María José Atiénzar Centro de Colaboraciones Solidarias. España, marzo del 2002. La paz es un concepto, una palabra, una necesidad. Ha sido expresada por el ser humano de innumerables maneras a lo largo de la historia y pocas veces se ha mostrado tan deseada y lejana como ahora. Mientras la humanidad constituye en sí misma la mayor amenaza a su propia existencia, uno de nuestros mayores desafíos es lograr una cultura del diálogo y la no violencia. Por ello, el Museo de Etnografía de Ginebra (Suiza) ha organizado una importante exposición donde propone el desarrollo de "una antropología de la paz aplicable a todas las sociedades y culturas". En la muestra, se recogen prácticas culturales tan conocidas como la idea de la no violencia hindú, la paz china y japonesa -entendida como armonía de un orden social dotado de formas de resolver los conflictos- y la pipa de la paz de los indios norteamericanos. Se encuentran también fórmulas menos conocidas, como "el mercado de resolución de conflictos" de Indonesia y los círculos polinesios. Son historia la pax romana, política y militar, la eirene griega, más vinculada a la idea de justicia, y la paz divina en la Europa medieval. La idea de paz como concepto que proviene de arriba, de un poder fuerte, es común en Europa y en Asia Occidental, y suele simbolizarse con la pirámide, en claro contraste con la idea de la rueda, que representa una paz que llega desde abajo y busca estructuras alternativas para preservarse. En las casi 5.000 lenguas del mundo, existen términos que sirven para definir la paz. Así lo han constatado un grupo de investigadores del Instituto de la Paz y los Conflictos en el proyecto "Cosmovisiones de paz en el Mediterráneo". Analizando textos como la oratoria griega del siglo IV, los de Cicerón, la República romana, o el Antiguo Testamento y el Corán han confirmado la existencia de una realidad intercultural. Las comunidades del ámbito mediterráneo recurrían al entendimiento pacífico, entre personas y entre grupos, aunque en la actualidad las actitudes etnocentristas y xenófobas bañen demasiadas veces las orillas del mare nostrum. La paz debería percibirse como un proceso amplio y dinámico, que demanda relaciones no violentas entre los Estados, los grupos sociales y los ciudadanos. La humanidad, trabajando global y localmente, tiene la capacidad de transformar la amenaza y la dificultad en desafío, cooperación y crecimiento. En el Programa Cultura de Paz, la UNESCO también promueve esa atmósfera de comprensión, tolerancia y solidaridad intercultural necesarias; para ello es preciso un esfuerzo común de los sectores de educación, ciencia, cultura y comunicación, instrumentos esenciales en la construcción de la paz. Una cultura de paz supone valores, actitudes y estilos de vida compartidos basados en la no violencia y el respeto de los derechos y libertades fundamentales, en la comprensión, en la tolerancia y la solidaridad, en la coparticipación y en la libre circulación de la información. Por otro lado, la paz se ha de vincular necesariamente a un desarrollo endógeno, equilibrado y sostenible. Si el desarrollo no es endógeno, se corre el riesgo de que contraríe e incluso perturbe el contexto cultural y económico tradicional de las vidas de las personas. Si no es equilibrado, puede perpetuar injusticias que conducen a conflictos violentos. Si no es sostenible, puede perjudicar e incluso destruir el medio ambiente y las estructuras sociales existentes.