El Precio de las Cosas

Hace unos días me comentaban sobre lo que cuestan las cosas, y la verdad... me gustaría referirme al aumento del coste de la vida con la entrada del euro o a la crisis inmobiliaria. Al final todo eso es simple economía y se reduce a tener o no posibilidad económica de adquirir cosas, vamos tener o no tener dinero; problema que, claro está que nos ocupa a todos, pero que sin duda alguna también todos sabemos que hay cosas más importantes. Me refiero a que cada acción genera reacciones y estás a su vez otras (teoría del caos) y a que cada acción que tomamos también tiene un coste para nosotros mismos, que bien puede ser de carácter económico o más personal.

La primera parte no es difícil de entender, ya sabéis: el aleteo de un mosquito en África genera un huracán en Centro América, ahora traspolemos esta idea a nuestra vida y la de los demás. Bien, pero la cosa se complica un poco cuando sólo hablamos de nuestra vida y dejamos de lado los acontecimientos que somos capaces de generar al resto de personas. Aun tenemos que la idea se cumple, de tal forma que una decisión que tomamos de adolescentes puede condicionar toda nuestra vida adulta, es verdad que siempre se puede cambiar, pero nunca borrar un hecho. Por ejemplo la elección de una carrera o profesión a los 18 años, determina casi por entera nuestra existencia, desde el sueldo que vamos a ganar hasta lo felices que vamos a ser durante la mayor parte de nuestro tiempo útil.

Claramente vamos entrando en el tema. Ahora veamos el precio de la independencia y la libertad. Son palabras que sin duda evocan los mejores sentimientos, sin embargo hay un coste muy importante al ganarse cada uno de estos conceptos, ya lo decía Freud, hay una edad en que todo ser humano debe matar (metafóricamente) a sus padres para lograr la independencia, ya que el sólo hecho de tener independencia económica no nos la garantiza realmente, puesto que hay una que es más importante: la independencia emocional, y por cierto es la que más cuesta conseguir. Esto mismo ocurre con la libertad, podemos vivir solos y creer que somos libres, sin embargo llamar a casa de nuestros padres y casi pedir permiso para acometer acciones tan ridículas como comprar un artículo de vestuario. En muchos casos el poder que ejercen nuestros padres es trasladado a nuestras parejas por nosotros mismos.

Curiosamente, somos nosotros los que rehuímos a la libertad y a la independencia, entregándoselas a otros y ellos a otros, que podemos ser nosotros mismos, generando así una serie de entramados y vínculos sociales dañinos, puesto que parece más fácil que la responsabilidad de nuestros actos recaiga, aunque sea de forma figurativa o para acciones menores, sobre otras personas.

Sin embargo, debemos ser capaces de analizar los costes que estas acciones pueden tener en nuestra vida cotidiana. Si no somos capaces de afrontar la responsabilidad de nosotros mismos, cómo seremos capaces de ocuparnos de un ser vivo, nuestro engendro, durante el tiempo que esté bajo nuestra tutela. ¿Es posible que muchos de los “problemas” de la sociedad vengan dados porque los padres no son capaces de asumir responsabilidades?. El caso es que este sería un coste indirecto, ya que afecta a otro ser, al cual casi consideramos nuestro, pero al fin y al cabo, otro ser. Pero a nosotros el evitar las responsabilidades y el no asumir las culpas directamente, también nos perjudica, nos convierte en esclavos de estas culpas y en irresponsables de por vida; si no fuese el caso, por qué necesitamos de policías y jueces que nos digan qué está bien y qué está mal, y qué es castigable y qué no, o para qué necesitamos crear religiones que nos digan lo mismo.

Lo cierto es que no sólo nuestras acciones nos perjudican, sino también el cómo las acometemos desde nosotros mismos, lo que pensamos al hacerlo. Desde todo punto de vista es diferente la persona que se acuesta con su pareja para satisfacerla, que la persona que lo hace para satisfacerse. El acto, objetivamente hablando es el mismo, sin embargo que duda cabe que son completamente diferentes, sin entrar en juicios de valor. Otro ejemplo claro es el bombero que entra en un incendio y rescata a alguien, al margen de que hacía su trabajo, arriesgó su vida y puede ser considerado por muchas personas como un hombre valeroso, pero si sólo lo hizo para que le consideraran valeroso. ¿Acaso no cambia este pensamiento las cosas?. Sobre este punto en particular Frederick Nietzsche tiene algunos volúmenes escritos: que básicamente vienen a decir que la intención es la joya y el resultado es lo que la sustenta, poniendo al mismo nivel al ganador y al perdedor, como dos grandes ganadores, y como perdedor real al que nunca quiso arriesgar nada.

Volviendo a nuestro tema de la libertad e independencia y aferrándonos a la idea de Nietzsche, claramente el que no asume sus responsabilidades y el que no asume su libertad, está perdiendo todo.

Pero un aspecto que no hemos tratado es el coste que representa asumir los conceptos de los que hemos estado hablando. Cuando se asume del todo, caemos en la cuenta que cosas que antes eran ciertas y aceptábamos como axiomas, en nuestra nueva condición son efímeras, no logran sustentarse por sí mismas.

Los sentimientos y sensaciones que podríamos experimentar, no siempre serán gratos, pero si serán reales y sabremos que no dependen del resto de personas, aunque ciertamente siempre estaremos influidos por nuestro entorno, ya sea familiar, amical, etc. Al fin y al cabo el humano es un ser social. El caso es que serán completamente reales.

Al entendernos como individuos únicos y especiales nos sentimos solos, y esta soledad aumenta cuando asumimos todo el peso de nuestros actos, y entendemos que carece de sentido la estructura social que hemos ayudado a montar, ya que cualquier castigo que nos otorgue la ley será menor que el que nuestro propio yo nos aplique.

A esto también debemos sumar la conciencia de que un dios que castigue o premie nuestra existencia, aunque ésta sea en varias etapas, carece completamente de sentido y menos aun, por supuesto, las estructuras sociales religiosas. Como decía Sartre, el existencialismo ateísta es un humanismo: él decía que las personas que asumen que dios no existe son más activas socialmente, puesto que no pueden rezar a nadie para que solucione sus problemas, y son ellos los que los deben solucionar, por eso el ser existencialista y ateo, ya es ser un humanista, ningún problema será resuelto por nadie, a excepción de nosotros mismos. Esto lo explica en una conferencia que da en París y está recogida en el libro “El Existencialismo es un Humanismo”.

Para terminar, la decisión de cambiar una u otra cosa está únicamente en nosotros y cada cosa tiene su justo precio. Sólo espero que no nos pase como al resto de seres que están dentro de la caverna de Platón y que sólo son capaces de ver sombras, y aunque les digan que fuera de esas paredes hay más mundo, sólo se aterrorizan y matan al mensajero.

 

PROPUESTAS:

En esta oportunidad les presentamos unos textos que de alguna u otra forma han podido ser citados en este artículo. Aunque parezca mentira, los de Nietzsche son muy entretenidos, además el de Platón es muy corto y esclarecedor, y el de Sartre es tremendamente instructuvo, casi de lectura obligada.

Nietzsche, Friedrich - Crepúsculo de los ídolos
Nietzsche, Friedrich - Libertad de la voluntad y fatum
Platón - El mito de la caverna
Sartre, Jean-Paul - El existencialismo es un humanismo

 

Página Anterior

 

 

 

 

 

Página elaborada por Manuel Rodaños

 

Hosted by www.Geocities.ws

1