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En días pasados leí el editorial del boletín número dos del grupo NGC sobre la contaminación del cielo, realizado por nuestro colega Carlos Heredero. En él, de una forma amena (muy a lo cubano) nos preocupa, y nos alerta, acerca de este candente tema, donde la falta de responsabilidad de organismos involucrados deriva en una densa capa de diminutas partículas que cubren, fundamentalmente, toda la ciudad. Además, aparejado a esto, y en grado creciente, contamos con una potente y despilfarrante luz que nos ciega el firmamento y nos priva del afán de observar, al menos, una brillante estrella. A la Capital, con su casco histórico lleno de leyendas y mitos, calles colmadas de vida, de amigos conversando en las esquinas y portales, con días de dominó y ron bajo la luz de un tenue bombillo, solo le falta el toque mágico de sus noches. El majestuoso caleidoscopio de las mismas, que se alza con miríadas de cuerpos celestes, es capaz de cortarle la respiración a cualquiera e inspirar al más neófito de los poetas. Tal vez, algún tatarabuelo (para orgullo de todos los cubanos) haya sido testigo de esta situación. Sin embargo, la ciudad creció, vino la electricidad y, con ella, el alumbrado público, propiciando una mayor cobertura lumínica y mayor seguridad al transeúnte. Es así que, con el decursar de los años y el amplio programa de obras sociales y de infraestructuras para el desarollo turístico, hubo un incremento de dicha capacidad eléctrica en todos los niveles, siendo el área metropolitana la más favorecida. Aunque soy de los que se inclinan siempre en pos del progreso y sus beneficios, creo es necesario también prestar atención a los inconvenientes que el exceso de luz provoca en el medio. Por ejemplo, es prácticamente imposible vislumbrar la gran nebulosa de Andrómeda (o los fenomenales y a veces olvidados, meteoros) desde el "Parque Central" en la Habana Vieja. A esto hay que agregar el consumo de electricidad. El fenómeno de la "contaminación luminosa" no es único de nuestra ciudad, en otras partes del planeta adquiere características alarmantes. El desmesurado y excesivo resplandor niega la más mínima posibilidad de ver una noche limpia, esto sin agregar los gases tóxicos emanados por el incesante tráfico y los grandes vertederos de basura que pululan a todo lo largo y ancho de la periferia de las mismas. En días pasados fue dado a conocer un atlas fotográfico, por un grupo de científicos italianos del Instituto de Ciencia y Tecnología, donde se refleja una investigación realizada sobre las causas de este fenómeno. Los resultados son espeluznantes: dos tercios de la población mundial, aí como el 99 % de los habitantes de Europa Occidental y Estados Unidos están condenados a no ver nunca un cielo estrellado. Aunque por el momento solo proporcionan una estadística del período 1996-97, este estudio revela que ambas zonas geográficas tienen un cielo tan brillante que resulta equivalente al de la Luna iluminada al 50 %. En algunos casos, en zonas muy céntricas es equivalente a la Luna llena. Como verán ustedes, con este botón de muestra pueden tener una idea del asunto, que ya es un problema de magnitud internacional. Regresando a la Habana, es preciso hacer un énfasis en que a pesar de no encontrarnos entre los más contaminados lumínicamente, existe la necesidad de buscar un cielo más sano para nuestra capital, así como de encontrar soluciones prácticas y económicas que disminuyan el innecesario resplandor y, a la vez, influyan sobre otras fuentes de contaminación de nuestras áreas urbanas. Lograr un saneamiento de nuestro entorno ecológico y buscar la forma de "saborear" un mejor cielo puede ser logrado entre todos. Quizás algún día, entre una Habana de "sábanas blancas colgadas en los balcones", de dominó y ron en la esquina, de tambor y tabaco, tendremos también nuestras bellas noches tropicales para observar el vasto e infinito universo. |
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