El ignoraba que su vida cambiaría pronto. Quitar unos clavos de una ventana
condenada no parecía algo realmente importante. Si el hubiese sabido que
al hacerlo encontraría la felicidad, tal vez no hubiese procedido,
pero no lo sabía, así que cualquier suposición acerca de lo contrario es
superflua y entretenida, irrelevante pero recurrente.
Un mes antes él había alquilado una habitación en el cuarto piso de un
edificio, que quedaba en una calle, para él, sin nombre. Le era
indiferente si su nueva morada quedaba en un segundo piso o en un veintavo.
La dirección no era relevante, no pensaba recibir visitas. Entregado a
su trabajo, por costumbre más que por gusto, poco pensaba en cosas que no
hicieran parte de sus obligaciones. Incluso, vivir parecía una obligación para
él. Sus días comenzaban a las seis de la mañana y terminaban a las diez de la
noche, tan rutinarios y corrientes, que no se merecen una descripción detallada.
Cuando logró desprender el primer clavo, pensó que averiguar lo que estaba
del otro lado sería más bien fácil, bastaba con quitar los dos clavos de una de
las cuatro tablas que clausuraban la ventana. Las tablas estaban bien pulidas
y tan cuidadosamente colocadas, que no era posible prever si detrás de ellas se
encontraría la luz del sol ó nidos de insectos. Eran las siete de la noche,
y como no tenía nada más interesante que hacer, decidió alargar innecesariamente
la tarea para malgastar un poco de tiempo. Pensó que podía hacerlo con los
ojos cerrados, pero tampoco tenía tanto tiempo disponible ni estaba dispuesto
a aceptar los peligros de esta elección, por lo que optó por permanecer lo más
cerca posible de la segunda tabla, con su nariz pegada a ella, como si la
estuviera sosteniendo. Esto le permitió ejercitar su visión periférica
mientras retiraba las demás tablas, no sin maltratar sus músculos faltos de
uso con una posición tan incómoda. Cuando sólo faltaba un clavo por retirar,
el que sostenía la segunda tabla, a su derecha, calculó que todavía era
temprano, por lo que decidió desprender la primera mitad de su extensión con
el martillo y la otra mitad con los dientes. Cuando lo logró, ya había
aprendido a tolerar el dolor, y el sufrimiento de sus encías fue compensado con
el alivio de su nariz. Cerró sus ojos y retiró la última tabla,
símbolo de su superioridad sobre las ventanas clausuradas. Decidió esperar
un poco más, y en frente de la ventana, intentó poner su mente en blanco,
intentó no pensar en esperas ni en expectativas. Lo logró, y se quedó
dormido de pie, con el clavo todavía en su boca. Después de una hora, sonámbulo
por primera vez, se desplazó hasta su cama, en donde yació hasta las seis de
la mañana.
Cuando despertó, se vistió rápidamente y se fue a trabajar, sin pensar
demasiado, como era habitual. Sólo en la noche, cuando se encontró a sí mismo
frente a la puerta
de su habitación, recordó que ya no existía una ventana condenada, sino una
ventana por la cual mirar, si es que realmente había una ventana. Tal vez
las tablas ocultaban el antiguo hogar de una caja fuerte. Sintió --o más
bien recordó-- que le dolían las encías, así que el ritual de las tablas no
había sido un sueño. Entró con los ojos cerrados. No tenía muchas cosas,
tropezarse con algo no era una posibilidad. Encendió la luz a tientas, y
caminó a paso de tortuga hasta la ventana, cuando supo que estaba en frente,
contó regresivamente. Diez, nueve, ocho, ..., dos, uno, cero. Llenó sus
pulmones de aire, lentamente, para luego abrir sus ojos a toda velocidad,
dejando escapar un poco de aire instintivamente. Vio un vidrio, detrás del
cual había una cortina de color verde oscuro, con un tramado de diamantes
de color verde claro, cada uno de los cuales tenía el tamaño de un puño.
Las preguntas obvias no cruzaron por su mente, que estaba nublada por
la desilusión de haber exhumado una ventana que parecía ser también la
ventana de otra persona. ¿Por qué había una cortina al otro lado de una
ventana clausurada?, tal vez para ocultar las tablas, tal vez la habían
colocado en el transcurso del día. ¿Por qué estaba limpia la ventana?,
tal vez había sido limpiada por alguien, tal vez había sido sellada unos
días antes de que él llegara. Se hicieron las diez y se quedó dormido.
Cuando despertó, a las seis de la mañana, un poco aturdido, quiso comprobar
de nuevo que lo que estaba viviendo no era un sueño y giró rápidamente
su cabeza en dirección a la ventana. Alcanzó a ver que la cortina estaba apenas
tomando su posición de reposo. Alguien lo había estado observando.
Terminó de vestirse. Antes de salir, miró en dirección a la ventana. Ya no
estaba la cortina, se acercó muy despacio, y mientras lo hacía, ella se
acercaba en dirección contraria, se detuvieron muy cerca del vidrio, se
miraron fijamente. Sus dedos índices copiaron el encuentro, hasta que sus
yemas solo estuvieron separadas por el vidrio de medio centímetro de espesor,
a la altura de los hombros. Mientras sus ojos se exploraban mutuamente,
sus yemas se pasearon por el vidrio sin alejarse demasiado del punto inicial,
como si tuvieran vida propia y algo que contarse ... al rato, sus yemas se
detuvieron de forma que cada uno señalaba los labios del otro. Sus dedos
se separaron del vidrio simultáneamente y ellos caminaron de espaldas,
sin dejar de mirarse hasta que salieron de sus respectivas habitaciones.
Al rato sus miradas se encontraron de nuevo, separadas por una avenida
de cuatro carriles que fluía en un solo sentido. Caminaron, entre algunas
personas, hasta que solo un metro los separaba. Siguieron caminando,
formando un círculo que pronto se convertiría en un punto. Cambiaron
algunas luces, rojo, amarillo, verde, y algunos carros comenzaron a fluir
por la avenida. Ellos estaban en medio de un rectángulo definido por las
líneas que demarcan un paso peatonal, las luces cambiaron, y algunos
carros se detuvieron a esperar un nuevo cambio de luces. En cada cambio de
luces, algunas manos se asomaban por la ventanilla de un carro, ya que los
tripulantes creían que estaban presenciando algún tipo de espectáculo
callejero, una especie monótona de tango, y como nadie recibía el dinero
que ofrecían, lo dejaban caer al lado de la pareja.
Un policía que estaba cerca estuvo a punto de interrumpirlos, pero notó
que el espectáculo podía ser lucrativo por lo que decidió esperar la
oportunidad de negociar una comisión más jugosa. En los andenes comenzaron
a aglutinarse grupos de espectadores, que discutían en comités improvisados
las razones por las que se debería interrumpir o permitir el espectáculo.
Un payaso que vendía globos se distrajo, los globos se escaparon.
Se acercaron, se tocaron,
se besaron sin abrir los labios. Sus corazones latían a un ritmo acelerado,
y aun así, sus latidos se sincronizaron. Todo para ellos ocurría al tiempo,
decir "ellos" implica una separación y por lo tanto, una contradicción.
Incluso veían lo mismo, miraban los ojos del otro y en ellos se veían
reflejados. Dejaron de respirar, de sentir, sus corazones dejaron de
latir al tiempo. Se diluyeron en el universo que aun los contiene. una pareja
sin nombres, conoce la felicidad.
Copyright (C) 2003 Nelson Castillo.
Bogotá, Junio 3 de 2003.
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