La conversión: migración espiritual


Asistimos a un mundo que acelerado trae consigo múltiples escenarios conviviendo simultáneamente. Las opciones son variadas y numerosas y observamos que el México católico ya no lo es tan literalmente; la presencia de nuevas religiosidades (Eliade, 1996) no sólo como variaciones de un solo tema, sino migraciones cognitivas y rupturas culturales.

El hecho es que el escenario se ve ocupado por movimientos “sincréticos”, elementos tanto nuevos y revolucionarios así también históricos y revividos como la presencia y la práctica protestante, especialmente caracterizada por lo que llamamos protestantismo de origen norteamericano(Covarrubias, 1996), “creencia de importación” como cosmovisiones orientales ya históricas como el budismo y no-menos nuevas como el sincretismo intelectual del New edge. La conversión religiosa del actor social rompe con ese orden que suponemos imperecedero, con ese nomos que hace configurar un “aquí no pasa nada” que otorga el rito y la costumbre (cuando llega a confundírsele con la misma religión) el “anclaje” cultural que la religión trae consigo. Los cambios simbólicos en la conversión católico-evangélico dan cuenta de nuevas maneras de percibirse religioso o no y lo vemos analógicamente como la migración de la fe. El actor social empieza una ruta de "migración espiritual" para encontrar su arraigo y es en lo religioso, en esos procesos silenciosos u olvidados, donde se "cocina" la identidad que otorga respuestas a su incompletitud (Debray, 1996).

Es así como la religión es una constante antropológica en la búsqueda del sentido. Es el movimiento y los momentos intersticiales los que nos ocupan, el cambio de hábito es un cambio de rito, de procesos que se dan en la ruta de vida, en la manera de construir maneras de seguir jugando el infinito juego de la vida y lo sagrado, dónde la fe es lo último que se pierde pues ésta garantiza nuestra seguir jugando ( Carse, 1967).

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