El libro perdido en la estación  de metro

Por Andoni.

Mientras estaba en la librería, junto a mis hermanos, no era más que cualquier otro libro, cincuenta hojas cosidas y pegadas. Nada más. Pero alguien se acercó, un chico gordo, joven y sudoroso. Tenía barba, melena, y una cazadora negra. La chica de la tienda hablaba con su novio, por teléfono, y el barbudo se dedicó a mirar las bien torneadas piernas de la chica durante el tiempo que estuvo en la tienda. Piernas bonitas, de verdad. Tras haber visto aquellas piernas, el chico no quería salir de allí sin comprar nada. Además, debía llevar algo para su novia. Pero con el dinero que tenía…

 

- Busco un libro, de Gabriel Garcia Márquez

- Tiene muchos. ¿Algún título en concreto?

- No lo sé, ¿Cuáles tienes? (en interior de su cabecita, el muchacho había decidido comprar el libro más corto, pequeñito y sobre todo barato que viera)

- “Cien años de soledad”, es tal vez el más conocido. También “Crónica de una muerte anunciada”, y “El coronel no tiene quien le escriba”

Yo era el tercero de los nombrados, y también el más corto, pequeño y sobre todo barato. Por lo tanto, allí quedaron mis hermanos, viendo con un poco de envidia cómo salía a la calle en las manos del chico gordo. Él fue mi primer lector, y quien me dio la vida. Y es que la vida de los libros se inicia cuando somos abiertos, leídos y disfrutados por primera vez.  Tenemos dos padres; el escritor que creó lo que está en nuestro interior y nuestro primer lector. Los míos, por lo tanto, son Gabriel García Márquez, el gran escritor nacido en Colombia, y Patxi Garro, el pequeño lector nacido en Bilbao la Vieja. Patxi era, verdaderamente, un lector muy pequeño; tan sólo tengo cuarenta y cinco páginas pero él jamás acabó mi lectura. De hecho, jamás pasó de la octava página. Leer un libro antes de regalarlo, y encima hacerle semejante desprecio… Pero Patxi era así.  Su novia Amaia, en cambio, devoró toda mi historia al completo, y lloró al conocer el hambre de la esposa asmática del coronel, al imaginarse el orgullo vencido  del viejo militar, al saber cómo acabarían aquellas dos personas si el gallo perdía su pelea. Amaia fue una buena lectora, no doblaba las hojas para recordar donde iba. Para eso, utilizaba una vieja foto, en la que se veía al perro que tuvo de niña, un perro muerto hace mucho ya.  Era un caniche, y en la parte trasera de la foto estaban escritos su nombre y la fecha. Así supe que el perro de Amaia se llamó Tosko, que era macho, y supe también que Amaia era feliz con su perro, cuando era una mocosa. Supe que su padre era obrero de Altos Hornos, y que se quedó en la calle en la última reconversión industrial,  con esposa y dos hijas jóvenes. La madre era costurera,  y gracias a ella salieron todos adelante, con muchos problemas pero huyendo del hambre. Supe que Amaia trabajó con su madre, en el taller de costura, y supe que la hermana pequeña de Amaia se llamaba Maite, y que aún vivía con sus padres, en Barakaldo. También ella era costurera, y a sus dieciséis años, una de las pimpollas más bonitas de Barakaldo. Supe también que hacía muy poco que Amaia y Patxi vivían juntos, y que aún estaban maravillados el uno con el otro. El tiempo diría lo que tuviera que decir acerca del futuro, pero nunca tuve oportunidad de tener noticias de ello. Una mañana, Amaia me llevó a la calle, escribió algo en el interior de mi solapa y me quedé solo, en la estación de Moyua del metro de Bilbao. Lo que escribió: La dueña de este libro es Amaia López, pero a Amaia no le parece justo que sólo ella pueda disfrutarlo. Por ello lo ha “olvidado” en la parada del metro de Bilbao, en Moyua, para que tu mismo puedas leerlo. Luego, déjalo en cualquier parada de metro, autobús o tren, para que más gente lo pueda disfrutar. Muchas gracias.

 

La idea era buena. De esa forma, yo tendría más padres y mejor vida, pero en aquel momento me sentí solo y abandonado, y odié a Amaia, y también a Patxi.

 

Se acercó un niño, y gritó a los cuatro vientos “MAMAAA, AQUÍ HAY UN LIBROOO” La madre del niño era una chica joven, Soraya, y el niño se llamaba Markel. Soraya fue mi tercera lectora…

 

Ay, Markel… Soraya no fue una buena lectora, pasé casi cuatro años en su mesilla de noche, pero Markel, en cambio, era increíble, aunque no como lector, eso no, La vida que tenía aquel niño, sus risas, sus juegos… Cuando lo conocí en la estación de metro, tan sólo tenía cuatro años, y cuando me quedé solo en el parque de juegos, en cambio, casi tenía ya ocho años. Mientras tanto, tuve tiempo de descubrir la soledad de Soraya. El padre de Markel se había ido hacía ya mucho, con otra chica, olvidando a su compañera y a su hijo. Los padres de Soraya ayudaban en la medida de sus posibilidades, pero no podían acabar con la soledad de Soraya. Pero un buen día, en la hora de la siesta, Soraya vino acompañada a la cama, el nombre del chico era Jon, y supe que era un maestro de Markel. Finalmente, el aislamiento de Soraya había acabado, gracias a su hijo. Jon era un chico pequeñito de estatura, se pasaba la vida jugando con Markel, o con la madre de Markel, pero los juegos no eran los mismos, no sé si entendéis lo que quiero decir. Jon fue mi siguiente lector, y fue un lector realmente bueno.

 

Al igual que otros muchos profesores, Jon quería ser escritor, y tal vez por eso era un lector compulsivo, leía cualquier cosa. Pero era muy despistado, buen chaval pero tremendamente despistado. Y allí quedé, solo de nuevo, en el parque de juegos de los niños. Mientras Markel jugaba, Jon estaba conmigo, pero cuando el niño volvió, me percaté de que él era mucho más importante que yo para Jon, y eso me dio una enorme alegría.

                  

Se me acercó una anciana. Abrió mi solapa, y leyó lo que allí ponía, el escrito de Amaia. Se vio una pequeña sonrisa en los labios de la anciana, y me guardó en su bolso de cuero. Al llegar a casa, se sentó y empezó con mi lectura. 

 

El nombre de la anciana era Paula. Era viuda, hacía muchos años ya de que Antonio, su marido, era un cadáver. Los primeros días, tras perder a su esposo, los pasó en un lloro. Pero un día, se plantó ante un espejo, y lo que vio no le gustó, no era lo que le hubiera gustado ver. Vio a una mujer vieja, los ojos irritados a base de llorar, sin amigos ni familia, y pensó, se dio cuenta, de que su marido no hubiera querido eso. Por eso, se puso su vestido más bonito, el más moderno de sus bolsos, y salió a la calle. No quería otro hombre, ni tampoco ir de fiestas. Tan sólo vivir su vida.  Y estaba empezando a lograrlo. Creo que también yo ayudé un poco. Paula no tenía mucha facilidad de lectura, y pasó más de una semana conmigo. En casa, sentada en su sofá más cómodo, o en la calle, sentada en cualquier banco de cualquier parque, siempre cerca de los parques de juego de los niños, estaba conmigo.  Pero yo no soy un libro alegre, y al llegar al final, vi una lágrima en los grises ojos de Paula. Pese a todo, creo que no fue demasiado duro. Paula acudió a la librería que estaba justo enfrente. Era mi lugar de procedencia, conocí a Patxi en esa misma librería, y la dependienta también era la misma.

 

- ¿Tienes algo más de este autor?

- ¿De García Márquez? Por supuesto…

 

Se llevó “Cien años de soledad”. También puede que  liberar a uno de mis hermanos fuera mi “culpa”, y estoy orgulloso de ello. Tal vez, él también tenga la suerte que tuve yo, y tenga la oportunidad de conocer muchos dueños. Tras eso, me quedé solo de nuevo, en una parada de autobús. Y aquí estoy aún, esperando a otro lector. Confío en que la espera no sea muy larga…

 

Hosted by www.Geocities.ws

1