Resumen: "Edipo Güey" es una comedia sobre la desesperanza, la apatía y la traición a los ideales. Edipo se da cuenta que se ha casado con su madre pero no hace nada por remediar la situación, pues esto está trayendo plagas y descontento a la ciudad. Aborda temas políticos y sociales, así como paranoias personales del autor. La obra fue escrita con una beca del Centro de Escritores de Nuevo León (México) en 1998 y se estrenó en 1999 bajo la dirección de Andrew Stevens en el Teatro Municipal José Calderón, en Monterrey, con el siguiente reparto:

Edipo: Mario Cantú Toscano
Yocasta: Rosa María Galván
Creón: Mauricio Martínez
Tiresias: Óscar Sansores
Aristóteles: Edgar Chumacero
Safo: Adriana de la Garza
Empédocles: Gerardo Leyva
Layo: Carlos Baeza

Edipo Güey

de Mario Cantú Toscano

Acto Único
Antigua Grecia, periodo indefinido, de hecho, la combinación de personajes lo denotará. Imitación a escala del teatro griego. Arriba de izquierda a derecha una cabaña de madera con tres puertas (skene). Al frente de ésta una tarima que abarca el ancho de la cabaña (proskenion). En un desnivel al frente de la tarima, un círculo (orkestre) con una trípode en el centro. Hay un par de pasillos (párodos) a los lados que comunican la orkestre con las piernas del teatro. Al comenzar la obra, sólo hay un especial a Edipo, solo, con una daga en las manos y sentado en el piso.

Edipo: Todo comenzó cuando la conocí. O por lo menos eso creía, quizá fue desde antes. Pero a partir de que la conocí, mi vida cambió. A mí nunca me ha importado eso de la diferencia de edades. "Podría ser mi madre", pensé; pero no le di importancia. Después nos casamos y me enteré que efectivamente era mi madre… Ahora tengo que sacarme los ojos… y lo peor del caso es que le tengo miedo a la obscuridad.

Se hace un obscuro rápido y se comienza a oír la canción "The begin" con Ella Fitzgerald. Se ilumina por completo el escenario y vemos a Yocasta y Layo. Éste cuenta unas monedas mientras que la otra teje. Al poco rato, ella deja de tejer y va con él, le hace cariños y comienza a seducirlo. De pronto, él se aparta, la regaña (mueve los labios pero no hay voz), y la aparta. Regresan a lo que estaban haciendo. Yocasta espera a que Layo se ensimisme nuevamente y aprovecha su descuido para vaciar unas gotas de un líquido en una copa. Luego va hacia él, en actitud reconciliadora, y le ofrece la copa. Él la acepta y bebe. Yocasta regresa a tejer. A los pocos segundos, Layo da muestras de tener calor, no puede concentrarse. De pronto, se laza hacia donde está Yocasta y la llena de besos. Oscuro rápido, unos segundos. Vuelve la luz y Yocasta está embarazada, Layo da vueltas desesperadamente, y Tiresias ausculta el vientre de ella. Este último voltea hacia Layo y le hace una seña negativa con la cabeza. Layo se desploma en llanto. Yocasta se siente mal y se acuesta. Con ayuda de Tiresias comienza la labor de parto. Finalmente nace el niño, Tiresias lo envuelve en una tela y se lo da a Layo. Éste le clava al niño un gancho en los pies y se lo ofrece a un guardia, quien trae una máscara teatral. Obscuro rápido. Vuelve la luz y el guardia tiene al niño en el suelo, está a punto de matarlo con un cuchillo pero no se atreve. Se dirige hacia Pólibo y Peribea, ambos también con máscaras, quienes están en un rincón del proskenion. Ellos se alegran con el "regalo". Pólibo le revisa los pies al bebé y, en una pausa de la canción, grita: "Edipo". Sigue la música y se hace un obscuro. Cuando la música termina, regresa el especial a Edipo.

Edipo: A mí siempre me han gustado las mujeres mayores, cuando estudiaba en el gimnasio, a mí me gustaba la maestra de métrica y ritmo. Me encantaba su manera de nemear… digo, de hacer nemeas. Cuando conocí a Yocasta, me encantó desde el principio, y luego me enteré que era mi madre y que yo había matado a mi padre, etc. Esas cosas que sólo nos pasan a los griegos… y a los hebreos… y a los egipcios… son esas cosas del "destino" y las moiras, cosas en las que piensas sólo cuando te pasa. Piensas que el destino es sólo para los demás, que tú no tienes ningún hilo que las moiras cortarán cuando les dé la gana. (Pausa) La tragedia comenzó hoy, íbamos a tener una cena importante.

Se ilumina el escenario y en la orkestre hay cojines alrededor de un trípode. Tiresias espera órdenes de Edipo.

Edipo: ¿Entendiste cómo va a ser la recepción?
Tiresias: Esto ciego, no sordo.
Edipo: ¿Cuál va a ser la cocina?
Tiresias: La skene.
Edipo: ¿Qué es lo primero que les vas a ofrecer a los invitados?
Tiresias: Vino.
Edipo: No, lavarles los pies.
Tiresias: Cierto, cierto.
Edipo: ¿Y qué harás después de lavarles los pies?
Tiresias: Ofrecerles vino.
Edipo: No, animal, lavarte las manos y después les ofreces el vino.

Edipo saca dos tazones grandes y los coloca al lado derecho del proskenion.

Edipo: Aquí te lavas las manos y luego les sirves el vino. ¿Ya? Llévate todo lo demás a la "cocina".

Tiresias obedece. Edipo lo ayuda sólo un poco. Está preocupado, comienza a caminar de un lado a otro sin saber qué hacer.

Edipo: Tranquilo, tranquilo. Aristóteles es una persona sensata y comprenderá que… que… la organización de una cena, pues, está llena de imprevistos. No creo que se ofenda si viene Safo… ¿Le habrán podido avisar a Safo? Espero que a Tiresias no se le olvide el postre. Ojalá que todo salga bien… ojalá que no salga tan mal… ojalá que salga. Tranquilo, tranquilo, tómalo con calma.

A lo lejos se escuchan las voces de los invitados. Edipo se queda paralizado de pavor. Súbitamente se pone a dar "los últimos toques" al lugar. Entra Yocasta del brazo de Aristóteles, ambos ríen. Se detienen frente a Edipo.

Yocasta: Permítame que le presente a Edipo, rey de Tebas, mi esposo e hijo.
Aristóteles: Sí, conozco el caso. Mucho gusto.
Edipo: Encantado, señor Aristócrates… Aristófanes… Aristóteles.
Aristóteles: He esperado mucho tiempo para conocerlo. Nunca imaginé que fuera usted tan… tan… tan usted.
Edipo: (Pausa breve) ¿Gracias? (Hacia la skene) ¡Tiresias! (Éste acude inmediatamente)
Tiresias: Buenas noches. (Se dirige hacia Yocasta y ésta cambia de lugar con Aristóteles) ¿Me permiten lavarles los pies?
Aristóteles: Claro, el camino ha sido verdaderamente arduo.

Con cierta torpeza, Tiresias lo sienta en la tarima del proskenion y procede a lavarle los pies. Entra Creón.

Edipo: ¿Y Safo?
Creón: (Sonríe con malicia) Le dije al viejo Empédocles que la invitara.
Edipo: ¿A Empédocles? Pero él no iba a venir.
Creón: Yo le dije que la trajera… ¡oh! quizá debió pensar que él también estaba invitado, qué mal.
Edipo: ¿Por qué no enviaste a un mensajero?
Creón: ¿No te dije que todos están en huelga? ¿Ahora cómo le diremos que siempre no?
Edipo: ¿Le diremos? Tú le vas a decir.
Creón: Pero tú eres el anfitrión.
Edipo: Pero tú lo invitaste.
Creón: Yo no lo invité, si viene fue por algún malentendido.
Edipo: Bueno, pues yo te ordeno que lo desinvites.
Creón: (Un tanto irritado) ¿Qué tú me…? (Se contiene) Está bien, señor. Usted manda y yo obedezco… (en voz baja) por última vez.

Tiresias termina de lavarle los pies a Yocasta y Aristóteles. Va a lavarse las manos y lo hace en el tazón de vino.

Tiresias: ¿Gustan un poco de vino?
Aristóteles: Tanto como el vino gusta de nosotros.
Yocasta: (Imitando el tono de Arisóteles) Tanto como… la uva… o así como… la vid… o como si… yo también quiero vino. (A Aristóteles) Es que yo no soy tan hábil como usted para decir frases.
Aristóteles: Pero sólo fue un simple retruécano, invertí el nominativo con el acusativo para dar un poco de "ingenio" a la frase y no repetirla repitiéndola, o no decir un simple "sí". Es bastante simple.

Mientras conversan, Tiresias les sirve agua en las copas, como era de esperarse, y se las lleva.

Yocasta: ¿Eso viene en su nuevo libro?
Aristóteles: No, esas son cosas de mi libro anterior, "La Retórica". (A Tiresias) Gracias. (Regresa a la conversación) De hecho, mi nuevo libro aún no puede concluir, hacen falta algunos detallitos.

Entran Safo y Empédocles, éste casi apoyado en la primera, pues no puede mantenerse de pie por la embriaguez. Además, le coquetea sin disimulo, la mira de pies a cabeza examinándola. Ella con cara de fastidio.

Empédocles: ¿Cómo ve si la próxima semana viene a mi casa y le explico lo de los cuatro elementos?
Safo: ¿Cómo vería un putazo el hocico?
Edipo: ¡Maestra! ¡Qué bueno que pudo venir!
Empédocles: Edipo, gracias por invitarme, será un placer estar en tan grata compañía.
Safo: No me lo agradezcas, tuve mis motivos para venir. (Viendo a Empédocles) Y él no es uno de ellos.
Edipo: ¡Tiresias! (A Empédocles) Usted por favor vaya con Creón para que le explique bien cómo está este asunto.

Tiresias conduce a Safo al bordo del proskenion para lavarle los pies.

Aristóteles: (Después de beber) Como que está un poco rebajado este vino, ¿no le parece?
Yocasta: (Toma un trago) Pues… sí… es que… estamos en política de austeridad.
Aristóteles: Ya veo. Sí, suele suceder cuando se sigue con la monarquía absoluta. Entiendo que tienen una pequeña crisis.
Yocasta: Ah, sí. Una plaga que está acabando con los ciudadanos, las cosechas y el comercio… nada de qué preocuparse. ¡Creón!

Creón está secreteando con Empédocles, le señala a Edipo y lo envía con él. Luego él se reúne con los otros dos.

Creón: ¿Sí?
Yocasta: Aristóteles… Señor Aristóteles, le presento a mi hermano Creón, jefe de nuestras fuerzas armadas y consejero de los reyes. Creón, creo que ya conocías al filósofo más grande del Peloponeso y mejor amante de Atenas… según dicen.
Creón: No. En realidad la filosofía siempre se me ha hecho una pérdida de tiempo. Y lo otro no creo que nos incumba.
Yocasta: (Con risa nerviosa) Es que él es militar y muy buen administrador, eso hay que reconocerlo.
Aristóteles: (A Yocasta) Cada quién tiene sus propias aspiraciones según el grado en el que busque la perfección. Me decía que están en crisis. Ya veo.

Tiresias termina de lavarle los pies a Safo, se lava las manos en el agua y le sirve vino. Empédocles le habla a Edipo, quien sigue los movimientos de Safo.

Empédocles: Creón ya me lo dijo. (No puede contener el llanto) No lo puedo creer de ti. (Lo abraza y sigue llorando) Es que eres tan bueno. Gracias por considerarme el invitado de honor. ¿Vamos por más vino?
Edipo: (No puede desengañarlo y suspira de resignación) Dile a Tiresias que te sirva. (Lo manda con Tiresias, él se acerca a Safo) Maestra, ¿ya probó el vino? Es el mejor de la casa.
Safo: (Con gesto de asco) Sí… se nota. ¿Tiene especias? Me da un ligero sabor a hongos. No sé, será que estoy un poco agripada.
Edipo: ¿En serio? Yo también esta mañana sentí como que me iba a enfermar. De hecho, ahora que lo menciona, toda la tarde he traído un cosquilleo en nariz y garganta.
Safo: No puedo creer que usted sea el hijo de Yocasta.
Edipo: Yo tampoco, qué coincidencia, ¿no?… jeje… Antes de presentarla con el grupo me gustaría darle a leer unos manuscritos para que me dé su opinión profesional.
Safo: Después, después. Quiero verle la cara al imbécil de Aristóteles.
Edipo: Está bien, como usted diga. (La lleva con el grupo) Permítanme que les presente, aunque yo sé que no hace falta porque su trabajo como poeta se ha difundido por todas estas tierras, a Safo.
Yocasta: (Un poco nerviosa) Claro que había oído hablar de ella, mucho gusto.
Creón: Yo también, pero de cualquier manera mucho gusto.
Aristóteles: ¿No es usted la que promueve la guerra de Espartaco?
Safo: ¡Viva el Che Espartaco! ¡Muera la esclavitud! Esa soy yo.
Aristóteles: No sé si está enterada que las revoluciones de Espartaco terminaron hace más de veinte años y que Espartaco murió hace casi treinta.
Safo: ¡Viva Espartaco! Mucho gusto, "maestro" Aristóteles.
Edipo: Ella es mi esposa y madre, Yocasta, por lo tanto dos veces reina.
Safo: (Le toma la mano y la besa) Mucho gusto. (La hace girar con la mano, como si estuvieran bailando, y mientras Yocasta gira ella la mira de pies a cabeza) Mucho buen gusto.
Edipo: Él es Creón… solamente Creón.
Safo: (A Edipo) ¿Siempre tiene esa cara o le duele un callo?
Creón: Ésta es mi cara y además me duele un callo.
Edipo: Hace rato a mí me dolía la planta del pie, ¿no será un callo? Es que estas sandalias me las vendió un hebreo y creo que la numeración es diferente. Bien me lo decía mi mamá Peribea: "Hijito, nunca te fíes de los monoteístas". Y yo creo que tenía razón, ¿quién puede confiar en un pueblo que te da la bienvenida al mundo quitándote el prepucio?
Yocasta: Pasemos mejor a la mesa.

Todos van a la mesa, incluyendo a Empédocles; pero Safo se queda en su lugar aguantando un estornudo. Da media vuelta y estornuda sobre el vino. Se da cuenta y voltea para verificar que nadie se halla dado cuenta y luego se une con el grupo. Obscuro, se prende el especial de Edipo y éste llega hasta donde está su luz.

Edipo: En realidad, ahora que lo pienso, comenzó antes. Esta cena pintaba mal desde hace unas semanas, cuando me dijo su idea.

Se ilumina el escenario y los cojines asemejan una recámara. Yocasta tiende la cama y Edipo se va a acomodar una jaula que hay a un costado.

Yocasta: ¿Acomodaste el gallo para que le dé la luz a las seis?
Edipo: No, le levanté un poco más la tela para que cante a las cinco y media, es que mañana tengo muchas cosas qué hacer. Este gallo anda mal, la semana pasada cantó tres veces en la madrugada, el día ese que estabas de viaje en Atenas.
Yocasta: A propósito, creo que deberíamos hacerle caso a los atenienses, tienen un plan de gobierno muy interesante. Esto quizá nos podría ayudar a resolver nuestra situación.
Edipo: ¿Ah, sí?
Yocasta: Es algo que se llama democracia, o algo así.
Edipo: ¿Y para qué?
Yocasta: Para "cambiar de gobierno", tú sabes.
Edipo: ¿Y para qué?
Yocasta: Para resolver nuestra situación.
Edipo: Lo discutimos mañana, ¿no? Estoy muy cansado. Hoy tuve un día terrible. Hubo una manifestación en la calle que va de los baños al mercado. Fue horrible. No se puede gobernar una ciudad que hace manifestaciones gritando "¡sácate los ojos y vete!"
Yocasta: Creo que deberíamos hacer una cena para la gente de Atenas.
Edipo: ¿Para esos tipos? No, absolutamente no.
Yocasta: Pero…
Edipo: No, no te vas a salir con la tuya esta vez. (Pausa) ¿Hacemos el amor?
Yocasta: Hoy es martes, hoy eres mi hijo y toca que te lea un pasaje de la Ilíada para dormir.
Edipo: ¿No lo podemos cambiar? Ayer no hubo…
Yocasta: Ayer no quisiste.
Edipo: Pero ayer me dolía la cabeza y traía un cosquilleo en la nariz. Acuérdate que estuve estornudando toda la noche. Sabes que no puedo hacer el amor y estornudar el mismo tiempo… Acuérdate de lo que pasó la última vez.
Yocasta: No, no quiero acordarme.
Edipo: ¿Entonces?
Yocasta: No. (Pausa) …Aunque lo podríamos negociar.

Obscuro. Para el cambio de escena se comienza a escuchar la canción "This can’t be love" con Natalie Cole. Se vuelve a iluminar el especial de Edipo.

Edipo: Me salió cara esa noche. Y todo por un antojo. Es que había estado platicando con un amigo, me explicó una nueva posición y quería intentarla. Mi otra mamá me dijo que siempre imitaba a la gente. Tenía razón, si alguien se rasca a mí también me da comezón, si alguien tiene sed yo bebo, etc. Recuerdo que de niños jugábamos al Narciso y yo siempre pedía ser el reflejo. (Pausa y suspiro) A Yocasta nunca he podido negarle nada. Desde la primera vez que la vi me pareció estar en el cielo.

Se ilumina el escenario. Se comienza a escuchar la canción "Cheek to Cheek" con Louis Amstrong y Ella Fitzgerald. Ahí están Tiresias y Yocasta. Moviendo los labios, pero sin emitir sonido, Tiresias presenta a Edipo con Yocasta y se retira. Ambos nerviosos. Edipo comienza a hacer la pantomima de hablar, luego, al parecer, dice algo que no debía y se tapa la boca, trata de retractarse. Yocasta en vez de enojarse, aguanta la risa. Ambos caminan como si pasearan. Edipo trata de cortar una flor para dársela pero no puede, está arraigada al piso, hace fuerza y sufre un dolor en la espalda y no puede enderezarse. Siguen con su paseo, y Edipo en esa posición. Yocasta, al cabo de un rato, trata de enderezarlo. Finalmente lo logra, pero con el forcejeo quedan abrazados, sus rostros muy cercanos. Yocasta le acaricia la cara y juega con sus cabellos. Edipo demuestra una excitación extrema. Cuando ella está a punto de besarlo, Edipo se encorva agarrándose el sexo. Después revisa su mano, esboza una sonrisa nerviosa y le hace la seña de que espere un momento. Obscuro. Inmediatamente la luz cenital de Edipo. Se desvanece la canción.

Edipo: Fue la primera vez que tuve sexo con ella. Un par de semanas después lo tuvimos juntos. (Pausa) El día que me enteré de la verdad… No sé, fue extraño. Yo estaba muy contento. Pensaba enviarle una carta a mis papás, o los que yo creía que eran mis papás. Papá Pólibo, como le digo ahora, siempre me decía que era un flojo y que me la pasaba leyendo y escribiendo, que de eso sólo se vivía en Atenas. Todo los día me decía: "Ya es hora de que vayas consiguiendo un trabajo, ¿no?" Por eso me fui, ya no lo soportaba. En eso estaba cuando me llegó un mensaje de Tiresias, que era urgente.

Se ilumina el escenario y Tiresias está sentado junto al trípode bebiendo una copa. Edipo llega hasta donde está él y se sienta frente a él.

Tiresias: ¿Edipo?
Edipo: ¿Qué pasó? ¿Para qué querías verme?… digo, encontrarme. Tu recadero se oía muy alarmado.
Tiresias: Ah, es que es un actor desocupado que trabaja de recadero. Le dije que se agitara un poco para darle el tono de urgencia necesario.
Edipo: ¿Y por qué tiene otro trabajo?
Tiresias: Nadie vive de la actuación.
Edipo: Pensé que los actores se alimentaban del aplauso, y que si alguien les gritaba "¡bravo!" era para darles postre o algo así. Bueno, ¿a qué se debe esta cita tan intempestiva?
Tiresias: Bueno, al grano, porque a las tres tengo que estar en el foro para resolver un litigio, ya sabes que de adivino no se gana mucho. Es para hablarte de Yocasta.
Edipo: ¡Yocasta! No sabes lo bien que me siento con ella. Estoy enamorado hasta las orejas. Parece una diosa, parece un sueño hecho realidad. Tiene una figura que… ¿alguna vez viste a Atena?
Tiresias: Sí, y fue lo último que vi. Tan hermosa y tan desnuda, bañándose en el río. Me descubrió y fue lo último que vi. Es que, en mi juventud, mi pasatiempo favorito era ir a fisgar en el río.
Edipo: Lo siento… Pero yo me refería a algún grabado… ¿en serio la viste desnuda?
Tiresias: Se enojó tanto que me dejó ciego.
Edipo: ¿Crees que se parece a Yocasta?
Tiresias: Nunca vi a Yocasta desnuda bañándose en el río… esa vez sí cerré los ojos.
Edipo: Bueno, ¿qué con ella? ¿Qué es lo que tienes que decirme?
Tiresias: ¿Recuerdas que me pediste que investigara por qué está la plaga?
Edipo: ¿Hallaste la respuesta del oráculo?
Tiresias: Me dijo que hay que encontrar al asesino de Layo.
Edipo: ¿Y qué esperas?
Tiresias: Ya lo encontré.
Edipo: ¿Dónde está?
Tiresias: ¿Te acuerdas de ese "imbécil" que mataste en aquella vereda?
Edipo: En realidad no era mi intención, ya te dije que lo que pasó fue… ¡No! ¿Él? ¡Me lleva! ¿Y ahora qué voy a hacer? ¿Qué le voy a decir a Yocasta? ¿Qué le voy a decir al pueblo? Esto no podría ser peor.
Tiresias: En realidad sí podría.
Edipo: ¿Hay más?
Tiresias: Es que no sé cómo decírtelo sin que suene a tragedia teatral. Mira… es que… ¿cómo te explico?… a ver… ¿cómo está tu papá?
Edipo: Bien.
Tiresias: No, muerto.
Edipo: ¿Muerto? ¿Cómo sabes?
Tiresias: Porque tú lo mataste.
Edipo: ¿Yo? Pero si yo al único que he matado… ¿Layo?… ¿Qué le voy a decir ahora a Yocasta? ¿O sea que yo soy hijo de…? ¿Qué le voy a decir a mi mamá? Ahora tengo dos mamás. ¿Qué voy a hacer con dos mamás? No, Yocasta no puede ser mi mamá. Mi mamá, Peribea, siempre me decía: "Qué mal te ves, ¿estás comiendo bien?" Por eso me fui, me tenía harto, y ahora tengo otra. No, Yocasta no puede ser mi mamá.
Tiresias: ¿Qué piensas hacer ahora? ¿Qué vas a hacer con la plaga? ¿Qué vas a hacer con Yocasta?
Edipo: No sé, no sé. Para lo de la plaga podríamos decir que es culpa del gobierno, sí, el gobierno siempre tiene la culpa de todo.
Tiresias: Pero tú eres el rey.
Edipo: Tenemos que cambiar de gobierno… ¿pero cómo? Tendríamos que buscar una forma de cambiar el gobierno, que el pueblo busque su propio gobierno y así le echamos la culpa.
Yocasta: (Entrando) Te he estado buscando por toda la ciudad, necesito que… Qué mal te ves, ¿estás comiendo bien?

Obscuro. Regresa el especial a Edipo.

Edipo: Y desde ese día Tiresias me busca a diario para convencerme de que me saque los ojos. (Pausa) ¿Yo cómo iba a saber que él era mi papá? Es más, yo ni siquiera quería matarlo, fue un accidente, se los juro.

Comienza a escucharse la canción "Sing, sing, sing" de Benny Goodman. El escenario se ilumina. Edipo camina por el proskenion como si paseara por el campo. De pronto, al paso le sale Layo y le hace señas para que se aparte de su camino. Edipo le cede el paso, pero cuando el otro cruza, Edipo lo arremeda. Layo se da la media vuelta como diciendo "te vi". Edipo se hace el desentendido y Layo prosigue su camino; pero al volverse a voltear, Edipo le "mienta la madre" con una seña. Layo se regresa, desenvaina su espada y corretea a Edipo por todo el escenario. Layo tropieza y se finge herido. En su caída arrojó la espada, misma que cae a unos metros de él. Edipo va a ver si está herido y lo atiende. Layo le señala la espada para que éste se la traiga. Edipo asiente y va por ella. Layo desenfunda una daga e intenta matar a Edipo por la espalda; pero éste recoge la espada y se voltea para ofrecérsela a Layo, quien termina por encajarse en su propia arma. Se derrumba y muere. Cambia la luz al especial de Edipo.

Edipo: Como ven, mi vida es un cúmulo de accidentes y casualidades. Yo no lo quise matar, fue… un accidente. Además, Zeus también mató a su padre, lo sucedió en el trono y se casó con su madre. ¿Por qué a él no se le castiga? Porque es un dios. Esa es la impunidad de los altos mandos. Encima tuvo sexo con todo ser viviente que quiso y nadie le hizo nada, sólo porque él gobierna el destino de miles de personas y preside el Olimpo. En cambio uno mata a su padre y tiene que sacarse los ojos. (Pausa) Después de eso, llegué a Tebas. Había una crisis en Egipto y todos los monstruos huyeron a la Magna Grecia. Aquí se le llamó "El Efecto Ra". A Tebas llegó la Esfinge. Cobraba unos impuestos y sacrificios elevadísimos. Sólo había una manera de detenerla, descifrar su acertijo. Pero si no lo lograbas, te devoraba.

Se ilumina el escenario. Edipo va caminando cuando lo detiene la voz de la Esfinge. Es una voz femenina, grave y distorsionada. Cuando Edipo la escucha se detiene y voltea hacia el público elevando la vista.

Esfinge: ¿Quién eres?
Edipo: Me llamo Edipo.
Esfinge: ¿Vas hacia la ciudad de Tebas?
Edipo: Pues sí… dicen que es muy bonita en esta época del año.
Esfinge: Entonces tendrás que resolver mi acertijo o ser devorado.
Edipo: ¿No podríamos arreglarnos de otra manera?
Esfinge: ¿Cuánto traes?
Edipo: (Enseñando unas monedas) ¿Cómo ves?
Esfinge: ¡No, compadre! No te alcanza.
Edipo: ¿Entonces?
Esfinge: A ver, recoge esa piedra. (Edipo da la media vuelta y se agacha) Mmmmh, tampoco tienes mucho que ofrecer en otro aspecto. Tendrás que contestar.
Edipo: No soy muy bueno para las adivinanzas. ¿No podríamos mejor jugar a "adivina de qué poema es el verso" o "póngale la cola al centauro"? Yo era muy bueno para jugar a las "estatuas de marfil", me enseñó una señora que se llamaba Medusa, buena gente ella, pero tenía un cabello espantoso.
Esfinge: No, aquí yo pongo las reglas.
Edipo: Bueno, y si adivino ¿qué me das?
Esfinge: La razón.
Edipo: (Irónico) Algo es algo. A ver, échale.
Esfinge: ¿Cuál es el animal que en la mañana camina en cuatro patas, al mediodía en dos y por la tarde en tres?
Edipo: Ah, ésa es facilísima: Mi tío Zánganes.
Esfinge: ¿Por qué?
Edipo: En la mañana está tan crudo que gatea hasta la fuente para tomar agua, ya al mediodía camina por todo el mercado haciendo sus transas, y con el dinero que saca se va a los baños en la tarde, se pone tan cachondo que sus amigos le dicen "El Trípode". Y aún así ha sido consejero del gobierno desde hace años.
Esfinge: (Con un grito desgarrador) ¡Noooooo!

El grito se va convirtiendo en rugido de bestia hasta desvanecerse. Mientras esto ocurre se va obscureciendo la escena hasta quedar sólo la luz de Edipo.

Edipo: Al final prefirió desgarrarse ella misma que darme la razón… Creo que le ganó su lado femenino. (Pausa) Por liberarlos de ese monstruo me hicieron rey y me casé con Yocasta. Pero todo es casualidad. Y por culpa de esas casualidades me tengo que sacar los ojos. No es justo. Por eso pensé que si le entrábamos a la democracia, como Yocasta me sugirió, me podría librar… no parecía tan mala idea.

Obscuro. Comienza a escucharse "Don’t mean a thing" de Duke Ellington. Unos segundos después se ilumina el escenario. Edipo lo está arreglando para la cena. Poco a poco la música baja de volumen. En eso se escucha desde afuera del escenario la voz de Tiresias.
Tiresias: (Desde afuera) ¡Edipo! ¡Edipo!
Edipo: (Levantando la vista al cielo) ¿Por qué? ¿Por qué también hoy?
Tiresias: (Entra) ¡Edipo! No finjas, sé que estás aquí. Llevo toda la mañana buscándote.
Edipo: (Sarcástico) ¡Qué curioso! Yo llevo toda la mañana escondiéndome.
Tiresias: El ingenio es característico de los héroes.
Edipo: ¿Ya vamos a empezar?
Tiresias: ¡Quizá hoy sea el día!
Edipo: Por favor… estoy ocupado. ¿No podrías dejarlo para otro día… o semana… o siglo? ¿No ves que tengo mucho qué hacer? (Recapacita en lo que ha dicho) ¿No oyes que tengo mucho qué hacer?
Tiresias: ¡Hablas como todo un héroe!
Edipo: (A punto de darle un golpe) Por qué no te vas a la…
Tiresias: ¿Por qué no lo puedes aceptar? Eres un héroe trágico, estás destinado a ser leyenda, a ser historia, a ser arte, a ser complejo…
Edipo: Los héroes no existen, nunca han existido, ni existirán.
Tiresias: ¿Y Aquiles?
Edipo: Su piel resistía las flechas, así qué chiste.
Tiresias: ¿Y el valeroso Odiseo?
Edipo: Si no se tiene miedo cualquiera lucha, el mérito es cagarse de miedo y seguir luchando.
Tiresias: ¿Qué me dices de Hércules?
Edipo: Hijo de un dios, con esas influencias hasta yo.
Tiresias: ¡Hombre! A ti nadie te da gusto.
Edipo: Mira, esta plática de los héroes ya la hemos tenido en varias ocasiones… en muchas ocasiones… bastantes ocasiones… demasiadas ocasiones, y como tengo cosas más importante qué hacer, te suplico de la manera más atenta que te largues.
Tiresias: Está bien… pero antes aclárame una duda. ¿Qué haces en el teatro si no es temporada?
Edipo: Este… este… ¡Ah! Pues muy sencillo, ¿qué hago en el teatro, verdad? ¡Uf! Pues… este… ¡qué no hago!
Tiresias: ¿Es algún secreto de Estado?
Edipo: Eso es. Lo siento, pero me está prohibido decirlo.
Tiresias: ¿Pero quién te lo prohíbe si tú eres el rey? ¿Yocasta?
Edipo: Yocasta no me puede prohibir nada… salvo que deje mis túnicas sucias tiradas en el piso… y que coma pescado porque me salen ronchas y me provoca gases. Y bueno, eso se lo pueden prohibir a cualquiera. Tampoco me deja orinar en la misma fosa que ella porque dice que mojo la orilla; pero de ninguna manera la dejaría que me prohibiera otras cosas. Yo hago y digo lo que se me da la gana.
Tiresias: Entonces dime.
Edipo: ¿Qué?
Tiresias: ¿Tiene algo que ver con la visita de Aristóteles?
Edipo: ¿Aristóteles? ¿Quién mencionó a Aristóteles? ¿Yo mencioné a Aristóteles? Nadie ha mencionado nada de Aristóteles ¿De dónde sacaste eso? Aristóteles nunca vendría a Tebas. ¡Qué ocurrencias! No, absolutamente no.
Tiresias: ¿A qué horas llega?
Edipo: (Pausa breve, serio) En la tarde.
Tiresias: ¿Habrá una obra en su honor?
Edipo: No, ¿por qué?
Tiresias: ¿Entonces qué haces en el teatro?
Edipo: Es que aquí va a ser la cena.
Tiresias: ¿Y por qué no en Palacio?
Edipo: Pues modas que andan por ahí, eso de hacer cenas temáticas, ¿no lo has visto?… digo, ¿no lo has escuchado? Eso de "noche de fenicios", y ahí van todas vestidos de fenicios, o "cena-danza de egipcios". Es una moda extranjera, hubo una cena en Esparta que era "noche de troyanos", sólo para reyes distinguidos; pero no quise ir, supuse que iba a estar aburrido y además todo ese protocolo, como que no va conmigo…
Tiresias: No te invitaron, ¿verdad?
Edipo: (Pausa breve, serio) Estúpidos. Me iba a colar, me disfracé de caballo, pero por algún motivo me descubrieron. Eso sí me dio coraje. Mejor ni me hubiera enterado que había esa cena, al fin que "ojos que no ven…" perdón.
Tiresias: No hay cuidado. En realidad no es tan malo, uno se acostumbra a la obscuridad fácilmente. Además, los otros sentidos se agudizan, se vuelve un más astuto…
Edipo: Tiresias…
Tiresias: ¿Sí?
Edipo: No me voy a sacar los ojos.
Tiresias: ¿No quieres ser un héroe?
Edipo: ¡Con un inframundo! Todos los días te digo que no. Ya bastante tengo con ser rey.
Tiresias: ¿Qué tiene de malo ser rey?
Edipo: Soy alérgico al laurel. Cada acto público me la paso estornudando hasta que me quitan la dichosa guirnalda. Además, el oro me provoca salpullido. Me pone muy nervioso hablar en público. La última vez dije "huevos" en lugar de "juegos". Estaba en la inauguración de la olimpiada y se suponía que debía decir: "¡Arranquen los juegos!" Fue horrible, totalmente espantoso. Claro, ahora me culpan a mí de que la explosión demográfica haya bajado.
Tiresias: Si no te gusta ya sabes cuál es la solución.
Edipo: Ni lo pienses. Ya sabes que…
Tiresias: …no me voy a sacar los ojos ni por todas las ninfas del mundo.
Edipo: No me gusta sufrir, ¿es eso un pecado?
Tiresias: ¿Y no estás sufriendo ahora?
Edipo: No exactamente. En realidad no es un trabajo del todo desagradable… tiene sus compensaciones. Por ejemplo… por ejemplo… no sé… le conozco la coronilla a todo mundo (imita una reverencia). Como lo que se me antoja y defeco en una nica de oro. ¿Cuántos pueden decir eso?… Aunque el oro me dé salpullido no deja de ser un privilegio. Es mejor así como estoy. No me gusta apresurar decisiones; es más, no me gusta tomar decisiones. Ahora vete.

Tiresias ha iniciado su partida, pero se detiene antes de salir.

Tiresias: (Chantajista) ¿Sabes?, siempre quise conocer a Aristóteles.
Edipo: Yo siempre quise conocer a Píndaro y ya ves… ya sabes. No se puede tener todo en la vida.
Tiresias: Es que colecciono autógrafos de todos los grandes hombres. Pero el de Aristóteles creo que nunca lo tendré.
Edipo: No te puedes quedar, no asistirás a la cena y ya, he dicho.
Tiresias: ¿Quiénes asistirán?
Edipo: Algunos del Aerópago, el dramaturgo de moda, Yocasta y yo. No hay lugar para nadie más, y aunque hubiera no estarías invitado. Y por favor déjame en paz. Ya terminó la hora del mercado, no falta mucho para que llegue el dichoso Aristóteles y no he terminado de hacer todos los arreglos.
Yocasta: (Desde afuera) ¡Edipo! ¡Una tragedia!

Entra Yocasta seguida de Creón. Ella muy nerviosa; él, si acaso, un poco preocupado. Creón entra con paso firme mirando a su alrededor.

Yocasta: ¡Ha ocurrido algo terrible! ¡Una tragedia!
Edipo: ¡Calma, calma! Explícate.
Creón: Edipo, creo que no deberías tomar esto tan a la ligera. Sobre todo porque tienes algo de culpa en ello.
Edipo: ¡Momento! Primero explíquenme y después me culpan.
Yocasta: Ya no tenemos invitados para la cena de hoy.
Edipo: ¿No van a venir?
Creón: A menos que los acompañe Hades.
Edipo: No veo por qué no… tenemos más platos y una mesa más grande.
Yocasta: Se murieron.
Edipo: ¿Pero cómo?
Creón: La plaga.
Tiresias: ¡El oráculo tenía razón!
Edipo: ¿Se murieron todos?
Yocasta: De pies a cabeza.
Edipo: ¿Todos los invitados?
Yocasta: Los consejeros del Aerópago.
Edipo: ¿Y el dramaturgo?
Yocasta: No, él no. Se fugó a Creta con un eunuco.
Edipo: No es posible.
Yocasta: Yo creo que sí. Cuando le escribió una oda a Creón empecé a sospechar de él.
Edipo: Esto es terrible, es espantoso. Toda esa gente muriendo. Así nos vamos a quedar sin pueblo.
Creón: O sin rey.
Edipo: (Sin oír el comentario de Creón) La gente no debería morir, y menos de esa manera.
Yocasta: Sí, sí, sí, ¿pero ahora a quién invitaremos?
Edipo: A nadie, la cena se cancela.
Creón: Buena decisión.
Yocasta: Imposible. No debemos quedar mal con Atenas, y mucho menos con Aristóteles. No nos volverían a invitar a ninguna reunión, y podríamos quedar excluidos de "La Grecia Unida" o "La Unión Griega", todavía no se deciden.
Creón: No veo por qué habríamos de pertenecer a eso que ni nombre tiene, pero en fin, ustedes deciden.
Yocasta: Yo nunca he decidido nada, yo no tengo voz ni voto; mi amor, amo, señor e hijo es quien toma las decisiones importantes.
Edipo: Y yo decido que la cena se cancela.
Yocasta: Bien dicho, la cena se cancela.

Hay una pausa, un poco de tensión. Yocasta se desmaya con gran estrépito y todos acuden en su ayuda, excepto Tiresias, quien levanta las palmas de las manos para comprobar si llueve.

Tiresias: Qué raro, no me ha dolido la rodilla, pero parece que va a llover.
Edipo: Mi amor, ¿estás bien?
Tiresias: No es nada, yo creo que es una nube pasajera, no hay por qué asustarse.
Yocasta: No te preocupes, tu vieja madre que le fallan las fuerzas.
Creón: (Se despreocupa y adquiere una actitud cínica) No te preocupes, Edipo. A mi hermana le fallan las fuerzas desde pequeña.
Edipo: Mejor deberías descansar, ¿ves cómo es mejor que no tengamos la cena?
Yocasta: Tienes razón. Cenaremos cualquier cosa y nos iremos a acostar temprano.
Edipo: ¿Muy temprano?
Yocasta: Sí.
Edipo: ¿Y no me vas a leer versos de la Odisea?
Yocasta: No.
Edipo: ¿Entonces tampoco vamos a jugar al "sátiro y la ninfa"?
Yocasta: No, necesito descansar, tú lo dijiste.
Edipo: Pero me refería a la cena.
Creón: (Para sí) Ya lo veo venir.
Yocasta: Lo siento.
Edipo: Yo creo que con un baño estilo Cleopatra te sentirías mejor, te reanimarías.
Yocasta: ¿Tú crees?
Edipo: Quedarías reanimada.
Yocasta: ¿Cómo para "jugar"?
Edipo: Hasta cansarte.
Yocasta: ¿Cómo para leer poemas?
Edipo: Epopeyas enteras.
Yocasta: ¿Cómo para cenar pesado?
Edipo: Hasta un minotauro.
Yocasta: ¿Cómo para atender invitados?
Edipo: Cientos y cientos.
Yocasta: ¡Gracias! Por eso te amo.
Edipo: De nada… ¿Por qué?
Yocasta: Por lo de la cena, yo pensé que tendría que usar mi túnica nueva en otra ocasión.
Edipo: ¿Túnica nueva? A ver, vamos a detenernos un instante. ¿De qué estamos hablando?
Creón: Le acabas de dar permiso para hacer la cena.
Tiresias: Hasta yo lo veía venir.
Edipo: Yo no hice eso.
Yocasta: Gracias, mi amor. Yo sé que es un sacrificio, pero en la noche te lo recompensaré.
Edipo: (Alzando la voz) Yo dije que no habría cena y no la habrá. ¿Estás idiota o no entiendes las palabras?
Yocasta: No le hables así a tu madre, majadero. (Lo toma de una oreja) Te debería lavar la boca con cicuta.
Creón: (Para sí) No sería mala idea.
Edipo: (Amenazando) Tú que me haces eso, y yo que… (piensa) me muero, ¿no?
Yocasta: Y hoy no habrá postre para ti, jovencito.
Edipo: Pues no me importa, yo soy grande y no me gusta el postre… ¿qué va a haber de postre?
Yocasta: Fruta seca y vino con canela.
Edipo: (Contiene las lágrimas) Ya soy grande y no me importa.
Creón: Por fin, ¿habrá cena o no?
Edipo: ¡Dejen de hostigar! Sí, sí, sí habrá cena.
Yocasta: ¡Gracias, mi amor! (Lo besa)
Creón: (Para sí) ¡Mierda de minotauro, mierda de Hades!
Yocasta: Voy a darme el baño y a preparar mi túnica, me voy a ver hermosa, ya lo verás.
Creón: Pero ya no hay invitados.
Tiresias: (Chantajista) Por dos autógrafos de Aristóteles me darían uno de Platón.
Edipo: Hay que conseguirlos. (Mira a Creón)
Creón: A mí ni me mires, yo no creo que Grecia deba juntarse en una sola nación.
Edipo: Pero no es nada de eso, sólo vamos a cenar con Aristóteles, eso es todo.
Creón: ¿Y oír sobre retórica? No, gracias. Antes preferiría ver el mar desde abajo.
Tiresias: A mí me encanta la retórica.
Creón: Se nota.
Edipo: Necesitamos a un intelectual para que platique con Aristóteles, alguien con quien se pueda entender.
Yocasta: ¿Qué tal un escritor?
Edipo: Ya no tenemos.
Yocasta: ¿Qué tal una escritora?
Edipo: No tenemos escritoras.
Yocasta: Safo se acaba de mudar a Tebas.
Creón: Lo dicho, no tenemos escritoras.
Edipo: ¿En serio está en Tebas?
Yocasta: Eso oí.
Creón: ¿No pensarás invitarla, o sí?
Edipo: Es una poetisa exitosísima.
Creón: Y rebelde. Además ella es mucho más hombre que tú.
Edipo: (Pausa) Pero ellas no pueden orinar de pie, y en el fondo nos tienen envidia por eso… ésa es mi teoría.
Creón: ¿No entiendes? Es de Lesbos.
Edipo: No importa, le damos la ciudadanía tebana y no habrá problema.
Creón: Ella es de la rebelión de Espartaco.
Edipo: Pero Espartaco ya se murió hace como 30 años.
Creón: (Corrigiendo) Lo mataron.
Edipo: Es lo mismo, está muerto.
Creón: No es lo mismo, si se hubiera muerto solito no lo habrían hecho un héroe, no lo habrían convertido en mártir.
Edipo: ¿Eso qué importa? Sólo vamos a tener una cena.
Creón: Entonces si la invitan, yo también estoy invitado.
Edipo: Pensé que no querías venir.
Creón: No permitiré que a ti te coma el cerebro, ni que a mi hermana le coma la… creo que ya me expliqué. Y además traeré al tío Empédocles.
Edipo: No, eso nunca.
Creón: Claro que sí.
Edipo: No te pongas rebelde.
Creón: ¿Rebelde? Antes perro que rebelde.
Edipo: Pues no, Empédocles no. No quiero conflictos con Aristóteles. (Creón dibuja una sonrisa)
Tiresias: Entonces, como sobra un lugar…
Edipo: Tampoco. Cinco somos suficientes. Creón, di a los sirvientes que…
Creón: ¡Ah! Se me olvidaba ese detalle. Tampoco tenemos sirvientes.
Edipo: ¿Cómo?
Creón: Ha estallado una huelga de sirvientes, tú sabes, exigen que te saques los ojos y cosas así… supersticiones.
Edipo: ¿Y quién va a servir los platos? ¿Quién les lavará los pies a los invitados? (Pausa) Tiresias, ¿te gustaría asistir a la cena?
Tiresias: ¡Qué humillación! Yo, el gran adivino, agarrándole las patas a todo mundo…
Edipo: Está bien, conseguiremos a alguien más.
Tiresias: Pero me sacrificaré… total, peores cosas he agarrado…
Edipo: Bueno, Creón, vete a arreglar, manda a un mensajero para que avise a Safo. Mi amor, apúrate. Tiresias, ven conmigo, te voy a explicar todo lo que tienes que hacer.

Edipo, Yocasta y Creón salen por la izquierda, Tiresias por la derecha. Edipo se regresa, cruza el escenario, sale por la derecha y regresa con Tiresias.

Edipo: Esta va a ser una noche muy larga…

Continúa la canción anterior y se hace el obscuro. Sobre la música se escucha en off la voz de Edipo.

Voz de Edipo: Y claro, como ya saben, todo se fue complicando más y más.

Cuando regresa la luz, Edipo, Yocasta, Aristóteles, Tiresias, Safo y Empédocles regresan a los lugares que tenían durante la cena. Desaparece la música y todos dejan su "congelamiento" para reanudar la escena donde se había quedado.

Edipo: ¡Tiresias!
Tiresias: Sí, ya sé. (Sale a la "cocina")
Yocasta: (A Safo, tratando de hacer plática) Entonces usted es poeta.
Safo: Yo podría decir que sí, pero mejor pregúntele al "maestro".
Aristóteles: Yo podría decir que ser poeta es el menor de sus "atributos".
Yocasta: ¿Cómo?
Safo: Olvídalo, el "maestro" se torna indescifrable cuando no tiene nada bueno qué decir.
Yocasta: ¿Cómo?
Aristóteles: Por lo visto no soy el único indescifrable.
Yocasta: ¿Por qué?
Empédocles: (En el colmo de la embriaguez) No les haga caso, andan pedos.
Edipo: A mí me gustan las poesías de Safo.
Creón: Pero también le gusta disfrazarse de sátiro y correr por su cuarto gritando "córrele que te alcanzo"; entonces no es ninguna opinión calificada.
Edipo: (A Yocasta) Te dije alguien nos estaba espiando.
Yocasta: (Al ver la sorpresa de Aristóteles y la incomodidad de Safo, se dirige al primero) Mejor háblenos de ese proyecto tan maravilloso que tiene Atenas.

Entra Tiresias, sirve frutas secas y trozos de pescado. Después comienza a servir vino.

Aristóteles: Es simple. Tenemos ante nosotros a un pueblo bárbaro, imperialista y sin tradiciones propias, Roma. Esto nos está afectando y puede representar una verdadera amenaza para nuestra soberanía y comercio. Por ello, y previendo un desastre, queremos unir a todas las ciudades-Estado para enfrentar una posible conquista… ¿Eso es fruta seca?
Yocasta: (Acercándosela) Con confianza.
Aristóteles: (Turbado) No… no, gracias… no debo.
Yocasta: (A Edipo) Y tú no comas pescado, ya sabes que te hace mal.
Aristóteles: Decía entonces que…
Safo: (A Tiresias) No, gracias, prefiero beber agua.
Aristóteles: Decía que… bueno, un pedacito y nada más. (Come) Iba diciendo pues…
Empédocles: Que hay que hacer la libación. ¡Salud! (Todos beben)
Edipo: Qué espeso está el vino.
Empédocles: Así está perfecto, bien cargado. Ahora les voy a contar sobre el agua, la tierra, el aire y el fuego…
Edipo: Después, después, deja que acabe nuestro invitado.
Empédocles: Pero yo soy el invitado de honor.
Edipo: Sí, sí, sí, sí, por eso hablas hasta al último.
Empédocles: Bueno.
Edipo: Disculpen. Hay uno de éstos en cada ciudad.
Creón: Y nosotros los estamos importando a todos.
Edipo: Prosiga.
Aristóteles: (Que ha seguido comiendo) Sólo una más. (Come) Pues bien, queremos hacer una Grecia sin fronteras, democratizada, y si es posible con una sola moneda, que la llamaríamos greco. (Come)
Yocasta: Perdone mi ignorancia…
Safo: Eso no se perdona, se tolera… mamacita.
Yocasta: (Se ruboriza) Digo, ¿qué quiere decir eso de democratizar?
Aristóteles: (Sin dejar de comer) Aplicar la democracia… un sistema… qué buena está esta fruta… sistema político… donde la ciudadanía… voy a engordar, me odio… donde la comunidad ejerce el poder…
Creón: ¡Blasfemia!
Edipo: A mí no me parece mala idea… digo, los reyes también tenemos que descansar.
Creón: No es descanso, es entregar el poder.
Aristóteles: (Sin darles mucha importancia) Más bien es… qué delicia… (Edipo trata de agarrar un pedazo de fruta, pues Aristóteles come con muchas ganas. Pero al intentarlo, este último le da un manazo) es que el pueblo elija de entre el pueblo a sus gobernantes.
Creón: Peor aún.
Edipo: A mí me sigue pareciendo bien.
Safo: A mí me sigue pareciendo mal desde que escuché por primera vez esa estupidez.
Yocasta: A ver, es que si… no, cuando el pueblo… digo, aunque uno… ¿cómo?
Safo: Linda, calladita estás más bonita.
Edipo: Tiresias…
Tiresias: Pues a mí me parece que…
Edipo: No te pedí tu opinión, trae la comida (Tiresias obedece) Y sirve más vino.
Yocasta: Ya te vi que comiste pescado.
Edipo: Es que no me dejó agarrar fruta.
Creón: Eso no lo aceptaremos.
Aristóteles: ¿Y me ofrecen una cena sólo para decirme que no?
Empédocles: La cena es para mí, es un homenaje por mis años dedicados a la ciencia.
Yocasta: ¿Qué es lo que no vamos a aceptar? Yo quiero entrar a "la globalización de los Estados griegos" o como le vayan a llamar.
Creón: ¿Para qué?
Yocasta: Así podremos gobernar en más lugares.
Safo: ¿Podremos? Acóplate, calzón. Para empezar eres mujer.
Yocasta: ¿Y qué tiene de malo?
Safo: Para mí nada, es más, por mí mejor.
Edipo: Momento, que es mi madre.
Creón: Y es mi hermana.
Edipo: Y es mi esposa.
Safo: Ni te hagas ilusiones, nunca podrías gobernar.
Edipo: Pero en la democracia puede gobernar el que sea.
Safo: Gobierna el que sea, así es, el que sea hombre, libre, mayor de 30 años y tenga cierta cantidad de dinero; es decir, el que sea ciudadano.
Creón: Por eso es mejor que los militares gobiernen.
Aristóteles: Los militares no deben intervenir en los asuntos de gobierno.
Creón: Usted está aquí sólo para sembrar la discordia. Empédocles, este señor dice que el Maestro Heráclito estaba equivocado.
Empédocles: ¡Cómo se atreve!

Empédocles se lanza contra Aristóteles para ahorcarlo y se llevan de encuentro a Creón. Yocasta trata de intervenir pero Safo la detiene, la sujeta y aprovecha para hacerle cariños a escondidas. Edipo aprovecha para comer. Tiresias entra y sirve la mesa, tratando de identificar de dónde proviene el ruido. Creón por fin se pone de pie y con acento militar grita para que se detengan. Silencio. Pausa breve. Se escucha un sonoro pedo. Todos inmóviles, de pronto Edipo no aguanta más y se pone a llorar.

Tiresias: (Extendiendo las palmas de las manos) Sabía que iba a llover.

Obscuro. Especial a Edipo.

Edipo: Yo creo que es una de las mayores vergüenzas que he pasado en mi vida. Claro, ya sé que yo tengo la culpa por no hacerle caso a mi mamá. Es que, como mi otra mamá, se la pasa dándome órdenes absurdas y contradictorias. Para unas cosas soy muy grande y para otras soy muy chico, para algunas cosas soy su esposo y para otras soy su hijo. Pero yo sé que me quiere. Un día me dijo que sería capaz de matarse por mí. Todo cambió desde el día que le dije la verdad.

Se ilumina la escena y Yocasta está en la mesa, cenando. Edipo va hasta allá y la acompaña, no cena, sólo juega con la comida. Están en silencio hasta que Edipo lanza la pregunta.

Edipo: ¿Cómo sabes que me quieres?
Yocasta: ¿Perdón?
Edipo: Sí, ¿cómo sabes que lo que sientes por mí es amor?
Yocasta: Porque lo sé.
Edipo: ¿Y si yo hiciera algo muy malo?
Yocasta: No importa, ¿qué podría ser tan malo? Eres inofensivo.
Edipo: ¿Alguna vez te conté por qué me fui de Corinto?
Yocasta: Para conseguir un empleo y romper el cordón umbilical, ¿no?
Edipo: Pues sí… en parte… en una pequeñísima parte. Mi madre, apenas cumplí 18, me empezó a acosar: "¿A dónde vas? ¿Con quién vas? Dime la verdad, tú me estás ocultando algo". Siempre me cuidaba demasiado; que si comía bien, que no me desvelara, y esas cosas. Que tienes que aprender de tu padre porque un día serás el rey, y mira qué bueno es tu padre y tú cómo lo tratas. Siempre mi padre, siempre el modelo. Ya no los soportaba. Pero mi madre tenía razón, en parte yo le ocultaba algo. Un día me enteré que el oráculo había dicho que yo habría de matar a mi padre y me casaría con mi madre.
Yocasta: ¡Qué horror!
Edipo: Yo no quería hacerlo, porque, aun con todo eso, yo los quería mucho. De alguna manera creí que lo podría hacer, porque mi padre me desesperaba tanto que a veces quería golpearlo. Por eso mejor me fui.
Yocasta: ¿Y no les dijiste nada?
Edipo: Fingí una pelea y les dije que no quería volver a verlos.
Yocasta: ¡Qué triste!
Edipo: Espero que me entiendas. Creo que a ti te pasó algo parecido.
Yocasta: ¿A mí? No.
Edipo: ¿No tuviste un hijo y lo mandaste matar?
Yocasta: ¿Quién te lo dijo?
Edipo: No importa. ¿Por qué lo mandaste matar?
Yocasta: Eso no es cierto. ¿Quién te lo dijo?
Edipo: ¿No lo mandaste matar porque el oráculo había dicho que él mataría a Layo?
Yocasta: Mentira, no es cierto. (Se pone a llorar) No es cierto, ya nadie se acuerda de eso. Nadie tenía derecho a contártelo. Ya nadie se acuerda, ya debe ser mentira.
Edipo: Tranquila, tranquila.
Yocasta: ¿De qué me quieres acusar? ¿Yo no quería embarazarme, yo sólo quería un poco de cariño, ya ni me tocaba, ni veía por el miedo del hijo que lo mataría. ¿De qué me acusan ahora?
Edipo: De nada, tranquila, todo está bien. De hecho, te tengo dos noticias, una buena y una mala.
Yocasta: (Desconfiada y secándose las lágrimas) Primero la buena.
Edipo: Tu hijo está vivo.
Yocasta: ¿En serio? ¿Dónde está? ¿Puedo verlo? (Pausa, reflexiona, nuevamente desconfiada) ¿Y la mala?
Edipo: Que me debes muchos regalos de cumpleaños.
Yocasta: (Pausa, medita y se da cuenta) ¡Maldito, tú mataste a mi esposo, cabrón! (Lo golpea y Edipo trata de esquivar los ataques. Finalmente, entre gritos y llanto logra calmarse) No, hijito, perdóname… perdóname (Se queda pensativa).
Edipo: ¿Y qué vamos a hacer ahora?
Yocasta: (Pausa) O sea que yo soy dos veces reina… entonces… soy dos veces soberana…
Edipo: Sí, de alguna manera así es. ¿Pero qué vamos a hacer?
Yocasta: Por lo pronto comprarte tus regalos, ¿cuántos dices que te debo?
Edipo: Veinticinco.
Yocasta: ¡Qué vieja estoy!

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