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E & E > Recursos Humanos > Liderazgo > 25 de octubre de 2006
Situación actual del liderazgo
El liderazgo ha ocupado nuestra atención durante un período de tiempo muy considerable. Los primeros trabajos científicos sobre el management, en el despertar del siglo XX, se vieron acompañados por una casi inmediata preocupación por el liderazgo.
Alfons Sauquet Rovira
vicedecano en Investigación y Conocimiento de Esade
El descubrimiento de la organización como un fenómeno complejo que requería técnicas de gestión específicas enfrentaba a los gestores con pregunta lógica: si afirmamos que existe un objeto llamado organización (empresa) sobre el que podemos desarrollar una ciencia de gestión debe ser posible decir algo acerca de las personas que deben regir los destinos de dicha organización. Preguntarse por los líderes parecería pues obligado.

¿Pero tiene hoy sentido formularse la pregunta en los mismos términos? Es decir, ¿cabe seguir preguntándose por las cualidades personales de un líder o interrogarse por los efectos de una determinada conducta en la organización?

La pregunta inicial por el liderazgo fue una pregunta por la persona; por las cualidades del gran hombre (o mujer). El primero que se la formuló fue Max Weber quien contrapuso la estabilidad y permanencia de la organización burocrática con la aparición de un personaje dotado de unas cualidades singulares que permitieran la modificación del aparato burocrático defensor de la racionalidad, la eficiencia y la estabilidad.

Lo que Max Weber imaginaba era que una vez instaurado el modo burocrático de organizar el cambio no podría venir sino gracias a la intervención de individuos singulares que atesoraran cualidades que fueran percibidas como inspiradoras. Al conjunto de esas cualidades las llamó carisma. Y el término hizo tal fortuna que hasta los años ochenta resuena gracias a una puesta al día que rebautizó este liderazgo inspirador y visionario como liderazgo transformador, y lo colocó en oposición a un liderazgo de vuelo gallináceo llamado entonces de ‘transacción’. Según esta tesis, ambos tipos de liderazgo se repartían los papeles en la organización.

Tipos de liderazgo
Así, mientras que el liderazgo transformador y carismático se ocupa de las grandes visiones, de los valores y de alcanzar la médula organizativa generando una cultura diferenciada, al liderazgo transaccional se le reserva un papel más modesto que abarcaría el desarrollo y mantenimiento de las relaciones entre personas, el cumplimiento de objetivos así como procurar los medios y corregir desviaciones.

Esta división en papeles es aún moneda corriente aunque con términos diferentes. Por ejemplo, desde Harvard, J. Kotter distingue con fortuna entre líderes y managers en términos parecidos a los señalados: los managers se ocuparían de hacer correctamente aquello que en mayor o menor medida estaba diseñado, y correspondía a los líderes la inspiración la capacidad de motivar en relación a un proyecto.

Esta dicotomía sobrevive en la actualidad adoptando también la forma de los liderazgos dobles, parejas de personas con funciones relativamente bien delimitadas pero que en cualquier caso refuerzan la idea de la complementariedad de funciones: una que se cumple en el ámbito más estratégico y otra que se desarrolla en un ámbito más táctico.

En este reparto de papeles, que duda cabe que el brillo y disfrute de la puesta en escena correspondería al primero de los dos tipos. Y efectivamente la literatura del management más popular se ha hecho eco del fenómeno al presentar sin rubor las historias de los tipos heroicos asociados a grandes gestas empresariales. El verdadero liderazgo pues sería aquél que lleva a efecto las transformaciones más profundas en las organizaciones y los afortunados serían aquellos liderados por personajes tan singulares.

Los grandes líderes
Sin embargo, este planteamiento no ha sido ajeno a matizaciones y a problemas. El primero lo planteó hace ya algunos años el profesor de Stanford Jeffrey Pfeffer cuando apuntó con agudeza que el fenómeno del liderazgo era terriblemente espinoso, puesto que no quedaba otro remedio que reconocerlo a posteriori cuando aparecía asociado a los éxitos.

De tal manera, siempre quedaba la duda si el liderazgo no se trataba del resurgir de la tradición romántica que asignaba grandes gestas a grandes hombres –cuando algunas de estas gestas bien podían haber sido explicadas como fruto de diferentes variables, algunas meramente coyunturales, otras bien estructurales y no menos casualidades–.

Al final, sostiene Pfeffer, el liderazgo, es, en buena medida, una atribución retrospectiva del éxito por parte de personas que creen que los acontecimientos son en gran medida fruto de la actuación de los hombres y mujeres que ocupan los puestos de mayor responsabilidad. El liderazgo depende entonces menos de las características de un individuo que de la atribución (acertada o no) de sus seguidores. Recuerdo aquí que cuando preguntaron a Peter Drucker sobre la cuestión la despachó pragmáticamente con un líder es quien tiene seguidores. Punto y final.

Aparecía además otro flanco crítico en la teoría de los grandes transformadores. A tenor de los resultados de diferentes investigaciones no había forma cabal de identificar rasgos relevantes que pudieran explicar significativamente las diferencias entre líderes reconocidos y aquellos que no lo eran. Así, concluir por ejemplo que un o una líder gozaba de una inteligencia por encima de la media parece mas bien una condición de posibilidad antes que una causa relevante pues es evidente que hay muchas personas inteligentes y a nadie se le escapa que muchas de ellas carecen de cualquier posibilidad (y dotación) efectiva de liderar una organización.

Esta suerte banalidad se veía acentuada cuando junto a características aparentemente coherentes y relevantes tales como la inteligencia se hallaban otras tan espúreas como los rasgos físicos: ¡los líderes eran más altos! Además, resultaba que alguna de las características halladas en los líderes podía ser tanto un rasgo de personalidad propio como haber sido adquirido debido, precisamente, a la experiencia de liderazgo.

Así, hallar en los líderes altas dosis de auto confianza no resuelve la cuestión ya que la confianza en uno mismo puede ser tanto el resultado y como la causa de una actividad de liderazgo. Evidentemente, con tales resultados era aventurado, ingenuo, o simplemente absurdo pretender buscar líderes potenciales atendiendo a los rasgos o características de las personas.

La aparición y desarrollo del discurso sobre las competencias alteró significativamente el escenario del debate. De acuerdo con los modelos de competencias, los líderes quizás no se caracterizaran por desplegar un conjunto de rasgos o características individuales específicas sino por desplegar una serie de competencias específicas.

La competencia se diferencia de los rasgos en que se nutre de la práctica es decir, se construye directamente sobre una base empírica y no necesita teorizarse mucho. De su origen, cómo se han adquirido tales competencias, sobre todo cuando tratamos con competencias complejas, tenemos muy pocas noticias. Pero las competencias tienen la virtud de no errar el tiro de la relevancia. Sean o no resultado de la combinación de la experiencia y habilidades, aquello que ocurre es aquello que ocurre, y no cabe duda al respecto. Así, el que maneja bien los grupos es porque ha desarrollado la competencia del manejo de los grupos, la que comunica bien, ha demostrado comunicar bien y así hasta incluir el más reciente descubrimiento de la dimensión emocional.

La inteligencia emocional dista mucho de ser una novedad pero ha venido a añadir una pizca de sutileza al terreno del liderazgo. De acuerdo con los divulgadores de esta dimensión el liderazgo efectivo no puede desarrollarse careciendo de la capacidad de comprender la dimensión emocional de las relaciones humanas. Así, capacidades tales como el autodominio, la empatía, o la capacidad de tener impacto en las personas, son tan centrales ahora como antes lo habían sido cualidades individuales que representaban una cierta capacidad de dominio tales como la auto confianza y la inteligencia.

No se trata sin embargo de una aportación original. Una somera revisión de la literatura nos indica que la inteligencia emocional más que un descubrimiento es una sustanciación de una idea anterior. Moore, por ejemplo en el año 1934 definía el liderazgo como "la influencia para obtener resultados basada en la invocación emocional antes que mediante el uso de juicios o del ejercicio de la autoridad". La invocación emocional de Moore recogía ya una dimensión no instrumental de la influencia, lo nuevo de la inteligencia emocional es pues que subraya algo ya conocido pero esta vez con más fuerza porque se apoya en la neurología. Esto, y no otra cosa, es lo novedoso.

Vertientes de liderazgo
En conjunto las diferentes teorías del liderazgo (todas mas o menos vigentes) han corrido paralelas a las preocupaciones de sus tiempos. Primero se buscaron las cualidades de los grandes hombres, más adelante las competencias de aquellos que gestionaban adecuadamente personas y grupos. Con el discurso sobre la excelencia desarrollado en los años ochenta se dirigió la mirada hacia los líderes capaces de transformar los valores de las organizaciones de trascender las tareas de la pura gestión y de infundir un plus de valor derivado de sus cualidades personales (por ejemplo, el carisma).

En la actualidad, los trabajos más relevantes sobre el liderazgo comienzan por reconocer la complejidad del fenómeno. Y esto en varias direcciones. Por una parte ya no se trata de asociar al liderazgo toda una serie de bondades intrínsecas y por tanto dicho sencilla y llanamente puede haber liderazgo malo.

En segundo lugar se está abandonando buena parte del psicologismo que tanto ha fascinado durante décadas pero que ha producido tan magros resultados. Esto abre la puerta a diferentes cuestiones, en primer lugar el anti consecuencialismo es decir, no podemos seguir hablando del liderazgo sobre la base de los éxitos. Naturalmente que el éxito, o el cumplimiento de los objetivos son importantes pero es evidente que buen liderazgo puede no verse acompañado por resultados y mal liderazgo puede ser afortunado. Conviene pues ampliar el espectro.

Y en este sentido tan importante es abrir el foco de análisis a la complejidad como proporcionar claves para la práctica del buen liderazgo. Tanto el enfoque psicologista (de los rasgos) o el más conductual de las competencias ofrecen muy pocas respuestas para aquellos que ocupan cargos de responsabilidad. Dibujan un ser humano hombre o mujer meramente instrumental que adquiere determinadas competencias como quien aprende una técnica más. Dibujan a los líderes como excelentes gestores de si mismos pero algo vacíos de contenido.

El buen líder, hombre o mujer, no es un solamente un experto. Es probablemente una persona que se preocupa de hacer las cosas bien. Es decir, como tal persona tiene una identidad y no es un mero instrumento. Actúa de acuerdo con unos principios que le vienen dados de una cierta ética, del obrar bien.

El liderazgo puede estar asociado en mayor o menor medida al cambio pero siempre tiene que estar asociado al ‘obrar bien’. Al ejercicio de una serie de virtudes que no son meras competencias sino que son cualidades que se adquieren mediante su ejercicio. En su último libro The Bourgeis Virtues Deirdre McCloskey propone la recuperación de las virtudes paganas (Valor, Justicia, Templanza, y Prudencia) y de las virtudes clásicas de Tomás de Aquino (Fe, Esperanza, y Amor).

Aunque la intención central de McCloskey es reivindicar el capitalismo (el comercio) como espacio de ejercicio de dichas virtudes, su referencia a las virtudes es muy sugerente puesto que las virtudes no son cualidades estables (rasgos) o prácticas definidas (competencias) sino cualidades que se desarrollan con su ejercicio. Aristóteles señaló que la justicia se desarrolla en su ejercicio y que ser justos no es una cualidad esencial sino que se trata de un aprendizaje.

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