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No siempre he vivido en las sombras, con ropa negra, hablando bajito,
con miedo de ser reconocido. Espero que nunca me encuentren, pero sé
que me están buscando y creo en la fatalidad de los adagios populares.
Hace un año mi nombre era Ernesto. Eran otros los tiempos aquellos
en los que caminaba sin miedos por las calles de Valledupar. Algunas
veces esas calles estaban tan limpias, que me sentía en casa ajena.
Pero ese no es el punto. Para comenzar a tratar el asunto que hoy nos
tiene aquí reunidos, permítame contarle que fue en una librería que
la conocí. No es usual que las muñecas hablen, y confieso que detesto
las barbies inertes y faranduleras. Pero ella era diferente, de tres
centímetros de largo, con cabello negro, piel canela y una mirada
sincera. Nada que ver con aquellas que estoy cansado de ver. Cuando me
hablaba, iba al punto, cosa que realmente me agradó. Pensé que podría
lucir bien en el escaparate, al lado de la crema de afeitar, y la
compré.
Ahí la veía todas las mañanas, hola, hola, ¿te vas?, si, ¿volverás?,
claro, y la volvía a ver en las noches, al lado del cepillo de
dientes. Ahí se la pasaba, leyendo, pensando, y no sé que otras cosas
hacía en el día. La verdad, no me importaba. Una mañana me dijo que me
extrañaba mucho y que los días era muy largos sin mi. Entonces comencé
a cargarla en el bolsillo de la camisa. La verdad, también me hacía
algo de falta.
Pasaron los meses y una vez me dijo "te quiero". Poco acostumbrado
a escuchar palabras mágicas, no le presté mucha atención, pero me
preocupó un poco. Ya no era lo mismo, sentía que esperaba algo de
mi. Traté de dejarla otra vez en el escaparate, pero ya estaba
acostumbrado a su compañía, se había convertido en un mal necesario.
Un día me celó. Mi quijada se descolgó ante el estímulo visual
producido por unas caderas descomunales que se meneaban, y sentí un
mordisco en la tetilla, el primero de muchos llamados de atención de
una muñeca celosa.
Hablé con ella, le conté que físicamente me era imposible corresponder
a sus sentimientos, argumento fácilmente demostrable sin necesidad de
prescindir de la física elemental.
Entonces me enseñó un mundo desconocido. Me contó que soñaba conmigo
y las cosas que hacíamos, y me invitó a entrar en su mundo oscuro de
fantasías posibles y placeres intangibles. Me negué, pero esa noche
soñé con ella por primera vez y era sólo 5 centímetros más baja que
yo. Ya no lo podía controlar.
Asustado, seguí soñando con ella por miedo y sin ganas, pensando
que si pudo hacerme soñar lo que quería, probablemente tendría el
poder de hacerme algo peor. Me gané su confianza y me explicó un poco
de su magia, y me reveló el dato que necesitaba: no podría ejercer
influencia alguna sobre mi a más de 200 metros de distancia.
Un día fuimos al parque y le conté la verdad, que se había convertido
en una muñeca cansona que andaba detrás de mi, y que no quería hacer
parte de sus juegos de muñecas. Sus ojos se aguaron y quedó frágil
como el vidrio. Le dí una patada en el culo y voló en mil pedazos.
Un avión, un año, un nuevo vecindario, menos amistades presenciales
y más amistades telefónicas. Pero todavía no duermo tranquilo. Nunca
me reveló por completo los secretos de su magia, tal vez porque yo no
podría comprenderlos todos. Vivo más tranquilo, pero las cosas nunca
serán iguales. Cada día primo del mes, me despierto agitado y lleno
de sudor, con miedo de abrir los ojos, con miedo de que mi pesadilla
se haga real. No sabe lo perdido que estaría este hombre si cada uno
de los pedazos que volaron se convierte en muñeca. Ya es de noche,
parece que las calles están solas. Espero que olvide, o mejor que
siempre recuerde que si le preguntan, aquí no estuvo Martín.
Bogotá
Octubre 11 de 2005.
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