"Eucaristía e Iglesia"
Párrafo Anterior >> En Numeral 25
CAPÍTULO III: APOSTOLICIDAD DE LA EUCARISTÍA Y DE LA IGLESIA
26.
|
|
Como he
recordado antes, si la Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la
Eucaristía, se deduce que hay una relación sumamente estrecha entre una y
otra. Tan verdad es esto, que nos permite aplicar al Misterio eucarístico lo
que decimos de la Iglesia cuando, en el Símbolo niceno-constantinopolitano,
la confesamos «una, santa, católica y apostólica». También la Eucaristía es
una y católica. Es también santa, más aún, es el Santísimo Sacramento. Pero
ahora queremos dirigir nuestra atención principalmente a su apostolicidad.
El Catecismo
de la Iglesia Católica, al explicar cómo la Iglesia es apostólica, o sea,
basada en los Apóstoles, se refiere a un triple sentido de la expresión. Por
una parte, «fue y permanece edificada sobre “el fundamento de los apóstoles”
(Ef 2, 20), testigos escogidos y enviados en misión por el propio Cristo».
n51
También los Apóstoles están en el fundamento de la Eucaristía, no porque el
Sacramento no se remonte a Cristo mismo, sino porque ha sido confiado a los
Apóstoles por Jesús y transmitido por ellos y sus sucesores hasta nosotros.
La Iglesia celebra la Eucaristía a lo largo de los siglos precisamente en
continuidad con la acción de los Apóstoles, obedientes al mandato del Señor.
El segundo
sentido de la apostolicidad de la Iglesia indicado por el Catecismo es que
«guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la
enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles». n52
También en este segundo sentido la Eucaristía es apostólica, porque se
celebra en conformidad con la fe de los Apóstoles. En la historia
bimilenaria del Pueblo de la nueva Alianza, el Magisterio eclesiástico ha
precisado en muchas ocasiones la doctrina eucarística, incluso en lo que
atañe a la exacta terminología, precisamente para salvaguardar la fe
apostólica en este Misterio excelso. Esta fe permanece inalterada y es
esencial para la Iglesia que perdure así.
En fin, la
Iglesia es apostólica en el sentido de que «sigue siendo enseñada,
santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a
aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los
Obispos, a los que asisten los presbíteros, juntamente con el sucesor de
Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia».
n53 La sucesión de los Apóstoles en la
misión pastoral conlleva necesariamente el sacramento del Orden, es decir,
la serie ininterrumpida que se remonta hasta los orígenes, de ordenaciones
episcopales válidas.
n54 Esta sucesión es esencial para que haya Iglesia en
sentido propio y pleno.
La Eucaristía
expresa también este sentido de la apostolicidad. En efecto, como enseña el
Concilio Vaticano II, los fieles «participan en la celebración de la
Eucaristía en virtud de su sacerdocio real», n55 pero es el sacerdote ordenado
quien «realiza como representante de Cristo el sacrificio eucarístico y lo
ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo». n56 Por eso se prescribe en el
Misal Romano que es únicamente el sacerdote quien pronuncia la plegaria
eucarística, mientras el pueblo de Dios se asocia a ella con fe y en
silencio. n57
La expresión,
usada repetidamente por el Concilio Vaticano II, según la cual el sacerdote
ordenado «realiza como representante de Cristo el Sacrificio eucarístico»,
n58
estaba ya bien arraigada en la enseñanza pontificia.
n59 Como he tenido
ocasión de aclarar en otra ocasión, in persona Christi «quiere decir más que
“en nombre”, o también, “en vez” de Cristo. In “persona”: es decir, en la
identificación específica, sacramental con el “sumo y eterno Sacerdote”, que
es el autor y el sujeto principal de su propio sacrificio, en el que, en
verdad, no puede ser sustituido por nadie».
n60 El ministerio de los
sacerdotes, en virtud dal sacramento del Orden, en la economía de salvación
querida por Cristo, manifiesta que la Eucaristía celebrada por ellos es un
don que supera radicalmente la potestad de la asamblea y es insustituible en
cualquier caso para unir válidamente la consagración eucarística al
sacrificio de la Cruz y a la Última Cena.
La asamblea que
se reúne para celebrar la Eucaristía necesita absolutamente, para que sea
realmente asamblea eucarística, un sacerdote ordenado que la presida. Por
otra parte, la comunidad no está capacitada para darse por sí sola el
ministro ordenado. Éste es un don que recibe a través de la sucesión
episcopal que se remonta a los Apóstoles. Es el Obispo quien establece un
nuevo presbítero, mediante el sacramento del Orden, otorgándole el poder de
consagrar la Eucaristía. Pues « el Misterio eucarístico no puede ser
celebrado en ninguna comunidad si no es por un sacerdote ordenado, como ha
enseñado expresamente el Concilio Lateranense IV. n61
Tanto esta
doctrina de la Iglesia católica sobre el ministerio sacerdotal en relación
con la Eucaristía, como la referente al Sacrificio eucarístico, han sido
objeto en las últimas décadas de un provechoso diálogo en el ámbito de la
actividad ecuménica. Hemos de dar gracias a la Santísima Trinidad porque, a
este respecto, se han obtenido significativos progresos y acercamientos, que
nos hacen esperar en un futuro en que se comparta plenamente la fe. Aún
sigue siendo del todo válida la observación del Concilio sobre las
Comunidades eclesiales surgidas en Occidente desde el siglo XVI en adelante
y separadas de la Iglesia católica: «Las Comunidades eclesiales separadas,
aunque les falte la unidad plena con nosotros que dimana del bautismo, y
aunque creamos que, sobre todo por defecto del sacramento del Orden, no han
conservado la sustancia genuina e íntegra del Misterio eucarístico, sin
embargo, al conmemorar en la santa Cena la muerte y resurrección del Señor,
profesan que en la comunión de Cristo se significa la vida, y esperan su
venida gloriosa».
n62
Los fieles
católicos, por tanto, aun respetando las convicciones religiosas de estos
hermanos separados, deben abstenerse de participar en la comunión
distribuida en sus celebraciones, para no avalar una ambigüedad sobre la
naturaleza de la Eucaristía y, por consiguiente, faltar al deber de dar un
testimonio claro de la verdad. Eso retardaría el camino hacia la plena
unidad visible. De manera parecida, no se puede pensar en reemplazar la
santa Misa dominical con celebraciones ecuménicas de la Palabra o con
encuentros de oración en común con cristianos miembros de dichas Comunidades
eclesiales, o bien con la participación en su servicio litúrgico. Estas
celebraciones y encuentros, en sí mismos loables en circunstancias
oportunas, preparan a la deseada comunión total, incluso eucarística, pero
no pueden eemplazarla.
El hecho de que
el poder de consagrar la Eucaristía haya sido confiado sólo a los Obispos y
a los presbíteros no significa menoscabo alguno para el resto del Pueblo de
Dios, puesto que la comunión del único cuerpo de Cristo que es la Iglesia es
un don que redunda en beneficio de todos.
Si la
Eucaristía es centro y cumbre de la vida de la Iglesia, también lo es del
ministerio sacerdotal. Por eso, con ánimo agradecido a Jesucristo, nuestro
Señor, reitero que la Eucaristía «es la principal y central razón de ser del
sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la
institución de la Eucaristía y a la vez que ella».
n63
Las actividades
pastorales del presbítero son múltiples. Si se piensa además en las
condiciones sociales y culturales del mundo actual, es fácil entender lo
sometido que está al peligro de la dispersión por el gran número de tareas
diferentes. El Concilio Vaticano II ha identificado en la caridad pastoral
el vínculo que da unidad a su vida y a sus actividades. Ésta –añade el
Concilio– «brota, sobre todo, del sacrificio eucarístico que, por eso, es el
centro y raíz de toda la vida del presbítero». n64 Se entiende, pues, lo
importante que es para la vida espiritual del sacerdote, como para el bien
de la Iglesia y del mundo, que ponga en práctica la recomendación conciliar
de celebrar cotidianamente la Eucaristía, «la cual, aunque no puedan estar
presentes los fieles, es ciertamente una acción de Cristo y de la
Iglesia». n65 De este modo, el sacerdote será capaz de sobreponerse cada día a
toda tensión dispersiva, encontrando en el Sacrificio eucarístico, verdadero
centro de su vida y de su ministerio, la energía espiritual necesaria para
afrontar los diversos quehaceres pastorales. Cada jornada será así
verdaderamente eucarística.
Del carácter
central de la Eucaristía en la vida y en el ministerio de los sacerdotes se
deriva también su puesto central en la pastoral de las vocaciones
sacerdotales. Ante todo, porque la plegaria por las vocaciones encuentra en
ella la máxima unión con la oración de Cristo sumo y eterno Sacerdote; pero
también porque la diligencia y esmero de los sacerdotes en el ministerio
eucarístico, unido a la promoción de la participación consciente, activa y
fructuosa de los fieles en la Eucaristía, es un ejemplo eficaz y un
incentivo a la respuesta generosa de los jóvenes a la llamada de Dios. Él se
sirve a menudo del ejemplo de la caridad pastoral ferviente de un sacerdote
para sembrar y desarrollar en el corazón del joven el germen de la llamada
al sacerdocio.
Toda esto
demuestra lo doloroso y fuera de lo normal que resulta la situación de una
comunidad cristiana que, aún pudiendo ser, por número y variedad de fieles,
una parroquia, carece sin embargo de un sacerdote que la guíe. En efecto, la
parroquia es una comunidad de bautizados que expresan y confirman su
identidad principalmente por la celebración del Sacrificio eucarístico. Pero
esto requiere la presencia de un presbítero, el único a quien compete
ofrecer la Eucaristía in persona Christi. Cuando la comunidad no tiene
sacerdote, ciertamente se ha de paliar de alguna manera, con el fin de que
continúen las celebraciones dominicales y, así, los religiosos y los laicos
que animan la oración de sus hermanos y hermanas ejercen de modo loable el
sacerdocio común de todos los fieles, basado en la gracia del Bautismo. Pero
dichas soluciones han de ser consideradas únicamente provisionales, mientras
la comunidad está a la espera de un sacerdote.
El hecho de que
estas celebraciones sean incompletas desde el punto de vista sacramental ha
de impulsar ante todo a toda la comunidad a pedir con mayor fervor que el
Señor «envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38); y debe estimularla también a
llevar a cabo una adecuada pastoral vocacional, sin ceder a la tentación de
buscar soluciones que comporten una reducción de las cualidades morales y
formativas requeridas para los candidatos al sacerdocio.
Cuando, por
escasez de sacerdotes, se confía a fieles no ordenados una participación en
el cuidado pastoral de una parroquia, éstos han de tener presente que, como
enseña el Concilio Vaticano II, « no se construye ninguna comunidad
cristiana si ésta no tiene como raíz y centro la celebración de la sagrada
Eucaristía ».
n66 Por tanto, considerarán como cometido suyo el mantener viva
en la comunidad una verdadera « hambre » de la Eucaristía, que lleve a no
perder ocasión alguna de tener la celebración de la Misa, incluso
aprovechando la presencia ocasional de un sacerdote que no esté impedido por
el derecho de la Iglesia para celebrarla.
CAPÍTULO IV: EUCARISTÍA Y COMUNIÓN ECLESIAL
34.
|
|
En 1985, la
Asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos reconoció en la
«eclesiología de comunión» la idea central y fundamental de los documentos
del Concilio Vaticano II.
n67 La Iglesia, mientras peregrina aquí en la
tierra, está llamada a mantener y promover tanto la comunión con Dios
trinitario como la comunión entre los fieles. Para ello, cuenta con la
Palabra y los Sacramentos, sobre todo la Eucaristía, de la cual «vive y se
desarrolla sin cesar»,
n68 y en la cual, al mismo tiempo, se expresa a sí
misma. No es casualidad que el término comunión se haya convertido en uno de
los nombres específicos de este sublime Sacramento.
La Eucaristía se
manifiesta, pues, como culminación de todos los Sacramentos, en cuanto lleva
a perfección la comunión con Dios Padre, mediante la identificación con el
Hijo Unigénito, por obra del Espíritu Santo. Un insigne escritor de la
tradición bizantina expresó esta verdad con agudeza de fe: en la Eucaristía,
«con preferencia respecto a los otros sacramentos, el misterio [de la
comunión] es tan perfecto que conduce a la cúspide de todos los bienes: en
ella culmina todo deseo humano, porque aquí llegamos a Dios y Dios se une a
nosotros con la unión más perfecta». n69 Precisamente por eso, es conveniente
cultivar en el ánimo el deseo constante del Sacramento eucarístico. De aquí
ha nacido la práctica de la «comunión espiritual», felizmente difundida
desde hace siglos en la Iglesia y recomendada por Santos maestros de vida
espiritual. Santa Teresa de Jesús escribió: «Cuando [...] no comulgáredes y
oyéredes misa, podéis comulgar espiritualmente, que es de grandísimo
provecho [...], que es mucho lo que se imprime el amor ansí deste Señor». n70
La
celebración de la Eucaristía, no obstante, no puede ser el punto de partida
de la comunión, que la presupone previamente, para consolidarla y llevarla a
perfección. El Sacramento expresa este vínculo de comunión, sea en la
dimensión invisible que, en Cristo y por la acción del Espíritu Santo, nos
une al Padre y entre nosotros, sea en la dimensión visible, que implica la
comunión en la doctrina de los Apóstoles, en los Sacramentos y en el orden
jerárquico. La íntima relación entre los elementos invisibles y visibles de
la comunión eclesial, es constitutiva de la Iglesia como sacramento de
salvación.
n71 Sólo en este contexto tiene lugar la celebración legítima de la
Eucaristía y la verdadera participación en la misma. Por tanto, resulta una
exigencia intrínseca a la Eucaristía que se celebre en la comunión y,
concretamente, en la integridad de todos sus vínculos.
La comunión
invisible, aun siendo por naturaleza un crecimiento, supone la vida de
gracia, por medio de la cual se nos hace «partícipes de la naturaleza
divina» (2 Pe 1, 4), así como la práctica de las virtudes de la fe, de la
esperanza y de la caridad. En efecto, sólo de este modo se obtiene verdadera
comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No basta la fe, sino que
es preciso perseverar en la gracia santificante y en la caridad,
permaneciendo en el seno de la Iglesia con el «cuerpo» y con el «corazón»;
n72 es decir, hace falta, por decirlo con palabras de san Pablo, «la fe que
actúa por la caridad» (Ga 5, 6).
La integridad de
los vínculos invisibles es un deber moral bien preciso del cristiano que
quiera participar plenamente en la Eucaristía comulgando el cuerpo y la
sangre de Cristo. El mismo Apóstol llama la atención sobre este deber con la
advertencia: «Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la
copa» (1 Co 11, 28). San Juan Crisóstomo, con la fuerza de su elocuencia,
exhortaba a los fieles: «También yo alzo la voz, suplico, ruego y exhorto
encarecidamente a no sentarse a esta sagrada Mesa con una conciencia
manchada y corrompida. Hacer esto, en efecto, nunca jamás podrá llamarse
comunión, por más que toquemos mil veces el cuerpo del Señor, sino condena,
tormento y mayor castigo». n73
Precisamente en
este sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica establece: «Quien tiene
conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la
Reconciliación antes de acercarse a comulgar». n74 Deseo, por tanto, reiterar
que está vigente, y lo estará siempre en la Iglesia, la norma con la cual el
Concilio de Trento ha concretado la severa exhortación del apóstol Pablo, al
afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, «debe preceder la
confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal». n75
La Eucaristía
y la Penitencia son dos sacramentos estrechamente vinculados entre sí. La
Eucaristía, al hacer presente el Sacrificio redentor de la Cruz,
perpetuándolo sacramentalmente, significa que de ella se deriva una
exigencia continua de conversión, de respuesta personal a la exhortación que
san Pablo dirigía a los cristianos de Corinto: «En nombre de Cristo os
suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!» (2 Co 5, 20). Así pues, si el cristiano
tiene conciencia de un pecado grave está obligado a seguir el itinerario
penitencial, mediante el sacramento de la Reconciliación para acercarse a la
plena participación en el Sacrificio eucarístico.
El juicio sobre
el estado de gracia, obviamente, corresponde solamente al interesado,
tratándose de una valoración de conciencia. No obstante, en los casos de un
comportamiento externo grave, abierta y establemente contrario a la norma
moral, la Iglesia, en su cuidado pastoral por el buen orden comunitario y
por respeto al Sacramento, no puede mostrarse indiferente. A esta situación
de manifiesta indisposición moral se refiere la norma del Código de Derecho
Canónico que no permite la admisión a la comunión eucarística a los que
«obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave». n76
La comunión
eclesial, como antes he recordado, es también visible y se manifiesta en los
lazos vinculantes enumerados por el Concilio mismo cuando enseña: «Están
plenamente incorporados a la sociedad que es la Iglesia aquellos que,
teniendo el Espíritu de Cristo, aceptan íntegramente su constitución y todos
los medios de salvación establecidos en ella y están unidos, dentro de su
estructura visible, a Cristo, que la rige por medio del Sumo Pontífice y de
los Obispos, mediante los lazos de la profesión de fe, de los sacramentos,
del gobierno eclesiástico y de la comunión».
n77
La Eucaristía,
siendo la suprema manifestación sacramental de la comunión en la Iglesia,
exige que se celebre en un contexto de integridad de los vínculos, incluso
externos, de comunión. De modo especial, por ser «como la consumación de la
vida espiritual y la finalidad de todos los sacramentos», n78 requiere que los
lazos de la comunión en los sacramentos sean reales, particularmente en el
Bautismo y en el Orden sacerdotal. No se puede dar la comunión a una persona
no bautizada o que rechace la verdad íntegra de fe sobre el Misterio
eucarístico. Cristo es la verdad y da testimonio de la verdad (cf. Jn 14, 6;
18, 37); el Sacramento de su cuerpo y su sangre no permite ficciones.
Además, por
el carácter mismo de la comunión eclesial y de la relación que tiene con
ella el sacramento de la Eucaristía, se debe recordar que «el Sacrificio
eucarístico, aun celebrándose siempre en una comunidad particular, no es
nunca celebración de esa sola comunidad: ésta, en efecto, recibiendo la
presencia eucarística del Señor, recibe el don completo de la salvación, y
se manifiesta así, a pesar de su permanente particularidad visible, como
imagen y verdadera presencia de la Iglesia una, santa, católica y
apostólica».
n79 De esto se deriva que una comunidad realmente eucarística no
puede encerrarse en sí misma, como si fuera autosuficiente, sino que ha de
mantenerse en sintonía con todas las demás comunidades católicas.
La comunión
eclesial de la asamblea eucarística es comunión con el propio Obispo y con
el Romano Pontífice. En efecto, el Obispo es el principio visible y el
fundamento de la unidad en su Iglesia particular. n80 Sería, por tanto, una
gran incongruencia que el Sacramento por excelencia de la unidad de la
Iglesia fuera celebrado sin una verdadera comunión con el Obispo. San
Ignacio de Antioquía escribía: «se considere segura la Eucaristía que se
realiza bajo el Obispo o quien él haya encargado». n81 Asimismo, puesto que
«el Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento
perpetuo y visible de la unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre
de los fieles», n82 la comunión con él es una exigencia intrínseca de la
celebración del Sacrificio eucarístico. De aquí la gran verdad expresada de
varios modos en la Liturgia: «Toda celebración de la Eucaristía se realiza
en unión no sólo con el propio obispo sino también con el Papa, con el orden
episcopal, con todo el clero y con el pueblo entero. Toda válida celebración
de la Eucaristía expresa esta comunión universal con Pedro y con la Iglesia
entera, o la reclama objetivamente, como en el caso de las Iglesias
cristianas separadas de Roma». n83
La Eucaristía
crea comunión y educa a la comunión. San Pablo escribía a los fieles de
Corinto manifestando el gran contraste de sus divisiones en las asambleas
eucarísticas con lo que estaban celebrando, la Cena del Señor.
Consecuentemente,
el Apóstol les invitaba a reflexionar sobre la verdadera realidad de la
Eucaristía con el fin de hacerlos volver al espíritu de comunión fraterna
(cf. 1 Co 11, 17-34). San Agustín se hizo eco de esta exigencia de manera
elocuente cuando, al recordar las palabras del Apóstol: «vosotros sois el
cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte» (1 Co 12, 27),
observaba: «Si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la
mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y recibís el
misterio que sois vosotros». n84 Y, de esta constatación, concluía: «Cristo el
Señor [...] consagró en su mesa el misterio de nuestra paz y unidad. El que
recibe el misterio de la unidad y no posee el vínculo de la paz, no recibe
un misterio para provecho propio, sino un testimonio contra sí». n85
Esta peculiar
eficacia para promover la comunión, propia de la Eucaristía, es uno de los
motivos de la importancia de la Misa dominical. Sobre ella y sobre las
razones por las que es fundamental para la vida de la Iglesia y de cada uno
de los fieles, me he ocupado en la Carta apostólica sobre la santificación
del domingo Dies Domini,
n86 recordando, además, que participar en la Misa es
una obligación para los fieles, a menos que no tengan un impedimento grave,
lo que impone a los Pastores el correspondiente deber de ofrecer a todos la
posibilidad efectiva de cumplir este precepto.
n87
Más
recientemente, en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, al trazar el
camino pastoral de la Iglesia a comienzos del tercer milenio, he querido dar
un relieve particular a la Eucaristía dominical, subrayando su eficacia
creadora de comunión: Ella –decía– «es el lugar privilegiado donde la
comunión es anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a través de
la participación eucarística, el día del Señor se convierte también en el
día de la Iglesia, que puede desempeñar así de manera eficaz su papel de
sacramento de unidad». n88
La
salvaguardia y promoción de la comunión eclesial es una tarea de todos los
fieles, que encuentran en la Eucaristía, como sacramento de la unidad de la
Iglesia, un campo de especial aplicación. Más en concreto, este cometido
atañe con particular responsabilidad a los Pastores de la Iglesia, cada uno
en el propio grado y según el propio oficio eclesiástico. Por tanto, la
Iglesia ha dado normas que se orientan a favorecer la participación
frecuente y fructuosa de los fieles en la Mesa eucarística y, al mismo
tiempo, a determinar las condiciones objetivas en las que no debe
administrar la comunión. El esmero en procurar una fiel observancia de
dichas normas se convierte en expresión efectiva de amor hacia la Eucaristía
y hacia la Iglesia.
Al considerar
la Eucaristía como Sacramento de la comunión eclesial, hay un argumento que,
por su importancia, no puede omitirse: me refiero a su relación con el
compromiso ecuménico. Todos nosotros hemos de agradecer a la Santísima
Trinidad que, en estas últimas décadas, muchos fieles en todas las partes
del mundo se hayan sentido atraídos por el deseo ardiente de la unidad entre
todos los cristianos. El Concilio Vaticano II, al comienzo del Decreto sobre
el ecumenismo, reconoce en ello un don especial de Dios.
n89 Ha sido una
gracia eficaz, que ha hecho emprender el camino del ecumenismo tanto a los
hijos de la Iglesia católica como a nuestros hermanos de las otras Iglesias
y Comunidades eclesiales.
La aspiración a
la meta de la unidad nos impulsa a dirigir la mirada a la Eucaristía, que es
el supremo Sacramento de la unidad del Pueblo de Dios, al ser su expresión
apropiada y su fuente insuperable. n90 En la celebración del Sacrificio
eucarístico la Iglesia eleva su plegaria a Dios, Padre de misericordia, para
que conceda a sus hijos la plenitud del Espíritu Santo, de modo que lleguen
a ser en Cristo un sólo un cuerpo y un sólo espíritu. n91 Presentando esta
súplica al Padre de la luz, de quien proviene «toda dádiva buena y todo don
perfecto» (St 1, 17), la Iglesia cree en su eficacia, pues ora en unión con
Cristo, su cabeza y esposo, que hace suya la súplica de la esposa uniéndola
a la de su sacrificio redentor.
Precisamente
porque la unidad de la Iglesia, que la Eucaristía realiza mediante el
sacrificio y la comunión en el cuerpo y la sangre del Señor, exige
inderogablemente la completa comunión en los vínculos de la profesión de fe,
de los sacramentos y del gobierno eclesiástico, no es posible concelebrar la
misma liturgia eucarística hasta que no se restablezca la integridad de
dichos vínculos. Una concelebración sin estas condiciones no sería un medio
válido, y podría revelarse más bien un obstáculo a la consecución de la
plena comunión, encubriendo el sentido de la distancia que queda hasta
llegar a la meta e introduciendo o respaldando ambigüedades sobre una u otra
verdad de fe. El camino hacia la plena unidad no puede hacerse si no es en
la verdad. En este punto, la prohibición contenida en la ley de la Iglesia
no deja espacio a incertidumbres,
n92 en obediencia a la norma moral
proclamada por el Concilio Vaticano II.
n93
De todos modos,
quisiera reiterar lo que añadía en la Carta encíclica Ut unum sint, tras
haber afirmado la imposibilidad de compartir la Eucaristía: «Sin embargo,
tenemos el ardiente deseo de celebrar juntos la única Eucaristía del Señor,
y este deseo es ya una alabanza común, una misma imploración. Juntos nos
dirigimos al Padre y lo hacemos cada vez más “con un mismo corazón”». n94
Si en ningún
caso es legítima la concelebración si falta la plena comunión, no ocurre lo
mismo con respecto a la administración de la Eucaristía, en circunstancias
especiales, a personas pertenecientes a Iglesias o a Comunidades eclesiales
que no están en plena comunión con la Iglesia católica. En efecto, en este
caso el objetivo es satisfacer una grave necesidad espiritual para la
salvación eterna de los fieles, singularmente considerados, pero no realizar
una intercomunión, que no es posible mientras no se hayan restablecido del
todo los vínculos visibles de la comunión eclesial.
En este sentido
se orientó el Concilio Vaticano II, fijando el comportamiento que se ha de
tener con los Orientales que, encontrándose de buena fe separados de la
Iglesia católica, están bien dispuestos y piden espontáneamente recibir la
eucaristía del ministro católico. n95 Este modo de actuar ha sido ratificado
después por ambos Códigos, en los que también se contempla, con las
oportunas adaptaciones, el caso de los otros cristianos no orientales que no
están en plena comunión con la Iglesia católica. n96
En la
Encíclica Ut unum sint, yo mismo he manifestado aprecio por esta normativa,
que permite atender a la salvación de las almas con el discernimiento
oportuno: «Es motivo de alegría recordar que los ministros católicos pueden,
en determinados casos particulares, administrar los sacramentos de la
Eucaristía, de la Penitencia, de la Unción de enfermos a otros cristianos
que no están en comunión plena con la Iglesia católica, pero que desean
vivamente recibirlos, los piden libremente, y manifiestan la fe que la
Iglesia católica confiesa en estos Sacramentos.
Recíprocamente,
en determinados casos y por circunstancias particulares, también los
católicos pueden solicitar los mismos Sacramentos a los ministros de
aquellas Iglesias en que sean válidos». n97
Es necesario
fijarse bien en estas condiciones, que son inderogables, aún tratándose de
casos particulares y determinados, puesto que el rechazo de una o más
verdades de fe sobre estos sacramentos y, entre ellas, lo referente a la
necesidad del sacerdocio ministerial para que sean válidos, hace que el
solicitante no esté debidamente dispuesto para que le sean legítimamente
administrados. Y también a la inversa, un fiel católico no puede comulgar en
una comunidad que carece del válido sacramento del Orden. n98
La fiel
observancia del conjunto de las normas establecidas en esta materia n99 es
manifestación y, al mismo tiempo, garantía de amor, sea a Jesucristo en el
Santísimo Sacramento, sea a los hermanos de otra confesión cristiana, a los
que se les debe el testimonio de la verdad, como también a la causa misma de
la promoción de la unidad.
CAPÍTULO V: DECORO DE LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
47.
|
|
Quien lee el
relato de la institución eucarística en los Evangelios sinópticos queda
impresionado por la sencillez y, al mismo tiempo, la «gravedad», con la cual
Jesús, la tarde de la Última Cena, instituye el gran Sacramento. Hay un
episodio que, en cierto sentido, hace de preludio: la unción de Betania. Una
mujer, que Juan identifica con María, hermana de Lázaro, derrama sobre la
cabeza de Jesús un frasco de perfume precioso, provocando en los discípulos
–en particular en Judas (cf. Mt 26, 8; Mc 14, 4; Jn 12, 4)– una reacción de
protesta, como si este gesto fuera un «derroche» intolerable, considerando
las exigencias de los pobres. Pero la valoración de Jesús es muy diferente.
Sin quitar nada al deber de la caridad hacia los necesitados, a los que se
han de dedicar siempre los discípulos –«pobres tendréis siempre con
vosotros» (Mt 26, 11; Mc 14, 7; cf. Jn 12, 8)–, Él se fija en el
acontecimiento inminente de su muerte y sepultura, y aprecia la unción que
se le hace como anticipación del honor que su cuerpo merece también después
de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su persona.
En los Evangelios
sinópticos, el relato continúa con el encargo que Jesús da a los discípulos
de preparar cuidadosamente la «sala grande», necesaria para celebrar la cena
pascual (cf. Mc 14, 15; Lc 22, 12), y con la narración de la institución de
la Eucaristía. Dejando entrever, al menos en parte, el esquema de los ritos
hebreos de la cena pascual hasta el canto del Hallel (cf. Mt 26, 30; Mc 14,
26), el relato, aún con las variantes de las diversas tradiciones, muestra
de manera tan concisa como solemne las palabras pronunciadas por Cristo
sobre el pan y sobre el vino, asumidos por Él como expresión concreta de su
cuerpo entregado y su sangre derramada. Todos estos detalles son recordados
por los evangelistas a la luz de una praxis de la « fracción del pan » bien
consolidada ya en la Iglesia primitiva. Pero el acontecimiento del Jueves
Santo, desde la historia misma que Jesús vivió, deja ver los rasgos de una
«sensibilidad» litúrgica, articulada sobre la tradición veterotestamentaria
y preparada para remodelarse en la celebración cristiana, en sintonía con el
nuevo contenido de la Pascua.
Como la mujer
de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de «derrochar»,
dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el
don inconmensurable de la Eucaristía. No menos que aquellos primeros
discípulos encargados de preparar la « sala grande », la Iglesia se ha
sentido impulsada a lo largo de los siglos y en las diversas culturas a
celebrar la Eucaristía en un contexto digno de tan gran Misterio. La
liturgia cristiana ha nacido en continuidad con las palabras y gestos de
Jesús y desarrollando la herencia ritual del judaísmo. Y, en efecto, nada
será bastante para expresar de modo adecuado la acogida del don de sí mismo
que el Esposo divino hace continuamente a la Iglesia Esposa, poniendo al
alcance de todas las generaciones de creyentes el Sacrificio ofrecido una
vez por todas sobre la Cruz, y haciéndose alimento para todos los fieles.
Aunque la lógica del «convite» inspire familiaridad, la Iglesia no ha cedido
nunca a la tentación de banalizar esta «cordialidad» con su Esposo,
olvidando que Él es también su Dios y que el «banquete» sigue siendo
siempre, después de todo, un banquete sacrificial, marcado por la sangre
derramada en el Gólgota. El banquete eucarístico es verdaderamente un
banquete «sagrado», en el que la sencillez de los signos contiene el abismo
de la santidad de Dios: «O Sacrum convivium, in quo Christus sumitur!» El
pan que se parte en nuestros altares, ofrecido a nuestra condición de
peregrinos en camino por las sendas del mundo, es «panis angelorum», pan de
los ángeles, al cual no es posible acercarse si no es con la humildad del
centurión del Evangelio: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo»
(Mt 8, 8; Lc 7, 6).
En el
contexto de este elevado sentido del misterio, se entiende cómo la fe de la
Iglesia en el Misterio eucarístico se haya expresado en la historia no sólo
mediante la exigencia de una actitud interior de devoción, sino también a
través de una serie de expresiones externas, orientadas a evocar y subrayar
la magnitud del acontecimiento que se celebra. De aquí nace el proceso que
ha llevado progresivamente a establecer una especial reglamentación de la
liturgia eucarística, en el respeto de las diversas tradiciones eclesiales
legítimamente constituidas. También sobre esta base se ha ido creando un
rico patrimonio de arte. La arquitectura, la escultura, la pintura, la
música, dejándose guiar por el misterio cristiano, han encontrado en la
Eucaristía, directa o indirectamente, un motivo de gran inspiración.
Así ha ocurrido,
por ejemplo, con la arquitectura, que, de las primeras sedes eucarísticas en
las «domus» de las familias cristianas, ha dado paso, en cuanto el contexto
histórico lo ha permitido, a las solemnes basílicas de los primeros siglos,
a las imponentes catedrales de la Edad Media, hasta las iglesias, pequeñas o
grandes, que han constelado poco a poco las tierras donde ha llegado el
cristianismo. Las formas de los altares y tabernáculos se han desarrollado
dentro de los espacios de las sedes litúrgicas siguiendo en cada caso, no
sólo motivos de inspiración estética, sino también las exigencias de una
apropiada comprensión del Misterio. Igualmente se puede decir de la música
sacra, y basta pensar para ello en las inspiradas melodías gregorianas y en
los numerosos, y a menudo insignes, autores que se han afirmado con los
textos litúrgicos de la Santa Misa. Y, ¿acaso no se observa una enorme
cantidad de producciones artísticas, desde el fruto de una buena artesanía
hasta verdaderas obras de arte, en el sector de los objetos y ornamentos
utilizados para la celebración eucarística?
Se puede decir
así que la Eucaristía, a la vez que ha plasmado la Iglesia y la
espiritualidad, ha tenido una fuerte incidencia en la «cultura»,
especialmente en el ámbito estético.
En este
esfuerzo de adoración del Misterio, desde el punto de vista ritual y
estético, los cristianos de Occidente y de Oriente, en cierto sentido, se
han hecho mutuamente la «competencia». ¿Cómo no dar gracias al Señor, en
particular, por la contribución que al arte cristiano han dado las grandes
obras arquitectónicas y pictóricas de la tradición greco-bizantina y de todo
el ámbito geográfico y cultural eslavo? En Oriente, el arte sagrado ha
conservado un sentido especialmente intenso del misterio, impulsando a los
artistas a concebir su afán de producir belleza, no sólo como manifestación
de su propio genio, sino también como auténtico servicio a la fe. Yendo
mucho más allá de la mera habilidad técnica, han sabido abrirse con
docilidad al soplo del Espíritu de Dios.
El esplendor de
la arquitectura y de los mosaicos en el Oriente y Occidente cristianos son
un patrimonio universal de los creyentes, y llevan en sí mismos una
esperanza y una prenda, diría, de la deseada plenitud de comunión en la fe y
en la celebración. Eso supone y exige, como en la célebre pintura de la
Trinidad de Rublëv, una Iglesia profundamente «eucarística» en la cual, la
acción de compartir el misterio de Cristo en el pan partido está como
inmersa en la inefable unidad de las tres Personas divinas, haciendo de la
Iglesia misma un «icono» de la Trinidad.
En esta
perspectiva de un arte orientado a expresar en todos sus elementos el
sentido de la Eucaristía según la enseñanza de la Iglesia, es preciso
prestar suma atención a las normas que regulan la construcción y decoración
de los edificios sagrados. La Iglesia ha dejado siempre a los artistas un
amplio margen creativo, como demuestra la historia y yo mismo he subrayado
en la Carta a los artistas. n100 Pero el arte sagrado ha de distinguirse por
su capacidad de expresar adecuadamente el Misterio, tomado en la plenitud de
la fe de la Iglesia y según las indicaciones pastorales oportunamente
expresadas por la autoridad competente. Ésta es una consideración que vale
tanto para las artes figurativas como para la música sacra.
A propósito
del arte sagrado y la disciplina litúrgica, lo que se ha producido en
tierras de antigua cristianización está ocurriendo también en los
continentes donde el cristianismo es más joven. Este fenómeno ha sido objeto
de atención por parte del Concilio Vaticano II al tratar sobre la exigencia
de una sana y, al mismo tiempo, obligada «inculturación». En mis numerosos
viajes pastorales he tenido oportunidad de observar en todas las partes del
mundo cuánta vitalidad puede despertar la celebración eucarística en
contacto con las formas, los estilos y las sensibilidades de las diversas
culturas. Adaptándose a las mudables condiciones de tiempo y espacio, la
Eucaristía ofrece alimento, no solamente a las personas, sino a los pueblos
mismos, plasmando culturas cristianamente inspiradas.
No obstante, es
necesario que este importante trabajo de adaptación se lleve a cabo siendo
conscientes siempre del inefable Misterio, con el cual cada generación está
llamada confrontarse. El «tesoro» es demasiado grande y precioso como para
arriesgarse a que se empobrezca o hipoteque por experimentos o prácticas
llevadas a cabo sin una atenta comprobación por parte de las autoridades
eclesiásticas competentes. Además, la centralidad del Misterio eucarístico
es de una magnitud tal que requiere una verificación realizada en estrecha
relación con la Santa Sede. Como escribí en la Exhortación apostólica
postsinodal Ecclesia in Asia, «esa colaboración es esencial, porque la
sagrada liturgia expresa y celebra la única fe profesada por todos y, dado
que constituye la herencia de toda la Iglesia, no puede ser determinada por
las Iglesias locales aisladas de la Iglesia universal». n101
De todo lo
dicho se comprende la gran responsabilidad que en la celebración eucarística
tienen principalmente los sacerdotes, a quienes compete presidirla in
persona Christi, dando un testimonio y un servicio de comunión, no sólo a la
comunidad que participa directamente en la celebración, sino también a la
Iglesia universal, a la cual la Eucaristía hace siempre referencia. Por
desgracia, es de lamentar que, sobre todo a partir de los años de la reforma
litúrgica postconciliar, por un malentendido sentido de creatividad y de
adaptación, no hayan faltado abusos, que para muchos han sido causa de
malestar. Una cierta reacción al «formalismo» ha llevado a algunos,
especialmente en ciertas regiones, a considerar como no obligatorias las
«formas» adoptadas por la gran tradición litúrgica de la Iglesia y su
Magisterio, y a introducir innovaciones no autorizadas y con frecuencia del
todo inconvenientes.
Por tanto, siento
el deber de hacer una acuciante llamada de atención para que se observen con
gran fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística. Son una
expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía; éste es su
sentido más profundo. La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni
del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios. El
apóstol Pablo tuvo que dirigir duras palabras a la comunidad de Corinto a
causa de faltas graves en su celebración eucarística, que llevaron a
divisiones (skísmata) y a la formación de facciones (airéseis) (cf. 1 Co 11,
17-34). También en nuestros tiempos, la obediencia a las normas litúrgicas
debería ser redescubierta y valorada como reflejo y testimonio de la Iglesia
una y universal, que se hace presente en cada celebración de la Eucaristía.
El sacerdote que celebra fielmente la Misa según las normas litúrgicas y la
comunidad que se adecúa a ellas, demuestran de manera silenciosa pero
elocuente su amor por la Iglesia. Precisamente para reforzar este sentido
profundo de las normas litúrgicas, he solicitado a los Dicasterios
competentes de la Curia Romana que preparen un documento más específico,
incluso con rasgos de carácter jurídico, sobre este tema de gran
importancia. A nadie le está permitido infravalorar el Misterio confiado a
nuestras manos: éste es demasiado grande para que alguien pueda permitirse
tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado
ni su dimensión universal.
CAPÍTULO VI: EN LA ESCUELA DE MARÍA, MUJER «EUCARÍSTICA»
53.
|
|
Si queremos
descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y
Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia. En la
Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, presentando a la Santísima Virgen
como Maestra en la contemplación del rostro de Cristo, he incluido entre los
misterios de la luz también la institución de la Eucaristía.
n102
Efectivamente, María puede guiarnos hacia este Santísimo Sacramento porque
tiene una relación profunda con él.
A primera vista,
el Evangelio no habla de este tema. En el relato de la institución, la tarde
del Jueves Santo, no se menciona a María. Se sabe, sin embargo, que estaba
junto con los Apóstoles, «concordes en la oración» (cf. Hch 1, 14), en la
primera comunidad reunida después de la Ascensión en espera de Pentecostés.
Esta presencia suya no pudo faltar ciertamente en las celebraciones
eucarísticas de los fieles de la primera generación cristiana, asiduos «en
la fracción del pan» (Hch 2, 42).
Pero, más allá de
su participación en el Banquete eucarístico, la relación de María con la
Eucaristía se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior.
María es mujer « eucarística » con toda su vida. La Iglesia, tomando a María
como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo
Misterio.
Mysterium
fidei! Puesto que la Eucaristía es misterio de fe, que supera de tal manera
nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la palabra de
Dios, nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como ésta.
Repetir el gesto de Cristo en la Última Cena, en cumplimiento de su mandato:
«¡Haced esto en conmemoración mía!», se convierte al mismo tiempo en
aceptación de la invitación de María a obedecerle sin titubeos: «Haced lo
que él os diga» (Jn 2, 5). Con la solicitud materna que muestra en las bodas
de Caná, María parece decirnos: «no dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo.
Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de
hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre, entregando a los creyentes
en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así “pan de
vida”».
En cierto
sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta
fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para
la encarnación del Verbo de Dios. La Eucaristía, mientras remite a la pasión
y la resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación.
María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad
física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida
se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del
pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor.
Hay, pues, una
analogía profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del
Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A
María se le pidió creer que quien concibió «por obra del Espíritu Santo» era
el «Hijo de Dios» (cf. Lc 1, 30.35). En continuidad con la fe de la Virgen,
en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de
Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las
especies del pan y del vino.
«Feliz la que ha
creído» (Lc 1, 45): María ha anticipado también en el misterio de la
Encarnación la fe eucarística de la Iglesia. Cuando, en la Visitación, lleva
en su seno el Verbo hecho carne, se convierte de algún modo en «tabernáculo»
–el primer «tabernáculo» de la historia– donde el Hijo de Dios, todavía
invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel,
como «irradiando» su luz a través de los ojos y la voz de María. Y la mirada
embelesada de María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al
estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el
que ha de inspirarse cada comunión eucarística?
María, con
toda su vida junto a Cristo y no solamente en el Calvario, hizo suya la
dimensión sacrificial de la Eucaristía. Cuando llevó al niño Jesús al templo
de Jerusalén «para presentarle al Señor» (Lc 2, 22), oyó anunciar al anciano
Simeón que aquel niño sería «señal de contradicción» y también que una
«espada» traspasaría su propia alma (cf. Lc 2, 34.35). Se preanunciaba así
el drama del Hijo crucificado y, en cierto modo, se prefiguraba el «stabat
Mater» de la Virgen al pie de la Cruz. Preparándose día a día para el
Calvario, María vive una especie de «Eucaristía anticipada» se podría decir,
una «comunión espiritual» de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión
con el Hijo en la pasión y se manifestará después, en el período
postpascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida
por los Apóstoles, como «memorial» de la pasión.
¿Cómo imaginar
los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y
los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: «Éste es mi cuerpo que
es entregado por vosotros» (Lc 22, 19)? Aquel cuerpo entregado como
sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo
concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como
si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con
el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la
Cruz.
«Haced esto
en recuerdo mío» (Lc 22, 19). En el «memorial» del Calvario está presente
todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su pasión y muerte. Por tanto, no
falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio
nuestro. En efecto, le confía al discípulo predilecto y, en él, le entrega a
cada uno de nosotros: «!He aquí a tu hijo¡». Igualmente dice también a todos
nosotros: «¡He aquí a tu madre!» (cf. Jn 19, 26.27).
Vivir en la
Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir
continuamente este don. Significa tomar con nosotros –a ejemplo de Juan– a
quien una vez nos fue entregada como Madre. Significa asumir, al mismo
tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo, aprendiendo de su Madre y
dejándonos acompañar por ella. María está presente con la Iglesia, y como
Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como
Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del
binomio María y Eucaristía. Por eso, el recuerdo de María en el celebración
eucarística es unánime, ya desde la antigüedad, en las Iglesias de Oriente y
Occidente.
En la
Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio,
haciendo suyo el espíritu de María. Es una verdad que se puede profundizar
releyendo el Magnificat en perspectiva eucarística. La Eucaristía, en
efecto, como el canto de María, es ante todo alabanza y acción de gracias.
Cuando María exclama «mi alma engrandece al Señor, mi espíritu exulta en
Dios, mi Salvador», lleva a Jesús en su seno. Alaba al Padre «por» Jesús,
pero también lo alaba «en» Jesús y «con» Jesús. Esto es precisamente la
verdadera «actitud eucarística».
Al mismo tiempo,
María rememora las maravillas que Dios ha hecho en la historia de la
salvación, según la promesa hecha a nuestros padres (cf. Lc 1, 55),
anunciando la que supera a todas ellas, la encarnación redentora. En el
Magnificat, en fin, está presente la tensión escatológica de la Eucaristía.
Cada vez que el Hijo de Dios se presenta bajo la «pobreza» de las especies
sacramentales, pan y vino, se pone en el mundo el germen de la nueva
historia, en la que se «derriba del trono a los poderosos» y se «enaltece a
los humildes» (cf. Lc 1, 52). María canta el «cielo nuevo» y la «tierra
nueva» que se anticipan en la Eucaristía y, en cierto sentido, deja entrever
su "diseño" programático.
Puesto que el
Magnificat expresa la espiritualidad de María, nada nos ayuda a vivir mejor
el Misterio eucarístico que esta espiritualidad. ¡La Eucaristía se nos ha
dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un magnificat!
«Ave, verum
corpus natum de Maria Virgine!». Hace pocos años he celebrado el
cincuentenario de mi sacerdocio. Hoy experimento la gracia de ofrecer a la
Iglesia esta Encíclica sobre la Eucaristía, en el Jueves Santo de mi
vigésimo quinto año de ministerio petrino. Lo hago con el corazón henchido
de gratitud. Desde hace más de medio siglo, cada día, a partir de aquel 2 de
noviembre de 1946 en que celebré mi primera Misa en la cripta de San
Leonardo de la catedral del Wawel en Cracovia, mis ojos se han fijado en la
hostia y el cáliz en los que, en cierto modo, el tiempo y el espacio se han
«concentrado» y se ha representado de manera viviente el drama del Gólgota,
desvelando su misteriosa «contemporaneidad». Cada día, mi fe ha podido
reconocer en el pan y en el vino consagrados al divino Caminante que un día
se puso al lado de los dos discípulos de Emaús para abrirles los ojos a la
luz y el corazón a la esperanza (cf. Lc 24, 3.35).
Dejadme, mis
queridos hermanos y hermanas que, con íntima emoción, en vuestra compañía y
para confortar vuestra fe, os dé testimonio de fe en la Santísima
Eucaristía. «Ave, verum corpus natum de Maria Virgine, / vere passum,
immolatum, in cruce pro homine!». Aquí está el tesoro de la Iglesia, el
corazón del mundo, la prenda del fin al que todo hombre, aunque sea
inconscientemente, aspira. Misterio grande, que ciertamente nos supera y
pone a dura prueba la capacidad de nuestra mente de ir más allá de las
apariencias. Aquí fallan nuestros sentidos –«visus, tactus, gustus in te
fallitur», se dice en el himno Adoro te devote–, pero nos basta sólo la fe,
enraizada en las palabras de Cristo y que los Apóstoles nos han transmitido.
Dejadme que, como Pedro al final del discurso eucarístico en el Evangelio de
Juan, yo le repita a Cristo, en nombre de toda la Iglesia y en nombre de
todos vosotros: «Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida
eterna» (Jn 6, 68).
En el alba de
este tercer milenio todos nosotros, hijos de la Iglesia, estamos llamados a
caminar en la vida cristiana con un renovado impulso. Como he escrito en la
Carta apostólica Novo millennio ineunte, no se trata de «inventar un nuevo
programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio
y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay
que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y
transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén
celeste».
n103 La realización de este programa de un nuevo vigor de la vida
cristiana pasa por la Eucaristía.
Todo compromiso
de santidad, toda acción orientada a realizar la misión de la Iglesia, toda
puesta en práctica de planes pastorales, ha de sacar del Misterio
eucarístico la fuerza necesaria y se ha de ordenar a él como a su culmen. En
la Eucaristía tenemos a Jesús, tenemos su sacrificio redentor, tenemos su
resurrección, tenemos el don del Espíritu Santo, tenemos la adoración, la
obediencia y el amor al Padre. Si descuidáramos la Eucaristía, ¿cómo
podríamos remediar nuestra indigencia?
El Misterio
eucarístico –sacrificio, presencia, banquete –no consiente reducciones ni
instrumentalizaciones; debe ser vivido en su integridad, sea durante la
celebración, sea en el íntimo coloquio con Jesús apenas recibido en la
comunión, sea durante la adoración eucarística fuera de la Misa. Entonces es
cuando se construye firmemente la Iglesia y se expresa realmente lo que es:
una, santa, católica y apostólica; pueblo, templo y familia de Dios; cuerpo
y esposa de Cristo, animada por el Espíritu Santo; sacramento universal de
salvación y comunión jerárquicamente estructurada.
La vía que la
Iglesia recorre en estos primeros años del tercer milenio es también la de
un renovado compromiso ecuménico. Los últimos decenios del segundo milenio,
culminados en el Gran Jubileo, nos han llevado en esa dirección, llamando a
todos los bautizados a corresponder a la oración de Jesús «ut unum sint» (Jn
17, 11). Es un camino largo, plagado de obstáculos que uperan la capacidad
humana; pero tenemos la Eucaristía y, ante ella, podemos sentir en lo
profundo del corazón, como dirigidas a nosotros, las mismas palabras que oyó
el profeta Elías: «Levántate y come, porque el camino es demasiado largo
para ti» (1 Re 19, 7). El tesoro eucarístico que el Señor ha puesto a
nuestra disposición nos alienta hacia la meta de compartirlo plenamente con
todos los hermanos con quienes nos une el mismo Bautismo. Sin embargo, para
no desperdiciar dicho tesoro se han de respetar las exigencias que se
derivan de ser Sacramento de comunión en la fe y en la sucesión apostólica.
Al dar a la
Eucaristía todo el relieve que merece, y poniendo todo esmero en no
infravalorar ninguna de sus dimensiones o exigencias, somos realmente
conscientes de la magnitud de este don. A ello nos invita una tradición
incesante que, desde los primeros siglos, ha sido testigo de una comunidad
cristiana celosa en custodiar este «tesoro». Impulsada por el amor, la
Iglesia se preocupa de transmitir a las siguientes generaciones cristianas,
sin perder ni un solo detalle, la fe y la doctrina sobre el Misterio
eucarístico. No hay peligro de exagerar en la consideración de este
Misterio, porque «en este Sacramento se resume todo el misterio de nuestra
salvación». n104
Sigamos,
queridos hermanos y hermanas, la enseñanza de los Santos, grandes
intérpretes de la verdadera piedad eucarística. Con ellos la teología de la
Eucaristía adquiere todo el esplendor de la experiencia vivida, nos
«contagia» y, por así decir, nos «enciende». Pongámonos, sobre todo, a la
escucha de María Santísima, en quien el Misterio eucarístico se muestra, más
que en ningún otro, como misterio de luz. Mirándola a ella conocemos la
fuerza trasformadora que tiene la Eucaristía. En ella vemos el mundo
renovado por el amor. Al contemplarla asunta al cielo en alma y cuerpo vemos
un resquicio del «cielo nuevo» y de la «tierra nueva» que se abrirán ante
nuestros ojos con la segunda venida de Cristo. La Eucaristía es ya aquí, en
la tierra, su prenda y, en cierto modo, su anticipación: «Veni, Domine
Iesu!» (Ap 22, 20).
En el humilde
signo del pan y el vino, transformados en su cuerpo y en su sangre, Cristo
camina con nosotros como nuestra fuerza y nuestro viático y nos convierte en
testigos de esperanza para todos. Si ante este Misterio la razón experimenta
sus propios límites, el corazón, iluminado por la gracia del Espíritu Santo,
intuye bien cómo ha de comportarse, sumiéndose en la adoración y en un amor
sin límites.
Hagamos nuestros
los sentimientos de santo Tomás de Aquino, teólogo eximio y, al mismo
tiempo, cantor apasionado de Cristo eucarístico, y dejemos que nuestro ánimo
se abra también en esperanza a la contemplación de la meta, a la cual aspira
el corazón, sediento como está de alegría y de paz:
«Bone pastor,
panis vere,
Iesu, nostri
miserere...».
“Buen pastor, pan
verdadero,
o Jesús, piedad
de nosotros:
nútrenos y
defiéndenos,
llévanos a los
bienes eternos
en la tierra de
los vivos.
Tú que todo lo
sabes y puedes,
que nos alimentas
en la tierra,
conduce a tus
hermanos
a la mesa del
cielo
a la alegría de
tus santos”.
Roma, junto a San
Pedro, 17 de abril, Jueves Santo, del año 2003, vigésimo quinto de mi
Pontificado y Año del Rosario.