Unidad 6: Conocimiento Moderno
Y Etica
A El problema del
conocimiento
en la filosofía moderna
1. El problema
En nuestra vida cotidiana
damos por sentado que conocemos, que podemos llegar a los objetos y aprehender
sus cualidades fundamentales. Al afirmar o al negar, es decir, al emitir
proposiciones, pretendemos que las mismas digan la verdad, es decir, se adecuen a los objetos que describimos o
explicamos. Sin embargo, al descubrir el error,
cuando nos damos cuenta de que las proposiciones que creíamos verdaderas
resultan ser falsas, o cuando caemos en la duda -suspensión de la afirnación o la
negación- podemos advertir lo problemático que es el acto del conocimiento.
Varias son las cuestiones que se suscitan en relación con el
conocimento. ¿Es posible el conocimento o sólo creemos conocer? Algunos
filósofos, los escépticos, negaron
que hubiera algún saber firme y seguro y los más radicales de entre ellos llegaron
a la abstención frente a cualquier juicio. Si hay algún conocimiento, ¿de
dónde procede y en qué se fundamenta? Ésta es la llamada cuestión del origen y
fundamento del conocimiento que ha
recibido dos respuestas opuestas: la experiencia, la observación sensible según
los empiristas y la razón, según los
racionalistas. Para los primeros
todos los conocimientos, aun los más abstractos, proceden de la experiencia y
se fundamentan en alguna experiencia; para los segundos, hay conocimientos que
son a priori, o sea, independientes
de la experiencia, como las verdades matemáticas, por ejemplo.
La cuestión se complica más
cuando nos preguntamos: ¿qué es lo que conocemos? Los filósofos realistas afirman que conocemos la
realidad tal como ésta es y los de orientación idealista piensan que no conocemos las cosas tal como son en sí, sino
su aparición en la conciencia.
Aunque los problemas
gnoseológicos (de gnosis: conocimiento)
se plantearon siempre en la historia de la filosofía, los consideraremos con
cierto detalle en la filosofía moderna de los siglos XVII y XVIII, que es el
período en el que adquieren mayor relevancia.
2. Ideas y
sociedad . en los comienzos de la modernidad
A lo largo de los siglos XV
y XVI se produce una serie de cambios en lo económico, político, social,
científico y cultural que van a cristalizar, en materia filosófica, a partir
del siglo XVII.
En el plano
económico-social, el capitalismo va
desplazando al feudalismo; el comercio toma impulso, desde la baja Edad Media,
especialmente en las ciudades portuarias de Italia, Génova y Venecia y, posteriormente,
en las del mar del Norte; una nueva clase social, vinculada con el comercio y
las finanzas, marcadamente urbana, la burguesía,
se va haciendo fuerte. El mundo se ensancha con los grandes viajes de descubrimiento y conquista que
penetran en lo desconocido y que abren nuevas posibilidades al comercio. El
desarrollo del comercio lleva, progresivamente, a la constitución de un
incipiente mercado mundial potenciado por la plata americana. El predominio
económico y político se desplaza del Mediterráneo al Atlántico, a partir del siglo XVI.
Políticamente, los estados nacionales, necesarios para encarar los
enormes gastos que exigen las empresas de la modemidad, se van consolidando
frente a la multitud de condados, ducados, etc. La autoridad de los reyes,
apoyados por la burguesía, se impone sobre los señores feudales y enfrenta
exitosamente al papado. Se desarrolla el mercantilismo,
siglo XVII, que propicia una economía nacional dirigida, con aduanas e
impuestos nacionales y monopolios estatales que procuran lograr una balanza
comercial favorable.
En materia religiosa, en el siglo XVI se
produce la Reforma Protestante. Ésta,
al defender la libre interpretación de la Biblia significa un espaldarazo en el
desarrollo del individuo. Con la Reforma, la religión se recluye en la
conciencia individual y se retira de los asuntos públicos. Por otra parte, la
Reforma cuestiona la supuesta dignidad de la pobreza y exalta el valor del trabajo,
con lo que propende al desarrollo del capitalismo. A la Reforma siguen la Contrarreforma,
la intolerancia y las guerras de religión, y la ruptura política y religiosa de
Europa occidental. .
En el
siglo XVI, Copérnico postula el sistema
astronómico heliocéntrico en reemplazo de la concepción tradicional que
ubicaba a la Tierra en el centro del universo. Poco después, a principios del
siglo XVII, Galileo realizará astronomía observacional y una lectura matemática
de la naturaleza, y Kepler, corrigiendo a Copémico, enunciará las leyes del
movimiento de los planetas. En buena medida estas ideas se abrirán camino
luchando contra la intolerancia de la Iglesia que llevará a Giordano Bruno,
defensor de las teorías de Copémico y de la idea de la infinitud del universo,
a la hoguera (1600) y que obligará a Galileo a abjurar de sus teorías. A
fines del siglo XVII, Newton enunciará la teoría de la gravitación universal,
paradigma de la física modema.
Este conjunto de cambios llevan a una crisis de la concepción medieval
del mundo centrada en Dios y en considerar al ser humano una criatura
trascendente cuyo auténtico destino es la salvación de su alma. La modemidad
va a elaborar una concepción más bien antropocéntrica,
menos religiosa y más profana, para la cual la auténtica vida es la que se
da en este mundo y el cuerpo más valorado que el alma. Con la crisis de la
concepción medieval del mundo se cuestionan las grandes autoridades medievales:
la Biblia, la Iglesia y Aristóteles. Como contrapartida, con el desarrollo
científico, los tiempos modemos darán progresivamente más importancia a la
observación y la experimentación que a cualquier autoridad.
En materia filosófica van a cobrar gran
importancia las cuestiones gnoseológicas, que estudiaremos en este capítulo y,
en el ámbito de la filosofía práctica, problemas de fundamentación de las
normas y cuestiones de filosofía política referidas a la organización de la
sociedad .
3. Descames y el
racionalismo
La vida de Descartes se
extiende entre 1596 y 1650. Durante su juventud estudió en un colegio jesuita
donde recibió las enseñanzas escolásticas contra las que reacciona más
adelante. Fue soldado y viajero observador. Desde 1629 vivió en Holanda y
durante veinte años publica sus más importantes obras, entre ellas, el Discurso del método, en 1637, y las Meditaciones
metafísicas, en 1641. Muy conocido en vida, fue acusado de ateísmo y sus
obras llegaron a ser quemadas.
Un punto de partida para comprender el pensamiento cartesiano
puede hallarse en el comienzo de las Meditaciones
metafísicas donde afurna que a lo largo de su vida ha admitido como
verdaderas una cantidad de opiniones falsas y que todo lo edificado sobre ellas
no puede ser sino dudoso e incierto. De
este modo, Descartes expresa sus dudas sobre todo aquello que le han enseñado,
pero la duda no aqueja a Descartes individualmente, sino que es el sentimiento
de la época frente a las transformaciones que han tenido lugar. Si el
conocimiento tradicional ha mostrado no ser muy firme, es necesario
"empezar de nuevo, desde los fundamentos", es decir, refundan el
edificio todo del saber. Para esto es que necesita un método; el elemento esencial de ese método es justamente la duda,
ahora transformada en instrumento: no habrá que admitir proposición alguna que
no sea indubitable. Para la misma época la preocupación por el método también
está presente en F Bacon, filósofo
inglés. El método es concebido por ambos filósofos como un camino para descubrir
nuevas verdades, a diferencia del silogismo que sólo permite convalidar lo ya
sabido, y como un conjunto de procedimientos sencillos que cualquier persona
podría aplicar. Estas características implican una democratización del saber y
una concepción revolucionaria para la época.
El método que propone
Descartes consta de cuatro reglas. La primera propone un criterio de verdad, es decir, una pauta para distinguir la verdad
de la falsedad. La escolástica tenía un concepto realista de verdad: la adecuación o correspondencia entre el
pensamiento y la realidad, entre la idea y la cosa y un criterio que le correspondía:
la evidencia, es decir, el hacerse
presente de la cosa a una facultad de conocimiento. Desde la perspectiva
cartesiana, las cosas no nos son dadas sino a través de ideas o
representaciones, el material del conocimiento siempre está constituido por
ideas y el criterio de verdad ya no es extrínseco, sino intrínseco. El criterio
de verdad de Descartes es la evidencia
racional. Una idea es verdadera cuando es evidente y es evidente cuando es
clara y distinta; una idea es clara cuando se manifiesta directamente al
espíritu y es distinta cuando la idea sólo incluye los elementos esenciales. "Claro" se opone a
"oscuro" y "distinto"
a "confuso". La segunda regla propone dividir cada cuestión
hasta llegar a sus elementos, se trata del análisis
que permite llegar a las "naturalezas simples" que son conocidas
de modo directo, a través de una intuición intelectual. La razón moderna
tendrá un fuerte carácter analítico. Conocidos los elementos simples se impone
ahora reconstruir la totalidad; la tercera regla o regla de la síntesis recomienda ascender poco a poco
hasta el conocimiento de las cosas compuestas. Finalmente, la regla de la enumeración propone revisar todo el
proceso para evitar errores u omisiones.
Como ya dijimos, la idea de
un método que, en principio, puede ser aplicado por cualquiera, para llegar a
la verdad, es de por sí, una idea revolucionaria. A pesar de que Descartes
manifestó en múltiples ocasiones su fidelidad a la Iglesia Católica es difícil
no relacionar esta idea con el libre examen individual de la Biblia que había
preconizado la Reforma Protestante en el siglo XVI.
También es muy significativa
la invitación a desconfiar de toda autoridad en materia científica, cuando
dice: "No es lo que otro piensa... lo que hay que buscar, sino lo que
nosotros podemos ver por intuición con claridad y evidencia..." (Reglas para la dirección del espíritu ).
Sin embargo, dice Descartes que hay tres ámbitos donde el método no se debe
aplicar: cuestiones teológicas, morales y políticas, porque el libre examen,
cuando se pasa de las cuestiones teóricas al plano práctico, concluiría en la
subversión de todas las costumbres; éste es un paso que darán los filósofos del
siglo XVIII.
Descartes aplica su método a
la búsqueda de alguna verdad
fundamental, básica e indubitable, sobre la cual edificar firmemente el
saber. No la encuentra en los datos que proporcionan los sentidos -"cómo
saber si lo que creo percibir, en realidad, no lo estoy soñando"- ni en
las matemáticas -En realidad, puede dudar de todo, y, en este momento, Descartes
aparece como un escéptico, pero profundizando en la duda descubre que en tanto
que duda piensa y si piensa existe. "Pienso luego existo" se
constituye en la primera verdad. La primera certeza es la existencia del sujeto
pensante. La misma existencia de Dios y la del mundo se derivarán de esta
verdad. Nunca antes de Descartes se le había dado un papel tan fundamental al
sujeto pensante. La preeminencia del mismo será el signo fundamental de casi
toda la filosofía modema. También Descartes es el fundador del racionalismo modemo.
La verdad fundamental que ha encontrado es una intuición intelectual que
permite a partir de ella por vía racional descubrir las otras verdades. La
razón se constituye en la fuente y base del conocimiento humano. Para el
racionalismo, nuestra conciencia posee ideas innatas, es decir, hay
ideas que no proceden de los sentidos, sino que constituyen un patrimonio
originario, como, por ejemplo, la idea de Dios. La corriente racionalista se
desarrollará con mucha fuerza en el pensamiento continental, especialmente en
Francia y Alemania, en figuras como Spinoza y Leibniz.
4. Hume y el empirismo
La búsqueda de un método, seguro y sencillo,
que pudiera ser aplicado por cualquiera, constituye una de las empresas de la
filosofía moderna.
Mientras en Europa continental se desarrolla
el racionalismo, en Inglaterra crece vigorosamente otra rama de la filosofía
modema: el empirismo. Según el
empirismo, el conocimiento se halla fundado en la experiencia y por
experiencia, en última instancia, se entiende algún tipo de información
sensorial. Para los empiristas no hay ideas innatas; por el contrario, la conciencia
es una tabla rasa, un papel en blanco
por escribir y quien escribe es la experiencia. La escuela empirista británica
incluye a F. Bacon, contemporáneo de Descartes; a J. Locke; G. Berkeley, y
David Hume (1711 -1776). El empirismo continúa siendo una corriente filosófica
muy importante en la actualidad, especialmente en los países de lengua
inglesa.
David Hume nació en Edimburgo. Trabajó en el
negocio de su padre. Residió en Francia en varias ocasiones. Se desempeñó como
preceptor y ejerció algún cargo oficial. Sus obras principales son el Tratado sobre la naturaleza humana (1739) y la Investigación sobre el entendimiento humano.
Hume comienza el Tratado ... estableciendo una
distinción entre las impresiones y
las ideas. Las primeras están dadas
por las sensaciones de cualquier tipo que experimentamos, las segundas son las
huellas que quedan de las primeras en el pensamiento. Y aunque en algún caso
puedan llegar a confundirse, por regla general se distinguen fácilmente. Una
segunda distinción que efectúa Hume es entre impresiones o ideas simples e impresiones o ideas complejas. La impresión o idea de
"rojo" es simple, mientras que la impresión o idea de
"manzana" es compleja. El criterio que emplea para distinguir entre
unas y otras es la indivisibilidad de las primeras frente a las separaciones
que se pueden efectuar en las segundas.
A partir de estos conceptos
básicos, pasa a estudiar las relaciones entre impresiones e ideas y lo primero
que le parece digno de destacar es la extraordinaria semejanza entre
impresiones e ideas en todos los aspectos excepto en cuanto a su fuerza y vivacidad: las impresiones son
más fuertes y vivaces que las ideas. Sin embargo, el parecido entre impresiones
e ideas se refiere al caso de las simples porque en el caso de impresiones e
ideas complejas puede no haber similitud. Así, por ejemplo, puedo tener la
idea compleja de una montaña de oro, sin que haya tenido la impresión
correspondiente. Pero, en cuanto a las ideas simples, siempre se asemejan a las
impresiones simples y nunca hay una idea simple para la cual no encuentre la correspondiente
impresión. Además, en el orden temporal, la impresión precede a la idea y si
una persona tiene atrofiado algún sentido, no puede recibir la impresión, ni
formarse la idea correspondiente. Esto lo lleva a afirnar que las ideas simples derivan de impresiones
simples, de las que no son más que una copia débil.
No hay ideas innatas, ni
tampoco hay ideas universales: las ideas son tan singulares como las impresiones
de las que proceden. El principio que Hume ha sostenido, la prioridad de las
impresiones sobre las ideas, se constituye en el principio fundamental del
empirismo, y en el criterio de verdad de
las ideas: una idea debe corresponder, en última instancia, siempre a una
impresión. Si no podemos señalar las impresiones en que descansa una idea, la
misma es ilegítima.
Los principios de la filosofía de Hume lo
conducen a realizar una fuerte crítica a la metafísica y la teología
escolásticas. Si un volumen de tal metafísica o teología, dice Hume, no
contiene razonamientos abstractos sobre la cantidad y el número, ni razonamientos
experimentales acerca de los hechos y cosas existentes, arrojémoslo a la
hoguera porque no puede contener otra cosa que sofística e ilusión. Hume es un
escéptico en materia de metafísica y, al dar de baja la teología y la
metafísica, los clásicos saberes de la Edad Media, reconoce a la matemática y a
la ciencia natural como los dos únicos conocimientos legítimos.
Es interesante comparar el estilo de Hume
con el de Descartes para observar las diferentes metodologías del empirismo y
del racionalismo. Hume, para probar su tesis de que las ideas son copias
débiles de las impresiones, acude a multitud de ejemplos particulares para
establecer inductivamente la conclusión general. Descartes, en cambio, procede
por vía deductiva buscando una verdad indubitable; una vez encontrada,
"Pienso, luego existo", prosigue del mismo modo, es decir, mediante
la deducción para demostrar la existencia de Dios y del mundo. Inducción y
deducción, observación empírica y especulación de alto vuelo, son algunos
caracteres contrapuestos del empirismo y del racionalismo, respectivamente. Al
mismo tiempo que se debe atender a las importantes diferencias entre el
empirismo y el racionalismo no debe olvidarse que ambas constituyen variantes
a través de las cuales el pensamiento moderno afirma su confianza en la
capacidad humana para conocer y modificar el mundo.
5. El idealismo en la
filosofia moderna
La filosofía antigua y medieval es fundamentalmente
realista, es decir, afirma que lo que
conocemos son cosas (realismo viene de res,
que en latín significa "cosa") que existen fuera del sujeto y las
conocemos tal como esas cosas son. La postura realista está ejemplarmente
expuesta por Aristóteles: nuestro conocimiento llega a cosas que existen con
independencia del sujeto y éste, mediante el conocimiento, logra una imagen
que constituye un duplicado de las mismas. Desde la perspectiva realista,
conocer es descubrir, develar los objetos por un sujeto (la misma palabra
"verdad", en griego alétheia, significa
develar). La verdad consiste en decir de lo que es que es y de lo que no es que
no es, es decir, en la correspondencia o la concordancia entre el pensamiento y
la realidad. Esta idea se denomina concepto
trascendente de verdad. En la
relación de conocimiento el objeto es el determinante y el sujeto es lo
determinado. Hay un mundo de objetos y el sujeto se empeña en descubrirlos; en
este descubrimiento consiste conocer.
Pero con la filosofía modema surge una
tendencia de signo opuesto que se denomina idealismo.
En esta corriente, el papel predominante ya no lo tiene el objeto, sino el
sujeto. El objeto no es descubierto meramente por el sujeto, sino que es más
bien constituido o construido por el sujeto. Desde la perspectiva idealista,
nuestro conocimiento no llega a las cosas tal como ellas son, sino al aparecer
de las cosas en nuestra conciencia, a lo que se denomina fenómeno. La verdad ya no podrá consistir en la concordancia entre
el pensamiento y la realidad, sino en la coherencia o consistencia lógica del
pensamiento consigo mismo, lo que se denominará concepto inmanente de verdad.
¿Cómo se llega al idealismo?
Los primeros desarrollos que conducen al idealismo los encontramos en
Descartes, para quien la existencia misma de las cosas, la realidad, es puesta
en duda. En cambio, hay una nueva evidencia racional que está dada por la
existencia del sujeto que piensa. Puede no haber mundo exterior, pero no puede
no haber sujeto pensante. En consecuencia, ya con Descartes el sujeto ha
pasado al primer plano. Claro que Descartes no es todavía un idealista, porque
después de señalar que es una cosa que piensa, demuestra la existencia de
Dios, y una vez demostrada la existencia de Dios, concluye la existencia del
mundo externo, dado que Dios, que es suma bondad, no me puede engañar. De esta
manera, Descartes restaura la existencia de las cosas, aunque niega que esa
existencia sea el primer dato de nuestro conocer.
Como postura opuesta al racionalismo, podría pensarse que en el
empirismo hay una fuerte base para las posiciones realistas. Pero esto no es
así. El empirista inglés G. Berkeley, en Tres
diálogos entre Hilas y Filonus,
de 1713, sostiene que no hay otro conocimiento que el que produce la percepción.
Esto podría hacer pensar que hay un objeto externo que es efectivamente
percibido. Pero Berkeley piensa que no hay necesidad de postular la existencia
independiente del objeto. Según él, el ser es lo mismo que la percepción,
pero aquí "percepción" debe entenderse como "contenido de
conciencia". Existir no es más que ser una percepción de alguna mente, ser
un contenido de alguna conciencia. Las cosas sólo pueden existir en cuanto son
conocidas o percibidas.
Las "cosas reales" se reducen a
meros "contenidos de conciencia"; estos contenidos de conciencia
surgen en nuestras mentes por obra de Dios. En definitiva, no hay más realidad
que las mentes, sus contenidos o ideas y Dios. El desarrollo de las ideas de
Berkeley lleva a lo que se denomina solipsismo,
que constituye un extremo en materia de idealismo y que consiste en
sostener que todo nuestro conocimiento trata sobre estados mentales.
6. Kant: el
idealismo trascendental
Immanuel Kant
nació, vivió y murió en la ciudad de Kónigsberg, en la Prusia oriental, entre 1724
y 1804. De costumbres muy estrictas, se desempeñó como profesor de diversas
materias. Se había formado en la escuela racionalista, pero, según él mismo
confiesa, la lectura de Hume lo despertó de un sueño dogmático, es decir, de
su confianza en la razón, y le hizo emprender un análisis del uso puro de la
misma, de la capacidad de la razón para conocer sin ayuda de la experiencia;
este análisis está contenido en su obra fundamental, Crítica de la razón pura, publicada, su primera edición, en 1781.
Según Kant, el conocimiento es producto de
la unión de dos elementos: una materia y
una forma. Ninguno de los dos por
separado constituyen conocimiento. En el conocimiento sensible la materia está
dada por las sensaciones procedentes de lo que Kant llama cosa en sí, es decir, el ser en sí independiente del conocimiento;
pero estas sensaciones por sí solas no constituyen conocimiento. Así, por
ejemplo, un bebé puede recibir todas las sensaciones pero no por ello se puede
decir que conoce objetos. Hace falta la intervención del segundo elemento del
conocimiento: la forma. Para Kant, la forma es doble: el espacio y el tiempo.
El espacio y el tiempo son formas, moldes, "recipientes" que están en el
sujeto de conocimiento y que sirven para ordenar las sensaciones procedentes de
la cosa en sí. Disponiendo las sensaciones espacial y temporalmente se
constituye el fenómeno lo que aparece
en la conciencia, que es el objeto de conocimiento. El fenómeno es el resultado
de las sensaciones procedentes de la cosa en sí ordenadas por el espacio y el
tiempo que están en el sujeto de conocimiento. Espacio y tiempo son llamados
por Kant formas a priori de la
sensibilidad, es decir, elementos independientes de la experiencia que
posibilitan el conocimiento sensible. En efecto, según Kant, el espacio y el
tiempo que hacen posible el conocimiento sensible, la experiencia, no son
ellos mismos, producto de la experiencia. Espacio y tiempo son subjetivos en el
sentido de que están en el sujeto, pero no debe interpretarse que cada sujeto
de conocimiento posee su propio espacio y su propio tiempo. Espacio y tiempo
son los mismos para cualquier sujeto de conocimiento.
También en el conocimiento inteligible hay una materia y una forma. La
materia del conocimiento inteligible es el fenómeno, esto es, lo dado a la
inteligencia, pero de por sí, los fenómenos no constituyen conocimiento
intelcetual, si no son “pensados”or la inteligencia. El elemento formal está
constituido por las categorías o conceptos puros del entendimiento. Las
categorías juegan respecto de los fenómenos la misma función que es espacio y
el tiempo desmepeñan respecto a las sensaciones: el muno de los objetos,
constituido por los fenómenos, es ordenado en la media en que es pensado mediante las categorías. Así por
ejemplo, frente a un objeto cualquiera, un trozo de metal, se puede juzgar “el
metal se dilata por el calor” utilizando la categoría causa-efecto; pero frente
al mismo trozo de metal se pudo juzgar
“el metal es brillante”, utilizando la categoría de sustancia-accidente.
Hay doce categorías que constituyen otras tantas maneras de enlazar los objetos
en juicios y que Kant deriva de los distintos tipos de juicio estudiados por la
lógica formal clásica. A las categorías las llama Kant formas
a priori del entendimiento, o sea, elementos vacíos independientes de la
experiencia y que son la condición de posibilidad del conocimiento intelectual.
Las categorías están en el sujeto de conocimiento, en este sentido son
subjetivas, pero son las mismas para todos los sujetos de conocimiento. Mas
allá del entendimiento, la razón puede pensar, pero no conocer porque no hay un
elemento que le sea dado, las ideas del alma, mundo y Dios, que constituyen una
una suerte de razón pura.
Kant resume en una frase gran parte de lo
expuesto: “intuiciones sin conceptos son ciegas y conceptos sin intuiciones son
vacíos”. Por intuiciones entiende lo “dado”, es decir, la materia, las
sensaciones en el conocimiento sensible y los fenómenos en el conocimiento
intelectual; por conceptos entiende el elemento formal: espacio y tiempo en el
conocimiento sensible, las categorías en el conocimiento intelectual. Lo que la
frase dice es “lo dado” inmediatamente constituye un puro caos; así las
sensaciones solas son ciegas, caóticas. Pero la contrapartida de esto es que
los conceptos, es decir, las formas puras, espacio, tiempo y categorías por sí
solos nada pueden conocer.
Es fácil advertir en la posición kantiana una
crítica tanto al empirismo como al racionalismo. En efecto, la crítica al
empirismo se podría formular así: "Las sensaciones o las impresiones,
por sí solas, no constituyen conocimiento". La crítica al racionalismo
diría: "La inteligencia para pensar necesita de la materia que en última
instancia procede de la experiencia. Hay conceptos puros, las categorías,
pero son vacíos, son meras formas que aisladas nada pueden conocer".
Consecuencia de la teoría kantiana es que la
cosa en sí es incognoscible; es decir, no podemos conocer las cosas más que a
través de nuestro instrumental gnoseológico: espacio, tiempo y categorías.
Preguntarse por el ser en sí, independiente del espacio, el tiempo y las
categorías, impuestas por el sujeto, es imposible. Espacio, tiempo y categorías
constituyen condiciones trascendentales del
conocimiento, es decir, son condiciones de posibilidad del conocimiento.
La postura de Kant es un idealismo porque en
ella el sujeto elabora, construye o constituye al objeto, bien que a partir de
una materia que le es dada. Sólo conocemos el fenómeno, es decir, el aparecer
de la cosa en la conciencia una vez que ha sido organizada, ordenada por las
formas a priori de la sensibilidad: espacio y tiempo, y el pensamiento del
fenómeno por las categorías. Desde la posición kantiana no hay posibilidad de
conocimiento metafísico.
7. A modo de conclusión
Las disputas gnoseológicas
de los siglos XVII y XVIII tienen lugar en el marco de la conformación de la
mentalidad modema y el desarrollo del capitalismo y la ciencia. Los intentos
por hallar una verdad fundamental y un método seguro que realiza Descartes, la
defensa de la experiencia como fuente y fundamento del conocimiento en Hume y
los empiristas, y los límites que Kant descubre al uso puro de la razón constituyen
un periplo en el que la filosofía moderna se afirma como la concepción del
mundo de un sujeto que ha dejado atrás las verdades reveladas por la teología y
que busca afirmarse en sus propias capacidades.
El problema del conocimiento
sigue debatiéndose en la filosofía
contemporánea, en pensadores como el suizo Jean Piaget, quien ha criticado a empiristas y racionalistas y
defendido el papel que la acción del sujeto tiene en el conocimiento. La tesis
de Piaget, que se apoya en una importante fundamentación empírica, es que el
proceso de conocimiento es imposible sin la actividad del sujeto que no capta
ni puede captar pasivamente el objeto. El sujeto debe transformar físicamente
al objeto modificando sus posiciones, sus movimientos o propiedades para
explorar su naturaleza y realizar acciopes lógico-matemáticas por medio de
clasificaciones, ordenaciones, enumeraciones, correspondencias, etc. Pero en
cualquier caso se trata de un sujeto activo que no contempla pasivamente el
objeto. Los datos ofrecidos por el objeto deben ser leídos por las acciones u
operaciones del sujeto. Las posiciones de Piaget parecen acercarse bastante a
las kantianas.
Otro autor, Karl Popper, también
ha criticado a empiristas y racionalistas, por más que se reconoce como una
mezcla de ambos, al señalar que ni la observación ni la razón pueden
considerarse como fuente últimas del conocimiento y que no tiene mucho sentido
preguntarse por fuentes de carácter genético cuando lo que importa es
establecer la validez o invalidez de los presuntos conocimientos. La solución
popperiana es el ya estudiado método hipotéticodeductivo.
Es importante aclarar que tanto en Piaget
como en Popper, así como en muchos otros autores contemporáneos, las cuestiones
gnoseológicas derivan en epistemología, es
decir, en teoría del conocimiento científico.
B Ética y filosofía política
en los siglos
XVIII y XIX
1. El problema
A veces decimos de alguien:
"Obró bien, cumplió con su deber", o "Hizo bien, estudió tal
carrera y ahora es muy feliz en su profesión". Cumplir con el deber o alcanzar la felicidad son dos pautas que
pueden guiar el obrar y que a veces
conducen a los mismos actos, pero otras veces no. ¿Cuál de estas pautas es
preferible? ¿En qué consisten el deber y la felicidad? ¿Hay otras pautas para
guiar la conducta humana?
La ética es la parte de la filosofía que se ocupa del obrar
humano, de las acciones del hombre, buscando discutir y juzgar el valor de las
normas morales y jurídicas. Las primeras regulan lo que la sociedad aprueba y
desaprueba, las segundas lo que está prohibido, castigando las violaciones a
las prohibiciones. La ética pretende discutir el valor de las normas, su
legitimidad más allá de su legalidad, buscar sus fundamentos. La ética realiza,
por una parte, una acción de crítica y análisis de la moralidad, pero, por otra
parte, muchas veces propone normas, escalas de valores o ideales de vida que
por alguna razón son considerados preferibles frente a otras pautas. Las
discusiones éticas tienen lugar en el plano del deber sen y no, meramente, del
ser, como en los problemas ológicos o gnoseológicos estudiados hasta acá.
Aunque se constate como un hecho que la mayoría de las promesas no se cumplen,
la ética lo que discute es si deben o no cumplirse las promesas efectuadas; si
hay o no situaciones en las cuales pueden no cumplirse las promesas, etcétera.
Cuando decimos que la ética
estudia el obrar del ser humano, se puede entender a este último en forma
individual o en forma social. Aristóteles distinguía tres niveles en el obrar y
correspondientemente en el estudio del mismo, que constituyen lo que llama la
"filosofía práctica": el obrar del individuo, el obrar de la familia
y el obrar de la sociedad (la polis). De este último surge la palabra "política",
que designa en Aristóteles una especie de filosofía social global.
Contemporáneamente se prefiere el término "filosofía política" para
el estudio del obrar social, reservándose la expresión "ética" o bien
para el obrar individual, o bien como sinónimo de filosofía prácticaen general.
En cualquier caso debe remarcarse que es estrecha la relación entre ética y
filosofía política.
En este capítulo
estudiaremos la ilustración y el romanticismo que desarrollaron un rico
pensamiento ético-político para estudiar después dos grandes teorías éticas:
la ética formal kantiana y la ética utilitarista.
2. El siglo XVIII
En el plano económico continúa el desarrollo del capitalismo,
pero nuevas ideas, como las de los fisiócratas
que consideran que la principal fuente de riqueza se encuentra en el
trabajo de la tierra y que el estado sólo debe jugar el papel de un árbitro
moderador entre los diversos intereses económicos, se contraponen al
mercantilismo del siglo XVII. Más radical aun, el liberalismo sostiene la no injerencia del estado en la economía y
el libre juego de la oferta y la demanda en un mercado libre de regulaciones
estatales y de monopolios (laissez-faire,
laissez-passer: dejad hacer, dejad pasar). En lo político, las monarquías,
con el apoyo de sus respectivas burguesías, se han impuesto a los señores
feudales, y consolidado su poder. Mientras que en Francia la monarquía se
considera absoluta y de derecho
divino ("El estado soy yo" afirma Luis XIV), en Inglaterra, después
de la Revolución de 1688, llamada la "Revolución gloriosa", se
proclama la monarquía constitucional en
la que el parlamento tiene la facultad de aprobar los impuestos, hay libertad
de imprenta y se establece la inamovilidad de los jueces. Luego de la
revolución, en el siglo XVIII, Inglaterra va a lograr un gran desarrollo
económico constituyéndose en la primera potencia marítima, dueña de un gran
imperio colonial. En el resto de Europa tiende a prevalecer el absolutismo, pero
también se desarrolla, inspirado en el iluminismo, lo que se denomina el despotismo ilustrado ("todo para
el pueblo, pero sin el pueblo"), o sea, regímenes en los que los monarcas
gobieman apoyados en una burocracia modernizada de origen burgués como los de
Federico II en Prusia o Catalina la Grande en Rusia.
En
la segunda mitad del siglo XVIII se van a producir los grandes acontecimientos
políticos del siglo: la Revolución
norteamericana de 1776 y la Revolución
Fancesa de 1789 con su lema "Libertad, igualdad, fraternidad",
en las que se plasmarán las nuevas condiciones económicas y las ideas políticas
que el movimiento ilustrado había proclamado a lo largo de lo que se denomina "el siglo de las luces".
A lo largo del período continúa el desarrollo científico. En la
segunda mitad del siglo XVII, Newton había formulado su teoría de la gravitación
universal y Boyle había descubierto las leyes del comportamiento de los gases. En
el siglo XVIII, Lavoisier formula el principio de la conservación de la materia, que sirve de fundamento a la química
moderna, y Franklin, Galvani y Volta estudian la electricidad. Los
descubrimientos científicos están estrechamente ligados a los inventos técnicos
que, a veces, preceden y otras siguen a los descubrimientos científicos. Entre
los inventos del siglo XVIII se pueden señalar el termómetro, el pararrayos,
el globo aerostático y la máquina de vapor, que en la segunda mitad del siglo
dará lugar al comienzo de la Revolución
industrial y con ella a una nueva etapa en el desarrollo del capitalismo, a
una redefInición de las clases sociales, con el surgimiento de la dase obrera,
y a nuevos conflictos entre ellas que se desarrollarán en el siglo XIX, que será presentado como marco
de los problemas filosóficos que se considerarán en el capítulo siguiente.
3. La Ilustración
Ilustración, Iluminismo o Filosofía de las luces son los nombres que
recibe un vasto movimiento filosófico que abarca el siglo XVIII y se extiende
principalmente por Francia, Inglaterra y Alemania y que se distingue por su
actitud crítica hacia la tradición, su optimista creencia en la posibilidad
de progreso de la humanidad, en el poder de la razón para comprender y
transformar el mundo, y en la capacidad de reorganizar la sociedad a partir
de normas universales fundamentadas racionalmente.
La tradición racionalista
francesa, el empirismo británico y el desarrollo de las ciencias son en el
plano de las ideas las fuentes de las
que se nutre el movimiento ilustrado que defiende una razón que se apoya en la
experiencia, que va de lo singular a lo universal, de los hechos a los principios
y que cada vez más va tomando a la ciencia natural como el modelo de todo conocimiento.
El auge de la burguesía, el desarrollo del capitalismo y las revoluciones
inglesa, norteamericana y francesa constituyen el marco económico, social y
político en el que se forman las ideas iluministas, ideas que a su vez van a
ejercer decisiva influencia en la sociedad, en general, y en los procesos
revolucionarios mencionados en particular.
En 1751 comenzó a
publicarse la "Enciclopedia o Diccionario Razonado de las Ciencias, de
las Artes y de los Oficios", bajo la dirección de Diderot y D'Alembert,
que buscaba reunir y sistematizar todos los conocimientos, incluidos los
pertenecientes a los oficios y las artes mecánicas, para difundirlos entre los
contemporáneos y transmitirlos a la posteridad "para que nuestros nietos,
al convertirse en más instruidos, lleguen también a más virtuosos y más felices".
Característica de la "Encidopedia..." y del movimiento ilustrado es
la idea de que el conocimiento es útil, debe divulgarse y tiene un carácter
liberador, pues, a mayor instrucción corresponderá mayor virtud y mayor
felicidad; en la divulgación del conocimiento los ilustrados le asignarán un
'papel privilegiado a la educación y, en
particular, a la escuela y al libro. La educación debe ampliarse a "todas
las condiciones". Merced a la misma y al desarrollo de las ciencias, la
humanidad puede lograr un futuro mejor: progresar,
tanto material como espiritualmente. En lugar de ubicar una edad de oro en
el pasado, en algún pasado remoto y perdido, mito común a varias culturas, los
iluministas creen que es posible lograr una humanidad más libre de los
condicionamientos de la naturaleza.
En general, los ilustrados
ven al progreso como una posibilidad de la humanidad, y no como una marcha
inexorable de la misma hacia algo mejor. El iluminismo tiene una vocación universalista, sus ideales son de tipo
universal, el ciudadano ilustrado rechazará los prejuicios de raza,
nacionalidad o religión y, en cambio, se identificará con cualquier otro
ilustrado en cualquier continente.
En materia de religión, los
ilustrados son librepensadores, en su mayor parte no se trata de ateos, pero,
en cambio, está muy extendida la idea de una religión natural o deísmo. Esta
posición sostiene que en el fondo de las distintas religiones históricas habría
una religiosidad racional común. Las distintas tradiciones históricas deformarían
ese núcleo natural llevando a la superstición y el fanatismo; Dios, denominado
preferentemente "Ser supremo", es considerado el gran arquitecto,
punto de referencia último para la explicación del uníverso.
Los ilustrados profundizan la crítica a la teología y a la metafísica y
defienden, en cambio, las ciencias
naturales en las que ven la posibilidad cierta de alcanzar la verdad y el
bienestar. Verdad y bienestar, por sus posibles aplicaciones, se convierten en
las dos grandes promesas de la ciencia que reemplazan las clásicas promesas de
la religión verdad y el bienestar.
Verdad y bienestar, por sus posibles aplicaciones, se convierten en las
dos grandes promesas de la ciencia que reemplazan las clásicas promesas de la
religión : verdad y salvación.
En lo que se refiere a la historia, el movimiento ilustrado tiene
una actitud ambi- valente. Por un lado, al enfatizar en las categorías de
"razón" y "naturaleza la historia tiende a ser dejada de lado o
considerada solamente como la colección de los errores que una humanidad
inmadura ha cometido a lo largo del tiempo. Por otra. parte, al rescatar la
categoría de “progreso”, como cambio hacia lo mejor, se revaloriza la historia,
rechazando un enfoque teológico y providencialista de la misma, restando
importancia a la crónica acerca de reyes, papas y emperadores, buscando una
lógica oculta en los acontecimientos históricos.
En el
plano político, los ilustrados franceses
toman como modelo a Inglaterra por su organización política: la monarquía
constitucional y parlamentaria, y su organización económica: el libre
comercio, repudiando, en cambio, la monarquía absoluta y la existencia de una
aristocracia parasitaria en su propio país. Las críticas se enderezan a las
teorías absolutistas que consideran a
la autoridad del monarca fundamentada en una delegación de Dios y, en
consecuencia, consideran al rey responsable ante Dios, no ante el pueblo. Para
el absolutismo, que Bossuet había teorizado en el siglo XII, el hombre es malo
por el pecado original y en su estado natural viviría en guerra. El estado
tiene un poder absoluto, indivisible e irrevocable. El estado se organiza sobre
la base de "un rey, una fe, una ley", según palabras de Bossuet.
Frente a las pretensiones absolutistas, que fundamentan la legitimidad de la
autoridad en la tradición, la ilustración defiende, en general, teorías contractualistas según las
cuales los individuos, en igualdad, se reúnen en comunidades y delegan en una
autoridad revocable parte de sus derechos, originándose una legitimidad de la
autoridad de tipo legal, que garantice los derechos fundamentales de todos los
individuos. En esa línea, Montesquieu sostiene en El espíritu de las leyes, de 1748, la necesidad de controlar el
poder a través de la división del mismo en un poder ejecutivo, detentado por
el rey; un poder legislativo, y un poder judicial independiente. Más
drástico, J. J. Rousseau en su Contrato
Social, de 1762, sostiene la idea de que el poder reside en el pueblo y que
los gobernantes son funcionarios de éste.
Las
figuras más importantes de la Ilustración más bien prepararon que participaron
en la Revolución Francesa. Entre 1775 y 1784 mueren Montesquieu, Voltaire,
Rousseau, Diderot, D'Alembert y Condillac. Pero, indudablemente, el pensamiento
de estos hombres tuvo una influencia decisiva no sólo en la revolución de
1789, sino también en los procesos de emancipación de las repúblicas
hispanoamericanas que se desarrollarán en las primeras décadas del siglo XIX.
4. El romanticismo
Aunque el siglo XVIII, llamado el "siglo
de las luces", es el siglo del auge de la razón universalista y de la
idea de progreso, no faltarán en el mismo tendencias que cuestionarán tanto la
idea de progreso como la posibilidad de una razón universalista en el plano
práctico y aun en el plano teórico.
Expresión de estos cuestionamientos es el
alemán Johann G. Herder (1744-1803), quien en su Filosofía de la historia para la educación de la humanidad sostiene una concepción providencialista
de la historia en la que cada pueblo debe desarrollar sus propias instituciones
y formas espirituales que le son características. Para Herder, cada época
constituye una plenitud en sí y no hay progreso en la historia. Las ideas de
Herder se ampliarán y desarrollarán en el romanticismo alemán del siglo XIX.
Mientras el iluminismo se
identifica con la razón y la ciencia, el romanticismo tiene una mayor
inclinación por la emoción, la fuerza, la sensibilidad y lo instintivo. El romanticismo
privilegia la excitación y la aventura a la tranquilidad y la seguridad ;
aprecia las pasiones fuertes y destructoras -e1 amor romántico- que pueden
culminar con la muerte del enamorado. Lo estético es más valorado que lo
utilitario. Los románticos admiran lo exótico y lo misterioso que se
identifica con lo remoto, lo oriental, lo antiguo, lo primitivo, la naturaleza,
y reivindican la Edad Media y sus historias de castillos y brujas. Se
idealizan las labores campesinas y se condena el industrialismo que se asocia
con la fealdad. La personalidad debe liberarse de la moralidad y los convencionalismos
sociales al servicio del orden. Hay un culto del héroe y del gran hombre que
vive la vida intensa y arriesgadamente. Políticamente, el romanticismo es
antiuniversalista y nacionalista, considerando que la nación es una especie de
organismo que posee un alma o espíritu que la anima, siendo los individuos
miembros de la misma. Separados de la nación, los individuos no son nada,
pierden sus "raíces" -para usar una metáfora naturalista frecuentemente
empleada por los románticos-. El romanticismo es fuertemente antiliberal en la
medida en que el liberalismo considera a la sociedad como la suma de los individuos
y defiende los derechos del individuo. Como contrapartida, es fuertemente
aristocratizante. Por sus propias concepciones, el romanticismo es un
movimiento más literario que filosófico y que dará grandes poetas como el
inglés Byron o el italiano Leopardi.
5. La ética kantiana
Las normas morales y
jurídicas de un pueblo se constituyen generalmente a partir de las tradiciones
religiosas. Durante siglos se concibió al estado como dotado de una religión
oficial. En la Europa medieval, más allá de las diferencias entre los pueblos
que la conforman, la religión católica es la fuente de las normas morales y
jurídicas, que dejan poco margen para el desarrollo de ideales de vida
individuales que contradigan las tradiciones sociales. En ese marco, las minorías árabe y judía son
apenas toleradas. Con la Reforma Protestante y las guerras de religión del
siglo XVII se quiebra la unidad religiosa y la idea de fundamentar la moral y
el derecho en la religión cede su paso a una concepción que busca establecer normas universales fundamentadas
racionalmente. El progreso que ha proclamado la Ilustración tiene en el
dominio de la moral un ámbito privilegiado y, en esta esfera, el progreso
consistirá en establecer normas que en lugar de valer para un pueblo o una
cultura determinadas, valgan para todos, sean universales y, en vez de estar
basadas en la tradición o en la religión, tengan un fundamento racional. En
realidad, los requisitos de racionalidad y universalidad se complementan.
La ética de Kant, expuesta en la Fundamentación
de la metafísica de las costumbres y en la Crítica de la razón práctica, constituirá el más elaborado intento
por construir una ética universal de naturaleza racional.
Según Kant puede haber muchas cosas buenas
como el valor, la decisión, la perseverancia y otras muchas cualidades, pero
ninguna de ellas puede ser llamada buena sin restricción porque cualquiera de
estas cualidades pueden llegar a ser malas y dañinas si la voluntad que ha de
hacer uso de ellas no es buena. Una voluntad
buena, en cambio, lo es en cualquier circunstancia y con independencia de
que alcance un fin propuesto. No importa el éxito de la acción. Así, por
ejemplo, si hago todo lo posible por ayudar a una persona y finalmente fracaso
en el intento, esto no disminuye el valor moral de la acción. La buena
voluntad es buena cuando obra no por inclinación,
es decir, siguiendo alguna tendencia de nuestra sensibilidad, sino cuando
obra por deber. En nuestras acciones
podemos obrar en forma contraria al
deber, siguiendo alguna inclinación, así, por ejemplo, cuando no ayudo a
una persona que se encuentra en apuros porque privilegio mi comodidad. También
puedo obrar de acuerdo con el deber, pero por inclinación,
cuando, por ejemplo, ayudo a una persona, porque soy amigo de ella. Finalmente,
puedo obrar simplemente por deber cuando
ayudo a una persona porque el deber manda ayudar a un semejante. Sólo estas
últimas acciones merecen la calificación de moralmente buenas. Las contrarias
al deber son moralmente malas y las que se efectúan de acuerdo con el deber,
pero por inclinación, son moralmente neutras. Así, por ejemplo, Kant analiza el
caso de los actos de beneficencia y señala que hacer beneficencia es un
deber, pero que en realidad, muchas personas experimentan un cierto regocijo
al efectuar la beneficencia; en consecuencia, obran de acuerdo con el deber,
siguiendo una inclinación, pero no por deber, y su acción, aunque no es
moralmente reprochable, tampoco es digna de que se le adjudique valor moral.
Kant define el deber como la necesidad de una acción por
respeto a la ley. Se refiere a la ley moral universal que la razón práctica da a
la voluntad y que dice que "... no debo obrar nunca más que de modo que
pueda querer que mi máxima deba convertirse en ley universal". Esta ley, a la que Kant llama imperativo categórico, quiere decir que
no debo obrar sino de acuerdo con máximas que puedan universalizarse. Sólo obro
moralmente bien cuando puedo querer, es decir, aceptar por propia convicción como
obligatorio para mí, que el principio de mi querer se convierta en ley válida
para todos. Así, por ejemplo, supongamos que en determinadas circunstancias
puedo obtener un beneficio diciendo una mentira; mi máxima podría expresarse
así: "En caso de que me sea útil diré una mentira"; esta máxima puede
servirme, pero, según Kant, debo generalizarla y pensarla como si fuera una
ley que dijera: "Cualquier persona, en caso de que le sea útil puede decir
una mentira". Al universalizarse, se advierte que esta máxima no puede
valer como ley general, pues, si todos mienten, la misma mentira ya no sería
eficaz. La máxima, en resumen, no es moralmente buena. Lo moralmente malo
consiste en que el sujeto se permita acciones que no les permite a los demás.
El imperativo categórico se constituye así en
el fundamento racional de las normas morales que la modernidad buscaba. Ante la
necesidad de obrar, el sujeto racional debe preguntarse si la máxima con la
que se está guiando es universalizable o no. La ética kantiana es a priori, puesto que el imperativo
categórico no depende de condiciones o circunstancias empíricas, es formal porque lo que enuncia es la
condición general a que deben someterse las acciones para ser consideradas
moralmente buenas, pero no dice en concreto o en particular qué es lo que debe
hacer cada individuo; precisamente por dejar librada a cada individuo la elección
de las máximas, con la sola restricción de que sean universalizables, la ética
kantiana es autónoma.
6: El
utilitarismo ético
Para la misma época en que
Kant hallaba la manera de fundamentar racionalmente normas morales con validez
universal, en Inglaterra, siguiendo la tradición empirista, se desarrollaba la
escuela utilitarista integrada por J. Bentham (1748-1832), James Mill y John
Stuart Mill, que va a proponer una ética de base empirista.
Sobre el telón de fondo
de las nuevas condiciones de vida gestadas por la Revolución Industrial de la
segunda mitad del siglo XVIII, se desarrolla la corriente utilitarista a la
que le interesa la cuestión social y ve en la ética un medio para promover un
mejor estado de cosas en la sociedad. Los utilitaristas ejercieron gran
influencia en la legislación y la política británicas. Además de empiristas,
los utilitaristas son liberales en lo
político y en lo económico. El liberalismo
político, heredero del pensamiento de la Ilustración, sostiene que los
derechos individuales, el derecho a la vida, las libertades -de prensa,
religiosa-, la propiedad privada, etc., deben ser preservados a toda costa; hay
un área del individuo en la cual la sociedad no tiene injerencia; en ella, el
individuo es libre y por ello, para el liberalismo se debe reducir la
competencia del poder a las funciones de administración de justicia, defensa
del territorio, educación y salubridad, y, expresamente no debe intervenir en
cuestiones religiosas.
Tampoco el poder político debe intervenir en cuestiones
económicas que deben regirse por la ley de la oferta y la demanda en un mercado
libre de regulaciones del poder estatal y de la acción de monopolios o corporaciones
privadas poderosas capaces de dominar el mercado. Aunque en principio
liberalismo político y liberalismo económico pueden considerarse
complementarios, para el primero es la persona la que debe ser protegido,
mientras que para el segundo los derechos fundamentales corresponden a la
propiedad privada.
Bentham enunció el principio fundamental de la escuela que
dice : “la mayor felicidad para el mayor número”. Sturart Mill (1806-1873)
agrega que se entiende por felicidad una existencia integrada por momentos de
exaltación, dolores escasos y transitorios y muchos y variados placeres, con predominio de los activos sobre los
pasivos. Se trata de una concepción de la felicidad de tipo burgués,
antirromántica. De todas formas, más importante que la idea de felicidad es el
principio establecido. De acuerdo con el mismo, la acción moralmente buena es
la que tiende a producir mayor felicidad o, según el caso, menor infelicidad,
no para el sujeto que obra sino para todos los seres humanos. Ante la necesidad
de obrar, en cada momento debemos preguntarnos cuál de los posibles cursos de
acción es el que traerá mayor felicidad para todos los involucrados. Debe
hacerse notar que no existen preferencias por la felicidad inmediata como
contrapuesta a la felicidad remota, sólo que, posiblemente en el caso de la
felicidad remota disminuye la probabilidad de obtenerla. Al optar por un curso
de acción debe tenerse en cuenta la infelicidad que el mismo puede provocar,
lo que hace que la fórmula de "mayor felicidad" se transforme, en
realidad, en la mayor "felicidad neta" y que a veces sea simplemente
lo mejor elegir el mal menor. Cuando hay un conflicto entre la felicidad propia
y la ajena debe resolverse de acuerdo con el principio de felicidad neta, lo
que supone que el utilitarismo no es egoísta, porque no privilegia al sujeto
que debe decidir, pero tampoco es altruista, es decir, no preconiza el
sacrificio por los demás. El utilitarismo considera que las reglas morales del
tipo "No matarás", etc., deben valer como reglas indicativas,
normalmente son útiles y es bueno seguirlas, pero pueden darse excepciones si
la aplicación de la regla en un determinado caso provoca consecuencias
infelices. El utilitarista no es formalista, no está dispuesto, como Kant, a
respetar la norma con independencia de las consecuencias. Hay situaciones en
las cuales es muy difícil aplicar el criterio utilitarista, pues no se pueden
prever todas las consecuencias de las acciones. El utilitarista está dispuesto
a admitir que el fin justifica los medios cuando: a) el bien del fin supera la
suma total de males que los medios provocan; b) el fin debe alcanzarse, es
decir, no debe haber errores, y c) el fin no puede obtenerse por otros medios.
Aunque el utilitarista se desentiende de las motivaciones que llevan a los
actos, juzga que los mejores motivos son aquellos que llevan de un modo más regular
a mejores acciones y que peores motivos son los que llevan menos frecuentemente
a buenas acciones.
Las posiciones de Mill se prolongan en una filosofía política liberal contenida en
su ensayo Sobre la libertad, de 1859,
en el que sostiene que la sociedad no puede impedir a ninguno de sus miembros
realizar determinadas acciones o sostener ciertas creencias por el hecho de
considerar que tales acciones o creencias no son buenas o nobles o que pueden
perjudicar al sujeto que las practica. El único motivo que puede llevar
legítimamente a la sociedad a inmiscuirse en la libertad de uno cualquiera de
sus miembros es la protección de la sociedad o de la libertad de los otros
miembros.
7. A modo de conclusión
La filosofía práctica, la ética y la filosofía
política, por tratar acerca de la conducta humana se vinculan directamente con
la vida de los hombres, sus ideas y proyectos.
Las disputas filosóficas entre iluministas y
románticos se prolongan en los siglos XIX y XX impregnando debates actuales
como el de "Modernidad y posmodernidad". Los intentos de Kant y Mill
por hallar normas universales que puedan tener un fundamento en la razón o la
experiencia humanas constituyen dos casos paradigmáticos del desarrollo de las
ideas de la modernidad. En efecto, mientras Descartes había señalado que su
método sólo debía aplicarse a las cuestiones teóricas, seguramente porque era
consciente de las implicancias revolucionarias que traería la generalización
del libre examen al ámbito de las cuestiones prácticas, Kant y Mill acometen la
empresa de examinar las normas morales y hallar un fundamento de las mismas.
Aunque los fundamentos de las éticas de Kant
y Mill son diametralmente distintos y, en algunos casos lleven a maneras de juzgar
muy diferentes, como por ejemplo, el controvertido punto acerca de las excepciones
a las normas que Mill acepta y Kant no, es notable como en ambas éticas se
defienden los derechos del individuo, que desde entonces no han hecho más que
desarrollarse, a la par que se le fijan los límites, que no serán otros, en
ambas éticas, que los derechos de los demás individuos. Es característico de
ambas éticas la tendencia a la pluralidad y a la tolerancia que permitan en una
misma sociedad la convivencia de diversos ideales de vida.
Tanto la filosofía moral kantiana como la de
Mill tienen importantes proyecciones en la actualidad. El imperativo categórico
kantiano es retomado y reformulado de distintas maneras por buena parte de la
filosofía moral contemporánea. Así, por ejemplo, en la ética comunicativa formulada por los alemanes Karl O. Apel y Jürgen
Habermas, quienes sostienen que hay reglas morales de convivencia ya presupuestas
en el discurso racional y en la comunicación entre los hombres, quienes no
pueden examinar cada tino por sí solo los modos de obrar cuestionados, sino en
un análisis con los afectados: solamente pueden ser válidas aquellas normas que
podrían recibir la aprobación de todos los afectados a través de una
argumentación en la que se exige la adopción de roles ideales. En la ética
comunicativa sigue presente el requisito kantiano de universalización de las
normas, pero la razón encargada de analizar dicha universalización es una razón
dialógica. Por su parte, las ideas de Mill han sido discutidas por buena parte
de los filósofos morales del siglo XX, en particular los de habla inglesa, y no
han faltado, también, intentos de aproximar a Kant y a Mill.