Escrito: De enero a 1ro. de noviembre de
1850.
Primera publicación: En la revista Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische
Revue Nos. 1, 2, 3 y 5-6, 1850.
El trabajo que aquí reeditamos fue el
primer ensayo de Marx para explicar un fragmento de historia contemporánea
mediante su concepción materialista, partiendo de la situación económica
existente. En el "Manifiesto Comunista" se había aplicado a grandes
rasgos la teoría a toda la historia moderna, y en los artículos publicados por
Marx y por mí en la "Neue Rheinische Zeitung" [3],
esta teoría había sido empleada constantemente para explicar los
acontecimientos políticos del momento. Aquí, en cambio. se
trataba de poner de manifiesto, a lo largo de una evolución de varios años, tan
crítica como típica para toda Europa, el nexo causal interno; se trataba pues
de reducir, siguiendo la concepción del autor, los acontecimientos políticos a
efectos de causas. en úItima instancia económicas.
Cuando se aprecian sucesos y series de
sucesos de la historia diaria, jamás podemos remontarnos hasta las últimas causas económicas. Ni
siquiera hoy, cuando la prensa especializada suministra materiales tan
abundantes, se podría, ni aun en Inglaterra, seguir día a día la marcha de la
industria y del comercio en el mercado mundial y los cambios operados en los
métodos de producción, hasta el punto de poder, en cualquier momento hacer el
balance general de estos factores, multiplemente complejos y constantemente
cambiantes; máxime cuando los más importantes de ellos actúan, en la mayoría de
los casos, escondidos durante largo tiempo antes de salir repentinamente y de
un modo violento a la superficie. Una visión clara de conjunto sobre la
historia económica de un período dado no puede conseguirse nunca en el momento
mismo, sino sólo con posterioridad, después de haber reunido y tamizado los
materiales. La estadística es un medio auxiliar necesario para esto, y la
estadística va siempre a la zaga, renqueando. Por eso, cuando se trata de la
historia contemporánea corriente, se verá uno forzado con harta frecuencia a considelar
este factor, el más decisivo, como un factor constante, a considerar como dada
para todo el período y como invariable la situación económica con que nos
encontramos al comenzar el período en cuestión, o a no tener en cuenta más que
aquellos cambios operados en esta situación, que por derivar de acontecimientos
patentes sean también patentes y claros. Por esta razón, aquí el método
materialista tendrá que limitarse, con harta frecuencia, a reducir los
conflictos políticos a las luchas de intereses de las clases sociales y
fracciones de clases existentes determinadas por el desarrollo económico, y a
poner de manifiesto que los partidos políticos son la expresión política más o
menos adecuada de estas mismas clases y fracciones de clases.
Huelga decir que esta desestimación
inevitable de los cambios que se operan al mismo tiempo en la situación
económica —verdadera base de todos los acontecimientos que se investigan— tiene
que ser necesariamente una fuente de errores. Pero todas las condiciones de una
exposición sintética de la historia diaria implican inevitablemente fuentes de
errores, sin que por ello nadie desista de escribir la historia diaria.
Cuando Marx emprendió este trabajo, la
mencionada fuente de errores era todavía mucho más inevitable. Resultaba
absolutamente imposible seguir, durante la época revolucionaria de 1848-1849,
los cambios económicos que se operaban simultáneamente y, más aún, no perder la
visión de su conjunto. Lo mismo ocurría durante los primeros meses del
destierro en Londres, durante el otoño y el invierno de 1849-1850. Pero ésta
fue precisamente la época en que Marx comenzó su trabajo. Y, pese a estas
circunstancias desfavorables, su conocimiento exacto, tanto de la situación
económica de Francia en vísperas de la revolución de Febrero como de la
historia política de este país después de la misma, le permitió hacer una
exposición de los acontecimientos que descubría su trabazón interna de un modo
que nadie ha superado hasta hoy y que ha resistido brillantemente la doble
prueba a que hubo de someterla más tarde el propio Marx.
La primera prueba tuvo lugar cuando, a
partir de la primavera de 1850, Marx volvió a encontrar sosiego para sus
estudios económicos y emprendió, ante todo, el estudio de la historia económica
de los últimos diez años. De este modo, los hechos mismos le revelaron con
completa claridad lo que hasta entonces había deducido, de un modo
semiapriorista, de materiales llenos de lagunas, a saber: que la crisis del
comercio mundial producida en 1847 había sido la verdadera madre de las
revoluciones de Febrero y Marzo, y que la prosperidad industrial, que había
vuelto a producirse paulatinamente desde mediados de 1848 y que en 1849 y 1850
llegaba a su pleno apogeo, fue la fuerza animadora que dio nuevos bríos a la
reacción europea otra vez fortalecida. Y esto fue decisivo. Mientras que en los
tres primeros artículos (publicados en los números de enero-febrero-marzo de la
revista "Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue" [4], Hamburgo, 1850) late todavía la esperanza de que pronto se
produzca un nuevo ascenso de energía revolucionaria, el resumen histórico
escrito por Marx y por mí para el último número doble (mayo a octubre),
publicado en el otoño de 1850, rompe de una vez para siempre con estas
ilusiones: «Una nueva revolución sólo es posible como consecuencia de una nueva
crisis. Pero es tan segura como ésta» . Ahora bien,
dicha modificación fue la única esencial que hubo que introducir. En la
explicación de los acontecimientos dada en los capítulos anteriores, en las
concatenaciones causales allí establecidas, no había absolutamente nada que
modificar, como lo demuestra la continuación del relato (desde el 10 de marzo
hasta el otoño de 1850) en el mismo resumen general. Por eso, en la presente
edición, he introducido esta continuación como capítulo cuarto.
La segunda prueba fue todavía más dura.
Inmediatamente después del golpe de Estado dado por Luis Bonaparte el 2 de
diciembre de 1851, Marx sometió a un nuevo estudio la historia de Francia desde
febrero de 1848 hasta este acontecimiento, que cerraba por el momento el
período revolucionario ("El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte",
tercera edición, Hamburgo, Meissner, 1885). En este folleto vuelve a tratarse,
aunque más resumidamente, el período expuesto en la presente obra. Compárese
con la nuestra esta segunda exposición hecha a la luz del acontecimiento
decisivo que se produjo después de haber pasado más de un año, y se verá que el
autor tuvo necesidad de cambiar muy poco.
Lo que da, además, a nuestra obra una
importancia especialísima es la circunstancia de que en ella se proclama por
vez primera la fórmula en que unánimemente los partidos obreros de todos los
países del mundo condensan su demanda de una transformación económica: la
apropiación de los medios de producción por la sociedad. En el capítulo
segundo, a propósito del «derecho al trabajo», del que se dice que es la
«primera fórmula, torpemente enunciada, en que se resumen las reivindicaciones
revolucionarias del proletariado», escribe Marx: «Pero detrás del derecho al
trabajo está el poder sobre el capital, y detrás del poder sobre el capital la apropiación de los medios de producción,
su sumisión a la clase obrera asociada, y por consiguiente la abolición tanto
del trabajo asalariado como del capital y de sus relaciones mutuas» [*]. Aquí se formula, pues —por primera vez—, la tesis por la que
el socialismo obrero moderno se distingue tajantemente de todos los distintos
matices del socialismo feudal, burgués, pequeñoburgués, etc., al igual que de
la confusa comunidad de bienes del comunismo utópico y del comunismo obrero
espontáneo. Es cierto que más tarde Marx hizo también extensiva esta fórmula a
la apropiación de los medios de cambio, pero esta ampliación, que después del
"Manifiesto Comunista" se sobreentendía, era simplemente un corolario
de la tesis principal. Alguna gente sabia de Inglaterra ha añadido
recientemente que también deben transmitirse a la sociedad los «medios de
distribución». A estos señores les resultaría difícil decirnos cuáles son, en
realidad, estos medios económicos de distribución distintos de los medios de
producción y de cambio; a menos que se refieran a los medios políticos de
distribución: a los impuestos y al socorro de pobres, incluyendo el Bosque de
Sajonia [5] y otras dotaciones. Pero, en primer lugar, éstos
son ya hoy medios de distribución que se hallan en
poder da la colectividad, del Estado o del municipio y, en segundo lugar, lo
que nosotros queremos es abolirlos.
* * *
Cuando estalló la revolución de Febrero,
todos nosotros nos hallábamos, en lo tocante a nuestra manera de representarnos
las condiciones y el curso de los movimientos revolucionarios, bajo la
fascinación de la experiencia histórica anterior, particularmente la de
Francia. ¿No era precisamente de este país, que jugaba el primer papel en toda
la historia europea desde 1789, del que también ahora partía nuevamente la
señal para la subversión general? Era, pues, lógico e inevitable que nuestra
manera de representarnos el carácter y la marcha de la revolución «social»
proclamada en París en febrero de 1848, de la revolución del proletariado,
estuviese fuertemente teñida por el recuerdo de los modelos de 1789 y de 1830.
Y, finalmente, cuando el levantamiento de París encontró su eco en las
insurrecciones victoriosas de Viena, Milán y Berlín; cuando toda Europa, hasta
la frontera rusa, se vio arrastrada al movimiento; cuando más tarde, en junio,
se libró en París, entre el proletariado y la burguesía, la primera gran
batalla por el poder; cuando hasta la victoria de su propia clase sacudió a la
burguesía de todos los países de tal manera que se apresuró a echarse de nuevo
en brazos de la reacción monárquico-feudal que acababa de ser abatida, no podía
caber para nosotros ninguna duda, en las circunstancias de entonces, de que
había comenzado el gran combate decisivo y de que este combate había de
llevarse a término en un solo período revolucionario, largo y lleno de
vicisitudes, pero que sólo podía acabar con la victoria definitiva del proletariado.
Después de las derrotas de 1849, nosotros
no compartimos, ni mucho menos, las ilusiones de la democracia vulgar agrupada
en torno a los futuros gobiernos provisionales in partibus [6]. Esta democracia vulgar contaba
con una victoria pronta, decisiva y definitiva del «pueblo» sobre los
«opresores»; nosotros, con una larga lucha, después de eliminados los
«opresores», entre los elementos contradictorios que se escondían dentro de
este mismo «pueblo». La democracia vulgar esperaba que el estallido volviese a
producirse de la noche a la mañana; nosotros declaramos ya en el otoño de 1850,
que por lo menos la primera
etapa del período revolucionario había terminado y que hasta que no estallase
una nueva crisis económica mundial no había nada que esperar. Y esto nos valió el ser proscritos y anatematizados como traidores a la
revolución por los mismos que luego, casi sin excepción, hicieron las paces con
Bismarck, siempre que Bismarck creyó que merecían ser tomados en consideración.
Pero la historia nos dio también a
nosotros un mentís y reveló como una ilusión nuestro punto de vista de
entonces. Y fue todavía más allá: no sólo destruyó el error en que nos
encontrábamos, sino que además transformó de arriba abajo las condiciones de
lucha del proletariado. El método de lucha de 1848 está hoy anticuado en todos
los aspectos, y es éste un punto que merece ser investigado ahora más
detenidamente.
Hasta aquella fecha todas las
revoluciones se habían reducido a la sustitución de una determinada dominación
de clase por otra; pero todas las clases dominantes anteriores sólo eran
pequeñas minorías, comparadas con la masa del pueblo dominada. Una minoría
dominante era derribada, y otra minoría empuñaba en su lugar el timón del
Estado y amoldaba a sus intereses las instituciones estatales. Este papel
correspondía siempre al grupo minoritario capacitado para la dominación y
llamado a ella por el estado del desarrollo económico y, precisamente por esto
y sólo por esto, la mayoría dominada, o bien intervenía a favor de aquélla en
la revolución o aceptaba la revolución tranquilamente. Pero, prescindiendo del
contenido concreto de cada caso, la forma común a todas estas revoluciones era
la de ser revoluciones minoritarias. Aun cuando la mayoría cooperase a ellas,
lo hacia —consciente o inconscientemente— al servicio de una minoría; pero
esto, o simplemente la actitud pasiva, la no resistencia por parte de la
mayoría, daba al grupo minoritario la apariencia de ser el representante de
todo el pueblo.
Después del primer éxito grande, la
minoría vencedora solía escindirse: una parte estaba satisfecha con lo
conseguido; otra parte quería ir todavía más allá y presentaba nuevas
reivindicaciones que en parte, al menos, iban también en interés real o
aparente de la gran muchedumbre del pueblo. En algunos casos, estas
reivindicaciones más radicales eran satisfechas también; pero, con frecuencia,
sólo por el momento, pues el partido más moderado volvía a hacerse dueño de la
situación y lo conquistado en el último tiempo se perdía de nuevo, total o
parcialmente; y entonces, los vencidos clamaban traición o achacaban la derrota
a la mala suerte. Pero, en realidad, las cosas ocurrían casi siempre así: las
conquistas de la primera victoria sólo se consolidaban mediante la segunda
victoria del partido más radical; una vez conseguido esto, y con ello lo
necesario por el momento, los radicales y sus éxitos desaparecían nuevamente de
la escena.
Todas las revoluciones de los tiempos
modernos, a partir de la gran revolución inglesa del siglo XVII, presentaban
estos rasgos, que parecían inseparables de toda lucha revolucionaria. Y estos
rasgos parecían aplicables también a las luchas del proletariado por su emancipación;
tanto más cuanto que precisamente en 1848 eran contados los que comprendían más
o menos en qué sentido había que buscar esta emancipación. Hasta en París, las
mismas masas proletarias ignoraban en absoluto, incluso después del triunfo, el
camino que había que seguir. Y, sin embargo, el movimiento estaba allí,
instintivo, espontáneo, incontenible. ¿No era ésta precisamente la situación en
que una revolución tenía que triunfar, dirigida, es verdad, por una minoría;
pero esta vez no en interés de la minoría, sino en el más genuino interés de la
mayoría? Si en todos los períodos revolucionarios más o menos prolongados, las
grandes masas del pueblo se dejaban ganar tan fácilmente por las vanas
promesas, con tal de que fuesen plausibles, de las minorías ambiciosas, ¿cómo
habían de ser menos accesibles a unas ideas que eran el más fiel reflejo de su
situación económica, que no eran más que la expresión clara y racional de sus
propias necesidades, que ellas mismas aún no comprendían y que sólo empezaban a
sentir de un modo vago? Cierto es que este espíritu revolucionario de las masas
había ido seguido casi siempre, y por lo general muy pronto, de un cansancio e
incluso de una reacción en sentido contrario en cuanto se disipaba la ilusión y
se producía el desengaño. Pero aquí no se trataba de promesas vanas, sino de la
realización de los intereses más genuinos de la gran mayoría misma; intereses
que por aquel entonces esta gran mayoría distaba mucho de ver claros, pero que
no había de tardar en ver con suficiente claridad, convenciéndose por sus
propios ojos al llevarlos a la práctica. A mayor abundamiento, en la primavera
de 1850, como se demuestra en el tercer capítulo de Marx, la evolución de la
república burguesa, nacida de la revolución «social» de 1848, había concentrado
la dominación efectiva en manos de la gran burguesía —que, además, abrigaba
ideas monárquicas—, agrupando en cambio a todas las demás clases sociales, lo
mismo a los campesinos que a los pequeños burgueses, en torno al proletariado;
de tal modo que, en la victoria común y después de ésta, no eran ellas, sino el
proletariado, escarmentado por la experiencia, quien había de convertirse en el
factor decisivo. ¿No se daban pues todas las perspectivas para que la
revolución de la minoría se trocase en la revolución de la mayoría?
La historia nos ha dado un mentís, a
nosotros y a cuantos pensaban de un modo parecido. Ha puesto de manifiesto que,
por aquel entonces, el estado del desarrollo económico en el continente distaba
mucho de estar maduro para poder eliminar la producción capitalista; lo ha
demostrado por medio de la revolución económica que desde 1848 se ha adueñado
de todo el continente, dando, por vez primera, verdadera carta de naturaleza a
la gran industria en Francia, Austria, Hungría, Polonia y últimamente en Rusia,
y haciendo de Alemania un verdadero país industrial de primer orden. Y todo
sobre la base capitalista, lo cual quiere decir que esta base tenía todavía, en
1848, gran capacidad de extensión. Pero ha sido precisamente esta revolución
industrial la que ha puesto en todas partes claridad en las relaciones de
clase, la que ha eliminado una multitud de formas intermedias, legadas por el
período manufacturero y, en la Europa Oriental, incluso por el artesanado
gremial, creando y haciendo pasar al primer plano del desarrollo social una
verdadera burguesía y un verdadero proletariado de gran industria. Y, con esto,
la lucha entre estas dos grandes clases que en 1848, fuera de Inglaterra, sólo
existía en París y a lo sumo en algunos grandes centros industriales, se ha
extendido a toda Europa y ha adquirido una intensidad que en 1848 era todavía
inconcebible. Entonces, reinaba la multitud de confusos evangelios de las
diferentes sectas, con sus correspondientes panaceas; hoy, una sola teoría, reconocida por
todos, la teoría de Marx, clara y transparente, que formula de un modo preciso
los objetivos finales de la lucha. Entonces, las masas escindidas y
diferenciadas por localidades y nacionalidades, unidas sólo por el sentimiento
de las penalidades comunes, poco desarrolladas, no sabiendo qué partido tomar
en definitiva y cayendo desconcertadas unas veces en el entusiasmo y otras en
la desesperación; hoy, el gran ejército único,
el ejército internacional de los socialistas, que avanza incontenible y crece
día por día en número, en organización, en disciplina, en claridad de visión y
en seguridad de vencer. El que incluso este potente ejército del proletariado
no hubiese podido alcanzar todavía su objetivo, y, lejos de poder conquistar la
victoria en un gran ataque decisivo, tuviese que avanzar lentamente, de
posición en posición, en una lucha dura y tenaz, demuestra de un modo
concluyente cuán imposible era, en 1848, conquistar la transformación social
simplemente por sorpresa.
Una burguesía monárquica escindida en dos
sectores dinásticos [7], pero que, ante todo, necesitaba
tranquilidad y seguridad para sus negocios pecuniarios, y frente a ella un proletariado,
vencido ciertamente, pero no obstante amenazador,
en torno al cual se agrupaban más y más los pequeños burgueses y los
campesinos; la amenaza constante de un estallido violento que, a pesar de todo
no brindaba la perspectiva de una solución definitiva: tal era la situación,
como hecha de encargo para el golpe de Estado del tercer pretendiente, del pseudo
democrático pretendiente Luis Bonaparte. Este, valiéndose del ejército, puso
fin el 2 de diciembre de 1851 a la tirante situación y aseguró a Europa la
tranquilidad interior, para regalarle a cambio de ello una nueva era de guerras
[8]. El período de las revoluciones desde abajo había
terminado, por el momento; a éste siguió un período de revoluciones desde
arriba.
La vuelta al imperio en 1851 aportó una
nueva prueba de la falta de madurez de las aspiraciones proletarias de aquella
época. Pero ella misma había de crear las condiciones bajo las cuales estas
aspiraciones habían de madurar. La tranquilidad interior aseguró el pleno
desarrollo del nuevo auge industrial; la necesidad de dar qué hacer al ejército
y de desviar hacia el exterior las corrientes revolucionarias engendró las
guerras en las que Bonaparte, bajo el pretexto de hacer valer el «principio de
las nacionalidades» [9], aspiraba a agenciarse anexiones para
Francia. Su imitador Bismarck adoptó la misma política para Prusia; dio su
golpe de Estado e hizo su revolución desde arriba en 1866, contra la
Confederación Alemana [10] y contra Austria, y no menos
contra la Cámara prusiana que había entrado en conflicto con el Gobierno. Pero
Europa era demasiado pequeña para dos Bonapartes, y así la ironía de la
historia quiso que Bismarck derribase a Bonaparte y que el rey Guillermo de
Prusia instaurase no sólo el Imperio pequeño-alemán [11],
sino también la República Francesa. Resultado general de esto fue que en Europa
llegase a ser una realidad la independencia y la unidad interior de las grandes
naciones, con la sola excepción de Polonia. Claro está que dentro de límites
relativamente modestos, pero con todo lo suficiente para que el proceso de
desarrollo de la clase obrera no encontrase ya un obstáculo serio en las
complicaciones nacionales. Los enterradores de la revolución de 1848 se habían
convertido en sus albaceas testamentarios. Y junto a ellos, el heredero de 1848
—el proletariado— se alzaba ya amenazador en la Internacional.
Después de la guerra de 1870-1871,
Bonaparte desaparece de la escena y termina la misión de Bismarck, con lo cual
puede volver a descender al rango de un vulgar junker. Pero la que cierra este
período es la Comuna de París. El taimado intento de Thiers de robar a la
Guardia Nacional de París [12] sus cañones provocó una
insurrección victoriosa. Una vez más volvía a ponerse de manifiesto que en
París ya no era posible más revolución que la proletaria. Después de la
victoria, el poder cayó en el regazo de la clase obrera por sí mismo, sin que
nadie se lo disputase. Y una vez más volvía a ponerse de manifiesto cuán
imposible era también por entonces, veinte años después de la época que se
relata en nuestra obra, este poder de la clase obrera. De una parte, Francia
dejó París en la estacada, contemplando cómo se desangraba bajo las balas de
Mac-Mahon; de otra parte, la Comuna se consumió en la disputa estéril entre los
dos partidos que la escindían, el de los blanquistas (mayoría) y el de los
prondhonianos (minoría), ninguno de los cuales sabía qué era lo que había que
hacer. Y tan estéril como la sorpresa en 1848, fue la victoria regalada en
1871.
Con la Comuna de París se creía haber
enterrado definitivamente al proletariado combativo. Pero es, por el contrario,
de la Comuna y de la guerra franco-alemana de donde data su más formidable
ascenso. El hecho de encuadrar en los ejércitos, que desde entonces ya se
cuentan por millones, a toda la población apta para el servicio militar, así
como las armas de fuego, los proyectiles y las materias explosivas de una
fuerza de acción hasta entonces desconocida, produjo una revolución completa de
todo el arte militar. Esta transformación, de una parte, puso fin bruscamente
al período guerrero bonapartista y aseguró el desarrollo industrial pacífico,
al hacer imposible toda otra guerra que no sea una guerra mundial de una
crueldad inaudita y de consecuencias absolutamente incalculables. De otra
parte, con los gastos militares, que crecieron en progresión geométrica, hizo
subir los impuestos a un nivel exorbitante, con lo cual echó las clases pobres
de la población en los brazos del socialismo. La anexión de Alsacia-Lorena,
causa inmediata de la loca competencia en materia de armamentos, podrá azuzar
el chovinismo de la burguesía francesa y la alemana, lanzándolas la una contra
la otra; pero para los obreros de ambos países ha sido un nuevo lazo de unión.
Y el aniversario de la Comuna de París se convirtió en el primer día de fiesta
universal del proletariado.
Como Marx predijo, la guerra de 1870-1871
y la derrota de la Comuna desplazaron por el momento de Francia a Alemania el
centro de gravedad del movimiento obrero europeo. En Francia, naturalmente,
necesitaba años para reponerse de la sangría de mayo de 1871. En cambio, en
Alemania, donde la industria —impulsada como una planta de estufa por el maná
de miles de millones [13] pagados por Francia— se
desarrollaba cada vez más rápidamente, la socialdemocracia cracía todavía más
de prisa y con más persistencia. Gracias a la inteligencia con que los obreros
alemanes supieron utilizar el sufragio universal, implantado en 1866, el
crecimiento asombroso del partido aparece en cifras indiscutibles a los ojos
del mundo entero. 1871: 102.000 votos socialdemócratas; 1874: 352.000; 1877:
493.000. Luego, vino el alto reconocimiento de estos progresos por la
autoridad: la ley contra los socialistas [14]; el partido fue
temporalmente destrozado y, en 1881, el número de votos descendió a 312.000.
Pero se sobrepuso pronto y ahora, bajo el peso de la ley de excepción, sin
prensa; sin una organización legal, sin derecho de asociación ni de reunión,
fue cuando comenzó verdaderamente a difundirse con rapidez 1884: 550.000 votos;
1887: 763.000; 1890: 1.427.000. Al llegar aquí, se paralizó la mano del Estado.
Desapareció la ley contra los socialistas y el número de votos socialistas
ascendió a 1.787.000, más de la cuarta parte del total de votos emitidos. El
Gobierno y las clases dominantes habían apurado todos los medios; estérilmente,
sin objetivo y sin resultado alguno. Las pruebas tangibles de su impotencia,
que las autoridades, desde el sereno hasta el canciller del Reich, habían
tenido que tragarse —¡y que venían de los despreciados
obreros!—, estas pruebas se contaban por millones. El Estado había llegado a un
atolladero y los obreros apenas comenzaban su avance.
El primer gran servicio que los obreros
alemanes prestaron a su causa consistió en el mero hecho de su existencia como
Partido Socialista que superaba a todos en fuerza, en disciplina y en rapidez
de crecimiento. Pero además prestaron otro: suministraron a sus camaradas de
todos los países un arma nueva, una de las más afiladas, al hacerles ver cómo
se utiliza el sufragio universal.
El sufragio universal existía ya desde
hacía largo tiempo en Francia, pero se había desacreditado por el empleo
abusivo que había hecho de él el Gobierno bonapartista. Y después de la Comuna
no se disponía de un partido obrero para emplearlo. También en España existía
este derecho desde la República, pero en España todos los partidos serios de
oposición habían tenido siempre por norma la abstención electoral. Las
experiencias que se habían hecho en Suiza con el sufragio universal servían
también para todo menos para alentar a un partido obrero. Los obreros
revolucionarios de los países latinos se habían acostumbrado a ver en el
derecho de sufragio una añagaza, un instrumento de engaño en manos del
Gobierno. En Alemania no ocurrió así. Ya el "Manifiesto Comunista"
había proclamado la lucha por el sufragio universal, por la democracia, como
una de las primeras y más importantes tareas del proletariado militante, y
Lassalle había vuelto a recoger este punto. Y cuando Bismarck se vio obligado a
introducir el sufragio universal [15] como único medio de
interesar a las masas del pueblo por sus planes, nuestros obreros tomaron
inmediatamente la cosa en serio y enviaron a Augusto Bebel al primer Reichstag
Constituyente. Y, desde aquel día, han utilizado el derecho de sufragio de un
modo tal, que les ha traído incontables beneficios y ha servido de modelo para
los obreros de todos los países. Para decirlo con las palabras del programa
marxista francés, han transformado el sufragio universal de moyen de duperie qu'il a été jusqu'ici en
instrument d'émancipation —de medio de engaño, que había sido hasta
aquí, en instrumento de emancipación [16]. Y aunque el
sufragio universal no hubiese aportado más ventaja que la de permitirnos hacer
un recuento de nuestras fuerzas cada tres años; la de acrecentar en igual
medida, con el aumento periódicamente constatado e inesperadamente rápido del
número de votos, la seguridad en el triunfo de los obreros y el terror de sus
adversarios, convirtiéndose con ello en nuestro mejor medio de propaganda; la
de informarnos con exactitud acerca de nuestra fuerza y de la de todos los
partidos adversarios, suministrándonos así el mejor instrumento posible para
calcular las proporciones de nuestra acción y precaviéndonos por igual contra
la timidez a destiempo y contra la extemporánea temeridad; aunque no
obtuviésemos del sufragio universal más ventaja que ésta, bastaría y sobraría.
Pero nos ha dado mucho más. Con la agitación electoral, nos ha suministrado un
medio único para entrar en contacto con las masas del pueblo allí donde están
todavía lejos de nosotros, para obligar a todos los partidos a defender ante el
pueblo, frente a nuestros ataques, sus ideas y sus actos; y, además, abrió a
nuestros representantes en el parlamento una tribuna desde lo alto de la cual
pueden hablar a sus adversarios en la Cámara y a las masas fuera de ella con
una autoridad y una libertad muy distintas de las que se tienen en la prensa y
en los mítines. ¿Para qué les sirvió al Gobierno y a la burguesía su ley contra
los socialistas, si las campañas de agitación electoral y los discursos
socialistas en el parlamento constantemente abrían brechas en ella?
Pero con este eficaz empleo del sufragio
universal entraba en acción un método de lucha del proletariado totalmente
nuevo, método de lucha que se siguió desarrollando rápidamente. Se vio que las
instituciones estatales en las que se organizaba la dominación de la burguesía
ofrecían nuevas posibilidades a la clase obrera para luchar contra estas mismas
instituciones. Y se tomó parte en las elecciones a las dietas provinciales, a
los organismos municipales, a los tribunales de artesanos, se le disputó a la
burguesía cada puesto, en cuya provisión mezclaba su voz una parte suficiente
del proletariado. Y así se dio el caso de que la burguesía y el Gobierno
llegasen a temer mucho más la actuación legal que la actuación ilegal del
partido obrero, más los éxitos electorales que los éxitos insurreccionales.
Pues también en este terreno habían
cambiado sustancialmente las condiciones de la lucha. La rebelión al viejo
estilo, la lucha en las calles con barricadas, que hasta 1848 había sido la
decisiva en todas partes, estaba considerablemente anticuada.
No hay que hacerse ilusiones: una
victoria efectiva de la insurrección sobre las tropas en la lucha de calles,
una victoria como en el combate entre dos ejércitos, es una de las mayores
rarezas. Pero es verdad que también los insurrectos habían contado muy rara vez
con esta victoria. Lo único que perseguían era hacer flaquear a las tropas
mediante factores morales que en la lucha entre los ejércitos de dos países
beligerantes no entran nunca en juego, o entran en un grado mucho menor. Si se
consigue este objetivo, la tropa no responde, o los que la mandan pierden la
cabeza; y la insurrección vence. Si no se consigue, incluso cuando las tropas
sean inferiores en número, se impone la ventaja del mejor armamento e
instrucción, de la unidad de dirección, del empleo de las fuerzas con arreglo a
un plan y de la disciplina. Lo más a que puede llegar la insurrección en una
acción verdaderamente táctica es levantar y defender una sola barricada con
sujeción a todas las reglas del arte. Apoyo mutuo, organización y empleo de las
reservas, en una palabra, la cooperación y la trabazón de los distintos
destacamentos, indispensable ya para la defensa de un barrio y no digamos de
una gran ciudad entera, sólo se pueden conseguir de un modo muy defectuoso y,
en la mayoría de los casos, no se pueden conseguir de ningún modo. De la
concentración de las fuerzas sobre un punto decisivo, no cabe ni hablar. Así,
la defensa pasiva es la forma predominante de lucha; la ofensiva se producirá a
duras penas, aquí o allá, siempre excepcionalmente, en salidas y ataques de
flanco esporádicos, pero, por regla general, se limitara a la ocupación de las
posiciones abandonadas por las tropas en retirada. A esto hay que añadir que
las tropas disponen de artillería y de fuerzas de ingenieros bien equipadas e
instruidas, medios de lucha de que los insurgentes carecen por completo casi
siempre. Por eso no hay que maravillarse de que hasta las luchas de barricadas
libradas con el mayor heroísmo —las de París en junio de 1848, las de Viena en
octubre del mismo año y las de Dresde en mayo de 1849—, terminasen con la
derrota de la insurrección, tan pronto como los jefes atacantes, a quienes no
frenaba ningún miramiento político, obraron ateniéndose a puntos de vista
puramente militares y sus soldados les permanecieron fieles.
Los numerosos éxitos conseguidos por los
insurrectos hasta 1848 se deben a múltiples causas. En París, en julio de 1830
y en febrero de 1848, como en la mayoría de las luchas callejeras en España,
entre los insurrectos y las tropas se interponía una guardia civil, que, o se
ponía directamente al lado de la insurrección o bien, con su actitud tibia e
indecisa, hacía vacilar asimismo a las tropas y, por añadidura, suministraba
armas a la insurrección. Allí donde esta guardia civil se colocaba desde el
primer momento frente a la insurrección, como ocurrió en París en junio de
1848, ésta era vencida. En Berlín, en 1848, venció el pueblo, en parte por los
considerables refuerzos recibidos durante la noche del 18 y la mañana del 19,
en parte a causa del agotamiento y del mal avituallamiento de las tropas y en
parte, finalmente, por la acción paralizadora de las órdenes del mando. Pero en
todos los casos se alcanzó la victoria porque no respondieron las tropas,
porque al mando le faltó decisión o porque se encontró con las manos atadas.
Por tanto, hasta en la época clásica de
las luchas de calles, la barricada tenía más eficacia moral que material. Era
un medio para quebrantar la firmeza de las tropas. Si se sostenía hasta la
consecución de este objetivo, se alcanzaba la victoria; si no, venía la
derrota. Este es el aspecto principal de la cuestión y no hay que perderlo de
vista tampoco cuando se investiguen las posibilidades de las luchas callejeras
que se puedan presentar en el futuro.
Por lo demás, las posibilidades eran ya
en 1849 bastante escasas. La burguesía se había colocado en todas partes al
lado de los gobiernos, «la cultura y la propiedad» saludaban y obsequiaban a
las tropas enviadas contra las insurrecciones. La barricada había perdido su
encanto; el soldado ya no veía detrás de ella al «pueblo», sino a rebeldes, a
agitadores, a saqueadores, a partidarios del reparto, a la hez de la sociedad;
con el tiempo, el oficial se había ido entrenando en las formas tácticas de la
lucha de calles: ya no se lanzaba de frente y a pecho descubierto hacia el
parapeto improvisado, sino que lo flanqueaba a través de huertas, de patios y
de casas. Y, con alguna pericia, esto se conseguía ahora en el noventa por
ciento de los casos.
Además, desde entonces, han cambiado
muchísimas cosas, y todas a favor de las tropas. Si las grandes ciudades han
crecido considerablemente, todavía han crecido más los ejércitos. París y
Berlín no se han cuadriplicado desde 1848, pero sus guarniciones se han elevado
a más del cuádruplo. Por medio de los ferrocarriles, estas guarniciones pueden
duplicarse y más que duplicarse en 24 horas, y en 48 horas convertirse en
ejércitos formidables. El armamento de estas tropas, tan enormemente
acrecentadas, es hoy incomparablemente más eficaz. En 1848 llevaban el fusil
liso de percusión y antecarga; hoy llevan el fusil de repetición, de retrocarga
y pequeño calibre, que tiene cuatro veces más alcance, diez veces más precisión
y diez veces más rapidez de tiro que aquél. Entonces disponían de las granadas
macizas y los botes de metralla de la artillería, de efecto relativamente
débil; hoy, de las granadas de percusión, una de las cuales basta para hacer
añicos la mejor barricada. Entonces se empleaba la piqueta de los zapadores
para romper las medianerías, hoy se emplean los cartuchos de dinamita.
En cambio, del lado de los insurrectos
todas las condiciones han empeorado. Una insurrección con la que simpaticen
todas las capas del pueblo, se da ya difícilmente; en la lucha de clases,
probablemente ya nunca se agruparán las capas medias en torno al proletariado
de un modo tan exclusivo, que el partido de la reacción que se congrega en
torno a la burguesía constituya, en comparación con aquéllas, una minoría
insignificante. El «pueblo» aparecerá, pues, siempre dividido, con lo cual
faltará una formidable palanca, que en 1848 fue de una eficacia extrema. Y
cuantos más soldados licenciados se pongan al lado de los insurgentes más
difícil se hará el equiparlos de armamento. Las escopetas de caza y las
carabinas de lujo de las armerías —aun suponiendo que, por orden de la policía,
no se inutilicen de antemano quitándoles una pieza del cerrojo— no se pueden
comparar ni remotamente, incluso para la lucha desde cerca, con el fusil de repetición
del soldado. Hasta 1848, era posible fabricarse la munición necesaria con
pólvora y plomo; hoy, cada fusil requiere un cartucho distinto y sólo en un
punto coinciden todos: en que son un producto complicado de la gran industria y
no pueden, por consiguiente, improvisarse; por tanto, la mayoría de los fusiles
son inútiles si no se tiene la munición adecuada para ellos. Finalmente, las
barriadas de las grandes ciudades construidas desde 1848 están hechas a base de
calles largas, rectas y anchas, como de encargo para la eficacia de los nuevos
cañones y fusiles. Tendría que estar loco el revolucionario que eligiese el
mismo para una lucha de barricadas los nuevos distritos obreros del Norte y el
Este de Berlín.
¿Quiere decir esto que en el futuro los combates
callejeros no vayan a desempeñar ya papel alguno? Nada de eso. Quiere decir
únicamente que, desde 1848, las condiciones se han hecho mucho más
desfavorables para los combatientes civiles y mucho más ventajosas para las
tropas. Por tanto, una futura lucha de calles sólo podrá vencer si esta
desventaja de la situación se compensa con otros factores. Por eso se producirá
con menos frecuencia en los comienzos de una gran revolución que en el
transcurso ulterior de ésta y deberá emprenderse con fuerzas más considerables.
Y éstas deberán, indudablemente, como ocurrió en toda la gran revolución
francesa, así como el 4 de septiembre y el 31 de octubre de 1870, en París [17], preferir el ataque abierto a la táctica pasiva de
barricadas.
¿Comprende el lector, ahora, por qué los
poderes imperantes nos quieren llevar a todo trance allí donde disparan los
fusiles y dan tajos los sables? ¿Por qué hoy nos acusan de cobardía porque no
nos lanzamos sin más a la calle, donde de antemano sabemos que nos aguarda la
derrota? ¿Por qué nos suplican tan encarecidamente que juguemos, al fin, una
vez, a ser carne de cañón?
Esos señores malgastan lamentablemente
sus súplicas y sus retos. No somos tan necios como todo eso. Es como si
pidieran a su enemigo en la próxima guerra que se les enfrentase en la
formación de líneas del viejo Fritz [*] o en columnas de
divisiones enteras a lo Wagram y Waterloo [18], y, además,
empuñando el fusil de chispa. Si han cambiado las condiciones de la guerra
entre naciones, no menos han cambiado las de la lucha de clases. La época de
los ataques por sorpresa, de las revoluciones hechas por pequeñas minorías
conscientes a la cabeza de las masas inconscientes, ha pasado. Allí donde se
trate de una transformación completa de la organización social tienen que
intervenir directamente las masas, tienen que haber comprendido ya por sí
mismas de qué se trata, por qué dan su sangre y su vida. Esto nos lo ha
enseñado la historia de los últimos cincuenta años. Y para que las masas comprendan
lo que hay que hacer, hace falta una labor larga y perseverante. Esta labor es
precisamente la que estamos realizando ahora, y con un éxito que sume en la
desesperación a nuestros adversarios.
También en los países latinos se va
viendo cada vez más que hay que revisar la vieja táctica. En todas partes se ha
imitado el ejemplo alemán del empleo del sufragio, de la conquista de todos los
puestos que están a nuestro alcance; en todas partes han pasado a segundo plano
los ataques sin preparación. En Francia, a pesar de que allí el terreno está
minado, desde hace más de cien años, por una revolución tras otra y de que no
hay ningún partido que no tenga en su haber conspiraciones, insurrecciones y
demás acciones revolucionarias; en Francia, donde a causa de esto, el Gobierno
no puede estar seguro, ni mucho menos, del ejército y donde todas las
circunstancias son mucho más favorables para un golpe de mano insurreccional
que en Alemania, incluso en Francia, los socialistas van dándose cada vez más
cuenta de que no hay para ellos victoria duradera posible a menos que ganen de
antemano a la gran masa del pueblo, lo que aquí equivale a decir a los
campesinos. El trabajo lento de propaganda y la actuación parlamentaria se han
reconocido también aquí como la tarea inmediata del partido. Los éxitos no se
han hecho esperar. No sólo se han conquistado toda una serie de consejos
municipales, sino que en las Cámaras hay 50 diputados socialistas, que han
derribado ya tres ministerios y un presidente de la República. En Bélgica, los
obreros han arrancado hace un año el derecho al sufragio y han vencido en una
cuarta parte de los distritos electorales. En Suiza, en Italia, en Dinamarca,
hasta en Bulgaria y en Rumania, están los socialistas representados en el
parlamento. En Austria, todos los partidos están de acuerdo en que no se nos
puede seguir cerrando el acceso al Reichsrat. Entraremos, no cabe duda; lo
único que se discute todavía es por qué puerta. E incluso en Rusia, si se reúne
el famoso Zemski Sobor, esa Asamblea Nacional, contra la que tan en vano se
resiste el joven Nicolás, incluso allí podemos estar seguros de tener una
representación.
Huelga decir que no por ello nuestros
camaradas extranjeros renuncian, ni mucho menos, a su derecho a la revolución.
No en vano el derecho a la revolución es el único «derecho» realmente «histórico», el único
derecho en que descansan todos los Estados modernos sin excepción, incluyendo a
Mecklemburgo, cuya revolución de la nobleza finalizó en 1755 con el «pacto
sucesorio», la gloriosa escrituración del feudalismo todavía hoy vigente [19]. El derecho a la revolución está tan inconmoviblemente
reconocido en la conciencia universal que hasta el general von Boguslawski
deriva pura y exclusivamente de este derecho del pueblo el derecho al golpe de
Estado que reivindica para su emperador.
Pero, ocurra lo que ocurriere en otros
países, la socialdemocracia alemana tiene una posición especial, y con ello,
por el momento al menos, una tarea especial también. Los dos millones de
electores que envía a las urnas, junto con los jóvenes y las mujeres que están
detrás de ellos y no tienen voto, forman la masa más numerosa y más compacta,
la «fuerza de choque» decisiva del ejército proletario internacional. Esta masa
suministra, ya hoy, más de la cuarta parte de todos los votos emitidos; y crece
incesantemente, como lo demuestran las elecciones suplementarias al Reichstag,
las elecciones a las Dietas de los distintos Estados y las elecciones
municipales y de tribunales de artesanos. Su crecimiento avanza de un modo tan
espontáneo, tan constante, tan incontenible y al mismo tiempo tan tranquilo
como un proceso de la naturaleza. Todas las intervenciones del Gobierno han
resultado impotentes contra él. Hoy podemos contar ya con dos millones y cuarto
de electores. Si este avance continúa, antes de terminar el siglo habremos
conquistado la mayor parte de las capas intermedias de la sociedad, tanto los
pequeños burgueses como los pequeños campesinos y nos habremos convertido en la
potencia decisiva del país, ante la que tendrán que inclinarse, quieran o no,
todas las demás potencias. Mantener en marcha ininterrumpidamente este
incremento, hasta que desborde por sí mismo el sistema de gobierno actual; no
desgastar en operaciones de descubierta esta fuerza de choque que se fortalece
diariamente, sino conservarla intacta hasta el día decisivo: tal es nuestra
tarea principal. Y sólo hay un medio para poder contener momentáneamente el
crecimiento constante de las fuerzas socialistas de combate en Alemania e
incluso para llevarlo a un retroceso pasajero: un choque en gran escala con las
tropas, una sangría como la de 1871 en París. Aunque, a la larga, también esto
se superaría. Para borrar del mundo a tiros un partido de millones de hombres
no bastan todos los fusiles de repetición de Europa y América. Pero el
desarrollo normal se interrumpiría; no se podría disponer tal vez de la fuerza
de choque en el momento crítico; la lucha decisiva se retrasaría, se
postergaría y llevaría aparejados mayores sacrificios.
La ironía de la historia universal lo
pone todo patas arriba. Nosotros, los «revolucionarios», los «elementos
subversivos», prosperamos mucho más con los medios legales que con los ilegales
y la subversión. Los partidos del orden, como ellos se llaman, se van a pique
con la legalidad creada por ellos mismos. Exclaman desesperados, con Odilon
Barrot: La légalité nous tue,
la legalidad nos mata, mientras nosotros echamos, con esta legalidad, músculos
vigorosos y carrillos colorados y parece que nos ha alcanzado el soplo de la
eterna juventud. Y si nosotros
no somos tan locos que nos dejemos arrastrar al combate callejero, para darles
gusto, a la postre no tendrán más camino que romper ellos mismos esta legalidad
tan fatal para ellos.
Por el momento, hacen nuevas leyes contra
la subversión. Otra vez está el mundo al revés. Estos fanáticos de la
antirrevuelta de hoy, ¿no son los mismos elementos subversivos de ayer? ¿Acaso
provocamos nosotros la guerra
civil de 1866? ¿Hemos arrojado nosotros
al rey de Hannover, al gran elector de Hessen y al duque de Nassau de sus
tierras patrimoniales, hereditarias y legítimas, para anexionarnos estos
territorios? ¿Y estos revoltosos que han derribado a la Confederación alemana y
a tres coronas por la gracia de Dios, se quejan de las subversiones? Quis tulerit Gracchos de seditione querentes?
[*] ¿Quién puede permitir que los adoradores de Bismarck
vituperen la subversión?
Dejémosles que saquen adelante sus
proyectos de ley contra la subversión, que los hagan todavía más severos, que
conviertan en goma todo el Código penal; con ello, no conseguirán nada más que
aportar una nueva prueba de su impotencia. Para meter seriamente mano a la
socialdemucracia, tendrán que acudir además a otras medidas muy distintas. La
subversión socialdemocrática, que por el momento vive de respetar las leyes,
sólo podrán contenerla mediante la subversión de los partidos del orden, que no
puede prosperar sin violar las leyes. Herr Rössler, el burócrata prusiano, y
Herr von Boguslawski, el general prusiano, les han enseñado el único camino por
el que tal vez pueda provocarse a los obreros, que no se dejan tentar a la
lucha callejera. ¡La ruptura de la Constitución, la dictadura, el retorno al
absolutismo, regis voluntas suprema
lex! [*]* De modo que, ¡ánimo, caballeros,
aquí no vale torcer el morro, aquí hay que silbar!
Pero no olviden ustedes que el Imperio
alemán, como todos los pequeños Estados y, en general, todos los Estados
modernos es un producto contractual:
producto, primero, de un contrato de los príncipes entre sí y, segundo, de los
príncipes con el pueblo. Y si una de las partes rompe el contrato, todo el
contrato se viene a tierra y la otra parte queda también desligada de su
compromiso. Bismarck nos lo demostró brillantemente en 1866. Por tanto, si
ustedes violan la Constitución del Reich, la socialdemocracia queda en libertad
y puede hacer y dejar de hacer con respecto a ustedes lo que quiera. Y lo que
entonces querrá, no es fácil que se le ocurra contárselo a ustedes hoy.
Hace casi exactamente 1.600 años, actuaba
también en el Imperio romano un peligroso partido de la subversión. Este
partido minaba la religión y todos los fundamentos del Estado; negaba de plano
que la voluntad del emperador fuese la suprema ley; era un partido sin patria,
internacional, que se extendía por todo el territorio del Imperio, desde la
Galia hasta Asia y traspasaba las fronteras imperiales. Llevaba muchos años
haciendo un trabajo de zapa, subterráneamente, ocultamente, pero hacía bastante
tiempo que se consideraba ya con la suficiente fuerza para salir a la luz del
día. Este partido de la revuelta, que se conocía por el nombre de los
cristianos, tenía también una fuerte representación en el ejército; legiones
enteras eran cristianas. Cuando se los enviaba a los sacrificios rituales de la
iglesia nacional pagana, para hacer allí los honores, estos soldados de la
subversión llevaban su atrevimiento hasta el punto de ostentar en el casco
distintivos especiales —cruces— en señal de protesta. Hasta las mismas penas
cuartelarias de sus superiores eran inútiles. El emperador Diocleciano no podía
seguir contemplando cómo se minaba el orden, la obediencia y la disciplina
dentro de su ejército. Intervino enérgicamente, porque todavía era tiempo de
hacerlo. Dictó una ley contra los socialistas, digo, contra los cristianos.
Fueron prohibidos los mítines de los revoltosos, clausurados e incluso
derruidos sus locales, prohibidos los distintivos cristianos —las cruces—, como
en Sajonia los pañuelos rojos. Los cristianos fueron incapacitados para
desempeñar cargos públicos, no podían ser siquiera cabos. Como por aquel
entonces no se disponía aún de jueces tan bien amaestrados respecto a la
«consideración de la persona» como los que presupone el proyecto de ley
antisubversiva de Herr von Koller [20], lo que se hizo fue
prohibir sin más rodeos a los cristianos que pudiesen reclamar sus derechos
ante los tribunales. También esta ley de excepción fue estéril. Los cristianos,
burlándose de ella, la arrancaban de los muros y hasta se dice que le quemaron
al emperador su palacio, en Nicomedia, hallándose él dentro. Entonces, éste se
vengó con la gran persecución de cristianos del año 303 de nuestra era. Fue la
última de su género. Y dio tan buen resultado, que diecisiete años después el
ejército estaba compuesto predominantemente por cristianos, y el siguiente
autócrata del Imperio romano, Constantino, al que los curas llaman el Grande,
proclamó el cristianismo religión del Estado.
F. Engels
Londres, 6 de marzo de 1895
[1] La obra de Marx "La
lucha de clases en Francia de 1848 a 1850" es una serie de artículos con
el título común "De 1848 a 1849". El plan primario del trabajo
"Las luchas de clases en Francia" incluía cuatro artículos: "La
derrota de junio de 1848", "El 13 de junio de 1849", "Las
consecuencias del 13 de junio en el continente" y "La situación
actual en Inglaterra". Sin embargo, sólo aparecieron tres artículos. Los
problemas de la influencia de los sucesos de junio de 1849 en el continente y
de la situación de Inglaterra fueron aclarados en otros escritos de la revista,
concretamente en los reportajes internacionales escritos conjuntamente por Marx
y Engels. Al editar la obra de Marx en 1895, Engels introdujo adicionalmente un
cuarto capítulo en el que se incluían apartados dedicados a los acontecimientos
de Francia con el subtítulo de "Tercer comentario internacional".
Engels tituló este capítulo "La abolición del sufragio universal en
1850".-
[2] 89. La
"Introducción" a la obra de Marx "Las luchas de clases en
Francia de 1848 a 1850" la escribió Engels para una edición aparte del
trabajo, publicado en Berlín en 1895.
Al
publicarse la introducción, la Directiva del Partido Socialdemócrata de
Alemania pidió con insistencia a Engels que suavizara el tono, demasiado
revolucionario a juicio de ella, y le imprimiese una forma más cautelosa.
Engels sometío a crítica la posición vacilante de la dirección del partido y su
anhelo a «obrar exclusivamente sin salirse de la legalidad». Sin embargo, obligado
a tener en cuenta la opinión de la Directiva, Engels accedió a omitir en las
pruebas de imprenta varios pasajes y cambiar algunas fórmulas. En esta edición
se publica íntegro el texto del prefacio.
Bernstein
utilizó esa introducción para defender su táctica oportunista. En carta a
Lafargue del 3 de abril de 1895, Engels manifiesta como Bernstein "me ha
jugado una mala pasada. En mi introducción a los artículos de Marx sobre la
Francia de 1848 al 50 ha escogido lo que pudiera servir para defender la
táctica hostil a la violencia y pacífica a toda costa; esta táctica, que el
mismo ha predicado con tanto cariño, y más hoy que se preparan en Berlín las
leyes de excepción. Pues esta táctica la recomiendo solamente para Alemania en
la época actual, y todavía con grandes reservas. En Francia, en Bélgica, en
Italia y en Austria no debe seguirse íntegramente; en Alemania puede ser mañana
inaplicable".
Indignado
hasta lo más hondo, Engels insistió en que su introducción se publicase en la
revista "Neue Zeit". Sin embargo, se publicó en ella con los mismos
cortes que hubo de hacer el autor en la antemencionada edición suelta.
El texto
del prefacio de Engels se publicó íntegro por primera vez en la URSS en el año
1930 en el libro de Carlos Marx "Las luchas de clases en Francia de 1848 a
1849".-
[3] "La Neue Rheinische
Zeitung. Organ der Demokratie" ("Nueva Gaceta del Rin. Organo de la
Democracia") salía todos los días en Colonia desde el 1 de junio de 1848
hasta el 19 de mayo de 1849; la dirigía Marx, y en el consejo de redacción
figuraba Engels.- 145, 190, 230, 564.
[4] "Neue Rheinische
Zeitung. Politisch-ökonomische Revue" ("Nueva Gaceta del Rin.
Comentario político-económico"): revista fundada por Marx y Engels en
diciembre de 1849 que editaron hasta noviembre de 1850; órgano teórico y
político de la Liga de los Comunistas. Se imprimía en Hamburgo. Salieron seis
números de la revista, que dejó de aparecer debido a las persecuciones de la
policía en Alemania y a la falta de recursos materiales.-
[5] Se alude a las
dotaciones gubernamentales que Engels designa irónicamente con el nombre de la
finca regalada a Bismarck por el emperador Guillermo I en el Bosque de Sajonia,
cerca de Hamburgo.-
[6] In partibus infidelium (literalmente: «en el país de los
infieles»): adición al título de los obispos católicos destinados a cargos
puramente nominales en países no cristianos. Esta expresión la empleaban a
menudo Marx y Engels, aplicada a diversos gobiernos emigrados que se habían
formado en el extranjero sin tener en cuenta alguna la situación real del
país.-
[7]. Se trata de los dos
partidos monárquicos de la burguesía francesa de la primera mitad del siglo
XIX, o sea, de los legitimistas (véase la nota 59) y de los orleanistas.
Orleanistas:
partidarios de los duques de Orleáns, rama menor de la dinastía de los Borbones,
que se mantuvo en el poder desde la revolución de Julio de 1830 hasta la
revolución de 1848; representaban los intereses de la aristocracia financiera y
la gran burguesía.
Durante la
Segunda república (1848-1851), los dos grupos monárquicos constituyeron el
núcleo del «partido del orden», un partido conservador unificado.-
[8] Francia participó,
siendo emperador Napoleón III, en la guerra de Crimea (1854-1855), hizo a
Austria la guerra para disputarle Italia (1859), participó con Inglaterra en
las guerras contra China (1856-1858 y 1860), comenzó la conquista de Indochina
(1860-1861), organizó la intervención armada en Siria (1860-1861) y México
(1862-1867); por último, guerreó contra Prusia (1870-1871).-
[9] Engels emplea el termino que expresaba uno de los principios de la política
exterior de los medios gobernantes del Segundo Imperio bonapartista
(1852-1870). El llamado «principio de las nacionalidades» era muy usado por las
clases dominantes de los grandes Estados como cubierta ideológica de sus planes
anexionistas y de sus aventuras en política exterior. Sin tener nada que ver
con el reconocimiento de las naciones a la autodeterminación, el «principio de
las nacionalidades» era un acicate para espolear las discordias nacionales y
transformar el movimiento nacional, sobre todo los movimientos de los pueblos
pequeños, en instrumento de la política contrarrevolucionaria de los grandes
Estados en pugna.-
[10] . La Confederación
Alemana, fundada el 8 de junio de 1815 en el Congreso de Viena, era una
unión de los Estados absolutistas feudales de Alemania y consolidaba el
fraccionamiento político y económico de Alemania.-
[11] . Como consecuencia de la victoria sobre Francia durante la
guerra franco-prusiana (1870-1871) surgió el Imperio alemán del que, no
obstante, quedó excluida Austria, de donde procede la denominación de «Pequeño Imperio alemán». La derrota
de Napoleón III fue un impulso para la revolución en Francia, que derrocó a
Luis Bonaparte y dio lugar el 4 de setiembre de 1870 a la proclamación de la
república.-
[12] Guardia Nacional: milicia voluntaria civil y armada con mandos
elegidos que existió en Francia y algunos países más de Europa Occidental. Se
formó por primera vez en Francia en 1789 a comienzos de la revolución burguesa;
existió con intervalos hasta 1871. Entre 1870 y 1871, la Guardia Nacional de
París, en la que se incluyeron en las condiciones de la guerra franco-prusiana
las grandes masas democráticas, desempeñó un gran papel revolucionario. Fundado
en febrero de 1871, su Comité Central encabezó la sublevación proletaria del 18
de marzo de 1871 y en el período inicial de la Comuna de París de 1871 ejerció
(hasta el 28 de marzo) la función de primer Gobierno proletario en la historia.
Una vez aplastada la Comuna de París, la Guardia Nacional fue disuelta.-
[13] Después de la derrota en
la guerra franco-prusiana de 1870-1871, Francia pagó a Alemania una
contribución de cinco mil millones de francos.-
[14] La ley de excepción contra los socialistas se promulgó en
Alemania el 21 de octubre de 1878. Según esta ley se prohibían
todas las organizaciones del Partido Socialdemócrata, las organizaciones de
masas y la prensa obrera, se confiscaba todo lo escrito sobre socialismo y se
reprimía a los socialdemócratas. Bajo la presión del movimiento obrero de
masas, esta ley fue derogada el 1 de octubre de 1890.- 199
[15] Bismarck decretó el
sufragio universal en 1866 para las elecciones al Reichstag de Alemania del
Norte, y, en 1871, para las elecciones al Reichstag del Imperio alemán unificado.-
[16] Engels cita la
introducción teórica escrita por Marx para el programa del Partido Obrero
Francés que se aprobó en el Congreso de El Havre en 1880.-
[17] El 4 de setiembre de 1870, merced a la acción revolucionaria de
las masas populares, fue derrocado en Francia el Gobierno de Luis Bonaparte y
proclamada la república. El 31 de
octubre de 1870 los blanquistas llevaron a cabo una tentativa
infructuosa de sublevación contra el Gobierno de la Defensa Nacional.-
[*] Se refiere a Federico
II, rey de Prusia de 1740 a 1786. (N. de la Edit.)
[18] 104. La batalla de Wagram, durante la guerra
austro-francesa de 1809, duró del 5 al 6 de junio del mismo año. En ella, las
tropas francesas mandadas por Napoleón I derrotaron al ejército austríaco del
archiduque Carlos.
La batalla
de Waterloo (Bélgica) tuvo
lugar el 18 de junio de 1815. El ejército de Napoleón fue derrotado. Esta
batalla desempeñó el papel decisivo en la campaña de 1815, predeterminando la
victoria definitiva de la coalición antinapoleónica de los Estados europeos y
la caída del imperio de Napoleón I.-
[19] Engels se refiere a la
larga lucha entre el poder ducal y la nobleza en los ducados de
Mecklemburgo-Schwerin y Mecklemburgo-Strelitz, que concluyó mediante la firma,
en 1755, del tratado constitucional de Rostock acerca de los derechos
hereditarios de la nobleza. Este tratado confirmó los fueros y privilegios
anteriores de ésta y refrendó su posición dirigente en las Dietas estamentales;
eximió de contribuciones la mitad de sus tierras; fijó la magnitud de los
impuestos sobre el comercio y la artesanía y la participación de la una y la
otra en los gastos del Estado.-
[*] ¿Es tolerable que los
Gracos se quejen de una sedición? (Juvenal, Sátira II) (N. de la Edit.)
[**] ¡La voluntad del rey es
la ley suprema! (N. de la Edit.)
[20] El 5 de diciembre de
1894, se presentó al Reichstag alemán un nuevo proyecto de ley contra los
socialistas. El proyecto fue rechazado el 11 de mayo de 1895.
Exceptuando unos pocos capítulos, todos
los apartados importantes de los anales de la revolución de 1848 a 1849 llevan
el epígrafe de ¡Derrota de la
revolución!
Pero lo que sucumbía en estas derrotas no
era la revolución. Eran los tradicionales apéndices prerrevolucionarios,
resultado de relaciones sociales que aún no se habían agudizado lo bastante
para tomar una forma bien precisa de contradicciones de clase: personas,
ilusiones, ideas, proyectos de los que no estaba libre el partido revolucionario
antes de la revolución de Febrero y de los que no podía liberarlo la victoria de Febrero, sino sólo una
serie de derrotas.
En una palabra: el progreso
revolucionario no se abrió paso con sus conquistas directas tragicómicas, sino,
por el contrario, engendrando una contrarrevolución cerrada y potente,
engendrando un adversario, en la lucha contra el cual el partido de la
subversión maduró, convirtiéndose en un partido verdaderamente revolucionario.
Demostrar esto es lo que se proponen las
siguientes páginas.
NOTAS
[21] La obra de Marx "La lucha de clases en Francia de 1848
a 1850" es una serie de artículos con el título común "De 1848 a
1849". El plan primario del trabajo "Las luchas de clases en
Francia" incluía cuatro artículos: "La derrota de junio de
1848", "El 13 de junio de 1849", "Las consecuencias del 13
de junio en el continente" y "La situación actual en
Inglaterra". Sin embargo, sólo aparecieron tres artículos. Los problemas
de la influencia de los sucesos de junio de 1849 en el continente y de la
situación de Inglaterra fueron aclarados en otros escritos de la revista,
concretamente en los reportajes internacionales escritos conjuntamente por Marx
y Engels. Al editar la obra de Marx en 1895, Engels introdujo adicionalmente un
cuarto capítulo en el que se incluían apartados dedicados a los acontecimientos
de Francia con el subtítulo de "Tercer comentario internacional".
Engels tituló este capítulo "La abolición del sufragio universal en
1850".
Después de la revolución de Julio [22],
cuando el banquero liberal Laffitte acompañó en triunfo al Hôtel de Ville [*]
a su compadre [*]*,
el duque de Orleáns [23],
dejó caer estas palabras: «Desde ahora,
dominarán los banqueros».
Laffitte había traicionado el secreto de la revolución.
La que dominó bajo Luis Felipe no fue la
burguesía francesa sino una fracción
de ella: los banqueros, los reyes de la Bolsa, los reyes de los ferrocarriles,
los propietarios de minas de carbón y de hierro y de explotaciones forestales y
una parte de la propiedad territorial aliada a ellos: la llamada aristocracia financiera. Ella ocupaba
el trono, dictaba leyes en las Cámaras y adjudicaba los cargos públicos, desde
los ministerios hasta los estancos.
La burguesía
industrial propiamente dicha constituía una parte de la oposición
oficial, es decir, sólo estaba representada en las Cámaras como una minoría. Su
oposición se manifestaba más decididamente a medida que se destacaba más el
absolutismo de la aristocracia financiera y a medida que la propia burguesía
industrial creía tener asegurada su dominación sobre la clase obrera, después
de las revueltas de 1832, 1834 y 1839 [24],
ahogadas en sangre. Grandin,
fabricante de Ruán, que tanto en la Asamblea Nacional Constituyente, como en la
Legislativa había sido el portavoz más fanático de la reacción burguesa, era en
la Cámara de los Diputados el adversario más violento de Guizot. León Faucher, conocido más tarde por
sus esfuerzos impotentes por llegar a ser un Guizot de la contrarrevolución
francesa, sostuvo en los últimos tiempos de Luis Felipe una guerra con la pluma
a favor de la industria, contra la especulación y su caudatario, el Gobierno. Bastiat desplegaba una gran agitación
en contra del sistema imperante, en nombre de Burdeos y de toda la Francia
vinícola.
La pequeña
burguesía en todas sus gradaciones, al igual que la clase campesina, había quedado
completamente excluida del poder político. Finalmente, en el campo de la oposición
oficial o completamente al margen del pays
légal [*]
se encontraban los representantes y portavoces ideológicos de las citadas clases, sus sabios, sus abogados, sus
médicos, etc.; en una palabra, sus llamados «talentos».
Su penuria financiera colocaba de
antemano la monarquía de Julio [25]
bajo la dependencia de la alta burguesía, y su dependencia de la alta burguesía
convertíase a su vez en fuente inagotable de una creciente penuria financiera.
Imposible supeditar la administración del Estado al interés de la producción
nacional sin restablecer el equilibrio del presupuesto, el equilibrio entre los
gastos y los ingresos del Estado. ¿Y como restablecer este equilibrio sin
restringir los gastos públicos, es decir, sin herir intereses que eran otros
tantos puntales del sistema dominante y sin someter a una nueva regulación el
reparto de impuestos, es decir, sin transferir una parte importante de las
cargas públicas a los hombros de la alta burguesía?
A mayor abundamiento, el incremento de la deuda pública interesaba
directamente a la fracción burguesa que gobernaba y legislaba a través
de las Cámaras. El déficit del Estado
era precisamente el verdadero objeto de sus especulaciones y la fuente
principal de su enriquecimiento. Cada año, un nuevo déficit. Cada cuatro o
cinco años, un nuevo empréstito. Y cada nuevo empréstito brindaba a la
aristocracia financiera una nueva ocasión de estafar a un Estado mantenido
artificialmente al borde de la bancarrota; éste no tenía más remedio que
contratar con los banqueros en las condiciones más desfavorables. Cada nuevo
empréstito daba una nueva ocasión para saquear al público que colocaba sus
capitales en valores del Estado, mediante operaciones de Bolsa en cuyos
secretos estaban iniciados el Gobierno y la mayoría de la Cámara. En general,
la inestabilidad del crédito del Estado y la posesión de los secretos de éste
daban a los banqueros y a sus asociados en las Cámaras y en el trono la
posibilidad de provocar oscilaciones extraordinarias y súbitas en la cotización
de los valores del Estado, cuyo resultado tenía que ser siempre, necesariamente,
la ruina de una masa de pequeños capitalistas y el enriquecimiento
fabulosamente rápido de los grandes especuladores. Y si el déficit del Estado
respondía al interés directo de la fracción burguesa dominante, se explica por
qué los gastos públicas extraordinarios
hechos en los últimos años del reinado de Luis Felipe ascendieron a mucho más
del doble de los gastos públicos extraordinarios hechos bajo Napoleón, habiendo
alcanzado casi la suma anual de 400.000.000 de francos, mientras que la suma
total de la exportación anual de Francia, por término medio, rara vez se
remontaba a 750.000.000. Las enormes sumas que pasaban así por las manos del
Estado daban, además, ocasión para contratos de suministro, que eran otras
tantas estafas, para sobornos, malversaciones y granujadas de todo género. La
estafa al Estado en gran escala, tal como se practicaba por medio de los
empréstitos, se repetía al por menor en las obras públicas. Y lo que ocurría
entre la Cámara y el Gobierno se reproducía hasta el infinito en las relaciones
entre los múltiples organismos de la Administración y los distintos
empresarios.
Al igual que los gastos públicos en
general y los empréstitos del Estado, la clase dominante explotaba la construcción de ferrocarriles. Las
Cámaras echaban las cargas principales sobre las espaldas del Estado y
aseguraban los frutos de oro a la aristocracia financiera especuladora. Se
recordará el escándalo que se produjo en la Cámara de los Diputados cuando se
descubrió accidentalmente que todos los miembros de la mayoría, incluyendo una
parte de los ministros, se hallaban interesados como accionistas en las mismas
obras de construcción de ferrocarriles que luego, como legisladores, hacían
ejecutar a costa del Estado.
En cambio, las más pequeñas reformas
financieras se estrellaban contra la influencia de los banqueros. Por ejemplo,
la reforma postal. Rothschild
protestó. ¿Tenía el Estado derecho a disminuir fuentes de ingresos con las que
tenía que pagar los intereses de su deuda, cada vez mayor?
La monarquía de Julio no era más que una
sociedad por acciones para la explotación de la riqueza nacional de Francia,
cuyos dividendos se repartían entre los ministros, las Cámaras, 240.000
electores y su séquito. Luis Felipe era el director de esta sociedad, un
Roberto Macaire en el trono. El comercio, la industria, la agricultura, la
navegación, los intereses de la burguesía industrial, tenían que sufrir
constantemente riesgo, y quebranto bajo este sistema. Y la burguesía
industrial, en las jornadas de Julio, había inscrito en su bandera: gouvernement à bon marché, un
gobierno barato.
Mientras la aristocracia financiera hacía
las leyes, regentaba la administración del Estado, disponía de todos los
poderes públicos organizados y dominaba a la opinión pública mediante la situación
de hecho y mediante la prensa, se repetía en todas las esferas, desde la corte
hasta el café borgne [*],
la misma prostitución, el mismo fraude descarado, el mismo afán por
enriquecerse, no mediante la producción, sino mediante el escamoteo de la
riqueza ajena ya creada. Y señaladamente en las cumbres de la sociedad burguesa
se propagó el desenfreno por la satisfacción de los apetitos más malsanos y
desordenados, que a cada paso chocaban con las mismas leyes de la burguesía;
desenfreno en el que, por ley natural, va a buscar su satisfacción la riqueza
procedente del juego, desenfreno por el que el placer se convierte en crápula y
en el que confluyen el dinero, el lodo y la sangre. La aristocracia financiera,
lo mismo en sus métodos de adquisición, que en sus placeres, no es más que el renacimiento del lumpemproletariado en las
cumbres de la sociedad burguesa.
Las fracciones no dominantes de la
burguesía francesa clamaban: ¡Corrupción!
El pueblo gritaba: A bas les grands
voleurs! A bas les assassins!
[*]*.
Cuando en 1847, en las tribunas más altas de la sociedad burguesa, se
presentaban públicamente los mismos cuadros que por lo general llevan al
lumpemproletariado y a los prostíbulos, a los asilos y a los manicomios, ante
los jueces, al presidio y al patíbulo. La burguesía industrial veía sus
intereses en peligro; la pequeña burguesía estaba moralmente indignada; la
imaginación popular se sublevaba. París estaba inundado de libelos: "La
dynastie Rothschild" [*]**,
"Les juifs rois de l'époque" [*]***,
etc., en los que se denunciaba y anatemizaba, con más o menos ingenio, la
dominación de la aristocracia financiera.
La Francia de los especuladores de la
Bolsa había inscrito en su bandera: Rien
pour la gloire! [*]
¡La gloria no da nada! La paix partout
et toujours! [*]*.
¡La guerra hace bajar la cotización del 3 y del 4 por ciento! Por eso, su
política exterior se perdió en una serie de humillaciones del sentimiento
nacional francés, cuya reacción se hizo mucho más fuerte, cuando, con la
anexión de Cracovia por Austria [26],
se consumó el despojo de Polonia y cuando, en la guerra suiza del Sonderbund [27],
Guizot se colocó activamente al lado de la Santa Alianza [28].
La victoria de los liberales suizos en este simulacro de guerra elevó el
sentimiento de la propia dignidad entre la oposición burguesa de Francia, y la
insurrección sangrienta del pueblo en Palermo actuó como una descarga eléctrica
sobre la masa popular paralizada, despertando sus grandes recuerdos y pasiones
revolucionarios [*]**.
Finalmente dos acontecimientos económicos mundiales aceleraron el estallido
del descontento general e hicieron que madurase el desasosiego hasta
convertirse en revuelta.
La plaga de la
patata y las malas cosechas de 1845 y 1846 avivaron la efervescencia general en el pueblo.
La carestía de 1847 provocó en Francia, como en el resto del continente, conflictos
sangrientos. ¡Frente a las orgías desvergonzadas de la aristocracia financiera,
la lucha del pueblo por los víveres más indispensables! ¡En Buzançais, los
insurrectos del hambre ajusticiados [29]!
¡En París, estafadores más que hartos arrancados a los tribunales por la
familia real!
El otro gran acontecimiento económico que
aceleró el estallido de la revolución fue una crisis general del comercio y de la industria en Inglaterra;
anunciada ya en el otoño de 1845 por la quiebra general de los especuladores de
acciones ferroviarias, contenida durante el año 1846 gracias a una serie de
circunstancias meramente accidentales —como la inminente derogación de los
aranceles cerealistas—, estalló, por fin, en el otoño de 1847, con las quiebras
de los grandes comerciantes en productos coloniales de Londres, a las que
siguieron muy de cerca las de los Bancos agrarios y los cierres de fábricas en
los distritos industriales de Inglaterra. Todavía no se había apagado la
repercusión de esta crisis en el continente, cuando estalló la revolución de
Febrero.
La asolación del comercio y de la
industria por la epidemia económica hizo todavía más insoportable el
absolutismo de la aristocracia financiera. La burguesía de la oposición provocó
en toda Francia una campaña de
agitación en forma de banquetes a favor de una reforma electoral, que debía darle la mayoría en las Cámaras y
derribar el ministerio de la Bolsa. En París, la crisis industrial trajo,
además, como consecuencia particular, la de lanzar sobre el mercado interior
una masa de fabricantes y comerciantes al por mayor que, en las circunstancias
de entonces, no podían seguir haciendo negocios en el mercado exterior. Estos
elementos abrieron grandes tiendas, cuya competencia arruinó en masa a los
pequeños comerciantes de ultramarinos y tenderos. De aquí un sinnúmero de
quiebras en este sector de la burguesía de París y de aquí su actuación
revolucionaria en Febrero. Es sabido cómo Guizot y las Cámaras contestaron a
las propuestas de reforma con un reto inequívoco; cómo Luis Felipe se decidió,
cuando ya era tarde, por un ministerio Barrot; cómo se llegó a colisiones entre
el pueblo y las tropas; cómo el ejército se vio desarmado por la actitud pasiva
de la Guardia Nacional [30]
y cómo la monarquía de Julio hubo de dejar el sitio a un gobierno provisional.
Este Gobierno provisional, que se levantó sobre las barricadas de
Febrero, reflejaba necesariamente, en su composición, los distintos partidos
que se repartían la victoria. No podía ser otra cosa más que una transacción entre las diversas clases
que habían derribado conjuntamente la monarquía de Julio, pero cuyos intereses
se contraponían hostilmente. Su gran
mayoría estaba formada por representantes de la burguesía. La pequeña
burguesía republicana, representada por Ledru-Rollin y Flocon; la burguesía
republicana, por los hombres del "National" [31];
la oposición dinástica, por Crémieux, Dupont de l'Eure, etc. La clase obrera no
tenía más que dos representantes: Luis Blanc y Albert. Finalmente, Lamartine no
representaba propiamente en el Gobierno provisional ningún interés real,
ninguna clase determinada: era la misma revolución de Febrero, el levantamiento
conjunto, con sus ilusiones, su poesía, su contenido imaginario y sus frases.
Por lo demás, el portavoz de la revolución de Febrero pertenecía, tanto por su
posición como por sus ideas, a la burguesía.
Si París, en virtud de la centralización
política, domina a Francia, los obreros, en los momentos de sacudidas
revolucionarias, dominan a París. El primer acto del Gobierno provisional al
nacer fue el intento de substraerse a esta influencia arrolladora, apelando del
París embriagado a la serena Francia. Lamartine discutía a los luchadores de
las barricadas el derecho a proclamar la República, alegando que esto sólo
podía hacerlo la mayoría de los franceses, había que esperar a que éstos
votasen, y el proletariado de París no debía manchar su victoria con una
usurpación. La burguesía sólo consiente al proletariado una usurpación: la de la lucha.
Hacia el mediodía del 25 de febrero, la
República no estaba todavía proclamada, pero, en cambio, todos los ministerios
estaban ya repartidos entre los elementos burgueses del Gobierno provisional y
entre los generales, abogados y banqueros del "National". Pero los
obreros estaban decididos a no tolerar esta vez otro escamoteo como el de julio
de 1830. Estaban dispuestos a afrontar de nuevo la lucha y a imponer la
República por la fuerza de las armas. Con esta embajada se dirigió Rapspail al Hôtel de Ville. En nombre
del proletariado de París, ordenó
al Gobierno provisional que proclamase la República; si en el término de dos
horas no se ejecutaba esta orden del pueblo, volvería al frente de 200.000
hombres. Apenas se habían enfriado los cadáveres de los caídos y apenas se
habían desmontado las barricadas; los obreros no estaban desarmados y la única
fuerza que se les podía enfrentar era la Guardia Nacional. En estas condiciones
se disiparon a escape los recelos políticos y los escrúpulos jurídicos del
Gobierno provisional. Aún no había expirado el plazo de dos horas, y todos los
muros de París ostentaban ya en caracteres gigantescos las históricas palabras:
République
Française! Liberté, Égalité, Fraternité!
Con la proclamación de la República sobre
la base del sufragio universal, se había cancelado hasta el recuerdo de los
fines y móviles limitados que habían empujado a la burguesía a la revolución de
Febrero. En vez de unas cuantas fracciones de la burguesía, todas las clases de
la sociedad francesa se vieron de pronto lanzadas al ruedo del poder político,
obligadas a abandonar los palcos, el patio de butacas y la galería y a actuar
personalmente en la escena revolucionaria. Con la monarquía constitucional,
había desaparecido también toda apariencia de un poder estatal independiente de
la sociedad burguesa y toda la serie de luchas derivadas que el mantenimiento
de esta apariencia provoca.
El proletariado, al dictar la República
al Gobierno provisional y, a través del Gobierno provisional, a toda Francia,
apareció inmediatamente en primer plano como partido independiente, pero, al
mismo tiempo, lanzó un desafío a toda la Francia burguesa. Lo que el
proletariado conquistaba era el terreno para luchar por su emancipación
revolucionaria, pero no, ni mucho menos, esta emancipación misma.
Lejos de ello, la República de Febrero,
tenía, antes que nada, que completar
la dominación de la burguesía, incorporando a la esfera del poder
político, junto a la aristocracia financiera, a todas las clases poseedoras. La mayoría de los grandes
terratenientes, los legitimistas [32],
fueron emancipados de la nulidad política a que los había condenado la
monarquía de Julio. No en vano la "Gazette de France" [33]
había hecho agitación juntamente con los periódicos de la oposición, no en vano
La Rochejacquelein, en la sesión de la Cámara de los Diputados del 24 de
febrero, había abrazado la causa de la revolución. Mediante el sufragio
universal, los propietarios nominales, que forman la gran mayoría de Francia,
los campesinos, se erigieron en árbitros de los destinos del país. Finalmente,
la República de Febrero, al derribar la corona, detrás de la que se escondía el
capital, hizo que se manifestase en su forma pura la dominación de la
burguesía.
Lo mismo que en las jornadas de Julio
habían conquistado luchando la monarquía
burguesa, en las jornadas de Febrero los obreros conquistaron luchando
la república burguesa. Y lo
mismo que la monarquía de Julio se había visto obligada a anunciarse como una monarquía rodeada de instituciones
republicanas, la República de Febrero se vio obligada a anunciarse como
una república rodeada de instituciones
sociales. El proletariado de París obligó también a hacer esta concesión.
Marche, un obrero, dictó el decreto por
el que el Gobierno provisional que acababa de formarse se obligaba a asegurar
la existencia de los obreros por el trabajo, a procurar trabajo a todos los
ciudadanos, etc. Y cuando, pocos días después, el Gobierno provisional olvidó
sus promesas y parecía haber perdido de vista al proletariado, una masa de
20.000 obreros marchó hacia el Hôtel de Ville a los gritos de ¡Organización del trabajo! ¡Queremos un ministerio propio del trabajo!
A regañadientes y tras largos debates el Gobierno provisional nombró una
Comisión especial permanente encargada de encontrar los medios para mejorar la situación de las clases
trabajadoras. Esta Comisión estaba formada por delegados de las corporaciones
de artesanos de París y presidida por Luis Blanc y Albert. Se le asignó el
Palacio de Luxemburgo como sala de sesiones. De este modo, se desterraba a los
representantes de la clase obrera de la sede del Gobierno provisional. El
sector burgués de éste retenía en sus manos de un modo exclusivo el poder
efectivo del Estado y las riendas de la administración, y al lado de los ministerios de
Hacienda, de Comercio, de Obras Públicas, al lado del Banco y de la Bolsa, se alzaba una sinagoga socialista, cuyos grandes
sacerdotes, Luis Blanc y Albert, tenían la misión de descubrir la tierra de
promisión, de predicar el nuevo evangelio y de dar trabajo al proletariado de
París. A diferencia de todo poder estatal profano no disponían de ningún
presupuesto ni de ningún poder ejecutivo. Tenían que romper con la cabeza los
pilares de la sociedad burguesa. Mientras en el Luxemburgo se buscaba la piedra
filosofal, en el Hôtel de Ville se acuñaba la moneda que tenía circulación.
El caso era que las pretensiones del
proletariado de París, en la medida en que excedían del marco de la república
burguesa, no podían cobrar más existencia que la nebulosa del Luxemburgo.
Los obreros habían hecho la revolución de
Febrero conjuntamente con la burguesía; al
lado de la burguesía querían también sacar a flote sus intereses, del
mismo modo que habían instalado en el Gobierno provisional a un obrero al lado
de la mayoría burguesa. ¡Organización
del trabajo! Pero el trabajo asalariado es ya la organización existente,
la organización burguesa del trabajo. Sin él no hay capital, ni hay burguesía,
ni hay sociedad burguesa. ¡Un
ministerio propio del trabajo! ¿Es que los ministerios de Hacienda, de
Comercio, de Obras Públicas, no son los ministerios burgueses del trabajo? Junto
a ellos, un ministerio proletario
del trabajo tenía que ser necesariamente el ministerio de la impotencia, el
ministerio de los piadosos deseos, una Comisión del Luxemburgo. Del mismo modo
que los obreros creían emanciparse al lado de la burguesía, creían también
poder llevar a cabo una revolución proletaria dentro de las fronteras
nacionales de Francia, al lado de las demás naciones en régimen burgués. Pero
las relaciones francesas de producción están condicionadas por el comercio
exterior de Francia, por su posición en el mercado mundial y por las leyes de
éste; ¿cómo iba Francia a romper estas leyes sin una guerra revolucionaria
europea que repercutiese sobre el déspota del mercado mundial, sobre Inglaterra?
Una clase en que se concentran los
intereses revolucionarios de la sociedad encuentra inmediatamente en su propia
situación, tan pronto como se levanta, el contenido y el material para su
actuación revolucionaria: abatir enemigos, tomar las medidas que dictan las
necesidades de la lucha. Las consecuencias de sus propios hechos la empujan
hacia adelante. No abre ninguna investigación teórica sobre su propia misión.
La clase obrera francesa no había llegado aún a esto; era todavía incapaz de
llevar a cabo su propia revolución.
El desarrollo del proletariado industrial
está condicionado, en general, por el desarrollo de la burguesía industrial.
Bajo la dominación de ésta, adquiere aquél una existencia en escala nacional
que puede elevar su revolución a revolución nacional; crea los medios modernos
de producción, que han de convertirse en otros tantos medios para su
emancipación revolucionaria. La dominación de aquélla es la que arranca las
raíces materiales de la sociedad feudal y allana el terreno, sin el cual no es
posible una revolución proletaria. La industria francesa está más desarrollada
y la burguesía francesa es más revolucionaria que la del resto del continente.
Pero la revolución de Febrero, ¿no iba directamente encaminada contra la
aristocracia financiera? Este hecho demostraba que la burguesía industrial no
dominaba en Francia. La burguesía industrial sólo puede dominar allí donde la
industria moderna ha modelado a su medida todas las relaciones de propiedad, y
la industria sólo puede adquirir este poder allí donde ha conquistado el
mercado mundial, pues no bastan para su desarrollo las fronteras nacionales.
Pero la industria de Francia, en gran parte, sólo se asegura su mismo mercado
nacional mediante un sistema arancelario prohibitivo más o menos modificado.
Por tanto, si el proletariado francés, en un momento de revolución, posee en
París una fuerza y una influencia efectivas, que le espolean a realizar un
asalto superior a sus medios, en el resto de Francia se halla agrupado en
centros industriales aislados y dispersos, perdiéndose casi en la superioridad
numérica de los campesinos y pequeños burgueses. La lucha contra el capital en
la forma moderna de su desarrollo, en su punto de apogeo —la lucha del obrero
asalariado industrial contra el burgués industrial— es, en Francia, un hecho
parcial, que después de las jornadas de Febrero no podía constituir el
contenido nacional de la revolución, con tanta mayor razón, cuanto que la lucha
contra los modos de explotación secundarios del capital —la lucha del campesino
contra la usura y las hipotecas, del pequeño burgués contra el gran
comerciante, el fabricante y el banquero, en una palabra, contra la bancarrota—
quedaba aún disimulada en el alzamiento general contra la aristocracia
financiera. Nada más lógico, pues, que el proletariado de París intentase sacar
adelante sus intereses al lado
de los de la burguesía, en vez de presentarlos como el interés revolucionario
de la propia sociedad, que arriase la bandera roja ante la bandera tricolor
[34].
Los obreros franceses no podían dar un paso adelante, no podían tocar ni un
pelo del orden burgués, mientras la marcha de la revolución no sublevase contra
este orden, contra la dominación del capital, a la masa de la nación
—campesinos y pequeños burgueses— que se interponía entre el proletariado y la
burguesía; mientras no la obligase a unirse a los proletarios como a su
vanguardia. Sólo al precio de la tremenda derrota de Junio [35]
podían los obreros comprar esta victoria.
A la Comisión del Luxemburgo, esta
criatura de los obreros de París, corresponde el mérito de haber descubierto
desde lo alto de una tribuna europea el secreto de la revolución del siglo XIX:
la emancipación del proletariado.
El "Moniteur" [36]
se ponía furioso cuando tenía que propagar oficialmente aquellas «exaltaciones
salvajes» que hasta entonces habían yacido enterradas en las obras apócrifas de
los socialistas y que sólo de vez en cuando llegaban a los oídos de la
burguesía como leyendas remotas, medio espantosas, medio ridículas. Europa se
despertó sobresaltada de su modorra burguesa. Así, en la mente de los
proletarios, que confundían la aristocracia financiera con la burguesía en
general; en la imaginación de los probos republicanos, que negaban la
existencia misma de las clases o la reconocían, a lo sumo, como consecuencia de
la monarquía constitucional; en las frases hipócritas de las fracciones
burguesas excluidas hasta allí del poder, la dominación de la burguesía había quedado abolida con la
implantación de la República. Todos los monárquicos se convirtieron, por aquel
entonces, en republicanos y todos los millonarios de París en obreros. La frase
que correspondía a esta imaginaria abolición de las relaciones de clase era la fraternité, la confraternizacion y la
fraternidad universales. Esta idílica abstracción de los antagonismos de clase,
esta conciliación sentimental de los intereses de clase contradictorios, esto
de elevarse en alas de la fantasía por encima de la lucha de clases, esta fraternité fue, de hecho, la consigna
de la revolución de Febrero. Las clases estaban separadas por un simple equívoco, y Lamartine bautizó al Gobierno provisional, el
24 de febrero, de «un gouvernement qui suspend ce malentendu terrible qui existe entre les différentes classes» [*].
El proletariado de París se dejó llevar con deleite por esta borrachera
generosa de fraternidad.
A su vez, el Gobierno provisional, que se
había visto obligado a proclamar la república, hizo todo lo posible por hacerla
aceptable para la burguesía y para las provincias. El terror sangriento de la
primera república francesa [37]
fue desautorizado mediante la abolición de la pena de muerte para los delitos
políticos; se dio libertad de prensa para todas las opiniones; el ejército, los
tribunales y la administración siguieron, salvo algunas excepciones, en manos
de sus antiguos dignatarios y a ninguno de los altos delincuentes de la
monarquía de Julio se le pidieron cuentas. Los republicanos burgueses del
"National" se divertían en cambiar los nombres y los trajes
monárquicos por nombres y trajes de la antigua república. Para ellos, la
república no era más que un nuevo traje de baile para la vieja sociedad
burguesa. La joven república buscaba su mérito principal en no asustar a nadie,
en asustarse más bien constantemente a sí misma y en prolongar su existencia y
desarmar a los que se resistían, haciendo que esa existencia fuera blanda y
condescendiente y no resistiéndose a nada ni a nadie. Se proclamó en voz alta,
para que lo oyesen las clases privilegiadas de dentro y los poderes despóticos
de fuera, que la república era de naturaleza pacífica. Vivir y dejar vivir era
su lema. A esto se añadió que poco después de la revolución de Febrero, los
alemanes, los polacos, los austríacos, los húngaros y los italianos, se
sublevaron cada cual con arreglo a las características de su situación del
momento. Rusia e Inglaterra, ésta estremecida también y aquélla atemorizada, no
estaban preparadas. La república no encontró, pues, ante sí ningún enemigo nacional. Por tanto, no existía
ninguna gran complicación exterior que pudiera encender la energía para la
acción, acelerar el proceso revolucionario y empujar hacia adelante al Gobierno
provisional o echarlo por la borda. El proletariado de París, que veía en la
república su propia obra, aclamaba, naturalmente, todos los actos del Gobierno
provisional que ayudaban a éste a afirmarse con más facilidad en la sociedad
burguesa. Se dejó emplear de buena gana por Caussidière en servicios de policía
para proteger la propiedad en París, como dejó que Luis Blanc fallase con su
arbitraje las disputas de salarios entre obreros y patronos. Era su poind
d'honneur [*]
el mantener intacto a los ojos de Europa el honor burgués de la república.
La república no encontró ninguna
resistencia, ni de fuera ni de dentro. Y esto la desarmó. Su misión no
consistía ya en transformar revolucionariamente el mundo; consistía solamente
en adaptarse a las condiciones de la sociedad burguesa. Las medidas financieras del Gobierno provisional
testimonian con más elocuencia que nada con qué fanatismo acometió esta misión.
El crédito
público y el crédito privado
estaban, naturalmente, quebrantados. El crédito
público descansa en la confianza de que el Estado se deja explotar por
los usureros de las finanzas. Pero el viejo Estado había desaparecido y la
revolución iba dirigida, ante todo, contra la aristocracia financiera. Las
sacudidas de la última crisis comercial europea aún no habían cesado. Todavía
se producía una bancarrota tras otra.
Así, pues, ya antes de estallar la
revolución de Febrero el crédito
privado estaba paralizado, la circulación de mercancías entorpecida y la
producción estancada. La crisis revolucionaria agudizó la crisis comercial. Y
si el crédito privado descansa en la confianza de que la producción burguesa se
mantiene intacta e intangible en todo el conjunto de sus relaciones, de que el
orden burgués se mantiene intacto e intangible, ¿qué efectos había de producir
una revolución que ponía en tela de juicio la base misma de la producción
burguesa —la esclavitud económica del proletariado—, que levantaba frente a la
Bolsa la esfinge del Luxemburgo? La emancipación del proletariado es la
abolición del crédito burgués, pues significa la abolición de la producción
burguesa y de su orden. El crédito público y el crédito privado son el
termómetro económico por el que se puede medir la intensidad de una revolución.
En la misma medida en que aquellos
bajan, suben el calor y la fuerza creadora de la revolución.
El Gobierno provisional quería despojar a
la república de su apariencia antiburguesa. Por eso, lo primero que tenía que
hacer era asegurar el valor de cambio
de esta nueva forma de gobierno, su cotización
en la Bolsa. Con el tipo de cotización de la república en la Bolsa, volvió a
elevarse, necesariamente, el crédito privado.
Para alejar hasta la sospecha de que la república no
quisiese o no pudiese hacer honor a las obligaciones legadas a ella por la
monarquía, para despertar la fe en la moral burguesa y en la solvencia de la
república, el Gobierno provisional acudió a una fanfarronada tan indigna como
pueril: la de pagar a los acreedores del Estado los intereses del 5, del 4 y
medio y del 4 por 100 antes del
vencimiento legal. El aplomo burgués, la arrogancia del capitalista se
despertaron en seguida, al ver la prisa angustiosa con que se procuraba comprar
su confianza.
Naturalmente, las dificultades
pecuniarias del Gobierno provisional no disminuyeron con este golpe teatral,
que lo privó del dinero en efectivo de que disponía. La apretura financiera no
podía seguirse ocultando, y los pequeños
burgueses, los criados y
los obreros hubieron de pagar
la agradable sorpresa que se había deparado a los acreedores del Estado.
Las libretas de las cajas de ahorro por sumas superiores a 100
francos se declararon no canjeables por dinero. Las sumas depositadas en las
cajas de ahorro fueron confiscadas y convertidas por decreto en deuda pública
no amortizable. Esto hizo que el pequeño
burgués, ya de por sí en aprietos, se irritase contra la república. Al
recibir, en sustitución de su libreta de la caja de ahorros, títulos de la
deuda pública, veíase obligado a ir a la Bolsa a venderlos, poniéndose así
directamente en manos de los especuladores de la Bolsa contra los que había
hecho la revolución de Febrero.
La aristocracia finaciera, que había
dominado bajo la monarquía de Julio, tenía su iglesia episcopal en el Banco. Y del mismo modo que la Bolsa
rige el crédito del Estado, el Banco rige el crédito comercial.
Amenazado directamente por la revolución
de Febrero, no sólo en su dominación, sino en su misma existencia, el Banco
procuró desacreditar desde el primer momento la república, generalizando la
falta de créditos. Se los retiró súbitamente a los banqueros, a los
fabricantes, a los comerciantes. Esta maniobra, al no provocar una
contrarrevolución inmediata, tenía por fuerza que repercutir en perjuicio del
Banco mismo. Los capitalistas retiraron el dinero que tenían depositado en los
sótanos del Banco. Los tenedores de billetes de Banco acudieron en tropel a sus
ventanillas a canjearlos por oro y plata.
El Gobierno provisional podía obligar al
Banco a declararse en quiebra,
sin ninguna ingerencia violenta, por vía legal; para ello no tenía más que
mantenerse a la expectativa, abandonando al Banco a su suerte. La quiebra del Banco hubiera sido el
diluvio que barriese en un abrir y cerrar de ojos del suelo de Francia a la
aristocracia financiera, la más poderosa y más peligrosa enemiga de la
república, el pedestal de oro de la monarquía de Julio. Y una vez en quiebra el
Banco, la propia burguesía tendría necesariamente que ver como último intento
desesperado de salvación el que el Gobierno crease un Banco nacional y
sometiese el crédito nacional al control de la nación.
Pero lo que hizo el Gobierno provisional
fue, por el contrario, dar curso
forzoso a los billetes de Banco. Y aún hizo más. Convirtió todos los
Bancos provinciales en sucursales del Banco de Francia, permitiéndole así
lanzar su red por toda Francia. Más tarde, le hipotecó los bosques del Estado como garantía de un empréstito que
contrajo con él. De este modo, la revolución de Febrero reforzó y amplió
directamente la bancocracia que venía a derribar.
Entretanto, el Gobierno provisional se
encorvaba bajo la pesadilla de un déficit cada vez mayor. En vano mendigaba
sacrificios patrióticos. Sólo los obreros le echaron una limosna. Había que
recurrir a un remedio heroico: establecer un nuevo impuesto. ¿Pero a quién gravar con él? ¿A los lobos de la
Bolsa, a los reyes de la Banca, a los acreedores del Estado, a los rentistas, a
los industriales? No era por este camino por el que la república se iba a
captar la voluntad de la burguesía. Eso hubiera sido poner en peligro con una
mano el crédito del Estado y el crédito comercial, mientras con la otra se le
procuraba rescatar a fuerza de grandes sacrificios y humillaciones. Pero
alguien tenía que ser el pagano. ¿Y quién fue sacrificado al crédito burgués?
Jacques le bonhomme [*],
el campesino.
El gobierno provisional estableció un
recargo de 45 cts. por franco sobre los cuatro
impuestos directos. La prensa del gobierno, para engañar al proletariado de
París, le contó que este impuesto gravaba preferentemente a la gran propiedad
territorial, pesaba ante todo sobre los beneficiarios de los mil millones
conferidos por la Restauración [38].
Pero, en realidad, iba sobre todo contra la clase campesina, es decir, contra la gran mayoría del pueblo
francés. Los campesinos tenían que
pagar las costas de la revolución de Febrero; de ellos sacó la
contrarrevolución su principal contingente. El impuesto de los 45 céntimos era
para el campesino francés una cuestión vital y la convirtió en cuestión vital
para la república. Desde este momento, la
república fue para el campesino francés el impuesto de los 45 céntimos y en el proletario de París vio
al dilapidador que se daba buena vida a costa suya.
Mientras que la revolución del 1789
comenzó liberando a los campesinos de las cargas feudales, la revolución de
1848, para no poner en peligro al capital y mantener en marcha su máquina
estatal, anunció su entrada con un nuevo impuesto cargado sobre la población
campesina.
Sólo había un medio con el que el
Gobierno provisional podía eliminar todos estos inconvenientes y sacar al
Estado de su viejo cauce: la
declaración de la bancarrota del Estado. Recuérdese cómo,
posteriormente, Ledru-Rollin dio a conocer en la Asamblea Nacional la santa
indignación con que había rechazado esta sugestión del usurero borsátil Fould,
actual ministro de Hacienda en Francia. Pero lo que Fould le había ofrecido era
la manzana del árbol de la ciencia.
Al reconocer las letras de cambio
libradas contra el Estado por la vieja sociedad burguesa, el Gobierno
provisional había caído bajo su férula. Se convirtió en deudor acosado de la
sociedad burguesa, en vez de enfrentarse con ella como un acreedor amenazante que
venía a cobrar las deudas revolucionarias de muchos años. Tuvo que consolidar
el vacilante régimen burgués para poder atender a las obligaciones que sólo hay
que cumplir dentro de este régimen. El crédito se convirtió en cuestión de vida
o muerte para él y las concesiones al proletariado, las promesas hechas a éste,
en otros tantos grilletes que era necesario romper. La emancipación
de los obreros —incluso como frase—
se convirtió para la nueva república en un peligro insoportable, pues era una
protesta constante contra el restablecimiento del crédito, que descansaba en el
reconocimiento neto e indiscutido de las relaciones económicas de clase
existentes. No había más remedio, por tanto, que terminar con los obreros.
La revolución de Febrero había echado de
París al ejército. La Guardia Nacional, es decir, la burguesía en sus
diferentes gradaciones, constituía la única fuerza. Sin embargo, no se sentía
lo bastante fuerte para hacer frente al proletariado. Además habíase visto
obligada, si bien después de la más tenaz resistencia y de oponer cien
obstáculos distintos, a abrir poco a poco sus filas, dejando entrar en ellas a
proletarios armados. No quedaba, por tanto, más que una salida: enfrentar una parte del proletariado con
otra.
El Gobierno prosisional formo con este
fin 24 batallones de Guardias Móviles,
de mil hombres cada uno, integrados por jóvenes de 15 a 20 años. Pertenecían en
su mayor parte al lumpemproletariado,
que en todas las grandes ciudades forma una masa bien deslindada del
proletariado industrial. Esta capa es un centro de reclutamiento para rateros y
delincuentes de todas clases, que viven de los despojos de la sociedad, gentes
sin profesión fija, vagabundos, gens
sans feu et sans aveu [*],
que difieren según el grado de cultura de la nación a que pertenecen, pero que
nunca reniegan de su carácter de lazzaroni [39];
en la edad juvenil, en que el Gobierno provisional los reclutaba, eran
perfectamente moldeables, capaces tanto de las hazañas más heroicas y los
sacrificios más exaltados como del bandidaje más vil y la más sucia venalidad.
El Gobierno provisional les pagaba un franco y 50 céntimos al día, es decir,
los compraba. Les daba uniforme propio, es decir, los distinguía por fuera de
los hombres de blusa. Como jefes se les destinaron, en parte, oficiales del
ejército permanente y, en parte, eligieron ellos mismos a jóvenes hijos de
burgueses, cuyas baladronadas sobre la muerte por la Patria y la abnegación por
la República les seducían.
Así hubo frente al proletariado de París
un ejército salido de su propio seno y compuesto por 24.000 hombres jóvenes,
fuertes y audaces hasta la temeridad. El proletariado vitoreaba a la Guardia
Móvil cuando ésta desfilaba por París. Veía en ella a sus campeones de las
barricadas. Y la consideraba como la guardia proletaria, en oposición a la Guardia Nacional burguesa. Su error
era perdonable.
Además de la Guardia Móvil, el Gobierno
decidió rodearse también de un ejército obrero industrial. El ministro Marie
enroló en los llamados Talleres Nacionales a cien mil obreros, lanzados al
arroyo por la crisis y la revolución. Bajo aquel pomposo nombre se ocultaba
sencillamente el empleo de los obreros en aburridos, monótonos e improductivos trabajos de explanación, por un
jornal de 23 sous. Workhouses [40]
inglesas al aire libre; no otra
cosa eran estos Talleres Nacionales. En ellos creía el Gobierno provisional
haber creado un segundo ejército
proletario contra los mismos obreros. Pero esta vez la burguesía se
equivocó con los Talleres Nacionales, como se habían equivocado los obreros con
la Guardia Móvil. Lo que creó fue un ejército
para la revuelta.
Pero una finalidad estaba conseguida.
Talleres
Nacionales:
tal era el nombre de los talleres del pueblo, que Luis Blanc predicaba en el
Luxemburgo. Los talleres de Marie, proyectados con un criterio que era el polo opuesto al del Luxemburgo, como
llevaban el mismo rótulo, daban pie para un equívoco digno de los enredos
escuderiles de la comedia española. El propio Gobierno provisional hizo correr
por debajo de cuerda el rumor de que estos Talleres Nacionales eran invención
de Luis Blanc, cosa tanto más verosímil cuanto que Luis Blanc, el profeta de
los Talleres Nacionales, era miembro del Gobierno provisional. Y en la
confusión, medio ingenua, medio intencionada de la burguesía de París, lo mismo
que en la opinión artificialmente fomentada de Francia y de Europa, aquellas Workhouses eran la primera
realización del socialismo, que con ellas quedaba clavado en la picota.
No por su contenido, sino por su título,
los Talleres Nacionales
encarnaban la protesta del proletariado contra la industria burguasa, contra el
crédito burgués y contra la república burguesa. Sobre ellos se volcó por esta
causa, todo el odio de la burguesía. Esta había encontrado en ellos el punto
contra el que podía dirigir el ataque una vez que fue lo bastante fuerte para
romper abiertamente con las ilusiones de Febrero. Todo el malestar, todo el
malhumor de los pequeños burgueses
se dirigía también contra estos Talleres Nacionales, que eran el blanco común.
Con verdadera rabia, echaban cuentas de las sumas que los gandules proletarios
devoraban mientras su propia situación iba haciéndose cada día más
insostenible. ¡Una pensión del Estado por un trabajo aparente: he ahí el
socialismo! —refunfuñaban para sí. Los Talleres Nacionales, las declamaciones
del Luxemburgo, los desfiles de los obreros por las calles de París: allí
buscaban ellos las causas de sus miserias. Y nadie se mostraba más fanático
contra las supuestas maquinaciones de los comunistas que el pequeño burgués,
que estaba al borde de la bancarrota y sin esperanza de salvación.
Así, en la colisión inminente entre la
burguesía y el proletariado, todas las ventajas, todos los puestos decisivos,
todas las capas intermedias de la sociedad estaban en manos de la burguesía, y
mientras tanto, las olas de la revolución de Febrero se encrespaban sobre todo
el continente y cada nuevo correo traía un nuevo parte revolucionario, tan
pronto de Italia como de Alemania o del remoto sureste de Europa y alimentaba
la embriaguez general del pueblo, aportándole testimonios constantes de aquella
victoria, cuyos frutos ya se le habían escapado de las manos.
El 17
de marzo y el 16 de abril
fueron las primeras escaramuzas de la gran batalla de clases que la república
burguesa escondía bajo sus alas.
El 17
de marzo reveló la situación equívoca del proletariado que no permitía
ninguna acción decisiva. Su manifestación perseguía, en un principio, la
finalidad de retrotraer el Gobierno provisional al cauce de la revolución, y
eventualmente la de conseguir la eliminación de sus miembros burgueses e
imponer el aplazamiento de las elecciones para la Asamblea Nacional y para la
Guardia Nacional. Pero el 16 de marzo la burguesía, representada en la Guardia
Nacional, organizó una manifestación hostil al Gobierno provisional. Al grito
de à bas Ledru-Rollin! [*]
marchó al Hôtel de Ville. Y el 17 de marzo el pueblo
viese obligado a gritar: «¡Viva Ledru-Rollin! ¡Viva el
Gobierno provisional!» Viose obligado a abrazar contra la burguesía la causa de la república burguesa, que creía
en peligro. Consolidó el Gobierno provisional, en vez de someterlo. El 17 de
marzo se resolvió en una escena de melodrama. Cierto es que en este día el
proletariado de París volvió a exhibir su talla gigantesca, pero eso fortaleció
en el ánimo de la burguesía de dentro y de fuera del Gobierno provisional el
designio de destrozarlo.
El 16
de abril fue un equívoco
organizado por el Gobierno provisional de acuerdo con la burguesía. Los obreros
se habían congregado en gran número en el Campo de Marte y en el Hipódromo para
preparar sus elecciones al Estado Mayor General de la Guardia Nacional. De
pronto, corre de punta a punta de París, con la rapidez del rayo, el rumor de
que los obreros armados se han concentrado en el Campo de Marte, bajo la
dirección de Luis Blanc, de Blanqui, de Cabet y de Raspail, para marchar desde
allí sobre el Hôtel de Ville, derribar el Gobierno provisional y proclamar un
Gobierno comunista. Se toca generala. (Más tarde, Ledru-Rollin, Marrast y
Lamartine habían de disputarse el honor de esta iniciativa). En una hora están
100.000 hombres bajo las armas. El Hôtel de Ville es ocupado de arriba abajo
por la Guardia Nacional. Los gritos de: «¡Abajo los
comunistas! ¡Abajo Luis Blanc, Blanqui, Raspail y Cabet!» resuenan por todo
París. Y el Gobierno provisional es aclamado por un sinnúmero de delegaciones,
todas dispuestas a salvar la Patria y la sociedad. Y cuando, por último, los
obreros aparecen ante el Hôtel de Ville para entregar al Gobierno provisional
una colecta patriótica hecha por ellos en el Campo de Marte, se enteran con
asombro de que el París burgués, en una lucha imaginaria montada con una
prudencia extrema, ha vencido a su sombra. El espantoso atentado del 16 de
abril suministró pretexto para dar al
ejército orden de regresar a París —verdadera finalidad de aquella
comedia tan burdamente montada— y para las manifestaciones federalistas
reaccionarias de las provincias.
El 4 de mayo se reunió la Asamblea Nacional [*]*,
fruto de las elecciones generales y
directas. El sufragio universal no poseía la fuerza mágica que los
republicanos de viejo cuño le asignaban. Ellos veían en toda Francia, o por lo
menos en la mayoría de los franceses, citoyens [*]**
con los mismos intereses, el mismo discernimiento, etc. Tal era su culto al pueblo. En vez de este
pueblo imaginario, las
elecciones sacaron a la luz del día al pueblo real, es decir, a los representantes de las diversas clases en
que éste se dividía. Ya hemos visto por qué los campesinos y los pequeños
burgueses votaron bajo la dirección de la burquesía combativa y de los grandes
terratenientes que rabiaban por la restauración. Pero si el sufragio universal
no era la varita mágica que habían creído los probos republicanos, tenía el
mérito incomparablemente mayor de desencadenar la lucha de clases, de hacer que
las diversas capas intermedias de la sociedad burguesa superasen rápidamente
sus ilusiones y desengaños, de lanzar de un golpe a las cumbres del Estado a
todas las fracciones de la clase explotadora, arrancándoles así la máscara
engañosa, mientras que la monarquía, con su censo electoral restringido, sólo
ponía en evidencia a determinadas fracciones de la burguesía, dejando
escondidas a las otras entre bastidores y rodeándolas con el halo de santidad
de una oposición conjunta.
En la Asamblea Nacional Constituyente,
reunida el 4 de mayo, llevaban la voz cantante los republicanos burgueses, los republicanos del
"National". Por el momento, los propios legitimistas y orleanistas [41]
sólo se atrevían a presentarse bajo la máscara del republicanismo burgués. La
lucha contra el proletariado sólo podía emprenderse en nombre de la República.
La República —es decir, la república
reconocida por el pueblo francés— data
del 4 de mayo y no del 25 de febrero. No es la república que el
proletariado de París impuso al Gobierno provisional; no es la república con
instituciones sociales; no es el sueño de los que lucharon en las barricadas.
La república proclamada por la Asamblea Nacional, la única república legítima,
es la república que no representa ningún arma revolucionaria contra el orden
burgués. Es, por el contrario, la reconstitución política de éste, la
reconsolidación política de la sociedad burguesa, la república burguesa, en una palabra. Esta afirmación resonó desde
la tribuna de la Asamblea Nacional y encontró eco en toda la prensa burguesa,
republicana y antirrepublicano.
Y ya hemos visto que la república de
Febrero no era realmente ni podía ser más que una república burguesa; que, pese a todo, el
Gobierno provisional, bajo la presión directa del proletariado, se vio obligado
a proclamarla como una república con instituciones
sociales; que el proletariado de París no era todavía capaz de salirse
del marco de la república burguesa más que en sus ilusiones, en su imaginación;
que actuaba siempre y en todas partes a su servicio, cuando llegaba la hora de
la acción; que las promesas que se le habían hecho se convirtieron para la
nueva república en un peligro insoportable; que todo el proceso de la vida del
Gobierno provisional se resumía en una lucha continua contra las reclamaciones
del proletariado.
En la Asamblea Nacional, toda Francia se
constituyó en juez del proletariado de París. La Asamblea rompió inmediatamente
con las ilusiones sociales de la revolución de Febrero y proclamó rotundamente
la república burguesa como
república burguesa y nada más. Eliminó inmediatamente de la Comisión Ejecutiva
por ella nombrada a los representantes del proletariado, Luis Blanc y Albert,
rechazó la propuesta de un ministerio especial del Trabajo y aclamó con gritos
atronadores la declaración del ministro Trélat: «Sólo se trata de reducir el trabajo a sus antiguas
condiciones».
Pero todo esto no bastaba. La república
de Febrero había sido conquistada por los obreros con la ayuda pasiva de la
burguesía. Los proletarios se consideraban con razón como los vencedores de
Febrero y formulaban las exigencias arrogantes del vencedor. Había que
vencerlos en la calle, había que demostrarles que tan pronto como luchaban no con la burguesía, sino contra ella, salían derrotados. Y así
como la república de Febrero, con sus concesiones socialistas, había exigido
una batalla del proletariado unido a la burguesía contra la monarquía, ahora,
era necesaria una segunda batalla para divorciar a la república de las
concesiones al socialismo, para que la república
burguesa saliese consagrada oficialmente como régimen imperante. La
burguesía tenía que refutar con las armas en la mano las pretensiones del
proletariado. Por eso la verdadera cuna de la república burguesa no es la victoria de Febrero sino la derrota de Junio.
El proletariado aceleró el desenlace cuando,
el 15 de mayo, se introdujo por la fuerza en la Asamblea Nacional, esforzándose
en vano por reconquistar su influencia revolucionaria, sin conseguir más que
entregar sus jefes más enérgicos a los carceleros burgueses [42].
Il faut en finir! ¡Esta situación tiene que terminar! Con este grito, la
Asamblea Nacional expresaba su firme resolución de forzar al proletariado a la
batalla decisiva. La Comisión Ejecutiva promulgó una serie de decretos de
desafío, tales como la prohibición de aglomeraciones populares, etc. Desde lo
alto de la tribuna de la Asamblea Nacional Constituyente se provocaba, se
insultaba, se escarnecía descaradamente a los obreros. Pero el verdadero punto
de ataque estaba, como hemos visto, en los Talleres Nacionales. A ellos remitió imperiosamente la Asamblea
Constituyente a la Comisión Ejecutiva, que no esperaba más que oír enunciar su
propio plan como orden de la Asamblea Nacional.
La Comisión Ejecutiva comenzó poniendo
dificultades para el ingreso en los Talleres Nacionales, convirtiendo el
salario por días en salario a destajo, desterrando a la Sologne a los obreros
no nacidos en París, con el pretexto de ejecutar allí obras de explanación.
Estas obras no eran más que una fórmula retórica para disimular su expulsión,
como anunciaron a sus camaradas los obreros que retornaban desengañados.
Finalmente, el 21 de junio apareció en el "Moniteur" un decreto que
ordenaba que todos los obreros solteros fuesen expulsados por la fuerza de los
Talleres Nacionales o enrolados en el ejército.
Los obreros no tenían opción: o morirse
de hambre o iniciar la lucha. Contestaron el 22 de junio con aquella formidable
insurrección en que se libró la primera gran batalla entre las dos clases de la
sociedad moderna. Fue una lucha por la conservación o el aniquilamiento del
orden burgués. El velo que
envolvía a la República quedó desgarrado.
Es sabido que los obreros, con una
valentía y una genialidad sin ejemplo, sin jefes, sin un plan común, sin
medios, carentes de armas en su mayor parte, tuvieron en jaque durante cinco
días al ejército, a la Guardia Móvil, a la Guardia Nacional de París y a la que
acudió en tropel de las provincias. Y es sabido que la burguesía se vengó con
una brutalidad inaudita del miedo mortal que había pasado, exterminando a más
de 3.000 prisioneros.
Los representantes oficiales de la
democracia francesa estaban hasta tal punto cautivados por la ideología
republicana, que, incluso pasadas algunas semanas, no comenzaron a sospechar el
sentido del combate de junio. Estaban como aturdidos por el humo de la pólvora
en que se disipó su república fantástica.
Permítanos el lector que describamos con
las palabras de la "Neue Rheinische Zeitung" [43]
la impresión inmediata que en nosotros produjo la noticia de la derrota de
junio:
«El último resto oficial de la revolución
de Febrero, la Comisión Ejecutiva, se ha disipado como un fantasma ante la
seriedad de los acontecimientos. Los fuegos artificiales de Lamartine se han
convertido en las granadas incendiarias de Cavaignac. La fraternité, la hermandad de las
clases antagónicas, una de las cuales explota a la otra, esta fraternidad
proclamada en Febrero y escrita con grandes caracteres en la frente de París,
en cada cárcel y en cada cuartel, tiene como verdadera, auténtica y prosaica
expresión la guerra civil; la
guerra civil bajo su forma más espantosa, la guerra entre el trabajo y el
capital. Esta fraternidad resplandecía delante de todas las ventanas de París
en la noche del 25 de junio, cuando el París de la burguesía encendía sus
iluminaciones, mientras el París del proletariado ardía, gemía y se desangraba.
La fraternidad existió precisamente el tiempo durante el cual el interés de la
burguesía estuvo hermanado con el del proletariado.
Pedantes de las viejas tradiciones
revolucionarias de 1793, doctrinarios socialistas que mendigaban a la burguesía
para el puebla y a los que se permitió echar largos sermones y desprestigiarse
mientras fue necesario arrullar el sueño del león proletario, republicanos que
reclamaban todo el viejo orden burgués con excepción de la testa coronada,
hombres de la oposición dinástica a quienes el azar envió en vez de un cambio
de ministerio el derrumbamiento de una dinastía, legitimistas que no querían
dejar la librea, sino solamente cambiar su corte: tales fueron los aliados con
los que el pueblo llevó a cabo su Febrero...
La revolución de Febrero fue la hermosa revolución, la revolución de
las simpatías generales, porque los antagonismos que en ella estallaron contra
la monarquía dormitaban incipientes
todavía, bien avenidos unos con otros, porque la lucha social que era su fondo
sólo había cobrado una existencia aérea, la existencia de la frase, de la
palabra. La revolución de Junio
es la revolución fea, la
revolución repelente, porque el hecho ha ocupado el puesto de la frase, porque
la república puso al desnudo la cabeza del propio monstruo, al echar por tierra
la corona que la cubría y le servía de pantalla. ¡Orden!, era el grito de guerra de Guizot. ¡Orden!, gritaba Sebastiani, el
guizotista, cuando Varsovia fue tomada por los rusos. ¡Orden!, grita Cavaignac, eco brutal de la Asamblea Nacional
francesa y de la burguesía republicana. ¡Orden!,
tronaban sus proyectiles, cuando desgarraban el cuerpo del proletariado.
Ninguna de las numerosas revoluciones de la burguesía francesa, desde 1789,
había sido un atentado contra el orden,
pues todas dejaban en pie la dominación de clase, todas dejaban en pie la
esclavitud de los obreros, todas dejaban subsistente el orden burgués, por mucha que fuese la
frecuencia con que cambiase la forma política de esta dominación y de esta
esclavitud. Pero Junio ha atentado contra este orden. ¡Ay de Junio!»
("Neue Rheinische Zeitung", 29 de junio de 1848) [*].
¡Ay de Junio! —contesta el eco europeo.
El proletariado de París fue obligado por la burguesía a hacer la
insurrección de Junio. Ya en esto iba implícita su condena al fracaso. Ni su
necesidad directa y confesada le impulsaba a querer conseguir por la fuerza el
derrocamiento de la burguesía, ni tenía aún fuerzas bastantes para imponerse
esta misión. El "Moniteur" hubo de hacerle saber oficialmente que
habían pasado los tiempos en que la república tenía que rendir honores a sus
ilusiones, y fue su derrota la que le convenció de esta verdad: que hasta el
más mínimo mejoramiento de su situación es, dentro de la república burguesa, una utopía; y una utopía que se convierte en crimen tan pronto como
quiere transformarse en realidad. Y sus reivindicaciones, desmesurados en
cuanto a la forma, pero minúsculas e incluso todavía burguesas por su
contenido, cuya satisfacción quería arrancar a la república de Febrero,
cedieron el puesto a la consigua audaz y revolucionaria: ¡Derrocamiento de la burguesía! ¡Dictadura de la clase obrera!
Al convertir su fosa en cuna de la república burguesa, el proletariado
obligaba a ésta, al mismo tiempo, a manifestarse en su forma pura, como el
Estado cuyo fin confesado es eternizar la dominación del capital y la
esclavitud del trabajo. Viendo constantemente ante sí a su enemigo, lleno de
cicatrices, irreconciliable e invencible —invencible, porque su existencia es
la condición de la propia vida de la burguesía—, la dominación burguesa, libre
de todas las trabas, tenía que trocarse inmediatamente en terrorismo burgués. Y una vez
eliminado provisionalmente de la escena el proletariado y reconocida
oficialmente la dictadura burguesa, las capas medias de la sociedad burguesa,
la pequeña burguesía y la clase campesina, a medida en que su situación se
hacía más insoportable y se erizaba su antagonismo con la burguesía, tenían que
unirse más y más al proletariado. Lo mismo que antes encontraban en el auge de
éste la causa de sus miserias, ahora tenían que encontrarla en su derrota.
Cuando la insurrección de Junio hizo
engreírse a la burguesía en todo el continente y la llevó a aliarse
abiertamente con la monarquía feudal contra el pueblo, ¿quién fue la primera
víctima de esta alianza? La misma burguesía continental. La derrota de Junio le
impidió consolidar su dominación y hacer detenerse al pueblo, mitad satisfecho,
mitad disgustado, en el escalón más bajo de la revolución burguesa.
Finalmente, la derrota de Junio reveló a
las potencias despóticas de Europa el secreto de que Francia tenía que mantener
a todo trance la paz en el exterior, para poder librar la guerra civil en el
interior. Y así, los pueblos que habían comenzado la lucha por su independencia
nacional fueron abandonados a la superioridad de fuerzas de Rusia, de Austria y
de Prusia, pero al mismo tiempo la suerte de estas revoluciones nacionales fue
supeditada a la suerte de la revolución proletaria y despojada de su aparente
sustantividad, de su independencia respecto a la gran transformación social.
¡El húngaro no será libre, ni lo será el polaco, ni el italiano, mientras el
obrero siga siendo esclavo!
Por último, con las victorias de la Santa
Alianza, Europa ha cobrado una fisonomía que hará coincidir directamente con
una guerra mundial todo nuevo
levantamiento proletario en Francia. La nueva revolución francesa se verá
obligada a abandonar inmediatamente el terreno nacional y a conquistar el terreno europeo, el
único en que puede llevarse a cabo la revolución social del siglo XIX.
Ha sido, pues, la derrota de Junio la que
ha creado todas las condiciones dentro de las cuales puede Francia tomar la iniciativa de la revolución europea.
Sólo empapada en la sangre de
los insurrectos de Junio ha podido la bandera tricolor transformarse en la
bandera de la revolución europea, en la bandera
roja.
Y nosotros exclamamos: ¡La revolución ha muerto! ¡Viva la revolución!
NOTAS
[22] Se alude a la revolución burguesa de 1830 que tuvo por
resultado el derrocamiento de la dinastía de los Borbones.-
[*] Ayuntamiento. (N. de la Edit.)
[**] En el texto un retruécano: «compère» es compadre y
coparticipante en las intrigas. (N. de la Edit.).
[23] El duque de Orleáns ocupó el trono francés con el nombre de
Luis Felipe.-
[24] El 5 y el 6 de
junio de 1832 hubo una sublevación en París. Los obreros, que
participaban en ella, levantaron una serie de barricadas y se defendieron con
gran valentía y firmeza.
En abril de 1834 estalló la insurrección de los obreros de Lyón, una de las
primeras acciones de masas del proletariado francés. Esta insurrección, apoyada
por los republicanos en varias ciudades más, sobre todo en París, fue aplastada
con saña.
La
insurrección del 12 de mayo de 1839
en París, en la que también desempeñaron un papel principal los obreros
revolucionarios, fue preparada por la Sociedad Secreta Republicano-socialista
de Las Estaciones del Año bajo la dirección de A. Blanqui y A. Barbès; fue
arrollada por las tropas y la Guardia Nacional.- [*]
O sea, al
margen de quienes tenían derecho al voto. (N. de la Edit.)
[25] La monarquía de
Julio: período del reinado de Luis Felipe (1830-1848). La denominación
es debida a la revolución de julio.-
[*] Cafetín de mala nota. (N. de la Edit.)
[**] ¡Mueran los grandes ladronesl
¡Mueran los asesinosl (N. de la Edit.)
[***] La dinastía de los Rothschild. (N. de la Edit.)
[****] Los usureros, reyes de la época. (N. de la
Edit.)
[*] ¡Nada por la gloria! (N. de la Edit.)
[**] ¡La paz en todas partes y siempre! (N. de la Edit.)
[26] En febrero de 1846 se preparaba la insurrección en las
tierras polacas para conquistar la emancipación nacional de Polonia. Los
iniciadores principales de la insurrección eran los demócratas revolucionarios
polacos (Dembowski y otros). Pero, debido a la traición de los elementos de la
nobleza y la detención de los dirigentes de la sublevación por la policía
prusiana, la sublevación general fue frustrada, produciéndose únicamente
algunos estallidos revolucionarios sueltos. Sólo en Cracovia, sometida desde
1815 al control conjunto de Austria, Rusia y Prusia, los insurgentes lograron
el 22 de febrero obtener la victoria y formar un Gobierno nacional que publicó
un manifiesto sobre la abolición de las cargas feudales. La insurrección de
Cracovia fue aplastada a comienzos de marzo de 1846. En noviembre de este mismo
año, Austria, Prusia y Rusia firmaron un acuerdo de incorporación de Cracovia
al Imperio austríaco.-
[27] . Sonderbund:
alianza separada de los siete cantones católicos, atrasados en el aspecto
económico, de Suiza; se concluyó en 1834 con el fin de oponerse a las
transformaciones burguesas progresivas en Suiza y defender los privilegios de
la Iglesia y los jesuitas. La disposición de la Dieta suiza de julio de 1847
sobre la disolución del Sonderbund sirvió de pretexto para que éste rompiese a
comienzos de noviembre las hostilidades contra los otros cantones. El 23 de
noviembre de 1847, el ejército del Sonderbund fue derrotado por las tropas del
Gobierno federal. En el período de la guerra del Sonderbund, los Estados
reaccionarios de Europa occidental, que antes integraban la Santa Alianza:
Austria y Prusia, intentaron intervenir en los asuntos suizos a favor del
Sonderbund. Guizot apoyó de hecho a estos Estados, tomando bajo su defensa el Sonderbund.-
213
[28] 81. La Santa
Alianza: agrupación reaccionaria de los monarcas europeos, fundada en
1815 por la Rusia zarista, Austria y Prusia para aplastar los movimientos
revolucionarios de algunos países y conservar en ellos los regímenes
monárquico-feudales.-
[***] Anexión de Cracovia por Austria, de acuerdo con Rusia y
Prusia el 11 de noviembre de 1846. Guerra del Sonderbund, del 4 al 28 de
noviembre de 1847. Insurrección de Palermo, el 12 de enero de 1848. A fines de
enero, bombardeo de la ciudad durante nueve días por los napolitanos. (Nota de
Engels a la edición de 1895.)
[29] En Buzançais (departamento del Indre), a iniciativa de los
obreros hambrientos y de los habitantes de las aldeas vecinas, en la primavera de
1847 fueron asaltados los almacenes de comestibles pertenecientes a los
especuladores; esto dio lugar a un sangriento choque de la población con las
tropas, seguido luego de despiadadas represiones gubernamentales: cuatro
participantes directos en los sucesos de Buzançais fueron ejecutados el 16 de
abril de 1847, y otros muchos fueron condenados a trabajos forzados.-
[30] 96. La Confederación
Alemana, fundada el 8 de junio de 1815 en el Congreso de Viena, era una
unión de los Estados absolutistas feudales de Alemania y consolidaba el
fraccionamiento político y económico de Alemania.- 197, 315
[31] "Le National" (El Nacional): diario francés; se
publicó en París de 1830 a 1851; órgano de los republicanos burgueses
moderados. Los representantes más destacados de esta corriente en el Gobierno
Provisional eran Marrast, Bastide y Garnier-Pagés.-
[32] Legitimistas:
partidarios de la dinastía «legítima» de los Borbones, derrocada en 1830, que
representaba los intereses de la gran propiedad territorial. En la lucha contra
la dinastía reinante de los Orleáns (1830-1848), que se apoyaba en la
aristocracia financiera y en la gran burguesía, una parte de los legitimistas
recurría a menudo a la demagogia social, haciéndose pasar por defensores de los
trabajadores contra los explotadores burgueses.-
[33] "La Gazette de France" ("La Gaceta de
Francia"): diario que aparecía en París desde 1631 hasta los años 40 del
siglo XIX; órgano de los legitimistas, partidarios de la restauración de la
dinastía de los Borbones.-
[34] Durante los primeros días de la existencia de la República
Francesa se planteó la cuestión de elegir la bandera nacional. Los obreros
revolucionarios de París exigían que se declarase enseña nacional la bandera
roja que enarbolaran los obreros de los suburbios de la capital durante la insurrección
de junio de 1832. Los representantes de la burguesía insistían en que se
eligiera la tricolor (azul, blanca y roja), que había sido la bandera de
Francia durante la revolución burguesa de fines del siglo XVIII y del imperio
de Napoleón I. Esta bandera había sido también, antes de la revolución de 1848,
el emblema de los republicanos burgueses que se agrupaban en torno al periódico
"Le National". Los representantes de los obreros se vieron obligados
a acceder a que la bandera nacional de la República Francesa fuese declarada la
tricolor. No obstante, al asta de la bandera se adhirió una escarapela roja.-
[35] La insurrección de
junio: heroica insurrección de los obreros de París entre el 23 y el 26
de junio de 1848, aplastada con excepcional crueldad por la burguesía francesa.
Fue la primera gran guerra civil de la historia entre el proletariado y la
burguesía.-
[36] "Le Moniteur universel" ("El Heraldo
universal"): diario francés, órgano oficial del Gobierno; aparecía en
París desde 1789 hasta 1901. En las páginas de "Le Moniteur" se
insertaban obligatoriamente las disposiciones y decretos del Gobierno,
informaciones de los debates parlamentarios y otros documentos oficiales; en
1848 se publicaban también en este periódico informaciones de las reuniones de
la Comisión de Luxemburgo.-
[*] Un gobierno que acaba con ese equívoco terrible que existe entre las diversas clases. (N. de
la Edit.)
[37] La primera república existió en Francia desde 1792 hasta
1804.-
[*] Cuestión de honor. (N. de la Edit.)
[*] «Jacobo el simple», nombre despectivo que los nobles de
Francia daban a los campesinos. (N. de la Edit.)
[38] Se trata de la suma asignada en 1825 por la Corona francesa
como compensación a los aristócratas por los bienes que les habían sido
confiscados durante la revolución burguesa de fines del siglo XVIII en
Francia.-
[*] Gente sin patria ni hogar. (N. de la Edit.)
[39] Lazzaroni:
sobrenombre que se daba en Italia al lumpenproletariado, elementos desclasados.
Los lazzaroni fueron utilizados reiteradas veces por los medios
monárquico-reaccionarios en la lucha contra el movimiento liberal y
democrático.-
[40] Según la «ley sobre los pobres» de Inglaterra, aprobada en
1834, se toleraba una sola forma de ayuda a los pobres: su alojamiento en casas
de trabajo con régimen carcelario; los obreros ejecutaban en ellas labores
improductivas, monótonas y extenuadoras; estas casas de trabajo fueron
denominadas por el pueblo «bastillas para los pobres».-
[*] ¡Abajo Ledru-Rollin! (N. de la Edit.)
[**] Desde aquí en adelante, hasta la pág. 256, se entiende bajo
el nombre de Asamblea Nacional la Asamblea Nacional Constituyente que actuaba
desde el 4 de mayo de 1848 hasta mayo de 1849. (N. de la Edit.)
[***] Ciudadanos. (N. de la Edit.)
[41] Izquierda de la
Asamblea de Francfort: ala izquierda pequeñoburguesa de la Asamblea
Nacional convocada después de la revolución de marzo en Alemania, que comenzó
sus reuniones el 18 de mayo de 1848 en Francfort del Meno. La tarea principal
de la Asamblea consistía en poner fin al fraccionamiento político de Alemania y
redactar una constitución para toda Alemania. Sin embargo, debido a la cobardía
y a las vacilaciones de su mayoría liberal, a la indecisión e inconsecuencia
del ala izquierda, la Asamblea no se atrevió a tomar en sus manos el poder
supremo y no supo ocupar una posición decidida en las cuestiones fundamentales
de la revolución de 1848-1849 en Alemania. El 30 de mayo de 1849 la Asamblea se
vio obligada a trasladar su sede a Stuttgart. El 18 de junio de 1849 fue
disuelta por las tropas.-
[42] El 15 de mayo de
1848, durante una manifestación popular, los obreros y artesanos
parisienses penetraron en la sala de sesiones de la Asamblea Constituyente, la
declararon disuelta y formaron un Gobierno revolucionario. Los manifestantes,
sin embargo, no tardaron en ser desalojados por la Guardia Nacional y las
tropas. Los dirigentes de los obreros (Blanqui, Barbès, Albert, Raspail,
Sobrier y otros) fueron detenidos.-
[43] La "Neue Rheinische Zeitung. Organ der Demokratie
(Nueva Gaceta del Rin. Organo de la Democracia) salía todos los días en Colonia
desde el 1 de junio de 1848 hasta el 19 de mayo de 1849; la dirigía Marx, y en
el consejo de redacción figuraba Engels.-
[*] Véase el artículo de Carlos Marx "La revolución de
Junio". (N. de la Edit.)
El 25 de febrero de 1848 había concedido
a Francia la República, el 25
de junio le impuso la Revolución.
Y desde Junio, revolución significaba: subversión
de la sociedad burguesa, mientras que antes de Febrero había
significado: subversión de la forma de
gobierno.
El combate de Junio había sido dirigido
por la fracción republicana de
la burguesía. Con la victoria, necesariamente tenía que caer en sus manos el
poder. El estado de sitio puso a sus pies, sin resistencia, al París
agarrotado. Y en las provincias imperaba un estado de sitio moral, la
arrogancia del triunfo, amenazadora y brutal, de los burgueses y el fanatismo
de la propiedad desencadenado entre los campesinos. ¡Desde abajo no había, por tanto, nada que
temer!
Al quebrarse la fuerza revolucionaria de
los obreros se quebró también la influencia política de los republicanos demócratas, es decir, de
los republicanos pequeñoburgueses,
representados en la Comisión Ejecutiva por Ledru-Rollin, en la Asamblea
Nacional Constituyente por el partido de la Montaña y en la prensa por "La
Réforme". Conjuntamente con los republicanos burgueses habían conspirado
contra el proletariado el 16 de abril [45],
y conjuntamente con ellos habían luchado contra el proletariado en las jornadas
de Junio. De este modo, destruyeron ellos mismos el fondo sobre el que su
partido se destacaba como una potencia, pues la pequeña burguesía sólo puede
afirmar una posición revolucionaria contra la burguesía mientras tiene detrás
de sí al proletariado. Se les dio el pasaporte. La alianza aparente que, de
mala gana y con segunda intención, se había pactado con ellos durante la época
del Gobierno provisional y de la Comisión Ejecutiva fue rota abiertamente por
los republicanos burgueses. Despreciados y rechazados como aliados,
descendieron al papel de satélites de los tricolores, a los que no podían
arrancar ninguna concesión y cuya dominación tenían necesariamente que apoyar
cuantas veces ésta, y con ella la república, parecían peligrar ante los ataques
de las fracciones antirrepublicanos de la burguesía. Finalmente, estas
fracciones —los orleanistas y los legitimistas— se hallaban desde un principio
en minoría en la Asamblea Nacional Constituyente. Antes de las jornadas de
Junio, no se atrevían a manifestarse más que bajo la careta del republicanismo
burgués. La victoria de Junio hizo que toda la Francia burguesa saludase por un
momento en Cavaignac a su redentor, y cuando, poco después de las jornadas de
Junio, el partido antirrepublicano volvió a cobrar su personalidad
independiente, la dictadura militar y el estado de sitio en París sólo le
permitieron extender los tentáculos con mucha timidez y gran cautela.
Desde 1830, la fracción republicano-burguesa se agrupaba, con
sus escritores, sus tribunos, sus talentos, sus ambiciosos, sus diputados,
generales, banqueros y abogados, en torno a un periódico de París, en torno al
"National". En provincias, este diario tenía sus periódicos filiales.
La pandilla del "National" era la dinastía de la república tricolor. Se adueñó inmediatamente de
todos los puestos dirigentes del Estado, de los ministerios, de la prefectura
de policía, de la dirección de correos, de los cargos de prefecto, de los altos
puestos de mando del ejército que habían quedado vacantes. Al frente del poder
ejecutivo estaba Cavaignac, su
general; su redactor-jefe, Marrast, asumió con carácter permanente la
presidencia de la Asamblea Nacional Constituyente. Al mismo tiempo, hacía en
sus recepciones, como maestro de ceremonias, los honores en nombre de la
república honesta.
Hasta los escritores franceses
revolucionarios corroboraron, por una especie de temor reverente ante la
tradición republicana, el error de la idea de que los monárquicos dominaban en
la Asamblea Nacional Constituyente. Por el contrario, desde las jornadas de
Junio, la Asamblea Constituyente, que siguió siendo la representante exclusiva del republicanismo burgués, destacaba
tanto más decididamente este aspecto suyo cuanto más se desmoronaba la
influencia de los republicanos tricolores fuera de la Asamblea. Si se trataba
de afirmar la forma de la
república burguesa, disponía de los votos de los republicanos demócratas; si se
trataba del contenido, ya ni el
lenguaje la separaba de las fracciones burguesas monárquicas, pues los
intereses de la burguesía, las condiciones materiales de su dominación de clase
y de su explotación de clase, son los que forman precisamente el contenido de
la república burguesa.
No fue, pues, el monarquismo, sino el
republicanismo burgués el que se realizó en la vida y en los hechos de esta
Asamblea Constituyente, que a la postre no se murió ni la mataron, sino que
acabó pudriéndose.
Durante todo el tiempo de su dominación,
mientras en el proscenio se representaba para el respetable público la función
solemne [Haupt—und Staatsaktion], al fondo de la escena tenían lugar
inmolaciones ininterrumpidas: las continuas condenas en Tribunal de guerra de
los insurrectos de Junio cogidos prisioneros o su deportación sin formación de
causa. La Asamblea Constituyente tuvo el tacto de confesar que, en los
insurrectos de Junio, no juzgaba a criminales, sino que aplastaba a enemigos.
El primer acto de la Asamblea Nacional
Constituyente fue el nombramiento de una Comisión
investigadora sobre los sucesos de Junio y del 15 de mayo y sobre la
participación en estas jornadas de los jefes de los partidos socialista y
demócrata. Esta investigación apuntaba directamente contra Luis Blanc,
Ledru-Rollin y Caussidière. Los republicanos burgueses ardían en impaciencia
por deshacerse de estos rivales. Y no podían encomendar la ejecución de su odio
a sujeto más adecuado que el señor Odilon
Barrot, antiguo jefe de la oposición dinástica, el liberalismo
personificado, la nullité grave
[*],
la superficialidad profunda, que no tenía que vengar solamente a una dinastía,
sino incluso pedir cuentas a los revolucionarios por haberle frustrado una
presidencia del Consejo de Ministros: garantía segura de que sería inexorable.
Se nombró, pues, a este Barrot presidente de la Comisión investigadora, y montó
contra la revolución de Febrero un proceso completo, que puede resumirse así:
17 de marzo, manifestación; 16
de abril, complot; 15 de mayo, atentado; 23 de junio, ¡guerra civil! ¿Por qué no hizo
extensivas sus investigaciones eruditas y criminalistas al 24 de Febrero? El
"Journal des Débats" [46]
contestó: el 24 de febrero es la fundación
de Roma. Los orígenes de los Estados se pierden en un mito, en el que
hay que creer, pero que no se puede discutir. Luis Blanc y Caussidière fueron
entregados a los tribunales. La Asamblea Nacional completó la obra de
autodeporación, comenzada el 15 de mayo.
El plan de crear un impuesto sobre el
capital —en forma de un impuesto sobre las hipotecas—, plan concebido por el
Gobierno provisional y recogido por Goudchaux, fue rechazado por la Asamblea
Constituyente; la ley que limitaba la jornada de trabajo a diez horas, fue
derogada; la prisión por deudas, restablecida; los analfabetos, que constituían
la gran parte de la población francesa, fueron incapacitados para el Jurado.
¿Por qué no también para el sufragio? Volvió a implantarse la fianza para los
periódicos y se restringió el derecho de asociación.
Pero, en su prisa por restituir al viejo
régimen burgués sus antiguas garantías y por borrar todas las huellas que
habían dejado las olas de la revolución, los republicanos burgueses chocaron
con una resistencia que les amenazó con un peligro inesperado.
Nadie había luchado más fanáticamente en
las jornadas de Junio por la salvación de la propiedad y el restablecimiento
del crédito que los pequeños burgueses de París: los dueños de cafés, los
propietarios de restaurantes, los marchands
de vin [*],
los pequeños comerciantes, los tenderos, los artesanos, etc. La tienda se puso
en pie y marchó contra la barricada, para restablecer la circulación, que lleva
al público de la calle a la tienda. Pero del otro lado de la barricada estaban
los clientes y los deudores; del lado de acá, los acreedores del tendero. Y
cuando después de deshechas las barricadas y de aplastados los obreros, los
dueños de las tiendas retornaron a éstas, ebrios de victoria, se encontraron en
la puerta, a guisa de barricada, a un salvador de la propiedad, a un agente
oficial del crédito, que les alargaba unos papeles amenazadores: ¡Las letras
vencidas! ¡Las rentas vencidas! ¡Los préstamos vencidos! ¡¡Vencidos también la
tienda y el tendero!!
¡Salvación
de la propiedad! Pero la casa que habitaban no era propiedad de ellos;
la tienda que guardaban no era propiedad de ellos; las mercancías en que
negociaban no eran propiedad de ellos. Ni el negocio, ni el plato en que
comían, ni la cama en que dormían eran ya suyos. Frente a ellos precisamente
era frente a quienes había que salvar
esta propiedad para el casero que les alquilaba la casa, para el
banquero que les descontaba las letras, para el capitalista que les anticipaba
el dinero, para el fabricante que confiaba las mercancías a estos tenderos para
que se las vendiesen, para el comerciante al por mayor que daba a crédito a
estos artesanos las materias primas. ¡Restablecimiento
del crédito! Pero el crédito, nuevamente consolidado, se comportaba como
un dios viviente y celoso, arrojando de entre sus cuatro paredes, con mujer e
hijos, al deudor insolvente, entregando sus ilusorios bienes al capital y
arrojándole a él a aquella cárcel de deudores, que había vuelto a levantarse,
amenazadora, sobre los cadáveres de los insurrectos de Junio.
Los pequeños burgueses se dieron cuenta,
con espanto, de que, al aplastar a los obreros, se habían puesto mansamente en
manos de sus acreedores. Su bancarrota, que pasaba desapercibida, aunque desde
Febrero venía arrastrándose como una enfermedad crónica, después de Junio se
declaró abiertamente.
No se había tocado a su propiedad nominal mientras se trataba
de empujarlos a ellos al campo de batalla en nombre de la propiedad. Ahora, cuando ya el gran pleito con
el proletariado estaba ventilado, podía ventilarse también el pequeño pleito
con el tendero. En París, la masa de los efectos protestados pasaba de 21
millones de francos y en provincias de 11 millones. Los dueños de más de 7.000
negocios de París no habían pagado sus alquileres desde febrero.
Si la Asamblea Nacional había abierto una
investigación sobre el delito político
a partir de febrero, los pequeños burgueses, por su parte, exigieron ahora que
se abriese también una investigación sobre las deudas civiles hasta el 24 de febrero. Se reunieron en masa en
el vestíbulo de la Bolsa y exigieron, en términos amenazadores, que a todo
comerciante que pudiese probar que sólo había dado en quiebra a causa de la
paralización de los negocios originada por la revolución y que el 24 de febrero
su negocio marchaba bien, se le prorrogase el término de vencimiento por fallo
del Tribunal comercial y se obligase al acreedor a retirar la demanda por un
tanto por ciento prudencial. Presentado como propuesta de ley, la Asamblea
Nacional trató el asunto bajo la forma de concordats à l'amiable [*].
La Asamblea estaba vacilante; pero de pronto supo que, al mismo tiempo en la
Puerta de Saint Denis miles de mujeres y niños de los insurrectos preparaban
una petición de amnistía.
Ante el espectro redivivo de Junio, los
pequeños burgueses se echaron a temblar y la Asamblea volvió a sentirse
inexorable. Los concordats à l'amieble,
los convenios amistosos entre acreedores y deudores, fueron rechazados en sus
puntos más esenciales.
Y así, cuando ya hacía tiempo que los
representantes demócratas de los pequeños burgueses habían sido rechazados en
la Asamblea Nacional por los representantes republicanos de la burguesía, esta
ruptura parlamentaria cobró un sentido burgués, real, económico, al ser
entregados los pequeños burgueses, como deudores, a merced de los burgueses,
como acreedores. Una gran parte de los primeros quedó arruinada y al resto sólo
le fue dado continuar el negocio bajo condiciones que le convertían en un
siervo incondicional del capital. El 22 de agosto de 1848, la Asamblea Nacional
rechazó los concordats à l'amiable;
el 19 de septiembre de 1848, en pleno estado de sitio, fueron elegidos
representantes de París el príncipe Luis Bonaparte y el comunista Raspail,
preso en Vincennes, a la vez que la burguesía elegía al usurero Fould, banquero
y orleanista. Y así, de todas partes al mismo tiempo, surgía una declaración
abierta de guerra contra la Asamblea Nacional Constituyente, contra el
republicanismo burgués contra Cavaignac.
Sin largas explicaciones se comprende que
la bancarrota en masa de los pequeños burgueses de París tenía que repercutir mucho
más allá de los directamente afectados y desquiciar una vez más el tráfico
burgués, al mismo tiempo que volvía a crecer el déficit del Estado con las
costas de la insurrección de Junio y disminuían sin cesar los ingresos públicos
con la producción paralizada, el consumo restringido y la importación reducida.
Cavaignac y la Asamblea Nacional no podían acudir a más medio que el de un
nuevo empréstito, que les habría de someter todavía más al yugo de la
aristocracia financiera.
Si los pequeños burgueses habían
cosechado, como fruto de la victoria de Junio, la bancarrota y la liquidación
judicial, los genízaros [47]
de Cavaignac, los guardias móviles,
encontraron su recompensa en los dulces brazos de las prostitutas elegantes y
recibieron, ellos, «los jóvenes salvadores de la sociedad», aclamaciones de
todo género en los salones de Marrast, el gentilhombre de los tricolores, que hacía a la vez de anfitrión
y de trovador de la república honesta. Al mismo tiempo, estas preferencias
sociales y el sueldo incomparablemente más elevado de los guardias móviles
irritaban al ejército, a la par
que desaparecían todas las ilusiooes nacionales con que el republicanismo
burgués, por medio de su periódico, el "National", había sabido
captarse, bajo Luis Felipe, a una parte del ejército y de la clase campesina.
El papel de mediadores que Cavaignac y la Asamblea Nacional desempeñaron en el Norte de Italia, para traicionarlo a
favor de Austria de acuerdo con Inglaterra, anuló en un sólo día de poder
dieciocho años de oposición del "National". Ningún Gobierno había
sido tan poco nacional como el del "National"; ninguno más sumiso a
Inglaterra, y eso que bajo Luis Felipe el National vivía de parafrasear a
diario las palabras catonianas Carthaginem
esse delendam [*],
ninguno más servil para con la Santa Alianza, y eso que había exigido de un
Guizot que desgarrase los tratados de Viena. La ironía de la historia hizo de
Bastide, ex redactor de asuntos extranjeros del "National", ministro
de Negocios Extranjeros de Francia, para que pudiera desmentir cada uno de sus
artículos con cada uno de sus despachos.
Durante un momento, el ejército y la
clase campesina creyeron que con la dictadura militar se ponía en el orden del
día, en Francia, la guerra en el exterior y la «gloria». Pero Cavaignac no era
la dictadura del sable sobre la sociedad burguesa; era la dictadura de la
burguesía por medio del sable. Y lo único que por ahora necesitaban del soldado
era el gendarme. Cavaignac escondía, detrás de los rasgos severos de una
austeridad propia de un republicano de la antigüedad, la vulgar sumisión a las
condiciones humillantes de su cargo burgués. L'argent n'a pas de maître! ¡El dinero no tiene amo! Cavaignac,
como la Asamblea Constituyente en general, idealizaron este viejo lema del tiers état , traduciéndolo al
lenguaje político: la burguesía no tiene rey; la verdadera forma de su
dominación es la república.
Y la «gran obra orgánica» de la Asamblea
Nacional Constituyente consistía en elaborar esta forma, en fabricar una Constitución
republicana. El desbautizar el calendario cristiano para bautizarlo de republicano,
el trocar San Bartolomé en San Robespierre, no hizo cambiar el viento ni el
tiempo más de lo que esta Constitución modificó o debía modificar la sociedad
burguesa. Allí donde hacía algo más que cambiar
el traje, se limitaba a levantar acta de los hechos existentes. Así, registró
solemnemente el hecho de la República, el hecho del sufragio universal, el
hecho de una Asamblea Nacional única y soberana en lugar de las dos Cámaras
constitucionales con facultades limitadas. Registró y legalizó el hecho de la
dictadura de Cavaignac, sustituyendo la monarquía hereditaria, estacionaria e
irresponsable, por una monarquía electiva, pasajera y responsable, por una
magistratura presidencial reelegible cada cuatro años. Y elevó asimismo a
precepto constitucional el hecho de los poderes extraordinarios con que la
Asamblea Nacional, después de los horrores del 15 de mayo y del 25 de junio,
había investido previsoramente a su presidente, en interés de la propia
seguridad. El resto de la Constitución fue una cuestión de terminología. Se
arrancaron las etiquetas monárquicas del mecanismo de la vieja monarquía, y en
su lugar se pegaron otras republicanas. Marrast, antiguo redactor-jefe del
"National", ahora redactor-jefe de la Constitución, cumplió, no sin
talento, este cometido académico.
La Asamblea Constituyente se parecía a
aquel funcionario chileno que se empeñaba en fijar con ayuda de una medición
catastral los límites de la propiedad territorial en el preciso instante en que
los ruidos subterráneos habían anunciado ya la erupción volcánica que había de
hacer saltar el suelo bajo sus mismos pies. Mientras en teoría la Asamblea
trazaba con compás las formas en que había de expresarse republicanamente la
dominación de la burguesía, en la práctica sólo se imponía por la negación de
todas las fórmulas, por la violencia sans
phrase ,
por el estado de sitio. Dos
días antes de comenzar su labor constitucional, proclamó la prórroga de éste.
Antes, las constituciones se hacían y se aprobaban tan pronto como el proceso
de revolución social llegaba a un punto de quietud, las relaciones de clase
recién formadas se consolidaban y las fracciones en pugna de la clase dominante
se acogían a un arreglo que les permitía proseguir la lucha entre sí y al mismo
tiempo excluir de ella a la masa agotada del pueblo. En cambio, esta
Constitución no sancionaba ninguna revolución social, sancionaba la victoria
momentánea de la vieja sociedad sobre la revolución.
En el primer proyecto de Constitución [48],
redactado antes de las jornadas de Junio, figuraba todavía el «droit au travail», el derecho al
trabajo, esta primera fórmula, torpemente enunciada, en que se resumen las
reivindicaciones revolucionarias del proletariado. Ahora se convertía en el droit à l'assistance, en el derecho a
la asistencia pública, y ¿qué Estado moderno no alimenta, en una forma u otra,
a sus pobres? El derecho al trabajo es, en el sentido burgués, un
contrasentido, un mezquino deseo piadoso, pero detrás del derecho al trabajo
está el poder sobre el capital, y detrás del poder sobre el capital la
apropiación de los medios de producción, su sumisión a la clase obrera
asociada, y, por consiguiente, la abolición tanto del trabajo asalariado como
del capital y de sus relaciones mutuas. Detrás del «derecho al trabajo» estaba la insurrección de Junio. La Asamblea
Constituyente, que de hecho había colocado al proletariado revolucionario hors la loi, fuera de la ley, tenía,
por principio, que excluir esta fórmula suya
de la Constitución, ley de las leyes; tenía que poner su anatema sobre el
«derecho al trabajo». Pero no se detuvo aquí. Lo que Platón hizo en su
República con los pactas lo hizo ella en la suya con el impuesto progresivo: desterrarlo para toda la eternidad. Y el
impuesto progresivo no sólo era una medida burguesa aplicable en mayor o menor
escala dentro de las relaciones de producción existentes; era, además, el único
medio de captar para la república «honesta» a las capas medias de la sociedad
burguesa, de reducir la deuda pública, de tener en jaque a la mayoría
antirrepublicana de la burguesía.
Con ocasión de los concordats à l'amiable, los
republicanos tricolores sacrificaban efectivamente la pequeña burguesía a la
grande. Y este hecho aislado lo elevaron a principio, prohibiendo por vía
legislativa el impuesto progresivo. Dieron a la reforma burguesa el mismo trato
que a la revolución proletaria. Pero, ¿qué clase quedaba entonces como puntal
de su república? La gran burguesía. Y la masa de ésta era antirrepublicano.
Si explotaba a los republicanos del "National" para volver a
consolidar las viejas relaciones en la vida económica, de otra parte abrigaba
el designio de explotar este régimen social nuevamente fortalecido para restaurar
las formas políticas con él congruentes. Ya a principios de octubre Cavaignac
viese obligado, no obstante los gruñidos y el alboroto de los puritanos sin
seso de su propio partido, a nombrar ministros de la República a Dufaure y
Vivien, antiguos ministros de Luis Felipe.
Mientras rechazaba toda transacción con
la pequeña burguesía y no sabía captar para la nueva forma de gobierno a ningún
elemento nuevo de la sociedad, la Constitución tricolor se apresuró, en cambio,
a devolver la intangibilidad tradicional a un cuerpo en el que el viejo Estado
tenía sus defensores más rabiosos y fanáticos. Elevó a ley constitucional la inamovilidad de los jueces, puesta en
tela de juicio por el Gobierno provisional. El rey que ella había destronado,
que era uno solo, renacía por
centenares en estos inamovibles inquisidores de la legalidad.
La prensa francesa ha analizado en sus
muchos aspectos las contradicciones de la Constitución del señor Marrast; por
ejemplo, la coexistencia de dos soberanos: la Asamblea Nacional y el
presidente, etc., etc.
Pero la contradicción de más envergadura
de esta Constitución consiste en lo siguiente: mediante el sufragio universal,
otorga la posesión del poder político a las clases cuya esclavitud social debe
eternizar: al proletariado, a los campesinos, a los pequeños burgueses. Y a la
clase cuyo viejo poder social sanciona, a la burguesía, la priva de las
garantías políticas de este poder. Encierra su dominación política en el marco
de unas condiciones democráticas que en todo momento son un factor para la
victoria de las clases enemigas y ponen en peligro los fundamentos mismos de la
sociedad burguesa. Exige de los unos que no avancen, pasando de la emancipación
política a la social; y de los otros que no retrocedan, pasando de la restauración
social a la política
Estas contradicciones tenían sin cuidado
a los republicanos burgueses. A medida que dejaban de ser indispensables —y sólo fueron
indispensables como campeones de la vieja sociedad contra el proletariado
revolucionario—, se iban hundiendo y, a las pocas semanas de su victoria,
pasaban del nivel de un partido
al nivel de una pandilla.
Manejaban la Constitución como una gran intriga.
Lo que en ella había de constituirse era, ante todo, la dominación de la
pandilla. El presidente había de seguir siendo Cavaignac, y la Asamblea
Legislativa la Constituyente prorrogada. Confiaban en lograr reducir a una
ficción el poder político de las masas del pueblo y en saber manejar lo
bastante esta ficción para amenazar constantemente a la mayoría de la burguesía
con el dilema de las jornadas de Junio: o
el reino del «National» o el reino
de la anarquía.
La obra constitucional, comenzada el 4 de
septiembre, se terminó el 23 de octubre. El 2 de septiembre, la Constituyente
acordó no disolverse hasta no haber promulgado las leyes orgánicas
complementarias de la Constitución. No obstante, se decidió a dar vida, ya el
10 de diciembre, a su criatura más entrañable, al presidente, mucho antes de
que estuviese cerrado el ciclo de su propia actuación. Tan segura estaba de
poder saludar en el homúnculo [*]
de la Constitución al hijo de su madre. Por precaución, se dispuso que, si
ninguno de los candidatos reunía dos millones de votos, la elección pasaría de
la nación a la Constituyente.
¡Inútil precaución! El primer día en que
se puso en práctica la Constitución fue el último día de la dominación de la
Constituyente. En el fondo de la urna electoral estaba su sentencia de muerte.
Buscaba al «hijo de su madre» y se encontró con el «sobrino de su tío». El Saúl
Cavaignac consiguió un millón
de votos, pero el David Napoleón obtuvo seis
millones. Seis veces fue derrotado el Saúl Cavaignac [49].
El 10 de diciembre de 1848 fue el día de
la insurrección de los campesinos.
Hasta este día no empezó Febrero para los campesinos franceses. El símbolo que
expresa su entrada en el movimiento revolucionario, torpe y astuto, pícaro y
cándido, majadero y sublime, de superetición calculada, de burla patética, de
anacronismo genial y necio, bufonada histórico-universal, jeroglífico
indescifrable para la inteligencia de hombres civilizados, este símbolo
ostentaba inequívocamente la fisonomía de la clase que representaba la barbarie
dentro de la civilización. La república se había presentado ante esta clase con
el recaudador de impuestos;
ella se presentó ante la república con el emperador. Napoleón había sido el único hombre que había
representado íntegramente los intereses y la fantasía de la clase campesina,
recién creada en 1789. Al inscribir su nombre en el frontispicio de la
república, el campesinado declaró la guerra exterior e hizo valer en el interior
sus intereses de clase. Para los campesinos, Napoleón no era una persona, sino
un programa. Con música y banderas, fueron a las urnas al grito de: Plus d'impôts, à bas les riches, à bas la
république, vive l'Empeureur! ¡Basta de impuestos, abajo los ricos,
abajo la república, viva el emperador! Detrás del emperador se escondía la
guerra de los campesinos. La república que derribaban con sus votos era la república de los ricos.
El 10 de diciembre fue el coup d'état [*]*
de los campesinos, que derribó el Gobierno existente. Y desde este día, en que
quitaron a Francia un gobierno y le dieron otro, sus miradas se clavaron en
París. Personajes activos del drama revolucionario por un momento, no se les
podía volver a reducir al papel pasivo y sumiso del coro.
Las demás clases contribuyeron a
completar la victoria electoral de los campesinos. Para el proletariado, la elección de Napoleón
era la destitución de Cavaignac, el derrocamiento de la Constituyente, la
abdicación del republicanismo burgués, la cancelación de la victoria de Junio.
Para la pequeña burguesía,
Napoleón era la dominación del deudor sobre el acreedor. Para la mayoría de la gran burguesía, la elección de
Napoleón era la ruptura abierta con la fracción de la que habían tenido que
servirse un momento contra la revolución, pero que se hizo insoportable tan
pronto como quiso consolidar sus posiciones del momento como posiciones
constitucionales. Napoleón en el lugar de Cavaignac era, para ella, la
monarquía en lugar de la república, el comienzo de la Restauración monárquica,
el Orleáns tímidamente insinuado, la flor de lis [50]
escondida entre violetas. Finalmente, el ejército,
al votar a Napoleón, votaba contra la Guardia Móvil, contra el idilio de la
paz, por la guerra.
Y así vino a resultar, como dijo la
"Neue Rheinische Zeitung", que el hombre más simple de Francia
adquirió la significación más compleja [51].
Precisamente porque no era nada, podía significarlo todo, menos a sí mismo. Sin
embargo, por muy distinto que pudiese ser el sentido que el nombre de Napoleón
llevaba aparejado en boca de las diversas clases, todos escribían con este
nombre en su papeleta electoral: ¡Abajo el partido del "National",
abajo Cavaignac, abajo la Constituyente, abajo la república burguesa! El
ministro Dufaure lo declaró públicamente en la Asamblea Constituyente: el 10 de
diciembre es un segundo 24 de febrero.
La pequeña burguesía y el proletariado
habían votado en bloc [*]
en pro de Napoleón para votar en contra de Cavaignac y para quitar
a la Constituyente, con la unidad de sus votos, la posibilidad de una decisión
definitiva. Sin embargo, la parte más avanzada de ambas clases presentó
candidatos propios. Napoleón era el nombre
común de todos los partidos coligados contra la república burguesa; Ledru-Rollin y Raspail, los nombres propios: aquél, el de la pequeña burguesía democrática;
éste, el del proletariado revolucionario. Los votos emitidos a favor de Raspail
—los proletarios y sus portavoces socialistas lo declararon a los cuatro
vientos— sólo perseguían fines demostrativos: eran otras tantas protestas
contra toda magistratura presidencial, es decir, contra la misma Constitución,
y otros tantos votos emitidos contra Ledru-Rollin. Fue el primer acto con que
el proletariado se desprendió, como partido político independiente, del partido
demócrata. En cambio, este partido —la pequeña burguesía democrática y su
representante parlamentario, la Montaña— tomaba la candidatura de Ledru-Rollin
con toda la solemne seriedad con que acostumbraba a engañarse a sí mismo. Fue
éste, por lo demás, su último intento de actuar frente al proletariado como un
partido independiente. El 10 de diciembre no salió derrotado solamente el
partido burgués republicano; salieron derrotados
también la pequeña burguesía democrática y su Montaña.
Ahora, Francia tenía una Montaña al lado de un Napoleón, prueba de que ambos no eran
más que caricaturas sin vida de las grandes realidades cuyos nombres
ostentaban. Luis Napoleón, con su sombrero imperial y su águila, no parodiaba
más lamentablemente al viejo Napoleón que la Montaña a la vieja Montaña con sus
frases copiadas de 1793 y sus posturas demagógicas. De este modo, la fe supersticiosa
en la tradición de 1793 fue abandonada al mismo tiempo que la fe supersticiosa
tradicional en Napoleón. La revolución no llegó a ser revolución hasta que no
se ganó su nombre propio y original,
y esto sólo estuvo a su alcance desde el momento en que se destacó en primer
plano, dominante, la clase revolucionaria moderna, el proletariado industrial.
Puede decirse que el 10 de diciembre dejó atónita a la Montaña y la hizo dudar
de su propia salud mental, porque, con una burda farsa aldeana rompía, riéndose,
la analogía clásica con la vieja revolución.
El 20 de diciembre, Cavaignac abandonó su
cargo y la Asamblea Constituyente proclamó a Luis Napoleón presidente de la
República. El 19 de diciembre, último día de su autocracia, la Asamblea rechazó
la propuesta de amnistía para los insurrectos de Junio. Revocar el decreto del
27 de junio, por el que, esquivando la sentencia judicial, se había condenado a
deportación a 15.000 insurrectos, ¿no hubiera equivalido a desautorizar la
misma matanza de Junio?
Odilon Barrot, el último ministro de Luis
Felipe, fue el primer ministro de Luis Napoleón. Y del mismo modo que Luis
Napoleón no fechaba su mandato el 10 de diciembre, sino en la fecha de un
senadoconsulto de 1804 [*],
encontró un presidente del Consejo de Ministros que no consideraba el 20 de
diciembre como fecha del comienzo de su ministerio, sino que lo remontaba a la
promulgación de un real decreto del 24 de febrero. Como legítimo heredero de
Luis Felipe, Luis Napoleón amortiguó el cambio de Gobierno, conservando el
viejo ministerio que, por lo demás, no había tenido tiempo de desgastarse, por
la sencilla razón de que no había tenido tiempo de empezar a vivir.
Los jefes de las fracciones burguesas
monárquicas le aconsejaron tomar este partido. El caudillo de la vieja
oposición dinástica, que había formado inconscientemente la transición a los
republicanos del "National", era todavía más adecuado para formar con
plena conciencia, la transición de la república burguesa a la monarquía.
Odilon Barrot era el jefe del único viejo
partido de oposición que, luchando siempre en vano por la cartera ministerial,
no se había desacreditado todavía. La revolución había ido alzando al Poder, en
veloz sucesión, a todos los viejos partidos de la oposición para que se viesen
obligados a renegar de sus viejas frases y a revocarlas, no con sus hechos,
sino incluso con la misma frase. Y, por último, reunidos en repulsivo montón,
fueron arrojados todos juntos por el pueblo al basurero de la historia. Este
Barrot, encarnación del liberalismo burgués, que se había pasado dieciocho años
ocultando la miserable vaciedad de su espíritu tras el empaque grave de su
cuerpo, no escatimó ninguna apostasía. Y si en algunos momentos el contraste
demasiado estridente entre los cardos de hoy y los laureles de ayer a él mismo
le aterraba, una mirada al espejo le bastaba para recobrar el aplomo
ministerial y la admiración humana por sí mismo. En el espejo resplandecía la
figura de Guizot, a quien siempre había envidiado y que siempre le había
tratado como a un escolar; Guizot en persona, pero un Guizot con la frente
olímpica de Odilon. Lo que no veía eran las orejas de Midas.
El Barrot del 24 de febrero sólo se reveló
en el Barrot del 20 de diciembre. A él, orleanista y volteriano, fue a
juntarse, como ministro de Cultos, el legitimista y jesuita Falloux.
Pocos días después, el ministerio del
Interior fue entregado a Léon Faucher, el malthusiano. ¡El derecho, la religión,
la Economía política! El ministerio Barrot contenía todo esto, y además, una
fusión de legitimistas y orleanistas. Sólo faltaba el bonapartista. Bonaparte
ocultaba todavía su apetito de representar a Napoleón, pues Soulouque no representaba todavía el
papel de Toussaint Louverture [52].
El Partido del "National" fue
apeado inmediatamente de todos los altos puestos en que había anidado. La
prefectura de policía, la dirección de correos, el cargo de fiscal general, la
alcaldía de París: a todos estos sitios se llevó a viejas criaturas de la
monarquía. Changarnier, el legitimista, obtuvo el alto mando unificado de la
Guardia Nacional del departamento del Sena, de la Guardia Móvil y de las tropas
de línea de la primera división militar; Bugeaud, el orleanista, fue nombrado
general en jefe del ejército de los Alpes. Y este cambio de funcionarios
continuó ininterrumpidamente bajo el gobierno de Barrot. El primer acto de su
ministerio fue restaurar la vieja administración monárquica. En un abrir y
cerrar de ojos se transformó la escena oficial: el decorado, los trajes, el
lenguaje, los actores, los figurantes, los comparsas, los apuntadores, la
posición de los partidos, el móvil, el contenido del conflicto dramático, la
situación entera. Sólo la Asamblea Constituyente antediluviana seguía aún en su
puesto. Pero, a partir del momento en que la Asamblea Nacional instaló a
Bonaparte, Bonaparte a Barrot y Barrot a Changarnier, Francia salió del período
de constitución de la república y entró en el período de la república
constituida. Y, en la república constituida, ¿qué pintaba una Asamblea
Constituyente? Después de creada la tierra, a su creador ya no le quedaba más que
huir al cielo. Pero la Asamblea Constituyente estaba resuelta a no seguir su
ejemplo; la Asamblea Nacional era el último refugio del partido de los
republicanos burgueses. Aunque les hubiesen arrebatado todos los asideros del
poder ejecutivo, ¿no le quedaba la omnipotencia constituyente? Su primer
pensamiento fue conservar a cualquier precio el puesto soberano que tenía en
sus manos y desde aquí reconquistar el terreno perdido. No había más que
substituir el ministerio Barrot por un ministerio del "National", y
el personal monárquico tendría que evacuar inmediatamente los palacios de la
administración, para que volviese a entrar en ellos, triunfante, el personal
tricolor. La Asamblea Nacional decidió la caída del ministerio, y el propio
ministerio le brindó una ocasión de ataque como no habría podido encontrarla la
misma Constituyente.
Recuérdese que Luis Bonaparte significaba
para los campesinos: ¡No más impuestos! Llevaba seis días sentado en el sillón
presidencial, y al séptimo día, el 27 de diciembre, su ministerio propuso la conservación del impuesto sobre la sal,
cuya abolición había decretado el Gobierno provisional. El impuesto sobre la
sal comparte con el impuesto sobre el vino el privilegio de ser el chivo
expiatorio del viejo sistema financiero francés, sobre todo a los ojos de la
población campesina. El ministerio Barrot no podía poner en labios del elegido
de los campesinos ningún epigrama más mordaz contra sus electores que las
palabras: ¡Restablecimiento del
impuesto sobre la sal! Con el impuesto sobre la sal Bonaparte perdió su
sal revolucionaria; el Napoleón de la insurrección campesina se deshizo como un
jirón de niebla y sólo dejó tras de sí la gran incógnita de la intriga burguesa
monárquica. Y por algo el ministerio Barrot hizo de este acto desilusionante,
burdo y torpe, el primer acto de gobierno del presidente.
Por su parte, la Constituyente se agarró
con ansia a la doble ocasión que se le ofrecía para derribar al ministerio y
presentarse, frente al elegido de los campesinos, como defensora de los
intereses de éstos. Rechazó el proyecto del ministro de Hacienda, redujo el
impuesto sobre la sal a la tercera parte de su cuantía anterior, aumentó así en
60 millones los 560 de déficit del Estado y, después de este voto de censura, se sentó a esperar
tranquilamente la dimisión del ministerio. Esto demuestra cuán mal comprendía
el mundo nuevo que la rodeaba y el cambio operado en su propia situación.
Detrás del ministerio estaba el presidente, y detrás del presidente estaban 6
millones de electores, que habían depositado en las urnas otros tantos votos de
censura contra la Constituyente. Esta devolvió a la nación su voto de censura.
¡Ridículo intercambio! Olvidaba que sus votos habían perdido su curso forzoso.
Al rechazar el impuesto sobre la sal, no hizo más que madurar en Bonaparte y en
su ministerio la decisión de «acabar»
con la Asamblea Constituyente. Y comenzó aquel largo duelo que llenó toda la
última mitad de la vida de la Constituyente. El 29 de enero, el 21 de marzo y el 8 de mayo fueron las grandes
jornadas de esta crisis, otras tantas precursoras del 13 de junio.
Los franceses, por ejemplo Luis Blanc,
han interpretado el 29 de enero como la manifestación de una contradicción
constitucional, de la contradicción entre una Asamblea Nacional soberana e
indisoluble, nacida del sufragio universal, y un presidente que, según la letra
de la ley, es responsable ante ella, pero que, en realidad, no sólo ha sido
consagrado por el sufragio universal y ha reunido en su persona todos los votos
que se desperdigan entre cientos de miembros de la Asamblea Nacional, sino que
además está en plena posesión de todo el poder ejecutivo, sobre el que la
Asamblea Nacional sólo flota como un poder moral. Esta interpretación del 29 de
enero confunde el lenguaje de la lucha en la tribuna, en la prensa y en los
clubs, con su verdadero contenido. Luis Bonaparte, frente a la Asamblea
Constituyente, no era un poder constitucional unilateral frente a otro, no era
el poder ejecutivo frente al legislativo; era la propia república burguesa ya
constituida frente a los instrumentos de su constitución, frente a las intrigas
ambiciosas y a las reivindicaciones ideológicas de la fracción burguesa
revolucionaria que la había fundado y que veía con asombro que su república,
una vez constituida, se parecía mucho a una monarquía restaurada. Y ahora esta
fracción quería prolongar por la fuerza el período constituyente, con sus
condiciones, sus ilusiones, su lenguaje y sus personas, e impedir a la
república burguesa ya madura revelarse en su forma acabada y peculiar. Y del
mismo modo que la Asamblea Nacional Constituyente representaba al Cavaignac
vuelto a su seno, Bonaparte representaba a la Asamblea Nacional legislativa
todavía no divorciada de él, es decir, a la Asamblea Nacional de la república
burguesa constituida.
El significado de la elección de
Bonaparte sólo podía ponerse de manifiesto cuando se sustituyera este nombre único por sus múltiples significados,
cuando se repitiera la votación en la elección de la nueva Asamblea Nacional.
El 10 de diciembre había cancelado el mandato de la antigua. Por tanto, los que
se enfrentaban el 29 de enero no eran el presidente y la Asamblea Nacional de la misma república; eran la Asamblea
Nacional de la república en período de constitución y el presidente de la
república ya constituida, dos poderes que encarnaban períodos completamente
distintos del proceso de vida de la república; eran, de un lado, la pequeña
fracción republicana de la burguesía, única capaz para proclamar la república,
disputársela al proletariado revolucionario por medio de la lucha en la calle y
del régimen del terror y estampar en la Constitución los rasgos fundamentales
de su ideal; y de otro, toda la masa monárquica de la burguesía, única capaz
para dominar en esta república burguesa constituida, despojar a la Constitución
de sus aditamentos ideológicos y hacer efectivas, por medio de su legislación y
de su administración, las condiciones inexcusables para el sojuzgamiento del
proletariado.
La tormenta que descargó el 29 de enero
se había ido formando durante todo el mes. La Constituyente había querido, con
su voto de censura, empujar al ministerio Barrot a dimitir. Frente a esto, el
ministerio Barrot propuso a la Constituyente darse a sí misma un voto de
censura definitivo, suicidarse, decretar su propia disolución. El 6 de enero, Rateau, uno de los diputados
más insignificantes, hizo, por orden del ministerio, esta proposición a la
Constituyente; a la misma Constituyente que ya en agosto había acordado no
disolverse hasta no promulgar una serie de leyes orgánicas, complementarias de
la Constitución. El ministerial Fould le declaró redondamente que su disolución
era necesaria «para restablecer el
crédito quebrantado». ¿Acaso no quebrantaba el crédito prolongando
aquella situación provisional que de nuevo ponía en tela de juicio, con Barrot
a Bonaparte y con Bonaparte a la república constituida? Ante la perspectiva de
que le arrebatasen, después de disfrutarla apenas dos semanas, la presidencia
del Consejo de Ministros, que los republicanos le habían prorrogado ya una vez
por un «decenio», es decir, por diez meses, Barrot, el olímpico, convertido en
Orlando Furioso, superaba a los tiranos en su comportamiento frente a esta
pobre Asamblea. La más suave de sus frases era: «con ella no hay porvenir
posible». Y, realmente, la Asamblea sólo representaba el pasado. «Es incapaz
—añadía irónicamente— de rodear a la república de las instituciones que
necesita para consolidarse». En efecto. Con la oposición exclusiva contra el
proletariado se había quebrado al mismo tiempo la energía burguesa de la
Asamblea y con la oposición contra los monárquicos había revivido su énfasis
republicano. Y así, era doblemente incapaz de consolidar con las instituciones
correspondientes la república burguesa, que ya no concebía.
Con la propuesta de Rateau, el ministerio
desencadenó al mismo tiempo una tempestad
de peticiones por todo el país, y de todos los rincones de Francia
lanzaban diariamente a la cabeza de la Constituyente fajos de billets-doux [*],
en los que se le pedía, en términos más o menos categóricos, disolverse y hacer su testamento. Por
su parte, la Constituyente provocaba contrapeticiones en que se le rogaba
seguir viviendo. La lucha electoral entre Bonaparte y Cavaignac renacía bajo la
forma de un duelo de peticiones en pro y en contra de la disolución de la
Asamblea Nacional. Tales peticiones venían a ser un comentario adicional al 10
de diciembre. Esta campaña de agitación duró todo el mes de enero.
En el conflicto entre la Constituyente y
el presidente, aquélla no podía remitirse a la votación general como a su
fuente, pues precisamente el adversario apelaba de ella al sufragio universal.
No podía apoyarse en ninguna autoridad constituida, pues se trataba de la lucha
contra el poder legal. No podía derribar el ministerio con votos de censura,
como lo intentó todavía el 6 y el 26 de enero, pues el ministerio no pedía su
voto de confianza. No le quedaba más que un
camino: el de la insurrección.
Las fuerzas de combate de la insurrección eran la parte republicana de la Guardia Nacional, la Guardia Móvil [*]*
y los centros del proletariado revolucionario, los clubs. Los guardias móviles, estos héroes de las jornadas de
Junio, constituían en diciembre la fuerza de combate, organizada de la fracción
burguesa republicana, como antes de junio los Talleres Nacionales [*]**
habían constituido la fuerza de combate organizada del proletariado
revolucionario. Y así como la Comisión Ejecutiva de la Constituyente dirigió su
ataque brutal contra los Talleres Nacionales cuando tuvo que acabar con las
pretensiones ya insoportables del proletariado, el ministerio de Bonaparte hizo
lo mismo con la Guardia Móvil, cuando tuvo que acabar con las pretensiones ya
insoportables de la fracción burguesa republicana. Ordenó la disolución de la Guardia Móvil. La
mitad de sus efectivos fueron licenciados y lanzados al arroyo, y a la otra
mitad se le cambió su organización democrática por otra monárquica y se le
redujo la soldada a la corriente de las tropas de línea. Los guardias móviles
se encontraron en la situación de los insurrectos de Junio, y la prensa
publicaba diariamente confesiones
públicas en que aquéllos reconocían su culpa de Junio e imploraban el
perdón del proletariado.
¿Y los clubs? Desde el momento en que la Asamblea Constituyente ponía
en tela de juicio en la persona de Barrot al presidente, en el presidente a la
república burguesa constituida y en la república burguesa constituida a la
república burguesa en general, se agrupaban necesariamente en torno a ella
todos los elementos constituyentes de la república de Febrero, todos los
partidos que querían derribar la república existente y transformarla, mediante
un proceso violento de restitución, en la república de sus intereses de clase y
de sus principios. Lo ocurrido quedaba borrado, las cristalizaciones del
movimiento revolucionario habían vuelto al estado líquido y la república por la
que se luchaba volvía a ser la república indefinida de las jornadas de Febrero,
cuya definición se reservaba cada partido. Los partidos volvieron a asumir por
un instante sus viejas posiciones de Febrero, sin compartir las ilusiones de
entonces. Los republicanos tricolores del "National" volvían a
apoyarse sobre los republicanos demócratas de "La Réforme" y los
empujaban como paladines al primer plano de la lucha parlamentaria. Los
republicanos demócratas volvían a apoyarse sobre los republicanos socialistas
(el 27 de enero, un manifiesto público anunció su reconciliación y su unión) y
preparaban en los clubs el terreno para la insurrección. La prensa ministerial
trataba con razón a los republicanos tricolores del "National" como
los insurrectos redivivos de Junio. Para mantenerse a la cabeza de la república
burguesa, ponían en tela de juicio a la república burguesa misma. El 26 de
enero, el ministro Faucher presentó un proyecto de ley sobre el derecho de
asociación, cuyo artículo primero decía así: «Quedan prohibidos los clubs». Y formuló la propuesta de que este
proyecto de ley fuese puesto a discusión con carácter de urgencia. La
Constituyente rechazó la urgencia, y el 27 de enero Ledru-Rollin depositó una
proposición, con 230 firmas, pidiendo que fuese procesado el Gobierno por haber
infringido la Constitución. El pedir que se formulase acta de acusación contra
el Gobierno, era el gran triunfo revolucionario que, de ahora en adelante,
había de jugar la Montaña-epígono en cada momento de apogeo de la crisis. Pero
lo hacía en una ocasión en que este procesamiento sólo podía significar una de
dos cosas: o el torpe descubrimiento de la impotencia del juez, a saber, de la
mayoría de la Cámara, o una protesta impotente del acusador contra esta misma
mayoría. ¡Pobre Montaña agobiada por el peso de su propio nombre!
El 15 de mayo, Blanqui, Barbés, Raspail,
etc., habían intentado hacer saltar la Asamblea Constituyente, invadiendo el
salón de sesiones a la cabeza del proletariado de París. Barrot preparó a la
misma Asamblea un 15 de mayo moral, al querer dictarle su autodisolución y
cerrar su salón de sesiones. Esta misma Asamblea encomendó a Barrot la
investigación contra los insurrectos de mayo y ahora, en este momento, en que
Barrot aparecía ante ella como un Blanqui monárquico, en que la Asamblea
buscaba aliados contra él en los clubs, en el proletariado revolucionario, en
el partido de Blanqui, en este momento, el inexorable Barrot la torturó con la
propuesta de substraer los presos de mayo al Tribunal del jurado y entregarlos
al Tribunal Supremo, a la Haute Cour,
inventada por el partido del "National" ¡Es curioso cómo el miedo
exacerbado a perder una cartera de ministro puede sacar de la cabeza de un
Barrot ocurrencias dignas de un Beaumarchais! Tras largos titubeos, la Asamblea
Nacional aceptó su propuesta. Frente a los autores del atentado de mayo volvía
a recobrar su carácter normal.
Si la Constituyente se veía empujada,
frente al presidente y a los ministros, a la insurrección, el presidente y el Gobierno veíanse empujados,
frente a la Constituyente, al golpe de Estado, pues no disponían de ningún
medio legal para disolverla. Pero la Constituyente era la madre de la
Constitución y la Constitución la madre del presidente. Con el golpe de Estado,
el presidente desgarraría la Constitución y cancelaría al mismo tiempo su
propio título jurídico republicano. Entonces, veríase obligado a optar por el
título jurídico imperial; pero el títudo imperial evocaba el orleanista, y
ambos palidecían ante el título jurídico legitimista. En un momento en que el
partido orleanista no era más que el vencido de Febrero y Bonaparte sólo era el
vencedor del 10 de diciembre, en que ambos solo podían oponer a la usurpación
republicana sus títulos monárquicos igualmente usurpados, la caída de la
república legal sólo podía provocar el triunfo de su polo opuesto, la monarquía
legitimista. Los legitimistas tenían conciencia de lo favorable de la situación
y conspiraban a la luz del día. En el general Changarnier podían confiar en
encontrar su Monk [53].
En sus clubs se anunciaba la proximidad de la monarquía blanca tan abiertamente como en los proletarios la
proximidad de la república roja.
Un motín felizmente sofocado habría
sacado al ministerio de todas las dificultades. «La legalidad nos mata»,
exclamó Odilon Barrot. Un motín habría permitido, bajo pretexto de salut public [*],
disolver la Constituyente y violar la Constitución en interés de la propia
Constitución. El comportamiento brutal de Odilon Barrot en la Asamblea
Nacional, la propuesta de clausurar los clubs, la ruidosa destitución de
cincuenta prefectos tricolores y su sustitución por monárquicos, la disolución
de la Guardia Móvil, los ultrajes inferidos a sus jefes por Changarnier, la
reposición de Lerminier, un profesor ya imposible bajo Guizot, y la tolerancia
ante las fanfarronadas legitimistas, eran otras tantas provocaciones al motín.
Pero el motín no se producía. Esperaba la señal de la Constituyente y no del
ministerio.
Por fin, llegó el 29 de enero, día en que
había de adoptar un acuerdo sobre la propuesta presentada por Mathieu de la
Drôme de rechazar sin condiciones la proposición de Rateau. Los legitimistas,
los orleanistas, los bonapartistas, la Guardia Móvil, la Montaña, los clubs,
todo conspiraba en este día, cada cual a la par contra el presunto enemigo y
contra los supuestos aliados. Bonaparte, a caballo, revistó una parte de las
tropas en la plaza de la Concordia; Changarnier representaba una comedia con un
derroche de maniobras estratégicas; la Constituyente se encontró con el
edificio de sesiones ocupado militarmente. Centro de todas las esperanzas, de
todos los temores, de todas las confianzas, efervescencias, tensiones y
conjuraciones que se entrecruzaban, la Asamblea, valiente como una leona, no
titubeó ni un momento al verse más cerca que nunca de su último instante. Se
parecía a aquel combatiente que no sólo temía emplear su propia arma, sino que
se consideraba también obligado a dejar intacta el arma de su adversario. Con
un desprecio magnífico de la vida, firmó su propio
sentencia de muerte y rechazó la propuesta en que se desestimaba
incondicionalmente la proposición presentada por Rateau. Al encontrarse ella en
estado de sitio, fijó el límite de una actividad constituyente, cuyo marco
necesario había sido el estado de sitio en París. Se vengó de un modo digno de
ella, abriendo al día siguiente una investigación sobre el miedo que el 29 de
enero le había metido en el cuerpo el Gobierno. La Montaña mostró su falta de
energía revolucionaria y de inteligencia política dejándose utilizar por el
partido del "National" como vocero de lucha en esta gran comedia de
intriga. El partido del "National" había hecho la última tentativa
para seguir conservando en la república constituida el monopolio del poder que
poseyera durante el período constituyente de la república burguesa. Pero había
fracasado en su intento.
Si en la crisis de enero se trataba de la
existencia de la Constituyente, en la crisis del 21 de marzo tratábase de la
existencia de la Constitución: allí, del personal del partido del
"National"; aquí de su ideal. Huelga decir que los republicanos
«honestos» valoraban en menos su exaltada ideología que el disfrute mundano del
poder gubernamental.
El 21 de marzo, en el orden del día de la
Asamblea Nacional estaba el proyecto de ley de Faucher contra el derecho de
asociación: la supresión de los clubs.
El artículo 8 de la Constitución garantiza a todos los franceses el derecho a
asociarse. La prohibición de los clubs era, por tanto, una violación manifiesta
de la Constitución, y la propia Constituyente tenía que canonizar la
profanación de sus santos. Pero los clubs eran los centros de reunión, las
sedes de conspiración del proletariado revolucionario. La misma Asamblea
Nacional había prohibido la coalición de los obreros contra sus burgueses. ¿Y
qué eran los clubs sino una coalición de toda la clase obrera contra toda la
clase burguesa, la creación de un Estado obrero frente al Estado burgués? ¿No
eran otras tantas Asambleas Constituyentes del proletariado y otros tantos
destacamentos del ejército de la revuelta dispuestos al combate? Lo que ante
todo tenía que constituir la Constitución era la dominación de la burguesía.
Por tanto, era evidente que la Constitución sólo podía entender por derecho de
asociación el de aquellas asociaciones que se armonizasen con la dominación de
la burguesía, es decir, con el orden burgués. Si, por decoro teórico, se
expresaba en términos generales, ¿no estaban allí el Gobierno y la Asamblea
Nacional para interpretarla y aplicarla a los casos particulares? Y si en la
época primigenia de la república los clubs habían estado prohibidos de hecho
por el estado de sitio, ¿por qué no debían estar prohibidos por la ley en la
república reglamentada y constituida? Los republicanos tricolores no tenían
nada que oponer a esta interpretación prosaica de la Constitución; nada más que
la frase altisonante de la Constitución. Una parte de ellos, Pagnerre, Duclerc,
etc., votó a favor del Gobierno, dándole así la mayoría. La otra parte, con el
arcángel Cavaignac y el padre de la Iglesia Marrast a la cabeza —una vez que el
artículo sobre la prohibición de los clubs hubo pasado— se retiró a uno de los
despachos de las comisiones y se «reunió a deliberar» en unión de Ledru-Rollin
y la Montaña. La Asamblea Nacional quedó, mientras tanto, paralizada, no
contando ya con el número de votos necesario para tomar acuerdos. Muy
oportunamente, el señor Crémieux recordó en aquel despacho que de allí se iba
directamente a la calle y que no se estaba ya en febrero de 1848, sino en marzo
de 1849. El partido del "National", viendo claro de pronto, volvió al
salón de sesiones de la Asamblea Nacional. Tras él, engañada una vez más,
volvió la Montaña, la cual, continuamente atormentada por veleidades
revolucionarias, buscaba afanosa y no menos continuamente posibilidades
constitucionales y cada vez se encontraba más en su sitio detrás de los
republicanos burgueses que delante del proletariado revolucionario. Así terminó
la comedia. Y la propia Constituyente había decretado que la violación de la
letra de la Constitución era la única realización consecuente de su espíritu.
Sólo quedaba un punto por resolver: las relaciones entre la república
constituida y la revolución europea, su
política exterior. El 8 de mayo de 1849 reinaba una agitación desusada
en la Asamblea Constituyente, cuya vida había de terminar pocos días después.
Estaban en el orden del día el ataque del ejército francés sobre Roma, su
retirada ante la defensa de los romanos, su infamia política y su oprobio
militar, el asesinato vil de la república romana por la república francesa: la
primera campaña italiana del segundo Bonaparte. La Montaña había vuelto a
jugarse su gran triunfo. Ledru-Rollin había vuelto a depositar sobre la mesa
presidencial la inevitable acta de acusación contra el ministerio, y esta vez
también contra Bonaparte, por violación de la Constitución.
El leitmotiv
del 8 de mayo se repitió más tarde como tema del 13 de junio. Expliquémonos
acerca de la expedición romana.
Cavaignac había expedido, ya a mediados
de noviembre de 1848, una escuadra a Civitavocchia para proteger al papa,
recogerlo a bordo y transportarlo a Francia. El papa [*]
había de bendecir la república «honesta» y asegurar la elección de Cavaignac
para la presidencia. Con el papa, Cavaignac quería pescar a los curas, con los
curas, a los campesinos, y con los campesinos, la magistratura presidencial. La
expedición de Cavaignac, que era, por su finalidad inmediata, una propaganda
electoral, era al mismo tiempo una protesta y una amenaza contra la revolución
romana. Llevaba ya en germen la intervención de Francia en favor del papa.
Esta intervención a favor del papa y
contra la república romana, en alianza con Austria y Nápoles, fue acordada en
la primera sesión celebrada por el Consejo de Ministros de Bonaparte, el 23 de
diciembre. Falloux en el ministerio, era el papa en Roma... y en la Roma del
papa. Bonaparte ya no necesitaba al papa para convertirse en el presidente de
los campesinos, pero necesitaba conservar al papa para conservar a los
campesinos del presidente. La credulidad de los campesinos le había elevado a
la presidencia. Con la fe, perdían la credulidad, y con el papa la fe. ¡Y no
olvidemos a los orleanistas y legitimistas coligados que dominaban en nombre de
Bonaparte! Antes de restaurar al rey, había que restaurar el poder que
santifica a los reyes. Prescindiendo de su monarquismo: sin la vieja Roma,
sometida a su poder temporal, no hay papa; sin papa no hay catolicismo; sin
catolicismo no hay religión francesa, y sin religión ¿qué sería de la vieja
sociedad de Francia? La hipoteca que tiene el campesino sobre los bienes
celestiales garantiza la hipoteca que tiene la burguesía sobre los bienes del
campesino. La revolución romana era, por tanto, un atentado contra la
propiedad, y contra el orden burgués, tan temible como la revolución de Junio.
La dominación restaurada de la burguesía en Francia exigía la restauración del
poder papal en Roma. Finalmente, en los revolucionarios romanos se batía a los
aliados de los revolucionarios franceses; la alianza de las clases
contrarrevolucionarias, en la República Francesa constituida, se completaba
necesariamente mediante la alianza de la República Francesa con la Santa
Alianza, con Nápoles y Austria. El acuerdo del Consejo de Ministros del 23 de
diciembre no era para la Constituyente ningún secreto. Ya el 8 de enero, Ledru-Rollin
había interpelado a propósito de él al ministerio; el ministerio había negado y
la Asamblea había pasado al orden del día. ¿Daba crédito a las palabras del
Gobierno? Sabemos que se pasó todo el mes de enero dándole votos de censura.
Pero si en el papel del ministerio entraba el mentir, en el papel de la
Constituyente entraba el fingir hipócritamente, que daba crédito a sus
mentiras, salvando así los déhors
[*]
republicanos.
Entretanto, Piamonte había sido
derrotado. Carlos Alberto había abdicado, y el ejército austríaco llamaba a las
puertas de Francia. Ledru-Rollin interpelaba furiosamente. El ministerio
demostró que en el Norte de Italia no hacía más que proseguir la política de
Cavaignac y que Cavaignac se había limitado a proseguir la política del
Gobierno provisional, es decir, la de Ledru-Rollin. Esta vez, cosechó en la
Asamblea Nacional incluso un voto de confianza y fue autorizado a ocupar
temporalmente un punto conveniente del Norte de Italia, para consolidar de este
modo sus posiciones en las negociaciones pacíficas con Austria acerca de la
integridad del territorio de Cerdeña y de la cuestión romana. Como es sabido,
la suerte de Italia se decide en los campos de batalla del Norte de Italia. Por
tanto, con la Lombardía y el Piamonte había caído Roma, y Francia, si no
admitía esto, tenía que declarar la guerra a Austria, y con ello a la
contrarrevolución europea. ¿Consideraba de pronto la Asamblea Nacional al
ministerio Barrot como el viejo Comité de Salvación Pública [54]?
¿O se consideraba a sí misma como la Convención? ¿Para qué, pues, la ocupación
militar de un punto del Norte de Italia? Bajo este velo transparente, se
ocultaba la expedición contra Roma.
El 14 de abril, 14.000 hombres, bajo el
mando de Oudinot, se hicieron a la vela con rumbo a Civitavecchia; y el 16 de
abril la Asamblea Nacional concedía al ministerio un crédito de 1.200.000
francos para sostener durante tres meses una flota de intervención en el
Mediterráneo. De este modo suministraba al ministerio todos los medios para
intervenir contra Roma, haciendo como si se tratase de intervenir contra Austria.
No veía lo que hacía el ministerio; se limitaba a escuchar lo que decía.
Semejante fe no se conocía ni siquiera en Israel; la Constituyente había venido
a parar a la situación de no tener derecho a saber lo que tenía que hacer la
república constituida.
Finalmente, el 8 de mayo se representó la
última escena de la comedia: la Constituyente requirió al ministerio a que
acelerase las medidas encaminadas a reducir la expedición italiana al objetivo
que se le había asignado. Aquella misma noche, Bonaparte publicó una carta en
el "Moniteur" en la que expresaba a Oudinot su más profundo
agradecimiento. El 11 de mayo, la Asamblea Nacional rechazó el acta de
acusación contra el mismo Bonaparte y su ministerio. Y la Montaña, que, en vez
de desgarrar este tejido de engaños, tomó por el lado trágico la comedia
parlamentaria para desempeñar en ella el papel de un Fouquier-Tinville [55],
no hacía con esto más que dejar asomar su piel innata de cordero pequeño
burgués por debajo de la piel prestada de león de la Convención.
La segunda mitad de la vida de la
Constituyente se resume así: el 29 de enero confiesa que las fracciones
burguesas monárquicas son los superiores naturales de la república por ella
constituida; el 21 de marzo, que la violación de la Constitución es la
realización de ésta; y el 11 de mayo, que la con tanto bombo pregonada alianza
pasiva de la República Francesa con los pueblos que luchan por su libertad, significa
su alianza activa con la contrarrevolución europea.
Esta mísera Asamblea se retiró de la
escena después de haberse dado, dos días antes de su cumpleaños —el 4 de mayo—,
la satisfacción de rechazar la propuesta de amnistía para los insurrectos de Junio.
Con su poder destrozado; odiada a muerte por el pueblo; repudiada, maltratada,
echada a un lado con desprecio por la burguesía, cuyo instrumento era;
obligada, en la segunda mitad de su vida, a desautorizar la primera; despojada
de su ilusión republicana; sin grandes obras en el pasado ni esperanzas en el
futuro; cuerpo vivo muriéndose a pedazos, no acertaba a galvanizar su propio
cadáver más que evocando constantemente el recuerdo de la victoria de Junio y
volviendo a vivir aquellos días: reafirmándose a fuerza de repetir
constantemente la condenación de los condenados. ¡Vampiro que se alimentaba de
la sangre de los insurrectos de Junio!
Dejó detrás de sí el déficit del Estado,
acrecentado por las costas de la insurrección de Junio, por la abolición del
impuesto sobre la sal, por las indemnizaciones asignadas a los dueños de las
plantaciones al ser abolida la esclavitud de los negros, por las costas de la
expedición romana y por la desaparición del impuesto sobre el vino, cuya
abolición acordó ya en su agonía, como un anciano malévolo que se alegra de
echar sobre los hombros de su sonriente heredero una deuda de honor
comprometedora.
En los primeros días de marzo comenzó la
campaña electoral para la Asamblea
Nacional Legislativa. Dos grupos principales se enfrentaron: el partido del orden [56]
y el partido demócrata-socialista
o partido rojo, y entre los dos
estaban los Amigos de la Constitución,
bajo cayo nombre querían hacerse pasar por un partido los republicanos
tricolores del "National". El partido
del orden se había formado inmediatamente después de las jornadas de
Junio. Sólo cuando el 10 de diciembre le permitió apartar de su seno a la
pandilla del "National", la pandilla de los republicanos burgueses,
se descubrió el misterio de su existencia: la coalición de los orleanistas y legitimistas en un solo partido. La clase burguesa se
dividía en dos grandes fracciones, que habían ostentado por turno el monopolio
del poder: la gran propiedad
territorial bajo la monarquía restaurada ,
y así mismo la aristocracia financiera
y la burguesía industrial bajo la monarquía de Julio. Borbón era el nombre regio para
designar la influencia preponderante de los intereses de una fracción; Orleáns, el nombre regio que
designaba la influencia preponderante de los intereses de otra fracción; el reino anónimo de la república era el
único en que ambas fracciones podían afirmar, con igualdad de participación en
el poder, su interés común de clase, sin abandonar su mutua rivalidad. Si la
república burguesa no podía ser sino la dominación completa y claramente
manifestada de toda la clase burguesa ¿qué más podía ser que la dominación de
los orleanistas complementados por los legitimistas y de los legitimistas
complementados por los orleanistas, la síntesis
de la restauración y de la monarquía de Julio? Los republicanos
burgueses del "National" no representaban a ninguna gran fracción de
su clase apoyada en bases económicas. Tenían solamente la significación y el
título histórico de haber hecho valer, bajo la monarquía —frente a ambas
fracciones burguesas, que sólo concebían su régimen particular—, el régimen
general de la clase burguesa, el reino
anónimo de la república, que ellos idealizaban y adornaban con antiguos
arabescos, pero en el que saludaban sobre todo la dominación de su pandilla. Si
el partido del "National" creyó volverse loco cuando vio en las
cumbres de la república fundada por él a los monárquicos coligados, no menos se
engañaban éstos en cuanto al hecho de su dominación conjunta. No comprendían
que si cada una de sus fracciones, tomada aisladamente, era monárquica, el
producto de su combinación química tenía que ser necesariamente republicano; que la monarquía blanca
y la azul tenían necesariamente que neutralizarse en la república tricolor.
Obligadas —por su oposición contra el proletariado revolucionario y contra las
clases de transición que se iban precipitando más y más hacia éste como centro—
a apelar a su fuerza unificada y a conservar la organización de esta fuerza
unificada, cada una de ambas fracciones del partido del orden tenía que exaltar
—frente a los apetitos de restauración y de supremacía de la otra— la
dominación común, es decir, la forma
republicana de la dominación burguesa. Así vemos a estos monárquicos,
que en un principio creían en una restauración inmediata y que más tarde
conservaban la forma republicana, confesar a la postre, llenos los labios de
espumarajos de rabia e invectivas mortales contra la república, que sólo pueden
avenirse dentro de ella y que aplazan la restauración por tiempo indefinido. El
disfrute de la dominación conjunta fortalecía a cada una de las dos fracciones
y las hacía todavía más incapaces y más reacias a someterse la una a la otra,
es decir, a restaurar la monarquía.
El partido
del orden proclamaba directamente, en su programan electoral, la
dominación de la clase burguesa, es decir, la conservación de las condiciones
de vida de su dominación, de la propiedad,
de la familia, de la religión, del orden. Presentaba, naturalmente, su dominación de clase y las
condiciones de esta dominación, como el reinado de la civilización y como
condiciones necesarias de la producción material y de las relaciones sociales
de intercambio que de ella se derivan. El partido del orden disponía de
recursos pecuniarios enormes, organizaba sucursales en toda Francia, tenía a
sueldo a todos los ideólogos de la vieja sociedad, disponía de la influencia
del gobierno existente, poseía un ejército gratuito de vasallos en toda la masa
de pequeños burgueses y campesinos que, alejados todavía del movimiento
revolucionario, veían en los grandes dignatarios de la propiedad a los
representantes naturales de su pequeña propiedad y de los pequeños prejuicios
que ésta acarrea; representado en todo el país por un sinnúmero de reyezuelos,
el partido del orden podía castigar como insurrección la no aceptación de sus
candidatos, despedir a los obreros rebeldes, a los mozos de labor que se
resistiesen, a los domésticos, a los dependientes, a los empleados de
ferrocarriles, a los escribientes, a todos los funcionarios supeditados a él en
la vida civil. Y podía, por último, mantener en algunos sitios la leyenda de
que la Constituyente republicana no había dejado al Bonaparte del 10 de
diciembre revelar sus virtudes milagrosas. Al hablar del partido del orden, no
nos hemos referido a los bonopartistas. Estos no formaban una fracción seria de
la clase burguesa, sino una colección de viejos y supersticiosos inválidos y de
jóvenes y descreídos caballeros de industria. El partido del orden venció en
las elecciones, enviando una gran mayoría a la Asamblea Legislativa.
Frente a la clase burguesa
contrarrevolucionaria coligada, aquellos sectores de la pequeña burguesía y de
la clase campesina en los que ya había prendido el espíritu de la revolución
tenían que coligarse naturalmente con el gran portador de los intereses
revolucionarios, con el proletariado revolucionario. Y hemos visto cómo las
derrotas parlamentarias empujaron a los portavoces demócratas de la pequeña
burguesía en el parlamento, es decir, a la Montaña, hacia los portavoces
socialistas del proletariado, y cómo los concordats
à l'amiable, la brutal defensa de los intereses de la burguesía y la
bancarrota empujaron también a la verdadera pequeña burguesía fuera del
parlamento, hacia los verdaderos proletarios. El 27 de enero habían festejado
la Montaña y los socialistas su reconciliación; en el gran banquete de febrero
de 1849, reafirmaron su decisión de unirse. El partido social y el demócrata,
el partido de los obreros y el de los pequeños burgueses, se unieron para
formar el partido socialdemócrata,
es decir, el partido rojo.
Paralizada durante un momento por la
agonía que siguió a las jornadas de Junio, la República Francesa pasó desde el
levantamiento del estado de sitio, desde el 19 de octubre, por una serie
ininterrumpida de emociones febriles: primero, la lucha en torno a la
presidencia; luego, la lucha del presidente con la Constituyente; la lucha en
torno a los clubs; el proceso de Bourges [58]
en el que, frente a las figurillas del presidente, de los monárquicos
coligados, de los republicanos «honestos», de la Montaña democrática y de los
doctrinarios socialistas del proletariado, sus verdaderos revolucionarios
aparecían como gigantes antediluvianos que sólo un diluvio puede dejar sobre la
superficie de la sociedad o que sólo pueden preceder a un diluvio social; la
agitación electoral; la ejecución de los asesinos de Bréa [59];
los continuos procesos de prensa; las violentas intromisiones policíacas del
Gobierno en los banquetes; las insolentes provocaciones monárquicas; la
colocación en la picota de los retratos de Luis Blanc y Caussidière; la lucha
ininterrumpida entre la república constituida y la Asamblea Constituyente,
lucha que a cada momento hacía retroceder a la revolución a su punto de
partida, que convertía a cada momento al vencedor en vencido y al vencido en
vencedor y trastrocaba en un abrir y cerrar de ojos la posición de los partidos
y las clases, sus divorcios y sus alianzas; la rápida marcha de la
contrarrevolución europea, la gloriosa lucha de Hungría, los levantamientos
armados alemanes; la expedición romana, la derrota ignominiosa del ejército
francés delante de Roma. En este torbellino, en este agobio de la inquietud
histórica, en este dramático flujo y reflujo de las pasiones revolucionarias,
de las esperanzas, de los desengaños, las diferentes clases de la sociedad
francesa tenían necesariamente que contar sus etapas de desarrollo por semanas,
como antes las habían contado por medios siglos. Una parte considerable de los
campesinos y de las provincias estaba ya imbuida del espíritu revolucionario.
No era sólo que estuvieran desengañados acerca de Napoleón; era que el partido
rojo les brindaba en vez del nombre el contenido: en vez de la ilusoria
libertad de impuestos la devolución de los mil millones abonados a los
legitimistas, la reglamentación de las hipotecas y la supresión de la usura.
Hasta el mismo ejército estaba contagiado
de la fiebre revolucionaria. El ejército, al votar por Bonaparte, había votado
por la victoria y Bonaparte le daba la derrota. Había votado por el pequeño
cabo detrás del cual se ocultaba el gran capitán revolucionario, y Bonaparte le
daba los grandes generales tras de cuya fachada se ocultaba un cabo mediocre.
No cabía duda de que el partido rojo, es decir, el partido demócrata unificado,
si no la victoria, tenía que conseguir por lo menos grandes triunfos; de que
París, el ejército y gran parte de las provincias votarían por él. Ledru-Rollin, el jefe de la Montaña,
salió elegido en cinco departamentos; ningún jefe del partido del orden
consiguió semejante victoria, tampoco la consiguió ningún nombre del partido
propiamente proletario. Esta elección nos revela el misterio del partido
demócrata-socialista. De una parte, la Montaña, campeón parlamentario de la
pequeña burguesía demócrata, se veía obligada a coligarse con los doctrinarios
socialistas del proletariado, y el proletariado, obligado por la espantosa
derrota material de Junio a levantar cabeza de nuevo mediante victorias
intelectuales y no capacitado todavía por el desarrollo de las demás clases
para empuñar la dictadura revolucionaria, tenía que echarse en brazos de los
doctrinarios de su emancipación, de los fundadores de sectas socialistas; de
otra parte, los campesinos revolucionarios, el ejército, las provincias, se
colocaban detrás de la Montaña. Y así ésta se convertía en señora del campo de
la revolución. Mediante su inteligencia con los socialistas, había alejado todo
antagonismo dentro del campo revolucionario. En la segunda mitad de la vida de
la Constituyente, la Montaña representó el patetismo republicano de la misma,
haciendo olvidar los pecados cometidos por ella durante el Gobierno
provisional, durante la Comisión Ejecutiva y durante las jornadas de Junio. A
medida que el partido del "National", conforme a su carácter de
partido a medias, se dejaba hundir por el Gobierno monárquico, subía el partido
de la Montaña, eliminado durante la época de omnipotencia del
"National", y se imponía como el representante parlamentario de la
revolución. En realidad, el partido del "National" no tenía nada que
oponer a las otras fracciones, las monárquicas, más que personalidades
ambiciosas y habladurías idealistas. En cambio, el partido de la Montaña
representaba a una masa fluctuante entre la burguesía y el proletariado y cuyos
intereses materiales reclamaban instituciones democráticas. Frente a los
Cavaignac y los Marrast, Ledru-Rollin y la Montaña representaban, por tanto, la
verdad de la revolución, y la conciencia de esta importante situación les
infundía tanto más valentía cuanto más se limitaban las manifestaciones de la
energía revolucionaria a ataques parlamentarios, a formulación de actas de
acusación, a amenazas, grandes voces, tonantes discursos y extremos que no
pasaban nunca de frases. Los campesinos se encontraban en situación muy análoga
a la de los pequeños burgueses y tenían casi las mismas reivindicaciones
sociales que formular. Por eso, todas las capas intermedias de la sociedad, en
la medida en que se veían arrastradas al movimiento revolucionario, tenían que
ver necesariamente en Ledru-Rollin a su héroe. Ledru-Rollin era el personaje de
la pequeña burguesía democrática. Frente al partido del orden, tenían que pasar
a primer plano, ante todo, los reformadores de ese orden, medio conservadores,
medio revolucionarios y utopistas por entero.
El partido del "National", los
«amigos de la Constitución quand même»
[*],
los républicains purs et simples
[*]*,
salieron completamente derrotados de las elecciones. Sólo una minoría ínfima de
este partido fue enviada a la Cámara legislativa; sus jefes más notorios
desaparecieron de la escena, incluso Marrast, el redactor jefe y Orfeo de la
república «honesta».
El 28 de mayo se reunió la Asamblea
legislativa, y el 11 de junio volvió a reanudarse la colisión del 8 de mayo;
Ledru-Rollin, en nombre de la Montaña, presentó, a propósito del bombardeo de
Roma, un acta de acusación contra el presidente y el ministerio incriminándoles
la violación de la Constitución. El 12 de junio, rechazó la Asamblea
Legislativa el acta de acusación, como la había rechazado la Asamblea
Constituyente el 11 de mayo, pero esta vez el proletariado arrastró a la
Montaña a la calle, aunque no a la lucha, sino a una procesión callejera
simplemente. Basta decir que la Montaña iba a la cabeza de este movimiento para
comprender que el movimiento fue vencido y que el Junio de 1849 resultó una
caricatura tan ridícula como indigna del Junio de 1848. La gran retirada del 13
de junio sólo resultó eclipsada por el parte de operaciones, todavía más
grande, de Changarnier, el gran hombre improvisado por el partido del orden.
Toda época social necesita sus grandes hombres y, si no los encuentra, los
inventa, como dice Helvetius.
El 20 de diciembre sólo existía la mitad
de la república burguesa constituida: el presidente;
el 28 de mayo fue completada con la otra mitad, con la Asamblea Legislativa. En junio de 1848, la república burguesa en
formación había grabado su partida de nacimiento en el libro de la historia con
una batalla inenarrable contra el proletariado; en junio de 1849, la república
burguesa constituida lo hizo mediante una comedia incalificable representada
con la pequeña burguesía. Junio de 1849 fue la Némesis [60]
que se vengaba del Junio de 1848. En junio de 1849 no fueron vencidos los
obreros, sino abatidos los pequeños burgueses que se interponían entre ellos y
la revolución. Junio de 1849 no fue la tragedia sangrienta entre el trabajo
asalariado y el capital, sino la comedia entre el deudor y el acreedor: comedia
lamentable y llena de escenas de encarcelamientos. El partido del orden había
vencido; era todopoderoso. Ahora tenía que poner de manifiesto lo que era.
NOTAS
[45] El 16 de abril de
1848 la Guardia Nacional burguesa, movilizada especialmente con este
fin, detuvo en París una manifestación pacífica de obreros que iban a presentar
al Gobierno Provisional una petición sobre la «organización del trabajo» y la
«abolición de la explotación del hombre por el hombre».-
[*] La nulidad solemne. (N. de la Edit.)
[46] Se alude al artículo de fondo del "Journal des
Débats" del 28 de agosto de 1848.
"Journal
des Débats politiques et littéraries" (Periódico de los debates políticos
y literarios"): diario burgués francés fundado en París en 1789. Durante
la monarquía de Julio fue el periódico gubernamental, órgano de la burguesía
orleanista. Durante la revolución de 1848, el periódico expresaba las opiniones
de la burguesía contrarrevolucionaria agrupada en el denominado partido del
orden.- [*]
Taberneros.
(N. de la Edit.)
[*] Convenios amistosos. (N. de la Edit.)
[47] Genízaros:
infantería regular de los sultanes turcos, fundada en el siglo XIV; se
distinguía por una crueldad extraordinaria.-
[*] «¡Hay que destruir Cartago!» (N.
de la Edit.)
[**] Tercer estado. (N. de la Edit.)
[***] Sin circunloquios. (N. de la Edit.)
[48] El primer proyecto de la Constitución fue presentado a la
Asamblea Nacional el 19 de junio de 1848.-
[*] Homúnculo.
Ser semejante al hombre, que, según los alquimistas de la Edad Media, podía
crearse artificialmente. (N. de la Edit.)
[49] Según la leyenda de la Biblia, Saúl, primer rey del reino hebreo,
abatió en lucha contra los filisteos a miles de ellos, y su escudero David,
protegido de Saúl, a decenas de miles. Muerto Saúl, David ocupó el trono del
reino hebreo.-
[**] El golpe de Estado. (N. de la Edit.)
[50] La flor de lis:
emblema heráldico de la monarquía de los Borbones; la violeta, emblema de los bonapartistas.-
[51] Marx se remite al comunicado de París del 18 de diciembre
firmado por el signo del corresponsal Fernando Wolf, en la "Neue
Rheinische Zeitung", Nº 174, del 21 de diciembre de 1848. Es posible que
las palabras indicadas pertenezcan al propio Marx, quien redactó
escrupulosamente todos los artículos del periódico.-
[*] En bloque. (N. de la Edit.)
[*] Por disposición del Senado del 18 de abril de 1804 a
Napoleón I se le confirió el título de emperador hereditario de los franceses.
(N. de la Edit.)
[52] Louverture, dit Toussaint, Francisco Dominico (1743-1803):
jefe del movimiento revolucionario de los negros de Haití que lucho contra el
dominio de los españoles y los ingleses a fines del siglo XVIII.-
Soulouque,
Faustino (ap. 1782-1867): presidente de la República de los negros de Haití; en
1849 se proclamó emperador con el nombre de Faustino I.- [*]
Cartas
amorosas. (N. de la Edit.)
[53] Monk, Jorge (1608-1670): general inglés; en 1660 contribuyó
activamente a la restauración de la monarquía en Inglaterra.-
[*] Seguridad pública. (N. de la Edit.)
[*] Pío IX. (N. de la Edit.)
[*] Las apariencias. (N. de la Edit.)
[54] Comité de
Salvación Pública: órgano central del Gobierno revolucionario de la
República Francesa fundado en abril de 1793. Este Comité desempeñó un papel de
excepcional importancia en la lucha contra la contrarrevolución interior y
exterior.-
[55] Fouquier-Tinville, Antonio Quintín (1746-1795): destacada
personalidad de la revolución burguesa de fines del siglo XVIII en Francia, en
1793 fue fiscal público del Tribunal revolucionario.-
[56] Partido del orden:
surgió en 1848 como partido de la gran burguesía conservadora; era una
coalición de las dos fracciones monárquicas de Francia, es decir, de los
legitimistas y los orleanistas (véanse las notas 59 y 63); desde 1849 hasta el
golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 ocupaba una posición rectora en la Asamblea
Legislativa de la Segunda República.- 256, 424
[58] En Bourges
se celebró entre el 7 de marzo y el 3 de abril de 1849 el proceso contra los
participantes en los acontecimientos del 15 de mayo de 1848. Barbès fue
condenado a reclusión perpetua, y Blanqui a diez años de cárcel. Albert, De
Flotte, Sobrier, Raspail y los demás, a diversos plazos de prisión y
deportación a las colonias.-
[59] El general Bréa,
que mandaba a parte de las tropas durante el aplastamiento de la insurrección
de junio del proletariado parisiense, fue ejecutado a manos de los insurrectos
junto a las puertas de Fontainebleau el 25 de junio de 1848. En relación con
ello fueron ejecutados dos participantes en la sublevación.-
[*] A pesar de todo. (N. de la Edit.)
[**] Republicanos puros y simples. (N. de la Edit.)
[60] Némesis: según la mitología de la Grecia antigua, diosa de
la venganza.
El 20 de diciembre, la cabeza de Jano de
la república constitucional no
había enseñado todavía más que una
cara, la del poder ejecutivo, con los rasgos borrosos y achatados de
Luis Bonaparte; el 28 de mayo de 1849 enseñó la otra cara, la del poder legislativo, llena de cicatrices que
habían dejado en ella las orgías de la Restauración y de la monarquía de Julio.
Con la Asamblea Nacional legislativa se completó la formación de la república constitucional, es decir,
de la forma republicana de gobierno en que queda constituida la dominación de
la clase burguesa, y por tanto la dominación conjunta de las dos grandes
fracciones monárquicas que forman la burguesía francesa: los legitimistas y los
orleanistas coligados, el partido del
orden. Y, mientras de este modo la República Francesa era concedida en
propiedad a la coalición de los partidos monárquicos, la coalición europea de las
potencias contrarrevolucionarias emprendía al mismo tiempo una cruzada general
contra los últimos refugios de las revoluciones de Marzo. Rusia se lanzó sobre
Hungría, Prusia marchó contra el ejército que luchaba por la Constitución del
Reich y Oudinot bombardeó a Roma. La crisis europea marchaba, evidentemente,
hacia un viraje decisivo; las miradas de toda Europa se dirigían a París y las
miradas de todo París a la Asamblea
Legislativa.
El 11 de junio subió a la tribuna
Ledru-Rollin. No pronunció un discurso, sino que formuló contra los ministros
una requisitoria escueta, sobria, documentada, concentrada, violenta.
El ataque contra Roma es un ataque contra
la Constitución; el ataque contra la República Romana, un ataque contra la
República Francesa. El artículo 5 de la Constitución dice así: «La República
Francesa no empleará jamás sus fuerzas militares contra la libertad de ningún
pueblo»; y el presidente emplea el ejército francés contra la libertad de Roma.
El artículo 54 de la Constitución prohíbe al poder ejecutivo declarar ninguna
guerra sin el consentimiento de la Asamblea Nacional [*].
El acuerdo de la Constituyente de 8 de mayo ordena expresamente a los ministros
ajustar sin pérdida de tiempo la expedición romana a su primitiva finalidad,
les prohíbe, por tanto, no menos expresamente, la guerra contra Roma; y Oudinot
bombardea Roma. Así, Ledru-Rollin invocaba a la misma Constitución como testigo
de cargo contra Bonaparte y sus ministros. Y él, el tribuno de la Constitución,
lanzó a la cara de la mayoría monárquica de la Asamblea Nacional esta
amenazadora declaración: «Los republicanos sabrán hacer respetar la
Constitución por todos los medios, ¡incluso, si es preciso, por la fuerza de
las armas!» «¡Por
la fuerza de las armas!», repitió el eco centuplicado de la Montaña. La
mayoría contestó con un tumulto espantoso; el presidente de la Asamblea
Nacional llamó a Ledru-Rollin al orden. Ledru-Rollin repitió el desafío y acabó
depositando en la mesa presidencial la moción de que se formulase un acta de
acusación contra Bonaparte y sus ministros. La Asamblea Nacional acordó, por
361 votos contra 203, pasar del bombardeo de Roma al simple orden del día.
¿Creía Ledru-Rollin poder derrotar a la
Asamblea Nacional con la Constitución y al presidente con la Asamblea Nacional?
Era cierto que la Constitución prohibía
todo ataque contra la libertad de otros pueblos, pero lo que el ejército
francés atacaba en Roma era, según el ministerio, no la «libertad», sino el
«despotismo de la anarquía». ¿Es que la Montaña, a pesar de toda su experiencia
de la Asamblea Constituyente, no había comprendido todavía que la
interpretación de la Constitución no pertenecía a los que la habían hecho, sino
solamente a los que la habían aceptado; que su texto debía interpretarse en su
sentido viable y que su único sentido viable era el sentido burgués; que
Bonaparte y la mayoría monárquica de la Asamblea Nacional eran los intérpretes
auténticos de la Constitución, como el cura es el intérprete auténtico de la
Biblia y el juez el intérprete auténtico de la ley? ¿Iba la Asamblea Nacional,
recién nacida del seno de unas elecciones generales, a sentirse obligada por
las disposiciones testamentarias de la fenecida Constituyente, cuya voluntad,
en vida de la misma, había quebrado un Odilon Barrot? Al remitirse al acuerdo
tomado el 8 de mayo por la Constituyente, ¿había olvidado Ledru-Rollin que la
misma Constituyente había rechazado el 11 de mayo su primera moción de formular
un acta de acusación contra Bonaparte y sus ministros, que había absuelto a uno
y a otros, que de este modo había sancionado como «constitucional» el ataque
contra Roma, que no hacía más que apelar de un fallo ya dictado y que, finalmente,
apelaba de la Asamblea Constituyente republicana a la Asamblea legislativa
monárquica? La propia Constitución llama en su auxilio a la insurrección, al
requerir a todo ciudadano, en un artículo especial, para que la defienda.
Ledru-Rollin se apoyaba en este artículo. ¿Pero no es cierto también que los
poderes públicos están organizados para defender la Constitución, y que la
violación de la Constitución no comienza hasta que uno de los poderes públicos
constitucionales se rebela contra el otro? Y el presidente de la república, los
ministros de la república, y la Asamblea Nacional de la república estaban de
perfecto acuerdo.
Lo que la Montaña intentó el 11 de junio
fue «una insurrección dentro de los
límites de la razón pura», es decir, una insurrección puramente parlamentaria.
La mayoría de la Asamblea, intimidada por la perspectiva de un alzamiento
armado de las masas del pueblo, debía romper, en las personas de Bonaparte y
los ministros, su propio poder y la significación de su propia elección. ¿No había
intentado la Constituyente, de un modo parecido, cancelar la elección de
Bonaparte, al insistir tan tenazmente en la destitución del ministerio
Barrot-Falloux?
Tampoco faltaban precedentes de
insurrecciones parlamentarias de los tiempos de la Convención, que habían
subvertido de pronto, radicalmente, las relaciones entre la mayoría y la
minoría —¿y no iba a lograr la joven Montaña lo que
había logrado la vieja?—, ni las circunstancias del momento parecían ser
desfavorables para semejante empresa. La excitación popular había alcanzado en
París un grado crítico, el ejército no parecía, a juzgar por sus votaciones,
estar inclinado hacia el gobierno, y la misma mayoría legislativa era aún
demasiado joven para haberse consolidado y además estaba compuesta por personas
de edad. Si la Montaña salía adelante con su insurrección parlamentaria,
vendría a parar directamente a sus manos el timón del Estado. Por lo demás, el
más ferviente deseo de la pequeña burguesía democrática era, como siempre, que
la lucha se ventilase por encima de sus cabezas, en las nubes, entre las
sombras de los parlamentarios. Por último, ambas, la pequeña burguesía
democrática y su representación, la Montaña, conseguirían, con una insurrección
parlamentaria, su gran fin: romper el poder de la burguesía sin desatar al
proletariado o sin dejarle aparecer más que en perspectiva; así se habría
utilizado el proletariado sin que éste fuese peligroso.
Después del voto de la Asamblea Nacional
del 11 de junio, se celebró una reunión entre algunos miembros de la Montaña y
delegados de las sociedades secretas obreras. Estos insistían en lanzarse
aquella misma noche. La Montaña rechazó resueltamente este plan. No quería a
ningún precio que la dirección se le fuese de las manos; sus aliados le eran
tan sospechosos como sus adversarios, y con razón. Los recuerdos de Junio de
1848 agitaban más vivamente que nunca las filas del proletariado de París. Pero
éste se hallaba aherrojado a la alianza con la Montaña. Esta representaba la
mayoría de los departamentos, exageraba su influencia dentro del ejército,
disponía del sector democrático de la Guardia Nacional y tenía consigo el poder
moral de los tenderos. Comenzar en este momento la insurrección contra su
voluntad, significaba exponer al proletariado —diezmado además por el cólera y
alejado de París en masas considerables por el paro forzoso— a una inútil
repetición de las jornadas de Junio de 1848, sin una situación que obligase a
lanzarse a la lucha desesperada. Los delegados proletarios hicieron lo único racional.
Obligaron a la Montaña a comprometerse,
es decir, a salirse del marco de la lucha parlamentaria, en caso de ser
rechazada su acta de acusación. Durante todo el 13 de junio el proletariado
guardó la misma posición escépticamente expectante, aguardando a que se
produjera un cuerpo a cuerpo serio e irrevocable entre el ejército y la Guardia
Nacional demócrata, para lanzarse entonces a la lucha y llevar la revolución
más allá de la meta pequeñoburguesa que le había sido asignada. Para el caso de
victoria, estaba ya formada la Comuna proletaria que habría de actuar junto al
Gobierno oficial. Los obreros de París habían aprendido en la escuela
sangrienta de Junio de 1848.
El 12 de junio, el propio ministro
Lacrosse presentó en la Asamblea Legislativa una proposición pidiendo que se
pasase inmediatamente a discutir el acta de acusación. El Gobierno había
adoptado durante la noche todas las medidas para la defensa y para el ataque.
La mayoría de la Asamblea Nacional estaba resuelta a empujar a la calle a la minoría
rebelde. La minoría ya no podía retroceder; la suerte estaba echada: por 377
votos contra 8 fue rechazada el acta de acusación, y la Montaña, que a la hora
de votar se había abstenido, se abalanzó llena de rencor a las salas de
propaganda de la «democracia pacífica», a las oficinas del periódico
"Démocratie pacifique" [61].
Al alejarse del parlamento, se quebrantó
la fuerza de la Montaña, al igual que se quebrantaba la del gigante Anteo
cuando éste se separaba de la Tierra, su madre. Los que eran Sansones en las
salas de la Asamblea Legislativa, los montañeses, se convirtieron, en los
locales de la «democracia pacífica», en simples filisteos. Se entabló un debate
largo, ruidoso, vacío. La Montaña estaba resuelta a imponer el respeto a la
Constitución por todos los medios, «menos
por la fuerza de las armas». En esta resolución fue apoyada por un
manifiesto [62],
y por una diputación de los «Amigos de la Constitución». Este era el nombre que
se atribuían las ruinas de la pandilla del "National", del partido
burgués-republicano. Mientras que de los representantes parlamentarios que le
quedaban, seis habían votado en contra
y todos los demás en pro de que
se rechazase el acta de acusación, y mientras Cavaignac ponía su sable a disposición del partido del orden, la
mayor parte del contingente extraparlamentario de la pandilla se aferraba
ansiosamente a la ocasión que se le ofrecía para salir de su posición de parias
políticos y pasarse en masa a las filas del partido demócrata. ¿No aparecían
ellos como los escuderos naturales de este partido, que se escondía detrás de
su escudo, detrás de su principio,
detrás de la Constitución?
Hasta el amanecer duraron los dolores del
parto. La Montaña dio a luz «una
proclama al pueblo», que apareció el 13 de junio ocupando un espacio más
o menos vergonzante en dos periódicos socialistas [63].
Declaraba al presidente, a los ministros y a la mayoría de la Asamblea
legislativa «fuera de la Constitución»
(hors la Constitution) y llamaba a la Guardia Nacianal, al ejército y
finalmente al pueblo también, a «levantarse». «¡Viva la Constitución!», era la
consigua que daba, consigna que quería decir lisa y llanamente: «¡Abajo la revolución!»
A la proclama constitucional de la
Montaña correspondió el 13 de junio, una llamada manifestación pacífica de los pequeños burgueses, es decir, una
procesión callejera desde Chateau d'Eau por los bulevares: 30.000 hombres, en
su mayoría guardias nacionales, desarmados, mezclados con miembros de las
sociedades secretas obreras, que desfilaban al grito de «¡Viva la Constitución!» Grito
mecánico, frío, que los mismos manifestantes lanzaban como grito de una
conciencia culpable y que el eco del pueblo que pululaba en las aceras devolvía
irónicamente, cuando debía resonar como un trueno. Al canto polifónico le
faltaba la voz de pecho. Y cuando el cortejo pasó por delante del edificio
social de los «Amigos de la Constitución», y apareció en el frontón de la casa
un heraldo constitucional alquilado que, agitando con todas las fuerzas su
clac, con unos pulmones formidables, dejó caer sobre los peregrinos, como una
granizada, la consigna de «¡Viva la Constitución!», hasta ellos mismos parecieron darse
cuenta por un instante de lo grotesco de la situación. Sabido es cómo, al llegar
a la desembocadura de la rue de la Paix, el cortejo fue recibido en los
bulevares por los dragones y los cazadores de Changarnier de un modo nada
parlamentario y cómo, en menos que se cuenta, se dispersó en todas direcciones,
dejando escapar en la fuga algún que otro grito de «¡A
las armas!» para cumplir el llamamiento parlamentario a las armas del 11 de
junio.
La mayoría de la Montaña, reunida en la
rue du Hasard, se dispersó en cuanto aquella
disolución violenta de la procesión pacífica, en cuanto el vago rumor de
asesinato de ciudadanos inermes en los bulevares y el creciente tumulto
callejero parecieron anunciar la proximidad de un motín. Ledru-Rollin, a la cabeza de un
puñado de diputados, salvó el honor de la Montaña. Bajo la protección de la
artillería de París, que se había concentrado en el Palacio Nacional, se
trasladaron al Conservatoire des Arts
et Métiers [*],
a donde había de llegar la quinta y la sexta legión de la Guardia Nacional.
Pero los montañeses aguardaron en vano la llegada de la quinta y la sexta
legión; estos prudentes guardias nacionales dejaron a sus representantes en la
estacada; la misma artillería de París impidió al pueblo levantar barricadas;
un barullo caótico hacía imposible todo acuerdo y las tropas de línea avanzaban
con bayoneta calada. Parte de los representantes fueron hechos prisioneros y
los demás lograron huir. Así terminó el 13 de junio.
Si el 23 de junio de 1848 había sido la
insurrección del proletariado revolucionario, el 13 de junio de 1849 fue la
insurrección de los pequeños burgueses demócratas, y cada una de estas
insurrecciones, la expresión clásica
pura de la clase que la emprendía.
Sólo en Lyon se produjo un conflicto duro
y sangriento. Aquí donde la burguesía industrial y el proletariado industrial
se encuentran frente a frente, donde el movimiento obrero no está encuadrado y
determinado, como en París, por el movimiento general, el 13 de junio perdió,
en sus repercusiones, el carácter primitivo. En las demás provincias donde
estalló, no produjo incendios; fue un
rayo frío.
El 13 de junio cerró la primera etapa en la vida de la república
constitucional, cuya existencia normal había comenzado el 28 de mayo de
1849, con la reunión de la Asamblea legislativa. Todo este prólogo lo llenó la
lucha estrepitosa entre el partido del orden y la Montaña, entre la burguesía y
la pequeña burguesía, que se encabrita inútilmente contra la consolidación de
la república burguesa, a favor de la cual ella misma había conspirado
ininterrumpidamente en el gobierno provisional y en la Comisión Ejecutiva, a
favor de la cual se había batido fanáticamente contra el proletariado en las
jornadas de Junio. El 13 de junio rompió su resistencia y convirtió la dictadura legislativa de los
monárquicos coligados en un fait
accompli [*]*.
A partir de este momento, la Asamblea Nacional no es más que el Comité de Salvación Pública del partido del
orden.
París había puesto al presidente, a los
ministros y a la mayoría de la Asamblea Nacional en «estado de acusación»; ellos pusieron a París en «estado de sitio». La Montaña había
declarado «fuera de la Constitución»
a la mayoría de la Asamblea Legislativa; la mayoría entregó a la Montaña a la Haute Cour por violación de la
Constitución y proscribió a todos los elementos de este partido que
representaban en él una fuerza vital. La Montaña quedó mutilada, hasta convertirse
en un tronco sin cabeza y sin corazón. La minoría había ido hasta la tentativa
de una insurrección parlamentaria;
la mayoría elevó a ley su despotismo
parlamentario. Decretó un nuevo reglamento
parlamentario que destruía la libertad de la tribuna y autorizaba al presidente
de la Asamblea Nacional a castigar a los diputados por infracción del orden,
con la censura, con multas, con privación de dietas, expulsión temporal y
cárcel. Suspendió sobre el tronco de la Montaña, en vez de la espada, el palo. Hubiera
debido ser cuestión de honor para el resto de los diputados de la Montaña el
salirse en masa de la Asamblea. Con este acto, se habría acelerado la
descomposición del partido del orden. Se hubiera escindido necesariamente en
sus elementos originarios en el momento en que no los mantuviese unidos ni la
sombra de una oposición.
Al mismo tiempo que fueron despojados de
su poder parlamentario, los
pequeños burgueses demócratas fueron despojados de su poder armado con la disolución de la
artillería de París y de las legiones 8, 9, y 12 de la Guardia Nacional. En
cambio la legión de la alta finanza, que el 13 de junio había asaltado las
imprentas de Boulé y Roux, destruyendo las prensas, asolando las oficinas de
los periódicos republicanos y deteniendo arbitrariamente a los redactores, a
los cajistas, a los impresores, a los recaderos y a los distribuidores, obtuvo
palabras de elogio y de aliento desde lo alto de la tribuna de la Asamblea
Nacional. El licenciamiento de los guardias nacionales sospechosos de republicanismo
se repitió por todo el territorio francés.
Una nueva ley de prensa, una nueva ley
de asociación, una nueva ley
sobre el estado de sitio, las cárceles de París abarrotadas, los
emigrados políticos expulsados, todos los periódicos que iban más allá que el
"National" suspendidos, Lyon y los cinco departamentos circundantes
entregados a merced de las brutales vejaciones del despotismo militar, los
Tribunales presentes en todas partes, el tantas voces depurado ejército de
funcionarios deparado una vez más: éstos eran los inevitables y siempre
repetidos lugares comunes de la
reacción victoriosa. Después de las matanzas y las deportaciones de Junio son
dignos de mención simplemente porque esta vez no se dirigían sólo contra París,
sino también contra los departamentos; no iban sólo contra el proletariado,
sino, sobre todo, contra las clases medias.
Las leyes de represión, que dejaban la
declaración del estado de sitio a la discreción del Gobierno, apretaban todavía
más la mordaza puesta a la prensa y aniquilaban el derecho de asociación,
absorbieron toda la actividad legislativa de la Asamblea Nacional durante los
meses de junio, julio y agosto.
Sin embargo, esta época no se caracteriza
por la explotación de la victoria en el terreno de los hechos, sino en el terreno de los principios; no por los acuerdos de la Asamblea Nacional, sino
por la fundamentación de estos acuerdos; no por la cosa, sino por la frase; ni
siquiera por la frase, sino por el acento y el gesto que la animaban. El
exteriorizar sin pudor ni miramientos las ideas monárquicas, el insultar a la república con aristocrático
desprecio, el divulgar los designios de restauración con frívola coquetería; en
una palabra, la violación jactanciosa del decoro republicano dan a este período
su tono y su matiz peculiares. ¡Viva la Constitución! era el grito de guerra de
los vencidos del 13 de junio.
Los vencedores quedaban, por
tanto, relevados de la hipocresía del lenguaje constitucional, es decir, republicano. La contrarrevolución tenía sometida a Hungría,
a Italia y a Alemania, y ellos creían ya que la restauración estaba a las
puertas de Francia. Se desató una verdadera competencia entre los corifeos de
las fracciones del partido del orden, a ver cuál documentaba mejor su
monarquismo a través del "Moniteur" y cuál confesaba mejor sus
posibles pecados liberales cometidos bajo la monarquía, se arrepentía de ellos
y pedía perdón a Dios y a los hombres. No pasaba día sin que en la tribuna de
la Asamblea Nacional se declarase la revolución de Febrero como una calamidad
pública, sin que cualquier hidalgüelo legitimista provinciano hiciese constar
solemnemente que jamás había reconocido a la república, sin que alguno de los
cobardes desertores y traidores de la monarquía de Julio contase las hazañas
heroicas que hubiera realizado oportunamente si la filantropía de Luis Felipe u
otras incomprensiones no se lo hubiesen impedido. Lo que había que admirar en
las jornadas de Febrero no era la magnanimidad del pueblo victorioso, sino la
abnegación y la moderación de los monárquicos, que le habían consentido vencer.
Un representante del pueblo propuso asignar una parte de los fondos de socorro
para los heridos de Febrero a los guardias
municipales, únicos que en aquellos días habían merecido bien de la
patria. Otro quería que se decretase levantar una estatua ecuestre al duque de
Orleáns en la plaza Carrousel. Thiers calificó a la Constitución de trozo de
papel sucio. Por la tribuna desfilaban, unos tras otros, orleanistas que
expresaban su arrepentimiento de haber conspirado contra la monarquía legítima;
legitimistas que se reprochaban el haber acelerado, con su rebelión contra la
monarquía ilegítima, la caída de la monarquía en general; Thiers que se
arrepentía de haber intrigado contra Molé, Molé de haber intrigado contra
Guizot, y Barrot de haber intrigado contra los tres. El grito de «¡Viva la república socialdemocrática!», fue declarado
anticonstitucional; el grito de «¡Viva la república!», perseguido como
socialdemócrata. En el aniversario de la batalla de Waterloo [64],
un diputado declaró: «Temo menos la invasión de los prusianos que la entrada en
Francia de los emigrados revolucionarios». A las quejas sobre el terrorismo,
que se decía estar organizado en Lyon y en los departamentos vecinos, Baraguay
d'Hilliers contestó así: «Prefiero el terror blanco al terror rojo» (J'aime mieux la terreur blanche que la
terreur rouge). Y la Asamblea rompía en aplausos frenéticos cada vez que
salía de los labios de sus oradores un epigrama contra la república, contra la
revolución, contra la Constituyente, a favor de la monarquía, o a favor de la
Santa Alianza. Cada infracción de los formalismos republicanos más
insignificantes, por ejemplo, el de dirigirse a los diputados con la palabra citoyens [*],
entusiasmaba a los caballeros del orden.
Las elecciones parciales del 8 de julio
en París —celebradas bajo la influencia del estado de sitio y la abstención
electoral de una gran parte del proletariado—, la toma de Roma por el ejército
francés, la entrada en Roma de las eminencias purpuradas [65]
y de la Inquisición y el terrorismo monacal tras ellas, añadieron nuevas
victorias a la victoria de junio y exaltaron la embriaguez del partido del
orden.
Finalmente, a mediados de agosto, en
parte con la intención de asistir a los consejos departamentales que acababan
de reunirse y en parte cansados de los muchos meses de orgía de su tendencia,
los monárquicos decretaron suspender por dos meses las sesiones de la Asamblea
Nacional. Una comisión de veinticinco diputados, la crema de los legitimistas y
orleanistas —un Molé, un Changarnier— fueron dejados, con visible ironía, como
representantes de la Asamblea Nacional y guardianes
de la república. La ironía era más profunda de lo que ellos sospechaban.
Estos hombres, condenados por la historia a ayudar a derrocar la monarquía, a
la que amaban, estaban destinados también por ella a conservar la república, a
la que odiaban.
Con la suspensión de sesiones de la Asamblea Nacional termina el segundo período de vida de la
república constitucional, su
período de monarquismo zafio.
Volvió a levantarse el estado de sitio en
París; volvió a funcionar la prensa. Durante la suspensión de los periódicos
socialdemócratas, durante el período de la legislación represiva y de la batahola
monárquica, se republicanizó el
"Siècle" [66],
viejo representante literario de los pequeños
burgueses monárquico-constitucionales; se democratizó la "Presse" [67],
viejo exponente literario de los reformadores
burgueses; se socialistizó
el "National", viejo órgano clásico de los burgueses republicanos.
Las sociedades secretas crecían en extensión y actividad a medida
que los clubs públicos se
hacían imposibles. Las cooperativas
obreras de producción, que eran toleradas como sociedades puramente
mercantiles y que carecían de toda importancia económica, se convirtieron
políticamente en otros tantos medios de enlace del proletariado. El 13 de junio
se llevó de un tajo las cabezas oficiales de los diversos partidos
semirrevolucionarios; las masas que se quedaron recobraron su propia cabeza.
Los caballeros del orden intimidaban con profecías sobre los horrores de la
república roja; pero los viles excesos y los horrores hiperbóreos de la
contrarrevolución victoriosa en Hungría, Baden y Roma, dejaron a la «república roja» inmaculadamente
limpia. Y las descontentas clases medias de la sociedad francesa comenzaron a
preferir las promesas de la república roja, con sus horrores problemáticos, a
los horrores de la monarquía roja, con su desesperanza efectiva. Ningún
socialista hizo más propaganda revolucionaria en Francia que Haynau [68].
A chaque capacité selon ses oeuvres!
[*]
Entretanto, Luis Bonaparte aprovechaba
las vacaciones de la Asamblea Nacional para hacer viajes principescos por
provincias; los legitimistas más ardientes se iban en peregrinación a Ems, a
adorar al nieto de San Luis [69],
y la masa de los representantes del pueblo, amigos del orden, intrigaba en los
consejos departamentales, que acababan de reunirse. Se trataba de hacer que
éstos expresaran lo que la mayoría de la Asamblea Nacional no se atrevía a
pronunciar aún: la propuesta de
urgencia para la revisión inmediata de la Constitución. Con arreglo a su
texto, la Constitución sólo podía revisarse a partir de 1852 y por una Asamblea
Nacional convocada especialmente al efecto. Pero si la mayoría de los consejos
departamentales se pronunciaban en este sentido, ¿no debía la Asamblea Nacional
sacrificar a la voz de Francia la virginidad de la Constitución? La Asamblea
Nacional ponía en estas asambleas provinciales las mismas esperanzas que las
monjas de la "Henríada" de Voltaire en los Panduros. Pero los
Putifares de la Asamblea Nacional tenían que habérselas, salvo algunas
excepciones, con otros tantos Josés de provincias. La inmensa mayoría no quiso
entender la acuciante insinuación. La revisión constitucional fue frustrada por
los mismos instrumentos que tenían que darle vida: por las votaciones de los
consejos departamentales. La voz de Francia, precisamente la de la Francia
burguesa, habló. Y habló en contra de la revisión.
A comienzos de octubre volvió a reunirse
la Asamblea Nacional legislativa; tantum
mutatus ab illo! [*]*.
Su fisonomía había cambiado completamente. La repulsa inesperada de la revisión
por parte de los consejos departamentales la hizo volver a los límites de la
Constitución y le recordó los límites de su plazo de vida. Los orleanistas se
volvieron recelosos por las peregrinaciones de los legitimistas a Ems; los legitimistas
encontraban sospechosas las negociaciones de los orleanistas con Londres [70],
los periódicos de ambas fracciones atizaron el fuego y sopesaron las mutuas
reivindicaciones de sus pretendientes. Orleanistas y legitimistas abrigaban
conjuntamente rencor por los manejos de los bonapartistas, que se traslucían en
los viajes principescos, del presidente, en los intentos más o menos claros de
emancipación del presidente, en el lenguaje pretencioso de los periódicos
bonapartistas; Luis Bonaparte abrigaba rencor contra una Asamblea Nacional que
no encontraba justas más que las conspiraciones legitimistas-orleanistas y
contra un ministerio que le traicionaba continuamente a favor de esta Asamblea
Nacional. Finalmente, el propio ministerio estaba dividido en el problema de la
política romana y del impuesto sobre
la renta proyectado por el ministro Passy, que los conservadores tildaban de socialista.
Uno de los primeros proyectos presentados
por el ministerio Barrot a la Asamblea legislativa, al reanudar ésta sus
sesiones, fue una petición de crédito de 300.000 francos para la pensión de
viudedad de la duquesa de Orleáns.
La Asamblea Nacional lo concedió, añadiendo al registro de deudas de la nación
francesa una suma de siete millones de francos. Y así, mientras Luis Felipe
seguía desempeñando con éxito el papel de pauvre honteux, de mendigo vergonzante, ni el ministerio se
atrevía a solicitar el aumento de sueldo para Bonaparte ni la Asamblea parecía
inclinada a concederlo. Y Luis Bonaparte se tambaleaba, como siempre, ante el
dilema de aut Caesar, aut Clichy! [*]
La segunda petición de crédito del
ministerio (nueve millones de francos para los gastos de la expedición romana) aumentó la tensión entre
Bonaparte, de un lado, y los ministros y la Asamblea Nacional, de otro. Luis
Bonaparte había publicado en el "Moniteur" una carta a su ayudante
Edgar Ney, en la que constreñía al Gobierno papal a garantías constitucionales.
Por su parte, el papa había lanzado un «motu proprio» [71],
una alocución en la que rechazaba toda restricción de su poder restaurado. La
carta de Bonaparte levantaba con intencionada indiscreción la cortina de su
gabinete, para exponer su persona a las miradas de la galería como un genio
benévolo, pero ignorado y encadenado en su propia casa. No era la primera vez
que coqueteaba con los «aleteos furtivos de un alma libre» [*]*.
Thiers, el ponente de la
Comisión, hizo caso omiso de los aleteos de Bonaparte y se limitó a traducir al
francés la alocución papal. No fue el ministerio, sino Víctor Hugo quien intentó salvar al presidente mediante un orden
del día por el que la Asamblea Nacional habría de expresar su conformidad con la
carta de Bonaparte. Allons donc!
Allons donc! [*]**
Bajo esta interjección irreverentemente frívola enterró la mayoría la propuesta
de Víctor Hugo. ¿La política del presidente? ¿La carta del presidente? ¿El
presidente mismo? Allons donc! Allons
donc! ¿Quién demonio toma au
sérieux [*]***
a monsieur Bonaparte? ¿Cree usted, monsieur Víctor Hugo, que nos vamos a creer
que cree usted en el presidente? Allons
donc! Allons donc!
Finalmente, la ruptura entre Bonaparte y
la Asamblea Nacional fue acelerada por la discusión sobre el retorno de los Orleáns y los Borbones.
Había sido el primo del presidente, el hijo del ex rey de Westfalia [*]****,
quien, en ausencia del ministerio, se había encargado de presentar dicha
propuesta, cuya única finalidad era colocar a los pretendientes legitimistas y
orleanistas en el mismo plano, o mejor dicho, situarlos por debajo del pretendiente bonapartista,
que estaba, por lo menos de hecho, en la cumbre del Estado.
Napoleón Bonaparte fue lo bastante
irreverente para presentar el retorno
de las familias reales expulsadas y la amnistía de los insucrectos de Junio, como dos partes de una
misma proposición. La indignación de la mayoría le obligó inmediatamente a
pedir perdón por este enlace sacrílego de lo sagrado y lo inmundo, de las
estirpes reales y el engendro proletario, de las estrellas fijas de la sociedad
y de los fuegos fatuos de sus ciénagas, y a asignar a cada una de las dos
proposiciones su rango correspondiente. La Asamblea legislativa rechazó
enérgicamente la vuelta de las familias reales, y Berryer, el Demóstenes de los legitimistas, no permitió que se
abrigase ninguna duda acerca del sentido de este voto. ¡La degradación burguesa
de los pretendientes, he ahí lo que se persigue! ¡Se les quiere despojar del
halo de santidad, de la única majestad que les queda, de la majestad del destierro! ¡Qué habría
que pensar de aquel pretendiente —exclamó Berryer—, que, olvidándose de su
augusto origen, viniera aquí, para vivir como un simple particular! No se le
podía decir más claro a Luis Bonaparte que con su presencia no había ganado la
partida, que si los monárquicos coligados le necesitaban aquí, en Francia, como
hombre neutral en el sillón
presidencial, los pretendientes serios a la coronación debían permanecer
ocultos a las miradas profanas tras la niebla del destierro.
El 1 de noviembre, Luis Bonaparte
contestó a la Asamblea Legislativa con un mensaje anunciando, en palabras
bastante ásperas, la destitución del ministerio Barrot y la formación de un
nuevo ministerio. El ministerio Barrot-Falloux había sido el ministerio de la
coalición monárquica; el ministerio d'Hautpoul era el ministerio de Bonaparte,
el órgano del presidente frente a la Asamblea Legislativa, el ministerio de los recaderos.
Bonaparte ya no era simplemente el hombre neutral del 10 de diciembre de
1848. La posesión del poder ejecutivo había agrupado en torno a él gran número
de intereses; la lucha contra la anarquía obligó al propio partido del orden a
aumentar su influencia, y si el presidente ya no era popular, este partido era
impopular. ¿No podía confiar Bonaparte en obligar a los orleanistas y
legitimistas, tanto por su rivalidad como por la necesidad de una restauración
monárquica cualquiera, a reconocer al pretendiente
neutral?
Del 1 de noviembre de 1849 data el tercer
período de vida de la república constitucional, el período que termina con el
10 de marzo de 1850. No sólo comienza el juego normal de las instituciones
constitucionales, que tanto admira Guizot, es decir, las peleas entre el poder
ejecutivo y el legislativo, sino que, además, frente a los apetitos de
restauración de los orleanistas y legitimistas coligados, Bonaparte defiende el
título de su poder efectivo, la república; frente a los apetitos de
restauración de Bonaparte, el partido del orden defiende el título de su poder
común, la república; frente a los orleanistas, los legitimistas defienden, lo
mismo que aquellos frente a éstos, el statu
quo, la república. Todas estas fracciones del partido del orden, cada
una de las cuales tiene in petto
[*]
su propio rey y su propia restauración, hacen valer en forma alternativa,
frente a los apetitos de usurpación y de revuelta de sus rivales, la dominación
común de la burguesía, la forma bajo la cual se neutralizan y se reservan las
pretensiones específicas: la república.
Estos monárquicos hacen de la monarquía lo que Kant hacía de la
república: la única forma racional de gobierno, un postulado de la razón
práctica, cuya realización jamás se alcanza, pero a cuya consecución debe
aspirarse siempre como objetivo y debe llevarse siempre en la intención.
De este modo, la república
constitucional, que salió de manos de los republicanos burgueses como una
fórmula ideológica vacía, se convierte, en manos de los monárquicos coligados,
en una fórmula viva y llena de contenido. Y Thiers decía más verdad de lo que
él sospechaba, al declarar: «Nosotros, los monárquicos, somos los verdaderos puntales
de la república constitucional».
La caída del ministerio de coalición y la
aparición del ministerio de los recaderos tenía un segundo significado. Su
ministro de Hacienda era Fould.
Hacer de Fould ministro de Hacienda significaba entregar oficialmente la
riqueza nacional de Francia a la Bolsa, la administración del patrimonio del
Estado a la Bolsa y en beneficio de la Bolsa. Con el nombramiento de Fould, la
aristocracia financiera anunciaba su restauración en el "Moniteur".
Esta restauración completaba necesariamente las demás restauraciones, que
formaban otros tantos eslabones en la cadena de la república constitucional.
Luis Felipe no se había atrevido nunca a
hacer ministro de Hacienda a un verdadero loup-cervier [*].
Como su monarquía era el nombre ideal para la dominación de la alta burguesía,
en sus ministerios, los intereses privilegiados tenían que ostentar nombres
ideológicamente desinteresados. La república burguesa hacía pasar en todas
partes a primer plano lo que las diferentes monarquías, tanto la legitimista
como la orleanista, recataban siempre en el fondo. Hacía terrenal lo que
aquellas habían hecho celestial. En lugar de los nombres de santos ponía los
nombres propios burgueses de los intereses de clase dominantes.
Toda nuestra exposición ha mostrado cómo
la república, desde el primer día de su existencia, no derribó, sino que
consolidó la aristocracia financiera. Pero las concesiones que se le hacían
eran una fatalidad a la que se sometían sus autores sin querer provocarla. Con
Fould, la iniciativa gubernamental volvió a caer en manos de la aristocracia
financiera.
Se preguntará: ¿cómo la burguesía
coligada podía soportar y tolerar la dominación de la aristocracia financiera,
que bajo Luis Felipe se basaba en la exclusión o en la sumisión de las demás
fracciones burguesas?
La contestación es sencilla.
En primer lugar, la aristocracia
financiera forma, de por sí, una parte de importancia decisiva de la coalición
monárquica cuyo gobierno conjunto se llama república. ¿Acaso los corifeos y los
«talentos» de los orleanistas no son los antiguos aliados y cómplices de la
aristocracia financiera? ¿No es esta misma la falange dorada del orleanismo?
Por lo que a los legitimistas se refiere, ya bajo Luis Felipe habían tomado parte prácticamente en todas las orgías de las
especulaciones bursátiles, mineras y ferroviarias. Y la conexión de la gran
propiedad territorial con la alta finanza es en todas partes un hecho normal. Prueba de ello: Inglaterra. Prueba de ello: la misma Austria.
En un país como Francia, donde el volumen
de la producción nacional es desproporcionadamente inferior al volumen de la
deuda nacional, donde la renta del Estado es el objeto más importante de
especulación y la Bolsa el principal mercado para la inversión del capital que
quiere valorizarse de un modo improductivo; en un país como éste, tiene que
tomar parte en la Deuda pública, en los juegos de Bolsa, en la finanza, una
masa innumerable de gentes de todas las clases burguesas o semiburguesas. Y
todos estos partícipes subalternos ¿no encuentran sus puntales y jefes
naturales en la fracción que defiende estos intereses en las proporciones más
gigantescas y que representa estos intereses en conjunto y por entero?
¿Qué condiciona la entrega del patrimonio
del Estado a la alta finanza? El crecimiento incesante de la deuda del Estado.
¿Y este crecimiento? El constante exceso de los gastos del Estado sobre sus
ingresos, desproporción que es a la par causa y efecto de los empréstitos
públicos.
Para sustraerse a este crecimiento de su
deuda, el Estado tiene que hacer una de dos cosas. Una de ellas es limitar sus
gastos, es decir, simplificar el organismo de gobierno, acortarlo, gobernar lo
menos posible, emplear la menor cantidad posible de personal, intervenir lo
menos posible en los asuntos de la sociedad burguesa. Y este camino era
imposible para el partido del orden, cuyos medios de represión, cuyas
ingerencias oficiales por razón de Estado y cuya omnipresencia a través de los
organismos del Estado tenían que aumentar necesariamente a medida que su
dominación y las condiciones de vida de su clase se veían amenazadas por más
partes. No se puede reducir la gendarmería a medida que se multiplican los
ataques contra las personas y contra la propiedad.
El otro camino que tiene el Estado es el
de procurar eludir sus deudas y establecer por el momento, en el presupuesto,
un equilibrio —aunque sea pasajero—, echando impuestos extraordinarios sobre las espaldas de las clases más
ricas. Para sustraer la riqueza nacional a la explotación de la Bolsa, ¿tenía
que sacrificar el partido del orden su propia riqueza en el altar de la patria?
Pas si béte! [*]
Por tanto, sin revolucionar completamente
el Estado francés no había manera de revolucionar el presupuesto del Estado
francés. Con este presupuesto era inevitable el crecimiento de la deuda del
Estado, y con este crecimiento era indispensable la dominación de los que
comercian con la deuda pública, de los acreedores del Estado, de los banqueros,
de los comerciantes en dinero, de los linces de la Bolsa. Sólo una fracción del
partido del orden participaba directamente en el derrocamiento de la
aristocracia financiera: los fabricantes.
No hablamos de los medianos ni de los pequeños industriales; hablamos de los
regentes del interés fabril, que bajo Luis Felipe habían formado la amplia base
de la oposición dinástica. Su interés está indudablemente en que se disminuyan
los gastos de la producción, es decir, en que se disminuyan los impuestos, que
gravan la producción, y en que se disminuya la deuda pública, cuyos intereses
gravan los impuestos. Están, pues, interesados en el derrocamiento de la
aristocracia financiera.
En Inglaterra —y los mayores fabricantes
franceses son pequeños burgueses, comparados con sus rivales británicos— vemos
efectivamente a los fabricantes —a un Cobden, a un Bright— a la cabeza de la
cruzada contra la Banca y contra la aristocracia de la Bolsa. ¿Por qué no en
Francia? En Inglaterra predomina la industria; en Francia, la agricultura. En
Inglaterra la industria necesita del free
trade [*]*;
en Francia necesita aranceles protectores, o sea, el monopolio nacional junto a
los otros monopolios. La industria francesa no domina la producción francesa, y
por eso los industriales franceses no dominan a la burguesía francesa. Para
sacar a flote sus intereses frente a las demás fracciones de la burguesía, no
pueden, como los ingleses, marchar al frente del movimiento y al mismo tiempo
poner su interés de clase en primer término; tienen que seguir al cortejo de la
revolución y servir intereses que están en contra de los intereses comunes de
su clase. En Febrero no habían sabido ver dónde estaba su puesto, y Febrero les
aguzó el ingenio. ¿Y quién está más directamente amenazado por los obreros que
el patrono, el capitalista industrial? En Francia, el fabricante tenía que
convertirse necesariamente en el miembro más fanático del partido del orden. La
merma de su ganancia por la
finanza, ¿qué importancia tiene al
lado de la supresión de toda ganancia por el proletariado?
En Francia, el pequeñoburgués hace lo que
normalmente debiera hacer el burgués industrial; el obrero hace lo que
normalmente debiera ser la misión del pequeñoburgués; y la misión del obrero,
¿quién la cumple? Nadie. Las tareas del obrero no se cumplen en Francia; sólo
se proclaman. Su solución no puede ser alcanzada en ninguna parte dentro de las
fronteras nacionales [72];
la guerra de clases dentro de la sociedad francesa se convertirá en una guerra
mundial entre naciones. La solución comenzará a partir del momento en que, a
través de la guerra mundial, el proletariado sea empujado a dirigir al pueblo
que domina el mercado mundial, a dirigir a Inglaterra. La revolución, que no
encontrará aquí su término, sino su comienzo organizativo, no será una
revolución de corto aliento. La actual generación se parece a los judíos que
Moisés conducía por el desierto. No sólo tiene que conquistar un mundo nuevo,
sino que tiene que perecer para dejar sitio a los hombres que estén a la altura
del nuevo mundo.
Pero volvamos a Fould.
El 14 de noviembre de 1849, Fould subió a
la tribuna de la Asamblea Nacional y explicó su sistema financiero: ¡la
apología del viejo sistema fiscal! ¡Mantenimiento del impuesto sobre el vino!
¡Revocación del impuesto sobre la renta de Passy!
Tampoco Passy era ningún revolucionario;
era un antiguo ministro de Luis Felipe. Era uno de esos puritanos de la
envergadura de Dufaure y uno de los hombres de más confianza de Teste, el chivo
expiatorio de la monarquía de Julio [*].
También Passy había alabado el viejo sistema fiscal y recomendado el
mantenimiento del impuesto sobre el vino, pero al mismo tiempo había desgarrado
el velo que cubría el déficit del Estado. Había declarado la necesidad de un
nuevo impuesto, del impuesto sobre la renta, si no se quería llevar al Estado a
la bancarrota. Fould, que recomendara a Ledru-Rollin la bancarrota del Estado,
recomendó a la Asamblea Legislativa el déficit del Estado. Prometió ahorros
cuyo misterio se reveló más tarde: por ejemplo, los gastos disminuyeron en
sesenta millones y la deuda flotante aumentó en doscientos; artes de escamoteo
en la agrupación de las cifras y en la rendición de las cuentas, que en último
término iban todas a desembocar en nuevos empréstitos.
Con Fould en el ministerio, al
encontrarse en presencia de las demás fracciones burguesas celosas de ella, la aristocracia
financiera no actuó, naturalmente, de un modo tan cínicamente corrompido como
bajo Luis Felipe. Pero el sistema era, a pesar de todo, el mismo: aumento
constante de las deudas, disimulación del déficit. Y con el tiempo volvieron a
asomar más descaradamente las viejas estafas de la Bolsa. Prueba de ello: la
ley sobre el ferrocarril de Avignon, las misteriosas oscilaciones de los
valores del Estado, que durante un momento fueron el tema de las conversaciones
de todo París, y finalmente las fracasadas especulaciones de Fould y Bonaparte
sobre las elecciones del 10 de marzo.
Con la restauración oficial de la
aristocracia financiera, el pueblo francés tenía que verse pronto abocado a un
nuevo 24 de febrero.
La Constituyente, en un acceso de
misantropía contra su heredera, había suprimido el impuesto sobre el vino para
el año de gracia de 1850. Con la supresión de los viejos impuestos no se podían
pagar las nuevas deudas. Creton,
un cretino del partido del orden, había solicitado el mantenimiento del impuesto
sobre el vino ya antes de que la Asamblea Legislativa suspendiese sus sesiones.
Fould recogió esta propuesta, en nombre del ministerio bonapartista, y el 20 de
diciembre de 1849, en el aniversario de la elevación de Bonaparte a la
Presidencia, la Asamblea Nacional decretó la restauración del impuesto sobre el vino.
El abogado de esta restauración no fue
ningún financiero, fue el jefe de los jesuitas Montalembert. Su deducción era contundentemente sencilla: el
impuesto es el pecho materno de que se amamanta el Gobierno. El Gobierno son
los instrumentos de represión, son los órganos de la autoridad, es el ejército,
es la policía, son los funcionarios, los jueces, los ministros, son los sacerdotes. El ataque contra los
impuestos es el ataque de los anarquistas contra los centinelas del orden, que
amparan la producción material y espiritual de la sociedad burguesa contra los
ataques de los vándalos proletarios. El impuesto es el quinto dios, al lado de
la propiedad, la familia, el orden y la religión. Y el impuesto sobre el vino
es indiscutiblemente un impuesto; y no un impuesto como otro cualquiera, sino
un impuesto tradicional, un impuesto de espíritu monárquico, un impuesto
respetable. Vive l'impôt des boissons!
Three cheers and one more! [*]
El campesino francés, cuando quiere
representar al diablo, lo pinta con la figura del recaudador de contribuciones.
Desde el momento en que Montalembert elevó el impuesto a la categoría de dios,
el campesino renunció a dios, se hizo ateo y se echó en brazos del diablo, en
brazos del socialismo.
Tontamente, la religión del orden lo dejó escapar de sus manos; lo dejaron
escapar los jesuitas, lo dejó escapar Bonaparte. El 20 de diciembre de 1849
comprometió irrevocablemente al 20 de diciembre de 1848. El «sobrino de su tío»
no era el primero de la familia a quien derrotaba el impuesto sobre el vino,
este impuesto que, según la expresión de Montalembert, barruntaba la tormenta revolucionaria.
El verdadero, el gran Napoleón, declaró en Santa Elena que el restablecimiento
del impuesto sobre el vino había contribuido a su caída más que todo lo demás
junto, al enajenarle las simpatías de los campesinos del Sur de Francia. Ya
bajo Luis XIV era este impuesto el favorito del odio del pueblo (véanse las
obras de Boisguillebert y Vauban); y, abolido por la primera revolución,
Napoleón lo había restablecido en 1808, bajo una forma modificada. Cuando la
restauración entró en Francia, delante de ella no cabalgaban solamente los
cosacos, sino también la promesa de supresión del impuesto sobre el vino. La gentil-hommerie [*]*
no necesitaba, naturalmente, cumplir su palabra a la gens taillable à merci et miséricorde [*]**.
1830 fue un año que prometió la abolición del impuesto sobre el vino. No estaba
en sus costumbres hacer lo que decía ni decir lo que hacía. 1848 prometió la
abolición del impuesto sobre el vino, como lo prometió todo. Por último, la
Constituyente, que nada había prometido, dio, como queda dicho, una disposición
testamentaria según la cual el impuesto sobre el vino debería desaparecer a
partir del 1 de enero de 1850. Y precisamente diez días antes del 1 de enero,
la Asamblea Legislativa volvió a restablecerlo. Es decir, que el pueblo francés
perseguía continuamente a este impuesto, y cuando lo echaba por la puerta se le
colaba de nuevo por la ventana.
El odio popular contra el impuesto sobre
el vino se explica por la razón de que este impuesto era suma y compendio de
todo lo que tenía de execrable el sistema fiscal francés. El modo de su percepoión
es odioso y el modo de su distribución, aristocrático, pues las tasas son las
mismas para los vinos más corrientes que para los más caros. Aumenta, por
tanto, en progresión geométrica, con la pobreza del consumidor, como un
impuesto progresivo al revés. Es una prima a la adulteración y a la
falsificación de los vinos y provoca, por tanto, directamente, el
envenenamiento de las clases trabajadoras. Disminuye el consumo montando
fielatos a las puertas de todas las ciudades de más de 4.000 habitantes y convirtiendo
cada ciudad en un territorio extranjero con aranceles protectores contra los
vinos franceses. Los grandes tratantes en vinos, pero sobre todo los pequeños,
los «marchands de vin», los taberneros, cuyos ingresos dependen directamente
del consumo de bebidas, son otros tantos adversarios declarados de este
impuesto. Y, finalmente, al reducir el consumo, el impuesto sobre el vino merma
a la producción el mercado. A la par que incapacita a los obreros de las
ciudades para pagar el vino, incapacita a los campesinos vinícolas para
venderlo. Y Francia cuenta con una población vitivinícola de unos doce
millones. Fácil es comprender, con esto, el odio del pueblo en general y el
fanatismo de los campesinos en particular contra el impuesto sobre el vino. Además
en su restablecimiento no veían un acontecimiento aislado, más o menos
fortuito. Los campesinos tienen una modalidad propia de tradición histórica,
que se hereda de padres a hijos. Y en esta escuela histórica se murmuraba que
todo gobierno, en cuanto quiere engañar a los campesinos, promete abolir el
impuesto sobre el vino y, después que los ha engañado, lo mantiene o lo
restablece. Por el impuesto sobre el vino paladea el campesino el bouquet del
gobierno, su tendencia. El restablecimiento del impuesto sobre el vino, el 20
de diciembre, quería decir: Luis
Bonaparte es como los otros. Pero éste no era como los otros, era una invención campesina, y en los pliegos
con millones de firmas contra el impuesto sobre el vino, los campesinos
retiraban los votos que habían dado hacía un año al «sobrino de su tío».
La población campesina —más de los dos
tercios de la población total de Francia—, está compuesta en su mayor parte por
los propietarios territoriales
supuestamente libres. La primera generación, liberada sin compensación de las
cargas feudales por la revolución de 1789, no había pagado nada por la tierra.
Pero las siguientes generaciones pagaban bajo la forma de precio de la tierra lo que sus
antepasados semisiervos habían pagado bajo la forma de rentas, diezmos,
prestaciones personales, etc. Cuanto más crecía la población y más se acentuaba
el reparto de la tierra, más caro era el precio de la parcela, pues a medida
que ésta disminuye, aumenta la demanda en torno a ella. Pero en la misma
proporción en que subía el precio que el campesino pagaba por la parcela —tanto
si la compraba directamente como si sus coherederos se la cargaban en cuenta
como capital—, aumentaba necesariamente el endeudamiento del campesino, es decir, la hipoteca. El título de deuda que
grava el suelo se llama, en efecto, hipoteca,
o sea, papeleta de empeño de la tierra. Al igual que sobre las fincas
medievales se acumulaban los privilegios,
sobre la parcela moderna se acumulan las hipotecas.
Por otra parte, en la economía parcelaria, la tierra es, para su propietario,
un mero instrumento de producción.
Ahora bien, a medida que el suelo se reparte, disminuye su fertilidad. La
aplicación de maquinaria al cultivo, la división del trabajo, los grandes
medios para mejorar la tierra, tales como la instalación de canales de drenaje
y de riego, etc., se hacen cada vez más imposibles, a la par que los gastos improductivos del cultivo
aumentan en la misma medida en que aumenta la división del instrumento de
producción en sí. Y todo esto, lo mismo si el dueño de la parcela posee capital
que si no lo posee. Pero, cuanto más se acentúa la división, más es el pedazo
de tierra con su mísero inventario el único capital del campesino parcelista,
más se reduce la inversión del capital sobre el suelo, más carece el pequeño
campesino [Kotsass] de la
tierra, de dinero y de cultura para aplicar los progresos de la agronomía, más
retrocede el cultivo del suelo. Finalmente, el producto neto disminuye en la misma proporción en que aumenta el
consumo bruto, en que toda la
familia del campesino se ve imposibilitada para otras ocupaciones por la
posesión de su tierra, aunque de ésta no pueda sacar lo bastante para vivir.
Así, pues, en la misma medida en que
aumenta la población, y con ella la división del suelo, encarece el instrumento de producción, la tierra, y disminuye su
fertilidad, y en la misma
medida decae la agricultura y se carga
de deudas el campesino. Y lo que era efecto se convierte, a su vez, en
causa. Cada generación deja a la otra más endeudada, cada nueva generación
comienza bajo condiciones más desfavorables y más gravosas, las hipotecas
engendran nuevas hipotecas y, cuando el campesino no puede encontrar en su
parcela una garantía para contraer nuevas
deudas, es decir, cuando no puede gravarla con nuevas hipotecas, cae
directamente en las garras de la usura,
y los intereses usurarios se
hacen cada vez más descomunales.
Y así se ha llegado a una situación en
que el campesino francés, bajo la forma de intereses por las hipotecas
que gravan la tierra, bajo la forma de intereses por los adelantos no hipotecarios del usurero,
cede al capitalista no sólo la renta del suelo, no sólo el beneficio
industrial, en una palabra: no sólo toda
la ganancia neta, sino incluso una
parte del salario; es decir, que ha descendido al nivel del colono irlandés, y todo bajo el
pretexto de ser propietario privado.
En Francia, este proceso fue acelerado
por la carga fiscal
continuamente creciente y por las costas
judiciales, en parte provocadas directamente por los mismos formalismos
con que la legislación francesa rodea a la propiedad territorial, en parte por
los conflictos interminables que se producen entre parcelas que lindan unas con
otras y se entrecruzan por todos lados, y en parte por la furia pleiteadora de
los campesinos, en quienes el disfrute de la propiedad se reduce al goce de
hacer valer fanáticamente la propiedad imaginaria, el derecho de propiedad.
Según una estadística de 1840, el
producto bruto del suelo francés ascendía a 5.237.178.000 francos. De éstos,
3.552.000.000 de francos se destinan a gastos de cultivo, incluyendo el consumo
de los hombres que trabajan. Queda un producto neto de 1.685.178.000 francos,
de los cuales hay que descontar 550 millones para intereses hipotecarios, 100
millones para los funcionarios de justicia, 350 millones para impuestos y 107
millones para derechos de inscripción, timbres, tasas del registro hipotecario,
etc. Queda la tercera parte del producto neto, 538 millones, que, repartidos
entre la población, no tocan ni a 25 francos de producto neto por cabeza [73].
En esta cuenta no entran, naturalmente, ni la usura extrahipotecaria ni las
costas de abogados, etc.
Fácil es comprender la situación en que
se encontraron los campesinos franceses, cuando la república añadió a las
viejas cargas otras nuevas. Como se ve, su explotación se distingue de la
explotación del proletariado industrial sólo por la forma. El explotador es el mismo: el capital. Individualmente, los capitalistas explotan a los
campesinos por medio de la hipoteca
y de la usura; la clase
capitalista explota a la clase campesina por medio de los impuestos del Estado. El título de
propiedad del campesino es el talismán con que el capital le venía fascinando
hasta ahora, el pretexto de que se valía para azuzarle contra el proletariado
industrial. Sólo la caída del capital puede hacer subir al campesino; sólo un
gobierno anticapitalista, proletario, puede acabar con su miseria económica y
con su degradación social. La
república constitucional es la dictadura de sus explotadores coligados;
la república socialdemocrática,
la república roja, es la
dictadura de sus aliados. Y la balanza sube o baja según los votos que el
campesino deposita en la urna electoral. El mismo tiene que decidir su suerte.
Así hablaban los socialistas en folletos, en almanaques, en calendarios, en
proclamas de todo género. Hicieron este lenguaje más asequible al campesino los
escritos polémicos que lanzó el partido del orden, el cual también, a su vez,
se dirigió a él y, con la burda exageración, con la brutal interpretación y
exposición de las intenciones e ideas de los socialistas, fue a dar
precisamente con el verdadero tono campesino y sobreexcitó el apetito de aquél
hacia el fruto prohibido. Pero los que hablaban el lenguaje más inteligible
eran la propia experiencia que la clase campesina tenía ya del uso del derecho
al sufragio y los desengaños, que, en el rápido desarrollo revolucionario, iban
descargando golpe tras golpe sobre su cabeza. Las revoluciones son las locomotoras de la historia.
La gradual revolucionarización de los
campesinos se manifestó en diversos síntomas. Se reveló ya en las elecciones a
la Asamblea Legislativa; se reveló en el estado de sitio de los cinco
departamentos que circundan a Lyon; se reveló algunos meses después del 13 de
junio en la elección de un miembro de la Montaña en lugar del ex presidente de
la Chambre introuvable [*],
por el departamento de la Gironda; se reveló el 20 de diciembre de 1849 en la
[284] elección de un rojo para ocupar el puesto de un diputado legitimista
muerto, en el departamento du Gard [74],
esta tierra de promisión de los legitimistas, escenario de los actos de
ignominia más espantosos contra los republicanos en 1794 y 1795, sede central
de la terreur blanche [*]
de 1815, donde los liberales y los protestantes eran públicamente asesinados.
Esta revolucionarización de la clase más estacionaria se manifiesta del modo
más palpable después del restablecimiento del impuesto sobre el vino. Durante
los meses de enero y febrero de 1850, las medidas del Gobierno y las leyes que
se dictan se dirigen casi exclusivamente contra los departamentos y los campesinos.
Es la prueba más palmaria de su progreso.
La circular
de d'Hautpoul por la que se convierte al gendarme en inquisidor del
prefecto, del subprefecto y, sobre todo, del alcalde y por la que se organiza
el espionaje hasta en los rincones de la aldea más remota; la ley contra los maestros de escuela,
ley por la que éstos, que son las capacidades intelectuales, los portavoces,
los educadores y los intérpretes de la clase campesina, son sometidos al
capricho de los prefectos; ley por la que los maestros —proletarios de la clase
culta— son expulsados de municipio en municipio como caza acosada; el proyecto de ley contra los alcaldes,
por el que se suspende sobre sus cabezas la espada de Damocles de la
destitución y se les enfrenta en todo momento —a ellos, presidentes de los
municipios campesinos—, con el presidente de la república y con el partido del
orden; la ordenanza por la que
las 17 divisiones militares de Francia se convierten en cuatro bajalatos [75]
y el cuartel y el vivac se imponen a los franceses como salón nacional; la ley de enseñanza, con la que el
partido del orden proclama que la ignorancia y el embrutecimiento de Francia
por la fuerza son condición necesaria para que pueda vivir bajo el régimen del
surfagio universal: ¿qué eran todas estas leyes y medidas? Otros tantos
intentos desesperados de reconquistar para el partido del orden a los
departamentos y a los campesinos de los departamentos.
Considerados como represión, estos procedimientos eran deplorables, eran los
verdugos de la propia finalidad que perseguían. Las grandes medidas, como el
mantenimiento del impuesto sobre el vino, el impuesto de los 45 céntimos, la
repulsa burlona dada a la petición campesina de devolución de los mil millones,
etcétera: todos estos rayos legislativos se descargaban sobre la clase
campesina de golpe, en grande, desde la sede central, y las leyes y medidas
citadas más arriba daban carácter general
al ataque y a la resistencia, convirtiéndolos en tema diario de las
conversaciones [285] en todas las chozas; inoculaban la revolución en todas las
aldeas, la llevaban a los pueblos y la
hacían campesina.
Por otra parte, estos proyectos de
Bonaparte y su aprobación por la Asamblea Nacional, ¿no demostraban la unidad
existente entre los dos poderes de la república constitucional en lo referente
a la represión de la anarquía, es decir, de todas las clases que se rebelaban
contra la dictadura burguesa? ¿Acaso Soulouque,
inmediatamente después de su brusco mensaje [76],
no había asegurado a la Asamblea legislativa su devoción por el orden mediante
el mensaje subsiguiente de Carlier
[77],
caricatura sucia y vil de Fouché, como el mismo Luis Bonaparte era la
caricatura vulgar de Napoleón?
La ley de
enseñanza
nos revela la alianza de los jóvenes católicos con los viejos volterianos. La
dominación de los burgueses coligados, ¿podía ser otra cosa que el despotismo
coligado de la restauración amiga de los jesuitas y de la monarquía de Julio,
que se las daba de librepensadora? Las armas que había repartido entre el
pueblo una fracción burguesa contra la otra, en sus pugnas alternativas por la
dominación soberana, ¿no había que arrebatárselas de nuevo, ahora que se
enfrentaba a la dictadura conjunta de ambas? Nada, ni siquiera la repulsa de
los concordats à l'amiable [*]
sublevó tanto a los tenderos de París como esta coqueta ostentación de jesuitismo.
Entretanto, proseguían las colisiones
entre las distintas fracciones del partido del orden y entre la Asamblea
Nacional y Bonaparte. A la Asamblea Nacional no le gustó mucho el que,
inmediatamente después de su golpe de Estado, después de haber formado un
ministerio bonapartista propio, Bonaparte llamase a su presencia a los
inválidos de la monarquía nombrados para prefectos y les pusiese como condición
para ostentar el cargo el hacer campaña de agitación anticonstitucional a favor
de su reelección a la presidencia; el que Carlier festejase su toma de posesión
con la supresión de un club legitimista; el que Bonaparte crease un periódico
propio, "Le Napoléon" [78],
que delataba al público los apetitos secretos del presidente, mientras sus
ministros tenían que negarlos en el escenario de la Asamblea Legislativa. No le
gustaba mucho el mantenimiento obstinado del ministerio, a pesar de sus
distintos votos de censura; tampoco le gustaba mucho el intento de ganarse el
favor de los suboficiales con un aumento de veinte céntimos diarios y el favor
del proletariado con un plagio de "Los Misterios de París" de Eugenio
Sue, con un Banco para préstamos de honor; ni, finalmente, la desvergüenza con
que se hacía que los ministros propusieran la deportación a Argelia de los
insurrectos de Junio que aún quedaban, para echar sobre la Asamblea Legislativa
la impopularidad en gros [*]*,
mientras el presidente se reservaba para sí la popularidad en détail [*]**,
concediendo indultos individuales. Thiers
dejó escapar palabras amenazadoras sobre coups
d'état [*]***
y coups de tête [*]****
y la Asamblea Legislativa se vengó de Bonaparte rechazando todos los proyectos
de ley que le presentaba en beneficio propio e investigando de un modo
ruidosamente desconfiado todos los que presentaba en beneficio común, para
averiguar si, fortaleciendo el poder ejecutivo, no aspiraba a aprovecharse de
él para el poder personal de Bonaparte. En una palabra, se vengó con la conspiración del desprecio.
Por su parte, el partido de los
legitimistas veía con enojo cómo los orleanistas, más capacitados, volvían a
adueñarse de casi todos los puestos y cómo crecía la centralización, mientras que el cifraba en la descentralización sus esperanzas de
triunfo. Y, en efecto, la contrarrevolución centralizaba violentamente, es decir, preparaba el mecanismo de
la revolución. Centralizó
incluso, mediante el curso forzoso de los billetes de Banco, el oro y la plata
de Francia en el Banco de París, creando así el tesoro de guerra de la revolución, listo para su empleo.
Finalmente, los orleanistas veían con
enojo cómo salía de nuevo a flote el principio de la legitimidad, alzándose
frente a su principio bastardo, y cómo eran ellos postergados y maltratados a
cada paso como una esposa burguesa por su noble consorte.
Hemos visto cómo, unos tras otros, los
campesinos, los pequeños burgueses, las capas medias en general, se iban
colocando junto al proletariado, cómo eran empujados a una oposición abierta
contra la república oficial y tratados por ésta como adversarios. Rebelión contra la dictadura burguesa,
necesidad de un cambio de la sociedad, mantenimiento de las instituciones
democrático-republicanas como instrumentos de este cambio, agrupación en torno
al proletariado como fuerza revolucionaria decisiva: tales son las
características generales del llamado
partido de la socialdemocracia, del partido de la república roja. Este partido de la anarquía, como sus
adversarios lo bautizan, es también una coalición de diferentes intereses, ni
más ni menos que el partido del orden.
Desde la reforma mínima del viejo desorden social hasta la subversión del viejo
orden social, desde el liberalismo burgués hasta el terrorismo revolucionario:
tal es la distancia que separa a los dos extremos que constituyen el punto de
partida y la meta final del partido de la «anarquía».
¡La abolición de los aranceles
protectores es socialismo! Porque atenta contra el monopolio de la fracción industrial del partido del orden. ¡La
regulación del presupuesto es socialismo! Porque atenta contra el monopolio de
la fracción financiera del
partido del orden. ¡La libre importación de carne y cereales extranjeros es
socialismo! Porque atenta contra el monopolio de la tercera fracción del
partido del orden, la de la gran
propiedad terrateniente. En Francia, las reivindicaciones del partido de
los freetraders [79],
es decir, del partido más progresivo de la burguesía inglesa, aparecen como
otras tantas reivindicaciones socialistas. ¡El volterianismo es socialismo!,
pues atenta contra la cuarta fracción del partido del orden: la católica. ¡La libertad de prensa, el
derecho de asociación, la instrucción pública general son socialismo,
socialismo! Atentan contra el monopolio general del partido del orden.
La marcha de la revolución había hecho
madurar tan rápidamente la situación, que los partidarios de reformas de todos
los matices y las pretensiones más modestas de las clases medias veíanse
obligados a agruparse en torno a la bandera del partido revolucionario más
extremo, en torno a la bandera roja.
Sin embargo, por muy diverso que fuese el
socialismo de los diferentes
grandes sectores que integraban el partido de la anarquía —según las
condiciones económicas de su clase o fracción de clase y las necesidades
generales revolucionarias que de ellas brotaban—, había un punto en que coincidían todos: en proclamarse como medio para la emancipación del proletariado
y en proclamar esta emancipación como su fin.
Engaño intencionado de unos e ilusión de otros, que presentan el mundo
transformado con arreglo a sus necesidades como el mundo mejor para todos, como
la realización de todas las reivindicaciones revolucionarias y la supresión de
todos los conflictos revolucionarios.
Bajo las frases socialistas generales y de tenor bastante
uniforme del «partido de la anarquía»,
se esconde el socialismo del
"National", de la "Presse" y del "Siècle", que,
más o menos consecuentemente, quiere derrocar la dominación de la aristocracia
financiera y liberar a la industria y al comercio de las trabas que han sufrido
hasta hoy. Es éste el socialismo de la industria, del comercio y de la
agricultura, cuyos regentes dentro del partido del orden sacrifican estos
intereses, por cuanto ya no coinciden con sus monopolios privados. De este socialismo burgués, que,
naturalmente, como todas las variedades del socialismo, atrae a un sector de
obreros y pequeños burgueses, se distingue el peculiar socialismo pequeñoburgués, el socialismo par excellence [*].
El capital acosa a esta clase, principalmente como acreedor; por eso ella exige instituciones de crédito. La aplasta por la competencia; por eso ella exige asociaciones apoyadas por el Estado.
Tiene superioridad en la lucha, a causa de la concentración del capital; por eso ella exige impuestos progresivos, restricciones
para las herencias, centralización de las grandes obras en manos del Estado y
otras medidas que contengan por la
fuerza el incremento del capital. Y como ella sueña con la realización
pacífica de su socialismo —aparte, tal vez, de una breve repetición de la
revolución de Febrero—, se representa, naturalmente, el futuro proceso
histórico como la aplicación de los
sistemas que inventan o han inventado los pensadores de la sociedad, ya
sea colectiva o individualmente. Y así se convierten en eclécticos o en adeptos
de los sistemas socialistas
existentes, del socialismo doctrinario,
que sólo fue la expresión teórica del proletariado mientras éste no se había
desarrollado todavía lo suficiente para convertirse en un movimiento histórico
propio y libre.
Mientras que la utopía, el socialismo
doctrinario, que supedita el movimiento total a uno de sus aspectos, que
suplanta la producción colectiva, social, por la actividad cerebral de un
pedante suelto y que, sobre todo, mediante pequeños trucos o grandes
sentimentalismos, elimina en su fantasía la lucha revolucionaria de las clases
y sus necesidades, mientras que este socialismo doctrinario, que en el fondo no
hace más que idealizar la sociedad actual, forjarse de ella una imagen limpia de
defectos y quiere imponer su propio ideal a despecho de la realidad social;
mientras que este socialismo es traspasado por el proletariado a la pequeña
burguesía; mientras que la lucha de los distintos jefes socialistas entre sí
pone de manifiesto que cada uno de los llamados sistemas se aferra
pretenciosamente a uno de los puntos de transición de la transformación social,
contraponiéndolo a los otros, el proletariado
va agrupándose más en torno al socialismo
revolucionario, en torno al comunismo,
que la misma burguesía ha bautizado con el nombre de Blanqui. Este socialismo es la declaración de la revolución permanente, de la dictadura de clase del proletariado
como punto necesario de transición para la supresión de las diferencias de clase en general, para la
supresión de todas las relaciones de producción en que éstas descansan, para la
supresión de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones
de producción, para la subversión de todas las ideas que brotan de estas
relaciones sociales.
El espacio de esta exposición no
consiente desarrollar más este tema.
Hemos visto que así como en el partido
del orden se puso
necesariamente a la cabeza la aristocracia
financiera, en el partido de la «anarquía»
pasó a primer plano el proletariado.
Y mientras las diferentes clases reunidas en una liga revolucionaria se
agrupaban en torno al proletariado, mientras los departamentos eran cada vez
menos seguros y la propia Asamblea Legislativa se tornaba cada vez más hosca
contra las pretensiones del Soulouque francés [*],
se iban acercando las elecciones parciales —que tantos retrasos y aplazamientos
habían sufrido—, para cubrir los puestos de los diputados de la Montaña
proscritos a consecuencia del 13 de junio.
El Gobierno, despreciado por sus
enemigos, maltratado y humillado a diario por sus supuestos amigos, no veía más
que un medio para salir de
aquella situación desagradable e insostenible: el motín. Un motín en París habría permitido decretar el estado de
sitio en París y en los departamentos y coger así las riendas de las
elecciones. De otra parte, los amigos del orden se verían obligados a hacer
concesiones a un gobierno que hubiese conseguido una victoria sobre la
anarquía, si no querían aparecer ellos también como anarquistas.
El Gobierno puso manos a la obra. A
comienzos de febrero de 1850, se provocó al pueblo derribando los árboles de la
libertad [80].
En vano. Si los árboles de la libertad perdieron su puesto, el propio Gobierno
perdió la cabeza y retrocedió asustado ante sus propias provocaciones. Por su
parte, la Asamblea Nacional recibió con una desconfianza de hielo esta torpe
tentativa de emancipación de Bonaparte. No tuvo más éxito la retirada de las
coronas de siemprevivas de la Columna de Julio [81].
Esto dio a una parte del ejército la ocasión para manifestaciones
revolucionarias y a la Asamblea Nacional para un voto de censura más o menos
velado contra el ministerio. En vano la amenaza de la prensa del Gobierno con
la abolición del sufragio universal, con la invasión de los cosacos. En vano el
reto que d'Hautpoul lanzó directamente a las izquierdas en plena Asamblea
Legislativa para que se echasen a la calle y su declaración de que el Gobierno
estaba preparado para recibirlas. D'Hautpoul no consiguió más que una llamada
al orden que le hizo el presidente, y el partido del orden, con silenciosa
malevolencia, dejó que un diputado de la izquierda pusiese en ridículo los
apetitos usurpadores de Bonaparte. En vano, finalmente, la profecía de una
revolución para el 24 de febrero.
El Gobierno hizo que el 24 de febrero pasase ignorado para el pueblo.
El proletariado no se dejó provocar a
ningún motín porque se disponía
a hacer una revolución.
Sin dejarse desviar de su camino por las
provocaciones del Gobierno, que no hacían más que aumentar la irritación
general contra el estado de cosas existente, el comité electoral, que estaba
completamente bajo la influencia de los obreros, presentó tres candidatos por
París: De Flotte, Vidal y Carnot. De Flotte
era un deportado de Junio, amnistiado por una de las ocurrencias de Bonaparte
en busca de popularidad; era amigo de Blanqui y había tomado parte en el
atentado del 15 de mayo. Vidal,
conocido como escritor comunista por su libro "Sobre la distribución de la
riqueza", había sido secretario de Luis Blanc en la Comisión del
Luxemburgo. Y Carnot, hijo del
hombre de la Convención que había organizado la victoria, el miembro menos
comprometido del partido del "National", ministro de Educación en el
Gobierno provisional y en la Comisión Ejecutiva, era, por su democrático
proyecto de ley sobre la instrucción pública, una protesta viviente contra la
ley de enseñanza de los jesuitas. Estos tres candidatos representaban a las
tres clases coligadas: a la cabeza, el insurrecto de Junio, el representante
del proletariado revolucionario; junto a él, el socialista doctrinario, el
representante de la pequeña burguesía socialista; y finalmente, el tercero,
representante del partido burgués republicano, cuyas fórmulas democráticas
habían cobrado, frente al partido del orden, una significación socialista y
habían perdido desde hacía ya mucho tiempo su propia significación. Era, como en Febrero, una coalición general contra la burguesía y el
Gobierno. Pero, esta vez estaba el proletariado a la cabeza de la liga revolucionaria.
A pesar de todos los esfuerzos hechos en
contra, vencieron los candidatos socialistas. El mismo ejército votó por el
insurrecto de Junio contra La Hitte, su propio ministro de la Guerra. El
partido del orden estaba como si le hubiese caído un rayo encima. Las
elecciones departamentales no le sirvieron de consuelo, pues arrojaron una
mayoría de hombres de la Montaña.
¡Las
elecciones del 10 de marzo de 1850! Era la
revocación de junio de 1848: los asesinos y deportadores de los insurrectos
de Junio volvieron a la Asamblea Nacional, pero con la cerviz inclinada, detrás
de los deportados, y con los principios de éstos en los labios. Era la revocación del 13 de junio de 1849:
la Montaña, proscrita por la Asamblea Nacional, volvió a su seno, pero como
trompetero de avanzada de la revolución, ya no como su jefe. Era la revocación del 10 de diciembre:
Napoleón había sido derrotado con su ministro La Hitte. La historia
parlamentaria de Francia sólo conoce un caso análogo: la derrota de Haussez,
ministro de Carlos X, en 1830. Las elecciones del 10 de marzo de 1850 eran,
finalmente, la cancelación de las elecciones del 13 de mayo, que habían dado al
partido del orden la mayoría. Las elecciones del 10 de marzo protestaron contra
la mayoría del 13 de mayo. El 10 de marzo era una revolución. Detrás de las
papeletas de voto estaban los adoquines del empedrado.
«La votación del 10 de marzo es la
guerra», exclamó Ségur d'Aguesseau, uno de los miembros más progresistas del
partido del orden.
Con el 10 de marzo de 1850, la república
constitucional entra en una nueva fase, en
la fase de su disolución. Las distintas fracciones de la mayoría vuelven
a estar unidas entre sí y con Bonaparte, vuelven a ser las salvadoras del orden
y él vuelve a ser su hombre neutral.
Cuando se acuerdan de que son monárquicas sólo es porque desesperan de la
posibilidad de una república burguesa, y cuando él se acuerda de que es un
pretendiente sólo es porque desespera de seguir siendo presidente.
A la elección de De Flotte, el insurrecto de Junio, contesta Bonaparte, por
mandato del partido del orden, con el nombramiento de Baroche para ministro del Interior; de Baroche, el acusador de
Blanqui y Barbès, de Ledru-Rollin y Guinard. A la elección de Carnot contesta la Asamblea Legislativa
con la aprobación de la ley de enseñanza; a la elección de Vidal con la suspensión de la prensa
socialista. El partido del orden pretende ahuyentar su propio miedo con los
trompetazos de su prensa. «¡La espada es sagrada!»,
grita uno de sus órganos. «¡Los defensores del orden
deben tomar la ofensiva contra el partido rojol», grita otro. «¡Entre el socialismo y la sociedad hay un duelo a muerte,
una guerra sin tregua ni cuartel; en este duelo a la desesperada tiene que
perecer uno de los dos; si la sociedad no aniquila al socialismo, el socialismo
aniquilará a la sociedad!», canta un tercer gallo del orden. ¡Levantad las
barricadas del orden, las barricadas de la religión, las barricadas de la
familia! ¡Hay que acabar con los 127.000 electores de París! [82]
¡Un San Bartolomé de socialistas! Y el partido del orden cree por un momento
que tiene asegurada la victoria.
Contra quien más fanáticamente se revuelven
sus órganos es contra los «tenderos de
París». ¡El insurrecto de Junio elegido diputado por los tenderos de
París! Esto significa que es imposible un segundo 13 de junio de 1848; esto
significa que la influencia moral del capital está rota; esto significa que la
Asamblea burguesa ya no representa más que a la burguesía; esto significa que
la gran propiedad está perdida, porque su vasallo, la pequeña propiedad, va a
buscar su salvación al campo de los que no tienen propiedad alguna.
El partido del orden vuelve,
naturalmente, a su inevitable lugar
común. «¡Más represión!», exclama. «¡Decuplicar la represión!»; pero su
fuerza represiva es ahora diez veces menor, mientras que la resistencia se ha
centuplicado. ¿No hay que reprimir al instrumento principal de la represión, al
ejército? Y el partido del orden pronuncia su última palabra: «Hay que romper
el anillo de hierro de una legalidad asfixiante. La república constitucional es imposible. Tenemos que luchar con
nuestras verdaderas armas; desde febrero de 1848 venimos combatiendo a la
revolución con sus armas y en su terreno; hemos aceptado sus instituciones, la
Constitución es una fortaleza que sólo protege a los sitiadores, pero no a los
sitiados. Al meternos de contrabando en la Santa Ilión dentro de la panza del
caballo de Troya, no hemos conquistado la ciudad enemiga como nuestros
antepasados, los grecs [*],
sino que nos hemos hecho nosotros mismos prisioneros».
Pero la base de la Constitución es el sufragio universal. La aniquilación del sufragio universal
es la última palabra del partido del orden, de la dictadura burguesa.
El sufragio universal les dio la razón el
4 de mayo de 1848, el 20 de diciembre de 1848, el 13 de mayo de 1849 y el 8 de
julio de 1849. El sufragio universal se quitó la razón a sí mismo el 10 de
marzo de 1850. La dominación burguesa, como emanación y resultado del sufragio
universal, como manifestación explícita de la voluntad soberana del pueblo: tal
es el sentido de la Constitución burguesa. Pero desde el momento en que el
contenido de este derecho de sufragio, de esta voluntad soberana, deja de ser
la dominación de la burguesía, ¿tiene la Constitución algún sentido? ¿No es
deber de la burguesía el reglamentar el derecho de sufragio para que quiera lo
que es razonable, es decir, su dominación? Al anular una y otra vez el poder
estatal, para volver a hacerlo surgir de su seno, el sufragio universal, ¿no
suprime toda estabilidad, no pone a cada momento en tela de juicio todos los
poderes existentes, no aniquila la autoridad, no amenaza con elevar a la
categoría de autoridad a la misma anarquía? Después del 10 de marzo de 1850, ¿a
quién podía caberle todavía ninguna duda?
La burguesía, al rechazar el sufragio
universal, con cuyo ropaje se había vestido hasta ahora, del que extraía su
omnipotencia, confiesa sin rebozo: «nuestra
dictadura ha existido hasta aquí por la voluntad del pueblo; ahora hay que consolidarla contra la
voluntad del pueblo». Y, consecuentemente, ya no busca apoyo en Francia, sino fuera, en tierras
extranjeras, en la invasión.
Con la invasión, la burguesía —nueva
Coblenza [83]
instalada en la misma Francia— despierta contra ella todas las pasiones
nacionales. Con el ataque contra el sufragio universal da a la nueva revolución
un pretexto general, y la
revolución necesitaba tal pretexto. Todo pretexto especial dividiría las fracciones de la Liga revolucionaria y
sacaría a la superficie sus diferencias. El pretexto general aturde a las clases semirrevolucionarias, les permite
engañarse a sí mismas acerca del carácter
concreto de la futura revolución, acerca de las consecuencias de su propia
acción. Toda revolución necesita un problema de banquete. El sufragio universal
es el problema de banquete de la nueva revolución.
Pero las fracciones burguesas coligadas,
al huir de la única forma posible de poder
conjunto, de la forma más fuerte y más completa de su dominación de clase, de la república
constitucional, para replegarse sobre una forma inferior, incompleta y más
débil, sobre la monarquía, han
pronunciado su propia sentencia. Recuerdan a aquel anciano que, queriendo
recobrar su fuerza juvenil, sacó sus ropas de niño y se puso a querer forzar
dentro de ellas sus miembros decrépitos. Su república no tenía más que un mérito: el de ser la estufa de la revolución.
El 10 de marzo de 1850, lleva esta
inscripción:
Après moi le
déluge! [*]
NOTAS
[*] Desde aquí en adelante, hasta el final de la obra se entiende
bajo el nombre de Asamblea Nacional la Asamblea Nacional Legislativa, que
funcionó desde el 28 de mayo de 1849 hasta diciembre de 1851. (N. de la Edit.)
[61] "La Démocratie pacifique" ("La Democracía
pacífica"): diario de los fourieristas que apareció en París entre 1843 y
1851, redactado por V. Considírant.
En la tarde
del 12 de junio de 1849 se celebró en la redacción del periódico una reunión de
los diputados del Partido de la Montaña. Los participantes en esta reunión se
negaron a recurrir a las armas y decidieron limitarse a una manifestación
pacífica.-
[62]En el manifiesto publicado en el periódico "Le
Peuple" ("El Pueblo"), Nº 206, del 13 de junio de 1849, «La
Asociación Democrática de los Amigos de la Constitución» exhortaba a los
ciudadanos parisienses a salir en manifestación pacífica para protestar contra
las «atrevidas pretensiones» del poder ejecutivo.-
[63] La proclama de La Montaña se publicó en "La
Réforme" y en "La Démocratie pacifique", así como en el
periódico de Proudhon "Le Peuple" del 13 de junio de 1849.-
[*] Museo de Artes y Oficios. (N. de la Edit.)
[**] Hecho consumado. (N. de la Edit.)
[64] . La batalla de Waterloo
(Bélgica) tuvo lugar el 18 de junio de 1815. El ejército de Napoleón fue
derrotado. Esta batalla desempeñó el papel decisivo en la campaña de 1815,
predeterminando la victoria definitiva de la coalición antinapoleónica de los
Estados europeos y la caída del imperio de Napoleón I.-
[*] Ciudadanos. (N. de la Edit.)
[65] Marx se refiere a la comisión del papa Pío IX, compuesta de
tres cardenales que, con el apoyo del ejército francés y, después de haber
aplastado la República de Roma, restableció en ésta el régimen reaccionario.
Los cardenales llevaban vestidura roja.-
[66] "El Siècle" ("El Siglo"): diario
francés que aparecía en París de 1836 a 1939; en los años 40 del siglo XIX
reflejaba las ideas de la parte de la pequeña burguesía que se limitaba a exigir
reformas constitucionales moderadas; en los años 50 fue un periódico
republicano moderado.-
[67] "La Presse" ("La Prensa"): diario que
salía en París desde 1836; durante la monarquía de Julio tenía carácter
oposicionista; en 1848-1849 fue órgano de los republicanos burgueses;
posteriormente fue órgano bonapartista.-
[68] Haynau, Julio Jacobo (1786-1853): general austríaco que
aplastó con saña el movimiento revolucionario de 1848-1849 en Italia y
Hungría.-
[*] A cada capacidad según sus obras. (Marx alude aquí a una
conocida fórmula de Saint-Simon.) (N. de la Edit.)
[69] Se trata del conde de Chambord (que se denominaba a sí
mismo Enrique V), de la rama mayor de la dinastía de los Borbones, que
pretendía el trono francés. Una de las residencias permanentes de Chambord en
Alemania Occidental, además de la ciudad de Wiesbaden, era la ciudad de Ems.-
[**] ¡Cuánto habían cambiado las cosas! (N. de la Edit.)
[70] En Claremont, lugar suburbano de Londres, vivía Luis
Felipe, que había huido de Francia después de la Revolución de febrero de
1848.-
[*] ¡O César, o a Clichy! (Clichy, cárcel de deudores en
París). (N. de la Edit.)
[71] Motu proprio
(«con su propio permiso»): palabras iniciales de ciertos mensajes papales que
se adoptaban sin el acuerdo de los cardenales y trataban, por lo común, asuntos
administrativos y de política interior de la región papal. En este caso
concreto se trata del mensaje del papa Pío IX del 12 de setiembre de 1849.-
[**] De la poesía "De las montañas" del poeta alemán
H. Herwegh. (N. de la Edit.)
[***] ¡Vamos! ¡Vamos! (N. de la Edit.)
[****] En serio. (N. de la Edit.)
[*****] Napoleón José Bonsparte, hijo de Jerónimo
Bonaparte. (N. de la Edit.)
[*] En el fondo de su corazón. (N. de la Edit.)
[*] Lince de la Bolsa. (N. de la Edit.)
[*] ¡No era tan tonto! (N. de la Edit.)
[**] Libre cambio. (N. de la Edit.)
[72] Esta deducción sobre la posibilidad de la victoria de la
revolución proletaria sólo en el caso de que se hiciera simultáneamente en los
países capitalistas adelantados y, por consiguiente, de la imposibilidad del
triunfo de la revolución en un solo país, y que obtuvo la forma más acabada en
el trabajo de Engels "Principios del comunismo" (1847) (véase el
presente tomo, pág. 82) era acertada para el período del capitalismo
premonopolista. Lenin, partiendo de la ley, que él descubrió, del desarrollo
económico y político desigual del capitalismo en la época del imperialismo,
llegó a la nueva conclusión de que era posible la victoria de la revolución
socialista primero en varios países o incluso en uno solo, tomado por separado,
y de que era imposible la victoria simultánea de la revolución en todos los países
o en la mayoría de ellos. La fórmula de esta nueva deducción se dio por vez
primera en el artículo de Lenin "La consigna de los Estados Unidos de
Europa" (1915).—
[*] El 8 de julio de 1847, comenzó ante el Tribunal de los
pares de París el proceso contra Parmentier y el general Cubières por
corrupción de funcionarios con objeto de obtener una concesión de minas de sal,
y contra Teste, ministro de Obras Públicas de entonces, acusado de haberse
dejado sobornar por ellos. Este último intentó suicidarse durante el proceso.
Todos fueron condenados a fuertes multas. Teste, además, a tres años de cárcel.
(Nota de F. Engels para la edición de 1895.)
[*] ¡Viva el impuesto sobre el vino! ¡Tres vivas y un viva más!
(N. de la Edit.)
[**] La nobleza. (N. de la Edit.)
[***] La gente a quien se podía gravar con impuestos a
discreción. (N. de la Edit.)
[73] El resultado no coincide: debe ser 578.178.000, y no
538.000.000; por lo visto, en los datos hay un error, sin embargo, esto no
influye en la conclusión general: tanto en un caso como en otro, salen menos de
25 francos de ingresos netos por habitante.-
[*] Así se llama en la Historia la Cámara de diputados
fanáticamente ultramonárquica y reaccionaria, elegido en 1815, inmediatamente
después de la segunda caída de Napoleón. (Nota de F. Engels para la edición de
1895.)
[74] En el departamento du
Gard, con motivo de la muerte del diputado legitimista De Beaune se
celebraron elecciones complementarias. Por una mayoría de 20.000 votos de los
36.000 posibles salió elegido Favaune, candidato de los partidarios de La
Montaña.-
[*] El terror blanco. (N. de la Edit.)
[75] En 1850, el gobierno dividió el territorio de Francia en
cinco grandes regiones militares, como resultado de lo cual París y los
departamentos adyacentes quedaron rodeados de otras cuatro regiones, a la
cabeza de las cuales se colocó a los reaccionarios más declarados. Al recalcar
el parecido entre el poder ilimitado de estos generales reaccionarios y el
despotismo de los bajaes turcos, la prensa republicana denominó bajalatos estas
regiones.-
[76] Se refiere al mensaje del presidente Luis Bonaparte a la
Asamblea Legislativa de fecha del 31 de octubre de 1849 en el que se comunicaba
que admitía la dimisión del gabinete de Barrot y formaba nuevo gobierno.-
[77] En el mensaje del 10 de noviembre de 1849, Carlier, nuevo
prefecto de la policía de París, exhortaba a crear una «liga social contra el
socialismo» para defender «la religión, el trabajo, la familia, la propiedad y
la lealtad».-
[*] Acuerdos amistosos (N. de la Edit.)
[78] "Le Napoleón" ("Napoleón"): semanario
que aparecía en París desde el 6 de enero hasta el 19 de mayo de 1850.-
[**] Al por mayor. (N. de la Edit.)
[***] Al por menor. (N. de la Edit.)
[****] Golpes de Estado. (N. de la Edit.)
[*****] Ventoleras. (N. de la Edit.)
[79] Freetraders
(Librecambistas): partidarios de la libertad de comercio y de la no
intervención del Estado en la vida económica. En los años 40-50 del siglo XIX
constituyeron un grupo político aparte que entró posteriormente en el Partido
Liberal.-
[*] Por excelencia. (N. de la Edit.)
[*] Napoleón III. (N. de la Edit.)
[80] Los árboles de la
libertad fueron plantados en las calles de París después de la victoria
de la revolución de febrero de 1848. La plantación de los árboles de la
libertad, robles y álamos por lo general, era una tradición en Francia ya
durante la revolución burguesa de fines del siglo XVIII y se introdujo en su
tiempo por una disposición de la Convención.-
[81] La columna de
Julio, erigida en 1840 en la Plaza de la Bastilla de París en memoria de
los caídos durante la revolución de Julio de 1830, estaba adornada con coronas
de siemprevivas desde los tiempos de la revolución de febrero de 1848.-
[82] De Flotte,
partidario de Blanqui y representante del proletariado revolucionario de París,
obtuvo en las elecciones del 15 de marzo de 1850 126.643 votos.-
[*] Griegos, juego de palabras: Grecs significa griegos y también, timadores profesionales.
(Nota de Engels para la edición de 1895.)
[83] . Coblenza:
ciudad de Alemania Occidental. Durante la revolución burguesa de fines del
siglo XVIII en Francia fue el centro de la emigración contrarrevolucionaria.-
[*] ¡Después de mí, el diluvio! (Palabras atribuidas a Luis
XV.) (N. de la Edit.)
(La continuación de los tres capítulos
anteriores aparece en la "Revue" del último número publicado —número
doble, quinto y sexto— de la "Neue Rheinische Zeitung.
Politisch-ökonomische Revue" [84].
Después de describir la gran crisis comercial que estalló en 1847 en Inglaterra
y de explicar por sus repercusiones en el continente europeo cómo las
complicaciones políticas se agudizaron aquí hasta convertirse en las
revoluciones de febrero y marzo de 1848, se expone cómo la prosperidad del
comercio y de la industria, recobrada en el transcurso de 1848 y que en 1849 se
acentuó todavía más, paralizó el ascenso revolucionario e hizo posibles las
victorias simultáneas de la reacción: Respecto a Francia, dice luego
especialmente:) [*]
Los mismos síntomas se presentan en Francia desde 1849, y sobre todo
desde comienzos de 1850. Las industrias parisinas tienen todo el trabajo que
necesitan, y también marchan bastante [294] bien las fábricas algodoneras de
Ruán y Mulhouse, aunque aquí, como en Inglaterra, los elevados precios de la
materia prima han entorpecido este mejoramiento. El desarrollo de la
prosperidad en Francia se ha visto, además, especialmente estimulado por la
amplia reforma arancelaria de España y por la rebaja de aranceles para
distintos artículos de lujo en México; la exportación de mercancías francesas a
ambos mercados ha aumentado considerablemente. El aumento de los capitales
acarreó en Francia una serie de especulaciones, para las que sirvió de pretexto
la explotación en gran escala de las minas de oro en California. Surgieron
sociedades, que con sus acciones pequeñas y con sus prospectos teñidos de
socialismo apelaban directamente al bolsillo de los pequeños burgueses y de los
obreros, pero que, en conjunto y cada una en particular, se reducían a esa pura
estafa que es característica exclusiva de los franceses y de los chinos. Una de
estas sociedades es incluso protegida directamente por el Gobierno. En Francia,
los derechos de importación ascendieron en los primeros nueve meses de 1848 a
63 millones de francos, de 1849 a 95 millones de francos y de 1850 a 93 millones
de francos. Por lo demás, en el mes de septiembre de 1850 volvieron a exceder
en más de un millón respecto a los del mismo mes de 1849. Las exportaciones
aumentaron también en 1849, y más todavía en 1850.
La prueba más palmaria de la prosperidad
restablecida es la reanudación de los pagos en metálico del Banco por ley del 6
de agosto de 1850. El 15 de marzo de 1848 el Banco había sido autorizado para
suspender sus pagos en metálico. Su circulación de billetes, incluyendo los
Bancos provinciales, ascendía por entonces a 373 millones de francos
(14.920.000 libras esterlinas). El 2 de noviembre de 1849, esta circulación
ascendía a 482 millones de francos, o sea, 19.280.000 libras esterlinas: un
aumento de 4.360.000 libras. Y el 2 de septiembre de 1850, 496 millones de
francos, o 19.840.000 libras: un aumento de unos 5 millones de libras
esterlinas. Y no por esto se produjo ninguna depreciación de los billetes; al
contrario, el aumento de circulación de los billetes iba acompañado por una
acumulación continuamente creciente de oro y plata en los sótanos del Banco,
hasta el punto de que en el verano de 1850 las reservas en metálico ascendían a
unos 14 millones de libras esterlinas, suma inaudita en Francia. El hecho de
que el Banco se viese así en condiciones de aumentar en 123 millones de francos
(o 5 millones de libras esterlinas) su circulación, y con ello su capital en
activo, demuestra palmariamente cuánta razón teníamos al afirmar en uno de los
cuadernos anteriores que la aristocracia financiera, lejos de haber sido
derrotada por la revolución, había salido de ella fortalecida. Este resultado
se hace todavía más palpable por el siguiente resumen de la legislación
bancaria francesa de los últimos años. El 10 de junio de 1847, se autorizó al
Banco para emitir billetes de 200 francos; hasta entonces, los billetes más
pequeños eran de 500 francos. Un decreto del 15 de marzo de 1848 declaró moneda
legal los billetes del Banco de Francia y descargó al Banco de la obligación de
canjearlos por oro o plata. La emisión de billetes del Banco se limitó a 350
millones de francos. Al mismo tiempo se le autorizó para emitir billetes de 100
francos. Un decreto del 27 de abril dispuso la fusión de los Bancos
departamentales con el Banco de Francia; otro decreto del 2 de mayo de 1848
elevó su emisión de billetes a 442 millones de francos. Un decreto del 22 de
diciembre de 1849 hizo subir la cifra máxima de emisión de billetes a 525
millones de francos. Finalmente, la Ley del 6 de agosto de 1850 restableció la
canjeabilidad de los billetes por dinero en metálico. Estos hechos: el aumento
constante de la circulación, la concentración de todo el crédito francés en
manos del Banco y la acumulación en los sótanos de éste de todo el oro y la
plata de Francia, llevaron al señor Proudhon a la conclusión de que ahora el
Banco podía dejar su vieja piel de culebra y metamorfosearse en un Banco
popular proudhoniano. Proudhon no necesitaba conocer siquiera la historia de
las restricciones bancarias inglesas de 1797 a 1819 [85],
le bastaba con echar una mirada al otro lado del Canal para ver que eso que él
creía un hecho inaudito en la historia de la sociedad burguesa no era más que
un fenómeno burgués perfectamente normal, aunque en Francia se produjese ahora
por vez primera. Como se ve, los supuestos teóricos revolucionarios que
llevaban la voz cantante en París después del Gobierno provisional eran tan
ignorantes acerca del carácter y los resultados de las medidas adoptadas como
los señores del propio Gobierno provisional.
A pesar de la prosperidad industrial y
comercial de que goza momentáneamente Francia, la masa de la población, los 25
millones de campesinos, padece una gran depresión. Las buenas cosechas de los
últimos años han hecho bajar en Francia los precios de los cereales mucho más
que en Inglaterra, y con esto, la situación de los campesinos, endeudados,
esquilmados por la usura y agobiados por los impuestos, no puede ser brillante,
ni mucho menos. Sin embargo, la historia de los últimos tres años ha demostrado
hasta la saciedad que esta clase de la población es absolutamente incapaz de
ninguna iniciativa revolucionaria.
Lo mismo que el período de la crisis, el
de prosperidad comienza más tarde en el continente que en Inglaterra. En
Inglaterra se produce siempre el proceso originario: Inglaterra es el demiurgo
del cosmos burgués. En el continente, las diferentes fases del ciclo que
recorre cada vez de nuevo la sociedad burguesa se producen en forma secundaria
y terciaria. En primer lugar, el continente exporta a Inglaterra
incomparablemente más que a ningún otro país. Pero esta exportación a
Inglaterra depende, a su vez, de la situación de Inglaterra, sobre todo
respecto al mercado ultramarino. Luego, Inglaterra exporta a los países de
ultramar incomparablemente más que todo el continente, por donde el volumen de
las exportaciones continentales a estos países depende siempre de las
exportaciones de Inglaterra a ultramar en cada momento. Por tanto, aún cuando
las crisis engendran revoluciones primero en el continente, la causa de éstas
se halla siempre en Inglaterra. Es natural que en las extremidades del cuerpo
burgués se produzcan estallidos violentos antes que en el corazón, pues aquí la
posibilidad de compensación es mayor que allí. De otra parte, el grado en que
las revoluciones continentales repercuten sobre Inglaterra es, al mismo tiempo,
el termómetro por el que se mide hasta qué punto estas revoluciones ponen
realmente en peligro el régimen de vida burgués o hasta qué punto afectan
solamente a sus formaciones políticas.
Bajo esta prosperidad general, en que las
fuerzas productivas de la sociedad burguesa se desenvuelven todo lo
exuberantemente que pueden desenvolverse dentro de las condiciones burguesas,
no puede ni hablarse de una verdadera revolución. Semejante revolución sólo
puede darse en aquellos períodos en que estos dos factores, las modernas
fuerzas productivas y las formas
burguesas de producción incurren en mutua contradicción. Las distintas querellas a que ahora se dejan ir y
en que se comprometen recíprocamente los representantes de las distintas
fracciones del partido continental del orden no dan, ni mucho menos, pie para
nuevas revoluciones; por el contrario, son posibles sólo porque la base de las
relaciones sociales es, por el momento, tan segura y —cosa que la reacción
ignora— tan burguesa. Contra
ella rebotarán todos los intentos de la reacción por contener el desarrollo
burgués, así como toda la indignación moral y todas las proclamas entusiastas
de los demócratas. Una nueva
revolución sólo es posible como consecuencia de una nueva crisis. Pero es también tan segura como ésta.
Pasemos ahora a Francia.
La victoria que el pueblo, coligado con
los pequeños burgueses, había alcanzado en las elecciones del 10 de marzo, fue
anulada por él mismo, al provocar las nuevas elecciones del 28 de abril. Vidal
había salido elegido no sólo en París, sino también en el Bajo Rin. El comité
de París, en el que tenían una nutrida representación la Montaña y la pequeña
burguesía, le indujo a aceptar el acta del Bajo Rin. La victoria del 10 de
marzo perdió con esto su significación decisiva; el plazo de la decisión volvía
a prorrogarse, y la tensión del pueblo se amortiguaba: estaba acostumbrándose a
triunfos legales en vez de acostumbrarse a triunfos revolucionarios. El sentido
revolucionario del 10 de marzo —la rehabilitación de la insurrección de Junio—
fue completamente destruido, finalmente, por la candidatura de Eugenio Sue, el
socialfantástico sentimental y pequeñoburgués que a lo sumo sólo podía aceptar
el proletariado como una gracia en honor a las grisetas. A esta candidatura de
buenas intenciones enfrentó el partido del orden, a quien la política de
vacilaciones del adversario había hecho cobrar audacia, un candidato que debía
representar la victoria de
Junio. Este cómico candidato era el espartano padre de familia Leclerc, a
quien, sin embargo, la prensa fue arrancando del cuerpo, trozo a trozo, su
armadura heroica y que en las elecciones sufrió, además, una derrota brillante.
La nueva victoria electoral del 28 de abril ensoberboció a la Montaña y a la
pequeña burguesía. Aquélla se regocijaba ya con la idea de poder llegar a la
meta de sus deseos por la vía puramente legal y sin volver a empujar al
proletariado al primer plano mediante una nueva revolución; tenía la plena
seguridad de que, en las nuevas elecciones de 1852, elevaría al señor
Ledru-Rollin al sillón presidencial por medio del sufragio universal y traería
a la Asamblea una mayoría de hombres de la Montaña. El partido del orden,
completamente seguro por la renovación de las elecciones, por la candidatura de
Sue y por el estado de espíritu de la Montaña y de la pequeña burguesía, de que
éstas estaban resueltas a permanecer quietas, pasase lo que pasase, contestó a
ambos triunfos en las elecciones con la ley
electoral que abolía el sufragio universal.
El Gobierno se guardó mucho de presentar
este proyecto de ley bajo su propia responsabilidad. Hizo una concesión
aparente a la mayoría, confiando la elaboración del proyecto a los grandes
dignatarios de esta mayoría, a los 17 burgraves [86].
No fue, por tanto, el Gobierno quien propuso a la Asamblea, sino la mayoría de
ésta la que se propuso a sí misma la abolición del sufragio universal.
El 8 de mayo fue llevado el proyecto a la
Cámara. Toda la prensa socialdemócrata se levantó como un solo hombre para
predicar al pueblo una actitud digna, una calme majestueux [*],
pasividad y confianza en sus representantes. Cada artículo de estos periódicos
era una confesión de que lo primero que tendría que hacer una revolución sería
destruir la llamada prensa revolucionaria, razón por la cual lo que ahora
estaba sobre el tapete era su propia conservación. La prensa
pseudo-revolucionaria delataba su propio secreto. Firmaba su propia sentencia
de muerte.
El 21 de mayo la Montaña puso a debate la
cuestión previa y propuso que fuese desechado el proyecto en bloque, por ser
contrario a la Constitución. El partido del orden contestó diciendo que, si era
necesario, se violaría la Constitución, pero que no hacía falta, puesto que la
Constitución era susceptible de todas las interpretaciones y la mayoría era la
única competente para decidir cuál de ellas era la acertada. A los ataques
desenfrenados y salvajes de Thiers y Montalembert opuso la Montaña un humanismo
culto y correcto. Se paso en el terreno jurídico; el partido del orden la
remitió al terreno en que brota el Derecho, a la propiedad burguesa. La Montaña
gimoteó: ¿acaso se quería provocar a toda costa una revolución? El partido del
orden replicó que no le pillaría desprevenido.
El 22 de mayo fue liquidada la cuestión
previa por 462 votos contra 227. Los mismos hombres que se empeñaban en
demostrar de un modo tan solemne y concienzudo que la Asamblea Nacional y cada
uno de sus diputados abdicaban tan pronto como le volvían la espalda al pueblo,
que les había conferido los poderes, se aferraban a sus puestos y, en vez de
actuar ellos mismos, intentaron de pronto hacer que actuase el país, y
precisamente por medio de peticiones. Cuando el 31 de mayo la ley salió adelante
brillantemente ellos siguieron en sus sitios. Quisieron vengarse con una
protesta en la que levantaban acta de su inocencia en el estupro de la
Constitución, protesta que ni siquiera hicieron de un modo público, sino que la
deslizaron subrepticiamente en el bolsillo del presidente.
Un ejército de 150.000 hombres en París,
las largas que le habían ido dando a la decisión, el apaciguamiento de la
prensa, la pusilanimidad de la Montaña y de los diputados recién elegidos, la
calma mayestática de los pequeños burgueses y, sobre todo, la prosperidad
comercial e industrial, impidieron toda tentativa de revolución por parte del
proletariado.
El sufragio universal había cumplido su
misión. La mayoría del pueblo había pasado por la escuela de desarrollo, que es
para lo único que el sufragio universal puede servir en una época
revolucionaria. Tenía que ser necesariamente eliminado por una revolución o por
la reacción.
La Montaña hizo un gasto de energía
todavía mayor en una ocasión que se presentó a poco de esto. Desde lo alto de
la tribuna parlamentaria, el ministro de la Guerra, d'Hautpoul, había llamado
catástrofe funesta a la revolución de Febrero. Los oradores de la Montaña que,
como siempre, se caracterizaron por su estrépito de indignación moral, no
fueron autorizados a hablar por el presidente Dupin. Girardin propuso a la
Montaña retirarse en masa inmediatamente. Resultado: la Montaña siguió sentada
en sus escaños, pero Girardin fue expulsado de su seno por indigno.
La ley electoral requería otro
complemento: una nueva ley de prensa.
Esta no se hizo esperar mucho tiempo. Un proyecto del Gobierno, agravado en
muchos respectos por enmiendas del partido del orden, elevó las fianzas,
estableció un impuesto del timbre extraordinario para las novelas por entregas
(respuesta a la elección de Eugenio Sue), sometió a tributación todas las
publicaciones semanales o mensuales hasta cierto número de pliegos y dispuso,
finalmente, que todos los artículos periodísticos debían aparecer con la firma
de su autor. Las disposiciones sobre la fianza mataron a la llamada prensa
revolucionaria; el pueblo vio en su hundimiento una compensación por la
supresión del sufragio universal. Sin embargo, ni la tendencia ni los efectos
de la nueva ley se limitaban sólo a esta parte de la prensa. Mientras era
anónima, la prensa periodística aparecía como órgano de la opinión pública,
innúmera y anónima; era el tercer poder dentro del Estado. Teniendo que ser
firmados todos los artículos, un periódico se convertía en una simple colección
de aportaciones literarias de individuos más o menos conocidos. Cada artículo
descendía al nivel de los anuncios. Hasta allí, los periódicos habían circulado
como el papel moneda de la opinión pública; ahora se convertían en letras de
cambio más o menos malas, cuya solvencia y circulación dependían del crédito no
sólo del librador sino también del endosante. La prensa del partido del orden
había incitado, al igual que a la supresión del sufragio universal, a la
adopción de medidas extremas contra la mala prensa. Sin embargo, al partido del
orden —y más todavía a algunos de sus representantes provinciales— les
molestaba hasta la buena prensa, en su inquietante anonimidad. Sólo querían que
hubiese escritores pagados, con nombre, domicilio y filiación. En vano la buena
prensa se lamentaba de la ingratitud con que se recompensaban sus servicios. La
ley salió adelante y la norma que obligaba a dar los nombres le afectaba sobre
todo a ella. Los nombres de los periodistas republicanos eran bastante
conocidos, pero las respetables firmas del "Journal des Débats", de
la "Assemblée Nationale" [87],
del "Constitutionnel" [88],
etc., etc., quedaban muy mal paradas con su altisonante sabiduría de
estadistas, cuando la misteriosa compañía se destapaba siendo una serie de
venales penny-a-liners [*]
con una larga práctica en su oficio y que por dinero contante habían defendido
todo lo habido y por haber, como Granier de Cassagnac, o viejos trapos de
fregar que se llamaban a sí mismos estadistas, como Capefigue, o presumidos
cascanueces, como el señor Lemoinne, del "Débats".
En el debate sobre la ley de prensa, la
Montaña había descendido ya a un grado tal de desmoralización, que hubo de
limitarse a aplaudir los brillantes párrafos de una vieja notabilidad
luisfilípica, del señor Víctor Hugo.
Con la ley electoral y la ley de prensa,
el partido revolucionario y democrático desaparece de la escena oficial. Antes
de retirarse a casa, poco después de clausurarse las sesiones, las dos
fracciones de la Montaña, la de los demócratas socialistas y la de los
socialistas demócratas, lanzaron dos manifiestos, dos testimonia paupertatis [*]*,
en los que demostraban que, si la fuerza y el éxito no habían estado nunca de
su lado, ellos habían estado siempre al lado del Derecho eterno y de todas las
demás verdades eternas.
Fijémonos ahora en el partido del orden.
La "Neue Rheinische Zeitung" decía, en su tercer número, página 16:
«Frente a los apetitos de restauración de los orleanistas y legitimistas
coligados, Bonaparte defiende el título de su poder efectivo, la república;
frente a los apetitos de restauración de Bonaparte, el partido del orden
defiende el título de su poder común, la república; frente a los orleanistas,
los legitimistas defienden, como frente a los legitimistas, los orleanistas, el
statu quo, la república. Todas
estas fracciones del partido del orden, cada una de las cuales tiene in petto su propio rey y su propia
restauración, hacen valer en forma alternativa, frente a los apetitos de
usurpación y de revuelta de sus rivales, la dominación común de la burguesía,
la forma bajo la cual se neutralizan y se reservan las pretensiones
específicas: la república... Y Thiers
decía más verdad de lo que él sospechaba, al declarar: «Nosotros, los
monárquicos, somos los verdaderos puntales de la república constitucional».
Esta comedia de los républicains malgré eux [*]***:
la repugnancia contra el statu quo
y su continua consolidación; los incesantes rozamientos entre Bonaparte y la
Asamblea Nacional; la amenaza constantemente renovada del partido del orden de
descomponerse en sus distintos elementos integrantes y la siempre repetida
fusión de sus fracciones; el intento de cada fracción de convertir toda
victoria sobre el enemigo común en una derrota de los aliados temporales; los
celos, odios y persecuciones alternativos, el incansable desenvainar de las
espadas, que acababa siempre en un nuevo beso Lamourette [89]:
toda esa poco edificante comedia de enredo no se había desarrollado nunca de un
modo más clásico como durante los seis últimos meses.
El partido del orden consideraba la ley
electoral, al mismo tiempo, como una victoria sobre Bonaparte. ¿No había
entregado los poderes el Gobierno, al confiar a la Comisión de los diecisiete
la redacción y la responsabilidad de su propio proyecto? ¿Y no descansaba la
fuerza principal de Bonaparte frente a la Asamblea en el hecho de ser el
elegido de seis millones? A su vez, Bonaparte veía en la ley electoral una
concesión hecha a la Asamblea, con la que había comprado la armonía entre el
poder legislativo y el poder ejecutivo. Como premio, el vulgar aventurero
exigía que se le aumentase en tres millones su lista civil. ¿Podía la Asamblea
Nacional entrar en un conflicto con el poder ejecutivo, en un momento en que
acababa de excomulgar a la gran mayoría de los franceses? Se encolerizó
tremendamente, parecía querer llevar las cosas al extremo; su comisión rechazó
la propuesta; la prensa bonapartista amenazaba y apuntaba al pueblo
desheredado, al que se le había robado el derecho de voto; tuvieron lugar una
multitud de ruidosos intentos de transacción, y, por último, la Asamblea cedió
en cuanto a la cosa, pero vengándose, al mismo tiempo, en cuanto al principio.
En vez del aumento anual de principio de la lista civil en tres millones le
concedió una ayuda de 2.160.000 francos. No contenta con esto, no hizo siquiera
esta concesión hasta que no la hubo apoyado Changarnier, el general del partido
del orden y protector impuesto a Bonaparte. Así, en realidad, no concedió los
dos millones a Bonaparte, sino a Changarnier.
Este regalo, arrojado de mauvaise grâce [*],
fue aceptado por Bonaparte en el sentido en que se lo hacían. La prensa
bonapartista volvió a armar estrépito contra la Asamblea Nacional. Y cuando, en
el debate sobre la ley de prensa, se presentó la enmienda sobre la firma de los
artículos, enmienda dirigida especialmente contra los periódicos secundarios
defensores de los intereses privados de Bonaparte, el periódico central
bonapartista, el "Pouvoir" [90],
dirigió un ataque abierto y violento contra la Asamblea Nacional. Los ministros
tuvieron que desautorizar al periódico ante la Asamblea; el gerente del
"Pouvoir" hubo de comparecer ante el foro de la Asamblea Nacional y
fue condenado a la multa máxima, a 5.000 francos. Al día siguiente, el "Pouvoir"
publicó un artículo todavía más insolente contra la Asamblea Nacional, y como
revancha del Gobierno los Tribunales persiguieron inmediatamente a varios
periódicos legitimistas por violación de la Constitución.
Por último, se abordó la cuestión de la
suspensión de sesiones de la Cámara. Bonaparte la deseaba, para poder operar
desembarazadamente, sin que la Asamblea le pusiese obstáculos. El partido del
orden la deseaba, en parte para llevar adelante sus intrigas fraccionales y en
parte siguiendo los intereses particulares de los diferentes diputados. Ambos
la necesitaban para consolidar y ampliar en las provincias las victorias de la
reacción. La Asamblea suspendió, por tanto, sus sesiones desde el 11 de agosto
hasta el 11 de noviembre. Pero como Bonaparte no ocultaba, ni mucho menos, que
lo único que perseguía era deshacerse de la molesta fiscalización de la
Asamblea Nacional, la Asamblea imprimió incluso al voto de confianza un sello
de desconfianza contra el presidente. De la comisión permanente de veintiocho
miembros, que habían de seguir en sus puestos durante las vacaciones como
guardadores de la virtud de la república, se alejó a todos los bonapartistas [91].
En sustitución de ellos, se eligió incluso a algunos republicanos del
"Siècle" y del "National", para demostrar al presidente la
devoción de la mayoría a la república constitucional.
Poco antes, y sobre todo inmediatamente
después de la suspensión de sesiones de la Cámara, parecieron querer
reconciliarse las dos grandes fracciones del partido del orden, los orleanistas
y los legitimistas, por medio de la fusión de las dos casas reales bajo cuyas
banderas luchaban. Los periódicos estaban llenos de propuestas reconciliatorias
que se decía habían sido discutidas junto al lecho de enfermo de Luis Felipe,
en St. Leonards, cuando la muerte de Luis Felipe vino de pronto a simplificar
la situación. Luis Felipe era el usurpador; Enrique V, el despojado. En cambio,
el Conde de París, puesto que Enrique V no tenía hijos, era su legítimo
heredero. Ahora, se le había quitado todo obstáculo a la fusión de los dos
intereses dinásticos. Pero precisamente ahora las dos fracciones de la
burguesía habían descubierto que no era la exaltación por una determinada casa
real lo que las separaba, sino que eran, por el contrario, sus intereses de
clase divergentes los que mantenían la escisión entre las dos dinastías. Los
legitimistas, que habían ido en peregrinación al campamento regio de Enrique V
en Wiesbaden, exactamente lo mismo que sus competidores a St. Leonards,
recibieron aquí la noticia de la muerte de Luis Felipe. Inmediatamente,
formaron un ministerio [92]
in partibus infidelium [93],
integrado en su mayoría por miembros de aquella Comisión de guardadores de la
virtud de la república y que, con ocasión de una querella que estalló en el
seno del partido, se descolgó con la proclamación sin rodeos del derecho por la
gracia divina. Los orleanistas se regocijaban con el escándalo comprometedor
que este manifiesto [94]
provocó en la prensa y no ocultaban ni por un momento su franca hostilidad
contra los legitimistas.
Durante la suspensión de sesiones de la
Asamblea Nacional, se reunieron las representaciones departamentales. Su
mayoría se pronunció en favor de una revisión de la Constitución, más o menos
condicionada, es decir, se pronunció en favor de una restauración monárquica,
no deteniéndose a puntualizar, a favor de una «solución», confesando al mismo tiempo que era demasiada
incompetente y demasiado cobarde para encontrar esta solución. La fracción
bonapartista interpretó inmediatamente este deseo de revisión en el sentido de
la prórroga de los poderes presidenciales de Bonaparte.
La solución constitucional, la dimisión
de Bonaparte en mayo de 1852, acompañada de la elección de nuevo presidente por
todos los electores del país, y la revisión de la Constitución por una Cámara
revisora en los primeros meses del nuevo mandato presidencial, es absolutamente
inadmisible para la clase dominante. El día de la elección del nuevo presidente
sería el día en que se encontraran todos los partidos enemigos: los
legitimistas, los orleanistas, los republicanos burgueses, los revolucionarios.
Tendría que llegarse a una decisión por la violencia entre las distintas
fracciones. Y aunque el mismo partido del orden consiguiese llegar a un acuerdo
sobre la candidatura de un hombre neutral al margen de ambas familias
dinásticas, éste tendría otra vez en frente a Bonaparte. En su lucha contra el
pueblo el partido del orden se ve constantemente obligado a aumentar la fuerza
del poder ejecutivo. Cada aumento de la fuerza del poder ejecutivo, aumenta la
fuerza de su titular, Bonaparte. Por tanto, al reforzar el partido del orden su
dominación conjunta da, en la misma medida, armas a las pretensiones dinásticas
de Bonaparte, y refuerza sus probabilidades de hacer fracasar violentamente la
solución constitucional en el día decisivo. Ese día, Bonaparte, en su lucha
contra el partido del orden, no retrocederá ante uno de los pilares
fundamentales de la Constitución, como tampoco este partido retrocedió en su
lucha frente al pueblo, ante el otro pilar, ante la ley electoral. Es muy
probable que llegase incluso a apelar al sufragio universal contra la Asamblea.
En una palabra, la solución constitucional pone en tela de juicio todo el statu quo, y si se pone en peligro el
statu quo, los burgueses ya no
ven detrás de esto más que el caos, la anarquía, la guerra civil. Ven peligrar
el primer domingo de mayo de 1852 sus compras y sus ventas, sus letras de
cambio, sus matrimonios, sus escrituras notariales, sus hipotecas, sus rentas
del suelo, sus alquileres, sus ganancias, todos sus contratos y fuentes de
lucro, y a este riesgo no pueden exponerse. Si peligra el statu quo político, detrás de esto se
esconde el peligro de hundimiento de toda la sociedad burguesa. La única
solución posible en el sentido de la burguesía es aplazar la solución. La
burguesía sólo puede salvar la república constitucional violando la
Constitución, prorrogando los poderes del presidente. Y ésta es también la
última palabra de la prensa del orden, después de los largos y profundos
debates sobre las «soluciones» a que se entregó después de las sesiones de los
Consejos generales. El potente partido del orden se ve, pues, obligado, para
vergüenza suya, a tomar en serio a la ridícula y vulgar persona del pseudo
Bonaparte, tan odiada por aquél.
Esta sucia figura se equivocaba también
acerca de las causas que la iban revistiendo cada vez más con el carácter de
hombre indispensable. Mientras que su partido tenía la perspicacia suficiente
para achacar a las circunstancias la creciente importancia de Bonaparte, ésta
creía deberla exclusivamente a la fuerza mágica de su nombre y a su caricaturización
ininterrumpida de Napoleón. Cada día se mostraba más emprendedor. A las
peregrinaciones a St. Leonards y Wiesbaden opuso sus jiras por toda Francia.
Los bonapartistas tenían tan poca confianza en el efecto mágico de su
personalidad, que mandaban con él a tadas partes, como claque, a gentes de la
Sociedad del 10 de Diciembre —la organización del lumpemproletariado parisino—,
empaquetándolas a montones en los trenes y en las sillas de posta. Ponían en
boca de su marioneta discursos que, según el recibimiento que se le hacía en
las distintas ciudades, proclamaban la resignación republicana o la tenacidad
perseverante como lema de la política presidencial. Pese a todas las maniobras,
estos viajes distaban mucho de ser triunfales.
Convencido de haber entusiasmado así al
pueblo, Bonaparte se puso en movimiento para ganar al ejército. Hizo celebrar
en la explanada de Satory, cerca de Versalles, grandes revistas, en las que
quería comprar a los soldados con salchichón de ajo, champán y cigarros. Si el
auténtico Napoleón sabía animar a sus soldados decaídos, en las fatigas de sus
cruzadas de conquista, con una momentánea intimidad patriarcal, el pseudo
Napoleón creía que las tropas le mostraban su agradecimiento al gritar: «vive Napoleón, vive le saucisson!» [*]*
es decir, «¡Viva el salchichón y viva el histrión!»
Estas revistas hicieron estallar la
disensión largo tiempo contenida entre Bonaparte y su ministro de la Guerra,
d'Hautpoul, de una parte, y, de la otra, Changarnier. En Changarnier había
descubierto el partido del orden a su hombre realmente neutral, respecto al
cual no podía ni hablarse de pretensiones dinásticas personales. Le tenía
destinado para sucesor de Bonaparte. Además, con su actuación del 29 de enero y
del 13 de junio de 1849, Changarnier se había convertido en el gran mariscal
del partido del orden, en el moderno Alejandro, cuya brutal interposición había
cortado, a los ojos del burgués pusilánime, el nudo gordiano de la revolución.
Así, del modo más barato que cabe imaginar, un hombre que en el fondo no era
menos ridículo que Bonaparte, se veía convertido en un poder y colocado por la
Asamblea Nacional frente al presidente para fiscalizar su actuación. El mismo
Changarnier coqueteaba, por ejemplo, en el asunto del suplemento a la lista
civil, con la protección que dispensaba a Bonaparte y adoptaba con él y con los
ministros un aire de superioridad cada vez mayor. Cuando, con motivo de la ley
electoral, se esperaba una insurrección, prohibió a sus oficiales recibir
ninguna clase de órdenes del ministro de la Guerra o del presidente. La prensa
contribuía, además, a agrandar la figura de Changarnier. Dada la carencia
completa de grandes personalidades, el partido del orden veíase naturalmente
obligado a atribuir a un solo individuo la fuerza que le faltaba
a toda su clase, inflando a este individuo hasta convertirlo en un gigante. Así
fue cómo nació el mito de Changarnier, el «baluarte de la sociedad». La presuntuosa charlatanería y la
misteriosa gravedad con que Changarnier se dignaba llevar el mundo sobre sus
hombros forma el más ridículo contraste con los acontecimientos producidos
durante la revista de Satory y después de ella, los cuales demostraron
irrefutablemente que bastaba con un plumazo de Bonaparte, el infinitamente
pequeño, para reducir a este engendro fantástico del miedo burgués, al coloso
Changaroier, a las dimensiones de la mediocridad y convertirle —a él, héroe
salvador de la sociedad— en un general retirado.
Bonaparte se había vengado de Changarnier
desde hacía largo tiempo, provocando al ministro de la Guerra a conflictos
disciplinarios con el molesto protector. Por fin, la última revista de Satory
hizo estallar el viejo rencor. La indignación constitucional de Changarnier no
conoció ya límites cuando vio desfilar los regimientos de caballaría al grito
anticonstitucional de «Vive l'Empereur!» [*].
Para adelantarse a debates desagradables a propósito de este grito en la
próxima sesión de la Cámara, Bonaparte alejó al ministro de la Guerra,
d'Hautpoul, nombrándole gobernador de Argelia. Para sustituirle nombró a un
viejo general de confianza, de tiempos del Imperio, que en cuanto a brutalidad
podía medirse plenamente con Changarnier. Pero, para que la destitución de
d'Hautpoul no apareciese como una concesión hecha a Changarnier, trasladó al
mismo tiempo de París a Nantes al brazo derecho del gran salvador de la
sociedad, al general Neumayer. Neumayer era quien había hecho que en la última
revista toda la infantería desfilase con un silencio glacial ante el sucesor de
Napoleón. Changarnier, a quien se había asestado el golpe en la persona de
Neumayer, protestó y amenazo. En vano. Después de dos días de debate, el
decreto de traslado de Neumayer apareció en el "Moniteur", y al héroe
del orden no le quedaba más salida que someterse a la disciplina o dimitir.
La lucha de Bonaparte contra Changarnier
es la continuación de su lucha contra el partido del orden. Por tanto, la
reapertura de la Asamblea Nacional el 11 de noviembre se celebra bajo auspicios
amenazadores. Será la tempestad en el vaso de agua. En lo sustancial tiene que
seguir representándose la vieja comedia. La mayoría del partido del orden, pese
a cuanto griten los paladines de los principios de sus diversas fracciones, se
verá obligada a prorrogar los poderes del presidente. Y Bonaparte, pese a todas
sus manifestaciones previas, tendrá que doblar también, a su vez, la cerviz,
aunque sólo sea por su penuria de dinero, y aceptar esta prórroga de poderes
como simple delegación de manos de la Asamblea Nacional. De este modo se aplaza
la solución, se mantiene el statu quo,
una fracción del partido del orden se ve comprometida, debilitada, hecha
imposible por la otra y la represión contra el enemigo común, contra la masa de
la nación, se extiende y se lleva al extremo hasta que las propias condiciones
económicas hayan alcanzado otra vez el grado de desarrollo en que una nueva
explosión haga saltar a todos estos partidos en litigio, con su república
constitucional.
Para tranquilizar al burgués, debemos
decir, por lo demás, que el escándalo entre Bonaparte y el partido del orden
tiene como resultado la ruina en la Bolsa de una multitud de pequeños
capitalistas, cuyos patrimonios han ido a parar a los bolsillos de los grandes
linces bursátiles.
Escrito por
C. Marx de enero al 1 de noviembre de 1850.
NOTAS
[84] "Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische
Revue" ("Nueva Gaceta del Rin. Comentario político-económico"):
revista fundada por Marx y Engels en diciembre de 1849 que editaron hasta noviembre
de 1850; órgano teórico y político de la Liga de los Comunistas. Se imprimía en
Hamburgo. Salieron seis números de la revista, que dejó de aparecer debido a
las persecuciones de la policía en Alemania y a la falta de recursos
materiales.-
[*] Este párrafo de introducción fue escrito por Engels para la
edición de 1895. (N. de la Edit.)
[85] En 1797 el Gobierno inglés promulgó un decreto especial
sobre la restricción (limitación) bancaria que establecía un curso forzoso de
los billetes de banco y anulaba el cambio del papel moneda por oro. Este cambio
de los billetes de banco por oro no se restableció hasta 1819.-
[86] Burgraves
fue el apodo que se dio a los diecisiete líderes orleanistas y legitimistas
(véase las notas 80 y 18) que formaban parte de la secretaría encargada por la
Asamblea Legislativa de redactar el proyecto de la nueva ley electoral. Se les
llamaba así por sus pretensiones sin fundamento al poder y por las aspiraciones
reaccionarias. El apodo fue tomado del drama histórico de Víctor Hugo "Los
burgraves", consagrado a la vida en la Alemania medieval. En Alemania se
llamaban así los gobernadores de las ciudades y las provincias nombrados por el
emperador.-
[*] Calma majestuosa. (N. de la Edit.)
[87] "L'Assemblée Nationale" ("La Asamblea
Nacional"): diario francés de orientación monárquico-legitimista; aparecía
en París desde 1848 hasta 1857. Entre 1848 y 1851 reflejaba las opiniones de
los partidarios de la fusión de ambos partidos dinásticos: los legitimistas y
los orleanistas.-
[88] "Le Constitutionnel" ("El
Constitucional"): diario burgués de Francia; aparecía en París desde 1815
hasta 1870; en los años 40, órgano del ala moderada de los orleanistas; en el
período de la revolución de 1848 expresaba las opiniones de la burguesía
contrarrevolucionaria agrupada en torno a Thiers; después del golpe de Estado
de diciembre de 1851, este periódico se hizo bonapartista.-
[*] Periodistas a tanto la línea. (N. de la Edit.)
[**] Certificados de pobreza (N. de la Edit.)
[****] Republicanos a pesar suyo. (Alusión a la
comedia de Moliere "Médico a pesar suyo".) (N. de la Edit.)
[89] Baiser Lamourette
(El beso de Lamourette):
alusión a un conocido episodio de los tiempos de la revolución burguesa de
fines del siglo XVIII en Francia. El 7 de julio de 1792, el diputado a la
Asamblea Nacional Lamourette propuso poner fin a todas las discordias entre los
partidos mediante un beso fraternal. Siguiendo su llamamiento, los
representantes de los partidos hostiles se abrazaron mutuamente, pero, como era
de esperar, al otro día fue olvidado este falso «beso fraternal».-
[*] De mala gana. (N. de la Edit.)
[90] "Le Pouvoir" ("El Poder"): periódico
bonapartista fundado en París en 1849; apareció con este título desde junio de
1850 hasta enero de 1851.-
[91] Según el artículo 32 de la Constitución de la República
Francesa, se debía formar, durante los descansos entre las sesiones de la
Asamblea Legislativa, una comisión permanente de veinticinco miembros electivos
más los del secretariado de la Asamblea. La Comisión tenía derecho, en caso de
necesidad, a convocar la Asamblea Legislativa. En 1850 esta Comisión se
componía, de hecho, de treinta y nueve personas: once del secretariado, tres
cuestores y veinticinco miembros elegidos.-
[92] Se trata del gabinete de ministros proyectado por los
legitimistas y constituido por de Lévis, Saint-Priest, Berryer, Pastoret y
D'Escars para el caso de que el conde de Chambord subiera al poder.-
[93] In partibus
infidelium (literalmente: «en el país de los infieles»): adición al
título de los obispos católicos destinados a cargos puramente nominales en
países no cristianos. Esta expresión la empleaban a menudo Marx y Engels,
aplicada a diversos gobiernos emigrados que se habían formado en el extranjero
sin tener en cuenta alguna la situación real del país.-
[94] . Se refiere al denominado "Manifiesto de
Wiesbaden", circular que redactó el 30 de agosto de 1850 en Wiesbaden el
secretario de la fracción legitimista en la Asamblea Legislativa, De Barthelemy,
por encargo del conce Chambord. En esta circular se determinaba la política de
los legitimistas para el caso de que subieran al poder; el conde de Chambord
declaraba que «rechazaba oficial y rotundamente
todo llamamiento al pueblo, ya que tal llamamiento implicaba la renuncia al
gran principio nacional de una monarquía hereditaria». Esta declaración motivó
una polémica en la prensa con motivo de la protesta de una serie de monárquicos
encabezados por el diputado La Rochejaquelein.-
[**] ¡Viva Napoleón, viva el salchichón! (N. de la Edit.)
[*] «!Viva el Emperador!» (N. de la
Edit.)