Escrito: Por Marx el 10 de
junio de 1853.
Primera edición: Publicado en el The New York Daily Tribune, núm. 3804, del 25 de junio de 1853.
Fuente: C. Marx & F. Engels, Obras Escogidas, en tres tomos, Editorial Progreso,
Moscú, 1974; t. I.
....El Indostán
es una Italia de proporciones asiáticas, con el Himalaya
por los Aldes, las llanuras de Bengala por las
llanuras de Lombardía, la cordillera del Decán por los Apeninos y la isla
de Ceilán por la de Sicilia. La misma riqueza y
diversidad de productos del suelo e igual desmembración en su estructura
política. Y así como Italia fue condensada de cuando en cuando por la espada
del conquistador en diversas masas nacionales, vemos también que el Indostán, cuando no se encuentra oprimido por los
mahometanos, los mogoles[2] o los británicos, se divide en tantos
Estados independientes y antagónicos como ciudades o incluso pueblos cuenta.
Sin embargo, desde el punto de vista social, el Indostán
no es la Italia, sino la Irlanda del Oriente. Y esta extraña combinación de
Italia e Irlanda, del mundo de la voluptuosidad y del mundo del dolor, se
anticipaba ya en las antiguas tradiciones de la religion
del Indostán. Esta es a la vez una religión de una
exuberancia sensualista y de un ascetismo mortificador de la carne, una
religión de Lingam[3] y de Yaggernat, la religión del monje y
de la bayadera[4].
No comparto la opinión de los que creen
en la existencia de una edad de oro en el Indostán,
aunque para confirmar mi punto de vista no me remitiré, como lo hace sir
Charles Wood, al período de la dominación de Kuli khan. Pero, tomemos, por
ejemplo, los tiempos de Aurengzeib; o la época en que
aparecieron los mogoles en el Norte y los portugueses en el Sur; o el período
de la invasión musulmana y de la Heptarquía[5] en el Sur de la India; o, si ustedes quieren
retornar a una antigüedad más remota, tomemos la cronología mitológica de los
brahmines[6], que remonta el origen de las calamidades de la
India a una época mucho más antigua que el origen cristiano del mundo.
No cabe duda, sin embargo, de que la
miseria ocasionada en el Indostán por la dominación
británica ha sido de naturaleza muy distinta e infinitamente más intensa que
todas las calamidades experimentadas hasta entonces por el país. No aludo aquí
al despotismo europeo cultivado sobre el terreno del despotismo asiático por la
Compañía inglesa de las Indias Orientales[7]; combinación mucho más monstruosa que cualquiera
de esos monstruos sagrados que nos infunden pavor en un templo de Salseta[8]. Este no es un rasgo distintivo
del dominio colonial inglés, sino simplemente una imitación del sistema
holandés, hasta el punto de que para caracterizar la labor de la Compañía
inglesa de las Indias Orientales basta repetir literalmente lo dicho por sir Stamford Raffles, gobernador inglés de Java, acerca de la antigua
Compañía holandesa de las Indias Orientales:
"La Compañía holandesa, movida
exclusivamente por un espíritu de lucro y menos considerada con sus súbditos
que un plantador de las Indias Occidentales con la turba de esclavos que
trabajaba en sus posesiones —pues éste había pagado su dinero por los hombres
adquiridos en propiedad, mientras que aquélla no había pagado nada—, empleó
todo el aparato de despotismo existente para exprimirle a la población hata el último céntimo en contribuciones y obligarla a
trabajar hasta su completo agotamiento. Y así, agravó el mal ocasionado al país
por un gobierno caprichoso y semibárbaro,
utilizándolo con todo el ingenio práctico de los políticos y todo el egoísmo
monopolizador de los mercaderes".
Guerras civiles, invasiones,
revoluciones, conquistas, años de hambre: por extraordinariamente complejas,
rápidas y destructoras que pudieran parecer todas estas calamidades sucesivas,
su efecto sobre el Indostán no pasó de ser
superficial. Inglaterra, en cambio, destrozó todo el entramado de la sociedad hindú,
sin haber manifestado hasta ahora el menor intento de reconstitución. Esta
pérdida de su viejo mundo, sin conquistar otro nuevo, imprime un sello de
particular abatimiento a la miseria del hindú y desvincula al Indostán gobernado por la Gran Bretaña de todas sus viejas
tradiciones y de toda su historia pasada.
Desde tiempos inmemoriales, en Asia no
existían, por regla general, más que tres ramos de la hacienda pública: el de
las finanzas, o del pillaje interior; el de la guerra, o pillaje exterior, y,
por último, el de obras públicas. El clima y las condiciones del suelo,
particularmente en los vastos espacios desérticos que se extienden desde el
Sahara, a través de Arabia, Persia, la India y Tartaria,
hasta las regiones más elevadas de la meseta asiática, convirtieron el sistema
de irrigación artificial por medio de canales y otras obras de riego en la base
de la agricultura oriental. Al igual que en Egipto y en la India, las
inundaciones son utilizadas para fertilizar el suelo en Mesopotamia,
Persia y otros lugares: el alto nivel de las aguas sirve para llenar los
canales de riego. Esta necesidad elemental de un uso económico y común del
agua, que en Occidente hizo que los empresarios privados se agrupasen en
asociaciones voluntarias, como ocurrió en Flandes y en Italia, impuso en
Oriente, donde el nivel de la civilización era demasiado bajo, y los
territorios demasiado vastos para impedir que surgiesen asociaciones
voluntarias, la intervención del Poder centralizador del Gobierno. De aquí que
todos los gobiernos asiáticos tuviesen que desempeñar esa función económica: la
organización de las obras públicas. Esta fertilización artificial del suelo,
función de un gobierno central, y en decadencia inmediata cada vez que éste
descuida las obras de riego y avenamiento, explica el hecho, de otro modo
inexplicable, de que encontremos ahora territorios enteros estériles y
desérticos que antes habían sido excelentemente cultivados, como Palmira,
Petra, las ruinas que se encuentran en el Yemen y grandes provincias de Egipto,
Persia y el Indostán. Así se explica también el que
una sola guerra devastadora fuese capaz de despoblar un país durante siglos
enteros y destruir toda su civilización.
Pues bien, los británicos de las Indias
Orientales tomaron de sus predecesores el ramo de las finanzas y el de la
guerra, pero descuidaron por completo el de las obras públicas. De aquí la
decadencia de una agricultura que era incapaz de seguir el principio inglés de
la libre concurrencia, el principio del laissez
faire, laissez aller[*]. Sin embargo, estamos acostumbrados a ver que
en los imperios asiáticos la agricultura decae bajo un gobierno y resurge bajo
otro. Aquí la cosecha depende tanto de un gobierno bueno o malo como en Europa
del buen o mal tiempo. Por eso, por graves que hayan sido las consecuencias de
la opresión y del abandono de la agricultura, no podemos considerar que éste
haya sido el golpe de gracia asestado por el invasor británico a la sociedad
hindú, si todo ello no hubiera sido acompañado de una circunstancia mucho más
importante, que constituye una novedad en los anales de todo el mundo asiático.
Por importantes que hubiesen sido los cambios políticos experimentados en el pasado
por la India, sus condiciones sociales permanecieron intactas desde los tiempos
más remotos hasta el primer decenio del siglo XIX. El telar de mano y el torno
de hilar, origen de un ejército incontable de tejedores e hiladores, eran los
pivotes centrales de la estructura social de la India. Desde tiempos
inmemoriales, Europa había recibido las magníficas telas elaboradas por los
hindúes, enviando a cambio sus metales preciosos, con lo que proporcionaba la
materia prima necesaria para los orífices, miembros indispensables de la
sociedad hindú, cuya afición por los aderezos es tan grande que hasta los
individuos de clases más bajas, que andan casi desnudos, suelen tener un par de
pendientes de oro o algún adorno de oro alrededor del cuello. Era casi general
la costumbre de llevar anillos en los dedos de las manos y de los pies. Las
mujeres y los niños se adornaban frecuentemente los tobillos y los brazos con
aros macizos de oro o de plata, y las estatuillas de oro o plata, representando
a las divinidades, eran un atributo del hogar. El invasor británico acabó con
el telar de mano indio y destrozó el torno de hilar. Inglaterra comenzó por
desalojar de los mercados europeos a los tejidos de algodón de la India;
después llevó el hilo torzal a la India y terminó por invadir la patria del
algodón con tejidos de algodón. Entre 1818 y 1836, la exportación de hilo
torzal de Inglaterra a la India aumentó en proporción de 1 a 5.200. En 1824, la
India apenas importó 1.000.000 de yardas de muselina inglesa, mientras que en
1837 la importación subió ya a más de 64.000.000 de yardas. Pero durante ese
mismo período la población de Dacca se redujo de
150.000 habitantes a 20.000. Esta decadencia de ciudades de la India, que
habían sido célebres por sus tejidos, no puede ser considerada, ni mucho menos,
como la peor consecuencia de la dominación inglesa. El vapor británico y la
ciencia británica destruyeron en todo el Indostán la
unión entre la agricultura y la industria artesana.
Estas dos circunstancias -de una parte,
el que los hindúes, al igual que todos los pueblos orientales, dejasen en manos
del Gobierno central el cuidado de las grandes obras públicas, condición básica
de su agricultura y de su comercio, y de otra, el que los hindúes, diseminados
por todo el territorio del país, se concentrasen a la vez en pequeños centros
en virtud de la unión patriarcal entre la agricultura y la artesanía-
originaron desde tiempos muy remotos un sistema social de características muy
particulares: el llamado villaje system (sistema de comunidades rurales). Este
sistema era el que daba a cada una de estas pequeñas agrupaciones su
organización autónoma y su vida distinta. Podemos juzgar de las características
de este sistema por la siguiente descripción que figura en un antiguo informe oficial
sobre los asuntos de la India, presentado en la Cámara de los Comunes:
"Considerado geográficamente, un
poblado es un espacio de unos cientos o miles de acres de tierras cultivadas e
incultas; desde el punto de vista político parece una corporación o un
municipio. Por lo común suele tener los siguientes funcionarios y servidores:
un potail
o jefe, que es, generalmente, el encargado de dirigir los asuntos del poblado,
resuelve las disputas que surgen entre sus habitantes, posee poder policíaco y desempeña dentro del poblado las funciones de
recaudador de contribuciones, para lo cual es la persona más indicada, por su
influencia personal y su perfecto conocimiento de la situación y los asuntos de
la gente. El kurnum
lleva las cuentas de las labores agrícolas y registra todo lo relacionado con
ellas. Siguen el tallier
y el totie:
las obligaciones del primero consisten en recoger informes sobre los delitos o
las infracciones que se cometan, y acompañar y proteger a las personas que se
trasladen de un poblado a otro; las obligaciones que segundo parecen
circunscribirse más a los límites del poblado y consisten, entre otras, en
guardar las cosechas y ayudar a medirlas. El guardafrontera cuida los lindes del poblado y testifica acerca
de ellos en caso de disputa. El vigilante de los depósitos de agua y de los
canales es el encargado de distribuir el agua para las necesidades de la
agricultura. El brahmín que vela por el culto. El maestro de escuela, a quien
se puede ver enseñando a los niños del poblado a leer y a escribir sobre la
arena. El brahmín encargado del calendario, o astrólogo, y otros. Todos estos
funcionarios y servidores constituyen la administración del poblado, que en
ciertos lugares del país es más reducida, pues algunos de los deberes y
funciones que se han descrito se refunden y desempeñan por una misma persona;
en otros lugares su número es mayor. Los habitantes del campo han vivido bajo
esta forma primitiva de gobierno municipal desde tiempos inmemoriales. Los
límites de los poblados cambiaban muy raramente, y aunque en ocasiones los
poblados sufrían grandes daños e incluso eran desvastados por la guerra, el
hambre o las enfermedades, el mismo nombre, los mismos límites, los mismos
intereses y hasta las mismas familias perduraban durante siglos enteros. A los
habitantes de esos poblados no les preocupaba en absoluto la desaparición o las
divisiones de los reinos; mientras su poblado siguiese intacto, les tenía sin
cuidado la potencia a cuyas manos habían pasado o el soberano a que habían sido
sometidos, pues su economía interior permanecía inmutable. El potail
seguía siendo el jefe y seguía actuando como juez o magistrado y recaudador de
contribuciones".
Estas pequeñas formas estereotipadas de
organismo social han sido destruidas en su mayor parte y están desapareciendo,
no tanto por culpa de la brutal intromisión del recaudador británico de
contribuciones o del soldado británico, como por la acción del vapor inglés y
de la libertad de comercio inglesa. Estas comunidades de tipo familiar tenían
por base la industria doméstica, esa combinación peculiar de tejido a mano,
hilado a mano y laboreo a mano, que les permitía bastarse a sí mismas. La
intromisión inglesa, que colocó al hilador en Lancashire
y al tejedor en Bengala, o que barrió tanto al hilador hindú como al tejedor
hindú, disolvió esas pequeñas comunidades semibárbaras
y semicivilizadas, al hacer saltar su base económica,
produciendo así la más grande, y, para decir la verdad, la única revolución social que jamás se ha visto en Asia.
Sin embargo, por muy lamentable que sea
desde un punto de vista humano ver cómo se desorganizan y descomponen en sus
unidades integrantes esas decenas de miles de organizaciones sociales
laboriosas, patriarcales e inofensivas; por triste que sea verlas sumidas en un
mar de dolor, contemplar cómo cada uno de sus miembros va perdiendo a la vez
sus viejas formas de civilización y sus medios hereditarios de subsistencia, no
debemos olvidar al mismo tiempo que esas idílicas comunidades rurales, por
inofensivas que pareciesen, constituyeron siempre una sólida base para el
despotismo oriental; que restringieron el intelecto humano a los límites más
estrechos, convirtiéndolo en un instrumento sumiso de la superstición,
sometiéndolo a la esclavitud de reglas tradicionales y privándolo de toda
grandeza y de toda iniciativa histórica. No debemos olvidar el bárbaro egoísmo
que, concentrado en un mísero pedazo de tierra, contemplaba tranquilamente la
ruina de imperios enteros, la perpetración de crueldades indecibles, el aniquilamiento
de la población de grandes ciudades, sin prestar a todo esto más atención que a
los fenómenos de la naturaleza, y convirtiéndose a su vez en presa fácil para
cualquier agresor que se dignase fijar en él su atención. No debemos olvidar
que esa vida sin dignidad, estática y vegetativa, que esa forma pasiva de
existencia despertaba, de otra parte y por oposición, unas fuerzas destructivas
salvajes, ciegas y desenfrenadas que convirtieron incluso el asesinato en un
rito religioso en el Indostán. No debemos olvidar que
esas pequeñas comunidades estaban contaminadas por las diferencias de casta y
por la esclavitud, que sometían al hombre a las circunstancias exteriores en
lugar de hacerle soberano de dichas circunstancias, que convirtieron su estado
social que se desarrollaba por sí solo en un destino natural e inmutable,
creando así un culto embrutecedor a la naturaleza, cuya degradación salta a la
vista en el hecho de que el hombre, el soberano de la naturaleza, cayese de
rodillas, adorando al mono Hanumán y a la vaca Sabbala.
Bien es verdad que al realizar una
revolución social en el Indostán, Inglaterra actuaba
bajo el impulso de los intereses más mezquinos, dando pruebas de verdadera
estupidez en la forma de imponer esos intereses. Pero no se trata de eso. De lo
que se trata es de saber si la humanidad puede cumplir su misión sin una
revolución a fondo en el estado social de Asia. Si no puede, entonces, y a
pesar de todos sus crímenes, Inglaterra fue el instrumento inconsciente de la
historia al realizar dicha revolución. En tal caso, por penoso que sea para
nuestros sentimientos personales el espectáculo de un viejo mundo que se
derrumba, desde el punto de vista de la historia tenemos pleno derecho a
exclamar con Goethe:
"Sollte diese Qual uns quälen
Da sie unsre Lust
vermehrt,
Hat nicht Myriaden Seelen
Timur's Herrschaft aufgezehrt? " [**]
[*] Dejad hacer, dejad pasar: fórmula de los economistas
burgueses librecambistas que defendían la libertad de comercio y la no
ingerencia del Estado en el dominio de las relaciones económicas. (N. de la
Edit.)
[**]
¿Quién lamenta los estragos
Si los frutos son placeres?
¿No aplastó miles de seres
Tamerlán en su reinado?
(De la poesía de Goethe "A Suleika" del Diván
occidental-oriental) (N. de la Edit.)
[1] Los artículos de Marx
"La dominación británica en la India" y "Futuros resultados de
la dominación británica en la India" son de los mejores que salieron de su
pluma sobre el problema nacional y colonial.
[2] Mogoles: conquistadores de origen túrquico procedentes de la parte oriental de Asia Central
que invadieron la India a comienzos del siglo XVI y fundaron en 1526, en el
Norte de este país, el Imperio de los Grandes Mogoles (así se denominaba la
dinastía gobernante de este imperio) que, debido a las continuas luchas
intestinas y al reforzamiento de las tendencias separatistas feudales se disgregó
prácticamente en la primera mitad del siglo XVIII.
[3] Religión de Lingam: culto a la deidad
de Siva extendido particularmente entre la secta
india meridional de los lingayates (de linga,
símbolo de Siva) que no reconoce las diferencias de
casta y rechaza los ayunos, los sacrificios y las peregrinaciones.
[4] Yaggernat (Yaganat):
una de las encarnaciones del dios hindú Vichnú. Los
sacerdotes del templo de Yaggernat obtenían
cuantiosos ingresos de las peregrinaciones en masa (estimulando además la
prostitución de las bayaderas, residentes en el templo). El culto de Yaggernat se distinguía por la extraordinaria suntuosidad
de los ritos y por el extremado fanatismo religioso, que se manifestaba en las
flagelaciones y suicidios de los creyentes. Durante las grandes fiestas,
algunos de ellos se lanzaban bajo las ruedas de la carroza en que se llevaba la
imagen de Vichnú-Yaggernat.
[5] Heptarquía (siete gobiernos): término
adoptado en la historiografía inglesa para designar el régimen político de
Inglaterra en los albores de la Edad Media, cuando el país estuvo fraccionado
en siete reinados anglosajones (del siglo VI al VIII). Marx utiliza aquí, por
analogía, este término para designar el fraccionamiento feudal del Decán (India central y meridional) antes de su conquista
por los musulmanes.
[6] Brahmines: una de las cuatro castas
más antiguas de la India a la que pertenecía primero y fundamentalmente la capa
privilegiada de los sacerdotes; posteriormente, lo mismo que otras castas
indias, abarcaba, además de los sacerdotes, a gente de diversas profesiones y
origen social, sin excluir a los campesinos y artesanos empobrecidos.
[7] Compañía de las Indias Orientales:
compañía comercial inglesa que fue instrumento de la política colonial inglesa
en la India, China y otros países de Asia. Se fundó en 1600. La ley adoptada en
1853 restringía los derechos monopolistas de la Compañía para dirigir la India.
La Compañía fue liquidada definitivamente en 1858.
[8] La isla de Salsette, situada al Norte de Bombay, tenía fama por sus
109 templos budistas en grutas.