Música sagrada ¡Oh dulce melodía, que en el reposo del templo pacificas los corazones, al reflejar de un modo maravilloso el latir de las hondas meditaciones! Tú eres la gran maestra del sentimiento al llenarle de ensueños espirituales; tú eres como el rocío que siembra el viento sobre las nuevas rosas primaverales. Dialogas sin palabras, lloras sin llanto, no rompe tu asonancia ni un solo grito, y en un dulce misterio de fervor santo, volando siempre, llegas al Infinito. La escala de tus ritmos todo lo abarca, por eso en el santuario de tu pureza David halló un refugio, y al son del arpa, a Dios cantó lo inmenso de su tristeza. ¡Oh, música sagrada! tiende tu vuelo, como la alondra, al nuevo fulgor del día, y enséñanos la santa ruta del cielo donde reside el Padre de la armonía. ¡Quién bajo tus augustas alas pudiera pasar por esta vida siempre soñando! Mi corazón, al menos, Señor, quisiera morir como los cisnes en la ribera, como los santos mártires, morir cantando. Claudio Gutierrez Marin E-mail
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