resoluciones en apoyo de
la Constitución imperial y de la Asamblea Nacional, incluso con la fuerza de
las armas si era necesario. En Colonia se celebró una reunión de concejales de
todos los municipios de la Prusia renana con el mismo fin. En el Palatinado,
Bergen, Fulda, Nuremberg y Odenwald se reunieron grandes multitudes de campesinos
llenos de entusiasmo. Al mismo tiempo, se disolvió la Asamblea Constituyente de
Francia y se prepararon nuevas elecciones en un ambiente de inmensa agitación
mientras que al cabo de un mes, tras una serie de brillantes victorias en la
frontera oriental de Alemania, los húngaros alejaron del Tissa
hacia el Leitha la invasión austriaca y se esperaba
de un día para otro la toma de Viena por asalto. Así, mientras la imaginación
popular era excitada al máximo grado en todas partes, y quedaba más clara cada
día la agresiva política de los gobiernos, no se podía eludir el choque
violento, y sólo una cobarde imbecilidad pudo persuadir de que la lucha
acabaría pacíficamente. Pero esta cobarde imbecilidad estaba muy generalizada
en la Asamblea de Francfort.
Londres, julio de 1852
[53] Se refiere
a la conferencia convocada para revisar la denominada Constitución imperial.
Como resultado de la conferencia, el 26 de mayo de 1849 se concluyó un convenio
(«unión de los tres reyes») entre los monarcas de Prusia, Sajonia y Hannover. La «unión» era una tentativa de la monarquía
prusiana de lograr la hegemonía de Alemania, ya que el regente del Imperio
debía ser el rey de Prusia. No obstante, bajo la presión de Austria y Rusia,
Prusia se vio obligada a retroceder y, ya en noviembre de 1850, a renunciar a
la «unión».
El conflicto inevitable entre la Asamblea
Nacional de Francfort y los gobiernos de los Estados de Alemania estalló al
fin. Las hostilidades comenzaron en los primeros días de mayo de 1849. Los
diputados austriacos, reclamados por su gobierno, habían abandonado ya la
Asamblea y regresado a sus casas a excepción de los pocos miembros del partida
de izquierda, o democrático. La gran mayoría de los diputados conservadores,
conscientes del giro que iban a tomar los acontecimientos, abandonaron la
Asamblea antes incluso de que se lo mandaran hacer sus respectivos gobiernos.
Así, incluso independientemente de las causas indicadas en los artículos
precedentes, causas que reforzaron la influencia de la izquierda, la simple
deserción de los diputados de la derecha fue suficiente para convertir la vieja
minoría en mayoría de la Asamblea. La nueva mayoría, que jamás había soñado
antes con obtener esa dicha, aprovechó sus escaños de la oposición para echar
peroratas contra la debilidad, la indecisión y la indolencia de la antigua
mayoría y de su Regencia imperial. Ahora todos ellos tuvieron que ocupar de pronto el puesto de la vieja
mayoría. Ellos tenían que
mostrar ahora de qué eran capaces. Naturalmente, su actuación debía ser enérgica, resuelta y activa. Ellos, la flor y nata de Alemania, pronto podrían empujar al senil
Regente del imperio y a sus vacilantes ministros, y en el caso de que eso fuera
imposible, destituirían, y no podía caber ninguna duda de ello, por la fuerza
del derecho soberano del pueblo a ese impotente gobierno y lo reemplazarían con
un Comité Ejecutivo enérgico e infatigable que aseguraría la salvación de
Alemania. ¡Pobrecitos! Su
gobernación, si puede llamarse gobernación donde nadie obedece, era más
ridícula aún que la de sus predecesores.
La nueva mayoría declaró que, a despecho
de todos los obstáculos, la Constitución imperial debía ponerse en práctica y sin demora; que el 15 de julio siguiente
el pueblo tenía que elegir a los diputados de la nueva cámara de representantes
y que esta cámara se reuniría en Francfort el 22 de agosto siguiente. Eso era
ya una explícita declaración de guerra a los gobiernos que no habían reconocido
la Constitución imperial, ante todo a los de Prusia, Austria y Baviera, que
abarcaban a más de las tres cuartas partes de la población alemana; era una
declaración de guerra que fue aceptada en el acto por ellos. Prusia y Baviera
llamaron también a los diputados enviados desde sus territorios a Francfort y
apresuraron los preparativos militares contra la Asamblea Nacional; por otra
parte, las manifestaciones del partido democrático (fuera del Parlamento) a
favor de la Constitución imperial y de la Asamblea Nacional adquirieron un
carácter más turbulento y violento, y las masas obreras, dirigidas por hombres
del partido más extremista, estaban listas para empuñar las armas por una causa
que, si no era la de ellas, les concedía al menos la oportunidad de acercarse
algo a la conquista de sus fines, librando a Alemania de sus viejas cadenas
monárquicas. Así, el pueblo y los gobiernos se vieron por doquier en grave
conflicto entre sí; el estallido era inevitable; la mina estaba cargada, sólo
faltaba la chispa que la hiciera explotar. La disolución de las cámaras en
Sajonia, el llamamiento a filas de la Landwehr (los
reservistas) en Prusia y la resistencia declarada del gobierno a la
Constitución imperial eran esa chispa; la chispa saltó, y todo el país quedó
envuelto en el acto por las llamas. En Dresde, el
pueblo victorioso tomó la ciudad el 4 de mayo y expulsó al Rey[*], en tanto que
todos los distritos circundantes enviaban refuerzos a los sublevados. En la
Prusia renana y Westfalia, los reservistas se negaron
a ponerse en marcha, se apoderaron de los arsenales y se armaron en defensa de
la Constitución imperial. En el Palatinado, el pueblo detuvo a los funcionarios
gubernamentales de Baviera, se apoderó del tesoro público e instituyó un Comité
de Defensa que puso la provincia bajo la protección de la Asamblea Nacional. En
Württemberg, el pueblo obligó al Rey[**] a reconocer la
Constitución imperial, y en Baden el ejército, unido
al pueblo, puso en fuga al Gran Duque[***] y erigió un Gobierno
Provisional. En otras partes de Alemania el pueblo sólo esperaba la señal
decisiva de la Asamblea Nacional para alzarse en armas y ponerse a su
disposición.
La postura de la Asamblea Nacional fue
mucho más favorable de lo que se hubiera podido esperar después de su indigno
pasado. La parte occidental de Alemania había empuñado las armas en defensa de
la Asamblea; las tropas vacilaban por todas partes; en los estados pequeños se
inclinaban evidentemente por el movimiento. Austria había sido puesta al borde
del precipicio por la victoriosa ofensiva de los húngaros, y Rusia, baluarte de
reserva de los gobiernos alemanes, ponía en tensión todas sus fuerzas para
ayudar a Austria contra los ejércitos húngaros. Sólo quedaba por vencer a
Prusia, y con las simpatías revolucionarias que había en este país, la
probabilidad de éxito era más que posible. Todo, pues, dependía de la conducta
de la Asamblea.
Ahora bien, la insurrección es un arte,
lo mismo que la guerra o que cualquier otro arte. Está sometida a ciertas
reglas que, si no se observan, dan al traste con el partido que las desdeña.
Estas reglas, lógica deducción de la naturaleza de los partidos y de las
circunstancias con que uno ha de tratar en cada caso, son tan claras y simples
que la breve experiencia de 1848 las ha dado a conocer de sobra a los alemanes.
La primera es que jamás se debe jugar a la insurrección a menos se esté
completamente preparada para afrontar las consecuencias del juego. La
insurrección es una ecuación con magnitudes muy indeterminadas cuyo valor puede
cambiar cada día; las fuerzas opuestas tienen todas las ventajas de
organización, disciplina y autoridad habitual; si no se les puede oponer
fuerzas superiores, uno será derrotado y aniquilado. La segunda es que, una vez
comenzada la insurrección, hay que obrar con la mayor decisión y pasar a la
ofensiva. La defensiva es la muerte de todo alzamiento armado, que está perdido
antes aún de medir las fuerzas con el enemigo. Hay que atacar por sorpresa al
enemigo mientras sus fuerzas aún están dispersas y preparar nuevos éxitos,
aunque pequeños, pero diarios; mantener en alto la moral que el primer éxito
proporcione; atraer a los elementos vacilantes que siempre se ponen del lado que
ofrece más seguridad; obligar al enemigo a retroceder antes de que pueda reunir
fuerzas; en suma, hay que obrar según las palabras de Danton,
el maestro más grande de la política revolucionaria que se ha conocido: de l'audace, de l'audace, encore de l'audace![****]
¿Qué debía hacer, pues, la Asamblea
Nacional de Francfort para evitar el seguro fracaso que la amenazaba? Ante
todo, aclarar la situación y convencerse de que no había otra salida que
someterse a los gobiernos incondicionalmente o adoptar la causa de la
insurrección armada sin reservas ni titubeos. Segundo, reconocer públicamente
todas las insurrecciones que ya habían estallado y llamar en todas partes al
pueblo a empuñar las armas en defensa de la representación nacional, poniendo
fuera de la ley a todos los príncipes, ministros y demás personajes que se
atrevieran a oponerse a la soberanía del pueblo representado por sus
mandatarios. Tercero, destituir en el acto al Regente imperial de Alemania y
fundar un Comité Ejecutivo fuerte, activo, que no retrocediera ante nada, llamar a las tropas rebeldes a
Francfort para contar inmediatamente con su protección, ofreciendo así al
propio tiempo un pretexto legal para extender la sedición, organizar en un
cuerpo compacto todas las fuerzas a su disposición y aprovechar rápidamente,
sin tardanza ni titubeos, todo medio propicio para reforzar su posición y
debilitar la de sus adversarios.
Los virtuosos demócratas de la Asamblea
de Francfort hicieron precisamente todo lo contrario. No contentos con dejar
que las cosas transcurriesen según su curso natural, estos venerables varones
fueron tan lejos que, con su oposición, dejaron que se aplastasen los
movimientos insurreccionales que se estaban preparando. Así obró, por ejemplo,
el señor Carlos Vogt en Nuremberg. Toleraron que se
aplastaran las insurrecciones de Sajonia, la Prusia renana y Westfalia sin más ayuda que la de la protesta póstuma y
sentimental contra la insensible violencia del Gobierno prusiano. Mantuvieron
en secreto relaciones diplomáticas con la insurrección del Sur de Alemania,
pero no le concedieron la ayuda de reconocerla públicamente. Sabían que el
Regente del Imperio estaba al lado de los gobiernos, y a pesar de ello, lo
exhortaban, sin hacer él ningún caso, a oponerse a las intrigas de estos
gobiernos. Los ministros del Imperio, todos viejos conservadores, ridiculizaban
por doquier esta impotente Asamblea, y ellos lo toleraban. Y cuando Guillermo Wolff, diputado de Silesia y uno de los redactores de
"Neue Rheinische Zeitung",
los conminó a que la Asamblea pusiera fuera de la ley al Regente del Imperio[*****],
que era, como decía en verdad Wolff, el primer y
mayor traidor del Imperio, ¡esos demócratas revolucionarios le taparon la boca
con unánimes gritos de virtuosa indignación! En suma, que siguieron hablando,
protestando, clamando y perorando, pero nunca con valentía ni intenciones de
actuar; entretanto, las tropas hostiles de los gobiernos se iban aproximando
más y más, y su propio poder ejecutivo, el Regente del Imperio, se dedicaba
tesoneramente a confabularse con los príncipes alemanes para acelerar la
destrucción de la Asamblea. Así, hasta el último vestigio de consideración
perdió esta despreciable Asamblea; los sublevados, que se habían alzado para
defenderla, dejaron de preocuparse por su suerte, y cuando, como veremos más
adelante, se llegó por último a su vergonzoso fin, la Asamblea feneció sin que
nadie se cuidara de su muerte sin pena ni gloria.
Londres, agosto de 1852
[*] Federico
Augusto II (N. de la Edit.)
[**] Guillermo I. (N. de la
Edit.)
[***] Leopoldo. (N. de la
Edit.)
[****] ¡Audacia, audacia y una
vez más audacia! (N. de la Edit.)
[*****] Juan. (N. de la Edit.)
En nuestro último artículo hemos mostrado
que la lucha entre los gobiernos alemanes, por un lado, y el Parlamento de
Francfort, por el otro, había adquirido últimamente tal grado de violencia que,
en los primeros días de mayo, en gran parte de Alemania estallaron
insurrecciones: primero en Dresde, luego en el
Palatinado bávaro, en parte de la Prusia renana y, por último, en Baden.
En todos los casos, las verdaderas fuerzas combativas de los
insurrectos, las que empañaron primero las armas y dieron la batalla a las
tropas, eran los obreros de las ciudades.
Parte de la población más pobre del campo, los jornaleros y los pequeños
campesinos, se adherían a ellos por lo general después de que estallaba el
conflicto. El mayor número de jóvenes de todas las clases inferiores a la de
los capitalistas se encontraba, al menos por algún tiempo, en las filas de los
ejércitos insurrectos, pero esta multitud, bastante abigarrada, de jóvenes,
disminuyó rápidamente tan pronto como las cosas tomaron un giro algo serio.
Particularmente los estudiantes, estos «representantes del intelecto», como les
agradaba denominarse, fueron los primeros en abandonar sus banderas, a menos
que se lograse sujetarlos, ascendiéndolos a oficiales, para lo cual, por
supuesto, sólo muy rara vez tenían los dones necesarios.
La clase obrera participó en esta
insurrección como lo hubiera hecho en otra cualquiera que les permitiera o
retirar algunos de los obstáculos interpuestos en su progreso hacia la
dominación política y la revolución social o, al menos, obligara a las clases
sociales más influyentes, pero menos valientes, a seguir un rumbo más decidido
y revolucionario del que habían seguido hasta entonces. La clase obrera empuñó
las armas con pleno conocimiento de que esa lucha, por sus fines directos, no
era la suya; pero se atuvo a la única política acertada para ella: no permitir
a ninguna clase, encumbrada a costa suya (como había hecho la burguesía en
1848), que consolidase su dominación de clase si no le dejaba, al menos, el
campo libre para la lucha por sus propios intereses; en todo caso, aspiraba a
provocar una crisis por la que o la nación fuese resuelta e inconteniblemente
encauzada por la senda revolucionaria o se la condujese al restablecimiento más
completo posible del status quo
prerrevolucionario y, por lo mismo, hiciese inevitable una nueva revolución. En
ambos casos, la clase obrera representaba los intereses reales y bien
entendidos de toda la nación, acelerando cuanto pudiera el rumbo revolucionario
que, para las viejas sociedades de la civilizada Europa, era ya una necesidad
histórica y sin el cual ninguna de ellas podía aspirar de nuevo a un desarrollo
más tranquilo y regular de sus fuerzas.
En cuanto a la población rural, que se
había adherido a la insurrección, ésta se lanzó en lo fundamental a los brazos
del partido revolucionario, en parte, por el enorme peso de los impuestos y, en
parte, por las cargas feudales que la agobiaban. Faltos de iniciativa propia,
iban a la cola de las otras clases incorporadas a la insurrección, vacilando
entre los obreros y la clase de los pequeños artesanos y comerciantes. Su
propia posición social privada decidía en casi todos los casos el camino que
elegían; los obreros agrícolas apoyaban por lo general a los artesanos de la
ciudad, y los pequeños campesinos optaban por ir de la mano con la pequeña
burguesía.
Esta clase de los pequeños comerciantes y
artesanos, cuyas gran importancia e influencia hemos advertido ya varias veces,
puede ser considerada la clase dirigente de la insurrección de mayo de 1849.
Como en esta ocasión entre los centros del movimiento no figuraba ninguna
ciudad grande de Alemania, dicha clase, que predomina siempre en las ciudades
medianas y pequeñas, encontró los medios de tomar en sus manos la dirección del
movimiento. Hemos visto, además, que en esta lucha por la Constitución imperial
y por los derechos del Parlamento alemán se ponían en juego precisamente los
intereses de la clase que estamos tratando. Los Gobiernos Provisionales que se
formaron en todas las regiones sublevadas representaban en su mayoría a esta parte
del pueblo; por eso puede juzgarse de lo que es capaz de hacer, en general, la
pequeña burguesía alemana, por la magnitud del movimiento y, como veremos, es
sólo capaz de frustrar cualquier movimiento que se confíe a su dirección.
La pequeña burguesía, grande en
jactancia, es completamente incapaz de actuar y muy cobarde para arriesgar
algo. El carácter mezquino de
sus transacciones comerciales y de sus operaciones de crédito es de lo más apto
para imprimir un sello de falta de energía y espíritu emprendedor; por eso era
de esperar que estas mismas cualidades marcasen su rumbo político.
Efectivamente, la pequeña burguesía incitaba a la insurrección con palabras
rimbombantes y gran jactancia de lo que iba a hacer; ansiaba adueñarse del
poder tan pronto como la insurrección, en mucho contra su voluntad, estallara;
e hizo uso de su poder con el único propósito de reducir a la nada los efectos
de la insurrección. Dondequiera que el conflicto armado llevaba a una seria
crisis, la pequeña burguesía era presa del mayor pánico por la peligrosa
situación que la crisis creaba; era presa de pánico ante el pueblo que había
tomado en serio sus jactanciosos llamamientos a las armas; presa de pánico del
poder que de ese modo le había caído en las manos; presa de pánico, sobre todo,
de las consecuencias que tendría para ella, para sus posiciones sociales y para
sus fortunas la política en que se habían metido ellos mismos. ¿No se esperaba
de ella que arriesgara «la vida y la propiedad», como acostumbraba a decir, por
la causa de la insurrección? ¿No se había visto obligada a tomar posiciones
oficiales en la insurrección, por lo que, en caso de derrota, ella corría el
peligro de perder su capital? Y en caso de victoria, ¿no estaba ella segura de
verse inmediatamente desplazada de sus puestos y ver radicalmente trastocada su
política por los proletarios triunfantes que constituían la fuerza principal de
su ejército combativo? Colocada así entre los peligros opuestos que la rodeaban
por todos lados, la pequeña burguesía no supo aprovechar su poder más que para
dejar que las cosas fuesen al azar, en virtud de lo cual se malogró, como es
natural, la pequeña oportunidad de éxito que pudo haber y, así, condenar
definitivamente la insurrección a la derrota. La política o, mejor dicho, la
falta de política de la pequeña burguesía fue la misma por doquier, y, por eso,
las insurrecciones de mayo de 1849 en todas las tierras de Alemania estuvieron
cortadas por el mismo patrón.
En Dresde, la
lucha duró cuatro días en las calles. La pequeña burguesía de la ciudad, la
«guardia municipal», no ya se mantuvo al margen de la lucha, sino que, en
muchas ocasiones, favoreció las operaciones de las tropas contra los
insurrectos, que eran casi exclusivamente obreros de los distritos fabriles
circundantes y encontraron un jefe capaz y
sereno en el refugiado ruso Mijaíl Bakunin,
que fue hecho prisionero y se encuentra actualmente recluido en la fortaleza de
Munkacs[*], en Hungría. La intervención de numerosas
tropas prusianas aplastó esta insurrección.
En la Prusia renana, la lucha era de poca
monta. Como todas las grandes ciudades eran fortalezas dominadas por
ciudadelas, las acciones de los sublevados hubieron de limitarse a escaramuzas
aisladas. En cuanto hubo bastantes tropas concentradas, se puso fin a la
resistencia armada.
En el Palatinado y en Baden,
por el contrario, los sublevados se adueñaron de una región rica y fértil y de
un Estado entero. El dinero, las armas, los soldados, las municiones, todo
estaba a su disposición. Los soldados del ejército regular se adhirieron
voluntariamente a los insurrectos; es más, en Baden
formaban en las primeras filas. Las insurrecciones de Sajonia y de la Prusia
renana se sacrificaron por ganar tiempo para organizar este movimiento del Sur
de Alemania. Jamás hubo, como en este caso, condiciones tan propicias para una
insurrección provincial y parcial. En París se esperaba una revolución; los
húngaros estaban a las puertas de Viena; en todos los Estados centrales de
Alemania estaban a favor de la insurrección no sólo el pueblo, sino incluso las
tropas, que sólo esperaban una oportunidad para adherirse a ella abiertamente.
Sin embargo, como el movimiento cayó en manos de la pequeña burguesía, fue
frustrado desde el mismo comienzo. Los gobernantes pequeñoburgueses, particularmente
los de Baden, encabezados por el señor Brentano, jamás olvidaron que, usurpando el puesto y las
prerrogativas del soberano «legal», el Gran Duque, incurrían en alta traición.
Se mantuvieron quietos en sus sillones ministeriales, sintiéndose delincuentes
en el alma. ¿Qué se podía esperar de esos cobardes? No sólo abandonaron la
insurrección a la espontaneidad, dejándola descentralizada y, por lo mismo,
ineficaz, sino que hicieron cuanto pudieron para restar al movimiento toda la
energía, debilitarlo y malograrlo. Y lo consiguieron merced al celoso apoyo de
la clase de los profundos políticos, de los héroes «democráticos» de la pequeña
burguesía que estaban seriamente convencidos de que «salvaban el país» mientras
toleraban que los engañasen unos cuantos trapacistas como Brentano.
Por cuanto al aspecto bélico del asunto
se refiere, jamás se llevaron las operaciones militares con tanto desaliño y
mentecatez como bajo la dirección del ex teniente general del ejército regular Sigel, general en jefe de Baden.
Todo estaba en completo desorden, se dejaron pasar todas las oportunidades
propicias y perder todos los momentos preciosos, planeando proyectos colosales,
pero impracticables, y cuando, al fin, se hizo cargo del mando el polaco de
talento Mieroslawski, el ejército estaba
desorganizado, derrotado, desmoralizado, mal abastecido y teniendo que hacer
frente a un enemigo el cuádruple más numeroso. Mieroslawski no pudo hacer otra cosa que dar en Waghäusel una batalla gloriosa, pero sin éxito, replegarse
inteligentemente, ofrecer un último combate sin esperanzas ante los muros de Rastatt y deponer el mando. Lo mismo que en todas las
guerras insurreccionales, en las que los ejércitos son mezclas de soldados
adiestrados y reclutas sin preparación, en el ejército revolucionario hubo
mucho heroísmo y, a la vez, mucho pánico, impropio del soldado; pero, con toda
la imperfección que no podía menos de tener, le cupo al menos la satisfacción
de ver que la cuádruple superioridad numérica del
enemigo no pareció a éste suficiente para derrotarlo y de que cien mil hombres
de un ejército regular en una campaña contra veinte mil insurrectos les tenían
en el aspecto militar tanto respeto como si hubiesen tenido que pelear contra
la Vieja Guardia de Napoleón.
La insurrección estalló en mayo de 1849,
y a mediados de julio del mismo año fue aplastada por completo, acabando así la
primera revolución alemana.
Londres, septiembre de 1852
[*] El nombre ucraniano es Mukáchevo. (N. de la Edit.)
Mientras el Sur y el Oeste de Alemania se
encontraban abiertamente sublevados, y los gobiernos tardaron más de diez
semanas, desde el comienzo de las hostilidades en Dresden
hasta la capitulación de Rastatt, en sofocar esta llamarada
de la primera revolución alemana, la Asamblea Nacional desapareció de la escena
política sin que nadie lo notara.
Dejamos a esta augusta institución en
Francfort desconcertada por los insolentes ataques de los gobiernos contra su
dignidad, por la impotencia y la traicionera inactividad del poder central que
ella misma había creado, por los alzamientos de los pequeños comerciantes y
artesanos en defensa de este poder y por las insurrecciones de la clase obrera
que perseguían un objetivo final más revolucionario. Entre los miembros de la
Asamblea reinaban el abatimiento y la desesperación; los acontecimientos
tomaron en seguida un sesgo tan determinado y decisivo que en pocos días se
disiparon las ilusiones de estos doctos legisladores respecto a su fuerza e
influencia reales. Los conservadores, a una señal dada por los gobiernos, se
retiraron de una institución que, desde ese momento, ya no podía existir más
que desafiando a las autoridades constituidas. Los liberales, desconcertados en
grado sumo, tuvieron por irremediablemente perdida la causa; y también
renunciaron a sus funciones representativas. Los honorables señores desertaban
por centenares. De ochocientos o novecientos que eran al principio, su número
fue disminuyendo con tanta rapidez que pronto se hubo de declarar un quórum de
ciento cincuenta, y pocos días después, de cien diputados. Y aun así, era
difícil reunir este número mínimo, pese a que el partido democrático quedó
íntegro en la Asamblea.
Estaba suficientemente claro lo que debía
hacer el resto del Parlamento. Sólo adherirse abierta y resueltamente a la
insurrección, dándole con ello toda la fuerza que podía conferirle la legalidad
en tanto que adquiría, al mismo tiempo, un ejército para su defensa. Debió
exigir del poder central el cese inmediato de todas las hostilidades; y si,
como pudo haberse previsto, esta autoridad no pudiera ni quisiera hacerlo,
destituirla en el acto y formar un gobierno más enérgico en su lugar. Si las
tropas insurrectas no podían ser desplazadas a Francfort (cosa que, al
principio, cuando los gobiernos de los Estados se hallaban poco preparados y
aún dudaban, pudo haberse hecho con facilidad), entonces la Asamblea pudo haber
trasladado sin demora su sede al mismo centro de la región insurrecta. Todo
eso, si se hubiera hecho en seguida y con energía, no más tarde de mediados o
fines de mayo, podían haberse dado probabilidades de éxito tanto para la
insurrección como para la Asamblea Nacional.
Pero no se podían esperar pasos tan
decididos de los representantes de los tenderos alemanes. Estos ambiciosos
estadistas no se habían librado en absoluto de sus ilusiones. Los diputados que
habían perdido su fatal fe en la fuerza e inviolabilidad del Parlamento, habían
tomado ya las de Villadiego; los demócratas, que seguían en sus sitios, no se
dejaban inducir tan fácilmente a abandonar los sueños de poder y grandeza que
habían acariciado durante doce meses. Fieles al rumbo que habían tomado antes,
eludían toda acción enérgica hasta que, al fin, desaparecieron todas las oportunidades
de éxito e incluso la menor posibilidad de sucumbir, al menos, con honores de
guerra. Desplegando una apariencia de actividad, cuya total infructuosidad,
unida a sus grandes pretensiones, no podía sino despertar compasión y mover a
risa, siguieron tomando resoluciones, enviando mensajes y solicitudes a un
Regente imperial que no les hacía el menor caso y a ministros que estaban
abiertamente aliados con el enemigo. Y cuando, al fin, Guillermo Wolff,
diputado por Striegau[*], uno de los
redactores de la "Neue Rheinische Zeitung", el único hombre verdaderamente
revolucionario en toda la Asamblea, les dijo que si tomaban en serio sus
propias palabras debían poner fin a su propia charlatanería y declarar fuera de
la ley al Regente imperial, primer traidor del país, la virtuosa indignación
tanto tiempo contenida de estos señores parlamentarios estalló de pronto con
tanta violencia como jamás mostraran cuando el gobierno les lanzaba un insulto
tras otro. Y así tenía que ser, ya que la propuesta de Wolff fue la primera palabra
sensata pronunciada entre las paredes de la catedral de San Pablo[54];
pues él exigía justamente lo que hacia falta hacer, y esa claridad de
expresión, en la que todo se llamaba con su nombre, no podía sino ofender a
unas almas sentimentales resueltas sólo en su irresolución y demasiado cobardes
para actuar que se habían metido en la cabeza de una vez para siempre que, no
haciendo nada, hacían exactamente lo que debían hacer. Cada palabra que les
aclaraba, como el fogonazo de un relámpago, la fatua nebulosidad intencionada
de sus mentes, cada sugerencia capaz de sacarlos del laberinto en que se habían
obstinado en meterse ellos mismos y en el que se habían obstinado en seguir el
mayor tiempo posible, cada concepción clara de las cosas tales y como eran,
sonaba para ellos como un agravio a la majestad de esta Asamblea soberana.
Poco después de que la situación de los
honorables señores de Francfort se hizo insostenible, a despecho de las
resoluciones, llamamientos, interpelaciones y proclamas, se retiraron, pero no
a las regiones sublevadas; eso habría sido un paso demasiado decidido. Se
fueron a Stuttgart, donde el gobierno de Württemberg mantenía una especie de neutralidad expectante.
Allí, al menos, declararon que el Regente del Imperio había perdido su derecho
al poder y eligieron entre ellos a una regencia de cinco personas. Esta
regencia procedió en el acto a adoptar una ley sobre la milicia que fue enviada
a todos los gobiernos de Alemania, observando las formalidades debidas. ¡A esos
enemigos declarados de la Asamblea se ordenaba que reuniesen fuerzas en su
defensa! Así se formó, claro que en el papel, un ejército para la defensa de la
Asamblea Nacional. Divisiones, brigadas, regimientos, baterías: todo quedaba
regulado y ordenado. No faltaba nada más que la realidad, ya que este ejército,
naturalmente, jamás existió.
Un último esquema se ofrecía por sí solo
a la Asamblea Nacional. La población democrática de todas las partes del país
envió diputaciones para ponerse a disposición del Parlamento y hacerle que
obrase con resolución. El pueblo, que conocía cuáles eran las intenciones del
Gobierno de Württemberg, pidió a la Asamblea Nacional
que lo obligase a colaborar abierta y activamente con sus vecinos sublevados.
Pero no. La Asamblea Nacional, en vez de hacer eso, se fue a Stuttgart y se entregó a la buena merced del Gobierno de Württemberg. Los diputados se daban cuenta de lo que hacían
y por eso se opusieron a la agitación entre el pueblo. Así perdieron la poca
influencia que les podía haber quedado. Se ganaron el desprecio merecido, y el
Gobierno de Württemberg, presionado por Prusia y el
Regente imperial, puso fin a la farsa democrática, cerrando el 18 de junio de
1849 la sala donde se reunía el Parlamento y ordenando a los miembros de la
regencia que abandonaran el país.
Entonces se fueron a Baden,
al campo de la insurrección, pero allí ya no hacían ninguna falta. Nadie les
hacía caso. La regencia, sin embargo, en nombre del soberano pueblo alemán,
continuó salvando el país con sus esfuerzos. Hizo una tentativa de que lo
reconociesen las potencias extranjeras, entregando passports a cuantos desearan
recibirlos. Editó proclamas y envió comisarios a sublevar las reglones de Württemberg a las que había negado la ayuda cuando aún era
tiempo; y como es natural, sin resultado alguno. Ahora tenemos a la vista un
informe original de los enviados a la regencia por uno de esos comisarios, el
señor Roesler (diputado por Oels[**]),
cuyo contenido es bastante característico. Está fechado el 30 de junio de 1849
en Stuttgart. Después de describir las aventuras de
media docena de esos comisarios en una búsqueda infructuosa de dinero, da una
serie de excusas por no haber llegado aún a su lugar de destino y luego se
explaya en argumentaciones de más peso respecto a las posibles disensiones
entre Prusia, Austria, Baviera y Württemberg con sus
posibles consecuencias. Después de haberlo pensado bien todo, llega, sin
embargo, a la conclusión de que ya no queda ninguna oportunidad. A continuación
propone formar con hombres de confianza un servicio de información y un sistema
de espionaje para conocer las intenciones del Gobierno de Württemberg
y los movimientos de las tropas. Esta carta no llegó a sus destinatarios, ya
que, cuando fue escrita, la «regencia» había pasado ya enteramente al
«departamento de asuntos extranjeros», es decir, a Suiza. Y en tanto que el
pobre señor Roesler aún se rompía los cascos en
cuanto a las intenciones del terrible gobierno de un reino de sexta categoría,
cien mil soldados prusianos, bávaros y hesianos
habían ventilado ya todas las cuestiones en la última batalla reñida al pie de
los muros de Rasttat.
Así se desvaneció el Parlamento alemán y,
con él, la primera y última creación de la revolución. Su convocación había
sido la primera evidencia de que allí había
habido realmente una revolución en enero; y existió hasta que se
puso fin a esta primera revolución moderna de Alemania. Elegido bajo la
influencia de las clases capitalistas, por una población rural desmembrada y
dispersa, cuya mayor parte acababa de salir de la mudez del feudalismo este
Parlamento sirvió para unir en un cuerpo en el terreno político todos los
grandes nombres populares de 1820 a 1848 y luego anularlos por completo. Todas
las celebridades de la clase media liberal estaban reunidas en él; la burguesía
esperaba maravillas y se ganó la vergüenza para ella y sus representantes. La
clase capitalista industrial y comercial sufrió en Alemania una derrota más
completa que en cualquier otro país: primero fue vencida, quebrantada y
destituida de los cargos oficiales en todos los Estados de Alemania; luego fue
tirada por los suelos, vejada y puesta en ridículo en el Parlamento Central de
Alemania. El liberalismo político, la gobernación de la burguesía, tanto en
forma monárquica como republicana, es imposible para siempre en Alemania.
En el último período de su existencia, el
Parlamento alemán sirvió para envilecer eternamente a la fracción que encabezó
desde marzo de 1848 la oposición oficial, a los representantes demócratas de
los intereses de los pequeños artesanos y comerciantes y parte de los
campesinos. En mayo y junio de 1849 se dio a esta clase una oportunidad de
mostrar su capacidad para formar un gobierno firme en Alemania. Ya hemos visto
el fracaso que tuvo; y no tanto por las adversas circunstancias como por su
evidente y constante cobardía, que siempre se manifestó en todos los
movimientos decisivos que hubo desde el estallido de la revolución; y eso
porque, en política, ha mostrado la misma miopía, pusilanimidad y vacilación
típicas de sus operaciones mercantiles. En mayo de 1849, en virtud de esa
conducta, perdió ya la confianza de la clase obrera, verdadera fuerza combativa
de todas las insurrecciones europeas. Y aun con todo, tuvo probabilidades de
triunfar. Desde el momento en que los reaccionarios y los liberales abandonaron
el Parlamento, éste les pertenecía exclusivamente a ellos. La población rural
se puso a su lado. Dos terceras partes de los ejércitos de los Estados
pequeños, una tercera parte del prusiano y la mayoría de la Landwehr
(reserva o milicia) prusiana estaban dispuestas a adherirse a él si hubiese
actuado con resolución y coraje en consecuencia de una clara visión de la
marcha de las cosas. Pero los políticos que continuaban dirigiendo a esta clase
no eran más sagaces que la masa de pequeños comerciantes y artesanos que los
seguían. Demostraron ser más ciegos aún, estar más aferrados a las ilusiones
que alimentaban ellos mismos por propia voluntad, ser más crédulos y más
incapaces de tener resueltamente en cuenta los hechos que los liberales. Su
importancia política también cayó por debajo del punto de congelación. Pero
como, de hecho, no pusieron en práctica sus triviales principios, habrían
podido, ante la concurrencia de circunstancias muy favorables, resurgir por un momento, pero esta última
esperanza se les frustró lo mismo que a sus colegas de la «democracia pura» en
Francia con el golpe de Estado de Luis
Bonaparte.
La derrota de la insurrección del
Sudoeste de Alemania y la dispersión del Parlamento alemán ponen fin a la
historia de la primera revolución alemana. No nos queda más que echar un
vistazo de despedida a los victoriosos miembros de la alianza
contrarrevolucionaria. Lo haremos en nuestro siguiente artículo[55].
Londres, 21 de septiembre de 1852
[*] El nombre
polaco es Strzegom. (N. de la Edit.)
[**] El nombre polaco es Olesnica. (N. de la Edit.)
[54] En la catedral de San Pablo, de Francfort del Meno, se celebraron reuniones de la
Asamblea Nacional Alemana desde el 18 de mayo de 1848 hasta el 30 de mayo de
1849.
[55] El último artículo de esta serie no
se publicó en el "New York
Daily Tribune". En la
edición inglesa de 1896, preparada para la prensa por Eleonora Marx-Aveling, hija de Carlos Marx, así como en varias ediciones subsiguientes,
se insertó como último artículo el de Engels, que no se incluía en esta serie y
llevaba por título "El reciente proceso de Colonia" (véase el
presente tomo [Marx, C. & Engels, F. (1974). Obras Escogidas (en 3 tomos). Editorial Progreso, Moscú, 1974. Tomo I. -MIA], págs.
397-403).