Escrito: En 1854.
Primera edición: New
York Daily Tribune, 9 de septiembre de 1854.
La revolución en España ha adquirido ya
el carácter de situación permanente hasta el punto de que, como nos informa
nuestro corresponsal en Londres, las clases adineradas y conservadoras han
comenzado a emigrar y a buscar seguridad en Francia. Esto no es sorprendente;
España jamás ha adoptado la moderna moda francesa, tan extendida en 1848,
consistente en comenzar y realizar una revolución en tres días. Sus esfuerzos
en este terreno son complejos y más prolongados. Tres años parecen ser el
límite más corto al que se atiene, y en ciertos casos su ciclo revolucionario se
extiende hasta nueve. Así, su primera revolución en el presente siglo se
extendió de 1808 a 1814; la segunda, de 1820 a 1823, y la tercera, de 1834 a
1843. Cuánto durará la presente, y cuál será su resultado, es imposible
preverlo incluso para el político más perspicaz, pero no es exagerado decir que
no hay cosa en Europa, ni siquiera en Turquía, ni la guerra en Rusia, que
ofrezca al observador reflexivo un interés tan profundo como España en el
presente momento.
Los levantamientos insurreccionales
son tan viejos en España como el poderío de favoritos cortesanos contra los
cuales han sido, de costumbre, dirigidos. Así, a finales del siglo XIV, la
aristocracia se rebeló contra el rey Juan II y contra su favorito don Álvaro de
Luna. En el XV se produjeron conmociones más serias contra el rey Enrique IV y
el jefe de su camarilla, don Juan de Pacheco, marqués de Villena.
En el siglo XVII, el pueblo de Lisboa
despedazó a Vasconcelos, el Sartorius
del virrey español en Portugal, lo mismo que hizo el de Barcelona con Santa
Coloma, favorito de Felipe IV. A finales del mismo siglo, bajo el reinado de
Carlos II, el pueblo de Madrid se levantó contra la camarilla de la reina,
compuesta de la condesa de Barlipsch y los condes de
Oropesa y de Melgar, que habían impuesto un arbitrio abusivo sobre todos los
comestibles que entraban en la capital y cuyo producto se distribuían entre sí.
El pueblo se dirigió al Palacio Real y obligó al rey a presentarse en el balcón
y a denunciar él mismo a la camarilla de la reina. Se dirigió después a los
palacios de los condes de Oropesa y Melgar, saqueándolos, incendiándolos, e
intentó apoderarse de sus propietarios, los cuales tuvieron, sin embargo, la
suerte de escapar a costa de un destierro perpetuo.
El acontecimiento que provocó el levantamiento
insurreccional en el siglo XV fue el tratado alevoso que el favorito de Enrique
IV, el marqués de Villena, había concluido con el rey de Francia, y en virtud
del cual, Cataluña había de quedar a merced de Luis XI.
Tres siglos más tarde, el tratado de Fontainebleau -concluido el 27 de octubre de 1807 por el
valido de Carlos IV y favorito de la reina, don Manuel Godoy, Príncipe de la
Paz, con Bonaparte, sobre la partición de Portugal y la entrada de los
ejércitos franceses en España- produjo una insurrección popular en Madrid
contra Godoy, la abdicación de Carlos IV, la subida al trono de su hijo
Fernando VII, la entrada del ejército francés en España y la consiguiente
guerra de independencia. Así, la guerra de independencia española comenzó con una
insurrección popular contra la camarilla personificada entonces por don Manuel
Godoy, lo mismo que la guerra civil del siglo XV se inició con el levantamiento
contra la camarilla personificada por el marqués de Villena. Asimismo, la
revolución de 1854 ha comenzado con el levantamiento contra la camarilla
personificada por el conde de San Luis.
A pesar de estas repetidas
insurrecciones, no ha habido en España hasta el presente siglo una revolución
seria, a excepción de la guerra de la Junta Santa en los tiempos de Carlos I, o
Carlos V, como lo llaman los alemanes. El pretexto inmediato, como de
costumbre, fue suministrado por la camarilla que, bajo los auspicios del
virrey, cardenal Adriano, un flamenco, exasperó a los castellanos por su rapaz
insolencia, por la venta de los cargos públicos al mejor postor y por el
tráfico abierto de las sentencias judiciales. La oposición a la camarilla
flamenca era la superficie del movimiento, pero en el fondo se trataba de la
defensa de las libertades de la España medieval frente a las ingerencias del
absolutismo moderno.
La base material de la monarquía española
había sido establecida por la unión de Aragón, Castilla y Granada, bajo el
reinado de Fernando el Católico e Isabel I. Carlos I intentó transformar esa
monarquía aún feudal en una monarquía absoluta. Atacó simultáneamente los dos
pilares de la libertad española: las Cortes y los Ayuntamientos. Aquéllas eran
una modificación de los antiguos concilia góticos, y éstos, que se habían
conservado casi sin interrupción desde los tiempos romanos, presentaban una
mezcla del carácter hereditario y electivo característico de las
municipalidades romanas. Desde el punto de vista de la autonomía municipal, las
ciudades de Italia, de Provenza, del norte de Galia,
de Gran Bretaña y de parte de Alemania ofrecen una cierta similitud con el
estado en que entonces se hallaban las ciudades españolas; pero ni los Estados
Generales franceses, ni el Parlamento inglés de la Edad Media pueden ser
comparados con las Cortes españolas. Se dieron, en la creación de la monarquía
española, circunstancias particularmente favorables para la limitación del
poder real. De un lado, durante los largos combates contra los árabes, la
península era reconquistada por pequeños trozos, que se constituían en reinos
separados. Se engendraban leyes y costumbres populares durante esos combates.
Las conquistas sucesivas, efectuadas principalmente por los nobles, otorgaron a
éstos un poder excesivo, mientras disminuyeron el poder real. De otro lado, las
ciudades y poblaciones del interior alcanzaron una gran importancia debido a la
necesidad en que las gentes se encontraban de residir en plazas fuertes, como
medida de seguridad frente a las continuas incursiones de los moros; al mismo
tiempo, la configuración peninsular del país y el constante intercambio con
Provenza y con Italia dieron lugar a la creación, en las costas, de ciudades
comerciales y marítimas de primera categoría.
En fecha tan remota como el siglo XIV,
las ciudades constituían ya la parte más potente de las Cortes, las cuales
estaban compuestas de los representantes de aquéllas juntamente con los del
clero y de la nobleza. También merece ser subrayado el hecho de que la lenta
reconquista, que fue rescatando el país de la dominación árabe mediante una
lucha tenaz de cerca de ochocientos años, dio a la península, una vez
totalmente emancipada, un carácter muy diferente del que predominaba en la
Europa de aquel tiempo. España se encontró, en la época de la resurrección
europea, con que prevalecían costumbres de los godos y de los vándalos en el
norte, y de los árabes en el sur.
Cuando Carlos I volvió de Alemania, donde
le había sido conferida la dignidad imperial, las Cortes se reunieron en
Valladolid para recibir su juramento a las antiguas leyes y para coronarlo.
Carlos se negó a comparecer y envió representantes suyos que habían de recibir,
según sus pretensiones, el juramento de lealtad de parte de las Cortes. Las
Cortes se negaron a recibir a esos representantes y comunicaron al monarca que
si no se presentaba ante ellas y juraba las leyes del país, no sería reconocido
jamás como rey de España. Carlos se sometió; se presentó ante las Cortes y
prestó juramento, como dicen los historiadores, de muy mala gana. Las Cortes
con este motivo le dijeron: «Habéis de saber, señor, que el rey no es más que
un servidor retribuido de la nación».
Tal fue el principio de las hostilidades
entre Carlos I y las ciudades. Como reacción frente a las intrigas reales,
estallaron en Castilla numerosas insurrecciones, se creó la Junta Santa de
Ávila y las ciudades unidas convocaron la Asamblea de las Cortes en Tordesillas, las cuales, el 20 de octubre de 1520,
dirigieron al rey una «protesta contra los abusos». Éste respondió privando a
todos los diputados reunidos en Tordesillas de sus
derechos personales. La guerra civil se había hecho inevitable. Los comuneros
llamaron a las armas: sus soldados, mandados por Padilla, se apoderaron de la
fortaleza de Torrelobatón, pero fueron derrotados
finalmente por fuerzas superiores en la batalla de Villalar,
el 23 de abril de 1521. Las cabezas de los principales «conspiradores» cayeron
en el patíbulo, y las antiguas libertades de España desaparecieron.
Diversas circunstancias se conjugaron en
favor del creciente poder del absolutismo. La falta de unión entre las
diferentes provincias privó a sus esfuerzos del vigor necesario; pero Carlos
utilizó sobre todo el enconado antagonismo entre la clase de los nobles y la de
los ciudadanos para debilitar a ambas. Ya hemos mencionado que desde el siglo
XIV la influencia de las ciudades predominaba en las Cortes, y desde el tiempo
de Fernando el Católico, la Santa Hermandad había demostrado ser un poderoso
instrumento en manos de las ciudades contra los nobles de Castilla, que
acusaban a éstas de intrusiones en sus antiguos privilegios y jurisdicciones.
Por lo tanto, la nobleza estaba deseosa de ayudar a Carlos I en su proyecto de
supresión de la Junta Santa. Habiendo derrotado la resistencia armada de las
ciudades, Carlos se dedicó a reducir sus privilegios municipales y aquéllas
declinaron rápidamente en población, riqueza e importancia; y pronto se vieron
privadas de su influencia en las Cortes. Carlos se volvió entonces contra los
nobles, que lo habían ayudado a destruir las libertades de las ciudades, pero
que conservaban, por su parte, una influencia política considerable. Un motín
en su ejército por falta de paga lo obligó en 1539 a reunir las Cortes para
obtener fondos de ellas. Pero las Cortes, indignadas por el hecho de que
subsidios otorgados anteriormente por ellas habían sido malgastados en
operaciones ajenas a los intereses de España, se negaron a aprobar otros
nuevos. Carlos las disolvió colérico; a los nobles que insistían en su
privilegio de ser eximidos de impuestos, les contestó que al reclamar tal
privilegio, perdían el derecho a figurar en las Cortes, y en consecuencia los
excluyó de dicha asamblea.
Eso constituyó un golpe mortal para las
Cortes, y desde entonces sus reuniones se redujeron a la realización de una
simple ceremonia palaciega. El tercer elemento de la antigua constitución de
las Cortes, a saber, el clero, alistado desde los tiempos de Fernando el
Católico bajo la bandera de la Inquisición, había dejado de identificar sus
intereses con los de la España feudal. Por el contrario, mediante la
Inquisición, la Iglesia se había transformado en el más potente instrumento del
absolutismo.
Si después del reinado de Carlos I la
decadencia de España, tanto en el aspecto político como social, ha exhibido
esos síntomas tan repulsivos de ignominiosa y lenta putrefacción que presentó
el Imperio Turco en sus peores tiempos, por lo menos en los de dicho emperador
las antiguas libertades fueron enterradas en una tumba magnífica. En aquellos
tiempos Vasco Núñez de Balboa izaba la bandera de Castilla en las costas de Darién, Cortés en México y Pizarro en el Perú; entonces la
influencia española tenía la supremacía en Europa y la imaginación meridional
de los iberos se hallaba entusiasmada con la visión de Eldorados,
de aventuras caballerescas y de una monarquía universal.
Así la libertad española desapareció en
medio del fragor de las armas, de cascadas de oro y de las terribles
iluminaciones de los autos de fe.
Pero, ¿cómo podemos explicar el fenómeno
singular de que, después de casi tres siglos de dinastía de los Habsburgo, seguida por una dinastía borbónica -cualquiera
de ellas harto suficiente para aplastar a un pueblo-, las libertades
municipales de España sobrevivan en mayor o menor grado? ¿Cómo podemos explicar
que precisamente en el país donde la monarquía absoluta se desarrolló en su
forma más acusada, en comparación con todos los otros Estados feudales, la
centralización jamás haya conseguido arraigar? La respuesta no es difícil. Fue
en el siglo XVI cuando se formaron las grandes monarquías. Éstas se edificaron
en todos los sitios sobre la base de la decadencia de las clases feudales en
conflicto: la aristocracia y las ciudades. Pero en los otros grandes Estados de
Europa la monarquía absoluta se presenta como un centro civilizador, como la
iniciadora de la unidad social. Allí era la monarquía absoluta el laboratorio
en que se mezclaban y amasaban los varios elementos de la sociedad, hasta
permitir a las ciudades trocar la independencia local y la soberanía medieval
por el dominio general de las clases medias y la común preponderancia de la
sociedad civil. En España, por el contrario, mientras la aristocracia se hundió
en la decadencia sin perder sus privilegios más nocivos, las ciudades perdieron
su poder medieval sin ganar en importancia moderna.
Desde el establecimiento de la monarquía
absoluta, las ciudades han vegetado en un estado de continua decadencia. No
podemos examinar aquí las circunstancias, políticas o económicas, que han
destruido en España el comercio, la industria, la navegación y la agricultura.
Para nuestro actual propósito basta con
recordar simplemente el hecho. A medida que la vida comercial e industrial de
las ciudades declinó, los intercambios internos se hicieron más raros, la
interrelación entre los habitantes de diferentes provincias menos frecuente,
los medios de comunicación fueron descuidados y las grandes carreteras
gradualmente abandonadas. Así, la vida local de España, la independencia de sus
provincias y de sus municipios, la diversidad de su configuración social,
basada originalmente en la configuración física del país y desarrollada
históricamente en función de las formas diferentes en que las diversas
provincias se emanciparon de la dominación mora y crearon pequeñas comunidades
independientes, se afianzaron y acentuaron finalmente a causa de la revolución
económica que secó las fuentes de la actividad nacional. Y como la monarquía
absoluta encontró en España elementos que por su misma naturaleza repugnaban a
la centralización, hizo todo lo que estaba en su poder para impedir el
crecimiento de intereses comunes derivados de la división nacional del trabajo
y de la multiplicidad de los intercambios internos, única base sobre la que se
puede crear un sistema uniforme de administración y de aplicación de leyes
generales. La monarquía absoluta en España, que solo se parece superficialmente
a las monarquías absolutas europeas en general, debe ser clasificada más bien
al lado de las formas asiáticas de gobierno. España, como Turquía, siguió
siendo una aglomeración de repúblicas mal administradas con un soberano nominal
a su cabeza.
El despotismo cambiaba de carácter en las
diferentes provincias según la interpretación arbitraria que a las leyes
generales daban virreyes y gobernadores; si bien el gobierno era despótico, no
impidió que subsistiesen las provincias con sus diferentes leyes y costumbres,
con diferentes monedas, con banderas militares de colores diferentes y con sus
respectivos sistemas de contribución. El despotismo oriental sólo ataca la
autonomía municipal cuando ésta se opone a sus intereses directos, pero permite
con satisfacción la supervivencia de dichas instituciones en tanto que éstas lo
descargan del deber de cumplir determinadas tareas y le evitan la molestia de
una administración regular.
Así ocurrió que Napoleón, que, como todos
sus contemporáneos, consideraba a España como un cadáver exánime, tuvo una
sorpresa fatal al descubrir que, si el Estado español estaba muerto, la
sociedad española estaba llena de vida y repleta, en todas sus partes, de
fuerza de resistencia.
Mediante el tratado de Fontainebleau había llevado sus tropas a Madrid; atrayendo
con engaños a la familia real a una entrevista en Bayona, había obligado a
Carlos IV a anular su abdicación y después a transferirle sus poderes; al mismo
tiempo había arrancado ya a Fernando VII una declaración semejante. Con Carlos
IV, su reina y el Príncipe de la Paz conducidos a Compiègne,
con Fernando VII y sus hermanos encerrados en el castillo de Valençay, Bonaparte otorgó el trono de España a su hermano
José, reunió una Junta española en Bayona y le suministró una de sus
Constituciones previamente preparadas. Al no ver nada vivo en la monarquía
española, salvo la miserable dinastía que había puesto bajo llaves, se sintió
completamente seguro de que había confiscado España. Pero pocos días después de
su golpe de mano recibió la noticia de una insurrección en Madrid, Cierto que Murat aplastó el levantamiento matando cerca de mil
personas; pero cuando se conoció esta matanza, estalló una insurrección en
Asturias que muy pronto englobó a todo el reino. Debe subrayarse que este
primer levantamiento espontáneo surgió del pueblo, mientras las clases «bien»
se habían sometido tranquilamente al yugo extranjero.
De esta forma se encontraba España preparada
para su reciente actuación revolucionaria, y lanzada a las luchas que han
marcado su desarrollo en el presente siglo. Los hechos e influencias que hemos
indicado sucintamente actúan aún en la creación de sus destinos y en la
orientación de los impulsos de su pueblo. Los hemos presentado porque son
necesarios, no sólo para apreciar la crisis actual, sino todo lo que ha hecho y
sufrido España desde la usurpación napoleónica: un período de cerca de
cincuenta años, no carente de episodios trágicos y de esfuerzos heroicos, y sin
duda uno de los capítulos más emocionantes e instructivos de toda la historia
moderna.
New York Daily Tribune,
9 de septiembre de 1854