La
lentitud de la ayuda alimenta la furia
Miles de personas sin agua ni comida roban para sobrevivir
MEMPHIS.– Aun 650 kilómetros al norte de Nueva
Orleáns, la ciudad más devastada por el huracán
Katrina, las secuelas de la tragedia son palpables. Cerca
de 10.000 personas llegaron hasta aquí desde los
estados de Louisiana y Mississippi, buscando refugio, sin
comida, bebida, ropa, combustible o dinero para comprar
lo que necesitan para subsistir.
Aun
así, son los más afortunados entre quienes
afrontaron el huracán en sus casas y departamentos
sólo para presenciar escenas propias de un país
devastado por una guerra o del Tercer Mundo.
Cientos,
si no miles, han muerto de acuerdo con las previsiones oficiales.
Y cerca de 70.000 personas siguen atrapadas aún sobre
la costa del Golfo de México, mientras esperan de
algún modo salir de una verdadera pesadilla. Algunos
inician una larga marcha a pie hacia zonas menos afectadas,
entre barro putrefacto, desperdicios y cuerpos en descomposición.
Otros optan por saquear comercios, no sólo para robar
televisores.
"Cuando
no hay comida, agua, baños, ¿quién
puede decir qué es lo que hay que hacer? La gente
intenta proteger a sus hijos", razonaba ayer ante los
medios la vicepresidenta del Consejo Deliberante de Nueva
Orleáns.
La
situación es compleja -cuando no caótica-
al sur de esta ciudad, a pesar de que la televisión
parece obsesionada con Nueva Orleáns. La abrumadora
mayoría de los hoteles en Mississippi están
repletos y con reservas hechas para las próximas
semanas, las estaciones de servicio se están quedando
sin combustible y no hay más que silencio del otro
lado del teléfono. Muchos estadounidenses incluso
se plantean ahora si vale la pena reconstruir la región.
"Esto
era algo que se sabía que podía ocurrir. Los
Estados Unidos puede poner en pie Nueva Orleáns,
pero la duda es para qué. ¿Acaso no puede
inundarse otra vez dentro de 50 años, o mañana?",
argumentaba ayer el reverendo Ralph Roy. "Es probable
que la gente se una como ocurrió después del
11 de septiembre, pero la pregunta es: ¿qué
haremos?", explicó a LA NACION en un vuelo hacia
esta ciudad.
Decenas
de miles de norteamericanos se han volcado a las redes de
ayuda para donar ropa, comida, dinero, sangre y hasta millas
de viajeros, mientras que los principales diarios publican
largas listas de entidades públicas y privadas que
reciben los aportes: desde la Cruz Roja hasta el Ejército
de Salvación, pasando por todas las iglesias.
Roy,
de 73 años, luchó junto a Martin Luther King
en los años 60 por las libertades civiles y recuerda
por lo menos dos huracanes que golpearon antes la ciudad:
uno en 1915 (que dejó 275 muertos) y otro en 1965,
bautizado Betsy.
Ahora
está preocupado por dos amigos: "Uno vivía
en Mobile [Alabama] y la otra en Nueva Orleáns y
no logro contactarme con ninguno de ellos. Los teléfonos
están caídos", se lamentó. Reponer
el servicio tomará semanas.
Todas
las antenas para celulares se derrumbaron a lo largo del
Mississippi; los números de teléfono fijo
comunican con el mensaje "debido al huracán
la llamada no puede completarse", y los teléfonos
satelitales, como los usados en Irak, están agotados.
"Debido justamente al huracán, todos nuestros
equipos satelitales han sido alquilados ya desde hace unos
días", respondía ante cada pedido el
operador de Phone Rental USA, Martín Herrera. Lo
mismo ocurrió en Telestial y Delta Wave Communications.
Las
autoridades piden además que nadie beba agua de las
cañerías: está contaminada. "Nos
piden que hirvamos el agua. ¿Cómo?",
reclamaba ayer Doris Fellis, furiosa con lo que considera
"una ayuda demasiado lenta".
"¿Cómo
hiervo el agua si mi cocina, como la inmensa mayoría,
es eléctrica, no a gas, y no hay electricidad desde
hace días?", insistía.
Camiones
con provisiones, se dice, están en camino, pero 400
kilómetros al sur de Memphis, cerca de Jackson, la
capital de Mississippi, los caminos se dividen en dos: los
cerrados -como la ruta interbalnearia 90- y los usados por
quienes quieren salir o los equipos de emergencia, como
la 10, la 59 y la 63.
Cuando
debió aguantar lo peor de Katrina -y sólo
lo hizo de soslayo-, Jackson soportó vientos de hasta
120 kilómetros por hora. Los carteles de tránsito
doblados por el viento son una muestra elocuente.
Más
al Sur pasó un "tsunami", como lo define
el cónsul general argentino en Atlanta, Carlos Layús,
con jurisdicción sobre Alabama y Mississippi, donde
el pueblo Gulfport fue uno de los más afectados por
el huracán. "Una familia argentina vivía
allí, pero logró salir. Ahora está
en un hotel en Montgomery, pero la zona donde vivían
está toda destruida, no quedó nada en pie",
dijo.
La
temperatura en el área de desastre tampoco ayuda
demasiado, con máximas que suelen rondar los 30 a
35 grados. El calor, combinado con humedad, barro y personas
y animales muertos hace que el hedor reinante en ciertas
áreas resulte insoportable. Los equipos de búsqueda
y rescate abocados a otros pueblos devastados sobre la costa,
al oeste de Nueva Orleáns, como Biloxi, Long Beach
o Pass Christian, coinciden en un punto: tomará meses
antes que alguien pueda volver a vivir allí, si es
que aún desea hacerlo.
La
Nacion, Viernes 2 de setiembre de 2005