ROBERTO DE LA TORRE HURTADO nace en Valle Hermoso, Tamaulipas en 1954. Radica en McAllen desde 1983. Es Contador Publico y ha ejercido su profesión y la administración de empresas, también la docencia. Publica innumerables escritos en revistas, periódicos y suplementos regionales, estatales y nacionales, mostrando en todos ellos la peculiaridad de retratar la cultura norteña y en especial la fronteriza, lo que lo ha distinguido entre los lectores y críticos que han visto en él un recopilador, a veces histórico, a veces apoyado en la fantasía, de invaluables anécdotas y personajes de nuestra tierra.
         En 1997 obtuvo el premio en cuento por la Casa de la Cultura de Cd. Reynosa. Participó en el taller literario del maestro Orlando Ortiz. Sus cuentos han sido antologados en el libro Canto Rodado. Actualmente coordina el grupo “Canto Rodado” en Cd. Reynosa, Tamaulipas y el Grupo Literario “Voces del Río” en McAllen, Texas.
         "Canto Rodado" ha publicado dos libros colectivos: En las Fronteras del Cuento editado por CONACULTA y “Canto Rodado editado por el Ayuntamiento de Reynosa (l996-l998).




LOBOS EN EL RÍO

La sombra de la noche bañaba el monte de Estación Corrales. A lo lejos el silbato del tren anunciaba su partida. En el andén, bajo el cono de luz del único foco, Mariano Robles veía el anillo que su madre le había dado poco antes de morir y recordaba sus palabras.
         “Es el emblema de la familia de tu padre. Me pidió que te lo diera cuando cumplieras veinticinco años. Dentro de poco será esa fecha pero ya no estaré contigo”.
         El ruido de la camioneta del viejo Matías lo sacó de sus recuerdos.
         ––¿Cómo estás, Mariano? Qué gusto verte. Estás hecho todo un hombre.
         Matías era el encargado del Rancho “San Germán” de la familia Robles y había pedido a Mariano viniera a firmar unos papeles.
         ––Caray, Matías. Estás igualito. Por ti no pasan los años. Pero vámonos, que ya es tarde.
         La camioneta se alejó entre los mezquites y huizaches, tragando el polvo de la brecha. La plática fue despertando el interés de Mariano y la pregunta surgió:
         ––¿De que murió mi padre?
         El silencio llenó la cabina y casi se podía escuchar el corazón de Matías cuando finalmente respondió:
         ––De la misma forma que tu abuelo. Le cortaron la cabeza a la orilla del río, una noche de luna llena.
         Un reproche lleno de angustia fue la respuesta de Mariano.
         ––Pero, ¿por qué mi madre nunca me lo dijo? Siempre creí que había muerto de una extraña enfermedad.
         ––Sí, la enfermedad de otros. Los asesinaron.
         El viejo Matías se sorprendió al ver el odio reflejado en el rostro de Mariano. Jamás había visto en un ser humano esa mirada y sintió temor.
         ––¡Matías! ––dijo Mariano jalándolo de la chaqueta––. ¿Quién lo mató?
         Asustado, con la boca y los ojos muy abiertos, por fin pudo hablar:
         ––Nunca se supo. Pero habla con el padre Nabor. Él sabe quienes fueron.
         Mariano se refugió en sus pensamientos tratando de contener la furia que sentía. No podía recordar a su padre ni a su abuelo. Los habían matado antes de que él naciera. Las imágenes que tenía eran de fotos en blanco y negro. Le hervía la sangre al saber que había culpables de su tragedia y que seguían vivos.
        Al pasar frente al panteón, Matías detuvo la camioneta. Mariano, sin decir palabra, bajó y se perdió entre las tumbas.
         ––Dios nos ampare ––dijo Matías en voz baja.
         La tumba de los Robles era la más grande. Frente a ella se hincó Mariano. Su rezo apenas empezaba cuando el aullido de una manada de coyotes que parecían lobos, retumbó en el panteón. En un instante estuvieron frente a él. Podía sentir el calor del aliento de las bestias. Un fuerte olor a hierba podrida invadió el ambiente. El miedo poco a poco se fue apoderando de él, estrujándole el cuerpo. Cuando el terror amenazaba estallar, los aullidos fueron tragados por el silencio y sólo quedaron lamentos de grillos y chicharras. Entre las tumbas surgió una sombra que se dirigió a Mariano.
         ––Soy el padre Nabor ––dijo el extraño personaje––. Conocí a tu padre y a tu abuelo. No me interesa a qué has venido, solamente quiero que sepas que por tus venas corre la misma sangre de ellos y la muerte te estará esperando en el mismo lugar.
         De rodillas, Mariano vio como el sacerdote dio media vuelta y se alejó. Una sensación extraña se fue apoderando de él, restirándole la piel, amenazando con salir. Apretó los puños, endureció la quijada y se dirigió a la salida.
         Mientras la camioneta avanzaba rompiendo la oscuridad de la noche, Robles recordaba las palabras del sacerdote.
         “La muerte te estará esperando en el mismo lugar”
         Matías, tratando de hacer plática dijo:
         ––Nunca había visto tantos coyotes en el panteón.
         Como regresando de otro mundo contestó Mariano:
         ––No eran coyotes, eran lobos. Y acompañaban al Padre Nabor.
         El viejo Matías, con la frente perlada de sudor, empezó a hablar sin apartar la vista del camino.
         ––El padre Nabor hablaba siempre del anillo de tu padre y corrió el rumor, como lo había hecho con tu abuelo, de que se convertía en lobo. No descansó hasta verlo muerto. Es el mismo demonio y que la virgencita me perdone, pero desde que llegó, una manada de coyotes, que aúllan como lobos, recorre las riberas del río en las noches de luna llena. Ellos mataron a tu padre y a tu abuelo. Por el amor de Dios, Mariano, no te acerques al río. Mañana es luna llena.
         Al llegar al rancho, Robles se encerró en su habitación. Gran parte de la noche la dedicó a buscar respuestas entre los viejos papeles y fotografías de su padre y de su abuelo. No había duda, los rumores eran una mentira creada por el sacerdote para ocultar sus extrañas actividades.
          Al día siguiente, al caer la tarde, sin hacer caso a las recomendaciones de Matías, Robles se encaminó al río.
           Sentado entre las jarillas, Mariano veía correr el agua que reflejaba a la gran luna que se colgaba en lo más alto del cielo.
           Una corriente de aire y el aullido de los coyotes, le recordaron la noche anterior y se estremeció. Antes de que pudiera reaccionar, se vio acorralado por las bestias que amenazantes reclamaban su vida, como lo había dicho el sacerdote. El murmullo del agua se transformó en canto de muerte y una sombra extraña cubrió la luna. La sangre heredada por sus antepasados le recorría el cuerpo confundida con el miedo. Una mutación desconocida para Robles le devoraba las entrañas. Cuando la danza del terror estaba a punto de enloquecerlo, sintió como si mil agujas le traspasaran la piel y perdió el conocimiento.
           ––¡Mariano! ¡Mariano! ––los gritos de Matías despertaron a Robles que, desnudo, estaba tirado en el corredor de la casa.
            Mientras tanto, las campanas de la iglesia sonaban más fuerte que de costumbre. Trece muertos habían encontrado al amanecer a la orilla del río. Entre ellos el padre Nabor.
             El tren se alejaba de Estación Corrales perdiéndose en la oscuridad de la noche. Atrás quedaba la muerte y el silencio de los lobos.
              Mariano Robles veía por la ventana, tratando de arrancarle imágenes a la sombra. Una sonrisa se le dibujó en el rostro, mientras acariciaba la cabeza de lobo de su anillo.      



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