|
Jugar con moscas es muy divertido. Comer con ellas lo es más. En mi caso, dejo de ser una ostra para cazarlas con la palma de la mano y alejarlas de mi comida. Cuando alguna cae al plato de sopa caliente y no sobrevive, usualmente la hago parte de mi. Cuando el hambre se acaba, les dejo un poco servido y soy algo negligente cuando de lavar los platos se trata. Cuando llega la hora de lavarlos, es importante botar todo al cesto de basura antes del agua para brindarle un hogar lleno de abundancia a la descendencia.
La población inicial es lo más importante, más por razones estéticas y de satisfacción personal que por razones prácticas. Hay una fórmula que he aplicado con éxito antes. Se sacan al patio las bolsas de basura llenas de deshechos orgánicos (incluyendo carne cruda) y no se cierran por completo. Se colocan cerca de la puerta a merced de la lluvia y el sol. La selección natural hace su trabajo. Uno se olvida del asunto y en algunos días los gusanillos indefensos pasan por debajo de la puerta y se esconden en algún lado. En algún momento al barrer uno encuentra una que otra pupa brillante con apariencia de habano. Hay que cuidarlas y esperar. Si todo sale bien las criaturas verdes, grandes y jugosas aparecen. No hay que estar solo.
Bogotá
Junio de 2005.
|