Soy feo de pelotas

Autor: Ciberconspiracionista

 

Es cierto lo que dice el título, soy el ser más feo que conozco en persona. Y no sólo eso, sino que, además, estoy orgulloso de ello, vaya. Me encanta mi nariz exageradamente chata, mis mofletes perpetuamente rojos, mis orejas de soplillo, y además, me ufano de no estar quedándome calvo, porque nada hay que se me pueda caer ya. Además, mis ojos apuntan al tuntún, como los de Fernando Trueba pero sin oscar por “Belle Epoque”, y es que si yo hubiera intentado rodar esa película, Fernando Fernán Gómez hubiera salido con cara de asco en todas las escenas, y hubiera acabado por mandarme “A LA MIERDA”. Y ni tan siquiera puedo decir que tenga buen cuerpo, que va. Tiene mérito estar exageradamente flaco, y tener barriga… Pues yo lo consigo. Parezco una angula que se haya tragado un hueso de aceituna. Pero os tengo que confesar algo: en mi fealdad está mi felicidad. ¿Qué, no me creéis? Bueno, pues os voy a demostrar que los feos tenemos una suerte increíble.

 

Para empezar, una ventaja que tenemos los feos: La gente se apiada de ti, y te permiten hacer casi cualquier cosa. Eso lo noté ya de pequeñito. Veréis, tengo un hermano que es guapísimo; metro ochenta y cinco, ojos de un azul casi tan profundo como la ignorancia de George Bush, una cara perfectamente simétrica, y no como yo, que cada lado va por libre, y hasta tiene dos cejas. Esto último lo digo porque cuando me puse a currar de agente de la OTA, mis colegas se cachondearon, diciendo “Ya que vas a ir de uniforme, hazte policía municipal, que rima con amorfo unicejal”.

 

En fin, estaba hablando de mi hermano. Somos mellizos, es decir, que nuestros padres nos hicieron en un mismo polvo, supongo que para ahorrar trabajo, porque eso de currar a mi padre como que no… Entonces, hicieron a mi hermano, y con el material que sobraba, a mí. Bueno, pues de niños, cada vez que nos peleábamos y mi hermano iba donde mamá a decir “Adolfito me ha pegado, mamá, Adolfito me ha pegado”,  mamá contestaba: “Huy, Roberto, déjale, pobrecito, bastante tiene con lo suyo” y luego a mí: “Adolfito, no pegues más a tu hermano, o por lo menos, no lo hagas con el martillo de Papá, que no es para eso y se enfada cuando le ensuciáis las herramientas”. Siguió ocurriendo en años sucesivos: En la escuela, los profesores me aprobaban casi por costumbre, aunque no tengo claro si eso era por pena, o para perderme de vista rápidamente. En la universidad, nadie se atrevía a negarme los apuntes, más que nada para evitar que insistiera más de una vez, y si nunca acabé la carrera fue porque me aburría sobremanera, nadie se atrevía a dirigirme la palabra por si acaso respondía y, por lo tanto, me pasaba todo el día solo. Encontré trabajo a los dos días de ponerme a buscar, en un circo, y allí fui feliz durante varios meses. Decidí que era mejor dejarlo, antes de tener algún disgusto, tras una pequeña estampida que se montó cuando entré por error en la jaula de los elefantes, buscando el servicio tras una noche de fiesta gitana con la mujer barbuda. En fin, que los feos lo tenemos muy fácil en la vida, en serio.

 

En cuanto a nuestra capacidad mental… ¿A que nunca habéis visto a un solo feo (y mucho menos feas) en los capítulos de “Los vigilantes de la playa”, o en “Pacific Blue”? Pues eso es porque ningún actor feo está tan desesperado como para ponerse a trabajar en esas mierdas de americanadas, y es que la fealdad trae consigo un extra de talento. Fijaos en los actores más feos: Son los mejores con diferencia. Danny de Vito, Clint Eastwood, Al Pacino… Lo mismo pasa con ellas. Kathy Bates, Terele Pávez y compañía son las mejores actrices del planeta, y si son las guapas las que consiguen los mejores papeles es porque la mayor parte del público es adolescente, y no sabe lo que es capaz de hacer una fea.

 

Y es que los feos (y las feas) somos unos amantes excepcionales. Tenemos pocas oportunidades para demostrarlo, en principio al menos, eso es verdad, pero lo hacemos mucho mejor. El motivo es muy sencillo: el sexo es, para nosotros, algo que practicamos cada vez como si esa fuese a ser la última vez, y es que entre polvo y polvo, pueden pasar muchos meses. De hecho, los paquetes de condones, de seis unidades y con la fecha de caducidad a tres años vista, están pensados precisamente para nosotros. Y a veces, se nos caducan. Pero claro, en ocasiones sucede que conoces a una chica, o desesperada o ciega, y queda alucinada con las cosas que eres capaz de hacer. Y entonces puedes pasar a comprar los paquetes de doce, para pasar la semanita. Si esa chica tiene amigas, y se va de la lengua, chivándose a todo el mundo de tus habilidades, mejor haz como yo y plastifícatela, o hazte una vasectomía, porque el sueldo de agente de la OTA no te va a dar para condones, y a veces tendrás que comer alguna otra cosa, pecador.

 

Por supuesto, y por el mismo motivo, recomiendo a todo el mundo que intente ligar con feas, y si además son gordas, cojas, bizcas, tienen granos, les huelen los pies hasta a través de las botas de esquí y les faltan la mitad de los dientes, aún mejor. Os aseguro que son auténticas máquinas de sexo, muchachos. Y os lo dice uno que se ha trincado a preciosidades de las que salen en las revistas, y nada, nada. Ni la Igartiburu, ni la Natalia Verbeke, ni la Angelina Jolie, ni mucho menos aún Halle Berry o Elsa Pataki. Lo que priva es Margaret Tacher si te va el rollo masoquista y la disciplina inglesa, y sobre todo, mi musa particular, ella, la única, Rossi de Palma. Y me da vergüenza ajena, cuando refiriéndose a ese feto hablan de belleza picasiana, y cosas por el estilo. Su belleza no es picasiana, sino inexistente, es fea de cojones. Y por eso me gusta. Con ese careto, tiene que follar que te cagas.

 

Mi novia actual, sin ir más lejos, es algo parecido a lo que podría resultar del cruce entre Pozí y la madre de Tamara, algo espantoso. Cuando vamos a salir a la calle, avisamos de antemano para que los que tienen perro usen sus correas, porque de otra forma los animalicos salen corriendo, acojonados, y el ayuntamiento del pueblo nos ha prohibido pasear por la zona donde juegan los niños, y es que desde que empezamos a salir juntos, los pediatras empezaron a notar un aumento de los casos de pesadillas y de incontinencias urinarias, los pobrecitos hasta se meaban en la cama. Pero somos una pareja feliz que ya ha destrozado tres colchones, dos sofás, cinco mesas, una taza de water, cinco grifos de ducha, cuatro lavadoras, tres armarios, ocho neveras y una antena colectiva de televisión, aunque de eso le echamos la culpa al viento, porque el seguro no nos iba a cubrir la reparación y era una pasta.

 

En resumen, que cuando me recomiendan un cirujano plástico, huyo como si en ello me fuera la vida. Como me quiten mi fealdad, poca cosa me queda ya. Que se jodan los guapos, yo quiero ser el ser humano más feo del planeta, si es que no lo soy ya.

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