El
refugio del River Center, en Baton Rouge: en medio de tanta
desolación, una niña de ocho años juega
sola Foto: NYT
Los
efectos de Katrina
Una
noche con los refugiados del huracán
BATON
ROUGE, Louisiana.– “¡Estoy harta de esta
porquería! ¡Quiero que todo esto termine!”,
grita una mujer, a lo lejos, sentada en un catre con un
chiquito negro en brazos.
Son
las 2 de la mañana y pocos pueden dormir en el River
Center de esta ciudad, uno de los refugios en los que miles
de desplazados de Nueva Orleáns fueron instalados
tras el huracán Katrina. La mujer llora y continúa
gritando, pero no se escucha bien qué dice. Alguien
le responde: “¡Eh, cerrá la boca de una
maldita vez!” Una andanada de chistidos reprende al
agresor. La mujer también calla, pero se la ve bien:
las luces están prendidas y arrulla a la criatura,
que también llora. Otras decenas de chiquitos, negros
en su inmensa mayoría, corretean por los pasillos,
entre las butacas y el anfiteatro del centro de convenciones.
Construido
para albergar funciones de teatro y ballet, exhibiciones
de arte, conciertos de rock y con una pista de patinaje,
el River Center, un predio pegado al río Mississippi
y el puerto local, no estaba preparado para lo que ahora
es: una combinación de hotel con hospital de campaña,
el más grande de la capital del estado de Louisiana,
que mantiene voluntarios de la Cruz Roja con el apoyo de
la policía.
"Quiero
irme de acá, pero dicen que recién podríamos
salir mañana o pasado [por hoy o el lunes]",
cuenta a LA NACION Denisse Williams, una muchacha negra
de 21 años, mientras sostiene a un hijo pequeño
en brazos y un hermanito suyo da vueltas a su alrededor.
"Parece que nos llevarán a Houston o a San Antonio.
A mí me da igual", afirma.
Mientras
los ancianos y los enfermos intentan dormir tapándose
los ojos con trapos o medias sucias, los más jóvenes
dan vueltas por los pasillos. Desde las 19 y hasta las 7
de la mañana, nadie puede salir o entrar en el complejo
donde LA NACION pasó la noche.
"Por
orden del alcalde, de noche el River Center es como un ataúd.
Las puertas se cierran al anochecer y no se abren hasta
el amanecer por razones de seguridad", explica el oficial
de la policía Ben Wollowski, que advierte a este
cronista que si decide quedarse allí "es bajo
su propia responsabilidad".
Violencia
latente
Al
igual que en el Superdome de Nueva Orleáns, donde
aún duermen y viven unas 20.000 personas, los rumores
sobre ataques de pandillas, violaciones y robos también
corren por aquí, aunque ningún policía,
militar o voluntario de la Cruz Roja pueda confirmar su
veracidad.
En
las puertas de ingreso, una serie de carteles de un metro
de altura escritos a mano por algún voluntario amonestan:
"No armas, no alcohol, no mascotas, no drogas".
Pero
adentro los chicos fuman marihuana con lentitud y un par
de ladridos se escuchan a las 4 de la mañana. Eso
sí, si también hay armas, por lo menos no
se ven tan fácil.
"Estoy
solo acá. Uno de mis hermanos está en Texas
y no sé nada de mi madre, mis otros cuatro hermanos
y mis sobrinos. Vine con un tipo conocido del barrio, que
dice que quiere esperar acá. ¿Qué?
¡No, hombre! ¡Acá se trata de sobrevivir,
hay que irse cuanto antes!", comenta Dion Wellis, un
chico negro de 21 años, bandana azul y gris, rosario
blanco, cigarrillo de marihuana en la mano izquierda y tatuajes
en ambos brazos.
"Acá
no hay duchas, sólo esos baños portátiles
[por las garitas químicas]. Si querés limpiarte,
tenés que buscarte un trapo o una toalla, conseguir
agua y limpiarte por partes. Hace cinco días que
no me baño. Mi mamá me mataría",
dice mientras sonríe y, en apenas un segundo, se
pone serio.
"Mamá
está en silla de ruedas y su celular está
muerto. Sólo me queda rezar y esperar que esté
bien en algún lado", pide.
La
Cruz Roja instaló 128 refugios en el sudeste de los
Estados Unidos para alojar a los más de 45.000 evacuados
de Nueva Orleáns, que no es el único punto
en el que Katrina causó problemas.
Cinco
días después del huracán, en esta ciudad
de 227.818 habitantes estables y dos universidades, aún
hay 32.000 hogares que carecen de energía eléctrica.
"La situación es un poco caótica pero
vamos mejorando", confía Stephanie Welch, una
voluntaria de la Cruz Roja que está encargada de
ayudar a aquellos que buscan a sus familiares perdidos por
los distintos refugios de la zona.
"Ni
siquiera sabemos bien cuánta gente tenemos acá,
pero yo diría que entre 2000 y 4000 personas, que
a su vez no todas están registradas en nuestras listas.
Quizás usted busque a alguien, que sí está
acá, pero no lo sabemos. Lo siento", afirma
la voluntaria.
Distracción
El gobierno local intenta coordinar los esfuerzos, que también
incluyen proveer de entretenimiento a la mayor cantidad
de gente refugiada en el River Center, todo el tiempo que
sea posible.
"En
el anfiteatro pasan películas a cada rato y con eso
los más chicos se calman un poco", confirma
Dion.
"Yo
también voy de vez en cuando", dice, y vuelve
a sonreír. La meta es hacer que los días transcurran
lo más rápidamente posible y alejar los raptos
de ira.
"¿Estamos
hablando off the record?", pregunta un teniente de
la Guardia Nacional, que sólo admite que se lo cite
como "Ben".
"Esto
recién comienza y el problema va a empezar cuando
el hartazgo sea general, cuando el olor a podrido de los
muertos se confunda con el olor a sucio de los que están
acá. Ahí muchos se van a poner locos y violentos",
predice.
El
teniente, de raza blanca y 1,85 metros, está furioso,
además, con el reverendo Jesse Jackson, una de las
voces más escuchadas por la población negra.
"El
tipo este viene a recordar ahora que quienes más
sufren por el huracán son negros. ¿En serio?
¡Qué noticia! ¡Ahora sí que me
simplificó mi tarea de poner orden acá! Todos
van a estar sensibles a la primera mano que le ponga encima
a alguien para calmarlo", vuelve a predecir.
A
las 6.30 de la mañana del sábado, media hora
antes de lo fijado, las puertas se abren porque ya hay suficiente
luz.
Dion
cruza la calle que da al río, pasa por al lado del
avión de combate A-7E Corsair II que marca el monumento
a los soldados caídos en las guerras de Corea y de
Vietnam que nacieron en Louisiana y llega a orillas del
Mississippi.
Con
el teléfono de LA NACION, Dion llama a su hermano,
que está en el estado de Texas. "Kyle [por su
hermano] dice que en Houston parece que entregan departamentos
gratis por tres meses, con la condición de que encuentres
un trabajo. ¡Eso no es problema! Pero quiero saber
dónde está el resto de mi familia", dice,
mientras mira al USS Kidd, un barco de guerra convertido
en museo, con el sol a sus espaldas. Son las 7.20 de la
mañana.
Adentro,
los carteles anuncian los próximos espectáculos.
Parece una ironía o una broma de pésimo gusto,
pero no lo es. TicketMaster vende entradas para dos funciones
en el River Center para el 9 de octubre, a las 15 y a las
19.
¿La
función? "Los hombres lloran en la oscuridad".
Las entradas cuestan entre 22,50 y 27,50 dólares.
La función ya comenzó.
Por
Hugo Alconada Mon, La Nacion, Domingo 4 de setiembre de
2005