DESASTRE EN EE.UU. : CLARIN EN NUEVA
ORLEANS
Una
ciudad en ruinas: rastrillaje en Nueva Orleans, con una
patrulla que busca cadáveres
La
enviada de Clarín acompañó a soldados
y rescatistas por uno de los barrios más inundados
de la ciudad. Van casa por casa, buscando a vivos y muertos.
Hacen una marca en el exterior de la vivienda con los datos.
Hinde
Pomeraniec. NUEVA ORLEANS ENVIADA ESPECIAL
[email protected]
"Nice
day", dice el soldado y el lindo día del que
habla cuando da la mano parece una fórmula de cortesía
en esta ciudad que hoy sólo sabe de urgencias. Está
junto a seis o siete militares más, cerca de la estación
de bomberos de Nueva Orleans. A un costado, un hombre de
boina verde sentado en una silla, con zapatos y medias,
mira todo y nada. Parece transplantado de otra película.
Una
nube de humo oscuro y espeso se asoma cuadras más
allá y sale disparada una autobomba. Una casa se
incendia en Josephine y Coliseum, cerca del centro. Lo peor
que podría pasar ahora, después de que el
agua les llegó al cuello a los habitantes de esta
ciudad, es un incendio descontrolado.
Cuatro
o cinco helicópteros tiran bombas de agua sobre el
fuego, son miles y miles de litros. La nube negra comienza
a aclararse. Frank Strachan (25) está mirando de
cerca los movimientos de bomberos y policías. Está
en bermudas, tiene la remera sucia y usa anteojos. Es un
muchacho macizo. Dice que está esperando que vengan
por él. "Mi mamá, mi papá, mi
abuela y mi hermana están en diferentes lugares.
Yo me quedé en la casa, que está aquí
a la vuelta.", cuenta. Y señala: "¿Ve
este edificio rosa? Es la escuela del vecindario, el agua
tapaba los pizarrones...".
Los
olores se acumulan, la basura no fue retirada y su espesor
inunda el aire. El barrio Magnolia queda a unos 10 minutos
del downtown y a los lados de la calle principal está
todo inundado. Es un barrio violentamente pobre y, según
quienes conocen Nueva Orleans, peligroso. Mike, (chofer),
un Louis Armstrong con cicatriz en la mejilla izquierda,
dice: "ustedes están tranquilos, porque no saben
dónde están".
En
el Boulevard Saint Claude están reunidos rescatistas
y policías para un operativo. Se juntan para recibir
instrucciones de un comando, que montó en una estación
de servicio un cuartel general, con computadora incluida.
Antes estuvieron los SWAT, que ingresaron a los canales
con sus embarcaciones a buscar gente viva o muerta. No pueden
obligar a la gente a irse, podría fracasar todo un
operativo.
Ruy
Maldonado, de la Policía de Texas, nos dice a los
periodistas de Canal 13 y a Clarín que en cuatro
manzanas hallaron seis cadáveres, entre ellos el
de una anciana que alguien piadosamente envolvió
con plástico y a quien le dejaron un papel con sus
datos para que fuera reconocida. "Estamos aquí
para proteger a la gente, para darles direcciones de dónde
pueden comer o recibir algo de comida", dice Maldonado
en voluntarioso español. Usa anteojos negros y tiene
en la mano derecha una manzana roja mordida. "Hasta
hace dos días este lugar era muy peligroso. Cuando
subió el agua, algunos pillos comenzaron a pedir
dinero para dejar pasar por los puentes. Ahora apenas se
quedan dos o tres haciendo maldades", dice.
Los
rescatistas, vestidos de azul y celeste y una bandana roja
que llevan al cuello o en la cabeza, se dividen en grupos
y comienzan a entrar a las casas, negocios y fábricas.
Llevan máscaras celestes para resistir los olores.
Una vez adentro verifican si hay sobrevivientes o cadáveres
y cuál es el estado de la casa. Cuando salen, en
el frente pintan con aerosol rojo unas inscripciones en
clave que resumen la información que rastrearon en
el lugar, más la fecha.
Llegan
militares colgados de camionetas o en Hummers con sus M-16.
Apuntan para intimidar, hay que ser muy cauteloso. Indiferente,
un negro de pelo electrizado pasa con unas botellas por
el medio de los militares armados. Nadie lo detiene.
Los
rescatistas entran a un galpón. Un policía
se esconde tras un poste de electricidad y anima su fusil,
como apurando un peligro. Desde su auto enorme, larguísimo
y blanco, Mike me hace de guardaespaldas. El peligro se
respira, pero no hay enemigo a la vista. En la esquina,
sobre la puerta de la carnicería Samko, alguien gritó
con pintura blanca: "¡Help!".
Nueva
Orleans está cada día más vacía
excepto por las fuerzas de seguridad, los servicios de emergencia
y la prensa. Por su aspecto fantasmal, de pura escenografía,
parece un gran set de filmación. Donde no se ve agua,
se ven contenedores de bolsas de arena. Donde no hay basura,
hay montañas de madera corroída por el huracán.
Varios edificios corren riesgo de derrumbe: primero el viento,
luego el agua, y todavía el agua. Empleados municipales
vestidos de blanco juntan basura en sus bolsas de consorcio
pero nada alcanza.
En
la calle Magazine, una leyenda recuerda que hay enfrentamientos
armados en Nueva Orleans, entre pandillas y policías
o entre desesperados y militares. "I´m here.
I have a gun" (estoy aquí, tengo un arma), dice
una inscripción en rojo sobre una pared descascarada.
No dan ganas de entrar. Un hombre pasa hablando solo: "Todo
el mundo da vueltas con el auto", dice su letanía.
Estamos en una esquina clave del barrio francés,
en el cruce de la Bourbon con Orleans, corazón de
un vecindario maldecido por el agua pero custodiado por
muchos de sus habitantes, que se resisten a la evacuación.
El
bar Johnny White no cerró nunca sus puertas y sigue
ofreciendo bebidas a los sedientos de olvido. "Welcome
to New Orleans", dice el hombre de canas largas y anteojitos.
Tiene ganas de hablar, no tiene mucho que decir. Muy cerca,
Javier Rozado (menudo, bermuda azul y musculosa blanca,
inusualmente limpio) cuenta que tiene 35 años y no
le falta ni agua ni comida. Vive en un cuarto piso sobre
la Bourbon en un edificio de 4 pisos. "Por cómo
se movía con el viento de Katrina, pensé que
se venía abajo", dice. Se va a quedar, porque
quiere al lugar y está cuidando los negocios de su
patrón. Eso sí que es fidelidad latina.
Jezzabel
es redonda y joven. Usa anillos en los dedos de los pies
y calza ropa muy ajustada. "Lo que estamos viviendo
es un coma temporal. ¿Cómo puede ser que una
ciudad que dio tanta música vaya a morir así,
por un huracán? Los que vivimos aquí no vamos
a dejar que muera". Diana, una voluntaria que se quedó
en su casa con sus dos perros, sus cuatro gatos y sus dos
loros, asiente. "Nosotros creemos que podemos reconstruir
esta ciudad", asegura, apoyada sobre un auto abandonado.
Sobre el capot, varios sobres de comida instantánea,
la huella de que por aquí pasaron a repartir víveres.
En
toda la ciudad hay tirados por el piso collares con cuentas
redonditas y de colores, clásicas ofrendas y adornos
de Nueva Orleans. Blues Company, Preservation of Jazz, son
los nombres de algunos locales que marcan la afición
musical de la ciudad. En una esquina del Boulevard Canal,
una casa de deportes tiene los vidrios rotos, los televisores
ultrajados y restos de la ropa y zapatillas que fueron robadas
tirados sobre la vereda mojada.
Hay
mucha agua estancada. Se ven modestas embarcaciones por
todos lados. Una máquina expendedora de diarios muestra
ejemplares de The New York Times del 29 de agosto, el día
que pasó el huracán Katrina por aquí.
Una tanqueta con miembros del SWAT de Louisiana hace su
entrada triunfal por la Saint Peter. Los policías
locales les sacan fotos y piden sacarse fotos con ellos.
Son héroes.
Clarin,
7 de septiembre de 2005