Antesala

de Ariel Barchilón

Personajes

Megalene: Gaby.

Adna: Susana.

Teo: Ariel.

Al principio, oscuridad.

En el negro absoluto se escuchan sonidos industriales: da la impresión de que grandes máquinas movieran metales retumbantes detrás de un muro de hierro. A medida que esos sonidos se van haciendo lejanos, se oye el ruido de un hacha de doble filo que cae -monótona, rítmica- sobre el duro hueso de un animal.

Poco a poco, luz.

Una penumbra que apenas deja adivinar dos figuras femeninas.

Megalene está de pie, al fondo, frente a una mesada de piedra o mármol, tajeando huesos de animales con un hacha.

Adna está en cuclillas, al frente. Sus ojos alucinados y sus brazos rígidos apuntan hacia una zona oscura que se proyecta más allá. Esto la absorbe en una tensión enorme.

Por un instante, el hacha hace silencio.

Megalene: Están encendiendo las hogueras. (Deja caer el hacha sobre el hueso) Pronto comenzará a crecer el fuego. Debo apurarme. (Pone los huesos trozados en un canasto, busca otra osamenta y la prepara para cortarla)

La luz crece.

Es una penumbra diferida que viene del resplandor lejano de un círculo de hogueras que se reflejan sobre una superficie opaca. Su brillo es espeso, escaso, pero deja ver que la Antesala es un espacio semicircular en el que sólo hay una mesada de piedra o mármol. Su límite es un muro de metal negro, que al aumentar la temperatura podrá adquirir tonos cercanos al rojo.

En uno de los costados, una puerta con barrotes de hierro, cerrada: allí están cautivos los ojos de Adna; hacia allí tienden sus brazos. Va vestida con una túnica blanca, muy larga; tiene el pelo suelto y rubio; en cada una de sus muñecas hay, atado, un hilo de oro que se proyecta –tenso, tirante- más allá de las rejas.

Está descalza.

Megalene es una mujer madura, con rasgos decididos y fuertes, que realiza el trabajo de triturar los huesos sin titubear, con energía. Viste ropa de fajina verde oliva. Hay sangre en la blancura de sus guantes de hule, de su cofia y su delantal de carnicero.

Usa borceguíes.

Megalene: (Colocando los huesos sobre un canasto) Vas a tener que ayudarme.

Adna: (Absorta en sus visiones) ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Un instante? ¿Un día? ¿Cien inviernos? ¿Mil años? ¿Cuánto?

Megalene: (Enérgica) Estamos en la Antesala. Ya te dije. Aquí no pasa el tiempo.

Adna: Sin embargo, mi sangre fluye. Y la de ellos también.

Megalene: (Cortante) El cesto está lleno. Necesito ayuda.

Adna: No puedo moverme.

Megalen :¡Vamos! Estoy atrasada. Si no lo alimentamos, el calor va a crecer hasta dejarnos sin aire. ¡Ayudame! (Abre una boca de metal en el muro)

Adna: No puedo moverme.

Megalen :(Severa) ¿Qué te pasa, Adna? ¿Estás dormida otra vez? ¿Has vuelto a soñar con los ojos abiertos?

Adna: No. Sabés que no duermo. Vigilo sin cesar el brillo del oro.

Megalene: ¡Entonces, basta! ¡Vení! Soy demasiado vieja para levantar este cesto yo sola.

Los sonidos metálicos se vuelven amenazantes. El hierro del muro comienza a virar lentamente hacia el rojo. Aumenta el calor.

Adna: No puedo. (Absorta) Nélope tiene hambre.

Megalene: ¡No comprendo!

Adna: (Absorta) Teo, no. Teo sigue adelante, entero. Pero mi pequeña Nélope tiene hambre.

Megalene: ¡Alucinás! (Pausa) El fuego está creciendo. ¿Escuchás? (Sonidos metálicos) ¡El tiene hambre! Pide su comida. ¡Ayudame!

Adna: (Absorta) Por el brillo del oro me doy cuenta. Y por la turgencia de mi seno izquierdo.

Megalene: ¡No puede ser! ¡Sabés que está prohibido! (Está agitada por el calor) ¡Estamos en la Antesala, Adna! Levantate y ayudame antes de que el calor nos quite todo el aire.

Adna: (Jadea por el calor) Te dije que no puedo.

Megalene: (Se acerca a Adna y mira su pecho. Furiosa.) ¡Es verdad! ¡Estás húmeda! ¡Te advertí que no lo hicieras!

Adna: Son mis hijos. Soy su madre. Es mi leche.

Megalene: ¡Estás loca! ¿Cómo te permitís esas licencias? Ya te dije, Adna: estamos en la Antesala. ¡Contenete!

Los sonidos metálicos crecen. Megalene busca un trapo y ata con fuerza los pechos de Adna.

Adna: (Se deja hacer, absorta) No estoy loca. Soy una fuente fértil. De mi seno izquierdo mana leche para mi hijita Nélope. Ella tiene hambre y mi pecho le responde.

Megalene: ¡Ella no está! (Señala la puerta con rejas) Nélope recorre esa confusa inmensidad con Teo. ¡Tal vez está muy lejos! ¡O muy cerca! ¡Tal vez

no vuelva! ¡No podés saber si tiene hambre!

Adna: Soy su madre. Lo sé. Mirá: (levanta la muñeca izquierda) el hilo de oro de Nélope brilla con una intensidad distinta del hilo de oro de Teo.

Megalene- (Respira con dificultad, le falta el aire) ¡Estamos en la Antesala! Aquí está prohibida la leche. Aquí están prohibidos el vino, el tiempo y el agua. Aquí nada fluye. ¡Entiendelo y levantate! (La obliga a incorporarse) ¡Vamos a alimentarlo!

Las dos mujeres van hasta donde está el pesado cesto con huesos trozados y los echan por la boca de metal. Cuando terminan de dar el alimento, los sonidos metálicos se atenuan hasta casi desaparecer. El color de las paredes se enfría. De nuevo hay aire; las mujere se alivian.

Megalene vuelve a la mesada y sigue hachando huesos.

Adna, se acerca a la puerta de rejas y mira en la oscuridad.

Megalene: No hagas eso. Vas a abismarte.

Adna: Anoche la vigilia trajo imágenes.

Megalene: No mires esa oscuridad. Es infinita. Podes perderte (Detiene el hacha en lo alto y presta atención a un sonido inaudible, lejano)

Adna: (Absorta) Vi mi vientre. Primero era pequeño como una semilla, pero luego crecía, vertiginoso, hasta hacerse infinito. Yo gritaba en mi vientre el nombre de mis hijos... (Grita hacia el túnel) ¡Teo! ¡Nélope! ¡Teo! ¡Nélope! (. El eco le devuelve los nombres. Pausa) Los llamaba pero no contestaban. Sólo se escuchaba la inmensidad, un silencio abismal.

Megalene: (Ha caminado hacia el proscenio; escucha la oscuridad infinita.

Grita) ¡Shhhh! ¡No hables! (Pausa. Silencio profundo) ¿Escuchás?

Adna: Sólo el silencio.

Megalene: No. Son ellas. Yo puedo escucharlas. Han sido liberadas y se acercan. Puedo sentir la vibración de sus alitas aquí, debajo de mis párpados. (Silencio absoluto) ¿Oís?

Adna: Nada.

Megalene: Pronto van a estar aquí. (Busca debajo de la mesada y saca una cajita de cristal) Debo estar atenta para cazar al menos una. Traen presagios, dan buena suerte.

Adna: Qué asco.

Megalene: (Deja la cajita a un costado y vuelve a hachar) Son sagradas. No deberían darte asco.

Adna: (Se pone en cuclillas, en la posición inicial) Se alimentan de sombras.

Rondan los cadáveres. No las afecta la ausencia del tiempo. Me dan asco.

Megalene: Nada sabés de ellas. Mi linaje, el linaje de mi madre, las reverencia. Ellas hablan... cuentan historias, pero hay que saber escucharlas. (Corta un hueso con el hacha) Mi madre conocía los dos puntos sagrados que hay en sus cuerpos. Son muy sutiles. Si uno las atraviesa de un punto a otro, suavemente, con la punta de una aguja, no se les hace daño, siguen vivas. Mi madre podía enhebrar en un hilo de oro hasta cien de ellas y después se las colgaba, vivas, alrededor de la cintura. Recuerdo cómo movían sus alitas transparentes y cómo le hablaban a mi madre. Mi linaje sabe escuchar. De ellas aprendimos muchas cosas. (Pausa, absorta) Y después, recuerdo... mi madre les quitaba el hilo de oro y las dejaba volar, libremente.

Adna: Qué asco.

Pausa larga. Adna sigue absorta en su tenso silencio. Megalene corta huesos con el hacha de doble filo.

Adna: (Temerosa) ¡Megalene! (Pausa tensa) ¡Megalene!

Megalene: ¿Qué?

Adna: (Angustiada) ¡Una sombra!

Megalene: (Sigue hachando).

Adna: ¡Una sombra! No... No... El oro del hilo de Nélope está perdiendo su brillo. ¡Megalene! ¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡El hilo de Nélope pierde tensión! (Pausa) No. No. (Grito de horror) ¡Nooooo!

Megelane: (Se lanza sobre ella como un rayo y ahoga su grito con las manos)

¡Silencio! (Pausa tensa, larga) ¿Qué ocurre?

Adna: (Con la boca tapada, llorando le muestra la muñeca izquierda, el hilo de oro se ha roto)

Megelane: Su hilo se ha cortado. (Suelta la boca de Adna) Es el destino de todo mortal. (Pausa breve) ¡Basta! ¡No se permiten lágrimas en la Antesala! ¡Aquí está prohibido ser mujer!

Adna: (Trata de reprimir su llanto, pero no lo consigue)

Recomienzan los ruidos metálicos. Las paredes viran lentamente hacia el rojo.

Megalene: ¡Dije basta! ¡Tu llanto le da hambre! ¡Basta! ¡Como madre, te entiendo, pero estás en la Antesala! Puedes gritar, si quieres, pero que tu grito no se oiga. También podés llorar. Pero sin lágrimas. (Vuelve a ajustarle el trapo que le oprime los senos) Contenete. (Transición) Debo seguir trabajando. Tenemos que alimentarlo. (Adna grita sin que se oiga su grito. Megalene aumenta el ritmo con que hacha. Las paredes se ponen más y más rojas. Falta el aire) Calmate. Absorbé tu dolor en el silencio. Tu hija ya no era tu hija. Era una ofrenda. No sos la primera madre ni la última a quien le devoran un hijo. Yo ofrendé hace mucho los míos. Agradecé que Teo sigue vivo, tenso, brillante. El sigue combatiendo. Tal vez en el doble filo de su hacha esté la libertad para nosotras. (Los sonidos se han vuelto insoportables y el calor extremo. Falta el aire) ¡Ayudame! ¡Ayudame! Nos está quitando todo el aire. ¡Vamos!

Adna se sobrepone y le ayuda a Megalene a arrojar los huesos por la boca de metal. Los sonidos se atenúan y el color de las paredes se enfría de a poco. Las dos mujeres respiran, agotadas. De golpe, el hilo de oro de la mano derecha de Adna se pone tenso y la atrae hacia la puerta. Se escucha la voz de Teo, que, como un eco tonante, grita:

Teo: (Voz en off) ¡Madre! ¡Madre! ¡Madre!

Adna: ¡Es Teo! (Se acerca a la puerta de rejas y grita:) ¡Teo! ¡Teo! ¡Aquí! ¡Aquí, hijito, aquí!

Desde el túnel que está detrás de la reja, se escucha un retumbar de pasos, un jadeo, el miedo que late en un cuerpo que trastabilla, cae, se incorpora, babea, balbucea y huye impregnado de terror. Súbitamente, una luz de oro, sagrada y potente, brota de la puerta de rejas, convirtiendo en noche la penumbra de la Antesala. Adna retrocede, aterrada. Las hojas de la puerta se abren, mágicamente, con violencia. Recortado en la luz de oro, aparece la silueta oscura de Teo. Tiene la cabeza rapada y el torso desnudo, viste un jean y calza borceguíes. En la nuca se ha hecho tatuar un escorpión. En su mano izquierda lleva atado el otro extremo del hilo de oro; en la derecha aferra un hacha de dos filos. La piel de su torso desnudo no se ve porque está cubierta por el hilo de oro que ha ido enrollando sobre sí mismo para hallar el camino de regreso. No es ciego, está cegado.

Teo: (Cegado) ¡Madre! ¡Madre!

Adna: ¡Aquí, hijo!

Teo: ¡Madre! ¡La luz de El es excesiva! ¡Mis ojos no te ven!

La luz del túnel se apaga. Otra vez, penumbra. La puerta se cierra, mágicamente, con un golpe metálico.

Adna: (Lo abraza) Tranquilo. Quieto. Estás vivo. De regreso.

Megalene: (Se acerca y lo toca como si su carne fuera sagrada) Volviste.

Teo: No por mucho tiempo.

Adna: ¿Y Nélope?

Teo: Caída, madre. Mi hermanita, mi mitad. Caída. Devorada por El en una

encrucijada.

Megalene lo toca como si su carne fuera sagrada. Empieza a hacerlo girar, mientras Adna va ovillando en su cintura el hilo de oro que sale del pecho de Teo. Como si fuera un rito, los dos giran a la vez, en sentido contrario.

Megalene: Volviste. El te dejó volver.

Teo: Soy su mensajero. Aún no concluyó nuestro combate. El es una luz negra, madre, cegadora. Le pedí una gracia y me la concedió.

Adna: ¿Qué gracia mi chiquito?

Teo: La sangre de Nélope. Le pedí la sangre de mi hermana para mi madre y él me la cedió.

Adna: ¡Ay, Nélope, hija mía! ¡Carne de mi carne, mi mitad! ¡Caída, ay, caída!

Teo: Tengo demasiada luz en mis ojos, madre, y no puedo verte... pero mis manos quieren recordarte. (Sin dejar de girar, Adna hace que Teo toque se rostro con las manos) El lenguaje de mis manos no entiende la piel de tu rostro. Te has vuelto oscura, sinuosa, circular. Tu rostro es una inmensidad que gira y gira y gira, siempre hacia la izquierda. Tu rostro, madre, es un sendero con ramificaciones infinitas en las que me pierdo. Giro y giro. Giro y me pierdo. Giro sin cesar en el círculo ciego de tu rostro y no encuentro el hilo que me lleve a mi destino.

Megalene: ¡Contené tus palabras, Teo! El rostro de un ser amado es único y sagrado. No vuelve a repetirse.

El giro ha terminado. Adna tiene la totalidad del hilo enrollado en su cintura. Teo ha quedado de espaldas. Brilla, fosforescente en la penumbra, el escorpión tatuado de su nuca. Teo se ha vuelto inmenso, quieto, silencioso.

Teo: ¿Estás preparada, madre?

Adna: Mi cuerpo late, es una llaga ardiente.

Teo: Pregunto si mi madre está preparada para recibir la sangre de su hija.

Adna: Aquí. Aquí estoy.

Lenta, ritualmente, Teo se da vuelta y deja ver que en su pecho desnudo hay una imagen vertiginosa del laberinto, pintada con sangre. Mira a su madre por primera vez a los ojos.

Teo: Brilla. Titila. Fluye. Está viva, madre. Es la sangre de Nélope, tu hija, mi

mitad. El se abstuvo de matarme para ofrendártela. El renunció a que yo fuera su alimento y me nombró su mensajero, madre. El, con su mano poderosa, pinto sobre este pecho, con la sangre de mi hermana, el laberinto que lo tiene prisionero desde siempre. (Pausa) Al fin puedo verte, madre. Tómala. Toma su sangre. Es tuya. Salió de vos y debe volver a vos.

Sin llamar la atención, en un segundo plano, Megalene está absorta en un sonido inaudible, lejano.

Adna: Me cortaré los cabellos. Echaré ceniza sobre mis párpados. No volveré a sonreir. Hundiré mis palabras en un silencio mudo. Rasgaré mis vestiduras.

(Raja con sus manos la túnica y desnuda su pecho) Tomaré en mi sangre lo

que es de mi sangre.

Lenta, ritualmente, Adna y Teo se abrazan con tal intensidad que el laberinto de sangre pasa, como un tatuaje, del pecho del hijo al de la madre.

Largo silencio. Intensidad. Quietud.

Megalene: (Escucha absorta) Son ellas. (Silencio) Ya vienen. Han sido liberadas, ya se acercan. Puedo sentir la vibración de sus alitas aquí, en el hueco de mi vientre.

Silencio absoluto.

Luego, poco a poco, va creciendo el monstruoso rumor de millones de alitas de moscas que se acercan.

Megalene: Pronto! ¡Horizontales! ¡Pronto, a tierra! ¡Horizontales! ¡Nadie que no sea de mi linaje puede soportar en pie el turbión de su vuelo! (Aumenta el sonido de las moscas) ¡Pronto, a tierra, dije! (Les ayuda a tirarse a tierra) ¡Boca abajo! ¡Cierren los ojos! ¡Apaguen los oídos! ¡Tapen los agujeros del cuerpo! Que el hijo entre en la madre. Que la madre se ahueque para cobijar al hijo. ¡Ya llegan!

Madre e hijo están fusionados, horizontales, en el piso. La intensidad de las moscas se hace insoportable. Sopla un viento misterioso, huracanado, en la Antesala. Megalene extiende un trapo color sangre sobre ellos y los tapa.

Megalene: ¡Ya llegan! ¡Vibran! ¡Hablan! ¡Arrasan! ¡Boca abajo! ¡Cierren los ojos! ¡Apaguen los oídos! Que el hijo entre en la madre. Que la madre se ahueque para cobijar al hijo. Que la tierra los cubra a ambos. ¡Ya están aquí! ¡Me hablan, vibran! ¡Feliz la carne de mi linaje que puede soportar en pie el

turbión de su vuelo!

El sonido de las moscas va alcanzando una intensidad insoportable, mientras una niebla misteriosa nace del suelo y el viento huracanado hace temblar el cuerpo de Megalene, que se sostiene de pie, con la cajita de cristal abierta en su mano derecha, bien alta. El sonido de las moscas alcanza su climax y luego desciende, poco a poco, lo mismo que el viento. Hay un silencio inmenso que dura unos segundos y luego, la vibración sutil de una sola mosca, aparece en el espacio sonoro. Los ojos de Megalene la siguen hasta que va a posarse en la cajita. Cuando –suave, delicadamente- Megalene tapa la cajita de cristal, el sonido desaparece y la escena queda un instante detenida en un silencio absoluto.

Megalene: La señal anuncia que la pausa llega a su fin. (Se dirige lenta, ritualmente, hacia los cuerpos y les quita el manto color sangre) Que el hijo salga del vientre de su madre. Que la madre vuelva a ser un laberinto vacío.

Megalene los ayuda a incorporarse. Ritualmente, le ofrenda la cajita de cristal con la mosca a Teo. Este la toma y de inmediato empieza a alejarse de su madre. Adna gira sobre sí misma a medida que su hijo tira del hilo.

Adna: (Cegada) ¡Teo! ¡Teo! Mis ojos están llenos de luz. No puedo verte.

Teo : Aquí, madre.

Adna : ¡No te vayas, hijito, no te vayas!

Teo: Tu rostro ha vuelto a ser tu rostro. Ahora es un sendero recto, conocido, amado. Ya no me pierdo en él.

Adna: ¡No te vayas, hijito, no te vayas!

Súbitamente, una luz de oro, sagrada y potente, brota de la puerta de rejas, convirtiendo en noche la penumbra de la Antesala.La puerta, mágicamente, se abre con violencia. Teo avanza hacia ella.Adna gira desovillando el hilo.

Megalene: Es la señal. El lo llama al combate.

Adna: (Cegada) ¡No! ¡No! ¡No puedo verte, hijito, no te vayas!

Teo levanta el hacha de doble filo, mira por última vez a las mujeres y penetra en el túnel luminoso. Un instante después, la luz se apaga y la puerta se cierra con un golpe metálico. Las mujeres permanecen mirando la puerta cerrada, silenciosas y quietas. La luz desciende. Crece el rumor de grandes máquinas industriales tras el muro de metal.

Luego, oscuridad.

Negro absoluto.

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