Corazón de pan
de Mario Cantú Toscano
Personajes:
Nora
Raúl
Cámara negra. Al fondo un armario. A la derecha una mesa con un par de sillas. A la izquierda una cama. Al comenzar la obra, el escenario está lleno de polvo y desarreglado. Entra Nora. Está vestida con playera, jeans y tennis. Lleva una mochila al hombro y trata de reconocer el lugar. Comienza a arreglarlo y sacude un poco los muebles. Cuando termina, habla para sí.
Nora: Yo nací a la edad de 23 años. Cuando lo conocí, aún no aprendía a volar.
Comienza la "Novena Sinfonía" de Beethoven. Inmediatamente Raúl sale del armario, vestido como en los años 50, lleva sombrero y una valija. Corre por todo el escenario deteniéndose el sombrero y alzando la otra mano, como si quisiera alcanzar un vehículo que ha partido. Después, el correr se transforma en una especie de vuelo; agita los brazos como un ave. Finalmente da un salto para despegar y cae por tierra a los pies de Nora. La música cesa.
Nora: (Asustada) ¿Se encuentra bien?
Raúl: No es nada, gracias. (Disculpándose) Es que aún no sé volar.
Nora: Y los trenes tampoco saben esperar.
Raúl: ¿Usted va o viene?
Nora: Ni vengo ni voy… a mí sólo me dejan despedirme.
Raúl: Entonces usted necesita aprender a volar. Eso me pasa a mí también. Yo escribía cartas, muchas cartas. Y tanto escribí "adiós", que un día se me olvidó de dónde soy.
Nora: (Ríe) Usted está loco.
Raúl: No, sólo soy simpático. La gente dice que así soy.
Raúl se sienta en la cama. Abre su valija, de ella saca un libro y un bolillo. Mientras lee, avienta migajas al suelo, como hacen para dar de comer a las palomas. Al tiempo que esto sucede, Nora dice el siguiente monólogo.
Nora: (A nadie) Durante muchos años tuve un sueño recurrente. Cada vez que dormía a mi lado, soñaba que él era un bolillo y que tenía el corazón de migajón. Al despertar, invariablemente él estaba dormido, abrazando mi mano contra su pecho. (Raúl se queda inmóvil) La segunda vez que lo vi estaba en el parque. Ahí estaba siempre. Las vecinas contaban que a veces entraba como en trance. (Ella toma una linterna de baterías y le ilumina la cabeza girando en torno a él) No lo despertaba ni la luna ni el sol, ni el frío ni el calor. (Deja la linterna y va por una regadera para plantas) Solamente una vez dijo que lo había despertado la tristeza. A veces se quedaba horas ahí, quieto. (Se sube a la cama y le vacía el agua) A veces llovía, y lejos de despertar parecía más triste, con una tristeza infinita, como si el cielo llorara por él. (Deja la regadera y comienza a secarlo con la sábana) Pero no siempre era así. Cuando estaba bien, le encantaba saludar a todo el mundo, incluso a los árboles y a los faroles.
Ella se separa un poco y él continúa con su lectura y repartiendo migas. Pausa breve. Nora lo ve y se le acerca.
Nora: Usted es el de la estación.
Raúl: Así es, yo siempre estoy en otoño.
Nora: No, el de la estación del tren.
Raúl: Ah, sí. Usted es la que dice adiós.
Nora: También doy bienvenidas.
Raúl: Entonces usted da y "recibe" al mismo tiempo.
Nora: ¿Y usted no me va a dar la bienvenida?
Raúl: Le voy a decir una cosa que nadie sabe: me llamo Raúl.
Sin dejar los diálogos, Raúl mete sus cosas a la valija, le ofrece el brazo a Nora y cruzan el escenario hasta llegar a la mesa. Ahí se sientan y beben de unas tazas.
Nora: (Ríe) ¿Es un gran misterio?
Raúl: No.
Nora: ¿Por qué nadie lo sabe?
Raúl: Porque nadie me lo ha preguntado. ¿Usted cómo se llama?
Nora: Nora.
Raúl: Nora. ¿Y además de ser bonita a qué se dedica?
Nora: (Un poco enfadada) Yo no soy bonita, sólo soy mujer. El problema es que a las mujeres no nos dejan más que ser bonitas, nunca ven más allá.
Raúl: ¿Atrapada en un mundo de hombres?
Nora: Atrapada no. Ahogada.
Raúl: La entiendo.
Nora: Usted no puede entenderme, es hombre.
Raúl: ¿Lo ve? Comete exactamente el mismo error que ellos. Venga.
La toma de la mano y la lleva hasta mitad del escenario. Ella ve en su derredor.
Nora: ¿Es su casa?
Raúl: No. (Señala el ropero) Esa es mi casa. (Camina hasta el ropero y abre la puerta) Buenas noches. (Se mete y cierra la puerta)
Nora: (A nadie) Esa noche me fui sin haber entendido nada. Tenía ganas de llorar. (Se acuesta en la cama) Y claro… fue la primera vez que soñé con él.
Nora se duerme y Raúl sale del ropero.
Raúl: A todos, alguna vez, se nos ha muerto el amor entre las manos. (Comienza a hacer malabares con la valija) Primero lo acechamos, lo rondamos, lo observamos desde lejos. Luego, con la paciencia de un jubilado, nos vamos acercando sigilosamente para sorprenderlo, cayendo como un ave de presa. Jugamos con él a que lo tenemos y él a que nos tiene, jugamos a creer y a sospechar. Pero una vez que lo tenemos seguro, se nos muere entre las manos.
Raúl termina en la mesa, nuevemente bebiendo de una taza. Nora se despierta agitada. Va hacia la mesa y se sienta frente a Raúl. Ambos beben.
Nora: Raúl…
Raúl: Ya sé.
Nora: No, usted no sabe.
Raúl: No se preocupe, "que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son".
Nora: ¿Entonces…?
Raúl: Que un hombre y una mujer se amen no es amor. El amor es cuando un hombre –siendo hombre–, o una mujer –siendo mujer–, aman; no importa si a un hombre o a una mujer.
Nora: Pero…
Raúl: Venga.
La lleva al armario e intenta meterla. Hay un pequeño forcejeo sin violencia. Ella no acepta. Entonces él se sienta en la cama y se queda inmóvil.
Nora: Raúl… ¿Raúl?… ¿Qué pasa?… No me deje sola…
Nora va otra vez por la linterna y lo alumbra. Da una vuelta alrededor de éste.
Nora: ¿Sigue así? (Da otra vuelta) Ayer también vine… (Otra vuelta) Raúl, no ha comido en dos…
Da una vuelta más y se detiene. Apaga la linterna. Mira con desconfianza al ropero. Parece como si le temiera. Sin embargo, por fin se mete en él. Pausa. Sale lentamente. Raúl sonríe y la recibe.
Nora: Tenías razón… creo que me entiendes.
Raúl: Pero hay algo más. Ahora tú también me entiendes a mí.
Él toma su valija en una mano y se mete al ropero. Pausa. Nora explota de coraje y comienza a golpear los muebles. Raúl sale asustado y trata de calmarla.
Nora: Es que no es posible. ¿Cómo se puede vivir así?
Raúl: ¿Tu papá otra vez?
Nora: Le dije que quería estudiar y trabajar.
Raúl: (Impostando la voz) Las mujeres son para las labores del hogar.
Nora: ¿Por qué?
Raúl: Porque siempre ha sido así.
Nora: Pero, papá…
Raúl: Nada de eso. Ya estás muy grande para casarte, ya no queda nada para ti.
Nora: ¿Porque soy mujer?
Raúl: (Dejando la voz anterior) Ser hombre no es la solución.
Nora: (Limpiándose las lágrimas) ¿Entonces cuál es?
Raúl: Aprender a volar. Yo soy hombre y también me está prohibido volar. No es cuestión de sexo.
Raúl toma su valija con una mano, con la otra a Nora, y se quedan en actitud de espera. Comienza a escucharse un ruido de tren. De pronto Raúl grita "ahora" y empienzan la persecución, como al principio. Finalmente, cuando dan el brinco de despegue, caen. Cesa el sonido del tren.
Nora: Nunca vamos a prender.
Raúl: Quizá no… pero podemos casarnos.
Nora: ¿En serio?
Raúl: No, en serio no. Casémonos en broma.
Nora: Me gusta más esa idea.
Comienza a escucharse una música de danzón. Nora saca un labial y un lápiz negro. Le aplica el labial a Raúl, le quita el sombrero y ella se lo pone. Le quita el saco y también se lo pone. Raúl toma el lápiz negro y le dibuja un pequeño bigote. Ella se quita su pañoleta y se la pone a él. Raúl saca un pañuelo y se lo coloca sobre su hombro, para que Nora ponga ahí su mano. Comienzan a bailar y Nora lo va guiando. Él se quita la pañoleta y, tomados de ésta y el pañuelo, bailan sin tocarse, seduciéndose lentamente. Terminan tumbados en la cama y se duermen mientras la música se desvanece. Raúl duerme en posición fetal tomando la mano de Nora y poniéndola sobre su pecho. Nora se despierta, se da cuenta que tiene su mano aprisionada y la zafa.
Nora: Soñé que tenías el corazón de migajón… (Raúl no se despierta) Raúl… (Igual) Raúl… ¡Raúl!
Raúl: ¿Qué pasó?
Nora: Soñé que tenías el corazón de migajón.
Raúl: ¿Y se lo diste de comer a las palomas?
Nora: No. (Comienzan a desmaquillarse mutuamente)
Raúl: Pues hiciste mal.
Nora: ¿Por qué?
Raúl: Es la única forma en que voy a aprender a volar. Mi corazón, desperdigado por el suelo, volaría en diminutas aves, cada una con un pedacito de mí.
Nora: ¿Y qué sería de mí si te vas al aire?
Raúl: Sería una buena excusa para volverte paloma.
Raúl saca dos cuadernos y dos plumas de su valija. Entrega un juego a Nora y se queda con el otro. Camina al otro extremo del escenario, se sienta a la mesa y comienza a escribir. Cuando ha escrito algo, arranca la hoja, hace un avioncito de papel con ella y se lo avienta a Nora. Ella hace lo mismo. Continuarán con esta dinámica durante los próximos diálogos.
Raúl: ¿Cómo te ha ido?
Nora: Igual. ¿Qué hiciste hoy?
Raúl: Nada, lo mismo que ayer.
Nora: ¿Cómo te has sentido?
Raúl: ¿Cómo quieres tu café?
Nora: No sé si ponerme este vestido…
Raúl: Un minuto, ahora voy…
Nora: ¿Me pasas un bolillo?
Raúl: ¿Dónde está el encendedor?
Nora: ¿No has visto mi cepillo?
Raúl: La verdad que no me acuerdo, ¿no habrá sido ayer?
Nora: ¿Qué te dijo la vecina?
Raúl: Es que a veces ya no sé.
Raúl intercepta por primera vez un avioncito de Nora. Lo desdobla. Lee con calma. Nora recoge uno del piso, como por casualidad, y también lo lee. Ambos levantan la vista y se miran mutuamente, con ternura.
Raúl: Yo también.
Nora: A veces se me olvida… pero lo sé, te juro que lo sé.
Se abrazan largamente. Regresan a la cama y Raúl se duerme con la mano de ella sobre su pecho.
Nora: Esa noche, con todo el dolor de la alegría en mi corazón, se lo di a las palomas.
Se duerme. Pausa. Raúl se despierta sobresaltado. Se levanta. Ella se finge dormida. ÉL recoge todas sus pertenencias para meterles en la valija. Mientras hace esto, dice el siguiente monólogo.
Raúl: Tal vez no lo entiendas, pero hoy me despertó la tristeza. Una amargura breve me pasó por las arterias. Cuando era niño se me perdió una monedita dorada. La busqué por calles y por partes, por patios y por días. La encontré bajo mi almohada. Y aunque me dio en cara la alegría, conocí la tristeza de hallar lo extraviado.
Saca un bolillo de su valija y se lo pone a Nora en la mano. Se despide en silencio y se mete al ropero. Nora, callada, se enjuga las lágrimas. Se levanta y comienza a quitarle el migajón al pan en pequeños mendrugos.
Nora: Al fin aprendió a volar. (Pausa) Por mucho tiempo Nora desayunó nostalgia. Pero Raúl le dejó un regalo (se toca el vientre), yo. Ella me contaba esta historia todas las noches, hasta que tuve la desgracia de crecer. Claro, nos peleamos. Una noche, junto a las vías del tren, ella también se fue volando. (Pausa) Ahora estoy de regreso… ahora a mí me toca aprender.
Cuando dice esta última frase, arroja las migas al aire al tiempo que se vuelve a escuchar la "Novena sinfonía" y se hace un obscuro súbito.