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Anecdotario Astronómico |
Después de tantas noches de observación
y muchas otras de frío, son muchas las anécdotas acumuladas que
me han sucedido observando el cielo, mirando las estrellas. Aparte del frío,
la lluvia y el viento, también he vivido experiencias de lo más
curioso. Aquí os contaré algunas de las que considero más
interesantes. Lo más normal es que padezcas frío y todas las inclemencias
meteorológicas, con esto ya cuentas, pero no con otras circunstancias
que súbitamente te puedan surgir.
La noche del 18 de agosto de 1994, decidí hacer unas observaciones en
el Plà de la Calma junto a un grupo de amigos y compañeros de
trabajo, en total nos reunimos doce personas. Llegamos al lugar alrededor de
las 8 de la noche, como era en el mes de agosto, no había todavía
problemas de luz. Aparcamos los vehículos e instalamos un par de mesas
para preparar la cena.
Con la mesa ya montada, entre todos reunimos unos cuantos bocadillos, embutidos,
tortillas de patatas, y una buena bota de vino tinto más galletas, postres
y vino dulce, en fin toda una cena astronómica.
Hacia las nueve, oímos gritar a uno de los dos niños que venían
con nosotros y que jugaban por entre los matorrales que en aquella zona acostumbre
a haber. Nosotros, enfrascados en la cena no les hacíamos demasiado caso
ya que como es lógico, nos encontrábamos en pleno ágape.
De repente, se acercan los niños corriendo hacia nosotros advirtiéndonos
de que muy cerca nuestro había visto un "bicho" un "animal".
Después de mucho insistir, dos o tres del grupo nos levantamos u nos
dirigimos hacia donde ellos señalaban. Cual no sería nuestra sorpresa,
cuando efectivamente, comprobamos que los niños tenía razón,
un enorme jabalí se había acercado a a la olor de tanto condumio.
Nuestra sorpresa fue mayúscula, y el susto todavía mayor, dimos
la voz de alarma y en un santiamén, todo el mundo se escondió
en sus respectivos coches por si las moscas.
Yo cogí una silla de camping y como si fuera un domador de leones, me
dirigí hacia el animal que de momento no hacía nada, él
me miraba, yo no le quitaba el ojo de encima. Como no se iba, decidí
entonces echarle alguna cosa para comer, chorizo, longaniza, tortilla, pan,
en fin se lo comió todo. Cuando ya se acabó todas las sobras,
y faltando tan solo darle un traguito de vino, el jabalí lleno y satisfecho
se marchó sin decir ni pío.
El 17 de agosto de 1988 me reuní con un numeroso grupo de gente joven
pertenecientes a la colla castellera de Granollers. El lugar de observación
a sugerencia de un compañero de trabajo fue El Brull, en el Montseny,
lugar realmente bonito y que vale la pena visitar. Hacia las 8 de la noche ya
nos habíamos reunidos todos, para hacerles una primera broma, my amigo
y yo recibimos al grupo disfrazados de magos, con túnicas llenas de estrellitas,
barita mágica y un sombrero de cucurucho con más estrellitas.
Los asistentes debieron quedar anonadados al vernos, tanto que salimos fotografiados
en la revista de los "castellers". Después de las presentaciones
y de la cena, empezamos la sesión astronómica. La noche no era
propicia, ya que por encima de nuestras cabezas andaba una tenue capa de nubes
delgadas que hacía la observación imposible. Para aprovechar la
noche, senté a la gente alrededor mío y les hablé del cielo,
de las constelaciones, de galaxias, estrellas, agujeros negros, en fin un poco
de todo.
Las horas iban pasando, hacia las dos de la madrugada, sentimos un ruido extraño,
como un silbido repetitivo y corto. Todos nos callamos, ¿que sería
aquello?. De repente, nos percatamos que son los aspersores del campo de golf
del Muntanyá que habían entrado en funcionamiento automáticamente
a aquella hora. Nos habíamos instalado al lado justo de la valla que
marca el campo de golf. El agua comenzó a salir dirigida hacia todos
lados, nosotros estábamos en su punto de mira. Corrí hacia el
telescopio, lo cogí como pude y me alejé corriendo de la zona
de influencia de aquel maldito aspersor. Un coche que había por allí
muy cerca, no tuvo la misma suerte, tenía las ventanas abiertas y el
chorro de agua entró por un lado y salió por el otro, mojando
cuanto encontró en su camino. Las carcajadas fueron muy abundantes y
sonoras.
La noche del 25 de mayo de 2001, mientras observaba solo en el mismo lugar (Plà
de la Calma), hacia las 3 de la mañana, y con un ojo puesto en el ocular,
de repente siento no demasiado lejos de mí un ruido. Aparto el ojo del
ocular y miro, no hay nada. Continuo observando y cuando me dirijo hacia el
coche para buscar material, me salió volando de unos matorrales un enorme
ave. Un búho o mochuelo creo que debió ser, pero con la oscuridad
me pareció muy, pero que muy grande, la alas abiertas y la oscuridad,
le daban el aspecto de un enorme vampiro que me venía a buscar y llevarme
volando hacia no se que lugar. El susto fue muy grande como os podéis
imaginar.
El Montseny, como ya sabéis, es un macizo montañoso declarado
parque natural, la fauna está protegida y la cantidad de animales en
aquel lugar es muy numerosa, pero difícil de ver.
Cuando llueve la humedad hace salir a la superficie una interesante salamandra
de intensos colores amarillo y negro. Una noche, también, mientras observaba,
enfoqué la luz frontal hacia mis pies y cual fue mi sorpresa, cuando
vi alrededor mío un montón de salamandras, todas ellas interesadas
por aquel individuo que seguramente estaba invadiendo su territorio. Después
de enfocarlas con la linterna, se fueron tranquilamente sin inmutarse.
Hace pocos días, el 5 de noviembre de 2002, de nuevo en el Turó
de l'Home, eran las 10 de la noche y me encontraba tomando unas fotografías
de un cúmulo estelar. Tenía algo de gana y saqué un bocadillo
de mortadela (a mí me encanta la mortadela). Al poco tiempo de comenzar
a comer aquel apetitoso bocadillo, siento una pisadas rápidas que se
acercan hacia el lugar donde me encontraba, yo me asusté, enfoqué
la linterna y que os podéis imaginar que era... pues sencillamente, otro
jabalí que al olor de aquel sabroso bocadillo se acercó a husmear.
Esta vez no sé quien se asustó más, si el pobre animal
o yo, el caso es que salió pitando, supongo que al verme con la luz en
la frente, debió pensar que era yo el bicho raro. Después del
suceso, cogí mi bastón de montaña por si acaso, dejándolo
bien cerca de mí. La noche continuó con toda normalidad, yo por
si las moscas de vez en cuando miraba de reojo.
Astronómicamente vuestros.
Armand Oliva