Un
sobreviviente espera ser rescatado (imagen del NYT)
La chica de la estación de servicio
Un
periodista amigo y leal viene y avisa: en la estación
de servicio que queda a unas diez cuadras del hotel hay
nafta y la cola de autos no es tan larga.
No es una oportunidad para perder, sobre todo cuando necesitamos
desplazarnos todo el tiempo a lugares algo distantes entre
sí. Es verdad, hay pocos autos sobre la avenida Government,
en comparación con lo que se viene viendo. Pero estamos
advertidos. Ya nos pasó que cuando luego de un par
de horas de hastío estamos llegando al cielo, viene
un policía con megáfono y grita que ya no
queda nafta.
Acomodo el auto y se acerca una persona, no se distingue
si hombre o mujer hasta que está cerca. Menudita,
pelo largo y rubio bajo la gorra de beísbol, remera
blanca y torso chato.
Usa bermudas claritas y me marca con señas dónde
debo ponerme.
El inglés le sale a través de un enorme agujero
que hay entre su canino izquierdo y el derecho: esta mujer
es de una calidez infrecuente. "Yo te voy a indicar,
sweetie", dice y ya en el surtidor, toma la manguera
y ayuda en la tarea de cargar y también en el pago
con tarjeta. Inclinada sobre el auto, la mujer hace recordar
a algunas figuras literaria sureñas de Faulkner algo
masculinas o a la rubia irritable de Tomates verdes fritos,
capaz de salir armada hasta los dientes e intimidar con
la mirada aún desde su aparente debilidad física.
"Soy de Louisiana", dice, mientras el contador
da vueltas. "De un pueblo chico.
El lunes pasado me quedé sin casa y ahora duermo
aquí, en mi trabajo", sigue, pese a que nadie
le pregunta.
Dice que no quedó nada y que hoy ese hogar es una
montaña de maderas inservibles. "Pero estoy
viva y también mi familia.
Debemos
estar contentos", explica y su rostro no se parece
en nada a los de los desesperados de Nueva Orleans que,
luego de días de estar bajo el agua o hacinados en
un estadio sin la menor consideración, quieren matar
a cuanto funcionario se les pone por el camino.
"Parece
una persona religiosa", arriesgo. "Oh, sí",
responde, "Todos nosotros lo somos". Cuando termina
de cargar, ensaya una sonrisa mística: "Dios
la bendiga", dice ya sin mirar, y entonces comienza
a contarle su historia a los del auto de atrás.
Clarin,
5 de septiembre de 2005