| DESASTRE
EN EE.UU. - CLARIN EN NUEVA ORLEANS: LA CIUDAD ARRASADA POR
EL HURACAN KATRINA
Desolación
y olor a muerte en una Nueva Orleans devastada
Clarín
recorrió barrios cubiertos por aguas hediondas, donde
las autoridades estiman que hay cadáveres sepultados.
Toda la zona está militarizada. La histórica
cuna del jazz es hoy la imagen del desamparo.
"Move
on, move oooon", grita histérico el policía
cerca de Hartmond, en Louisiana, mientras acomoda los conos
con los que se indica que hay un corte de ruta. Está
nervioso y da miedo. Parece salido de una película
de Tarantino y el argumento más lógico diría
que el hombre debe enloquecer en los próximos dos segundos
y comenzar a disparar. Hay mucho nervio por aquí, las
colas de gente que quiere ir para el lado de Nueva Orleans
es infinita y el calor revienta los sesos de cualquiera. Decidimos
hacerle caso porque el sujeto no escucha razones. Llegamos
hasta aquí a puro instinto, siguiendo un camino que
nos trazó un colega de la CNN y los retenes se van
poniendo cada vez más exigentes. Una fila infinita
de camiones de todo tipo pone rumbo al oeste: electricidad,
agua, comida, bomberos. Un desfile incesante de vehículos
militares, con camiones del Ejército y hummers llenos
de soldados que saludan a la gente, sacude la ruta llena de
autos abandonados por falta de nafta y fragmentos de neumáticos
reventados. También algún perro muerto. No paran
de pasar los helicópteros por encima de nuestros cerebros.
Voy
con Pablo en un auto alquilado. Somos dos periodistas argentinos
queriendo llegar a la ciudad que agoniza bajo el agua. Hace
días que estamos haciendo base en Mobile y moviéndonos
por Biloxi y Gulfport, en Mississippi, donde el huracán
Katrina dejó un recuerdo imborrable de destrucción
y muerte y ahora vamos hacia el lugar que el gobierno de EE.UU.
dejó librado a su destino durante cinco días.
Nueva Orleans sobrevivió en principio al huracán
pero al día siguiente de su paso los diques que contenían
al lago Pontchartrain cedieron y la cuna del jazz sucumbió.
Quienes
están ahí adentro cuentan cosas horribles. Que
los muertos se amontonan en depósitos, que hay cadáveres
por todos lados. Que la violencia de los despojados se disparó
en un festival macabro de saqueos, violaciones y ataques a
las fuerzas de seguridad.
Una
tremenda 4x4 se aparece en el camino. Desde adentro, alguien
saca y muestra a los policías ubicados en el checkpoint
una enorme placa que dice NBC, la cadena de la que es propietaria
la General Electric y que aquí juega de local y fuerte.
Keith, el chofer, tiene la mejor de las disposiciones. Va
con un par de periodistas y nos dice que nos pongamos detrás
suyo. Que él nos abre el camino y nos guía.
Va para el centro de Nueva Orleans bordeando la mayor parte
de la ciudad intransitable por el agua y ya entró varias
veces. La conoce. Se lo ve seguro.
Gracias
al amigo americano, el policía de turno nos marca con
tinta blanca indeleble el vidrio del auto, señal de
que desde ahora en más no van a molestarnos. Al menos
no tanto.
Bordeamos
colas interminables de gente que quiere volver a sus casas
o visitar a parientes, o personas que llevan víveres
o agua para los desamparados, más todo el resto del
universo de la emergencia, que transporta desde generadores
hasta remedios para las víctimas del desastre.
Damos
vueltas y vueltas; el escenario comienza a transformarse.
Pantanos que dan miedo a cada lado de la ruta. Ingresamos
a la ciudad, son los suburbios. Hombres y mujeres llevan en
carritos de supermercados cajas que les acaba de dar el Ejército
de Salvación. Cruzan tomando botellitas de agua. Algunos
van en bicicletas, con su carrito al lado. Hay postes de electricidad
tirados y cables sueltos por todos lados. Hay gente que está
parada en las veredas con carteles. Piden comida. Un hombre
en silla de ruedas mendiga y reza. A su lado, un adolescente
se devora un paquete de papas fritas que le acaba de dar el
chofer de la NBC.
Más
vueltas y vueltas por la Tchoupitolas, una calle que rodea
el centro de Nueva Orleans. La ciudad está vacía
y militarizada. Techos derruidos, árboles caídos,
vidrios rotos. Mucha basura.
A
cada paso hay un vehículo con un soldado custodiando
edificios y esquinas, Sobre la calle Eleonore, hay una serie
de casitas típicas, de madera y balcón al frente,
con pequeñas escaleras y puertas vaivén con
mosquitero. Las hamacas están vacías y no hay
siquiera viento que las mueva. Hay autos abandonados, otros
destruidos, aplastados. Un Walmart es la foto de una película
de anticipación. Totalmente cerrado, una decena de
autos espera que sus dueños vuelvan a buscarlos.
Las
mansiones del boulevard Napoleón son mudos testigos
del desastre. Se levantan imponentes en medio de un paisaje
desolador de árboles arrancados y mugre esparcida.
Las iglesias están cerradas. Es domingo y el silencio
es total. Lo único que se escucha es el ruido de nuestro
de miedo ¿¿No hay nadie aquí??
A
la derecha, un cartel indica que ahí está el
Audubon Zoo y uno no puede dejar de preguntarse qué
habrá sido de los animales de ese zoológico
si a las personas las trataron con tanta indiferencia y desdén.
El
olor comienza a ser fuerte. Pablo dice que es olor a muerto
y él sabe de eso. Le tocó cubrir para distintos
medios el tsunami en el sudeste asiático en diciembre,
y estuvo allí 15 días. Dice que la gente confunde
el olor a cloaca y basura con éste, que es distinto,
penetrante y dulzón hasta el vómito.
Empiezan
a aparecer señales de lo que fue una zona comercial
de Nueva Orleans: Starbucks, Whole Foods Market, Bank of Nuew
Orleans, dicen los carteles. Varios tienen maderas sobre los
vidrios, pare evitar los saqueos. Por allí pasa un
hombre muy delgado, camisa abierta, barba de días,
ojos de noche. Es negro y tiene hambre. Es lo único
que tiene. "Me quede sin casa y estoy solo", dice.
Está descalzo.
Un
cartel en azul y blanco nos dice que somos bienvenidos al
centro de Nueva Orleans. Vamos por Corondelet y Perdido (qué
nombre para una calle en esta ciudad). Unos metros después
está la plaza Lee Circle y ahí nomás
se aparecen los nombres de cadenas de hoteles importantes:
Intercontinental, Marriot.
No
se ve a nadie, las tareas de evacuación están
dejando a este lugar completamente solo. Los carteles son
tan familiares: Western Union, United Fruit and Company. Un
café de la cadena Rue de la Course, en la Saint Charles,
tiene todos los vidrios rotos y señales inequívocas
del saqueo. Un hombre de pelo largo y blanco, vestido con
un short, una camisa sucia y deshilachada y en pantuflas camina
con una botella de cerveza vacía en la mano. Como si
fuera un chupete, de a ratos la lleva a la boca. No va a ningún
lado. Como pequeños fantasmitas, tres turistas alemanes
pasean en bicicleta. Los hombres son rubios y cincuentones,
ella tiene el pelo teñido de negro rabioso y varias
cirugías. No queda claro qué buscan...
Ahí
está el agua. A la vuelta de la esquina comienza el
antiguo barrio francés, hoy a la deriva tras la inundación.
Hay agua por todas partes, son cursos desobedientes que se
desvían caprichosos por las calles y que en algunos
casos llegan a varios metros de profundidad. Tiene un color
oscuro, muy oscuro. Hay olor a podrido y no se escucha ningún
ruido. Dicen que no lejos de aquí hay un depósito
con cientos de cadáveres. Pero quién se anima
a meter un pie en estas aguas hediondas y con quién
sabe qué colchón de podredumbre debajo.
Dos
policías con pasamontañas buscan intimidar a
los revoltosos que se convirtieron en el nuevo enemigo de
EE.UU. Katrina no puede ser un blanco: fue viento y voló.
En cambio, aquellos que muestran el lado oculto del país
más poderoso, los que amenazan, saquean, disparan y
vociferan insultos contra el gobierno, se han convertido en
el objetivo a perseguir con "tolerancia cero", como
dijo George Bush.
Los
militares que siguen llegando en largos convoyes escoltan
a los miles de solitarios desamparados que son transportados
al aeropuerto Louis Armstrong, desde donde los desvían
a distintos puntos del sur del país: Houston, San Antonio,
Baton Rouge. El silencio es tan profundo que hasta parece
un blues.
Hinde Pomeraniec. NUEVA ORLEANS ENVIADA ESPECIAL
[email protected]
Clarin, 5 de septiembre de 2005
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