UNA HISTORIA DE AMOR
NAVES, MARES Y PUERTOS.

El comienzo fue perfecto. Conoc�a de ella solo por referencias ajenas.
alg�n d�a - en una llamada que no era para �l - hab�a escuchado su voz en el tel�fono
la primera vez que la vio en persona no saco ninguna conclusi�n. Acaso eso debi� ser la primera campa�a de alarma, pero el le dio otro nombre: indiferencia.
Cuando por fin una noche se encontraron para cenar, sinti� que el tiempo y la charla transcurr�an livianos, casi intrascendentes como una hoja que se mece sobre las aguas
Tampoco hizo caso a esa segunda advertencia. Ni de la tercera cuando en la despedida intento besarla, los labios de ella permanecieron inertes. En el cielo una luna de madrugada. Que era de esas que miran con cara de idiota mientras los cuerpos est�n en bajantes, como las mareas, y uno recuerda todo lo que no hizo con amigos que ya no est�n o sue�a lo que no har� con personas a quienes no conocen

Transcurrieron varias semanas y casi un verano antes de que volvieran a verse. Y no fue por iniciativa de ninguno de los dos. Simplemente una llamada, de nuevo, aterrizo en el sitio equivocado. O habr�a que decir que en un lugar preciso. Suele ocurrir en esos espacios con demasiados tel�fonos y demasiadas personas.

No supo porque la invito por segunda vez. Quiz�s el secreto permanece en ese tubo gris, as� como el destino se oculta en el fondo de las tazas.com la borra del caf�, una imagen de ella, un sonido de su voz, un h�lito de perfume, un roce de su piel debieron de tejer durante ese tiempo una red sutil en el interior de el. La trama se consolido en ese encuentro. Se alimento de miradas, de climas, de esos indicios et�reos que solo registran el coraz�n y la piel, esa noche fue larga y amaneci� en un beso.

Hasta all�, el hab�a sido un barco orgulloso en un mar sereno. Su rumbo lo llevaba mas all� del horizonte sin necesidad de reabasteserse. Hab�a amado, lo hab�an amado, hab�a atravesado la zona de tormentas con o sin excoriaciones.
Cruzaba paisajes, tocaba con levedad algunas islas, socorr�a a algunas embarcaciones en aprietos, era refugio transitorio de alg�n naufragio y continuaba siempre con la proa al viento. El amor era un tornado que solo pod�a preocupar a fr�giles veleros.

La tercera vez que se encontraron sus cuerpos. Sinti� que necesitaba de toda su piel para cubrirla. Percibi� que en sus manos despertaba una memoria dormida, bebi� con sus labios licores eternos, alcanzo con su sexo refugios sagrados. Perdi� la mente, clausuro las brechas que sol�an convertirlo en espectador de sus propios movimientos, extrav�o la br�jula, navego en una deriva gloriosa. Y, entre rayos y truenos, la sinti� viva y presente. Y constante. Y creciente.

En la madrugada del renacimiento comprendi� que, hasta entonces, la nave no hab�a tenido puerto. Miro a la mujer en la penumbra. Le recorri� con besos, dejo que ella tambi�n lo fuera descubriendo. Y murmuro una frase que floto en el silencio: "Tu cuerpo es mi puerto. Me extiendo y navego".

En los d�as siguientes experimento la eternidad, la felicidad y el miedo. Ya no se trataba de la indiferencia ante el mar abierto. Un puerto es un puerto. Justifica el viaje y la esperanza. Le da norte al derrotero.

Tuvo miedo de no llegar nunca.

De las tinieblas y de las tormentas tuvo miedo. Tuvo miedo de que en el puerto nadie los esperaba. De las leyendas de los puertos fantasmas tuvo miedo.

El comienzo del viaje hab�a sido insospechablemente andino. Es decir, perfecto. Sin peligros a la vista. Lejos del tornado. Ahora que llegaba comprend�a que jamas habr�a estado aqu� si todo hubiera empezado con br�julas e instrumentos. El beso frustrado, la ausencia de frases con blanco fijo, la falta de un apuro por saber el nombre de aquello. De haber advertido todo eso, hubiese sabido que este iba a ser otro viaje.
Sin la seguridad de la deriva. Con el tr�mulo deseo de un muelle.

As� estaba. Dej�ndose llevar por el tim�n. Quiz�s, se dijo, el capit�n mas valiente no es siempre el que alude a las tormentas.

Se pregunto que sentir�a ella. Que ocurriera en su coraz�n. Interrogaba al destino.
Pero uno solo es el due�o de las propias respuestas.

Las suyas dec�an: No hay puertos sin barcos, ni barcos sin puertos.

 

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Nota: Si alguien reconoce de quien es este cuento por favor hagamelo saber... Gracias
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