
COSMOGONÍAS PRE-CIENTÍFICAS
Al principio Yavé creó el cielo y la tierra. La tierra estaba desierta y sin nada, las tinieblas cubrían los abismos mientras el espíritu de La divinidad aleteaba sobre la superficie de las aguas. Este primer versículo de la Biblia formula la más conocida de las hipótesis cosmogónicas.
Pero no por más conocida es la única del mundo antiguo o si se quiere del mundo oriental. Así los caldeos nos hablan de la divinidad Tiamat, madre del universo, quien coexiste desde los orígenes de los tiempos con Apsu, el océano, que fue origen del nacimiento de otros la divinidades menores para defenderse de otras divinidades monstruosas creadas por Tiamat, a quien terminan venciendo, por obra de Marduk. Así es partido el cadáver de Tiamat, el caos, en dos y Marduk suspendió una de sus partes encima de su cabeza, fue el Cielo y la otra, la Tierra, lugar de los seres vivientes, la extendió debajo de sus pies.
Algo parecido pasa en la cosmogonía egipcia en cuanto a la separación o partición del caos o primitivo océano, en dos, el Cielo y la Tierra, denominados Nut y Shibu, respectivamente. Ambos estaban estrechamente entrelazados hasta que en el día de la creación emerge Shu, la divinidad del aires y los separa elevando a Nut, apoyada sobre sus brazos y piernas que pasan a formar los cuatro pilares del universo, constituyendo el Cielo. por su parte en la superficie del océano crecía una flor de loto de la cual, al abrirse, emerge Amón - Ra para ocupar su lugar en el Cielo dando sus rayos nacimiento a los seres vivientes que se multiplicaron y poblaron la tierra.
En todas estas cosmogonías resalta que el agua, sustancia esencial, preexistía a la creación.
La antigua India también recuerda los mitos indicados: el demiurgo disipó las tinieblas, iluminó el espacio, creó las aguas y depositó en ellas una semilla que se desarrolló en huevo del que nación Brahma quien después de haber reposado millones de años, divide el huevo y con cada mitad crea el Cielo y la Tierra, colocando entre ambos el aire y los astros. Una vez culminada su obra origino el Universo pasajero y la naturaleza terrestre, lejano reflejo del Universo imperecedero.
Sin embargo los hindúes no pudieron ignorar la antinomia entre la duración ilimitada del Cosmos y la pasajera naturaleza de sus partes, en constante evolución. Superaron esta antinomia con la hipótesis de la periodicidad de todos los acontecimientos, teoría que adquirió singular relevancia en la cosmología moderna.
Todas estas cosmogonías del antiguo Oriente se basan en tres puntos: La Tierra aplanada, inmóvil en el centro del Cosmos, cubierta por la bóveda sólida del Cielo.
Y son los griegos los que hacia el siglo V a J. C. comienzan a remontar estos tres principios señalados en el párrafo anterior.
Con relación a la Tierra aplanada, son Pitágoras, con su celebre ley de las relaciones numéricas simples de las cuerdas vibrantes, engendradoras de sonidos musicales, (ambos teoremas pitagóricos), y Parménides, que reconocen la esfericidad de la Tierra, pero a pesar de concienzudos estudios, los griegos no pudieron liberarse definitivamente de las otras dos apariencias. La Tierra guardó para los astrónomos y filósofos griegos, su posición fija y privilegiada, y el Cielo su sustancial materialidad. Sin embargo por sus estudios, el cielo único de los orientales es reemplazado en la astronomía griega, primero por ocho cielos concéntricos y posteriormente con Eudoxio por veintisiete esferas, que giran sobre ejes convenientemente inclinados con respecto a la línea de los polos que atraviesa la tierra.
Por su parte Platón encomienda a Timeo exponer el sistema del mundo, en donde sin duda se encuentran ingredientes de la cosmogonía de Pitágoras, resultando una mezcla de especulaciones a la vez metafísicas y geométricas.
En el caos original el fuego, el aire, el agua y la tierra, es decir las cuatro sustancia primordiales, tendían a separarse. La divinidad les trajo forma y medida. Por eso como para Timeo debían ser las figuras más perfectas: la pirámide regular fue atribuida al fuego, el octaedro al aire, el icosaedro al agua y por último, el cubo a los elementos terrosos. El quinto poliedro perfecto, el dodecaedro sirvió a La divinidad para trazar el plan del Universo. "El mundo abarca la totalidad del fuego, del aire, del agua y de la tierras. Su figura es esférica y pulida exteriormente. De los sietes movimientos posible (movimiento lineal según tres ejes en sentido positivo y negativo y un movimiento rotatorio), La divinidad le dio el que tiene más relaciones con la razón y el pensamiento, es decir, una rotación sobre sí mismo".
Dijo La divinidad "Haya lámparas en el cielo que separen el día de la noche. Sirvan de signos para distinguir tanto las estaciones como los días y los años. Y que brillen en el firmamento para iluminar la tierra". Hizo pues dos grandes lámparas una grande para presidir el día y otra más chica para presidir la noche; también hizo las estrellas...Después de terminar su obra, "Él que estableció el orden del Cosmos, entró de nuevo en su acostumbrado reposo".
Los años no restaron éxito a las dos ideas de Pitágoras divulgadas por Platón, sino que en pleno Renacimiento es Kepler quien en su Mysterium Cosmographicum y su Harmonices Mundi retoma los poliedros regulares y los intervalos musicales para adosarlos a un tardío resurgimiento de la imagen pitagórica acerca del origen del mundo.
No corrieron igual suerte las ideas de los atomistas según las cuales, por ejemplo a través de Lucrecio, dando vida a la teoría de Demócrito, los átomos indivisibles y en número infinito, dotados de movimientos perpetuos, caen se desvían, chocan, después de haber intentado todas las combinaciones posibles, se coordinan para formar grandes masas, de las que se desprendieron porciones de la masa inicial, dado que los átomos homogéneos se juntaron. "Así el Cielo se separó de la Tierra, el mar atrajo todas las aguas en sus simas y los fuegos etéreos se encendieron en lo alto con toda pureza". Esta singular teoría esconde un atisbo de la hipótesis nebular de Laplace y de la teoría sobre la selección natural del gran Darwin.
Terminando con Aristóteles, el gran filósofo de todos los tiempos, en realidad no encara una doctrina sobre el origen del mundo, para él los cuerpos celestes existen desde siempre, siendo la sustancia del Universos supralunar increada, imperecedera, sin comienzo ni fin.
Todas estas teorías pre-científicas han contribuido a que el hombre comprendiese que el Universo no necesita una divinidad creadora, ya que nuestro universo es creador por sí mismo.
"La verdad es belleza y la belleza es verdad"
John Keats
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