Unidad 3: La Ciencia Y Su Metodo

 

 

1.   1.   Pero... ¿qué es el método científico?

 

 La palabra "ciencia" tiene, desde hace tiempo, efectos emotivos positivos en la ma­yor parte de la gente. De modo que se habla de la "ciencia del deporte", de "métodos científicos para adelgazar" o de "zapati­llas...", perdón "calzado deportivo diseñado científicamente". Parece que cualquier cosa que se califique de "científica" ganará en va­lor y consideración.

 

Sin embargo, mientras en algunas áreas, como la electrónica, la ciencia ha producido resultados francamente espectaculares, en otras, como la llamada "metodología científi­ca para adelgazar", la gente gasta su dinero sin ningún resultado comprobable.

¿,Cómo distinguir entre la ciencia y la pseu­dociencia? ¿En qué consiste el método cientí­fico? ¿Qué distintos tipos de ciencias hay? És­tas son las preguntas que consideraremos en este capítulo en el que confluyen en buena medida los temas tratados en los anteriores.

 

2.   2.   Conocimiento, aplicación  e investigación científicas.

 

Un epistemólogo contemporáneo, el argentino Mario Bunge, en su obra La ciencia. su método y su filosofía, (Siglo XX, (Bs. As., 1972) caracteriza a la ciencia co­mo "conocimiento racional, sistemático, exacto, verificable y por consiguiente fali­ble". Es preciso analizar con cierto cuida­do esta definición. La ciencia es, en princi­pio, conocimiento, es decir, interpretación, descripción o explicación de algún objeto; este conocimiento es racional o lógico, porque está compuesto de términos, propo­siciones y razonamientos; es sistemático, es decir, las distintas teorías constituyen una totalidad provisionalmente ordenada y no una mera sumatoria de proposiciones; es exacto, no porque toda ciencia haga uso de las matemáticas, sino porque las cien­cias emplean un lenguaje claro y preciso; es verificable, porque las proposiciones científicas deben poder ser sometidas a al­gún tipo de prueba de modo directo o indi­recto; y falible, porque precisamente las pruebas pueden invalidar dicho conoci­miento. La ciencia es entonces conoci­miento capaz de ser sometido a prueba y que se modifica permanentemente como producto del resultado de esas pruebas que muestran que ciertas teorías consideradas verdaderas, en un determinado momento, deben ser descartadas o, por lo menos, mo­dificadas, ante nuevas evidencias.

 

     Hay una  cantidad de conocimientos o pretendidos conocimientos que no cumplen con estas condiciones y que, por lo tanto, no merecen ser considerados conocimientos científicos; así por ejemplo, aquellos que están expre­sados en un lenguaje metafórico o poco preciso, o que no pueden ser sometidos a verificación, como suele suceder con las predicciones astrológicas, del tipo de "Algo importante le sucederá esta semana" que por su vaguedad es irrefutable, pues siem­pre se puede entender que algo fue, es o se­rá importante.

 

De la misma manera que en el lenguaje común la palabra "construcción" puede de­signar el edificio terminado o el edificio en proceso, llamamos "ciencia" no sólo al co­nocimiento científico sino también a la acti­vidad productora de conocimiento científi­co, es decir, la investigación científica, co­mo cuando decimos de alguien que es "un hombre de ciencia" o que "hace ciencia". También debe diferenciarse el conocimien­to científico de la aplicación del mismo; así, cuando se dice " la ciencia médica", en realidad se trata de la medicina que tiene base o se apoya en las ciencias. En general se llama tecnología al conocimiento cientí­fico aplicado.

 

La distinción entre conocimiento cientí­fico, investigación científica y tecnología, aunque importante, no debe ser exagerada ya que hay una estrecha relación entre estas tres caras de la ciencia: se puede decir que la investigación científica produce conocimiento científico que al ser aplicado suscita nuevas investigaciones estableciéndose un proceso circular. Cuando alguien quiere aprender una ciencia, por ejemplo, la biolo­gía, debe por una parte aprender conoci­mientos biológicos, fundamentalmente una cantidad de teorías centrales; también debe aprender los procedimientos de investiga­ción de esa ciencia y las aplicaciones más importantes de esas teorías.

 

3.   3.   Ciencias formales y ciencias fácticas

 

Aunque las ciencias se pueden clasificar de múltiples maneras, una división fecunda y útil para comprender las diferencias metodo­lógicas que las separan es la que distingue en­tre ciencias formales y ciencias fácticas. Son ciencias formales la lógica y la matemática; son ciencias fácticas las ciencias de la natura­leza  como la física, la química o la biología y las ciencias sociales como la sociología o la economía. Las  ciencias fácticas (del latín fac­tum, que significa hecho) se ocupan de he­chos o sucesos, o sea de realidades espacia­les y/o temporales, naturales o sociales. Así, la física o la biología se ocupan de ciertos he­chos naturales que están en el espacio y en el tiempo; la sociología o la economía, de otros hechos que producen los hombres como inte­grantes de una sociedad. La lógica y las mate­máticas, en cambio, tratan de objetos ideales, entes que no están en el espacio o en el tiem­po y que están sometidos a la relación de im­plicación.

 

 Estos entes ideales son muchas ve­ces obtenidos por abstracción a partir de la realidad; ése puede ser su origen; así, por ejemplo, los números naturales pueden surgir al comparar conjuntos diversos en otros as­pectos pero que tienen igual número de ele­mentos. Pero, cualquiera que sea su origen, la matemática y la lógica operan con entes idea­les. Así, cuando la matemática dice que "1 + 1 = 2", no se preocupa per señalar que si a una gota de agua le agrego otra gota de agua no voy a obtener dos gotas de agua también la lógica establece como una ley "(p.q) m (q,p)", pero cuando se descubre que no es lo mismo decir "Chocaron y murieron" que "Murieron y chocaron", este hecho no lleva a modificar la ley en cuestión porque los sig­nos "+" en matemática y "." en lógica ex­presan relaciones ideales entre objetos ideales "1", "2", "p", "q".

 

Como estos objetos son ideales, no hay en la lógica ni en la matemáti­ca verificación empírica, es decir, contrasta­ción con los hechos, como la que prescribe la metodología de las ciencias fácticas. Así, cuando se demuestra un teorema, por ejem­plo, "los ángulos opuestos por el vértice son iguales", no se mide con un transportador, ni siquiera los dibujos de que se vale el profesor son estrictamente necesarios pues la demos­tración se realiza aquí por vía completamente deductiva. Precisamente, la demostración de­ductiva de teoremas a partir de axiomas es la metodología básica de las ciencias formales.

 

Las proposiciones de las matemáticas, co­mo las leyes lógicas, son tautologías, es decir, verdades formales, proposiciones analíticas cuya validez depende solamente de las defini­ciones de los símbolos que contienen. Las proposiciones fundamentales de las ciencias fácticas, en cambio, son proposiciones con­tingentes, es decir, proposiciones sintéticas cuya verdad o falsedad se determina al cote­jarse con los hechos; también hay, en ciencias fácticas, proposiciones analíticas, pero éstas juegan un papel auxiliar.

 

Hay, de todos modos, una relación entre las ciencias formales y las fácticas. Como los objetos que se estudian en la lógica y la matemática son objetos ideales, formas va­cías, los mismos pueden aplicarse a distintas realidades empíricas. Así, por ejemplo, el enunciado de la aritmética "2 + 2 = 4" se puede aplicar a electrones, cromosomas, gramos de plata o caramelos. De esta mane­ra, las ciencias formales son auxiliares de las ciencias fácticas y por eso hoy es casi imposible estudiar ciencias fácticas sin un buen conocimiento de lógica y matemáticas.

 

Establecida la distinción entre ciencias formales y fácticas nos ocuparemos, en las páginas que siguen, de sus respectivas me­todologías.

 

5. Las ciencias fácticas: . concepción inductivista

 

La pregunta acerca de cuál es el método de las ciencias fácticas ha dado lugar a dis­tintas respuestas de las cuales analizaremos dos: la concepción inductivista, en este pa­rágrafo, y el método hipotético-deductivo en los siguientes.

 

   Según una difundida concepción de la ciencia, la misma comienza por la observa­ción de los hechos, sin ningún tipo de pre­juicios, la observación proporciona una ba­se segura y, cuando es posible, se acompa­ña de la experimentación que al estudiar hechos en condiciones de laboratorio, con­trolando las variables intervinientes, permi­te efectuar una mejor observación. La ob­servación concluye en enunciados observa­cionales que son enunciados singulares del tipo "Este trozo de metal al calentarse se dilató". Para pasar de estos enunciados singulares a enunciados universales o le­yes del tipo "Todos los metales, al calen­tarse se dilatan", hace falta del razona­miento inductivo, que partiendo de propo­siciones singulares puede concluir en una proposición universal.

 

      Para poder concluir fundadamente hace falta que se den tres condiciones: a)que se haya considerado un número muy grande de casos, es decir, que se tenga un gran número de enunciados singulares como el presentado más arriba; b)también es necesario que las observacio­nes se hayan efectuado en muy distintas condiciones, en nuestro ejemplo, conside­rando muy distintos metales, de distinto peso, longitud, etc.; c)finalmente es necesa­rio que no se haya dado ningún caso nega­tivo, es decir, que en todos los casos some­tidos a examen el metal se haya dilatado. Si estas condiciones se han cumplido, se­gún el inductivismo es posible concluir con la afirmación de la ley o proposición que expresa una regularidad general.

 

     El conocimiento científico, entonces,  sería una colec­ción de leyes. A su vez, de la ley y de cier­tas condiciones iniciales es posible por vía del razonamiento deductivo explicar y pre­decir cienos fenómenos. Por ejemplo, en nuestro caso, de la ley que dice que todos los metales se dilatan por la acción del ca­lor y de establecer que los rieles del ferro­carril son de metal y están sometidos a  la acción del calor, se puede concluir que los mismos se han de dilatar; razón por la cual el lector atento habrá observado que entre segmento y segmento de vía de tren se de­ja un espacio de algunos milímetros para evitar que la dilatación produzca una de­formación de los rieles, lo que constituye una aplicación tecnológica.

 

6.   6.   Dificultades de la concepción inductivista.

 

La concepción inductivista de la ciencia tiene, sin embargo, un punto débil funda­mental que es el razonamiento inductivo. Según dijimos, el razonamiento inductivo debe basarse "en un número muy grande de casos", pero, ¿cómo establecer cuándo se ha llegado a un número suficiente de ca­sos? Las leyes científicas hablan de infini­tos casos, en el pasado, el presente y el fu­turo, y "un número muy grande de casos" siempre es ínfimo en relación con el infini­to. Por otra parte, se dice que las observa­ciones deben haberse efectuado "en muy distintas condiciones". También esto es problemático. ¿Qué condiciones son las que se deben variar en las distintas obser­vaciones? En nuestro ejemplo dijimos que debían observarse distintos metales, de di­ferente peso, largo, etc. ¿Puede importar también el color, la forma, la textura, el grado de oxidación? Probablemente, sí. ¿También debería variarse la proximidad con otros metales? ¿Deberíamos probar con metales previamente golpeados y otros no golpeados, con metales a los que se les hu­biera hablado y con metales a los que no se les hubiera hablado? Seguramente, el lector responderá negativamente estas últimas preguntas considerando que estas "varia­ciones" no son relevantes. Pero, ¿cuáles son variaciones o cambios de circunstancias relevantes y cuáles no? Para contestar esta última pregunta, ya debemos tener una teoría del comportamiento de los metales. Pero si tenemos esa teoría previa, entonces nuestra observación no es absolutamente desprejuiciada como supuestamente debía ser según el inductivismo; si ciertas teorías previas guían la observación, entonces la ciencia no comienza por la observación co­mo lo afirma el inductivismo. Estas dificul­tades nos llevan a considerar otra versión del método científico, más actual y comple­ta, que se denomina método hipotético-de­ductivo o concepción falsacionista de la ciencia.

 

 

7.El método hipotético-deductivo: la estructura del conocimiento científico


El método hipotético-deductivo ha sido propuesto por el filósofo contemporáneo Karl Popper, de origen austríaco, pero resi­dente en Inglaterra, en libros como La lógi­ca de la investigación científica (1935) y El desarrollo del conocimiento científico.- conjeturas y refutaciones (1962). Dedica­remos tres parágrafos al estudio del método hipotético-deductivo que puede ser consi­derado como una versión estándar del mé­todo científico.

 

Consideremos la ciencia como conocimiento científico. Las ciencias fácticas bus­can dar explicaciones de los hechos y, para ello, construyen teorías. Una teoría es un conjunto de proposiciones que explican el comportamiento de un determinado sector de la realidad. Así, por ejemplo, la llamada "teoría de la evolución" es una explicación del desarrollo de la vida en la Tierra; la "teoría cinética de los gases" es una expli­cación del comportamiento de los gases, et­cétera.

 

   Las proposiciones de una teoría se com­ponen, como cualquier proposición, de tér­minos. Los términos pueden ser de dos tipos: lógicos (cuantificadores, conectivas proposicionales, etc.) y no lógicos, propios de la teoría; estos últimos se dividen a su vez en términos empíricos, que nombran entidades observables, y teóricos, que nom­bran entidades no observables como "áto­mo", "electrón" o "inconsciente", pero cu­ya existencia la teoría postula para explicar los hechos. Las proposiciones de una teoría pueden ir desde enunciados singulares ob­servacionales del tipo "este metal, someti­do a la acción del calor, se dilató" hasta proposiciones generales que contienen tér­minos teóricos como por ejemplo, "en los átomos de los distintos elementos, el núme­ro de protones es igual al número de elec­trones", pasando por proposiciones que emplean términos teóricos y empíricos que sirven de nexo entre las otras dos. Una par­te importante de las teorías son las leyes.

 

     Las leyes son proposiciones generales que enuncian ciertas regularidades en los obje­tos estudiados y que, por lo tanto, permiten predecir el comportamiento futuro de obje­tos similares. Así, por ejemplo, una ley que integra la teoría cinética de los gases es la que afirma: "A temperatura constante, el producto de la presión por el volumen es constante". Aunque las leyes pueden enun­ciar sólo regularidades aisladas, en realidad tienen un interés mayor cuando forman parte de teorías. Las diversas proposiciones de una teoría se ordenan en forma deducti­va desde las más abstractas o teóricas y ge­nerales hasta los enunciados singulares de observación que, más que integrar la teoría, vinculan la misma con los hechos.

 

El conocimiento científico es un conjunto de teorías que explican los hechos. Pero los mismos hechos pueden ser explicados de distinta manera, es decir, pueden construirse varias teorías para explicarlos. Así, puede explicarse el movimiento de los astros pen­sando que giran alrededor de la Tierra -teoría geocéntrica-, o bien se puede pen­sar que es la Tierra la que gira alrededor del Sol -teoría heliocéntrica-. Durante siglos se creyó que la teoría geocéntrica era verda­dera, pero desde el siglo XVI se conocen abundantes hechos que demuestran su false­dad; se dice entonces que la teoría geocéntri­ca ha sido refutada. En general, una teoría ha sido refutada cuando de la misma se de­ducen proposiciones que, al cotejarlas con los hechos, no se verifican. Así, por ejem­plo, de la teoría que afirma que la Tierra es plana se deduce que el casco y los mástiles de un barco desaparecerán simultáneamente en el horizonte; pero esto último no sucede; por lo tanto, la Tierra no es plana. La teoría ha sido refutada. Se puede recordar aquí que la forma de razonamiento empleada general­mente para refutar teorías es la regla del Modus Tollendo Tollens:

 

Si la Tierra es plana, el casco y los mástiles de un barco desaparecerán simultáneamente en el horizonte. Pero el casco y los mástiles no desa­parecen simultáneamente. En consecuencia, la Tierra no es plana.

 

  AÉB
     -B

 

    - A

 

En ocasiones, dos teorías referidas a un mismo hecho pueden convivir durante un largo período porque no se encuentran ele­mentos concluyentes para refutar a alguna de ellas y cada una logra explicar algunos hechos. Tal es el caso de las teorías corpus­cular y ondulatoria de la luz.

 

Habíamos dicho que el conocimiento científico es un conjunto de teorías. Debe­mos agregar ahora que se trata de un con­junto complejo de teorías. La complejidad reside en que las teorías no están aisladas, sino interrelacionadas. Supongamos una teoría biológica sobre el funcionamiento celular que postula que la fuente de energía de la célula está dada por la acción de las mitocondrias al destruir las uniones entre los átomos de carbono en la molécula de glucosa. Esta teoría de la biología reposa sobre la teoría de las uniones químicas, la que a su vez se apoya sobre la teoría atómica. Una modificación en esta últi­ma teoría podría traer como consecuen­cia la necesidad de revisar las otras dos teorías.

 

     En general, podemos decir que no hay teorías aisladas, pero sí hay teo­rías más importantes que otras. Así, por ejemplo, la teoría atómica está en la base de buena parte de la ciencia contemporá­nea. Esta interrelación de las teorías ex­plica la convencionalidad de la distin­ción de diversas ciencias y la necesidad de establecer disciplinas que sirvan de nexo como la fisicoquímica, la biofísica, la bioquímica, etcétera.

 

 

 

 

8.  El método hipotético-deductivo: el descubrimiento científico


Dejemos de lado, por ahora, la consi­deración de la ciencia como conocimien­to científico para ocupamos de la ciencia como actividad productora de dichos co­nocimientos, es decir, como investiga­ción científica.

 

   La pregunta fundamental en esta área, en lo que se llama el contexto de descu­brimiento, podría ser: ¿cuál es el o los métodos fundamentales para formular teorías científicas?, o, ¿cuál es la fuente de nuestros conocimientos científicos? La respuesta a esta pregunta es un tanto desconcertante: no hay ninguna fuente de conocimiento ni ningún método que nos lleve con seguridad a efectuar un descubrimiento científico. Analicemos algunos ejemplos procedentes de la his­toria de la ciencia para entender más cla­ramente lo que queremos decir respecto del descubrimiento científico.

 

Con frecuencia se menciona la anécdota de Arquímedes, quien descubrió las leyes de la hidrostática mientras se bañaba. Al darse cuenta de la liviandad de su propio cuerpo se dice que salió corriendo del baño gritando alegremente "Eureka, eureka" (lo encontré). El origen de la teoría de Newton, y en particular, la ley de gravitación univer­sal habría que buscarlo (según una anécdo­ta seguramente falsa) en la famosa manza­na que cayó sobre su cabeza. Un tercer ca­so, menos conocido, es el de Kekulé, el químico que descubrió la representación en forma hexagonal de la molécula de bence­no; según cuenta Hempel, alemán radicado en EE-UU:

 

---durante mucho tiempo intentó sin éxito hallar una fórmula de la estructura de la molécula de benceno hasta que, una tarde de 1865, encontró una solución a su problema mientras dormitaba frente a la chimenea. Contemplando las llamas, le pareció ver átomos que danzaban serpentean­do. De repente, una de las serpientes se asió la cola y formó un anillo, y luego giró burlonamente ante él- Kekulé se despeñó de golpe: se le había ocurrido la idea -ahora famosa y familiar- de representar la estructura molecular del benceno mediante un anillo hexagonal.

 

Filosofía de la ciencia natural, C. Hemjel, 1966. Alianza, Madrid, 1980.

 

 

¿Qué muestran estos ejemplos? Una lec­tura ingenua podría concluir que el proceso de descubrimiento científico es totalmente casual y fortuito, que a cualquiera se le puede ocurrir una buena idea en cualquier momento. Esto no es así. Ya la gente se ba­ñaba antes de Arquímedes, las manzanas se caían antes de Newton y siempre los hombres han dormitado en las más diversas si­tuaciones, pero estos hechos no han produ­cido conocimientos científicos. Si estos hombres hicieron descubrimientos impor­tantes es porque antes que nada tenían un problema, es decir, los tres estaban buscan­do una explicación a algo que, en mayor o menor medida, les resultaba desconcertante. Tener un problema, haber encontrado algo que requiere de una explicación, ya sea por­que hasta ahora no tiene ninguna o porque la que tiene por algún motivo nos resulta in­satisfactoria, constituye el punto de partida de la actividad científica.

 

El planteo correc­to de un problema es el primer paso en la metodología de la investigación. No se pue­de investigar sin tener un problema. Arquí­medes, Newton y Kekulé tenían cada uno un problema, una cuestión que puedan re­solver y para ello tensaron al máximo su in­teligencia, sus sentidos y hasta su voluntad.

 

Esta última frase puede parecer demasiado ambigua. ¿Qué quiere decir que un cien­tífico tensa al máximo su inteligencia, sus sentidos y hasta su voluntad? El descubri­miento científico se origina en las más di­versas fuentes; una vez que un científico tiene un problema formulará hipótesis ten­tativas, es decir, proposiciones que den una explicación gruesa y provisional, revisará bibliografía, es decir, leerá teorías relacio­nadas con su problema, hará uso de la ob­servación o de la experimentación cuyos resultados robustecerán, afinarán o debilita­rán sus hipótesis iniciales. A medida que avance en estas actividades, irá descartando algunas hipótesis y se le irán ocurriendo nuevas, en un proceso psicológicamente muy complejo y que de ser exitoso culmi­nará en una explicación satisfactoria del problema inicialmente planteado.

 

Pero todavía se puede preguntar: ¿hay al­go que pueda favorecer el proceso de des­cubrimiento del científico? Sí. facilitarle los medios para que pueda observar y pen­sar el problema y construir los experimentos necesarios; ésta es la cuestión de los medios materiales; por otra parte, darle la más absoluta libertad y dejarlo en paz. En realidad, si bien se mira, éstas son condicio­nes deseables, algunos pensarán que hasta necesarias, pero, desde ya, no por sí solas suficientes: su presencia no garantiza que se produzcan descubrimientos relevantes.

 

En el contexto de descubrimiento, es de­cir, en lo relativo a la gestación de una teo­ría científica, todo vale. Para llegar a una teoría, un científico puede valerse de la in­tuición, la imaginación, la observación, el experimento, la inducción, etc., y muy fre­cuentemente de una combinación de todos esos recursos.

 

9. El método hipotético-deductivo: la justificación


    Pero las explicaciones científicas deben estar justificadas. En efecto, no basta que alguien sostenga una teoría cualquiera aun cuando explique cómo, de qué manera lle­gó a la misma, sino que es necesario que la justifique para que pueda ser admitida en el cuerpo de doctrina científica, es decir, para que pase a formar parte del sistema de co~ nocimientos a que nos referimos antes. Di­cho de otro modo: cualquiera puede soste­ner la teoría de que la causa de la calvicie es la exposición a los rayos solares o que los volcanes entran en erupción porque se enojan los espíritus o que las plantas se marchitan si se las riega en momentos en que están expuestas a la luz del sol los días de mucho calor. Cómo haya llegado al­guien a estas teorías, si por intuición o por inducción o por lo que fuera, nos tiene sin cuidado. Lo que interesa ahora es cómo se las justifica. Y con esto pasamos al contex­to de justificación.

 

  Para que una teoría pueda ser aceptada debe llenar tres requisitos fundamentales. En primer lugar cumplir ciertas condicio­nes formales referidas a la lógica y al len­guaje en que está formulada: un lenguaje claro y preciso, con términos definidos en la teoría o tomados de otras teorías explíci­tamente señaladas, y una estructuración ló­gica de sus proposiciones. En segundo lu­gar, debe ser posible deducir de la misma enunciados o proposiciones singulares que puedan ser confrontadas con los hechos. En tercer lugar la teoría debe aprobar esta con­frontación, es decir, las proposiciones sin­gulares deben, al ser confrontadas con los hechos, resultar verdaderas.

 

     Muchas pretendidas teorías no satisfacen el primer requisito, pues están construidas con un vocabulario absolutamente impreci­so, utilizable en la conversación, como "mucho calor", pero inadmisible en ciencia. Otras "teorías", como la que atribuye las erupciones volcánicas al enojo de los espíri­tus, suponiendo que contienen definiciones que aclaran los términos vagos, violan el se­gundo requisito que dice que una teoría de­be tener consecuencias observacionales, es decir, de la misma deben poder deducirse enunciados singulares capaces de ser con­frontados con los hechos, y en este caso, na­da se puede deducir de la misma que pueda ser sometido a prueba. Supongamos ahora que alguien sostiene la teoría de que la cau­sa de la calvicie en los hombres mayores de cincuenta años reside en exponerse a baños de sol que superan como promedio la media hora diaria. Supongamos que se hayan acla­rado los términos "causa", "calvicie" y "ba­ños de sol". De la misma se sigue por vía puramente deductiva que "Si el individuo A es calvo y tiene más de cincuenta años en­tonces toma baños de sol de más de media hora diaria promedio y si el individuo B es calvo y tiene más de cincuenta años enton­ces toma baños de sol de más de media hora diaria promedio y que el individuo C..." Co­mo esta proposición es una conjunción con­tinua de enunciados singulares, bastará en­contrar un enunciado singular falso para que sea falsa en su conjunto, es decir, basta­rá encontrar un individuo que sea calvo, tenga más de cincuenta años y no tome ba­ños de sol por más de media hora diaria promedio, para que sea falsa toda la propo­sición singular. Pero, a su vez, si una deduc­ción es correcta y la conclusión es falsa, en­tonces, la premisa, o por lo menos, una de las premisas si hay más, es falsa. En nuestro caso la teoría de la calvicie, a pesar de que satisface el primero y el segundo requisitos, no satisface el tercero, es decir, los hechos no coinciden con lo que dice la teoría que debería suceder.

 

     Las deducciones de una teoría constituyen predicciones, es decir, al­go que es dable esperar que suceda según la teoría; a través de las mismas, las teorías arriesgan ser refutadas y de hecho lo son muchas veces.

 

Llegamos ahora a una cuestión suma­mente interesante. Si uno, al menos, de los enunciados singulares que se deducen de una teoría es falso, la teoría es falsa, pues, según lo estudiado en lógica, si un razona­miento deductivo es válido y su conclusión es falsa, una de las premisas, por lo menos, debe ser falsa. Pero el hecho de que todos los enunciados singulares que se hayan de­ducido de una teoría sean verdaderos, no garantiza que la teoría sea verdadera ya que, según la lógica, hay razonamientos vá­lidos con conclusión verdadera y premisas falsas. En consecuencia, no hay razones que avalen la verdad absoluta o definitiva de una teoría.

 

Las teorías que no han podi­do ser refutadas, a través de varios intentos, se dice que han sido corroboradas, esto es confirmadas provisionalmente. Pero, las teorías científicas son siempre hipotéticas, constituyen explicaciones de los hechos que se aceptan mientras los hechos no las refuten, es decir, mientras los hechos no las contradigan. Pero cualquier teoría científica está expuesta, justamente si es una teoría científica, a entrar en contradicción con los hechos.

 

     Todavía hace falta aclarar algo más. Si bien es más fácil refutar una teoría que es­tablecer su verdad, tampoco lo primero es sencillo. ¿Por qué? Porque si de una teoría se desprende algún enunciado que al ser confrontado con los hechos resulta falso, esto indica que en la teoría hay al menos una proposición falsa. Pero puede también suceder que la falsedad, o sea, el error en la elaboración teórica, no resida en la teoría que se está analizando, sino en una teoría más básica o fundamental de la cual depen­de la que se analiza. Por último, al someter a prueba una teoría suele hacerse uso de hipótesis auxiliares que se dan por supuesto en el proceso de prueba y el error puede ha­llarse en estas hipótesis auxiliares.

 

    En resumen, según el método hipotético-deductivo, la actividad científica consiste en formular teorías o conjeturas que nunca pierden su carácter hipotético y en deducir de ellas consecuencias observacionales que puedan ser confrontadas con los hechos. De esta confrontación surgirá o bien la refuta­ción de la teoría o bien la corroboración o confirmación provisional de la misma.

 

10. Las revoluciones científicas y el progreso de la ciencia.


De acuerdo con el inductivismo, la cien­cia progresa por acumulación, ya que cons­tantemente se descubren nuevas leyes. Para el método hipotético-deductivo, la ciencia progresa al refutar teorías y formular otras más exactas y abarcadoras en un movi­miento de infinita aproximación a la ver­dad. Thomas Kuhn, epistemólogo contem­poráneo, en su obra La estructura de las re­voluciones científicas, de 1962, sostiene la idea de que en el desarrollo científico se producen revoluciones parecidas a las revo­luciones políticas.

 

     De acuerdo con Kuhn, un campo de co­nocimientos atraviesa inicialmente lo que denomina el estado de pre-ciencia, que se caracteriza por la presencia en ese campo de múltiples lenguajes, teorías y metodolo­gías. La salida del estado de pre-ciencia se produce cuando se constituye un paradig­ma que pasa a dominar el campo. Un para­digma es una teoría que define un campo, un área de problemas y métodos legítimos, lo suficientemente abarcadora y lo bastante incompleta para dejar muchos problemas para ser resueltos por los científicos. Kuhn considera ejemplos de paradigmas la física de Aristóteles; la astronomía de Tolomeo y su contraria, la de Copérnico, defendida por Galileo; la física de Newton, y la quí­mica de Lavoissier, entre otros. Se trata de grandes obras a cuya sombra se realiza lo que Kuhn llama la ciencia normal, es decir, la investigación científica que progresiva­mente va completando el paradigma, al que toma por punto de partida y no se permite cuestionar.

 

     Un paradigma puede mantener­se durante siglos sin que surjan anomalías, es decir, sin que se observen o descubran hechos que contradigan las afirmaciones fundamentales del paradigma. Cuando apa­recen anomalías, la reacción inicial de la comunidad científica, es decir, de los científicos que educados en cierto paradigma realizan la ciencia normal, es tratar de ne­gar la existencia de las anomalías, para ello pueden impugnarse las observaciones o las mediciones o los instrumentos, etc. Tam­bién puede intentar corregirse el paradigma para que dé razón de las anomalías. Pero si las anomalías se acumulan, se produce una crisis de confianza en el paradigma, y una parte de la comunidad científica busca un nuevo paradigma altemativo capaz de dar razón de las anomalías observadas.

 

     Si se encuentra un nuevo paradigma, se produci­rá una revolución científica, es decir, una suerte de rebelión contra el paradigma an­terior que lo declara inválido y caduco. El nuevo paradigma será aceptado por una parte de la comunidad, pero, seguramente, rechazado por otro sector. Kuhn sostiene que la adhesión a uno u otro paradigma en disputa no puede decidirse acudiendo a una instancia que esté por encima de los para­digmas, ni por medios o procedimientos "científicos", pues éstos mismos están en disputa. La adhesión a un paradigma u otro es más bien una cuestión emocional que ló­gica. Todo esto le hace destacar a Kuhn la semejanza entre las revoluciones científicas y las revoluciones políticas.

 

Kuhn ha llamado la atención sobre los aspectos sociales de la ciencia, mostrando que en la concreta producción del conocimiento científico juegan un papel impor­tante las comunidades científicas y sus pre­juicios y que, aunque la ciencia busca supe­rar los condicionamientos ideológicos, no siempre lo logra. Por otra parte, la posición de Kuhn ilustra algunos aspectos de la his­toria de la ciencia, pero no llega a plantear una alterativa metodológica a la posición de Popper, razón por la cual ambas posicio­nes no son totalmente incompatibles.

 

      Otros autores, como Paul Feyerabend, en obras como Tratado contra el método y Adiós a la razón, han ido más lejos que Kuhn en el cuestionamiento de las comunidades científicas a las que consideran como grupos de presión política e interesadas, tras la bandera de la importancia de la cien­cia, en defender sus propios privilegios. Los planteos de Feyerabend, ricos en consi­deraciones filosóficas y sociológicas sobre la ciencia, exceden los alcances de estas notas, que pretenden realizar una introducción a la metodología de las ciencias en su ver­sión estándar.

 

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