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Asier Ruiz de Eguino

Mi página de Cicloturismo
El reposo del guerrero
Octubre 2005

K. se despertó inquieto. Encendió la luz y se tranquilizó al ver que allí estaba ella, un poco más allá de esa larga pierna de mujer que sobresalía de entre las sábanas y que pertenecía a una bella joven desnuda que yacía junto a él. Miró el reloj. Era tarde. Los demás ya estarían muy lejos. Pero K. estaba muy cansado. Horas y horas por esa maldita carretera. de día y de noche. Con frío y con calor. Sudando, tiritando, con hambre, con sueño.

Así que se dio la vuelta, acarició accidentalmente con el dorso de su mano el suave muslo de la joven y se volvió a dormir. K. soñó con el castillo del páramo por el que había pasado el día anterior. Ruedas y más ruedas bajaban del puente levadizo y le hacían caer una y otra vez. No podía esquivarlas por más que lo intentaba. Después, el castillo se transformaba en una jungla verde de cuyos árboles colgaban ciclistas comiendo bocadillos gigantescos.

K. recordó que tenía hambre y se despertó una vez más, pero al intentar levantarse de la cama, la hermosa muchacha le abrazó con fuerza susurrándole que descansara un poco más. Al sentir aquel cuerpo pegado al suyo, K. sintió necesidades de las cuales hacía días que ni recordaba su existencia. ¿Tan duras habían sido aquellas horas? K. sintió revivir su cuerpo y quiso hacer el amor, pero era cierto que debía descansar más, pues no pudo evitar caer de nuevo al vacío de los sueños.

Ahora soñó con luces que le pasaban y que iluminaban la vía dejando estelas cegadoras a su paso. Después, un hilera de luciérnagas rojas le balizaba el camino, un camino interminable y absurdo, pero que no podía abandonar.

Por fin K. se despertó del todo. Aún sudaba, aunque a la vez sentía algo de frío por lo que se cubrió con la sábana dejando visible el cuerpo voluptuoso de la mujer que tan bien le había cuidado. Pero K. ni siquiera lo miró. Sus ojos buscaron con ansia a la otra, y de nuevo se tranquilizó al ver que estaba allí, apoyada en la pared, esperándole en la misma postura en la que se había quedado al dormirse él.

K. se levantó, se pusó el culotte y el maillot. Recogió sus cosas, besó con ternura a la joven que dormía plácidamente, cogió su bicicleta, vio por última vez las luces rojas del bar, y salió a terminar esa agonía de 1200 kms en la que se había embarcado.

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JAVIER SÁNCHEZ - BEASKOETXEA

Javier Sánchez - Beaskoetxea

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