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Amador Hernández Macarro

Tercera Parte

Directorio

27 de agosto

Esta tarde he acompañado a Jordi, un carmelita de la estación, a Berekélle, el barrio más pobre. Va cada jueves a dar medicamentos, llevar la comunión y consuelo a los ancianos más pobres. Literalmente no tiene dónde carse muertos. Apenas he visto algún taburete y pocos kitikoala (catres de bambú). Apenas hay luz dentro de sus kuku (estancia única que sirve de cocina, cuarto de estar y dormitorio) aunque fuera apretaba el sol. Como cocinan en el centro de la estancia arrimando tres troncos separados en ángulo de 120 grados entre sí, olía a leña quemada. Todos me dan cariñosamente la mano y los críos ríen sintiéndose importantes cuando se la estrecho y les digo una frase simpática. Jordi reparte el medicamento más adecuado de los que lleva preparados en una bolsa, reza luego un Padrenuestro en lingala y les da la comunión diciendo "Nzoto ya Kristu" (El Cuerpo de Cristo).

Mamá Therése, que nos acompaña, nos acerca a una cabaña donde reposa un muchacho de unos quince años que la noche anterior pasó el rito de iniciación o mayoría de edad según sus costumbres ancestrales. Fue colgado de un árbol en medio de cánticos y danzas al son de los tam-tam para circuncidarlo. Él estaba tocado con un casquete formado con cápsulas vacías de medicamentos de vistosos colores que había entrelazado muy hábilmente.

Mamá Térese con paragüas

Lucía en su mano derecha un cuchillo nuevo que le habían obsequiado y su gesto era satisfecho y orgulloso. El anciano que estaba a su cuidado se encargaba de darle algún alimento extra. Cuando se recupere buscará de inmediato una chica con la que demostrar que ya es hombre y ésta se sentirá muy honrada.

Avanzamos un kilómetro hacia la Likouala (los ríos son de género femenino en francés) y veo bastantes muchachos bañándose en medio de gran algarabía en la orilla cercana. Un poco más allá, un grupo de hombres que permanecía sentado se pone en pie nada más vernos llegar. Todos se aprestan a salir airosos del pequeño trance de pasar a cierta posteridad a través de las imágenes de mi cámara y poco a poco se organizan con rápida precisión. Algunos van y vienen poniendo orden y yo mismo he de levantar el brazo solicitando calma. Por fin suena una voz, un cántico que empieza diciendo "Malembe, malembe ..." (Despacio, despacio ...) y dos tam-tam se unen al coro. Tiran a una de la cuerda que sostiene un gran peso y la dejan caer. Así varias veces para clavar una gran estaca en el lecho del río. Están reconstruyendo un puente caído y parecen muy contentos de que vayamos a visitarlos y filmarlos. Cuando terminan, algunos se precipitan a ver por el visor de mi cámara la escena repetida. El método de construcción es el tradicional porque, en la campaña electoral, un político les regaló una importante suma de dinero para que lo rehicieran con cemento y hierro, pero el prefecto tuvo a bien quedarse con más de la mitad de la donación y el jefe de obras, con el resto.

Con bombonas a la fuente

28 de agosto

No hay agua corriente: recogen en bidones la de lluvia que resbala por los tejados y para beber van a buscarla a alguna fuente -hay pocas y no están precisamente en medio del poblado- o a algún riachuelo. La llevan a la espalda o a la cabeza. Como no hay asnos, son las viejas las que acarrean

agua, o mandioca o leña. Y los niños y niñas.

A pesar de poner sumo cuidado no he podido evitar que me ocurriera. Me di cuenta anoche cuando iba a acostarme de que me había ocurrido lo que ya me advirtieran: si lo notas cuando regreses a España les dices a los médicos que no te operen. Noté un pequeño bulto en la planta del pie izquierdo. Entonces supe que esa noche no iba dormir sólo. Tendría conmigo un pequeño huésped.

A la mañana siguiente nada más desayunar busqué la ayuda de un gran especialista que ya merodeaba por la escalinata de la Estación. Mi amigo Henry, de siete años. Se puso muy contento al saber de qué se trataba. Se lanzó como un rayo a buscar un palito fino que afiló aún más con una navaja de tal manera que pudiera servirle de lanceta y empezó la operación. Ya desde los primeros movimientos dictaminó: c'est bien gross (es muy grande). El huésped no era ni más ni menos que un gusano llamado chik que a la menor oportunidad se filtra detrás de la piel -habitualmente del pie- y que a medida que pasan los días, si no lo eliminas, crece y crece empezando a pasearse por su interior. Con habilidad de cirujano experimentado me lo sacó en un par de minutos. Tomó un trozo de papelucho del suelo después de efectuar unas rápidas incisiones con el palito afilado. Lo extrajo y lo depositó en el papel para mostrármelo. Pude ver cómo se movía antes de que lo aplastara. Me puse yodo y acudí de inmediato a mis habitaciones para pagarle sus honorarios: dos hermosos bombones, sintiéndose generosamente remunerado, me separé de él para trabajar en la farmacia. El resto del día y los días restantes no se separó de mí urgido por el recuerdo de los bombones.

30 de agosto

En ETOUMBI, a las 14.05

Escribo en una habitación destartalada pero suficientemente cómoda a 65 km de Kellé. José duerme una siesta en el cuarto de al lado. Ha dicho misa en una iglesia muy oscura a la luz de cuatro velas (aquí no hay luz eléctrica tampoco). Muchos han faltado a esta misa porque han estado de velatorio con tam-tam y todo eso. El entierro se ha efectuado después de la misa. Han aprovechado que el Toyota estaba a mano para que llevara atrás el féretro y una docena de familiares hasta el cementerio que dista más de cinco kilómetros. Como lo habitual es que no haya coche esta distancia la recorren a pie con el ataud. Allí hemos encontrado otras gentes que han venido andando por vericuetos y se volverán al atardecer de la misma forma: más de cien kilómetros en tres o cuatro días! Los más afortunados en bicicleta. Si alguien llegara a pensar que eso sí que es cariño por el finado se equivoca. Con respeto a cualquier costumbre, rito o ceremonia, pero ésta no es más que otro de los muchísimos contrastes de estas regiones: este viejo no había recibido ningún cuidado de nadie en su cirrósis terminal.

Ahorran toda la vida para la tumba (que a veces cavan al borde de cualquier camino), para los cánticos y para la cerveza de los que cantarán la semana post mortem. Mientras volvíamos de donde se quedaron enterrándolo me pregunta José, que iba al volante:

- ¿Qué soluciones ves para estos pueblos? Nos miramos sonriéndonos porque el aprecia mucho mis puntos de vista y coincidimos increíblemente. Después de un dilatado silencio le respondo:

- Están en la edad media!

- ¿Media?, ¿no estarán en la prehistoria?

- Si me preguntan a mi vuelta a España, estoy por responderles que no se pueda hacer nada. Que ya es tarde. Sólo olvidarlos y dejar que mueran en paz. Olvidarlos no nos dará trabajo alguno: nunca los hemos tenido presentes. Como decía un buen amigo mío poco antes de iniciar este viaje: el interés por algo o por alguien está en relación inversa al cuadrado de la distancia al lugar donde se hallen. Si alguien tiene problemas a cien metros de donde vivo puede que me interese algo por él. Si ese alguien vive a miles de kilómetros ... oh, la, la, la ... éso no es más que una imagen en la TV de mi confortable sala de estar. Si conviene hacer algo, pues para eso están los gobiernos!
- Ja, ja, ja ... (se ríe José). Al que quiera ayudar aquí le es más importante armarse de paciencia que ser capaz de resucitar muertos ... ja, ja, ja. Lo decía san Juan de la Cruz, patrono de las Misiones. Por cierto: él nunca estuvo en las misiones.

2 de septiembre

Hemos regresado a Kellé antes de comer. José, Mamá Therése y yo visitamos Etoumbi, Mbomo y Odzala. Odzala es el Parque Nacional del Alto Congo. Una reserva -para que no se la coman- de vida salvaje. Experimento una gran dulzura al estar de nuevo en casa! Y no sólo porque esta Estación equivalga a un hotel de 5 estrellas respecto a su contorno sino porque detecto en mí -a semejanza de los animales- la capacidad de establecer un territorio como propio aunque sea de modo provisional y prestado. Siento el gozo de la privacidad y del dominio.

En Etoumbi sólo disponíamos de agua corriente a unos quince metros de las edificaciones de la Estación. No tenía memoria de haberme lavado nunca todo el cuerpo en una palangana. Qué posturas tan complicadas. Y cómo me reía de mí mismo, acostumbrado a mis refinamientos occidentales, ajados mi dignidad y orgullo. Cuando te asomas por la ventana para vaciar el agua tienes una veintena de pares de ojos que te están mirando y sonríen esperando que les digas algo. El retrete es un cuchitril: colocas la toalla grande de baño en forma de puerta y luego vas al grifo a llenar el cubo de agua en lugar de tirar de un pulsador.

Mientras preparamos la comida nos acordamos de Juan Badía, otro carmelita catalán que anduvo de cooperante por aquí, al que en esta cocina le estalló una bombona de butano, de tamaño medio, y oxidada no hace ni quince días. No murió de casualidad pero le quedó un brazo quemado. Así que encendemos con precaución y -a pesar de que ninguno de los dos tenemos ni idea de cocina- nos preparamos una especie de macarrones a los que añadimos todo lo que teníamos a mano.

Los nativos son muy expertos en hacerse presentes y merodear con algún tipo de recado a las horas de la comida. Se ríen mucho, hacen gracias y ceremonias mil y acaban desayunando con nosotros o comiendo algo en un plato mientras se dilucidan "importantes asuntos" de la comunidad cristiana, de la parroquia o simplemente del mal estado en que se encuentran las pistas por donde se circula. Ah, sí. En la casa parroquial de Etoumbi tampoco hay luz eléctrica. Aprovechamos la batería del coche para encender un par de tubos fluorescentes. Comparada con el resto del poblado, dicha casa es de alto estánding.

Acompañado de Mamá Therése he recorrido todo Etoumbi (11.000 habitantes). El ambiente más cosmopolita que Kellé y la gente menos "cazadora", de mente más abierta y emprendedora. Recorro las salas de su hospital. Me introducen en una habitación en la que yace un viejo muy enfermo: el olor a carne humana podrida me resulta casi insoportable pero lo saludo y le deseo una pronta curación. Había dos mellizos con su mamá al lado en la maternidad: Mamá Therése les regala dos pastelillos hechos por ella misma, que ha traído para ir vendiendo por el camino a 10 Fr.CFA (4 pesetas) cada uno. Deposita también unas monedas en un frasco de cristal porque da muy buena suerte y no hacerlo acarrearía grandes disgustos. Me dice que yo no tengo que hacerlo porque a mí no me afectan esas cuestiones (?).

El lunes, 31, después de cruzar la Likouala en un plataforma de hierro flotante accionada por un sistema arcaico de cables, nos dirijimos a toda velocidad a Mbomo por buena pista: más de 60 km en menos de dos horas!

Nos hospedamos en casa de una mujer con hijos y separada, es decir, normal: sin luz, sin agua y sin camas. Lo primero lo solucionamos con velas. Lo segundo con unos bidones que trajimos llenos desde Kellé y Etoumbi.

La Likouala

Y lo tercero con dos catres plegables que viajan con nosotros por si hay avería de coche.

La casa en cuestión más me parecía un almacén destartalado, de esos que se usan para trastero de casa rica de campo, que hogar para una familia. El techo era de latón. Esos tejados los denominan con la palabra francesa tôle. Los cinco hijos de la mujer abandonada por su marido comían en el suelo o en pequeños taburetes. Para ello usaban el pasillo. El único mueble de toda la casa era una mesa muy grande con bordes de tipo isabelino (!). Mientras comíamos sin remilgos ni miramientos, como podíamos, sobre dicho mueble desvencijado aunque palaciego, se asoma un pobre por un ventanuco. Ya sé que decir que era un pobre es como no decir nada puesto que aquí todos son pobres y todos piden, más o menos. José, que ya lo conocía, lo entretiene un poco, le da palique a ver si se marcha -"qué ingenuo pareces a veces José, o ¿será que ya sabes demasiado?", pienso- y al fin le da una lata de sardinas (una lata de sardinas!, por una de esas latas te acuestas con la más guapa del lugar! y más de una vez: todo un tesoro, eh?). Y es que son pegajosos hasta dejarlo de sobra porque como no tienen nada de nada, pues así son. José se cabrea, los echa, los aparta, no sabe dónde meterse, les habla en castellano para que no le entiendan, les dice que no, luego que bueno, anda, toma.

Cada vez que llegamos cansados, polvorientos y sudorosos del tío-vivo de una pista y empezamos a desempaquetar nos rodean alborozados: se presentan con muchos saludos, apretones de manos y llegan unas viejas a pedir confesión, otras que les den unos rosarios de plástico que ya no pueden estar sin ellos, aquellos que necesitan unos escapularios urgentemente, otra que le bendiga -por favor- esta botella de agua bendita, la de más allá que venga corriendo porque ya no puede vivir así en su choza que está abarrotada de espíritus, unos del consejo parroquial que a ver cuándo se pone en marcha una cooperativa de lo que sea, éste que -por lo que más quiera, eh!- necesita una plaza en la baca del coche cuando regresemos porque tiene que visitar un supuesto (falso) pariente enfermo en no sé dónde. Hasta que José no puede más y en perfecto castellano de León explota: "dejádme en paz de bobaditas, eh?, dejádme en paz de bobaditas!" Y nada más decir eso he visto a toda la concurrencia estallar en una carcajada muy alegre. Qué divertido: mon père se ha enfadado un poquito pero nos ha dicho a todo que sí, ja, ja, ja!. Pero retomo el asunto al que iba: el de la latita de sardinas. Pues he aquí que, los despabilados hijos de la dueña de la casa que seguían atentos toda la operación, en cuanto el pobre tonto se aparta de la ventana con su tesoro entre las manos salen como un cohete disparados afuera. Se oyen unas voces de protesta en el exterior y en menos de medio minuto se les observa sentaditos muy tranquilos en el pasillo trajinándose fraternalmente la susodicha lata. Cuando por la noche les pregunté por su acción de auténtico comando me contestaron que todo lo ocurre en su casa o en sus alrededores es controlado por ellos o es para ellos. Sin problemas.

Al anochecer he asistido a una misa en una iglesia a medio hacer. Como no hay dónde sentarse, permanezco en pie. Pero una mujer me acerca al poco un ladrillo que ella tenía para sentarse cediéndomelo a mí. Le sonrío, le doy las gracias, pero no puedo aceptarlo: faltaría más!. Que te lo has creído. Eva -una muchacha muy atractiva que ha venido desde Etoumbi con nosotros- me dice de inmediato al oído: oh, no, no hagas éso, si no lo aceptas es un desprecio: tómalo. A la salida Eva me dice que vendrá con nosotros al Parque de Odzala. Yo me alegro mucho porque es muy coqueta, muy seductora. Ha estado en Bulgaria y Rumania cuatro años con una beca para aprender patinaje sobre hielo (!) y está loca por regresar a Europa. Sólo espera que su padre le envíe el dinero del billete. Por supuesto que está separado de su madre y vive en algún país europeo.

Acababa yo de tener precisamente una conversación muy reveladora con su madre en Etoumbi (por cierto que su madre también me pareció una mujer atractiva). Le mostraba yo la separación que observaba tan radical entre hombres y mujeres en el Congo en general y allí mismo donde nos hallábamos hablando en particular:

- Mira -le decía yo- ves a tus amigas ahí todas juntas y aquí enfrente a los demás hombres?
- Sí, es la costumbre.
- Pero es que en el matrimonio también funcionáis así.
- Sí. Nosotras servimos al hombre.
- Pero vosotras sois cristianas, no?.
- Claro, claro que sí.
- El cristiano intenta compartir con los demás. Desde luego que la esposa debe hacer éso, pero el marido debe servir también en todo a la esposa por amor.

Se me quedó mirando perpleja.

- Ese amor del que hablas es cosa de intelectuales. Yo he oído hablar de esa forma de quererse. Sé lo que dices, pero es para intelectuales.
- Piensas que el evangelio es para intelectuales?
- Oh no, para la gente sencilla.
- Entonces porqué dices que es cosa de intelectuales?
- Está bien. Te lo confesaré: nos sentimos sus esclavas. Las mamás ya muy mayores no, pero yo y esas amigas mías que están ahí sentadas te lo reconocerían todas si se abrieran a tí. Pero qué podemos hacer? Es la tradición.
- Quizá podríais luchar contra ella puesto que además no es cristiana.
- Luchar ... Ya. Luchar!

La mirada con que cerramos nuestra conversación no la ovidaré nunca. Era una mezcla de cariño inmenso, gratuito, y a la vez un grito mudo de socorro. Se llamaba Leoní. Yo había hablado también en Etoumbi con una niñita muy dulce y pausada que era hija de ella y de otro padre distinto. Mientras esa noche, en Mbomo, intentaba conciliar el sueño sobre mi catre portátil, escuché durante un buen rato a los hermanos y hermanas que se habían despachado por tan expeditivo método aquella lata de sardinas, cómo entonaban a coro las oraciones de antes de dormir al buen Dios Padre. La claridad de la luz de una lamparita de petróleo se filtraba oscilante por el hueco del tablón que hacía las veces de puerta de mi habitación.

A las 4.30 nos levantamos. Tomamos café soluble rápidamente y salimos sin lavarnos siquiera hacia el interior de la selva. Hacia el Parque de Odzala. Era completamente de noche. Venían con nosotros un guarda del Parque, Therése, dos de los hijos de la casa en que dormimos que estaban locos por conocerlo y a la salida del poblado, como una aparición detrás del recodo de una choza, allí estaba de pie, esperándonos agazapada: Eva. Tardo una hora en reaccionar mientras recorremos treinta kilómetros de sabana. El paisaje es muy africano.

El director del Parque es un blanco sudafricano que vive con su familia en unas construcciones muy recientes. Sólo hablan inglés. Al regreso de nuestro safari, su mujer nos obsequiaría con plum-cake, mantequilla, té y mortadela. El té podía resucitar a un muerto y supuso un jubiloso fin de fiesta. José y ella -de confesión protestante- se enzarzarían en una conversación bíblica a través de mí, que hice de traductor simultáneo francés-inglés: con el cansancio que traía y la emoción de lo vivido ni sé cómo acerté.

Nuestro guía recibe munición para un fusil de repetición -quince balas- como medida de seguridad. Es muy difícil ver a los animales salvajes del Parque pero, no obstante, podríamos ser atacados por alguno. Hay también elefantes. Todo ello me impresiona mucho. Dejamos las tiendas y bungalows de la organización sin pérdida de tiempo y bajamos una pendiente que nos deposita en la orilla del pequeño río Lékénié. Para atravesarlo tenemos que descalzarnos. Cuando has hecho esto un par de veces prefieres caminar descalzo porque se camina atravesando fuentes, regatos, salinas muy acuosas y terrenos encharcados y pantanosos. En un abrir y cerrar de ojos pasas de una sabana llamada Ebamba a selva tupida y umbrosa. De la sequedad al oasis y viceversa en un safari -que viene del swahili "viaje"- apasionante y embriagador. Es la belleza de la naturaleza más salvaje y virgen del continente africano. Recorremos en silencio cinco kilómetros a través de selvas húmedas y de sabanas resecas. El ambiente es un hechizo profundo que te altera. Te sobrecoge porque no se parece a nada más que a sí mismo. Avanzamos en fila. En ocasiones el guía hace un comentario en voz muy baja y el que le sigue lo va pasando hacia atrás hasta llegarme a mí que cierro el grupo y voy filmando para no perder detalle. En voz muy bajita me dirijo a Eva que me precede:

- Yaka Eva: nakomi kobanga na nkati ya zamba oyo (Oye, Eva: empiezo a tener miedo en medio de esta selva).
- O, tê, tê, banga tê (Oh, no, no, no temas).
- ... kasi bakozala banyama te ... (... pero es que habrá animales que ...)
- Ezalí likama tê, banga tê (No hay peligro, no tengas miedo).
- O, yo ozalí mwasi tangona nsomo ... mpe kitoko mpenzá (Oh, tú eres una mujer valiente ... y muy guapa).
- O, melesí, melesí mingi! (Oh, gracias, muchas gracias!).

De pronto una bandada de vampiros se agita en un palmeral produciendo un ruido atronador: es nuestro primer contacto con la vida salvaje!. Al poco nuestro guía hace un gesto con la mano: ha visto un búfalo pastando a unos doscientos metros. Aparece al poco otra pareja de ellos. El guía monta el rifle. Me llega un mensaje en voz muy baja a través de Eva: en caso de ataque, cuerpo a tierra y no te muevas. Los animales avanzan lentos en su caminar pero no dejan de vigilarnos porque hace tiempo que ya han descubierto nuestra presencia. Con el teleobjetivo de mi cámara los presiento vivos y cercanos. Próximos y salvajes. Si llevara acoplado un rifle podría llegar a meterles un par de balas en la cabeza: tengo que decir que lo he lamentado. Confieso que en ese instante no hubiera dudado en abrir fuego respondiendo quizá al eco de una llamada cazadora y depredadora. Seguimos nuestro avance pero ahora el guía cubre atento nuestro flanco derecho. El momento más álgido del peligro parece ser cuando has cruzado atravesando el camino que ellos venían siguiendo. Pueden revirarse para defender un terreno que consideran suyo por haberlo recorrido antes y tú has invadido. Si lo hacen arrasan. El guía se sube a un alto termitero y observa a fondo la zona para no dejarse sorprender por esta maniobra. El encuentro a campo abierto con animales salvajes ha elevado en muchos grados mi ya alto nivel de excitación. Es fantástico! Es asombroso!

Los sentidos perceptores de la belleza estética más elevada bullen y como que multiplican sus capacidades ávidos de emociones y cualquier riesgo parece estúpida bagatela en comparación con el placer que se experimenta. Entonces quieres más: y deseas ver al león, al elefante, al antílope. Y todo lo que tenga vida y sea apto para matar o morir defendiéndose. Llegamos por fin a lo que me pareció un remedo del Paraíso terrenal. Si alguna vez yo lo había soñado, lo había soñado así. Me faltaban ojos y mi inteligencia resultaba lenta para captar y traducir tanta emoción.
Era una salina o vaguada llana, acuosa, muy plana y extensa circundada de una vegetación tan virgen, frondosa y variada que las imaginadas por las leyendas de ensueño me parecerán ya siempre escenarios de cartón piedra. El contacto de mis pies y piernas desnudas con el limo y esas aguas del río Lango tan puras y que fluían -no sabía de dónde ni hacia dónde- era una sensación tan pura y primitiva que transmitían al resto
Osamentas en el Parque de Odzala
de mi cuerpo la información de haberme hecho presente en medio de la creación original. El sonido del viento al mover las copas de los árboles, el aleteo de bandadas de pájaros que repentinamente levantaban vuelo trazando armoniosos círculos hasta posarse de nuevo; los graznidos de aves para mí desconocidas y tantos otros ruidos naturales y nuevos me hacían sentirme viajero y protagonista en un edén de pujante vitalidad.

Todo el paraje un hervidero de vida presentida y pulsante. Latido del planeta fuerte, verde y azul. Una brisa, una caricia. Un agua que fluye cristalina, mansa y templada, una promesa de miriadas de amaneceres y noches sin fin. Aquí y allá saltan breves unos peces que, al sumergirse rápidos, desencadenan ondas circulares que alteran la tersa superficie del espejo de las aguas. Hasta que el movimiento se apacigua y éstas vuelven a reflejar las verdes siluetas que orlan su líquido ser. Pasaba el tiempo como si no pasara porque mi corazón estaba paralizado. Mis sentidos absortos. Mi mente transportada a regiones jamás exploradas en una comunicación inconmensurable con las más íntimas esencias de la belleza en estado químicamente puro. De pronto, allá a lo lejos, entró un antílope que cruzó pausadamente los telones de fondo de este grandioso estadio natural. Unos instantes después bajó otro a beber y pastar; a retozar jugando consigo mismo dando saltos, breves carreras y bruscas paradas seguidas de vivos arranques como buscando ansiosamente la nada, coqueteando con el reflejo de sí mismo en las aguas de los manantiales: actor y espectador a la vez de una vida cuyo protagonismo nunca alcanzará el nivel de la propia consciencia.

Dos hileras de osamentas de elefantes abatidos, dispuestas por un nativo como mudo testimonio de protesta ante tanta matanza indiscriminada constituía el único testimonio monumental de la presencia del hombre y su dominio sobre todas las cosas. La casualidad había propiciado que, en el pequeño grupo expedicionario, se encontrara esa linda congolesa que respondía al nombre de Eva. Dejándome llevar por un juego de simbolismos ingenuos empecé a sentirme yo también como un nuevo y recién estrenado Adán gozando libremente de la herencia de su Edén.

11 de septiembre

Este país es una fiesta. Es una ruina. Es exotismo y fantasía para unos ojos occidentales. Pasan hambre. Están mal nutridos. Se mueren jóvenes mientras nosotros nos lamentamos por detrimentos que se miden en porcentajes ridículos y nos aburrimos de estar vivos. Pero ellos bailan, cantan y dejan pasar el tiempo. Anhelan vivir como nosotros los europeos. Como decía Eva: tanto los europeos como los congoleses queremos dinero, la diferencia está en que ellos saben cómo obtenerlo y nosotros, no.

Es un misterio disfrazado de sonrisa. Una alucinación desorientada que vaga impenitente por entre las sombras de la selva y coquetea seductora con el viajero que pretende atraparla entre mil figuras verdes. Dejará que pienses que ya la has hecho tuya, que la posees como señor de lo remoto e inalcanzable pero, ella -la alucinación esquiva- se vestirá con las gasas de otros sonidos y los ecos de otros ropajes. Aparecerá entonces como cambiante dama de la alteridad. Se convertirá en rielar de luna, en trazo de pájaro, en ojos estilizados de otro amanecer, en salto de pez, en huida de animal salvaje, en polvo de una pista que se te posa sobre la piel blanca. Oirás risas nuevas, entonaciones distintas de palabras y ruidos de pasos en el vacío de inmensos espacios. Pensarás que ya es tuya. Esta vez sí. Que la alucinación se ha hecho ya palpable y amiga. Pero ella seguirá susurrando tu nombre quedamente para atraerte a los vacíos llenos de lo ignoto.

Oh, qué fuerza telúrica traspasa esta tierra ocre y verdinegra! En ella siempre vence la fuerza de la vida impredecible y sonora que engulle los hechos diarios para nutrir de fantástica luz el próximo amanecer. El tam-tam de una fiesta, de una canción o de ancestrales oraciones comenzará otro día más a acompasar las pulsaciones de la vida en los corazones de sus habitantes si no han muerto prematuramente esa noche. Por todo ello, cuando dentro de escasas horas unas alas de acero inteligente me devuelvan de nuevo a los imperios lejanos donde habito, la alucinación viajará conmigo en el oculto equipaje de mis recuerdos. Y su evocación continuará llamándome con la fuerza de los tambores de Dios!

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Embarcadero del río Congo

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