Elisa un domingo por la mañana

 

(Domingo, 12 hrs. Lugar: Guardería de niños de una tienda de ropa de mediana importancia, en un mall de mediana importancia. Un niño juega sólo con una pelota en una sala llena de juguetes)

 

ELISA: (Desde atrás del público) ¡Niño! ¡Niñito! (Entra) Ven, que va a empezar la película (El niño ni siquiera la mira) ¡Niño! ¡Niñitooo!. ¡Ya! Paraste la pelota y te fuiste a ver tele. Pero niño... (Agarra la pelota, el niño la mira fijamente pero con inocencia). E.... e... es que si no vas... te vas a quedar solo... y los demás niños... te van a extrañar... ¿Quieres un dulce?. ¿No? (Lo guarda) ¿Por qué? ¿Por qué me miras? ¿Te parezco pesada? ¿Fea? La verdad es que no tienen por qué gustarte estas películas. Pueden convertirse en experiencias traumáticas, incluso perseguirte de por vida… yo, por ejemplo, después de ver a la bruja de Blancanieves nunca volví a acercarme a mi abuela. Además, a todos los hombres de mi vida los relaciono con los siete enanitos… el problema es que siempre son, o tontos, o gruñones, por que no me sé ninguno más. Y qué decir de esos príncipes altos y rubios, ¡Cuando los mejor dotados son siempre los morenos! Estas películas, siempre lo he dicho, no están hechas para niños. A tu edad yo era igual, no me gustaba Disney porque era Disney y ya. Necesitaba algo más, otros esquemas, una opinión. A mí, que no me vengan con cuentos de Aladdín y la princesa... transmiten una visión un poco inocente, ¿no crees? (El niño continúa mirándola fijo, casi sin parpadear. Se escucha desorden de los demás niños. Ella sale hacia el público) ¡A ver, a ver! ¡Qué desorden! Ya pablito, tu te encargas de que estén callados, ¡Sin pegarles! (Vuelve) Mira, vamos a hacer lo siguiente (Va a un estante y saca un cuento. Carraspea.) “Entonces Cenicienta dijo: ¡Oh, Príncipe! ¡Eres el poseedor de mi tesoro más privado, sin ti jamás podría volver a pisar! El Príncipe contestó: Cenicienta, esta situación me altera el instinto y me sería muy placentero ser yo quien te lo introduzca...” (Se detiene abruptamente, asustada. Mira extrañada el libro y lo deja a un lado.) Bueno, está bien... toma. (Le pasa la pelota. El niño juega entusiasmado. Ella habla para sí, confesándose, risueña y entusiasmada.) Hoy me hubiera quedado durmiendo. Acostadita. Por lo menos hasta las once... es que estaba amaneciendo y yo ya no me podía ni los ojos, pero él… ¡Parecía recién desayunado! Si me lo hubiera pedido, me quedo… calentita, disfrutando... Pero son las ocho cuando me dice: “¿Te vas a ir?, no vayas a llegar tarde al trabajo... además, mi papá podría verte aquí y pensar mal…”. Me tuve que parar, vestirme, decirle que chao y que ojalá nos volvamos a ver. Le pregunté si quería mi número del celular pero me aseguró que con el e-mail bastaba, que nunca se olvidaba de alguien y obvio que iba a escribirme. (El niño, mientras tanto, ha encontrado una tijera punta roma y juega con ella.) No... no me equivoqué, no me arrepiento... él sería como un enano tontín, pero con harto de gruñón… es que tiene una energía, una furia. Y yo… ¡Cochina!, le dije: “Conmigo no hay límites”… y se lo tomó en serio. (Suspira) Sentía como si lo conociera de toda la vida y en realidad... (Ríe) nos vimos por primera vez anoche en la disco. (Ella se percata de lo que está haciendo el niño.) ¡No! (Se mantiene lejos para evitar un accidente). Niño, detente. (El niño no se detiene, juega normalmente.) Toma aire... bota... eso, cálmate. ¡Piensa! Piensa en tus dedos, en tus orejas, ¡en tus ojos! ¡En tus padres, niño, piensa en tus padres! Escucha: toda la gente tiene crisis, es natural, pero pasado un tiempo las cosas mejoran… y se puede ser feliz de nuevo. Además, tú tienes la suerte de que yo esté aquí para ayudarte. Voy a sentarme al lado tuyo. Y… cuéntame. No tengas vergüenza (Gran silencio, ella trata de adivinar algo en la mirada del niño). Es tu novia. No te completa, ¿Cierto? Al menos tienes a alguien en cambio yo tengo que resumir un año de pololeo en unas cuantas horas de sábado por la noche. Así, de un lado para otro, sin poder detenerme a pensar en el futuro. Y el resto de la semana, a dormir y lamentarme… hasta la tarde del sábado, cuando siento que me maquillo más para mi velorio que para salir. (Elisa lo mira y se da cuenta que es el momento de quitarle las tijeras. Se acerca sigilosamente al niño y le arrebata el objeto con un rápido movimiento) ¡Se acabó el jueguito! Ya entenderás que es por tu bien. ¡Esto! ¡Esto es lo que hacen las películas! (Va a dejar las tijeras en su lugar, a un estante del fondo de la sala. El próximo texto lo dice dando la espalda) Tu novia… ¿Es mayor? (El niño hace un gesto cualquiera que Elisa interpreta como un sí). Ahh, ahora entiendo todo. Debe ser fresca como yo. Es un mal terrible, los hombres nos obligan a ser como el chocolate: un antojo. Pero el de ayer era distinto, hasta preguntó en qué trabajaba. Yo le conté de la guardería y le interesó muchísimo. Era un poeta, o algo así. No sé que pudo encontrarle de interesante a este lugar… todo en chiquitito, todo en colores, todo ordenado… (Elisa observa la guardería. Toma una caja de libros). ¡Yo amo los niños! Pero este lugar es un asco (Tira la caja al suelo). El sitio ideal de los padres desinteresados. El paraíso de los niños ignorantes. Un lugar de entretenimiento y sabiduría... ¡Casi una biblioteca! No, ¡Un museo! ¡Una Universidad! (Sigue desordenando) ¡Como si estas películas estúpidas enseñaran algo! (Hablando hacia donde se está exhibiendo la película) A ver, niños ¡Vengan todos! Pablito, tráelos (Silencio). ¡Tráelos! (Silencio). Chiquillos porfiados... van a crecer creyéndose el Rey León. Ese maldito león que no hace nada bueno por nadie pero termina siendo rey. ¡Los yanquis! Los yanquis les enseñan a flojear y querer ser millonarios, a pasarse la vida tratando de ganarse el Kino. ¡Y tú Pablito! ¡El líder, el grandulón! En un par de años vas a ponerte violento, borracho, prometiéndole amor a mujeres como yo para llevártelas a la cama (Llora, desconsolada) ...dejando un montón de niños tirados en la guardería.  (El niño la mira y llora. A continuación, el resto de los niños lloran. Elisa corta su llanto y se reincorpora). Silencio niños… Ya, se acabó (Los niños no hacen caso). Pablito… disculpa Pablito, no llores. Me sobrepasé… (Los niños continúan llorando. Elisa saca de su bolso una máscara de Simba, se la coloca y lo imita. El llanto de los niños se detiene. Se acerca donde el otro niño, que aún llora). Oye… oye… aguanta niño. A veces el mundo es terrible… hay días en que nos sentimos solos y lloramos. Entonces nos damos cuenta que todos mienten, todo es imagen, que todos se ocultan. Pero no siempre niño. Hay personas, hay días que valen de verdad (El niño ha parado de llorar). Anoche… el chico que conocí… él me sorprendió. Hizo que todo fuera tan sincero, tan transparente: Caminamos de la mano hasta su casa, me advirtió que era chica pero se comía rico. Al llegar dijo toma asiento por favor y preguntó si jugo o bebida. Yo dije jugo. Y qué música quería. Yo dije Elvis. Conversábamos y poco a poco nos fuimos acercando. Él me tocó una pierna y nos besamos. Yo temblaba… era su forma de mirarme, sus quejidos silenciosos, los caminos que con sus dedos  dibujaba sobre mi piel, las cosquillas de su aliento… ya no éramos dos cuerpos distintos si no sólo un momento, una sensación. Como si fuéramos parte de algo lindo. Algo simple. No había por qué jurar amor, no había para qué disfrazarse… la verdad de lo que estaba pasando bastaba para hacernos felices (Pausa. El niño comienza a quedarse dormido). Eso. Eso es todo lo que pido. No me interesan las promesas ni los momentos bonitos. Solo quiero poder agarrarme de algo que no se caiga. El resto entonces puede derrumbarse. Olvidaría el miedo, las preocupaciones, las dietas, olvidaría el cigarro, olvidaría la plata, olvidaría el colegio, olvidaría mi infancia, olvidaría estas películas de mierda, olvidaría a mi papá, sus leyes, sus asados, sus partidos de fútbol, olvidaría la pena, olvidaría la culpa… nada de esto me importaría si tuviera alguien, ¿Qué más podría pedir! Todo lo que quiero es tranquilidad (Silencio). Y, sin embargo, ¿Qué hago yo por conseguirla? Estoy aquí doce horas al día para ganar treinta lucas que gasto en vicios y pasajes de micro. Todo por una aflicción que no tengo por qué soportar, una pena que no tengo por qué seguir aguantando. Niños, lo siento pero no puedo seguir siendo cómplice de esto (Les saca la película. Los niños lloran) ¡Lloren, lloren! Pero un día van a parar de llorar, y se van a acordar de mí, y me lo van a agradecer. Y esta weá… (Mira la película. Abre la ventana y la lanza con fuerza. Habla hacia donde podrían estar sus supervisores). Y ahora, ¡Échenme! (Toma la máscara de Simba, la arruga y la lanza a sus supervisores) ¡Vengan, échenme!... ¡No!, ¡Me voy! (Recoge su cartera) Niño, despierta. Lo decidí, me voy de acá. No se bien hacia donde pero no voy a volver. Jamás volveré a aportar con mi trabajo a la opresión y la ignorancia de los niños. Y tú. Eres privilegiado, tienes la capacidad de darte cuenta de lo que pasa y tienes que comunicarlo. No tenemos armas, no tenemos estrategias, pero no podemos seguir esperando mientras nos mutilan. Aunque… aunque nos cueste la vida. (Va saliendo) Niño... Si algún día… hablas… búscame. (Se va).

 

 

Rodrigo Ríos Gutiérrez

 

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