Resumen:
"La doble historia del Doctor Fausto" es una pieza que aborda el tema de una famosa dicotomía: conocimiento-sensibilidad. Un dramaturgo decide escribir su propio Fausto, haciendo un paralelo de esta historia con su vida. Es un juego de espejos, donde la trama se descubre entre estas dos historias paralelas. Esta obra ganó el Premio Nacional Obra de Teatro 1998 del INBA (Instituto Nacional de Bellas Artes) y el Gobierno de Baja California, México. Se estrenó en 1998 bajo la dirección de Mario Cantú Toscano, en la Sala Experimental del Teatro de la Ciudad, en Monterrey, con el siguiente reparto:Fernando: Andrew Stevens
Luisa: Magali Quintero
Dr. Fausto: Luigi Bazán
Mefistófeles: Rafael Cárdenas
Margarita: María Luisa Bortoni
Wagner/Armando: Mauricio Martínez
La doble historia del Doctor Fausto
de Mario Cantú Toscano
Personajes:
Fernando (escritor, aproximadamente 30 años)
Luisa (universitaria, 22 años)
Dr. Fausto (viejo sabio)
Mefistófeles (demonio con apariencia de humano joven)
Margarita (jovencita de 18 años)
Wagner (asistente de Fausto, alrededor de 25 años)
Armando (amigo de Luisa y Fernando)
*Se recomienda que el doctor Fausto y Mefistófeles tengan más o menos la misma altura y complexión, además de algún parecido físico (si es posible).
Acto único
Se sugiere para la puesta que el escenario sea isabelino para que el público pueda apreciar la doble historia. El escenario es un rectángulo. En uno de los lados cortos hay un vitral gótico, en los otros tres habrá público. Viendo el vitral de frente: sólo hay una entrada, en la esquina superior derecha, una cama en la esquina superior izquierda, un escritorio en la esquina inferior derecha y unos tres o cuatro escalones en la esquina inferior izquierda, una pequeña tarima con barandal (que simula un balcón) en el lado derecho y un baúl en el lado izquierdo.
Al comenzar la obra todo está obscuro, lentamente se eleva el sonido del viento, luego el de la lluvia y finalmente algún trueno. Con el relámpago se ilumina brevemente el escenario a través del vitral. Se escucha en off la voz de Luisa.
Voz de Luisa: A veces pienso que yo maté a Fernando; le compré su alma y, de vez en cuando, la necesito; pero no puedo encontrarla. Les voy a contar la doble historia del doctor Fausto.
Entra violentamente el tercer movimiento del "Verano" de Antonio Vivaldi. Después del ataque de las cuerdas se ilumina tenue el escenario y el vitral sigue evidenciando la luz de los relámpagos. Entra furioso el Dr. Fausto aventando su capa húmeda y chorreando agua del cabello, lo sigue nervioso Wagner, quien lleva una copa de vino en la mano. Fausto da vueltas frenéticas por el escenario, luego sube a la tarima de barandal y en una pared ficticia hace como si buscara algo, voltea hacia abajo, recoge unos libros del piso, los hojea con desesperación y los va arrojando uno a uno sobre el escenario. Se baja de la tarima y camina hasta el baúl, de éste saca un espejo y se mira en él. Wagner recoge los libros y la capa poniéndolos en un rincón, luego se acerca lentamente al Dr. Fausto ofreciéndole la copa. Fausto comienza a temblar y de un manotazo le tira el vino a la copa que le ofrece Wagner. Fausto comienza a dar vueltas desesperadamente por el cuarto hasta llegar frente al vitral, se detiene en un rictus de miedo y tras una pausa se desploma sobre las rodillas. Termina la música. Wagner trata de acercarse a él pero no lo consigue, intenta decir algo pero tampoco puede; decide limpiar el vino y acomodar los libros. El Dr. Fausto sigue en su posición. Silencio por parte de ellos, el viento sigue soplando, los truenos siguen escuchándose, lejanos, y los golpes de una máquina de escribir. Se ilumina la esquina del escritorio y vemos a Fernando con su máquina de escribir muy concentrado.
Dr. Fausto: Wagner, ¿cuál ha sido el día más feliz de tu vida?
Wagner se paraliza ante la pregunta, deja lo que estaba haciendo y se pone a pensar.
Wagner: ¿A qué se refiere?
Dr. Fausto: Sí, el día más feliz que hayas tenido.
Wagner: No sé... supongo que fue el día en que murió mi abuela porque por fin se reconciliaron mi padre y mi abuelo. Pero también fue el más triste porque yo la quería mucho.
Dr. Fausto: Hace rato estaba en una cena, discutía con el Dr. Baumgarten sobre su "Aesthetica". Yo no creía que hubiese un "conocimiento sensible", como él lo llama, y en ese caso la estética no es una ciencia. El caso fue que una señora frívola se estaba aburriendo e interrumpió la conversación. Hizo una pregunta estúpida: "¿quiénes saben cuál ha sido el día más feliz de su vida?". Y luego todos se escurrieron hasta esa estúpida plática, hasta Baumgarten se distrajo. Cuando llegó mi turno simplemente no supe qué decir. Me enfurecí, no quería participar en una plática tan idiota, estaba desperdiciando mi tiempo. Salí antes del brindis. Miré el reloj. Las diez. Pensé: "de cualquier forma ya es tarde". En ese momento, como un relámpago, recordé mis primeras clases. Yo tenía doce años y obligaba a mi maestro, un viejo filósofo, a que me enseñara todo cuanto él sabía. Un día, ya tenía dieciséis, discutíamos sobre las teorías del tiempo, y de ahí a su concepción del tiempo. Yo no estaba de acuerdo con él. De pronto se levantó de su silla, cerró los libros y dijo: "me voy, ya es tarde". "¿Tarde?", le dije, "son las ocho, aún es temprano". Se río y me dijo: "¿ves?, eso es el tiempo". Cerró la puerta y no lo volví a ver hasta dos semanas después, en su funeral. A partir de ese momento decidí que para mí siempre sería temprano. Pero hoy dije "de cualquier forma, ya es tarde". ¿Y cuál ha sido el día más feliz de mi vida? (Pausa).
Wagner: Supongo que no ha cenado, ¿desea que le prepare algo?
Dr. Fausto: Wagner, ¿no entiendes? ¿Y si Baumgarten tiene razón? Si hay un conocimiento intelectual, que es la lógica, y un conocimiento sensible, que es la estética, resulta que yo me he perdido de un conocimiento. He perdido el tiempo, he perdido alguna dimensión del ser humano.
Fernando deja de teclear y los otros se congelan.
Fernando: No, no, ya estoy intelectualizando otra vez. Mejor lo hago un poco más... ¿poético? Sí, creo que puede funcionar.
Vuelve a teclear, los otros se reacomodan y comienzan de nuevo.
Wagner: Supongo que ha de estar hambriento, ¿gusta que le prepare un bocadillo?
Dr. Fausto: La vida es un capullo del tiempo, el tiempo es un sueño, donde el mayor bien es pequeño. ¿Qué es el tiempo? Una ilusión, una sombra, una ficción. Que todo el conocimiento es sueño, y los sueños, sueños son.
Fernando: (Se detiene) ¡Qué mamón! No, ni de pedo el Dr. Fausto va a estar hablando así. Además me estoy fusilando a Calderón vilmente. Y Wagner no dice "bocadillo", ¿de dónde saqué esa palabra? (Vuelve a escribir y los otros a sus posiciones)
Wagner: Si Su Excelencia me lo permite, pase al comedor; dejé la cena preparada por si las dudas.
Dr. Fausto: ¿No lo entiendes Wagner? ¿Lógica o estética? He ahí el dilema. Si es más noble a la luz de la razón comprender el mundo con los sentimientos, o razonar sobre cómo el tiempo ha de llegar sobre nosotros. Morir: Dormir.
Fernando: (Deteniéndose furioso) ¿Por qué siempre Hamlet? Ya estuvo. No tengo por qué citar a Shakespeare siempre que escribo. ¿Acaso no puedo resolver una cuestión dramática sin imitarlo patéticamente?... Tal vez no. Ya, calma. Simplicidad ante todo. (Los otros vuelve a la posición del inicio de sus diálogos)
Dr. Fausto: Wagner, ¿cuál ha sido el día más feliz de tu vida?
Wagner: ¿A qué se refiere?
Dr. Fausto: Sí, a eso, al día más feliz que hayas tenido.
Wagner: No sé... supongo que fue el día en que murió mi abuela porque por fin se reconciliaron mi padre y mi abuelo. Pero también fue el más triste porque yo la quería mucho.
Dr. Fausto: ¿Puede haber tal contradicción? ¿Puede existir tal duplicidad en el hombre? (Pausa) Mírame, Wagner, soy un viejo.
Wagner: ¿Se siente usted bien?
Dr. Fausto: Sí... sólo que ya es tarde.
Wagner: Quizá debería cenar.
Dr. Fausto: (Pausa mientras lo mira con desencanto) Buenas noches, Wagner. (Sale)
Se escucha el tercer movimiento, allegro assai, del primer concierto para violín de J. S. Bach. Wagner mira salir al Dr. Fausto y Fernando alza los brazos en señal de victoria. Obscuro.
II
Conforme va bajando la música va subiendo la luz. Fernando y Luisa están en la cama bajo las sábanas, hay poco movimiento.
Luisa: Así está bien... no te muevas mucho, así... un poquito más... así... no tanto.
Fernando: (Deteniéndose) ¿Quién chingados te entiende? Más, menos, más, menos, acelera, frena, vuelta a la izquierda, saca la mano. Pareces oficial de tránsito.
Luisa: Es que está bien, vas bien pero te emocionas y le das más duro y levantas la sábana y entra el aire frío. Me desconcentra.
Fernando: ¿Y crees que eso no me saca de concentración a mí? Mejor cambiamos, así le das como tú quieras.
Luisa: (Piensa un momento) Sí, yo creo que es mejor.
Se reacomodan y comienzan de nuevo. A los pocos segundos Luisa se detiene y empieza a reír.
Fernando: (Molesto) ¿Y ahora qué chingados te pasa? (Luisa sigue riendo) ¿Estoy muy chistoso o qué? (Luisa niega con la cabeza sin dejar de reír) Dime qué te pasa.
Luisa: (Entre risas) Es que te vas a encabronar.
Fernando: No, no me digas que otra vez. (Luisa asiente) ¿En qué habíamos quedado?
Luisa: ¡Chingado! Pues no es mi culpa, no es algo que yo pueda controlar. Tú tuviste la culpa por apachurrarme la vejiga.
Fernando: Ándale pues, ve a orinar.
Luisa: ¿De qué te quejas? Tú una vez te echaste un pedo. (Ríe nuevamente)
Fernando: ¿Ya vamos a empezar? Habíamos cenado salami, ya sabías que me hace daño, pero estabas terca en cenar salami.
Luisa: (Todavía riendo) ...Y tuvimos que seguirle en la sala porque se apestó el cuarto.
Fernando: Vete ya.
Entre risas Luisa se viste bajo las sábanas y sale. Fernando la sigue con la vista y cuando ella ha salido le grita.
Fernando: ¡Miona!
Luisa: (Desde afuera) ¡Pedorro!
Fernando: (En voz baja) Pendeja.
Fernando se queda pensativo un momento, mirando al techo. Luego también se viste y sale de la cama, se dirige a su escritorio, quita la hoja de la máquina de escribir y pone una nueva. Se sienta y comienza a escribir. Luisa entra y lo ve en el escritorio, tiene cara de desilusión.
Luisa: ¿No vamos a terminar?
Fernando: Ahorita.
Luisa: La respuesta es sí o no.
Fernando: Ya te dije que sí, pero espérame tantito.
Luisa: ¿Qué chingados estás haciendo?
Fernando: Nada, ahorita voy.
Luisa: ¿Cómo que nada? Estás escribiendo.
Fernando: No, estoy cenando. Nada más termino esto y voy. Es que luego se me va la idea.
Luisa: ¿Vamos a terminar?
Fernando: Sí.
Luisa: ¿Qué chingados estás escribiendo?
Fernando: Nada, ya voy.
Luisa: ¿Es sobre mí?
Fernando: No.
Luisa: ¿Sobre nosotros?
Fernando: No.
Luisa: Sabes que no quiero que escribas nada sobre nosotros, ni que tus personajes se llamen como tú o como yo.
Fernando: No es nada de eso, ya voy a terminar.
Luisa: ¿Entonces qué es?
Fernando: Nada, ya voy.
Luisa: ¡Vete a la chingada!
Fernando: Ahorita voy. (Pausa breve) ¿Qué dijiste?
Luisa: Que te vayas a la chingada. (Pausa) Por lo menos ten la delicadeza de pelarme, ¿no? Siquiera dime qué es más interesante que coger conmigo.
Fernando: Tú interrumpiste para ir a orinar, yo aprovecho para escribir algo. Y por favor los melodramas déjamelos a mí, ¿o de plano quieres tumbarme la chamba?
Luisa: ¿Qué demonios estás escribiendo?
Fernando: El argumento para una obra de teatro.
Luisa: ¿Cuándo se te ocurrió?
Fernando: Hace rato.
Luisa: ¿Cuándo?
Fernando: Hace rato.
Luisa: ¿Antes o durante?
Fernando: No chingues...
Luisa: Así que mientras cogemos yo pienso en ti y tú imaginas una puta obra de teatro. ¿Y en cuál de tus actrices estabas pensando? Porque no se te ocurrió así de la nada, ¿o sí?
Fernando: Pues no, estaba pensando en ti, luego en nosotros y se me vino la idea. ¿Satisfecha?
Luisa: Te dije que no quería que escribieras sobre nosotros, y mucho menos sobre mí, mi vida es mía y ya. (Pausa breve) Hace dos semanas que no te me acercas, a la mitad del asunto te pones a escribir, me entero que en lugar de pensar en mí estás imaginando pendejadas. ¿Te parece que estoy satisfecha? Mírame bien, ¿te parece ésta una cara de satisfacción? (Pausa) Vete a la chingada... o no, mejor aún, yo me voy a la chingada. (Mientras dice el siguiente parlamento saca una maleta de abajo de la cama y la llena de ropa sacada del baúl) Si estuviéramos casados te diría que me iba con mi mamá para que te cagaras más; pero no, me voy a casa de Sandra, que también te caga.
Fernando: ¿Cuándo regresas? (Sigue escribiendo) ¿Mañana?
Luisa: No sé. Una semana, dos, un mes, nunca. No sé.
Fernando: No seas melodramática. (Deja de escribir y va a tratar de detenerla sin mucha convicción) Hace mucho que no escribo, se me ocurrió algo y tengo que aprovechar.
Luisa: ¿Por qué nunca entiendes nada? Hemos estado muy distanciados, no sé si te amo, no sabes si me amas. Esto nos va a ayudar. ¿Crees que te puedo hace feliz? El sexo no es todo en una pareja.
Fernando: Sí me haces feliz.
Luisa: ¿Cómo sabes?
Fernando: No estoy triste.
Luisa: Eso tampoco quiere decir que seas feliz. No trates de detenerme por quedar bien, a esas alturas fingir no sirve de nada. Las cosas por obligación me dan hueva. Adiós, Fernando. (Sale)
Comienza a escucharse el "Moldeau" de Friederich Smetana. Fernando da vueltas por el cuarto, pensando. De pronto se dirige a su escritorio, quita violentamente la hoja de la máquina y la tira para colocar una nueva. Escribe, se detiene, quita la hoja, la tira y coloca otra.; luego, otra vez. Obscuro. Se enciende la luz y ya hay más hojas en el suelo. También están Wagner y el Dr. Fausto representando con mímica una escena, mueven los labios pero no hay sonido. Obscuro. Vuelve la luz y Fernando enciende un cigarro. Wagner y Fausto en otra escena. Fernando los mira, se levanta, los rodea, les corrige las posiciones, etc. Obscuro. Nuevamente se ilumina. Fernando escribe y los otros ya no están. Termina de escribir, saca la hoja y la acomoda con otras a un lado de la máquina, levanta los brazos y grita.
Fernando: Primer acto.
Obscuro. Baja la música lentamente hasta quedar en silencio.
III
En medio del silencio y la obscuridad se escucha la voz de Wagner.
Wagner: ¡Pst! Doctor Fausto... doctor... despierte.
Wagner enciende las velas de un candelabro que lleva en las manos. La poca luz deja ver a Wagner frente a la tarima de barandal y a Fausto dormido en dicha tarima con un libro abierto entre las manos. El escenario comienza a iluminarse poco a poco.
Wagner: Doctor, despierte. Vaya a dormir a su cama. ¿Quiere que le ayude?
Ahora se puede ver también a Fernando en su cama, dormido con un libro abierto. Wagner sube la voz.
Wagner: ¡Doctor! ¡Doctor Fausto! (Fernando y Fausto despiertan al mismo tiempo) Son las tres de la mañana. ¿Quiere que lo ayude a ir a su cama?
Dr. Fausto: Estaba repasando unos viejos libros de alquimia, debe haber algún modo de recuperar el tiempo perdido, debo hallar el otro conocimiento.
Wagner: Es mejor que descanse.
Dr. Fausto: Decía Monseur Pascal: "Sigamos nuestros movimientos, observémonos a nosotros mismos, y veamos si no encontraremos los caracteres vivos de dos naturalezas. ¿Acaso tantas contradicciones se encontrarían en un sujeto simple? Esta duplicidad de hombre es tan visible que hay quien ha pensado que teníamos dos almas, pues un sujeto simple les parecía incapaz de tales y tan súbitas variaciones, de una presunción desmesurada a un horrible abatimiento del corazón."
Wagner: ¿Se siente bien, doctor?
Dr. Fausto: "Viendo la ceguera y la miseria del hombre, y esas contradicciones asombrosas que se descubren en su naturaleza, y mirando a todo el universo mudo, y el hombre si luz, abandonado a sí mismo, y como perdido en este rincón del universo, sin saber quién le ha puesto en él ni qué ha venido a hacer aquí, ni lo que será de él cuando muera, me lleno de espanto como un hombre que hubiera sido llevado a una isla desierta mientras dormía y sin tener ningún medio de salir de ahí, y además me admiro de cómo no se desespera uno en tan miserable estado."
Wagner: Iré por un médico, mientras recuéstese y descanse.
Dr. Fausto: (Gritando) ¿No entiendes, Wagner? (Pausa breve) Tengo miedo... no, miedo no, tengo hambre y un poco de frío... no, creo que sólo tengo sed. Tráeme agua... no, mejor un poco de vino... ¡Wagner! No, mejor no te vayas. (Pausa larga) Siempre me ajusté a las normas de la razón, la lógica, el conocimiento hasta las últimas consecuencias. Yo nunca comprendí que tuviésemos dos almas. Ahora daría las dos por conocer la que me falta.
Fausto saca del baúl algunos elementos de brujería o magia negra y los va colocando por todo el escenario. Mientras, comienza a desatarse una tormenta: ruido de viento, lluvia, contrastes de luces y obscuros.
Dr. Fausto: Quid tu moraris? Per Jehovami Gehennam et consecratum aquam nunc spargo, signumque cracis quod nunc facio, et per vota vostra, ipse nunc surgat nobis dictatus Mephostophilis.
Se escucha entre el ruido de la tormenta otro que parece ser un azotón de puerta.
Fernando: (Con miedo) ¿Quién anda ahí?
Un trueno y un relámpago brillante, inmediatamente después obscuro y silencio, enseguida una tenue luz. Luisa está dentro del escenario. Fernando y Wagner gritan.
Wagner: ¡Doctor! (Señala a Luisa) ¡Un horrible demonio! (Se cubre la mirada)
Fernando: Me asustaste.
Luisa: (Sarcástica) ¿Pensaste que se te había aparecido el diablo?
Dr. Fausto: (A Luisa) Te ordeno que desaparezcas y cambies tu aspecto, eres demasiado espantoso para presentarte ente mí. Regresa en la forma de un fraile, que el hábito sagrado le sienta mejor al diablo. Quin redis Mephostophilis, fratris imagine.
De entre el público sale Mefistófeles vestido de monje y entra al escenario.
Luisa Y Mefistófeles: ¿Puedo entrar ahora?
Fernando: Claro, pásate y siéntate… o acuéstate… o lo que quieras.
Dr. Fausto: Pasa espectro.
Wagner: Por favor, doctor, dígale que e marche. Tengo mucho miedo, por favor.
Dr. Fausto: Cállate, Wagner.
Luisa: He pensado mucho estas dos semanas. Todos los días esperaba que me llamaras...
Mefistófeles: He esperado tu llamada, Fausto, desde el día que naciste.
Luisa: ...Y nada.
Fernando: Pensé que te habías ido porque no querías saber de mí.
Dr. Fausto: Pensé que te había llamado por mi voluntad.
Mefisto: Y así fue.
Fernando: Siempre trato de hacer lo quieres, pero resulta que dices una cosa y realmente quieres otra.
Luisa: Y sigue así, porque cuando tratas de adivinar sale peor.
Mefisto: Sólo que te tomó mucho tiempo decidirte.
Dr. Fausto: ¿Entonces sabes lo que me pasa?
Luisa y Mefisto: Es el error más viejo del hombre.
Dr. Fausto y Fernando: Y supongo que has venido a ayudarme.
Luisa y Mefisto: A ayudarnos.
Luisa: los errores de una pareja no los comete uno solo.
Wagner: No lo escuche, doctor.
Luisa y Mefisto: Yo sé lo que te hace falta.
Luisa: Y es algo que yo no te había sabido dar.
Mefisto: Y es algo que yo te puedo dar.
Wagner: No caiga en su artificio.
Luisa: Nos hemos concentrado en las miradas y no en lo que hay detrás.
Mefisto: Te has concentrado en las leyes de la física pero no en cómo se aplican.
Luisa: Nos besamos pero no sabemos qué hacer después.
Mefisto: Has observado el movimiento de los astros pero nunca disfrutas las estrellas.
Luisa: Te digo "buenas noches" y no entiendes que te digo "te quiero".
Mefisto: Conoces muchas lenguas pero no te expresas con ninguna.
Dr. Fausto y Fernando: ¿Y dónde encuentro todo eso?
Luisa y Mefisto: Conmigo.
Wagner: Doctor, el precio será muy alto.
Dr. Fausto y Fernando: ¿Y qué tengo que dar a cambio?
Luisa y Mefisto: (Luisa en son de broma) Tu alma.
Wagner: Doctor, no lo haga.
Fernando: (Sarcástico) ¿Tengo que firmar un contrato?
Luisa: Más o menos.
Wagner: ¿No se da cuenta de lo que está haciendo?
Fernando: ¿Qué clase de contrato?
Luisa: Matrimonial.
Wagner: Es una locura.
Fernando: ¿Se lo robaste a Sandra o ella te lo dio?
Luisa: ¡Qué importa!
Dr. Fausto: ¿Sabrás cumplir?
Fernando: ¿Y será válido?
Luisa y Mefisto: Claro.
Luisa: Por lo menos para nosotros.
Luisa y Mefistófeles sacan sus contratos y plumas entregándolos respectivamente a Fernando y Fausto. Éstos los leen.
Fernando: Veo que ya lo firmaste.
Mefisto: Sólo falta tu firma
Wagner: Por favor, no lo haga, piénselo bien.
Silencio e indecisión. Fernando mira el acta y luego a Luisa en repetidas ocasiones. Fausto mira fijamente a Mefistófeles.
Dr. Fausto: Lo siento, Wagner.
Wagner sale corriendo. A Fernando se le cae la pluma. Luisa la levanta. Fausto mira hacia donde salió Wagner.
Luisa: ¿La vas a ocupar?
Fernando: (Pausa) No. (Pausa) Las cosas importantes las firmo con mi pluma.
Fernando va a su escritorio y saca una pluma. Al mismo tiempo éste y Fausto firman sus respectivos contratos. Los entregan. Silencio.
Dr. Fausto y Fernando: ¿Y ahora?
Luisa: (Pausa) Por lo pronto vamos a cenar.
Fernando asiente. Guarda el acta en su escritorio y se disponen a salir. Luisa sale y Fernando se detiene un instante para observar a los otros dos antes de abandonar la escena. Sale.
Dr. Fausto: ¿Podré hacer todo eso que me has prometido con este cuerpo maltratado? Porque, si bien ha sido una noche interesante, ya tengo sueño. Y quién sabe, quizá mañana, después que me levante, tendré sueño también.
Mefisto: Quítate esas ideas de la cabeza, ahora eres otro.
Dr. Fausto: Yo me siento igual.
Mefisto: Mírate en el espejo que hay detrás de ti.
Comienza a escucharse la obertura de la Suite No. 1 en F de Friederich Händel. El Doctor Fausto gira lentamente sobre su eje hasta dar media vuelta. Al mismo tiempo Mefistófeles lo rodea por el lado contrario a donde él dio la vuelta hasta quedar nuevamente frente a él. A partir de este momento Mefistófeles imitará como un espejo todos los movimientos de Fausto. Primero se toca la cara, luego se mira las manos, se pasan la vista mutuamente de pies a cabeza y se tocan mano con mano. Ahora el actor que hacía de Mefistófeles se gira media vuelta hacia atrás y el actor que hacía de Fausto lo rodea hasta quedar frente a él, como lo habían hecho anteriormente. A partir de este momento han intercambiado papeles, el actor joven será el Dr. Fausto y el actor viejo será Mefistófeles.
Dr. Fausto: Tenías razón, ya no tengo sueño.
Mefisto: Entonces salgamos a ver la noche.
Obscuro lento. La música seguirá hasta que principie el siguiente cuadro.
IV
El escenario se ilumina como si fuera la luz que dejan pasar las hojas de los árboles. Entran caminando Luisa y Armando uno junto al otro como en un paseo. Dan una vuelta por el escenario hasta que deciden sentarse en el baúl, miran hacia su alrededor como disfrutando de un paisaje. El actor que interpreta a Armando es el mismo que Wagner.
Luisa: Armando, ¿tú crees que alguien se pueda enojar con los muertos?
Armando: Ya deja eso en paz. Ya sé que dos meses son muy poco para olvidar, pero no te detengas en eso.
Luisa: Cuando leí su carta en las escaleras de la universidad sentí más coraje que tristeza. Pero no sé si es contra él o contra mí.
Armando: Mira, él está muerto, tú estás viva, (con sarcasmo) aunque no lo parezca. No inviertas los papeles, déjalo morir en paz y déjate vivir en paz.
Luisa: (Pausa) Antier por fin tuve el valor para sacar todas sus cosas. Encontré la obra que estaba escribiendo.
Armando: ¿La leíste?
Luisa: Hizo que me enojara más con él... o conmigo. Me sentí como si estuviera desnuda en la calle, sentí mi vida expuesta en un aparador.
Armando: ¿Decía cosas personales?
Luisa: No exactamente pero mis palabras, sus palabras... todo igual pero con otras bocas. ¿Alguna vez te platicó cómo nos conocimos?
Armando: Hace mucho.
Luisa: Yo creo que la reconocerías inmediatamente al leerla. (Se levanta y va hacia el escritorio) Yo estaba sentada en un escritorio de la biblioteca. (Entra Fernando) Ni siquiera lo oí acercarse, estaba muy concentrada.
Fernando: Tú estabas en las audiciones de hoy, ¿no?
Luisa: (Sorprendida) ¿Perdón?
Fernando: Que si eres la que audicionó para "Casa de muñecas".
Luisa: ¿Estabas ahí?
Fernando: Montemayor se quedó muy impresionado contigo, creo que vas a quedarte con el papel.
Luisa: Gracias, pero en realidad sólo acompañaba a una amiga y audicioné por curiosidad.
Fernando: ¿Qué lees? (Se congela)
Luisa: (A Armando) ¿Sabes lo que escribió?
Entran Fausto y Mefistófeles caminando como en un paseo, admirando a su alrededor. Después entra Margarita y sube al "balcón" leyendo un libro. Mientras Fernando está congelado, Luisa y Armando miran la otra escena.
Dr. Fausto: Esto es increíble, veo la estatua y me parece que escucho la voz del escultor, oigo el agua de la fuente y me parece que me baño en ella. Pero esto no es todo, ¿verdad?
Mefisto: Sólo es un buen comienzo. ¿Ves algo más que te guste? Todo puede ser tuyo.
Dr. Fausto: Veo unas ventanas y me parece que conozco las historias de esa casa, huelo el pan de aquella panadería y me parece que ya sé con qué lo van a comer, veo unas nubes y casi siento el fresco de la lluvia, veo... (Voltea hacia arriba de las escaleras) ¿Quién es ella? Me parece familiar.
Mefisto: ¿No la recuerdas? Se llama Margarita.
Dr. Fausto: (Sin despegar la mirada) Sí... pero se ve muy distinta.
Mefisto: Acércate.
Dr. Fausto: (Acercándose a las escaleras) No quiero, no puedo, no, por favor, me siento extraño. (Sube un par de peldaños)
Mefisto: Háblale.
Dr. Fausto: No puedo, esto es extraño, qué estoy haciendo, no lo debo hacer... ¡Margarita!
Margarita se sobresalta, voltea a sus espaldas buscando la voz y escondiendo el libro.
Margarita: ¿Papá?
Dr. Fausto: ¿Qué hice? Quiero irme, que no me vea... (a Margarita) aquí abajo.
Margarita voltea hacia abajo, como si abajo del balcón se encontrara realmente Fausto.
Margarita: ¿Perdón?
Dr. Fausto: Usted es la que se asomaba a escondidas en la clase del profesor Baumgarten, ¿no? (A Mefistófeles) ¿Qué estoy haciendo?
Margarita: (Sorprendida) No... bueno, una vez... o dos... ¿quién es usted?
Dr. Fausto: ¿Qué está leyendo? (A Mefisto) ¿Por qué me tomo estas libertades con ella? No es correcto.
Ahora Mefisto, Fausto y Margarita se congelan, Fernando se descongela.
Luisa: ¿Eres amigo del maestro Montemayor?
Fernando: (Levantando el libro para ver el título) "Las leyendas del Dr. Fausto". ¿Interesante?
Luisa: Era un nigromante y sodomita, toda una peste para su tiempo. Pero parece que Marllow, Goethe y Thomas Mann lo ha sobrevaluado.
Fernando: La literatura no cuenta las historias como ocurrieron, sino como debieron ocurrir… bueno, eso dice Aristóteles. Yo podría ser Fausto.
Luisa: También eres de teatro, ¿verdad?
Fernando: ¿Se me nota mucho?
Luisa: (En burla) Sólo cuando hablas.
Fernando: (Impostando la voz) ¡Oh, damisela! Vendería mi alma al diablo por salir con usted.
Luisa: También por lo mentiroso.
Fernando: ¿Cuánto crees que den por un alma usada en buenas condiciones?
Luisa: No creo que te haga falta venderla.
Fernando: ¿No?
Luisa: (Pausa breve) Todavía. (Silencio incómodo) Bueno, tengo que terminar de leer esto.
Fernando: (Un poco desilusionado) Claro. Bueno, nos vemos.
Luisa dice adiós con la mano en un gesto infantil. Fernando esboza media sonrisa, se encoge de hombros y se aleja. Luisa regresa a la lectura. Antes de que éste salga voltea y le grita.
Luisa: Mañana también voy a ir a las audiciones.
Rápidamente regresa a su lectura y Fernando termina de salir. Los otros se descongelan. Mientras ellos retoman su escena, Luisa regresa con Armando.
Margarita: ¿Es usted discípulo del profesor Baumgarten?
Al decir esta línea trata de asomarse más y en su intento tira el libro por entre los barrotes del barandal. Mefisto lo recoge y se lo avienta a Fausto, quien lo recibe como si lo rescatara de la caída. Lee el título.
Dr. Fausto: "La vida de Sócrates". ¿Le interesa la filosofía?
Margarita: Me parece una vida ejemplar, aunque le hayan acusado de corromper a la juventud.
Dr. Fausto: La gente nunca puede ver más allá de las cosas. (A Mefistófeles) ¿Por qué m contesta? Debería haberse metido a su alcoba, soy un insolente.
Mefisto: (Sarcástico) Qué extraño es el mundo, ¿no?
Margarita: ¿Es usted filósofo?
Dr. Fausto: ¿Se me nota? (A Mefistófeles) ¡Y soy arrogante!
Mefisto: (Nuevamente sarcástico) ¡Qué novedad!
Margarita: Es que habla usted tan distinto a mi padre... ¿me devuelve mi libro?
Dr. Fausto: Con todo el dolor de mi corazón, pues presiento su partida. (A Mefistófeles) No quiero que se vaya, haz algo.
Mefisto: (Quitándole el libro) Dáselo.
El Doctor Fausto, como si todavía tuviera el libro, se sube hasta el último escalón, se para de puntas y alza la mano. Al mismo tiempo, Margarita alarga su brazo para alcanzar el libro que Mefistófeles le pone en la mano.
Margarita: Gracias. Tengo que bajar a la cena.
Dr. Fausto: (A Mefisto) Haz algo, por favor.
Margarita baja de la tarima, está a punto de salir pero se detiene, regresa y se asoma tímidamente.
Margarita: Mañana volverá a asomarme a la clase del profesor Baumgarten.
Sale corriendo. Fausto da un gran respiro.
Dr. Fausto: Esto es demasiado extraño, pero creo que ya no tengo tanto miedo.
Mefisto: Ya te lo dije: sólo es un buen comienzo.
Salen. Armando y Luisa después de un momento retoman la plática.
Armando: Pues qué te puedo decir.
Luisa: Él me conoció mejor que nadie y yo hasta ahora sé lo que realmente pensaba. Y me encabrono con él... o conmigo. ¿Qué puedo hacer?
Armando: ¿Y si ahora tú cuentas su historia?
Luisa: Tal vez. (Pausa) ¿Tú crees que yo lo maté?
Armando: (Pausa) ¿Quieres una nieve?
Luisa: No, tengo frío.
Obscuro.
V
Se enciende la luz y vemos Fausto con la ropa desfajada, a Margarita en la cama arreglándose sus vestidos y a Mefistófeles en el "balcón" leyendo un libro. Fausto no mira a Margarita mientras ella esté en escena.
Margarita: Algunas veces, después de nuestras pláticas, sentía que esto iba a ocurrir. Al principio no sabía si deseaba que así fuera, pero luego me lo confesé en mi diario. Escribí que sí, que estaba dispuesta e incluso que lo estaba deseando. Y no suelo arrepentirme de las cosas que hago o digo, como Sócrates. (Pausa) Mi padre ha de estar preocupado.
Dr. Fausto: Wagner te llevará a casa.
Margarita: Estos días han sido hermosos. Ya sabes que todas las tardes salgo a leer al balcón. (Contiene el llanto) Mi padre me espera siempre para cenar. (Sale)
Dr. Fausto: ¿Por qué me siento tan despreciable? ¿Por qué no fue como yo creía? Esto no es parte del trato, se supone que debería sentirme bien.
Mefisto: ¿Es que todo tengo que hacerlo yo? ¿Por qué los humanos son tan inútiles?
Dr. Fausto: Estuvo bien, pero no fue lo que yo esperaba... como cuando veía todas esas cosas, como cuando probé esos alimentos, cuando olí esos perfumes.
Mefisto: Te dije que esperaras un poco más, pero no quisiste hacerme caso.
Dr. Fausto: No tengo por qué esperar, para eso hicimos un trato.
Mefisto: ¿Cuando tu viejo maestro te enseñó a sumar pudiste dividir? (Pausa) No, tuviste que aprender a multiplicar y luego a dividir. Es lo mismo. Ustedes siempre quieren saltarse pasos, quieren decir "esto es blanco y a partir de aquí es negro". Por eso están como están, por eso dependen de un dios que les esté ayudando a perdonarse sus errores.
Dr. Fausto: ¿Qué tengo que hacer entonces?
Mefisto: Aprender a multiplicar.
Dr. Fausto: Pues enséñame ya.
Mefisto: ¿Por qué tanta prisa? Disfruten su tiempo.
Dr. Fausto: Yo no tengo tiempo.
Mefisto: ¡Te di tiempo! Puedes tomarte todo el que necesites, meses, años, décadas. No me hagas tan fácil el trabajo. Si algo tengo es tiempo y tú también.
Dr. Fausto: (Pausa) Creo que estoy enamorado.
Mefisto: ¿Y quién es la afortunada?
Dr. Fausto: ¡No seas idiota! Pues quién va a ser.
Mefisto: No sé, dímelo tú.
Dr. Fausto: ¡Margarita! ¿Quién más?
Mefisto: ¿Y quién es Margarita?
Dr. Fausto: ¿Te estás burlando de mí?
Mefisto: ¿Quién es Margarita?
Dr. Fausto: (Sarcástico) Es que hemos visto tantas mujeres últimamente que no te acuerdas, ¿verdad? ¿Pues quién acaba de salir por esa puerta?
Mefisto: ¿Quién es ella?
Dr. Fausto: Ya fue suficiente, vete, rompemos el trato ahora mismo.
Mefisto: (Tomándolo violentamente de los hombros) ¿Qué es lo que hace? ¿Cómo vive? ¿De qué color son sus ojos? ¿A qué huele su cabello? ¿Qué es lo que piensa? ¿Qué es lo que quiere? ¿Qué necesita? ¿A qué le teme? ¿Qué la hace feliz? ¿Qué significado le encuentra a la vida? ¿Cómo le gusta que la traten? ¿Qué es lo que quiere decir con sus gestos y palabras? (Enfatizando) ¿Quién es ella?
Dr. Fausto: (Pausa larga) No lo sé.
Mefisto: ¿Por qué crees que estás enamorado?
Dr. Fausto: Porque me siento bien con ella.
Mefisto: ¿Hace rato te sentiste bien? "¿Por qué me siento tan miserable?" "Esto no es lo que yo esperaba." ¿Y aún así te sentiste bien?
Dr. Fausto: Realmente tenemos dos almas, ¿verdad?
Mefisto: ¿Dos? No me hagas reír. Tienen un alma que gusta del frío y otra que gusta del calor, una que goza la noche y otra que disfruta el día, una que ama y otra que necesita discutir... están hechos de miles de contradicciones.
Dr. Fausto: Pero yo no busco contradecirme, si algo no me gusta, no me gusta y ya. Si algo no es lógico se desecha. Si me gusta la comida salada no me puede gustar la dulce, si disfruto de la literatura clásica no me puede gustar la del Medioevo.
Mefisto: ¿Por qué no?
Dr. Fausto: Porque no es lógico.
Mefisto: No, porque no pueden ver más allá de las cosas. Porque todo lo tienen que clasificar, si algo no entra en la clasificación les da miedo, les asusta algo que no lo puedan poner en una categoría. Dios es bueno, entonces yo tengo que ser la maldad perfecta. ¿Qué has visto en Margarita que te haya gustado?
Dr. Fausto: No sé... todo.
Mefisto: ¿Y si te gusta todo de ella por qué te sentiste mal?
Dr. Fausto: No lo sé.
Mefisto: ¿Te gusta la música de Van Beethoven?
Dr. Fausto: ¿Ese estúpido sordo? Escribe sólo porquerías románticas. Rompe con las reglas matemáticas, no tiene una cuadratura perfecta como el maestro Bach.
Mefisto: ¿Lo has escuchado?
Dr. Fausto: Claro.
Mefisto: ¿Lo has escuchado realmente?
Dr. Fausto: Muchas veces.
Mefisto: ¿Y qué te provoca su música?
Dr. Fausto: Nada, ni siquiera náuseas.
Mefisto: Cierra los ojos.
Dr. Fausto: ¿Para qué?
Mefisto: Sólo obedece. ¿No querías aprender ya?
Fausto obedece. Mefistófeles retrocede sin quitarle la vista de encima hasta pegar su espalda contra el vitral, el cual se enciende en ese momento. Levanta los brazos como un director de orquesta y esboza una pequeña sonrisa. Comienza a dirigir la orquesta imaginaria. En el momento que marca el comienzo, se escucha la Obertura de "Egmont" de Ludwig Van Beethoven. La luz se torna sumamente tenue, mientras un especial ilumina la cara de Fausto. Los primeros acordes hacen estremecer a Fausto. Comienza a temblar y desesperar como si tuviera miedo, abre los ojos y se siente perdido, mira a todos lados y –como si no viera nada, o nada conocido– comienza a caminar, pero se detiene como si topara con paredes. Cambia de dirección como si estuviera en un laberinto, hasta que sube a las escaleras. Cuando se repiten los acentos del principio, el escenario se ilumina y Fausto se maravilla. Entra Margarita y, mientras siguen los acentos, ambos se quedan quietos. Luego, al reanudarse la melodía ella saca un diario debajo de la cama y escribe unas cuantas líneas. Fausto la mira como si supiera lo que está escribiendo, moviendo los labios sin pronunciar palabra. De pronto ella se turba y voltea a la entrada como si percibiera pasos. Rápidamente guarda el diario. Luego se dirige al balcón y hace como si cerrara las puertas; regresa y lentamente se quita la bata, quedando en ropa de dormir; se arrodilla frente a la cama y comienza a rezar en silencio. Mientras está rezando, dos o tres veces, se interrumpe con un escalofrío; se desconcierta unos momentos pero luego sigue con su plegaria. Cuando la música hace un leve "crescendo" con los violines, ella siente un gran frío y se frota los brazos, voltea hacia el balcón y se dirige a él; trata de cerrar las puertas nuevamente, forcejea pero no puede. Una vez que se dio por vencida disfruta del aire. Fausto la ha admirado todo este tiempo, abstraído en su figura, y cuando ella está en el balcón, él a lo lejos hace como si la acariciara; a su vez, ella hace como si recibiera las caricias. La música llega "in crescendo" a un "fortissimo". En ese punto Margarita abre los ojos y se sorprende de su situación, corre al interior del escenario defendiéndose de un enemigo invisible. La música se alenta en un ritmo como de vals, entonces Margarita se detiene desconcertada, como si su enemigo se hubiese ido, lo busca con precaución, pero no logra verlo. Otra vez la música vuelve al forte en allegro. Fausto baja lentamente la mano, desde la altura de su cara, acariciando el vacío. Margarita cierra los ojos y se arquea levemente, como si le acariciaran la espalda. Fausto hace la mímica de empujar suavemente a alguien. Margarita cae en la cama como si la empujaran. Fausto saca una manzana de su saco, la huele, la acaricia, la mira como si fuera la primera vez. A su vez, Margarita se revuelve en la cama como en una pesadilla, pero su cara contrasta con una sonrisa. En el último acento del compás, Fausto muerde victorioso la manzana; Margarita aprieta las sábanas con todas sus fuerzas arqueándose levemente; y la luz se esfuma en un obscuro rápido y total.
VI
Obscuro y silencio por un instante, luego el sonido del mar. Se ilumina el escenario y podemos ver que están Fausto colocando velas al rededor de la cama, Margarita sentada en la cama, Mefistófeles preparando una pipa en las escaleras y Fernando sentado en su escritorio, pensativo, viendo la hoja en la máquina de escribir.
Margarita: Mi familia debe estar buscándome desesperadamente. ¿Qué voy a hacer cuando regrese?
Dr. Fausto: Nada, estarás conmigo cuando regreses.
Pausa larga.
Margarita: Aquella noche tuve un sueño...
Dr. Fausto: Yo también.
Margarita: ...Muy real... muy extraño... era como si...
Dr. Fausto: ¡Shhh! No lo describas porque los sueños al ponerse en palabras se vuelven historias, se vuelven anécdotas, no los desperdicies así. Los sueños no se cuentan porque dejan de ser sueños.
Entra Luisa, despacio, hasta llegar con Fernando, le acaricia el cabello suavemente. Comienza a oírse la sonata "Claro de luna" de Van Beethoven.
Fernando: La otra noche fue...
Luisa: ¡Shhh! Déjalo así. (Pausa) ¿Dónde estabas?
Fernando: En el mar.
Luisa: ¿Y dónde está el mar?
Fernando: En mi cabeza.
Luisa: ¿Y en mi cabeza? (Saca de una bolsa de su pantalón un trozo de tela)
Fernando: También hay mar... y en tus ojos también, uno profundo, lleno de peces de colores, como pensamientos que se asoman en pequeños brillos.
Luisa: (Colocándole la tela sobre los ojos a manera de venda) ¿Y cómo son mis ojos?
Fernando: Tus ojos...
Dr. Fausto: (A Margarita) Tus ojos...
Mefisto: (A nadie) Tus ojos entran en los míos sin anunciarse, como el día; y contrastan con tus labios, porque se anuncian largamente, como el invierno. Detrás de tus ojos hay lamentos, gritos, cucharadas de tiempo; hay una niña que crece y una voz que no envejece nunca.
Luisa: Mira mi nuca.
Mefisto: La miro... y me parece suave como una canción de cuna, limpia como una mancha y triste como el otoño. Pero es perfecta, porque allí cabe el cansancio de mi mejilla, tres besos contados y hasta una noche de angustia.
Luisa: ¿A qué huele mi cabello?
Mefisto: A bruma. Se agita y cae como la noche; como la noche se deshoja en sombras, así cae tu cabello en la almohada. Y lo luces orgullosa, como se luce el pecado en la cara.
Luisa: ¿Te acuerdas de mis piernas?
Mefisto: Dos yeguas bravas, pero si las pruebo lentamente se deshacen como cañas, y las voy domando a paso lento aunque al principio me engañan.
Luisa: ¿Oyes mi corazón? ¿Está brincando?
Mefisto: Como pez en el alma, atrapado entre espalda y esternón. Dice cosas que no se piensan en palabras, a ratos grita, a ratos calla. Es una cajita de sangre y miedo, el armario viejo donde se fermentan los rencores y se apolilla el amor. Por eso hay que mantenerlo abierto y que le dé el sol, la luna o yo.
Luisa: ¿Qué estoy pensando?
Fernando: Una canción.
Luisa: ¿Cómo sabes?
Mefisto: ¡Qué sé yo! Quizá porque a veces lloras como un piano, como el piano que la casa vieja en un rincón le va olvidando. Por eso piensas canciones y yo las escucho cuando sueñas en voz alta, cuando estás callada, o cuando te miro sin mirarte, como hoy.
Luisa y Margarita: ¿Qué es lo que yo oigo?
Fernando y Dr. Fausto: El mar.
Mefisto: Una ola apenas viene, la otra ya se va. Ése es nuestro ritmo: resaca y ola que se encuentran; ése es nuestro destino: el mar.
Luisa se va acercando lentamente a Fernando, mientras que Fausto hace lo mismo con Margarita. Avanzan lentos hasta darles un beso, suave, en los labios. Y así se mantienen hasta que la luz desaparece con la música. Obscuro.