Escrito el 28 de diciembre de 1846, en Bruselas - Bélgica.
Bruselas, 28 de diciembre [de 1846]
Querido señor Annenkov:
Hace ya mucho que hubiera recibido usted
la respuesta a la suya del 1 de noviembre si mi librero me hubiese mandado
antes de la semana pasada la obra del señor Proudhon "La Filosofía de la
Miseria". La he leído por encima, en dos días, a fin de comunicarle a
usted, sin pérdida de tiempo, mi opinión. Por haberla leído sin gran
detenimiento, no puedo entrar en detalles, y me limito a hablarle de la
impresión general que me ha producido. Si usted lo desea, podré extenderme al
particular en otra carta.
Le confieso francamente que el libro me
ha parecido, en general, malo, muy malo. Usted mismo ironiza en su carta
refiriéndose al «jirón de la filosofía alemana» de que alardea el señor
Proudhon en esta obra informe y presuntuosa, pero usted supone que el veneno de
la filosofía no ha afectado a sus investigaciones económicas. Yo también estoy
muy lejos de imputar a la filosofía del señor Proudhon los errores de sus
investigaciones económicas. El señor Proudhon no nos ofrece una crítica falsa
de la Economía Política porque sea la suya una filosofía ridícula; nos ofrece
una filosofía ridícula porque no ha comprendido la situación social de nuestros
días en su engranaje [engrènement], si usamos esta
palabra, que, como otras muchas cosas, el señor Proudhon ha tomado de Fourier.
¿Por qué el señor Proudhon habla de Dios,
de la razón universal, de la razón impersonal de la humanidad, razón que nunca
se equivoca, que siempre es igual a sí misma y de la que basta tener una idea
acertada para ser dueño de la verdad? ¿Por qué el senor
Proudhon recurre a un hegelianismo superficial para fingirse un pensador
profundo?
El mismo señor Proudhon nos da la clave
del enigma. Para el señor Proudhon la historia es una determinada serie de
desarrollos sociales. El ve en la historia la realización del progreso. El
estima, finalmente, que los hombres, tomados como individuos, no sabían lo que
hacían, que se imaginaban de modo erróneo su propio movimiento, es decir, que
su desarrollo social parece, a primera vista, una cosa distinta, separada,
independiente de su desarrollo individual. El señor Proudhon no puede explicar
estos hechos y recurre entonces a su hipótesis --verdadero hallazgo-- de la
razón universal que se manifiesta. Nada más fácil que inventar causas místicas,
es decir, frases cuando se carece de sentido común.
Pero cuando el señor Proudhon reconoce
que no comprende en absoluto el desarrollo histórico de la humanidad --como lo
hace al recurrir a las palabras altisonantes de razón universal, Dios, etc.--
¿no reconoce también implícitamente que es incapaz de comprender el desarrollo
económico?
¿Qué es la sociedad, cualquiera que sea
su forma? El producto de la acción recíproca de los hombres. ¿Pueden los
hombres elegir libremente esta o aquella forma social? Nada de eso. A un
determinado nivel de desarrollo de las facultades productivas de los hombres,
corresponde una determinada forma de comercio y de consumo. A determinadas
fases de desarrollo de la producción, del comercio, del consumo, corresponden
determinadas formas de constitución social, una determinada organización de la
familia, de los estamentos o de las clases; en una palabra, una determinada
sociedad civil. A una determinada sociedad civil, corresponde un determinado
orden político (état politique), que no es más que la expresión
oficial de la sociedad civil. Esto es lo que el señor Proudhon jamás llegará a
comprender, pues él cree que ha hecho una gran cosa apelando del Estado a la
sociedad civil, es decir, del resumen oficial de la sociedad a la sociedad
oficial.
Huelga añadir que los hombres no son
libres árbitros de sus fuerzas productivas --base de toda su
historia--, pues toda fuerza productiva es una fuerza adquirida, producto de
una actividad anterior. Por tanto, las fuerzas productivas son el resultado de
la energía práctica de los hombres, pero esta misma energía se halla
determinada por las condiciones en que los hombres se encuentran colocados, por
las fuerzas productivas ya adquiridas, por la forma social anterior a ellos,
que ellos no crean y que es producto de la generación anterior. El simple hecho
de que cada generación posterior se encuentre con fuerzas productivas
adquiridas por la generación precedente, que le sirven de materia prima para la
nueva producción, crea en la historia de los hombres una conexión, crea una
historia de la humanidad, que es tanto más la historia de la humanidad por
cuanto las fuerzas productivas de los hombres, y, por consiguiente, sus
relaciones sociales, han adquirido mayor desarrollo. Consecuencia obligada: la
historia social de los hombres no es nunca más que la historia de su desarrollo
individual, tengan o no ellos mismos conciencia de esto. Sus relaciones materiales
forman la base de todas sus relaciones. Estas relaciones materiales no son más
que las formas necesarias bajo las cuales se realiza su actividad material e
individual.
El señor Proudhon confunde las ideas y
las cosas. Los hombres no renuncian nunca a lo que han conquistado, pero esto
no quiere decir que no renuncien nunca a las formas sociales bajo las cuales
han adquirido determinadas fuerzas productivas. Todo lo contrario. Para no
verse privados del resultado adquirido, para no perder los frutos de la
civilización, los hombres se ven constreñidos, desde el momento en que el tipo
de su comercio no corresponde ya a las fuerzas de producción adquiridas, a
modificar todas sus formas sociales tradicionales. Empleo aquí la palabra
«comercio» en su sentido más amplio, para designar lo que en alemán decimos «Verkehr». Por ejemplo: el privilegio, la institución
de gremios y corporaciones, el régimen reglamentado de la Edad Media, eran
relaciones sociales que sólo se correspondían con las fuerzas productivas adquiridas
y con el estado social anterior, del que aquellas instituciones habían brotado.
Bajo la tutela del régimen de las corporaciones y las ordenanzas, se acumularon
capitales, se desarrolló el comercio marítimo, se fundaron colonias; y los
hombres habrían perdido estos frutos de su actividad, si se hubiesen empeñado
en conservar las formas a la sombra de las cuales habían madurado aquellos
frutos. Por eso estallaron dos truenos: la revolución de 1640 y la de 1688. En
Inglaterra fueron destruidas todas las viejas formas
económicas, las relaciones sociales con ellas congruentes y el Estado político
que era la expresión oficial de la vieja sociedad civil. Por tanto, las formas
económicas bajo las que los hombres producen, consumen y cambian, son transitorias
e históricas. Al adquirir nuevas fuerzas productivas, los hombres
cambian su modo de producción, y con el modo de producción cambian todas las
relaciones económicas, que no eran más que las relaciones necesarias de aquel
modo concreto de producción.
Esto es lo que el señor Proudhon no ha
sabido comprender y, menos aún, demostrar. Incapaz de seguir el movimiento real
de la historia, el señor Proudhon nos ofrece una fantasmagoría con pretensiones
de dialéctica. No siente la necesidad de hablar de los siglos XVII, XVIII y
XIX, porque su historia discurre en los medios nebulosos de la imaginación y se
eleva, muy alto, por encima del tiempo y del espacio. En una palabra, eso no es
historia, sino viejos trapos hegelianos, no es una historia profana --la historia
de los hombres--, sino una historia sagrada, la historia de las ideas. A su
modo de ver, el hombre no es más que un instrumento del que se vale la idea o
la razón eterna para desarrollarse. Las evoluciones de que
habla el señor Proudhon son concebidas como evoluciones que se operan en el
seno de la mística idea absoluta. Si arranca uno el velo de este lenguaje
místico, verá que el señor Proudhon le ofrece el orden en que las categorías
económicas se hallan alineadas en su cabeza. No hará falta que me esfuerce
mucho para probarle que éste es el orden de una mente muy desordenada.
El señor Proudhon inicia su libro con una
disertación acerca del valor, que es su tema predilecto. En
ésta no entraré en el análisis de dicha disertación.
La serie de evoluciones económicas de la
razón eterna comienza con la división del trabajo. Para el
señor Proudhon la división del trabajo es una cosa bien simple. Pero, ¿no fue
el régimen de las castas una determinada división del trabajo? ¿No fue el
régimen de las corporaciones otra división del trabajo? Y la división del
trabajo del régimen de la manufactura, que comenzó a mediados del siglo XVII y
terminó a fines del XVIII en Inglaterra, ¿no fue también totalmente distinta de
la división del trabajo de la gran industria, de la industria moderna?
El señor Proudhon se halla tan lejos de
la verdad que omite incluso lo que los economistas profanos toman en
consideración. Cuando habla de la división del trabajo, no siente la necesidad
de hablar del mercado mundial. Pues bien, ¿acaso la división del trabajo
en los siglos XIV y XV, cuando no había aún colonias, cuando América no existía
aún para Europa y al Asia Oriental sólo se podía llegar a través de
Constantinopla, acaso esa división del trabajo no debía distinguirse
esencialmente de la división del trabajo en el siglo XVII, cuando las colonias
se hallaban ya desarrolladas?
Pero esto no es todo. Toda la
organización interior de los pueblos, todas sus relaciones internacionales,
¿son acaso otra cosa que la expresión de cierta división del trabajo?, ¿no
deben cambiar con los cambios de la división del trabajo?
El señor Proudhon ha comprendido tan poco
en el problema de la división del trabajo, que ni siquiera habla de la
separación de la ciudad y del campo, que en Alemania, par ejemplo, se operó del
siglo IX al XII. Así, pues, esta separación debe ser ley eterna para el señor
Proudhon, ya que no conoce ni su origen ni su desarrollo. En todo su libro
habla como si esta creación de un modo de producción determinado debiera
existir hasta el fin del mundo. Todo lo que el señor Proudhon dice de la
división del trabajo es sólo un resumen, por cierta muy superficial, muy
incompleto, de lo dicho antes por Adam Smith y otros mil autores.
La segunda evolución son las máquinas.
En el señor Proudhon la conexión entre la división del trabajo y las máquinas
es enteramente mística. Cada una de las formas de división del trabajo tiene
sus instrumentos de producción específicos. De mediados del siglo XVII a
mediados del siglo XVIII, por ejemplo, los hombres no lo hacían todo a mano.
Poseían instrumentos, e instrumentos muy complicados, como telares, buques,
palancas, etc., etc.
Así, pues, nada más ridículo que derivar
las máquinas de la división del trabajo en general.
Señalaré también, de pasada, que si el señor
Proudhon no ha alcanzado a comprender el origen histórico de las máquinas, peor
aún ha comprendido su desarrollo. Puede decirse que hasta 1825 --período de la
primera crisis universal-- las necesidades del consumo, en general, crecían más
rápidamente que la producción, y el desarrollo de las máquinas fue una
consecuencia forzada de las necesidades del mercado. A partir de 1825, la
invención y la aplicación de las máquinas no ha sido
más que un resultado de la guerra entre patronos y obreros. Pero esto sólo
puede decirse de Inglaterra. En cuanto a las naciones europeas, se han visto
obligadas a emplear las máquinas por la concurrencia que les hacen los
ingleses, tanto en sus propios mercados como en el mercado mundial. Finalmente,
en Norteamérica la introducción de la maquinaria se ha debido tanto a la
concurrencia con otros pueblos, como a la escasez de mano de obra, es decir, a
la desproporción entre la población del país y sus necesidades industriales.
Por estos hechos puede usted ver qué sagacidad pone de manifiesto el señor
Proudhon cuando conjura el fantasma de la concurrencia como la tercera
evolución, ¡como la antítesis de las máquinas!
Finalmente, es en general un verdadero
absurdo hacer de las máquinas una categoría económica al
lado de la división del trabajo, de la concurrencia, del crédito, etc.
La máquina tiene tanto de categoría
económica como el buey que tira del arado. La aplicación
actual de las máquinas es una de las relaciones de nuestro régimen económico
presente, pero el modo de explotar las máquinas es totalmente distinto de las
propias máquinas. La pólvora continúa siendo pólvora, indistintamente de que se
la emplee para herir a un hombre o para restañar sus heridas.
El señor Proudhon se supera a sí mismo
cuando permite que la concurrencia, el monopolio, los impuestos o la policía,
la balanza de comercio, el crédito y la propiedad se desarrollen en el interior
de su cabeza precisamente en el orden de mi enumeración. Casi todas las
instituciones de crédito se habían desarrollado ya en Inglaterra a comienzos
del siglo XVIII, antes de la invención de las máquinas. El crédito público no
era más que una nueva manera de elevar los impuestos y de satisfacer las nuevas
demandas originadas por la llegada de la burguesía al poder.
Finalmente, la propiedad
constituye la última categoría en el sistema del señor Proudhon. En el mundo
real, por el contrario, la división del trabajo y todas las demás categorías
del señor Proudhon son relaciones sociales, cuyo conjunto forma lo que
actualmente se llama propiedad; fuera de esos relaciones, la
propiedad burguesa no es sino una ilusión metafísica o jurídica. La propiedad
de otra época, la propiedad feudal, se desarrolla en una serie de relaciones
sociales completamente distintas. Cuando establece la propiedad como una
relación independiente, el señor Proudhon comete algo más que un error de
método: prueba claramente que no ha aprehendido el vínculo que liga todas las
formas de la producción burguesa, que no ha comprendido el
carácter histórico y transitorio de las formas de la
producción en una época determinada. El señor Proudhon sólo puede hacer una
crítica dogmática, pues no estima nuestras instituciones sociales como
productos históricos y no comprende ni su origen ni su desarrollo.
Así, el señor Proudhon se ve también
constreñido a recurrir a una ficción para explicar el
desarrollo. Se imagina que la división del trabajo, el crédito, las máquinas,
etc. han sido inventados para servir a su idea fija, a la idea de la igualdad.
Su explicación es de una ingenuidad sublime. Esas cosas han sido inventadas
para la igualdad, pero desgraciadamente, se han vuelto contra ella. Este es
todo su argumento. Con otras palabras: hace una suposición gratuita, y como el
desarrollo real y su ficción se contradicen a cada paso, concluye que hay una
contradicción. Oculta que la contradicción únicamente existe entre sus
obsesiones y el movimiento real.
Así, pues, el señor Proudhon, debido
principalmente a su falta de conocimientos históricos, no ha visto que los
hombres, al desarrollar sus facultades productivas, es decir, al vivir,
desarrollan ciertas relaciones entre ellos y que el carácter de estas
relaciones cambia necesariamente con la modificación y el desarrollo de estas
facultades productivas. No ha visto que las categorías económicas
no son más que abstracciones de estas relaciones reales y que únicamente
son verdades mientras esas relaciones subsisten. Por consiguiente, incurre en
el error de los economistas burgueses, que ven en esas categorías económicas
leyes eternas y no leyes históricas, que lo son únicamente para cierto
desarrollo histórico, para un desarrollo determinado de las fuerzas
productivas. Así, pues, en vez de considerar las categorías político-económicas
como abstracciones de relaciones sociales reales, transitorias, históricas, el
señor Proudhon, debido a una inversión mística, sólo ve en las relaciones
reales encarnaciones de esas abstracciones. Esas abstracciones son ellas mismas
fórmulas que han estado dormitando en el seno de Dios padre desde el nacimiento
del mundo.
Pero aquí nuestro buen señor Proudhon
sufre graves convulsiones intelectuales. Si todas esas categorías económicas
son emanaciones del corazón de Dios, si son la vida oculta y eterna de los
hombres, ¿cómo puede haber ocurrido, primero, que se hayan desarrollado y,
segundo, que el señor Proudhon no sea conservador? El señor Proudhon explica
estas contradicciones evidentes valiéndose de todo un sistema de antagonismos.
Para esclarecer este sistema de
antagonismos, tomemos un ejemplo.
El monopolio es bueno
porque es una categoría económica y, por tanto, una emanación de Dios. La
concurrencia es buena, porque también es una categoría económica. Pero lo que
no es bueno es la realidad del monopolio y la realidad de la concurrencia. Y
aún es peor que el monopolio y la concurrencia se devoren mutuamente. ¿Qué se
debe hacer? Como estos pensamientos eternos de Dios se contradicen, al señor
Proudhon le parece evidente que también en el seno de Dios hay una síntesis de
estos dos pensamientos, en la que los males del monopolio se ven equilibrados
por la concurrencia y viceversa. Como resultado de la lucha entre las dos
ideas, sólo puede exteriorizarse su lado bueno. Hay que arrancar a Dios esta
idea secreta, aplicarla seguidamente y todo saldrá a las mil maravillas; hay
que revelar la fórmula sintética oculta en la noche de la razón impersonal de
la humanidad. El senor Proudhon se ofrece como
revelador sin titubeo alguno.
Pero mire usted por un segundo la vida
real. En la vida económica de nuestros días no sólo usted verá la concurrencia
y el monopolio, sino también su síntesis, que no es una fórmula,
sino un movimiento. El monopolio produce la concurrencia y la
concurrencia produce el monopolio. Por lo tanto, esta ecuación, lejos de
eliminar las dificultades de la situación presente, como se lo imaginan los
economistas burgueses, tiene por resultado una situación aún más difícil y más
embrollada. Así, al cambiar la base sobre la que descansan las relaciones
económicas actuales, al aniquilar el modo actual de
producción, se aniquila no sólo la concurrencia, el monopolio y su antagonismo,
sino también su unidad, su síntesis, el movimiento, que es el equilibrio real
de la concurrencia y del monopolio.
Ahora le daré un ejemplo de la dialéctica
del señor Proudhon.
La libertad y la esclavitud
forman un antagonismo. No hay necesidad de referirse a los lados buenos y malos
de la libertad. En cuanto a la esclavitud, huelga hablar de sus lados malos. Lo
único que debe ser explicado es el lado bueno de la esclavitud. No se trata de
la esclavitud indirecta, de la esclavitud del proletariado; se trata de la
esclavitud directa, de la esclavitud de los negros en Surinam, en el Brasil y
en los Estados meridionales de Norteamérica.
La esclavitud directa es un pivote de
nuestro industrialismo actual, lo mismo que las máquinas, el crédito, etc. Sin
la esclavitud, no habría algodón, y sin algodón, no habría industria moderna.
Es la esclavitud lo que ha dado valor a las colonias, son las colonias lo que
ha creado el comercio mundial, y el comercio mundial es la condición necesaria
de la gran industria mecanizada. Así, antes de la trata de negros, las colonias
no daban al mundo viejo más que unos pocos productos y no cambiaron
visiblemente la faz de la tierra. La esclavitud, es, por tanto, una categoría
económica de la más alta importancia. Sin la esclavitud, Norteamérica, el país
más desarrollado, se transformaría en país patriarcal. Si se borra a
Norteamérica del mapa del mundo, tendremos la anarquía, la decadencia absoluta
del comercio y de la civilización modernas. Pero hacer
desaparecer la esclavitud equivaldría a borrar a Norteamérica del mapa del
mundo. La esclavitud es una categoría económica y por eso se observa en cada
nación desde que el mundo es mundo. Los pueblos modernos sólo han sabido
disfrazar la esclavitud en sus propios países e importarla al nuevo mundo. ¿Qué
hará nuestro buen señor Proudhon después de estas consideraciones acerca de la
esclavitud? Buscará la síntesis de la libertad y de la esclavitud, el verdadero
término medio o equilibrio entre la esclavitud y la libertad.
El señor Proudhon ha sabido ver muy bien
que los hombres hacen el paño, el lienzo, la seda; y no es un gran mérito, en
él, haber sabido ver estas cosas tan sencillas. Lo que el señor Proudhon no ha
sabido ver es que los hombres producen también, con arreglo a sus facultades
productivas, las relaciones sociales en que producen el
paño y el lienzo. Y menos aún ha sabido ver que los hombres que producen las
relaciones sociales con arreglo a su productividad material (productivité matérielle),
crean también las ideas y las categorías, es
decir, las expresiones ideales abstractas de esas mismas relaciones sociales.
Por tanto, estas categorías son tan poco eternas como las relaciones a que
sirven de expresión. Son productos históricos y transitorios. Para el señor
Proudhon las abstracciones, las categorías son, por el contrario, la causa
primaria. A su juicio, son ellas y no los hombres quienes hacen la historia. La
abstracción, la categoría, considerada como tal, es decir, separada
de los hombres y de su acción material, es, naturalmente, inmortal,
inalterable, impasible; no es más que una modalidad de la razón pura, lo cual
quiere decir, simplemente, que la abstracción, considerada como tal, es
abstracta: ¡tautología maravillosa!
Por eso las relaciones económicas, vistas
en forma de categorías, son para el señor Proudhon fórmulas eternas, que no
conocen principio ni progreso.
En otros términos: el señor Proudhon no
afirma directamente que la vida burguesa sea para él una verdad
eterna. Lo dice indirectamente, al divinizar las categorías que
expresan en forma de ideas las relaciones burguesas. Toma los productos de la
sociedad burguesa por seres eternos surgidos espontáneamente, y dotados de vida
propia, tan pronto como se los presenta en forma de categorías, en forma de
ideas. No ve, por tanto, más allá del horizonte borgués.
Como opera con ideas burguesas, suponiéndolas eternamente verdaderas, pugna por
encontrar la síntesis de estas ideas, su equilibrio, y no ve que su modo actual
de equilibrarse es el único posible.
En realidad, hace lo que hacen todos los
buenos burgueses. Todos ellos nos dicen que la libre concurrencia, el
monopolio, etc., en principio, es decir, considerados como ideas abstractas,
son los únicos fundamentos de la vida, aunque en la práctica dejen mucho que
desear. Todos ellos quieren la concurrencia, sin las funestas consecuencias de
la concurrencia. Todos ellos quieren lo imposible, a saber: las condiciones
burguesas de vida, sin las consecuencias necesarios de
estas condicionas. Ninguno de ellos comprende que la forma burguesa de
producción es una forma histórica y transitoria, como lo era la forma feudal.
Este error proviene de que, para ellos, el hombre burgués es la única base
posible de toda sociedad, proviene de que no pueden
representarse ningún estado social en que el hombre hubiese dejado de ser
burgués.
El señor Proudhon es, pues,
necesariamente, un doctrinario. El movimiento histórico
que está revolucionando el mundo actual, se reduce, para él, al problema de
encontrar el verdadero equilibrio, la síntesis de dos ideas burguesas. Así, el
hábil mozo descubre, a fuerza de sutileza, la idea oculta de Dios, la unidad de
las dos ideas aisladas, que sólo lo están porque el señor Proudhon las ha
aislado de la vida práctica, de la producción actual, que es la combinación de
las realidades que ellas expresan. En vez del gran movimiento histórico que
brota del conflicto entre las fuerzas productivas ya alcanzadas por los hombres
y sus relaciones sociales, que ya no corresponden a estas fuerzas productivas;
en vez de las guerras espantosas que se preparan entre las distintas clases de
una nación y entre las diferentes naciones; en vez de la acción práctica y
violenta de las masas, la única que puede resolver estos conflictos; en vez de
este movimiento vasto, duradero y complicado, el señor Proudhon, pone el
detestable movimiento de su cabeza (la mouvement
cacadouphin). Así, son los sabios, los
hombres capaces de sorprender los pensamientos recónditos de Dios, los que
hacen la historia. A la gente menuda sólo le toca poner en práctica sus
revelaciones.
Ahora comprenderá usted por qué el señor
Proudhon es enemigo declarado de todo movimiento político. Para él, la solución
de los problemas actuales no consiste en la acción pública, sino en las
rotaciones dialécticas dentro de su cabeza. Como las categorías son, para él,
las fuerzas motrices, para cambiar las categorías no hace falta cambiar la vida
práctica. Muy por el contrario: hay que cambiar las categorías, y en
consecuencia cambiará la sociedad real.
En su deseo de conciliar las
contradicciones, lo único que no se le ocurre al señor Proudhon es preguntar si
no deberá ser derrocada la base misma de estas contradicciones. Se parece en
todo al político doctrinario, para quien el rey, la Cámara de los diputados y
el Senado son, como partes integrantes de la vida social, categorías eternas.
Sólo que él busca una nueva fórmula para equilibrar estas potencias, cuyo
equilibrio está precisamente en el movimiento actual, en que una de estas
potencias tan pronto es vencedora como esclava de la otra. Así, en e] siglo
XVIII una multitud de cabezas mediocres se dedicaban a buscar la verdadera
fórmula para equilibrar los estamentos sociales, la nobleza, el rey, el
parlamento, etc., y al día siguiente ya no había ni rey, ni parlamento, ni
nobleza. El verdadero equilibrio en este antagonismo era el derrocamiento de
todas las relaciones sociales que servían de base a estas instituciones
feudales y al antagonismo entre ellas.
Como el señor Proudhon pone de un lado
las ideas eternas, las categorías de la razón pura, y del otro lado a los
hombres y su vida práctica, que es, según él, la aplicación de estas
categorías, encuentra usted en él desde el primer momento un dualismo
entre la vida y las ideas, entre el alma y el cuerpo; dualismo que se repite
bajo muchas formas. Ahora se dará usted cuenta de que este antagonismo no es
más que la incapacidad del señor Proudhon para comprender el origen terrenal y
la historia profana de las categorías que él diviniza.
Me he extendido ya demasiado y no puedo
detenerme en las absurdas acusaciones que el señor Proudhon lanza contra el
comunismo. Por el momento, convendrá usted conmigo en que un hombre que no ha
comprendido el actual estado de la sociedad menos aún comprenderá el movimiento
que tiende a derrocarla y las expresiones literarias de ese movimiento
revolucionario.
El único punto en que
estoy completamente de acuerdo con el señor Proudhon es en su repulsión hacia
la sensiblería socialista. Antes que él me he ganado ya muchos enemigos por mis
ataques contra el socialismo borreguil, sentimental, utopista. ¿Pero no se hace
el señor Proudhon ilusiones extrañas cuando opone su sentimentalismo de pequeño
burgués --me refiero a sus declamaciones acerca del hogar, el amor conyugal y
todas esas banalidades-- al sentimentalismo socialista, que en Fourier, por ejemplo, es mucho más profundo que las
presuntuosas banalidades de nuestro buen Proudhon? El mismo comprende tan bien
la vaciedad de sus argumentos, su completa incapacidad para hablar de estas
cosas, que se lía de pronto la manta a la cabeza y pronuncia furiosas tiradas y
exclamaciones (irae hominis probi),
vocifera, despidiendo espumarajos por la boca, jura, denuncia, maldice, se da
golpes de pecho y se jacta ante Dios y ante los hombres de hallarse puro de
infamias socialistas. Se desvela por criticar el sentimentalismo socialista o
lo que él toma por sentimentalismo. Como un santo, como el Papa, excomulga a
los pobres pecadores y canta las glorias de la pequeña burguesía y las
miserables, amorosas y patriarcales ilusiones del hogar. Esto no es casual. El
señor Proudhon es de pies a cabeza un filósofo y un economista de la pequeña
burguesía. En una sociedad avanzada el pequeño burgués se
hace necesariamente, en virtud de su posición, socialista de una parte y
economista de la otra, es decir, se siente deslumbrado por la magnificencia de
la gran burguesía y siente compasión por los dolores del pueblo. Es al mismo
tiempo burgués y pueblo. En su fuero interno se jacta de ser imparcial, de
haber encontrado el justo equilibrio, que proclama diferente del término medio.
Ese pequeño burgués diviniza la contradicción, porque la
contradicción es el fondo de su ser. No es más que la contradicción social en
acción. Debe justificar teóricamente lo que él mismo es en la práctica, y al
señor Proudhon corresponde el mérito de ser el intérprete científico de la
pequeña burguesía francesa, lo que constituye un verdadero mérito, pues la
pequeña burguesía será parte integrante de todas las revoluciones sociales que
han de suceder.
Hubiera querido enviarle con esta carta
mi libro de Economía política [1], pero hasta ahora no he
conseguido imprimir esta obra ni mi crítica de los filósofos y socialistas
alemanes [*], de la que le hablé en Bruselas. Le parecerán a
usted inverosímiles las dificultades que una publicación de este tipo encuentra
en Alemania, tanto por parte de la policía como por parte de los libreros, que
son representantes interesados de todas las tendencias que yo ataco. En cuanto
a nuestro propio partido, además de ser pobre, una gran parte del Partido
Comunista Alemán está enfadada conmigo porque me opongo a sus utopías y a sus
declamaciones...
Notas
[1] Se trata de la obra
concebida por Marx "Crítica de la política y de la Economía
política".
[*] C. Marx y F. Engels.
"La Ideología Alemana" (véase C. Marx y F. Engels. Obras, 2ª ed. en
ruso, t. 3, págs. 7-544). (N. de la Edit.)