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Así,
tenemos que el administrador que se desempeña en los
organismos gubernamentales se ve constantemente asediado por
conflictos surgidos del normal funcionamiento de la organización
-cualidad que comparte con la administración privada-,
pero hay un tipo de conflictos que emergen de la propia naturaleza
de las organizaciones públicas: la lucha por el poder.
De
esta manera, hemos visto que durante estos días los
medios electrónicos han inundado los espacios con argumentos
que evidencian una intención: desprestigiar a los cuerpos
legislativos (al minimizar a un poder, el adversario cree
entonces ejercer dominio sobre ese poder).
Parece
ser un lugar común el decir que la política
sufre un evidente desprestigio. Pero si existe tal, ese desprestigio
alcanza también a la Administración Pública
y, por ende, a los administradores.
Contra
esto se sobrepone la necesidad de replantear --y rescatar--
los objetivos esenciales de los organismos públicos
y fijarlos como la meta principal a alcanzar dejando de lado
intereses ajenos.
Ante
las turbulencias del constante conflico, la salida puede estar
en un buen ejercicio de la administración pública;
en la aplicación y práctica de sus principios,
de sus métodos y de sus valores. Este es uno de los
retos al que los administradores se enfrentan actualmente.
La interrogante es: ¿habrán de responder?
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