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Contenido
Prólogo
Acónito
Aciano y Azulejo
Alhelí amarillo
Parijata
Anémona
Saguaro y Palo Verde
Adormidera
Cocotero
Incienso y Verrucaria
Maya
Tabaco
Mandioca
Ciprés
Camalote
Espuela de caballero
Cola de gato
Roble
Jacinto
Arroz
Cedro
Corona imperial
Granado
Madreselva
Mirto
Achicoria
Álamo
Azafrán y Tejo
Mate
Mirra
Ortiga
Pino
Violeta
Ajenjo
Almendro
Arándano
Azucena
Cardón
Cornejo macho
Crisantemo
Fresa
Maravilla
Higuera
Mejorana
Nogal
Pasionaria
Romero
Té
Ajo
Aliso y Sauce
Cacahuete
Caña india
Girasol
Celinda
Encina y Tilo
Hiedra
Col
Laurel
Clemátide de hoja entera
Maíz
Convalaria
Patata
Menta
Narciso
Seta
Manzanilla
Rosa
Tulipán
Victoria regia
Árbol del loto
"Stagna tamen timeat nec carpat ab arbore flores
et frutices omnes corpus putet esse deorum"
Metamorfosis, Ovidio
Prólogo
Los pueblos primitivos tenían la necesidad de encontrar explicaciones al entorno
que les rodeaba. La mayoría de las veces atribuían a fenómenos sobrenaturales
las circunstancias que desconocían. Es por esta razón por la que entre nuestros
ancestros eran tan abundantes las leyendas y mitos acerca de los interrogantes
de la naturaleza. En la actualidad, estos procesos mentales están caducos; y por
tanto, son innecesarios.
Sin embargo, la vieja idea de metamorfosis mediante la cual personas, animales,
vegetales y seres imaginarios bajo ciertas circunstancias o peculiaridades son
transformados en seres reales o extraordinarios encuentra lugar no sólo entre
las tribus primitivas sino también en el folclore de numerosos pueblos
civilizados, llegando incluso a nuestros días.
En este libro, nos centramos en las metamorfosis que atañen al mundo vegetal.
Dioses, demonios, ninfas, princesas, amantes, sirvientes despechados, héroes
legendarios o simples mortales convertidos en grandes árboles, hermosas flores o
modestas hierbas, pueblan las hojas de esta obra.
Acónito
El acónito o napelo --Aconitum napellus-- es una planta de preciosas
flores violáceas que se cría en los prados, normalmente entre rocas, o en los
bordes de los arroyuelos. Los antiguos griegos tenían al acónito por el más
virulento de los venenos.
La rabia del can Cerbero
Cerbero, incorruptible portero de los infiernos, terrible perro de tres cabezas
y cola de serpiente, también conocido como Centipeps bellua
--bestia de cien cabezas-- a causa de la mmultitud de culebras con que estaba
adornado su lomo, fue el undécimo trabajo de Hércules.
--Quiero verlo con mis ojos. Tráelo hasta mi puerta --le había ordenado Euristeo.
El héroe no se apresuró. Bajar a los infiernos no era una tarea fácil, y menos
lo sería salir con su guardián, el can Cerbero. Para llevar a cabo su misión,
Hércules se inició en los misterios de Eleusis, donde se enteró que Hades, dios
del reino infernal, sólo dejaría que se llevase al abominable perro si era capaz
de dominarlo sin ayuda de las armas. Con este conocimiento y Hermes como guía,
Hércules se dirigió al Averno.
En presencia de Hades, el héroe expuso con toda franqueza sus deseos, a los que
con suma cortesía se opuso el dios infernal. De una pedrada lanzada por
Hércules, cayó al suelo, herido gravemente en la cabeza, el señor de los
muertos. Con la velocidad que le caracterizaba, Hermes recogiéndolo del suelo,
lo llevó volando hasta el Olimpo, donde Peán, médico de los dioses, lo reanimó
con presteza. Mientras tanto, Hércules se dirigió a enfrentarse con el monstruo.
El can Cerbero, sabedor de sus malas intenciones, enseñó sus negros y afilados
dientes cuya mordedura causaban una muerte pronta. Su misión era impedir la
salida a los muertos y la entrada a los vivos. Pocas personas habían burlado su
vigilancia: la sibila de Cumas, guía de Eneas en su bajada a los infiernos,
consiguió dormirlo dándole una especie de pastel, y Orfeo lo amansó con la
música de su lira. Las culebras de su lomo se alzaban amenazadoras. Tras un
prolongado forcejeo, acaba el combate, pues Hércules, con sólo su fuerza física,
consiguió inmovilizarlo.
El perro, vencido, a regañadientes, siguió a su enemigo. En la última caverna
oscura, a la salida del tenebroso abismo, un camino angosto y en pendiente
conducía al mundo de los vivos. El héroe, enlazando con cadenas de acero a
Cerbero, que se resistía y apartaba sus ojos de la luz del día y de los rayos
esplendorosos del sol, consiguió sacarlo fuera.
Excitado por una rabiosa cólera, el can Cerbero inundó de ecos las montañas con
los ladridos simultáneos de sus tres gargantas. Por sus bocas expulsó una espuma
blanquecina que salpicó la verde campiña. Se cree, que al contactar con la
tierra, la espuma vomitada por el perro se solidificó; y que, tomando el
alimento del suelo fértil y productivo, se convirtió en una planta que tenía el
poder de matar.
Hércules, después de mostrar el can Cerbero a Euristeo, devolvió el perro a su
legítimo dueño.
Aciano y Azulejo
El aciano o azulejo --Centaurea cyanus-- es una planta que medra
entre los sembrados y barbechos. Sus flores sobresalen como brillantes ojos
azules entre las mieses. Con el nombre de Ojeras se la conoció en Miranda de
Arga, porque las flores, en infusión, las utilizaron sus habitantes para curar
los ojos inflamados.
El nombre de centaurea se lo concedieron los latinos en honor de Quirón, el más
conocido de los centauros, experto en el manejo de hierbas y plantas
medicinales. Según Plinio, Quirón se curó a sí mismo con esta planta una herida
producida accidentalmente por una flecha que Hércules había empapado en la
sangre venenosa de la Hidra de Lerna.
La amapola --Papaver rhoeas-- comparte terreno con otras flores
silvestres en lugares incultos y bordes de los caminos. Se dice que llegó de
Oriente, hace ya demasiado tiempo, mezclada con los granos de cereales, y que
aquí se acomodó a vivir como si estuviera en su propia casa. Es una de las
plantas mesegueras más extendidas.
La locura del joven Ciano
Una leyenda inglesa cuenta que la flor recibió este nombre en honor de un joven,
Ciano, enamorado de las flores. De todas ellas, el prefería las silvestres; y
entre éstas, las de color azul. La pasión que sentía por este tipo de flores,
hizo que su afición favorita, y principal ocupación, fuese la de hacer bonitas
guirnaldas, por las que luego obtenía buenos beneficios.
Durante el verano, cuando sus plantas preferidas estaban en plena floración, no
sin dificultad se conseguía alejar al muchacho de los campos; pues siempre que
podía se quedaba a dormir entre las mieses. Tan devota era su admiración, que
hasta las ropas que vestía eran todas de un azul brillante, del tono de sus
amadas flores; incluso compró unas lentillas, también azules, para cubrir sus
grandes ojos negros. Flora era su diosa, y a ella dedicaba todas sus plegarias,
dándole las gracias por sus magníficos regalos.
Tanta pasión trastornó la mente de Ciano, que abandonó su pueblo, su casa, su
familia y sus amigos y se marchó a vivir a los campos con sus queridas flores,
olvidándose incluso de su propia existencia.
Cuando se dieron cuenta de la ausencia del joven, su familia salió en su
búsqueda; pero sólo hallaron sus vestidos azules entre los sembrados. Entre la
ropa brotaba una pequeña y delgada planta que no habían visto antes, cuyas ramas
estaban coronadas por elegantes flores de un azul intenso.
La diosa Flora, tras la calamitosa muerte del joven, y como premio a la
veneración que sentía por su divinidad, había transformado a Ciano en Azulejo.
Historia de las dos pastoras
I
En una villa francesa se comentaba que las chicas más guapas del pueblo, sin
lugar a dudas, eran Bleuette y Coquelicot. Bleuette, con su hermoso pelo y sus
ojos azules; y Coquelicot, delgada y con brillantes y rosadas mejillas.
-- ¡Doy fe! --había dicho el juez del conddado unos días atrás--. Bleuette se ve
maravillosa cuando pasea por el verde valle con su modesto porte y sus ojos
alicaídos.
-- ¡Qué moza! --exclamó el terrateniente ddel pueblo el último domingo, cuando
miraba como bailaba su vasalla--. La pequeña Coquelicot baila de una manera
encantadora. Estoy seguro que no hay nadie en la corte con tanta gracia.
De hecho, hubiera sido imposible encontrar dos caras tan preciosas como las de
Bleuette y Coquelicot. Vivían en la misma casita, cantaban las mismas canciones,
cuidaban de las tórtolas y del rebaño. La única cosa que no tenían en común eran
sus corazones. Bleuette se lo había prometido a Lucas; mientras que Coquelicot
había jurado amor eterno a Blas.
La buena fortuna, sin embargo, a menudo provoca la envidia, ya que todos los
hombres del pueblo deseaban a Bleuette y Coquelicot; aunque eran más numerosos
los que las apreciaban. Si el maestro Bernardo retorcía despiadadamente el
cuello de las gallinas del corral, siempre respetaba el de Bleuette y Coquelicot.
Eran felices, tan felices, que muchas personas, y especialmente el maestro de la
escuela, mantenían que las bellas muchachas eran hadas, hijas de dioses. El
granizo nunca dañaba las moras de sus zarzales, ni las uvas de sus viñas. Sus
colmenas siempre estaban llenas de la mejor miel. Era bien conocido, que siempre
que se sentaban bajo un árbol, un ruiseñor acudía a posarse inmediatamente; o si
paseaban, hombro con hombro, por los campos de trigo, el grillo y el saltamontes
avanzaban hasta el límite del surco para saludarlas, dándoles la bienvenida.
II
Encontrándose a sí mismo viejo, arrugado y marchito, el juez del condado pensó
en casarse; y puesto que estaba jorobado, cojo, sin dientes, calvo y asmático,
concluyó, que él se merecía la chica más guapa del pueblo. Y así fue como puso
sus ojos en Bleuette.
El terrateniente del pueblo vivía en una vieja y agrietada torre abierta a todas
las inclemencias del tiempo: lluvia, viento, granizo y nieve. Su único criado
era un campesino, que atendía los puercos por el día y de noche servía a su amo.
Pero esto no le impedía hablar de su castillo y de sus sirvientes; no obstante
poseía el derecho de la jurisdicción sobre ricos y pobres en su territorio, y en
el espacio que abarcaba su vista, podía hacer lo que le viniera en gana.
Un soleado día, cuando su gota, su catarro y su reumatismo le dejaron un poco
tranquilo, se le ocurrió que llevaba demasiado tiempo viviendo en soledad; y,
siendo un noble caballero, tomó la generosa resolución de compartir con alguien,
en lo sucesivo, su privilegiada posición. De hecho, determinó asegurar la
felicidad de una mujer. Su elección recayó en Coquelicot.
Al mismo tiempo, las dos pastoras, ignorantes de los honores que iban a
concederles, estaban bien contentas disfrutando del amor de sus pastores.
Lucas cantaba su alegría con una túnica de seda verde pálido, mientras Blas, con
una capa azul daba a conocer por toda la región los acordes de su flauta. La
lana de la oveja favorita de Bleuette, no era tan espesa como el cabello de
Lucas. Las mejillas de Blas eran tan llenas y redondas, que siempre parecía a
punto de soplar la flauta. Cuando se les veían juntos, con sus túnicas de azul y
verde pálido, con sus cayados y sus zurrones adornados con bandas, todo el mundo
comentaba que pastores tan buenos como Lucas y Blas, no podían dejar de amar dos
pastoras tan distinguidas como Bleuette y Coquelicot.
Las pastoras prometieron a sus amantes, pagarles con un beso por el primer nido
de ruiseñores que les trajeran; pero para ello debían de esperar un año; de esta
forma Lucas y Blas fueron los más felices de los mortales.
Lucas y Blas paseaban por el campo pensando en la felicidad que les esperaba al
terminar el año, cuando encontraron a Bleuette y Coquelicot que lloraban
amargamente. Los pastores también se pusieron a llorar, aunque sin saber el
motivo. Lucas fue el primero que pidió una explicación.
-- ¿Está enferma la oveja más bonita, mi qquerida pastora? --preguntó con una voz
tan suave como el color de su túnica.
-- ¿Ha perdido mi Coquelicot la tórtola quue le regalé la pasada primavera?
--dijo Blas.
--La oveja está muy bien --respondió Bleueette--, pero he visto al juez, que me
ha dicho: "Hermosa, quiero casarme contigo".
--Y yo --replicó Coquelicot--, he visto all terrateniente, que me ha dicho:
"Niña, tienes que ser mi mujer".
Inmediatamente las dos pastoras dieron lamentables gemidos. Blas juró que se
tiraría por un precipicio. Lucas deseó colgarse con el cinturón que Bleuette le
había regalado.
--Y lo peor de todo --añadieron las dos paastoras-- es que el lugarteniente y el
juez vienen por nosotras esta tarde; y si nos negamos a ir, mandarán a los
soldados para que nos acompañen.
Los pastores declararon que preferían morir antes que perder a las jóvenes que
amaban. Así los cuatro tomaron el camino del pueblo.
La casita de Bleuette y Coquelicot fue derribada por los soldados. El
terrateniente y el juez venían a reclamar a las pastoras. Cuando quisieron
resistirse, les hicieron rendirse los arqueros. Demasiado sensibles para aceptar
tan cruel destino, Blas y Lucas huyeron del lugar.
-- ¡Oh, no! --exclamaron Bleuette y Coquellicot al ser tomadas prisioneras--.
Estábamos tan contentas. Sería mejor ser unas flores perdidas entre los surcos
de los sembrados que casarnos con un terrateniente con gota y un juez jorobado.
¡Adiós Lucas! ¡Adiós Blas! ¡Adiós para siempre! Nadie puede protegernos, nadie
puede rescatarnos.
III
Al tiempo que ellas se lamentaban, llegaron al pueblo un grupo de campesinos;
traía esta buena gente las manos llenas de ramas de olivo, y cantaban todos
juntos:
Bienaventurado día
De esperanza de primavera.
Nuestra reina ha vuelto.
Cantad, sirvientes, cantad
Su bienvenida.
¡Larga vida a la Reina!
El terrateniente, tomado por sorpresa, fue incapaz de presentarle a la reina, en
una bandeja de oro, las llaves de su castillo; lo cual disgustó a su majestad.
El juez, igualmente sin preparar, tampoco pudo justificar ante la reina su
residencia. Los dos enfermaron gravemente al ver como se desvanecían sus sueños
de matrimonio.
Al lado de la reina, la esperanza revivió en los corazones de Bleuette y
Coquelicot.
Como ellas, también la reina había sido joven y tremendamente hermosa. Su
esbelta figura, su pálido rostro y la dulzura de sus ojos, impresionaban a todos
los que la contemplaban, como si guardara algún secreto o poderoso hechizo. Tan
pronto como alguien la miraba se sentía atraído por ella.
Las dos pastoras se postraron a sus pies, besaron los flecos de su blanca capa y
lloraron.
La reina las hizo levantar y les interrogó por la causa de sus lamentos.
--El amo del pueblo quiere hacerme su espoosa por la fuerza --respondió
Coquelicot.
--Me obligan a ser la mujer del juez --añaadió Bleuette.
La reina, sonriendo, paseo su mirada de las dos jóvenes a los dos viejos. Este
pequeño reconocimiento fue suficiente.
--Seguidme --indicó a las suplicantes--, qque analizaremos el asunto con detalle.
Que no se diga nunca que la reina no intenta detener las lágrimas de sus
súbditos.
El cortejo real continuó su marcha seguido de los campesinos, que hacían vibrar
el aire con sus cantos.
La reina tenía una residencia en la comarca, a la que venía cada verano, para
relajarse un poco de los ajetreos de la corte. Allá condujo a las dos pastoras.
Antes de retirarse a sus habitaciones privadas, citó a su presencia al
terrateniente y al juez. En vez de ofrecerles una áspera recepción como se
merecían, les proporcionó una breve reprimenda que más parecía amigable que
severa. Les habló del peligro de las uniones desiguales, haciéndoles sentir lo
equivocados que estaban al quererse hacer valer de la fuerza para conseguir el
amor. Cuando acabó su discurso, les concedió permiso, como estaban tan deseosos
de casarse, para contraer matrimonio cada uno de ellos con una de sus damas de
honor, a quienes dotó generosamente. La más joven de estas doncellas pasaba los
cincuenta años.
Al terminar, pidió a las dos pastoras que se incorporaran a su séquito,
sustituyendo a sus antiguas sirvientas, lo cual hicieron Bleuette y Coquelicot
encantadas, pues así se sabían a salvo del viejo terrateniente y del miserable
juez.
Por espacio de un año sirvieron como doncellas en la corte. Las dos antiguas
pastoras se entrevistaron con la soberana y le pidieron dejar el servicio, pues
añoraban su antigua vida, sobre todo a sus grandes amados Blas y Lucas. La reina
accedió al deseo de las muchachas regalándoles un diamante a cada una y un
puñado de esmeraldas para sus amados.
-- ¡Ahí van dos chicas preciosas! --no puddieron evitar exclamar los cortesanos,
reunidos en gran número, cuando salían del palacio.
Pero Coquelicot y Bleuette ni siquiera miraron atrás para agradecer los piropos;
tal era la prisa que tenían por ver a Lucas y Blas.
IV
Cuando se alejaron del castillo, dejaron de caminar y comenzaron a correr. Muy
lejos iban, saltando por las cimas de los montes, pisando los tréboles,
asustando las alondras en sus nidos de los surcos y despertando a las ranas que
dormían en los riachuelos. Lejos, a muy lejos se dirigían, parando sólo un
instante para tomar un respiro, andando y corriendo alternativamente. De esta
forma llegaron al pueblo antes de caer la noche.
Se apresuraron hacia su casita, esperando encontrar a Lucas y Blas en el umbral;
pensaban, en su desesperación, que habrían muerto en el lugar que les era tan
querido.
Encontraron dos ceremonias matrimoniales. Una era la de Lucas, que se casaba con
Margarita, y la otra era de Blas, que tomaba por esposa a Fina. Los ingratos aún
lucían las bandas que les habían regalado Bleuette y Coquelicot.
Tan pronto como descubrieron las túnicas azul y verde en los brazos de sus
rivales, pareció como si a Bleuette y Coquelicot las hubiera partido un rayo.
Las dos pastoras cayeron a tierra para no levantarse jamás. Lucas y Blas
perdieron ese día dos corazones cariñosos y dos puñados de esmeraldas.
Sobre la modesta tumba que les erigieron, brotaron unas plantas desconocidas
hasta entonces, las dos tenían un porte delicado. Una se coronaba de flores
rojas, la amapola, en recuerdo de las sonrosadas mejillas de Coquelicot; y la
otra lucía flores azules, el azulejo, como los ojos de Bleuette.
Alhelí amarillo
El alhelí amarillo --Cheiranthus cheiri--, una crucífera, es una planta
anual o perdurante con hojas lanceoladas, abundantes y muy próximas unas de
otras. Tiene las flores de un amarillo intenso, salpicadas muchas veces de
manchas rojizas. Despide un suave aroma que recuerda vagamente a las violetas.
Hoy en día se cultiva en macetas y arriates, pero antiguamente crecía silvestre
en los muros de viejos edificios, iglesias y monasterios, donde aún pueden
verse.
El verdadero alhelí, corresponde a la Matthiola incana, de la familia de
las brasicáceas.
En Gran Bretaña, la flor de la planta recibe el nombre de wallflower
--flor de muro-- por una leyenda escocesa localizada en un romántico castillo
junto al río Tweed.
Estando prometida la hermosa hija del señor del castillo al rico heredero de una
fortaleza vecina, no pudo ser más desafortunada cuando eligió por amante al hijo
de un terrateniente de una familia rival a la que su padre odiaba especialmente.
El secreto de los jóvenes enamorados fue descubierto con fatal resultado para la
muchacha, que quedó confinada en sus aposentos.
El apuesto galán, enamorado perdidamente, con un fervor que rayaba la locura, no
estaba dispuesto a dejar de ver a la joven. El muchacho probó, con la intención
de sacarla del castillo, diversas estratagemas; sin que ninguna le diera
resultado.
Finalmente, disfrazado de juglar obtuvo permiso para entrar en la fortaleza.
Sentado con aparente descuido bajo la ventana donde sabía que su linda Julieta
estaba encerrada, el dulce Romeo tocaba distraídamente el laúd y cantaba un
romance en el que le decía de que manera podían huir juntos.
La noche convenida, cuando la chica escuchó cantar al búho del pantano, con la
ayuda de una vieja sirvienta, salió sigilosamente de su dormitorio y se dirigió
con pasos furtivos a las murallas.
Su amante contribuyó lanzándole una cuerda que ayudara a la joven a bajar el
muro, llevándola rápidamente a parar entre sus brazos.
Ella escuchó de nuevo la llamada, y se acercó silenciosamente a la plataforma,
cogiendo la soga que le había enviado su amado; pero con las prisas, no aseguró
bien la cuerda. Cayó, chocó contra las crueles rocas del suelo y murió.
El poder de la magia blanca que velaba por el lugar tomó tardía compasión y
cambió su cuerpo por el de una flor amarilla teñida puntos rojos. Así, una nueva
forma de belleza apareció donde había existido antes otra belleza.
Parijata
El parijata --Nycthantes arbor tristis-- es una especie de jazmín de
mediana altura cuyas flores y hojas se abren por la noche. Sus flores son
parecidas a las del naranjo, pero más perfumadas.
En la India vivió un gobernador de nombre Parizatacos; tenía una hermosa hija
que se enamoró del dios sol. Cada día se levantaba la muchacha cuando el astro
aparecía en el cielo por el este, contemplándolo en su recorrido hasta que se
ocultaba por el oeste.
Su devoción tuvo su recompensa, pues el dios puso sus ojos sobre ella. Por un
tiempo el sol la favoreció con sus atenciones, pero después el sol se distrajo
porque tenía demasiadas cosas de las que ocuparse, dejando a la joven
abandonada.
Desesperada, la moza se quitó la vida. De sus cenizas brotó el arbusto parijata;
y como ella había llegado a odiar al dios por sentirse abandonada, sus flores
sólo se abrían durante la noche, cerrándose antes de que los rayos del sol
pudieran tocarla.
Desde entonces se le denominó Parijata, que significa el árbol de la tristeza.
Anémona
La anémona --Anemone coronaria-- es una planta cultivada en los jardines
por sus bonitas, aunque fugaces, flores rojas.
La amante de los vientos
Flora, diosa de las flores, estaba casada con Céfiro, el viento de poniente,
porque éste le ayudaba en su misión de propagar las semillas de las plantas.
Aficionado a las aventuras fuera del matrimonio, Céfiro se encaprichó de una
ninfa de la corte de su esposa, Anémona.
Al enterarse de la infidelidad de su esposo, Flora expulsó a la atrevida
sirvienta fuera de su reino.
Para conservarla, Céfiro pidió a Venus, la diosa del amor, que transformara a su
amante en flor.
Para sorpresa del viento de poniente, su florida mujer nada objeto a esta
metamorfosis; más bien al contrario, se alegró sobremanera. No en vano era la
diosa de las flores; y todas por igual le eran queridas.
La modesta planta sólo florecía una vez al año, y por corto espacio; por lo que
pronto Céfiro se cansó de la flor. Decidido a abandonarla, se la regaló a su
compinche Bóreas, el viento del norte, a quien sabía enamorado de la antigua
ninfa.
Pero la anémona no correspondió al frío amor del aire nórdico. Bóreas,
enfurecido, sopló con tanta fuerza que le arrancó todos los pétalos a la
temblorosa flor.
Por eso, cuando soplan los vientos, las delicadas anémonas se deshojan y
marchitan.
La pasión de Venus
Venus, jugando un día con su hijo Cupido, se hirió el pecho con una de sus
flechas. Apartó al niño rápidamente, pero la herida era más profunda de lo que
pensaba. Antes de darse cuenta de lo que le ocurría, la diosa del amor vio a
Adonis, quedando cautivada al momento por el hermoso joven.
Desde que conoció a aquel apuesto hombre dejó de interesarse por las blancas
arenas de la playa, por la pesca y por los metales preciosos. Incluso, se
absentó del cielo porque Adonis era más importante y querido que el mismo
firmamento. Acostumbrada a ocuparse de sí misma con la única dedicación de
acrecentar su belleza, se veía ahora vagar errante por los bosques, los riscos
montañosos y los campos llenos de maleza, con el vestido recortado hasta las
rodillas como las seguidoras de Diana, azuzando a los perros y persiguiendo a
liebres y ciervos, los animales menos peligrosos, y manteniéndose alejada de los
fuertes jabalíes, los lobos predadores, los osos armados de garras y los leones
hambrientos.
--Sé valiente con los animales que huyen ---aconsejó la diosa al guapo Adonis--.
Contra los peligrosos, la audacia no carece de riesgo. Abstente, Adonis, de ser
temerario a costa mía. No provoques a las fieras, no sea que tu gloria pueda
costarme cara. Ni tu juventud ni tu belleza ni lo que a mí me ha deslumbrado,
impresionará a los leones, ni a los ojos ni a los impulsos de las fieras. Piensa
en sus terribles garras y su prodigiosa fuerza.
Después de darle estos consejos, Venus montó en su carro conducido por cisnes.
Pero Adonis se consideraba un hombre valiente, sin necesidad de las advertencias
de su amada.
Sucedió entonces que los perros, siguiendo un rastro seguro, hicieron salir de
su guarida a un enorme jabalí, que cuando huía hacia la espesura del bosque fue
alcanzado por la flecha disparada por el intrépido cazador. La bestia herida se
sacó el dardo ensangrentado con su curvo hocico, y persiguió a Adonis, que algo
aturdido por la reacción de la fiera trataba de buscar refugio. Pero el animal
salvaje lo alcanzó, y hundiéndole los colmillos en el vientre, lo dejó moribundo
en la verde pradera.
La diosa, surcando los vientos en su carro sostenido por las alas de sus cisnes,
llegaba a la isla de Chipre cuando llegó hasta sus oídos el gemido agonizante de
su amado. Hizo virar a las blancas aves en dirección a la tierra. Al acercarse
al lugar de la tragedia, desde el cielo divisó el cuerpo sin vida y revolcado en
su propia sangre. Bajando de su montura, saltó a tierra, y corrió por entre las
zarzas y los escaramujos, que desgarraban sus ropas y le infligían molestas
heridas. Ante el cadáver, Venus se golpeó el pecho y se tiraba de los cabellos.
--No todo vas a quedártelo tú --dijo desaffiando al destino--, pues estableceré
fiestas en su honor; y su sangre se transformará en flor. Al menos nadie podrá
quitarme ese consuelo.
Después de hablar, salpicó de fragante néctar la sangre de Adonis. Al entrar en
contacto los dos líquidos, la mezcla resultante se hinchó formando una burbuja
transparente, brotando al cabo de una hora una flor del color de la sangre; sin
embargo, es efímera la vida de esa flor, pues, mal sujeta, la arrancan con
facilidad los mismos viento que le dan el nombre de anémona.
Saguaro y Palo Verde
El saguaro --Carnegia gigantea o Cereus giganteus-- es un cactus
gigante que puede llegar a los 9 m, de altura y a vivir más de 200 años. El palo
verde --Cercidium microphyllum-- es un cactus más modesto, con cierta pinta de
arbusto, y normalmente compartiendo los mismos terrenos desérticos y pedregosos
de Arizona que el saguaro.
En una época ya lejana, vivió una vieja india que tenía dos hijos. Cada día ella
cultivaba trigo y maíz entre las duras piedras para hacer gachas con que
alimentarse.
Un día, poniendo la olla en el fuego fuera de la casa para hervir el agua, le
dijo a sus hijos que no discutieran porque sino el espíritu de la caldera podía
enojarse. Pero los niños comenzaron a reñir. La olla se irritó y comenzó a tirar
agua.
Al llegar la madre y contemplar lo sucedido, azotó a los pequeños. Entonces los
niños, asustados y enfadados, corrieron huyendo de los golpes de su madre.
Llegaron muy lejos, hasta cerca de los montes. La vieja india los escuchó silbar
y corrió detrás de ellos, siguiéndolos de un sitio a otro, pero no pudo
alcanzarlos.
Por fin, el chico más grande dijo: "Yo me convertiré en un saguaro, así viviré
siempre y daré flores cada verano".
Y el jovencito habló así: "Entonces yo me convertiré en un palo verde y estaré a
tu lado para siempre. Estas montañas están vacías y no tienen más que rocas. Yo
las haré verdes".
La madre oyó al cactus silbar, y reconoció la voz de su hijo. Entonces subió y
trató de abrazar la espinosa planta, pero las espinas la mataron.
Y así fue como el saguaro y el palo verde llegaron a las montañas y al desierto.
Adormidera
La adormidera --Papaver somniferum-- es la planta de la que se extrae el
opio; tan peligroso, que es capaz de provocar la destrucción física y mental de
las personas y la muerte; existe gente que se aprovecha de su comercio para
amasar grandes fortunas.
La leyenda que se narra a continuación es una alegoría en la que Perséfone
representa a la semilla que se entierra en el suelo, a donde es conducida por el
dios del mundo subterráneo. Cuando Deméter recupera a su hija, la semilla
germina al llegar la primavera, que la conduce a la luz del día. La diosa,
agradecida, nos enseña a cultivar las semillas, dando así comienzo la
agricultura.
I. El rapto de Perséfone.
Cuando Zeus y sus hermanos, los Olímpicos, vencieron a los Titanes, los hicieron
desaparecer en el Tártaro. Pero nuevos enemigos se alzaron contra los
triunfadores. Eran los gigantes Tifón, Briareo, Encélado y otros; algunos tenían
cien brazos, otros expulsaban fuego por la boca. También derrotaron a estos
seres monstruosos, enterrándolos vivos bajo el monte Etna, donde todavía
combaten para liberarse, sacudiendo toda la isla con terremotos. Su aliento de
fuego sube por la montaña, produciendo lo que llamamos las erupciones del
volcán.
La caída de los gigantes sacudió la tierra de tal manera que Hades, dios de los
infiernos, temió que su reino se abriera hasta penetrar la luz del día. Con tal
aprensión, montó en su carruaje, por corceles negros gobernado, y salió a
inspeccionar, para quedarse tranquilo, la extensión del daño. Mientras reconocía
el terreno, Afrodita, jugando con su hijo Eros en una colina cercana, lo
espiaba.
--Hijo mío --dijo maliciosamente la diosa del amor--, coge tus dardos amorosos,
y dispara una flecha contra el pecho del negro monarca que rige los destinos del
Tártaro. ¿Por qué sólo tiene que escapar él? Aprovecha la oportunidad para
extender nuestro imperio. ¿No te has fijado que incluso en el cielo algunos
desprecian nuestro poder? La sabia Atenea y Artemisa la cazadora nos desafían; y
ahí tienes a la hija de Deméter, Perséfone, que pretende seguir su ejemplo.
Ahora, haz triunfar el amor para nuestra causa juntando a esos dos.
El niño, mirando en su carcaj, seleccionó la flecha apropiada y, colocándola en
el arco, disparó clavando la saeta en el corazón de Hades.
En el valle, oculto por un bosquecillo, había una laguna bañada por los rayos
del sol cuyas laderas estaban cubiertas de flores. Allí se encontraba Perséfone,
recogiendo lirios y violetas con las que llenaba su cesta y su delantal. En
cuanto el dios oscuro la vio, se enamoró de ella y la raptó. La diosa gritó
pidiendo ayuda a su madre y amigos; pero nadie pareció oír sus desesperados
alaridos.
Llamándolos por su nombre, el raptor animaba a sus corceles, que corrían veloces
hacia su reino. Al llegar al río, golpeó en la tierra con su tridente; y una
abertura se abrió en el suelo, dándoles entrada a su reino.
Tan pronto como notó su ausencia, Deméter, su madre, la buscó por todas partes.
La brillante Aurora, cuando salía por la mañana, y Héspero, cuando sacaba las
estrellas por la noche, la encontraban ocupada en su búsqueda. Pero las
investigaciones fueron infructuosas. Cansada y triste, se recostó sobre unas
rocas, donde permaneció postrada por espacio de nueve días y nueve noches, al
aire libre, bajo la luz del sol y de la luna, expuesta a las inclemencias del
tiempo, sin poder conciliar el sueño. De las lágrimas -o algo parecido, porque
dicen que los dioses nunca lloran-, que derramaron sus ojos, unas gotas cayeron
sobre la tierra, que al mezclarse con los nutrientes del suelo, hicieron brotar
una planta de cuyos frutos absorbió el zumo la diosa, quedando dormida al
instante. Como la planta hacía conciliar el sueño y ayudaba a olvidar, la llamó
adormidera.
II. El nacimiento de la agricultura.
Al despertar, divisó a un anciano, de nombre Celeo, que recogía piñas y leña
para el fuego de su hogar, acompañado de su hija, que paseaba a las cabras.
--Madrecita, ¿qué haces sentada sola en essas rocas? --preguntó cariñosamente la
muchacha.
La diosa, con apariencia de viejecita, se sintió reconfortada por las dulces
palabras de la joven. "¡Qué pena no sea mi propia hija!", pensó.
El viejo, viendo el aspecto lamentable que presentaba, la invitó a su casa; a lo
que ella accedió ante la persistencia del abuelo. De camino a la cabaña del
vejete, éste le contó que su único hijo se encontraba muy enfermo, con fiebre y
que no conseguía dormir. Deméter recolectó el jugo de la adormidera, que había
nacido de su llanto.
En casa del anciano, besó los labios de la criatura enferma, que al instante
recobró su vigor. Mientras comían, la diosa vertió el jugo de la adormidera
sobre la leche del pequeño. Al llegar la noche, cuando se preparaban para
acostarse, se levantó y cogiendo al niño dormido entre sus brazos, pronunció
tres veces un solemne encantamiento; después puso al lactante sobre las brasas
del fuego purificador. La madre del pequeño bebé, viendo lo que hacía la
anciana, saltó de su asiento y sacó a la criatura de las llamas.
--No has sido muy cariñosa con tu hijo --ddijo Deméter, asumiendo su propia
forma, llena de divino esplendor--. Iba a hacerlo inmortal, pero has frustrado
mis planes. Pero no importa, él será grande y muy útil; porque enseñará a los
hombres el uso del arado y las recompensas que se obtienen de la labor de
cultivar el suelo.
Tras esta profecía, la diosa montó en su carro y se marchó.
Deméter continuó la búsqueda de su hija recorriendo países, cruzando mares y
ríos; hasta que pasando por donde Hades había entrado a sus dominios, encontró
el velo de su hija colgado de las ramas de un árbol. Las ninfas le hubieran
contado todo lo que había ocurrido, sino hubieran tenido tanto miedo del señor
del Averno.
La diosa de las simientes ya no tuvo duda de que algo malo le había ocurrido a
su querida hija, y de que el raptor había pasado por allí; aunque aun no sabía
lo sucedido. Sin nadie a quien culpar de su desgracia, descargó su ira sobre la
inocente tierra.
--Suelo desagradecido --dijo malhumorada---, al que he dotado de fertilidad y
vestido con plantas y nutritivos granos, nunca más gozarás de mis favores.
Terminadas de pronunciar estas palabras, el ganado murió por falta de alimento,
las semillas no germinaban; hacía mucho sol, llovía demasiado; los pájaros se
disputaban las semillas de los cardos; solamente las zarzas sobrevivían.
Viendo lo que ocurría, la fuente Aretusa intercedió por la tierra.
--Diosa --dijo, llamando su atención--, noo culpes a la tierra. De mala gana tuvo
que abrir un agujero para que pasara tu hija. Puedo contarte su destino, pues la
he visto. Antes, yo era una ninfa del bosque, iniciada en los misterios de la
diosa cazadora; un día huyendo de los lascivos deseos de Alfeo, me convertí en
fuente con ayuda de Artemisa. En mi recorrido por el interior de la tierra, vi a
tu Perséfone, en compañía del Señor del infierno. Estaba triste, pero no parecía
alarmado su semblante. Su mirada parecía como la de una nueva reina, la reina
del Averno, la poderosa esposa del monarca del reino de los muertos.
Al escuchar esto, la diosa se quedó anonadada, sin poder reaccionar por unos
instantes; después regresó con su carro al cielo, presentándose inmediatamente
ante el trono de Zeus, al que contó la historia de su aflicción, implorándole
que pusiera remedio, logrando así recuperar a su hija.
El soberano de los dioses consintió con una condición, que Perséfone no hubiera
comido ningún alimento del Averno; si eso hubiera sucedido, no podría cambiar su
destino.
Hermes, acompañado de la Primavera, fue enviado para reclamar a la hija de
Deméter de las manos de Hades. El monarca infernal consintió a la demanda; pero
cuando marchaba la diosa, apareció Ascáfalo, un sirviente, que confesó haber
presenciado como Perséfone había comido de una granada que había cogido del
jardín oscuro. Esto fue suficiente.
Tras la insistencia de Deméter, se llegó al acuerdo de que su hija pasara seis
meses con ella, y el resto del año con su marido Hades. La diosa, estando
conforme con este compromiso, devolvió sus favores a la tierra.
Recordando la promesa que había hecho a Triptolomeo, el hijo de la familia que
tan bien la había acogido; cuando el infante creció, la soberana de las semillas
lo subió en su carro, conducido por dragones alados, y lo llevó por todos los
países de la tierra, enseñándoles los secretos de las simientes y los rudimentos
de la agricultura.
Cocotero
El cocotero --Cocos nucifera-- es un árbol difundido en todas las
regiones tropicales, especialmente costeras. Su fruto, el coco, debe su nombre a
los portugueses, quienes dicen que cuando cae del árbol, queda un agujero en el
lugar por el que estuvo sujeto; por encima de este agujero, hay dos más. Por lo
que representan el rostro de un gato que "coque" maulla.
Los chinos llaman al coco ye-tsu, pero también "yue-wang-t'u
(cabeza del príncipe Yue). Según una leyenda, el príncipe Lin-yi se hallaba en
lucha con el príncipe Yue. El primero infiltró un espía en el campamento enemigo
con la orden de matar a su adversario. El asesino aprovechó una de las
borracheras del príncipe Yue para cortarle la cabeza, llevándosela después a su
señor. La cabeza cortada fue colgada en un árbol; y allí fue transformada en un
coco, con dos ojos en su corteza.
En Sri Lanka dos mitos diferentes hablan del origen del cocotero. El primero
dice que el cocotero brotó de la cabeza cercenada de un astrólogo que se
equivocó en sus predicciones. El segundo relata que nació de la cabeza cortada
de un horrible monstruo.
En Mangaia, Islas Cook, en el sur del Pacífico, sus habitantes nos ofrecen otra
versión. Ina se bañaba frecuentemente en un estanque, donde vivía una anguila
con la que trabó cierta familiaridad. El pez, Tuna, rey de todas las anguilas,
tomando coraje, le declaró que estaba enamorado de ella; e Ina le correspondió.
Razones místicas obligaron a Tuna a dejarla, pero cuando se marchaba, le pidió
que le cortara la cabeza y la enterrase. Con pesar, pero sin temblarle la mano,
Ina accedió a su demanda. De la tumba donde estaba enterrada la cabeza de la
anguila brotaron dos cocoteros, uno por cada mitad del cerebro de Tuna. Por eso
dicen los nativos, que cuando se pela la cáscara del coco, siempre encontramos
los dos ojos y la boca del amante de Ina.
Incienso y Verrucaria
El árbol del incienso --Boswellia thurifera-- crece en la península
arábiga. Sus hojas están reducidas al mínimo para resistir el duro clima. Se
extrae del mismo una resina de gran valor: el incienso. En la actualidad, el
mercado de esta sustancia es muy reducido, pero en la antigüedad, era una de las
más apreciadas.
La verrucaria --Heliotropium europaeum-- es una hierba anual común en los
barbechos, rastrojos y sitios sin cultivar. El nombre de verrucaria se le dio
porque sus semillas fueron empleadas en forma de emplasto para desecar las
verrugas. El de Heliotropo se lo dieron los romanos, porque las flores de la
planta siguen al astro rey desde su salida hasta su puesta.
Los amores del Sol
I
Apolo, el dios sol, es el primero que todo lo ve. Fue él primero en descubrir el
adulterio de Venus con Marte; y escandalizado, reveló el ultraje y el lugar del
mismo al marido afectado.
Venus, diosa del amor, rencorosa y vengativa, no olvidó esta afrenta; y puso en
el camino del Sol a Leucótoa, hija del rey Órcamo, la hembra más hermosa nacida
jamás sobre la tierra. Apolo que calentaba toda la tierra con sus rayos, se
quemó con un fuego abrasador. Al Sol, que debía contemplarlo todo, sólo le
quedaron ojos para la doncella. Sus anteriores amores quedaron en el recuerdo, e
incluso su amante del momento, Clitia, que aunque despreciada aspiraba a su
lecho, quedó olvidada.
Bajo el hemisferio occidental se encontraban los pastos de los caballos del Sol;
ambrosia comían en vez de hierba, ya que ese alimento les nutría y refrescaba
sus miembros fatigados por su trabajo diario. Mientras los corceles pastaban
allí su celestial forraje y la noche cumplía su turno, aprovechó Apolo para
entrar en la vivienda de su amada, tomando la figura de su madre.
La encontró entre doce sirvientas, tejiendo a la suave luz de las lámparas.
Después de darle, como si fuera su madre, besos a su querida hija, despidió a
las doncellas pretextando que tenía que tratar un asunto privado.
Una vez que la habitación quedó sin testigos, el Sol, le indicó quien era y le
declaró su amor. El temor que sentía la muchacha la hacía más bella a los ojos
de Apolo, quien sin más dilaciones adquirió su figura habitual. Entonces, la
joven, aunque aterrada por el inesperado espectáculo, cayó subyugada por el
resplandor del dios, sufriendo su violencia sin proferir queja alguna.
Se puso celosa Clitia, que aguijoneada por la cólera contra su rival, divulgó el
deshonor, delatándola con especial maledicencia al padre, el rey Órcamo. Éste,
feroz y despiadado, no atendió las súplicas de su hija cuando le dijo que había
sido tomada contra su voluntad; y la enterró viva en una profunda fosa sobre la
que puso un montículo de arena.
El Sol rasgó con sus rayos aquella tumba, intentando abrir un hueco por donde
Leucótoa pudiera sacar su rostro enterrado. Pero ya era demasiado tarde para la
joven que yacía sin ser más que un cuerpo sin vida. Con el poder de sus rayos,
intentó dar nueva vida a aquellos miembros helados; como último remedio, derramó
el oloroso néctar sobre su cuerpo; pero todo su empeño fue en vano, pues el
destino se opuso a sus vigorosos esfuerzos.
--Sin embargo, llegarás a tocar el cielo, querida Leucótoa --dijo el dios
después de prolijos lamentos.
Entonces, el cuerpo empapado en la celeste ambrosia se transformó en raíces que
se anclaron en el terreno; y una vara de incienso se elevó hasta la superficie,
rompiendo la capa de arena.
II
En cuanto a Clitia, aunque el amor que sentía por Apolo podía disculparla de su
terrible acto, no volvió a recibir la visita del Sol, que decidió poner fin a
sus relaciones amorosas con ella. Desde entonces, la ninfa se consumió.
Encerrándose en su pasión, no aguantaba a nadie a su lado. Se quedó a la
intemperie tanto de día como de noche, sentada en el suelo desnuda, con los
cabellos sueltos y en desorden. Durante nueve días se abstuvo de agua y comida,
alimentando su hambre con el rocío y sus lágrimas, sin moverse del lugar.
Lo único que hacía era mirar el rostro de su amado conforme este avanzaba,
volviendo su cara hacia él. Cuentan las ninfas, que vieron como sus miembros se
adhirieron a la tierra adquiriendo el color de las hierbas cetrinas; y que una
flor semejante a la violeta le cubrió el rostro. Y ella, aunque estaba sujeta
por la nariz, se volvía hacia su Sol, conservando su amor aun después de ser
transformada.
Maya
La maya --Bellis perennis-- es una pequeña planta vivaz con todas las
hojas basales y flores como la manzanilla. Antaño se utilizaban sus hojas para
acompañar las ensaladas, a las que daba un sabor agradable. Se la conoce también
con el nombre de bellorita, chirivita y margarita menor.
La mitología romana cuenta que esta flor debe su origen a una de las Belides,
hijas de Danao, pertenecientes a la raza de las dríades, ninfas de los árboles.
Según se dice, la mayor de ellas había obtenido la promesa de matrimonio de una
divinidad rural; pero cuando bailaba con él en el prado, despertó la admiración
de Vertunnus, dios de la vegetación y de los árboles frutales. Acorralada por
este dios y sin posibilidad de escapar de su amoroso embrujo, fue transformada
en la flor llamada maya.
Una leyenda cristiana asocia la margarita menor con María Magdalena, la
pecadora, narrando que las lágrimas que derramaba, se transformaban en
belloritas tan pronto como tocaban el suelo.
Chaucer era un apasionado de esta planta, a la que dedicó bellas canciones.
Según él, la reina Alceste, que eligió morir por amor por su marido Admeto, fue
convertida en esta flor, siendo rescatada posteriormente de los infiernos por
Hércules.
Tabaco
El tabaco --Nicotiana tabacum-- es una planta, importada por los
españoles de América a Europa, de cuyo jugo preparaban los indios americanos
venenos para sus flechas. La nicotina, principio activo de la planta, es tóxica
en grado sumo, absorbiéndose fácilmente a través de la piel y, en mayor grado,
de las mucosas. Sin embargo, el empleo de sus hojas para fumar es un vicio que
perdura desde hace varios siglos. El tabaco tiene tantos detractores como
consumidores.
Versión para no fumadores
Ante los seguidores de una ascética secta se presentó una mujer idólatra --eso
decían ellos-- en una pose indecente que les atraía. La castidad de los miembros
de la congregación corría un gran peligro.
El dios del celibato apareció y les ordenó ejecutar a la seductora.
Los acólitos --digno de ellos-- obedecieron la estricta orden y dieron muerte a
la hembra, dejándola difunta donde la asaltaron.
El marido de la víctima dio sepultura a su mujer, colocando sobre su tumba una
rama seca. Al poco tiempo, la rama se tornó verde y le brotaron anchas hojas.
Los célibes sectarios, pasando un día por el lugar de los trágicos
acontecimientos, advirtieron que el marido de la hereje --algo tendrían que
hacer con él-- tomaba hojas de aquella nueva planta y llenaba con ella su pipa.
Lo imitaron y obtuvieron tal placer que no pudieron dejar de fumar, hasta el día
en que, después del humo, el fuego los consumirá.
La planta que produce el humo es considerada una figura del propio diablo,
quien, tras haber pasado por un lugar, deja ahí sus huellas; es decir, el humo y
el mal olor.
Versión para fumadores
"¡Atención! Fumar es adictivo y perjudica gravemente tu salud." Dicen las
cajetillas de tabaco...
Un hombre había perdido sus caballos. En su búsqueda, encontró una mujer que
cazaba caballos. Los dos, en un intervalo para descansar, se pusieron a charlar
debajo de un nogal, que les proporcionaba una buena sombra.
--Busco esos famosos caballos que se esconnden tan bien --dijo la mujer.
--Pues yo busco los caballos que se me esccaparon --respondió el hombre.
A medida que hablaban, ocurrió que el hombre se sintió atraído por la mujer.
--Los dos buscamos caballos, nos hemos heccho amigos, aprovechemos el tiempo y
convirtámonos en amantes. Después de hacer el amor podremos continuar con
nuestra caza --le dijo el hombre a su compañera.
--De acuerdo, me parece una buena idea --lle contestó la hembra después de
considerar la cuestión.
Los dos yacieron bajo la dulce sombra del nogal hasta que estuvieron
satisfechos, tomando cada uno su camino cuando terminaron.
Al siguiente verano, cuando llegó el tiempo de la caza, el hombre, buscando
nuevos caballos, pasó cerca del lugar en que tan bien lo había pasado con la
mujer cazadora. "Me pasaré por el lugar, es posible que ella se encuentre por
allí", pensó. Al llegar al nogal vio que una hierba había brotado justo en el
lugar que tan bien lo había pasado, pero no tenía ni idea de que planta se
trataba. Durante largo rato se quedó mirando esa nueva planta, volviendo después
a su aldea.
En su pueblo contó a los viejos sabios de la tribu lo que le había ocurrido y lo
que había visto, describiéndoles la planta.
--Tenemos que examinarla bien para saber ssi es buena. Cuando madure lo
comprobaremos --le dijeron los ancianos.
Así que el hombre volvió donde la planta, donde se dedicó a su cuidado,
observando como crecía. La planta floreció y dio frutos. Tomando una muestra de
cada parte del desconocido vegetal, regresó a su pueblo.
Los viejos del consejo observaron la planta en vano, pues les era desconocida;
así que no pudieron resolver el enigma. Entonces, el viejo hechicero pulverizó
sus hojas y las puso en su pipa, la encendió y fumó. El aroma le fue tan
agradable que la pasó al resto del consejo.
--Las hojas de esta planta son buenas. La llamaremos tabaco --pronunciaron.
Y así fue como, de la unión del hombre y la mujer, brotó el tabaco.
Mandioca
La mandioca --Jatropha Manihot o Manihot esculenta-- es un arbusto
abundante en la zona tropical americana. La raíz, un tubérculo grande y carnoso,
es aprovechada como alimento. Pero existen dos clases de mandioca, una dulce y
otra amarga. La dulce se puede comer asada y cocida sin ningún inconveniente;
sin embargo, la amarga es venenosa, y fue empleada por los indios para
emponzoñar sus flechas.
El sacrificio de Mandió
En los remotos tiempos en que la humanidad no conocía la agricultura y sólo se
alimentaba de la caza, la pesca y los frutos silvestres vivió una mocita tímida
y asustada que se llamaba Mandió.
Mandió era fea, alta, flaca y desgarbada desde pequeñita. Tenía grandes manos y
largos y huesudos dedos; y nunca se relacionaba con los otros niños, sino que se
quedaba apartada, mirándolos, como si quisiera participar en sus juegos y no se
atreviera.
--Mandió --le reprendía su madre--, algún día echarás raíces.
--Mandió --le regañaba su padre--, acompañña a tu madre y hermanitos a recoger
frutos al bosque.
Pero la muchachita, siempre triste y avergonzada por su fealdad, se quedaba
recluida en la choza, como si tuviera miedo de la espesura, negándose a
acompañar a su madre y hermanos en esa labor, en la que además de recoger
frutos, también aprendían los secretos de la selva, tan necesarios para cuando
fueran mayores.
Sin embargo, una noche, mientras dormía placidamente, se le apareció Tupá, el
dios bueno, en sueños. Le dijo que ella sería una mujer muy importante, no sólo
para su familia, sino para toda la tribu; pues les enseñaría la manera de
alimentarse mejor. Para ello debía de esperar que un rayo quemara una porción de
la selva, produciendo un claro en el cerrado follaje; cuando el terreno quedara
despejado, ella se encaminaría al lugar para cavar un hoyo y meter después sus
enormes pies.
El día de su destino no tardó en llegar; entonces, tras comunicar a su familia
sus intenciones, se despidió de ellos y se marchó.
Cuando al día siguiente fueron a buscarla, en el centro de la quemada tierra
vieron una planta que no habían visto hasta el momento. Era un arbusto verde,
tan alto como su hija, con las hojas en forma de manos. Cavaron para desenterrar
los pies de su hija, pero en su lugar hallaron grandes y gruesos tubérculos. Era
la mandioca, que en adelante les proporcionaría alimento.
Ciprés
El ciprés --Cupressus sempervirens-- es un árbol de marcado carácter
funerario; pero también apreciado por su madera, inatacable por las carcomas,
usada para la fabricación de muebles.
En una legenda griega, los cipreses deben su origen a las hijas de Etéocles, un
rey tebano. Sacadas de una fiesta por las diosas en un torbellino que no paraba
de dar vueltas, fueron finalmente arrojadas a un estanque. La diosa Gea,
compadeciéndose de las jóvenes muchachas, las convirtió en cipreses.
Cipariso
En la isla de Ceos existía un enorme ciervo, sagrado para las ninfas, de grandes
cuernos que resplandecían como el oro; colgaba de su cuello un collar de piedras
preciosas, una medalla de plata sujeta con pequeñas correas de su frente y
perlas de sus orejas. El animal no tenía miedo, y exento de la precaución que le
es natural, acostumbraba a frecuentar las casas y dejarse acariciar; incluso por
manos desconocidas.
Pero quien más quería al ciervo, era un guapo mozo --el más bello muchacho de su
comarca, según decían-- llamado Cipariso. El joven conducía al venado a nuevos
pastos para comer y a fuentes cristalinas para beber, cubriéndole los cuernos
con guirnaldas de flores. Otras veces, montaba en su grupa como un jinete; y
así, lo llevaba de un lado a otro, con riendas de color púrpura que sujetaban su
boca.
Un caluroso día de verano a mediodía, el ciervo se dejó caer, cansado, sobre la
verde hierba a la sombra de los árboles para refrescarse. Cipariso, el muchacho,
por imprudencia, atravesó al animal con una aguzada jabalina. Al ver al ciervo
moribundo, tomó la resolución de morir voluntariamente.
Apolo, que cazaba con él, trató de consolarle con palabras amables, diciéndole
que se trataba de un error, que fuese moderado con su dolor, que podían
ofrecérselo en sacrificio a los dioses, que tampoco había para tanto. Pero
Cipariso continuó gimiendo a pesar del consuelo de su amigo, y pidió a los
dioses, como última gracia, guardar luto por todos los tiempos.
Cuando el bello mancebo había derramado ya hasta la última lágrima con sus
interminables llantos, vio como sus miembros empezaron a ponerse de color verde;
sus bien peinados cabellos pronto se convirtieron en una erizada maraña de
complexión rígida que se levantaba hacia el estrellado cielo como una delgada
copa.
Profiriendo un quejido, dijo apesadumbrado Apolo:
--Yo te guardaré luto a ti; y tú, como cipprés, lo guardarás a otros.
Camalote
El camalote --Eichornia crassipes-- es una planta acuática de la familia
de las pontederiáceas, de hojas y flores flotantes. Son típicas del río Paraná.
Hoy pueden verse en estanques particulares y públicos.
La viajera del río
Los hombres de Diego García remontaron, lentamente primero, el Mar Dulce y
después el Paraná, pardo e inquieto como un animal salvaje, a bordo de una
carabela. El capitán llegaba como Gobernador del río de Solís, pero al llegar a
la desembocadura del Carcarañá se encontró con la desagradable sorpresa de que
el cargo ya estaba ocupado por Sebastián Gaboto, otro marino al servicio de
España. Durante días discutieron los comandantes en el fuerte Sancti Spiritu,
mientras las tropas aprovechaban el entredicho para acostumbrar de nuevo el
cuerpo a la tierra firme y recuperar algunas alegrías. Exploraron los
alrededores y aprovecharon la hospitalidad de los indios.
Ocurrió entonces que una joven india se enamoró de un soldado de García. Durante
el verano, mientras García y Gaboto abandonaron el fuerte rumbo al interior,
ellos se amaron. Que uno no comprendiera el idioma del otro no fue un obstáculo,
más bien contribuyó al amor, porque todo era risa y deseo. Nadaron juntos en el
río, ella le enseñó la selva y él el bergantín anclado en la costa; él probó el
maíz, la mandioca, las calabazas; ella se embriagó con el amor exótico de un
extranjero.
Mientras tanto, a su alrededor, las relaciones entre los españoles y los
guaraníes se deterioraban. Los indígenas habían ayudado a la tropa a descargar
los barcos, a construir sus casas y fortalezas, sin exigir nada a cambio,
excepto unas pocas herramientas de hierro. A cambio, los soldados humillaban a
los indios con malos tratos, robaban sus joyas y violaban a sus mujeres. Hasta
que los indios se cansaron de tener huéspedes tan soberbios y una noche
incendiaron el fuerte. Los pocos españoles que sobrevivieron se refugiaron en
los barcos, donde esperarían el regreso de Gaboto y García.
Después del desastre, obviamente, el amor entre el marino y la indígena se
volvió más difícil, más escondido y más triste. Día tras día, en sus citas
secretas, ella intentaba retenerlo con regalos y caricias, rogándole huir
juntos. Sin embargo, sus esfuerzos no lograban atravesar la muralla de
desconfianza que la situación iba levantando entre ellos.
Los jefes llegaron finalmente y, encontrándose con la fortaleza arrasada,
decidieron regresar a España en busca de refuerzos.
Los preparativos para el regreso duraron semanas enteras, durante las cuales la
muchacha guaraní deambulaba entre los sauces de la orilla, aguardando la
oportunidad de ver a su exótico marino, aunque sólo fuera un instante.
Como en toda situación de guerra, en esta tampoco hubo lugar para sentimientos
personales y la separación sorprendió a los amantes sin que mediara despedida
alguna; simplemente, una mañana, al llegar a la orilla de río, la joven vio a
las carabelas que se alejaban y la pena invadió su pecho. Los vio enfilar hacia
lo profundo, y luego navegar viento en popa llevándose sus sueños y sus
esperanzas, y dejándole tan sólo una vida que latía en sus entrañas.
Al cabo de un rato, las siluetas de los barcos eran tan pequeñas que costaba
pensar que a bordo cogieran tantas ilusiones deshechas. Luego, sin aviso, en el
primer recodo el río se los tragó, como si no hubieran existido jamás.
Largos y amargos días se sucedieron, mientras la joven lloraba su frustrado
amor. Soñaba que le crecían alas y que se elevaba por los aires en busca de su
amante. Pero luego se despertaba bañada en lágrimas, para tomar conciencia de su
soledad. Así deambulaba durante el día por la selva, tratando de encontrar un
medio que le permitiera surcar las aguas y llegar hasta donde estaba su amado.
Sus lamentos fueron escuchados por el espíritu del río, que apiadándose de su
dolor, se lo contó a los dioses de las aguas, que accedieron al deseo de la
joven de seguir a su amante, y la convirtieron en camalote.
Así se cumplía el anhelo de la joven; se alejaba de la orilla y flotaba en el
agua fresca, río abajo, transportando en su seno a todos aquellos seres ansiosos
de horizontes, eternos viajeros del río.
Espuela de caballero
La espuela de caballero --Delphinium ajacis-- es una bonita planta anual
de flores blanco-rojizas o violáceas, cultivada como decorativa en los jardines.
Sus semillas, muy venenosas, fueron utilizadas en otros tiempos, cuando la gente
no cuidaba tanto de su higiene, para combatir los piojos.
Fue considerada por muchos botánicos el jacinto de los poetas clásicos. Sin
embargo, no se la reconoce como la flor que brotó de la sangre del infortunado
Jacinto; y sí, como a la flor aludida en un acertijo pronunciado por un pastor
en las Églogas de Virgilio: "Dime en qué país crecen las flores con el nombre de
un rey escrito en ellas".
Es en la guerra de Troya donde encontramos su origen. Ayax, hijo de Telamón, rey
de Salamina, era invulnerable, excepto en una parte del pecho que solo él
conocía. Junto a Aquiles, fue considerado el guerrero más valiente de todos los
griegos participantes en la batalla. Peleó un día entero con Héctor sin que
ninguno acabara vencedor, teniéndose que separar de puro cansancio.
Admirados uno del otro, se obsequiaron con presentes que, con el tiempo, les
serían funestos. Un tahalí recibió Héctor, el mismo con que Aquiles lo enganchó
a su carro para arrastrarle alrededor de las murallas de Troya hasta su muerte,
y una espada obtuvo Ayax como regalo.
Aquiles perdió la vida poco después. Se entabló entonces una gran disputa por la
herencia de las armas del gran héroe griego entre Ulises y Ayax, que finalmente
ganó el primero.
Este hecho enfureció de tal manera a Ayax que, tras emborracharse, se arrojó
sobre los rebaños del campo, organizando una gran carnicería, creyendo en su
delirio dar muerte a Ulises; pero cuando volvió de su frenesí, viéndose
ridiculizado por los soldados, se quitó la vida con la espada que Héctor le
había regalado. De la sangre que manó de la fatal herida, brotó la espuela de
caballero, que lleva inscrita en el lugar donde nacen los pétalos las letras AY,
iniciales de su nombre y exclamación de dolor.
Cola de gato
La cola de gato --Achyranthes aspera-- es una planta que vive normalmente
en zonas de clima seco. Sus inflorescencias, en espigas, parecen de paja; de ahí
su nombre, procedente del griego, achiron -paja-- y anthos
-flor--, flor de paja. En medicina se utillizan las raíces para regular la
producción de orina. En la isla de Tenerife, la llaman "malpica". En la
India, cuna de leyendas, se la conoce por Apamarga, teniéndola los
hindúes por un eficaz remedio contra los demonios.
Por la suprema gracia de la Suprema Personalidad de los dioses, todos los
semidioses, encabezados por Indra, fueron vueltos a la vida. Reavivados, los
semidioses comenzaron a pelear con los mismos demonios que anteriormente los
habían derrotado.
Cuando el poderoso Indra se enfadó, cogió su arma de rayos para matar a Bali. Al
verlo, los demonios se echaron a temblar, profiriendo sonoros lamentos.
Sobrio, tranquilo y bien equipado para a lucha, Bali se presentó ante Indra en
el campo de batalla.
--Muy astuto --le reprendió Indra--, como un tramposo que ciega los ojos de un
niño para robarle sus pertenencias, así tratas de engañarnos en la contienda,
utilizando poderes mágicos; aun conociendo que te enfrentas a los maestros de
tales artes místicas. Los magos-demonio que mediante conjuros y los locos que
con sus artefactos mecánicos pretenden ascender a los reinos superiores para
destruir el mundo espiritual, serán enviados a los infiernos de donde salieron.
Con mi arma de rayos, cargada con cientos de proyectiles cortantes, separaré tu
cabeza de tus hombros. Despídete de tus compañeros y amigos, porque no
sobrevivirás a este enfrentamiento.
--Todos los presentes en el combate --repllicó Bali-- gozamos de la influencia de
la eternidad; y de acuerdo con lo que nos dictan las leyes, destinados a obtener
fama, victoria, derrota y muerte, uno tras otro. Mirando los movimientos del
tiempo, los conocedores de la auténtica verdad ni se alegran ni se lamentan ante
cualquier circunstancia. Por tanto, como te congratulas de tu futura victoria,
no serás considerado un sabio.
Tras estas afiladas palabras, Bali, con suficiente poder para someter a
cualquier héroe, preparó su arco y lanzó una andanada de flechas contra Indra.
El dios del cielo, aniquilador de enemigos, paró con su magia los proyectiles
lanzados por su adversario; entonces disparó su infalible cetro de rayos contra
Bali. El demonio, con la cabeza cortada, cayó de su aparato volador a tierra,
muerto.
El poderoso Jambhasura, conducido por un león, viendo que su amigo Bali había
caído, le rindió honores; después, apareciendo delante de su asesino, le golpeó
fuertemente en el hombro con un bastón, y fustigó a su elefante. La montura del
dios, desorientada y herida por el ataque, cayó al suelo inconsciente.
El jinete del elefante, Matali, sorteando las bolas de fuego que el rápido
demonio le lanzaba, pronto consiguió otro carro para Indra, conducido por mil
caballos, del que el dios tomó las riendas.
El dios luminoso respondió al vengativo Jambhasura disparándole un chorro de
rayos con tal puntería, que con el primer impacto le separó la cabeza del
cuerpo.
Cuando los amigos y seguidores de Jambhasura se enteraron de su muerte, se
presentaron de seguida en el campo de batalla clamando venganza. Namuci, Bala y
Paka, al frente de la horda, increparon a Indra con duras y crueles palabras, al
tiempo que lanzaban contra el dios una lluvia de flechas, intentando
atemorizarlo. Bala, desde su privilegiada posición, lastimó a los mil caballos
que tiraban del carro de Indra arrojándoles un número igual de dardos; Paka,
otro demonio, dañó al conductor del carro, Matali, con doscientas saetas
disparadas con su arco simultáneamente; y Namuci, el monstruo negro con cuerpo
de serpiente, atacó, hiriendo a Indra, con quince puntiguadas plumas de oro; el
resto de los demonios colaboraba con sus líderes agrediéndolo con lanzas,
látigos y porras.
Los semidioses, castigados severamente por sus enemigos e incapaces de ver a su
capitán, se preocuparon; pero Indra, se liberó de la carga de sus adversarios
saliendo por entre la lluvia de flechas con carro, bandera, caballos y jinete en
medio del cielo con todo su esplendor; al divisar a sus soldados cediendo ante
el peso de sus enemigos, una gran ira se apoderó del dios, que alzando su
mortífera arma mató a los demonios; cortando con su rayo las cabezas de Bala y
Paka, en presencia de sus seguidores. Una atmósfera de miedo se instaló en el
campo de batalla.
Cuando Namuci, el demonio que todo lo retiene, presenció la decapitación de sus
compañeros, su alma se llenó de dolor y resentimiento. Furioso y rugiendo como
un león, el monstruo, con una lanza de acero, decorada con campanillas de oro,
intentó aniquilar a Indra.
El dios del cielo, viendo como la poderosa arma arrojadiza se dirigía a su
encuentro, rápida como un meteoro, la destrozó con sus flechas; después, muy
enfadado, le disparó con su rayo para cortarle la cabeza. Pero, a pesar de haber
lanzado con toda su fuerza el arma, ésta ni siquiera produjo un rasguño en la
piel de Namuci.
Cuando el rayo regresó a sus manos, viendo que no había causado ni una fisura en
el cuello del diablo, Indra se asustó, pensando que el acontecimiento había
sucedido por algún misterioso poder superior; ya que con ese mismo rayo había
matado a héroes y demonios cuya piel no podía ser dañada con otras armas; pero
ahora, incluso tratándose de un adversario menos poderoso que otros a los que
había derrotado, no había servido de nada.
--Será mejor que me deshaga de esta arma, pues ha quedado inservible como una
simple vara --dijo malhumorado el dios del cielo.
--El monstruo Namuci no se puede matar conn nada que sea húmedo o seco --tronó
una siniestra voz sin cuerpo desde el cielo--. Tampoco puede acabarse con él
durante el día ni por la noche. Oh, Indra, como yo le he otorgado esta
bendición, tendrás que pensar en otra forma de acabar con él.
Después de escuchar con atención la etérea voz, Indra, meditando sobre como
matar al demonio, vio la espuma del mar, que no es ni húmeda ni seca. Entonces
el dios del cielo, con un arma fabricada de espuma, aprovechando el momento de
la aurora, cuando la noche ya ha partido y aun no ha llegado el día, cortó la
cabeza de Namuci, que cayó al suelo.
La sangre que manaba de la brecha se coaguló en el suelo, de donde tomó alimento
de la tierra, brotando la hierba conocida como Apamarga. Con esta planta,
derrotó Indra, el dios del cielo, al resto de los demonios.
Roble
El roble --Quercus robar-- es un árbol de grandes dimensiones, cuya
madera, resistente a la humedad, se utiliza para labores de carpintería y
fabricación de barriles de vino.
Una leyenda de la mitología griega nos traslada a la lucha por el poder entre
los gigantes y los dioses olímpicos. Tomando un merecido descanso Zeus tras la
lucha contra los Titanes, salieron de la tierra unos seres enormes y monstruosos
que invadieron el cielo. Porfirión, un gigante con cien brazos, hirió de
gravedad a su esposa Hera, intentándola violar a continuación. El dios de los
cielos acudió en su ayuda, lanzando sus rayos contra el deforme gigante, que
cayó al suelo, donde fue rematado por las flechas de Hércules. De la sangre aún
caliente derramada por Porfirión brotó un enorme tronco, convirtiéndose sus
brazos en ramas que formaron una inmensa copa. El árbol, conocido como roble,
fue consagrado a Hera, como compensación por el sufrimiento que le había hecho
padecer el gigante.
Jacinto
El jacinto --Hyacinthus orientalis-- es una planta de flores perfumadas
de la que se cultivan numerosas variedades.
Jacinto era un guapo mozo al que amaba con pasión el poeta Támiris, de quien se
dice fue el primer mortal que se enamoró de una persona de su mismo sexo.
Támiris no tuvo más remedio que abandonar al joven porque Céfiro, el viento del
oeste, no dejaba de soplar a su alrededor cuando se encontraba con el muchacho.
El Viento suponía una gran molestia para Jacinto, pues nadie quería acercarse a
él por temor a ser derribado. Y es que Céfiro era muy posesivo.
La belleza del joven pronto se hizo vox populi en el Olimpo. Apolo, curioso,
decidió acercarse a la tierra de los hombres para conocer a semejante maravilla;
y así, olvidar la pérdida de su querido Cipariso. Al conocer a Jacinto, el dios
decide quedarse una temporada entre los mortales, viviendo entre ellos como un
igual. Pero primero, con sus poderes, expulsó al Viento fuera de aquel lugar;
cosa que no sólo agradeció Jacinto, sino también sus vecinos y sus compañeros de
la academia.
Largos días de felicidad tuvo Apolo entre los hombres, con quienes trabajaba, y
a quienes iniciaba en el conocimiento de la medicina, en compañía del bello
Jacinto. Juntos hacían deporte, pescaban, cazaban y tocaban instrumentos
musicales.
Un día en que Apolo practicaba el lanzamiento de disco con Jacinto y sus amigos
universitarios, el dios lanzó el primero. El disco subió muy alto. Jacinto,
ansioso por participar y queriendo demostrar su fortaleza, corrió campo a través
para recuperarlo.
Pero allí estaba Céfiro, rencoroso, oculto, al acecho, con ganas de venganza, y
que vio llegado su momento. El Viento desvió el disco de su trayectoria. Como si
fuese un arma mortífera, el disco impactó en la cabeza de Jacinto, parando su
carrera en seco. El joven cayó al suelo con una gran brecha en la cabeza de la
que manaba abundante sangre.
Apolo corrió en auxilio de Jacinto, pero nada pudo hacer para taponar la herida,
a pesar de aplicarle hierbas y hacer uso de sus artes curativas.
--Yo soy el responsable de tu destrucción;; y sin embargo, ¿cuál es mi culpa, a
menos que jugar pueda llamarse culpa, a menos que amar pueda llamarse culpa?
Ojalá se me permitiera devolverte la vida, pero la ley del destino me lo
prohíbe. Pero tu muerte no será en vano pues de tu sangre nacerá una planta que
llevará escritos mis quejidos en su flor --dijo el dios lamentándose, pues no se
percató de la intervención del Viento.
Y mientras tales cosas va enunciando Apolo, hete aquí que la sangre que había
caído al suelo y había manchado la hierba, deja de ser sangre, brotando una flor
que conservó el nombre del bello mancebo, Jacinto.
Arroz
El arroz --Oryza sativa-- es una de las gramíneas que consumimos con
mayor frecuencia. Su cultivo, en arrozales, comenzó en China hace más de cinco
mil años.
Un nubloso atardecer, los dirigentes del universo, Brama, Siva y Visnu, reunidos
para resolver trascendentes asuntos, se encontraron faltos de ideas con que
recrear el mundo. Una de las musas que amenizaba el encuentro, percatada de la
escasa creatividad de los dioses, les lanzó una feliz inspiración.
Entonces, en un momento de gracia, Siva tuvo la gran idea de engendrar una
criatura perfecta. Fue así como nació Retna-Dumila, que significa "Joya
Radiante". La mujer que creó era tan maravillosa, tanto, que al verla, el dios,
enredado por su hermosura, quedó enamorado de su propia creación. No pusieron
obstáculos sus compañeros en la regencia del universo cuando la pidió como
esposa. Pero Dumila, con voluntad propia, se opuso a este enlace.
Siva, el destructor, amenazó con provocar el caos. Brama y Visnu, temerosos del
poder del dios, se reunieron con la Joya y tras largas horas de discusión,
finalmente, la muchacha accedió, con la condición de que Siva cumpliera el deseo
que nacía de su corazón virgen.
--Quiero --le dijo la muy caprichosa-- quee me proporcionéis un alimento que
nunca llegue a cansarme.
Sólo después de satisfecho el requisito de la bella Dumila, Siva podría
desposarla.
Todavía confuso con la petición de su amada, aunque sin pérdida de tiempo, el
dios encomendó a los mejores cocineros que proporcionaran a Dumila cualquier
comida que deseara; también envió mensajeros con la orden de recoger todo tipo
de alimento y de traer a los más diestros con los fogones.
Desafortunadamente, todos los esfuerzos fueron en vano, pues con nada se sentía
contenta; ni los más exóticos y dulces frutos, ni la verdura, ni potajes, ni
estofados, ni dulces, ni zumos, nada en absoluto complacía a la exigente mujer.
Impaciente, el impetuoso Siva raptó a su querida Dumila; pero en el momento en
que fue a forzarla, para sorpresa del dios, la hermosa virgen murió entre sus
brazos. A pesar de no haber obtenido sus favores, organizó, con gran pompa, un
solemne funeral, colocando guardianes en su tumba.
Transcurridos cuarenta días de su enterramiento, Siva fue a visitar el sepulcro
de su bienamada; de la tumba salió una luz resplandeciente, y de la tierra
brotaron unas hierbas desconocidas. Cuando germinaron, el dios hizo sembrar sus
semillas, y al recoger la cosecha, la dio de comer a los demás dioses, que al
probarla comentaron lo grato que les parecía este nuevo alimento.
-- ¡Es el espíritu renacido de mi querida Retna-Dumila! --exclamó el dios--. Las
semillas de la planta, nacidas del alma de mi amada, servirán de alimento a la
humanidad, y se llamará arroz.
Y desde entonces, el arroz nos ha alimentado, sin cansarnos.
Cedro
El cedro -Cedrus-- es un árbol perenne de grandes dimensiones difundido
en los montes de Siria, el Himalaya, en la cadena del Atlas y en la isla de
Chipre.
Hanpang, siendo secretario del rey Kang, en la era de la dinastía Sung, tenía
por esposa a una joven y hermosa mujer, de nombre Ho, a la que amaba con
ternura. El monarca, atraído carnalmente por la bella Ho, acusó de traición a su
secretario, haciéndolo encarcelar.
El infeliz Hanpag, para no soportar las humillaciones de Kang, se quitó la vida.
Su esposa, tras enterarse de su fallecimiento y queriéndose librar del acoso que
era objeto por parte del rey, se tiró desde lo alto de una terraza.
Tras su muerte, le encontraron en el cinturón una carta dirigida al autor de sus
desgracias, solicitándole, como última gracia, ser enterrada junto a la tumba
donde yacía su añorado y difunto marido. Pero Kang, irritado por su pérdida,
ordenó que se les enterrase separadamente.
Sin embargo, no tardó en manifestarse la voluntad del cielo; pues durante la
noche, brotaron dos plantas de las tumbas de los desventurados cónyuges; en diez
días se hicieron tan altas y robustas que superaron a los otros árboles,
logrando así entrelazar sus ramas y sus raíces, aunque alejados uno de otro.
El pueblo chino, desde entonces, llama a los cedros los árboles del amor fiel.
Corona imperial
La corona imperial --Fritillaria imperiales-- es una planta cultivada en
los jardines por sus bonitas flores, ajedrezadas de violeta y blanco o amarillo.
Recibe su nombre de Fritillus, por un juego de tablero que se jugaba con dados.
Un poeta francés, René Rapin atribuye el origen de la corona imperial a una
reina acusada de adulterio injustamente; pero que no la salvó de morir a manos
del imprudente marido celoso que dio crédito de los rumores.
Su majestuoso nombre nos viene de Francia, como un acto de homenaje, único en su
género, dedicado a la célebre Guirlande de Julie a principios del siglo XVII. El
duque de Montausier, al conseguir que se le concediera la mano de Mademoiselle
de Rambouillet, le enviaba cada mañana hasta el día fijado para las nupcias, un
ramo compuesto de flores de temporada, según la costumbre.
Pero en la mañana de Año Nuevo del 1634 --el día fijado para la boda-- el duque
dejó sobre el tocador de su prometida un magnífico y extenso portafolio, cuyas
hojas de pergamino estaban pintadas con flores naturales, cultivadas en Europa,
por los artistas más importantes de la época. Reconocidos poetas parisinos
contribuyeron a las excelentes ilustraciones con sus versos.
El poema más celebrado fue el de Chapelain, que escogió la fritillaria como
tema; y conociendo el escritor, amigo de la novia, que ésta era una gran
admiradora de Gustavo Adolfo, apuntó en sus versos que la flor había brotado de
la sangre del rey sueco cuando éste fue herido de muerte en la batalla de Lützen,
añadiendo que este héroe ganó la corona imperial y se la hubiera entregado a
Julie en mano; pero como los Hados le habían metamorfoseado en esa flor, se la
ofrecía con el nombre de La Couronne Imperiale.
Granado
El granado --Punica granatum-- es un frutal que trajeron de Persia, a las
regiones mediterráneas, los fenicios. Su corteza se ha utilizado contra toda
clase de gusanos intestinales.
Relata Opiano, que un hombre, habiendo enviudado de su primera esposa, comenzó a
sentir lascivos deseos de su hija Side (palabra que significa granada en
griego). Para escapar de la persecución a la que era sometida, la joven se quitó
la vida. Los dioses, compadeciéndose de ella, la transformaron en granado, y a
su padre lo convirtieron en milano. Es por esta razón, según el narrador, que
éste pájaro no se posa nunca sobre el granado, árbol que evita constantemente.
Arnobio nos da otra versión sobre el origen del granado. En un acantilado de
Frigia, llamado Agdo, era venerada una gran roca que representaba a la diosa
Cibeles. Zeus, no consiguiendo unirse a la diosa, derramó sobre esta piedra unas
gotas de semen; éste acto provocó el embarazo de Cibeles, que poco tiempo
después dio a luz un ser andrógino llamado Agdistis, de quien los dioses
sintieron miedo. Dionisio, tras emborracharle, lo castró; de la sangre derramada
por este ser, brotó el granado.
Rapin atribuye su origen a una ninfa, de nombre desconocido, amada por Baco. Una
ninfa real, de raza tiria y dotada de una inmensa hermosura, ocupaba sus
pensamientos con ambiciosos proyectos. Orgullosa y segura de su status, consultó
al oráculo para saber que regalos darían los dioses por sus encantos. Embelesada
escuchó el ambiguo mensaje del sacerdote.
--Deberían darte una corona y vestirte conn ropas rojas.
La ninfa, malinterpretando la halagüeña profecía, quedó muy contenta pensando
que levantaría un reino. Poco después conoció a Baco, que venía de recorrer la
India. El dios del vino cortejó a la bella dama con caros presentes; tras
ofrecerle matrimonio, la ninfa cayó enamorada, y despojándose de sus ropas le
entregó su honor aún no manchado.
Pero una vez obtenidos sus favores, Baco, en vez de desposarla, la transformó en
granado, haciendo que el cáliz de las flores se transformara en algo parecido a
una corona, que retienen incluso cuando sale el fruto. De esta forma, el dios
cumplió las palabras, pero no el espíritu de la profecía.
Madreselva
La madreselva --Lonicera caprifolium-- es una planta trepadora de flores
muy fragantes, frecuente en los bosquecillos de la Europa mediterránea, y
cultivada frecuentemente en los jardines como ornamental.
Vivía en una casita en medio del bosque un matrimonio cuyo mayor deseo era tener
un hijo. Pero pasaban los años y el deseado retoño no llegaba.
La infeliz pareja visitó a los mejores y más reputados doctores en busca de una
solución que pudiera ayudarles; pero éstos le dieron una mala noticia: la
semilla del hombre no valía para reproducirse. El matrimonio volvió desconsolado
a su cabaña.
Pero hete aquí, que una bruja que vivía en el mismo bosque que la pareja, les
ofreció sus servicios a cambio de que dejaran al niño a su cuidado al cumplir un
año, y hasta que éste cumpliera los quince. Tantas ganas tenían de tener un
descendiente que aceptaron su oferta, pensando que, de alguna manera, podrían
eludir la palabra dada a la hechicera.
Pasados nueve meses llegó la felicidad a la casa en forma de un precioso niño; y
al mismo tiempo, las preocupaciones de los padres de la criatura, que sabían su
obligación con la hechicera.
Cuando la madre se hubo recuperado del parto, decidieron eludir a la bruja
marchándose del bosque; pero justo cuando lo tenían todo preparado, la hechicera
se presentó en la cabaña.
--Parece que os marcháis de viaje.
--Nunca será tuyo --dijo el hombre, al tieempo que golpeaba a la bruja.
Dejándola por muerta, el matrimonio emprendió la huida. Al despertar, la
hechicera persiguió a los fugitivos dándoles pronto alcance.
No dispuesto a dejar arrebatarse a su hijito, el hombre comenzó a lanzarle
piedras. Entonces la bruja, viendo que no conseguiría a la criatura, en
venganza, encantó al bebé convirtiéndolo en una flor que se llamó madreselva. Y
aún hoy, todavía pueden adivinarse los piececitos y las manecitas del pequeñín
en los pistilos de la flor; y en la corola, la cunita donde dormía.
Mirto
El mirto --Myrtus communis-- es un arbusto aromático de cuyas hojas se
extraen un aceite utilizado en perfumería y medicina. En la actualidad, existen
numerosas variedades hortícolas y decorativas.
El padre, la madre y los hermanos de Mirena, una bella muchacha, fueron
asesinados por unos ladrones que despojaron su hacienda, llevándosela como
esclava. La joven escapó; y a su regreso, fue convertida en sacerdotisa de
Venus.
Pasado el tiempo, en la celebración de un festival, Mirena descubrió a uno de
los asesinos de su familia, que fue detenido por la justicia, descubriendo el
escondite de sus compinches.
La muchacha prometió a un joven que la pretendía su mano, si conseguía liquidar
al resto de la banda de criminales. El valiente y enamorado muchacho consiguió
acabar con los malvados; y a cambio, Mirena le concedió la recompensa prometida.
Pero Venus, ofendida por verse privada de su sacerdotisa preferida, causó la
muerte por enfermedad de la novia, transformándola después en Mirto, planta que
adoptó como propia en prueba de su propia aflicción por la pérdida.
Achicoria
La achicoria --Cichorium intybus-- es una planta que se cría al borde de
los caminos; en verano da unas preciosas flores azules que, en infusión, dan una
tisana amarga que va bien después de una copiosa comida; en otros tiempos se
utilizó como sustituta del café. En alemán recibe el nombre de Wegewarten,
que en nuestro idioma se traduce por guardiana de los caminos.
En Baviera, hace algún tiempo llegó a la región un príncipe de incomparable
belleza del que se enamoró perdidamente la princesa del castillo. Pronto, el
romance de los jóvenes dio lugar a una alianza que les llevó al matrimonio.
Felices vivieron durante doce meses pasados los cuales, alarmantes rumores de la
infidelidad de su marido llegaron a oídos de la princesa; algo que nunca llegó a
saber con certeza, pues el príncipe, cubriéndola de besos, le susurraba palabras
amorosas, convenciéndola de que ella era la única mujer de su vida. Tanto lo
amaba que ella no dudaba de su palabra.
Sin embargo, parecía haberse apoderado del príncipe una inquietud que le hacía
salir con frecuencia del castillo en busca de aventuras. Y un día, con el
pretexto de una partida de caza partió para no regresar jamás.
Ella comenzó a preocuparse a la semana de su marcha, cuando no lo vio entre el
grupo de cazadores que bajaba de la montaña y ninguno le daba noticias suyas.
Durante siete años estuvo esperando, llorando desesperada, el regreso de su
amado esposo. Cada día, acompañada de sus doncellas, salía a los caminos,
preguntado a todas las personas que encontraba por el hermoso príncipe, sin
obtener respuestas.
Las damas de la corte, las amigas y las sirvientas intentaron consolarla;
incluso alguna se atrevió a mencionar que "mejor sería que te buscaras otro
esposo". Pero nada consolaba a la triste princesa.
Tan profunda pena terminó por consumir a la joven, quien cercana a la muerte
pronunció estas palabras:
--Quisiera morir, y no lo quisiera, para vver en todas partes a mi amado.
--Y también nosotras quisiéramos y no quissiéramos morir, para que el pudiera
vernos en todos los caminos --añadieron las damiselas.
Dios escuchó los deseos de la princesa y sus damas desde el cielo y los
satisfizo.
--Muy bien -dijo--, para que vuestro deseoo se haga realidad voy a convertiros en
flores. Tú, princesa, te quedarás con tu vestido blanco en todos los caminos por
donde pase tu amado. Vosotras, muchachas, os quedaréis en los caminos vestidas
de azul, para que él pueda veros en todas partes.
Y desde entonces, como flores en los bordes de los caminos, reciben dichosas las
miradas de su amado.
Álamo
El álamo o chopo negro --Populus nigra-- es un árbol que se eleva a
considerable altura. Se cría en las riberas de los ríos y en las umbrías de las
montañas, y cultivado en las choperas junto a la carretera. La madera de estos
árboles se utiliza para la fabricación de papel.
En cierta ocasión, dos adolescentes presumían de tener padres celestiales. Uno
era Épafo, quien proclamaba ser descendiente de Júpiter, el señor del cielo; el
otro era Faetón, que decía ser hijo de Apolo, el dios sol. Hablaban los
muchachos de sus maravillosos padres; y Épafo, envidiando las bonitas aventuras
que del Sol narraba Faetón, se enfadó, retándolo a que demostrara su soleada
descendencia.
Irritado e inseguro de su origen, el joven buscó refugio entre sus hermanas, las
Helíades. Su madre, Clímene, viendo la congoja de su retoño, le aconsejó que,
para quedarse tranquilo, se dirigiese hacia la tierra donde el Sol salía cada
mañana.
Tan pronto como pudo, Faetón partió en dirección a la tierra del amanecer. Día y
noche caminó hacia el este, hasta llegar al resplandeciente palacio de oro y
gemas preciosas de su padre, donde lo encontró sentado en su trono. El Sol,
reconociendo a su hijo, le preguntó que deseaba.
-- ¡Oh, pa... padre mío! --tartamudeó Faettón-- Si de verdad eres mi padre...
--añadió con más convicción.
Apolo, desprendiéndose del glorioso halo que hiere los ojos mortales, bajo del
trono, y lo abrazó con ternura.
-- ¡Por supuesto que eres hijo mío! --afirrmó el dios-- Pídeme cualquier regalo
que desees y te lo concederé. Que el Estigio sea testigo de mi juramento.
-- ¡Ah --exclama emocionado Faetón--, entoonces, déjame conducir tu carro por un
día!
El Sol lo miró pensativo, sólo un instante.
--Escoge de nuevo, mi niño --dijo Apolo--.. Tú, sólo eres un mortal. De entre
todos los dioses, sólo a mí me corresponde esa tarea. Ni siquiera Zeus se atreve
a conducir el carro del Sol. El camino que recorre está lleno de peligros.
Escúchame, y elige de nuevo.
Pero estas advertencias sólo consiguieron aumentar el ego del temerario
muchacho, deseoso de tener el honor de llevar a cabo tan magna empresa.
--Tendré mucho cuidado. Déjame hacerlo --lle suplicó.
Apolo hizo cuanto pudo para disuadirlo de este intento; pero había jurado por el
negro río Estigio, un juramento que ningún dios osaría romper. De esta manera,
se vio forzado a cumplir su promesa. Con repugnancia, después de darle las
instrucciones necesarias, el Sol le confió su carro.
En ese momento, la Aurora, diosa del alba, abrió las puertas del este, y las
estrellas comenzaron a desvanecerse. Las horas hostigaron a los cuatro
inmortales caballos. Y en un instante, Faetón, con los rayos solares sobre su
cabeza, estuvo sobre el horizonte.
Los salvajes caballos, nerviosos con el nuevo dueño, iniciaron su ruta diaria;
pero el joven, curioso de visitar nuevos reinos, condujo a los indómitos
cuadrúpedos por caminos desconocidos. Sin saber por donde los conducía,
alarmaron al firmamento, rozando a su paso la constelación de la Serpiente, que
despertándose de su sopor, siseó. Los corceles, aterrorizados por aquel monstruo
al que no habían visto jamás se desbocaron. Y los cielos se llenaron de terror.
Cuando se acercaban demasiado a la tierra todo se abrasaba por el ardor del sol;
y cuando se alejaban de ella todo perecía de frío, al tiempo que amenazaba con
quemar el cielo con su fuego. Fue entonces cuando los africanos tomaron el tono
de piel negra que aún hoy conservan y les caracteriza, y cuando los desiertos
perdieron para siempre la vegetación. En vano trató Faetón de controlar a los
asustados caballos.
La pobre Tierra, calcinada hasta lo más profundo, gimiendo, agitándose, levantó
su chamuscada cabeza y conjuró al señor de los dioses para que pusiera fin a
semejante tormento.
Júpiter, con los dioses como testigos de que no había otra solución, lanzó uno
de sus rayos contra el jinete del carro. Y todo acabó para Faetón, cuyo cuerpo
cayó del cielo inflamado como una estrella; los corceles del Sol, sin cuadriga
que los dirigiera, volvieron al palacio con el carro vacío.
Clímene, su madre, encontró los restos de su desdichado hijo escondidos en una
peregrina ribera del río Eridano, el actual Po; y en aquel mismo lugar, lloró
amargamente su pérdida.
No menos le plañeron las Helíades, sus hermanas, que permanecieron junto a la
tumba, derramando lágrimas noche y día, golpeándose los pechos con sus manos;
hasta cuatro veces, la luna llena pasó sobre el sepulcro. Faetusa, la mayor de
las hermanas, se quejó de la rigidez de sus piernas cuando quiso sentarse; la
cándida Lampecia, intentando ir en su ayuda, fue retenida por una súbita raíz;
Helia, cuando se dispuso a desgarrarse el pelo, sólo arrancó frondas con sus
manos; Mérope, de que un tronco sus piernas retenía, se lamentó; Eteria se dolió
de que se habían sus brazos convertidos en largas ramas. Y mientras de ello se
admiraban, una corteza se abrazó a sus ingles, envolviéndolas por sus piernas,
pechos, hombros y brazos; sólo quedaban por cubrir sus bocas, que gritaron
llamando a su madre.
¿Qué podía hacer su madre, sino intentar arrancar sus cuerpos de los troncos?
Con sus manos, con ternura rompió sus ramas, pero de las heridas manaban gotas a
modo de sangre, que al contacto con los luminosos rayos del Sol, ya repuesto del
susto, se convirtieron en ámbar.
--Cesa, te lo suplico, madre --gritó la hiija herida--. Cesa, te lo suplico, pues
se lacera en el árbol nuestro cuerpo. Y ya, adiós…
La corteza, tras sus palabras postreras, cubrió su boca.
Azafrán y Tejo
El azafrán --Crocus sativus-- es una planta bulbosa que llegó del Asia
Menor. Se cultiva por los estigmas de la flor, que secos, proporcionan la droga
del mismo nombre, usada en platos culinarios y productos farmacéuticos.
El tejo --Taxus baccata-- es un árbol de los bosques montanos que se cría
para ornamentación y por su madera. Los arilos --falsos frutos de la planta--
son un manjar apetitoso para los pájaros; y la única parte no tóxica del árbol,
llamado también árbol de la muerte.
La leyenda popular deriva el nombre de esta flor de un bello joven llamado
Croco, quien fue consumido por el ardor amoroso que sentía por la pastora
Esmilax; y después metamorfoseado en la flor que lleva su nombre. Esmilax
concibió tal dolor de verse arrebatada del joven Croco, que fue convertida
igualmente que él en un árbol, cuyas flores, aunque pequeñas, son de un olor muy
fragante: el tejo.
Según un mito helénico, introduciendo Hermes al infante Croco en el feo vicio
del juego de azar, lo hirió en la cabeza en una de las partidas con uno de los
dados que había lanzado. El azafrán o crocus habría nacido de la sangre del
niño.
Mate
El mate --Ilex paraguarienses-- es un arbusto típico de Paraguay,
Uruguay, Argentina y Brasil, de cuyas hojas jóvenes, oportunamente secadas,
torrefactas y maceradas se preparan infusiones tónicas y estimulantes.
Un buen día, después de tanto pasear por el cielo alumbrando los verdes bosques
y los inmensos océanos por la noche, la Luna se dio cuenta de que todo lo que
conocía de la tierra era lo que veía por encima; pero que nada sabía de lo que
ocurría en su interior.
Le picaba la curiosidad, y tenía ganas de conocer las maravillas que les habían
contado el Sol, la Lluvia y el Rocío: los lagartos tomando el sol, los pájaros
dando de comer a sus crías, los rosales en flor, y todas esas maravillas de la
naturaleza a las que por costumbre los humanos ya no prestamos atención.
La Nube la invitó a bajar a la tierra, y por fin se decidió. Juntas solicitaron
la autorización del Cielo para que las dejara realizar la excursión. El Cielo
les advirtió: "Yo os concedo el permiso pero sabed que mientras permanezcáis en
la superficie tendréis las mismas debilidades que los seres del planeta; y
estaréis expuestas a los mismos peligros. Sólo tendréis la ventaja de que los
hombres no podrán veros.
Después de cumplir con sus obligaciones esa noche, la Luna, acompañada de su
amiga la Nube, convertidas en dos lindas jovencitas, partieron muy de mañana
rumbo a la tierra. Comenzaron recorriendo la selva, admirando los coloridos
pájaros, los juguetones monos, las exóticas flores y los numerosos sonidos tan
diferentes que producía la espesura.
Tan absortas estaban en su contemplación que no notaron los sigilosos pasos de
un jaguar que se les acercaba hambriento. El animal rugió victorioso en el
momento del ataque; las asustadas muchachas cerraron los ojos esperando los
zarpazos que acabarían con sus vidas. Pero lo que escucharon fue un silbido y un
golpe seco, seguido de un gran gemido, como consecuencia de la flecha disparada
por un cazador que pasaba casualmente por allí. El depredador se revolvió contra
su atacante, sangrando por el costado y con las fauces abiertas, pero otro
certero flechazo acabó con la vida de la fiera. En medio de la lucha, el cazador
creyó ver la silueta de dos jovencitas que huían despavoridas, pero al revisar
el lugar sólo halló el cadáver del jaguar; y pensó que se había equivocado.
El cazador quitó la piel al animal y al terminar, se tumbó a dormir bajo un
árbol. Cansado como estaba pronto se durmió profundamente. Soñó que dos hermosas
mujeres de piel blanca como la espuma del río y rubias cabelleras como no había
visto nunca se acercaban a él, y llamándole, una de ellas le dijo: "Yo soy la
Luna y mi amiga es la Nube. Hemos vuelto para agradecerte que nos salvaras la
vida. Eres un valiente y por eso te voy a ofrecer un regalo. Cuando llegues a tu
cabaña, encontrarás junto a la entrada una planta que nunca antes has visto; la
llamarás hierba mate, y con sus hojas podrás preparar una tisana que alegrará
los corazones solitarios y ahuyentará la nostalgia y la tristeza. Este es mi
presente para ti, para tus hijos y para los hijos de tus hijos". El sueño
continuaba con las dos muchachas alejándose entre los árboles seguidas de una
bandada de mariposas blancas, y a continuación, solamente un resplandor entre
los arbustos.
Cuando llegó a su casa, él y su familia vieron un nuevo arbusto de hojas
ovaladas y brillantes que brotaba en la puerta, y que antes nadie había visto.
Ante el asombro de todos, el cazador siguió las instrucciones de la joven: tomó
algunas hojas y las picó cuidadosamente, las colocó dentro de una pequeña
calabacita seca y la llenó con agua del arroyo. Luego buscó una caña finita, la
introdujo en el brebaje que había preparado y probó la nueva bebida. Al
comprobar que calmaba rápidamente su sed y saborear su agradable dejo amargo,
invitó a sus familiares; no contento con ello salió de su choza e invitó a sus
vecinos para que también disfrutaran de su hallazgo. Pronto el recipiente fue
pasando de mano en mano, y en poco tiempo todo el pueblo había saboreado la
nueva infusión. ¡Había nacido el mate!
Mirra
La mirra --Commiphora abyssinica-- es el nombre de la esencia que se
extrae del árbol del mismo nombre, propio de Abisinia y de Arabia.
Como venganza por presumir de ser más guapa que ella, Venus, la diosa del amor,
infundió en Mirra una pasión incestuosa por su padre.
Mirra se lamentaba por su situación y se quejaba de por qué a los animales les
estaba permitido una clase de amor que era ilícito para el hombre.
Trataba de vencer la pasión que la afectaba, pero valiéndose de la ayuda de su
nodriza lo emborrachó, y se acostó con él. Así lo hizo durante doce noches, la
última de las cuales fue descubierta por su padre, que cogiendo una espada
intentó matarla; pero Mirra consiguió huir en la oscuridad de la noche, llevando
en su vientre la semilla de su padre.
Mirra se alejó de la región, huyendo de la furia de su padre. Vagó sin descanso
hasta que no pudo más. Entonces, sin saber que hacer, ante el temor a la muerte
y el odio a la vida, Mirra suplicó a los dioses.
--Dioses -exclamó--, si alguno de vosotross escucháis a quien confiesa, he
merecido todas las penas y los sinsabores pasados; pero, para no ofender más a
los vivos con mi supervivencia ni a los difuntos con mi muerte, desterradme de
ambos reinos y hacedme cambiar de forma negándome así la vida y la muerte.
Y el dios que escuchaba a los que confiesan oyó su ruego, pues mientras Mirra
hablaba la tierra cubrió sus pies, se desgarraron sus uñas de las que brotaron
raíces, sus piernas se unieron y estiraron formando un largo tronco, su sangre
se convirtió en savia, sus brazos en grandes ramas y sus dedos en pequeñas
ramas, y la piel se endureció para formar la corteza, naciendo así el árbol de
la mirra. Y aunque ella perdió, a la vez que el cuerpo, los sentidos, lloró sin
embargo; y del árbol manaron tibias gotas, que hoy se conocen como la esencia de
mirra.
Ortiga
La ortiga --Urtica dioica-- es una de esas plantas considerada una mala
hierba; sin embargo, están más que demostradas sus virtudes para abrir el
apetito. El problema viene dado por sus pequeñas espinas, que producen
urticaria, un tremendo escozor en los puntos donde han penetrado estos rígidos
pelos.
Un matrimonio de Belén tuvo un hijo la misma noche en que la Virgen María dio a
luz a Jesucristo. Estos esposos veían desfilar ante su casa a los pastores y
campesinos que acudían con numerosos regalos al pesebre donde había nacido el
niño dios para adorarlo, sin que ninguno de ellos reparase en su presencia, ni
asistiera a felicitarlos por su bebé. Poco después también vieron como llegaban
los Reyes magos con sus pajes y sus camellos cargados de presentes para el hijo
de María.
El padre de este matrimonio sufrió en silencio; pero de la madre se apoderó una
envidia malsana que la carcomió. Entonces, un pensamiento maligno entró en su
mente: "Cambiaré a mi hijo por el suyo, así todos me adorarán."
En cuanto pudo, se dedicó a espiar los movimientos que hacía la Sagrada Familia;
y así, encontrar el momento oportuno para llevar a cabo su proyecto.
La madre de Jesusín, que no quitaba ojo a su retoño, en seguida se dio cuenta de
las malas intenciones de aquella mujer, sintiendo una inmensa compasión por
aquella madre.
Como la Virgen no quería hacerle ningún mal a la mujer, la llamó y le habló para
persuadirla de que desistiera de su intento. La conversación que mantuvieron las
dos madres no sirvió para convencer a la malintencionada mujer, que se obcecó
con su idea de robar a Jesús y poner a su bebé en su lugar.
María, cansada de los intentos de salvar a su hijo de aquella mala mujer, hizo
gala de sus dotes de maga y la convirtió en ortiga. Desde entonces, se tiene a
la ortiga como símbolo de la envidia.
Pino
El pino piñonero --Pinus pinea-- es un árbol típico de las regiones
mediterráneas, de semillas comestibles, utilizadas en pastelería. De la resina
del pino y otras coníferas, conocida como trementina, se obtiene, destilándola
con agua o vapor recalentado, el aguarrás.
Griegos y latinos llamaron al pino el árbol de Cibeles, la diosa-madre frigia.
Cuentan que la diosa eligió como guardián de su templo a un hermoso joven, de
nombre Atis, que vivía en los bosques de Frigia; pero con la condición de que
conservara siempre la virginidad. El muchacho, sin embargo, fruto del ardor
juvenil, cedió al amor de la ninfa Sagaritis. Cibeles hizo que Atis
enloqueciera. En su delirio, el joven se emasculó, muriendo desangrado. De la
sangre derramada por Atis brotó el pino.
Otros autores relatan que el dios Pan, privado de Siringe, se esforzó por
agradar a la ninfa Pitis, a la que incluso hubiera hecho su mujer de no ser por
los celos de Bóreas, el viento del norte, que también estaba enamorado de ella.
El viento nórdico, no pudiendo conseguir su amor la tiró desde lo alto de una
montaña. Los dioses transformaron su cadáver en pino.
Versión de los indios cheroquis
Cuando el mundo era joven, vivían siete niños que pasaban todo su tiempo en la
plaza de la aldea jugando con una rueda de piedra, que hacían rodar con un palo
hasta que las destrozaban estrellándolas contra cualquier cosa que se les
pusiera delante.
Los pequeños no hacían caso de las reprimendas de sus madres. Éstas, puestas de
acuerdo, recolectaron algunas piedras redondas y las pusieron a hervir en el
caldero de la comida. A la hora de cenar, cuando llegaron sus hambrientos hijos,
las madres les sirvieron las piedras como cena.
--Como prefieres ese juego a la comida, tooma las piedras como alimento --dijo
cada madre a su hijo.
Los pequeños se enfadaron mucho, y regresaron a la plaza.
--Como nuestras madres nos han tratado tann mal, vayámonos donde nunca causemos
problemas --dijeron.
Entonces comenzaron a bailar la danza de las plumas alrededor de la plaza, dando
vueltas y más vueltas, al tiempo que rogaban a los espíritus que les ayudasen.
Sus madres estaban arrepentidas del castigo infligido, y temerosas de que sus
hijos hicieran alguna travesura, marcharon a buscarlos. Al llegar encontraron a
los niños danzando alrededor de la plaza; pero, a medida que se acercaban,
observaron que los pies de sus hijos no tocaban tierra, y que con cada vuelta se
elevaban más alto en el aire. Corrieron desesperadas para agarrar a sus niños;
pero ya era demasiado tarde porque se encontraban a la altura de los tejados.
Todos menos uno, al que su madre enganchó con el palo del juego; pero su hijo
golpeó el suelo con tanta fuerza que se hundió, cerrándose la tierra sobre él.
Los otros seis, vuelta a vuelta subían más y más alto hasta llegar al cielo,
donde ahora nosotros vemos la constelación de las Pléyades, que los indios
Cheroquis llaman los Niños. El pueblo los lloró durante mucho tiempo; pero la
madre cuyo niño se hundió en el suelo acudía cada mañana y cada tarde a llorar
sobre el lugar en que había desaparecido su hijo, humedeciendo la tierra con sus
lágrimas. Con sorpresa observó que brotaba del lugar una pequeña rama verde que
crecía día a día hasta llegar a convertirse en un alto árbol que hoy en día
conocemos como pino.
Violeta
La violeta --Viola odorata-- es una modesta flor de los bosques frescos,
donde abundan las encinas y robles. Sus perfumadas flores se utilizan, en
infusión, para ablandar la tos.
Versión latina
En su recorrido celestial, divisó Apolo a una hermosa ninfa que alimentaba los
rebaños. Atraído por su belleza la cortejó para conseguir su amor; pero fue en
vano, pues la joven huyó asustada al interior del bosque, donde gritó pidiendo
la protección y ayuda de la diosa de la caza, Diana.
La ninfa voló por los montes y a cielo abierto; por los sombreados valles y
fuentes corría con su pena; por los matorrales trataba de esconder sus encantos.
Pero todo fue en vano, pues el luminoso dios, mientras más espantada estaba la
ninfa ocultando su belleza y su virtud, más se encendía el fuego de su pasión.
Cuando la tiene atrapada, pensando como engañarla para que cediese a su amor
apareció la diosa.
--Como que la belleza es un engaño, es connveniente destruir el peligro de la
hermosura --sentenció Diana.
Terminando de decir estas palabras, transformó en violeta a la ninfa, que así
desfigurada, pero casta, un humilde estado encontró entre los escaramujos,
encinas y robles del bosque, conservando su dulce aroma.
La joven que quiso ser una flor
Era un día de fiesta. Las jóvenes mozas del municipio descendían de sus casas
con hermosos vestidos. Algunas fueron a pasear por el campo; otras se sintieron
atraídas por el sonido de las panderetas, que anunciaba la alegre señal de la
danza. Reír, jugar, divertirse y enseñar sus encantos era el objetivo de todas
ellas.
Solamente una chica permanecía callada en su vivienda. Se trataba de Marcela, la
guapa hija de Jerónimo, el jardinero.
--Ven con nosotros, Marcela --le decían suus amigos al pasar--. El aire está
perfumado con el olor de los ciruelos y el cielo es azul. Ven a bailar con
nosotros, Marcela.
Marcela gentilmente se negaba sacudiendo ligeramente la cabeza; y si algún joven
mozo le lanzaba un ramo de flores, lo abandonaba, acelerando el paso.
En el dormitorio de Marcela cada cosa estaba bien colocada, limpia y brillante,
como si ella pusiera su propia gracia en cada objeto que la rodeaba: la cama con
su blanca colcha bien marcada, el armario de nogal, la mecedora de paja, la
rueca que había pertenecido a su madre, el espejo colgado de la pared, la
palangana con el agua bendita y la imagen de la virgen que cuidaba de ella
mientras dormía.
Si Marcela continuaba trabajando en un día de fiesta, no era por avaricia ni por
capricho, sino para ayudar a los pobres. Ahora su preocupación era la vieja
Juana, a la que llevaba un largo abrigo que la protegiera del frío. De camino a
casa de la viejecita cantaba su canción preferida:
Quisiera ser una pequeña flor.
Si fuera una pequeña flor,
Elegiría un buen lugar
Que me pudiera ocultar.
Algún lugar retirado,
Pero a un arroyo cercano.
Ahí me gustaría vivir,
Escondida entre la hierba,
Y mirando al cielo.
La canción continuaba, pero éstas eran las estrofas preferidas de la joven que
cada atardecer se sentaba en su jardín lleno de altos árboles, hermosas flores e
hierba bien cortada, escuchando el sonido del agua de la fuente.
Del cultivo del jardín se encargaba su padre, Jerónimo, el antiguo jardinero del
castillo, siendo su único entretenimiento, junto a su querida hija. Se sentía
feliz viendo que armoniosamente florecían las flores de los arbustos, como se
curvaban graciosamente sus ramas y como amortiguaba sus pasos el césped.
El hada que habitaba en el jardín estaba muy contenta de Jerónimo, a quien
observaba remover el mantillo, podar los árboles y regar las plantas. Era un
auténtico placer para ella limpiar de vez en cuando, con la punta de sus alas,
el sudor del viejo hombre cansado. Aquel día festivo contemplaba unas margaritas
cuando entró Marcela en el jardín.
Curiosa, miró intensamente a Marcela, a quien comparó con la margarita, llegando
a la conclusión de que la flor y la muchacha eran igualmente puras.
El eco llevo hasta el tranquilo jardín el sonido de las panderetas y los alegres
gritos de las jóvenes mozas, con todas sus melodías, perfumes y aspiraciones,
que correspondían a un día de primavera. Marcela estaba sentada en la hierba,
pensando en lo feliz que la vieja Juana estaría con su nuevo abrigo.
"Pobre chiquilla de humilde nacimiento --pensó el hada mientras la observaba--,
tan pura como la nieve de un glaciar, buena e inocente como la naturaleza.
¿Quién te salvará de las tentaciones? ¿Quien te advertirá de las trampas
amorosas en que caen tus compañeras?
Inconsciente del soliloquio del que era objeto, Marcela, mirando al cielo,
cambió de pensamiento cantando:
Quisiera ser una pequeña flor.
Si fuera una pequeña flor,
Elegiría un buen lugar
Que me pudiera ocultar.
Algún lugar retirado,
Pero a un arroyo cercano.
Ahí me gustaría vivir,
Escondida entre la hierba,
Y mirando al cielo.
El hada del jardín decidió complacer este deseo, y lanzó su magia sobre la
humilde Marcela. Al instante, la joven desapareció bajo un velo de hojas. En el
lugar donde estaba sentada, se vio una flor cuyos pétalos estaban cubiertos de
pequeñas gotas de rocío, como si fueran lágrimas en unos ojos azules. Era
Marcela que decía adiós a su padre de esta manera.
La violeta es la hija de la humildad. Devoción, candidez y modestia fueron los
elementos que escogió el hada para darle el perfume que caracteriza a la planta.
Ajenjo
"Y el tercer ángel tocó la trompeta, y cayó del cielo una gran estrella,
ardiendo como una antorcha encendida, y cayó en la tercera parte de los ríos, y
en las fuentes de las aguas. Y el nombre de la estrella se dice Ajenjo. Y la
tercera parte de las aguas fue vuelta en Ajenjo; y muchos hombres murieron por
las aguas, porque fueron hechas amargas."
Apocalipsis 8, 10-11.
El ajenjo o absintio --Artemisa absinthium--, crece en las riberas
pedregosas de las montañas. Del ajenjo se elabora el wermut --su nombre
en alemán--, un buen aperitivo. En infusión o maceración es tan amargo que basta
leer los versículos de la Biblia mencionados. Es una bebida peligrosa --no el
vermut, siempre que no se tome en exceso--, pues produce "absintismo", una
intoxicación que altera gravemente las facultades mentales, siendo capaz de
provocar el menstruo a las mujeres y la muerte por convulsión, como sucede con
los insectos o animales que han comido de esta planta.
Una vieja leyenda relaciona a una tal Artemisa, no la diosa griega sino una
reina de Caria, con el nombre de la planta. Habiendo desaparecido su marido, el
rey Mausolos, mandó investigadores en su busca, pero ninguno volvió con noticias
suyas. La reina asumió que estaba muerto, y comenzó a construir un gran
monumento en su honor. Pero Mausolos volvió, y fue enterrado en esa tumba,
dándonos el término mausoleo. Artemisa nunca se recuperó y comenzó a ser
asociada con la amargura y la ausencia --absentia, en latín--, virtudes
tan características del ajenjo.
La salida del Jardín de Edén
Una vez creado el universo, Yahvé creó la tierra, e hizo que lloviera sobre
ella. Al contacto del agua con la tierra brotaron las hierbas. También construyó
un huerto en Edén, donde colocó al primer hombre, Adán, que había creado del
barro, insuflándole vida con su aliento; para que no estuviera solo, de una de
sus costillas moldeó a la primera mujer, Eva. Y estaban los dos desnudos con
toda naturalidad.
Había en aquel jardín flores y árboles agradables a la vista, y frutos buenos
para comer. En el centro del hermoso jardín plantó Yahvé el árbol de la vida y
el árbol de la ciencia del bien y del mal.
--Podéis comer de todo árbol que hay en ell huerto, mas del árbol de la ciencia
del bien y del mal, no comáis, pues el día que de él comáis, moriréis --les
indicó Yahvé.
Todo iba bien para la feliz pareja en el paradisíaco jardín hasta que un día…
-- ¿Así que no podéis comer de ningún árbool del huerto? --Preguntó la serpiente,
el más astuto de todos los animales del campo que Yahvé había creado, a la
mujer.
--Comemos los frutos de todos los árboles del huerto, excepto del árbol de la
ciencia del bien y del mal que está en medio del jardín; de ése, dijo Yahvé, que
no comamos ni lo toquemos, o moriremos --respondió Eva.
--Bien sabe él, que el día que comáis de ssus frutos, se os abrirán vuestros
ojos, conociendo el bien y el mal.
Viendo la mujer que el árbol era agradable a la vista y su fruto bueno para
comer, arrancó uno y comió, dándole después a su marido. Los ojos de ambos se
abrieron y conocieron que estaban desnudos; entonces, tomando unas hojas de
higuera, las cosieron y cubrieron sus genitales.
-- ¿Dónde estás Adán? --llamó Yahvé que paaseaba por el huerto.
--Oí tu voz en el jardín, tuve miedo porquue estaba desnudo y me escondí
--respondió el hombre.
-- ¿Cómo sabias que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del bien y del
mal? --interrogó.
--Mi mujer me dio del fruto y comí --conteestó Adán.
-- ¿Por qué lo hiciste? --preguntó Yahvé aa la mujer.
--La serpiente me engañó y comí --respondiió Eva.
Entonces Yahvé los expulsó del huerto de Edén, condenándolos a ganarse su
sustento hasta la hora de su muerte. En la puerta del jardín, guardando el árbol
de la vida, puso querubines y una llama en cuchillo que daba vueltas a su
alrededor. En cuanto a la serpiente, la maldijo Yahvé y la condenó a arrastrase
sobre su cuerpo hasta el fin de los días.
Cuando el ofidio salía del huerto, dejó atrás su muda de piel. Yahvé, para que
nada quedara de la bestia, la mezcló con arcilla y la convirtió en ajenjo. Por
eso se dice que no entran serpientes en los huertos y jardines en los que hay
plantado absintio.
Almendro
El almendro --Prunus amygdalus-- es el árbol que, con sus flores, anuncia
el final del invierno. Sus frutos, las almendras, sirven para la elaboración de
pasteles, turrones y licores.
Cuentan los griegos que Zeus, señor del Olimpo, soñando con la diosa Cibeles,
soltó unas gotas de semen que cayeron sobre la tierra. Al contacto con el suelo,
del germinativo líquido surgió un extraño ser andrógino al que llamaron Agdistis.
Los dioses tuvieron miedo de él y le cortaron los órganos masculinos, pero en el
lugar donde habían caído nació un almendro.
Una leyenda cristiana nos narra que Adán y Eva, ya fuera del jardín de Edén, se
encontraron con un duro y frío invierno. Eva casi no podía resistir las bajas
temperaturas, y falta de fuerzas y coraje, pensaba que aquel tiempo no
terminaría nunca. Entonces, se le presentó un ángel para consolarla,
prometiéndole que, después del invierno, vendría la primavera. Como muestra de
aquella promesa, el ángel convirtió unos copos de nieve en flores de almendro.
Así pudo continuar Eva el camino, llena de esperanza.
También se atribuye el origen del almendro a Fílide, una hermosa reina Tracia.
Esta reina estaba perdidamente enamorada de Demofonte, hijo del gran héroe
Teseo, con quien esperaba contraer matrimonio.
Demofonte, al poco tiempo de prometido, marchó hacia Troya para participar en la
guerra contra los troyanos. En ella destacó por ser uno de los inquilinos del
afamado caballo de madera y por rescatar a su abuela Etra de la esclavitud de
Helena.
Acabada la contienda militar en Troya, Fílide se puso muy contenta, ya que, por
fin, pudo casarse con su amado. Pero al poco tiempo de las nupcias, Demofón fue
llamado a Atenas para acudir al entierro de su padre. Al despedirse de su real
esposa le prometió regresar en menos de un mes. El infortunio acompañó al joven
en su viaje de vuelta, pues una tormenta hizo al barco estrellarse contra unas
rocas, con lo que no pudo cumplir su promesa.
Durante un mes, Fílide esperó a su marido, pero viendo que no retornaba, cada
día paseaba por la orilla del mar con la esperanza de verlo regresar. Después de
nueve largos días de inútil espera, la reina murió de aflicción. Atenea la
transformó en un almendro, en recuerdo de la fidelidad y la esperanza de Fílide.
Pasados tres meses de su metamorfosis, Demofonte regresó, y habiéndose enterado
del inoportuno destino de su mujer, corrió hacia el árbol que había sido su
esposa, y abrazándose a sus ramas, imploró perdón por no haber regresado a
tiempo.
Amándolo incluso en la muerte, su hermosa reina parecía tener conocimiento de su
presencia; porque el almendro, aun desprovisto de hojas, de repente comenzó a
cubrirse de miles de flores manifestándole de esta manera su amor.
Arándano
El arándano o mirtilo --Vaccinium myrtillus-- es un pequeño arbusto que
se cría en los bosques montañosos. De los frutos, pequeñas bayas de color negro
azulado, de sabor agridulce y ricos en vitamina C, se elaboran mermeladas y
licores.
Como su ayudante en las carreras de carros, el rey de Pisa, Enomao, hijo del
dios Ares, había elegido, después de examinar a unos cuantos candidatos, a
Mirtilo, hijo del dios Hermes.
Enomao había instaurado esta competición según algunos, por estar enamorado de
su hija, y según otros porque un oráculo había pronosticado su muerte a manos de
su yerno. Las reglas eran simples: los pretendientes competían con él en una
carrera de carros desde Pisa a Corinto, el vencedor obtenía como premio la mano
de Hipodamia, su hija; en caso contrario le esperaba la muerte.
Tanta era la fama de la belleza de Hipodamia, que no faltaron aspirantes a su
mano. El rey, confiado en la superioridad de sus divinos caballos, regalo de
Ares, daba de ventaja al osado candidato el tiempo que invertía en sacrificar un
cordero a su padre; para vencerlos más fácilmente, Hipodamia acompañaba al
pretendiente en el carro, de suerte que pudiese verla, a fin de que su hermosura
le impidiese cuando corría estar atento al corcel.
Doce veces había visto Mirtilo como los alcanzaba Enomao; doce hombres valientes
habían perdido la vida, atravesados por una lanza en su espalda.
Hasta Pisa llegó el bello Pélope, en busca de fortuna. Ni las doce cabezas de
las víctimas que adornaban la entrada del palacio del rey sirvieron para
disuadirlo de lanzar su desafío. Amigo de las malas artes --fue expulsado del
Olimpo por robar el néctar de los dioses--, entró en contacto con Hipodemia; y
juntos, tramaron un plan para acabar con la vida de Enomao.
Fue Hipodamia, la propia hija del rey, la que acudió al encuentro de Mirtilo con
palabras siniestras, pero llenas de gloria y esperanza. A cambio de tierras,
títulos y oro, el auriga de Enomao, harto de la crueldad de su señor, consintió
en sustituir las clavijas de hierro de una de las ruedas del carro por otras de
cera; enamorado de una de las doncellas del monarca, rechazó los favores
amorosos de la pérfida Hipodamia, que marchó satisfecha con el acuerdo, pero
ofendida como mujer.
Pélope, acompañado de Hipodamia, partieron felices, seguros de su victoria;
mientras Enomao, ignorante del peligro que corría, rendía tributo a su padre.
Mirtilo lo esperaba montado en el carro, y juntos se lanzaron en persecución de
los conspiradores. Cuando los caballos tomaron velocidad, el eje de la rueda del
carro cedió. El auriga, preparado para el accidente saltó poniéndose a salvo;
pero el rey, enredado por las correas, murió arrastrado por los corceles.
Transcurrido un tiempo razonable después de celebrados los esponsales, Mirtilo
acudió a reclamar su recompensa; pero Hipodamia, despechada por haberla
rechazado, aconsejó a Pélope que lo matara para que nunca pudiera delatarles; lo
que éste hizo, tirándolo al mar. Las aguas devolvieron su cuerpo a la playa.
Hermes, incapaz de volverlo a la vida, lo transformó en el arbusto que lleva su
nombre, Mirtilo.
Azucena
La azucena o lirio blanco --Lilium candidum-- es planta muy olorosa,
sobre todo desde el anochecer. Algunos afirman que tan intenso es el olor, que
les da dolor de cabeza.
Cuando nació Hércules, Júpiter, su padre, ya sabía lo famoso que llegaría a ser
su hijo. Como todos los padres, también él quería lo mejor para su niño. Así que
decidió concederle la inmortalidad, para así poder pasear tranquilamente por el
Olimpo, la morada de los dioses. Para ello, era necesario que Hércules se
amamantara una vez de Juno, la esposa del dios soberano.
Llamando al Sueño, le ordenó preparar una pócima, que después dio a tomar a Juno,
con lo que la diosa cayó de inmediato en un profundo sopor.
El dios Mercurio se encargó de llevar sigilosamente al pequeño junto a la diosa,
aprovechando el momento en que ésta dormía. Júpiter se encargó de poner a
Hércules en el celestial pecho de Juno, para que al mamar, el bebé adquiriera la
inmortalidad. El pequeño sorbía con tanta fuerza del pecho de la diosa que salía
mas leche de la que podía absorber; y algunas gotas de la misma cayeron a
tierra, en donde, inmediatamente, brotaron las azucenas.
Cardón
El cardón --Trichocereus pasacana-- es un cactus típico de las tierras
andinas, que alcanza los 5 m. de altura, de tronco cilíndrico y espinoso; del
tronco brotan de 1 a 5 ramas horizontales que se acodan después a 90º hacia el
cielo. Por esta forma tan peculiar, también se le conoce con el nombre de
"cactus candelabro".
Antes de la llegada de los españoles
Un ambicioso cacique dio a su hija en matrimonio al anciano jefe de una tribu
rival, con la intención, aseguraba, de estrechar relaciones entre ambas aldeas;
aunque su único objetivo era agrupar bajo su mando los dos grupos, cuando su
yerno muriera; porque su antaño rival era casi treinta años mayor que él.
Celebrada la boda, sin que se consumara la unión debido a la avanzada edad del
marido, la joven esposa conoció al cazador que se encargaba de proveerles la
carne; y ambos se hicieron amantes.
Tan apasionado romance no pasó desapercibido a la gente, y pronto llegó a oídos
de los dos padres, que juntos decidieron castigar a la adúltera pareja.
Por suerte para los jóvenes amantes, un amigo del cazador les advirtió de la
suerte que les esperaba; y ambos decidieron fugarse durante la noche.
Por la mañana, al levantarse, el esposo descubrió que su mujer ya no se
encontraba en la aldea. Llamó al padre de su esposa, y juntos emprendieron sin
tardanza la persecución de los amantes.
Éstos hacía horas que habían partido, pero los viejos eran muy vengativos, y el
resentimiento les hizo aumentar sus esfuerzos con lo que pronto los tuvieron a
la vista.
Los enamorados, al verse en peligro, pidieron auxilio a la Madre Tierra para que
les ayudara a esconderse de los perseguidores. La diosa oyó los gritos de
socorro de los jóvenes adúlteros; y abrió una brecha en el suelo donde ocultó a
la pareja, que desapareció ante las mismas narices de los caciques y sus
guerreros.
Sorprendidos ante la desaparición de los jóvenes, aguardaron en el lugar sin
saber que hacer. A los pocos minutos observaron que del escondite donde se había
refugiado la pareja brotaba una extraña planta, de forma insólita, con un cuerpo
cilíndrico y cuatro brazos.
Los indios interpretaron que eran los amantes fusionados y convertidos en un
solo ser.
Después de la llegada de los españoles
Cuenta otra leyenda que los cardones que hay en los valles, en especial en el
camino a Amaicha del Valle, son indios, que convertidos en plantas aún vigilan
los valles y los cerros. Ellos velan por la felicidad de sus habitantes que, de
esta manera, nunca más serán perturbados por extraños en conquista de tierras.
Pero más trágico es saber cómo se convirtieron en plantas. Se cuenta que en
épocas de la conquista, el Inca, al ver que los españoles estaban dominando y
martirizando a su pueblo, envió emisarios a los cuatro puntos del imperio para
organizar las tropas y así dar un golpe mortal al invasor.
Para ello, los guerreros se apostaron en puntos claves por donde pasarían los
conquistadores, esperando la orden de atacarlos por sorpresa; pero esta orden
nunca llegó, pues los observadores enviados fueron capturados en el camino y el
Inca fue capturado, torturado y muerto.
Los valientes indios esperaron y esperaron y vieron, con ojos desorbitados,
pasar las tropas españolas sin recibir la orden de atacar. Pasó el tiempo, y se
quedaron desolados en sus puestos. La Pachamama, piadosa, los fue adormeciendo y
haciéndolos parte de ella. Así comenzaron a unirse sus pies a la arena y la
Madre Tierra los cubrió de espinas para evitar que los dañaran en su sueño.
Se dice que aún hoy estos estoicos vigías esperan la orden que nunca llegará.
Cornejo macho
El cornejo macho --Cornus mas-- es un arbusto que da frutos rojos de los
que se hacen mermelada; al ser cortadas sus ramas, desprende una gota de savia
de color oscuro.
En su huída a Italia, Eneas quiso fundar una ciudad en Tracia, por lo que
preparó una ceremonia para obtener el favor de los dioses. Crecía en aquel lugar
un arbusto de cornejo del que tomó una rama verde para que adornara el altar con
su espeso follaje, cuando vio un extraño prodigio; pues en cuanto arrancó del
suelo, cortando sus raíces, el primer tallo, manaron gotas de sangre que
ensuciaron la tierra con su presencia.
Con la sangre helada de puro miedo, un terror espantoso se apoderó de Eneas;
pero valiente y dispuesto a resolver el enigma, nuevamente arrancó una flexible
rama. Y otra vez brotó sangre de su corteza.
Invocando a las ninfas agrestes para que le propiciasen una visión, se arrodilló
en la tierra; y cuando con todo su esfuerzo se disponía para cortar una tercera
vara, una voz con lacrimosos gemidos resonó en su cabeza:
-- ¿Por qué desgarras, Eneas, a un desgracciado? Deja ya en paz a un muerto, deja
de profanar tus manos piadosas; pues no mana esta sangre de la madera. Huye de
esta tierra despiadada, que soy el príncipe Polidoro, aquí, atravesado y
sepultado por miles de lanzas.
Agobiado por la duda y estupefacto por el miedo, a Eneas se le erizaron los
cabellos; al tiempo que continuaba aquella voz:
--Hace tiempo, debido a mi corta edad, Prííamo, mi padre, temeroso del curso de
la guerra de Troya, me envió con una gran cantidad de oro a Tracia, lejos de los
tumultos y la destrucción, con mi tío Polimestor, para que me cuidase. Pero el
malvado, en cuanto vio declinar el poder de Troya, se alió con los vencedores y
me dio muerte, apoderándose del oro.
Después de escuchar estas terribles palabras, Eneas, tras consultar con su
pueblo, decidió salir de aquella tierra maldita.
Crisantemo
El crisantemo --Chrysanthemun morifolium-- nos viene del lejano Oriente.
En Japón, donde cada año organizan festivales donde se presentan las nuevas
variedades, es la flor del emperador.
Cuenta la leyenda, que a una joven enamorada que fue al templo para consultar a
los dioses cuantos años viviría su amado, le pronosticaron que viviría tantos
años como pétalos tuviera la flor que eligiera.
Ninguna de las que encontraba le parecía que tuviera los suficientes; tras mucho
vacilar, se decidió finalmente por un clave persa. Con un alfiler, aumentó el
número de pétalos cortándolos longitudinalmente. Una nueva flor había nacido: el
crisantemo.
Fresa
La fresa --Fragaria vesca-- es una planta vivaz que retoña todos los años
al llegar la primavera. Sus frutos, las fresas, bien maduros, son un postre
excelente, rico en vitamina C, y de virtudes antigotosas.
Cuando fueron creados el primer hombre y la primera mujer, éstos vivieron
felices por un tiempo; pero después comenzaron a discutir y pelearse entre
ellos, hasta que la hembra, cansada de las disputas, dejó al macho para
dirigirse hacia la tierra del sol, en el este.
El hombre se quedó sólo y lleno de congoja, mientras la mujer seguía su camino
sin volver la vista atrás; entonces, el Sol, compadeciéndose de su infortunio,
le preguntó si todavía estaba disgustado con su mujer, a lo que él respondió que
no; y que su mayor deseo sería que ella volviese a su lado.
Para ayudar al varón, el Sol hizo brotar a lo largo del camino que recorría su
esposa llamativos zarzales llenos de moras; pero ella pasó sin prestarles
atención. Más lejos hizo brotar unas frambuesas, a las que tampoco prestó
atención. Otros arbustos y árboles diseminados por la senda y llenos de
tentadores frutos tampoco la distrajeron de su andar. Finalmente, la mujer
divisó unas plantas bajas repletas de frutos rojos, los primeros conocidos, y
que después llamaron fresas. Parando a descansar, tomó unos cuantos para comer;
en cuanto mordió la primera, volvió su vista hacia el oeste; y por primera vez,
el recuerdo de su marido acudió a su memoria, siendo incapaz de continuar hacia
delante. Mientras más frutos comía, mayor se le hacía el deseo de volver junto a
su esposo; y recogiendo todas las fresas que pudo, la mujer encaminó sus pasos
de vuelta al oeste, hasta reencontrarse con su hombre, con el que compartió los
frutos que le quedaban. Reconciliados y cogidos de la mano, regresaron juntos a
su hogar.
Maravilla
La maravilla --Calendula officinalis-- es una bonita hierba que florece
casi todo el año, excepto en la reciura del estío, si le falta el agua. Sus
llamativas flores sólo se abren con el sol; siendo precursoras de la lluvia
cuando permanecen cerradas.
Los romanos la llamaron "Flor de las calendas", en la creencia de que florece en
las calendas de cada mes. Los monjes ingleses, durante la Edad Media la
denominaron "Marigold", oro de María, porque según contaban, la virgen
María la había llevado de adorno en su pecho.
En Méjico, recibe el funesto nombre de "Flor de los muertos", siendo típica en
las tumbas de los cementerios, por la creencia de que sus doradas flores,
brotaron de la sangre de los infortunados mejicanos que cayeron víctimas por la
crueldad y el amor al oro de los primeros conquistadores españoles.
Higuera
La higuera --Ficus carica-- es un árbol frutal de no mucha altura pero de
copa ancha, por la desmedida longitud que pueden alcanzar sus ramas bajas
creciendo horizontalmente o casi. Sus frutos, los higos, son ricos en azúcares.
Se atribuye a Baco, al que se representa a veces coronado con hojas de higuera,
su creación.
Pausanias cuenta que Fítalo, un ateniense que hospedó y atendió amablemente a la
diosa Ceres cuando ésta llegó a orillas del río Céfiso, recibió como regalo la
higuera, árbol desconocido hasta entonces.
Un mito nos habla de Siceo, uno de los Titanes, que huyendo de la furia de Zeus,
pidió auxilio a su madre Rea. Ésta, escondiéndolo en el seno de la tierra lo
transformó en higuera.
Otra leyenda relata que Óxilo, célebre por la sabiduría y equidad con que reinó
en la Élide, mantuvo relaciones amorosas con una Hamadríade --ninfa arbórea--; y
que fruto de estas relaciones brotó una higuera.
Mejorana
La mejorana --Origanum majorana-- es una hierba aromática, que tomada en
infusión en pequeñas dosis ayuda a conciliar el sueño, y en grandes dosis
favorece la digestión estomacal. Se utiliza también en perfumería.
Los griegos llaman a esta planta amarakos, debido a la siguiente
historia: Amaraco, joven oficial del palacio de Cinaro, rey de Chipre, tenía a
su cuidado los tarros de perfume, a los que era muy aficionado el monarca.
Un día, trasportando los nuevos perfumes que llegaron de Oriente, por descuido o
mala intención, dejó caer los envases de vidrio que los contenían al suelo,
rompiendo todos los frascos; con lo que un gran olor invadió el palacio.
Amaraco se asustó muchísimo por las consecuencias que el suceso podía
acarrearle. Pero tan intenso era el olor, que el joven cayó al suelo perdiendo
el conocimiento.
Entonces soñó que se convertía en una planta olorosa, para librase del castigo
de su señor. Y el sueño se convirtió en realidad. Esa planta es la mejorana.
Nogal
El nogal --Juglans regia-- es un gran árbol muy apreciado por sus frutos,
las nueces, y su madera utilizada en la fabricación de muebles y para
recubrimientos.
Caria era la menor de las tres hijas de Dion, rey de Laconia. Estas hermanas
habían recibido de Apolo, como recompensa de la hospitalidad mostrada por su
padre al dios, el don de la profecía; pero con la condición de no hacer un mal
uso del divino regalo; y por supuesto, conservarse apartadas de las relaciones
amorosas.
Esta promesa la rompió Caria cuando Baco la convenció de estar enamorado de
ella. Sus hermanas mayores, celosas del éxito de su hermana pequeña, se
esforzaron para que no se produjeran los encuentros con el dios de las viñas.
Baco, como venganza, las convirtió en rocas. A su amada la transformó en nogal,
cuyo fruto era considerado por los antiguos, como consecuencia de esas intrigas,
en un poderoso amuleto para promover el amor.
Pasionaria
La pasionaria --Passiflora caerulea-- es una enredadera ornamental o de
frutos comestibles de origen americano cuyas flores recuerdan los instrumentos
de la pasión de Cristo.
Dolor por la muerte de Cristo
Una joven doncella de Jerusalén, seguidora de Jesucristo, se enteró por sus
amigas de que éste se encontraba en la ciudad. La muchacha fue a escucharle para
aprender con sus enseñanzas. Pero, con mucho disgusto y dolor en su corazón, no
pudo hacerlo, pues supo que iban a crucificarlo. Muy apenada se dispuso a
acompañarle al Calvario para ver si durante el camino podía ayudarle de alguna
manera.
Cuando la chica vio que a Jesús le colocaban una corona de espinas sobre la
cabeza, tuvo un dolor tan profundo que ella misma sentía como si las espinas se
le clavaran en su corazón.
Después, los llorosos ojos de la doncella vieron con gran pavor como a su
admirado maestro le clavaban los tres clavos para colgarlo de la cruz. La pobre
chica tuvo tan fuerte impresión, que de nuevo sintió como si se los clavaran a
ella.
Y al escuchar las siete palabras que Jesucristo pronunció desde la cruz antes de
expirar, le pareció notar que aquellas le atravesaban los oídos como si fuesen
espadas que llegaban hasta lo más hondo de su alma.
Tanto dolor y tanto sufrimiento padeció, que no pudiendo resistirlo más, la
hicieron convertirse en una flor al mismo pie de la cruz, conservando en su
corazón la corona de espinas, los tres clavos y las siete palabras en forma de
espadas.
Y la joven muchacha, convertida desde entonces en flor, conservó en ella los
símbolos, como recordatorio a la humanidad, del sufrimiento de su maestro. Desde
entonces se la conoció como flor de la pasión.
Maracuyá
Maracuyá era una hermosa moza, hija de un renombrado capitán murciano apellidado
López de Serna, que había llegado a América en busca de gloria y fortuna. Por
supuesto que Maracuyá no era su verdadero nombre; así la llamaba su amante, un
hechicero de la región, al que la joven correspondía con pasión.
El brujo y la muchacha tenían que verse a escondidas, ya que su padre nunca
hubiera permitido que esto ocurriese. El capitán, muy cristiano, consideraba al
brujo un hereje que no se sometía a la doctrina de la iglesia, viendo en el
indio, además, a su peor enemigo.
Hasta que un día, un nefasto día para los desventurados amantes, el padre de la
chica decidió desposarla con un apuesto marinero de su raza que la amaba, y la
había solicitado en matrimonio; aunque sólo recibía de ella desplantes e
indiferencia.
Desde entonces, Maracuyá se sentía cada día más desdichada. No sólo no podía
negarse al matrimonio, sino que además era imposible revelar sus secretos
amoríos. Poco a poco los encuentros de los amantes se hicieron más espaciados,
pues el intolerable padre comenzaba a sospechar que su querida hija le ocultaba
alguna cosa, ya que no correspondía a las muestras de amor de su prometido.
Pasaron las semanas, y el mago cada día la esperaba oculto entre las sombras de
la selva; aunque a veces, pasaban días sin que la muchacha se presentara, pues
no podía burlar la vigilancia del capitán ni de su novio oficial, que también
sospechaba que ella ocultaba algo.
Una noche en que la moza consiguió burlar la vigilancia de los dos, no encontró
al brujo en el sitio que acostumbraban a reunirse. Tampoco escuchó la flauta que
él tocaba para orientarla en la oscuridad. Desolada, Maracuyá fue en busca de su
amante la noche siguiente, y la otra, y otras cuantas más, pero el joven
hechicero no aparecía por ninguna parte. Desesperada por la incertidumbre y
temiendo lo peor, su mirada se tornó triste y melancólica, dejó de comer y
comenzó a demacrarse y decaer pues con nadie podía comentar su profundo dolor,
acrecentando esto su desazón.
Una tarde en que la joven se hallaba junto al río, contemplando con tristeza un
hermoso atardecer, apareció a su vera una viejecita, que le dijo que era la
madre de su amado brujo, y que venía a ponerle en antecedentes de lo que había
sucedido con su hijo.
--Ya sabía desde hace tiempo --dijo la ancciana india-- tus relaciones con mi
hijo; pero tengo malas noticias. Tu padre ordenó matar a tu amante, pensando que
sería la única forma de olvidarte de él.
Destrozada por el dolor, Maracuyá siguió a la vieja hasta donde estaba enterrado
el hechicero, donde después de rezar una plegaria, cavó una profunda tumba al
costado de la de su amado; y a continuación, se clavó un cuchillo en el corazón,
muriendo al instante.
La anciana, llena de pena por el dolor de la doble muerte, depositó el cuerpo de
la joven junto al de su propio hijo. Cuando días más tarde acudió a visitar la
tumba, observó con sorpresa que brotaban de ella dos plantas que nunca antes
había visto. Se trataba de dos enredaderas de hojas verdes y lustrosas, cuyos
troncos, estrechamente entrelazados, sostenían flores rojas, amarillas y azules,
y frutos anaranjados, de pulpa rojiza y sabor agridulce.
La india comprendió lo sucedido y bautizó a la planta con el nombre que su hijo
le había dado a su amada, y que murió por él: Maracuyá.
Cuando lo sucedido llegó a oídos del misionero jesuita que predicaba en la
región, fue a visitar la tumba de los amantes, y contemplando las flores, su
imaginación le hizo ver en ellas los símbolos de la pasión de Jesús, y sin nada
mejor que hacer, españolizó el nombre por el de flor de la pasión.
La rosa de pasión (Texto original de Gustavo Adolfo Bécquer)
Una tarde de verano, y en un jardín de Toledo, me refirió esta singular historia
una muchacha muy buena y muy bonita.
Mientras me explicaba el misterio de su forma especial, besaba las hojas y los
pistilos que iba arrancando uno a uno de la flor que da a su nombre esta
leyenda.
Si yo la pudiera referir con el suave encanto y la tierna sencillez que tenía en
su boca, os conmovería como a mí me conmovió la historia de la infeliz Sara.
Ya que esto no es posible, ahí va lo que de esa tradición se me acuerda en este
instante.
I
En una de las callejas más oscuras y tortuosas de la ciudad imperial, empotrada
y casi escondida entre la alta torre morisca de una antigua parroquia muzárabe y
los sombríos y blasonados muros de una casa solariega, tenía hace muchos años su
habitación raquítica, tenebrosa y miserable como su dueño, un judío llamado
Daniel Leví.
Era este judío rencoroso y vengativo como todos los de su raza, pero más que
ninguno engañador e hipócrita.
Dueño, según los rumores del vulgo, de una inmensa fortuna, veíasele, no
obstante, todo el día acurrucado en el sombrío portal de su vivienda,
componiendo y aderezando cadenillas de metal, cintos viejos o guarniciones
rotas, con las que traía un gran tráfico entre los truhanes del Zocodover las
revendedoras del Postigo y los escuderos pobres.
Aborrecedor implacable de los cristianos y de cuanto a ellos pudiera pertenecer,
jamás pasó junto a un caballero principal o un canónigo de la primada sin
quitarse una y hasta diez veces el mugriento bonetillo que cubría su cabeza
calva y amarillenta, ni acogió en su tenducho a uno de sus habituales
parroquianos sin agobiarle a fuerza de humildes salutaciones acompañadas de
aduladoras sonrisas.
La sonrisa de Daniel había llegado a hacerse proverbial en toda Toledo, y su
mansedumbre a prueba de las jugarretas más pesadas y las burlas y rechiflas de
sus vecinos, no conocía límites.
Inútilmente los muchachos, para desesperarte, tiraban piedras a su tugurio; en
vano los pajecillos y hasta los hombres de armas del próximo palacio pretendían
aburrirle con los nombres más injuriosos o las viejas devotas de la feligresía
se santiguaban al pasar por el dintel de su puerta como si viesen al mismo
Lucifer en persona. Daniel sonreía eternamente con una sonrisa extraña e
indescriptible. Sus labios delgados y hundidos se dilataban a la sombra de su
nariz desmesurada y corva como el pico de un aguilucho; y aunque de sus ojos
pequeños, verdes, redondos y casi ocultos entre las espesas cejas brotaba una
chispa de mal reprimida cólera, seguía impasible golpeando con su martillito de
hierro el yunque donde aderezaba las mil baratijas mohosas y, al parecer, sin
aplicación alguna de que se componía su tráfico.
Sobre la puerta de la casucha del judío y dentro de un marco de azulejos de
vivos colores, se abría un ajimez árabe, resto de las antiguas construcciones de
los moros toledanos. Alrededor de las caladas franjas del ajimez, y enredándose
por la columnilla de mármol que lo partía en dos huecos iguales, subía desde el
interior de la vivienda una de esas plantas trepadoras que se mecen verdes y
llenas de savia y lozanía sobre los ennegrecidos muros de los edificios
ruinosos.
En la parte de la casa que recibía una dudosa luz por los estrechos vanos de
aquel ajimez, único abierto en el musgoso y grieteado paredón de la calleja,
habitaba Sara, la hija predilecta de Daniel.
Cuando los vecinos del barrio pasaban por delante de la tienda del judío y veían
por casualidad a Sara tras de las celosías de su ajimez morisco y a Daniel
acurrucado junto a su yunque, exclamaban en alta voz admirados de las
perfecciones de la hebrea: -¡Parece mentira que tan ruin tronco haya dado de sí
tan hermoso vástago!
Porque, en efecto, Sara era un prodigio de belleza. Tenía los ojos grandes y
rodeados de un sombrío cerco de pestañas negras, en cuyo fondo brillaba el punto
de luz de su ardiente pupila, como una estrella en el ciclo de una noche oscura.
Sus labios, encendidos y rojos, parecían recortados hábilmente de un paño de
púrpura por las invisibles manos de una hada. Su tez blanca, pálida y
transparente como el alabastro de la estatua de un sepulcro. Contaba apenas diez
y seis años, y ya se veía grabada en su rostro esa dulce tristeza de las
inteligencias precoces y ya hinchaban su seno y se escapaban de su boca esos
suspiros que anuncian el vago despertar del deseo.
Los judíos más poderosos de la ciudad, prendados de su maravillosa hermosura, la
habían solicitado para esposa; pero la hebrea, insensible a los homenajes de sus
adoradores y a los consejos de su padre, que la instaba para que eligiese un
compañero antes de quedar sola en el mundo, se mantenía encerrada en un profundo
silencio, sin dar más razón de su extraña conducta que el capricho de permanecer
libre. Al fin un día, cansado de sufrir los desdenes de Sara y sospechando que
su eterna tristeza era indicio cierto de que su corazón abrigaba algún secreto
importante, uno de sus adoradores se acercó a Daniel y le dijo:
-- ¿Sabes, Daniel, que entre nuestros hermmanos se murmura de tu hija?
El judío levantó un instante los ojos de su yunque, suspendió su continuo
martilleo y, sin mostrar la menor emoción, preguntó a su interpelante:
-- ¿Y qué dicen de ella?
--Dicen --prosiguió su interlocutor--, diccen... qué sé yo... muchas cosas...
Entre otras, que tu hija está enamorada de un cristiano...-Al llegar a este
punto, el desdeñado amante de Sara se detuvo para ver el efecto que sus palabras
hacían en Daniel.
Daniel levantó de nuevo sus ojos, le miró un rato fijamente sin decir palabra, y
bajando otra vez la vista para seguir su interrumpida tarea, exclamó:
-- ¿Y quien dice que eso no es una calumniia?
--Quien los ha visto conversar más de una vez en esta misma calle, mientras tú
asistes al oculto sanedrín de nuestros rabinos --insistió el joven hebreo
admirado de que sus sospechas primero y después sus afirmaciones no hiciesen
mella en el ánimo de Daniel.
Éste, sin abandonar su ocupación, fija la mirada en el yunque, sobre el que
después de dejar a un lado el martillo se ocupaba en bruñir el broche de metal
de una guarnición con una pequeña lima, comenzó a hablar en voz baja y
entrecortada, como si maquinalmente fuese repitiendo su labio las ideas que
cruzaban por su mente.
-- ¡Je! ¡je! ¡je! --decía riéndose de una manera extraña y diabólica--. ¿Conque
a mi Sara, al orgullo de la tribu, el báculo en que se apoya mi vejez, piensa
arrebatármela un perro cristiano?... ¿Y vosotros creéis que lo hará? ¡Je! ¡je!
--continuaba siempre hablando para sí y siiempre riéndose, mientras la lima
chirriaba cada vez con más fuerza, mordiendo el metal con sus dientes de
acero--. ¡Je! ¡Je! Pobre Daniel, dirán los míos, ¡ya chochea! ¿Para qué quiere
ese viejo moribundo y decrépito esa hija tan hermosa y tan joven, si no sabe
guardarla de los codiciosos ojos de nuestros enemigos?... ¡Je! ¡je! ¡je! ¿Crees
tú por ventura que Daniel duerme? ¿Crees tú por ventura que si mi hija tiene un
amante... que bien puede ser, y ese amante es cristiano y procura seducirla, y
la seduce, que todo es posible, y proyecta huir con ella, que también es fácil,
y huye mañana, por ejemplo, lo cual cabe dentro de lo humano, crees tú que
Daniel se dejará así arrebatar su tesoro, crees tú que no sabrá vengarse?
--Pero --exclamó interrumpiéndole el jovenn--, ¿sabéis acaso?...
--Sé --dijo Daniel levantándose y dándole un golpecito en la espalda--, sé más
que tú, que nada sabes ni nada sabrías si no hubiese llegado la hora de decirlo
todo... Adiós; avisa a nuestros hermanos para que cuanto antes se reúnan. Esta
noche, dentro de una o dos horas, yo estaré con ellos. ¡Adiós!
Y esto diciendo, Daniel empujó suavemente a su interlocutor hacia la calle,
recogió sus trabajos muy despacio y comenzó a cerrar con dobles cerrojos y
aldabas la puerta de la tiendecilla.
El ruido que produjo ésta al encajarse rechinando sobre sus premiosos goznes,
impidió al que se alejaba oír el rumor de las celosías del ajimez que en aquel
punto cayeron de golpe, como si la judía acabara de retirarse de su alféizar.
II
Era noche de Viernes Santo, y los habitantes de Toledo, después de haber
asistido a las tinieblas en su magnífica catedral, acababan de entregarse al
sueño, o referían al amor de la lumbre consejas parecidas a la del Cristo de la
Luz, que robado por unos judíos, dejó un rastro de sangre por el cual se
descubrió el crimen, o la historia del Santo Niño de la Guarda, en quien los
implacables enemigos de nuestra fe renovaron la cruel Pasión de Jesús. Reinaba
en la ciudad un silencio profundo: interrumpido a intervalos, ya por las lejanas
voces de los guardias nocturnos que en aquella época velaban en derredor del
alcázar, ya por los gemidos del viento que hacía girar las veletas de las torres
o zumbaba entre las torcidas revueltas de las calles, cuando el dueño de un
barquichuelo que se mecía amarrado a un poste cerca de los molinos, que parecen
como incrustados al pie de las rocas que baña el Tajo y sobre las que se asienta
la ciudad, vio aproximarse a la orilla, bajando trabajosamente por uno de los
estrechos senderos que desde lo alto de los muros conducen al río, a una persona
a quien al parecer aguardaba con impaciencia.
-- ¡Ella es! --murmuró entre dientes el baarquero--. ¡No parece sino que esta
noche anda revuelta toda esa endiablada raza de judíos!... ¿Dónde diantres se
tendrán dada cita con Satanás, qué todos acuden a mi barca teniendo tan cerca el
puente?... No, no irán a nada bueno, cuando así evitan toparse de manos a boca
con los hombres de armas de San Servando...; pero, en fin, ello es que me dan
buenos dineros a ganar, y a su alma su palma, que yo en nada entro ni salgo.
Esto diciendo el buen hombre, sentándose en su barca aparejó los remos, y cuando
Sara, que no era otra la persona a quien al parecer había aguardado hasta
entonces, hubo saltado al barquichuelo, soltó la amarra que lo sujetaba y
comenzó a bogar en dirección a la orilla opuesta.
-- ¿Cuántos han pasado esta noche? --preguuntó Sara al barquero apenas se
hubieron alejado de los molinos y como refiriéndose a algo de que ya habían
tratado anteriormente.
--Ni los he podido contar --respondió el iinterpelado--; ¡un enjambre! Parece que
esta noche será la última que se reúnen.
-- ¿Y sabes de qué tratan y con qué objetoo abandonan la ciudad a estas horas?
-- Lo ignoro...; pero ello es que aguardann a alguien que debe de llegar esta
noche... Yo no sé para qué le aguardarán, aunque presumo que para nada bueno.
Después de este breve diálogo, Sara se mantuvo algunos instantes sumida en un
profundo silencio y como tratando de coordinar sus ideas. --No hay duda
--pensaba entre sí--; mi padre ha sorprenddido nuestro amor y prepara alguna
venganza horrible. Es preciso que yo sepa adónde van, qué hacen, qué intentan.
Un momento de vacilación podría perderle.
Cuando Sara se puso un instante de pie, y como para alejar las horribles dudas
que la preocupaban se pasó la mano por la frente, que la angustia había cubierto
de un sudor glacial, la barca tocaba a la orilla opuesta.
--Buen hombre --exclamó la hermosa hebrea arrojando algunas monedas a su
conductor y señalando un camino estrecho y tortuoso que subía serpenteando por
entre las rocas--, ¿es ese el camino que siguen?
--Ese es, y cuando llegan a la Cabeza del Moro desaparecen por la izquierda.
Después el diablo y ellos sabrán adónde se dirigen --respondió el barquero.
Sara se alejó en la dirección que éste le había indicado. Durante algunos
minutos se le vio aparecer y desaparecer alternativamente entre aquel oscuro
laberinto de rocas oscuras y cortadas a pico: después, y cuando hubo llegado a
la cima llamada la Cabeza del Moro, su negra silueta se dibujó un instante sobre
el fondo azul del cielo, y por último desapareció entre las sombras de la noche.
III
Siguiendo el camino donde hoy se encuentra la pintoresca ermita de la Virgen del
Valle, y como a dos tiros de ballesta del picacho que el vulgo conoce en Toledo
por la Cabeza del Moro, existían, aún en aquella época los ruinosos restos de
una iglesia bizantina, anterior a la conquista de los árabes.
En el atrio que dibujaban algunos pedruscos diseminados por el suelo, crecían
zarzales y hierbas parásitas, entre los que yacían medio ocultos, ya el
destrozado capitel de una columna, ya un sillar groseramente esculpido con hojas
entrelazadas, endriagos horribles y grotescos, e informes figuras humanas. Del
templo sólo quedaban en pie los muros laterales y algunos arcos rotos y
cubiertos de hiedra.
Sara, a quien parecía guiar un sobrenatural presentimiento, al llegar al punto
que le había señalado su conductor, vaciló algunos instantes, indecisa acerca
del camino que debía seguir; pero, por último, se dirigió con paso firme y
resuelto hacia las abandonadas ruinas de la iglesia.
En efecto, su instinto no la había engañado. Daniel, que ya no sonreía. Daniel,
que no era ya el viejo débil y humilde, sino que antes bien, despidiendo cólera
de sus pequeños y redondos ojos, parecía animado del espíritu de la venganza,
rodeado de una multitud como él, ávida de saciar su sed de odio en uno de los
enemigos de su religión, estaba allí y parecía multiplicarse dando órdenes a los
unos, animando en el trabajo a los otros, disponiendo, en fin, con una horrible
solicitud los aprestos necesarios para la consumación de la espantosa obra que
había estado meditando días y días mientras golpeaba impasible el yunque en su
covacha de Toledo.
Sara, que a favor de la oscuridad había logrado llegar hasta el atrio de la
iglesia, tuvo que hacer un esfuerzo para no arrojar un grito de horror al
penetrar en su interior con la mirada. Al rojizo resplandor de una fogata que
proyectaba la forma de aquel círculo infernal en los muros del templo, había
creído ver que algunos hacían esfuerzos por levantar en alto una pesada cruz,
mientras otros tejían una corona con las ramas de los zarzales o aplastaban
sobre una piedra las puntas de los enormes clavos de hierro. Una idea espantosa
cruzó por su mente; recordó que a los de su raza los habían acusado más de una
vez de misteriosos crímenes; recordó vagamente la aterradora historia del Niño
Crucificado, que ella hasta entonces había creído una grosera calumnia,
inventada por el vulgo para apostrofar y zaherir a los hebreos.
Pero ya no le cabía duda alguna; allí, delante de sus ojos, estaban aquellos
horribles instrumentos de martirio, y los feroces verdugos sólo aguardaban la
víctima.
Sara, llena de una santa indignación, rebosando en generosa ira y animada de esa
fe inquebrantable en el verdadero Dios que su amante le había revelado, no pudo
contenerse a la vista de aquel espectáculo, y rompiendo por entre la maleza que
la ocultaba, presentose de improviso en el dintel del templo.
Al verla aparecer, los judíos arrojaron un grito de sorpresa; y Daniel, dando un
paso hacia su hija en ademán amenazante, le preguntó con voz ronca: -- ¿Qué
buscas aquí, desdichada?
--Vengo a arrojar sobre vuestras frentes ---dijo Sara con voz firme y resuelta--
todo el baldón de vuestra infame obra, y vengo a deciros que en vano esperáis la
víctima para el sacrificio, si ya no es que intentáis cebar en mí vuestra sed de
sangre; porque el cristiano a quien aguardáis no vendrá, porque yo le he
prevenido de vuestras asechanzas.
-- ¡Sara! --exclamó el judío rugiendo de ccólera--, Sara, eso no es verdad; tú no
puedes habernos hecho traición hasta el punto de revelar nuestros misteriosos
ritos; y si es verdad que los has revelado, tú no eres mi hija...
--No; ya no lo soy: he encontrado otro paddre, un padre todo amor para los suyos,
un padre a quien vosotros enclavasteis en una afrentosa cruz, y que murió en
ella por redimirnos, abriéndonos para una eternidad las puertas del cielo. No;
ya no soy vuestra hija, porque soy cristiana y me avergüenzo de mi origen.
Al oír estas palabras, pronunciadas con esa enérgica entereza que sólo pone el
cielo en boca de los mártires, Daniel, ciego de furor, se arrojó sobre la
hermosa hebrea, y derribándola en tierra y asiéndola por los cabellos, la
arrastró como poseído de un espíritu infernal hasta el pie de la Cruz, que
parecía abrir sus descarnados brazos para recibirla, exclamando al dirigirse a
los que les rodeaban:
--Ahí os la entrego; haced vosotros justiccia de esa infame, que ha vendido su
honra, su religión y a sus hermanos.
IV
Al día siguiente, cuando las campanas de la catedral atronaban los aires tocando
a gloria, y los honrados vecinos de Toledo se entretenían en tirar ballestazos a
los judas de paja, ni más ni menos que como todavía lo hacen en algunas de
nuestras poblaciones, Daniel abrió la puerta de su tenducho, como tenía de
costumbre, y con su eterna sonrisa en los labios comenzó a saludar a los que
pasaban, sin dejar por eso de golpear en el yunque con su martillito de hierro;
pero las celosías del morisco ajimez de Sara no volvieron a abrirse, ni nadie
vio más a la hermosa hebrea recostada en su alféizar de azulejos de colores.
Cuentan que algunos años después un pastor trajo al arzobispo una flor hasta
entonces nunca vista, en la cual se veían figurados todos los atributos del
martirio del Salvador; flor extraña y misteriosa que había crecido y enredado
sus tallos por entre los ruinosos muros de la derruida iglesia.
Cavando en aquel lugar y tratando de inquirir el origen de aquella maravilla,
añaden que se hallo el esqueleto de una mujer, y enterrados con ella otros
tantos atributos divinos como la flor tenía.
El cadáver, aunque nunca se pudo averiguar de quién era, se conservó por largos
años con veneración especial en la ermita de San Pedro el Verde, y la flor, que
hoy se ha hecho bastante común, se llama Rosa de Pasión.
Romero
El romero --Rosmarinus officinalis-- es un arbusto de la región
mediterránea, utilizado como aromatizante en cocina y, en medicina casera, para
el lavado de heridas.
Hubo un tiempo en que las abejas que vivían en las partes frías de la Tierra, se
quejaban de sus hermanas que habitaban las partes cálidas. Que si ellas
encontraban flores para libar todo el año, que si estaban más calentitas,...
Las reinas de las colmenas ya se estaban poniendo nerviosas de tanta cháchara;
así que se reunieron y, entre todas, eligieron a una representante para ir con
sus quejas a Yahvé.
La elegida se presentó ante Dios y le habló de esta manera:
--Señor todopoderoso, vengo en representacción de las abejas de los territorios
fríos para pedirte una gracia. Sabrás que durante la estación cálida las
numerosas flores se nos ofrecen para que libemos en ellas, y así producir
nuestra mejor miel. Pero cuando llegan los vientos del norte las flores se
marchan con ellos, y nosotras, faltas de ellas, tenemos dificultades para
sobrevivir.
Dios la escuchó, y comprendió la necesidad de las abejas.
--A cada paso mío brotará una planta que ddará flor cuatro veces al año. Tanto
con frío como con calor --comunicó Yahvé a la abeja.
Y tras los pasos de Dios, brotaron los romeros. Así se explica que el romero
tenga cuatro floraciones al año, y sea la planta preferida de las abejas.
Al pasar el tiempo, un frío día de invierno, la virgen María lavaba en el río
los pañales de su hijo. Cuando terminó fue a extender la colada sobre los
arbustos cercanos, pero éstos le dijeron que hacía mucho frío, y con las ropas
húmedas, aún haría más.
El romero, viendo las dificultades que tenía María, la llamó para ofrecerse como
tendedero. Hasta entonces el romero no había hecho olor alguno, y era vulgar y
poco estimado, excepto por las abejas en invierno; pero la planta, poco después
de sostener los pañales de Jesusín, cogió su olor, el cual todavía conserva.
Té
El té --Thea sinensis-- es un arbusto que se cultiva por sus hojas, que
secadas se utilizan para infusiones medicinales y refrescantes. El uso del té
como bebida fue introducido en Europa por los holandeses en el siglo XVII.
Los párpados de Daruma
Daruma, un joven monje budista, llegó al Japón con la intención de predicar la
doctrina de su maestro. Cumplida su misión y a fin de consagrar su alma
enteramente a la divinidad, hizo el voto de permanecer día y noche, sin
interrupción, en constante meditación.
Después de largos meses de permanente vigilia, llegó a estar tan agotado que
finalmente se durmió. Al despertarse por la mañana, se apenó tanto de haber roto
su voto que se cortó los párpados, y los arrojó al suelo.
Este acto no pasó desapercibido a cierto dios, que queriendo ayudar al monje
hizo brotar de sus párpados dos arbustos cuyas hojas tienen la forma de un
párpado con su correspondiente pestaña, teniendo la virtud de ahuyentar el
sueño.
Al regresar por la tarde a su lugar de meditación, el monje descubrió los dos
arbustos, desconocidos hasta la fecha. Daruma cogió unas cuantas hojas y las
masticó. Inmediatamente se sintió lleno de energía y con la mente despejada por
completo, preparado para iniciar su reflexión.
El monje la llamó té, planta que le ayudaría en sus largas horas de meditación.
Ajo
El ajo --Allium sativum--, tan querido por unos y odiado por otros, ha
sido utilizado como potente amuleto contra todo tipo de males. En la cocina es
casi insustituible.
Rajú, rey de los asuras no era un hombre feliz. Disponía de todo lo necesario:
un gran palacio, la caja del tesoro llena y el cariño de sus súbditos. Con el
poder de sus armas había vencido a sus enemigos en el campo de batalla por lo
que era considerado un valiente guerrero. Pero el rey no estaba contento. El
conocimiento de la muerte le rondaba con frecuencia por la cabeza, y él no
quería morir.
Con la fija idea de la inmortalidad en sus pensamientos, Rajú partió en busca
del elixir de la vida. Tras días de marcha, llegó a un valle; en el límite este,
sobresalía una larga estribación, coronada por el templo, excepcionalmente
hermoso, de Visnú. Por angostos senderos, un complicado laberinto le llevó hasta
la cima. La puerta dorada del santuario estaba protegida por dos feroces leones,
que saltaron sobre el rey en cuanto se apercibieron de su presencia. El polvo
negro que llevaba terminó con las fieras en un momento.
No menos impresionante era por dentro el templo del dios, con columnas de mármol
y estatuas de marfil. En el centro, sobre un círculo construido con ladrillos
triangulares, se encontraba el altar de oro y piedras preciosas.
Sin hacer caso de las joyas y objetos maravillosos que estaban a la vista, Rajú
se acercó con sigilo, evitando las trampas, hasta la mesa del altar; y del
interior del sagrario sustrajo la hornacina que contenía el elixir de la vida.
Con una carcajada triunfal, el rey levantó el frasco con el preciado líquido
como señal de victoria.
Una alarma se activó al sacar la botella de su sitio. El aviso, imperceptible
para oídos mortales, llegó al instante y con toda claridad a Visnú, el
protector, señor del santuario. El dios de cuatro brazos dejó su meditación y
llamó con urgencia a Garuda, el hombre pájaro, su medio de transporte. Con su
veloz montura rápidamente llegó a las puertas del templo.
Rajú reía de felicidad tras beber el contenido de la botella. Lanzándole el
frasco a Visnú se abalanzó hacia él. Con su mano superior izquierda, el
protector le arrojó un disco que cortó la cabeza del rey; que cayó al suelo y
rodó hasta los pies del dios, dejando un buen reguero de sangre. De un puntapié,
la tiró fuera del santuario, donde continuaba sangrando.
Dicen que esta sangre, mezclada con el elixir de la vida, se solidificó al
contacto con la tierra, brotando del suelo una planta, olorosa y picante al
gusto, que tenía el poder de alejar a los demonios y a la que llamaron ajo.
Aliso y Sauce
El aliso --Alnus glutinosa-- es un árbol de copa redondeada, sin hojas en
invierno, que se cría a orillas de los torrentes; su corteza, rica en taninos,
se utiliza en tintorería.
El sauce blanco --Salix alba-- se prodiga en las orillas de ríos y
arroyos, así como en los humedales. Por la riqueza de la corteza, las hojas y
las flores en salicina, se empleó como febrífuga; hasta que llegaron, elaborados
en laboratorio, el ácido salicílico y la aspirina.
La acrópolis entera se encontraba de fiesta; guirnaldas de flores y ramas de
mirto y olivo adornaban balcones, puertas y ventanas; los habitantes, ataviados
con sus mejores trajes, rezaban y cantaban; se celebraba el festival de las
Panateneas, en honor de la hermosa Atenea, diosa de la guerra y de las artes.
Pero vivían en aquella urbe dos ciudadanos, pescadores de profesión, a los que
la fortuna no había acompañado últimamente. Ellos se habían esforzado; cada día
al amanecer habían zarpado, echado las redes y regresado al atardecer a puerto
con pocas o ninguna captura en el barco. Parecía que el mar se hubiera quedado
sin peces, decían ellos.
En numerosas ocasiones habían dirigido sus oraciones a los dioses en demanda de
ayuda; y de manera especial, habían orientado esas plegarias a Atenea, diosa de
la ciudad. Viendo los marineros que no lograban asistencia con sus rezos, pronto
convirtieron éstos, primero en lamentaciones y luego en improperios.
El día de la festividad de la diosa aprovecharon los dos marinos, apostados a la
orilla de un río, para injuriar al cortejo, lanzándoles huevos y verdura
podrida.
Atenea, enfadada con los impíos que despreciaban sus ritos, los castigó por ese
crimen sujetándoles los pies. Y para dar ejemplo de su comportamiento y mala
devoción, los transformó.
Los pescadores echaron raíces, y se alzaron como árboles: uno se convirtió en
aliso, y el otro en sauce. Aun hoy palidecen sus hojas, extendiendo su
melancólica sombra por los arroyos, como conscientes de su falta, con ranas
croando a su alrededor, lanzándoles mensajes de reproche por haber faltado a la
diosa.
Cacahuete
El cacahuete o maní --Arachis hypogaea-- se cultiva esencialmente para la
obtención de aceite; pero también se toman, tostados o crudos, como frutos secos
en numerosas ocasiones.
En las prósperas y fértiles tierras de los criollos, vivía una pareja de brujos
indios con su hija Kuyén, una mocita de buen ver a la que instruían en sus
artes.
Habitaban las mismas regiones, en una humilde choza, aunque algo alejados y
ajenos de los hechiceros, una mujer viuda con su único hijo, Elal. Como eran tan
pobres, un día la madre, ya anciana, le dijo a su querido hijo:
--Mira muchacho, tienes que buscarte tu caamino. Ya eres un hombre; si te quedas
aquí, no serás nada.
Sumiso, aunque triste, partió Elal en busca de fortuna. Caminando por la región,
el joven vino a dar con la casa de los brujos, donde pidió trabajo.
Los hechiceros, de terrible apariencia, examinaron al muchacho con precaución;
pero eran viejos, y necesitaban limpiar de maleza el huerto para sembrar las
hierbas que necesitaban para ejercer su profesión.
--Si quitas las malas hierbas de ese campoo antes de la noche, te daremos trabajo
--dijeron a Elal, entregándole un machete,, los brujos.
El joven se habría marchado de no haber conocido a la agraciada hija de los
hechiceros, de la que quedó inmediatamente prendada. Como pudo, luchó contra la
maleza, pero el cuchillo no cortaba porque era de piedra y no estaba afilado.
Por la tarde, aprovechando que los brujos estaban en el bosque, con el pretexto
de beber agua y descansar, entró en la cabaña para conocer a Kuyén. Encontró a
la muchacha arreglando unas bolsitas hechas con redecillas de hierba, que
contenían pequeñas piedritas brillantes de color rojo, y le contó las penurias
que estaba pasando para cortar las malas hierbas.
Kuyén, acostumbrada a la soledad, agradeció la compañía de Elal, a quien
encontró muy simpático.
--Come ahora --le dijo, poniéndole un platto de sopa sobre la mesa--, y duerme la
siesta después. Yo te ayudaré, pero no digas nada a mis padres o me castigarán.
Se encontraba tan agotado, que al despertarse, la luna caía sobre el huerto,
misteriosamente libre de maleza.
De madrugada, quedaron sorprendidos los viejos al llegar a casa y ver el campo
sin malas hierbas.
--Duerme ahora muchacho --le dijeron--. Yaa hablaremos por la mañana de tu
trabajo.
Luego los brujos se pusieron a contar las piedrecillas preciosas que había
dentro de la bolsita de red. Elal pensó que aquellas piedrecillas debían ser muy
valiosas; y sin duda, eran el tesoro más preciado de los hechiceros, pues tanto
ellos como su hija se quedaban embelesados cuando las miraban. Por la mañana, le
dijeron que podría quedarse, a prueba, durante unos días, con la condición de no
intimar con su hija.
Elal se puso muy contento, no sólo había encontrado un trabajo, sino que además
estaría en contacto con la bella Kuyén. Tres meses pasaron durante los cuales,
los jóvenes hicieron buena amistad, y sin que los supieran los brujos, se
convirtieron en amantes.
Como no podía ser de otra manera, los padres se dieron cuenta de que entre los
jóvenes existía algo más que una simple amistad; entonces, queriendo deshacerse
del muchacho, le encargaron que talara los árboles que crecían a la orilla del
río antes de la noche, o tendrían que despedirlo.
El joven salió a trabajar, pero el hacha que le entregaron no era ni de acero ni
de piedra, sino de madera; y por más que se esforzaba Elal, no conseguía nada.
Cansado y furioso, entró en la casa; y nuevamente Kuyén le proporcionó alimento,
descanso y ayuda. Al levantarse, con la luna en el firmamento, ya estaban los
árboles cortados.
Cuando volvieron los hechiceros de madrugada y vieron los árboles cortados,
pensaron que Elal era un gran brujo o, quizás, que alguien le había ayudado. Por
la mañana se desharían igualmente de él.
Los amantes, intuyendo que algo malo pasaría por la mañana, decidieron escaparse
esa noche mientras los brujos dormían. Y así lo hicieron, llevándose consigo la
redecilla con las piedrecillas rojas.
Al despertar, los hechiceros descubrieron que su hija había huido con su amante,
llevándose su pequeño tesoro. Casi se vuelven locos.
Los amantes habían recorrido ya un largo camino a través de campos y montañas, e
iban pensando en lo felices que serían juntos, lejos de los antojos de los
brujos. No duró mucho su felicidad, pues cuando ya se creían a salvo, los
hechiceros, invocando su magia, lanzaron terribles conjuros en medio de
frenéticas danzas y rogativas para desatar vientos y lluvias.
De inmediato se formó un tornado, que corría en pos de los fugitivos, arrasando
a su paso todo lo que encontraba; pronto alcanzó a los jóvenes, que nada
pudieron hacer, a pesar de la magia de Kuyén.
Abrazados, los infortunados enamorados, quedaron sepultados por un espeso manto
de lodo, quedando entre medio de ellos la red con las piedras rojas.
Después de una lluvia torrencial que duró varios días, cambió el panorama, el
aire parecía cargado de sonrisas, verdeaban los campos y lucía el sol. De la
pareja de enamorados, brotó una planta, cuyos frutos estaban cubiertos con una
curiosa cáscara, que parece una redecilla, con semillas rojas en su interior.
Caña india
La caña india --Canna indica-- es una planta de vistosas flores rojas,
anaranjadas o amarillas, cultivada frecuentemente en los jardines. Los
habitantes de Birmania la consideran sagrada, y utilizan sus semillas para la
fabricación de rosarios.
Devadata, primo carnal de Buda, concibió la idea de sustituir como líder al
Iluminado al frente de la comunidad de fieles. Para llevar a cabo su plan, se
puso en contacto con el príncipe Ajatasatu; y juntos, decidieron apropiarse de
la supremacía que se les negaba.
El príncipe no tuvo problemas para liquidar a su padre; e instalarse como
soberano del reino. De acuerdo con el plan establecido, Ajatasatu dispuso a
disposición de Devadata los arqueros reales, dieciséis en total, para que
disparasen a Buda.
Estos fueron situados en diferentes lugares, de manera que al final no
sobreviviera ninguno de ellos que pudiera relatar lo sucedido. Pero cuando Buda
se aproximó al primer emboscado, éste se impresionó ante la majestuosidad del
Iluminado; y el cuerpo del entrenado guerrero no pudo reaccionar. El Maestro le
habló amablemente; y el hombre, arrojando sus armas, le confesó su intento de
asesinato. Una vez convertido en discípulo, lo envió a predicar sus enseñanzas.
Los otros arqueros, cansados de esperar, dieron por terminada la vigilia, y se
marcharon uno tras otro. De manera casual, todos convergieron hasta donde Buda
se encontraba predicando sus enseñanzas; y cautivos de su sabiduría, se
convirtieron a su causa. El primer hombre regresó a Devadata con el mensaje de
su imposibilidad de dar muerte a Buda, porque su palabra era el camino.
La fatalidad, lisonjera caricia de los amargados, no influyó en los ánimos de
Devadata en sus deseos de acceder al poder; bien al contrario, "si algo quieres
que salga bien, mejor hazlo tú mismo", y con este pensamiento decidió asesinar a
Buda por su propia mano.
Un día, cuando su enemigo paseaba por un desfiladero, le lanzó una gran roca
desde lo alto. Dos altas y picudas piedras brotaron del suelo, impidiendo el
avance de la enorme roca; pero unas esquirlas de la misma se incrustaron en los
pies de Buda, haciendo manar de ellos abundante sangre.
Fue de esta sangre, fruto del intento fallido de asesinato de Devadata, de la
que brotó la caña india.
Girasol
El girasol --Helianthus annuus-- es una planta procedente del Perú y
cultivada con fines industriales para la obtención de aceite; aunque también
dispone de algunas especies ornamentales para su cultivo en jardines.
Pirayú era el cacique de una tribu que vivía a orillas del río Paraná. En la
tribu vecina el cacique era Mandiló. Los dos eran buenos amigos; de ahí que sus
pueblos intercambiasen en paz artesanías y alimentos.
Cierto día, Mandiló tuvo la genial idea de unir a las dos tribus. Para
conseguirlo pidió en matrimonio a la hija de Pirayú.
--Para estar siempre unidos quiero casarmee con tu hija --dijo a su amigo.
--Imposible --respondió preocupado Pirayú---. Mi hija no se casará con ningún
hombre porque ha ofrecido su vida al dios Sol.
Ante la incredulidad de Mandiló, Pirayú explicó que: "Carandaí, mi hija, desde
muy pequeña pasa las horas contemplando el sol. Sólo vive para él. Por eso los
días nublados la ponen tan triste".
Mandiló se alejó disgustado y prometiendo venganza. Los días pasaron hasta que
cierta vez navegaba Carandaí, la hija de Pirayú, con su canoa contemplando la
caída del sol en medio del río cuando, de pronto, vio resplandores de fuego
sobre su aldea. Remó rápidamente hacia la orilla, pero cuando intentó
desembarcar, unas gruesas madera trabaron sus movimientos.
-- ¡Ahí estás!, tendrás que pedirle a tu ddios que te libere de mi venganza
--gritó Mandiló, lanzándose sobre ella.
-- ¡Oh, Cuarahjí! ¡Mi querido sol! --susurrró Carandaí--. No permitas que Mandiló
acabe conmigo y mi pueblo. No lo permitas mi dios...
Y no había terminado de hablar cuando Cuarajhí, el sol, envió a la joven un
remolino de rayos tan potentes que la envolvieron y la hicieron desaparecer de
la vista de Mandiló.
Allí donde había estado Carandaí, brotó una planta esbelta y hermosa con una
flor dorada que, al igual que la princesa siguió siempre, con su cara al cielo,
el rumbo del sol.
Celinda
La celinda --Philadelphus coronarius-- es un arbusto ramoso de tallos
rectos y delgados y bonitas flores blancas. Sus ramas son utilizadas por los
turcos para la fabricación de flautas; los antiguos médicos griegos, también se
sirvieron de ellas para inyectar medicación a sus pacientes o para extraerles la
sangre.
Siringa era una ninfa de la Arcadia, famosa por su belleza y su destreza con el
arco. Había consagrado su virginidad a la diosa Artemisa y, vestida como ella,
recorría los bosques cazando con un arco de cuerno. La vida transcurría plácida
y tranquila para la entregada y virtuosa ninfa hasta que un día Pan, mitad
hombre, mitad macho cabrío, lleno de arrugas y con larga y rala barba, se cruzó
en su camino.
Lo que para Siringa era un encuentro desafortunado, era todo un goce para los
ojos de Pan. El dios de los pastores, acompañado de su fiel perro, dormía
plácidamente la siesta cuando le despertaron los sigilosos pasos de la cazadora
que seguía a una presa. Pan era un dios con gran ardor lascivo que perseguía a
muchachas y ninfas, y comenzó a hacerle la corte a Siringa para conseguir sus
favores.
La ninfa, devota y fiel seguidora de su orden, había rechazado no sólo a humanos
y sátiros sino también a cuantos dioses hospedan el feroz campo y la sombreada
espesura; y claro, no iba a ser aquel tipo tan feo quien la hiciera perder la
virginidad que había entregado libremente a la diosa. Se marchó con paso ligero,
huyendo de las lisonjeras palabras de Pan.
Pero Pan la persiguió, y Siringa corrió desesperada en busca de ayuda. Con su
prodigiosa agilidad de cabra, el dios pronto dio alcance a la ninfa a quien
acorraló a orillas del río.
Siringa, viéndose perdida, rogó a las ninfas que la ayudaran. Sus hermanas,
haciendo uso de la magia, mutaron a la bella ninfa. Cuando Pan la abraza,
sorprendido, se encuentra que en vez del cuerpo de la hembra, son un manojo de
cañas lacustres lo que sus brazos sostienen.
Mientras el lascivo Pan suspira, complaciéndose a sí mismo, el viento, entre los
tallos del nuevo arbusto, efectuó un sonido tenue, semejante al de quien se
lamenta. La dulzura de esa voz cautivó al dios, que creyó reconocer en ella la
voz de la triste Siringa. Para inmortalizar su encuentro con la ninfa, cortó el
dios algunos de sus ramas, e hizo con ellas siete tubos de desigual tamaño,
soplándolos paralelamente. Construyó así, el caramillo, o flauta pastoril, de la
que poniéndose a tocar, extrajo dulcísimos sonidos llenos de armonía.
Encina y Tilo
La encina --Quercus Ilex-- es un árbol típico de la región mediterránea.
Sus frutos, las bellotas, constituyen un excelente alimento para el ganado de
cerda, dando al jamón serrano su exquisito aroma.
El tilo --Tilia platyphyllos-- es un árbol de buen porte y tupido
follaje, que da sombra impenetrable durante el verano. Sus flores se utilizan en
infusión para calmar la excitación nerviosa.
Júpiter y Mercurio, disfrazados de humanos, recorrían Frigia. Se dirigieron en
busca de alojamiento para descansar a las casas que encontraban a su paso, pero
las puertas les fueron cerradas. Sólo una pequeña casa, en lo alto de una loma,
hecha de paja y cañas del pantano, habitada por los ancianos Filemón y Baucis,
les recibió.
Los viejos acomodaron a los viajeros como buenamente pudieron, invitándoles a
cenar con ellos los escasos alimentos de que disponían. Pronto los ancianos se
dieron cuenta de que algo extraño ocurría; pues la jarra de vino no se terminaba
nunca.
Baucis y Filemón, atónitos y espantados ante lo inaudito, con las manos
levantadas, elevan plegarias y piden perdón por la insignificancia de los
alimentos y del servicio. Tenían un solo ganso, que era el guardián de la
humildísima granja y se dispusieron a sacrificarlo; pero el animal los burló,
refugiándose entre los dioses, quienes, dándose a conocer, prohibieron que se le
matara.
--Somos dioses, y esta comarca impía va a pagar el castigo que se merece
-dijeron--. A vosotros se os concederá queedar a salvo de esta catástrofe.
Abandonad al punto vuestra morada, seguid nuestros pasos y venid con nosotros a
lo alto de la montaña.
Al llegar a la cima de la montaña, volvieron la mirada y advirtieron que todo
había quedado sumergido bajo una laguna a excepción de su choza, convertida en
un templo.
Entonces Júpiter les preguntó qué deseaban. Los ancianos, tras consultar un
breve momento entre ellos pidieron a los dioses quedarse como sacerdotes de
aquel santuario, y que la muerte se los llevara a los dos al mismo tiempo.
La petición les fue concedida; y cuando ya exhaustos por los años de la vejez,
se encontraban subiendo la escalinata del templo, vio Baucis que a Filemón le
salían hojas y el viejo vio que le salían a su esposa. Cuando la copa arbórea va
creciendo e invadiendo ya los dos rostros, los ancianos se despiden; y al mismo
tiempo, la corteza cubrió e hizo desaparecer sus bocas. Filemón se había
transformado en encina, como símbolo de la virilidad, y Baucis quedó convertida
en tilo, como símbolo del matrimonio.
Hiedra
La hiedra --Hedera helix-- es una planta trepadora venenosa. Se afirma
que Cissos (hiedra en griego) era el nombre de Baco niño que, abandonado por su
madre Sémele, habiéndose ocultado bajo la hiedra le habría dado su propio
nombre.
Otro mito helénico hace de Ciso el hijo de Baco, quien, mientras danzaba para su
padre, tuvo un tropezón y cayó al suelo produciéndose una herida en la cabeza
que le causó la muerte. Gea, la madre tierra, compadeciéndose de él, lo
convirtió en hiedra. El dios Baco, después de esta desgracia, añadió a su corona
de hojas de vid, las hojas de hiedra.
Col
La col --Brassica oleracea-- es una planta que comemos desde tiempo
inmemorial, rica en vitamina C. Se cree existe un odio capital entre la vid y la
col, de manera que plantada ésta cerca de aquélla, la debilita de tal manera que
no consigue crecer. Por eso, Catón el Viejo y Andrócides decían que las coles
eran un buen antídoto contra los excesos de la bebida.
Los edones, pueblo de Tracia, tenían como dios a Baco, y en su honor celebraban
grandes bacanales. Licurgo, su rey, veía con amargura como sus siervos dejaban
de trabajar, pues estaban la mayor parte del tiempo borrachos. Para ponerle
solución instauró la primera ley seca, prohibiendo el alcohol en todo su
territorio.
Algunos súbditos se pasaron por alto aquella absurda, decían ellos, ley; y
continuaron con sus jolgorios.
Licurgo, muy enfadado, los persiguió incansablemente. Y para hacer más efectiva
su orden, arrasó todas las vides que había en la zona.
Uno de los últimos seguidores del rito báquico clamó venganza a su dios. Baco
quedó muy disgustado al ver la destrucción de las viñas y su culto casi
extinguido. En venganza, con sus poderes, enloqueció a Licurgo, que mató de un
hachazo a su hijo, tomándolo por un pie de vid.
Cuando recuperó la conciencia, Licurgo lloró amargamente la pérdida de su hijo.
Pero Baco, no contento con el duro castigo, hizo que de sus lágrimas naciera una
planta que serviría como remedio infalible contra las resacas. Y así brotaron
las coles.
Laurel
El laurel --Laurus nobilis-- es un árbol típico de la flora mediterránea,
considerado antiguamente como sagrado y símbolo de gloria y sapiencia;
actualmente muy cultivado como ornamental. Las hojas, ricas en aceites
aromáticos, se utilizan en algunos guisos.
Dafne fue el primer amor de Apolo, pero no fue el azar lo que le hizo enamorarse
perdidamente, sino la malicia de Cupido.
Apolo vio al niño jugando con su arco y sus flechas. Todo enervado por su
reciente victoria ante la serpiente Pitón, le quitó las armas de las manos
diciéndole:
-- ¿Qué haces tú jugando con las armas de los mayores, pequeñín? Deja ese arco
en manos que puedan manejarlo. Con él he matado a la serpiente gigante.
Confórmate con tus juguetes, niño.
El hijo de Venus, al escuchar esas palabras, lleno de cólera, le replicó:
--Tus saetas pueden clavarse en cualquier cosa, Apolo, pero mis flechas se
clavarán en ti.
Diciendo esto se marchó rasgando el aire a golpes de sus alas hasta la cima del
monte Parnaso y posándose de pie, tomó dos dardos de signos opuestos de su
carcaj: uno ahuyentaba y el otro causaba el amor. De oro era el que lo causaba y
en su punta pedía ayuda. El que lo ahuyentaba tenía la punta aguda bajo la caña
de plomo.
En Dafne se clavó el de plomo. Sólo un leve rasguño le produjo el dardo de oro a
Apolo, pero la sensación fue tan intensa, que sintió un dolor tan profundo que
le atravesó hasta los huesos para llegar a la médula.
En seguida, el uno amó y la otra, que gozaba de las guaridas, de las espesuras y
de la caza, huyó despavorida del nombre del amante, como siempre había huido de
todos los hombres, pues había prometido su virginidad a Diana. Su padre le había
dicho muchas veces "un nieto me debes, hija", y ella apartaba la cara
ruborizándose, pero calmada se abrazaba a su cuello y le decía que le concediera
disfrutar de una eterna virginidad. Tiresias, su padre, cediendo, la consagró a
Diana.
Apolo, perdidamente enamorado y con ardientes deseos de conseguirla, le propuso
matrimonio. Él, que daba oráculos a todo el mundo, no se atrevió a consultar el
suyo propio. Mirando el desordenado cabello que le caía a la ninfa sobre los
hombros se dijo:
-- ¿Si es tan bonito alborotado, como seráá cuando se peine?
Después vio sus ojos brillantes como estrellas y sus carnosos labios, no se
sintiéndose satisfecho con sólo mirar. Admiraba sus manos y sus brazos desnudos
hasta los hombros, suponiendo que lo que estaba oculto a la vista, aún debía de
estar mucho mejor. Él la siguió, pero ella huyó más veloz que el viento.
--Ninfa, te lo ruego, no te sigue ningún eenemigo, espera --le gritó Apolo.
Pero Dafne escapó como la cordera del lobo, la cierva del león y las palomas de
las águilas.
--El amor es para mí la causa de seguirte.. No corras tanto, no vaya a ser que te
lastimes con las zarzas o caigas de bruces al suelo. No soy un paisano del monte
ni un pastor. No sabes de quién huyes y por eso huyes. A mí me sirven los
dioses, y Jupiter es mi padre. Soy un gran músico y mío es el hallazgo de la
medicina. ¡Qué pena que ninguna de mis hierbas sane este amor que por ti siento!
Pero mientras más hablaba el dios, menos tímida era la carrera de la ninfa, que
volaba dejando atrás las palabras de Apolo. La brisa hacía vibrar sus ropas y el
viento empujaba sus cabellos hacia atrás, lo que acrecentaba su hermosura con la
huida.
El dios, sin poder resistir más, emprendió la persecución que su corazón le
dictaba. Así, uno corría por alcanzarla y otra corría para salvarse. Él era
rápido por la esperanza; ella era rauda por el temor. Aún así el la persiguió
ayudado por las alas del amor. Ella, con las fuerzas ya consumidas, palideció.
--Préstame, padre, ayuda -dijo--. Haz uso de tu poder mutándome para perder mi
figura.
Apenas la plegaria hubo concluido, un entumecimiento pesado ocupó su organismo.
Se ciñó de corteza su blanco tórax, en fronda sus pelos, en ramas sus brazos
crecieron. Los pies, hacía poco tan veloces, con morosas raíces se prendía, su
cara se amplió para formar la copa.
Ahora ya nada quedaba de su forma anterior, excepto su belleza. También así la
amó Apolo, y abrazando el árbol, lo llenó de besos y caricias.
?Ya que no puedes ser esposa mía, mi árbol serás.
Y cortando una rama de la nueva planta, el laurel, se la colocó en la cabeza.
Una rápida mirada le hizo ver que Cupido había desaparecido.
Clemátide de hoja entera
La clemátide de hoja entera --Clematis integrifolia-- es una planta
trepadora de bonitas flores violetas. En Ucrania se la conoce con el nombre de
Tziganka (hierba de los gitanos).
Estando los tártaros en guerra con los cosacos, cuando éstos vieron la batalla
perdida, comenzaron a huir.
El hetman de los cosacos, indignado con la cobardía que mostraban, se infligió
una herida en la cabeza con la punta de su pica; con la sangre que manaba, el
poderoso hechicero convocó una tempestad que levantó por los aires a los cosacos
fugitivos y traidores.
Tras haberlos hecho trizas, mezcló sus pedazos con la tierra de los tártaros. De
esta tierra nació la hierba Tziganka.
Pero las almas de los cosacos, infortunadas al sentir que sus huesos se
mezclaban con tierra extranjera, rogaron a Dios que fuera a sembrarlos en
Ucrania, donde las jóvenes mozas recogerían la clemátide de hoja entera para
tejerse guirnaldas con que adornar sus bonitos cuerpos. Dios, ante este ruego
tan patriótico, accedió a sus deseos.
Maíz
El maíz --Zea mays-- es una planta gramínea procedente de América
tropical, introducida en Europa por Cristóbal Colón y muy cultivada en las zonas
templadas. Las semillas de maíz son empleadas para la fabricación de aceites y
productos alimenticios.
La visión de Wunzh
En un bonito valle, vivía un indio con su mujer y sus hijos. Era un hombre pobre
que tenía dificultades para proveer de suficiente comida a su familia. A pesar
de sus problemas económicos, era un padre amable que siempre daba gracias al
Gran Espíritu por todo lo que recibía. Su hijo mayor, Wunzh, era tan bueno como
su padre, siendo su mayor deseo poder hacer algo grande por su familia y su
pueblo.
Al joven le llegó la hora en las que los muchachos de la tribu ayunaban para
tener una visión del Espíritu que les guiaría el resto de sus vidas. Su padre le
construyó una pequeña choza aparte, para que pudiera descansar sin ser molestado
durante los días de abstinencia de la prueba. Y Wunzh comenzó el solemne rito.
El primer día paseó solo por el bosque mirando las flores y las plantas,
llenando su mente con bellas imágenes de cómo hacer brotar las cosas para así,
quizás poderlo ver en sus sueños. Observó como las hierbas y flores crecían, y
aprendió que algunas eran buenas para comer y otras servían para sanar heridas y
curar enfermedades. Una gran ansiedad, mayor de la que sentía, por ayudar a su
familia y su tribu se apoderó de su corazón.
--En verdad -pensó--, el Gran Espíritu creea todas las cosas. A él le debemos
nuestras vidas. Pero, ¿no podría facilitarnos las cosas para obtener otra comida
que sólo pescar y cazar? Debo encontrar un camino en mi visión para solucionar
el problema.
Con estos pensamientos, Wunzh regresó a su tienda hambriento y soñoliento. Al
tercer día se sentía débil y mareado, teniendo su primera visión. En ella un
bravo guerrero bajaba del cielo aproximándose a su choza. Vestía ricas prendas
de color verde y amarillo; un penacho de plumas coronaba su cabeza.
--He sido enviado a ti, Wunzh --dijo el exxtraño llegado del cielo--, por el Gran
Espíritu, señor del cielo y la tierra. Ha visto tu ayuno, sabe de tus buenas
intenciones para ayudar a tu pueblo y que no buscas la fuerza que piden en sus
plegarias los otros jóvenes guerreros. He sido enviado para enseñarte como
realizar las generosas acciones que pretendes llevar a cabo. Levántate y pelea
conmigo, porque sólo venciéndome aprenderás el secreto.
Wunzh, aún sabiéndose débil por el ayuno, se levantó y luchó contra el
desconocido; pero pronto se sintió tan cansado que no pudo continuar.
--Ya está bien por hoy, amigo mío. Volveréé mañana --dijo el extraño sonriendo
amablemente, desapareciendo a continuación.
El desconocido regresó al día siguiente. El muchacho estaba más delicado que
antes; pero sacando fuerzas de flaqueza, se levantó y peleó duramente.
-- ¡Ten coraje, amigo Wunz! Mañana tendráss tu última oportunidad --dijo el
desconocido, desvaneciéndose instantes después.
Al tercer día, el extraño volvió, reanudándose la contienda. Wunzh, con el
cuerpo debilitado por el hambre, creció fuerte mentalmente, determinado a ganar
o morir en el intento. El joven, utilizando todos sus poderes, venció al enviado
del Gran Espíritu en un momento.
-- ¡Vaya, joven amigo! --dijo el vencido---. Has luchado duramente. Mañana
regresaré otra vez para luchar contigo por última vez. Se valiente. Después de
la lucha, me quitarás mis vestimentas, limpiarás la tierra de raíces y semillas,
y me enterrarás en ese agujero. Cuando hayas terminado, márchate, dejando mi
cuerpo sepultado. Ven a menudo a comprobar si he resucitado; y sobre todo, no
olvides limpiar de hierbas y semillas mi tumba. Si sigues mis consejos, pronto
descubrirás como ayudar a tu pueblo.
Y diciendo estas palabras desapareció.
Por la mañana el padre de Wunzh se acercó a la choza con comida.
--Hijo mío -dijo--. Basta de ayuno. Hace ssiete días que no comes, y no debes de
sacrificar tu vida. El Maestro de la Vida no te la reclama.
--Padre mío --replicó el hijo--, espera haasta la puesta de sol de mañana, porque
quiero ayunar hasta esa hora.
--De acuerdo --dijo el viejo hombre--. Espperaré hasta que desees alimentarte.
Al día siguiente, a la hora habitual, regresó el extraño que bajaba del cielo. A
pesar de no haber tomado alimento durante siete días, Wunzh sintió que un nuevo
poder sobrenatural se levantaba con él. En un momento, agarró al desconocido y
lo tiró al suelo, quitándole sus preciosas ropas. Conmocionado, descubrió que el
enviado había muerto; así que lo enterró donde éste le había indicado, siguiendo
sus indicaciones.
El ya formado guerrero volvió a la tienda de su padre, donde se hartó de comer.
Por un tiempo vivió con su familia, sin descuidar visitar diariamente la tumba
de su amigo, que limpiaba de hierbas y semillas, dejando la tierra blanda. Muy
pronto y con gran sorpresa, descubrió las puntas de las verdes plumas saliendo
de la tumba.
Pasaron las semanas, hasta llegar al final del verano. Un día Wunzh le dijo a su
padre que lo acompañara. Le llevó hasta una lejana pradera. Allí, donde el
extraño había sido enterrado, se levantaba una alta y majestuosa planta de
brillantes colores y rubios cabellos, coronada de verdes plumas. Su tallo estaba
cubierto de ondeantes hojas, creciendo en el mismo una gran mazorca llena de
apiñados granos dorados y dulces.
-- ¡Es mi amigo, Mondawmin, el grano Indioo! --gritó el muchacho con júbilo--. Ya
no dependeremos solamente de la caza y la pesca, pues esta planta, regalo del
Gran espíritu que escuchó mi voz, es un excelente alimento.
Entonces toda su familia y su tribu dieron gracias al Gran espíritu por tan
excelente regalo. Y así fue como el maíz vino al mundo.
La nariz de Abá
Cuentan que el cacique Abá era tan valiente que sus enemigos temían tanto a su
lanza como a la fuerza de su brazo cuando empuñaba el hacha de guerra. Pero su
bravura le había granjeado adversarios que esperaban el momento propicio para
matarlo.
Un día en que Abá regresaba de una expedición de caza, el malvado Pochí, un ser
diabólico que le odiaba por ser un devoto de Tupá, el dios de los bosques, avisó
a sus enemigos, inspirándoles todo el odio traicionero del que era capaz. Lo
esperaron escondidos tras los árboles que bordeaban la senda por la que caminaba
el cacique, atacándole con lanzas, cuchillos y flechas por la espalda hasta
darle muerte. Una de las cuchilladas le cortó la nariz que cayó a tierra junto a
Abá ya cadáver.
La mujer de Abá y su hijo, preocupados por su desaparición y por el hambre que
se había apoderado de ellos, salieron al bosque para ver si lo encontraban,
hallándole destrozado por las armas de sus traicioneros enemigos.
Después de llorarle y realizar la ceremonia, enterraron al difunto en un claro
de la selva. Pasaron allí la noche, preguntándose por la mañana cómo vivirían
sin Abá, que les proveía no sólo de seguridad y cariño, sino también de
alimentos.
Entonces, apareció en el bosque un gran pájaro que se acercó hasta la tumba de
Abá, y escarbando con sus patas, le colocó la nariz al cacique que había quedado
perdida en la selva. Después tapó el hoyo y emprendió el vuelo graznando.
Apenas el pájaro alzó el vuelo, comenzó a brotar de la tierra, ante los
asombrados ojos de la familia de Abá, una verde plantita que creció sin parar,
dio varios frutos y maduró en una sola mañana. Cuando abrieron las mazorcas se
encontraron con los granitos rojizos que se parecían a la nariz de Abá, el
muerto a traición que venía a socorrer a los suyos desde el más allá.
Convalaria
La convalaria --Convallaria majalis-- es una planta muy tóxica, que se
desarrolla bien en los bosques umbríos. Se extrae de sus fragantes flores
blancas una esencia utilizada en perfumería. Se la conoce también con los
nombres de muguete y lirio de los valles.
A san Leonardo, protegido del rey francés Clodoveo, no complacía la vida
cortesana; y dedicaba su tiempo y sus esfuerzos a los enfermos y desprotegidos.
Un día, de buena mañana, dejó la corte palaciega y se marchó a vivir a una
cabaña en medio del bosque, donde vivía como un ermitaño, dándole gracias a Dios
por su generosidad y por los maravillosos dones que otorgaba al hombre por medio
de la naturaleza.
El diablo, que consideraba aquel bosque como si fuera su propio reino, se
presentó un día delante del ermitaño en forma de dragón para desafiarlo. Quería
dejarle bien claro quien era el amo de aquel territorio. Así que al llegar a la
cabaña llamó al santo.
San Leonardo estaba tan absorto en sus oraciones que ni siquiera se enteró de la
presencia del dragón. Entonces, la bestia, sacando fuego por la boca, le quemó
la cabaña.
Milagrosamente, el santo varón quedó arrodillado sin sufrir daño en medio de las
cenizas. Al acabar su plegaria, san Leonardo se dirigió con tranquilidad al
encuentro del dragón, comenzando la batalla.
El duelo duró tres días al término de los cuales el ermitaño logró expulsar al
dragón del bosque. Los lugares donde habían luchado los dos combatientes
quedaron marcados con pequeñas extensiones de lirios del valle, brotados de la
sangre salpicada por san Leonardo en su enfrentamiento con el diablo.
Patata
La patata --Solanum tuberosum-- es una planta anual procedente de
América, introducida en Europa a partir del siglo XVIII, por sus tubérculos,
ricos en almidón, utilizados para la alimentación humana.
En la Isla de Chiloé, un gran brujo quería hacer el amor como los dioses porque
se sabía que cuando éstos copulaban temblaba la tierra y se desataban los
maremotos, aunque nunca nadie había visto a los dioses hacer el amor.
Dispuesto a sorprenderlos, el hechicero nadó hasta la isla donde decían que
habitaban, pero al llegar a la morada de los dioses, sólo alcanzó a ver un
lagarto gigante, con la boca bien abierta y llena de espuma y una lengua
desmesurada que desprendía fuego por la punta.
Los dioses hundieron al indiscreto mago bajo tierra y le condenaron a ser comido
por los demás convirtiéndolo en patata. En castigo por su curiosidad, le
cubrieron el cuerpo de ojos ciegos.
Menta
La menta --Mentha piperita-- es una planta aromática utilizada en la
fabricación de licores y esencias principalmente.
Minte era una ninfa al servicio del dios de los infiernos, Hades. Era muy guapa
y muy locuaz, por lo que su presencia no pasaba desapercibida.
Hades pasaba largas temporadas sin la compañía de su esposa, Perséfone que
gustaba de estar en compañía de su madre durante los calurosos meses del año.
"Ya hace demasiado calor aquí abajo" --solía decir--. Muy pronto el infernal
dios fijó sus ojos en la hermosa ninfa, pues no le gustaba dormir solo.
Minte no se hizo de rogar cuando el dios comenzó a seducirla, pues ser su
concubina le proporcionaría grandes lujos y placeres; así que se hicieron
amantes, viviendo un apasionado romance.
Cuando el invierno llegó, Perséfone volvió junto a su marido. Y aunque tenían
muchos problemas matrimoniales, ella no dejaba que nadie ocupara su lugar en el
lecho junto a Hades.
Minte, que no era precisamente discreta, predicó a los cuatro vientos sus
amoríos con el dios, presumiendo de estar en la cama con Hades más tiempo que su
mujer.
Tanto aireó la indiscreta ninfa su idilio con el dios infernal, que pronto llegó
a oídos de Perséfone tan desagradable noticia; celosa y furibunda, ésta se
encaminó al encuentro de la deslenguada Minte.
La parlanchina amante se mostró muy altiva cuando se encontró con la esposa
despechada, y muy segura de sí misma, presumió de su belleza ante la alterada
Perséfone, quien no pudiendo reprimir su rabia, la cogió de los pelos y la tiró
al suelo proporcionándole una soberana paliza, dejándola inconsciente. Tanto
odio sentía por ella, que no se conformó con el castigo infligido a la bella
ninfa.
--Te quedarás postrada y te convertirás enn una planta --le dijo a Minte--. Y ya
que te gusta hacerte notar, siempre olor melifluo tendrás.
Nada más pronunciar estas palabras, del cuerpo de la ninfa brotaron raíces que
la unieron al suelo, y sus brazos y piernas se elevaron poco a poco convertidas
en delgadas ramas quebradizas de las que surgieron hojas y flores. Pronto nada
quedó de Minte excepto un amasijo de tallos entrelazados en el suelo del que
brotaban numerosas ramas que despedían un ligero olor.
Pero no terminaba de estar a gusto con su obra Perséfone, pues no habiendo
descargado del todo su rabia, comenzó a pisotearla.
--Ya que te gustaba tanto hacerte notar, ccuando te pisen, mas olorosa serás
--apostilló la vengativa esposa.
Con el tiempo el nombre de Minte derivó al de Menta, como hoy en día se la
conoce; y se comenta, que la menta huele mejor cuando es pisada.
Narciso
El narciso --Narcissus poeticus-- es una planta tóxica, cuyos bulbos
fueron utilizados en la antigüedad como sedante. Según Panphilo, escritor
antiquísimo, su nombre procede de la palabra griega narce, que significa un
cierto entumecimiento, porque bebida, embota los sentidos y provoca malestar
general en todo el cuerpo. Se cuenta que Hades, cuando raptó a Perséfone se
sirvió de esta planta para dormirla y así, transportarla cómodamente a los
infiernos.
El narciso de los prados, de flores amarillas, corresponde al Narcissus
pseudonarcissus.
El narciso de manojo, de flores blancas más pequeñas y en grupos, conocido como
Nadales en Cataluña, por coincidir su floración con la Navidad,
corresponde al Narcissus tazetta.
Narciso
La ninfa Liríope quedó embarazada mientras jugaba en el río Céfiso. Transcurrido
un corto tiempo de gestación, ya que las ninfas no necesitan de un periodo
prolongado como las hembras humanas, dio a luz un hermoso niño al que puso por
nombre Narciso.
La belleza del niño se hizo famosa. Todos los días su madre, sus vecinos y todas
las personas que lo veían le recordaban a Narciso lo guapo y bien parecido que
era. Liríope tenía grandes proyectos para él; pensaba que un niño tan bello
sería como mínimo "Mister Olimpo". Con estas perspectivas se fue a consultar a
un famoso adivino llamado Tiresias, que habitaba en aquella tierra. Después de
realizar las ofrendas y pagar al oráculo, Tiresias, que no podía verlo porque
era ciego, le dijo estas palabras: "Tu hijo vivirá largos años si así no se
conociera". Con estas enigmáticas palabras y la impresión de lo caro que
resultaban los adivinos volvieron a su casa.
Su madre, que vivía en el río Céfiso tuvo que mudarse a la ciudad --no existían
aún los espejos--, por miedo de que su hijo viera su imagen reflejada en algunas
de las tranquilas lagunas a las orillas del río; que por cierto, se quedó
profundamente apenado y perdió una buena parte de su caudal.
Cuando acudió a la escuela, los profesores y los alumnos, tanto masculinos como
femeninos, se distraían en clase contemplando su hermosura. Esto fue muy
perjudicial para Narciso que aprendió poco durante su asistencia al colegio.
Tanta admiración hacia su persona, provocó en él un rechazo generalizado hacia
todo el mundo, pues Narciso no encontraba a su alrededor la belleza que él con
tanta admiración causaba.
Muchas personas se enamoraron del bello Narciso; pero sin duda, Eco, una ninfa,
y Aminias, un compañero de colegio, fueron quienes pusieron más pasión.
A Eco la encontró un día que pasaba por el bosque. La ninfa, debido al castigo
que le había impuesto Hera por distraerla con chismes mientras Zeus, su esposo,
se iba con otras, no podía comunicar a Narciso sus sentimientos, ya que era
incapaz de hablar la primera, y sólo le estaba permitido repetir los últimos
sonidos de lo que oía. Cuando al fin consiguió dar a entender sus sentimientos
al amado, fue rechazada.
A Aminias, a quien Narciso despreciaba, le envió como regalo una espada,
acompañada de una nota en la que le pedía explícitamente que se matara. El
infortunado muchacho obedeció, pero antes de matarse maldijo a su amado: "Que
así aunque ame él, así no posea lo que ha amado".
No se sabe si fue la maldición de Aminias, la profecía de Tiresias, o la
conducta de Narciso la que atrajo sobre sí el castigo de los dioses.
Ocurrió un día despejado de finales de invierno en que Narciso salió a pasear.
Esta vez tomó una dirección diferente a la habitual, y que su madre le había
prohibido expresamente, para dirigirse al monte de los dioses. Cuando estaba a
mitad de camino, se dirigió a una llanura, donde aparecían tímidamente las
primeras flores, para descansar. Había un tranquilo y cristalino estanque en la
pradera al que nunca nadie, ni fieras, ni pájaros, ni cabras habían tocado, ni
tan sólo una hoja, ni tronco de árbol habían tocado, al cual dirigió Narciso los
pasos para beber, ya que la caminata había sido agotadora. Se inclinó para beber
y calmar su sed, pero le creció otra sed; pues Narciso vio su imagen reflejada
en el agua; y allí se quedó, amando una esperanza sin cuerpo; pues cuerpo creyó
ver en lo que onda era. Por más que besaba el estanque o intentaba abrazar
aquella imagen, siempre se le escapaba.
Ceres, diosa de la tierra, trató de convencerlo.
-- ¡Crédulo! --dijo Ceres--. ¿Por qué inteentas coger unas apariencias fugaces en
vano? Lo que buscas y lo que amas está en ninguna parte; vuélvete y lo pierdes.
Esa que ves es la sombra de una imagen; contigo llega y se queda, contigo se
retirará si retirarte pudieras.
Pero no había manera de retirarlo del sitio.
--Me place y lo veo, pero lo que veo y me place no hallo --dijo Narciso antes de
expirar
Cuentan testigos presenciales, entre los que se encontraban ninfas, que siempre
lo acompañaban a todas partes, faunos, que perseguían a las ninfas, y su club de
fans de la academia "Locos por Narciso", que el muchacho mutó; y que de esa
metamorfosis brotó una linda flor que aún conserva su nombre: Narciso.
Narcisa
La hermosa Narcisa sobrepasaba en belleza a todas las jóvenes de la isla de
Sicilia. La muchacha era consciente de la admiración que causaba.
Luis Naldi era el hijo de un viejo soldado; y era conocido en toda la isla por
su bravura y atrevimiento, además de ser buen marinero y fiel camarada; un
hombre temeroso de Dios que veneraba a los santos. Pero Luis tenía un problema:
estar enamorado de la orgullosa Narcisa. La seguía a todas partes y siempre la
tenía en sus pensamientos. El marino sin miedo, cuya voz se levantaba por encima
de las tormentas, temblaba como una hoja ante las palabras de Narcisa.
Tenía en propiedad Luis una casa, una barca y excelentes redes para la pesca. Y
todo se lo ofreció a Narcisa, que sólo disponía de un torno para hilar que nunca
utilizaba y un espejo donde no dejaba de mirarse.
La engreída muchacha sólo pensaba en divertirse y en vestir bien, pero no
rechazó al adulador joven, cuyos piropos inflamaba aun más su henchido orgullo,
ya que Narcisa no quería a nadie que no fuera ella misma.
Un día, después de visitar la ciudad, Narcisa le dijo a Luis:
--He visto a las chicas de la ciudad y no he encontrado ninguna tan guapa como
yo; sin embargo, llevan túnicas de terciopelo, finas bandas de plata en la
cabeza y cruces de oro adornando sus cuellos.
Así que Luis no tardó en comprarle los adornos que llevaban las mozas de la
ciudad.
-- ¿Eres feliz ahora --le preguntó-- que vvas tan bien vestida, amada mía?
--Soy feliz --respondía ella-- porque soy hermosa.
-- ¿Quieres casarte conmigo? --decía él.
--Espera que pase la vendimia. Quiero disffrutar un poco más de la libertad
--contestaba ella.
Después vinieron otros pretextos. En invierno, tenía que esperar la pesca del
atún; en verano, la recogida de la cosecha. Con una excusa u otra, siempre se
aplazaba el día de la boda.
Entretanto, Luis, para poder complacer a Narcisa, tuvo que vender su casa, su
barco y sus redes para comprarle joyas y vestidos hasta que al final, no le
quedó nada. Sin embargo, ni siquiera tuvo la recompensa del amor, pues la joven
se pasaba el día delante del espejo, peinándose el cabello y sonriendo a su
propia figura sin dedicarle a su enamorado ni una palabra o mirada cariñosa. El
mozo veía claramente que Narcisa no lo amaba; pero estaba embrujado.
--El hombre con el que me case --le dijo NNarcisa, sabiendo que no le quedaba
nada-- debe primero regalarme pendientes de oro, vestidos de lino, hebillas de
diamantes para mis zapatos y anillos de platino para mis dedos.
Y Luis tomó su carabina, la misma que había utilizado su padre en la guerra, y
se echó al monte. Y al poco tiempo, Narcisa obtuvo todo lo que deseaba. Pero
pronto, los robos de Luis se hicieron famosos, llegando las noticias a Palermo.
El virrey de la isla envió un destacamento de soldados para capturarlo.
Narcisa, la bella y orgullosa Narcisa, sentada en la ventana de su casa vio
pasar el destacamento y sonrió al joven capitán, que la saludó con su sable.
Pero nada le importó a la moza que fuera a capturar a su prometido.
Los soldados regresaron victoriosos después de dar muerte a Luis en los montes.
Narcisa corrió al encuentro de la tropa vestida con sus mejores atuendos y sus
mejores joyas. El capitán había demostrado gran valor; y ahora esperaba ser
promocionado a comandante, pues había recuperado gran parte del botín.
Narcisa, con una mirada victoriosa en sus ojos, se dirigió coqueta al capitán;
pero el bravo soldado no se sintió afectado por su presencia.
-- ¿Quien eres tú, bella muchacha --le preeguntó--; y qué deseas?
--Soy Narcisa la hermosa --le respondió--,, y quiero casarme contigo.
-- ¡Aléjate de mí! Mujer sin corazón. La úúltima palabra que pronunció el bandido
Luis fue tu nombre, Narcisa la hermosa; y fui yo quien le dio muerte.
Desde ese momento ni jóvenes ni viejos le dirigieron la palabra a Narcisa, a la
que desterraron del pueblo, obligándola a vivir en una cueva del monte, cerca de
un arroyuelo. Sin embargo, en vez de corregir sus errores y arrepentirse, pasaba
todo el día contemplando su imagen reflejada en el agua.
Un día, un monje, llevado por la piedad y la benevolencia, subió a la gruta del
monte con la intención de exorcizar a Narcisa; pues decía él, que nadie que no
estuviera poseído actuaría como ella. Pero al llegar a la cueva, la encontró
vacía.
Un niño que cuidaba las cabras le contó que esa misma mañana vio a Narcisa
mirándose, como era su costumbre, en el arroyo; que después se levantó y se tiró
al agua. El monje se llegó al punto que el cabrero le había indicado para
recoger el cuerpo, pero en su lugar encontró una planta de hermosas flores
amarillas. Y en honor a la muchacha la llamó narciso de los prados.
Flores para la Virgen
Una joven del barrio de San Gervasio prometió a la Virgen de Belén, que se
venera en la ermita que hay al pie del Tibidabo, que cada día le llevaría un
ramo de flores para que disfrutara de su aroma.
Al llegar los fríos del invierno, el cumplimiento de la promesa se hacía muy
difícil. La muchacha para llevar cuatro pobres flores, había de recorrer mucho
camino, recogiendo una flor de aquí y otra de allí. La vigilia de Navidad,
cuando todo el mundo lleva presentes a la ermita, se encontró con que ya no
quedaban flores.
Entonces, decidió preguntarle a la Virgen donde podía encontrarlas, para poder
realizar su ofrenda. La imagen le indicó que fuera por la tarde al Clot de la
Merla, que estaba cerca de la ermita, y que allí las encontraría. La joven
precisamente acababa de llegar de ese lugar y no había encontrado ni una. La
noche se acercaba, pero confiando en la Virgen se acercó de nuevo donde le había
indicado.
Tampoco esta vez vio ninguna flor; pero comenzó a caer una suave nevada. La
muchacha vio como cada copo de nieve que caía a tierra se transformaba en una
pequeña flor blanca de delicado olor. Recogió un ramo y marchó a ofrecérselo a
la Madre de Dios, con gran sorpresa de todos, ya que ninguno se explicaba de
donde había podido coger aquellas flores que nadie conocía, ni que hubiera
podido encontrar tantas con el frío que hacía.
Como recuerdo de aquellas primeras flores que sirvieron para embellecer la
Virgen del pesebre, la gente se acostumbró a adornar los nacimientos con las
flores que llamaron en catalán Nadales, conocidas en castellano como Narcisos de
manojo.
Seta
Las setas, cuando son comestibles, pueden constituir un excelente manjar; pero
existen otras que pueden causar la muerte. Nuestros antepasados pensaron que las
setas eran callosidades o excrecencias de la tierra, cuando las veían aparecer
después de las lluvias. Otros pueblos las introdujeron en sus ritos, porque
pensaban que con ellas se comunicaban con los dioses y los espíritus.
El hambre de Pedro
Después de predicar en el pueblo, Jesucristo y Pedro continuaron su camino en
busca de nueva gente a la que difundir su palabra.
Sus pasos les llevaron hasta un bosque, donde Pedro, cansado de tan larga
caminata, comenzó a sentir hambre. Hacía tiempo que ninguno de los dos tomaba
una buena comida.
Para no ofender a Cristo incordiándolo con su necesidad de alimento, comenzó a
pellizcar pequeños trozos de pan que introducía en su boca. Pensando que tan
pronto como lo viese Jesucristo, éste le hablaría y él, para responderle,
escupiría el pan para poder contestarle.
Y así sucedió cada vez que el discípulo se ponía en la boca un trozo de pan,
hasta que no quedó más. En cada lugar en que Pedro expulsaba el pedacito de pan
brotaba una seta comestible.
El diablo, que los seguía de cerca sin ser visto, vio aparecer estas setas; y
pensando que podía hacerlo mejor, hizo brotar, por el mismo sistema que Pedro,
coloridas y brillantes setas por todo el bosque; pero todas ellas eran
venenosas.
La huída de Wotan
La Amanita muscaria es un hongo tóxico que produce alucinaciones cuando
se consume. Según se dice, algunos personajes de los cuentos construyen sus
viviendas en este tipo de setas.
En cierta ocasión, el dios Wotan y algunos de sus seguidores cabalgaban en sus
caballos por el cielo cuando, de pronto, divisaron a un numeroso grupo de
demonios que los perseguían.
Como los doblaban en número, decidieron alejarse de ellos. Para conseguirlo,
comenzaron a azotar a sus monturas fuertemente para que corrieran más deprisa.
Los caballos, ante el castigo al que eran sometidos y al esfuerzo extraordinario
que se les pedía, comenzaron a echar espuma por la boca, sangrando
eventualmente.
La mezcla de sangre y espuma cayó a la tierra originando el nacimiento de la
Amanita muscaria, que tiene el sombrero rojo con manchas blancas.
Manzanilla
La manzanilla --Matricaria chamomilla-- es una hierba anual utilizada
como digestiva después de las comidas, como calmante suave o como colorante
natural del pelo. El nombre de chamomilla proviene del griego "manzana de
tierra o enana", y de ahí el diminutivo manzanilla, aludiendo a la forma del
botón floral de las cabezuelas o, según Plinio, a cierto olorcillo a manzana que
despiden las flores. Matricaria se origina a su vez de matrix, la matriz,
porque esta planta se consideró excelente para este órgano.
En Cataluña se llama camamilla. Una leyenda de corte cristiano las hace
descender de unos soldados de elite del rey Herodes, los cames-mil
(piernas-mil).
El rey Herodes tenía a su servicio un grupo de soldados cuya mejor virtud era la
de correr, y por esta razón les llamaban "cames-mil". Al enterarse de que
la Sagrada Familia se escapaba a Egipto, llamó a este grupo de combatientes y
les ordenó que corrieran detrás de ellos y les mataran al darles alcance.
La tropa de corredores, con cuatro largas zancadas, los alcanzó; pero la virgen
María, utilizando sus artes de maga los convirtió en una planta que todavía hoy
se cría al borde de los caminos y que tomó el nombre de estos guerreros.
Con el tiempo, el nombre se desfiguró hasta convertirse en camamilla. La madre
de Jesús convirtió a los soldados en plantas sólo para librarse de su ataque;
pero no deseándoles ningún mal y como sabía que eran buenos hombres que nada más
cumplían órdenes de su rey, les concedió las virtudes que hoy se le reconocen.
Rosa
La rosa --Rosa canina, R. gallica,...-- es considerada la reina de las
flores. Las hay salvajes de flores simples o cultivadas de flores dobles y
numerosos colores. Las rosas embellecen todo el mundo, siendo nativas de Europa,
Asia, África y América; como si aparentemente, la naturaleza, en esta generosa
distribución, hubiera querido ofrecer estas flores como regalo de su belleza.
El Campo florido
Hace mucho tiempo, en la pequeña pero bien poblada ciudad de Belén, lugar de
nacimiento de Jesucristo, vivía una rica mujer seguidora de sus enseñanzas. Cada
día acudía la devota a rezar a una iglesia de hermosas torres y muros labrados
maravillosamente, que había a la salida de la población, por el camino de
Oriente.
Su vecino, un hombre malvado deseoso de su dinero que la había pretendido
durante largo tiempo sin conseguir sus propósitos, la siguió una mañana hasta el
templo; también la espió a la salida de la iglesia, intentado coger a la mujer
en falta. Durante semanas continuó con su persecución, sin que su vecina se
diera cuenta de sus aviesas intenciones.
Viendo que la beata no cometía ningún pecado, un día, durante la celebración de
la eucaristía, el perverso hombre levantó la voz para acusarla injustamente de
fornicación; pero la mujer era virgen.
Sin poder demostrar su inocencia, la desafortunada mujer fue condenada a morir
en la hoguera en un campo cercano a la iglesia.
La virgen, en sus oraciones, rogó a Dios que hiciera un milagro con el que toda
aquella gente que la consideraba culpable, creyesen en su inocencia. Después de
haber rezado, la mujer entró sin temor en el fuego, donde murió. Entonces
ocurrió que todas las brasas que ardían se convirtieron en rosales de rosas
rojas y la leña que no era quemada se transformó en rosales blancos.
Éstas fueron las primeras rosas que hubo en el mundo. Y así fue como la mujer
fue liberada, por gracia de Dios, del pecado que la acusaban. A partir de
entonces se conoció este lugar con el nombre de Campo florido.
La distracción del Sol
Vivía en una paradisíaca playa una joven y hermosa muchacha en la que estaba muy
interesado el astro rey, pues había observado su evolución desde que era una
niña.
El Sol, atormentado por la mocita, tendía a detenerse más tiempo del que le
correspondía por su naturaleza junto a la costa donde habitaba la chica;
pudiéndola, de esta forma, acariciar con sus rayos durante más horas.
Un día, cumplidos ya los dieciocho, la muchacha se bañó desnuda en el mar; y el
Sol, que deslumbra a la gente con sus rayos, quedó deslumbrado ante la
brillantez de aquel cuerpo juvenil. Tan ensimismado estaba que se quedó
admirándola y cubriéndola de caricias y besos con sus destellos. Durante tres
días se olvidó de su misión, impidiendo el progreso de la noche. El Señor del
Universo, ante las quejas de los demás astros, transformó a la joven en rosa; y
así pudo continuar el Sol su progreso.
Por esta razón, se dice, la rosa siempre baja su cabeza y florece cuando el sol
brilla sobre ella.
Tulipán
El tulipán --Tulipa silvestris, gesneriana,...-- es una planta cultivada
en los jardines por la belleza de sus flores. El país nativo del tulipán es
Turquía, donde la flor recibió un nombre (dulband que significa turbante)
que aludía a su forma.
Una bella ninfa se entretenía imaginando como sería el dios u hombre que la
conquistaría. Se cambiaba de ropa con frecuencia, intentado elegir los colores
que mejor seducirían a su futuro amado.
Hasta el río donde la hermosa ninfa jugaba, el destino llevó al disfrazado
Vertunnus en su vagabundear por el mundo. Con todas sus artes aborda el dios
cortesano a la ninfa, pero sin conseguir nada de la arrogante virgen.
Vertunnus se viste de todas las formas dulces que le concede su poder, tratando,
con su colorido, ser agradable a la vista y sorprender a la hermosa muchacha, a
la que llenó la mente con promesas de amor y matrimonio; pero cuando vio que sus
ruegos y artes fallaban, descaradamente le revela con pasión sus deseos,
confesándole su verdadera naturaleza.
Pero la ninfa no quería entregarse sin amor, y viéndose rodeada gritó a las
deidades rurales que la preservaran de tal injuria.
Nada más terminar su ruego, atendiendo a su deseo, notó la virginal ninfa como
las cintas y lazos que adornaban su brillante pelo se convertían en hojas y el
resto de su cuerpo se endurecía formando un esbelto y delgado tallo de un
fragante color verde. Seis llamativas hojas rodeaban su tronco coronado de una
bonita flor en forma de copa al que la naturaleza otorgaba diferentes matices.
En el pensamiento de la ninfa transformada, el amor que sentía por los colores
todavía le seduce como antes.
Victoria regia
La Victoria regia es una planta acuática, cuyas hojas redondas
alcanzan los dos metros de diámetro; tienen un reborde de unos seis centímetros
que evita que el agua las cubra. Es frecuente ver a las aves posadas sobre ella.
Las flores son grandes y blancas. Las semillas del fruto se pueden comer
tostadas.
La niña que quiso abrazar la luna
Hubo una vez una niña que se quedó prendada de la luna. Pensaba que un día la
alcanzaría y podría tenerla entre sus manos; pero de momento se veía muy
chiquita y sin posibilidad de atraparla. Así, la pequeña pasó toda su infancia
obsesionada con esa idea, esperando hacerse mayor para poder abrazar la luna.
Al llegar la adolescencia, la jovencita se sintió con ánimos y fuerzas para
salir a buscarla.
--Ahora ya tengo catorce años y tengo fuerrza para alcanzarla --se dijo.
Para conseguirlo la jovencita trepó al árbol más alto que tenía en su jardín
tendiendo los brazos hacia arriba tanto como podía, pero ni aún así conseguía
abrazar a la luna. Muy triste bajo la muchacha de la copa del árbol; entonces se
propuso que cuando fuera mayor se iría de casa en su busca.
La adolescente se hizo mujer; nada había aprovechado de sus estudios y nada le
interesaba excepto mirar la luna por las noches. Así, con dieciocho años, ya
mayor de edad, se marchó de su casa sin que nada pudieran hacer sus padres para
retenerla a su lado.
Caminó y anduvo sin descanso, y escaló las más altas montañas quedándose en las
cimas a esperar el paso de la luna. Pero ni aún así conseguía atrapar el objeto
de su pasión. Entonces dirigió sus pasos hacia el horizonte a ver si llegando a
su línea podía alcanzarla; pero tampoco con este invento tuvo suerte.
Una noche, ya convertida en una mujer adulta, llegó a un paraje donde había un
lago; acercándose a él para calmar su sed vio su figura reflejada en el agua tan
cerca del reflejo de la luna que pensó que, por fin, podría abrazarla.
Sin pararse a pensar nada más, decidida, se lanzó a las tranquilas aguas de la
laguna para atraparla. Pero al llegar al fondo comprobó que la luna tampoco
estaba allí. Al mirar de nuevo hacia arriba, la vio en lo alto; parecía que la
llamara. Quiso subir a la superficie pero sus pies quedaron enredados entre las
algas. Luchó con todas sus fuerzas para salir de la trampa en la que se había
metido. El esfuerzo, poco a poco, la dejó tan agotada que sintió como se le iba
la vida.
El dios del lago apiadándose de la pobre infeliz la transformó en Victoria
regia, haciendo sus hojas redondas, a semejanza del pequeño astro, y mirando
hacia arriba para no perder nunca la visión de la luna; y sus flores las hizo
blancas, volviéndose rojas con el paso de los días por el sufrimiento de no
poder alcanzar jamás la luna.
Árbol del loto
El árbol del loto --Rhamnus lotus o Zizyphus lotus--, una especie
de azufaifo, es famoso por los pueblos africanos de la costa septentrional que
de sus dulces frutos se alimentaban, los lotófagos. Su virtud, según la fábula,
era hacer olvidar a los extranjeros su patria, cuando bebían del licor que
fabricaban de sus frutos.
El loto o nenúfar de Egipto --Nymphaea lotus-- es una planta acuática con
bonitas flores blancas. Cuenta la mitología griega que la ninfa Alba estaba
perdidamente enamorada de Hércules, y muerta de celos, fue transformada en Loto.
Era Dríope, por su belleza, la más célebre de Ecalia. Apolo se enamoró de la
joven cuando ésta habitaba entre las ninfas de los árboles; tomando la
apariencia de una tortuga se acercó a las hamadríades y permitió que jugaran con
él a modo de balón; al llegar a las manos de Dríope, el dios se transformó en
serpiente y se unió a la muchacha.
De seguida, Dríope formó matrimonio con Andremón, quien recibió como si fuera
suyo al bebé que había engendrado Apolo, dándole el nombre de Anfiso.
Con la intención de llevar regalos a las ninfas, Dríope, con su hijo en brazos y
acompañada de su hermana Íole, llegó hasta un lago cuyas escarpaduras riberas
parecían una costa acantilada; las alturas estaban pobladas por bosquecillos de
mirtos.
No lejos del estanque florecía un loto acuático del que Dríope había cogido unas
flores para ofrecérselas a su bebé para que se entretuviera. La joven observó
asustada como de las flores cortadas caían gotas de sangre y como se estremecía
el loto en el agua. Y es que, según refieren los campesinos, la ninfa Lótide,
huyendo de las perversas intenciones de Príapo, había transferido a aquel árbol
su cuerpo metamorfoseado.
Dríope no lo sabía, y rezando a las ninfas, quiso alejarse. Al retroceder, sus
pies quedaron inmóviles formando una raíz; se esforzó por arrancarlos pero sólo
consiguió mover la parte superior de su cuerpo; lentamente, una blanca corteza
comenzó a crecerle desde abajo, y poco a poco le oprimió las caderas. Cuando se
dio cuenta, desesperada se tiró de los pelos, pero sus manos sólo encontraron
hojas; toda su cabeza estaba ocupada por ramaje.
En cuanto al niño, Anfiso, notó que se endurecían los pechos de su madre, no
acudiendo el lácteo líquido cuando succionaba. Su hermana, abrazando el tronco y
las ramas, intentó detener su crecimiento. También llegaron su marido y su
padre, buscando a Dríope; Íole, señalando con el dedo, les mostró el árbol del
loto. Besaron todos la madera y, dejándose caer junto a las raíces del árbol, se
abrazaron a ellas.
Ya nada quedaba de la hermosa joven, a excepción del rostro, que no fuera árbol.
Las lágrimas le caían a raudales sobre las hojas que se formaron en su
desdichado cuerpo. Haciendo un último esfuerzo, su boca dio paso a su voz,
lanzando al aire estos lamentos:
--Sin culpa sufro castigo. Si se da algún crédito a los desafortunados, juro por
los poderes divinos que no merezco esta atrocidad. He llevado una vida
tranquila, sin hacer daño a nadie. Que se me sequen y pierda las hojas que
tengo, que me corten con hachas y me quemen, si miento. Pero, por favor, quitad
a este niño de las ramas de su madre, ocupaos de que tome la leche y juegue
debajo de mi árbol y que cuando pueda hablar venga a visitarme y diga
entristecido: "Mi madre está oculta en este tronco". Pero que tenga miedo al
lago y no coja flores de las plantas; pues debe saber, que todos los vegetales
son cuerpos de diosas. ¡Adiós, mi familia querida!
Dejó de existir al mismo tiempo que su lengua terminó de hablar, manteniéndose
calientes durante un largo tiempo sus ramas después de la transformación de su
cuerpo. |