Escrito: En Londres, en julio de 1853.
Primera edición: En el New
York Daily TribuneNº 3840, del 8 de agosto de 1853.
Traducción: Del inglés, por Editorial Progreso, Moscú.
Londres, viernes, 22 de julio de 1853
Me propongo resumir en este artículo mis
observaciones referentes a la India.
¿Cómo ha podido establecerse la
dominación inglesa en la India? El poder ilimitado del Gran Mogol [1]
fue derribado por los virreyes mongoles; el poder de los virreyes fue derrotado
por los mahratas, el poder de los mahratas
[2], fue derrocado por los afganos, y mientras todos luchaban
contra todos irrumpió el conquistador británico y los sometió a todos. Un país
donde no sólo luchan musulmanes contra hindúes, sino también tribu conta tribu y casta contra casta; una sociedad cuyo
entramado se basa en una especie de equilibrio resultante de la repulsión
general y del exclusivismo constitucional de todos sus miembros, ¿cómo no iban
a estar ese país y esa sociedad predestinados a convertirse en presa de los
conquistadores? Aunque no conociésemos nada de la historia pasada del Indostán, ¿no bastaría acaso el gran hecho indiscutible de
que, incluso ahora, Inglaterra mantiene esclavizada a la India con ayuda de un ejército
hindú sostenido a costa de la misma India? Así pues, la India no podía escapar
a su destino de ser conquistada, y toda su historia pasada, en el supuesto de
que haya habido tal historia, es la sucesión de las conquistas sufridas por
ella. La sociedad hindú carece por completo de historia, o por lo menos de
historia conocida. Lo que llamamos historia de la India no es más que la
historia de los sucesivos invasores que fundaron sus imperios sobre la
base pasiva de esa sociedad inmutable que no les ofrecía ninguna resistencia.
No se trata, por tanto, de si Inglaterra tenía o no tenía derecho a conquistar
la India, sino de si preferimos una India conquistada por los turcos, los
persas o los rusos a una India conquistada por los británicos.
Inglaterra tiene que cumplir en la India
una doble misión destructora por un lado y regeneradora por otro. Tiene que
destruir la vieja sociedad asiática y sentar las bases materiales de la
sociedad occidental en Asia.
Los árabes, los turcos, los tártaros y
los mogoles que conquistaron sucesivamente la India, fueron rápidamente hinduizados.
De acuerdo con la ley inmutable de la historia, los conquistadores bárbaros son
conquistados por la civilización superior de los pueblos sojuzgados por ellos.
Los ingleses fueron los primeros conquistadores de civilización superior a la
hindú, y por eso resultaron inmunes a la acción de esta última. Los británicos
destruyeron la civilización hindú al deshacer las comunidades nativas, al
arruinar por completo la industria indígena y al nivelar todo lo grande y
elevado de la sociedad nativa. Las páginas de la historia de la dominación
inglesa en la India apenas ofrecen algo más que destrucciones. Tras los
montones de ruinas a duras penas puede distinguirse su obra regeneradora. Y sin
embargo, esa obra ha comenzado.
La unidad política de la India, más
consolidada y extendida a una esfera más amplia que en cualquier momento de la
dominación de los grandes mogoles, era la primera condición de su regeneración.
Esa unidad, impuesta por la espada británica, se verá ahora fortalecida y
perpetuada por el telégrafo eléctrico. El ejército hindú, organizado y
entrenado por los sargentos ingleses, es una condición sine qua non para que la India pueda conquistar su independencia
y lo único capaz de evitar que el país se convierta en presa del primer
conquistador extranjero. La prensa libre, introducida por vez primera en la
sociedad asiática y dirigida fundamentalmente por una descendencia cruzada de
hindúes y europeos, es un nuevo y poderoso factor de la reconstrucción. Incluso
los zamindares
y los ryotwares
[3], por execrables que sean, representan dos formas distintas de
propiedad privada de la tierra, tan ansiada por la sociedad asiática. Los
indígenas, educados de mala gana y a pequeñas dosis por los ingleses en
Calcuta, constituyen el origen de una nueva clase que reúne los requisitos
necesarios para gobernar el país e imbuida de ciencia europea. El vapor
estableció una comunicación rápida y regular entre la India y Europa y conectó
sus principales puertos con todos los puertos de los mares del Sur y del Este,
contribuyendo así a sacar a la India de su aislamiento, primera condición del
estancamiento que sufre el país. No está lejano el día en que una combinación
de barcos y ferrocarriles reduzca a ocho días de viaje la distancia entre
Inglaterra y la India. Y entonces, ese país en un tiempo fabuloso habrá quedado
realmente incorporado al mundo occidental.
Hasta ahora, las clases gobernantes de la
Gran Bretaña sólo han estado interesadas en el progreso de la India de un modo
accidental, transitorio y a título de excepción. La aristocracia quería
conquistarla, la plutocracia saquearla, y la burguesía industrial ansiaba someterla
con el bajo precio de sus mercancías. Pero ahora la situación ha cambiado. La
burguesía industrial ha descubierto que sus intereses vitales reclaman la
transformación de la India en un país productor, y que para ello es preciso
ante todo proporcionarle medios de riego y vías de comunicación interior. Los
industriales se proponen cubrir la India con una red de ferrocarriles. Y lo
harán; con lo que se obtendrán resultados inapreciables.
Es bien notorio que las fuerzas
productivas de la India están paralizadas por la escasez aguda de medios de
comunicación, indispensables para el transporte y el intercambio de sus
variados productos. En ningún lugar del mundo más que en la India podemos
encontrar tal indigencia social en medio de tanta abundancia de productos
naturales. Y todo por la escasez de medios de cambio. En 1848, una comisión de
la Cámara de los Comunes estableció que
"mientras en Kandesh
el quarter de trigo costaba de 6 a 8 chelines, se
vendía al precio de 64 a 70 chelines en Punah, donde
la gente se moría de hambre en las calles, pues no podían recibir víveres de Kandesh a causa de que los caminos arcillosos estaban
intransitables".
El trazado de las líneas férreas puede
ser fácilmente aprovechado para servir a la agricultura, construyendo estanques
en aquellos lugares donde haya necesidad de extraer tierra para los terraplenes
y estableciendo conducciones de agua a lo largo de las líneas férreas. De este
modo, puede extenderse considerablemente el sistema de irrigación, condición
indispensable para el desarrollo de la agricultura en Oriente, con lo que se
evitarían las frecuentes malas cosechas provocadas por la escasez de agua.
Desde este punto de vista, la enorme importancia de los ferrocarriles resulta
evidente si recordamos que incluso en los distritos próximos a los Ghates las tierras irrigadas pagan tres veces más impuesto,
ocupan de diez a doce veces más gente y rinden de doce a quince veces más
beneficio que las tierras no irrigadas de igual extensión.
Los ferrocarriles permitirán reducir el
número y los gastos de sostenimiento de los establecimientos militares. En unas
declaraciones hechas ante una comisión especial de la Cámara de los Comunes, el
coronel Warren, comandante del fuerte St. William, dijo:
"La posibilidad de recibir informes
desde lugares apartados del país en tantas horas como ahora se requieren días y
hasta semanas, la posibilidad de enviar instrucciones, tropas y bastimentos con
toda rapidez, son consideraciones que no pueden ser sobreestimadas. Las
guarniciones podrían establecerse en lugares más distantes y más sanos que
ahora, con lo cual se salvarían las vidas de muchos hombres que sucumben
víctimas de las enfermedades. De igual modo, no habría necesidad de almacenar
tantas provisiones en distintos depósitos, evitándose así las pérdidas
ocasionadas por la descomposición y la acción destructora del clima. Los
efectivos podrían disminuir en la misma proporción en que aumentaría su
eficacia".
Sabido es que la organización municipal y
la base económica de las comunidades rurales fueron destruidas, pero el peor de
sus rasgos, la disgregación de la sociedad en átomos estereotipados e
inconexos, les sobrevivió. El aislamiento de las comunidades rurales motivó la
ausencia de caminos en la India, y la ausencia de caminos perpetuó el
aislamiento de las comunidades. En estas condiciones, la comunidad permanecía
estabilizada en un bajo nivel de vida, apartada casi por completo de las otras
comunidades, sin mostrar el menor afán de progreso social y sin realizar ningún
esfuerzo por conseguirlo. Más ahora, cuando los británicos han roto esa inercia que se bastaba a sí misma de
las comunidades rurales, los ferrocarriles ayudarán a satisfacer las nuevas
necesidades de comunicación e intercambio. Además,
"uno de los efectos del sistema ferroviario
será el llevar a cada poblado que cruce tal conocimiento de los adelantos y
aplicaciones prácticas de otros países y facilitar de tal modo su adquisición,
que, en primer lugar, permitirá que el artesanado hereditario y estipendiario
de la comuna de la India pueda manifestar todas sus capacidades, y, en segundo
lugar, suplirá sus defectos" (Chapman. "El
algodón y el comercio de la India").
Ya sé que la burguesía industrial inglesa
trata de cubrir la India de vías férreas con el exclusivo objeto de abaratar el
transporte del algodón y de otras materias primas necesarias para sus fábricas.
Pero si introducís las máquinas en el sistema de locomoción de un país que
posee hierro y carbón, ya no podréis impedir que ese país fabrique dichas
máquinas. No podréis mantener una red de vías férreas en un país enorme, sin
organizar en él todos los procesos industriales necesarios para satisfacer las
exigencias inmediatas y corrientes del ferrocarril, lo cual implicará la
introducción de la maquinaria en otras ramas de la industria que no estén
directamente relacionadas con el transporte ferroviario. El sistema ferroviario
se convertirá por tanto en la India en un verdadero precursor de la industria
moderna. Y esto es tanto más cierto, cuanto que, según confesión de las propias
autoridades británicas, los hindúes tienen una aptitud particular para
adaptarse [510] a trabajos totalmente nuevos para ellos y adquirir los
conocimientos necesarios para el manejo de las máquinas. Buena prueba de esto
nos la ofrecen la capacidad y pericia demostradas por los mecánicos indígenas
que han estado trabajando durante muchos años en las máquinas de vapor de la
Casa de la Moneda de Calcuta, así como también los hindúes que han estado
atendiendo numerosas máquinas de vapor de las minas de carbón de Hardwar, y otros ejemplos. El propio Mr.
Campbell, a pesar de lo muy influenciado que pueda
estar por los prejuicios de la Compañía de las Indias Orientales [4],
se ve obligado a confesar que
"vastas masas del pueblo hindú
poseen una gran energía industrial,
buena aptitud para acumular capital, extraordinaria perspicacia para las
matemáticas y gran facilidad para el cálculo y las ciencias exactas".
"Su intelecto" -sigue diciendo- "es excelente» [5].
La industria moderna, llevada a la India
por los ferrocarriles, destruirá la división hereditaria del trabajo, base de
las castas hindúes, ese principal obstáculo para el progreso y el poderío de la
India.
Todo cuanto se vea obligada a hacer en la
India la burguesía inglesa no emancipará a las masas populares ni mejorará
sustancialmente su condición social, pues tanto lo uno como lo otro no sólo
dependen del desarrollo de las fuerzas productivas, sino de su apropiación por
el pueblo. Pero lo que sí no dejará de hacer la burguesía es sentar las
premisas materiales necesarias para la realización de ambas empresas. ¿Acaso la
burguesía ha hecho nunca algo más? ¿Cuándo ha realizado algún progreso sin
arrastrar a individuos aislados y a pueblos enteros por la sangre y el lodo, la
miseria y la degradación?
Los hindúes no podrán recoger los frutos
de los nuevos elementos de la sociedad, que ha sembrado entre ellos la
burguesía británica, mientras en la misma Gran Bretaña las actuales clases
gobernantes no sean desalojadas por el proletariado industrial, o mientras los
propios hindúes no sean lo bastante fuertes para acabar de una vez y para siempre
con el yugo británico. En todo caso, podemos estar seguros de ver en un futuro
más o menos lejano la regeneración de este interesante y gran país, cuna de
nuestros idiomas y de nuestras religiones; de este país que nos ofrece en el yata [6] el tipo del antiguo germano y en el brahmín [7] el
tipo del griego antiguo; de este país, cuyos nobles habitantes, aun los
pertenecientes a las clases más inferiores, son, según expresión del príncipe Saltykov, "sont plus fisn et plus adroits que les italiens" [*] [8].
Incluso su misión la compensan con una especie de serena nobleza, y, a pesar de
su natural pasividad, asombraron a los oficiales británicos con su valor.
No puedo abandonar el tema de la India
sin hacer algunas observaciones a título de conclusión.
La profunda hipocresía y la barbarie
propias de la civilización burguesa se presentan desnudas ante nuestros ojos
cuando, en lugar de observar esa civilización en su casa, donde adopta formas
honorables, la contemplamos en las colonias, donde se nos ofrece sin ningún
embozo. La burguesía se hace pasar por la defensora de la propiedad, pero, ¿qué
partido revolucionario ha hecho jamás una revolución agraria como las
realizadas en Bengala, Madrás y Bombay? ¿Acaso no ha recurrido en la India
—para expresarnos con las palabras del propio lord Clive,
ese gran saqueador— a feroces extorsiones, cuando la simple corrupción no
bastaba para satisfacer su afán de rapiña? Y mientras en Europa charlaban sobre
la inviolable santidad de la deuda nacional, ¿no confiscaba acaso los
dividendos de los rajás que habían invertido sus
ahorros personales en acciones de la propia Compañía? Y cuando luchaba contra
la revolución francesa con el pretexto de defender "nuestra santa
religión", ¿no prohibía la propaganda del cristianismo en la India? Y
cuando quiso embolsarse los ingresos que proporcionaban las peregrinaciones a
los templos de Orissa y Bengala, ¿no convirtió en una
industria la prostitución y los crímenes organizados en el templo de Yaggernat? [9] Helos ahí, los defensores de "la propiedad, el orden, la
familia y la religión".
Los devastadores efectos de la industria
inglesa en la India —país de dimensiones no inferiores a las de Europa y con un
territorio de 150 millones de acres— son evidentes y aterradores. Pero no
debemos olvidar que esos efectos no son más que el resultado orgánico de todo
el actual sistema de producción. Esta producción descansa en el dominio supremo
del capital. La centralización del capital es indispensable para la existencia
del capital como poder independiente. Los efectos destructores de esa
centralización sobre los mercados del mundo no hacen más que demostrar en
proporciones gigantescas las leyes orgánicas inmanentes de la Economía
política, vigentes en la actualidad para cualquier ciudad civilizada. El
período burgués de la historia está llamado a sentar las bases materiales de un
nuevo mundo: a desarrollar, por un lado, el intercambio universal, basado en la
dependencia mutua del género humano, y los medios para realizar ese
intercambio; y, de otro lado, desarrollar las fuerzas productivas del hombre y
transformar la producción material en un dominio científico sobre las fuerzas
de la naturaleza. La industria y el comercio burgueses van creando esas
condiciones materiales de un nuevo mundo del mismo modo como las revoluciones
geológicas [512] crearon la superficie de la tierra. Y sólo cuando una gran
revolución social se apropie las conquistas de la época burguesa, el mercado
mundial y las modernas fuerzas productivas, sometiéndolos al control común de
los pueblos más avanzados, sólo entonces el progreso humano habrá dejado de
parecerse a ese horrible ídolo pagano que sólo quería beber el néctar en el
cráneo del sacrificado.
[*] "Más finos y más
diestros que los italianos". (N. de la Edit.)
[1] El Gran Mogol: título dado por los
gobernadores europeos a los gobernadores del Imperio de los Mogoles, que se
denominaban a sí mismos padishas.
[2] Mahratas: pueblo indio que
ocupó la parte noroccidental del Decán.
A mediados del siglo XVII, tras de asestar un rudo golpe al Imperio de los
Grandes Mogoles y coadyuvar a la desintegración, los mahratas
fundaron su Estado independiente, cuya cúspide feudal no tardó en emprender la
senda de las guerras de conquista. A fines del siglo XVII, el Estado de los mahratas quedó debilitado por las luchas feudales
intestinas. Desangrados en la lucha por la dominación sobre la India y las
discordias internas, los principales mahratas fueron
botín de la Compañía de las Indias Orientales, que los sometieron como
consecuencia de la guerra anglo-mahrata de 1803-1805.
[3] Sistemas de Zamindares
y Ryotwares: dos sistemas de contribución de
la tierra introducidos por las autoridades inglesas en la India a fines del
siglo XVIII y comienzos del XIX.
[4] Compañía de las Indias Orientales: compañía comercial inglesa
que fue instrumento de la política colonial inglesa en la India, China y otros
países de Asia. Se fundó en 1600. La ley adoptada en 1853 restringía los derechos
monopolistas de la Compañía para dirigir la India. La Compañía fue liquidada
definitivamente en 1858.
[5] G. Campbell. Modern India: a Sketch of the
System of Civil Government ("La India contemporánea: Ensayo del
sistema de gobierno civil"). London, 1852, págs. 59-60.
[6] Yates: grupo de casta en el Norte de
la India; en su masa fundamental eran agricultores; pertenecían también a ella
representantes de la capa feudal militar.
[7] Brahmines: una de las cuatro castas más antiguas de la India a
la que pertenecía primero y fundamentalmente la capa privilegiada de los
sacerdotes; posteriormente, lo mismo que otras castas indias, abarcaba, además
de los sacerdotes, a gente de diversas profesiones y origen social, sin excluir
a los campesinos y artesanos empobrecidos.-
[8] Marx cita el libro de A.
Saltykov Lettres sur l'Inde ("Cartas sobre la India"). París,
1848, p. 61. La edición rusa salió en Moscú en 1851.
[9] Yaggernat (Yaganat):
una de las encarnaciones del dios hindú Vichnú. Los
sacerdotes del templo de Yaggernat obtenían
cuantiosos ingresos de las peregrinaciones en masa (estimulando además la prostitución
de las bayaderas, residentes en el templo). El culto de Yaggernat
se distinguía por la extraordinaria suntuosidad de los ritos y por el extremado
fanatismo religioso, que se manifestaba en las flagelaciones y suicidios de los
creyentes. Durante las grandes fiestas, algunos de ellos se lanzaban bajo las
ruedas de la carroza en que se llevaba la imagen de Vichnú-Yaggernat