LLAMADA A LA MISIÓN
Madrid, 13 de noviembre de2004
Por
D Ignacio Sánchez
Cámara
Catedrático de Filosofía del Derecho. Universidad de A. Coruña
Cristianismo y cultura moderna. Las dificultades de la difusión del mensaje cristiano en un ambiente cultural hostil.
Todo
cristiano, por expreso mandato evangélico, se encuentra obligado a dar
testimonio de su fe y a difundirla por todo el mundo. Por supuesto, esta
obligación compete también, y en igual medida, a los laicos. El objetivo de
esta Ponencia consiste en la reflexión sobre los medios y fines del
cumplimiento de esta vocación de misión en la España actual. Las siguientes reflexiones tienen como trasfondo inevitable la situación de nuestra Nación y el
espíritu, los principios y valores de la cultura contemporánea. La difusión del
mensaje cristiano se enfrenta a la dificultades que opone un ambiente cultural
hostil. Aunque las raíces de la Modernidad son cristianas, la evolución de la
cultura
contemporánea ha entrañado un alejamiento de los principios cristianos
que ha llegado en nuestros días a una forma de abierta hostilidad. En las
últimas décadas este proceso se ha ido abriendo paso en España hasta el extremo
de que no es exagerado hablar de la “descristianización” de la sociedad
española. Una evidente manifestación de este proceso es la actitud del actual
Gobierno hacia la Iglesia Católica y el anuncio de un conjunto de medidas
legislativas que se oponen no sólo a las creencias morales vigentes en nuestra
sociedad sino que chocan además con algunos principios jurídicos básicos de
nuestra tradición legal, en materia de matrimonio, familia o respeto a la vida.
Ante este estado de cosas, abundan los católicos españoles que se sienten
agredidos por el Gobierno en sus convicciones más íntimas y profundas. Las
formas de vida, las aspiraciones y valores, que se nos ofrecen como modelos
chocan cada vez de forma más contundente con la religión y la moral católicas.
Es muy probable que el diagnóstico apocalíptico sea exagerado, que sea más el
ruido perceptible en los medios de comunicación que la fuerza de su vigencia en
la sociedad. Pero incluso descontando este hecho, lo cierto es que la presencia
de la religión en la vida social, especialmente entre los jóvenes, resulta
decreciente y alarmante. Mas no se trata de un fenómeno más o menos inevitable
o espontáneo sino del resultado de la deliberada exclusión del sentido
religioso y de la presencia de Dios en la vida pública. Lo religioso, según la
corrección política dominante, debería recluirse a las catacumbas de la vida
privada, y cualquier exhibición pública de creencias religiosas suele ser
imputada a la ignorancia, a la superstición o al dogmatismo intolerante.
Probablemente haya que retroceder hasta los orígenes del cristianismo en un
ambiente pagano hostil para encontrar una situación semejante en la historia
europea. Se trata de una exclusión de lo religioso del ámbito del espacio
público, para la que no se escatiman, no ya la justificable crítica razonada
sino la caricatura y la falsedad. Por decirlo así, vivimos una situación en la
que se pretende imponer una jerarquía de valores equivocada, en la que lo
inferior trata de prevalecer sobre lo superior cuando no de establecer una
injusta nivelación que niega toda jerarquía. Muchas veces esta impostura se
pretende imponer bajo la cobertura de elevados valores, como la autenticidad,
la autonomía personal o la libertad, que carecen de sentido si se niega la
objetividad de la verdad y del bien. Tienden a imponerse así el individualismo
egoísta, el materialismo, el relativismo moral, el cientificismo y el
utilitarismo. Y a la vez que se destruyen los fundamentos de la justicia, la
libertad, la dignidad, la fraternidad y la solidaridad, cunde el lamento por la
pérdida de unos valores cuyos pilares nos obstinamos en quebrantar. Queda así
poco más que la satisfacción de las inclinaciones subjetivas y pasajeras sin
más límite, y eso cuando se establece, que el deber de no causar daño a otros.
La idea de una moral personal, más allá de las convicciones mayoritarias o
dominantes, o la de la existencia de deberes del hombre para consigo mismo,
resulta ininteligible o es recibida con sonrisas desdeñosas. No se trata sólo
de una cultura hostil al cristianismo sino a toda forma de espiritualidad y aún
de verdadera cultura superior.
No significa
esto que los católicos debamos acogernos a una especia de “cultura de la
queja”. Buena parte de los males diagnosticados bien podrían sernos imputados.
Pero este hecho no impide el reconocimiento de que, por unas razones u otras, vivamos
en un ambiente cultural y social hostil al cristianismo, y de que lo cristiano
apenas ocupa lugar relevante en la realidad política y cultural, ni en la
mayoría de los medios de comunicación, ni influya en la legislación ni en las
instituciones. En suma, existe un abismo entre la fe cristiana y la cultura
dominante (otra cosa es quizá la vigencia de los valores cristianos en lo que
Unamuno llamó la “intrahistoria”). A esto cabría añadir la dispersión que
exhibe el mundo católico y la falta de una unidad coherente de vida y de
acción.
Ante este estado de cosas el reto para los profesionales cristianos consiste en la evangelización del ambiente social en el que vivimos y en contribuir a propagar no una mera moral sino una forma religiosa de vida. No puede convertir a los demás quien previamente no se ha convertido en su propia raíz personal. Y esto conduce inevitablemente a la pregunta por la esencia del ser cristiano. Es cristiano quien acepta la verdad de lo que Jesús proclamó: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Es decir, quien es discípulo de Cristo. Pero Cristo no anunció un mero mensaje moral ni menos un programa de reforma política y social, sino un mensaje de salvación, de Vida Eterna, a través del cumplimiento del único mandato del amor. Esta fe en Cristo y su mensaje de salvación entraña una nueva cultura y unan nueva forma de vida. El mensaje cristiano no pierde vigencia mientras no faltan o escasean los verdaderos cristianos.
Juan Pablo II ha descrito las consecuencias culturales y sociales del rechazo de la Encarnación en un reciente mensaje: “Cuando se excluye o se niega a Cristo se reduce nuestra visión del sentido de la existencia humana, la esperanza da paso a la desesperación y la alegría a la depresión... Se produce también una profunda desconfianza en la razón y en la capacidad humana de captar la verdad, e incluso se pone en tela de juicio el concepto mismo de verdad... Ya no se aprecia ni se ama la vida; por eso avanza una cierta cultura de la muerte con sus amargos frutos, el aborto y la eutanasia. No se valora ni se ama correctamente el cuerpo y la sexualidad humana; ni siquiera se valora la creación misma, y el fantasma del egoísmo destructor se percibe en el abuso y en la explotación del medio ambiente” (Mensaje al Capítulo General de la Orden de Predicadores. Julio 2001). El problema consiste en cómo comunicar la fe en Dios en un mundo alejado de Dios.
La ejemplaridad. El valor educativo de los modelos.
No existe otra forma de enseñar una forma de vida sino a través del ejemplo. La educación, y la evangelización es una forma de educación, no es posible sin la ejemplaridad. No puede extrañar que se produzcan erosiones en la difusión del mensaje evangélico como consecuencia de la falta de coherencia y ejemplaridad de quienes lo difunden y enseñan. Una cosa es la verdad de la fe y otra la coherencia de las personas. La primera no depende en sí misma de la segunda. Pero no es posible la evangelización sin la profunda coherencia entre fe y vida de quienes la emprenden. No cabe duda de que los cristianos tenemos una seria responsabilidad en este proceso de alejamiento de Dios. Pero la responsabilidad rebasa los límites de la falta de coherencia entre la fe profesada y la vida. Existe otra forma de incoherencia y de falta de ejemplaridad vinculada a la adulteración de la naturaleza del mensaje. Esta adulteración se produce, por ejemplo, cuando se reduce la fe a mera moral, a puro proyecto de transformación social o política o, incluso, a medio de obtener felicidad o consuelo ante las adversidades de la vida. Si la persona del cristiano no ha sido transformada por el encuentro con Cristo, es imposible la ejemplaridad inherente al apostolado. Por decirlo así, la misión del cristiano consiste en ser cristiano. No hay otra forma de apostolado. No se trata de una doctrina que haya que enseñar sino de una vida que hay que vivir y, al vivirla, difundir. Sólo quien ha conocido a Jesucristo y ha sido transformado por ese encuentro puede dar razón de la esperanza cristiana.
Nada de esto entraña la negación de la relevancia de la formación teológica, filosófica, científica, sociológica y, en general, integral de los cristianos y, especialmente, de quienes, por vocación o profesión, están en una situación privilegiada o especial para dar testimonio de su fe. Todo lo contrario. No se puede transformar el mundo sin conocerlo. Buena parte de la responsabilidad del abismo existente entre el cristianismo y la cultura contemporánea incumbe a la falta de conocimiento de los elementos de esta cultura por parte de los cristianos. No siempre se valora correctamente la aportación de la fe al conocimiento racional, ni se entiende que la fe no se opone a la ciencia. El cristiano no tiene por qué vivir acomplejado ante el saber profano. Por el contrario, posee una sabiduría más profunda y compleja que no es incompatible con la ciencia sino que, por el contrario, la amplía y dota de sentido. No se trata de conocer al adversario para combatirlo, sino de mostrar la íntima compatibilidad y armonía entre la fe y la razón. Por lo demás, todo lo que es necesario para la salvación es asequible al más modesto de los entendimientos. La relevancia de la formación reside en la necesidad de entablar un diálogo con la cultura contemporánea que permita, a la vez, criticar y superar sus deficiencias. La sencillez y la humildad no están reñidas con la solidez de los conocimientos.
Un ejemplo, por lo demás importante, puede ilustrar este valor de la formación intelectual de los cristianos. La Iglesia reivindica con toda razón su derecho a enseñar y el mantenimiento de la asignatura de Religión Católica en el ámbito de la escuela pública y privada para todos los alumnos cuyos padres opten por ella. Pero esta justa exigencia debería ir acompañada por un cuidado escrupuloso por la formación de quienes han de impartir esta enseñanza. El respeto social se consigue no sólo mediante el valor de la doctrina que se profesa sino también a través de la formación intelectual y científica de quienes han de enseñarla. Si ha de ser una asignatura con valor y rango académicos, debe ser enseñada con la exigencia que es propia del mundo académico. Por lo demás, adecuarse a la cultura dominante no significa necesariamente adherirse a los valores de esa cultura, sino situarse a su nivel o por encima de él.
Algo parecido cabe afirmar de la utilización de los medios de comunicación. Es evidente que, salvo escasas excepciones, se trata de un ambiente hostil. Cuando imperan la mala fe o la trivialización, el compromiso de los católicos quizá consista en la ausencia de esos programas. No hay obligación de aceptar un debate trucado o parcial, pero tampoco es lícito abdicar de la presencia en los medios. Muchas veces, causa indignación y tristeza contemplar cómo las posiciones más correctas suelen ser mal defendidas. No es poco lo que se va haciendo en este terreno, pero aún es insuficiente. El cristiano ha de confiar en la Providencia y en el Espíritu Santo, mas eso no le exime de la exigencia para consigo mismo. Cuando Pablo empezaba su misión en Corinto y se sentía abrumado por las dificultades, el Señor le habló así: “No temas, Yo estoy contigo, habla y basta, no calles, no te ocurrirá nada, porque en esta ciudad hay un gran pueblo que me pertenece”. Pero el Señor eligió a Pablo; no a cualquiera.
Constituye el primer y más valioso vehículo para la transmisión de la fe. Éste es el ámbito natural y más adecuado para el ejercicio de la misión evangelizadora que corresponde a los fieles laicos. Por eso, en casi nada hay que poner tanto empeño como en la defensa de la institución familiar. Ella es la sede de la educación primera y fundamental. La evangelización depende más que de nada de la supervivencia de las familias cristianas. La familia es la primera institución de la misión evangelizadora.
Es necesario combatir la tentación consistente en sucumbir a una estrategia acomplejada de repliegue. También existe un individualismo religioso que se manifiesta en la búsqueda de la salvación personal. No basta con la fe personal y con el cumplimiento de los Mandamientos. Aunque lo más profundo de la vida cristiana se manifiesta en la relación con Cristo vivida en la intimidad de la conciencia, es necesaria la participación en la vida social y pública, según la capacidad y la posición que cada cristiano tiene en la sociedad. Existen diferentes formas y grados de compromiso, en atención a las diferentes aptitudes, profesiones y vocaciones. No obstante, también caben excesos y formas equivocadas de proselitismo. No es el mismo tipo de evangelización el que compete al padre y al sacerdote, al profesor y a quien escribe o participa en los medios de comunicación. Existe una forma cristiana de vivir y, por lo tanto, de ejercer todas las profesiones, pero no cabe asignar a todas ellas la tarea del proselitismo. Se equivoca quien se comporta como profesor como si su tarea consistiera en adoctrinar a los alumnos en los principios de la fe cristiana.
El cristiano debe dialogar con todos, pero sin complejos ni falsa mala conciencia. La Iglesia, es decir, los cristianos ha cometido errores a lo largo de la historia. Ninguna institución puede resumir de no haberlos cometido. Va implícito en la falible condición humana. Sin embargo, pocas instituciones pueden, como la Iglesia Católica, exhibir una trayectoria tan fecunda y prolongada en el servicio a los pobres, enfermos, y, en general, los marginados y más necesitados. Pese a ello, no ha dejado de pedir perdón por los errores cometidos en el pasado. Y era justo hacerlo. Pero lo que ya no es justo es la pretensión de quienes entienden el perdón como algo que siempre va en la misma dirección. Cuando ella ha sido la víctima, y tantas veces lo ha sido a lo largo de la historia, no es fácil encontrar algún culpable que pida perdón. Algo parecido cabe decir de la frecuente malevolencia en el tratamiento informativo de la labor de la Iglesia. En muchos medios de comunicación, sólo encuentra eco lo poco negativo y no lo mucho positivo. La labor abnegada de millones de religiosos es silenciada y los errores de unos pocos jaleados y elevados a la condición de categoría. Ante esta situación, los católicos debemos huir de dos actitudes opuestas: por un lado, la arrogancia y, por otro, la pusilanimidad y la dejación de la defensa, pues no se trata de la propia justificación sino de la propagación del mensaje de Cristo.
Tampoco debemos acomplejarnos ante la dictadura de la corrección política, del multiculturalismo y del relativismo. Una cosa es el respeto a las demás religiones (y el cumplimientos de las exigencias del ecumenismo) y otra la debilidad o incluso la traición a las propias convicciones. El cristiano debe estar abierto al diálogo de buena fe con todos, pero expresar las creencias, dar testimonio de una verdad eterna y universal, nunca puede ser tildado de dogmatismo ni de intolerancia. Estos nacen de la decisión de imponer por la fuerza las propias opiniones. Por lo demás, el mensaje cristiano irá con frecuencia contra la corriente dominante en el mundo, y una cosa es hablar el lenguaje de la época y adaptar el mensaje a las circunstancias de tiempo y lugar, y otra hacerlo coincidir con la opinión dominante. Aquí, como siempre, el modelo del cristiano no es otro que Cristo.
La pobreza que encarece el Evangelio se refiere al espíritu. Son felices los pobres en el espíritu. Junto a ella, también resulta evidente el obstáculo que representan las riquezas para la vida cristiana, cómo no es posible servir a Dios y al dinero. Y, por supuesto, el imperativo del amor obliga a una opción en favor de los pobres y al combate contra todas las formas de miseria y explotación. No puede haber en esto ni dudas ni tibieza. Como tampoco resulta difícil interpretar el significado de las palabras de Cristo: “Mi Reino no es de este mundo”. Los cristianos estamos obligados a combatir la miseria y a apoyar a los grupos sociales y políticos que hagan de este objetivo el eje de su actuación pública. Pero ni es legítimo reducir el cristianismo a un programa de reforma política y social, ni es prudente dejar de distinguir entre los efectos reales que provocan las ideologías y la retórica que exhiben. Las ciencias sociales nos advierten sobre la frecuencia con la que las conductas humanas producen efectos no deseados por los agentes. Por lo demás, nunca será lícito utilizar medios inmorales para obtener fines dignos.
En este sentido, la Doctrina social de la Iglesia aporta luz para el diagnóstico y tratamiento de los problemas económicos y sociales. Ningún partido político ni ninguna ideología pueden atribuirse con justicia la realización del cristianismo. Pero tampoco puede ser todos evaluados por igual. El cristiano siempre debe optar por aquellos que se asientan sobre la dignidad del hombre y la promueven. La persona humana debe situarse en el centro de la vida económica y social. Tampoco cabe olvidar en este sentido la necesidad de fomentar la creación de la riqueza junto a la justa distribución. Lo primero es, al menos, tan esencial para la justicia como lo segundo. Toda forma de materialismo y de economicismo, así como el individualismo egoísta son incompatibles con la Moral cristiana. Pero conviene advertir que no toda atribución de estas características a las ideologías políticas y a las doctrinas económicas es igualmente acertada. En este terreno, es preferible basarse en las consecuencias que provocan más que en la retórica sobre la que se sustentan. Por lo demás, la mejor manera de transformar las condiciones de vida política, económica y social es a través de la reforma interior de las personas.
La actitud cristiana no consiste en el repudio del mundo y en la pura retirada. El cristiano no puede despreciar la obra del Creador. Existen vocaciones activas y contemplativas. Ambas son igualmente cristianas y necesarias. Cristo combinó los momentos de oración, recogimiento y soledad con los de acción y predicación. Los cristianos debemos estar presentes en el mundo y actuar en él. Esta actuación debe ir presidida por la colaboración con la Jerarquía. La obediencia y la humildad no son incompatibles con la crítica razonable y respetuosa. La Iglesia no es asunto exclusivo de la Jerarquía ni de los sacerdotes. Así consta en la doctrina católica, y muy especialmente en la Exhortación Apostólica de Juan Pablo II sobre los fieles laicos. Para ello es preciso utilizar los cauces y plataformas sociales, las mediaciones y los instrumentos, especialmente los medios de comunicación social, siempre bajo las condiciones de igualdad y juego limpio a que antes hemos hecho referencia. Lo fundamental es el anuncio del Evangelio de Jesucristo, que hay que celebrar no sólo en la liturgia sino también en la vida cotidiana. El cristianismo no puede quedar recluido en la intimidad de la conciencia sino que debe contagiar e impregnar toda la vida social. Y más hoy cuando nos amenaza la “privatización” de la fe y la imposición de unas nuevas catacumbas ideológicas.
Los siguientes son algunos de los objetivos que esta presencia pública debería promover:
¾ Fomentar el sentido religioso de la vida en el espacio público.
¾ Hacer presente la realidad de Dios.
¾ Revalorizar la religión y la función social de la Iglesia.
¾ Promover el compromiso cristiano fuerte.
¾ Perfeccionar el ámbito educativo cristiano: Universidades, escuelas.
¾ Revitalizar las parroquias y demás centros comunitarios.
¾ Integrar la fe en todos los ámbitos de la vida personal de manera que no se trate de un ámbito aislado de los demás.
Esta presencia de los católicos en la vida pública sólo es posible bajo el espíritu de comunión y colaboración entre los grupos eclesiales. Nadie puede aspirar a una especia de exclusivismo de la fe. Se debe ser católico por encima de la pertenencia a grupos, órdenes y organizaciones o movimientos eclesiales. Cristo, y nadie más, es el Camino, la Verdad y la Vida.