Francesco Borromini naci� en Bissone, junto al lago de Lugano, el 27 de septiembre de 1599. Su padre era arquitecto, pero no se conoce nada sobre su obra. Siendo muy joven Francesco se traslad� a Mil�n para trabajar como cantero hacia 1608 y permaneci� en esa ciudad hasta 1614 en que se traslad� a Roma, donde fue acogido por Carlo Maderna, compatriota suyo y pariente por parte de madre, emple�ndolo en los trabajos de la construcci�n de la bas�lica de San Pedro. Durante algunos a�os Borromini fue s�lo un humilde tallador de m�rmoles, si bien junto a Maderna, desempe�� algunos cargos de mayor importancia. Al morir Maderna en 1629, le sucede Bernini en la direcci�n de las obras de San Pedro y rapidamente comienza una fuerte rivalidad entre ambos. Su primer trabajo independiente fue el convento para los Padres Descalzos de la Orden de los Trinitarios, en Quattro Fontane, el convento y el claustro son de 1635, la iglesia se termina cuatro a�os m�s tarde. Sin embargo la realizaci�n de las fachadas deber�n esperar hasta 1660 para el inicio de la construcci�n de la fachada del convento que ser� terminada en 1665, y entre 1665 y 1667 se concluye la de la iglesia, conocida como San Carlo alle Quattro Fontane. De este modo la �ltima de sus grandes obras fue la conclusi�n de la primera. Entre las distintas etapas de San Carlos, realiz� el oratorio, la biblioteca y el convento de los Filipenses, encargo que recibi� en 1637 y ser�a otra de sus m�s importantes realizaciones.
Con el fallecimiento del Papa Urbano VIII, la suerte de Bernini, su gran rival, sufri� un repentino eclipse, pasando a ser Borromini el arquitecto m�s solicitado en Roma. Este fue su per�odo de mayor actividad; realiza la reconstrucci�n de la bas�lica de San Juan de Letr�n, la primera iglesia cristiana de Roma, mandada a construir por el emperador Constantino en el a�o 313. Borromini concluye esta restauraci�n en 1649. Este brillante trabajo, transform� en barroco el primer espacio de culto paleocristiano, circunstancia que hoy lamentamos, a la luz de los actuales criterios de conservaci�n del patrimonio hist�rico, pero que en su �poca no se ten�an en cuenta. El papa Inocencio X s�lo exigi� que se respetara, "en la medida de lo posible", la estructura basilical original del edificio y las condiciones de iluminaci�n de la nave, limitaciones que, en su momento, constituyeron todo un avance conservacionista frente a la pr�ctica m�s general de demoler monumentos del pasado, por importantes que fueran, para erigir en su lugar uno nuevo m�s imponente y moderno; tal el caso, por ejemplo, de la primitiva bas�lica de San Pedro en el Vaticano, cronol�gicamente la segunda iglesia cristiana de Roma, construida pocos a�os despu�s de la de Letr�n. Tambi�n entre 1642 y 1650 realiza su obra m�s compleja y audaz en su concepci�n: la iglesia de Sant'Ivo alla Sapienza. Algo posterior es la inacabada iglesia de Santa Mar�a dei Sette Dolori, realizada para la congregaci�n de los hermanos Agustinos. En este per�odo de plena madurez creativa tambi�n realiz� trabajos en el palacio Carpegna, en el palacio de Espa�a y en el palacio Pamphili de plaza Navona, todos en Roma. En 1653 dirige los trabajos de la iglesia de Sant'Agnese, en plaza Navona, que hab�an sido comenzados por Girolamo y Carlo Rainaldi; al morir el papa Inocencio X, la construcci�n es interrumpida y, a partir de ese momento, se imponen en el ambiente romano los adversarios de Borromini y, en 1657, se lo despide de la obra. A fines de 1646 se le hab�a encargado el proyecto del Colegio de Propaganda Fide, cuya construcci�n se inicia en 1652 y se concluye reci�n en 1666. De otro importante proyecto, la remodelaci�n del exterior de la iglesia de Sant'Andrea delle Fratte, s�lo se ejecuta entre 1653 y 1657 el campanario y el revestimiento de la c�pula.
La vida del artista fue inquieta y atormentada. El "furor" que, seg�n G. C. Argan, impregna sus obras, tiene su origen en un car�cter irascible y violento. Dice Argan: "Borromini es un fan�tico de su arte, desbordado por la sed de perfecci�n, celoso de sus dibujos, atormentado por el temor de que una ejecuci�n imperfecta disminuya o destruya la calidad extremadamente sutil de la idea... ". Su tr�gico final pone de manifiesto toda su angustiada personalidad. En 1667 enferm� y, atormentado por la fiebre y el insomnio, el primero de agosto por la tarde escribe su testamento, se acuesta y, no pudiendo conciliar el sue�o, pide una luz a su criado. �ste, obedeciendo las �rdenes del m�dico, se la niega; Borromini, en un acceso de rabia, se hiere con su espada, falleciendo al d�a siguiente.
Baldinucci, contempor�neo de Borromini, ha dejado un retrato de quien, junto con Bernini, ha sido el m�s original y discutido arquitecto del siglo XVII, que no deja dudas sobre su personalidad: «Fue Francesco Borromini hombre de gran y bello aspecto, de gruesos y robustos miembros, de fuerte �nimo, de altas y nobles ideas. Fue sobrio en el comer y vivi� castamente. Estim� mucho su arte, por amor al cual no escatim� esfuerzos; a fin de que sus proyectos alcanzaran entera pulcritud, los hac�a de cera, y a veces de tierra, con las propias manos. Al amor a las artes a�ad�a tambi�n no poco sentimiento y celo, en lo que a la propia estima y reputaci�n se refer�a; por ello no quiso de ordinario obras que no tuviesen jam�s grandeza, como templos, palacios o similares. No suscribi� nunca medidas tomadas por mano de sus j�venes, diciendo no convenir al arquitecto otro hacer que dibujar y ordenar, y procurar que todo fuese bien ejecutado. Movido por el mismo sentimiento, no quiso nunca entrometerse en tratos o intereses de los maestros de obras y con los patrones de las f�bricas. No fue nunca posible hacerle dibujar en competencia con alg�n otro art�fice y una vez dio una constante negativa a un Cardenal de gran m�rito, que le persuad�a de hacerlo en asunto que deb�a servir para las f�bricas del Louvre en Francia; replicando que los dibujos eran sus propios hijos: y no quer�a que fueran mendicando la loa por el mundo, con peligro de no tenerla, como a veces ve�a a los de los otros acaecer. Pocos d�as antes de su muerte entreg� a las llamas todos aquellos dibujos que �l ten�a destinados al tallado y no hab�a podido ejecutar: y esto hizo por temor, que los mismos no cayeran en manos de sus contrarios, los cuales o los deseasen adem�s de los suyos propios o los modificasen. No fue de ning�n modo vencido por el deseo de bienes, los cuales tienen por objeto la gloria; por lo que por la mayor�a de sus dibujos, modelos y asistencias, de no ser Pontificios, no quer�a tomar dinero, a fin, como �l dec�a, de poder obrar a su modo; incluso de los mismos Pontificios tom� s�lo aquello que le fue dado, sin pedir cosa alguna.».
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