ISELLA
CARRERA LAMADRID
AMARTE
PARA SIEMPRE
I
El estaba frente a mi rostro, mirándome a los ojos, como
queriendo capturar en ese instante mi mirada. Yo, yo siempre quise
adivinar de qué vida venía su sonrisa y de que vida
venía él.
El moría por rozar mis labios aquella noche en mi sueño
de turno, mientras el tren recorría la misma ruta que ayer.
De rato en rato despertaba y observaba las estrellas, todo era extrañamente
bello en momentos como ése, sin tiempo.
El era una ciudad escondida entre millones de ceibos con casitas
encantadas en la cima de un bosque, el era una canción triste
de invierno, el era como las doce campanas que tocan en las iglesias,
el era un cuento, el era todo. Èl era la pluma que escribía
mientras dormía, él era aquella fuerza descomunal
que me hacia dibujar corazones cuando tenia una hoja de papel, el
era alguien que nunca dejó de estar en mí.
Tenía los ojos tristes, la mirada limpia, y una sonrisa que
parecía comprenderlo todo.
Sus manos eran tibias y al tocarlas nunca dejaba de volar.
Me tenía abrazada a él durante todo el viaje hacia
Biel. Hacía un año que recorríamos la misma
ruta y las lágrimas eran las mismas cuando llegábamos.
Biel se había convertido en una ciudad a la que nunca quería
regresar, pero él siempre me dio fuerzas para hacerlo. Luego
de horas de permanecer en el lugar al que siempre íbamos,
le pedí que fuéramos a Jungfrau, una de mis colinas
favoritas en el cantón de Berna.
Cuando llegamos a la colina, nos sentamos en la parte más
alta a ver las estrellas, cuántos secretos sabían
ellas del mundo, ellas sabían que ese momento jamás
existiría nuevamente.
No recuerdo cuánto tiempo estuvimos allí, solo recuerdo
haber despertado en la estación de tren (SBB) antes de partir
a Ilanz.
Seguí durmiendo todo el viaje. Cuando duermo suelo soñar
con él, yo me encuentro en un campo grande y todo huele a
jazmín, él me observa de muy lejos y mi corazón
empieza a latir muy rápido, luego de eso, despierto…
y me veo tendida en una cama de hospital al que nunca quiero regresar.
II
Conocí a Erick en México, hace casi dos años.
Todo pasó tan de pronto, como si Dios hubiera querido iluminarme
la vida y sellar todos mis vacíos de un solo golpe.
Viajé a México con mucha ilusión de volver
a ver a mi familia, en Suiza solo vivía con mi tía
Anette, ella me crió desde que mis padres desaparecieron
en un incendio en una textil en Berna.
Estaba muy feliz de estar en México, ellos eran la única
familia que tenía, y estar con ellos era lo más cercano
a ser feliz.
Esa noche salí a visitar la plaza de Monterrey, mis tíos
siempre me habían hablado de lo linda que era. Estaba llena
de aves, y de parejas, en ese momento pensé que me hubiera
gustado estar ahí con el hombre de mi vida.
Mientras iba avanzando a ver más de cerca las aves, empecé
a escuchar una música de fondo.
-Es el bolero de Ravel me dijo.
Cuando volteé él estaba a mi lado y se quedó
inmóvil viéndome, yo sòlo le sonreí.
Luego estuvimos conversando, el llevaba una cámara de fotos
en su cuello, me dijo que venía todas las noches a aquella
plaza a fotografiar a las personas, y a las aves, pero que desde
ese momento solo vendría para fotografiarme a mí.
Fuimos a tomar una café juntos, nunca antes me había
sentido así, él era tan lindo, tan sensible, inteligente,
le conté algo de mí y que sólo estaría
un tiempo en México.
Quedamos en vernos el día siguiente en la misma plaza, y
así fueron los demás días, estábamos
perdidamente enamorados uno del otro, pero era imposible, yo tenía
mi vida hecha en Suiza, y el aquí.
Siempre íbamos a pasear por la ciudad, pero ninguno de los
dos tocaba el tema mas importante, que era que iba a llegar el momento
de separarnos.
Faltaban 5 días para la salida de mi vuelo hacia Suiza, y
él me dijo que tenía algo muy importante que decir,
una sorpresa, al día siguiente.
Pero nunca llegó, me quedé sola en la plaza, esperando
que llegara, hasta cerca de la medianoche, y nunca llegó.
Yo no regrese más, salvo ese día que le pedí
al taxi, estacionarse un momento antes de ir al aeropuerto. Pero
tampoco lo encontré.
III
Cuando llegue a Suiza empecé a sentir el frío de siempre,
un frío de invierno en mi corazón, frío en
las calles de Berna, en los ojos de la gente, en el silencio, en
las nubes.
Llegué a casa y la tía Anette no cabía de felicidad
al verme, sin embargo había notado un poco de tristeza en
mí, pero asumió que era por haber dejado a mis tíos.
Durante esa semana fui a inscribirme a la universidad de Berna para
empezar con mi carrera, siempre quise ser doctora, quería
ser muy buena y estudiar mucho, para que nunca se me escape una
vida.
Desde niña pensé que si mis padres hubieran estado
mejor atendidos, no hubieran muerto y aún estarían
aquí. Por eso mas que nada, quise serlo.
Cada noche me ponía a escribir sobre Erick, llegaba a casa
y solía sentarme junto a la ventana que da al balcón,
esperando que mil emociones me enmudezcan y despertaran mi llanto,
para luego escribir y escribir. Luego salía a ver la noche,
el cielo estaba siempre tan vacío, tan amplio como ajeno,
tan lejano de él y de mi misma.
Todo me recordaba a Erick, nunca pude olvidarlo a pesar del tiempo.
A veces caminaba sin rumbo por las calles y de repente volteaba,
sintiendo su presencia, pero él no estaba.
Pasaron casi dos años iguales y mi conciencia le seguía
pidiendo al corazón que trate de olvidarme de él.
Una mañana fui a hacer unas averiguaciones sobre un seminario
que dictarían en Berna y antes de embarcarme en la estación
de tren, me llamó tía Anette pidiéndome que
regrese porque en casa me esperaba un amigo de que había
conocido en México.
IV
Fui
de prisa a casa, no sabía que sentir, si era una equivocación,
broma no podría ser, no, tía Anette no haría
eso, además yo nunca le mencioné a Erick.
De cualquier modo, en ese momento había vuelto a sentir "ilusión"
y hace mucho no la sentía.
Cuando llegué a casa, respiraba tan rápido, incluso
toqué la puerta aunque llevaba las llaves conmigo, estaba
tan nerviosa, al abrirse aquella puerta, quizá mi vida no
sería la misma.
Tía Anette me abrió, y me dijo que alguien me esperaba
en la sala, mientras sonreía con complicidad.
Era él, estaba sentado allí como un espectro de luz,
esperándome como si me hubiese estado esperando desde hace
siglos atrás.
Cuando volteó, los dos nos miramos fijamente, no pude decir
nada, me quedé estática, contemplando sus ojos de
agua viendo hacia mí, solo atinó a decirme: "estoy
aquí".
Cuántas veces lo esperé, lo soñé y ahora
estaba aquí conmigo.
Corrió a abrazarme, sentí al primer roce una felicidad
inigualable.
Luego de varios minutos sin decir nada, solo después de mirarnos
y suspirar no se cuántas veces, Erick me dijo que todo éste
tiempo estuvo buscándome, me contó porqué nunca
llegó a nuestra cita, sus padres fueron secuestrados en ciudad
de México, y el tuvo que viajar ese mismo día a ver
la situación, luego de diez días pudieron rescatarlos,
y todo salió bien, él pensó que yo lo seguiría
esperando, pero se dio cuenta que ya había partido hacia
Suiza. Ese mismo día me iba a pedir que viajemos juntos a
Suiza a hacer una nueva vida.
Todo éste tiempo estuvo averiguando sobre mi paradero, hasta
que llegó hasta Berna, y encontró mi dirección
en la carpeta de datos de los estudiantes de medicina en la universidad,
y así fue que llegó a Ilanz.
No fue nada fácil, pero ya estaba aquí, para nunca
separarse de mí.
V
El se quedó a vivir conmigo y tía Anette, la casa
era muy espaciosa, y bonita, él vivía tomando fotos
a toda la casa, y hasta tenía una galería de las fotos
que le tomaba a mi tía Anette.
Después de unos meses nos casamos, no nos pareció
tan rápido, para todo el tiempo que vivimos separados.
Erick empezó a trabajar en un centro fotográfico en
Chus, y se estaba haciendo muy conocido por el enfoque que le daba
a su trabajo y la sensibilidad que emanaba en cada fotografía.
Yo seguí estudiando y cada vez me faltaba menos para terminar
mi carrera.
Todos los fines de semana, viajábamos a Biel y visitábamos
nuestra colina favorita Jungfrau, nuestro lugar favorito en el mundo.
A tía Anette nunca la descuidamos, siempre salíamos
con ella a cenar, y Erick la había inscrito en clases de
baile en una academia para personas de su edad, al principio no
quería asistir, pero después no dejó de faltar
ni un solo día, le veía una luz en los ojos desde
que iba a allá.
Erick era una persona que le gustaba tener a la gente feliz, muy
optimista, era el hombre más carismático sobre la
faz de la tierra, iluminaba cualquier espacio con su presencia.
Luego de algún tiempo, todos nos alistamos para viajar a
Berna, pues era la primera exposición fotográfica
de Erick en Suiza, y estábamos muy emocionados.
La exposición estaba hermosa, me sentía muy orgullosa
de Erick, era muy talentoso.
Asistieron muchas personas importantes, artistas, aficionados, y
algunos medios.
Luego del brindis, Erick dijo algunas palabras, y mencionó
que no estaría allí si no hubiera seguido a su corazón.
Luego de eso, todo el mundo pidió que yo también diga
unas palabras, aunque no era muy buena para eso, accedí,
y momentos después de empezar a hablar ante el público,
empecé a sentirme debilitada y la vista se me nubló
parcialmente, luego más y más y de pronto todo se
oscureció y ya no estaba allí.
VI
Recuerdo haber despertado al día siguiente, con Erick a mi
lado, y la tía Anette observándome desde una ventana,
el suero suministrando mi cuerpo por medio de un cable, mientras
los ojos de Erick seguían fijos en el electrograma.
El me tomó de la mano suavemente, me pidió que no
me esfuerce en hablar y salió inmediatamente de la habitación.
Luego de unos minutos regresó, con los ojos mas rojos y disimulando
su preocupación.
Para ese entonces ya me imaginaba que algo grave pasaba.
No me dijeron nada hasta el día siguiente que fue con el
médico a mi habitación y hablaron conmigo.
Erick pretendía darme fuerzas, mientras el médico
hablaba, pero él también se desvanecía al igual
que yo antes sus palabras.
La enfermedad que tenía era leucemia, y las esperanzas de
curarme no eran muchas, tendría que pasar por un tratamiento
muy doloroso para luchar y aferrarme a las últimas esperanzas
de vivir.
Conversamos con el doctor para establecer las fechas de mi tratamiento,
tendría que viajar tres veces a la semana a Berna, para hacerlo.
Durante muchos meses Erick vivió para mí, dejó
el trabajo, dejó el mundo y solo se dedicaba a hacerme feliz
como si fuese siempre el último día.
Muchas veces lo oía llorar por los pasillos de la casa, y
mi tía Anette también, ellos estaban todo el tiempo
pendientes de mí. Tía Anette dejó sus clases,
y Erick cuando no estaba a mi lado, estaba averiguando y haciendo
llamadas, tratando de encontrar un avance en i cura.
Yo me sentía cada vez más débil, de no haber
sido por él, no hubiera seguido ese tratamiento tan doloroso,
pero siempre me daba fuerzas.
Luego de muchos meses de seguir con esa esperanza intrépida
que ataca a los más débiles de corazón, y al
no tener mejoría le pedí a Erick no seguir con el
tratamiento.
Esa fue la primera vez que peleamos, me dijo que era muy egoísta
y que no era solo era mi vida, sino también la de él,
y él moriría sin mí.
Sus palabras me dolieron mucho, y lo último que quería
en éste mundo era verlo triste, pero yo era médico
y no podía engañarme, no tenía muchas esperanzas
de vivir.
VII
Siguieron, así los meses, y la rehabilitación progresaba
poco a poco.
Al fin parecía que todo el esfuerzo, iba a valer la pena.
Cada vez eran menos los días que teníamos que viajar
a Berna para hacerme el tratamiento, y convencí a Erick de
que siga trabajando en el estudio de fotografía.
Lo único que no le gustaba es que no podría seguirme
acompañando a mis sesiones en el hospital.
Llegó el día en que el doctor Schmid me dio la gran
noticia de que estaba prácticamente curada.
Ese día fui a ver a Erick al estudio en Chus, para darle
la gran noticia, pero no lo encontré.
El ya había salido hacia Ilanz a nuestra casa.
No lo llamé, para darle la gran noticia en directo, mirándolo
a los ojos, diciéndole que nada iba a quitarnos nunca la
felicidad.
Pero nunca se lo pude decir.
Cuando llegué a casa aún estaba soñando ver
la alegría de sus ojos al contarle la noticia de mi recuperación,
pero mi mundo, mi aire, la vida, se interrumpió cuando escuché
la noticia en la televisión:
No se sabe la causa exacta de como ocurrió, pero el impacto
había sido fatal, a la altura de la calle Svizzero, cuatro
cuadras antes de la SBB, se volcó un bus de la cadena "Vex"
con 32 pasajeros a bordo, de los cuales no hay sobrevivientes, y
se sabe hasta el momento solo 14 de ellos han sido identificados,
entre ellos dos jóvenes extranjeros, una joven polaca de
23 años llamada Ewa Wierzbowski, hija de inmigrantes y un
joven mexicano identificado por el nombre de Erick Sandier García.
Los demás adelantos en breves momentos…
La irrealidad de ese momento era como un estado de shock del que
no quería despertar.
El amor de mi vida, el hombre que tanto amaba, el ángel que
se me presentó hace años en aquella plaza bonita de
México, mi esposo, el hombre que no me dejó morir,
él, , ya no estaba más.
Mi tía Anette llegó a casa, y me vio tendida en el
piso mientras el televisor se encontraba frente a mí repitiendo
la misma noticia que acababa de escuchar.
Ni ella ni nadie podían creerlo, es que no, porqué
tanta injusticia del destino junta, porqué luchar tanto por
ser felices, si al final, llega una llamarada de hielo que rompe
y quiebra el corazón.
Luego de volver en mí, fuimos con tía Anette a reconocer
el cuerpo de Erick, él llevaba la cadenita que me regaló
cuando estaba en el hospital con la inscripción "lucha
amor, tu vida es mi vida", recuerdo que ese día Erick
la iba a llevar a la joyería para colocarle nuestras iniciales.
A pesar de todo nuestro esfuerzo de ser felices, no lo fuimos, y
yo nunca volvería a conocer esa palabra tan esporádica,
y utópica "felicidad".
El tiempo jamás fue el mismo, ni las calles, ni la vida,
muchas veces quise morirme por su ausencia, pero sé que él
donde estuviera nunca me perdonaría que hiciera algo así.
Tía Anette me consolaba siempre, pero nada era suficiente,
lo único que quería era tenerlo conmigo, no había
nada en el mundo que pudiera devolverlo.
Decidí viajar a México, si seguía en esa casa,
donde quedan tantos recuerdos, si seguía recorriendo aquella
ruta, si seguía respirando ese aire, me iba a volver loca
de dolor.
VIII
Por alguna extraña razón en México no me sentía
tan miserable y triste, lo primero que hice fue ir al parque donde
lo conocí, sentía como las aves lloraban a lo lejos,
porque sabían que había muerto la ilusión.
Recordé cada instante y movimiento de Erick cuando tomaba
las fotografías, y sonreía, recordé el instante
cuando levantó la mirada y me vio a los ojos, como si el
mundo se suspendiera.
Todo en él era luz, era sonrisas, cómo lo extrañaba.
Nunca entendí porque no nací para ser feliz, conocí
al hombre de mis sueños, pero solo por un tiempo, y yo quería
amarlo toda la vida y aún amándolo toda la vida, eso
iba a ser muy poco.
A veces aunque uno luche por buscar la felicidad, ella viene sola,
o se detiene y se retira de algún modo sin pedir permiso
al corazón.
Yo estaba de nuevo en esa plaza, él no llegaría más,
así que decidí quedarme allí a velar sus recuerdos,
sus sonrisas, sus besos, y empecé a escribir un cuento sobre
él, que nunca acabaría.
Pasaron tantos años y en mí rostro solo quedaron los
surcos dibujados por las lágrimas del tiempo y un frío
intenso en los huesos de mi mano por tanto escribir.
Mi hipocondríaco corazón jamás encontró
su cura. Hasta que una mañana fría, que se pareció
más a una noche, en la colina Jungfrau empecé a escuchar
así de lejos el bolero de Ravel muriendo en mis latidos,
y me hice sueño, y me hice viento, porque solo fui víctima
de un sueño atormentado que tuvo que esfumarse para no sentir.
JAMPYERE
RUBIO FIGUEREDO
Nació un 15 de mayo del año 1993 en Huànuco,
hijo ilustre de don Pedro, Rubio Toledo y de doña Luz, Figueredo
Chamorro, joven escritor y músico. Miembro de la Asociación
de Poetas Nacionales y Extranjeros “El Parnaso de Apolo”
y del Movimiento Literario Pillko. Cursa estudios Secundarios en
la IEIP. “Castillo del Rey” del CPM de Llicua –
Amarilis. Su anhelo es ser experto en las leyes. Obra inédita
(El Plan Perfecto).
EL
PLAN
Todo estaba listo, preparado a la perfección y nada podría
fallar, Edgard llevaba meses ideándolo y al fin había
resultado.
Iba a viajar a las siete de la noche, sólo faltaban dos horas
y lo mejor que podía hacer era no conversar con Pablo, había
estado seguro de sus malas influencias y del misterioso viaje que
este había hecho a un lugar que nadie sabía cual era.
Edward salio de su casa, encaminándose hacia su trabajo,
parecía apurado y en realidad lo estaba, salio disparado
por la calle y desgraciadamente sintió los pasos de unos
pies grandes, un cuerpo desgarbado, lo sabía, era Pablo.
-Edward, espérame por favor, necesito conversar contigo –
dijo Pablo jadeando.
-No quiero molestias Pablo, esfúmate.
-Es urgente Edward, demasiado urgente, te lo juro - rogó
Pablo.
Edward giró y miró el rostro deforme y gastado del
que alguna vez fue su amigo, ahora se le veía cambiado, con
un aire de fealdad en el cuerpo, había servido muchos años
al ejército, pero Edward nunca había creído
que se debiese a eso.
-¿Qué rayos quieres, Pablo? – dijo Pablo un
poco airado.
-Quiero saber que te pasa, Edward – dijo Pablo – últimamente
te veo cambiado, ya no sales, todos están preocupados por
ti, no sabemos lo que te traes en manos, pero…
-¡Ah, ahora soy yo el que se trae algo entre manos!
-¿Qué tienes conmigo, Edward? – preguntó
Pablo, a pesar de haber estado al servicio del mejor colegio militar,
le tenía una especie de miedo a Edward.
-Sé para que y para quien trabajas, Pablo, no trates de disimularlo
conmigo – Edward caminó más rápido aún,
paró un carro y dirigió una mirada llena de odio a
Pablo, quien se quedo helado.
Pablo llegó a su casa preocupada, pero su madre no se interesó
en saber porque estaba así, un comportamiento bastante inusual
en ella pero eso no mantuvo en curiosidad a Pablo, lo que si le
intrigaba era el tono de voz que Edward había usado con él,
y lo que le atormentaba era la causa por la que Edward había
usado ese tono, supo entonces que Edward había averiguado
lo que el estaba haciendo y sintió un escalofrío,
miró el reloj, ya eran las siete de la noche, caminó
por su cuarto y recordó que esa la hora en la que Edward
viajaría según la información de Diego, un
amigo de la infancia que ahora se dedicaba al uso cotidiano de las
drogas.
Salió corriendo de su cuarto y bajo las escaleras a gran
ritmo.
-¡Ya vengo, mamá! – dijo y salió de la
casa.
Corrió hacia el paradero de autobuses, se aseguró
de tener el reloj en su mano, ya eran las siete con cinco minutos.
<<Vamos, Edward aún no pudo haber salido, tengo que
llegar lo más antes posible>>.
El paradero de autobuses constaba de un conjunto de cuatro muros
de ladrillos gastados, pintados de mala gana, dentro había
unos cuatro carros, viejos y pequeños, no esperaba menos.
Había varias personas caminando de un lado a otro, algunas
conversando y otras solas, esperando tal ves un familiar.
Pablo miró a todos lados, esperando reconocer el pelo lacio,
negro y alborotado de Edward, cosa que no sucedería hasta
media hora más tarde.
En ese instante Pablo vio que las personas no caminaban por gusto,
todos se dirigían a un tumulto situado en una de las esquinas,
corrió hacia ahí y lo invadió un sentimiento
de tristeza, un presentimiento de muerte corrió por su cabeza.
Ahí estaba, tendida en el suelo, su madre,
-¡Apártense, es mi madre! ¡Maldita sea, apártense!
– la gente lo miró y se abrieron al instante, Pablo
miró a su madre y se sintió solo, se sintió
desgraciado, lo único que se le ocurrió en ese momento
fue llorar como nunca lo había hecho, llorar hasta morirse,
es más, quería morirse en ese mismo instante.
-Muy conmovedor, Pablo – dijo una voz gélida.
Pablo miró hacia atrás y vio a Edward, era lo último
que esperaba, ver a Edward burlándose de su desgracia.
-¿Qué pasa, Edward? – preguntó Pablo.
-Nada, sólo que me gusta verte ahí, tirado como un
imbécil en los brazos de tu mami.
-¿Qué quieres decir, Edward?
-Nada, sólo que ahora estoy seguro de que nada falló
– apuntó con un arma a Pablo, ahora era la hora de
causar el peor alboroto, que se transmitiría por muchos años
en aquel olvidado pueblo.
Se escuchó el disparo, un eco de aire de muerte salió
por los aires, Pablo sintió la bala en su estómago,
quemándolo, desangrándolo, matándolo. Sintió
la sangre caliente corriendo por su vientre, un dolor fuerte, horrible,
no sabría nunca por que Edward hizo todo eso, pero no se
interesó en averiguarlo, puso un brazo sobre el cuello de
su madre y sintió que Edward lo pateaba y lo separaba, no
supo más, sólo supo que nunca averiguaría en
que momento murió y que amó a su madre como a nadie
en el mundo.
Todo estaba bien planeado, se podría decir que a la perfección.
ALDER
W. YAURICASA VERÁSTEGUI
CELAJE Y NOSTALGIA DE AMOR
Se va quemando el cigarrillo y prefiere tomar una taza, abrir el
termo y endulzar el agua de manzanilla y anís mezclado raudamente
con el dedo, diciéndose entre sí: “Un día
más”. Luego suena el teléfono. Es Claudia llorosa.
Le pide que se calme, que ya estaba en camino; pero él no
quería hablar con ella después de lo que había
pasado. No lo deseaba.
Colgó el teléfono, cogió su casaca negra de
cuero, indeciso salió y se encontró con la deuda pendiente
de la renta, el dolor de cabeza de cada mes… “Se lo
pago después del almuerzo” contestó cansado
y siguió sin dar pormenores.
Estaba en camino y la mente volaba en búsqueda de preguntarse
para que vivir en este tormentoso delirio. La vida no tiene sentido,
no hay razón para vivir ya que se vive para dañar,
destruir el mundo circundante, o, simplemente se vive para sufrir…
Era su letargo dilema existencial en el taxi, viendo las avenidas
enclaustradas de concreto gélido, residencias que serían
supuestamente habitadas por otros imbéciles como él.
Luego se le vino a la mente si sería mejor que acelerara
el taxista tomando otra vía para salir de su enredo sentimentalista.
Se preguntaba a la vez que si sentía amor por ella o por
alguien y al parecer no lo estaba. No lo demostraba porque no sentía
nada de divinidad, o placer de estar con alguien.
Señor, ya llegamos.-Le interrumpió el taxista.
Gracias –. Agradeciendo preguntó-: ¿Cuánto
debo?
Tres cincuenta – respondió pasivo el taxista.
Aquí tienes. Gracias -. Agradeció con la cabeza gacha.-
Todo gira, todo avanza, todo pasa y yo de igualmente estoy de paso…-
Meditaba taciturno, enarbolado en una nube de inexistencia, como
si su cuerpo yaciera en otro mundo, adormecido de éste.
Luego no quiso subir al departamento. No lo deseaba. Se dirigió
a la esquina, compró un periódico. Fumó dos
cigarrillos leyendo el periódico y se encaminó al
departamento.
“¿Por qué demora tanto? ¡Maldición!
Es un maldito que me odia y me aborrece. ¿Por qué
me tiene que pasar todo esto a mí?” Estaba en pena
y agonía Claudia, más aterrada que nunca en las dos
últimas horas de aquel día memorable, san Valentín,
donde el apareamiento humano se consagra como divino y bendito cuando
la gente sale a las calles emparejados de la mano, mostrando a su
media naranja, y ella no estaba junto a su amor, a su delirio nocturno,
al amante de las noches. ¿Qué poder hacer? ¿Cambiarse
e ir en busca de él? Si lo amaba tenía que hacerlo
para demostrar su amor, pero ella estaría rebajándose,
humillándose y no sería justo tal comportamiento,
pero, ¿acaso cuando uno ama le importa un bledo el orgullo?
Entonces no estaba enamorada, quizá ilusionada o acostumbrada
al cuerpo de él, a su trato, pero y entonces, ¿qué
es amar? ¿Acaso no es estar al lado de uno compartiendo tristezas
y alegrías? Eso sería atarse y el amor es ser libre
y no atarse a alguien por el resto de su vida. Es posible también
que entre sus planes no estaba el casarse, pero sí el estar
cerca de él. El por qué recaería en una necesidad
de estar al lado de alguna persona en especial, sintiéndose
protegida, y no desamparada. Es posible que todas estas interrogaciones
y conjeturas estuvieran circulando por las neuronas de Claudia cuando
decidió ducharse.
Encendió la ducha. Sonó el timbre de la puerta. Era
él, oliendo a tabaco, con el periódico en la mano.
Se alegró tanto ella que de inmediato fue a atenderlo:
Pasa.
Gracias, y qué tal. ¿Cómo estas?
Bien.
Por lo que veo estás mejor
Sí, así parece.
Bueno, entonces me voy, pues pensabas ducharte, ¿no?
Sí para salir contigo. Me esperas un ratito. Será
rápido y saldremos un rato a comer.
Está bien.- En el fondo, él no deseaba estar con ella.
La aborrecía.
Sintió estupor cuando vio por la puerta imprevisible el cuerpo
desnudo de Claudia. Ese cuerpo infiel, mundano. Aquella belleza,
aquel arte de anatomía, como todo arte, era de todos y no
sólo de él. No le pertenecía como él
quería. Aun así, siendo uno de los seguidores del
sexo libre, no soportó evadir la imagen anterior: haberla
visto gozando con Frederik, atados en el placer… No pudo contener
su ira y apretujaba el periódico… ¿Y él
cuántas veces estuvo con Mariela y Viví? Y, ¿acaso
Claudia lo sabía? Y si lo sabía, ¿por qué
no sentía lo mismo que él? Estaba ahí, viendo
el cuerpo desnudo embelezado. Se levantó y se dirigió
al baño:
Hola amor.
¡Huy! Riky, mi amor.- Le agarró de la cintura, le acariciaba
mientras que ella lograba desnudarlo…
Si perra, quítame la ropa. Pórtate bonito. Si esto
es amor para los dos, le daré amor.- Pensaba Riky, mientras
la acariciaba.
Claudia estaba siendo embestida contra las mayólicas, confundida
y a la vez intentando gozar del momento y él:
Goza. Goza. ¿Así lo sientes con todos?
¿¡Qué pasa!?- Ligeramente alzó la voz.
Claudia intentando detenerlo -. ¡Detente!
No perra.- Le susurraba al oído intentado calmarla, como
una especie de seducción-. No. Yo vine a consolarte y a darte
mi amor, ¿acaso no deseabas eso?
No. No. Detente por favor.- se defendía como una especie
de juego, no tomando importancia-. Me haces daño.- Agraciada
murmuraba-. Suéltame por favor.
¡Qué! ¿No querías estar conmigo? Toma
mi amor, cariño, lindura toma.
Para ella, la brutalidad se convirtió en cariño, la
violación en amor y no en ultraje porque logró gozarlo
llegando al orgasmo más plácido y prolongado de toda
su vida. Había arañado y mordido a pedacitos el cuerpo
de Riky, como defendiéndose, pero en el muy en el fondo sentía
que era necesario corresponder con la misma tenacidad de su adversario.
No contento él volvió a forzarla. “Ábrete
de nuevo” y ella: “No. Ya no puedo más, mi amor”
Riky embriagado de su Eros: “Te digo que te abras”.
Y una embestida, una penetración frustrante, mientras que
Claudia se auxiliaba con la poca fuerza que tenía: “¡Detente!
Me duele. ¡Mes estás raspando! ¡Alto!”
Trataba de huir. Pero Riky estaba prendido de ella, atrincherado:
“Te daré amor, si eso es lo que quieres. ¡Te
daré amor!” Claudia se desvanecía gimiendo y
diciendo: “¡No. No. Alto. Duele! Empezó a sangrar,
a inundar la ducha. Riky la besaba tratando de ahogarla a besos,
apretándola contra las mayólicas, estrellándose
contra ella como puñaladas en el vientre de Claudia, “Duele
Riky. “¡Alto!” Riky enloquecido: “No mi
amor. Te llenaré del amor que puedo darte y otros nunca te
dieron.” Claudia: “No por favor…” desfallecía,
y Riky llegaba a su segunda eyaculación.
Quedaron rendidos en el piso de la ducha bañándose
con la sangre de Claudia. “Te amo Claudia, nunca dejaré
de amarte.” Ella adolorida y sangrante quería decirle
lo mismo, pero el dolor no le permitía hablar. Quería
decirle que había sido la mujer más feliz en cuestión
de minutos y no podía. El amor brutal, afiebrado y frustrante
de Riky la había cobijado en un goce de piedad que le ajustaba
el cuerpo y le restregaba al alma diciéndole: “Esto
es amor… esto es amor…”
Riky y Claudia, Claudia y Riky, o simplemente los dos: habían
comprobado que la perfección del amor es aceptar al otro
con todo lo que se le ofrecía, pero no era necesario decirlo
o profesarlo, sino demostrarlo. Sin embargo, quedaron atrapados
en un mundo silencioso que era reinado por la sombra de la muerte.
“¿Acaso cuando se ama se desea a la muerte? ¿Por
qué callar y aceptarla? ¿Por qué fundirse en
el mundo de la incertidumbre?” Se preguntaba Riky mientras
la llevaba a Claudia a la cama. La secó despacio con la sábana,
como quien termina de esculpir una hermosa y refinada escultura
de mármol, tan bella, tan linda.
Claudia sentía el perforamiento contranatura, que le deparaba
Riky, aunándose epidermis contra nervio y afianzando el espíritu
de una sola unión; convirtiéndose ambos en la conjunción
perfecta del amor y dolor; odio y esperanza; aburrimiento y cariño
en cada beso y caricia. Se amaban y no tenían por qué
negarlo. Fue así que claudia y Riky no pudieron ver la noche
de ese día ni la mañana del día siguiente,
pues se habían atado el uno al otro enclavado en el amor.
UNA
ESTRELLA SE OPACA
Es cierto que mamá vino tarde y que papá gritaba a
viva voz de comerciante encolerizado, insultando a mamá.
Pero lo que no entendí era quién era el otro hombre
que le consolaba a mamá y que le hacia callar a papá
pegándole gritos, ridiculizándole a papá. Papá
se puso a llorar. Antes, esperó a que se fuera ese hombre
con mamá. Nos cogió como cría de animales y
nos hizo jurar y que nunca volviésemos a querer a mamá,
porque ella era una mala madre para nosotros. Desde entonces papá
se dedicó a tomar, y a traer mujeres a casa y yo los vi.
Sí, los vi desnudos en la cama de mamá, riéndose
y tomando alcohol, haciendo y diciendo cositas sucias, porque mi
mami, me dijo que eso eran cositas malas y sucias y que cuando uno
las decía y hacia Diosito nos castigaría; fue entonces
que entendí: Diosito le castigaba a papá porque hablaba
y hacia cositas malas con distintas mujeres. Y de mi mami nunca
supe nada hasta después que papá le hizo una denuncia
por abandono de hogar. Vinieron gente de terno y muy perfumados
fingiendo querernos. Digo fingiendo ya que nunca me llevaron a pasear.
Solo me tenían lastima diciendo: “Pobrecita, felizmente
ya está grandecita y suerte que tiene un hermanito varón”.
Eso no me gusta; que la gente solo hable. Luego vi a mamá,
llorosa y con una mancha verde rojiza y morada en la mejilla derecha.
¿Qué le habría pasado? Quise ir abrazarla y
no me dejo papá diciéndome “No la toques que
te volverá a pegar” y yo confundida no sabia a que
se refería, me puse a llorar. Me abrace con fuerza a la pierna
de papá haciendo o imaginando que es mamá que se encuentra
a mi lado, pero ella se encontraba lejos de mi alcance. Y el otro
hombre estaba al lado de mamá sujetándola con fuerza
del brazo.
No entendía qué estaba pasando y me llevaron al jardín
junto con Richi para jugar. Yo solo quería estar con papá
y mamá, juntos, riendo a lado de Richi, el nene engreído
de casa y comprando juguetes para los dos o cenando y haciéndome
cosquillas en la panza; a mí mi mami y a Richi papá.
Solo quería que papá y mamá nunca se gritasen
y que ellos dejasen de reñir y que ese hombre se vaya lejos.
Salieron del lugar y a papá se lo llevaron dos policías.
Mi mami me abrazó llorando y esa mancha era como un tumor
en la mejilla que me asustó. No logré ver a donde
se lo llevaron a papá. Yo lloraba y lloraba y al parecer
nadie escuchaba mi llanto. Richi también lloraba. Nos llevó
a una casa extraña. Era del hombre. Ahora mamá estaba
rara, se vestía como esas mujeres que papá traía
a la casa, y desprendía unos olores que el hombre le llamaba:
“Rico perfume”. Mamá ya no nos cuidaba como antes,
más tiempo estaba con ese hombre que le tocaba el popó
a cada rato y me miraba con unos ojos desquiciados. Mi mami me obligaba
a decirle papá a ese hombre, o tío, por respeto, pero
siempre me negaba y mi mami me jaloneaba bruscamente. No entiendo
como llamarle papi, si mi papi es otro señor que siempre
me hace reír y me siento bien con él. Siempre andaba
sucia porque mi mami no lavaba mi ropita. Y ese hombre se me acercaba
sonriendo diciéndome: “Te voy a cambiar la ropita cochina”.
No quería que se me acercase porque le hacia cositas a mamá
y le gritaba y le pegaba insultándola. Mi papá nunca
le había dicho cosas horribles a mamá. Sí,
también mamá estaba siendo castigada por Diosito,
por hacer cositas malas y sucias con ese hombre. Pero, lo que no
entiendo es porque nunca me hacen caso los adultos, ellos siempre
ven sus rostros y nunca bajan la cabeza para regalarme una sonrisa
diaria. Creo que les aburro o peor, yo no se si papá y mamá
estuvieron de acuerdo en tenerme, pues nunca me preguntaron si era
feliz junto a ellos, y tampoco me preguntaron si en verdad querían
que viniese a acompañarme Richi. Creo que vine a ver a este
mundo para ver como sufren los mayores mientras que mi vida sea
una ilusión incomprendida y denegada por los mayores. No
quisiera ser mayor para estar discutiendo y peleando con los demás.
¡No! ¡No quiero ser adulto!
DESQUICIO
En la escuela le hice una tremenda joda diciéndole que yo
era muy hermosa. Claro que soy hermosa. Y que ella era mucho más
que yo, pero agregué que nunca se bañaba delante de
Boby, Chambo y Louis, los chicos más pendejos y guapetones
del colegio. Eso le dolió en el alma y la eché a llorar
a más no poder. “Es una cojuda. Nadie lo puede negar;
y su debilidad y defecto recaen en su estúpida ingenuidad.
Más tonta solo ella en ella. Llorar y llorar es su triste
historia. Ingenuidad convertida en babosada”. Pero, cómo
uno puede derramar tanta lágrima después de que violen
una carta favorita y muy íntima. Decía la carta a
la letra:
“Pelu:
Es una locura quererte olvidar, haciendo ver que lo nuestro fue
una desarraigada locura de excitación, o de un efímero
encuentro de dos cuerpos batallados por la pasión del amor,
en una noche de verano. Duele saber que ya no eres mía y
yo no seré tuyo.
Boby”
El perrete de Boby Huamán Cayllahua estaba rompiendo el corazón
de la linda Pelu. Claro, para que la cosa sea fea yo violé
la cartita y la difamé a chisporrotazos, maullidos y risillas
carcajeantes que Pelu se había entregado al desgraciado de
Boby. Y leí la misiva a viva voz delante de todos los profesores
en el salón y ella se echó a correr llorando, sintiendo
vergüenza de que me crean y ella quede humillada.
En consideración a mi forma de ser, decidió nunca
mas volver a la escuela y se mudó a una de Lima donde según
ella sólo había gente verdadera, o sea decente. Y
no chusmas como yo. ¿Yo chusma…?, ¿Ustedes pueden
creer que esa estúpida pueda insultarme y decirme chusma?
Algo que me dolió en el alma de una estocada arribista; y
decidí entonces que la venganza sería más dolorosa
para ella si yo me agarraba al perrete Boby.
No perdiendo tiempo, escribí una misiva a una emisora local,
muy acogida por todos nosotros los escolares. Decía lo siguiente:
“Señor locutor: por favor, envíe este mensaje
escrito por su programa «corazones encaramelados»”
Lina: los días y las noches son solo tuyas porque está
el amor de los dioses acompañándonos siempre.
De corazón a corazón
Caramelos románticos de Boby para Lina.
Atentamente su admirador
Boby.
PD. Por favor, con la canción de las Águilas: Hotel
California.
Claro que no podía delatarme y tenía que mandarlo
así: de él para mí. En la escuela se armó
un escándalo y me fastidiaban con él. Yo inocentona
a mi estilo, callaba y sonreía semi rochosa.
A la salida, Boby me había esperado en la puerta de la escuela
y me citó de inmediato. Yo linda y prendida de mis intenciones
maquiavélicas acepté ir a la disco con él,
ya que supuestamente éramos enamorados y quizá novios.
Turbados dentro de la disco se me abalanzó el muy confianzudo,
y yo, ya media acalorada, intenté probar hasta donde era
capaz de llegar el perrete éste y le di rienda suelta. Me
acariciaba, besaba y quería sobrepasarse conmigo. Yo muy
decentita, me desquitaba de sus ataques ero afrodisíacos.
Valgan verdades, Boby jetea bien. Es buenazo y sabe hacer bien su
oficio de perrete. Yo me zafé de sus redes de aquella tarde
del miércoles y le dije: “Sabes Boby, es tarde. Y mi
mamá me va a matar si llego más tarde. Adiós
Boby.” Él, muy elegante a su estilo; claro está
que es una de sus tácticas para seducirme; me acompañó
a casa y nos dimos una jeteada de película. Quedé
ilusionada. Y mis maldades se habían encogido en un lugar
donde yo ya no los podía ubicar fácilmente.
Pasados unas semanas, o creo ya el mes, el maldito me había
cogido de lo más lindo y yo ya lo quería como a mi
propia vida y era ya parte de mí. Me escribió una
carta, la cual fue una de las tantas tentativas que me incitaron
a entregarme y empezar a ser mujer.
“Lina:
Amor, esto es para los dos:
Simbolizar al amor es muy común. El caso es cómo simbolizar
la, ¿verdad? Mientras que la vida tenga diferencias de evolución,
cada uno siempre tendrá un estilo y eso será lo que
nos diferencie de los demás. Por no ser uno más del
montón queremos ser grandes. Bueno, lo intentamos. El caso
del triunfo es de cómo lo intentamos. Y si uno gana el premio
Novel de literatura, es porque su estilo fue diferente y lleno de
trabajo. Ahora, para triunfar todos tenemos una fórmula.
Fórmula que reivindica su estado anímico, emocional
y actitudinal, basando estos detalles en un amor. Y en este detalle
ese amor eres tú; por tanto: Te amo.
PD. TE ESPERO EN LA DISCO ESTE DOMINGO. TE AMO.
Boby”
Te amo, te amo, te amo, repiqueteaba en mi cabeza incesantemente.
Me decía auto indicándome que él estaba enamorado
de mí. Ciegamente acudí a la cita. Como es de costumbre
busqué la mejor ropa que me quedaba bien probando y probando.
Llegada la hora, estaba preparada para el amor. Sucumbimos en la
golosina más sabrosa que Dios haya deparado al hombre y a
la mujer. Ya era de él. Él era mío. Unidos
por siempre nos habíamos atado en el culto artístico
del placer.
Estábamos en la habitación de un hotel. Después
del acto, Boby se había levantado de la cama y a mí
me dieron ganas de fumar; cosa que no les conté. Un hábito
que se apodera de mí cuando me siento meditativa.
Busqué en su camisa el cigarrillo. No lo encontré.
Luego su casaca y…, entre tanto rebusqueo de toda su ropa,
existía una cartita semi arrugada en uno de los bolsos de
su pantalón. No quería darle importancia, hasta que
leí en un extremo el nombre de Pelu y Boby. Leí la
cartita.
“Pelu:
Es una pena dejar algo que te gusta, todo por tener otros quehaceres
más importantes para el estómago. Me refiero a tener
que trabajar con el único objetivo de tener algo en el estómago
y después tener que ir a un lugar especial dónde sentarme
y desprenderme de todo lo que he comido. Por eso, tengo rabia de
ser humano o ser viviente, ya que siempre tengo que estar en busca
de mí sobre vivencia. Y lo peor, ser depredador del mundo
que uno adora y quiere, pues tengo que comer a una linda ovejita
untándola con un poco de aceite y condimentos. Al final,
tengo que saborearla y seguir viviendo.
Para bien o para mal no sé si hicimos bien en enamorarnos
y desfogar nuestras ansias. El caso es que tengo que trabajar para
el nene que llevas dentro.
Te amo mucho Pelu…
Boby.”
Estuve destrozada al leer semejante cartita. Me sentí desnuda,
utilizada, quizá profanada y hasta ultrajada conmigo misma.
No había fecha de envío; por tanto creí que
había otra carta más…
“Para un corazón de melón: Boby.
Si crees que lo nuestro es una locura, te doy toda la razón.
Es fácil. Tú adoras a las ranitas, y yo a los sapitos.
No como a unas decrépitas y solitarias mascotas de niños
bobalicones. No. No nos pasa lo mismo con nuestros amiguitos. Sí,
porque son nuestro amiguitos. Nosotros tenemos la gran sensibilidad
de tenerlos como si fueran nuestros hermanitos. Pero es que son
nuestro hermanitos; lo son: porque diosito nos hizo a todos y por
tanto somos sapos y ranas. Hijos de un solo padre. En todo caso
somos hermanitos putativos de las ranitas y los sapitos, y qué
feliz somos al saber que en realidad somos una familia que se entiende
y que además cumplimos con lo que nos manda nuestro padre.
Cosa que otra familia no hace: amarnos los unos a los otros.
Con todo el amor del divino mundo te amo Boby.
Pelu.”
Qué hambre de venganza. Boby se estaba duchando y rebusqué
su ropa nuevamente haciendo de ella estropajo de conciencia. Y encontré
más cursilerías estúpidas. Sí. Una nota
más, que sin perder minuto alguno la leí.
“Pelu, donde te encuentres te cantaré esta canción:
Tomatito de algodón: Cantando te buscaré surcaré
el mundo entero en mi nave de amor y te amaré. Te amaré,
cogiendo flores y sembrando, a la vez que tú y yo nos demos
caricias con piquitos o mosquitos hechos besitos.
Y te amaré, te amaré como nadie en el mundo.
Boby”
Una misiva que seguramente ya había sido enviada por fax
o Internet. La maldita tecnología de comunicación.
Ambos se amaban y yo creí haberla derrotado a la imbécil
de Pelu. Pero no. No. Esto no quedaría impune, Fui a la ducha
desnuda, enfurecida, endiablada de amor pérfido. Vi su desnudez,
desnudez de alma mentirosa, sucia. Se encontraba remojando los pies
en el lavadero de la ducha. En el agua tibia remojaba los pies calcásicos
dándole el remojo de un posible olvido de su existencia.
No me quedó otra que lanzar el cordón desnudo y enchufado
de la lámpara a sus píes diciéndole: “Amor,
te amo mucho”. Me dieron ganas de ir con él. Quería
aventarme a la danza de la muerte y subirme a su cuerpo remontando
todo lo vivido. No. Mejor era quedarse aquí, viendo cómo
muere y cómo es velado, sepultado; mientras que la muerte
estaba de fiesta y lo ungía eternamente. Mejor es estar viva,
que muerta. Porque por más que esté entre rejas, hago
cosas a mis anchas y hablo de quien quiera.
HEMBER DE LA CRUZ RAMOS
“Lorenzo
Piñak”
Nació
en Acoria - Huancavelica, 1982. Publicó los cuentos: Sol
nocturno (Huancayo, 2004) y El huésped (Huancayo): Ganador
del primer lugar de los Juegos Florales de la Universidad Nacional
del Centro del Perú, 2006. Cursa estudios de Antropología
en la Universidad Nacional del Centro del Perú. Presidente
de la Asociación de Poetas Nacionales y Extranjeros “El
Parnaso de Apolo”. Filial Huancayo. Y pertenece al Círculo
Cultural de Arte y Literatura “Eclosión”.
LA
MUJER DE LA HABITACIÓN DIECINUEVE
Caminó
por el pasillo principal, sin dirigir la vista a ninguna de las
habitaciones. Sabía lo que buscaba. La puerta del número
diecinueve se abrió. Entró. Sacó un cigarrillo
que tuvo entre sus dientes, hasta que la mujer le alcanzara fuego.
- Volviste –dijo-. Y ahora que quieres.
- Nada.
- ¿Hombres no saben lo que quieren?
- Te quiero a ti.
- ¿Así? Son veinte soles.
- No importa.
La mujer se sentó en la cama. Encendió un cigarrillo,
y llevó las dos manos entre sus piernas como si tuviese frío.
- ¿Te quedarás parado allí? ¡Vamos cierra
la puerta!
El pasillo estaba iluminado por faroles rosados que yacían
colgados. Las mujeres esperaban en las puertas, y los hombres conversaban
con ellas apoyados en el marco. Del otro lado, una mujer de corpiño
rojo miraba cruzada de brazos cerrar la puerta a Santiago.
- No tienes que tratarme así.
- ¿Acaso olvidaste cómo me trataste la última
vez?
- Olvídalo ¿Quieres?
- Que quieres que olvide ¡Eh! –gritó Sonia. Aspiró
una bocanada de humo y puso el cigarrillo en una esquina del velador,
se inclinó para verse en el espejo y sintió que tenía
frío; entonces se puso de pie para coger el abrigo. Los ojos
de Santiago estaban clavados en su anatomía.
- Vamos olvídalo ¿Es mucho pedir? ¡Demonios!
- Debes estar mal de la cabeza, si quieres que lo olvide ¡Por
qué volviste!, ¡Ah! ¡Vamos dilo!
La mujer levantó la vista y se dio cuenta que la miraba,
de que todo el tiempo lo había hecho. Miró que su
rostro había palidecido. Seguía de pie, inmóvil.
Santiago levantó el cigarrillo a sus labios, pero en el acto
lo dejó caer. Dirigió perplejo la mirada hacia la
pared, hacia el espejo y vio a través del cristal a Marilyn
Monroe, que le estaba mirando.
- Puta –murmuró-, te comportas como una puta.
- ¿Que dijiste? ¡Repítelo!
- No quise hacerlo. Perdóname, ya me voy.
- Por el amor de Dios, qué tienes.
- Nada.
- Cómo que nada. Estás asustado. ¿Por qué
no me lo dices? ¡Ah!
- ¡Puta mare! No me pasa nada.
- Te conozco, a ti te pasa algo. Pero si no quieres decírmelo,
puedes irte. Después de todo, sólo soy una puta.
- Claro que me voy.
- Me das miedo. Vete, déjame sola.
Santiago permaneció callado, sin saber que hacer. Por unos
momentos había olvidado el lugar donde estaba, pero se ubicó
de nuevo, cuando vio a través del espejo el ambiente rosado.
- ¿Pasa algo Sonia? –se escuchó una voz chillona.
La mujer que estaba parada fuera abrió la puerta y entró
en la habitación. Había permanecido todo el tiempo
en la puerta. Tenía la boca pintada, el cabello cogido de
un listón, y traía puesta el mismo corpiño
rojo que caía de su espalda desnuda y terminaba en sus muslos.
Era la mujer profesional que sabia tratar a los hombres “Querido
estás serio” dijo: “Cualquiera que te viera,
diría que vienes a debutar”. Cerró la puerta.
- ¡Oye! Reacciona –repitió Sonia.
Seguía inmóvil. Por momentos le parecía una
estatua.
- A este muchachito, lo que le hace falta es una mujer –exclamó
la mujer. Conocía a Santiago hace tres años. Era esos
tipos románticos. Hace un tiempo había salido con
Sonia, pero él lo había abandonado.
- ¡Todo se a terminado! –dijo sin sentir sus palabras.
- Qué te está pasando Santiago –preguntó
Sonia- Por lo que más quieras, me estas asustando.
- Querido, no la asustes así –dijo la mujer-. Sé
educado ¿No vez que esta llorando?
Se dirigió a la puerta, quiso abrir, pero los pies no lo
permitieron. Los tenía tiesos. Hizo un movimiento tosco y
quedó de espaldas a la puerta.
- Me estoy muriendo. Querías eso ¿No? Alégrate
pues.
- No digas eso. Te estas pasando demasiado.
- Que te parece, si terminamos esta historia, con un poco de veneno
¡Ah! Tú ya lo probaste, cuando te deje. Esta vez, yo
no fallaré. Así quizá termine todo para mí.
- Maldición; qué tienes amor; nos estás asustando
–exclamó la mujer exasperada-. Para bromas ya está.
- ¡Sí! Eso es lo que quiero hacer. Quizá así
esté mejor –seguía apoyado en la puerta con
la cabeza gacha. Hablaba sin sentir su voz, su mirada, su cuerpo;
sus fuerzas lo abandonaban-. Hubiera deseado nunca haberla conocido.
- Es Lucía ¿Verdad? –preguntó Sonia.
Ya lo sabía todo. Lucía había sido la novia
de Santiago. Para ella entonces Lucía sólo era aquella
adolescente de quince años. Sin embargo había sido
la causa para que él la dejara-. Dijiste que iban a tener
un hijo ¿Le ha pasado algo?
-¡Demonios! ¡No tenía por que irse! ¡Yo
la amaba! –articuló con dificultad.
Maggi permaneció callada, pues acababa de comprender lo que
sucedía, “Debe ser duro estas cosas para él
–pensó-. No lo deseo nada malo, auque se halla comportado
como un perro con Sonia”. No sabía donde dirigir la
mirada, así que sólo atinó a ver a través
del espejo la figura ensombrecida de Santiago. Por un instante tuvo
la impresión, que éste se daría cuenta que
la miraba; así que desvió la vista hacia el cuadro
de Marilyn Monroe; esta vez sin duda, reflejaba la misma tristeza
de las mujeres.
- ¡No te entiendo! ¡Explícate! –gritó
Sonia nerviosa.
- ¡Puta mare! ¡No sé, que hacer! Por más
que busco una salida, no la encuentro.
- Hablas como un cobarde ¡Y tú no lo eres! –exclamó
Sonia, tratando de ayudarlo-. Estoy segura que estarás mejor,
si dices todo lo que quieres decir.
- Hubiera preferido que me pasase a mí, y no a ella. La quería
tanto. “Santiago no me pasará nada, el médico
lo ha dicho; puedes irte” me dijo: “Los dolores son
leves, estaré bien”. No debí dejarla sola ¡Demonios!
Por la mañana habían llegado a la Maternidad. Ella
ingresó de brazos de Santiago. La enfermera les llevó
a la habitación, y les registro “En un momento vendrá
el medico –les dijo-. Desvístase por favor, póngase
el camisón”. Le tomó la presión y salió.
Después de un rato, entró el médico “Si
desea, puede esperar afuera”: le dijo. Lucía estaba
tirada en la cama. Ella le sonrió. Él tomó
sus manos y los apretó fuerte. Su rostro estaba pálido
y su mirada se extinguía.
- ¿Necesita alguna cosa doctor?
- ¡No! Sólo las cosas para el niño –exclamó
el médico. Seguía examinándola- . Todo está
bien, volveré en un rato –salió.
Santiago dejó la maleta con las cosas. La besó. Ella
la seguía mirando.
- Te quiero mucho – dijo Lucía algo mareada-. Eres
muy bueno conmigo. Desearía que esto terminase de una vez,
y no causarte tantas preocupaciones.
- No, no seas tontita. Sabes que eso no es cierto.
- Estoy algo mareada y nerviosa.
- Respira profundo, como lo practicamos –dijo Santiago cogiéndola
de sus manos-. No tienes por qué estarlo, me quedaré
aquí.
- ¡Eso sí no! Tienes que irte.
- Está bien. Volveré lo más antes que pueda.
- No tienes porque hacerlo. Estaremos bien las dos.
- ¿Qué quieres que te traiga?
- Algo frío –contesto extenuada.
Salió. En el pasillo sintió frío. Llegó
a la acera. El sol no había salido. Era demasiado tarde para
la Universidad, así que tomó un taxi. Cuando bajó,
respiró el aire del hospital, respiró a anestesia.
Se nublaron sus ojos y sintió como una hoja de puñal
en el pecho. Se despertó en la enfermería y vio a
una mujer sentada en el escritorio “Despertaste –le
dijo-. ¿Como te sientes?”. Estaba desubicado. Vio a
través de la ventana que estaba oscureciendo. Entonces en
el acto recordó a Lucía y dijo: “¡Ya es
tarde¡ ¡Tengo que irme!” y salió de prisa.
Al hospital llegó a las siete y media, se dirigió
a la habitación donde estaba Lucía. Sólo encontró
la cama vacía y la maleta en el mismo lugar donde lo había
dejado. Preguntó a la enfermera:
- Que pasó con señora la Santiago ¿A donde
la han llevado?
- Lo sentimos mucho señor, se complicó el parto. Sus
padres la trasladaron a otro hospital.
- ¿A donde?
- No dijeron nada.
- Por favor tiene que decírmelo, yo soy el padre de la niña.
- No quisieron hacerlo. Estaba muy grave. La niña nació
muerta.
Caminó al pasillo extremo donde estaba el teléfono,
y comenzó a marcar: primero a los padres de Lucía
(no le contestaban) y luego algunos hospitales. Se dirigió
a casa de éstos. Eran las ocho y media. Había mucha
gente. Mientras se abría paso, escuchó los sollozos
de una mujer. Era la madre de Lucía.
Santiago caminó sin dirección, sin saber a donde,
pero estaba en el burdel.
Seguía parado frente a las dos mujeres. No podía moverse.
Comenzó a respirar con dificultad. “¡Ya no puedo
más!” –Dijo- “¡Ella no¡ ¡No!
tenía porqué morirse ella, ni mi hija!”
- No, no digas eso, te lo ruego – dijo Sonia-. No cometas
una locura. Por el amor de Dios. Piensa en las personas que te quieren.
- A ellos no les importo. Me echaron de casa.
- Si no les importas a ellos, a mi sí.
- Pues, yo no te quiero.
- Sabes que eso no me importa. Esta vez, te seguiré al mismo
infierno.
- ¡Vaya! Estás loca.
- No me digas eso. Tú bien sabes que te amo y que no dejare
de hacerlo.
Maggi les miraba.
- Ya me voy.
- ¿A dónde?
- Eso no te importa.
- Te seguiré.
- ¿Tú? será inútil.
Salió de la habitación y las dos mujeres se quedaron
sentadas en la cama.
-¿Lo dejarás así? –dijo Maggi.
Sonia se levantó y corrió detrás; salió
del burdel y miró a Santiago que caminaba pesado y torpe.
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