"Insulae" - Reconstrucci�n
Ostia, Italia; mediados del s.II d.C.
La cultura y econom�a rurales de los or�genes romanos se vi� profundamente transformada durante siglos de guerras y conquistas. Las Guerras P�nicas, la cont�nua movilizaci�n de los campesinos para integrar el ej�rcito y una transformaci�n agraria que substituy� el cultivo en peque�a escala de los campesinos autosubsistentes por una agricultura en gran escala de latifundios trabajados por esclavos y/o arrendatarios, tuvieron como consecuencia una emigraci�n en masa del campo a las ciudades. Al volver de la guerra los campesinos encuentran las tierras ocupadas por cultivos en escala comercial hechos en estas grandes propiedades; en el campo ya no hay lugar para ellos y deben emigrar a la ciudad, donde muy pocos encontrar�n un medio de vida digno.
La ciudad superpoblada, con la mayor parte de su poblaci�n sin trabajo, viviendo de la distribuci�n del saqueo de los pueblos consquistados, deb�a desarrollar una forma de dar habitaci�n a estos romanos pobres. As� surge la Insula (Insulae en lat�n), edificios de cuatro o m�s pisos, en los que se acumulaban habitaciones estrechas, mal iluminadas, sin provisi�n de agua ni servicios sanitarios, donde se hacinaban muchas familias. El agua la obten�an de las fuentes p�blicas alimentadas por los acueductos; las termas y las letrinas p�blicas (o bacinillas vaciadas en la calle por las ventanas) suplian al falta de sanitarios. A nivel de la calle, la insula ten�a negocios y tabernas muy frecuentadas.
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Ruinas de una Insulae; a pesar de su pobre condici�n sus paredes pod�an estar decoradas con frescos como se aprecia en la foto de la derecha.
En estos edificios proliferaban las infecciones y enfermedades, debido a sus escasas condiciones de higiene. Por otra parte, la construcci�n era de mala calidad, por lo general se usaba el ladrillo crudo (adobe) y era abundante el uso de madera, por lo que eran frecuentes tanto los derrumbes, provocados por temblores de tierra o por un exceso de pisos altos que superaba las posibilidades t�cnicas de la construcci�n, como los incendios, que cobraban numerosas v�ctimas, provocados por el uso de l�mparas de aceite para iluminaci�n y braseros de carb�n para caldear los ambientes.
Numerosos escritores de la �poca criticaban duramente este tipo de edificios y las condiciones de vida que provocaba el hacinamiento y la superpoblaci�n de la ciudad. Juvenal escribe: «...incluso en el nido m�s triste se vive mejor que aqu�, en el ajetreo febril de la capital, con sus mil peligros, los derrumbamientos de casas y los incendios.»