Escrito: En 1859.
Mis
estudios profesionales eran los de jurisprudencia, de la que, sin embargo, sólo
me preocupé como disciplina secundaria, junto a la filosofía y la historia. En
1842‑1843, siendo redactor de “Gaceta Renana” me vi
por primera vez en el trance difícil de tener que opinar sobre los llamados
intereses materiales. Los debates de la Dieta renana sobre la tala furtiva y la
parcelación de la propiedad de la tierra, la polémica oficial mantenida entre
el señor von Schaper, por
entonces gobernador de la provincia renana, y Gaceta Renana acerca de la
situación de los campesinos de Mosela y, finalmente, los debates sobre el
librecambio y el proteccionismo, fue lo que me movió a ocuparme por primera vez
de cuestiones económicas. Por otra parte, en aquellos tiempos en que el buen
deseo de “ir adelante” superaba en mucho el conocimiento de la materia, “Gaceta
Renana” dejaba traslucir un eco del socialismo y del comunismo francés, tañido
de un tenue matiz filosófico. Yo me declaré en contra de ese trabajo de
aficionados, pero confesando al mismo tiempo sinceramente, en una controversia
con la “Gaceta General” de Ausburgo que mis estudios
hasta ese entonces no me permitían aventurar ningún juicio acerca del contenido
propiamente dicho de las tendencias francesas. Con tanto mayor deseo aproveché
la ilusión de los gerentes de “Gaceta REnana”,
quienes creían que suavizando la posición del periódico iban a conseguir que se
revocase la sentencia de muerte ya decretada contra él, para retirarme de la
escena pública a mi cuarto de estudio.
Mi
primer trabajo emprendido para resolver las dudas que me azotaban, fue una
revisión crítica de la filosofía hegeliana del derecho, trabajo cuya
introducción apareció en 1844 en los “Anales francoalemanes”,
que se publicaban en París. Mi investigación me llevó a la conclusión de que,
tanto las relaciones jurídicas como las formas de Estado no pueden comprenderse
por sí mismas ni por la llamada evolución general del espíritu humano, sino
que, por el contrario, radican en las condiciones materiales de vida cuyo
conjunto resume Hegel siguiendo el precedente de los ingleses y franceses del
siglo XVIII, bajo el nombre de “sociedad civil”, y que la anatomía de la
sociedad civil hay que buscarla en la economía política. En Bruselas a donde me
trasladé a consecuencia de una orden de destierro dictada por el señor Guizot
proseguí mis estudios de economía política comenzados en París. El resultado
general al que llegué y que una vez obtenido sirvió de hilo conductor a mis
estudios puede resumirse así: en la producción social de su vida los hombres
establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad,
relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo
de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de
producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la
que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden
determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida
material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en
general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el
contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una
fase determinada de desarrollo las fuerzas productivas materiales de la
sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o,
lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de
propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de
desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas
suyas, y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base
económica se transforma, más o menos rápidamente, toda la inmensa
superestructura erigida sobre ella. Cuando se estudian esas transformaciones
hay que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurridos en las
condiciones económicas de producción y que pueden apreciarse con la exactitud
propia de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas,
religiosas, artísticas o filosóficas, en un a palabra las formas ideológicas en
que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo.
Y del mismo modo que no podemos juzgar a un individuo por lo que él piensa de
sí, no podemos juzgar tampoco a estas épocas de transformación por su
conciencia, sino que , por el contrario, hay que
explicarse esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el
conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de
producción. Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen
todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas
y más elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales
para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua. Por
eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede
alcanzar, porque, mirando mejor, se encontrará siempre que estos objetivos sólo
surgen cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones
materiales para su realización. A grandes rasgos, podemos designar como otras
tantas épocas de progreso en la formación económica de la sociedad el modo de
producción asiático, el antiguo, el feudal y el moderno burgués. Las relaciones
burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso social de
producción; antagónica, no en el sentido de un antagonismo individual, sino de
un antagonismo que proviene de las condiciones sociales de vida de los
individuos. Pero las fuerzas productivas que se desarrollan en la sociedad
burguesa brindan, al mismo tiempo, las condiciones materiales para la solución
de este antagonismo. Con esta formación social se cierra, por lo tanto, la
prehistoria de la sociedad humana.
Federico
Engels, con el que yo mantenía un constante intercambio escrito de ideas desde
la publicación de su genial bosquejo sobre la crítica de las categorías
económicas (en los Deutsch‑Französische
Jahrbücher), había llegado por distinto camino (véase
su libro La situación de la clase obrera en Inglaterra) al mismo resultado que
yo. Y cuando, en la primavera de 1845, se estableció también en Bruselas,
acordamos elaborar en común la contraposición de nuestro punto de vista con el
punto de vista ideológico de la filosofía alemana; en realidad, liquidar cuentas
con nuestra conciencia filosófica anterior. El propósito fue realizado bajo la
forma de una crítica de la filosofía poshegeliana. El
manuscrito ‑dos gruesos volúmenes en octavo‑ ya hacía mucho tiempo
que había llegado a su sitio de publicación en Westfalia,
cuando no enteramos de que nuevas circunstancias imprevistas impedían su
publicación. En vista de eso, entregamos el manuscrito a la crítica roedora de
los ratones, muy de buen grado, pues nuestro objeto principal: esclarecer
nuestras propias ideas, ya había sido logrado. Entre los trabajos dispersos en
que por aquel entonces expusimos al público nuestras ideas, bajo unos u otros
aspectos, sólo citaré el Manifiesto del Partido Comunista escrito conjuntamente
por Engels y por mí, y un Discurso sobre el librecambio, publicado por mí. Los
puntos decisivos de nuestra concepción fueron expuestos por primera vez
científicamente, aunque sólo en forma polémica, en la obra Miseria de la
filosofía, etc., publicada por mí en 1847 y dirigida contra Proudhon. La
publicación de un estudio escrito en alemán sobre el Trabajo asalariado, en el
que recogía las conferencias que había dado acerca de este tema en la
Asociación Obrera Alemana de Bruselas, que interrumpida por la revolución de
febrero, que trajo como consecuencia mi alejamiento forzoso de Bélgica.
La
publicación de la “Nueva Gaceta Renana” (1848‑1849) y los acontecimientos
posteriores interrumpieron mis estudio económicos, que
no pude reanudar hasta 1850, en Londres. El enorme material sobre la historia
de la economía política acumulado en el British Museum, la posición tan favorable que brinda Londres para
la observación de la sociedad burguesa y, finalmente, la nueva etapa de
desarrollo en que parecía entrar ésta con el descubrimiento del oro en California
y en Australia, me impulsaron a volver a empezar desde el principio, abriéndome
paso, de un modo crítico, a través de los nuevos materiales. Estos estudios a
veces me llevaban por sí mismos a campos aparentemente alejados y en los que
tenía que detenerme durante más o menos tiempo. Pero lo que sobre todo reducía
el tiempo de que disponía era la necesidad imperiosa de trabajar para vivir. Mi
colaboración desde hace ya ocho años en el primer periódico anglo‑americano,
el New York Daily Tribune, me obligaba a desperdigar extraordinariamente mis
estudios, ya que sólo en casos excepcionales me dedico a escribir para la
prensa correspondencias propiamente dichas. Sin embargo, los artículos sobre
los acontecimientos económicos más salientes de Inglaterra y del continente
formaba una parte tan importante de mi colaboración, que esto me obligaba a
familiarizarme con una serie de detalles de carácter práctico situados fuera de
la órbita de la verdadera ciencia de la economía política.
Este
esbozo sobre la trayectoria de mis estudios en el campo de la economía política
tiende simplemente a demostrar que mis ideas, cualquiera que sea el juicio que
merezcan, y por mucho que choquen con los prejuicios interesados de las clases
dominantes, son el fruto de largos años de concienzuda investigación. Pero en
la puerta de la ciencia, como en la del infierno, debiera estamparse esta
consigna:
Qui si convien lasciare ogni sospetto;
Ogni viltá
convien che qui sia morta.
Londres,
enero de 1859.
Publicado en el libro; Zur Kritik
der plitischen Oekonomie von Karl
Marx, Erstes Heft, Berlín
1859.