Escrito: Diciembre
de 1851 - marzo de 1852.
Primera Edición: En la revista Die Revolution, Nueva York, EEUU, 1852, con el título "Der Achtzehnte Brumaire des Louis
Bonaparte".
Hegel dice en alguna parte que todos los
grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si
dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la
otra como farsa. Caussidière por Dantón,
Luis Blanc por Robespierre,
la Montaña de 1848 a 1851 por la Montaña de 1793 a 1795, el sobrino por el tío.
¡Y a la misma caricatura en las circunstancias que acompañan a la segunda
edición del Dieciocho Brumario!
Los hombres hacen su propia historia,
pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos
mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente,
que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las
generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando
éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las
cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es
precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado,
toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este
disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva
escena de la historia universal. Así, Lutero se
disfrazó de apóstol Pablo, la revolución de 1789-1814 se vistió alternativamente
con el ropaje de la República romana y del Imperio romano, y la revolución de
1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al 1789 y allá la tradición
revolucionaria de 1793 a 1795. Es como el principiante que ha aprendido un
idioma nuevo: lo traduce siempre a su idioma nativo, pero sólo se asimila el
espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse libremente en él cuando
se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lenguaje natal.
Si examinamos esas conjuraciones de los
muertos en la historia universal, observaremos en seguida una diferencia que
salta a la vista. Camilo Desmoulins, Dantón, Robespierre, Saint-Just, Napoleón, los héroes, lo mismo que los partidos y la
masa de la antigua revolución francesa, cumplieron, bajo el ropaje romano y con
frases romanas, la misión de su tiempo: librar de las cadenas e instaurar la
sociedad burguesa moderna. Los unos hicieron añicos las
instituciones feudales y segaron las cabezas feudales que habían brotado en él.
El otro creó en el interior de Francia las condiciones bajo las cuales ya podía
desarrollarse la libre concurrencia, explotarse la propiedad territorial
parcelada, aplicarse las fuerzas productivas industriales de la nación, que
habían sido liberadas; y del otro lado de las fronteras francesas barrió por
todas partes las formaciones feudales, en el grado en que esto era necesario
para rodear a la sociedad burguesa de Francia en el continente europeo de un
ambiente adecuado, acomodado a los tiempos. Una vez instaurada la nueva formación
social, desaparecieron los colosos antediluvianos, y con ellos el romanismo
resucitado: los Brutos, los Gracos, los Publícolas, los tribunos, los senadores y hasta el mismo
Cesar. Con su sobrio practicismo, la sociedad
burguesa se había creado sus verdaderos intérpretes y portavoces en los Say, los Cousin, los Royer-Collard, los
Benjamín Constant y los Guizot; sus verdaderos
caudillos estaban en las oficinas comerciales, y la cabeza atocinada de Luis
XVIII era su cabeza política. Completamente absorbida pro la producción de la
riqueza y por la lucha pacífica de la concurrencia, ya no se daba cuenta de que
los espectros del tiempo de los romanos habían velado su cuna. Pero, por muy
poco heroica que la sociedad burguesa sea, para traerla al mundo habían sido
necesarios, sin embargo, el heroísmo, la abnegación, el terror, la guerra civil
y las batallas de los pueblos. Y sus gladiadores encontraron en las tradiciones
clásicamente severas de la República romana los ideales y las formas
artísticas, las ilusiones que necesitaban para ocultarse a sí mismos el
contenido burguesamente limitado de sus luchas y
mantener su pasión a la altura de la gran tragedia histórica. Así, en otra fase
de desarrollo, un siglo antes, Cromwell y el pueblo
inglés habían ido a buscar en el Antiguo Testamento el lenguaje, las pasiones y
las ilusiones para su revolución burguesa. Alcanzada la verdadera meta,
realizada la transformación burguesa de la sociedad inglesa, Locke desplazó a Habacuc.
En esas revoluciones, la resurrección de
los muertos servía, pues, para glorificar las nuevas luchas y no para parodiar
las antiguas, para exagerar en la fantasía la misión trazada y no para
retroceder ante su cumplimiento en la realidad, para encontrar de nuevo el
espíritu de la revolución y no para hacer vagar otra vez a su espectro.
En 1848-1851, no hizo más que dar vueltas
el espectro de la antigua revolución, desde Marrast,
le républicain en gants
jaunes, que se disfrazó de viejo Bailly, hasta el aventurero que esconde sus vulgares y
repugnantes rasgos bajo la férrea mascarilla de muerte de Napoleón. Todo un
pueblo que creía haberse dado un impulso acelerado por medio de una revolución,
se encuentra de pronto retrotraído a una época fenecida, y para que no pueda
haber engaño sobre la recaída, hacen aparecer las viejas fechas, el viejo
calendario, los viejos nombres, los viejos edictos (entregados ya, desde hace
largo tiempo, a la erudición de los anticuarios) y los viejos esbirros, que
parecían haberse podrido desde hace mucho tiempo. La nación se parece a aquel
inglés loco de Bedlam que creía vivir en tiempo de
los viejos faraones y se lamentaba diariamente de las duras faenas que tenía
que ejecutar como cavador de oro en las minas de Etiopía, emparedado en aquella
cárcel subterránea, con una lámpara de luz mortecina sujeta en la cabeza,
detrás el guardián de los esclavos con su largo látigo y en las salidas una
turbamulta de mercenarios bárbaros, incapaces de comprender a los forzados ni
de entenderse entre sí porque no hablaban el mismo idioma. «¡Y
todo esto -suspira el loco- me lo han impuesto a mí, a un ciudadano inglés
libre, para sacar oro para los antiguos faraones!» «¡Para
pagar las deudas de la familia Bonaparte!», suspira la nación francesa. El
inglés, mientras estaba en uso de su razón, no podía sobreponerse a la idea
fija de obtener oro. Los franceses, mientras estaban en revolución, no podían
sobreponerse al recuerdo napoleónico, como demostraron las elecciones del 10 de
diciembre. Ante los peligros de la revolución se sintieron atraídos por el
recuerdo de las ollas de Egipto, y la respuesta fue el 2 de diciembre de 1851.
No sólo obtuvieron la caricatura del viejo Napoleón, sino al propio viejo
Napoleón en caricatura, tal como necesariamente tiene que aparecer a mediados
del siglo XIX.
La revolución social del siglo XIX no
puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede
comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa
por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos
de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La
revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos,
para cobrar conciencia de su propio contenido. Allí, la frase desbordaba el
contenido; aquí, el contenido desborda la frase.
La revolución de febrero cogió
desprevenida, sorprendió a la vieja sociedad, y el pueblo proclamó este golpe de
mano inesperado como una hazaña de la historia universal con la que
se abría la nueva época. El 2 de diciembre, la revolución de febrero es
escamoteada por la voltereta de un jugador tramposo, y lo que parece derribado
no es ya la monarquía, sino las concesiones liberales que le habían sido
arrancadas por seculares luchas. Lejos de ser la sociedad misma la que se conquista
un nuevo contenido, parece como si simplemente el Estado volviese a su forma
más antigua, a la dominación desvergonzadamente simple del sable y la sotana.
Así contesta al coup de main de febrero de 1848 el coup de tête
de diciembre de 1851. Por donde se vino, se fue. Sin embargo, el
intervalo no ha pasado en vano. Durante los años de 1848 a 1851, la sociedad
francesa asimiló, y lo hizo mediante un método abreviado, por ser
revolucionario, las enseñanzas y las experiencias que en un desarrollo normal, lección
tras lección, por decirlo así, habrían debido preceder a la revolución de
febrero, para que ésta hubiese sido algo más que un estremecimiento en la
superficie. Hoy, la sociedad parece haber retrocedido más allá de su punto de
partida; en realidad, lo que ocurre es que tiene que empezar por crearse el
punto de partida revolucionario, la situación, las relaciones, las condiciones,
sin las cuales no adquiere un carácter serio la revolución moderna.
Las revoluciones burguesas, como la del
siglo XVIII, avanzan arrolladoramente de éxito en éxito, sus efectos dramáticos
se atropellan, los hombres y las cosas parecen iluminados por fuegos de
artificio, el éxtasis es el espíritu de cada día; pero estas revoluciones son
de corta vida, llegan en seguida a su apogeo y una larga depresión se apodera
de la sociedad, antes de haber aprendido a asimilarse serenamente los
resultados de su período impetuoso y agresivo. En cambio, las revoluciones
proletarias como las del siglo XIX, se critican constantemente a sí mismas, se
interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía
terminado, para comenzarlo de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las
indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos,
parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra
nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden
constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que
se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas
gritan:
Hic Rhodus, hic salta!
¡Aquí está la rosa, baila aquí!
Por lo demás, cualquier observador
mediano, aunque no hubiese seguido paso a paso la marcha de los acontecimientos
en Francia, tenía que presentir que esperaba a la revolución una inaudita
vergüenza. Bastaba con escuchar los engreídos ladridos de triunfo con que los
señores demócratas se felicitan mutuamente por los efectos milagrosos que
esperaban del segundo domingo de mayo de 1852. El segundo domingo de mayo de
1852 habíase convertido en sus cabezas en una idea
fija, en un dogma, como en las cabezas de los quiliastas
el día en que había de reaparecer Cristo y comenzar el reino milenario. La
debilidad había ido a refugiarse, como siempre, en la fe en el milagro: creía
vencer al enemigo con sólo descartarlo mágicamente con la fantasía, y perdía
toda la comprensión del presente ante la glorificación pasiva del futuro que
les esperaba y de las hazañas que guardaba in petto,
pero que aún no consideraba oportuno revelar. Esos héroes que se esforzaban en
refutar su probada incapacidad prestándose mutua compasión y reuniéndose en un
tropel, habían atado su hatillo, se embolsaron sus coronas de laurel a crédito
y se disponían precisamente a descontar en el mercado de letras de cambio las
repúblicas in partibus para las que, en el secreto de
su ánimo poco exigente, tenían ya previsoramente preparado el personal de
gobierno. El 2 de diciembre cayó sobre ellos como un rayo en cielo sereno, y
los pueblos, que en épocas de malhumor pusilánime gustaban de dejar que los
voceadores más chillones ahoguen su miedo interior, se habrán convencido quizá
de que han pasado ya los tiempos en que el graznido de los gansos podía salvar
el Capitolio.
La Constitución, la Asamblea Nacional,
los partidos dinásticos, los republicanos azules y los rojos, los héroes de
África, el trueno de la tribuna, el relampagueo de la prensa diaria, toda la
literatura, los nombres políticos y los renombres intelectuales, la ley civil y
el derecho penal, la liberté, égalité, fraternité y el segundo domingo de mayo de 1852, todo ha
desaparecido como una fantasmagoría al conjuro de un hombre al que ni sus
mismos enemigos reconocen como brujo. El sufragio universal sólo pareció
sobrevivir un instante para hacer su testamento de puño y letra a los ojos del
mundo entero y poder declarar, en nombre del propio pueblo: "Todo lo que
existe merece perecer".
No basta con decir, como hacen los
franceses, que su nación fue sorprendida. Ni a la nación ni a la mujer se les perdona la hora de descuido en que cualquier aventurero
ha podido abusar de ellas por la fuerza. Con estas explicaciones no se aclara
el enigma; no se hace más que presentarlo de otro modo. Quedaría por explicar
cómo tres caballeros de industria pudieron sorprender y reducir al cautiverio,
sin resistencia, a una nación de 36 millones de almas.
Recapitulemos, en sus rasgos generales,
las fases recorridas por la revolución francesa desde el 24 de febrero de 1848
hasta el mes de diciembre de 1851.
Hay tres períodos capitales que son
inconfundibles: el período de febrero; del 4 de mayo de
1848 al 28 de mayo de 1849, período de constitución de la república o
de la Asamblea Nacional Constituyente; del 28 de mayo de 1849
al 2 de diciembre de 1851, período de la república constitucional o
de la Asamblea Nacional Legislativa.
El primer período, desde
el 24 de febrero, o desde la caída de Luis Felipe, hasta el 4 de mayo de 1848,
fecha en que se reúne la Asamblea Constituyente, el período de febrero,
propiamente dicho, puede calificarse como de prólogo de la
revolución. Su carácter se revela oficialmente en el hecho de que el Gobierno
por él improvisado se declarase a sí mismo provisional, y, como
el Gobierno, todo lo que este período sugirió, intentó o proclamó, se presentaba
también como algo puramente provisional. Nada ni nadie se atrevía a
reclamar para sí el derecho a existir y a obrar de un modo real. Todos los
elementos que habían preparado o determinado la revolución, la oposición
dinástica, la burguesía republicana, la pequeña burguesía
democrático-republicana y los obreros socialdemócratas encontraron su puesto
provisional en el Gobierno de febrero.
No podía ser de otro modo. Las jornadas
de febrero proponíanse primitivamente como objetivo
una reforma electoral, que había de ensanchar el círculo de los privilegiados
políticos dentro de la misma clase poseedora y derribar la dominación exclusiva
de la aristocracia financiera. pero cuando estalló el
conflicto real y verdadero, el pueblo subió a las barricadas, la Guardia
Nacional se mantuvo en actitud pasiva, el ejército no opuso una resistencia
seria y la monarquía huyó, la república pareció la evidencia por sí misma. Cada
partido interpretaba a su manera. Arrancada por el proletariado con las armas
en la mano, éste le imprimió su sello y la proclamó república social.
Con esto se indicaba el contenido general de la moderna revolución, el cual se
hallaba en la contradicción más peregrina con todo lo que por el momento podía
ponerse en práctica directamente, con el material disponible, el grado de
desarrollo alcanzado por la masa y bajo las circunstancias y relaciones dadas.
De otra parte, las pretensiones de todos los demás elementos que habían
cooperado a la revolución de febrero fueron reconocidas en la parte leonina que
obtuvieron en el Gobierno. Por eso, en ningún período nos encontramos con una
mezcla más abigarrada de frases altisonantes e inseguridad y desamparo
efectivos, de aspiraciones más entusiastas de innovación y de imperio más firme
de la vieja rutina, de más aparente armonía de toda la sociedad y más profunda
discordancia entre sus elementos. Mientras el proletariado de París se
deleitaba todavía en la visión de la gran perspectiva que se había abierto ante
él y se entregaba con toda seriedad a discusiones sobre los problemas sociales,
las viejas fuerzas de la sociedad se habían agrupado, reunido, vuelto en sí y
encontrado un apoyo inesperado en la masa de la nación, en los campesinos y los
pequeños burgueses, que se precipitaron todos de golpe a la escena política,
después de caer las barreras de la monarquía de Julio.
El segundo período,
desde el 4 de mayo de 1848 hasta fines de mayo de 1849, es el período
de la constitución, de la fundación de la república burguesa.
Inmediatamente después de las jornadas de febrero no sólo se vio sorprendida la
oposición dinástica por los republicanos, y éstos por los socialistas, sino
toda Francia por París. La Asamblea Nacional, que se reunió el 4 de mayo de
1848, salida de las elecciones nacionales, representaba a la nación. Era una
protesta viviente contra las pretensiones de las jornadas de febrero y había de
reducir al rasero burgués los resultados de la revolución. En vano el
proletariado de París, que comprendió inmediatamente el carácter de esta
Asamblea Nacional, intentó el 15 de mayo, pocos días después de reunirse ésta,
destacar por fuerza su existencia, disolverla, descomponer de nuevo en sus
distintas partes integrantes la forma orgánica con que le amenazaba el espíritu
reaccionante de la nación. Como es sabido, el único
resultado del 15 de mayo fue alejar de la escena pública durante todo el ciclo
que examinamos a Blanqui y sus camaradas, es decir, a
los verdaderos jefes del partido proletario.
A la monarquía burguesa de
Luis Felipe sólo puede suceder la república burguesa; es decir
que si en nombre del rey, había dominado una parte reducida de la burguesía,
ahora dominará la totalidad de la burguesía en nombre del pueblo. Las
reivindicaciones del proletariado de París son paparruchas utópicas, con las
que hay que acabar. El proletariado de París contestó a esta declaración de la
Asamblea Nacional Constituyente con la insurrección de junio,
el acontecimiento más gigantesco en la historia de las guerras civiles
europeas. Venció la república burguesa. A su lado estaban la aristocracia
financiera, la burguesía industrial, la clase media, los pequeños burgueses, el
ejército, el lumpemproletariado organizado como
Guardia Móvil, los intelectuales, los curas y la población del campo. Al lado
del proletariado de París no estaba más que él solo. Más de 3.000 insurrectos
fueron pasados a cuchillo después de la victoria y 15.000 deportados sin
juicio. Con esta derrota, el proletariado pasa al fondo de la
escena revolucionaria. Tan pronto como el movimiento parece adquirir nuevos
bríos, intenta una vez y otra pasar nuevamente a primer plano, pero con un
gasto cada vez más débil de fuerzas y con resultados cada vez más
insignificantes. Tan pronto como una de las capas sociales superiores a él
experimenta cierta efervescencia revolucionaria, el proletariado se enlaza a
ella y así va compartiendo todas las derrotas que sufren unos tras otros los
diversos partidos. pero estos golpes sucesivos se
atenúan cada vez más cuanto más se reparten por toda la superficie de la
sociedad. Sus jefes más importantes en la Asamblea Nacional y en la prensa van
cayendo unos tras otros, víctimas de los tribunales, y se ponen al frente de él
figuras cada vez más equívocas. En parte, se entrega a experimentos
doctrinarios, Bancos de cambio y asociaciones obreras, es decir, a un
movimiento en el que renuncia a transformar el viejo mundo, con ayuda de todos
los grandes recursos propios de este mundo, e intenta, por el contrario,
conseguir su redención a espaldas de la sociedad, por la vía privada, dentro de
sus limitadas condiciones de existencia, y por tanto, forzosamente fracasa.
Parece que no puede descubrir nuevamente en sí mismo la grandeza
revolucionaria, ni sacar nuevas energías de los nuevos vínculos que se han
creado, mientras todas las clases con las que ha luchado
en junio, no estén tendidas, a todos lo largo a su lado mismo. Pero, por lo
menos, sucumbe con los honores de una gran lucha de alcance
histórico-universal; no sólo Francia, sino toda Europa tiembla ante el
terremoto de junio, mientras que las sucesivas derrotas de las clases más altas
se consiguen a tan poca costa, que sólo la insolente exageración del partido
vencedor puede hacerlas pasar por acontecimientos, y son tanto más ignominiosas
cuanto más lejos queda del proletariado el partido que sucumbe.
Ciertamente, la derrota de los
insurrectos de junio había preparado, allanado, el terreno en que podía
cimentarse y erigirse la república burguesa; pero, al mismo tiempo, había
puesto de manifiesto que en Europa se ventilaban otras cuestiones que la de
«república o monarquía». Había revelado que aquí república burguesa equivalía
a despotismo ilimitado de una clase sobre otras. Había demostrado que en países
de vieja civilización, con una formación de clases desarrollada, con
condiciones modernas y de producción y con una conciencia intelectual, en la
que todas las ideas tradicionales se hallan disueltas por un trabajo secular,
la república no significa en general más que la forma política de la
subversión de la sociedad burguesa y no su forma conservadora
de vida, como, por ejemplo, en los Estados Unidos de América, donde
si bien existen ya clases, éstas no se han plasmado todavía, sino que cambian
constantemente y se ceden unas a otras sus partes integrantes, en movimiento
continuo; donde los medios modernos de producción, en vez de coincidir con una
superpoblación crónica, suplen más bien la escasez relativa de cabezas y
brazos, y donde, por último, el movimiento febrilmente juvenil de la producción
material, que tiene un mundo nuevo que apropiarse, no ha dejado tiempo ni
ocasión para eliminar el viejo mundo fantasmal.
Durante las jornadas de junio, todas las
clases y todos los partidos se habían unido en un partido del orden frente
a la clase proletaria, como partido de la anarquía, del socialismo,
del comunismo. Habían «salvado» a la sociedad de «los enemigos de la sociedad».
Habían dado a su ejército como santo y seña los tópicos de la vieja sociedad: «Propiedad,
familia, religión y orden», y gritado a la cruzada
contrarrevolucionaria: «¡Bajo este signo vencerás!»
Desde este instante, tan pronto como uno cualquiera de los numerosos partidos
que se habían agrupado bajo aquel signo contra los insurrectos de junio,
intenta situarse en el palenque revolucionario en su propio interés de clase, sucumbe
al grito de «¡Propiedad, familia, religión y orden!»
La sociedad es salvada cuantas veces se va restringiendo el círculo de sus
dominadores y un interés más exclusivo se impone al más amplio. Toda
reivindicación, aun de la más elemental reforma financiera burguesa, del
liberalismo más vulgar, del más formal republicanismo, de la más trivial
democracia, es castigada en el acto como un «atentado contra la sociedad» y
estigmatizada como «socialismo». Hasta que, por último, los pontífices de «la
religión y el orden» se ven arrojados ellos mismos a puntapiés de sus sillas
píticas, sacados de la cama en medio de la noche y de la niebla, empaquetados
en coches celulares, metidos en la cárcel o enviados al destierro; de su templo
no queda piedra sobre piedra, sus bocas son selladas, sus plumas rotas, su ley
desgarrada, en nombre de la religión, de la propiedad, de la familia y del
orden. Burgueses fanáticos del orden son tiroteados en sus balcones por la
soldadesca embriagada, la santidad del hogar es profanada y sus casas son
bombardeadas como pasatiempo, y en nombre de la propiedad, de la familia, de la
religión y del orden. La hez de la sociedad burguesa forma por fin la sagrada
falange del orden, y el héroe Krapülinski
se instala en las Tullerías como «salvador
de la sociedad».
Reanudamos el hilo de los
acontecimientos.
La historia de la Asamblea Nacional Constituyente desde las jornadas de junio es
la historia de la dominación y de la
disgregación de la fracción burguesa republicana, de aquella fracción
que se conoce por lo nombres de republicanos tricolores, republicanos puros,
republicanos políticos, republicanos formalistas, etc.
Bajo la monarquía burguesa de Luis
Felipe, esta fracción había formado la oposición
republicana oficial y
era, por tanto, parte integrante reconocida del mundo político de la época.
Tenía sus representantes en las Cámaras y un considerable campo de acción en la
prensa. Su órgano parisino, el National era
considerado, a su modo, un órgano tan respetable como el Journal des Débats; a esta posición que
ocupaba bajo la monarquía constitucional correspondía su carácter. No se trata
de una fracción de la burguesía mantenida en cohesión por grandes intereses
comunes y deslindada por condiciones peculiares de producción, sino de una
pandilla de burgueses, escritores, abogados oficiales y funcionarios de ideas
republicanas, cuya influencia descansaba en las antipatías personales del país
contra Luis Felipe, en los recuerdos de la antigua república, en la fe
republicana de un cierto número de soñadores, y sobre todo en el nacionalismo francés, cuyo odio
contra los Tratados de Viena y contra la alianza con Inglaterra atizaba
constantemente esta fracción. Una gran parte de los partidarios que tenía el National bajo Luis Felipe los debía a este
imperialismo recatado, que más tarde, bajo la república, pudo enfrentarse, por
tanto, con él, como un competidor aplastante, en la persona de Luis Bonaparte.
Combatía a la aristocracia financiera, como lo hacía todo el resto e la
oposición burguesa. La polémica contra el presupuesto, que en Francia se
hallaba directamente relacionada en la lucha contra la aristocracia financiera,
brindaba una popularidad demasiado barata y proporcionaba a los leading articles puritanos
materia demasiado abundante, para que no se la explotase. La burguesía
industrial le estaba agradecida por su defensa servil del sistema
proteccionista francés, que él, sin embargo, acogía por razones más bien
nacionales que nacional-económicas; la burguesía, en conjunto, le estaba
agradecida por sus odiosas denuncias contra el comunismo y el socialismo. Por
lo demás, el partido del National era
puramente republicano, exigía
que el dominio de la burguesía adoptase formas republicanas en vez de
monárquicas, y exigía sobre todo su parte de león en este dominio. Respecto a
las condiciones de esta transformación, no veía absolutamente nada claro. Lo
que, en cambio, vía claro como la luz del sol y lo que se declaraba
públicamente en los banquetes de la reforma en los últimos tiempos del reinado
de Luis Felipe, era su impopularidad entre los pequeños burgueses demócratas y
sobre todo entre el proletariado revolucionario. Estos republicanos puros -los
republicanos puros son así- estaban completamente dispuestos a contentarse por
el momento con una regencia de la duquesa de Orleans,
cuando estalló la revolución de febrero y asignó a sus representantes más
conocidos un puesto en el Gobierno provisional. Poseían, de antemano,
naturalmente, la confianza de la burguesía ay la mayoría de la Asamblea
Nacional Constituyente. De la Comisión ejecutiva que se formó en la Asamblea
Nacional al reunirse ésta, fueron inmediatamente excluidos los elementos socialistas del Gobierno provisional,
y el partido del National se aprovechó del estallido de la
insurrección desde junio para dar el pasaporte a la Comisión ejecutiva, y desembarazarse así de sus rivales más
afines, los republicanos pequeñoburgueses o republicanos demócratas (Ledru-Rollin, etc.). Cavaignac, el
general del partido republicano burgués, que había dirigido la batalla de
junio, sustituyó a la Comisión ejecutiva con una especie de poder dictatorial. Marrast, antiguo redactor jefe del National,
se convirtió en el presidente perpetuo de la Asamblea Nacional Constituyente, y
los ministerios y todos los demás puestos importantes cayeron en manos de los
republicanos puros.
La fracción burguesa republicana, que
había venido considerándose desde hacía mucho tiempo como la legítima heredera
de la monarquía de Julio vio así superadas sus esperanzas más audaces, pero no
llegó al poder como soñara bajo Luis Felipe, por una revuelta liberal de la
burguesía contra el trono, sino por una insurrección sofocada a cañonazos, del
proletariado contra el capital. Lo que ella se había imaginado como el
acontecimiento más revolucionario resultó
ser, en realidad, el más
contrarrevolucionario. Le cayó el fruto en el regazo, pero no cayó del
árbol de la vida, sino del árbol de conocimiento.
La exclusiva dominación de los republicanos burgueses sólo duró desde el 24
de junio hasta el 10 de diciembre de 1848. Esta etapa se resume en la redacción de una Constitución republicana,
y en la proclamación del estado de
sitio en París.
La nueva Constitución no era, en el fondo, más que una reedición
republicanizada de la Carta Constitucional, de 1830. El censo electoral
restringido de la monarquía de Julio, que excluía de la dominación política
incluso a una gran parte de la burguesía, era incompatible con la existencia de
la república burguesa. La revolución de febrero había proclamado inmediatamente
el sufragio universal y directo para reemplazar el censo restringido. Los
republicanos burgueses no podían deshacer este hecho. Tuvieron que contentarse
con añadir la condición restrictiva de un domicilio mantenido durante seis
meses en el punto electoral. La antigua organización administrativa, municipal,
judicial, militar, etc., se mantuvo intacta, y allí donde la Constitución la
modificó, estas modificaciones afectaban al índice y no al contenido; al
nombre, no a la cosa.
El inevitable Estado Mayor de las
libertades de 1848, la libertad personal, de prensa, de palabra, de asociación,
de reunión, de enseñanza, de culto, etc., recibió un uniforme constitucional,
que hacía a éstas invulnerables. En efecto, cada una
de estas libertades era proclamada como el derecho absoluto del ciudadano francés, pero con un comentario adicional
de que estas libertades son ilimitadas en tanto en cuanto no son limitadas por
los «derechos iguales de otros y por
la seguridad pública», o bien por «leyes» llamadas a armonizar estas libertades individuales entre
sí y con la seguridad pública. Así, por ejemplo: «Los ciudadanos tienen derecho
a asociarse, a reunirse pacíficamente y sin armas, a formular peticiones y a
expresar sus opiniones por medio de la prensa o de otro modo. El disfrute de estos derechos no tiene más
límite que los derechos iguales de otros y a la seguridad pública» (cap. II de la Constitución francesa, art.
8). «La enseñanza es libre. La libertad de enseñanza se ejercerá según las
condiciones que determina la ley y bajo control supremo del estado (lugar cit. art. 9). «El domicilio de todo ciudadano es inviolable, salvo en las condiciones previstas
por la ley» (cap. II. art.
3), etc. Por tanto, la Constitución se remite constantemente a futuras leyes orgánicas, que han de precisar y
poner en práctica aquellas reservas y regular el disfrute de estas libertades
ilimitadas, de modo que no choquen entre sí, ni con la seguridad pública. Y esta leyes orgánicas fueron promulgadas más tarde por los
amigos del orden, y todas esas libertades reguladas de modo que la burguesía no
chocase en su disfrute con los derechos iguales de las otras clases. Allí donde
veda completamente «a los otros» estas libertades, o consiente su disfrute bajo
condiciones que son otras tantas celadas policíacas, lo hace siempre, pura y
exclusivamente, en interés de la «seguridad
pública», es decir, de la seguridad de la burguesía, tal y como lo
ordena la Constitución. En lo sucesivo, ambas partes invocan, por tanto, con
pleno derecho, la Constitución: los amigos del orden al anular todas esas
libertades, y los demócratas, al reivindicarlas todas. Cada artículo de la
Constitución contiene, en efecto, su propia antítesis, su propia cámara alta y
su propia cámara baja. En la frase general, la libertad; en el comentario
adicional, la anulación de la libertad. Por tanto, mientras se respetase el
nombre de la libertad y sólo se impidiese su aplicación real y efectiva -por la
vía legal se entiende-, la existencia constitucional de la libertad permanecía
íntegra, intacta, por mucho que se asesinase su existencia común y corriente.
Sin embargo, esta Constitución,
convertida en inviolable de un modo tan sutil, era como Aquiles, vulnerable en
un punto, no en el talón, sino en la cabeza, o mejor dicho en las dos cabezas
en que culminaba: la Asamblea
Legislativa, de una parte, y, de otra, el presidente. Si se repasa la Constitución, se verá que los únicos
artículos absolutos, positivos, indiscutibles y sin tergiversación posible, son
los que determinan las relaciones entre el presidente y la Asamblea
Legislativa. En efecto, aquí se trataba, para los republicanos burgueses, de
asegurar su propia posición. Los artículos 45-70 de la Constitución están
redactados de tal forma, que la Asamblea Nacional puede eliminar el presidente
de un modo constitucional, mientras que el presidente sólo puede eliminar a la
Asamblea Nacional inconstitucionalmente, desechando la Constitución misma.
Aquí, ella misma provoca, pues, su violenta supresión. No sólo consagra la división
de poderes, como la Carta Constitucional de 1830, sino que la extiende hasta
una contradicción insostenible. El
juego de los poderes constitucionales, como Guizot llamaba a las
camorras parlamentarias entre el poder legislativo y el ejecutivo, juega en la
Constitución de 1848 constantemente va
banque. De un lado, 750 representantes del
pueblo, elegidos por sufragio universal y reelegibles, que forman una Asamblea
Nacional que goza de omnipotencia legislativa, que decide en última instancia
acerca de la guerra, de la paz y de los tratados comerciales, la única que
tiene el derecho de amnistía y que con su permanencia ocupa constantemente el
primer plano de la escena. De otro lado, el presidente, con todos los atributos
del poder regio, con facultades para nombrar y separar a sus ministros,
independientemente de la Asamblea Nacional, con todos los medios del poder
ejecutivo en sus manos, siendo el que distribuye todos los puestos y el que,
por tanto, decide en Francia la suerte de más de millón y medio de existencias,
que dependen de los 500.000 funcionarios y oficiales de todos los grados. Tiene
bajo su mando todo el poder armado. Goza del privilegio de indultar a los
delincuentes individuales, de dejar en suspenso a los guardias nacionales, de
destituir, de acuerdo con el Consejo de Estado, los consejos generales y cantonales y los ayuntamientos elegidos por los mismos
ciudadanos. La iniciativa y la dirección de todos los tratados con el
extranjero son facultades reservadas a él. Mientras que la Asamblea Nacional
actúa constantemente sobre las tablas, expuesta a la luz del día y a la crítica
pública, el presidente lleva una vida oculta en los Campos Elíseos y, además,
teniendo siempre clavado en los ojos y en el corazón el artículo 45 de la
Constitución, que le grita un día tras otro: «frère, il faut mourir!» ¡Tu poder acaba el segundo domingo del
hermoso mes de mayo del cuarto año de tu elección! ¡Y entonces, todo este
esplendor se ha acabado y la función no puede repetirse, y si tienes deudas
mira a tiempo cómo te las arreglas para saldarlas con los 600.000 francos que
te asigna la Constitución, si es que acaso no prefieres dar con tus huesos en Clichy al segundo lunes del hermoso mes de mayo! A la par
que asigna al presidente el poder efectivo, la Constitución procura asegurar a
la Asamblea Nacional el poder moral. Aparte de que es imposible atribuir un
poder moral mediante los artículos de una ley, la Constitución aquí vuelve a
anularse a sí misma, al disponer que el presidente será
elegido por todos los franceses mediante sufragio universal y directo. Mientras
que los votos de Francia se dispersan entre los 750 diputados de la Asamblea
Nacional, aquí se concentran, por el contrario en un solo individuo. Mientras que cada uno de los representantes del
pueblo sólo representan a este o a aquel partido, a esta o aquella ciudad, a
esta o aquella cabeza de puente o incluso a la mera necesidad de elegir a uno
cualquiera que haga el número de los 750, sin parar mientes minuciosamente en
la cosa ni en el nombre, él es
el elegido de la nación, y el acto de su elección es el gran triunfo que se
juega una vez cada cuatro años el pueblo soberano. La Asamblea Nacional elegida
está en una relación metafísica con la nación, mientras que el presidente
elegido está en una relación personal. La Asamblea Nacional representa, sin
duda, en sus distintos diputados, las múltiples facetas del espíritu nacional,
pero en el presidente se encarna este espíritu. El presidente posee frente a
ella una especie de derecho divino, es presidente por la Gracia del Pueblo.
Tetis, la diosa del mar, había
profetizado a Aquiles que moriría en la flor de la juventud. La Constitución,
que tiene su punto vulnerable, como Aquiles, tenía también como éste el
presentimiento de que moriría de muerte prematura. A los republicanos puros
constituyentes les bastaba con echar desde el reino de nubes de su república
ideal una mirada al mundo profano para darse cuenta de cómo a medida que se
iban acercando a la consumación de su gran obra de arte legislativo, crecía por
días la insolencia de los monárquicos, de los bonapartistas, de los demócratas,
de los comunistas, y su propio descrédito, sin que, por tanto, Tetis necesitase
abandonar el mar y confiarles el secreto. Intentaron salir astutamente al paso
de la fatalidad con un ardid constitucional, mediante el artículo 111 de la
Constitución, según el cual toda propuesta de revisión constitucional ha de votarse en tres debates sucesivos,
con un intervalo de un mes entero entre cada debate, por las tres cuartas partes
de votantes, por lo menos, y siempre y cuando que, además, voten no menos de
500 diputados del a Asamblea Nacional. Con esto no hacían más que el pobre
intento de ejercer como minoría -porque ya se veían proféticamente como tal- un
poder que en aquel momento, en que disponía de la mayoría parlamentaria y de
todos los resortes del poder del Gobierno, se les iba escapando por días de las
débiles manos.
Finalmente, en un artículo melodramático,
la Constitución se confía «a la vigilancia y al patriotismo de todo el pueblo
francés y de cada francés por separado», después que en otro artículo anterior
había entregado ya los «vigilantes» y «patriotas» a los tiernos y criminalísimos cuidados del Tribunal Supremo, Haute Cour,
creado expresamente por ella.
Tal era la Constitución de 1848, que no
fue derribada el 2 de diciembre de 1851 por una cabeza, sino que se vino a
tierra al contacto de un simple sombrero; cierto es que este sombrero era el
tricornio napoleónico.
Mientras los republicanos burgueses de la
Asamblea se ocupaban en cavilar, discutir y votar esta Constitución, Cavaignac mantenía, fuera de la Asamblea, el estado de sitio en París. El
estado de sitio en París fue el comadrón de la Constituyente en sus dolores
republicanos del parto. Si más tarde la Constitución fue muerta por las
bayonetas, no hay que olvidar que también había sido guardada en el vientre
materno y traída al mundo por las bayonetas, por bayonetas vueltas contra el
pueblo. Los antepasados de los «republicanos honestos» habían hecho dar a su
símbolo, la bandera tricolor, la vuelta por Europa. Ellos, a su vez, hicieron
también un invento que se abrió por sí mismo paso por
todo el continente, pero retornando a Francia con amor siempre renovado, hasta
que acabó adquiriendo carta de ciudadanía en la mitad de sus departamentos: el estado de sitio. ¡Magnífico
invento, aplicado periódicamente en cada una de las crisis sucesivas en el
curso de la revolución francesa! Y el cuartel y el vivac,
puestos así, periódicamente, por encima de la sociedad francesa para aplastarle
el cerebro y convertirla en un ser tranquilo; el sable y el mosquetón, que
periódicamente regentaban la justicia y la administración, ejercían tutela y
censura, hacían funciones de policía y oficio de serenos, el bigote y la
guerrera, que se preconizaban periódicamente como la sabiduría suprema y como
los rectores de la sociedad, ¿no tenían necesariamente el cuartel y el vivac, el sable y el mosquetón, el bigote y la guerrea, que
dar por último en la ocurrencia de que era mejor salvar a la sociedad de una
vez para siempre, proclamando su propio régimen como el más alto de todos y
descargando por completo a la sociedad burguesa del cuidado de gobernarse por
sí misma? El cuartel y el vivac, el sable y el
mosquetón, el bigote y la guerra tenían necesariamente que dar en esta
ocurrencia, con tanta mayor razón cuanto que de este modo podían esperar
también una mejor recompensa por sus altos servicios, mientras que limitándose
a decretar periódicamente el estado de sitio y a salvar transitoriamente a la
sociedad por encargo de esta o aquella fracción de la burguesía, se conseguía
poco de sólido, fuera de algunos muertos y heridos y de algunas muecas
amistosas de los burgueses. ¿Por qué el elemento militar no podía jugar por fin
de una vez el estado de sitio en su propio interés y para su propio beneficio,
sitiando al mismo tiempo las bolsas burguesas? Por lo demás, no olvidemos,
digámoslo de pasada, que el coronel Bernard, aquel mismo presidente de la Comisión
militar que bajo Cavaignac ayudó a mandar a la
deportación sin juicio, a 15.000 insurrectos, vuelve a hallarse en este momento
a la cabeza de las Comisiones militares que actúan en París.
Si los republicanos honestos, los
republicanos puros, plantaron con el estado de sitio de París el vivero en que
habían de criarse los pretorianos del 2 de diciembre de 1851 merecen en cambio
que se ensalce en ellos el que, lejos de exagerar el sentimiento nacional como
habían hecho bajo Luis Felipe, ahora cuando disponen del poder de la nación, se
arrastran a los pies del extranjero, y en vez de liberar a Italia, hacen que
vuelvan a ocuparla los austríacos y los napolitanos.
La elección de Luis Bonaparte como presidente, el 10 de diciembre de 1848, puso
fin a la dictadura de Cavaignac y a la Constituyente.
En el artículo 44 de la Constitución se
dice: «El presidente de la República francesa no deberá haber perdido nunca la
ciudadanía francesa». El primer presidente de la República francesa, L.N. Bonaparte, no sólo había perdido la ciudadanía
francesa, no sólo había sido agente especial de la policía inglesa, sino que
era incluso un suizo naturalizado.
Ya he puesto en otro lugar la
significación de las elecciones del 10 de diciembre. No he de volver aquí sobre
esto. Baste observar que fue una reacción
de los campesinos, que habían tenido que pagar el coste de la revolución
de febrero, contra las demás clases de la nación, una reacción del campo contra la ciudad. Esta reacción encontró gran
eco en el ejército, al que los republicanos del National no habían dado fama
ni aumento de sueldo; entre la gran burguesía, que saludó en Bonaparte el
puente hacia la monarquía; entre los proletarios y los pequeños burgueses, que
le saludaron como un azote para Cavaignac. Más
adelante he de tener ocasión de examinar más en detalle el papel de los
campesinos en la revolución francesa.
La época que va desde el 20 de diciembre
de 1848 hasta la disolución de la Constituyente en mayo de 1849, abarca la
historia del ocaso de los republicanos burgueses. Después de haber creado una
república para la burguesía, de haber expulsado del campo de lucha al
proletariado revolucionario y de reducir provisionalmente al silencio, a la
pequeña burguesía democrática, se ven ellos mismos puestos al margen por la
masa de la burguesía, que con justo derecho embarga a esta república como cosa
de su propiedad. Pero esta masa
burguesa era realista. Una
parte de ella, los grandes propietarios de tierras, había dominado bajo la Restauración y era, por tanto, legitimista. La otra parte, los
aristócratas financieros y los grandes industriales, había dominado bajo la
monarquía de Julio, y era, por consiguiente orleanista. Los altos dignatarios del Ejército, de la
Universidad, de la Iglesia, del Foro, de la Academia y de la Prensa se
repartían entre ambos campos, aunque en distinta proporción. Aquí, en la
república burguesa, que no ostentaba el nombre de Borbón ni el nombre de Orléans, sino el nombre de
Capital, habiendo encontrado la forma de gobierno bajo la cual podían dominar conjuntamente. Ya la insurrección de
junio los había unido en las filas del «partido del orden». Ahora, se trataba
ante todo de eliminar a la pandilla de los republicanos burgueses que ocupaban
todavía los escaños de la Asamblea Nacional. Y todo lo que estos republicanos
puros habían tenido de brutales para abusar de la fuerza física contra el
pueblo, lo tuvieron ahora de cobardes, de pusilánimes, de tímidos, de
alicaídos, de incapaces de luchar para mantener su republicanismo y su derecho
de legisladores frente al poder ejecutivo y a los realistas. No tengo por qué
relatar aquí la historia ignominiosa de su desintegración. No cayeron, se
acabaron. Su historia ha terminado para siempre, y en el período siguiente ya
sólo figuran, lo mismo dentro que fuera de la Asamblea, como recuerdos, que
parecen revivir de nuevo tan pronto como se trata del mero nombre de República
y cuantas veces el conflicto revolucionario amenaza con descender hasta el
nivel más bajo. Diré de pasada que el periódico que dio su nombre a este
partido, el National,
se pasó en el período siguiente al socialismo.
Antes de terminar con este período,
tenemos que echar todavía una ojeada retrospectiva a los dos poderes, uno de
los cuales anuló al otro el 2 de diciembre de 1851, mientras que desde el 20 de
diciembre de 1848 hasta la disolución de la Constituyente vivieron en
relaciones maritales. Nos referimos, de un lado, a Luis Bonaparte y, de otro
lado, al partido de los realistas colegiados, al partido del orden, al partido
de la gran burguesía. Al tomar posesión de la presidencia, Bonaparte formó
inmediatamente un ministerio del partido del orden, al frente del cual puso a Odilon Barrot, que era, nótese
bien, el antiguo dirigente de la fracción más liberal de la burguesía
parlamentaria. Por fin, el señor Barrot había cazado
la cartera de ministro cuyo espectro le perseguía desde 1830, y más aún, la
presidencia del ministerio; pero no como lo había soñado bajo Luis Felipe, como
el jefe más avanzado de la oposición parlamentaria, sino con la misión de matar
un parlamento y como aliado de todos sus peores enemigos, los jesuitas y los
legitimistas. Por fin, pudo casarse con la novia, pero sólo después de que ésta
había sido ya prostituida. En cuanto a Bonaparte, se eclipsó en apariencia
totalmente. Ese partido actuaba por él.
Ya en el primer consejo de ministros se
acordó la expedición a Roma, que se convino en realizar a espaldas de la
Asamblea Nacional y arrancándole a ésta los medios financieros bajo un pretexto
falso. Así comenzó la cosa, estafando a la Asamblea Nacional y con una
conspiración secreta con las potencias absolutistas extranjeras contra la
república revolucionaria romana. Del mismo modo y con la misma maniobra,
Bonaparte, formaba el 2 de diciembre de 1852 la mayoría de la Asamblea Nacional
Legislativa.
La Constituyente había acordado en agosto
no disolverse hasta después de elaborar y promulgar toda una serie de leyes
orgánicas complementarias de la Constitución. El partido del orden le propuso
el 6 de enero de 1849, por medio del diputado Rateau,
no tocar las leyes orgánicas y acordar más bien su propia disolución. No sólo el ministerio, con el señor Odilon Barrot a la cabeza, sino
todos los diputados realistas de la Asamblea Nacional le hicieron saber en este
momento, en tono imperativo, que su disolución era necesaria para restablecer
el crédito, para consolidar el orden, para poner fin a aquella indefinida
situación profesional y crear un estado de cosas definitivo; se le dijo que
entorpecía la actividad del nuevo Gobierno y sólo procuraba alargar su vida por
rencor, que el país estaba cansado de ella. Bonaparte tomó nota de todas estas
invectivas contra el poder legislativo, se las aprendió de memoria y, el 2 de
diciembre de 1851, demostró a los lealistas
parlamentarios que había aprovechado sus lecciones. Repitió contra ellos su propios tópicos.
El ministerio Barrot
y el partido del orden fueron más allá. Hicieron que de toda Francia se
dirigiesen solicitudes a la Asamblea
Nacional pidiendo a ésta muy amablemente que se retirase. De este modo,
lanzaron a la batalla contra la Asamblea Nacional, expresión
constitucionalmente organizada del pueblo, sus masas no organizadas. Enseñaron
a Bonaparte a apelar ante el pueblo contra las asambleas parlamentarias. Por
fin, el 29 de enero de 1849 llegó el día en que la Constituyente había de
resolver el problema de su propia disolución. La Asamblea Nacional se encontró
con el edificio en que se celebraban sus sesiones ocupado militarmente; Changarnier, el general del partido del orden, en cuyas
manos se concentraba el mando supremo sobre la Guardia Nacional y las tropas de
línea, celebró en París una gran revista de tropas, como en vísperas de una
batalla, y los colegiados declararon conminatoriamente
a la Constituyente, que si no se mostraba sumisa, se emplearía la fuerza. Se
mostró sumisa y regateó únicamente un plazo brevísimo de vida. ¿Qué fue el 29
de enero sino el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, sólo que ejecutado
por los realistas juntamente con Bonaparte contra la Asamblea Nacional
republicana? Esos señores no advirtieron o no quisieron advertir que Bonaparte
se valió del 29 de enero de 1849 para hacer que desfilase ante él, por las Tullerías, una parte de las tropas y se agarró ávidamente a
esta primera demostración pública del poder militar contra el poder parlamentario,
para hacer alusión a Calígula. Claro está que ellos
no veían más que a su Changarnier.
El motivo que llevó especialmente al
partido del orden a acortar violentamente la vida de la Constituyente fueron
las leyes orgánicas
complementarias de la Constitución, como la ley de enseñanza, la ley de cultos,
etc. A los realistas coligados les interesaba en extremo hacer ellos mismos
estas leyes y no dejar que las hiciesen los republicanos ya recelosos. Entre
esas leyes orgánicas figuraba también, sin embargo, una ley sobre la
responsabilidad del presidente de la república. En 1851, la Asamblea
Legislativa se ocupaba precisamente de la redacción de esta ley, cuando
Bonaparte paró este golpe con el golpe del 2 de diciembre. ¡Qué no hubieran
dado los realistas coligados, en su campaña parlamentaria del invierno de 1851,
por haberse encontrado ya hecha la ley sobre la responsabilidad presidencial!
¡Y hecha, además, por una Asamblea desconfiada, rencorosa, republicana!
Después de que la misma Constituyente
había roto el 29 de enero de 1849 su última arma, el ministerio Barrot y los amigos del orden la acosaron a muerte, no
dejaron por hacer nada que pudiera humillarla y arrancaron a su debilidad y a
su falta de confianza en sí misma leyes que le costaron el último residuo de
respeto de que aún gozaba entre el público. Bonaparte, con su idea fija
napoleónica, fue los suficientemente audaz para
explotar públicamente esta degradación del poder parlamentario. En efecto,
cuando el 8 de mayo de 1849 la Asamblea Nacional da un voto de censura al
Gobierno pro la ocupación de Civitavecchia por Oudinot y ordena que se reduzca la expedición romana a su
supuesta finalidad, Bonaparte publica en el Moniteur, en la tarde del
mismo día, una carta a Oudinot en la que le felicita
por sus heroicas hazañas, y se presenta ya, por oposición a los escritorcillos
parlamentarios, como el generoso protector del ejército. Los realistas, al ver
esto, se sonrieron, creyendo sencillamente que habían logrado embaucarle. Por
fin, cuando Marrast, presidente de la Constituyente,
creyó en peligro por un momento la seguridad de la Asamblea Nacional y,
apoyándose en la Constitución, requirió a un coronel con su regimiento, el
coronel se negó a obedecer, invocó la disciplina y remitió Marrast
a Changarnier, quien le despidió sardónicamente
diciéndole que no le gustaban las baïonettes intelligentes. En noviembre de 1851, cuando los
realistas coligados quisieron comenzar la lucha decisiva contra Bonaparte,
intentaron, con su célebre proyecto de
ley sobre los cuestores, lograr que se adoptar el principio de la
requisición directa de las tropas por el presidente de la Asamblea Nacional.
Uno de sus generales, Le Flô, había suscrito el
proyecto de ley. Fue inútil que Changarnier votase en
favor de la propuesta y que Thiers rindiese homenaje a la circunspecta
sabiduría de la antigua Constituyente. El ministro de la Guerra, St. Arnaud, le contestó como Changarnier
había contestado a Marrast, ¡y entre los gritos de
aplausos de la Montaña!
Así fue cómo el mismo partido del orden, cuando todavía no
era una Asamblea Nacional, cuando sólo era ministerio, estigmatizó el régimen parlamentario. ¡Y pone el
grito en el cielo, cuando, el 2 de diciembre de 1851, este régimen es
desterrado de Francia!
El 28 de mayo de 1849 se reunió al
Asamblea Nacional Legislativa. El 2 de diciembre de 1851 fue disuelta por la
fuerza. Este período abarca la vida de la
república constitucional o parlamentaria.
En la primera revolución francesa, a la
dominación de los constitucionales
le sigue la dominación de los girondinos,
y a la dominación de los girondinos,
la de los jacobinos. Cada uno
de estos partidos se apoya en el que se halla delante. Tan pronto como ha
impulsado la revolución lo suficiente para no poder seguirla, y mucho menos
poder encabezarla, es desplazado y enviado a la guillotina por el aliado, más
intrépido, que está detrás de él. La revolución se mueve de este modo en un
sentido ascensional.
En la revolución de 1848 es al revés. El
partido proletario aparece como apéndice del pequeñoburgués-democrático. Éste
le traiciona y contribuye a su derrota el 16 de abril, el 15 de mayo y en las
jornadas de junio. A su vez, el partido democrático se apoya sobre los hombros
del republicano-burgués. Apenas se consideran seguros, los republicanos
burgueses se sacuden el molesto camarada y se apoyan, a su vez, sobre los
hombros del partido del orden. El partido del orden levanta sus hombros, deja
caer a los republicanos burgueses dando volteretas y salta, a su vez, a los
hombros del poder armado. Y cuando cree que está todavía sentado sobre esos
hombros, una buena mañana se encuentra con que los hombros se han convertido en
bayonetas. Cada partido da coces al que empuja hacia
adelante y se apoya por delante en el partido que impulsa para atrás. No es
extraño que, en esta ridícula postura, pierda el equilibrio y se venga a tierra
entre extrañas cabriolas, después de hacer las muecas inevitables. De este
modo, la revolución se mueve en sentido descendente. En este movimiento de retroceso
se encuentra todavía antes de desmontarse la última barricada de febrero y de
constituirse el primer órgano de autoridad revolucionaria.
El período que tenemos ante nosotros
abarca la mezcolanza más abigarrada de clamorosas contradicciones constitucionales
que conspiran abiertamente contra la Constitución, revolucionarios que
confiesan abiertamente ser constitucionales, una Asamblea Nacional que quiere
ser omnipotente y no deja de ser ni un solo momento parlamentaria; una Montaña
que encuentra su misión en la resignación y para los golpes de sus derrotas
presentes con la profecía de sus victorias futuras; realistas que son los patres conscripti de la república y se ven obligados por la
situación a mantener en el extranjero las dinastías reales en pugna, de que son
partidarios, y sostener en Francia la república, a la que odian; un poder
ejecutivo que se encuentra en su misma debilidad su fuerza, y su respetabilidad
en el desprecio que inspira; una república que no es más que la infamia
combinada de dos monarquías, la de la Restauración y la de Julio, con una
etiqueta imperial, alianzas cuya primera cláusula es la separación; luchas cuya
primera ley es la indecisión; en nombre de la calma una agitación desenfrenada
y vacua; en nombre de la revolución los más solemnes sermones en favor de la
tranquilidad; pasiones sin verdad; verdades sin pasión; héroes sin hazañas
heroicas; historia sin acontecimientos, un proceso cuya única fuerza propulsora
parece ser el calendario, fatigoso por la sempiterna repetición de tensiones y
relajamientos; antagonismos que sólo parecen exaltarse periódicamente para
embotarse y decaer, sin poder resolverse; esfuerzos pretenciosamente ostentados
y espantosos burgueses ante el peligro del fin del mundo y al mismo tiempo los
salvadores de éste tejiendo las más mezquinas intrigas y comedias palaciegas,
que en su laisser aller recuerdan
más que el Juicio Final los tiempos de la Fronda; el genio colectivo oficial de
Francia ultrajado por la estupidez ladina de un solo individuo; la voluntad
colectiva de la nación, cuantas veces habla en el sufragio universal, busca su
expresión adecuada en los enemigos empedernidos de los intereses de las masas,
hasta que, por último, la encuentra en la voluntad obstinada de un filibustero.
Si hay pasaje de la historia pintado en gris sobre fondo gris, es éste. Hombres
y acontecimientos aparecen como un Schlemihl a la
inversa, como sombras que han perdido sus cuerpos. La misma revolución paraliza
a sus propios portadores y sólo dota de violencia pasional a sus adversarios. Y
cuando, por fin, aparece el «espectro rojo», constantemente evocado y conjurado
por los contrarrevolucionarios, no aparece tocado con el gorro frigio de la
anarquía, sino vistiendo el uniforme del orden, con zaragüelles rojos.
Veíamos que el ministerio nombrado por
Bonaparte el 20 de diciembre de 1848, el día de su ascensión, era un ministerio
del partido del orden, de la coalición legitimista y orleanista. Este
ministerio, Barrot-Falloux,
había sobrevivido a la Constituyente republicana, cuya vida había acortado de
un modo más o menos violento, y empuñaba todavía el timón. Changarnier,
el general de los realistas coligados, seguía concentrando en su persona el
alto mando de la primera división militar y de la Guardia Nacional de París.
Finalmente, las elecciones generales habían asegurado al partido del orden la
gran mayoría en la Asamblea Nacional. Aquí, los diputados y los pares de Luis
Felipe se encontraron con un santo tropel de legitimistas para quienes
numerosas papeletas electorales de la nación se habían trocado en las entradas
para la escena política. Los diputados bonapartistas eran demasiados contados
para poder formar un partido parlamentario independiente. Sólo aparecían como
una mauvaise queue del
partido del orden. Como vemos, el partido del orden tenía en sus manos el poder
del Gobierno, el ejército y el cuerpo legislativo, en una palabra, todos los
poderes del Estado, y hallábase fortalecido
moralmente por las elecciones generales que hacían aparecer su dominación como
voluntad del pueblo, y por la victoria simultánea de la contrarrevolución en
todo el continente europeo.
Jamás un partido abrió la campaña con
medios más abundantes ni bajo mejores auspicios.
Los
republicanos puros naufragados se vieron reducidos en la Asamblea Nacional
Legislativa a una pandilla de unos 50 hombres, y a su frente los generales
africanos Cavaignac, Lamoricière
y Bedeau. Pero el gran partido de oposición lo
formaba la Montaña. Con este
nombre parlamentario se había bautizado el partido socialdemócrata. Disponía de más de 200 de los 750 votos de la
Asamblea Nacional y era, por lo menos, tan fuerte como cualquiera de las tres
fracciones del partido del orden por separado. Su minoría relativa frente a
toda la coalición realista parecía estar compensada por circunstancias
especiales. No sólo porque las elecciones departamentales pusieron de
manifiesto que este partido había ganado simpatías considerables entre la
población del campo. Contaba además en sus filas con casi todos los diputados
de París, el ejército había hecho una confesión de fe democrática mediante la
elección de tres suboficiales, y el jefe de la Montaña, Ledru-Rollin, a diferencia de todos los representantes del
partido del orden, fue elevado al rango de la nobleza parlamentaria por cinco
departamentos que habían concentrado sus votos en él. Por tanto, el 28 de mayo
de 1849, dados los inevitables choques intestinos de los realistas y los de
todo el partido del orden con Bonaparte, la Montaña parecía contar con todas
las probabilidades del éxito. Catorce días después lo había perdido todo, hasta
el honor.
Antes de proseguir con la historia
parlamentaria, son indispensables algunas observaciones, para evitar los
errores corrientes acerca del carácter local de la época que nos ocupa. Según
la manera de ver de los demócratas, durante el período de la Asamblea Nacional
Legislativa el problema es el mismo que el del período de la Constituyente: la
simple lucha entre republicanos y realistas. En cuanto al movimiento mismo lo
encierran en un tópico: «reacción»,
la noche, en la que todos los gatos son pardos y que les permite salmodiar
todos los habituales lugares comunes, dignos de su papel de sereno. Y,
ciertamente, a primera vista el partido del orden parece un ovillo de diversas
fracciones realistas, que no sólo intrigan unas contra otras para elevar cada
cual al trono a su propio pretendiente y eliminar al del bando contrario, sino
que, además, se unen todas en el odio común y en los ataques comunes contra la
«república». Por su parte, la Montaña aparece como la representante de la
«república» frente a esta conspiración realista. El partido del orden aparece
constantemente ocupado en una «reacción» que, ni más ni menos que en Prusia, va
contra la prensa, contra la asociación, etc., y se traduce, al igual que en
Prusia, en brutales injerencias policíacas de la burocracia, de la gendarmería
y de los tribunales. A su vez, la Montaña está constantemente ocupada con no
menos celo en repeler estos ataques, defendiendo así «eternos derechos
humanos», como todo partido sedicente popular lo viene haciendo más o menos
desde hace siglo y medio. Sin embargo, examinando más de cerca la situación y
los partidos, se esfuma esta apariencia superficial, que veía la lucha de clases y la peculiar
fisonomía de este período.
Legitimistas y orleanistas formaban, como
queda dicho, las dos grandes fracciones del partido del orden. ¿Qué era lo que
hacía que estas fracciones se aferrasen a sus pretendientes y las mantenía
mutuamente separadas? ¿Serían tan sólo las flores de lis y la bandera tricolor,
la Casa de Borbón y la Casa de Orleans, diferentes
matices del realismo o, en general, su profesión de fe realista? Bajo los Borbones había gobernado la gran propiedad territorial, con sus curas y sus lacayos; bajo
los Orleans, la alta finanza,
la gran industria, el gran comercio, es decir, el capital, con todo su séquito de abogados, profesores y
retóricos. La monarquía legítima no era más que la expresión política de la
dominación heredada de los señores de la tierra, del mismo modo que la
monarquía de Julio no era más que la expresión política de la dominación
usurpada de los advenedizos burgueses. Lo que, por tanto, separaba a estas
fracciones no era eso que llaman principios, eran sus condiciones materiales de
vida, dos especies distintas de propiedad; era el viejo antagonismo entre la
ciudad y el campo, la rivalidad entre el capital y la propiedad del suelo. Que,
al mismo tiempo, había viejos recuerdos, enemistades personales, temores y
esperanzas, prejuicios e ilusiones, simpatías y antipatías, convicciones,
artículos de fe y principios que los mantenían unidos a una u otra dinastía,
¿quién lo niega? Sobre las diversas formas de propiedad y sobre las condiciones
sociales de existencia se levanta toda una superestructura de sentimientos,
ilusiones, modos de pensar y concepciones de vida diversos y plasmados de un
modo peculiar. La clase entera los crea y los forma
derivándolos de sus bases materiales y de las relaciones sociales
correspondientes. El individuo suelto, al que se le imbuye la tradición y la
educación podrá creer que son los verdaderos móviles y el punto de partida de
su conducta. Aunque los orleanistas y los legitimistas, aunque cada fracción se
esforzase pro convencerse a sí misma y por convencer a la otra de que lo que
las separaba era la lealtad a sus dos dinastías, los hechos demostraron más
tarde que eran más bien sus intereses divididos lo que impedía que las dos
dinastías se uniesen. Y así como en la vida privada se distingue entre lo que
un hombre piensa y dice de sí mismo y lo que realmente es y hace, en las luchas
históricas hay que distinguir todavía más entre las frases y las figuraciones
de los partidos y su organismo efectivo y sus intereses efectivos, entre lo que
se imaginan ser y lo que en realidad son. Orleanistas y legitimistas se
encontraron en la república los unos junto a los otros y con idénticas
pretensiones. Si cada parte quería imponer frente a la otra la restauración de su propia dinastía, esto sólo
significaba una cosa: que cada uno de los dos grandes intereses en que se
divide la burguesía -la
propiedad del suelo y el capital- aspiraba a restaurar su propia supremacía y
la subordinación del otro. Hablamos de dos intereses de la burguesía, pues la
gran propiedad del suelo, pese a su coquetería feudal y a su orgullo de casta,
estaba completamente aburguesada por el desarrollo de la sociedad moderna.
También los tories en Inglaterra se hicieron durante
mucho tiempo la ilusión de creer que se entusiasmaban con la monarquía, la
Iglesia y las bellezas de la vieja Constitución inglesa, hasta que llegó el día
del peligro y les arrancó la confesión de que sólo se entusiasmaban con la renta del suelo.
Los realistas coligados integraban unos
contra otros en la prensa, en Ems, en Claremont fuera del parlamento. Entre bastidores, volvían a
vestir sus viejas libreas orleanistas y legitimistas y reanudaban sus viejos
torneos. Pero en la escena pública, en sus grandes representaciones cívicas,
como gran partido parlamentario despachaban a sus respectivas dinastías con
simples reverencias y aplazaban la restauración de la monarquía in infinitum.
Cumplían con su verdadero oficio como partido
del orden, es decir, bajo un título social y no bajo un título político, como representantes del régimen social burgués y no
como caballeros de ninguna princesa peregrinante, como clase burguesa frente a
otras clases y no como realistas frente a republicanos. Y, como partido del
orden, ejerciendo una dominación más ilimitada y más dura sobre las demás
clases de la sociedad que la que habían ejercido nunca bajo la Restauración o
bajo la monarquía de Julio, como sólo era posible ejercerla bajo la forma de la
república parlamentaria, pues sólo bajo esta forma podían unirse los dos
grandes sectores de la burguesía francesa, y por tanto poner a la orden del día
la dominación de su clase en vez del régimen de un sector privilegiado de ella.
Si, a pesar de esto y también como partido del orden, insultaban a la república
y manifestaban la repugnancia que sentían por ella, no era sólo por apego a sus
recuerdos realistas. El instinto les enseñaba que, aunque la república había
coronado su dominación política, al mismo tiempo socavaba su base social, ya
que ahora se enfrentaban con las clases sojuzgadas y tenían que luchar con
ellas sin ningún género de mediación, sin poder ocultarse detrás de la corona,
sin poder desviar el interés de la nación mediante sus luchas subalternas
intestinas y con la monarquía. Era un sentimiento de debilidad el que las hacía
retroceder temblando ante las condiciones puras de su dominación de clase y
suspirar por las formas más incompletas, menos desarrolladas y precisamente por
ello menos peligrosas de su dominación. En cambio, cuantas veces los realistas
coligados chocan con el pretendiente que tienen en frente, con Bonaparte,
cuantas veces creen que el poder ejecutivo hace peligrar su omnipotencia
parlamentaria, cuantas veces tienen que exhibir, por tanto, el título político
de su dominación, actúan como republicanos
y no como realistas. Desde el orleanista Thiers, quien advierte a la
Asamblea Nacional que la república es lo que menos los separa, hasta el
legitimista Berryer, que el 2 de diciembre d 1851,
ceñido con la banda tricolor, arenga como tribuno, en nombre de la república,
al pueblo congregado delante del edificio de la alcaldía del décimo arrondissement.
Claro está que el eco burlón le contestaba con este grito: ¡Enrique V, Enrique
V!
Frente a la burguesía coligada se había
formado una coalición de pequeños burgueses y obreros, el llamado partido socialdemócrata. Los pequeños
burgueses viéronse mal recompensados después de las
jornadas de junio de 1848, vieron en peligro sus intereses materiales y puestas
en tela de juicio por la contrarrevolución las garantías democráticas que
habían de asegurarles la posibilidad de hacer valer esos intereses. Se
acercaron, por tanto, a los obreros. De otra parte, su representación
parlamentaria, la Montaña,
puesta al margen durante la dictadura de los republicanos burgueses, había
reconquistado durante la última mitad de la vida de la Constituyente su perdida
popularidad con la lucha contra Bonaparte y los ministros realistas. Había
concertado una alianza con los jefes socialistas. En febrero de 1849 se festejó
con banquetes la reconciliación. Se esbozó un programa común, se crearon
comités electorales comunes y se proclamaron candidatos comunes. A las
reivindicaciones sociales del proletario se les limó la punta revolucionaria y
se les dio un giro democrático; a las exigencias democráticas de la pequeña
burguesía se les despojó de la forma meramente política y se afiló su punta
socialista. Así nació la
socialdemocracia. La nueva Montaña, fruto de esta combinación, contenía,
prescindiendo de algunos figurantes de la clase obrera y de algunos sectarios
socialistas, los mismos elementos que la vieja, sólo que más fuertes en número.
Pero, en el transcurso del proceso, había cambiado, con la clase que
representaba. El carácter peculiar de la socialdemocracia consiste en exigir
instituciones democrático-republicanas, no para abolir a la par los dos
extremos, capital y trabajo asalariado, sino para atenuar su antítesis y
convertirla en armonía. Por mucho que difieran las medidas propuestas para
alcanzar este fin, por mucho que se adorne con concepciones más o menos
revolucionarias, el contenido es siempre el mismo. Este contenido es la
transformación de la sociedad por la vía democrática, pero una transformación
dentro del marco de la pequeña burguesía. No vaya nadie a formarse la idea
limitada de que la pequeña burguesía quiere imponer, por principio, un interés
egoísta de clase. Ella cree, por el contrario, que las condiciones especiales de su emancipación son las
condiciones generales fuera de
las cuales no puede ser salvada la sociedad moderna y evitarse la lucha de
clases. Tampoco debe creerse que los representantes democráticos son todos shopkeepers o
gentes que se entusiasman con ellos. Pueden estar a un mundo de distancia de
ellos, por su cultura y su situación individual. Lo que les hace representantes
de la pequeña burguesía es que no van más allá, en cuanto a mentalidad, de
donde van los pequeños burgueses en modo de vida; que, por tanto, se ven
teóricamente impulsados a los mismos problemas y a las mismas soluciones a que
impulsan a aquéllos prácticamente, el interés material y la situación social.
Tal es, en general, la relación que existe entre los representantes políticos y literarios de una clase y la clase
por ellos representada.
Por todo lo expuesto se comprende de por
sí que aunque la Montaña luchase constantemente con el partido del orden en
torno a la república y a los llamados derechos del hombre, ni la república ni
los derechos del hombre eran su fin último, del mismo modo que un ejército al
que se quiere despojar de sus armas y que se apresta a la defensa, no se lanza
al terreno de la lucha solamente para quedar en posesión de sus armas.
Inmediatamente después de reunirse la
Asamblea Nacional, el partido del orden provocó a la Montaña. La burguesía
sentía ahora la necesidad de acabar con los demócratas pequeñoburgueses,
lo mismo que un año antes había comprendido la necesidad de acabar con el
proletariado revolucionario. Pero la situación del adversario era distinta. La
fuerza del partido proletario estaba en la calle, y la de los pequeños
burgueses en la misma Asamblea Nacional. Tratábase,
pues, de sacarlos de la Asamblea Nacional a la calle y hacer que ellos mismos
destrozasen su fuerza parlamentaria antes de que tuviesen tiempo y ocasión para
consolidarla. La Montaña corrió hacia la trampa a rienda suelta.
El cebo que le echaron fue el bombardeo
de Roma por las tropas francesas. Este bombardeo infringía el artículo V de la
Constitución, que prohibe a la República francesa
emplear sus fuerzas armadas contra las libertades de otro pueblo. Además, el
artículo 54 prohibía toda declaración de guerra por el poder ejecutivo sin la
aprobación de la Asamblea Nacional, y la Constituyente había desautorizado la
expedición a Roma, con su acuerdo de 8 de mayo. Basándose en estas razones, Ledru-Rollin presentó el 11 de
junio de 1849 un acta de acusación contra Bonaparte y sus ministros. Azuzado
por las picadas de avispa de Thiers, se dejó arrastrar incluso a la amenaza de
que estaban dispuestos a defender la Constitución por todos los medios, hasta
con las armas en la mano. La Montaña se levantó como un solo hombre y repitió este llamamiento a las armas. El 12 de
junio, la Asamblea Nacional desechó el acta de acusación, y la Montaña abandonó
el parlamento. Los acontecimientos del 13 de junio son conocidos: la proclama
de una parte de la Montaña declarando «fuera de la Constitución» a Bonaparte y
sus ministros; la procesión callejera de los guardias nacionales democráticos,
que, desarmados como iban, se dispersaron a escape al encontrarse con las
tropas de Changarnier, etc. Una parte de la Montaña
huyó al extranjero, otra parte fue entregada al Tribunal Supremo de Bourges, y un reglamento parlamentario sometió al resto a
la vigilancia del maestro de escuela del presidente de la Asamblea nacional. En
París se declaró nuevamente el estado de sitio, y la parte democrática de su
Guardia Nacional fue disuelta. Así se destrozaba la influencia de la Montaña en
el parlamento y la fuerza de los pequeños burgueses de París.
En Lyon, donde
el 13 de junio había dado señal para un sangriento levantamiento obrero, se
declaró también el estado de sitio, que se hizo extensivo a los cinco
departamentos circundantes, situación que dura hasta el momento actual.
El grueso de la Montaña dejó en la
estacada su vanguardia, negándose a firmar la proclama de ésta. La prensa
desertó, y sólo dos periódicos se atrevieron a publicar el pronunciamiento. Los
pequeños burgueses traicionaron a sus representantes: los guardias nacionales
no aparecieron, y donde aparecieron fue para impedir que se levantasen barricadas.
Los representantes habían engañado a los pequeños burgueses, ya que a los
pretendidos aliados del ejército no se les vio por ninguna parte. Finalmente,
en vez de obtener un refuerzo de él, el partido democrático contagió al
proletariado su propia debilidad, y, como suele ocurrir con las hazañas
democráticas, los jefes tuvieron la satisfacción de poder acusar a su «pueblo»
de deserción, y el pueblo la de poder acusar de engaño a sus jefes.
Rara vez se había anunciado una acción
con más estrépito que la campaña inminente de la Montaña, rara vez se había
trompeteado un acontecimiento con más seguridad ni con más anticipación que la
victoria inevitable de la democracia. Indudablemente, los demócratas creen en
las trompetas, cuyos toques habían derribado las murallas de Jericó. Y cuantas
veces se enfrentan con las murallas del despotismo, intenta repetir el milagro.
Si la Montaña quería vencer en el parlamento, no debió llamar a las armas. Y si
llamaba a las armas en el parlamento, no debía comportarse en la calle
parlamentariamente. Si la manifestación pacífica era un propósito serio, era
necio no prever que se la habría de recibir belicosamente. Y si se pensaba en
una lucha efectiva, era peregrino deponer las armas con las que esa lucha había
de librarse. Pero las amenazas revolucionarias de los pequeños burgueses y de
sus representantes democráticos no son más que intentos de intimidar al
adversario. Y cuando se ven metidos en un atolladero, cuando se han
comprometido ya lo bastante para verse obligados a ejecutar sus amenazas, lo
hacen de un modo equívoco, evitando, sobre todo, los medios que llevan al fin
propuesto y acechan todos los pretextos par sucumbir. Tan pronto como hay que
romper el fuego, la estrepitosa obertura que anunció la lucha se pierde en un
pusilánime refunfuñar, los actores dejan de tomar su papel au sérieux y la acción se derrumba
lamentablemente, como un balón lleno de aire al que se le pincha con una aguja.
Ningún partido exagera más ante él mismo
sus medios que el democrático, ninguno se engaña con más ligereza acerca de la
situación. Porque una parte del ejército hubiese votado a su favor, la Montaña
estaba ya convencida de que el ejército se sublevaría por ella. ¿Y con qué
motivo? Con un motivo que, desde el punto de vista de las tropas, no tenía otro
sentido que el que los revolucionarios se ponían al lado de los soldados
romanos y en contra de los soldados franceses. De otra parte, estaba todavía
demasiado fresco el recuerdo del mes de junio de 1848, para que el proletariado
no sintiese una profunda repugnancia contra la Guardia Nacional, y los jefes de
las sociedades secretas una desconfianza completa hacia los jefes democráticos.
Para superar estas diferencias, harían falta grandes intereses comunes que
estuviesen en juego. La infracción de un artículo constitucional abstracto no
podía representar un tal interés. ¿Acaso no se había violado ya repetidas veces
la Constitución, según aseguraban los propios demócratas? ¿Y acaso los
periódicos más populares no habían estigmatizado esta Constitución como un
amaño contrarrevolucionario? Pero el demócrata, como representa a la pequeña
burguesía, es decir, a una clase de
transición, en la que los intereses de dos clases se embotan el uno
contra el otro, cree estar por encima del antagonismo de clases en general. Los
demócratas reconocen que tienen que enfrente a una clase privilegiada, pero
ello, con todo el resto de la nación que los circunda, forman
el pueblo. Lo que ellos representan es el interés del pueblo. Por eso, cuando se prepara una lucha, no
necesitan examinar los intereses y las oposiciones de las distintas clases. No
necesitan ponderar con demasiada escrupulosidad sus propios medios. No tienen
más que dar la señal, para que el pueblo,
con todos sus recursos inagotables, caiga sobre los opresores. Y si, al poner en práctica la cosa, sus intereses
resultan no interesar y su poder ser impotencia, la culpa la tienen los
sofistas perniciosos, que escinden al pueblo
indivisible en varios campos enemigos, o el ejército, demasiado
embrutecido y cegado para ver en los fines puros de la democracia lo mejor para
él, o bien ha fracasado por un detalle de ejecución, o ha surgido una
casualidad imprevista que ha malogrado la partida por esta vez. En todo caso,
el demócrata sale de la derrota más ignominiosa tan inmaculado como inocente
entró en ella, con la convicción readquirida de que tiene necesariamente que
vencer, no de que él mismo y su partido tienen que abandonar la vieja posición,
sino de que, por el contrario, son las condiciones las que tienen que madurar
para ponerse a tono con él.
Por eso no debemos formarnos una idea
demasiado trágica de la Montaña diezmada, destrozada y humillada por el nuevo
reglamento parlamentario. Si el 13 de junio eliminó a sus jefes, por otra parte
abrió paso a capacidades de segundo rango, a quienes esta nueva posición
halagaba. Si su impotencia en el parlamento ya no dejaba lugar a dudas, esto
les daba ahora también derecho a limitar sus actos a estallidos de indignación
moral y a estrepitosas declamaciones. Si el partido del orden aparentaba ver
encarnados en ellos, como últimos representantes oficiales de la revolución,
todos los horrores de la anarquía, esto les permitía comportarse en la práctica
con tanta mayor trivialidad y humildad. Y del 13 de junio se consolaban con
este giro profundo: «Pero, si se osa tocar el sufragio universal, ¡ah,
entonces! ¡Entonces verán quienes somos nosotros!» Nous verrons!
Por lo que se refiere a los «montañeses»
huidos al extranjero, basta observar que Ledru-Rollin, en vista de que había conseguido arruinar
irremisiblemente en menos de dos semanas el potente partido a cuyo frente
estaba, se creyó llamado a formar un gobierno francés in partibus; que a lo lejos, desgajada
del campo de acción, su figura parecía ganar en talla a medida que bajaba el
nivel de la revolución y las magnitudes oficiales de la Francia oficial iban
haciéndose enanas; que pudo figurar como pretendiente republicano para 1852;
que dirigía circulares periódicas a los valacos y a otros pueblos, en las que
se amenazaba a los déspotas del continente con sus hazañas y a las de sus
aliados. ¿Acaso les faltaba por completo la razón a Proudhon cuando gritó a
estos señores: Vous n'êtes que des blagueurs?
El 13 de junio, el partido del orden no
sólo había quebrantado la fuerza de la Montaña, sino que había impuesto el sometimiento de la Constitución a los
acuerdos de la mayoría de la Asamblea Nacional. Y así entendía él la
república, como el régimen en el que la burguesía dominaba bajo formas
parlamentarias, sin encontrar un valladar como bajo la monarquía; en el veto
del poder ejecutivo o en el derecho de disolver el parlamento. Esto era la república parlamentaria, como la
llamaba Thiers. Pero, si el 13 de junio la burguesía aseguró su omnipotencia en
el seno del parlamento, ¿no condenaba a éste a una debilidad incurable frente
al poder ejecutivo y al pueblo, al repudiar a la parte más popular de la
Asamblea? Al entregar a numerosos diputados, sin más ceremonias, a la
requisición de los tribunales, anulaba su propia inmunidad parlamentaria. El
reglamento humillante que impuso a la Montaña, elevaba el rango del presidente
de la república en la misma proporción en que rebajaba el de cada uno de los
representantes del pueblo. Al estigmatizar la insurrección en defensa del régimen
constitucional, como anárquica, como un movimiento encaminado a subvertir la
sociedad, la burguesía se cerraba a sí misma el camino del llamamiento a la
insurrección, tan pronto como el poder ejecutivo violase la Constitución en
contra de ella. Y la ironía de la historia quiso que el 2 de diciembre de 1851,
el general que bombardeó Roma por orden de Bonaparte, dando así el motivo
inmediato para el motín constitucional del 13 de junio, Oudinot, hubiera de ser
propuesto al pueblo, en tono implorante y en vano, por el partido del orden,
como el general de la Constitución frente a Bonaparte. Otro héroe del 13 de
junio, Vieyra,
que desde la tribuna de la Asamblea Nacional cosechó elogios por las
brutalidades cometidas por él en los locales de los periódicos democráticos, al
frente de una banda de guardias nacionales pertenecientes a la alta finanza, este mismo Vieyra estaba
en el secreto de la conspiración de Bonaparte y contribuyó esencialmente a
cortar a la Asamblea Nacional, en sus horas de agonía, todo apoyo por parte de
la Guardia Nacional.
El 13 de junio tenía, además, otra
significación. La Montaña había querido arrancar el que se entregase a
Bonaparte a los tribunales. Por tanto, su derrota era una victoria directa para
Bonaparte, el triunfo personal de éste sobre sus enemigos democráticos. El
partido del orden había conseguido la victoria y Bonaparte no tenía que hacer
más que embolsársela. Así lo hizo. El 14 de junio pudo leerse en los muros de
París una proclama en la que el presidente, como sin participación suya,
resistiéndose, obligado simplemente por la fuerza de los acontecimientos, sale
de su recato claustral, se queja, como la virtud ofendida, de las calumnias de
sus adversarios, y mientras parece identificar a su persona con la causa del
orden, identifica la causa del orden con su persona. Además, la Asamblea
Nacional había aprobado, aunque después de realizada, la expedición contra
Roma, habiendo la iniciativa de la misma corrido a cargo de Bonaparte. Después
de restituir en el Vaticano al pontífice Samuel, podía esperar entrar en las Tullerías como rey David. Se había ganado a los curas.
El motín del 13 de junio se limitó, como
hemos visto, a una pacífica procesión callejera. Contra él no se podían, por
tanto, ganar laureles guerreros. No obstante, en una época tan pobre en héroes
y en acontecimientos, el partido del orden convirtió esta batalla incruenta en
un segundo Austerlitz. La tribuna y la prensa
ensalzaron el ejército, como poder del orden, en contraposición a las masas del
pueblo, como la impotencia de la anarquía, y glorificaron a Changarnier,
como el «baluarte de la sociedad». Un engaño en el que acabó creyendo hasta él
mismo. Pero por debajo de cuerda, fueron desplazados de París los cuerpos que
parecían dudosos, los regimientos en que las elecciones habían dado resultados
más democráticos fueron desterrados de Francia a Argelia, las cabezas inquietas
que había entre las tropas, enviadas a secciones de castigo, y, por último,
sistemáticamente llevado a cabo el acordonamiento del cuartel contra la prensa
y su aislamiento de la sociedad civil.
Llegamos aquí al viraje decisivo en la
historia de la Guardia Nacional francesa. En 1830 había decidido la caída de la
Restauración. Bajo Luis Felipe fracasaron todos los motines en que la Guardia Nacional
estaba al lado de las tropas. Cuando en las jornadas de febrero de 1848, se
mantuvo en actitud pasiva frente a la insurrección y equívoca frente a Luis
Felipe, éste se dio por perdido, y lo estaba. Así fue arraigando la convicción
de que la revolución no podía vencer sin
la Guardia Nacional, ni el ejército podía vencer contra ella. Era la fe supersticiosa del ejército en la
omnipotencia civil. Las jornadas de junio de 1848, en que toda la Guardia
nacional, unida a las tropas de línea, sofocó al insurrección,
habían reforzado esta fe supersticiosa. Después de haber subido Bonaparte a la
presidencia, la posición de la Guardia Nacional descendió en cierto modo, por
la fusión anticonstitucional de su mando con el mando de la primera división
militar en la persona de Changarnier.
Como el mando sobre la Guardia Nacional
aparecía aquí como un atributo del alto mando militar, la Guardia Nacional
parecía quedar reducida a un apéndice de las tropas de línea. Por fin, el 13 de
junio fue destrozada. Y no sólo por su disolución parcial, que desde aquel
momento se repitió periódicamente en todos los puntos de Francia y sólo dejó en
pie las ruinas de la Guardia Nacional. La manifestación del 13 de junio fue,
sobre todo, una manifestación de los guardias nacionales democráticos. Es
cierto que no opusieron al ejército sus armas, sino sólo sus uniformes, pero en
este uniforme estaba precisamente el talismán. El ejército se convenció de que
el tal uniforme era un trapo de lana como cualquiera. El encanto quedó roto. En
las jornadas de junio de 1848, la burguesía, en calidad de Guardia Nacional,
estuvieron unidas con el ejército contra el proletariado; el 13 de junio de
1849, la burguesía hizo que el ejército dispersase a la Guardia Nacional pequeñoburguesa; el 2 de diciembre de 1851, había
desaparecido la Guardia Nacional de la propia burguesía, y Bonaparte se limitó
a registrar este hecho al firmar, después de producido, el decreto de su
disolución. Así fue cómo la burguesía rompió ella misma su última arma contra
el ejército, pero no tenía más remedio que romperla desde el momento en que la
pequeña burguesía no estaba ya detrás de ella como vasallo, sino delante de
ella como rebelde, del mismo modo que tenía necesariamente que destruir en
general, con sus propias manos, a partir del instante en que se hizo ella misma
absolutista, todos sus medios de defensa contra el absolutismo.
Entretanto, el partido del orden
festejaba la reconquista de un poder que en 1848 sólo parecía haber perdido
para volver a encontrarlo libre de sus trabas en 1849, con invectivas contra la
república y la Constitución, maldiciendo todas las revoluciones futuras,
presentes y pasadas, incluyendo las hechas por los dirigentes de su mismo
partido, y por medio de leyes que amordazaban a la prensa, destruían el derecho
de asociación y sancionaban el estado de sitio como institución orgánica.
Luego, la Asamblea Nacional suspendió sus sesiones desde mediados de agosto
hasta mediados de octubre, después de haber nombrado una comisión permanente
para el tiempo que durase su ausencia. Durante estas vacaciones, los
legitimistas intrigaron con Ems, los orleanistas con Claremont, Bonaparte mediante tournées
principescas, y los consejos departamentales en cabildeos sobre la revisión
constitucional, casos que se repitiesen con regularidad durante las vacaciones
periódicas de la Asamblea Nacional y en los que entraré tan pronto como se
conviertan en acontecimientos. Aquí advertimos tan sólo que la Asamblea
Nacional obró impolíticamente al desaparecer de la escena durante tan largo
intervalo, dejando que sólo apareciese al frente de la república una figura,
aunque lamentablemente: la de Luis Bonaparte, mientras el partido del orden,
para escándalo del público, se descomponía en sus partes integrantes realistas
y se dejaba llevar por sus apetitos de restauración en pugna. Tan pronto como
enmudecía, durante estas vacaciones, el ruido ensordecedor del parlamento y su cuerpo se disolvía en
la nación, nadie podía dejar de ver que sólo faltaba una cosa para consumar la verdadera faz de esta república: hacer
permanentes las vacaciones parlamentarias y sustituir su lema de Liberté, égalité, fraternité, por
estas palabras inequívocas: ¡Infantería, caballería, artillería!
A mediados de octubre de 1849 reanudó sus
sesiones la Asamblea Nacional. El 1 de noviembre, Bonaparte la sorprendió con
un mensaje en el que le anunciaba la destitución del ministerio Barrot-Falloux y la formación de
un nuevo ministerio. Jamás e ha arrojado a lacayos de su puesto con menos
cumplidos que Bonaparte a sus ministros. Los puntapiés destinados a la Asamblea
Nacional los recibían, por el momento, Barrot y
Compañía.
El ministerio Barrot
estaba compuesto, como hemos visto, por legitimistas y orleanistas, era un
ministerio del partido del orden. Bonaparte había necesitado de él para
disolver la Constituyente republicana, poner por obra la expedición contra Roma
y destrozar el partido democrático. Él se había eclipsado aparentemente detrás
de este ministerio, entregando el poder del Gobierno en manos del mismo partido
del orden y poniéndose la careta de modestia que bajo Luis Felipe llevaba el
gerente responsable de los periódicos, la careta del homme de paille. Ahora se quitó la máscara,
que no era ya velo sutil detrás del que podía ocultar su fisonomía, sino la
máscara de hierro que le impedía mostrar una fisonomía propia. Había
constituido el ministerio Barrot para hacer saltar,
en nombre del partido del orden, la Asamblea Nacional republicana, y lo
destituyó para declarar a su propio nombre independiente de la Asamblea
Nacional del partido del orden.
Pretextos plausibles para esta
destitución no faltaban. El ministerio Barrot
descuidaba incluso las formas de decoro que habrían hecho aparecer al
presidente de la república como un poder al lado de la Asamblea Nacional.
Durante las vacaciones parlamentarias Bonaparte publicó una carta dirigida a
Edgar Ney en la que parecía desaprobar la actuación
liberal del Papa del mismo modo que había publicado, en oposición a la
Constituyente, otra carta en la que elogiaba a Oudinot
por su ataque contra la República de Roma. Al votarse en la Asamblea Nacional
el presupuesto de la expedición romana, Víctor Hugo, por un supuesto
liberalismo, puso a discusión esa carta. El partido del orden ahogó entre
exclamaciones despectivamente incrédulas la ocurrencia de que las ocurrencias
de Bonaparte pudieran tener la menor importancia política. Ninguno de los
ministros recogió el guante en su favor. En otra ocasión, Barrot,
con su conocido patetismo vacuo, dejó escapar desde la tribuna palabras de
indignación contra los «manejos abominables» en que, según su testimonio,
andaban las personas más cercanas al presidente. Por último, el ministerio, a
la par que hacía aprobar por la Asamblea Nacional una pensión de viudedad para la
duquesa de Orleans, rechazaba todas las propuestas
para aumentar la lista civil de la presidencia. Y en Bonaparte, el pretendiente
imperial se fundía tan íntimamente con el caballero de industria arruinado, que
una gran idea, la de su misión de restaurador del imperio, se complementaba
siempre con otra: la de que el pueblo francés tenía la misión de saldar sus
deudas.
El ministerio Barrot-Falloux fue el primero y el último ministerio parlamentario
nombrado por Bonaparte. Por eso su destitución señala un viraje decisivo. Con
él, el partido del orden perdió, para no recuperarlo jamás, un puesto
indispensable para afirmar el régimen parlamentario, el asidero del poder
ejecutivo. Se comprende inmediatamente que en un país como Francia, donde el
poder ejecutivo dispone de un ejército de funcionarios de más de medio millón
de individuos y tiene por tanto constantemente bajo su dependencia más
incondicional a una masa inmensa de intereses y exigencia, donde el Estado
tiene atada, fiscalizada, regulada, vigilada y tutelada a la sociedad civil,
desde sus manifestaciones más amplias de vida hasta sus vibraciones más
insignificantes, desde sus modalidades más generales de existencia hasta la
existencia privada de los individuos, donde este cuerpo parasitario adquiere, por
medio de una centralización extraordinaria, una ubicuidad, una omniscencia, una capacidad acelerada de movimientos y una
elasticidad que sólo encuentran correspondencia en la dependencia desamparada,
en el carácter caóticamente informe del auténtico cuerpo social, se comprende
que en un país semejante, al perder la posibilidad de disponer de los puestos
ministeriales, la Asamblea Nacional perdía toda influencia efectiva, si al
mismo tiempo no simplificaba la administración del Estado, no reducía todo lo posible
el ejército de funcionarios y finalmente no dejaba a la sociedad civil y a la
opinión pública crearse sus órganos propios, independientes del poder del
Gobierno. Pero, el interés material de la burguesía francesa está precisamente
entretejido del modo más íntimo con la conservación de esta extensa y
ramificadísima maquinaria del Estado. Coloca aquí a su población sobrante y
completa en forma de sueldos del Estado lo que no puede embolsarse en forma de
beneficios, intereses, rentas y honorarios. De otra parte, su interés político
la obligaba a aumentar diariamente la represión, y por tanto los recursos y el
personal del poder del Estado, a la par que se veía obligada a sostener una
guerra ininterrumpida contra la opinión pública y mutilar y paralizar recelosamente
los órganos independientes de movimiento de la sociedad, allí donde no
conseguía amputarlos por completo. De este modo, la burguesía francesa veíase
forzada, por su situación de clase, de una parte, a destruir las condiciones de
vida de todo poder parlamentario, incluyendo, por tanto, el suyo propio, y, de
otra, a hacer irresistible el poder ejecutivo hostil a ella.
El nuevo ministerio llamábase
el ministerio d'Hautpoul. No porque el general d'Hautpoul hubiese obtenido el rango de presidente del
Consejo. Con Barrot, Bonaparte había suprimido
prácticamente esta dignidad, que condenaba el presidente de la república,
ciertamente, a la nulidad legal de un rey constitucional, pero de un rey
constitucional sin trono y sin corona, sin cetro y sin espada, sin atributo de
la irresponsabilidad, sin la posesión imprescriptible de la suprema dignidad
del Estado y, lo más fatal de todo, sin lista civil. En el ministerio d'Hautpoul no había más que un hombre de fama
parlamentaria, el prestamista Fould, uno de los
miembros de peor reputación de la alta finanza. Le
tocó en suerte la cartera de Hacienda. Consúltense las cotizaciones de la Bolsa
de París y se verá que, desde el 1 de noviembre de 1849, los fondos franceses
suben y bajan con las subidas y bajadas de las acciones bonapartistas. Habiendo
encontrado así su aliado en la Bolsa, Bonaparte se adueñó, al mismo tiempo, de
la policía mediante el nombramiento de Carlier para
prefecto de policía de París.
Sin embargo, las consecuencias del cambio
de ministerio sólo podían revelarse conforme fuesen desarrollándose las cosas.
Por el momento, Bonaparte sólo había dado un paso adelante para luego verse
empujado hacia atrás de un modo tanto más visible. A su agrio mensaje, siguió
la declaración más servil de sumisión a la Asamblea Nacional. Cuantas veces los
ministros hacían el tímido intento de presentar como proyectos de ley sus
caprichos personales, ellos mismos parecían cumplir a regañadientes un mandato
grotesco, obligados tan sólo por su posición y convencidos de antemano de la
falta de éxito. Cuantas veces Bonaparte, a espaldas de sus ministros, se iba de
la lengua hablando de sus intenciones y jugando con sus idées
napoléoniennes, sus mismos ministros le desautorizan
desde lo alto de la tribuna de la Asamblea Nacional. Parecía como si sus
apetitos usurpadores sólo se exteriorizasen para que no se acallasen las risas
malignas de sus adversarios. Se comportaba como un genio ignorado, considerado
por el mundo entero como un bobo. Jamás fue objeto
del desprecio de todas las clases de un modo más completo que durante este
período. Jamás la burguesía dominó de un modo más incondicional, jamás hizo una
ostentación más jactanciosa de las insignias de su dominación.
No me propongo escribir aquí la historia
de sus actividades legislativas, que se resume, durante este período, en dos
leyes: la ley restableciendo el impuesto sobre el vino y la ley de enseñanza,
que suprime la incredulidad religiosa. Si a los franceses se les ponían
obstáculos para beber vino, en cambio se les servía con tanta mayor abundancia
el agua de la vida justa. Si en la ley sobre el impuesto del vino la burguesía
declaraba intangible el antiguo odioso sistema fiscal francés, con la ley de
enseñanza intentaba asegurar el antiguo estado de ánimo de las masas, que lo
hacía soportar. Se asombra uno de ver a los orleanistas, a los burgueses
liberales, estos viejos apóstoles del volterianismo y de la filosofía
ecléctica, confiar a sus enemigos hereditarios, los jesuitas, la administración
del espíritu francés. Pero, orleanistas y legitimistas, aunque discrepasen en
lo que se refería al pretendiente a la corona, comprendían que su dominación
colegiada exigía unir los medios de opresión de dos épocas, que los medios de sojuzgamiento de la monarquía de Julio debían completarse y
fortalecerse con los medios de sojuzgamiento de la
Restauración.
Los campesinos, defraudados en todas sus
esperanzas, oprimidos más que nunca, de una parte, por el bajo nivel de los
precios de los cereales y, de otra parte, por la carga de las contribuciones y
por el endeudamiento hipotecario, cada vez mayores, comenzaron a agitarse en
los departamentos. Se les contestó con una batida furiosa contra los maestros
de escuela, que fueron sometidos al prefecto, y con un sistema de espionaje, al
que quedaron sometidos todos. En París y en las grandes ciudades, la reacción
misma presenta la fisonomía de su época y provoca más de lo que reprime. En el
campo, se hace baja, vulgar, mezquina, agobiante, vejatoria; en una palabra, el
gendarme. Se comprende hasta qué punto tres años de régimen del gendarme,
bendecido por el régimen del cura, tenía que desmoralizar a las masas incultas.
Por grande que fuese la suma de pasión y
declamación que el partido del orden derrochase desde lo alto de la tribuna de
la Asamblea Nacional contra la minoría, sus discursos eran monosilábicos, como
los del cristiano, que ha de decir: sí, sí; no, no. Monosilábicos en la tribuna
y monosilábicos en la prensa. Insulsos como los acertijos cuya solución se sabe
de antemano. Ya se trate del derecho de petición o del impuesto sobre el vino,
de la libertad de prensa o de la libertad del comercio, de los clubes o del
reglamento municipal, de la protección de la libertad personal o de la
regulación del presupuesto del Estado, la consigna se repite siempre, el tema
es siempre el mismo, el fallo está siempre preparado y reza invariablemente: «¡Socialismo» Se presenta como
socialista hasta el liberalismo burgués, como socialista la ilustración burguesa, como socialista la reforma
financiera burguesa. Era socialista construir un ferrocarril donde había ya un
canal y socialista defenderse con el palo cuando le atacaban a uno con la
espada.
Y esto no era mera retórica, moda,
táctica de partido. La burguesía tenía la conciencia exacta de que todas las
armas forjadas por ella contra el feudalismo se volvían contra ella misma, de
que todos los medios de cultura alumbrados por ella se rebelaban contra su
propia civilización, de que todos los dioses que había creado la abandonaban.
Comprendía que todas las llamadas libertades civiles y los organismos de
progreso atacaban y amenazaban, al mismo tiempo, en la base social y en la
cúspide política a su dominación de
clase, y por tanto se habían convertido en «socialistas». En esta amenaza y en este ataque veía con razón el
secreto del socialismo, cuyo sentido y cuya tendencia juzgaba ella más
exactamente que se sabe juzgar a sí mismo el llamado socialismo, el cual no
puede comprender por ello cómo la burguesía se cierra a cal y canto contra él,
ya gima sentimentalmente sobre los dolores de la humanidad, ya anuncie
cristianamente el reino milenario y la fraternidad universal, ya chochee humanísticamente hablando de ingenio, cultura,
libertad o cavile doctrinalmente un sistema de conciliación y bienestar de todas
las clases sociales. Lo que no comprendía la burguesía era la consecuencia de
que su mismo régimen parlamentario,
de que dominación política en
general tenía que caer también bajo la condenación general, como socialista. Mientras la dominación de
la clase burguesa no se hubiese organizado íntegramente, no hubiese adquirido
su verdadera expresión política, no podía destacarse tampoco de un modo puro el
antagonismo de las otras clases, ni podía, allí donde se destacaba, tomar el
giro peligroso que convierte toda lucha contra el poder del Estado en una lucha
contra el capital. Cuando en cada manifestación de vida de la sociedad veía un
peligro para la «tranquilidad», ¿cómo podía empeñarse en mantener a la cabeza
de la sociedad el régimen de la
intranquilidad, su propio régimen, el régimen parlamentario, este régimen que, según la expresión de
uno de sus oradores, vive en la lucha y merced a la lucha? El régimen
parlamentario vive de la discusión, ¿cómo, pues, va a prohibir que se discuta?
Todo interés, toda institución social se convierten aquí en ideas generales, se
ventilan bajo forma de ideas; ¿cómo, pues, algún interés, alguna institución
van a situarse por encima del pensamiento e imponerse como artículo de fe? La
lucha de los oradores en la tribuna provoca la lucha de los plumíferos de la
prensa, el club de debates del parlamento se complementa necesariamente con los
clubes de debates de los salones y de las tabernas, los representantes que
apelan continuamente a la opinión del pueblo autorizan a la opinión del pueblo
para expresar en peticiones su verdadera opinión. El régimen parlamentario lo
deja todo a la decisión de las mayorías; ¿cómo, pues, no van a querer decidir
las grandes mayorías fuera del parlamento? Si los que están en las cimas del
Estado tocan el violín, ¿qué cosa más natural sino que los que están abajo
bailen?
Por tanto, cuando la burguesía excomulga
como «socialista» lo que antes ensalzaba como «liberal», confiesa que su propio interés le ordena esquivar el
peligro de su Gobierno propio,
que para poder imponer la tranquilidad en el país tiene que imponérsela ante
todo a su parlamento burgués, que para mantener intacto su poder social tiene
que quebrantar su poder político; que los individuos burgueses sólo pueden
seguir explotando a otras clases y disfrutando apaciblemente de la propiedad,
la familia, la religión y el orden bajo la condición de que su clase sea
condenada con las otras clases a la misma nulidad política; que, para salvar la
bolsa, hay que renunciar a la corona, y que la espada que había de protegerla
tiene que pender al mismo tiempo sobre su propia cabeza como la espada de
Damocles.
En el campo de los intereses cívicos
generales, la Asamblea Nacional se mostró tan improductiva, que, por ejemplo,
los debates sobre el ferrocarril París-Aviñón,
comenzados en el invierno de 1850, no habían terminado todavía el 2 de
diciembre de 1851. Donde no se trataba de oprimir, de actuar reaccionariamente,
estaba condenada a una esterilidad incurable.
Mientras el ministerio de Bonaparte tomaba
en parte la iniciativa de leyes en el espíritu del partido del orden, y en
parte exageraba todavía más su severidad en la ejecución y manejo de las
mismas, el propio Bonaparte intentaba, mediante propuestas puerilmente necias,
ganar popularidad, poner de manifiesto su antagonismo con la Asamblea Nacional
y apuntar al designio secreto de abrir al pueblo francés sus tesoros ocultos,
designio cuya ejecución sólo impedían provisionalmente las circunstancias. Así,
la proposición de decretar un aumento de cuatro sous
diarios para los sueldos de los suboficiales. Así la proposición de crear un
Banco para conceder créditos de honro a los obreros. Obtener dinero regalado y
prestado: he aquí la perspectiva con que esperaba que las masas picasen el
anzuelo. Regalar y recibir prestado: a eso se limita la ciencia financiera del lumpemproletariado, lo mismo del distinguido que del
vulgar. A esto se limitaban los resortes que Bonaparte sabía poner en
movimiento. Jamás un pretendiente ha especulado más simplemente sobre la
simpleza de las masas.
La Asamblea Nacional montó repetidas
veces en cólera ante estos intentos innegables de ganar popularidad a costa
suya, ante el peligro creciente de que este aventurero, al que espoleaban las
deudas y al que no contenía el temor de perder reputación adquirida, osase un
golpe desesperado. La desarmonía entre el partido del orden y el presidente
había adoptado ya un carácter amenazador, cuando un acontecimiento inesperado
volvió a echarse a éste, arrepentido, en brazos de aquél. Nos referimos a las elecciones parciales del 10 de marzo de
1850. Estas elecciones se celebraron para cubrir los puestos de
diputados que la prisión o el destierro habían dejado vacantes después del 13
de junio. París sólo eligió a candidatos socialdemócratas. Concentró incluso la
mayoría de los votos en un insurrecto junio de 1848, en De Flotte.
La pequeña burguesía de París, aliada al proletariado, se vengaba así de su
derrota del 13 de junio de 1849. Parecía como si sólo se hubiese retirado del
campo de batalla en el momento de peligro para volver a pisarlo, con un amasa
mayor de fuerzas combativas y con una consigna de guerra más audaz, al
presentarse la ocasión propicia. Una circunstancia parecía aumentar el peligro
de esta victoria electoral. El ejército votó en París por el insurrecto de
junio, contra La Hitte, un ministro de Bonaparte, y
en los departamentos votó en gran parte por los «montañeses», que también aquí,
aunque no de un modo tan decisivo como en París, afirmaron la supremacía sobre
sus adversarios.
Bonaparte viose,
de pronto, colocado otra vez frente a la revolución. Lo mismo que el 29 de
enero de 1849, lo mismo que el 13 de junio de 1849, el 10 de marzo de 1850
desapareció detrás del partido del orden. Se inclinó pidió pusilánimemente
perdón, se brindó a nombrar cualquier ministerio que la mayoría parlamentaria
ordenase, suplicó incluso a los jefes de partido, orleanistas y legitimistas, a
los Thiers, a los Berryer, a los Broglie,
a los Molé, en una palabra, a los llamados
«burgraves» a que empuñasen ellos mismos el timón del Estado. El partido del
orden no supo aprovechar este momento único. En vez de tomar audazmente el
poder que le ofrecían no obligó siquiera a Bonaparte a reponer el ministerio
destituido el 1 de noviembre; se contentó con humillarle mediante le perdón y
con incorporar al ministerio d'Hautpoul al señor Baroche.
Este Baroche había vomitado furia como acusador
público, una vez contra los revolucionarios del 15 de mayo y otra contra los
demócratas del 13 de junio, ante el Tribunal Supremo del Bourges,
ambas veces por atentado contra la Asamblea Nacional. Ninguno de los ministros
de Bonaparte había de contribuir más a desprestigiar a la Asamblea Nacional, y
después del 2 de diciembre de 1851 le volvemos a encontrar, bien instalado y
espléndidamente retribuido, de vicepresidente del Senado. Había escupido en la
sopa de los revolucionarios, para que luego se la comiese Bonaparte.
Por su parte, el Partido Socialdemócrata
sólo parecía acechar pretextos para poner de nuevo en tela de juicio su propia
victoria y mellarla. Vidal, uno de los diputados recién elegidos en París,
había salido elegido también por Estrasburgo. Le convencieron de que rechazase
el acta de París y optase por la de Estrasburgo. Por tanto, en vez de dar a su
victoria en el terreno electoral un carácter definitivo, obligando con ello al
partido del orden a discutírsela inmediatamente en el parlamento; en vez de
empujar así al adversario a la lucha en el momento de entusiasmo popular y
aprovechando el estado de espíritu favorable del ejército, el partido
democrático aburrió a París durante los meses de marzo y abril con una nueva
campaña de agitación electoral, dejó que las pasiones populares excitadas se
extenuasen en este nuevo juego de escrutinio provisional, que la energía
revolucionaria se saciase con éxitos constitucionales, se gastase en pequeñas
intrigas, hueras declamaciones y movimientos aparentes, que la burguesía se
concentrase y tomase sus medidas, y, finalmente, que la significación de las
elecciones de marzo encontrase, en la votación parcial de abril, con la
elección de Eugenio Sue, un comentario sentimental
suavizador. En una palabra, le hizo el 10 de marzo una broma de 1 de abril.
La mayoría parlamentaria comprendió la
debilidad de su adversario. Sus diecisiete burgraves -pues Bonaparte les había
entregado la dirección y la responsabilidad del ataque- elaboraron una nueva
ley electoral, cuyo proyecto se confió al señor Faucher,
quien recabó para sí este honor. La ley fue presentada por él el 8 de mayo,; en ella, se abolía el sufragio universal, se imponía como
condición que el elector llevase tres años domiciliado en el punto electoral, y
finalmente, a los obreros se les condicionaba la prueba de este domicilio al
testimonio de su patrono.
Toda la excitación y toda la furia
revolucionaria de los demócratas durante la lucha constitucional de las
elecciones se convirtieron en prédicas constitucionales, recomendando, ahora
que se trataba de probar con las armas en la mano que aquellos triunfos
electorales habían ido en serio: orden, calma mayestática (calme majestueux),
actitud legal, es decir, sumisión ciega a la voluntad de la contrarrevolución,
que se imponía insolentemente como ley. Durante el debate, la Montaña avergonzó
al partido del orden, haciendo valer contra su pasión revolucionaria la actitud
desapasionada del hombre de bien que no se sale del terreno legal y
fulminándole con el espantoso reproche de que se comportaba
revolucionariamente. Hasta los diputados recién elegidos se esforzaron en
demostrar, con su actitud correcta y reflexiva, cuán ignorantes eran quienes
los denigraban como anarquistas e interpretaban su elección como una victoria
revolucionaria. El 31 de mayo fue aprobada la nueva ley electoral. La Montaña
se contentó con meter de contrabando una protesta en el bolsillo del
presidente. A la ley electoral le siguió una nueva ley de prensa, con la que
quedaba suprimida de raíz toda la prensa diaria revolucionaria. Era la suerte
que se había merecido. El National y La Presse -dos órganos burgueses-, quedaron después de
este diluvio como la avanzada más extrema de la revolución.
Vimos que los jefes democráticos
hicieron, durante los meses de marzo y abril, todo lo posible por embrollar al
pueblo de París en una lucha ficticia y que después del 8 de mayo hicieron todo
lo posible por contenerlo de la lucha real. No debemos ,
además olvidar que el año 1850 fue uno de los años más brillantes de
prosperidad industrial y comercial, y que, por tanto, el proletariado de París
tenía trabajo en su totalidad. Pero la ley electoral del 31 de mayo de 1850 le
apartaba de toda intervención en el poder político. Lo aislaba hasta del propio
campo de la lucha. Volvía a precipitar a los obreros a la situación de parias
en que vivían antes de la revolución de febrero. Al dejarse guiar por los
demócratas frente a este acontecimiento y al olvidar el interés revolucionario
de su clase ante un bienestar momentáneo, renunciaron al honor de ser una
potencia conquistadora, se sometieron a su suerte, demostraron que la derrota de
junio de 1848 los había incapacitado para luchar durante muchos años y que, por
el momento, el proceso histórico tenía que pasar de nuevo sobre sus cabezas. En
cuanto a la democracia pequeñoburguesa, que el 13 de
junio había gritado: «¡Ah, pero si tocan al sufragio
universal, ah, entonces!», se consolaba ahora pensando que el golpe
contrarrevolucionario que se había descargado sobre ella no era tal golpe y que
la ley del 31 de mayo no era tal ley. El segundo domingo de mayo de 1852, todo
francés comparecerá en el palenque electoral, empuñando en una mano la papeleta
de voto y en la otra la espada. Esta profecía le servía de satisfacción.
Finalmente, el ejército volvió a ser castigado pro sus superiores por las
elecciones de marzo y abril de 1850, como lo había sido por las del 28 de mayo
de 1849. Pero esta vez se dijo resueltamente: «¡La
revolución no nos engañará por tercera vez!»
La ley del 31 de mayo de 1850 era el coup d'état de
la burguesía. Todas sus victorias anteriores sobre la revolución tenían un
carácter meramente provisional. Tan pronto como la Asamblea Nacional en
funciones se retiraba de la escena, comenzaban a ser dudosas. Dependían del
azar de unas nuevas elecciones generales, y la historia de las elecciones desde
1848 probaba irrefutablemente que en la misma proporción en que se desarrollaba
el poder efectivo de la burguesía, ésta iba perdiendo su poder moral sobre las
masas del pueblo. El 10 de marzo, el sufragio universal se pronunció
directamente en contra de la dominación de la burguesía; la burguesía contestó
proscribiendo el sufragio universal. La ley del 31 de mayo era, pues, una de
las necesidades impuestas por la lucha de clases. Por otra parte, la
Constitución exigía, para que la elección del presidente de la República fuese
válida, un mínimo de dos millones de votos. Si ninguno de los candidatos a la
presidencia obtenía esta votación mínima, la Asamblea Nacional debería elegir
al presidente entre los tres candidatos que obtuviesen más votos. Cuando la
Constituyente dictó esta ley, había en el censo electoral diez millones de
electores. Es decir, que a juicio de ella bastaba con los votos de una quinta
parte del censo para que la elección del presidente fuese válida. La ley del 31
de mayo suprimió del censo electoral, por lo menos, tres millones de electores,
redujo el número de éstos a siete millones y mantuvo, no obstante, la cifra
mínima de dos millones para la elección del presidente. Por tanto, elevó el
mínimo legal de una quinta parte a casi un tercio del censo; es decir, hizo todo
lo posible por escamotear la elección del presidente de manos del pueblo,
entregándola a manos de la Asamblea Nacional. Por donde el partido del orden
parecía haber consolidado doblemente su dominación con la ley de 31 de mayo, al
entregar la elección de la Asamblea Nacional y la del presidente de la
República al arbitrio de la parte más estacionaria de la sociedad.
Después de superarse la crisis
revolucionaria y abolirse el sufragio universal, estalló inmediatamente una
nueva lucha entre la Asamblea Nacional y Bonaparte.
La Constitución había fijado el sueldo de
Bonaparte en 600.000 francos. No había pasado medio año desde su instalación,
cuando consiguió elevar esta suma al doble. Odilon Barrot arrancó a la Asamblea Constituyente un suplemento
anual de 600.000 francos para los llamados gastos de representación. Después
del 13 de junio. Bonaparte había expresado otra demanda igual, sin que esta vez
Barrot le escuchase. Ahora, después del 31 de mayo,
se aprovechó inmediatamente del momento favorable e hizo que sus ministros
propusiesen a la Asamblea Nacional una lista civil de tres millones. Una larga
y aventurera vida de vagabundo les había dotado de los tentáculos más perfectos
para tantear los momentos de la debilidad en que podía sacar dinero a sus
burgueses. Era un chantaje en toda regla. La Asamblea Nacional había deshonrado
la soberanía del pueblo con su ayuda y su connivencia. La amenazó con denunciar
su delito ante el tribunal del pueblo si no aflojaba la bolsa y compraba su
silencio con tres millones al año. La Asamblea Nacional había robado el voto a
tres millones de franceses. Bonaparte exigía por cada francés políticamente
desvalorizado un franco en moneda circulante, lo que hacía un total exacto de
tres millones de francos. El elegido por seis millones de electores reclama una
indemnización por los votos que le han estafado de su elección. La comisión de
la Asamblea Nacional rechazó al importuno. La prensa bonapartista amenazó.
¿Podía la Asamblea Nacional romper con el presidente de la República, en un
momento en que había roto fundamental y definitivamente con la masa de la
nación? Por eso, aun denegando la lista civil anual, concedió por una sola vez
un suplemento de 2.160.000 francos. Con ello, hacíase
reo de una doble debilidad: la de conceder el dinero y la de revelar al mismo
tiempo, con su irritación, que le concedía de mala gana. Más adelante veremos
para qué necesitaba Bonaparte este dinero. Tras este molesto epílogo que siguió
a la supresión del sufragio universal, pisándole los talones, y en el que
Bonaparte cambió la humilde actitud que adoptara durante la crisis de marzo y
abril por un retador cinismo frente al parlamento usurpador, la Asamblea
Nacional suspendió sus sesiones por tres meses, desde el 11 de agosto hasta el
11 de noviembre. Dejó en su lugar una comisión permanente de 28 miembros, en la
que no entraba ningún bonapartista, pero sí en cambio algunos republicanos
moderados. En la comisión permanente de 1849 no había más que hombres de orden
y bonapartistas. Pero entonces el partido del orden se declaraba
permanentemente en contra de la revolución. Ahora, la república parlamentaria
se declaraba permanentemente en contra del presidente. Después de la ley del 31
de mayo, el partido del orden ya no tenía enfrente más que este rival.
Cuando la Asamblea Nacional volvió a
reunirse en noviembre de 1850, parecía inevitable que estallase, en vez de sus
escaramuzas anteriores con el presidente, una gran lucha implacable, una lucha
a vida o muerte entre dos poderes.
Lo mismo que en 1849, durante las
vacaciones parlamentarias de este año, el partido del orden se había dispersado
en sus distintas fracciones, cada cual ocupada con sus propias intrigas
restauradoras, a los que la muerte de Luis Felipe daba nuevo pábulo. El rey de
los legitimistas, Enrique V, había llegado incluso a nombrar un ministerio
formal, que residía en París y del que formaban parte miembros de la comisión
permanente, Bonaparte quedaba, pues, autorizado para emprender a su vez giras
por los departamentos franceses y dejar escapar, recatada o abiertamente, según
el estado de ánimo de la ciudad a la que regalaba con su presencia, sus propios
planes de restauración, reclutando votos para sí. En estas giras, que el gran Moniteur
oficial y los pequeños «monitores» privados de Bonaparte, tenían, naturalmente,
que celebrar como cruzadas triunfales, le acompañaban constantemente afiliados
de la Sociedad del 10 de Diciembre.
Esta sociedad data del año 1849. Bajo el pretexto de crear una sociedad de
beneficencia, se organizó al lumpemproletariado de
París en secciones secretas, cada una de ellas dirigida por agentes
bonapartistas y en general bonapartista a la cabeza de todas. Junto a roués
arruinados, con equívocos medios de vida y de equívoca procedencia, junto a
vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de
tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas y rateros, jugadores, alcahuetes,
dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos,
afiladores, caldereros, mendigos, en una palabra, toda es masa informe, difusa
y errante que los franceses llaman la bohème: con estos elementos,
tan afines a él, formó Bonaparte la solera de la Sociedad del 10 de Diciembre,
«Sociedad de beneficencia» en cuanto que todos sus componentes sentían, al
igual que Bonaparte, la necesidad de beneficiarse a costa de la nación
trabajadora. Este Bonaparte, que se erige en jefe del lumpemproletariado, que sólo
en éste encuentra reproducidos en masa los intereses, que él personalmente
persigue, que reconoce en esta hez, desecho y escoria de todas las clases, la
única clase en la que puede apoyarse sin reservas, es el auténtico Bonaparte,
el Bonaparte sans phrase.
Viejo roué
ladino, concibe la vida histórica de los pueblos y los grandes actos de
Gobierno y de Estado como una comedia, en el sentido más vulgar de la palabra,
como una mascarada, en que los grandes disfraces y los
frases y gestos no son más que la careta para ocultar lo más mezquino y
miserable. Así, en su expedición a Estrasburgo, el buitre suizo amaestrado
desempeñó el papel de águila napoleónica. Para su incursión en Boulogne, embute a unos cuantos lacayos de Londres en
uniformes franceses. Ellos representan el ejército. En su Sociedad del 10 de
Diciembre, reunió a 10.000 miserables del lumpen, que
habían de representar al pueblo, como Nick Bottom representaba el león. En un momento en que la misma
burguesía representaba la comedia más completa, pero con la mayor seriedad del
mundo, sin faltar a ninguna de las pedantescas condiciones de la etiqueta
dramática francesa, y ella misma obraba a medias engañada y a medias convencida
de la solemnidad de sus acciones y representaciones dramáticas, tenía que
vencer por fuerza el aventurero que tomase lisa y llanamente la comedia como
tal comedia. Sólo después de eliminar a su solemne adversario, cuando él mismo
toma en serio su papel imperial y cree representar, con su careta napoleónica,
al auténtico Napoleón, sólo entonces es víctima de su propia concepción del
mundo, el payaso serio que ya no toma a la historia universal por una comedia,
sino su comedia por la historia universal. Lo que para los obreros socialistas
habían sido los talleres nacionales y para los republicanos burgueses los gardes mobiles,
era para Bonaparte la Sociedad del 10 de Diciembre: la fuerza combativa de
partido propia de él. Las secciones de esa sociedad, enviadas por grupos a las
estaciones debían improvisarle en sus viajes un público, representar el
entusiasmo popular, gritar Vive l'Empereur!, insultar y apalear a los republicanos,
naturalmente bajo la protección de la policía. En sus viajes de regreso a
París, debían formar la vanguardia, adelantarse a las contramanifestaciones
o dispersarlas. La Sociedad del 10 de Diciembre le pertenecía a él, era su obra, su idea más primitiva. Todo
lo demás de que se apropia se lo da la fuerza de las circunstancias, en todos
sus hechos actúan por él las circunstancias o se limita a copiarlo de los
hechos de otros; pero Bonaparte que se presenta en público, ante los
ciudadanos, con las frases oficiales del orden, la religión, la familia, la
propiedad, y detrás de él la sociedad secreta de los Schuftele
y los Spielberg, la sociedad del desorden, la
prostitución y el robo, es el propio Bonaparte como autor original, y la
historia de la Sociedad del 10 de Diciembre es su propia historia. Se había
dado el caso de que representantes del pueblo pertenecientes al partido del
orden habían sido apaleados por los decembristas. Más
aún. El comisario de policía, Yon, adscrito a la
Asamblea Nacional y encargado de la vigilancia de su seguridad, denunció a la
comisión permanente, basándose en el testimonio de un tal Alais,
que una sección de decembristas había acordado
asesinar al general Changarnier y a Dupin, presidente de la Asamblea Nacional, estando ya
elegidos los individuos encargados de ejecutar este acuerdo. Se comprenderá el
terror del señor Dupin. Parecía inevitable una
investigación parlamentaria sobre la Sociedad del 10 de Diciembre, es decir, la
profanación del mundo secreto bonapartista. Por eso, precisamente, Bonaparte
disolvió prudentemente su sociedad, claro está que sólo sobre el papel, pues
todavía a fines de 1851, el prefecto de policía Carlier,
en una extensa memoria, intentaba en vano moverle a disolver realmente a los decembristas.
La Sociedad del 10 de Diciembre había de
seguir siendo el ejército privado de Bonaparte mientras éste no consigue
convertir el ejército público en una Sociedad del 10 de Diciembre. Bonaparte
hizo la primera tentativa encaminada a esto poco después de suspenderse las
sesiones de la Asamblea Nacional, y la hizo con el dinero que acababa de
arrancarle a ésta. Como fatalista que es, abriga la convicción de que hay
ciertos poderes superiores, a los que el hombre y sobre todo el soldado no se puede resistir. Entre estos poderes incluye, en primer
término, los cigarros y el champagne, las aves frías y el salchichón adobado
con ajo. Por eso, en los salones del Elíseo, empieza obsequiando a los
oficiales y suboficiales con cigarros y champagne, aves frías y salchichón
adobado con ajo. El 3 de octubre repite esta maniobra con las masas de tropa en
la revista de St. Maur, y
el 10 de octubre vuelve a repetirla en una escala todavía mayor en la revista
militar de Story. El tío se acordaba de las campañas
de Alejandro en Asia, el sobrino se acuerda de las cruzadas triunfales de Baco en las mismas tierras. Alejandro era, ciertamente, un
semidiós, pero Baco un dios completo. Y, además, el
dios tutelar de la Sociedad del 10 de Diciembre.
Después de la revista del 3 de octubre,
la comisión permanente llamó a comparecer ante ella al ministro de la Guerra d'Hautpoul. Éste prometió que no volverían a repetirse
aquellas infracciones de la disciplina. Sabido es cómo Bonaparte cumplió el 10
de octubre la palabra dada por d'Hautpoul. En ambas
revistas había llevado el mando Changarnier, como
comandante en jefe del ejército de París. Changarnier,
que era a la vez miembro de la comisión permanente, jefe de la Guardia
Nacional, el «salvador» del 29 de enero y del 13 de junio, el «baluarte de la
sociedad», candidato del partido del orden para la dignidad presidencial, el
presunto Monk de dos monarquías, no se había
reconocido jamás hasta entonces subordinado al ministro de la Guerra., se había
burlado siempre abiertamente de la Constitución republicana y había perseguido
a Bonaparte con una arrogante protección equívoca. Ahora, se desvivía pro la
disciplina contra el ministro de la Guerra y por la Constitución contra
Bonaparte. Mientras que el 10 de octubre una parte de la caballería dejó oír el
grito de Vive Napoléon!
Vivent les saucissons!
Changarnier hizo que por lo menos la infantería, que
desfilaba al mando de su amigo Neumayer, guardase un
silencio glacial. Como castigo, el ministro de la Guerra, acuciado por
Bonaparte, relevó al general Neumayer de su puesto en
París con el pretexto de entregarle el alto mando de la 14ª y la 15ª
divisiones. Neumayer rehusó este cambio de destino y viose obligado así a pedir el retiro. Por su parte, Changarnier publicó el 2 de noviembre una orden de plaza en
la que prohibía alas tropas gritos ni ninguna clase de manifestaciones
políticas estando bajo las armas. Los periódicos elíseos atacaron a Changarnier; los periódicos del partido del orden, a
Bonaparte; la comisión permanente celebraba una sesión secreta tras otra, en
las que se presentaba reiteradamente la proposición de declarar a la patria en
peligro; el ejército parecía estar dividido en dos campos enemigos, con dos
Estados Mayores enemigos, uno en el Elíseo, donde moraba Bonaparte, y otro en
las Tullerías, donde moraba Changarnier.
Sólo parecía faltar la reanudación de las sesiones de la Asamblea Nacional para
que sonase la señal de la lucha. Al público francés la reanudación de las
sesiones de la Asamblea Nacional para que sonase la señal de la lucha. Al
público francés estos razonamientos entre Bonaparte y Changarnier
le merecían el mismo juicio que aquel periodista inglés que los caracterizó en
las siguientes palabras:
«Las criadas políticas de Francia barren
la ardiente lava de la revolución con las viejas escobas, y se tiran del moño
mientras ejecutan su faena.»
Entretanto, Bonaparte se apresuró a
destituir al ministro de la Guerra, d'Hautpoul,
expidiéndolo precipitadamente a Argelia y nombrando para sustituirle en la
cartera de ministro de la Guerra al general Schramm.
El 12 de noviembre mandó a la Asamblea Nacional un mensaje de prolijidad
norteamericana, recargado de detalles, oliendo a orden, ávido de
reconciliación, lleno de resignación constitucional, en el que se trataba de
todo lo divino y lo humano menos de las questions brûlantes
del momento. Como de pasada, dejaba caer las palabras que, con arreglo a las
normas expresas de la Constitución, el presidente disponía por sí solo del
ejército. El mensaje terminaba con estas palabras altisonantes:
«Francia
exige ante todo tranquilidad... Soy el único ligado por un juramento, y me
mantendré dentro de los estrictos límites que me traza... Por lo que a
mí se refiere, elegido por el pueblo y no debiendo más que a éste mi poder, me
someteré siempre a su voluntad legalmente expresada. Si en este período de
sesiones acordáis la revisión constitucional, una Asamblea Constituyente
reglamentará la posición del poder ejecutivo. En otro caso, el pueblo declarará
solemnemente su decisión en 1852. Pero, cualesquiera que sean las soluciones
del porvenir, lleguemos a una inteligencia, para que jamás la pasión, la
sorpresa o la violencia decidan la suerte de una gran nación... Lo que sobre
todo me preocupa no es saber quién va a gobernar a Francia en 1852, sino
emplear el tiempo de que dispongo de modo que el período restante pase sin
agitación y sin perturbaciones. Os he abierto sinceramente mi corazón,
contestad vosotros a mi franqueza con vuestra confianza, a mi buen deseo con
vuestra colaboración, y Dios se encargará del resto.»
El lenguaje honesto, hipócritamente
moderado, virtuosamente lleno de lugares comunes de la burguesía, descubre su
más profundo sentido en labios del autócrata de la Sociedad del 10 de Diciembre
y del héroe de merienda de St. Maur
y Satory.
Los burgraves del partido del orden no se
dejaron engañar ni un solo instante en cuanto al crédito que se podía dar a esa
efusión cordial. Acerca de los juramentos estaban ya desde hacía mucho tiempo
al cabo de la calle; entre ellos había veteranos, virtuosos del perjurio
político, y el pasaje delicado al ejército no se les pasó desapercibido.
Observaron con desagrado que, en la prolija e interminable enumeración de las
leyes recientemente promulgadas, el mensaje guardaba un silencio afectado
acerca de la más importante de todas, la ley electoral, y más aún, que en caso
de no revisión constitucional se dejaba al arbitrio del pueblo, para 1852, la
elección del presidente. La ley electoral era el grillete atado a los pies del
partido del orden, que el impedía andar, y no digamos lanzarse al asalto.
Además, con la disolución de oficio de la Sociedad del 10 de Diciembre y la
destitución del ministro de la Guerra, d'Hautpoul,
Bonaparte había sacrificado por su propia mano en el altar de la patria a las
víctimas propiciatorias. Quitó la espina al choque que se esperaba. Finalmente,
el mismo partido del orden procuró rehuir, atenuar, disimular temerosamente
todo conflicto decisivo con el poder ejecutivo. Por miedo a perder las
conquistas hechas contra la revolución dejó que su rival cosechase los frutos
de ellas. «Francia exige ante todo tranquilidad». Así le venía gritando desde
febrero el partido del orden a la revolución, así le gritaba al partido del orden
el mensaje de Bonaparte. «Francia exige ante todo tranquilidad.» Bonaparte
cometía actos encaminados a la usurpación, pero el partido del orden provocaba
«agitación» si armaba ruido en torno a estos actos y los interpretaba de un
modo hipocondriaco. Los salchichones de Satory no despegaban los labios si nadie hablaba de ellos.
«Francia exige ante todo tranquilidad». Es decir, Bonaparte exigía que se le
dejase hacer tranquilamente lo que quería, y el partido parlamentario sentíase paralizado por un doble temor; por el temor de
provocar la agitación revolucionaria y por el temor de aparecer como el
perturbador de la tranquilidad a los ojos de su propia clase, a los ojos de la
burguesía. Por tanto, Francia exigía ante todo tranquilidad, el partido del orden
no se atrevió, después de que Bonaparte, en su mensaje, había hablado de «paz»,
a contestar con «guerra». El público, que ya se relamía pensando en las grandes
escenas de escándalo que se iban a producir al reanudarse las sesiones de la
Asamblea Nacional, viose defraudado en sus
esperanzas. Los diputados de la oposición que exigían que se presentasen las
actas de la comisión permanente acerca de los acontecimientos de octubre fueron
arrollados por los votos de la mayoría. Se rehuyeron por principio todos los
debates que pudieran excitar los ánimos. Los trabajos de la Asamblea nacional
durante los meses de noviembre y diciembre de 1850 carecieron de interés.
Por último, hacia fines de diciembre,
comenzó una guerra de guerrillas en torno a unas u otras prerrogativas del
parlamento. El movimiento se sumió en minucias alrededor de las prerrogativas
de ambos poderes, después que la burguesía, con la abolición del sufragio
universal, se hubo desembarazado por el momento de la lucha de clases.
Se había ejecutado contra Mauguin, uno de los representantes de la nación, una
sentencia judicial por deudas. A instancia del presidente del Tribunal, el
ministro de Justicia, Rouher, declaró que podía
citarse sin más trámites mandado de arresto contra el
deudor. Maugin fue recluido, pues, en la cárcel de
deudores. Al conocer el atentado, la Asamblea Nacional montó en cólera. No sólo
ordenó que el preso fuese inmediatamente puesto en libertad, sino que aquella
misma tarde mandó a su greffier a que le sacase por la fuerza de Clichy. Sin embargo, para testimoniar su fe en la santidad
de la propiedad privada y con la segunda intención de abrir, en caso de
necesidad, un asilo para «montañeses» molestos, declaró valida la prisión por
deudas de representantes del pueblo, previa autorización de la Asamblea
Nacional. Se olvidó de decretar que también se podría meter en la cárcel por
deudas al presidente de la República. Destruyó la última apariencia de
inviolabilidad que rodeaba a los miembros de su propia corporación.
Recuérdese que el comisario de policía, Yon, había denunciado, basándose en el testimonio de un tal
Alais, los planes de asesinato de Dupin
y Changarnier, por una sección de decembristas.
Ya en la primera sesión los cuestores presentaron en relación con esto la
propuesta de crear una policía parlamentaria propia, pagada del presupuesto
privado de la Asamblea Nacional e independiente en absoluto del prefecto de
policía. El ministro del Interior, Baroche, protestó
contra esta injerencia en sus atribuciones. En vista de esto se llegó a una
mísera transacción, según la cual el comisario de policía de la Asamblea sería
pagado de su presupuesto privado y nombrado y destituido por sus cuestores,
pero previo acuerdo con el ministro del Interior. Entretanto, Alais había sido entregado por el Gobierno a los
tribunales, y no fue difícil presentar sus declaraciones como falsas y
proyectar, por boca del fiscal, un resplandor de ridículo sobre Dupin, Changarnier, Yon y toda la Asamblea Nacional. Ahora, el 29 de diciembre,
el ministro Baroche escribe una carta a Dupin exigiendo la destitución de Yon.
La Mesa de la Asamblea Nacional, asustada de la violencia con que había
procedido en el asunto Mauguin y acostumbrada a que
el poder ejecutivo le devolviera dos golpes pro cada uno que ella le asestaba,
no sanciona el acuerdo. Destituye a Yon en recompensa
por el celo con que le había servido y se despoja de una prerrogativa
parlamentaria inexcusable contra un hombre que no decide por la noche para
ejecutar por el día, sino que decide por el día y ejecuta por la noche.
Hemos visto que la Asamblea Nacional,
durante los meses de noviembre y diciembre, rehuyó, ahogó, en grandes y
decisivas ocasiones, la lucha contra el poder ejecutivo. Ahora la vemos
obligada a aceptar esta lucha por los motivos más mezquinos. En el asunto Mauguin, confirma en principio la prisión por deudas de los
representantes de la nación, pero se reserva la posibilidad de aplicarla
solamente a los representantes que no le sean gratos, y regatea por este infame
privilegio con el ministro de Justicia. En vez de aprovecharse del supuesto
plan de asesinato para abrir una investigación sobre la Sociedad del 10 de
Diciembre y desenmascarar irremisiblemente a Bonaparte ante Francia y ante
Europa, presentándolo en su verdadera faz, como la cabeza del lumpemproletariado de París, deja que la colisión descienda
a un punto en que ya lo único que se ventila entre ella y el ministro de
Interior es quién tiene competencia para nombrar y separar a un comisario de la
policía. Así, vemos al partido del orden, durante todo este período, obligado
por su posición equívoca, a convertir su lucha contra el poder ejecutivo en
mezquinas discordias de competencias, minucias, leguleyerías,
litigios de lindes, y a tomar como contenido de sus actividades las más
insípidas cuestiones de forma. No se atreve a afrontar el choque en el momento
en que éste tiene una significación de principio, en que el poder ejecutivo se
ha comprometido realmente y en que la causa de la Asamblea Nacional sería la
causa de toda la nación. Con ello daría a la nación una orden de marcha, y nada
teme tanto como el que la nación se mueva. Por eso, en estas ocasiones, desecha
las proposiciones de la Montaña y pasa al orden del día. Después de abandonarse
así la cuestión litigiosa en sus grandes dimensiones, el poder ejecutivo espera
tranquilamente el momento en que pueda volver a plantearla por motivos fútiles
e insignificantes, allí donde sólo ofrezca, por decirlo así, un interés
parlamentario puramente local. Y entonces estalla la ira contenida del partido
del orden, entonces rasga el telón que oculta los bastidores, entonces denuncia
al presidente, entonces declara a la república en peligro; pero entonces su
patetismo pierde también todos sabor y el motivo de la lucha aparece como un pretexto
hipócrita e indigno de ser tomado en cuenta. La tempestad parlamentaria se
convierte en una tempestad en un vaso de agua, la lucha en intriga, el choque
en escándalo. Mientras la malignidad de las clases revolucionarias se ceba en
la humillación de la Asamblea Nacional, pues estas clases se entusiasman por
las prerrogativas parlamentarias de aquélla tanto como ella por las libertades
públicas, la burguesía fuera del parlamento no comprende cómo la burguesía de
dentro del parlamento puede derrochar el tiempo en tan mezquinas querellas y
comprometer la tranquilidad con tan míseras rivalidades con el presidente. La
mete en confusión una estrategia que sella la paz en los momentos en que todo
el mundo espera batallas y ataca en los momentos en que todo el mundo cree que
ha sellado la paz.
El 20 de diciembre, Pascal Duprat interpeló al ministro del Interior sobre la lotería
de los lingotes de oro. Esta lotería era una «hija del Elíseo». Bonaparte la
había traído al mundo con sus leales, y el prefecto de policía Carlier la había tomado bajo la protección oficial, a pesar
de que la ley en Francia prohibe toda clase de
loterías, fuera de los sorteos hechos para fines de beneficencia. Siete
millones de billetes por valor de un franco cada uno, y la ganancia destinada,
al parecer, a embarcar a vagabundos de París para California. De una parte se
quería que los sueños dorados desplazasen a los sueños socialistas del
proletariado parisino, la tentadora perspectiva del premio gordo desplazase el
derecho doctrinario al trabajo. Naturalmente, los obreros de París no
reconocieron en el brillo de los lingotes de oro de California los opacos
francos que les habían sacado del bolsillo con engaños. Pero, en lo
fundamental, tratábase de una estafa directa. Los
vagabundos que querían encontrar minas de oro californianas sin moverse de
París, eran el propio Bonaparte y los caballeros comidos de deudas que formaban
su Tabla redonda. Los tres millones concedidos por la Asamblea Nacional se los
habían gastado ya alegremente, y había que volver a llenar la caja como fuese.
En vano había abierto Bonaparte una suscripción nacional para construir las
llamadas cités ouvrières,
a cuya cabeza figura él mismo, con una suma considerable. Los burgueses, duros
de corazón, aguardaron a que desembolsase el capital suscrito, y como,
naturalmente, el desembolso no se efectuó, la especulación sobre aquellos
castillos socialistas en el aire se vino chabacanamente a tierra. Los lingotes
de oro dieron mejor resultado. Bonaparte y consortes no se contentaron con
embolsarse una parte del remanente de los siete millones que quedaba después de
cubrir el valor de las barras sorteadas, sino que fabricaron diez, quince y
hasta veinte billetes falsos del mismo número. ¡Operaciones financieras en el
espíritu de la Sociedad del 10 de Diciembre! Aquí la Asamblea Nacional no tenía
enfrente al ficticio presidente de la República, sino al Bonaparte de carne y
hueso. Aquí, podía coger in fraganti,
transgrediendo no ya la Constitución, sino el Code pénal. Si ante la interpelación de Duprat la Asamblea pasó al orden del día, no fue solamente
porque la enmienda de Girardin de declararse satisfait traía a la memoria del partido del orden su
corrupción sistemática. El burgués, y sobre todo el burgués hinchado en
estadista, completa su vileza práctica con su
grandilocuencia teórica. Como estadista, se convierte, al igual que el poder
del Estado que tiene enfrente, en un ser superior, al que sólo se le puede
combatir de un modo superior, solemne.
Bonaparte, que precisamente como bohémien,
como lumpemproletariado principesco, le llevaba al
truhán burgués la ventaja de que podía librar la lucha con medios rastreros,
vio ahora, después de que la propia Asamblea le había ayudado a cruzar,
llevándole de la mano, el suelo resbaladizo de los banquetes militares, de las
revistas, de la Sociedad del 10 de Diciembre y, por último, del Code pénal,
llegado el momento en que podía pasar de la aparente defensiva a la ofensiva.
Las pequeñas derrotas del ministro de Marina, del ministro de Hacienda, que se
le atravesaban en el camino y con las que la Asamblea Nacional hacía manifiesto
su descontento gruñón, no le molestaban gran cosa. No sólo impidió que los
ministros dimitiesen, reconociendo con ello la subordinación del poder
ejecutivo al parlamento, sino que ahora puedo llevar ya a efecto la obra que
había comenzado durante las vacaciones de la Asamblea Nacional; desgajar del
parlamento el poder militar, destituir
a Changarnier.
Un periódico elíseo publicó una orden de
plaza, dirigida, durante el mes de mayo, al parecer, a la primera división del
ejército y procedente, pro tanto, Changarnier, en la
que se recomendaba a los oficiales, en caso de sublevación, no dar cuartel a
los traidores dentro de sus propias filas, fusilarlos inmediatamente y rehusar
a la Asamblea Nacional las tropas, si ésta llegaba a requerirlas. El 3 de enero
de 1851 se interpeló al Gobierno acerca de esta orden de plaza. Para examinar
este asunto pidieron tres meses, luego una semana y por último sólo
veinticuatro horas de reflexión. La Asamblea insiste en que se dé una
explicación inmediata. Changarnier se levanta y
aclara que aquella orden de plaza jamás ha existido. Añade que se apresurará en
todo momento a atender los requerimientos de la Asamblea Nacional y que, en
caso de colisión, ésta podrá contar con él. La Asamblea acoge su declaración
con indescriptibles aplausos y le concede un voto de confianza. La Asamblea
Nacional resigna sus poderes, decreta su propia impotencia y la omnipotencia
del ejército, al colocarse bajo la protección privada de un general; pero el
general se equivoca, poniendo a disposición de la Asamblea, contra Bonaparte,
un poder que sólo tienen en precario del propio Bonaparte y esperando, a su
vez, protección de este parlamento, de su protegido, necesitado él mismo de
protección. Pero Changarnier cree en el poder
misterioso de que la burguesía le ha dotado desde el 29 de enero de 1849. Se
considera como el tercer poder al lado de los otros dos poderes del Estado.
Comparte la suerte de los demás héroes, o, mejor dicho, santos de esta época,
cuya grandeza consiste precisamente en la gran opinión interesada que sus
partidos se forman de ellos y que quedan reducidos a figuras mediocres tan
pronto como las circunstancias los invitan a hacer milagros. El descreimiento
es siempre el enemigo mortal de estos héroes supuestos y santos reales. De aquí
su noble indignación moral contra los bromistas y burlones carentes de
entusiasmo.
Aquella misma noche fueron llamados los
ministros al Elíseo. Bonaparte acucia para que sea destituido Changarnier, cinco ministros se niegan a firmar la
destitución, el Moniteur anuncia una crisis
ministerial y la prensa del orden amenaza con la formación de un ejército
parlamentario bajo el mando de Changarnier. El
partido del orden tenía atribuciones constitucionales para dar este paso. Le
bastaba con nombrar a Changarnier presidente de la
Asamblea Nacional y requerir cualquier cantidad de tropas para velar por su
seguridad. Podía hacerlo con tanta más seguridad cuanto que Changarnier
se hallaba todavía realmente al frente del ejército y de la Guardia nacional de
París y sólo acechaba el momento de ser requerido en unión del ejército. La
prensa bonapartista no se atrevía siquiera a poner en tela de juicio el derecho
de la Asamblea Nacional a requerir directamente las tropas, escrúpulo jurídico
que en aquellas circunstancias no auguraba ningún éxito. Y, si se tiene en
cuenta que Bonaparte tuvo que buscar en todo París durante ocho días para
encontrar por fin a dos generales -Baraguay d'Hilliers y Saint-Jean d'Angely-,
que se declararan dispuestos a refrendar la destitución de Changarnier,
parece lo más verosímil que el ejército hubiese respondido a la orden de la
Asamblea Nacional. En cambio, es más que dudoso que el partido que el partido
del orden hubiera encontrado en sus propias filas y en el parlamento el número
de votos necesario para este acuerdo si se advierte que ocho días después se
separaron de él 286 votos y que la Montaña rechazó una propuesta semejante,
incluso en diciembre de 1851, en la hora final de la decisión.
No obstante, quizá, los burgraves
hubiesen conseguido todavía arrastrar a l amasa de su partido a un heroísmo que
consistía en sentirse seguros detrás de un bosque de bayonetas y en aceptar los
servicios de un ejército que había desertado a su campo. En vez de hacer esto,
los señores burgraves se trasladaron al Elíseo en la noche del 6 de enero para
hacer desistir a Bonaparte, mediante giros y reparos de ingeniosos estadistas,
de la destitución de Changarnier. Cuando se trata de
convencer a alguien, es porque se le reconoce como el dueño de la situación.
Bonaparte, asegurado por este paso, nombra el 12 de enero un nuevo ministro, en
el que continúan los jefes del antiguo, Fould y Baroche. Saint-Jean d'Angely es
nombrado ministro de la Guerra, el Moniteur publica
el decreto de destitución de Changarnier, y su mando
se divide entre Baraguay d'Hilliers,
al que se le asigna la primera división, y Perrot,
que se hace cargo de la Guardia Nacional. Se le da el pasaporte al baluarte de
la sociedad, y si ninguna piedra cae de los tejados, suben en cambio las
cotizaciones de la Bolsa.
El partido del orden, dando una repulsa
al ejército, que se pone a su disposición en la persona de Changarnier,
y entregándoselo así de modo irrevocable al presidente, declara que la
burguesía ha perdido la vocación de gobernar. Ya no existía un Gobierno
parlamentario. Al perder el asidero del ejército y de la Guardia Nacional, ¿qué
medio de fuerza le quedaba para afirmar a un mismo tiempo el poder usurpado del
parlamento sobre el pueblo y su poder usurpado del parlamento sobre el pueblo y
su poder constitucional contra el presidente? Ninguno. Sólo le quedaba la
apelación a estos principios inermes que él mismo había interpretado siempre
como meras reglas generales y que se prescribían a otros para poder uno moverse
con mayor libertad. Con la destitución de Changarnier
y la entrega del poder militar a Bonaparte, termina la primera parte del
período que estamos examinando, el período de la lucha entre el partido del
orden y el poder ejecutivo. La guerra entre ambos poderes se declara ahora
abiertamente, se libra abiertamente, pero cuando ya el partido del orden ha
perdido sus armas y soldados. Sin ministerio, sin ejército, sin pueblo, sin
opinión pública, sin ser ya, desde su ley electoral de 31 de mayo,
representante de la nación soberana, sin ojos, sin oídos, sin dientes, sin
nada, la Asamblea Nacional va convirtiéndose poco a poco en un antiguo parlamento francés, que debe
entregar la iniciativa al Gobierno y contentarse por su parte con gruñidos de
recriminación post festum.
El partido del orden recibe al nuevo
ministerio con una avalancha de indignación. El general Bedeau
evoca en el recuerdo la benignidad de la comisión permanente durante las vacaciones
y los excesivos miramientos con que había renunciado a la publicación de las
actas de sus sesiones. Por su parte, el ministro del Interior insiste en la
publicación de estas actas que son ya, naturalmente, tan sosas como agua
estancada, que no descubren ningún hecho nuevo y no producen el menor efecto al
público hastiado. A propuesta de Rémusat, la Asamblea
Nacional se retira a sus despacho y nombra un «Comité
de medidas extraordinarias». París no se sale de los carriles de su orden
cotidiano, con tanta mayor razón cuanto que en este momento el comercio
prospera, las manufacturas trabajan, los precios del trigo están bajos, los
víveres abundan, en las cajas de ahorro ingresan todos los días cantidades
nuevas. Las «medidas extraordinarias», tan estrepitosamente anunciadas por el
parlamento, quedan reducidas, el 18 de enero, a un voto de desconfianza de los
ministros, sin que se mencione siquiera el nombre del tal general Changarnier. El partido del orden viose
obligado a dar el voto este giro para asegurarse los votos de los republicanos,
ya que de todas las medidas del ministerio, éstos sólo aprobaban la destitución
de Changarnier, mientras que el partido del orden no
podía en realidad censurar los demás actos ministeriales, dictados por él
mismo.
El voto de desconfianza del 18 de enero
se decidió por 415 votos contra 286. Por tanto, sólo pudo sacarse adelante
mediante una coalición de los
legitimistas y orleanistas extremados con los republicanos puros y la Montaña.
Este voto probaba, pues, que el partido del orden no sólo había perdido el
ministerio y el ejército, sino que en los conflictos con Bonaparte había
perdido también su mayoría parlamentaria independiente, que un tropel de
diputados había desertado de su campo por el espíritu de componendas llevado al
fanatismo, por miedo a la lucha, por cansancio, por consideraciones de
parentesco hacia los sueldos del Estado, tan entrañables para ellos,
especulando con las vacantes de ministros (Odilon Barrot), por ese mezquino egoísmo con que el burgués corriente
se inclina siempre a sacrificar a este o al otro motivo privado el interés
general de su clase. Desde el principio, los diputados bonapartistas sólo se
unían al partido del orden en la lucha contra la revolución. El jefe del
partido católico, Montalembert, había puesto ya por
entonces su influencia en el platillo de Bonaparte, pues desesperaba de la
vitalidad del partido parlamentario. Finalmente, los caudillos de este partido,
Thiers y Berryer, el orleanista y el legitimista, viéronse obligados a proclamarse abiertamente republicanos,
a reconocer que, aunque su corazón era monárquico, su cabeza abrigaba ideas
republicanas y que la república parlamentaria era la única forma posible para
la dominación de toda la burguesía. De este modo se vieron obligados a
estigmatizar ellos mismos ante los ojos de la clase burguesa, como una intriga
tan peligrosa como descabellada, los planes de restauración que seguían
urdiendo impertérritos a espaldas del parlamento.
El voto de desconfianza del 18 de enero
fue un golpe contra los ministros y no contra el presidente. Pero no había sido
el ministerio, sino el presidente quien había destituido a Changarnier.
¿Iba el partido del orden a formular un acta de acusación contra Bonaparte?
¿Por sus veleidades de restauración? Éstas no eran más que el complemento de
las suyas propias. ¿Por su conspiración en las revistas militares y en la
Sociedad del 10 de Diciembre? Hacía ya mucho tiempo que se habían enterrado
estos temas bajo simples órdenes del día. ¿Por la destitución del héroe del 29
de enero y del 13 de junio, del hombre que en mayo de 1850 amenazaba en caso de
revuelta con pegar fuego a París pro los cuatro costados? Sus aliados de la
Montaña y Cavaignac no le permitían siquiera sostener
al caído baluarte de la sociedad mediante una manifestación oficial de
condolencia. Los del partido del orden no podían discutir al presidente la
facultad constitucional de destituir a un general. Sólo se enfurecían porque
habían hecho un uso no parlamentario de su derecho constitucional. ¿No habían
hecho ellos constantemente un uso inconstitucional de sus prerrogativas
parlamentarias, sobre todo al abolir el sufragio universal? Estaban obligados,
pues, a moverse estrictamente dentro de los límites parlamentarios. Y hacía
falta padecer aquella peculiar enfermedad que desde 1848 viene haciendo
estragos en todo el continente, el cretinismo
parlamentario, enfermedad que aprisiona como por encantamiento a los
contagiados en un mundo imaginario, privándoles de todo sentido, de toda
memoria, de toda comprensión del rudo mundo exterior; hacía falta padecer este
cretinismo parlamentario, para que quienes habían por sus propias manos
destruido y tenían necesariamente que destruir, en su lucha con otras clases,
todas las condiciones del poder parlamentario, considerasen todavía como
triunfos sus triunfos parlamentarios y creyesen dar en el blanco del presidente
cuando disparaban contra sus ministros. No hacían más que darle una ocasión
para humillar nuevamente a la Asamblea Nacional a los ojos de la nación. El 20
de enero, el Moniteur
anunció que había sido aceptada la dimisión de todo el ministerio. Bajo el
pretexto de que ningún partido parlamentario tenía ya la mayoría, como lo
demostraba el voto del 18 de enero, fruto de la coalición entre la Montaña y
los monárquicos, y esperando a la formación de una nueva mayoría, Bonaparte
nombró un llamado ministerio-puente, en el que no figuraba ningún diputado y en
el que todos sus componentes era individuos completamente desconocidos e
insignificantes, un ministerio de simples recaderos y escribientes. El partido
del orden podía ahora desgastarse en el juego con estas marionetas; el poder
ejecutivo no creyó que valía siquiera la pena de estar seriamente representado
en la Asamblea Nacional. Cuando más simples coristas fuesen sus ministros, más
visiblemente concentraba Bonaparte en su persona todo el poder ejecutivo, mayor
margen de libertad tenía para explotarlo al servicio de sus fines.
El partido del orden, coligado con la
Montaña, se vengó desechando la dotación presidencial de 1.800.000 francos que
el jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre había obligado a sus recaderos
ministeriales a presentar. Esta vez, la votación se decidió por una mayoría de
sólo 102 votos; es decir, que desde el 18 de enero habían vuelto a desertar 27
votos; la descomposición del partido del orden seguía su curso. Al mismo
tiempo, para que en ningún momento pudiera caber engaño acerca del sentido de
su coalición con la Montaña, no se dignó tomar siquiera en consideración una
proposición encaminada a la amnistía general de los presos políticos, firmada
por 189 diputados de la Montaña. Bastó con que el ministro del Interior, un tal
Vaïsse declarase que el orden sólo era aparente, que
reinaba gran agitación secreta, que sociedades omnipresentes se organizaban
secretamente, que los periódicos democráticos se preparaban para reaparecer,
que los informes de las provincias era desfavorables, que los emigrados de
Ginebra tendían, a través de Lyon, una conspiración
pro todo el sur de Francia, que Francia estaba al borde de una crisis
industrial y comercial, que los fabricantes de Roubaix
habían reducido la jornada de trabajo, que los presos de Belle-Ile se habían sublevado, bastó con que hasta un Vaïsse conjurase el espectro rojo, para que el parido del
orden rechazase, sin discutirla siquiera, una proposición que habría valido a
la Asamblea Nacional una enorme popularidad y habría obligado a Bonaparte a
echarse de nuevo en sus brazos. En vez de dejarse intimidar por el poder
ejecutivo con la perspectiva de nuevos desórdenes, habría debido, por el
contrario, dejar a la lucha de clases un pequeño margen, para mantener bajo su
independencia el poder ejecutivo. Pero no se sentía a la altura de la misión de
jugar con fuego.
Entretanto, el llamado ministerio-puente
fue vegetando hasta mediados de abril. Bonaparte cansó, chasqueó a la Asamblea
Nacional con constantes combinaciones de nuevos ministerios. Tan pronto parecía
querer formar un ministerio republicano con Lamartine
y Billault, como un ministerio parlamentario, con el
inevitable Odilon Barrot,
cuyo nombre no puede faltar cuando hace falta un cándido, o un ministerio
orleanista, con Maleville. Y mientras de este modo
mantiene en tensión a las diversas fracciones del partido del orden unas contra
otras y las atemoriza a todas con la perspectiva de un ministerio republicano y
con la restauración entonces inevitable del sufragio universal, suscita en la
burguesía la convicción de que sus esfuerzos sinceros por lograr un ministerio
parlamentario se estrellan contra la actitud irreconciliable de las fracciones
realistas. Pero la burguesía clamaba tanto más estentóreamente
por un «gobierno fuerte», encontraba tanto más imperdonable dejar a Francia
«sin administración», cuanto más parecía estar en marcha una crisis comercial
general, que laboraba en las ciudades en pro del socialismo como laboraba en el
campo el bajo precio ruinoso del trigo. El comercio languidecía cada día más,
los brazos parados aumentaban visiblemente, en París había por lo menos 10.000 obreros
sin pan; en Ruán, Mulhouse,
Lyon, Roubaix, Tourcoing, Saint-Étienne, Elbeuf, etc., se paralizaban innumerables fábricas. En
estas circunstancias, Bonaparte pudo atreverse a restaurar, el 11 de abril, el
ministerio del 18 de enero, con los señores Rouher, Fould, Baroche, etc., reforzados
pro el señor Léon Faucher,
a quien la Asamblea Constituyente, durante sus últimos días, por unanimidad,
con la sola excepción de los votos de cinco ministros, había estigmatizado con
un voto de desconfianza por la difusión de telegramas falsos. Por tanto, la
Asamblea Nacional había conseguido el 18 de enero un triunfo sobre el
ministerio, había luchado durante tres meses contra Bonaparte para que el 11 de
abril Fould y Baroche
pudiesen recibir en su alianza ministerial, como tercero, al puritano Faucher.
En noviembre de 1849, Bonaparte se había
contentado con un ministerio no parlamentario y en enero de 1851 con un
ministerio extraparlamentario; el 11 de abril se sintió ya lo bastante fuerte
para formar un ministerio antiparlamentario, en el que se unían armónicamente
los votos de desconfianza de ambas Asambleas, la Constituyente y la
Legislativa, la republicana y la realista. Esta gradación de ministerios era el
termómetro por el que el parlamento podía medir el descenso de su propio calor
vital. A fines de abril, éste había caído tan bajo, que Persigny
pudo invitar a Changarnier, en una entrevista
personal, a pasarse al campo del presidente. Le aseguró que Bonaparte
consideraba completamente destruida la influencia de la Asamblea Nacional y que
estaba preparada ya la proclama que había de publicarse después del coup d'état, constantemente
proyectado, pero otra vez accidentalmente aplazado. Changarnier
comunicó a los caudillos del partido del orden la esquela mortuoria, pero,
¿quién cree que las picaduras de las chinches matan? Y el parlamento, con estar
tan derrotado, tan descompuesto, tan corrompido, no podía resistirse a ver en
el duelo con el grotesco jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre algo más que
el duelo con una chinche. Pero, Bonaparte contestó al partido del orden como Agesilao al rey Agis: «Te parezco
un ratón, pero algún día te pareceré un león».
La coalición con la Montaña y los
republicanos puros, a que el partido del orden se veía condenado, en sus vanos
esfuerzos para retener el poder militar y reconquistar la suprema dirección del
poder ejecutivo, demostraba irrefutablemente que había perdido su mayoría
parlamentaria propia. La mera fuerza del calendario, la manecilla del reloj,
dio el 28 de mayo la señal para su completa desintegración. Con el 28 de mayo
comienza el último año de vida de la Asamblea Nacional. Ésta tenía que
decidirse ahora por seguir manteniendo intacta la Constitución o por revisarla.
Pero la revisión constitucional no quería decir solamente dominación de la
burguesía o de la democracia pequeñoburguesa,
democracia o anarquía proletaria, república parlamentaria o Bonaparte, sino que
quería decir también Orleans o Borbón. Con esto, se
echó a rodar en el parlamento la manzana de la discordia, que por fuerza tenía
que encender abiertamente el conflicto de intereses que dividían el partido del
orden en fracciones enemigas. El partido del orden era una amalgama de
sustancias sociales heterogéneas. El problema de la revisión creó la
temperatura política que descompuso el producto en sus elementos originarios.
El interés de los bonapartistas por la
revisión era sencillo. Para ellos, tratábase sobre
todo de derogar el artículo 45 que prohibía la reelección de Bonaparte y la
prórroga de sus poderes. No menos sencilla parecía la posición de los
republicanos. Éstos rechazan incondicionalmente toda revisión, viendo en ella
una conspiración urdida por todas partes contra la república. Y como disponía
de más de la cuarta parte de los votos de la Asamblea Nacional y
constitucionalmente eran necesarias las tres cuartas partes para contar
válidamente la revisión y convocar la Asamblea encargada de llevarla a cabo,
les bastaba con contar sus votos para estar seguros del triunfo. Y estaban seguros
de triunfar.
Frente a estas posiciones tan claras, el
partido del orden se hallaba metido en inextricables contradicciones. Si
rechazaba la revisión, ponía en peligro el statu quo, no dejando a Bonaparte
más que una salida, la de la violencia, entregando a Francia el segundo domingo
de mayo de 1852, en el momento decisivo, a la anarquía revolucionaria, con un
presidente que había perdido su autoridad, con un parlamento que hacía ya mucho
que no la tenía y con un pueblo que aspiraba a reconquistarla. Si votaba por la
revisión constitucional, sabía que votaba en vano y que sus votos fracasarían
necesariamente ante el veto constitucional de los republicanos. Si,
anticonstitucionalmente, declaraba válida la simple mayoría de votos, sólo
podía confiar en dominar la revolución, sometiéndose sin condiciones a las
órdenes del poder ejecutivo y erigía a Bonaparte en dueño de la Constitución,
de la revisión constitucional y del propio partido del orden. Una revisión
puramente parcial, que prorrogase los poderes del presidente abría el camino a
la usurpación imperial. Una revisión general, que acortase la vida de la
república, planteaba un conflicto inevitable entre las pretensiones dinásticas,
pues las condiciones para una restauración borbónica y para una restauración
orleanista no sólo eran no sólo eran distintas, sino que se excluían
mutuamente.
La república parlamentaria era algo más
que el terreno neutral en el que podían convivir con derechos iguales las dos
fracciones de la burguesía francesa, los legitimistas y los orleanistas, la
gran propiedad territorial y la industria. Era la condición inevitable para su
dominación en común, la única forma de gobierno en que sus
interés general de clase podía someter a la par las pretensiones de sus
distintas fracciones y las de las otras clases de la sociedad. Como realistas,
volvían a caer en su antiguo antagonismo, en la lucha por la supremacía de la
propiedad territorial o la del dinero, y la expresión suprema de este
antagonismo, su personificación, eran sus mismo reyes,
sus dinastías. De aquí la resistencia del partido del orden contra la vuelta de
los Borbones.
El orleanista y diputado Creton había presentado periódicamente, en 1849, 1850 y
1851, la proposición de derogar el decreto de destierro contra las familias reales.
Y el parlamento daba, con la misma periodicidad, el espectáculo de una asamblea
de realistas que se obstinaban en cerrar a sus reyes desterrados la puerta por
la que podían retornar a la patria. Ricardo III había asesinado a Enrique VI
con la observación de que era demasiado bueno para este mundo y estaba mejor en
el cielo. Aquellos realistas declaraban que Francia no merecía volver a poseer
sus reyes. Obligados pro la fuerza de las circunstancias, se habían convertido
en republicanos y sancionaban repetidamente la decisión del pueblo que
expulsaba a sus reyes de Francia.
La revisión constitucional (y las
circunstancias obligaban a tomarla en cuenta) ponía en tela de juicio, a la par
que la república, la dominación en común de las dos fracciones de la burguesía
y resucitaba de nuevo, con la posibilidad de una restauración de la monarquía,
la rivalidad de intereses que ésta había representado alternativamente y con
preferencia, resucitaba la lucha por la supremacía de una fracción sobre la
otra. Los diplomáticos del partido del orden creían poder dirimir la lucha
amalgamando ambas dinastías, mediante una llamada fusión de los partidos realistas y de sus casas reales. La
verdadera fusión de la restauración y de la monarquía de Julio era la república
parlamentaria, en la que se borraban los colores orleanista y legitimista y las
especies burguesas desaparecían en el burgués a secas, en el burgués como
género. Pero ahora se trataba de que el orleanista se hiciese legitimista y el
legitimista orleanista. Se quería que la monarquía, encarnación de su
antagonismo, pasase a encarnar su unidad, que la expresión de sus intereses
fraccionales exclusivos se convirtiese en expresión de su interés común de
clase, que la monarquía hiciese lo que sólo podía hacer y había hecho la
abolición de dos monarquías, la República. Era la piedra filosofal, en cuyo
descubrimiento se quebraban la cabeza los doctores del partido del orden. ¡Como
si la monarquía legítima pudiera convertirse nunca en la monarquía del burgués
industrial o la monarquía burguesa en la monarquía de la aristocracia
tradicional de la tierra! ¿Como si la propiedad
territorial y la industria pudiesen hermanarse bajo una sola corona, cuando
ésta sólo podía ceñir una cabeza, la del hermano mayor o la del menor! ¡Como si
la industria pudiese avenirse nunca con la propiedad territorial, mientras que
ésta no se decide a hacerse industrial! Aunque Enrique V muriese mañana, el
conde de París no se convertiría por ello en rey de los legitimistas, a menos
que dejase de serlo de los orleanistas. Sin embargo, los filósofos de la
fusión, que se engreían a medida que el problema de la revisión iba pasando al
primer plano, que hicieron de la Assemblée Nationale su órgano diario oficial y que incluso
vuelven a laborar en ese momento (febrero de 1852), buscaban la explicación de
todas las dificultades en la resistencia y la rivalidad de ambas dinastías. Los
intentos de reconciliar a la familia de Orleans con
Enrique V, intentos que comenzaron desde la muerte de Luis Felipe, pero que,
como todas las intrigas dinásticas, solamente se representaban, en general,
durante las vacaciones de la Asamblea Nacional, en los entreactos , entre
bastidores, más por coquetería sentimental con la vieja superstición que como
propósito serio, se convirtieron ahora en acciones dramáticas, representadas
por el partido del orden en la escena pública, en vez de representarse como
antes en un teatro de aficionados. Los correos volaban de París a Venecia, de
Venecia a Claremont, de Claremont
a París. El conde de Chambord lanza un manifiesto en
el que, «con la ayuda de todos los miembros de su familia», anuncia, no su
restauración, sino la restauración «nacional». El orleanista Salvandy se echa a los pies de Enrique V. En vano los jefes
legitimistas Berryer, Benoist
d'Azy, Saint-Priest, se van
en peregrinación a Claremont, a convencer a los Orleans. Los fusionistas se dan cuenta demasiado tarde de
que los intereses de familia, de los intereses de dos casas reales. Aunque
Enrique V reconociese al conde París como su sucesor (único éxito que, en el
mejor de los caso, podía conseguir la fusión), la casa de Orleans
no ganaba con ello ningún derecho que no le garantizase ya la falta de hijos de
Enrique V y en cambio perdía todos los que había conquistado la revolución de
julio. Renunciaba a sus derechos originarios, a todos los títulos que, en una
lucha casi secular, había ido arrancando a la rama más antigua de los Borbones, cambiaba sus prerrogativas históricas, las
prerrogativas de la monarquía moderna, por las prerrogativas de su árbol
genealógico. Por tanto, la fusión no sería más que la abdicación voluntaria de
la casa de Orleans, su resignación legitimista, la
vuelta arrepentida de la Iglesia estatal protestante a la católica. Una
retirada que, además, no la llevaría siquiera al trono que había perdido, sino
a las gradas del trono en que había nacido. Los antiguos ministros orleanistas,
Guizto, Duchâtel, etc., que
fueron también corriendo a Claremont, a abogar por la
fusión, sólo representaban en realidad la resaca que había dejado la revolución
de julio, la falta de fe en la monarquía burguesa y en la monarquía de los
burgueses, la fe supersticiosa en la legitimidad como último amuleto contra la
anarquía. Creyéndose mediadores entre los Orleans y
Borbón, sólo eran en realidad orleanistas apóstatas,
y como tales los recibió el príncipe de Joinville. En cambio, el sector viable
y batallador de los orleanistas, Thies, Baze, etc.,
convenció con tanta mayor facilidad a la familia de Luis Felipe de que si toda
restauración monárquica inmediata presuponía la fusión de ambas dinastías y
ésta, as u vez, la abdicación de la casa de Orleans,
en cambio correspondía por entero a la tradición de sus antepasados el
reconocer provisionalmente la república esperando a que los conocimientos
permitiesen convertir el sillón presidencial en trono. Se difundió en forma de
rumor la candidatura de Joinville a la presidencia, manteniéndose en suspenso
la curiosidad pública, y algunos meses más tarde, en septiembre, después de
rechazarse la revisión constitucional, fue públicamente proclamada.
De este modo, no sólo había fracasado el
intento de una fusión realista entre orleanistas y legitimistas, sino que había
roto su fusión parlamentaria,
su forma común republicana volviendo a despoblar el partido del orden entre sus
primitivos elementos; pero, cuanto más crecía el divorcio entre Claremont y Venecia, cuanto más se rompía su avenencia y
más se iba extendiendo la agitación a favor de Joinville, más acuciantes y más
serias se hacían las negociaciones entre Faucher, el
ministro de Bonaparte, y los legitimistas.
La descomposición del partido del orden
no se detuvo en sus elementos primitivos. Cada una de las dos grandes
fracciones se descompuso a su vez de nuevo. Era como si volviesen a revivir todos
los viejos matices que antiguamente se habían combatido dentro de cada uno de
los dos campos, el legitimista y el orleanista; como ocurre como los infusorios
secos al contacto con el agua; como si hubiesen recuperado la suficiente
energía vital para formar grupos propios y antagonismos independientes. Los
legitimistas veíanse transpuestos en sueños a los
litigios entre las Tullerìas y el Pabellón Marsan, entre Villèle y Polignac. Los orleanistas volvían a vivir la edad de oro de
los torneos entre Guizot, Molé, Broglie,
Thiers y Odilon Barrot.
El sector revisionista del partido del
orden, aunque discorde también en cuanto a los límites de la revisión,
integrado por los legitimistas bajo Berryer y Falloux de un lado, y de otro La Rochejaquelein,
y los orleanistas cansados de luchar, bajo Molé, Broglie, Montalembert y Odilon Barret, llegó a un acuerdo
con los representantes bonapartistas acerca de la siguiente vaga y amplia
proposición:
«Los diputados abajo firmantes, con el
fin de restituir a la nación el pleno ejercicio de su soberanía, presentan la
moción de que la Constitución sea revisada.»
Pero al mismo tiempo declaraban
unánimemente, por boca de su portavoz, Tocqueville,
que la Asamblea Nacional no tenía derecho a pedir la abolición de la república que este derecho sólo correspondía
a la cámara encargada de la revisión. las tres cuartas
partes de los votos constitucionalmente prescritas. Tras seis días de
turbulentos debates, el 19 de julio fue rechazada, como era de prever, la
revisión. Votaron a favor 446, pero en contra 278. Los orleanistas decididos,
Thiers, Changarnier, etcétera, votaron contra los
republicanos y la Montaña.
La mayoría del parlamento se declaraba
así en contra de la Constitución, pero ésta se declaraba, de por sí, a favor de
la minoría y declaraba su acuerdo como obligatorio. Pero ¿acaso el partido del
orden no había supeditado la Constitución a la mayoría parlamentaria el 31 de
mayo de 1850 y el 13 de junio de 1849? ¿No descansaba toda su política anterior
en la supeditación de los artículos constitucionales a los acuerdos
parlamentarios de la mayoría? ¿No había dejado a los demócratas y castigado en
ellos la superstición bíblica por la letra de la ley? Pero en este momento la
revisión constitucional no significaba más que la continuación del poder
presidencial, del mismo modo que la persistencia de la Constitución sólo
significaba la destitución de Bonaparte. El parlamento se había declarado a
favor de él, pero la Constitución se declaraba en contra del parlamento.
Bonaparte obró, pues, en un sentido parlamentario al desgarrar la Constitución,
y en un sentido constitucional al disolver el parlamento.
El parlamento había declarado a la
Constitución, y con ella su propia dominación, «fuera de la mayoría», con su
acuerdo había derogado la Constitución y prorrogado los poderes presidenciales,
declarando al mismo tiempo que ni aquélla podía morir, ni éstos vivir mientras
él mismo persistiese. Los que habían de enterrarlo estaban ya a la puerta.
Mientras el parlamento discutía la revisión, Bonaparte retiró al general Baraguay d'Hilliers, que se
mostraba indeciso, el mando de la primera división y nombró para sustituirle al
general Magnan, el vencedor de Lyon,
el héroe de las jornadas de diciembre, una de sus criaturas, que ya bajo Luis
Felipe se había comprometido más o menos por él con motivo de la expedición de Boulogne.
El partido del orden demostró, con su
acuerdo sobre la revisión, que no sabía gobernar ni servir, vivir ni morir, ni
soportar la república ni derribarla, ni mantener la Constitución ni echarla por
tierra, ni cooperar con el presidente ni romper con él. ¿De quién esperaba la
solución de todas las contradicciones? Del calendario, de la marcha de los
acontecimientos. Dejó de arrogarse un poder sobre éstos. Retó, por tanto, a los
acontecimientos a que se impusiesen por la fuerza, retando con ello al poder,
al que, en su lucha contra el pueblo, había ido cediendo un atributo tras otro,
hasta reducirse a la impotencia frente a él. Para que el jefe del poder
ejecutivo pudiese trazar el plan de lucha contra él con mayor desembarazo,
fortalecer sus medios de ataque, elegir sus armas, consolidar sus posiciones,
acordó, precisamente en este momento crítico, retirarse de la escena y aplazar
sus sesiones por tres meses, del 10 de agosto al 4 de noviembre.
El partido parlamentario no sólo se había
despoblado en sus dos grandes facciones y cada una de éstas no sólo se había
subdividido, sino que el partido del orden dentro del parlamento se había
divorciado del partido del orden fuera
del parlamento. Los portavoces y escribas de la burguesía, su tribuna y su
prensa, en una palabra, los ideólogos de la burguesía y la burguesía misma, los
representantes y los representados aparecían divorciados y ya no se entendían
más.
Los legitimistas de provincias, con su
horizonte limitado y su limitado entusiasmo, acusaban a sus caudillos
parlamentarios, Berryer y Falloux,
de deserción al campo bonapartista y de traición contra Enrique V. Su
inteligencia flordelisada creía en el pecado original, pero no en la
diplomacia.
Incomparablemente más funesta y más
decisiva era la ruptura de la burguesía comercial con sus políticos. Ella no
reprochaba a éstos, como los legitimistas a los suyos, el haber desertado de un
principio, sino, por el contrario, el aferrarse a principios ya superfluos.
Ya he apuntado más arriba que, desde la
entrada de Fould en el Gobierno, el sector de la
burguesía comercial que se había llevado la parte del león en el Gobierno de
Luis Felipe, la aristocracia
financiera, se había hecho bonapartista. Fould
no sólo representaba el interés de Bonaparte en la Bolsa, sino que representaba
al mismo tiempo los intereses de la Bolsa cerca de Bonaparte. La posición de la
aristocracia financiera la pinta del modo más palmario una cita tomada de su
órgano europeo, el Economist
de Londres. En su número del 1 de febrero de 1851, la revista publica la
siguiente correspondencia de París:
«Por todas partes hemos podido comprobar
que Francia exige ante todo tranquilidad. El presidente lo declara en su
mensaje a la Asamblea Legislativa, la tribuna nacional le hace eco, los
periódicos lo aseguran, se proclama desde el púlpito, lo demuestran la sensibilidad de los valores del Estado ante la menor
perspectiva de desorden y su firmeza tan pronto como triunfa el poder ejecutivo».
En su número del 29 de noviembre de 1851,
el Economist declara en su
propio nombres:
«En
todas las Bolsas de Europa se reconoce ahora al presidente como el guardián del
orden».
Por tanto, la aristocracia financiera
condenaba la lucha parlamentaria del partido del orden contra el poder
ejecutivo como una alteración del
orden y festejaba todos los triunfos del presidente sobre los supuestos
representantes de ella como un triunfo
del orden. Por aristocracia financiera hay que entender aquí no sólo los
grandes empresarios de los empréstitos y los especuladores en valores del
Estado, cuyos intereses coinciden, por razones bien comprensibles, con los del
poder público. Todo el moderno negocio pecuniario, toda la economía bancaria,
se halla entretejida del modo más íntimo con el crédito público. Una parte de
su capital activo se invierte, necesariamente, en valores del Estado que dan
réditos y son rápidamente convertibles. Sus depósitos, el capital puesto a su
disposición y distribuido por ellos entre los comerciantes e industriales,
afluye en parte de los dividendos de los rentistas del Estado. Si en todas las
épocas la estabilidad del poder público es el alfa y el omega para todo el
mercado monetario y sus sacerdotes, ¿cómo no ha de serlo hoy, en que todo
diluvio amenaza con arrastra junto a los viejos Estados las viejas deudas del
Estado?
También a la burguesía industrial, en su fanatismo por el orden, le irritaban
las querellas del partido parlamentario del orden con el poder ejecutivo.
Después de su voto del 18 de enero con motivo de la destitución de Changarnier, Thiers, Anglès,
Sainte-Beuve, etc., recibieron reprimendas públicas,
procedentes precisamente de sus mandantes de los distritos industriales, en las
que se estigmatizaba sobre todo su coalición con la Montaña como un delito de
alta traición contra el orden. Si bien hemos visto que las pullas jactanciosas,
las mezquinas intrigas en que se manifestaba la lucha del partido del orden
contra el presidente no merecían mejor acogida, por otra parte este partido
burgués, que exigía a sus representantes que dejasen pasar sin resistencia el
poder militar de manos de su propio parlamento a manos de un pretendiente
aventurero, no era siquiera digno de las intrigas que se malgastaban en su
interés. Demostraba que la lucha por defender su interés público, su propio interés de clase, su poder político, no hacía más que molestarle
y disgustarle como una perturbación de su negocio privado.
Durante las jiras de Bonaparte, los
dignatarios burgueses de las ciudades departamentales, los magistrados, los
jueces comerciales, etc., le recibían en todas partes casi sin excepción, del
modo más servil, aun cuando, como hizo en Dijon,
atacase sin reservas a la Asamblea Nacional y especialmente al partido del
orden.
Cuando el comercio marchaba bien, como
ocurría aún a comienzos de 1851, la burguesía comercial se enfurecía contra
todo lo que fuese lucha parlamentaria, por miedo a que el comercio perdiese el
humor. Cuando el comercio marchaba mal, como ocurría constantemente desde fines
de febrero de 1851, acusaba a las luchas parlamentarias de ser la causa del
estancamiento y clamaba por que aquellas luchas se acallasen para que el
comercio pudiera reanimarse. Los debates sobre la revisión constitucional
coincidieron precisamente con esta época mala. Como aquí se trataba del ser o
no ser de la forma de gobierno existente, la burguesía se sintió tanto más
autorizada a reclamar a sus representantes que se pusiese fin a esta
atormentadora situación provisional, ella entendía precisamente su perpetuidad,
el aplazar hasta un remoto porvenir el momento de tomar una decisión. El statu quo sólo podía mantenerse por
dos caminos: prorrogar los poderes de Bonaparte o hacer que éste dimitiese
constitucionalmente y elegir a Cavaignac. Una parte
de la burguesía deseaba la segunda solución y no supo dar a sus representantes
mejor consejo que callar, no tocar el punto candente. Creía que si sus
representantes no hablaban, Bonaparte se abstendría de obrar. Quería un
parlamento-avestruz, que escondiese la cabeza para no ser visto. Otra parte de
la burguesía quería que Bonaparte, ya que estaba sentado en el sillón
presidencial, continuase sentado en él, para que todo siguiese igual. Y le
sublevaba que su parlamento no violase abiertamente la Constitución y no
abdicase sin más rodeos.
Los Consejos generales de los
departamentos, representaciones provinciales de la gran burguesía, reunidos
durante las vacaciones de la Asamblea Nacional, desde el 25 de agosto, se
declararon casi unánimemente en pro de la revisión, es decir, en contra del
parlamento y a favor de Bonaparte.
Más inequívocamente todavía que el
divorcio con sus representantes
parlamentarios, ponía de manifiesto la burguesía su furia contra sus
representantes literarios, contra su propia prensa. Las condenas a multas
exorbitantes y a desvergonzadas penas de cárcel con que los jurados burgueses
castigaban todo ataque de los periodistas burgueses contra los apetitos
usurpadores de Bonaparte, todo intento por parte de la prensa de defender los derechos
políticos de la burguesía contra el poder ejecutivo, causaban asombro no sólo
de Francia, sino de toda Europa.
Si el
partido parlamentario del orden, con sus gritos pidiendo tranquilidad,
se condenaba él mismo, como ya he indicado, a la inacción, si declaraba la
dominación política de la burguesía incompatible con la seguridad y la
existencia de la burguesía; destruyendo por su propia mano, en la lucha contra
las demás clases de la sociedad, todas las condiciones de su propio régimen,
del régimen parlamentario, la masa
extraparlamentaria de la burguesía, con su servilismo hacia el
presidente, con sus insultos contra el parlamento, con el trato brutal a su
propia prensa, empujaba a Bonaparte a oprimir, a destruir a sus oradores y sus
escritores, sus políticos y sus literatos, su tribuna y su prensa, para poder
así entregarse confiadamente a sus negocios privados bajo la protección de un
gobierno fuerte y absoluto. Declaraba inequívocamente que ardía en deseos de
deshacerse de su propia dominación política para deshacerse de las penas y los
peligros de esa dominación.
Y esta burguesía extraparlamentaria, que
se había rebelado ya contra la lucha puramente parlamentaria y literaria en pro
de la dominación de su propia clase y traicionado a los caudillos de esta
lucha, ¡se atreve ahora a acusar a
posteriori al proletariado por no haberse lanzado por ella a una lucha
sangrienta, a una lucha a vida o muerte! Ella, que en todo momento sacrificó su
interés general de clase, su interés político, al más mezquino y sucio interés
privado, exigiendo a sus representantes este mismo sacrificio, ¡se lamenta
ahora de que el proletariado sacrifique a sus intereses materiales, los
intereses políticos ideales de ella! Se presenta como un alma cándida a quien
el proletariado, extraviado pro los socialistas, no ha sabido comprender y ha
abandonado en el momento decisivo. Y encuentra un eco general en el mundo
burgués. No me refiero, naturalmente, a los politicastros y majaderos
ideológicos alemanes. Me remito, por ejemplo, al mismo Economist, que todavía el 29
de noviembre de 1851, es decir, cuatro días antes del golpe de Estado,
presentaba a Bonaparte como el «guardián del orden» y a los Thiers y Berryer como «anarquistas», y que el 27 de diciembre de
1851, cuando ya Bonaparte había reducido a la tranquilidad a aquellos
anarquistas, clama acerca de la traición cometida por las «ignorantes, incultas
y estúpidas masas proletarias contra el ingenio, incultas y estúpidas masas
proletarias contra el ingenio, los conocimientos, la disciplina, la influencia
espiritual, los recursos intelectuales y el peso moral de las capas medias y
elevadas de la sociedad». La única masa estúpida, ignorante y vil no fue nadie
más que la propia masa burguesa.
Es cierto que en 1851 Francia había
vivido una especie de pequeña crisis comercial. A fines de febrero se puso de
manifiesto la disminución de las exportaciones respecto a 1850, en marzo se
resintió el comercio y se cerraron las fábricas, en abril la situación de los
departamentos industriales parecía tan desesperada como después de las jornadas
de febrero, en mayo los negocios no se habían reavivado aún; todavía el 18 de
junio, la cartera del Banco de Francia, con su aumento enorme de los depósitos
y su descenso no menos grande de los descuentos de letras, revelaba el
estancamiento de la producción; hasta mediados de octubre no volvió a
producirse de nuevo una mejora progresiva en los negocios. La burguesía
francesa se explicaba este estancamiento del comercio con motivos puramente
políticos, con la lucha entre el parlamento y el poder ejecutivo, con la
inestabilidad de una forma de gobierno puramente provisional, con la
perspectiva intimadora del segundo domingo de mayo de
1852. No negaré que todas estas circunstancias ejercían un efecto deprimente sobre
algunas ramas industriales en París y en los departamentos. Sin embargo, esta
influencia de las circunstancias políticas era una influencia meramente local y
sin importancia. ¿Qué mejor prueba de esto que el hecho de que la situación del
comercio comenzase a mejorar precisamente hacia mediados de octubre, en el
momento en que la situación política empeoraba, en que el horizonte político se
oscurecía, esperándose a cada instante que cayese un rayo del Elíseo? Por lo
demás, el burgués de Francia, cuyo «ingenio, conocimientos, penetración
espiritual y recursos intelectuales» no llegan más allá de su nariz, pudo dar
con la nariz en la causa de su miseria comercial en todo el tiempo que duró la
Exposición Industrial de Londres. Mientras en Francia se cerraban las fábricas,
en Inglaterra estallaban las bancarrotas comerciales. Mientras en abril y mayo
el pánico industrial alcanzaba su apogeo en Francia, en abril y mayo el pánico
comercial alcanzaba el apogeo en Inglaterra. La industria lanera inglesa sufría
quebrantos como la francesa, y otro tanto ocurría con la manufactura de la
seda. Y si las fábricas algodoneras inglesas seguían trabajando, no era ya con
las mismas ganancias que en 1849 y 1850. No había más diferencia, sino que en
Francia la crisis era industrial y en Inglaterra comercial; que, mientras en
Francia las fábricas se cerraban, en Inglaterra se extendía su producción, pero
bajo condiciones más favorables que en los años anteriores, que en Francia la
que salía peor parada era la exportación y en Inglaterra la importación. La
causa común que, naturalmente, no ha de buscarse dentro de los límites del
horizonte político francés, era palmaria. Los años de 1849 y 1850 fueron años
de la mayor prosperidad material y de una superproducción que sólo se manifestó
como tal a partir de 1851. A comienzos de este año, aún se la fomentó de un
modo especial con vistas a la Exposición Industrial. Como circunstancias
peculiares, hay que añadir: primero, la mala cosecha de algodón de 1850 y 1851;
luego, la seguridad de una cosecha algodonera más abundante que la que se
esperaba, el alza y luego la baja repentina, en una palabra, las oscilaciones
de los precios del algodón. La cosecha de seda en bruto había sido todavía
inferior, por lo menos en Francia, a la cifra media. Finalmente, la manufactura
lanera se había extendido tanto, desde 1848, que la producción de lana no podía
darle abasto y el precio de la lana en bruto subió muy desproporcionadamente en
relación con el precio de los artículos de lana. Aquí, en la materia prima de
tres industrias del mercado mundial, tenemos, pues, ya triple material para un
estancamiento de comercio. Prescindiendo de estas circunstancias especiales, la
aparente crisis del año 1851 no era más que el alto que la superproducción y superespeculación hacen cada vez que recorren el ciclo
industrial, antes de reunir todas sus fuerzas para recorrer con vertiginosidad
febril la última etapa del ciclo y llegar de nuevo a su punto de partida: la crisis comercial general. En estos
intervalos de la historia del comercio, estallan en Inglaterra las bancarrotas
comerciales, mientras que en Francia se paraliza la industria misma, en parte
obligada a retroceder por la competencia de los ingleses en todos los mercados,
competencia que precisamente en esos momentos se agudiza hasta términos
irresistibles, y en parte por ser una industria de lujo, que sufre
preferentemente las consecuencias de todos los estancamientos de los negocios.
De este modo, Francia, además de recorrer las crisis generales, recorre sus
propias crisis nacionales de comercio, que, sin embargo, están mucho más
determinadas y condicionadas por el estado general del mercado mundial que por
las influencias locales francesas. No carecerá de interés oponer al prejuicio
del burgués de Francia el juicio del burgués de Inglaterra. Una de las mayores
casas de Liverpool escribe en su memoria comercial anual de 1851:
«Pocos años han engañado más que éste en
los pronósticos hechos al comenzar; en vez de la gran prosperidad, que se
preveía casi unánimemente, resultó ser uno de los años más decepcionantes desde
hace un cuarto de siglo. Esto sólo se refiere, naturalmente, a las clases
mercantiles, no a las industriales. Y, sin embargo, al comenzar el año había
indudablemente sus razones para pensar lo contrario; las reservas de mercancías
eran escasas, el capital abundante, las subsistencias baratas, estaba asegurado
un año próspero; paz inalterada en el continente y ausencia de perturbaciones
políticas o financieras en nuestro país; realmente, nunca se habían visto más
libres las alas del comercio... ¿A qué atribuir este resultado desfavorable?
Creemos que al exceso de comercio,
tanto en las importaciones como en las exportaciones. Si nuestros comerciantes
no ponen por sí mismos a su actividad límites más estrechos, nada podrá
sujetarnos dentro de los carriles, más que un pánico cada tres años.»
Imaginémonos ahora al burgués de Francia
en medio de este pánico de los negocios, con su cerebro obsesionado por el
comercio, torturado, aturdido por los rumores de golpe de Estado y de
restablecimiento del sufragio universal, por la lucha entre el parlamento y el
poder ejecutivo, por la guerra de la Fronda de los orleanistas y los
legitimistas, por las conspiraciones comunistas del sur de Francia y las
supuestas jacqueries
de los departamentos del Nièvre y del Cher, por los reclamos de los distintos candidatos a la
presidencia, por las consignas chillonas de los periódicos, por las amenazas de
los republicanos de defender con las armas en la mano la Constitución y el sufragio
universal, por los evangelios de los héroes emigrados in partibus, que anunciaban el fin del
mundo para el segundo domingo de mayo de 1852, y comprenderemos que, en medio
de esta confusión indecible y estrepitosa de fusión, revisión, prórroga de poderes,
Constitución, conspiración, coalición, emigración, usurpación y revolución. el burgués, jadeante, gritase como loco a su república
parlamentaria: «¡Antes un final
terrible que un terror sin fin!»
Bonaparte supo entender este grito. Su
capacidad de comprensión se aguzó por la creciente violencia de sus acreedores,
que veían en cada crepúsculo que los iba acercando al día del vencimiento, al
segundo domingo de mayo de 1852, una protesta del movimiento de los astros
contra sus letras de cambio terrenales. Se habían convertido en verdaderos
astrólogos. La Asamblea Nacional había frustrado a Bonaparte toda esperanza en
la prórroga constitucional de su poder y la candidatura del príncipe de
Joinville no consentía más vacilaciones.
Si hubo alguna vez un acontecimiento que
proyectase delante de sí una sombra mucho tiempo antes de ocurrir, fue el golpe
de Estado de Bonaparte. Ya el 29 de enero de 1849, cuando apenas había pasado
un mes desde su elección, hizo una proposición en este sentido a Changarnier. Su propio primer ministro, Odilon
Barrot, había denunciado veladamente en el verano de
1849, y Thiers abiertamente en el invierno de 1850, la política del golpe de
Estado. En mayo de 1851, Persigny había intentado
otra vez más ganar a Changarnier para el golpe y el Messager de l'Assemblée había
hecho públicas estas negociaciones. Los periódicos bonapartistas amenazaban con
un golpe de Estado ante cada tormenta parlamentaria, y cuanto más se acercaba
la crisis, más subían de tono. En las orgías, que Bonaparte celebraba todas las
noches con la swell mob de
ambos sexos, en cuanto se acercaba la media noche y las abundantes libaciones
desataban las lenguas y calentaban la fantasía, se acordaba el golpe de Estado
para la mañana siguiente. Se desenvainaban las espadas, tintineaban los vasos,
los diputados salían volando por las ventanas y el manto imperial caía sobre
los hombros de Bonaparte, hasta que la mañana siguiente ahuyentaba al fantasma,
y el asombrado París se enteraba, por las vestales poco reservadas y los indiscretos
paladines, del peligro de que había escapado una vez más. Durante los meses de
septiembre y octubre se atropellaban los rumores sobre un coup d'état. La sombra cobraba al mismo
tiempo color, como un daguerrotipo iluminado. Si se ojean las series de
septiembre y octubre en las selecciones de los órganos de la prensa diaria
europea, se encontrarán textualmente noticias de este tipo:» París está lleno
de rumores de un golpe de Estado. Se dice que la capital se llenará de tropas
durante la noche y que a la mañana siguiente aparecerán decretos disolviendo la
Asamblea Nacional, declarando el departamento del Sena en estado de sitio, resturando el sufragio universal y apelando al pueblo. Se
dice que Bonaparte busca ministros para poner en práctica estos decretos
ilegales». Las correspondencias que dan estas nociticas
terminan siempre con la palabra fatal «aplazado».
El golpe de Estado fue siempre la idea fija de Bonaparte. Con esta idea en la
cabeza volvió a pisar el territorio de Francia. Hasta tal punto estaba poseído
por ella, que la delataba y se le iba de la lengua a cada paso. Y era tan
débil, que volvía a abandonarla también a cada paso. La sombra del golpe de
Estado había hecho tan familiar a los parisinos como espectro, que cuando por
fin se les presentó en carne y hueso no querían creer en él. No fue, pues, ni
el recato discreto del jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre ni una sorpresa
insospechada por la Asamblea Nacional lo que hizo que triunfase el golpe de
Estado. Si triunfó, fue, a pesar de la indiscreción de aquél y a ciencia y conciencia de ésta, como resultado necesario e inevitable del proceso
anterior.
El 10 de octubre, Bonaparte anunció a sus
ministros su resolución de restaurar el sufragio universal; el 16 le
presentaron la dimisión, y el 26 conoció París la formación del ministerio Thorigny. El prefecto de policía Carlier
fue sustituido al mismo tiempo por Maupas y el jefe
de la primera división, Magnan, concentró en la
capital los regimientos más seguros. El 4 de noviembre reanudó sus sesiones la
Asamblea Nacional. Ya no tenía que hacer más que repetir en pocas y sucintas
lecciones de repaso el curso que había acabado y probar que la habían enterrado
sólo después de morir.
El primer puesto que había perdido en su
lucha con el poder ejecutivo era el ministerio. Y no tuvo más remedio que
confesar solemnemente esta pérdida, aceptando como plenamente válido el
simulacro de ministerio de Thorigny. La comisión
permanente había recibido con risas al señor Giraud,
cuando éste se presentó en nombre de los nuevos ministros. ¡Flojo era el
ministerio para medidas tan fuertes como la restauración del sufragio
universal! Pero se trataba precisamente de no sacar nada adelante en el Parlamento, sino de sacarlo
todo contra el Parlamento.
El mismo día en que reanudó sus sesiones,
la Asamblea Nacional recibió el mensaje en que Bonaparte exigía la restauración
del sufragio universal y la derogación de la ley de 31 de mayo de 1850. Sus
ministros presentaron el mismo día un decreto en este sentido. La Asamblea
rechazó inmediatamente la proposición de urgencia de los ministros, y el 13 de
noviembre la propuesta de ley, por 355 votos contra 348. De este modo, volvió a
romper una vez más su mandato, volvió a confirmar una vez más que había dejado
de ser la representación libremente elegida del pueblo, para convertirse en el
parlamento usurpador de una clase, confesó una vez más que había cortado por su
propia mano los músculos que unían la cabeza parlamentaria con el cuerpo de la
nación.
Si el poder ejecutivo, con su propuesta
de restauración del sufragio universal, apelaba de la Asamblea Nacional al
pueblo, el poder legislativo, con su proyecto de ley sobre cuestores había de
fijar el derecho de la Asamblea Nacional a requerir directamente el auxilio de
las tropas, a crear un ejército parlamentario. Al erigir así al ejército en
árbitro entre ella y el pueblo, entre ella y Bonaparte, al reconocer al
ejército como poder decisivo del Estado, tenía necesariamente que confirmar, de
tora parate, que había
abandonado ya desde hacía mucho tiempo su pretensión de mando sobre el
ejército. Cuando, en vez de requerir inmediatamente a las tropas, debatía sobre
su derecho a requerirlas, revelaba la duda en su propio poder. Al rechazar la
ley de los cuestores, conversaba abiertamente su impotencia. Esta ley fue
desechada con una minoría de 108 votos; la Montaña decidió, por tanto, la
votación. Se encontraba en la situación del asno de Buridán,
no ciertamente entre dos sacos de pienso, sin saber cuál sería mejor, sino
entre dos tandas de palos, sin saber cuál sería peor. De un lado, el miedo a Changarnier; de otro, el miedo a Bonaparte. Hay que
reconocer que la situación no tenía nada de heroica.
El 18 de noviembre se propuso una
enmienda a la ley sobre las elecciones municipales presentada por el partido
del orden, en la que se disponía que los electores municipales no necesitarían tres años de domicilio, sino uno solo, para
poder votar. La enmienda se desechó por un solo voto, este voto resultó
inmediatamente ser un error. Escindido en sus fracciones enemigas, el partido
del orden había perdido desde hacía ya mucho tiempo su mayoría parlamentaria
propia. Ahora ponía de manifiesto que en el parlamento no existía ya mayoría
alguna. La Asamblea Nacional era ya incapaz
para tomar acuerdos. Sus elementos atómicos ya no se mantenían unidos
por ninguna fuerza de cohesión; había gastado su último hálito de vida, estaba
muerta.
Finalmente, algunos días antes de la
catástrofe, la masa extraparlamentaria de la burguesía había de confirmar
solemnemente una vez más su ruptura con la burguesía dentro del parlamento.
Thiers, que como héroe parlamentario estaba contagiado preferentemente de la
enfermedad incurable del cretinismo parlamentario, había maquinado después de
la muerte del parlamento una nueva intriga parlamentaria con el Consejo de
Estado, una ley de responsabilidad con la que se pretendía sujetar al
presidente dentro de los límites de la Constitución. Así como el 15 de
septiembre, en la fiesta en que se puso la primera piedra del nuevo mercado de
París, Bonaparte había fascinado a las dames de Halles, a las pescaderas, como un segundo Masniello (claro está que una de estas pescaderas valía en
cuanto a fuerza efectiva, por 17 burgraves), del mismo modo que, después de
presentada la ley sobre cuestores, entusiasmaba a los tenientes obsequiados en
el Elíseo, ahora, el 25 de noviembre, arrebató a la burguesía industrial,
congregada en el circo para recibir de sus manos las medallas de los premios
por la Exposición Industrial de Londres. Reproduciré la parte significativa de
su discurso, tomada del Journal des Débats.
«Con éxitos tan inesperados, me creo
autorizado a decir cuán grande sería la República Francesa si se le consintiese
defender sus intereses reales y reformar sus instituciones, en vez de verse
constantemente perturbada, de un lado, por los demagogos y, de otro lado, por
las alucinaciones monárquicas. (Grandes,
atronadores y repetidos aplausos de todas las partes del anfiteatro.)
Las alucinaciones monárquicas entorpecen todo progreso y todo desarrollo
industrial serio. En lugar de progreso, no hay más que lucha. Vemos a hombres
que antes eran el más celoso sostén de la autoridad y de las prerrogativas
reales y que hoy son partidarios de una Convención solamente para quebrantar la
autoridad nacida del sufragio universal. (Grandes y repetidos aplausos.) Vemos a hombres que han sufrido
más que nadie de la revolución y la han deplorado más que nadie, y que provocan
una nueva, sin más objeto que encadenar la voluntad de la nación... Yo os prometo
tranquilidad para el porvenir, etc.» («Bravo»,
«Bravo», atronadores «Bravo».)
Así aplaude la burguesía industrial con
su reclamación más servil el golpe de Estado del 2 de diciembre, la
aniquilación del parlamento, el ocaso de su propia dominación, la dictadura de
Bonaparte. La tempestad de aplausos del 25 de noviembre tuvo su respuesta en la
tempestad de cañonazos del 4 de diciembre, y la mayoría de las bombas fueron a
estallar en la casa del señor Sallandrouze, en cuya
garganta había estallado la mayoría de los vítores.
Cuando Cromwell
disolvió el Parlamento Largo, se dirigió solo al centro del salón de sesiones,
sacó el reloj para que aquél no viviese ni un solo minuto más del plazo que le
había señalado y fue arrojando del salón a los diputados uno por uno con
insultos alegres y humoristas. El 18 Brumario, Napoleón, con menos talla que su
modelo, se trasladó, a pesar de todo, al Cuerpo Legislativo y le leyó, aunque
con voz entrecortada, su sentencia de muerte. El segundo Bonaparte, que por lo
demás se hallaba en posesión de un poder ejecutivo muy distinto del de Cromwell o Napoleón, no fue a buscar su modelo en los
anales de la historia universal, sino en los anales de la Sociedad del 10 de
Diciembre, en los anales de la jurisprudencia criminal. Roba al Banco de
Francia 25 millones de francos, compra al general Magnan
por un millón y a los soldados por 15 francos a cada uno y por aguardiente, se
reúne a escondidas por la noche con sus cómplices, como un ladrón, manda
asaltar las casas de los parlamentarios más peligrosos, sacándolos de sus camas
y llevándose a Cavaignac, Lamoriciére,
Le Flô, Changarnier,
Charras, Thiers, Baze y otros, manda ocupar las
plazas principales de París y el edificio del Parlamento con tropas y pegar, al
amanecer, en todos los muros, carteles estridentes proclamando la disolución de
la Asamblea Nacional y del Consejo de Estado, la restauración del sufragio
universal y la declaración del departamento del Sena en estado de sitio. Y poco
después, inserta en el Moniteur un documento falso, según el cual influyentes
hombres parlamentarios se han agrupado en torno a él en un Consejo de Estado.
Los restos del parlamento, formados
principalmente por legitimistas y orleanistas, se reúnen en el edificio de la
alcaldía del 10 distrito y acuerdan entre gritos de «¡Viva
la república!» la destitución de Bonaparte, arengan en vano a la masa
boquiabierta congregada delante del edificio y, por último, custodiados por
tiradores africanos, son arrastrados primero al cuartel d'Orsay
y luego empaquetados en coches celulares y transportados a las cárceles de
Mazas, Ham y Vincennes. Así
terminaron el partido del orden, la Asamblea Legislativa y la revolución de
febrero. He aquí en breves rasgos, antes de pasar rápidamente a las
conclusiones, el esquema de su historia.
I. Primer
período. Del 24 de febrero al 4 de mayo de 1848. Período de febrero.
Prólogo. Farsa de confraternización general.
II. Segundo período. Período de constitución de la república y de la
Asamblea Nacional Constituyente.
1.
Del 4 de mayo al 25 de junio de 1848. Lucha de todas las clases
contra el proletariado. Derrota del proletariado en las jornadas de junio.
2.
Del 25 de junio al 10 de diciembre de 1848. Dictadura de los
republicanos burgueses puros. Se redacta el proyecto de Constitución.
Declaración del estado de sitio en París. El 10 de diciembre se elimina la
dictadura burguesa con la elección de Bonaparte para presidente.
3.
Del 20 de diciembre de 1848 al 28 de mayo de 1849. Lucha de la
Constituyente contra Bonaparte y el partido del orden coligado con él. Caída de
la Constituyente. Derrota de la burguesía republicana.
III: Tercer período. Período de la república constitucional y de la Asamblea Nacional Legislativa.
1.
- del 28 de mayo al 13 de junio de 1849. Lucha de los pequeños
burgueses contra la burguesía y contra Bonaparte.
2.
Del 13 de junio de 1849 al 31 de mayo de 1850. Dictadura
parlamentaria del partido del orden. Corona su dominación con la abolición del
sufragio universal, pero pierde el ministerio parlamentario.
3.
Del 31 de mayo de 1850 al 2 de diciembre de 1851. Lucha entre la
burguesía parlamentaria y Bonaparte.
1.
Del 31 de mayo de 1850 al 12 de enero de 1851. El parlamento
pierde el alto mando sobre el ejército.
2.
Del 12 de enero al 11 de abril de 1851. Sucumbe en sus tentativas
por volver a adueñarse del poder administrativo. El partido del orden pierde su
mayoría parlamentaria propia. Coalición del partido del orden con los
republicanos y la Montaña.
3.
Del 11 de abril al 9 de octubre de 1851. Intentos de revisión, de
fusión, de prórroga de poderes. El partido del orden se descompone en los
elementos que lo integran. Definitiva ruptura del parlamento burgués y de la
prensa burguesa con la masa de la burguesía.
4.
Del 9 de octubre al 2 de diciembre de 1851. Ruptura franca entre
el parlamento y el poder ejecutivo. El parlamento consuma su defunción y
sucumbe, abandonado por su propia clase, por el ejército y por las demás
clases. Hundimiento del régimen parlamentario y de la dominación burguesa.
Triunfo de Bonaparte. Parodia de restauración imperial.
La república social
apareció como fase, como profecía, en el umbral de la revolución de febrero. En
las jornadas de junio de 1848, fue ahogada en sangre del proletariado
de París, pero aparece en los restantes actos del drama como
espectro. Se anuncia la república democrática. Se esfuma el 13
de junio de 1849, con sus pequeños burgueses dados a la fuga,
pero en su huida arroja tras sí reclamos doblemente jactanciosos. La república
parlamentaria con la burguesía se adueña de toda la escena, apura
su vida en toda la plenitud, pero el 2 de diciembre de 1851 la entierra bajo el
grito de angustia de los realistas coligados: «¡Viva
la república!»
La burguesía francesa, que se rebelaba
contra la dominación del proletariado trabajador, encumbró en el poder al lumpemproletariado, con el jefe de la Sociedad del 10 de
Diciembre a la cabeza. La burguesía mantenía a Francia bajo el miedo constante
a los futuros espantos de la anarquía roja; Bonaparte descontó este porvenir
cuando el 4 de diciembre hizo que el ejército del orden, animado por el
aguardiente, disparase contra los distinguidos burgueses del Boulevard Montmartre y del Boulevard des Italiens,
que estaban asomados a las ventanas. La burguesía hizo la apoteosis del sable,
y el sable manda sobre ella. Aniquiló la prensa
revolucionaria, y ve aniquilada su propia prensa. Sometió las asambleas
populares a la vigilancia de la policía; sus salones se hallan bajo la
vigilancia de la policía. Disolvió la Guardia Nacional democrática y su propia
Guardia Nacional democrática y su propia Guardia Nacional ha sido disuelta.
Decretó el estado de sitio, y el estado de sitio ha sido decretado contra ella.
Suplantó los jurados por comisiones militares, y las comisiones militares
ocupan el puesto de sus jurados. Sometió la enseñanza del pueblo a los curas, y
los curas la someten a ella a su propia enseñanza. Deportó a detenidos sin
juicio, y ella es deportada sin juicio. Sofocó todo movimiento de la sociedad
mediante el poder del Estado, y el poder del Estado sofoca todos los
movimientos de su sociedad. Se rebeló, llevada del entusiasmo por su bolsa,
contra sus propios políticos y literatos; sus políticos y literatos fueron
quitados de en medio, pero su bolsa se ve saqueada después de amordazarse su
boca y romperse su pluma. La burguesía gritaba incansablemente a la revolución
como San Arsenio a los cristianos: Fuge, tace, quiesce!
¡Huye, calla, descansa! Y ahora es Bonaparte el que grita a la burguesía; Fuge, tace, quiesce! ¡Huye,
calla, descansa!
La burguesía francesa había resuelto
desde hacía mucho tiempo el dilema de Napoleón: Dans cinquante ans, l'Europe sera républicaine
ou cosaque... Lo
había resuelto en la république cosaque. Ninguna Circe ha desfigurado con su
encanto maligno la obra de arte de la república burguesa, convirtiéndola en un
monstruo. Esa república sólo perdió su apariencia de respetabilidad. La Francia
actual se contenía ya íntegra en la república parlamentaria. Sólo hacía falta
el arañazo de una bayoneta para que la vejiga estallase y el monstruo saltase a
la vista.
¿Por qué el proletariado de París no se
levantó después del 2 de diciembre?
La caída de la burguesía sólo estaba
decretada; el decreto no se había ejecutado todavía. Cualquier alzamiento serio
del proletariado habría dado a aquélla nuevos bríos, la habría reconciliado con
el ejército y habría asegurado a los obreros una segunda derrota de julio.
El 4 de diciembre, el proletariado fue
espoleado a la lucha por burgueses y tenderos. En la noche de este día
prometieron comparecer en el lugar de la lucha varias legiones de la Guardia
Nacional, armadas y uniformadas. En efecto, burgueses y tenderos habían
descubierto que, en uno de sus decretos del 2 de diciembre, Bonaparte abolía el
voto secreto y les ordenaba inscribir en los registros oficiales, detrás de sus
nombres, un sí o un no. La resistencia del 4 de diciembre amedrentó a
Bonaparte. Durante la noche mandó pegar en todas las esquinas de París carteles
anunciando la restauración del voto secreto. Burgueses y tenderos creyeron
haber alcanzado su finalidad. Todos los que no se presentaron a la mañana
siguiente eran tenderos y burgueses.
Un golpe de mano de Bonaparte, dado
durante la noche del 1 al 2 de diciembre, había privado al proletariado de
París de sus guías, de los jefes de las barricadas. ¡Un ejército sin oficiales,
al que los recuerdos de junio de 1848 y 1849 y de mayo de 1850 inspiraban la
aversión a luchar bajo la bandera de los montagnards,
confió a su vanguardia, a las sociedades secretas, la salvación del honor
insurreccional de París, que la burguesía entregó tan mansamente a la
soldadesca, que Bonaparte pudo más tarde desarmar a la Guardia Nacional con el
pretexto burlón de que temía que sus armas fuesen empleadas abusivamente contra
ella misma por los anarquistas!
«C'est le triomphe complet et définitif du Socialisme!» Así caracterizó Guizot
el 2 de diciembre. Pero si la caída de la república parlamentaria encierra ya
en germen el triunfo de la revolución proletaria, su resultado inmediato,
tangible, era la victoria de Bonaparte sobre el parlamento, del
poder ejecutivo sobre el poder legislativo, de la fuerza sin frases sobre la
fuerza de las frases. En el parlamento, la nación elevaba su
voluntad general a ley, es decir, elevaba la ley de la clase dominante a su
voluntad general. Ante el poder ejecutivo, abdica de toda voluntad propia y se
somete a los dictados de un poder extraño, de la autoridad. El poder ejecutivo,
por oposición al legislativo, expresa la heteromanía
de la nación por oposición a su autonomía. Por tanto, Francia sólo parece
escapar al despotismo de una clase para reincidir bajo el despotismo de un
individuo, y concretamente bajo la autoridad de un individuo sin autoridad. Y
la lucha parece haber terminado en que todas las clases se postraron de
hinojos, con igual impotencia y con igual mutismo, ante la culata del fusil.
Pero la revolución es radical. Está
pasando todavía por el purgatorio. Cumple su tarea con método. Hasta el 2 de
diciembre de 1851 había terminado la mitad de su labor preparatoria; ahora,
termina la otra mitad. Lleva primero a la perfección el poder parlamentario,
para poder derrocarlo. Ahora, conseguido ya esto, lleva a la perfección el poder
ejecutivo, lo reduce a su más pura expresión, lo aísla, se enfrenta
con él, como único blanco contra el que debe concentrar todas sus fuerzas de
destrucción. Y cuando la revolución haya llevado a cabo esta segunda parte de
su labor preliminar, Europa se levantará, y gritará jubilosa: ¡bien has hozado,
viejo topo!
Este poder ejecutivo, con su inmensa
organización burocrática militar, con su compleja y artificiosa maquinaria de
Estado, un ejército de funcionarios que suma medio millón de hombres, junto a
un ejército de otro medio millón de hombres, este espantoso organismo
parasitario que se ciñe como una red al cuerpo de la sociedad francesa y le
tapona todos los poros, surgió en la época de la monarquía absoluta, de la
decadencia del régimen feudal, que dicho organismo contribuyó a acelerar. Los
privilegios señoriales de los terratenientes y de las ciudades se convirtieron
en otros tantos atributos del poder del Estado, los dignatarios feudales en
funcionarios retribuidos y el abigarrado mapa muestrario de las soberanías
medievales en pugna en el plan reglamentado de un poder estatal cuya labor está
dividida y centralizada como en una fábrica. la
primera revolución francesa, con su misión de romper todos los poderes
particulares locales, territoriales, municipales y provinciales, para crear la
unidad civil de la nación, tenía necesariamente que desarrollar lo que la
monarquía absoluta había iniciado: la centralización; pero al mismo tiempo
amplió el volumen, las atribuciones y el número de servidores del poder del
Gobierno. Napoleón perfeccionó esta máquina del Estado. La monarquía legítima y
la monarquía de Julio no añadieron nada más que una mayor división del trabajo,
que crecía a medida que la división del trabajo dentro de la sociedad burguesa
creaba nuevos grupos de intereses, y por tanto nuevo material para la
administración del Estado. Cada interés se desglosaba inmediatamente de la
sociedad, se contraponía a ésta como interés superior, general
(allgemeines), se sustraía a la propia
iniciativa de los individuos de la sociedad y se convertía en objeto de la
actividad del Gobierno, desde el puente, la escuela y los bienes comunales de
un municipio rural cualquiera, hasta los ferrocarriles, la riqueza nacional y
las universidades de Francia. Finalmente, la república parlamentaria, en su
lucha contra la revolución, viose obligada a
fortalecer, junto con las medidas represivas, los medios y la centralización
del poder del Gobierno. Todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina, en
vez de destrozarla. Los partidos que luchaban alternativamente por la
dominación, consideraban la toma de posesión de este inmenso edificio del
Estado como el botín principal del vencedor.
Pero bajo la monarquía absoluta, durante
la primera revolución, bajo Napoleón, la burocracia no era más que el medio
para preparar la dominación de clase de la burguesía. Bajo la restauración,
bajo Luis Felipe, bajo la república parlamentaria, era el instrumento de la
clase dominante, por mucho que ella aspirase también a su propio poder
absoluto.
Es bajo el segundo Bonaparte cuando el
Estado parece haber adquirido una completa autonomía. La máquina del Estado se
ha consolidado ya de tal modo que frente a la sociedad burguesa, que basta con
que se halle a su frente el jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre, un
caballero de industria venido de fuera y elevado sobre el pavés por una
soldadesca embriagada, a la que compró con aguardiente y salchichón y a la que
tiene que arrojar constantemente salchichón. De aquí la pusilánime
desesperación, el sentimiento de la más inmensa humillación y degradación que
oprime el pecho de Francia y contiene su aliento. Francia se siente como
deshonrada.
Y, sin embargo, el poder del Estado no
flota en el aire. Bonaparte representa a una clase, que es, además, la clase
más numerosa de la sociedad francesa: los campesinos parcelarios.
Así como los Borbones
eran la dinastía de los grandes terratenientes y los Orleans
la dinastía del dinero, los Bonapartes son la
dinastía de los campesinos, es decir, de la masa del pueblo francés. El elegido
de los campesinos no es el Bonaparte que se sometía al parlamento burgués, sino
el Bonaparte que le dispersó. Durante tres años consiguieron las ciudades
falsificar el sentido de la elección del 10 de diciembre y estafar a los
campesinos la restauración del imperio. La elección del 10 de diciembre de 1848
no se consumó hasta el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851.
Los campesinos parcelarios forman una
masa inmensa, cuyos individuos viven en idéntica situación, pero sin que entre
ellos existan muchas relaciones. Su modo de producción los aísla a unos de
otros, en vez de establecer relaciones mutuas entre ellos. Este aislamiento es
fomentado por los malos medios de comunicación de Francia y por la pobreza de
los campesinos. Su campo de producción, la parcela, no admite en su cultivo
división alguna del trabajo, ni aplicación alguna de la ciencia; no admite, por
tanto, multiplicidad de desarrollo, ni diversidad e talentos, ni riqueza de
relaciones sociales. Cada familia campesina se basta, sobre poco más o menos, a
sí misma, produce directamente ella misma la mayor parte de lo que consume y
obtiene así sus materiales de existencia más bien en intercambio con la
naturaleza que en contacto con la sociedad. La parcela, el campesino y su
familia; y al lado, otra parcela, otro campesino y otra familia. Unas cuantas
unidades de éstas forman una aldea, y unas cuantas aldeas, un departamento. Así
se forma la gran masa de la nación francesa, por la simple suma de unidades del
mismo nombre, al modo como, por ejemplo, las patatas de un saco forman un saco
de patatas. En la medida en que millones de familias viven bajo condiciones
económicas de existencia que las distinguen por su modo de vivir, por sus
intereses y por su cultura de otras clases y las oponen a éstas de un modo
hostil, aquéllos forman una clase. Por cuanto existe entre los campesinos parcelarios
una articulación puramente local y la identidad de sus intereses no engendra
entre ellos ninguna comunidad, ninguna unión nacional y ninguna organización
política, no forman una clase. Son, por tanto, incapaces de hacer valer su
interés de clase en su propio nombre, ya sea por medio de un parlamento o por
medio de una Convención. No pueden representarse, sino que tienen que ser
representados. Su representante tiene que aparecer al mismo tiempo como su
señor, como una autoridad por encima de ellos, como un poder ilimitado de
gobierno que los proteja de las demás clases y les envíe desde lo alto la
lluvia y el sol. por consiguiente, la influencia
política de los campesinos parcelarios encuentra su última expresión en el
hecho de que el poder ejecutivo somete bajo su mando a la sociedad.
La tradición histórica hizo nacer en el
campesino francés la fe milagrosa de que un hombre llamado Napoleón le
devolvería todo el esplendor. Y se encuentra un individuo que se hace pasar por
tal hombre, por ostentar el nombre de Napoleón gracias a que el Code Napoléon
ordena. «La recherche de la paternité
est interdite».
Tras 20 años de vagabundaje y una serie de grotescas aventuras, se cumple la
leyenda, y este hombre se convierte en emperador de los franceses. La idea fija
del sobrino se realizó porque coincidía con la idea fija de la clase más
numerosa de los franceses.
Pero, se me objetará: ¿y los
levantamientos campesinos de media Francia, las batidas del ejército contra los
campesinos, y los encarcelamientos y deportaciones en masa de campesinos?
Desde Luis XIV, Francia no ha asistido a
ninguna persecución semejante de campesinos «por manejos demagógicos».
Pero entiéndase bien. La dinastía de
Bonaparte no representa al campesino revolucionario, sino al campesino conservador;
no representa al campesino que pugna por salir de su condición social de vida,
la parcela, sino al que, por el contrario, quiere consolidarla; no a la
población campesina, que, con su propia energía y unida a las ciudades, quiere
derribar el viejo orden, sino a la que, por el contrario, sombríamente
retraída en este viejo orden, quiere verse salvada y preferida, en unión de su
parcela, pro el espectro del imperio. No representa la ilustración, sino la
superstición del campesino, no su juicio; sino su prejuicio, no su porvenir,
sino su pasado, no sus Cévennes modernas, sino su
moderna Vendée.
Los tres años de dura dominación de la
república parlamentaria habían curado a una parte de los campesinos franceses
de la ilusión napoleónica y los habían revolucionado, aun cuando sólo fuese
superficialmente; pero la burguesía los empujaba violentamente hacia atrás
cuantas veces se ponían en movimiento. Bajo la república parlamentaria, la
conciencia moderna de los campesinos franceses pugnó con la conciencia tradicional.
El proceso se desarrolló bajo la forma de una lucha incesante entre los
maestros de escuela y los curas. La burguesía abatió a los maestros. Por vez
primera los campesinos hicieron esfuerzos para adoptar una actitud
independiente frente a la actividad del Gobierno. Esto se manifestó en el
conflicto constante de los alcaldes con los prefectos. La burguesía destituyó a
los alcaldes. Finalmente, los campesinos de diversas localidades se levantaron
durante el período de la república parlamentaria contra su propio engendro, el
ejército. La burguesía los castigó con estados de sitio y ejecuciones. Y esta
misma burguesía clama ahora acerca de la estupidez de las masas, de la vile multitude
que la ha traicionado frente a Bonaparte. Fue ella misma la que consolidó con
sus violencias las simpatías de la clase campesina por el Imperio, la que ha
mantenido celosamente el estado de cosas que forman la cuna de esta religión
campesina. Claro está que la burguesía tiene necesariamente que temer la
estupidez de las masas, mientras siguen siendo conservadoras, y su conciencia
en cuanto se hacen revolucionarias.
En los levantamientos producidos después
del golpe de Estado, una parte de los campesinos franceses protestó con las
armas en la mano contra su propio voto del 10 de diciembre de 1848. La
experiencia adquirida desde 1848 les había abierto los ojos. Pero habían
entregado su alma a las fuerzas infernales de la historia, y ésta los cogía por
la palabra, y la mayoría estaba aún tan llena de prejuicios, que precisamente
en los departamentos más rojos la población campesina votó públicamente por
Bonaparte. Según ellos, la Asamblea Nacional le había impedido caminar. Ahora
no había hecho más que romper las ligaduras que las ciudades habían puesto a la
voluntad del campo. En algunos sitios, abrigaban incluso la idea grotesca de
colocar, junto a un Napoleón, una Convención.
Después de la primera revolución había
convertido a los campesinos semisiervos en
propietarios libres de su tierra. Napoleón consolidó y reglamentó las
condiciones bajo las cuales podrían explotar sin que nadie les molestase el
suelo de Francia que se les acababa de asignar, satisfaciendo su afán juvenil
de propiedad. Pero lo que hoy lleva a la ruina al campesino francés, es su
misma parcela, la división del suelo, la forma de propiedad consolidada en
Francia por Napoleón. Fueron precisamente las condiciones materiales las que
convirtieron al campesino feudal francés en campesino parcelario y a Napoleón
en emperador. Han bastado dos generaciones para engendrar este resultado
inevitable: el empeoramiento progresivo de la agricultura y endeudamiento
progresivo del agricultor. La forma «napoleónica» de propiedad, que a comienzos
del siglo XIX era la condición para la liberación y el enriquecimiento de la población
campesina francesa, se ha desarrollado en el transcurso de este siglo como la
ley de su esclavitud y de su pauperismo. Y es precisamente esta ley la primera
de las idees napoléoniennes que viene a
afirmar el segundo Bonaparte. Si comparte todavía con los campesinos la ilusión
de buscar la causa de su ruina, no en su misma propiedad parcelaria, sino fuera
de ella, en la influencia de circunstancias secundarias, sus experimentos se
estrellarán como pompas de jabón contra las relaciones de producción.
El desarrollo económico de la propiedad
parcelaria ha invertido de raíz la relación de los campesinos con las demás
clases de la sociedad. Bajo Napoleón, la parcelación del suelo en el campo
completaba la libre concurrencia y la gran industria incipiente de las
ciudades. La clase campesina era la protesta omnipresente contra la
aristocracia terrateniente, que se acababa de derribar. Las raíces que la
propiedad parcelaria echó en el suelo francés quitaron al feudalismo toda
sustancia nutritiva. Sus mojones formaban el baluarte natural dela burguesía contra todo golpe de mano de sus antiguos
señores. Pero en el transcurso del siglo XIX pasó a ocupar el puesto de los
señores feudales el usurero de la ciudad, las cargas feudales del suelo fueron
sustituidas por la hipoteca y la aristocrática propiedad territorial fue
suplantada por el capital burgués. La parcela del campesino sólo es ya el
pretexto que permite al capitalista sacar de la tierra ganancia, intereses y
renta, dejando al agricultor que se las arregle para sacar como pueda su
salario. Las deudas hipotecarias que pesan sobre el suelo francés imponen a los
campesinos de Francia un interés tan grande como los intereses anuales de toda
la deuda nacional británica. La propiedad parcelaria, en esta esclavitud bajo
el capital a que conduce inevitablemente su desarrollo, ha convertido a l amasa
de la nación francesa en trogloditas. Dieciséis millones de campesinos
(incluyendo las mujeres y los niños) viven en chozas, una gran parte de las
cuales sólo tienen una abertura, otra parte, dos solamente, y las
privilegiadas, tres. Las ventanas son para una casa lo que los cinco sentidos
para la cabeza. El orden burgués, que a comienzos del siglo puso al Estado de
centinela de la parcela recién creada y la abonó con laureles, se ha convertido
en un vampiro que le chupa la sangre y la médula y la arroja ala caldera de
alquimista del capital. El Code Napoléon no es ya más que el código de los
embargos, de las subastas y de las adjudicaciones forzosas. A los cuatro
millones (incluyendo niños, etc.) de paupers
oficiales, vagabundos, delincuentes y prostitutas, que cuenta Francia, hay que
añadir cinco millones, cuya existencia flota al borde del abismo y que o bien
viven en el mismo campo desertan constantemente, con sus harapos y sus hijos,
del campo a las ciudades y de las ciudades al campo. Por tanto, los intereses
de los campesinos no se hallan ya, como bajo Napoleón, en consonancia, sin en
contraposición con los intereses de la burguesía, con el capital. Por eso los
campesinos encuentran su aliado y jefe natural en el proletariado
urbano, que tiene por misión derrocar el orden burgués. Pero el Gobierno
fuerte y absoluto -que es la segunda idée napoléoninne que viene a poner en práctica el
segundo Napoleón- está llamado a defender por la violencia este orden
«material». Y este orden material es también el tópico en todas las proclamas
de Bonaparte contra los campesinos rebeldes.
Junto a la hipoteca, que el capital le
impone, pesan sobre la parcela los impuestos. Los impuestos son
la fuente de vida de la burocracia, del ejército, de los curas y de la corte;
en una palabra, de todo el aparado del poder ejecutivo. Un gobierno fuerte e
impuestos elevados son cosas idénticas. La propiedad parcelaria se presta por
la naturaleza para servir de base a una burocracia omnipotente e innumerable.
Crea un nivel igual de relaciones y de personas en toda la faz del país. Ofrece
también, por tanto, la posibilidad de influir por igual sobre todos los puntos
de esta masa igual desde un centro supremo. Destruye los grados intermedios
aristocráticos entre la masa del pueblo y el poder del Estado. Provoca, por
tanto, desde todos los lados, la injerencia directa de este poder estatal y la
interposición de sus órganos inmediatos. Y, finalmente, crea una superpoblación
parada y no encuentra cabida ni en el campo ni en las ciudades y que, por
tanto, echa mano de los cargos públicos como de una respetable limosna,
provocando la creación de cargos del Estado. Con los nuevos mercados que abrió
a punta de bayoneta, con el saqueo del continente, Napoleón devolvió los
impuestos forzosos con sus intereses. Estos impuestos eran entonces un acicate
para la industria del campesino, mientras que ahora privan a su industria de
sus últimos recursos y acaban de exponerle indefenso al pauperismo. Y de todas
las idées napoléoniennes,
la de una enorme burocracia, bien galoneada y bien cebada, es la que más agrada
al segundo Bonaparte. ¿Y cómo no había de agradarle, si se ve obligado a crear,
junto a las clases reales de la sociedad una casta artificial, para la que el
mantenimiento de su régimen es un problema de cuchillo y tenedor? Por eso, una
de sus primeras operaciones financieras consistió en elevar nuevamente los
sueldos de los funcionarios a su altura antigua y en crear nuevas sinecuras.
Otra idée napoléonienne es la dominación de los
curas como medio de gobierno. Pero si la parcela recién creada, en
su armonía con la sociedad, en su dependencia de las fuerzas de la naturaleza y
en su sumisión a la autoridad que la protegía desde lo alto era, naturalmente,
religiosa, esta parcela, comida de deuda, divorciada de la sociedad y de la
autoridad y forzada a salirse de sus propios horizontes, limitados, se hace,
naturalmente, irreligiosa. El cielo era una añadidura muy hermosa al pequeño
pedazo de tierra acabado de adquirir, tanto más cuanto que de él viene el sol y
la lluvia, pero se convierte en un insulto tan pronto como se le quiere imponer
a cambio de la parcela. En este caso, el cura ya sólo aparece como el ungido
perro rastreador de la policía terrenal: otra idée napoléonienne. La próxima vez, la expedición contra Roma se
llevará a cabo en la misma Francia, pero en sentido inverso al del señor Montalembert.
Finalmente, el punto culminante de las idées napoléoniennes
es la preponderancia del ejército. El ejército era el point d'honneur
de los campesinos parcelarios, eran ellos mismos convertidos en héroes,
defendiendo su nueva propiedad contra el enemigo de fuera, glorificando su
nacionalidad recién conquistada, saqueando y revolucionando el mundo. El
uniforme era su ropa de gala; la guerra su poesía; la parcela, prolongada y
redondeada en la fantasía, la patria, y el patriotismo la forma ideal del
sentido de la propiedad. Pero los enemigos contra quienes ahora tiene que defender
su propiedad el campesino francés no son los cosacos, son los alguaciles y los
agentes ejecutivos del fisco. La parcela no está ya enclavada en lo que llaman
patria, sino en el registro hipotecario. El mismo ejército ya no es la flor de
la juventud campesina, sino la flor del pantano del lumpemproletariado
campesino. Está formado en su mayoría por remplaçants,
por sustitutos, del mismo modo que el segundo Bonaparte no es más que el remplaçant, el sustituto de Napoleón. sus hazañas heroicas consisten ahora en las cacerías y
batidas contra los campesinos, en el servicio de gendarmería, y si las
contradicciones internas de su sistema lanzan al jefe de la Sociedad del 10 de
diciembre del otro lado de la frontera francesa, tras algunas hazañas de bandidaje
el ejército no cosechará precisamente laureles, sino palos.
Como vemos, todas las «idées napoléoniennes» son las
ideas de la parcela incipiente, juvenil, pero constituyen un
contrasentido para la parcela caduca. No son más que las alucinaciones de su
agonía, palabras convertidas en frases, espíritus convertidos en fantasmas.
Pero la parodia del imperio era necesaria para liberar a la masa de la nación
francesa de peso de la tradición y hacer que se destacase nítidamente la
contraposición entre el Estado y la sociedad. Conforme avanza la ruina de la
propiedad parcelaria, se derrumba el edificio del Estado construido sobre ella.
La centralización del Estado, que la sociedad moderna necesita, sólo se levanta
sobre las ruinas de la máquina burocrático-militar de gobierno, forjada por
oposición al feudalismo.
Las condiciones de los campesinos
franceses nos descubren el misterio de las elecciones generales del 20 y
21 de diciembre, que llevaron al segundo Bonaparte al Sinaí pero no para recibir leyes, sino para darlas.
Manifiestamente, la burguesía no tenía
ahora más opción que elegir a Bonaparte. Cuando, en el Concilio de Constanza,
los puritanos se quejaban de la vida licenciosa de los papas y gemían acerca de
la necesidad de reformar las costumbres, el cardenal Pierre d'Ailly
dijo, con voz tonante: «¡Cuando sólo el demonio en
persona puede salvar a la Iglesia católica, vosotros pedís ángeles!» La
burguesía francesa exclamó también, después del coup d'état: ¡Sólo el jefe de la Sociedad del 10 de
Diciembre puede ya salvar a la sociedad burguesa! ¡Sólo el robo puede salvar a
la propiedad, el perjurio a la religión, el bastardismo
a la familia, y el desorden al orden!
Bonaparte, como poder ejecutivo
convertido en fuerza independiente, se cree llamado a garantizar el «orden
burgués». Pero la fuerza de este orden burgués está en la clase media. Se cree,
por tanto, representante de la clase media y promulga decretos en este sentido.
Pero si es algo, es gracias a haber roto y romper de nuevo diariamente la
fuerza política de esta clase media. Se afirma, por tanto, como adversario de
la fuerza política y literaria de la clase media. Pero, al proteger su fuerza
material, engendra de nuevo su fuerza política. Se trata, por tanto, de
mantener viva la causa, pero de suprimir el efecto allí donde éste se
manifieste. Pero esto no es posible sin una pequeña confusión de causa y
efecto, pues al influir el uno sobre la otra y viceversa, ambos pierden sus
características distintivas. Nuevos decretos que borran la línea divisoria. Bonaparte
se reconoce al mismo tiempo, frente a la burguesía, como representante de los
campesinos y del pueblo en general, llamado a hacer felices dentro de la
sociedad burguesa a las clases inferiores del pueblo. Nuevos decretos, que
estafan de antemano a los «verdaderos socialistas» su sabiduría de gobernantes.
Pero Bonaparte se sabe ante todo jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre,
representante del lumpemproletariado, al que
pertenece él mismo, su entourage, su
Gobierno y su ejército, y al que ante todo le interesa beneficiarse a sí mismo
y sacar premios de lotería californiana del Tesoro público. Y se confirma como
jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre con decretos, sin decretos y a pesar de
los decretos.
Esta misión contradictoria del hombre
explica las contradicciones de su Gobierno, el confuso tantear aquí y allá, que
procura tan pronto atraerse como humillar, unas veces a esta y otras veces a
aquella clase, poniéndolas a todas por igual en contra suya, y cuya inseguridad
práctica forma un contraste altamente cómico con el estilo imperioso y
categórico de sus actos de gobierno, estilo imitado sumisamente del tío.
La industria y el comercio, es decir, los
negocios de la clase media, deben florecer como planta de estufa bajo el
Gobierno fuerte. Se otorga un sinnúmero de concesiones ferroviarias. Pero el lumpemproletariado bonapartista tiene que enriquecerse.
Manejos especulativos con las concesiones ferroviarias en la Bolsa por gentes
iniciadas de antemano. Pero no se presenta ningún capital para los ferrocarriles.
Se obliga al Banco a adelantar dinero a cuenta de las acciones ferroviarias.
Pero, al mismo tiempo, hay que explotar personalmente al Banco, y, por tanto,
halagarlo. Se exime al Banco del deber de publicar semanalmente sus informes.
Contrato leonino del Banco con el Gobierno. Hay que dar trabajo al pueblo. Se
ordenan obras públicas. Pero las obras públicas aumentan las cargas tributarias
del pueblo. Por tanto, rebaja de los impuestos mediante un ataque contra los
rentistas, convirtiendo las rentas al 5 por 100 en renta al 4,5 por 100. Pero
hay que dar un poco de miel a la burguesía. Por tanto, se duplica el impuesto
sobre el vino para el pueblo, que lo bebe al por menor, y se rebaja a la mitad
para la clase media, que lo bebe al por mayor. Se disuelven las asociaciones
obreras existentes, pero se prometen milagros de asociación para e porvenir.
Hay que ayudar a los campesinos: Bancos hipotecarios, que aceleran su
endeudamiento y la concentración de la propiedad. Pero a estos Bancos hay que
utilizarlos para sacar dinero de los bienes confiscados de la casa de Orleans. No hay ningún capitalista que se preste a esta
condición, que no figura en el decreto, y el Banco hipotecario se queda
reducido a mero decreto, etc.
Bonaparte quisiera aparecer como el
bienhechor patriarcal de todas las clases. Pero no puede dar nada a una sin
quitárselo a la otra. Y así como en los tiempos de la Fronda se decía del duque
de Guisa que era el hombre más obligeant
de Francia, porque había convertido todas sus fincas en obligaciones de sus
partidarios, contra él mismo, Bonaparte quisiera ser también el hombre más obligeant de Francia y convertir toda la propiedad y todo
el trabajo de Francia en una obligación personal contra él mismo. Quisiera
robar a Francia entera para regalársela a Francia, o mejor dicho, para comprar
de nuevo a Francia con dinero francés, pues como jefe de la Sociedad del 10 de
Diciembre tiene necesariamente que comprar lo que quiere que le pertenezca. Y
en institución del soborno se convierten todas las instituciones del Estado: el
Senado, el Consejo de Estado, el Cuerpo Legislativo, la Legión de Honor, la
medalla del soldado, los lavaderos, los edificios públicos, los ferrocarriles,
el Estado Mayor de la Guardia Nacional sin soldados rasos, los bienes confiscados
de la casa de Orleans. En medio de soborno se
convierten todos los puestos del ejército y de la máquina de gobierno. Pero lo
más importante de este proceso en que se toma a Francia para entregársela a
ella misma, son los tantos por ciento que durante la operación de cambio se
embolsan el jefe y los individuos de la Sociedad del 10 de Diciembre. El chiste
con el que la condesa L., la amante del señor de Morny,
caracterizaba la confiscación de los bienes orleanistas; «C'est le
premier vol de l'aigle»
(*) [«Es el primer vuelo (= robo) del águila»], puede aplicarse
a todos los vuelos de este águila, que más que águila es cuervo.
Tanto él como sus adeptos se gritan diariamente, como aquel cartujo italiano al
avaro, que contaba jactanciosamente los bienes que habría de disfrutar durante
largos años: «Tu fai conto sopra il beni,
bisogna prima far il conto sopra
gli anni» (**). Para no equivocarse en los años, echan las cuentas por
minutos. En la corte, en los ministerios, en la cumbre de la administración y
del ejército, se amontona un tropel de bribones, del mejor de los cuales puede
decirse que no sabe de dónde viene, una bohème
estrepitosa, sospechosa y ávida de saqueo, que se arrastra en sus casacas
galoneadas con la misma grotesca dignidad que los grandes dignatarios de Soulouque. Si queremos representarnos plásticamente esta
capa superior de la Sociedad del 10 de Diciembre, nos basta con saber que Véron-Crevel
(***) es su predicador de moral y Granier de Cassagnca su pensador. Guando Guizot, durante
su ministerio, utilizó a este Granier en un
periodicucho contra la oposición dinástica, solía ensalzarlo con esta frase: «C'est le roi des drôles», «es el rey de los bufones». Sería
injusto recordar a propósito de la corte y de la tribu de Luis Bonaparte a la
Regencia o a Luis XV. Pues «Francia ha pasado ya con frecuencia por un gobierno
de favoritas pero nunca todavía por un gobierno de chulos»
Acosado por las exigencias
contradictorias de su situación y al mismo tiempo obligado como un prestidigitador
a atraer hacia sí, mediante sorpresas constantes, las miradas del público, como
hacía el sustituto de Napoleón, y por tanto a ejecutar todos los días un golpe
de Estado en miniatura, Bonaparte lleva el caos a toda la economía burguesa,
atenta contra todo lo que a la revolución de 1848 había parecido intangible,
hace a unos pacientes para la revolución y a otros ansiosas de ella, y engendra
una verdadera anarquía en nombre del orden, despojando al mismo tiempo a toda
la máquina del Estado al halo de santidad, profanándola, haciéndola a la par
asquerosa y ridícula. Copia en París, bajo la forma de culto del manto imperial
de Napoleón, el culto a la sagrada túnica de Tréveris.
Pero si por último el manto imperial cae sobre los hombros de Luis Bonaparte,
la estatua de bronce de Napoleón se vendrá a tierra desde lo alto de la Columna
de Vendôme.
NOTAS
* La palabra vol significa vuelo y
robo (N. de Marx.)
** «Cuentas los bienes, cuando lo que debieras contar son los
años». (N. de Marx.)
*** En su obra La Cousine Bette, Balzac presenta en Grevel,
personaje inspirado en el doctor Véron, propietario
del periódico Constitutionnel, al tipo de filisteo
más libertino de París. (N. de Marx.)