Khoa
Tran tiene rasgos orientales y muestra en sus 14 años
su fastidio. "Mis padres se han quedado sin trabajo",
dice y cuenta que, aunque su casa —ubicada a unas 6
cuadras de la playa— no se vino abajo, es riesgoso para
ellos estar adentro. "Ahora sí que nos quedamos
sin nada", dice y se queda mirando el mar.
"Es
una verdadera pena todo esto ¿no?", comenta bajando
de su bicicleta Phil, de 45 años, frente a la puerta
del hotel Beau Rivages, una mole de varios pisos que se levanta
en la costa y en donde trabajaban tres argentinos de los que
no se tienen noticias.
El
es de Tallahassee (Florida), pero tiene una casa de vacaciones
aquí, que sufrió daños, pero "al
menos está en pie". Cuando sabe que su palabra
será leída en Argentina, se sorprende y cuenta
que su hermano es dueño de viñedos en San Juan
y que está abandonando este país para instalarse
allí. "Seguiremos tomando buenos vinos",
se despide.
Los
helicópteros militares que llegan a la región
trayendo ayuda sacuden a cada rato la falsa paz de los que
quedaron sin habla.
En
la ruta 10, viniendo desde Mobile, un convoy de la Guardia
Nacional integrado por varios vehículos aguardaba para
seguir viaje hasta la zona del desastre. Las estimaciones
sostienen que el área total afectada es de 250.000
kilómetros cuadrados, casi las dimensiones de Gran
Bretaña.
Caminar
por este centro de Biloxi es adaptar a cada paso los ojos
a la destrucción total. Casas desgajadas, tejados volados
o hundidos; paredes de madera derribadas, pocas personas en
la calle, salvo curiosos y periodistas de todo el mundo. Coches
aplastados como ese Cadillac azul de techo vinílico
blanco, hundido en un mar de árboles arrancados, latas
y botellas.
El
calor adormece los sentidos aunque no lo consigue con el olfato:
mucha basura, mucha humedad , mucha muerte. Los ár
boles que aún están en pie portan como souvenirs
de la furia de Katrina bolsas de plástico de todos
los colores, que les dan un siniestro espíritu navideño,
una mezcla curiosa de película de Fellini con su mar
de celofán para Casanova y el más negro de los
filmes de Tim Burton.
Visten
de verde y llevan un cartelito con su nombre que indica que
son médicos. "Usted está frente a los dos
únicos cirujanos de este condado", dice Gary,
pelirrojo con ganas en lo que le queda de cabello y muy atento.
El y su compañero se desplazan por la ciudad buscando
heridos que por su condición no han podido salir a
pedir ayuda. Cuentan que los evacuados están en albergues
del norte de la ciudad que, como el resto de la región
afectada por el huracán, padece por la falta de luz
y petróleo.
Las
colas para cargar nafta parecen larguísimos hormigueros
de kilómetros y kilómetros. El racionamiento
es dieta obligatoria. A los costados de las rutas comienzan
a verse autos abandona dos por sus dueños porque la
sed de nafta los venció.
Es
otra paradoja de este episodio, pero la furia de la naturaleza
—simple, implacable, arcaica—doblegó toda
la parafernalia asociada con la más alta tecnología
moderna: no hay Internet ni comunicaciones. Incluso el uso
de celulares es algo imposible. Pero sus dueños no
están desaparecidos: simplemente, los aparatos no funcionan.
Era
blanco y bello este edificio desdentado por la furia de Katrina.
"Hotel Magnolia", dice y por su espíritu
y su decadencia es imposible no recordar enseguida a Tara,
aquella residencia en ruinas durante la Guerra de Secesión
de Scarlett O'Hara, la protagonista de "Lo que el viento
se llevó". Vaya ironía ese título
hoy, aquí, ahora.
Los
casi 500.000 habitantes de Biloxi quedaron desamparados. A
centímetros del frente de una casa, un barco verde
y blanco tomó posición forzada en tierra, a
unos 200 metros de su estacionamiento original de agua. Otra
embarcación, un enorme casino flotante, terminó
con su omnipotente figura parada en la ruta.
Sobre
la playa, en cambio, un piano, copas, restos de alimentos
envasados. Fragmentos de sillas, ventiladores, algún
cubierto. Hay más de 40 grados y comienza a llover.
Pero nadie imagina que el agua del cielo pueda apagar tanto
desconsuelo.
Clarin,
2 de septiembre de 2005 |