Escrito: Por Engels del 3 al 15 de agosto de 1859.
Primera edición: En Das Volk,en los números 14 y 16, del 6 y 20 de agosto de 1859.
Fuente: C. Marx & F. Engels, Obras
Escogidas, en tres tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1974; t.
I.
En todos los campos de la ciencia los
alemanes han demostrado hace tiempo que valen tanto, y en muchos de ellos más,
que las otras naciones civilizadas. No había más que una ciencia que no contase
entre sus talentos ningún nombre alemán: la Economía Política. La razón se
alcanza fácilmente. La Economía Política es el análisis teórico de la moderna sociedad
burguesa y presupone, por tanto, relaciones burguesas desarrolladas, relaciones
que después de las guerras de la Reforma y las guerras campesinas [2]
y sobre todo después de la guerra de los Treinta años[3], no
podían darse en Alemania antes de que pasasen varios siglos. La separación de
Holanda deI Imperio alemán[4] apartó a Alemania del
comereio mundial y redujo de antemano su desarrollo
industrial a las proporciones más mezquinas. Y, mientras los alemanes se
reponían tan fatigosa y lentamente de los estragos de las guerras intestinas,
mientras gastaban todas sus energías cívicas, que nunca fueron demasiado
grandes, en una lucha estéril contra las trabas aduaneras y las necias
ordenanzas comerciales que cada príncipe en miniatura y cada barón del Reich imponía a la industria de sus súbditos; mientras las
ciudades imperiales languidecían entre la quincalla de los gremios y el
patriciado, Holanda, Inglaterra y Francia conquistaban los primeros puestos en
el comercio mundial, establecían colonia tras colonia y llevaban la industria
manufacturera a su máximo apogeo, hasta que, por último, Inglaterra, con la
invención del vapor, que valorizó por fin sus yacimientos de hulla y de hierro,
se colocó a la cabeza del desarrollo burgués moderno. Mientras hubiese que
luchar contra restos tan ridículamente anticuados de la Edad Media como los que
hasta 1830 obstruían el progreso material burgués de Alemania, no había que
pensar en que existiese una Economía Política alemana. Hasta la fundación de la
Liga aduanera[5], los alemanes no se encontraron en condiciones de poder entender, únicamente, la Economía
política. En efecto, a partir de entonces comienza a importarse la Economía Política
inglesa y francesa, en provecho de la burguesía alemana. La gente erudita y los
burócratas no tardaron en adueñarse de la materia importada, aderezándola de un
modo que no honra precisamente al «espíritu alemán». De la turbamulta de
caballeros de industria, mercaderes, dómines y burócratas metidos a escritores,
nació una literatura económica alemana que, en punto a insipidez,
superficialidad, vacuidad, prolijidad y plagio, sólo puede parangonarse con la
novela alemana. Entre la gente de sentido práctico se ha formado en primer
término la escuela de los industriales proteccionistas, cuya primera autoridad,
List, sigue todavía siendo lo mejor que ha producido
la literatura económica burguesa alemana, aunque toda su obra gloriosa esté
copiada del francés Ferrier, padre teórico del
sistema continental[6]. Frente a esta tendencia, apareció en la
década del cuarenta la escuela librecambista de los comerciantes de las provincias
del Báltico, que repetían balbuceando, con una fe infantil, aunque interesada,
los argumentos de los «freetraders» ingleses[7].
Finalmente, entre los dómines y los burócratas, a cuyo cargo corría el lado
teórico de esta ciencia, tenemos áridos herboristas sin sentido crítico, como
el señor Rau, especuladores seudo-ingeniosos como el
señor Stein, que se dedicaba a traducir las tesis de los extranjeros al
lenguaje indigerido de Hegel, o espigadores literaturizantes
dentro del campo de la «historia de la cultura», como el señor Riehl. De todo esto salieron, por último, las ciencias camerales[8], un potaje de yerbajos de toda especie, revuelto con una salsa
ecléctico-economista, que servía a los opositores para ingresar en los
escalafones de la Administración pública.
Mientras, en Alemania, la burguesía, los
dómines y los burócratas se esforzaban por aprenderse de memoria, como dogmas
intangibles, y por explicarse un poco los primeros rudimentos de la Economía
política anglo-francesa, salió a la palestra el partido proletario alemán. Todo
el contenido de la teoría de este partido emanaba del estudio de la Economía
Política, y del instante de su advenimiento data también la Economía Política alemana, como
ciencia con existencia propia. Esta Economía Política alemana se basa
sustancialmente en la concepción
materialista de la
historia, cuyos rasgos fundamentales se exponen concisamente en el
prólogo de la obra que comentamos. La parte principal de este prólogo
[*] se ha publicado ya en "Das Volk"[9] por lo cual nos remitimos a ella. La tesis de que «el modo de
producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social,
política y espiritual en general», de que todas las relaciones sociales y
estatales, todos los sistemas religiosos y jurídicos, todas las ideas teóricas
que brotan en la historia, sólo pueden comprenderse cuando se han comprendido
las condiciones materiales de vida de la época de que se trata y se ha sabido
explicar todo aquello por estas condiciones materiales; esta tesis era un
descubrimiento que venía a revolucionar no sólo la Economía Política, sino
todas las ciencias históricas (y todas las ciencias que no son naturales, son
históricas). «No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por
el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia». Es una tesis
tan sencilla, que por fuerza tenía que ser la evidencia misma, para todo el que
no se hallase empantanado en las engañifas idealistas. Pero esto no sólo
encierra consecuencias eminentemente revolucionarias para la teoría, sino
también para la práctica: «Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las
fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las
relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión
jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han
desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas,
estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base
económica, se revoluciona, más o menos rápidamente, toda la inmensa
superestructura erigida sobre ella... Las relaciones burguesas de producción
son la última forma antagónica del proceso social de producción; antagónica, no
en el sentido de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que proviene
de las condiciones sociales de vida de los individuos. Pero las fuerzas
productivas que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa brindan, al
mismo tiempo, las condiciones materiales para la solución de este antagonismo»[**].
Por tanto, si seguimos desarrollando nuestra tesis materialista y la aplicamos
a los tiempos actuales, se abre inmediatamente ante nosotros la perspectiva de
una potente revolución, la revolución más potente de todos los tiempos.
Pero, mirando las cosas de cerca, vemos
también, inmediatamente, que esta tesis, en apariencia tan sencilla, de que la
conciencia del hombre depende de su existencia, y no al revés, rechaza de
plano, ya en sus primeras consecuencias, todo idealismo, aun el más disimulado.
Con ella, quedan negadas todas las ideas tradicionales y acostumbradas acerca
de cuanto es histórico. Toda la manera tradicional de la argumentación política
se viene a tierra; la hidalguía patriótica se revuelve, indignada, contra esta
falta de principios en el modo de ver las cosas. Por eso la nueva concepción
tenía que chocar forzosamente, no sólo con los representantes de la burguesía,
sino también con la masa de los socialistas franceses que pretenden sacar al
mundo de quicio con su fórmula mágica de liberté,
égalité, fraternité.
Pero, donde provocó la mayor cólera fue entre los voceadores
democrático-vulgares de Alemania. Lo cual no fue obstáculo para que pusiesen
una especial predilección en explotar, plagiándolas, las nuevas ideas, si bien
con un confusionismo extraordinario.
El desarrollar la concepción materialista
aunque sólo fuese a la luz de un único ejemplo histórico, era una labor
científica que habría exigido largos años de estudio tranquilo, pues es
evidente que aquí con simples frases no se resuelve nada, que sólo la
existencia de una masa de materiales históricos, críticamente cribados y
totalmente dominados, puede capacitarnos para la solución de este problema. La
revolución de Febrero lanzó a nuestro partido a la palestra política,
impidiéndole con ello entregarse a empresas puramente científicas. No obstante,
aquella concepción fundamental inspira, une como hilo de engarce, todas las
producciones literarias del partido. En todas ellas se demuestra, caso por
caso, cómo la acción brota siempre de impulsos directamente materiales y no de
las frases que la acompañan; lejos de ello, las frases políticas y jurídicas
son otros tantos efectos de los impulsos materiales, ni más ni menos que la
acción política y sus resultados.
Tras la derrota de la revolución de
1848-49, llegó un momento en que se hizo cada vez más imposible influir sobre
Alemania desde el extranjero, y entonces nuestro partido abandonó a los
demócratas vulgares el campo de los líos entre los emigrados, única actividad
posible de tales momentos. Mientras aquéllos daban rienda suelta a sus querellas,
arañándose hoy para abrazarse mañana, y al día siguiente volver a lavar delante
de todo el mundo sus trapos sucios; mientras recorrían toda América mendigando,
para armar en seguida un nuevo escándalo por el reparto del puñado de monedas
reunido, nuestro partido se alegraba de encontrar otra vez un poco de sosiego
para el estudio. Llevaba a los demás la gran ventaja de tener por base teórica
una nueva concepción científica del mundo, cuya elaboración le daba bastante
que hacer, razón suficiente, ya de suyo, para que no pudiese caer nunca tan
bajo como los «grandes hombres» de la emigración.
El primer fruto de estos estudios es el
libro que tenemos delante.
Un libro como éste no podía limitarse a
criticar sin ilación algunos capítulos sueltos de la Economía Política,
estudiar aisladamente tal o cual problema económico litigioso. No; este libro
tiende desde el primer momento a una síntesis sistemática de todo el conjunto
de la ciencia económica, a desarrollar de un modo coherente las leyes de la
producción burguesa y del cambio burgués. Y como los economistas no son más que
los intérpretes y los apologistas de estas leyes, el desarrollarlas es, al
mismo tiempo, hacer la crítica de toda la literatura económica.
Desde la muerte de Hegel apenas se había
intentado desarrollar una ciencia en su propia conexión interna. La escuela
hegeliana oficial sólo había aprendido de la dialéctica del maestro la
manipulación de los artificios más sencillos, que aplicaba a diestro y
siniestro, y además con una torpeza no pocas veces risible. Para ellos, toda la
herencia de Hegel se reducía a un simple patrón por el cual podían cortarse y
construirse todos los temas posibles, y a un índice de palabras y giros que ya
no tenían más misión que colocarse en el momento oportuno, para encubrir con
ellos la ausencia de ideas y conocimientos positivos. Como decía un profesor de
Bonn, estos hegelianos no sabían nada de nada, pero podían escribir acerca de
todo. Y así era, en efecto. Sin embargo, pese a su suficiencia, estos señores
tenían tanta conciencia de su pequeñez que rehuían, en cuanto les era posible,
los grandes problemas; la vieja ciencia pedantesca mantenía sus posiciones por
la superioridad de su saber positivo. Sólo cuando vino Feuerbach y dio el
pasaporte al concepto especulativo, el hegelianismo fue languideciendo poco a
poco, y parecía como si hubiese vuelto a instaurarse en la ciencia el reinado
de la vieja metafísica, con sus categorías inmutables.
La cosa tenía su explicación lógica. Al
régimen de los diadocos[10] hegelianos, que se había perdido en meras
frases, siguió, naturalmente, una época en la que el contenido positivo de la
ciencia volvió a sobrepujar su aspecto formal. Al mismo tiempo, Alemania,
congruentemente con el formidable progreso burgués conseguido desde 1848, se
lanzaba con una energía verdaderamente extraordinaria a las ciencias naturales;
y, al poner de moda estas ciencias, en las que la tendencia especulativa no
había llegado jamás a adquirir gran importancia, volvió a echar raíces también
la vieja manera metafísica de discurrir, hasta caer en la extrema vulgaridad de
un Wolff. Hegel había sido olvidado, y se desarrolló
el nuevo materialismo naturalista, que apenas se distingue en nada,
teóricamente, de aquél del siglo XVIII y que en la mayor parte de los casos no
le lleva más ventaja que la de poseer un material de ciencias naturales, y
principalmente químico y fisiológico, más abundante. La angosta mentalidad
filistea de los tiempos prekantianos vuelve a
presentársenos, reproducida hasta la más extrema vulgaridad, en Büchner y Vogt; y hasta el propio Moleschott, que jura por
Feuerbach, se pierde a cada momento, de un modo divertidísimo, entre las
categorías más sencillas. Naturalmente, el envarado penco del sentido común
burgués se detiene perplejo ante la zanja que separa la esencia de las cosas de
sus manifestaciones, la causa, del efecto; y, si uno va a cazar con galgos en
los terrenos escabrosos del pensar abstracto, no debe hacerlo a lomos de un
penco.
Aquí se planteba,
por tanto, otro problema que, de suyo, no tenía nada que ver con la Economía
Política. ¿Con qué método había de tratarse la ciencia? De un lado estaba la
dialéctica hegeliana, bajo la forma completamente abstracta, «especulativa», en
que la dejara Hegel; de otro lado, el método ordinario, que volvía a estar de
moda, el método, en su esencia metafísico, wolffiano,
y del que se servían también los economistas burgueses para escribir sus gordos
e incoherentes libros. Este último método había sido tan destruido teóricamente
por Kant, y sobre todo por Hegel, que sólo la inercia y la ausencia de otro
método sencillo podían explicar
que aún perdurase prácticamente. Por otro lado, el método hegeliano era de todo
punto inservible en su forma existente.
Era un método esencialmente idealista, y aquí se trataba de desarrollar una
concepción del mundo más materialista que todas las anteriores. Aquel método
arrancaba del pensar puro, y aquí había que partir de los hechos más tenaces.
Un método que, según su propia confesión, «partía de la nada, para llegar a la
nada, a través de la nada»[11], era de todos modos impropio bajo esta
forma. Y no obstante, este método era, entre todo el material lógico existente,
lo único que podía ser utilizado. No había sido criticado, no había sido
superado; ninguno de los adversarios del gran dialéctico había podido abrir una
brecha en su airoso edificio; había caído en el olvido, porque la escuela
hegeliana no supo qué hacer con él. Lo primero era, pues, someter a una crítica
a fondo el método hegeliano.
Lo que ponía al modo discursivo de Hegel
por encima del de todos los demás filósofos era el formidable sentido histórico
que lo animaba. Por muy abstracta e idealista que fuese su forma, el desarrollo
de sus ideas marchaba siempre paralelamente con el desarrollo de la historia
universal, que era, en realidad, sólo la piedra de toque de aquél. Y aunque con
ello se invirtiese y pusiese cabeza abajo la verdadera relación, la Filosofía nutríase toda ella, no obstante, del contenido real; tanto
más cuanto que Hegel se distinguía de sus discípulos en que no alardeaba, como
éstos, de ignorancia, sino que era una de las cabezas más eruditas de todos los
tiempos. El fue el primero que intentó poner de relieve en la historia un
proceso de desarrollo, una conexión interna; y por muy peregrinas que hoy nos
parezcan muchas cosas de su filosofía de la historia, la grandeza de la
concepción fundamental sigue siendo todavía algo admirable, lo mismo si
comparamos con él a sus predecesores que si nos fijamos en los que después de
él se han permitido hacer consideraciones generales acerca de la historia. En la
"Fenomenología", en la "Estética", en la "Historia de
la Filosofía", en todas partes vemos reflejada esta concepción grandiosa
de la historia, y en todas partes encontramos la materia tratada
históricamente, en una determinada conexión con la historia, aunque esta
conexión aparezca invertida de un modo abstracto.
Esta concepción de la historia, que hizo
época, fue la premisa teórica directa de la nueva concepción materialista, y ya
esto brindaba también un punto de partida para el método lógico. Si, ya desde
el punto de vista del «pensar puro», esta dialéctica olvidada había conducido a
tales resultados, y si además había acabado como jugando con toda la lógica y
la metafísica anteriores a ella, indudablemente tenía que haber en ella algo
más que sofística y pedantesca sutileza. Pero, el acometer la crítica de este
método, empresa que había hecho y hace todavía recular a toda la filosofía
oficial, no era ninguna pequeñez.
Marx era y es el único que podía
entregarse a la labor de sacar de la lógica hegeliana la médula que encierra
los verdaderos descubrimientos de Hegel en este campo, y de restaurar el método
dialéctico despojado de su ropaje idealista, en la sencilla desnudez en que
aparece como la única forma exacta del desarrollo del pensamiento. El haber elaborado
el método en que descansa la crítica de la Economía Política por Marx es, a
nuestro juicio, un resultado que apenas desmerece en importancia de la
concepción materialista fundamental.
Aun el método descubierto de acuerdo con
la crítica de la Economía Política podía acometerse de dos modos: el histórico
o el lógico. Como en la historia, al igual que en su reflejo literario, las
cosas se desarrollan también, a grandes rasgos, desde lo más simple hasta lo
más complejo, el desarrollo histórico de la literatura sobre Economía Política
brindaba un hilo natural de engarce para la crítica, pues, en términos
generales, las categorías económicas aparecerían aquí por el mismo orden que en
su desarrollo lógico. Esta forma presenta, aparentemente, la ventaja de una
mayor claridad, puesto que en ella se sigue el desarrollo real de las cosas, pero en la
práctica lo único que se conseguiría, en el mejor de los casos, sería hacerla
más popular. La historia se desarrolla con frecuencia a saltos y en zigzags, y habría que seguirla así en toda su trayectoria,
con lo cual no sólo se recogerían muchos materiales de escasa importancia, sino
que habría que romper muchas veces la ilación lógica. Además la historia de la
Economía Política no podría escribirse sin la de la sociedad burguesa, con lo
cual la tarea se haría interminable, ya que faltan todos los trabajos
preparatorios. Por tanto, el único método indicado era el lógico. Pero éste no
es, en realidad, más que el método histórico, despojado únicamente de su forma
histórica y de las contingencias perturbadoras. Allí donde comienza esta
historia debe comenzar también el proceso discursivo, y el desarrollo ulterior
de éste no será más que la imagen refleja, en forma abstracta y teóricamente
consecuente, de la trayectoria histórica; una imagen refleja corregida, pero
corregida con arreglo a las leyes que brinda la propia trayectoria histórica; y
así, cada factor puede estudiarse en el punto de desarrollo de su plena
madurez, en su forma clásica.
Con este método, partimos siempre de la
relación primera y más simple que existe históricamente, de hecho; por tanto,
aquí, partimos de la relación económica con que nos encontramos. Luego,
procedemos a analizarla. Ya en el sólo hecho de tratarse de una relación, va implícito que tiene dos
lados que se relacionan entre sí.
Cada uno de estos dos lados se estudia separadamente, de donde luego se
desprende su relación recíproca y su interacción. Nos encontramos con
contradicciones, que reclaman una solución. Pero, como aquí no seguimos un proceso
discursivo abstracto, que se desarrolla exclusivamente en nuestras cabezas,
sino una sucesión real de hechos, ocurridos real y efectivamente en algún
tiempo o que siguen ocurriendo todavía, estas contradicciones se habrán
planteado también en la práctica y en ella habrán encontrado también,
probablemente, su solución. Y si estudiamos el carácter de esta solución,
veremos que se logra creando una nueva relación, cuyos dos lados contrapuestos
tendremos que desarrollar ahora, y así sucesivamente.
La Economía Política comienza por la mercancía, por el momento en que se
cambian unos productos por otros, ya sea por obra de individuos aislados o de
comunidades de tipo primitivo. El producto que entra en el intercambio es una
mercancía. Pero lo que le convierte en mercancía es, pura y simplemente, el
hecho de que a la cosa, al
producto, vaya ligada una relación
entre dos personas o comunidades, la relación entre el productor y el
consumidor, que aquí no se confunden ya en la misma persona. He aquí un ejemplo
de un hecho peculiar que recorre toda la Economía Política y ha producido
lamentables confusiones en las cabezas de los economistas burgueses. La
Economía Política no trata de cosas, sino de relaciones entre personas y, en última instancia, entre clases;
si bien estas relaciones van siempre unidas
a cosas y aparecen como cosas. Aunque ya algún que otro economista
hubiese vislumbrado, en casos aislados, esta conexión, fue Marx quien la
descubrió en cuanto a su alcance para toda la Economía Política, simplificando
y aclarando con ello hasta tal punto los problemas más difíciles, que hoy hasta
los propios economistas burgueses pueden comprenderlos.
Si enfocamos la mercancía en sus diversos
aspectos —pero la mercancía que ha cobrado ya su pleno desarrollo, no aquella
que comienza a desarrollarse trabajosamente en los actos primigenios de trueque
entre dos comunidades primitivas—, se nos presenta bajo los dos puntos de vista
del valor de uso y del valor de cambio, con lo que entramos inmediatamente en
el terreno del debate económico. El que desee un ejemplo palmario de cómo el
método dialéctico alemán, en su fase actual de desarrollo, está tan por encima
del viejo método metafísico, vulgar y charlatanesco,
por lo menos como los ferrocarriles sobre los medios de transporte de la Edad
Media, no tiene más que ver, leyendo a Adam Smith o a cualquier otro economista
oficial de fama, cuántos suplicios les costaba a estos señores el valor de
cambio y el valor de uso, cuán difícil se les hacía distinguirlos claramente y
concebirlos cada uno de ellos en su propia y peculiar precisión, y comparar
luego esto con la clara y sencilla exposición de Marx.
Después de aclarar el valor de uso y el
valor de cambio, se estudia la mercancía como unidad directa de ambos, tal como
entra en el proceso de cambio.
A qué contradicciones da lugar esto, puede verse en las págs.
20 y 21. Advertiremos únicamente que estas contradicciones no tienen tan sólo
un interés teórico abstracto, sino que reflejan al mismo tiempo las
dificultades que surgen de la naturaleza de la relación de intercambio directo,
del simple acto del trueque, y las imposibilidades con que necesariamente
tropieza esta primera forma tosca de cambio. La solución de estas
imposibilidades se encuentra transfiriendo a una mercancía especial —el dinero— la cualidad de representar el
valor de cambio de todas las demás mercancías. Tras esto, se estudia en el
segundo capítulo el dinero o la circulación simple, a saber:
1) el dinero como medida del valor, determinándose en forma más concreta el valor
medido en dinero, el precio;
2) como medio de circulación, y
3) como unidad de ambios
conceptos en cuanto dinero real,
como representación de toda la riqueza burguesa material.
Con esto, terminan las investigaciones
del primer fascículo, reservándose para el segundo la transformación del dinero
en capital.
Vemos, pues, cómo con este método el
desenvolvimiento lógico no se ve obligado, ni mucho menos, a moverse en el
reino de lo puramente abstracto. Por el contrario, necesita ilustrarse con
ejemplos históricos, mantenerse en contacto constante con la realidad. Por eso,
estos ejemplos se aducen en gran variedad y consisten tanto en referencias a la
trayectoria histórica real en las diversas etapas del desarrollo de la sociedad
como en referencias a la literatura económica, en las que se sigue, desde el
primer paso, la elaboración de conceptos claros de las relaciones económicas.
La crítica de las distintas definiciones, más o menos unilaterales o confusas,
se contiene ya, en lo sustancial, en el desarrollo lógico y puede resumirse
brevemente.
En un tercer artículo, nos detendremos a
examinar el contenido económico de la obra.[12]
NOTAS
[*] Véase el presente tomo
[C. Marx & F. Engels, Obras Escogidas,
en tres tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1974; t. I.], págs. 516-520 (N.
de la Edit.)
[**] Véase el presente tomo
[C. Marx & F. Engels, Obras Escogidas,
en tres tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1974; t. I.], pág. 518 (N. de la
Edit.)
[1] Este artículo de Engels
es una reseña del libro de Carlos Marx "Contribución a la Crítica de la
Economía Política". Engels lo caracteriza de eminente conquista científica
del partido proletario e importante etapa en la elaboración de la concepción
científica proletaria del mundo. La reseña quedó sin terminar. Se publicaron
sólo sus dos primeras partes. La tercera, en la que Engels se proponía ofrecer
un análisis del contenido económico del libro, no apareció impresa debido a que
el periódico fue suspendido; el manuscrito no se ha encontrado.
[2] Reforma: amplio
movimiento social contra la Iglesia católica que se extendió durante todo el
siglo XVI por numerosos países europeos. En la mayoría de los países, el
movimiento de la Reforma fue acompañado de grandes batallas entre las clases;
la guerra campesina de 1524-1525 en Alemania transcurrió bajo el signo
ideológico de la Reforma.
[3] La guerra de los treinta
años (1618-1648): guerra europea general debida a la lucha entre protestantes y
católicos. Alemania se hizo el campo principal de esta lucha y objeto del
merodeo y de las pretensiones anexionistas de los beligerantes.
[4] En el período de 1477 a
1555 Holanda formaba parte del Sacro Imperio Romano Germánico, después de cuyo
división se vio bajo el dominio de España. Al final de la revolución burguesa
del siglo XVI, Holanda se libró de la dominación española y se convirtió en
República burguesa independiente.
[5] Zollverein
(La Liga aduanera), fundada en 1834 bajo los auspicios de Prusia, agrupaba a
casi todos los Estados alemanes; una vez establecida una frontera aduanera
común, contribuyó en lo sucesivo a la unión política de Alemania.
[6] El sistema continental,
o bloqueo continental: prohibición, declarada en 1806 por Napoleón I para los
países del continente europeo de comerciar con Inglaterra. El bloqueo continental
cayó después de la derrota de Napoleón en Rusia.
[7] Freetraders
(Librecambistas): partidarios de la libertad de comercio y de la no
intervención del Estado en la vida económica. En los años 40-50 del siglo XIX
constituyeron un grupo político aparte que entró posteriormente en el Partido
Liberal.
[8] Ciencias camerales: curso de asignaturas de administración,
hacienda, economía y otras que se enseñaban en las universidades medievales, y
luego también en las burguesas, de una serie de países europeos.
[9] Das Volk (El
Pueblo): semanario que aparecía en alemán en Londres desde el 7 de mayo hasta
el 20 de agosto de 1859 con la colaboración directa de Marx; desde comienzos de
julio Marx fue, de hecho, su director.
[10] Aquí, alusión irónica a
los hegelianos de derecha que ocupaban en los años 30 y 40 del siglo XIX
numerosas cátedras de las universidades alemanas y utilizaron su situación para
atacar a los representantes de otra dirección más radical en filosofía.
Diadocos: generales
de Alejandro Magno que se enzarzaron al fallecer éste, en enconada lucha por el
poder. A lo largo de esta lucha (fines del siglo IV y comienzos del siglo III
a. de n. e.), la monarquía de Alejandro, que era, en sí, una agrupación
administrativo-militar efímera, se dividió en varios Estados.
[11] Véase "La Ciencia de
la Lógica" de Hegel, parte I, sección 2.
[12] Este artículo de
Engels es una reseña del libro de Carlos Marx "Contribución a la Crítica
de la Economía Política". Engels lo caracteriza de eminente conquista
científica del partido proletario e importante etapa en la elaboración de la
concepción científica proletaria del mundo. La reseña quedó sin terminar. Se
publicaron sólo sus dos primeras partes. La tercera, en la que Engels se
proponía ofrecer un análisis del contenido económico del libro, no apareció
impresa debido a que el periódico fue suspendido; el manuscrito no se ha
encontrado.