Unidad 5: La Filosofía Antigua y Mediev Al
La realidad y su conocimiento
en la filosofía griega antigua
1. El problema.
Los niños crecen, la ropa se gasta, las
costumbres se modifican, todos éstos son ejemplos de cambios. Estamos tan
acostumbrados a estos y otros cambios que nos parecen la cosa más natural del
mundo. Sin embargo, es fantástico que haya cambio y bien podría no haberlo. Tal
vez, el universo entero podría haber sido estático, más o menos como cuando
los chicos juegan a las estatuas, o sea, a quedarse inmóviles.
¿Hay algo permanente, es decir, algo que
no cambie y que sea como una especie de soporte de todos los cambios o, por el
contrario, todo será nada más que un cambio incesante? Para el autor del Eclesiastés,
Antiguo Testamento: "Pasa una generación y viene otra, pero la
tierra permanece para siempre"; sin embargo, hoy sabemos que nuestro
planeta es sólo un pequeño astro que deambula en el espacio. Por otra parte,
la física ha tratado de encontrar en el reino de lo infinitamente pequeño una
partícula material indivisible, el átomo, que tenga un carácter permanente,
pero al explorar el átomo se hallaron partículas subatómicas de una duración
limitada y que se transforman en energía.
Los filósofos antiguos al tratar de
hallar una explicación última al conjunto de lo real dieron con la noción de ser,
la más abarcadora de todas las nociones, y a la par que se preguntaban por
el ser, también se preguntaron por las posibilidades cognoscitivas del hombre
y buscaron determinar las características de un conocimiento seguro y
confiable, planteando de este modo no sólo el problema ontológico o metafísico,
sino también la cuestión gnoseológica.
2. Los comienzos de la filosfía. Mito y filosfía
La historia de la filosofía comienza en
Grecia. Los griegos constituían un pueblo que vivía en el Mediterráneo
oriental, principalmente en las costas e islas del mar Egeo y del mar Jónico,
aunque llegaron a establecer asentamientos en puntos tan distantes entre sí
como el mar Negro, la costa mediterránea de España y el norte de África. Su
civilización se extiende a lo largo de varios siglos, a través de los cuales se
pueden diferenciar etapas, pero se conviene en que llega a su culminación en
la Grecia continental, en el siglo V a-C-, que recibe el nombre de "siglo
de Pericles".
Los griegos fueron un pueblo notablemente
creador en muchos terrenos. Sus aportes en literatura, escultura y arquitectura,
así como en ciencia y filosofía, y en la organización social y política, fueron
decisivos en toda la civilización occidental posterior. Los griegos estaban
en contacto e incorporaron conocimientos de los pueblos del cercano oriente,
como los egipcios y los babilonios, que habían producido descubrimientos
matemáticos y astronómicos importantes.
Aunque cuando hizo falta supieron pelear,
no se trató de un pueblo demasiado poderoso, ni conquistador militar. A pesar
de que derrotaron a los persas en el siglo V, luego de haber sufrido gran
cantidad de luchas intemas, sucumbieron frente a Alejandro de Macedonia en el
s. IV y posteriormente ante el empuje de las legiones romanas, siglo II a-C-
Pero, vencidos militarmente, sedujeron a sus conquistadores culturalmente,
imponiendo en buena medida su manera de entender el mundo y la vida humana. El
mismo Alejandro había sido educado por uno de los mayores filósoÍos griegos,
Aristóteles, y la costumbre romana era confiar la educación de los niños a los
griegos.
Muchísimas palabras griegas pasaron al
latín y de allí a las lenguas modrnas europeas; no sólo "filosofía"
que deriva del griego phileo, "yo amo" y sophía, "sabiduría";
sino expresiones como "democracia", "psicología",
"práctica", etc. También nombres propios como ~'Nápoles", del
griego neo, "nuevo" y polis, 'ciudad" o, “Niza",
de niké, "victoria", reconocen su origen en la lengua griega.
Montañosa, en buena
medida árida, la Grecia continental está constituida por pequeños valles
relativamente aislados que se comunican
más fácilmente por mar que por tierra. Este territorio era propicio para que se
desarrollaran pequeñas comunidades autónomas, las polis o
ciudades-estado, cuya población, al crecer debía emigrar y fundar colonias que
mantenían un vínculo más espiritual que material con la metrópoli. Pueblo de
navegantes, campesinos, artesanos y comerciantes, amante de la autonomía y la
libertad, abierto a las otras civilizaciones, logró emanciparse económica,
política y mentalmente. Este pueblo fue el que comenzó a filosofar.
Aunque los griegos fueron los primeros en
comenzar a filosofar, no lo hicieron de un día para otro; tampoco fueron los
primeros en formularse preguntas filosóficas, sino que fueron los que
iniciaron una consideración racional de esas preguntas, y con ello, los que
dieron nacimiento a la filosofía.
Con anterioridad, los mismos griegos y
muchos otros pueblos se habían preguntado por los comienzos del mundo,
elaborando diferentes cosmogonías, es decir, explicaciones acerca del
modo en que se había generado el cosmos. Estas cosmogonías tenían un carácter
mitológico, es decir, constituían explicaciones que no pretendían ser
racionales, eran aceptadas como una creencia, tenían un origen anónimo que se
perdía en la noche de los tiempos. Así, por ejemplo, algunas de estas
cosmogonías ubicaban en el principio al caos primordial en el cual todo
constituía una unidad; del caos surgieron y se diferenciaron la tierra, el agua
y el cielo estrellado, constituyéndose el cosmos, expresión que en
griego significa "orden".
La filosofía se fue diferenciando progresivamente
de las explicaciones mitológicas en la medida en que los filósofos trataban de
dar explicaciones más o menos racionales que podían ser aceptadas o rechazadas
por medio de la argumentación; las explicaciones filosóficas ya no pertenecían
al folclore de los pueblos, ni eran anónimas, sino que eran las ideas de tal o
cual filósofo.
Tales, que vivió en el siglo VI
a-C-, en la ciudad de Mileto, en Jonia, está considerado habitualmente el
primer filósoÍo. Forma parte del grupo de los presocráticos es decir,
de los filósofos anteriores a Sócrates, de quienes sólo se conservan breves
fragmentos y algunos testimonios de sus contemporáneos. La pregunta que se
formula Tales es de qué están hechas todas las cosas, cuál es su principio o fundamento.
La respuesta que dio puede ser un tanto sorprendente: el agua. En el fondo
todo está hecho de agua, este libro, aquella mesa, etc. Pero, lo que distingue
la explicación de Tales de una respuesta mitológica es que llegó a ella a partir
de ciertas observaciones y por un proceso de razonamiento. En efecto, Tales
observó que el agua es fundamental para todos los seres vivos, que la reproducción
tiene lugar siempre en un medio acuoso, que el agua puede pasar del estado líquido
al sólido y al gaseoso, etc. Estas razones hoy no nos resultan convincentes,
pero, en el tiempo en que fueron dadas, deben valorarse como un intento de
pensar racionalmente y por cuenta propia. Por eso Tales tiene bien ganado el
título de primer filósofo.
3. Heráclito y Parménides. El cambio y lo permanente
Hubo dos filósofos, Heráclito, que vivió
en la ciudad de Éfeso, y Parménides, en Elea, que estudiaron la cuestión del
cambio y llegaron a conclusiones muy diferentes. Ambos vivieron hacia la misma
época, pero no se sabe si se conocieron, pues en realidad, Éfeso y Elea son
ciudades que quedaban muy lejos una de la otra. Lo cierto es que sus ideas son
absolutamente contrarias.
Para Heráclito, todo cambia y nada hay
que sea permanente. Heráclito expresa esta idea diciendo que es imposible
bañarse dos veces en el mismo río porque en el tiempo que va entre la primera y
la segunda vez que se ingresa al río, las aguas, por el curso de la corriente,
son otras y el río sólo aparentemente es el mismo. Por otra parte, y aunque
esto nos provoque cierto vértigo, también nosotros, los sujetos, cambiamos
constantemente.
Para Heráclito entonces, todo está en
movimiento, todo está cambiando continuamente, pero este cambio no se produce
de cualquier manera: un niño no se transforma en un elefante, es decir, el
cambio se produce siguiendo un cierto orden, a este orden o ley del cambio
Heráclito lo llamó logos. Lo frío se calienta, lo caliente se enfría,
lo húmedo se seca, lo que está seco se humedece. El cambio se da al pasar de un
opuesto al otro. Los opuestos o contrarios se necesitan entre sí, se
condicionan. Si decimos de algo que está frío es porque conocemos lo
caliente, si afirmamos de alguien que está sano es porque sabemos qué es estar
enfermo. Si desapareciera completamente la enfermedad ya no sabríamos qué es
la salud. Si se eliminara completamente la injusticia ya no sabríamos lo que es
la justicia. Por eso decimos que los contrarios se necesitan entre sí.
De acuerdo con
Heráclito, el sabio no es el que trata de comprender cada cosa aisladamente,
sino quien intenta aprehender el proceso de desarrollo, descubrir su
legalidad. El desafío de Heráclito es tratar de comprender un mundo, una
realidad que está sometida a un cambio permanente.
Parménides piensa de un modo totalmente
distinto del de Heráclito. Aunque Parménides ve, como todo el mundo, que las
cosas cambian, considera que no debemos guiamos por lo que vemos, oímos o
tocamos, es decir, por nuestros sentidos, sino que debemos considerar la
cuestión del cambio solamente con el pensamiento, con la razón.
A Parménides le parece que hay un principio
racional, absolutamente seguro, que es el siguiente: "Lo que es, es
y lo que no es, no es", o "El ser es y el no ser no
es". Este principio es el punto de partida del razonamiento de
Parménides. Si el ser es y el no ser no es, entonces el ser no puede haber
comenzado en el tiempo, porque antes del ser hubiera sido el no ser. Pero, ¿qué
hemos dicho? Esto es imposible, según nuestro principio el no ser no es, así
que jamás podría haber sido el no ser. Por lo tanto, el ser no tiene un
comienzo en el tiempo. Parménides continúa su razonamiento de la misma
manera: si el ser es y el no ser no es, entonces el ser no puede tener un final
en el tiempo, porque después del ser, sería el no ser, lo cual es imposible,
por lo tanto, el ser no puede tener un final. Si el ser no puede tener un
comienzo ni un final en el tiempo, entonces, el ser es eterno. Ésta es
la conclusión a la que llega Parménides.
De un modo similar razona sobre el cambio.
Cambiar es dejar de ser lo que se es para pasar a ser lo que no se es. Pero,
la razón nos dice que el ser es y el no ser no es, ¿cómo podría ocurrir,
entonces, que algo que no era pasase a ser o algo que fuera dejara de ser? Por
lo tanto, el ser es inmutable.
Parménides llega a la conclusión de que
lo que es auténticamente, lo que es verdaderamente, no cambia, es eterno y
es único. ¿Y las cosas que vemos o sentimos cambiar? Parménides dice que
se trata de una ilusión de nuestros sentidos, que el problema no hay que
abordarlo con los sentidos, sino con la razón.
Parménides es el
filósofo de lo permanente, el que busca algo fijo, algo que no cambie y que al
hallarlo lo considera lo único real. En la historia de la filosofía posterior
Heráclito y Parménides tuvieron una gran influencia y hubo filósofos que se
acercaron más a uno o al otro.
4. El atomismo
Las ideas de Parménides, aunque difíciles
de rebatir desde un punto de vista lógico, chocaban groseramente con las observaciones
sensibles. Por otra parte las ideas de Heráclito, aunque se acercaban más a la
información que nos proporcionan los sentidos, presentaban la dificultad
lógica de tener que admitir la producción de un cambio continuo sin un
sustrato permanente.
Dos filósofos, Leucipo de Mileto y Demócrito
de Abdera, sin embargo, ensayaron una síntesis entre las posiciones de Heráclito
y Parménides. Leucipo y Demócrito postularon la existencia de átomos, que
en griego quiere decir indivisible, minúscula; partículas materiales cada una
de las cuales era eterna e inmutable, inengendrable e indestructible, es
decir, tenían las propiedades del ente de Parménides, pero, a diferencia de
éste, no eran únicas, sino múltiples y aunque en sí mismas inmutables, estaban
sometidas al cambio de lugar. Los átomos se desplazaban en el vacío y se unían
o separaban entre sí, formando distintos objetos materiales. El cambio que
experimentan los objetos se explica porque se agregan o desagregan átomos, que
aunque son tan pequeños que no pueden ser vistos se distinguen entre sí por su
tamaño y su figura. Los átomos están dotados de movimiento espontáneo y
determinado y se mueven en un universo infinito, en parte lleno y en parte
vacío. De esta manera, para la teoría atomista, ni el cambio ni la permanencia
tienen un carácter absoluto, hay un cambio y una permanencia relativos y de
este modo se concilia a Heráclito con Parménides. El atomismo va a ser
retomado por la física a partir del siglo XIX y concepciones materialistas se
van a desarrollar en la filosofía moderna.
5. La filosofía en el siglo de Pericles: los sofistas
y Sócrates.
El siglo V a.C. es el denominado
"siglo de Pericles", que constituye el momento de mayor desarrollo de
la civilización griega y la época de la hegemonía de Atenas que, encabezando a
las otras polis griegas derrota a los persas. En Atenas se construyen los
principales edificios que componen la Acrópolis entre otras el Partenón, es también la época de los grandes autores
teatrales: Esquilo, Sófocles, Eurípides y Aristófanes. En este período llega
a su máximo desarrollo la democracia
directa griega, que aunque excluía a los esclavos, las mujeres y los
extranjeros de las decisiones, constituye el más formidable experimento
político del mundo antiguo.
La filosofía, que hasta entonces se había
desarrollado con más fuerza en Jonia y en la Magna Grecia, es decir, en la
periferia del mundo griego, se instala en Atenas y nuevos filósofos plantean
una problemática distinta de la que había predominado hasta ese momento. Los
nuevos temas son preponderantemente antropológicos. Más
que indagar la naturaleza de la realidad, interesa ahora el hombre y el
conocimiento. El imperativo “conócete a ti mismo" que el oráculo manda a
Sócrates es un signo de esta problemática.
En este marco surge un grupo de hombres
a quienes se llama los "sofistas" y que son una especie de
profesores que van de ciudad en ciudad enseñando a los jóvenes una cultura
general más o menos útil para desempeñarse en la vida pública; entre sus
enseñanzas se cuentan la oratoria y la argumentación para persuadir,
necesarias para participar en las asambleas. Los sofistas cobraban a sus
alumnos por la enseñanza que impartían; esta novedad, introducida por ellos,
produjo un gran escándalo, ya que hasta entonces no se había considerado al
saber como un medio de vida. Al enseñar, algunos sofistas transmitían ciertas
doctrinas acerca del hombre, del conocimiento y de la vida moral que dieron
lugar a grandes controversias, especialmente con Sócrates y Platón.
Una de las doctrinas, que fue muy discutida, es la
enunciada por el sofista Protágoras al sostener que "el hombre es
la medida de todas las cosas". Con esto, aparentemente, queda decir que
las cosas son según el cristal con que se miren, es decir, una posición que
hace del conocimiento algo relativo o subjetivo. Relativo se opone a
absoluto y subjetivo se opone a objetivo. Consideremos un ejemplo. Cuando
alguien dice que la miel es dulce, posiblemente piense que esto es algo
objetivo, es decir, que el ser dulce es una cualidad de la miel, con independencia
de cualquier sujeto, y que este juicio tiene un valor absoluto, para cualquier
persona y hasta para cualquier ser, la miel es dulce. Pero también puede
pensarse que la miel es dulce para los sanos, pero tal vez no lo es para los
enfermos o que es dulce para mí, pero no para otros. En consecuencia, el
conocimiento tiene un valor subjetivo o relativo, pero no objetivo o absoluto.
Un juicio puede ser verdadero para un hombre o algunos hombres y no serlo para
otros.
Las cosas se complican todavía más cuando
se pasa al terreno de los asuntos morales, a las cuestiones referidas al bien y
al mal. Si el hombre es la medida de todas las cosas, una ley, por ejemplo,
puede ser justa para unos hombres pero no para otros; para una época, pero no
para otra. Hasta la aparición de los sofistas se había creído que el hombre
descubría, con mayor o menor dificultad, lo que era la justicia, por ejemplo,
pero, las nuevas doctrinas venían a decir que el hombre inventaba la justicia.
Los sofistas introdujeron el relativismo
en materia de conocimiento y en los asuntos morales; un paso más en estas
cuestiones, que la mayor parte de los sofistas no llegaron a dar, es el escepticismo,
la postura que duda de todo y recomienda la abstención, el no emitir
juicio. El escepticismo, que va a florecer más adelante en la filosoÍía griega,
considera que sencillamente no hay ninguna verdad. Quien va a llevar el
escepticismo a su máxima expresión es Pirrón de Elea, siglos IV a III
a.C., de quien se cuenta que sencillamente un día dejó de hablar. En efecto, si
no hay ninguna verdad, si lo sabio es abstenerse, la conducta más coherente es
el silencio.
El filósofo que reacciona contra los sofistas es Sócrates,
quien lo hace a partir de la propuesta de un método. Consideremos un
ejemplo que nos sirva para explicar el mismo. Sócrates intenta determinar qué
es la valentía. A diferencia de los sofistas, piensa que no es posible que la
valentía sea una cosa para unos y algo
distinto para otros. Hay que determinar en qué consiste la valentía en forma
objetiva. Sócrates se dirige a la plaza pública donde acostumbraba encontrarse
y conversar con sus conciudadanos. Encuentra al general Laques y le pregunta en
qué consiste la valentía. El general le responde que la valentía es no
retroceder frente al enemigo. Sócrates le responde que eso no es erróneo,
pero que se trata sólo de un ejemplo de valentía, que a veces se habla de un
marinero valiente o de un político valiente. Frente a estos otros ejemplos de
valentía, el general se confunde, no puede responder y reconoce que en realidad
no sabe lo que creía saber. Con esto termina la primera fase del método que se
denomina refutación. Ahora el interrogado sabe que no sabe y esto es
valioso porque de esta manera ya no está en el error y tiene la posibilidad de
llegar a la verdad, a diferencia del que no sabe pero cree saber y permanece en
el error. La ignorancia que se sabe tiene un carácter positivo.
El segundo momento del método socrático
se denomina mayéutica, que significa "arte de ayudar a dar a
luz", es decir, se trata del saber de la partera. ¿En qué consiste este
segundo momento? Sócrates sigue adelante con el interrogatorio, plantéandole al
general distintos casos de valentía, ayudándole a establecer comparaciones
entre ellos, hasta que el general logra dar a luz el concepto de valentía.
El concepto, al que se arriba como conclusión del procedimiento socrático es
universal, es decir, incluye o abarca todos los casos de valentía; expresa la
esencia de la valentía y se opone a cualquier relativismo. Podrá haber muchos
casos de valentía, como podrá haber muchas mesas; ser muy distintos entre sí,
como las mesas pueden ser diferentes por su materia, su color, su forma, etc.,
pero el concepto universal de "valentía", como el de
"mesa" será aplicable a todos los casos de valentía y a todas las
mesas, respectivamente. Obsérvese que el papel de Sócrates es similar al de la
partera: él ayuda a que su discípulo pueda llegar al conocimiento, pero no lo
proporciona.
El método socrático es más formativo que
informativo, no se trata de atiborrar la cabeza del discípulo con datos, sino
de ayudarlo a pensar, a razonar; esto hasta tal punto que, muchas veces, en los
diálogos socráticos no se llega a establecer una conclusión. Los dos aportes
fundamentales de Sócrates a la filosofía son el método y el concepto
universal.
6. Platón y el mundo de las ideas
Platón es uno de los filósofos más importantes
de todos los tiempos. Casi todas sus obras las escribió en forma de diálogos en
los cuales interviene como personaje principal Sócrates, que había sido su maestro.
En sus diálogos Platón incluye alegorías, o sea, relatos metafóricos que le
ayudan a expresar sus ideas. Una de las más célebres es la que se denomina
"Alegoría de la cavema".
Platón propone que imaginemos una ca. vema en la cual
hay unos prisioneros encadenados desde su infancia, de tal manera que están
obligados a mirar permanentemente hacia el fondo de la misma. Detrás de los
prisioneros hay un fuego y entre el fuego y los prisioneros se encuentra un camino
por el que pasan personas llevando sobre sus cabezas figuras de animales u
otros objetos. El resplandor del fuego proyecta las sombras de estos objetos
en el fondo de la caverna y una pared que llega hasta la altura de las cabezas
de los hombres que los llevan impide que también se proyecte la sombra de
ellos.
¿Qué sucede con los prisioneros? Ellos
sólo pueden ver las sombras que se proyectan en el fondo de la caverna. Platón
imagina que allí hay un eco que repite las palabras de los que portan sobre
sus cabezas los objetos de madera. El resultado es que para los prisioneros
esas sombras que parecen hablar constituyen la única realidad. Se ha dicho que
la situación de los prisioneros en la cavema es similar a la del espectador en
un cine: atrapado por la proyección puede emocionarse, reír o llorar, olvidando
que se trata de un mundo de ficción.
Los prisioneros simbolizan o representan
al hombre no educado, no formado, que toma por verdadero lo que ve y oye y es
prisionero de la ignorancia y las apariencias, como el interrogado por
Sócrates que no sabe pero cree saber.
Platón se pregunta entonces qué sucedería si se
liberara a ún prisionero. Al encontrarse libre de sus cadenas querría
erguirse, volver la cabeza, pero todos estos movimientos le causarían dolor y
molestias pues su cuerpo no estaba acostumbrado a los mismos. Si se lo obligara
a mirar en dirección del fuego, sus ojos habituados a percibir sombras se
deslumbrarían y nada verían. Su tendencia sería a volver a sus cadenas. Esto
simboliza las dificultades con que tropieza el crecimiento y la educación de
una persona porque al educarse se abandona una situación anterior en la cual
se hallaba cómodo o, al menos, acostumbrado.
Mundo inteligible
Platón imagina que el prisionero es conducido
hasta el exterior de la cavema. Allí, la visión de los objetos reales y la luz
del sol cegaba inicialmente al prisionero y tendría el impulso de retornar a
la cavema, pero, si logra vencer dicha tendencia, pronto comprendería que esos
objetos constituyen una realidad mucho más auténtica que la que percibía en la
cavema.
En su conjunto la liberación y salida del prisionero
de la caverna simboliza el pasaje del mundo estrecho y limitado de todos los
días que se percibe por los sentidos al mundo de las ideas que es
conocido por la razón. Pero, ¿,qué es el mundo de las ideas? Por nuestros
sentidos podemos ver muchas cosas que, por ejemplo, son más o menos esféricas
como una pelota, una naranja o una bola de billar, pero nuestra inteligencia es
capaz, más allá de estas cosas, de captar la idea de esfera en forma
pura y perfecta. También podemos percibir cosas que son más o menos bellas o
acciones que son más o menos justas, pero nuestra inteligencia puede captar la
idea de belleza o la de justicia. En este punto es clara la influencia de
Sócrates; la novedad que introduce Platón es que estas ideas constituyen, según
el filósofo, un mundo llamado mundo de las ideas que existe con independencia
de nuestro mundo de todos los días o mundo sensible. En ese mundo inteligible,
que también se lo denomina así porque es conocido por la inteligencia, cada
idea es única, sólo hay una idea de esfera, mientras en el mundo
sensible hay muchas cosas que se acercan, más o menos, pero ninguna alcanza a
la idea de esfera; cada idea es eterna, mientras en el mundo sensible
las cosas más o menos esféricas tienen una duración limitada; cada idea es inmutable,
es decir, no cambia, mientras las cosas sensibles se modifican más o menos
continuamente.
Platón piensa que el mundo sensible es
una copia imperfecta del mundo inteligible, que es el fundamento o causa del
sensible. El mundo inteligible es el que permite comprender al sensible:
comprendiendo la geometría de la esfera ideal se tiene un conocimiento
aproximado de las cosas más o menos esféricas, como las naranjas, o las bolas
de billar; comprendiendo la idea de belleza o de justicia es que se puede entender
en qué medida las cosas se aproximan a la belleza o los actos humanos son más o
menos justos. Sólo hay auténtico conocímiento, episteme, del mundo
inteligible, mientras que del mundo sensible sólo hay opinión o doxa, un conocimiento
mutable,
aproximado de una realidad que no es plenamente
cognoscible por estar sometida al devenir y sólo aproximarse a las ideas de
manera imperf'ecta. La doxa se identifica en Platón con el conocimiento
sensible, concreto y singular, que es incapaz de elevarse al universal. En
cambio, la episteme es el conocimiento al que llega nuestra razón que,
aunque en forma potencial, posee las ideas, porque, según Platón, en una
existencia anterior, nuestra alma ha estado en contacto con las mismas y
aunque en esta existencia encarnada las ha olvidado, puede llegar a
recordarlas. El conocimiento es entonces un re-conocimiento, una reminicencia
que puede producirse en ocasión de la percepción sensible pero que no se fundamenta
en ella. No es que a partir de ver una pelota, una naranja, etc., el sujeto
construye el concepto de esÍera, sino que en presencia de una pelota o una
naranja el sujeto recuerda o actualiza el concepto de esfera que ya poseía en
estado potencial.
Si se presta atención es posible pensar
que el mundo sensible es un mundo similar al que había descripto Heráclito: en
él hay múltiples cosas, todo cambia, nada es eterno. Pero el mundo inteligible
tiene mucho de Parménides: las ideas, como el auténtico ser, son únicas, etemas
e inmutables. Platón, de esta manera, plantea una conciliación entre
Heráclito y Parménides.
7. Aristóteles: el realismo
Así como Sócrates fue el maestro de
Platón, Platón fue el maestro de Aristóteles. Pero Aristóteles fue un
discípulo que, como los buenos discípulos, no aceptó todas las enseñanzas de
su maestro sino que criticó y modificó muchas de las teorías de Platón y de los
filósofos que le habían precedido. Al hacerlo muestra un desarrollo progresivo
en el pensamiento griego que encontraría en la teoría aristotélica una síntesis.
Para Aristóteles, la realidad es este mundo
que vemos, tocamos, sentimos, etc., lo que Platón había llamado el mundo sensible.
Pero en este mundo hay diferentes clases de cosas. Algunas cosas existen en sí
mismas, como un hombre, una mesa o una planta; en cambio, otras no pueden
existir en sí mismas sino en otras, como por ejemplo un color o una cantidad.
No puede haber algo que, por ejemplo, sea rojo y nada más que rojo; el rojo
existe en una manzana roja, en un lápiz rojo, etc. Las cosas que existen en sí
mismas son las sustancias ; las cosas que sólo existen apoyándose en
las sustancias, como las cualidades, las cantidades, etc., se llaman accidentes.
Aristóteles considera a las sustancias como la forma fundamental de ser y trata
de investigar su naturaleza.
Inmediatamente, Aristóteles se plantea si
lo que existe es Sócrates o el hombre, Madrid o la ciudad, es decir, la idea
universal o el individuo singular; y responde: lo que propiamente existe es el
individuo, es porque hay ciudades como Madrid, México o Buenos Aires que
podemos hablar de "la ciudad", es porque hay individuos como
Sócrates, Perdro o Juan que podemos
hablar de "el hombre". A la cosa individual la llama Aristóteles sustancia
primera .
Aristóteles intenta descubrir cuál es la
naturaleza de la sustancia primera. Y postula que no es simple sino que se
compone de dos elementos: forma y materia. Consideremos una mesa, en la
misma hay un elemento, la madera de que está hecha que es la materia, pero
también tiene una forma que es lo que hace que sea una mesa. Aclaremos: no se
quiere decir que la mesa tiene una forma cuadrada, rectangular, etc., éstos
serían accidentes de la mesa, sino que lo que se quiere afirrnar es que la
madera ha recibido una forma o esencia que es lo que hace que sea una mesa y no
una puerta, una biblioteca, etc. La forma es la esencia, o sea, aquello que
hace que una cosa sea lo que es y no otra cosa. Pero no existe forma sin
materia ni materia sin forma.
Pero también una sustancia primera es un
compuesto de acto y potencia. De una mesa se puede decir que es en acto
una mesa y en potencia las cosas en que puede transformarse esa mesa. De un
niño se dice que es un niño en acto, ésa es su realidad hoy, pero en potencia
el niño encierra una enorme gama de posibilidades. Acto es realidad y potencia
es posibilidad. Toda sustancia primera es un compuesto de acto y de potencia.
No puede haber algo que sea pura potencia ni puro acto, porque algo que fuera
pura potencia no tendría nada de realidad y algo que fuera puro acto sería
algo totalmente acabado, perfecto.
Las ideas de acto y potencia le sirven a Aristóteles
para dar una explicación del cambio. Cuando un montón de ladrillos,
gracias al trabajo del albañil, se transforma en una pared, algo que en el
montón de ladrillos estaba en potencia ha pasado al acto. Cambiar es pasar de
la potencia al acto o, lo que es lo mismo, la actualización de una potencia.
Cambiar no es pasar del ser al no ser o del no ser al ser, cosa que había rechazado
Parménides, sino pasar del ser en potencia al ser en acto.
Repasemos, con algunos ejemplos, los
conceptos explicados hasta aquí. En el mundo de la naturaleza todas las cosas
son una combinación de materia y forma, de acto y potencia, de sustancia y
accidentes. Un ladrillo posee una materia, el barro o la arcilla de que está
hecho y una forma o esencia que es, en este caso, una configuración y un
estado de agregación que hace que ese objeto sea un ladrillo y no un jarrón,
por ejemplo. El mismo ladrillo es una combinación de acto y potencia: es en
acto ladrillo, su realidad es ser ladrillo, pero en potencia, el ladrillo es
polvo, una pared, etc. Si ahora considerarnos una pared, en la misma se puede
distinguir una materia y una forma. La materia son los ladrillos y la argamasa
de que está hecha; la forma es la organización que se ha dado a esos ladrillos
que diferencian a una pared de un sendero en un jardín, que, por ejemplo, se
pudo construir con la misma materia, es decir, los ladrillos. La pared, por
otra parte, es pared en acto; en potencia es escombros, etc. Un ladrillo o una
pared singular es una sustancia primera, que el ladrillo sea cuadrangular o
la pared sea blanca son accidentes de estas sustancias primeras.
De esta manra ristóteles explica lo que sucede en la
naturaleza, en nuestro mundo, en la tierra. Pero Aristóteles piensa que la
luna, el sol, los planetas y más allá, las estrellas fijas, giran alrededor de
la tierra con un movimiento circular uniforme; fuera de este movimiento, que
Aristóteles considera perfecto, los cuerpos celestes son para Aristóteles
inalterables: en nada cambian. Esto divide al cosmos en dos regiones
claramente diferentes: la región sublunar, la de la tierra, donde todo es
cambio y movimiento, y, la de los cuerpos celestes inalterables.
Pero se pregunta Aristóteles cómo explicar,
en definitiva, el movimiento, tanto el cambio en la tierra como el movimiento
circular y uniforme de los cuerpos celestes. Aristóteles piensa que el
movimiento requiere un motor, es decir, algo que mueva. Concluye entonces que
existe un primer motor que es fuente de todo movimiento, que no recibe el
movimiento de otra cosa y que por ello es un motor inmóvil; este motor inmóvil
es único, eterno e inmutable, es también acto puro, sin mezcla de potencia.
El primer motor de Aristóteles tiene los
caracteres del ser de Parménides y se aproxima en algunos aspectos al Dios de
la tradición judeocristiana.
También la concepción del conocimiento
sostenida por Aristóteles es distinta de la de Platón. Para Aristóteles, el
conocimiento comienza por la experiencia que nos proporciona una imagen sensible
y singular de un objeto, se trata del conocimiento sensorial, pero el
intelecto humano es capaz de leer en el interior de esa imagen singular y,
despojándola de las notas que la singularizan, captar su esencia o forma
universal. El conocimiento intelectual logra formar un concepto, o
representación intelectual de un objeto que, a diferencia de la imagen, es
universal.
8. A modo de conclusión
Los ensayos del pensamiento antiguo por
dar respuesta al problema del ser, el cambio y lo permanente sentaron las bases
de la labor filosófica y científica posterior. Las teorías de los filósofos
griegos fueron retomadas en la Edad Media y los tiempos modemos y todavía hoy,
los conceptos fundamentales que acuñaron como "átomo",
"forrna", "materia", etc., son útiles instrumentos y
objeto de discusión.
![]()
Un clásico problema metafísico en la filosofía
medieval:
¿Existe Dios?
l. El problema
¿Existe Dios? Algunos
pensarán que ésta es una cuestión de fe: hay quienes creen que sí y quienes
creen que no y no hay posibilidad de razonar sobre el tema. Pero hubo muchos
filósofos que a lo largo de la historia trataron de dar argumentos racionales,
es decir, pruebas de la existencia de Dios y otros muchos que cuestionaron,
también racionalmente, estos argumentos. Se cuenta que cuando le preguntaron a
Einstein si creía en la existencia de Dios, contestó con otra pregunta: ¿Qué
entiende usted por "Dios"? No es éste un mal punto de partida, pues hay
distintas concepciones de Dios y conviene conocerlas para aclarar de qué se
está hablando. Hay un concepto teísta que concibe a Dios como creador del mundo
desde la nada y ejerciendo una providencia, es decir, un cuidado sobre el
mundo. Este Dios es un ser personal con el cual el hombre puede comunicarse a
través de la plegaria. El concepto teísta es la idea de Dios sostenida por las
grandes religiones. En el concepto deísta, Dios es entendido como la causa
primera o primer principio, pero no se trata de un ser personal, ni se comunica
con el hombre, ni ejerce una providencia sobre el mundo. El primer motor al que
había llegado Aristóteles podría ser ejemplo de la idea deísta de Dios. Una
tercera manera de entender a Dios es al modo panteísta, para el panteísmo, Dios y el mundo
constituyen una unidad, o bien el mundo es una manifestación de Dios, panteísmo
acósmico, o bien Dios es el mundo completamente realizado, panteísmo ateo. Para
Hegel, filósofo de principios del siglo XIX, por ejemplo, Dios, sin el mundo,
no es Dios. Las argumentaciones que consideraremos un poco más adelante
pretenden probar la existencia de Dios en un sentido deísta, aun las pruebas
proporcionadas por filósofos y teólogos cristianos como Anselmo y Tomás de
Aquino.
La consideración
filosófica de la existencia de Dios arranca en la filosofía antigua y se
prolonga en la modema y la contemporánea, pero tiene su centro en la filosofía
cristiana medieval. Antes de ingresar en el tema de Dios presentaremos suscintamente
el contexto en el que se desarrolla la cuestión.
2. 2. El cristianismo y la cultura clásica
Desde la época de Alejandro de Macedonia
(siglo IV a.C.), la lengua y la cultura griegas se habían constituido en las
dominantes en el Mediterráneo oriental. Más tarde (siglo II a.C.), los
romanos conquistan militarmente Grecia y algunos de los territorios que habían
integrado el imperio de Alejandro, pero los conquistadores militares asimilan
buena parte de la cultura griega. Desde entonces podemos hablar de una cultura
grecorromana a la que se denomina cultura clásica. Esta cultura clásica
tiene su centro geográfico en la península itálica y en la Grecia continental,
pero se extiende, gracias a la expansión romana, por todo el Mediterráneo, el
"Mare Nostrum" en la denominación de los romanos, y los territorios
que formaron parte del Imperio, desde Inglaterra a Palestina, arraigando con
distinta intensidad en todos ellos.
Las lenguas de la cultura clásica son el
griego y el latín y sus producciones más notables cubren todos los campos desde
la literatura hasta la arquitectura pasando por la pintura, la escultura, el
derecho, la filosofía, la ciencia, etcétera.
En el plano político, la cultura clásica
elaboró algunas notables experiencias como la organización en pequeñas polis
y la noción de ciudadanía entre los griegos y la república y el
derecho entre los romanos, antecedentes, ambas, de la democracia moderna.
Característica de la cultura clásica es
la libre religiosidad, es decir, la existencia de una religión que no
incluía un libro sagrado ni dogmas demasiado estrictos, sino un politeísmo más
literario que religioso y un antropomorfismo por el cual los dioses
tienen virtudes y defectos marcadamente humanos. No hay demasiada preocupación
por la posible vida de ultratumba y sí, en cambio, en buena medida, por gozar
la vida terrenal. Este gozar la vida terrenal puede incluir desde la más
desenfrenada y autodestructiva vida consagrada al placer, que, en
general, no fue aprobada por los filósofos, hasta el goce y la alegría
provocada por la producción artística, el autodominio en la vida práctica y el
ejercicio de la razón en el conocimiento que, según Aristóteles, constituía el
más alto grado de felicidad.
La cultura clásica grecorromana, desde la
época del imperio, recibe la influencia de religiones procedentes de Oriente
que expresaban una concepción del mundo y de la vida marcadamente diferentes.
Algunas, como el culto a Mitra, se habían diseminado por el imperio, otras,
como la religión judía, aunque en modo alguno pretendía expandirse, se
mantenía irreductible en Palestina. La religión judía concebía la existencia de
un único Dios -monoteísmo- de naturaleza espiritual, creador del
mundo y del hombre, a quien se le ha revelado a través de la palabra contenida
en los libros sagrados -la Biblia-. En el seno de esta religión se
esperaba la llegada del mesías, el salvador, capaz de redimir a la humanidad
del pecado que arrastra desde que la primera pareja humana, la de Adán y Eva,
desobedecieron a Dios. En la época del emperador Augusto, Jesús de Nazareth es
aceptado como el mesías por una parte del pueblo judío y desarrolla una
prédica que gana adhesiones entre judíos y no judíos. Afirmando ser hijo de
Dios, proclama la igualdad de todos los hombres ante él y da origen a una nueva
religión: el cristianismo.
Inicialmente ignorado, más tarde perseguido,
luego tolerado, el cristianismo se va a convertir a fines del siglo IV en la
religión oficial del imperio, ya en decadencia. El cristianismo es una
religión, pero, como todas las grandes religiones encierra una concepción del
mundo, es decir, una manera de entender el mundo y la vida, que explica el
choque con la cosmovisión de la cultura clásica. Para el cristianismo la vida
terrenal no es toda la vida, ni siquiera la más importante; se trata de una
concepción trascendente para la cual lo decisivo es la vida etema.
Nuestra alma se salvará o se perderá
según sus acciones en este mundo. Esta preocupación por la salvación era
extraña para el ciudadano griego o romano, para quien la vida política en el
marco de la lealtad al estado tenía una importancia primordial. Pero el
cristianismo va a proclamar la necesidad de darle al césar -el estado- lo que
es del césar y a Dios lo que es de Dios, con lo cual el estado y la política
pasan a un segundo plano. El cristianismo hereda del judaísmo la concepción del
pecado original por la cual el hombre está en deuda con Dios desde su
nacimiento,concepción que es extraña a la cultura clásica y que introduce una
preocupación que esta última no conoció. Un elemento notable en el cristianismo
es su vocación de univer-salidad que no liga la religión con una
cultura, una raza o un estado determinados. La idea de una religión universal,
con un texto sagrado y una cantidad de dogmas, y que no está ligada en
principio a un estado determinado es difícil de concebir para la mentalidad
clásica.
Las diferencias señaladas entre la cosmovisión
clásica y la cristiana explican la existencia de un largo proceso de enfrentamientos
y progresivos acercamientos entre ambas. Proceso al que se agregará una tercera
cosmovisión, la de los pueblos germánicos invasores que destruyen el
Imperio Romano de Occidente en el siglo V y que se establecen en sus territorios.
Los pueblos germánicos traían una concepción aristocrática y un ideal del
héroe valeroso y vigoroso que encuentra el sentido de la vida en la batalla y
los torneos. Éste es en buena medida el origen de la mentalidad guerrera de
quienes se van a convenir en los caballeros medievales. A lo largo de la
llamada Edad Media estas tradiciones culturales se encontrarán y se
interpenetrarán en distintos grados y proporciones en los diferentes
territorios de Europa occidental. Así, por ejemplo, la cristianización de los
guerreros germanos dará lugar al tipo de caballero cristiano que peleará ahora
en defensa de la fe. Característica de la época es la concepción de la sociedad
como un organismo en el que cada una de sus partes tiene una función específica;
estas partes son tres: la integrada por
los individuos consagrados a servir a Dios, la de los guerreros que deben
defender el conjunto y la de quienes deben alimentar a los otros con su trabajo
productivo, que ocupan el último lugar. Los conflictos entre las dos primeras
constituirán la lucha por el predominio de lo religioso o lo secular. La
filosofía en europa medieval se va a desarrollar en el marco de este complejo
proceo y en buena medida va a reflejarlo.
3. La patrística y la
escolástica: la fe y la razón
La filosofía medieval es, fundamentalmente,
de raíz cristiana, aunque también hay una filosofía de origen judío y otra de
origen árabe. En todos los casos, es muy fuerte el marco religioso en el que
casi íntegramente se desarrolla.
La filosofía cristiana medieval, hasta el
siglo VIII, recibe el nombre de patrística y se llama escolástica a la
principal corriente que se desarrolla entre los siglos IX y XIV.
La patrística se compone de la obra de los
llamados Padres de la Iglesia, cuyos escritos son considerados ortodoxos y
aprobados por la Iglesia. Entre ellos ocupa un lugar importante San
Agustín, quien vivió entre los siglos IV y V y escribió numerosas obras
como Las confesiones, La Ciudad de Dios y otras. A diferencia de
otros padres de la Iglesia que ven en la filosofía clásica nada más que error
y soberbia racional, San Agustín no rechaza la filosofía, sino que su actitud
es más bien la de tratar de aprovechar el legado recibido de los filósofos
antiguos -en el caso de San Agustín se inspira en Platón- y ponerlo al servicio de la Iglesia. En
general, para los filósofos cristianos medievales, la filosofía ya no es, como
para los antiguos, el saber supremo; aunque la filosofía sigue siendo la reina
o la madre de las ciencias, se encuentra subordinada a la teología, que
es el saber acerca de Dios, el mundo y el hombre, que se desprende del estudio
de la palabra de Dios revelada a los hombres contenida en los textos sagrados.
La investigación filosófica no podrá contradecir las verdades aceptadas por la
fe. En particular, en San Agustín, es diÍícil distinguir entre teología y
filosofía, en la medida en que busca por medio de la razón comprender aquello
en lo que cree por la fe, es decir, la fe busca el entender, para decirlo con palabras
que más tarde empleará San Anselmo. La fe es el horizonte o el marco dentro del
cual se hacen inteligibles las cuestiones filosóficas. La fe hace posible el
entendimiento; la razón, por sí sola, es ciega: necesita, por lo tanto,
hallarse iluminada por la fe. Si ésta es la relación entre fe y razón, está
claro que la fe no puede probarse, la fe es una creencia de la que brota la
inteligencia.
La palabra escolástica significa
etimológicamente "el que enseña en una escuela" y se refiere a
aquellos maestros y autores que elaboraban comentarios y sistemas filosóficos
o teológicos a partir de los dogmas cristianos. Típico producto de la escolástica
son las "Sumas" en las que se tratan "cuestiones" para
discutir una tesis determinada considerando las posibles objeciones y
refutándolas.
Desde el siglo XI tiene lugar en Europa occidental una
rica actividad intelectual que se apoya en el desarrollo de las ciudades y en
la recepción de gran cantidad de manuscritos de autores griegos como Aristóteles,
Euclides, Hipócrates y otros que habían sido conservados por los árabes. En
España, principalmente en Toledo, se desa«olla una rica escuela de traductores
que recupera para Occidente, traduciendo al latín, la lengua culta de Europa,
el legado griego y el saber árabe, muy importante, este último, en varios
ámbitos, entre otros, en las matemáticas. Fruto de este desarrollo intelectual
es el surgimiento de las universidades en el siglo XIII como corporaciones de
maestros y estudiantes que extienden una licencia que autoriza a ejercer una
profesión. Desde entonces, la filosofía pasa a ser cultivada en las mismas.
Santo Tomás, miembro de la orden de los dominicos, vivió en el siglo XIII,
estudió y enseñó en distintas
universidades, y es, quizás, el máximo exponente de la filosofía escolástica.
Entre sus obras ocupa un lugar
fundamental
la Suma teológica y la Suma contra gentiles. Santo Tomás da un tratamiento
distinto del agustiniano en cuanto a las
relaciones entre la razón y la fe. Para Santo Tomás, que en buena medida se inspira en Aristóteles,
a quien llama "El filósofo", la razón humana puede conocer el mundo
y, por la sola luz natural de la razón -sin el auxilio de la fe- se puede llegar a demostrar la
existencia de Dios; pero, más allá del
conocimiento de Dios como el ente supremo -Dios en el sentido deísta- la razón
natural es impotente para llegar a saber que Dios es uno y al mismo tiempo es tres: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Para
comprender los misterios, que son supraracionales, hace falta de la razón iluminada por la fe, el instrumento del que se vale la
teología. De este modo, la
filosofía, que sólo hace uso de
la razón
natural o razón común a todos los hombres,
tiene delimitado un campo,