Escrito: En inglés, por Engels
el 29 de noviembre de 1852.
Primera edición: Publicado en el The New York Daily Tribune, del 22 de diciembre de 1852, Nƒ
3.645, con firma de Carlos Marx.
Londres, miércoles, 1 de diciembre de
1852
Seguramente, habrán recibido por los
periódicos europeos numerosas informaciones del extraordinario proceso de
Colonia, en Prusia, contra los comunistas [1], y sus resultados.
Pero como ninguna de las informaciones da ni siquiera aproximadamente una
relación fidedigna de los hechos, y como estos hechos proyectan clara luz sobre
los medios políticos que tienen aherrojado el continente europeo, creo
necesario volver a hablar de este proceso. El Partido Comunista, o proletario,
lo mismo que otros partidos, ha perdido la posibilidad de organizarse
legalmente en el continente por la supresión de los derechos de asociación y
reunión. Además, sus dirigentes fueron exilados de sus países. Pero ningún
partido político puede existir sin organización; y si la burguesía liberal, lo
mismo que la pequeña burguesía democrática, eran capaces de suplir más o menos
esa organización con su posición social, sus ventajas materiales y las
relaciones diarias establecidas desde hacía tiempo entre sus miembros, el proletariado,
en cambio, privado de esa posición social y de medios pecuniarios, estuvo
necesariamente compelido a buscar esa organización en asociaciones secretas.
Por eso, tanto en Francia como en Alemania surgió multitud de sociedades
secretas que, a partir de 1849, fueron siendo descubiertas, una tras otra, por
la policía, y perseguidas como confabulaciones. Muchas de estas asociaciones
eran realmente complots para derrocar el gobierno existente, y es un cobarde
quien no conspira bajo ciertas circunstancias, lo mismo que es un imbécil quien
lo hace en otras distintas. Además, existían otras asociaciones que se
planteaban otros fines más vastos y sublimes, asociaciones que sabían que el
derrocamiento de los gobiernos existentes es sólo una etapa transitoria en la
magna lucha que se avecinaba y que procuraban mantener unido y preparar el
partido, cuyo núcleo estaba constituido por ellos, para el combate final y
decisivo que acabará un día u otro para siempre con la dominación no sólo de
los meros "tiranos", "déspotas" y "usurpadores"
en Europa, sino también con un poder mucho mayor y más terrible que el de
éstos: el del capital sobre el trabajo.
La organización del Partido Comunista de
vanguardia en Alemania [2] fue de esta índole. Según los
principios de su Manifiesto (publicado en 1848) y con las tesis de la serie de
artículos sobre Revolución y contrarrevolución en Alemania, publicados [*] en The New
York Daily Tribane [3], este partido jamás se forjó ilusiones de que podría hacer cuando
quisiera y como se le antojara la revolución que ponga en práctica sus ideas.
Ha estudiado las causas que motivaron los movimientos revolucionarios de 1848 y
las que los condujeron a la derrota. Al reconocer que en el fondo de todas las
luchas políticas está el antagonismo social de las clases, se aplicó a estudiar
las condiciones bajo las que una clase de la sociedad puede y debe ser llamada
a representar todos los intereses de una nación y, así, gobernarla
políticamente. La historia ha mostrado al Partido Comunista cómo creció el
poder de los primeros capitalistas acaudalados, tras la aristocracia
terrateniente de la Edad Media, y cómo ellos asieron luego las riendas del
gobierno; cómo fueron desplazadas la influencia social y la dominación política
de este sector financiero de los capitalistas por la creciente fuerza de los
capitalistas industriales desde el empleo del vapor, y cómo en el presente
reclaman su turno en el poder otras dos clases más, la pequeña burguesía y los
obreros industriales. La experiencia revolucionaria práctica de 1848-1849
confirmó los razonamientos de la teoría que condujo a la conclusión de que la
democracia de los pequeños comerciantes y artesanos debía tener su turno antes
que la clase obrera comunista pudiera esperar a establecerse permanentemente en
el poder y destruir el sistema de esclavitud asalariada que la sujeta al yugo
de la burguesía. Así, la organización secreta de los comunistas no podía tener
el objetivo directo de derrocar los gobiernos actuales de Alemania. No se formó
para derrocar estos gobiernos, sino el gobierno insurreccional que tarde o
temprano vendrá a sustituirlos. Cada uno de los miembros de la organización
podrá apoyar enérgicamente en su día, y sin duda lo hará, el movimiento
revolucionario contra el statu quo; pero la preparación de tal movimiento no
puede ser objeto de la Liga de los Comunistas más que propagando las ideas
comunistas entre las masas. La mayoría de los miembros de esta asociación
comprende tan bien las bases de la misma que, cuando la ambición y el arribismo
de algunos de sus miembros llevaron a las tentativas de convertirla en una
organización conspiradora para hacer la revolución ex tempere [**]
fueron expulsados en seguida.
Hoy por hoy, ninguna ley del mundo da pie
para denominar una liga de este género organización conspiradora o sociedad
secreta fundada con fines de alta traición. Y si ha habido una conspiración, no
ha sido contra el gobierno existente, sino contra sus probables sucesores. Y el
Gobierno prusiano lo sabe. Por eso los once detenidos han estado incomunicados
durante dieciocho meses que las autoridades han aprovechado para las
maquinaciones judiciales más raras. Imagínense que después de ocho meses de presidio,
los detenidos han estado encarcelados varios meses más para proseguir las
pesquisas ¡"por falta de pruebas de delito alguno contra ellos"! Y
cuando, al fin, les hicieron comparecer ante el jurado, no les pudieron imputar
un solo acto premeditado de carácter traicionero. Así y todo, fueron
condenados, y ahora verán de qué manera.
En mayo de 1851 fue detenido uno de los
emisarios de la Liga [***] y, tomándose como pretexto unos
documentos que le encontraron, se hicieron más detenciones. Un agente de la
policía prusiana, cierto Stieber, recibió la orden de
seguir la pista de las ramificaciones de la presunta conspiración, en Londres.
Logró obtener algunos documentos pertenecientes a los antemencionados
disidentes de la asociación que, después de haber sido expulsados de ella,
organizaron realmente un complot en París y Londres. Los papeles fueron
obtenidos mediante un doble delito. Se sobornó a un tal Reuter
para abrir la mesa de escritorio del secretario [****] de la
asociación y sustraer de allí los papeles. Pero eso aún era poco. Este robo
condujo al descubrimiento del denominado complot franco-alemán, en París [4], y a la condena de sus participantes, pero no se dio con la clave
de la gran Liga de los Comunistas. El complot de París, como podemos ver ahora
perfectamente, estaba dirigido por varios ambiciosos imbéciles y chevaliers d'industrie [*****] políticos de Londres, y un sujeto procesado anteriormente
por falsificación, que luego ha hecho de espía de la policía de París [+]; los simplones engañados por ellos se resarcieron de su
insignificancia política supina con exclamaciones de furia y enfáticas frases
pidiendo sangre.
La policía prusiana hubo de buscar, pues,
nuevos descubrimientos. Abrió una oficina regular de la policía secreta en la
Embajada prusiana de Londres. Un agente de policía apellidado Greif ejercía su odiosa profesión con el título de attaché [++] de la Embajada, procedimiento
suficiente por sí solo para poner a todas las embajadas de Prusia fuera del
derecho internacional y al que ni siquiera se habían atrevido a recurrir los austriacos.
A sus órdenes actuaba un tal Fleury, comerciante de
la City de Londres, individuo de alguna fortuna y
relaciones en medios bastante respetuosos, uno de esos tipos ruines y capaces
de las mayores bajezas por inclinación innata a la infamia. Otro agente era un
corredor de comercio llamado Hirsch, quien, sin
embargo, había sido denunciado ya como espía a su llegada. Se infiltró en la
sociedad de algunos comunistas alemanes refugiados en Londres, y ellos, para
obtener pruebas de su verdadero carácter, lo admitieron por breve tiempo. Las
pruebas de su relación con la policía no se hicieron esperar mucho y, desde ese
momento, el señor Hirsch desapareció. Y aunque, de
esa manera, perdió la ocasión de obtener la información, por la cual le
pagaban, no permaneció inactivo. Desde su retiro de Kensington,
donde jamás encontró a ninguno de los comunistas en cuestión, fabricaba todas
las semanas presuntos informes de supuestas reuniones de un imaginario Comité
Central de esa mismísima organización conspiradora que la policía prusiana no
podía capturar. El contenido de esos informes era de la naturaleza más absurda.
Ni un solo nombre bautismal correspondía a la realidad, ni un apellido estaba correctamente
escrito y ni una palabra de las atribuidas a una u otra persona tenía visos de
haber sido pronunciadas por ella. Ayudó a Hirsch a
amañar esos falsos escritos su maestro Fleury, y ano
no está probado que el attaché Greif
no haya tenido ninguna parte en estos infames procedimientos. Aunque parezca
mentira, el Gobierno prusiano tomó esas necias invenciones por una verdad
evangélica, y ya pueden imaginarse ustedes la confusión que introdujeron
testimonios de ese género presentados al tribunal de jurados. Cuando comenzó el
proceso judicial, el antemencionado agente de policía, señor Stieber, ocupó el lugar de los testigos y declaró bajo
juramento todos esos absurdos, afirmando, con no poca autosuficiencia, que uno
de sus agentes secretos estaba en íntima relación con esos individuos de
Londres que eran tenidos por los promotores de la horrorosa conspiración. Este
agente secreto era, en efecto, muy secreto, pues se ocultó durante ocho meses
en Kensigton por temor de ver a alguno de los
individuos cuyos pensamientos, palabras y hechos más ocultos él pretendía
revelar semana tras semana. Sin embargo, los señores Hirsch
y Fleury tenían en reserva una invención más. Todas
las informaciones que ellos habían hecho estaban reunidas en el "original
libro de actas" de las reuniones del comité secreto supremo, en cuya
existencia insistía la policía prusiana; y el señor Stieber
descubrió que este libro concordaba maravillosamente con las informaciones ya
recibidas de algunos individuos y lo puso en el acto delante del jurado,
declarando bajo juramento que, tras un serio examen, había llegado a la
convicción de que el libro era auténtico. Fue entonces cuando la mayoría de los
absurdos depuestos por Hirsch se hizo patente. Podrán
imaginarse la sorpresa de los pretendidos miembros de ese comité secreto cuando
hallaron allí declaraciones suyas que ellos jamás habían hecho. Uno, cuyo
nombre de bautismo era Guillermo, denominábase en el
libro Luis o Carlos; otros, que se encontraban entonces en el extremo opuesto
de Inglaterra, eran presentados como oradores pronunciando discursos en
Londres; de otros se informaba que habían leído cartas que jamás habían
recibido; se decía que se reunían regularmente los jueves, en tanto que tenían
por costumbre verse amigablemente los miércoles; un obrero, que apenas si sabía
escribir, figuraba como uno de los secretarios de actas y firmaba como tal; y
pusieron en boca de ellos expresiones de un lenguaje que sólo puede oírse en
una comisaría de policía prusiana, y no en una reunión constituida en su
mayoría de literatos bien conocidos en su país. Y, para colmo, se amañó un
recibo por la suma de dinero que los falseadores de las actas pagaron
supuestamente al presunto secretario del imaginario comité central. Pero la
existencia de este presunto secretario se basaba exclusivamente en el engaño de
que había sido objeto el infeliz Hirsch por un
malicioso comunista.
Esta burda falsificación era un asunto
demasiado escandaloso para no producir el efecto contrario al que se intentaba.
Aunque los amigos londinenses de los acusados carecían de toda posibilidad de
poner en conocimiento de los jurados los detalles del caso; aunque las cartas
que ellos remitían a la defensa eran destruidas en correos; aunque los
documentos y los testimonios hechos bajo juramento y por escrito que, pese a
todo, se logró hacer llegar a manos de esos magistrados, no fueron admitidos
como testimonios judiciales, la indignación general fue tal que incluso los
fiscales públicos, y aun el propio señor Stieber, que
había dado juramento de la autenticidad del libro de actas, se vieron obligados
a confesar su falsificación.
No obstante, esta falsificación no fue el
único acto de este género cuya culpa recaía en la policía. Se vieron otros dos
o tres casos de la misma índole durante el proceso. Los documentos sustraídos
por Reuter fueron interpolados por la policía con
objeto de desfigurar su sentido. Uno de ellos, lleno de inverosímiles
necedades, estaba escrito con letra que imitaba a la del doctor Marx; se creyó
por cierto tiempo que lo había escrito él hasta que, al fin, los acusadores se
vieron obligados a reconocer que era falso. Mas, por cada infamia de la policía
probada como tal, había otras cinco o seis que, por el momento, no podían
demostrarse, ya que la defensa operaba en medio de la sorpresa, las pruebas se
debían traer de Londres, y toda la correspondencia de los defensores con los
comunistas emigrados en aquella capital ¡era tenida en el proceso por
complicidad en el presunto complot!
Que Greif y Fleury son realmente tales y como han sido mostrados
anteriormente es cosa confirmada por el propio señor Stieber
en su testimonio. En cuanto a Hirsch, ha confesado
ante un magistrado londinense la falsificación del "Libro de Actas"
por orden y con la asistencia de Fleury y luego ha
abandonado Inglaterra para evitar la persecución criminal.
El gobierno se vio en una situación muy
delicada por las vergonzosas denuncias hechas durante el proceso. La
composición del jurado era en este proceso como no se había conocido nunca en
la provincia del Rin: seis nobles, reaccionarios hasta la médula, cuatro
magnates del dinero y dos funcionarios de la Administración pública. No eran
las personas más indicadas para examinar atentamente la caótica masa de pruebas
que les fueron amontonando durante seis semanas, al tiempo que les gritaban
continuamente al oído que los acusados eran los cabecillas de una espantosa
conspiración comunista que perseguía el fin de derrocar todo lo sagrado: ¡la
propiedad, la familia, la religión, el orden, el gobierno y la ley! Sin
embargo, si el gobierno en ese tiempo no hubiese dado a entender a las clases
privilegiadas que la absolución en ese proceso daría la señal para suprimir el
tribunal de jurados y sería tenida por una manifestación política pública, por
una prueba de que la oposición liberal burguesa estaba lista para unirse hasta
con los revolucionarios más extremos, el veredicto habría sido, pese a todo,
absolutorio. Mas, como quiera que sea, la aplicación
retroactiva del nuevo código prusiano permitió al gobierno condenar a siete de
los acusados y dar la absolución sólo a cuatro. Las sentencias fueron de tres a
seis años de encarcelamiento, de lo que ustedes sin duda se enterarían ya en su
tiempo, cuando les llegó la noticia.
[*] Véase el presente tomo, págs.
307-396. (N. de la Edit.)
[**] De improviso, sin preparación alguna. (N. de la Edit.)
[***] Peter Nothjung.
(N. de la Edit.)
[****] Oswaldo Dietz. (N. de la
Edit.)
[*****] Chevaliers d'industrie: aventureros, bribones. (N. de la Edit.)
[+] Julian Cherval.
(N. de la Edit.)
[++] Agregado. (N. de la Edit.)
[1] El proceso de los comunistas en Colonia (4 de octubre-12 de
noviembre de 1852) fue incoado con fines provocativos por el Gobierno prusiano
contra once miembros de la Liga de los Comunistas. Acusados de alta traición
sin más pruebas que documentos y testimonios falsos, siete fueron condenados a
reclusión en una fortaleza por plazos de 3 a 6 años. Los viles métodos
provocadores a que recurrió el Estado policíaco
prusiano contra el movimiento obrero internacional fueron denunciados por Marx
y Engels (véase el artículo de Engels El reciente proceso de Colonia en el
presente tomo, y el folleto de Marx Revelaciones sobre el proceso de los
comunistas en Colonia).
[2] La Liga de los Comunistas: primera organización comunista
internacional del proletariado, fundada por C. Marx y F. Engels, existió de
1847 a 1852. (Véase el artículo de F. Engels Contribución a la Historia de la
Liga de los Comunistas.)
[3] The Tribune:
título abreviado del periódico progresista burgués The
New York Daily Tribune (Tribuna diaria de Nueva York), que apareció de
1841 a 1924. Marx y Engels colaboraron en él desde agosto de 1851 hasta marzo
de 1862.
[4] En setiembre de 1851 se practicaron en Francia detenciones entre
los miembros de las comunidades locales pertenecientes a la fracción de Willich-Schapper,
desgajada de la Liga de los Comunistas en setiembre de 1850. La táctica pequeñoburguesa de las confabulaciones, adoptada por esta
minoría, permitió a la policía francesa, y a la prusiana también, con la ayuda
del provocador Cherval, que encabezaba una de las
comunas parisienses, amañar una causa sobre la así denominada confabulación
alemana-francesa. En febrero de 1852, los detenidos fueron condenados por
acusación de haber preparado un golpe de Estado. Fracasaron rotundamente las
tentativas de la policía prusiana de imputar a la Liga de los Comunistas,
dirigida por Marx y Engels, el haber participado en la confabulación.