Miguel Yniesta nace en Brownsville, Texas y es profesor desde 1992. Es Licenciado y Maestro en Kinesiología por la Universidad de Texas en Brownsville. Actualmente está por terminar su maestría en Tecnología Educativa. Asistió a los talleres del Círculo Literario Dr. Manuel F. Rodríguez Brayda de 1995 a 1999. Participó en varios recitales de poesía, entre los que destaca Recital de primavera 1996 y obtuvo, además, el primer lugar en el concurso Poesía del Amor y la Amistad del mismo año. Aparece en los libros Matamoros Poético 1996, Veinte Años de Poesía en Matamoros 1977-1997 y Matamoros Poético 1998.




SILENCIO DE VOZ  00921040

Mayor alegría tu voz cuando el jazmín de mis venas
te busca en la calma de tus ojos. Pareces una mañana
seria, merecida de luz. Pareces los fracasos del idioma
vacío, culpable de no ser feliz. Te envuelves en los abrigos

del tiempo, en los dilemas de mis entrañas, en el rocío
de una harina sin matiz. ¿Para qué te envuelvo en tantas
noches? ¿Para qué te busco entre tus voces si te veo
rodeada del milagro de unos faros, te veo rodeada

del vapor de mi llanto? Ahora soy más feliz. Ahora
estoy perdido. Mayor alegría tus años, estremecidos
por las brutales uvas, envueltos en ti sin querer. Pero
más alegre la cebolla que sin pensarlo se transforma

en cantares redondos llenos de plata y de tu voz.
El silencio te mata como se matan las flores cuando
el hambre las agobia y el cariño de los hombres
las esfuerzan a pretender. Déjate llevar más hoy,

déjate el pelo por fuera y marcha tus manos sobre
el escombro de la ciudad abierta. Eres hoy y de nuevo
la golosina de tus mentes te releva. Pareces mujer
desnuda, pareces el viento cerrado, no sé si te quiero

o si tus manos me han comprado. Mayor alegría
tus pieles que esconden tus escudos blancos
que mueren entre la vida y suenan como un canto.
Deja que el silencio te envuelva sobre mi espalda

y alimenta el matiz de tus manos con el adiós.
Ya no existe tu sonrisa que opaca el cometa
de mi esfuerzo, que cierra sus ojos y se convierte
en llanto junto a la fugaz agonía tu espalda

prensada. Tus ojos envueltos, tu labios resecos
y el aroma de envidia. Se marchan mis años
con tu sudor frutal. Mayor alegría tu voz muerta,
tu entrada magistral, tus anhelos extraviados

y el cielo cruzado en dos. Tu voz sigue muriendo
entre gemidos y dolores. Marchan, un poquito,
el silencio, mis labios y los tuyos. Tus ojos cerrados,
volados como si fueran enormes se quiebran en mí.

Muerte divina, llegaste con tu silencio y tu enredo
de mares y pieles y ríos y rizos. Para no verte
el silencio te tapa y tus gemidos se callan, eres mujer.
Viva como el viento, despierta como la noche.


OYE 01029040

Oye el andar quebrado de la ciencia de tu amor.
Silencio y escucha el espejo que te rodea. Me muero.
Adiós. Tus manos tristes se enojan, caminan envueltas
de melancolía se parecen a las letras de un largo adiós.

Silencio y marcha igual que ayer, desnuda, cerrada como
una puerta abierta, como un adiós. El andar de tus piernas
es vulgar, es una brocha de primavera. La luna se pierde
con tu castigo pero sigues en silencio y eso puede ser bueno.

Me dices tres palabras frágiles llenas de trigo, de aroma,
de besos, hasta las envuelves en miel. Y ahora, de nuevo,
aquel silencio. Perdido en los hemisferios de tu llovizna
magistral, de tu desboque de luces tercas, de amores

encerrados en el secreto de la magnolia audaz. Maldita
tu piel blanca Afrodita, me convoca más que el aliento
de tus senos de cebolla, de cristal, de influencia marina,
redonda, aceitosa. Silencio de nuevo. Se escurre, se enreda,
se duplica como un vientre, como gente pobre,
como el camino de hambre y como la harina de los astros.

De nada es capaz el alivio del sol. De nada nos sirve
tu claridad intacta, tu vocecilla diplomática, errónea,
manchada. Oye lo que oigo, oye el celebrar de la sal
y el agua. Adiós.
Desnúdate.
Respira.

El anillo está en tu piel y el ardor es luminoso como orilla
de manzana, como una constelación que ha brotado
de tus pechos emplumados, de tus enormes ojos, de tu cruel
sonrisa y del torpe milagro de mis años atados a tu rueda
de influencia célebre, cegadora, callada y quebrada, quebrada
como la tierra cuando nace, cuando en ella te deslumbras.

Te pareces al anillo de mil piel, te pareces a la hermosura del rocío
sólo que envuelta en mil rizos, en dos palabras y en una voz.
Adiós.
Desnúdate.
Respira.


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